De hija del sanguinario nazi que dirigió Auschwitz, a supermodelo en España


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  • Ingebirgitt Hannah Hoss, que pasó su infancia viviendo cerca de campos de concentración, consiguió rehacer su vida tras la contienda
Wikimedia | Rudolf Hoss fue el responsable de miles de muertes y, según su hija, un padre muy cariñoso

Wikimedia | Rudolf Hoss fue el responsable de miles de muertes y, según su hija, un padre muy cariñoso

Se llama Ingebirgitt Hannah Hoss y, aunque se hizo famosa por trabajar como modelo para Balenciaga en España tras la Segunda Guerra Mundial, su pasado la delata. Y es que, esta alemana es hija del tristemente famoso Rudolf Hoss, comandante (desde 1940, hasta 1943) del campo de concentración de Auschwitz, el terrible recinto en el que fueron asesinadas en las cámaras de gas 1.200.000 personas (unas cifras discutidas por no pocos historiadores, que las consideran mucho mayores). Su corta edad durante los trágicos crímenes perpetrados por su padre, no obstante, hicieron que vivera su infancia ajena a los miles de asesinatos que se producían a pocos metros de su casa.

A pesar de que la historia de esta mujer fue desvelada hace algunos años, ha salido a la luz de nuevo debido a una entrevista que ha concedido a la revista «Stern». En ella, ha explicado por primera vez que, durante años, sufrió migrañas al recordar lo acaecido en los campos de concentración y exterminio en los que fue destinado su padre (entre ellos, Auschwitz, Dachau y Sachsenhausen). Sin embargo, afirma que esos intempestivos dolores de cabeza le surgieron cuando supo las atrocidades que había cometido su progenitor en la contenida pues, durante su estancia en aquellos centros de muerte –con ocho y diez años- le veía como un hombre bueno que le solía decir que no hiciese daño a nadie.

Una infancia frente a la muerte

Ingebirgitt vino al mundo el 18 de agosto de 1933 en Alemania. Su vida distaría mucho de ser usual pues, al ser la hija de Rudolf Hoss -uno de los principales miembros del partido nazi y un «operario eficiente» de los campos de concentración al servicio de Hitler– pasó sus primeros años de vida moviéndose de un centro de reclusión a otro. En 1940 (con apenas 7 veranos a sus espaldas) tuvo que trasladarse a una vivienda ubicada a pocos metros de Auschwitz (en Polonia) cuando su padre fue nombrado comandante del recinto.

A pesar de lo que ocurría en el lugar–donde miles de reos eran llevados cada día a las cámaras de gas– ella explica que no se percataba de las continuas muertes. «A esa edad no sabes lo que pasa a tu alrededor, tienes la cabeza llena de otras cosas», afirma. De hecho, parece que –por aquel entonces- estaba bastante contenta por vivir en una casa rodeada de lujos como pinturas de un increíble valor (las cuales, por cierto, eran arrebatadas a los prisioneros que llegaban día tras día en inmundos trenes hasta el campo para ser asesinados).

Desde el balcón de su casa, según determina, solía ver a menos de 100 metros las columnas de humo que se alzaban jornada tras jornada desde los crematorios. Aquellos eran los restos de miles de personas cuyos cuerpos eran quemados a diario. En sus palabras, su madre la obligaba a asearse con una toalla húmeda antes de acostarse para quitarse los restos de suciedad que podrían haber llegado hasta ella A pesar de ello, sus padres no tenían problema en que jugara con los niños que estaban presos al otro lado de la valla. A indios y vaqueros, dice (y a pesar de que su padre le decía que ese tipo de pasatiempos no eran buenos, pues fomentaban la violencia y no quería que su pequeña hiciese daño a nadie).

«Yo no supe nada de las atrocidades que estaban teniendo lugar allí. Nunca pregunté por qué había vallas y torres de vigilancia. Además… ¿Habría cambiado algo si lo hubiera sabido? ¿Con aquella edad?», explica la mujer. Según afirma, su padre nunca habló de su labor en los campos de concentración con ellos. De hecho, parece que era un tema tabú delante de sus hijos. «En la mesa, cuando comíamos, a los niños se les prohibía hablar. Sólo podíamos si nos lo mandaban. Siempre hablaba de cosas relacionadas con la familia, lo que íbamos a hacer ese fin de semana (una excursión, por ejemplo), por lo que nunca supimos nada», completa.

Hoss, capturado

Así continuó su vida hasta que, con la llegada del final de la Segunda Guerra Mundial y de los aliados hasta la zona, su padre no tuvo más remedio que huir a toda prisa ataviado con el uniforme de un soldado raso (pues los enemigos capturaban y ajusticiaban –en algunos casos- a todo aquel que llevase los ropajes de las crueles SS). Días después, la madre de Ingebirgitt y todos sus hermanos fueron capturados e interrogados violentamente. Sus captores querían saber el paradero de su progenitor.

«Ese fue el peor momento. Los soldados británicos gritaban y nos exigían que les dijésemos donde estaba papá. Lo único que sabíamos es que se había ido. Más tarde nos dijeron que había muerto en la guerra», completa. La realidad era bien diferente, pues Hoss había sido capturado y juzgado. En 1947 fue colgado por sus crímenes en Auschwitz, el mismo lugar en el que él había acabado con otros tantos judíos. Antes de fallecer, no obstante, dejó testimonio de las terribles atrocidades perpetradas en aquel lugar maldito.

Una nueva vida en España y EE.UU.

Rechazada por su íntima relación con el régimen nazi, la familia Hoss vivió los años siguientes en la más extrema pobreza. Así hasta 1950, época en la que Ingebirgitt viajó a España. Por entonces ya sabía que usar el apellido de su padre era peligroso, así que lo evitaba sobremanera. Una vez en nuestro país, la germana conoció a Cristóbal Balenciaga, a quien debió impresionarle su figura, pues la contrató como modelo. De esta forma, Hoss paseó por pasarelas de toda España frente a grandes figura de la política de entonces como la esposa de Francisco Franco.

Con el paso de los años se trasladó a Estados Unidos, donde se estableció, se casó con un ingeniero de origen irlandés y tuvo dos hijos. Al otro lado del charco, trabajó durante 35 años en una tienda de ropa (Saks Jandel) propiedad de dos judíos. Allí, llegó a vestir a personajes como Nancy Reagan, Hillary Clinton o Barbara Bush. Todo parecía irle sobre ruedas hasta que los directores de la cadena se enteraron del pasado de su padre. Sin embargo, y según determina, fueron bastante comprensivos en lo que a este tema respecta: «No hubo recriminaciones. Me dijeron: “No podía evitar lo que hizo, solo eras una niña. Tienes que ceptar lo que sucedió”».

Ella es partidaria de esa teoría, aunque también sabe que lo que hizo su familia será imborrable: «Cuando lo supe me dije, “no puede ser”, pero hay que aceptarlo. Ocurrió en mi familia y me pongo muy triste cuando lo pienso […] A pesar de todo, mi padre era el hombre más agradable del mundo. Era muy bueno con nosotros Pero él hizo lo que hizo».

Del frente a los campos de concentración nazis y al gulag: la guerra de Lev Netto


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  • Soldado soviético en la Segunda Guerra Mundial, recuerda a sus 90 años cómo Stalin lo envió a un campo de trabajo en Siberia
abc | Imagen de un gulag soviético

abc | Imagen de un gulag soviético

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin el 9 de mayo de 1945, el soldado soviético Lev Netto pensó que habían terminado los combates, los sufrimientos, los campos de prisioneros. Pero la URSS de Stalin decidió otra cosa. Y lo envió al gulag.

Hoy, con 90 años, el veterano en cuyos ojos azules y sonrosadas mejillas se adivina el rostro del chico que era, se confía a la agencia AFP en su apartamento repleto de libros y de cuadros. Revive la película de una vida que se funde con los sobresaltos de la «Gran Guerra Patriótica», una querra que para él continuó mucho después de 1945.

El 22 de junio de 1941, un altavoz daba la noticia en su pequeño pueblo, cerca de Moscú: las tropas alemanas han invadido la URSS, rompiendo el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin. «Estaba loco de alegría. Íbamos a tener por fin una verdadera guerra», recuerda Lev Netto, que tenía entonces 16 años.

«Pensábamos que nuestro comandante supremo sabía lo que hacía», rememora. Pero cuando los habitantes del pueblo vieron a las fuerzas soviéticas abrir fuego contra posiciones nazis situadas a apenas 50 kilómetros de Moscú, el pánico se instaló: los vecinos asaltaron tiendas y fábricas, robaron alimentos y enseres.

Con 18 años, en 1943, Lev decidió alistarse en una unidad de estonios, puesto que sus padres procedían del pequeño país báltico anexionado en 1940 por la URSS. Su primera misión fue arriesgada: saltar en paracaídas en Estonia, ocupada por los alemanes, y llevar víveres a la resistencia local.

Él y sus camaradas cantaban y bebían hasta emborracharse mientras su avión sobrevolaba la línea del frente. Pero cuando su paracaídas se abrió en la noche negra, Lev Netto volvió a estar sobrio en segundos. «Recuerdo muy bien haber sentido el aire fresco en mi cara, el buen humor disiparse y el efecto del alcohol desaparecer inmediatamente».

La misión fue un fracaso. Los aviones no entregaron los víveres ni las municiones prometidas. Y no había ningún rastro de la resistencia estonia.

Tras algunas semanas escondidos en el bosque, Lev y sus camaradas oyeron a soldados hablar ruso. «Juraban como no estaba permitido», precisa. Pero a medida que se aproximaron, Lev observó que llevaban uniformes nazis. Era un batallón disciplinario constituido por soviéticos hechos prisioneros por los alemanes.

El lugarteniente de Lev se levantó, lanzó una granada y gritó: «Por la madre patria, por Stal…», pero no acabó su frase. Su cabeza estalló por el impacto de una bala alemana.

Tendido en el suelo, Lev fue capturado. Arrastrado de un campo de concentración a otro, fue testigo de las ruinas causadas por los bombardeos aliados. Hasta su liberación por soldados americanos. Un día de alegría que firmó su perdición a ojos del régimen soviético, que veía con malos ojos a los que habían encontrado a los «capitalistas» o habían vivido en el extranjero.

Enviado a Siberia

De vuelta a la URSS, Lev debía reengancharse, su desmovilización no estaba prevista hasta 1948. Pero el Gulag le esperaba: condenado a 25 años en el campo de trabajo por «actividad contrarrevolucionaria», fue enviado a Norilsk, en el límite con el círculo polar.

«Cuando los oficiales y los soldados vencieron en otros países, sobre todo en Europa del Este, comenzaron a ver la diferencia que existía entre nuestros dos sistemas», confiesa.

En el campo, la amistad le salvó. «Pronto comprendí que para sobrevivir había que trabajar, más y más, porque cuando uno trabaja está con sus amigos».

«Si tu piel se vuelve blanca porque hace menos de 50 grados fuera, tus amigos van a frotarla con nieve. Teníamos que ayudarnos unos a otros, es lo que me salvó», continúa.

Será finalmente liberado en 1956, como parte de la desestalinización comenzada tres años después de la muerte del «padrecito de los pueblos». El suyo murió en 1956, poco después de su liberación. «Pude enterrarlo. Era como si me hubiera ofrecido ese regalo», relata el anciano, cuya memoria vacila a veces.

Para reavivarla, su hija Lioudmila le tiende una bolsa llena de medallas. Sobre la mesa del salón, deja una carta que conmemora el Día de la Victoria, festejada el 9 de mayo en Rusia.

«Para mí el 9 de mayo es un día de alegría, pero con lágrimas en los ojos. Me acuerdo siempre de todos los que murieron ante mis ojos».