Así se repartieron el mundo España y Portugal en 1494: el Testamento de Adán que detestaba Francia


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • Durante unas durísimas negociaciones, España aceptó en Tordesillas que se realizara una división por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los intereses portugueses de la planteada por el Papa valenciano Alejandro VI
 Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Entre resignado y furioso, Francisco I de Francia reclamó al Papa con insistencia ver el testamento de Adán ante las sucesivas bulas papales que reconocían la preeminencia española en la conquista de América. «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses», exclamó sobre los términos del Tratado de Tordesillas.

En España y Portugal se llamaba directamente Testamento de Adán al Tratado de Tordesillas. Un acuerdo entre ambos países, donde medió el Papa valenciano Alejandro VI, para delimitar los territorios que Cristóbal Colón descubrió sin saberlo en 1492. Todo un continente repartido entre las dos grandes potencias imperiales de su tiempo. Y nada pudo hacer Francia, ni Inglaterra, ni Turquía frente a aquella preeminencia. Según concluyeron sus enemigos, es como si únicamente los ibéricos fueran hijos de Adán.

Como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del Viento: cara y cruz de la Armada Española en el siglo XVI», «a partir del descubrimiento de nuevas tierras en el hemisferio occidental la historia cambió y se abrió una nueva era para la humanidad». Poca veces a lo largo de los tiempos ocurrieron tantas cosas importantes en una única década, la de 1490, es decir, la de 1492. A partir de esa fecha, los marineros españoles, portugueses y los italianos bajo su mando dibujaron un nuevo mundo repleto de riquezas y de posibilidades. Los océanos que no controlaba España era porque, de hecho, los dominaba Portugal. Rara vez en la historia se ha vivido un dominio igual de dos países sobre el resto del planeta.

El Descubrimiento de Colón cambia el mundo

Al finalizar en 1479 la Guerra de Sucesión castellana, que involucró a Portugal a favor de Juana la «Beltraneja» en contra de los Reyes Católicos, se firmó el Tratado de Alcáçovas y se dio inicio a un periodo de acercamiento entre España y Portugal. El texto, además, dirimió varios asuntos territoriales pendientes entre ambas Coronas: las Islas Canarias pertenecían por derecho a Castilla; el reino de Fez, las islas Azores y Madeira, Cabo Verde, la Guinea y el derecho de navegación más allá de las Canarias, se le reconocían a Portugal. Si bien la navegación y el comercio atlántico no eran en ese momento una prioridad para los españoles, más tarde ese mismo tratado iba a suponer un obstáculo para las ambiciones hispánicas.

La culpa de todo la tuvo un navegante supuestamente genovés, Cristóbal Colón. Tras ser rechazado su proyecto en la corte portuguesa de viajar hacia Occidente hasta dar con Cipango (Portugal), logró que los Reyes Católicos lo financiaran. Es por esa espina clavada en su ego que Colón hizo escala en Lisboa en su viaje de vuelta y alardeó ante Juan II de que, después de todo, su descubrimiento sí había merecido la pena. A nivel internacional aquel gesto desencadenó una guerra. El Rey de Portugal creía que los términos del tratado de Alcáçovas habían sido violados con lo hallado por Colón y levantó una armada en las Azores para reivindicar los derechos sobre el Descubrimiento.

Por el contrario, Fernando de Aragón no movilizó ninguna flota. Inició una ofensiva diplomática dirigida a obligar al Papa valenciano Alejandro VI a que «leyera en alto» el testamento de Adán e impulsara a España en su misión de evangelizar el nuevo mundo. Sus relaciones en ese momento con los Borgia eran buenas y pensaba sacar partido de sus concesiones aragonesas a la familia valenciana en la península: había apoyado que César fuera designado arzobispo de Valencia y que Juan se casara con una prima del Rey.

No le decepcionó el segundo de los papas españoles. Alejandro VI había llegado al papado precisamente en 1492 (el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón) y al regreso del navegante dictó cinco bulas en cuestión de un año («Inter caetera», «Piis fidelium», «Inter caetera» de mayo, «Eximie devotionis» y «Dudum siquidem») que reconocían los derechos españoles sobre las nuevas tierras, como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en el citado libro.

Estas bulas derogaban anteriores dictados y anulaban, a ojos de Dios, los tratados que reconocían los derechos portugueses en los mares y tierras africanos más allá de Canarias. Hasta tal punto que la «Eximie devotionis» fue otorgada por vía extraordinaria secreta y otorgaba a los Reyes Católicos los indultos y privilegios otorgados antes a Portugal en sus territorios de ultramar.

El Tratado de Tordesillas, un reparto histórico

Obviamente, Juan II prefirió ignorar el arbitraje pontificio y hablar directamente con los Reyes Católicos. El Papa está comprado, debió pensar el portugués como si se tratara de un árbitro de fútbol sospechoso de favorecer a uno de los equipos.

Tordesillas (Valladolid), donde años después se marchitaría Juana la Loca, fue el lugar elegido para iniciar las negociaciones entre ambos países en 1494. Los Reyes Católicos fueron representados por Enrique Enríquez de Guzmán, mayordomo mayor de los reyes, Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de la Orden de Santiago y contador real, y el doctor Francisco Maldonado; mientras que Juan II envió a Ruy de Sousa, su hijo Juan de Sousa y el magistrado Arias de Almadana.

Se dividió el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde

¿Qué buscaba exactamente Portugal? En verdad todavía no se conocía la magnitud del Descubrimiento. No había razón para discutir por el reparto de algo desconocido, salvo porque el auténtico objetivo del Rey Juan II era mantener abierta la ruta con la India, tan lucrativa para Portugal desde que Turquía bloqueara las rutas mediterráneas.

En principio la propuesta portuguesa era realizar una partición de territorios basada en latitudes, de modo que sus barcos pudieran dirigirse a la India bordeando África o a directamente a través del Océano Atlántico por el sur. Tras unas durísimas negociaciones, la respuesta española fue que, al contrario, la división se mantuviera por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los portugueses de la planteada por el Papa. Los portugueses aceptaron el arreglo. No así el Pontífice que, a modo de protesta, nunca confirmó el tratado y hubo que esperar a que Julio II lo hiciese por medio de la bula «Ea quae pro bono pacis» en 1506.

Así, el texto reservaba para Portugal el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde. A España se le reconoció la libre navegación por las aguas del lado portugués para viajar a América y se le otorgó derechos de evangelización y soberanía en las nuevas tierras occidentales. En la totalidad de esas tierras. O al menos eso era lo que se pensaba.

La incapacidad técnica de realizar una partición exacta a lo firmado el 7 de junio de 1494 dio lugar a una serie de conflictos entre ambos países. En el año 1498 se descubrió una nueva ruta hasta la India y en 1500 Brasil, un territorio que se encontraba en la parte portuguesa del Tratado de Tordesillas. Pedro Álvares Cabral llegó a este territorio en abril de 1500 y, amparado en el tratado, procedió a tomar posesión en nombre del Rey de Portugal. No en vano, se trató de la fecha del «descubrimiento oficial», puesto que el español Vicente Pinzón ya había estado en los últimos días del mes de enero del año 1500 en el cabo de Santa María de la Consolación (identificado actualmente como cabo de San Agustín).

Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses transgredieron con creces las fronteras que les señalaba la línea de Tordesillas

A partir de 1530, la corona portuguesa inició la colonización de Brasil y expulsó a los franceses que merodeaban por las islas cercanas. Y no solo eso. Portugal transgredió en su colonización del continente americano la demarcación del Tratado de Tordesillas al avanzar paulatinamente desde el Brasil hacia el oeste y sur de América del Sur. Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses sobrepasaron con creces las fronteras que señalaba la línea de Tordesillas. Las líneas del actual Brasil son el resultado de la carencia de instrumentos para determinar bien los meridianos y de las transgresiones portuguesas sobre el tratado.

En cualquier caso durante sesenta años el tratado dejó de tener sentido legal con la unión dinástica y se terminaron parcialmente los conflictos territoriales. Los dos imperios que dominaban el mundo quedaron sellados bajo una misma monarquía.

Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II. El Rey Prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), pero el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares.

La muerte del acuerdo: Tratado de Madrid

El país vecino rindió pleitesía a Felipe II en abril de 1581, siendo coronado como Felipe I de Portugal. El imperio donde no se ponía el sol suponía, en la práctica, un conjunto de territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. Entre 1580 y 1640, los portugueses se cuidaron de ser ellos quienes gestionaban su imperio comercial bajo la supervisión general de Madrid, que abrió todo el mercado americano a los insaciables comerciante portugueses.

No fueron los castellanos los que penetraron en las posesiones portuguesas, como tanto temieron aquellos que siguieron al Prior Antonio en sus revueltas, sino todo lo contrario. A principios del siglo XVII se sucedieron las quejas contra los omnipresentes comerciantes portugueses por parte de colonos castellanos, mexicanos, peruanos: «Los portugueses cada vez son más en las Indias españolas y llegan en todas las flotas, mientras que tienen buen cuidado en mantener a los castellanos alejados de las Indias Orientales».

Además, los reyes otorgaron a exploradores portugueses capitanías y concesiones en la cuenca amazónico, penetrando los portugueses profundamente en la selva brasileña más allá de lo delimitado en Tordesillas. De este modo, cuando en 1640 se produjo la independencia de Portugal, los portugueses habían ampliado notablemente sus posesiones en virtud del precepto «Uti possidetis, ita possideatis» (quien posee de hecho, debe poseer de derecho).

La independencia de Portugal y la sucesiva guerra entre ambos países dio lugar a que se transgrediera todavía más el maltrecho Tratado de Tordesillas, porque tanto España como Portugal establecieron nuevas ciudades en los territorios controlados por su enemigo. Hubo que esperar al Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.

Los refugiados completan la historia de España


ABC.es

  • Miles de exiliados hallaron la paz entre nosotros desde el siglo XVI al XVIII: reyes, señores, artistas, gente anónima…

 

 Felipe II, por Tiziano - ABC

Felipe II, por Tiziano – ABC

Los refugiados están de triste actualidad, las masas de perseguidos, los que huyen de las guerras y la desolación económica de nuestro mundo forman un fenómeno al que no podemos permanecer ajenos. Ese hecho se ha repetido a lo largo de los siglos. Y lo mismo que Europa es hoy destino ansiado para muchos emigrantes, la Monarquía Hispánica lo fue en los tiempos de su hegemonía, entre los siglos XVI y XVIII, pero no lo sabemos.

La intolerancia, expulsiones y persecuciones de judíos, moriscos o protestantes afectaron a cientos de miles de personas. Pero no es la única historia de España. Está incompleta. Lo demuestra un libro presentado ayer en Madrid: «Los exiliados del Rey de España» (Fondo de Cultura Económica).

José Javier Ruiz Ibáñez, uno de sus coordinadores, explica que hasta hace poco se había estudiado de manera local el flujo migratorio en la Edad Moderna. «Sabíamos que hubo mucha emigración irlandesa, griega, albanesa o magrebí, debida a guerras, crisis económicas y diversos procesos que se analizaban de forma aislada y no desde España». Pero al unir todos los puntos se dibuja una sorpresa: España era el destino favorito de los perseguidos y los represaliados, y en épocas de esplendor como la que hablamos, entre el siglo XVI y el XVIII, un lugar soñado para decenas de miles de personas.

 

«La Monarquía Hispánica registró una enorme recepción de exiliados, muchos políticos, otros religiosos y por supuesto una enorme migración económica», comenta Ruiz Ibáñez. «Los rebeldes contra Reyes en Francia, Inglaterra, los Balcanes, Japón, en el norte de África buscaban una superpotencia cuando necesitaban un aliado exterior. Y ese aliado era España. La Monarquía articula como puede los mecanismos de recepción», añade. Miles de personas en cada siglo alcanzaron esa naturaleza, ingresaron en nuestro ejército, recibieron pensiones, canongías, o fueron protegidos por los Reyes hasta que pudieron regresar. Algunos rehacían su vida y otros trataban de reconquistar el poder perdido.

Carlos II, el Greco…

«Se hicieron colegios para formar religiosos, tuvimos unidades militares albanesas, inglesas, irlandeas, francesas o incluso valonas, después de perder Flandes, dentro del ejército español», comenta. Reyes de Marruecos como el rebautizado Felipe de África, que murió en Madrid; monarcas ingleses como Carlos II, que vivió en Flandes durante el mandato de Cromwell con un pequeño ejército propio, son solo ejemplos egregios de esta política. Cabría añadir a Doménikos Theotokópoulos, el Greco, un «inmigrante económico cualificado», un gran pintor en busca de un mejor patrón. Y japoneses convertidos al cristianismo que se refugiaron en Manila, jóvenes suizos huyendo de represalias calvinistas…

El libro recoge los casos procedentes de todos los territorios del mundo. «Muchos terminan siendo españoles, dejaron aquí arte, constumbres y patrimonio y algunos somos sus descendientes, sin saberlo. Muchos apellidos proceden de la inmigración irlandesa, que llenó las costas gallegas tras un desembarco en Kinsale para apoyar una rebelión en 1602. Y hubo también muchos judíos del norte de África que regresan y se convierten. España expulsó a muchos, pero también acogió a muchísimas personas», concluye el historiador.

Bernard Vicent, experto en historia del norte de África por su parte, recuerda que en la represión de las Alpujarras se decretó que la expulsión no afectaba a los berberiscos que llegaban desde África y se integraban en España como una inmigración muy querida.

Pilotos de la Gran Armada

Una de las razones decisivas para que la Gran Armada regresara por Irlanda después del fiasco de 1588 es que algunos de sus pilotos eran irlandeses y conocían bien sus costas (no esperaban la peor tormenta que se recuerda frente a ellas). Pero hubo casos como el Príncipe Hugo O’Neill, que fue desviado de camino a España, en 1607, a Italia, porque venía acompañado de un gran ejército y alejándole había menor riesgo de inestabilidad política, comenta Igor Pérez Tostado, el otro coordinador del libro.

Pérez Tostado, especialista en el caso irlandés, subraya la importancia de este fenómeno. Basta pensar en que militares fundamentales en la historia de España, como Leopoldo O’Donnell, son descendientes directos de aquella inmigración irlandesa del s. XVII. «Los irlandeses eran muy buenos soldados: muy valientes, muy leales y muy fiables». Tanto como libros como este que permiten comprender de manera global nuestra historia.

 

El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar


ABC.esManuel P. VillatoroABC_Historia

  • Jean Jacques Lucas, al mando del «Redoutable», impidió que Nelson cortase la línea franco española con el «Victory». Su actuación no sirvió para que los aliados venciesen, pero un marinero a sus órdenes acabó con la vida del almirante inglés

 

 El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos - Wikimedia

El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos – Wikimedia


Muy chiquitín, con cara de no tener a sus espaldas más de 20 primaveras… y con unas gónadas casi tan gordas como el navío de 74 cañones que comandaba en Trafalgar. Dicho así podría parecer que estamos rindiendo homenaje a alguno de los marinos que navegaban bajo la rojigualda en el siglo XIX (los cuales andaban sobrados también de entrepierna, todo sea dicho). Sin embargo, en este caso el honor es para Jean Jacques Etienne Lucas. Un capitán que, a pesar de no hablar castellano y ser un gabacho de «tomé y lomé» (no todo el mundo es perfecto, que se le va a hacer) demostró que su escasa estatura no era un impedimento a la hora de dirigir a la perfección su barco. Así lo pudo atestiguar el infame almirante de la Pérfida Albión Horatio Nelson quien, a lomos del «Victory», se estuvo dando de cañonazos contra el bajel de nuestro franchute varias horas sin poder superarle. De hecho, necesitó la ayuda de otros dos «british ships» para terminar dándole estopa. Le salió caro, pues un mosquetazo perdido del navío del «petit capitán» galo acabó mandándole a cantar el «Good save the queen» al cielo.

Lucas, cuarentón cuando españoles y franceses andábamos y andaban -respectivamente- a bofetadas en Trafalgar, fue uno de los pocos gabachuzos que logró mantener el honor de la «Armée Imperial» de Napoleón aquel infame 21 de octubre. Todo lo contrario que Villeneuve -almirante de la armada franco española- quien, sin hacer honor a su cargo, demostró lo torpe que era dirigiendo grandes flotas al llevar a la derrota a los aliados con sus estúpidas decisiones. Tampoco destacó precisamente por su «valeur» Dumanoir quien, viento en popa sobre su «Formidable», salió por patas junto a otros buques de su escuadra de la «bataille» antes siquiera de soltar un cañonazo sobre los inglesitos. A nuestro pequeño protagonista, por el contrario, ningún oficial cargado de medallas le pudo decir ni «palabré», pues se dejó el alma a bordo de su «Redoutable» en la lid. No en vano el pequeño corso (más alto que el, por cierto) le recibió con honores en la Francia imperial. Lo mismo pasó con Villeneuve, quien le regaló una bocina de mar con la leyenda «A l’intrepide Lucas» después de aquel follón.

Y eso, con una altura bastante escasa para todo un capitán de barco. «En las fuentes se recoge su baja estatura. Parece que medía menos de 150 cm., pero lo que le faltaba de talla lo compensaba con su bravura, sangre fría y ánimo imperturbable», explica, en declaraciones a ABC, Luis Enrique Iñigo Fernández -Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Historia por la UNED y autor de «Breve historia de la batalla de Trafalgar» (editado por «Nowtilus»)-.

A su vez, Lucas fue también uno de los pocos marinos galos que sabía hacer la «o» con un canuto o, en su defecto, hacer que las velas se pusieran tiesas con la llegada del viento. Y es que, después de que Napoleón asesinase a decenas de oficiales tras tomar el poder y convertir Francia en un Imperio, había poco marino lúcido que elegir para armar comandante. «Es necesario tener en cuenta que la antigua Marina Real había sufrido una verdadera purga durante la Revolución Francesa, cuyos líderes consideraban, con razón, que la oficialidad, en especial los “bleu”, o azules, que eran los que de hecho comandaban los navíos, era hostil a la revolución. Pero el resultado fue espantoso. Durante los años posteriores escasearon los buenos oficiales y se hicieron frecuentes los ascensos motivados más por la lealtad revolucionaria que por la competencia técnica. Por desgracia para los franceses, Lucas era más una excepción que una norma», añade el experto.

El pequeño (e infantil) Lucas

Jean Jacques Etienne Lucas llegó a este mundo el 28 de abril de 1764 allá por la Charente-Maritime, una región ubicada al sur este de la «France». Y todo ello, cuando a los padres de Napoleón apenas se les había pasado por la cabeza yacer para concebir al futuro Emperador (quien, por cierto, arribó a la Tierra a la altura de 1769). Pero lejos de centrar la atención en el «petit corso» (el cual sabía del mar su color, y poco más), vale decir que el futuro capitán de navío más pequeñín de la flota imperial nació en Marennes el mismo año en que su país había expulsado a los jesuitas de sus fronteras. Como buen chaval de padre militar (alguacil real, para más datos) alumbrado cerca de la costa, los pasos de nuestro francés se dirigieron inmediatamente hacia los cascarones que, fabricados en madera y metal, flotaban sobre el agüita clara y fresca del Atlántico. Aquello, durante la enésima guerra de los galos contra los ingleses, algo ya habitual en la historia.

«No tenía todavía 14 años cuando su padre le mandó a Rochefort. Ahí fue embarcado como guardiamarina en el “Bathilde”, un barco encargado de escoltar a los convois cerca de la costa. En el mes de mayo de 1779, Lucas subió a “pilotin” en el “Hermione”, comandado por el Conde de la Touche, y, en sus inicios [en este puesto] asistió a la toma de dos corsarios ingleses conseguidos en las costas de la Ile-Dieu después de un combate muy obstinado», explica Joseph François Gabriel Hennequin (marino contemporáneo de Lucas) en su obra «Biographie maritime; ou, Notices historiques sur la vieet les campagnes des marins célèbres français et étrangers». Dos años después, y tras haber sufrido en sus carnes abordajes y disparos de cañón, el navío de Lucas recibió la orden de dirigirse hacia Nueva Inglaterra (en América), donde se pondría a las órdenes del Conde de Guichen. «Lucas hizo esta nueva campaña como voluntario, y en los 28 meses que duró, asistió al combate que esta armada libró el 17 de abril de 1780, a la [contienda] contra el almirante Rodney […] y, en uno de ellos, Lucas recibió una herida grave en el brazo izquierdo», completa el militar.

Ya fuera con el ala dolorida o no, el pequeño (todavía por edad, ya habrá tiempo para llamarle bajito) fue trasladado a la corbeta «Le Jeune Dauphin» en mayo de 1872 y, posteriormente, pasó a la «L’Adour» gracias a sus capacidades marítimas. En la misma, nuestro protagonista casi acabó durmiendo con las algas después después de que el barco se fuera al infierno (o al fondo de las aguas, según quiera mirarse) cerca de la isla de Ré (al oeste del país). En los años posteriores, este marino fue demostrando también sus capacidades navales en los múltiples mandos que dispuso. «Durante los años que van desde 1783 hasta 1791, Lucas fue sucesivamente ayudante del piloto, segundo, y finalmente primer piloto. Fue embarcado en esos diversos grados sobre la corbeta “La Fauvette”, la fragata “La Nereide” y navío “L’Orion”, a bordo de los cuales hizo varias campañas en le Mediterráneo, en las Iles du Vent y en Saint Domingue», determina Hennequin en su obra. En 1792 fue ascendido a «enseñanza de navío» y, posteriormente, a «teniente de navío» en 1794 en la fragata «La Fidéle».

Tras varios meses en los mares, y con la cara callosa ya de polvo y salitre por su extenso tiempo en la cubierta de un navío de guerra, este galo relajó sus ansias de sablazos para -durante cuatro años- dedicarse principalmente a las «delicadas» observaciones astronómicas. Una «mariconerié», que pensarán los falsos machos de pelo en pecho desde sus cálidas camas, después de haber estado partiéndose el morro frente a los lords bebedores de té en una buena parte de las aguas que rodeaban la «France». Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en aquellos violentos años no era raro que se aparcase brevemente el arcabuz y el chuzo (o hacha) de abordaje para cultivar también la ciencia. Y si no, que se lo pregunten al Brigadier Cosme Damián Churruca, vasco de nacimiento y uno de los mejores marinos del momento (aunque esté mal que lo digamos desde estos lares), quien se dedicó tanto a las tortas como a embarcarse en investigaciones en las que lo que primaba no era hacer agujeros a las casacas de los «british», sino desvelar los grandes enigmas de la tierra, el agua, los cielos y lo que se terciase.

El imponente combate de Algeciras

Tras regresar en «La Fidele» a Brest en 1795, Lucas logró nuevamente un ascenso cuando fue enviado al buque «Le Fougueux» (encuadrado en la armada del almirante Morard de Galles). No obstante, su gran patada hacia el escalafón gabacho la vivió allá por 1799, cuando sus décadas al servicio de la marina francesa le fueron recompensados con el traslado al navío de línea «Indomptable» (un portento marino de 80 cañones) como capitán de fragata. Todavía le faltaba un poco para dirigir aquellos imponentes bajeles (los más grandes de la época). Pero amigo, había que tener paciencia, que ya caería la nuez. Aquel era un ascenso y, al fin y al cabo, fue bien recibido por el pequeño francés, quien ya llamaba la atención en las cubiertas de los barcos en los que navegaba por su determinación… y por su escasa estatura.

En 1801, después de que el infame Bonaparte -por entonces Primer Cónsu l del país- favoreciese una alianza entre España y su país para dar de sartenazos a los ingleses, Lucas participó sobre el «Indomptable» en la batalla de la Bahía de Algeciras. La contienda se produjo cuando el «petit corso» ordenó a dos de sus oficiales más lamezapatos fusionarse con varios buques de nuestra «Espagne» para armar jaleo en Egipto, donde los franceses combatían contra los «british» a sangre y cañón. El tratado fue llevado a cabo por pasividad de su real alteza hispana Carlos IV y gracias a la obra de su subordinado y valido Manuel Godoy. Este, en los ratos que tenía libres entre bajada y bajada de enaguas a la reina -con la que, según se comenta, le ponía una buena cornamenta a su monarca-, decidió que era mucho mejor rendirse a las órdenes del «Empereur» que contrariarle.

«En las clausulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno», explica el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra «El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras». La primera parte, como era habitual en los planes de Napoleón, se desarrolló de forma impoluta («Olé mis naricés», que debió pensar), pues logró que la armada gabacha de Linois llegase a aguas andaluzas sin mayor problema con la intención de unirse a los buques hispanos. Sin embargo, a la altura de Algeciras se avisó a la escuadra gala (entre la que se destacaba el «Indomptable» de Lucas, así como otros 3 navíos de línea y una fragata) que la Royal Navy no se había quedado de brazos cruzados y había organizado un contingente para, cañones mediante, mandarles de un tortazo al otro lado del Atlántico.

Lejos de envainársela, Linois le puso arrestos -poco más podía hacer debido al mal tiempo- y decidió plantar batalla a los soldados de la Pérfida Albión en la bahía de Algeciras. Eso sí, al abrigo de las baterías de tierra rojigualdas y de las lanchas cañoneras españolas (pequeñas, rápidas y desesperantes para los gigantescos navíos británicos). El 6 de junio se repartieron los cañonazos. Aquella jornada, la flota inglesa -formada por 6 navíos de línea y una fragata- atacó a los franco españoles esperando barrerles y, posteriormente, beberse unas pintas. No obstante, Saumarez (al mando de la escuadra) no tardó en percatarse del error que había cometido atacando a la línea defensiva gabacha protegida por los cañones hispanos. Con todo, lo hizo después del capitán del «Pompee», a quien seguro que se le escapó algún «stupid» que otro al ver como su cascarón era desarbolado e inmovilizado por los enemigos por la valentía de su superior. Hubo que remolcarlo para que no fuera capturado. Un desastre en nombre de la su graciosa majestad, vaya.

Tampoco le debió dar las «congratulations» a Saumarez el «Hannibal» que, tras sufrir un constante fuego de los cañones de tierra y del «Indomptable», quedó detenido en medio del mar cual boya. Sin velas con las que moverse y con más agujeros que un gruyere elaborado a conciencia por el mejor artesano. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», añade Vidal. Tras aquello, la moral de los ingleses cayó a la altura de la punta de las medias de su capitán quien, con un sonoro «goodbye», salió por velas de la zona para evitar recibir más bofetadas de las que ya había soportado su careto. Victoria para los aliados y, más concretamente, para Lucas.

Capitán de navío

Tras haberles dado a los ingleses por donde molestan -y mucho- las berenjenas, Lucas fue propuesto para ascender a capitán de navío. Uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar en la marina de la época, pues permitía dirigir las imponentes moles de un mínimo de 74 cañones sobre las que recaía todo el peso en una batalla naval. «El navío de línea, concebido en 1653 […] era ya a comienzos del siglo XVIII el tipo de embarcación predominante en el resto de marinas de guerra europeas. […] Su igualdad en maniobrabilidad y velocidad permitía enfrentar al enemigo en la batalla disponiéndose en líneas por escuadras. Desarrollando de este modo una novedosa táctica que dará el nombre a estos buque: “Navíos de línea”. Se clasificaron en Navíos de 1º clase, con 3 cubiertas y 98-120 cañones -a excepción del Santísima Trinidad […]-; Navíos de 2ª clase, con 2 cubiertas y 74 – 98 cañones; y Navíos de 3ª clase, con 2 cubiertas y 60 – 74 cañones», explica el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico en su dossier «El navío de línea».

Lucas recibió el mando de un navío de línea de dos puentes, el «Redoutable»s

Nuestro pequeño amigo, por su parte, tuvo la suerte de recibir el mando del «Redoutable», un navío de línea de segunda clase con 74 cañones (que se aumentaron a 78 posteriormente), 55 metros de eslora y 14 de manga. Robusto y relativamente moderno (pues había sido fabricado en 1791), este buque se fogueó en sus primeros años repartiendo estopa mientras escoltaba bajeles aliados cerca de la costa de Francia. Fuera como fuese, lo cierto es que, tras subir sus gónadas a la toldilla de su navío, se convirtió en uno de los capitanes de navío más bajitos de toda la «Grande Armée» (y, como demostró luego, también el que contaba con más narices a la hora de batirse al enemigo).

El hombre sabio

Así quedaron las cosas con nuestro pequeño capitán. Al menos, hasta que el «petit corso» se hizo nombrar Emperador y, hasta el cetro de tener que aguantar a los inglesetes y su «Royal Navy», tomó una de las decisiones más atrevidas de su carrera militar: se propuso llevar hasta Gran Bretaña un ejército de tierra a través del Canal de la Mancha y, una vez allí, acabar con la monarquía de un único y soberano tortazo. Fácil de decir, pero más difícil de llevar a cabo. Y es que, el «petit gabaché» necesitaba reunir una gigantesca armada que hiciese morder el salitre de las aguas a los barcos que los bebedores de té tenían en los alrededores como defensa. En principio aquello no era un problema, pues contaba en sus astilleros con multitud de buques que podían ser reforzados con otros tantos de España (nación a la que no le había quedado más remedio que alinearse contra Gran Bretaña junto a la «France» después de que el líder galo amenazase con asediar la región si no colaboraban). «No quedé más huevés, mon amie», que debió decir Bonaparte a Godoy. Pintaban difíciles para los españoles, que tuvieron que tragar y, encima, dar las gracias por ello.

Vistas las posibilidades, Napoleón decidió que enviaría una flota de 33 navíos de línea hasta las costas inglesas para transportar a su «Armée» de Francia a Gran Bretaña a través del Canal de la Mancha. El mando de la misma le fue dado al almirante Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve. Oficial de profesión, torpe en sus ratos libres. Porque otra cosa no, pero el francés ya había demostrado sus limitaciones en otras tantas contiendas. No obstante, el hombre andaba bien de enchufes, por lo que el Emperador no lo dudó y le otorgó el bastón de poder en la que, en su momento, era la operación naval de mayor importancia. Sin embargo, antes de que sus bajeles pudieran salir del puerto de Cádiz (donde se habían reunido las dos armadas aliadas para dirigirse hacia el norte), los ingleses bloquearon el puerto con 27 buques similares al mando de Horatio Nelson, el terror de los aliafos en los mares, pues ya le había dado buena estopa en Abukir (Egipto) y el Atlántico a la «France». De hecho, dicen las malas lenguas que Villeneuve solía levantarse por las noches sudando en repetidas ocasiones tras tener una pesadilla en la que aparecía el inglés.

Para la flota franco española (formada por 18 buques del Emperador y 15 hispanos) no quedaba más que combatir si pretendían mantener su honor. O más buen para Villeneuve, quien no quería perder el poco respeto que aún le atesoraba Napoleón (el cual no era demasiado, todo sea dicho). Así fueron pasando las horas hasta que viento va, viento viene, el 21 de octubre los bajeles de la combinada salieron decididos a darse de mamporros contra el inglés. Y eso, a pesar de que los «british» contaban con tripulaciones sumamente entrenadas que, según se dice, daban mil vueltas (y una más, de recambio) a las francesas y aliadas. Sabedor de lo cruda que estaba la cosa, Lucas, que formaba en la combinada a los mandos del «Redoutable», tomó la decisión de entrenar a sus hombres en el uso de armas cortas, bombas incendiarias, y en el disparo desde las cofas de su navío al enemigo.

«El capitán era perfectamente consciente, como lo era el almirante Villeneuve, o el propio Gravina, de que la habilidad de los artilleros británicos les proporcionaba una cadencia de tiro y un porcentaje de aciertos muy superior a los de la flota combinada, y en especial a los de los navíos franceses, por lo que entablar con cualquiera de ellos un duelo artillero no podía sino condenar al bajel propio a una derrota rápida y segura. Por ello, entrenar a los hombres en el abordaje y el combate cuerpo a cuerpo parecía al aguerrido capitán francés una opción más ventajosa, y así lo hizo», añade Iñigo Fernández.

No obstante, el entrenamiento que Lucas proporcionó a sus hombres no fue general en la armada combinada, por lo que la mayoría de los marineros (que eran en muchos casos pordioseros, mendigos y enfermos que habían sido llevados a los navíos a punta de bayoneta para completar las tripulaciones) tuvieron que enfrentarse al inglés sin haber disparado un cañón en su vida y sin haber manejado un sable nunca. Otro imprevisto infame que colaboró en la que fue una de las mayores derrotas de la historia de la Armada española en aguas del Atlántico (y una contrariedad que conocían perfectamente los capitanes españoles).

Las gónadas del canijo

A las ocho de la mañana del 21 de octubre, las armadas se encontraron dispuestas para la lucha frente al cabo Trafalgar. La combinada, por orden de Villeneuve, formó una extensa línea para cañonear al enemigo mientras este se acercaba. En el centro de la misma se ubicaron los navíos de línea más destacados. En primer lugar, el «Bucentaure» (buque insignia galo) y el «Santísima Trinidad» (un bajel español que podía presumir de ser el más grandes del mundo). El «Redoutable» se hallaba cerca de ambos, en todo el meollo de la cuestión. Por su parte, Nelson determinó crear dos columnas que cortarían a los enemigos por el centro en perpendicular. La primera comandada por él y, la segunda, dirigida por Cuthbert Collingwood a lomos del «Royal Sovereign». Para dar ejemplo, ambos oficiales dispusieron que ellos irían en cabeza, por lo que se llevarían una buena parte de los cañonazos mientras, viento en popa a toda vela, se acercaban a los aliados para atravesar su formación.

A las 11:40, Nelson gritó sus órdenes a las dos columnas de navíos y todos supieron (como ya suponían, por otra parte) que les tocaba cargar contra el enemigo y llevarse más de un zurriagazo por proa durante el camino. Sin embargo, el Almirante sabía que, en el caso de que llegasen a cortar la línea, repartirían buenos cañonazos entre sus contrarios. Mientras por la mollera del «british» pasaba todo aquello, Lucas se dedicó a dar ánimos a su tripulación antes de la lucha. «A las once la flota izó sus colores El ritmo de los tambores tocaba ‘Aux Drapeaux’. Los soldados presentaron entonces sus respetos a la bandera, que fue saludada por oficiales y marineros con aplausos. Después, todos repitieron siete veces “¡Que viva el emperador!”», explicó el mismísimo Lucas en el informe que presentó a Napoleón después de la batalla de Trafalgar. La suerte andaba ya echada, y lo único que se podía hacer era combatir hasta la muerte. Al fin y al cabo… ¿a dónde podían huir en medio de una inmensa masa de agua?

Según escribió el mismo Lucas, mientras las columnas enemigas se acercaban a ellos se percató de que la armada franco española disparaba horriblemente mal: «Cuando la columna del enemigo empezó a dirigirse hacia nosotros, el “Bucentaure” comenzó a disparar. Pero desde el castillo de proa pude observar que nuestras naves disparaban mal. Me percaté de que todas las andanadas iban demasiado bajas y se quedaban cortas». Pero el galo pudo quejarse durante un escaso tiempo de ello, pues poco después, y a la velocidad del rayo, el «Victory» de Nelson -seguido por toda la columna- estaba encima del centro de la formación aliada. Y es que el almirante británico, que de tonto no tenía ni un pelo de la peluca, había decidido abalanzarse sobre la popa del «Bucentaure» aprovechando que estaba desprotegida debido a que el bajel que debía cubrirle se había quedado rezagado. Aquello podía haber sido un desastre increíble. No obstante, allí esta Lucas para, gónadas mediante, poner su cascarón a rebufo del de su almirante y salvarle, nunca mejor dicho, el culo.

«Nelson, a la cabeza de su columna, había intentado cortar la línea formada por Villeneuve en un punto situado entre el español “Santísima Trinidad”, el barco más grande del mundo, un cuatro puentes de 136 cañones, y el “Bucentaure”, el buque insignia francés. Al no lograrlo, hubo de desviarse y terminó haciéndolo entre el “Bucentaure” y el “Redoutable”, con lo que el navío de Lucas, un ordinario dos puentes de 74 cañones, hubo de enfrentarse al poderoso “Victory”, el navío insignia británico, un tres puentes de gran potencia de fuego, 110 cañones en total», explica el experto español en declaraciones a ABC.

La batalla esta servida en badeja, y el «petit» Lucas no iba a achantarse. Uno de sus primeros disparos fue, de hecho, glorioso. «La bala dio en el velacho del “Victory”, lo que generó vítores y gritos por toda la nave. Después mantuvimos el fuego, y en menos de diez minutos, el buque insignia británico había perdido su palo de mesana. Mientras tanto, me preocupé de tener cerca la popa del “Bucentaure” [para que el “Victory” no entrara entre los dos navíos]. De hecho, el bauprés del “Redoutable” llegó a tocar la popa de la nave insignia», destacó el capitán.

Borda con borda

Disparó aquí, cañonazo allá, parecía que el «Bucentaure» y el «Redoutable» no tendrían mayor problema para mantener al «Victory» a raya. Craso error, pues el inglés terminó metiendo su proa entre ambos a eso de la una de la tarde y, aunque estaba seriamente dañado, desjarretó una increíble andanada sobre la retaguardia del buque insignia francés que le dejó soberanamente maltrecho y escupiendo un humo negro y espeso. Cortada finalmente la línea, Lucas tiró de arrestos y, dando unos gritos llamativos para alguien de su tamaño, ordenó ponerse borda con borda con el imponente navío británico. Tocaba asaltarlo con infantería, algo que comenzó a la una y diez de la tarde. «Nada podría igualar el ardor de esos héroes en el momento que les anuncié que íbamos al buque insignia de Inglés», añadió Lucas en su texto.

Tras arrimarse al infame británico, comenzó un intenso fuego de fusilería desde el pequeño «Redoutable» que desquició a Nelson, quien probó de primera mano el entrenamiento y la puntería de los hombres de Lucas. «El almirante luchó al frente de su tripulación. Nuestro disparos, sin embargo, fueron tan rápidos y tan superiores a los suyos, que en menos de un cuarto de hora se silenció al “Victory” por completo. Más de doscientas granadas fueron lanzadas sobre el mismo con el mayor éxito,… sus cubiertas quedaron llenas de muertos y heridos. La parte superior de la cubierta se convirtió en un desierto», determinó el capitán. Con todo, lo mejor para los franceses estaba por llegar, pues -aproximadamente a la una y media- un disparo de un tirador francés del «Redoutable» impactó en el hombro izquierdo de Hortio Nelson, el mayor héroe de la marina inglesa. Cuando uno de sus oficiales acudió a comprobar el estado de su superior, el británico fue franco: «Han acabado conmigo Hardy, me han destrozado la columna vertebral». No andaba errado, pues a los pocos minutos dejaba este mundo en la cabina dedicada a los heridos de su navío. Nada se pudo hacer.

Hasta este punto, todo bien para el «Redoutable». Pero poco le duraría la alegría ya que, viendo cuánto sufría su almirante, el navío inglés «Temeraire» acudió en su socorro. «El buque de tres puentes “Temeraire” se acercó en ese momento al “Redoutable” y disparó sobre él todos sus cañones. En efecto fue terrible; cerca de 200 hombres fueron impactados por las balas o por la metralla. El heroico Lucas recibió también una herida, pero como no era muy grave, no dejó por eso de dar órdenes», determina, en este caso, el historiador francés contemporáneo de Lucas. Si la situación se puso difícil por culpa de este bajel, no es necesario definir la desesperación que causó en los franceses la entrada de otro cascarón en la refriega, el «Tonnant», de 80 cañones. «Este se colocó en su popa y lo aplastó [al “Redoutable”] con varias oleadas de enfilada a bocajarro. En menos de media hora, el “Redoutable” fue dejado en un estado lamentable. El capitán del “Temeraire”, viendo el mal estado en el que estaba, instó a rendirse a Lucas, pero este respondió con una andanada de sus fusileros», completa el autor.

Aquel acto de valor fue uno de los últimos que pudo hacer Lucas antes de rendirse, pues -al poco- el gran mástil del «Redoutable» cayó sobre el «Temeraire» tras un cañonazo, lo mismo que sus masteleros. Para colmo de desastres, los oficiales informaron a Lucas de que se había iniciado un incendio en el navío. Así pues, desesperado y sabedor de que ya no quedaba más de su bajel que un cascarón lleno de agujeros, el «petit capitan» bajó la bandera gabacha de su navío en señal de rendición. Eso fue a las dos de la tarde y tras plantar testa a dos «british» superiores a él, y al «Victory», de un centenar de cañones. El pequeño «Redoutable» había cumplido su deber, y con creces. «No solo aguantó su embate varias horas, sino que incluso trató de abordar al “Victory” hasta en cuatro ocasiones. Y no conforme con ello, el pequeño buque francés soportó también el ataque del “Temeraire”, de 98 cañones, cuya presencia lo colocó entre dos fuegos, sellando con ello su sentencia de muerte, ya del todo confirmada cuando a la lucha se suma el “Neptune” inglés», completa a ABC Iñigo Fernández.

Más de 500 marinos del «Redoutable» murieron en la batalla

Las bajas que había sufrido también atestiguaron las narices que Lucas había puesto en la lid. «Desarbolado por completo y con cerca de 600 bajas de una tripulación de menos de 700 (522 de 643), se hundiría al día siguiente como consecuencia de los gravísimos daños sufridos. Pero nadie podría negar que Lucas había hecho mucho más de lo que nadie podía haberle exigido. Al resistir tanto tiempo, sin duda redujo los terribles daños sufridos por su bando, y al ser responsable indirecto de la muerte de Nelson, el almirante inglés, propició el error que su segundo al mando, Collingwood, cometió al día siguiente, al afrontar la pavorosa tempestad que se desató sin tomar las medidas adecuadas, hecho que permitió que varios navíos aliados escaparan de los ingleses que los habían capturado y otros se hundieran, dejando así a los vencedores con muy escaso botín», finaliza el experto en declaraciones a este diario.

Apresado junto con la poca tripulación que había sobrevivido a la contienda, Lucas fue llevado hasta Inglaterra como reo. No obstante, siempre fue tratado con muchísima distinción. Su cautiverio no duró, además, demasiado, pues en abril de 1806 regresó a Francia. El 4 de mayo se presentó a Napoleón en «Saint Cloud» sin saber como le iba a recibir este. Tuvo suerte, pues el Emperador no solo le felicitó, sino que le honró como a pocos de los capitanes que habían vuelto de Trafalgar. A su vez, dijo una frase que marcó al «petit capitan». Explicó a todos que, con más hombres como él, podría haber vencido sin problemas la contienda. Una buena bofetada para Villeneuve, para quien solo hubo reproches. A su vez, le entregó en mano la condecoración de la Legión de Honor, una de las mayores de la época, y le dio el mando del navío de línea «Regulus».

La última aventura de Lucas

Después de Trafalgar, la vida de Lucas puede parecer ya de por sí trepidante. Sin embargo, al pequeño galo todavía le quedaba vivir una última aventura sobre el «Regulus». Esta se sucedió en 1809 cuando, mientras una flotilla francesa en la que encuadra nuestro protagonista y que se hallaba a las órdenes del vicealmirante Allemán, tuvo que resistir en la isla de Aix (al oeste de Francia) el ataque de una gran armada británica. «El 11 de abril de 1809 la armada fue atacada por la flota del almirante Cochrane, compuesta por 12 buques, 7 fragatas, 9 bricks, 6 avisos y cerca de 40 barcos más, de los cuales la mayoría eran brulotes», explica Hennequin.

Durante aquel combate, el navío de línea del pequeño capitán fue uno de los primeros en ser atacado por un brulote de su graciosa majestad (un navío incendiado lleno hasta la cubierta de explosivos con el único objetivo de llegar hasta el enemigo y soltar sobre él toda su fatídica carga). La situación fue infame. «El fuego se extendió pronto en el “Regulus”; ganó el bauprés y toda la parte delantera del buque. La tripulación intentó apartarse de ese brulote con un ardor heroico, y todo ello maniobrando mientras caía una lluvia de proyectiles de todo tipo lanzadas por los brulotes y por los buques enemigos», añade el gabacho.

Lucas agotó la munición justo en el momento en que su enemigo decidió retirarse

Tras media hora de lucha contra aquella bomba flotante, los hombres del «Regulus» lograron desembarazarse de él y, como otros tantos, huir a toda mecha hacia la bahía más cercana para alejarse de los hombres de la Pérfida Albión. Tras su huida, el buque logró anclar en la bahía de «Fouras», pero solo y sin ningún compañero en el que apoyarse. La situación, que ya pintaba soberanamente mal, terminó de recrudecerse cuando, totalmente encallado en la arena de esta playa, Lucas vio aparecer, cortando el horizonte, una avanzadilla británica dispuesto a mandarlo al fondo de las aguas. Aquella jornada, el marino tuvo que aprestarse para volver a vender cara su vida, como ya había hecho en Trafalgar.

«Mientras estaba encallado en esa posición, una flotilla inglesa compuesta por dos fragatas, dos bombardas, seis bricks, una goleta y tres brulotes vinieron el 13 tras el “Regulus”. Lucas hizo establecer plataformas sobre las cuales se montaron dos cañones de 18 que, junto al resto, formaron una batería de seis piezas, con la cual, en el espacio de seis horas, disparó cerca de 450 golpes que lastimaron fuertemente varios de los barcos enemigos. Muchas bombas cayeron a bordo del “Regulus”; una de ellas atravesó el castillo de popa, todo el falso puente, y explotó en la cala; un hombre murió y cinco fueron gravemente heridos. A otro día, Lucas todavía tuvo que sostener un combate que duró cerca de tres horas, en el cual un hombre murió y cuatro resultaron heridos», destaca el historiador galo.

En los 15 días siguientes, Lucas continuó batiéndose en solitario en el «Regulus» contra aquella flotilla inglesa. Sin descanso. Soltando andanada tras andanada. De hecho, se dice que agotó la munición que albergaba su barco justo en el momento en que, hasta la toldilla del ya cincuentón marino francés, el inglés dio la vuelta a sus buques y se marchó con su honor dolorido. «En fin, después de una lucha de 15 días sobre un solo buque que había sido imposible reducir, el almirante inglés, persuadido de que, ahora en adelante, sus esfuerzos serían inútiles, se alejó en la noche del 25 al 26. Habiendo recibido Lucas de “Rochefort” las vituallas que le eran necesarias, entró el 29 de abril en el puerto, donde fue recibido con jolgorio por los habitantes», explica el francés.

Jubilado y muerto

Tras demostrar sobradamente que andaba bien equipado de narices, gónadas y lo que se terciase, Lucas regresó a Brest en 1810, donde recibió el mando del navío de línea «Le Nestor», que conservaría hasta 1816. Ese año, para su desgracia, le obligaron a jubilarse. Contaba por entonces 51 primaveras a sus espaldas y, aunque según se dice, seguía teniendo el vigor de un joven, no le quedó más remedio que dejar a un lado su vida en el mar. No obstante, el dolor por abandonar la carrera marina fue para él supremo, pues se marchó sabiendo que no había logrado el gran objetivo de su vida: ascender hasta el mayor escalafón de la marina. «El disgusto que sintió por ver frenada su carrera antes de ser recompensado con tal ascenso, objeto de su ambición, alteró su salud, y murió en Brest, en el mes de noviembre de 1819, llevándose consigo la estima y los lamentos del cuerpo entero de la marina, pero más particularmente, de los que habían podido apreciar su extrema bravura y sus excelentes cualidades», finaliza Hennequin.

 

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