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  • Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo un altar cristiano en un palacio azteca. Al otro lado se hallaba uno de los terosos más grandes conocidos

La conquista de Tenochtitlan, de autor desconocido.

El 8 de noviembre de 1519 tuvo lugar al fin en la capital azteca el deseado encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Al mando de 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros, el extremeño se había internado hacia el corazón del Imperio azteca sumando para su causa, derrotando en muchos casos, a las tribus vasallas de Moctezuma y había logrado ser recibido por el dirigente azteca como un emisario de otro emperador, Carlos V de Alemania y I de España. Aquello iba a suponer la perdición del soberano azteca. Lejos de la visión grotesca dada por la leyenda negra, lo cierto es que la personalidad de Cortés era embriagadora y se le tenía por un seductor de serpientes. No le resultó complicado ganarse el favor de Moctezuma y obtener permiso para instalarse en el palacio de Axayácatl, perteneciente al padre de Moctezuma.

El soberano azteca quedó seducido por la la personalidad de Cortés, que entre veladas amenazas y palabras sedosas iba ganando más terreno y poder en Tenochtitlan. Montezuma solo se negó abiertamente a construir un altar cristiano en el Templo Mayor de la ciudad para acabar con la idolatría pagana, pero accedió a que se levantara en el palacio donde residían los conquistadores. Uno de los soldados, Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo el altar, tras lo cual avisó a sus compañeros y al propio Cortés, quienes no dudaron en romper la pared. No habían recorrido medio mundo para ahora frenarse por una puerta… El conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo relata el suceso:

«…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro Y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…»

Los frutos de un imperio rico y gigante

El Imperio azteca era la formación política más poderosa en la historia del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

Moctezuma II estaba considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario. Los frutos de su reinado fueron ricos y las arcas estaban repletas cuando llegó Cortés, si bien lo que los españoles hallaron detrás de la puerta tapiada fue el tesoro del anterior monarca, su padre. De hecho parece que se trataba de una especie de recámara o sala del tesoro.

Así y todo, las fuentes indígenas presentan otra versión de los hechos, donde los conquistadores aparecen como unos saqueadores y unos abusadores de la confianza azteca:

«Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan fuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como, travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, los collares de los ídolos, las lunetas de la nariz; hechos de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro […] y anduvieron por todas partes, anduvieron hurgando, rebuscando la casa del tesoro, los almacenes, y se adueñaron de todo lo que vieron.»

De una forma u otra, los españoles se apropiaron de todos estos tesoros y los juntaron con los conseguidos durante su campaña hacia Tenochtitlan. Y a pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores, Moctezuma dirigió en esos días un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. El soberano era a esas alturas ya prisionero de los españoles y no estaba en condiciones de negarles nada.

Sin embargo, cuando los ánimos parecían calmarse y los invasores planeaban su salida de la ciudad con los tesoros llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez había confiscado en la isla de Cuba los bienes de Hernán Cortés por conducir la empresa sin su permiso y había organizado un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar al extremeño.

El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez. Cortés se impuso, valiéndose de un ataque sorpresa, a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán. No obstante, allí su ausencia resultó fatal para los intereses españoles. Al mando de Pedro de Alvarado, la guarnición española se atrincheró en torno al tesoro amontonado, mientras la ciudad entraba en ebullición por el secuestro de su monarca y los excesos hispánicos. La muerte de algunos notables aztecas por orden de Alvarado porque planeaban supuestamente dirigir una rebelión contra los españoles desbordó la paciencia de la población indígena, que deseaban ver a los españoles en la piedra de los sacrificios más pronto que tarde.

Durante unos días, los europeos intentaron utilizar de nuevo a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; hasta que la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas. Cortés tomó esta decisión de salir secretamente en la noche presionado por sus capitanes. Y lo hizo sabiendo que aquello suponía abandonar uno de los mayores tesoros de la historia, entre joyas, objetos varios y oro fundido en barras, valorado en 700.000 ducados, de los que había que descontar una quinta parte para la Corona castellana.

Hernán Cortés expresó que «los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros». Y esa fue precisamente la razón de la lente marcha de la expedición española en su salida de la ciudad. Muchos de los conquistadores iban cargados de metales brillantes entre sus pertrechos. Asimismo, el capitán extremeño dispuso que siete caballos heridos y una yegua transportaran fuera de la ciudad al menos el oro perteneciente al Rey, en tanto el capitán Juan Velázquez de León y varios criados nombrados por Cortés debían defender el carro.

El factor secreto se perdió en pocos minutos. Una mujer que estaba sacando agua de su hogar descubrió a los españoles en su retirada de la ciudad y dio la voz de alarma. Miles de guerreros aztecas cayeron sobre los hombres de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas (unos 2.000), con un balance de más de 600 europeos muertos. Varios testigos afirmaron que el capitán Juan Velázquez de León murió defendiendo el oro del Rey, que había quedado perdido en la retaguardia.

El sueño del oro perdido

¿Qué fue de aquel tesoro?, ¿y del que se abandonó en el palacio azteca? Al día siguiente los soldados indígenas recogieron todo lo abandonado por los españoles, incluido el oro que se había hundido en el lago sobre el que se asentaba la ciudad, y los cadáveres fueron registrados de forma concienzuda. La venganza, no en vano, estaba cerca de llegar. Poco tiempo después de la Noche Triste se libró la batalla de Otumba, donde los españoles se vengaron y dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas y tácticas europeas.

Una vez caído el Imperio azteca tras un asedio a la ciudad y capturado el último emperador en 1521, los españoles mantuvieron la esperanza, convertida en una obsesión, de que los aztecas hubieran escondido el tesoro de nuevo en uno de los palacios de Tenochtitlán o incluso lo hubieran arrojado a la laguna. Es por ello que saquearon todo a su paso y el tesorero Julián de Alderete insistió en torturar al emperador Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan con la quema de sus pies con aceite hirviente para que revelaran la ubicación del tesoro.

El resultado del interrogatorio confirmó que «cuatro días antes que le prendiesen echaron a la laguna todo el oro, tiros, escopetas, ballestas». Pero a pesar de que los españoles se zambulleron en la zona señalada, no se encontró «ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama», afirma el cronista Francisco López de Gómara. Solo se halló allí un poco del oro.

Posteriores torturas dieron con nuevas zonas de rastreo en la laguna, pero el tesoro no pudo volver a ser reunido. El sueño de recuperar algún día estas riquezas escondidas se instaló en el imaginario de estos conquistadores, al estilo de la leyenda de El dorado. Sin ir más lejos, el hijo de Cortés, Martín, segundo marqués del Valle de Oaxaca, auspició varias expediciones para dar con el tesoro. Y ya en el año de 1637, se presentó ante el virrey de Nueva España, Marqués de Cadereyta, el indígena Francisco de Tapia, que decía ser descendiente de aztecas, diciendo saber dónde estaba el fabuloso tesoro de Moctezuma. Este se encontraba según su testimonio en «la laguna grande de San Lázaro, entre el peñol de los Baños y el del Marqués, en un pozo en que acostumbraban bañarse antiguamente…». En ambos casos las búsquedas no lograron su fin.

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  • Jean Fleury destrozó a una flota española y se hizo con las riquezas enviadas por el conquistador al Rey de España, a pesar de que uno de los capitanes españoles perdió ambos brazos defendiéndose del ataque
 Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Francisco I, Rey de Francia y archienemigo de Carlos V, reclamó con insistencia ver el testamento de Adán, para comprobar si era cierto que le había dejado medio planeta en herencia a españoles y portugueses. El irónico comentario del monarca francés hacía referencia a la incapacidad que tenían otros países de Europa de acceder a los territorios americanos y al acuerdo entre Portugal y España, aprobado por un papa valenciano, Alejandro VI, para repartirse el nuevo continente. Frente al monopolio hispánico, el resto solo pudo interponer piratas.

La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc…

Jean Fleury fue uno de los primeros corsarios en poner sus zarzas en los intereses americanos. Como recuerda Carlos Canales y Miguel del Rey en su libro «Las reglas del viento: cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI» (Edaf, 2010), hay quien sostiene que este corsario se llamaba en realidad Giovanni de Verrazzano y era hermano del famoso cartógrafo Hyeronymus, aunque por lo demás resulta misterioso su origen. Fleury fue piloto y comandante bajo las órdenes del armador Jean Ango durante el desarrollo de la Guerra de los Cuatro Años. Con sede en Normandía las actividades marítimas de Fleury se fueron extendiendo a través del Atlántico en busca de las rutas usados por los españoles para trasladar metales preciosos desde el Nuevo Continente. En una de sus incursiones, el francés tuvo un golpe de suerte que iba a cambiar su vida. Se topó con uno de los tesoros más grandes que han cruzado el Atlántico.

El tesoro de Montezuma

Mientras Hernán Cortés y sus hombres estuvieron alojados en el palacio de Axayácatl, en Tenochtitlán, se relata que descubrieron de forma accidental el tesoro de los mexicas. La riqueza hallada era imponente y prometía acabar con los problemas económicos de aquel grupo de conquistadores para siempre. No en vano, durante la Noche Triste una parte de este tesoro se perdió en los canales de la ciudad. La cantidad de oro se rebajó en esos días pero volvió a incrementarse con la conquista de Tenochtitlan un año después. Al final de sus campañas, Cortés separó el 20% de los tesoros reunidos, el llamado Quinto Real, para enviárselo al Rey de Castilla, Carlos, a modo de impuesto y muestra de su lealtad. La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc. El tesoro, mal llamado de Montezuma, estaba formado por máscara, collares, brazaletes, vasos, figuras de jade, perlas, aves, huesos de mamuts y tres jaguares.

Para Cortés era imprescindible que el tesoro llegara intacto a España, porque todavía se seguía juzgando en España si su actuación respecto al gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, había sido correcta. El extremeño necesitaba que Carlos V confirmara su autoridad en México y designó a los capitanes Alonso Dávila y a Antonio de Quiñones para trasladar el Quinto Real. Tres carabelas partieron al fin de San Juan de Ulúa con el objetivo de dirigirse directamente a España. No obstante, la expedición sufrió varios percances. Sin ir más lejos, los jaguares se liberaron y hubo que matarlos para evitar que hirieran de gravedad a varios marinos. En las Azores, Antonio Quiñones murió durante una riña amorosa y dejó a Dávila solo en el mando.

Fleury reunió una flota de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española

Al llegar rumores de que varios corsarios merodeaban el Cabo de San Vicente, como si supieran que a las costas españolas se aproximaba una pieza de calado, Dávila prefirió esperar a la armada de guardacostas de Andalucía. Francia y España se encontraban sumergidos en una nueva guerra en esos años y merecía la pena extremar la seguridad. Pero a pesar de los refuerzos españoles, Fleury reunió una flota mayor de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española dirigida por Domingo Alonso de Amilibia. En las proximidades del cabo de San Vicente se enfrentaron españoles contra franceses, en un duelo desigual donde solo el barco capitaneado por Amilibia resistió las acometidas francesas.

Francia aclama a Fleury

El barco de Amilibia fue arrasado, su capitán perdió sus dos brazos y vio como moría su hijo en la refriega. Amilibia, Alonso Dávila y otros importantes capitanes fueron llevados prisioneros a La Rochelle y permanecieron allí varios años. Pero no todos fueron tan valientes como Amilibia en aquella jornada, el capitán Martín Cantón evitó el combate y condenó a dos de las tres carabelas a caer en manos francesas. La tercera, dirigida por Juan de la Ribera, logró ocultarse en la isla de Santa María a la espera de que desde Sevilla enviaran ayuda. Al desembarcar en el Puerto de Santa María, sin embargo, el obispo Juan Rodríguez Fonseca, confiscó parte del tesoro debido a viejas enemistades con Cortés.

En Francia, un porcentaje del tesoro pasó directamente a las arcas reales, mientras que una parte se expuso al público en 1527 en una fiesta organizada en la mansión del armador Ango. Durante un tiempo, Fleury se convirtió en un héroe patrio. Así abrió el camino a toda una generación de corsarios y piratas que se lanzaron a por los tesoros hispánicos y a amenazar su monopolio, vigente desde 1522. Tanto es así que al Cabo de San Vicente los españoles comenzaron a llamarlo «El cabo de las Sorpresas». Sin embargo no vivió mucho para saborear esta edad dorada de la piratería.

A lo largo de su trayectoria como pirata, Fleury asaltó más de 150 barcos y arrasó la costa peninsular con relativa facilidad. En 1527, fue capturado tras un duro combate con cuatro naos vizcaínas. Una vez trasladado a Sevilla, el pirata fue ejecutado por orden directa del Emperador Carlos, siendo ahorcado en el puerto del Pico, en Colmenar de Arenas, Ávila.


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  • Aunque tradicionalmente se ha considerado que ambos eran primos, en realidad su parentesco era de tío y sobrino, puesto que la línea de Cortés había corrido una generación más que la de Pizarro

 

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Retrato ecuestre de Frabcisco de Pizarro – Wikimedia

El coronel no tiene quien le escriba, tituló el americano Gabriel García Márquez una de sus obras más entrañables. Los conquistadores tampoco tienen quien los escriba. Su historia resulta políticamente incorrecta, y los países que contribuyeron a fundar no los reconocen como suyos. Pero incluso así, el caso de Francisco de Pizarro, conquistador del Perú, es más doloroso que otros. A diferencia del admirado Hernán Cortés, Pizarro y sus hermanos gozaron de escaso reconocimiento en el periodo que les tocó vivir. El carácter gris del extremeño y las sucesivas guerras civiles entre ellos no ayudaron, precisamente, a que Pizarro encontrase quien le escriba.

Hernán Cortés, el apuesto capitán

Cuando Pizarro comenzaba a gestar su leyenda hacía veinte años que Hernán Cortés había conquistado Tenochtitlan. Llovía sobre mojado. Cortés fue considerado el mayor héroe en Castilla por sus coetáneos, incluso por encima del militar más prestigioso del periodo, el Gran Capitán. «Fue en tanta estima el nombre solamente Cortés, así en todas las Indias como en España, como fue nombrado el nombre de Alejandro de Macedonia, y entre los romanos Julio César», escribió Bernal Díaz del Castillo, autor de «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España». Cortés no era un hombre culto, pero sabía impresionar a la gente a través del verbo. Siendo uno de los encandilados el Emperador Moctezuma, que, en una mezcla de síndrome de Estocolmo y admiración sincera, mantuvo una extraña amistad con el hombre que pretendía derribar su imperio.

Valiéndose de la hostilidad que el Imperio azteca arrastraba entre las tribus vecinas, el extremeño fue capaz de aunar los esfuerzos de distintos jefes locales para abrirse paso por el norte de América, usando aquí la superioridad de las armas europeas para imponerse en el campo militar. No obstante, su gesta estuvo en todo momento acompañado de una cuidada propaganda, buscando así convencer a Carlos V de que la suya era su causa, y no la de su rival y superior, el gobernador de Cuba, que se enfrentó a Cortés durante la conquista de México.

Por lo mucho que le importaba su imagen, Cortés insistió en que su biografía la escribiera su capellán, Francisco López de Gómara. Como recuerda Henry Kamen en su libro «Poder y gloria: Los héroes de la España imperial» (Austral), en esta biografía el descubrimiento y conquista de América se presentaban como elogio triunfal de España y obra bendecida por el mismísimo Señor.

La imagen del héroe extremeño quedó grabada sobre toda una generación. También en el extranjero fue visto durante mucho tiempo como el estereotipo de héroe europeo. «Es el producto final de siglos de preparación para un esfuerzo colectivo de la voluntad humana», describe el historiador norteamericano W. L. Schurz en «This New World».

Francisco Pizarro, el cruel conquistador

Nada que ver con la imagen del gris Pizarro. Nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), Pizarro era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Aunque tradicionalmente se ha considerado que ambos eran primos, en realidad su parentesco era de tío y sobrino, puesto que la línea de Hernán Cortés había corrido una generación más que la de Francisco Pizarro.

En 1502, el extremeño se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán, Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje.

Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico

Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente en busca del otro gran imperio americano de su tiempo: los incas. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaban a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

La inferioridad numérica de Pizarro no fue ningún obstáculo. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos? es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por el emperador Atahualpa, al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin de este imperio. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos.

Pizarro y la guerra de los conquistadores

Los conflictos internos entre los conquistadores, que enfrentaron a Pizarro y sus hermanos contra su otrora aliado, Diego de Almagro, enturbiaron todavía más la imagen de los conquistadores del Perú. Tras la derrota y ejecución de Almagro, en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios del derrotado irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño. Las guerras civiles entre los conquistadores se prolongaron hasta finales del siglo XVI, convirtiendo a los Pizarro también en villanos a ojos de de la Corona.

Frente al encantador de serpientes de Cortés, que acudió a la Corte de Carlos V a contar sus hazañas, Pizarro no parecía hecho de la materia de que están hechos los héroes. Codicioso por naturaleza, cruel y dado a buscar su interés personal, o al menos así le recordó el mundo. Fue con el paso de los años cuando surgió la leyenda del humilde Pizarro: una persona sin privilegios que abandona la pobreza y engrosa las filas de la nobleza tradicional. Un héroe para el pueblo.

A lo largo de los siguientes siglos, Pizarro ganó en reputación. Los historiadores norteamericanos, que veían en los conquistadores a los precursores de sus grandes pioneros, elevaron a la categoría de esforzado héroe al extremeño. La primera biografía fiel de Pizarro la publicó el norteamericano William H. Prescott en su «History of the Conquest of Peru», quien consideraba que España había descuidado a uno de sus más famosos héroes: «Ningún español ha intentado escribir una historia de la conquista del Perú basada en documentos originales». La prueba de este descuido es que en Trujillo, su lugar de nacimiento, nadie hizo el menor intento de erigir una estatua al conquistador hasta la década de 1890.

Mientras España empezaba a recuperar a sus héroes levemente, Iberoamérica comenzaba a considerar a los conquistadores como genocidas que habían destruido las fértiles culturas previas a la llegada de los españoles. La Guerra de Cuba de 1898 sumó a EE.UU. a esta tendencia histórica contra los personajes españoles. Aquí, tanto Cortés como Pizarro, compartieron el mismo destino. Ni Perú ni México les aceptaron como los padres fundacionales de sus países.

Sobre tumbas, estatuas y biografías perdidas

Tras ser trasladados desde Europa los restos de Cortés a una iglesia de Ciudad de México en el siglo XVII, la independencia del país cambió radicalmente la imagen que tenían sobre él. A diferencia de otros países como Colombia, que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo México.

Su tumba llegó a correr peligro. Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo.

Trece años después los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir como positivo el papel que jugó el conquistador en su fundación.

El caso de Pizarro es casi idéntico. Durante un siglo se creyó que se habían exhumado y expuestos en un féretro de cristal los restos del extremeño. Sin embargo, a finales del siglo XX unos hombres descubrieron una caja de plomo en un nicho sellado de la catedral de Lima con la inscripción «aquí yace la cabeza del Señor Marqués don Francisco Pizarro, que descubrió y ganó los reinos del Perú y los puso en la Real Corona de Castilla». Un grupo de forenses confirmó que esos eran los restos auténticos, y no los que se homenajeaban desde 1892.

A partir de entonces Perú ha mostrado poco interés en homenajear o reivindicar la figura de Pizarro. A petición de las autoridades peruanas, una estatua del conquistador fue trasladada de Nueva York a Lima en 1934, lo cual se convirtió automáticamente en un foco de controversia. En 2003 las presiones de la mayoría indígena dieron como resultado que esta estatua ecuestre de Pizarro fuera llevada al depósito municipal, a la espera de encontrarle una nueva ubicación. Al año siguiente la colocaron, ya sin pedestal, en un parque rehabilitado del barrio de Rimac. La polémica promete seguir vigente.

Además, frente a las buenas biografías dedicadas a Cortés y a la conquista de México, los esfuerzos por escribir una obra amplia sobre la vida de Pizarro sigue siendo una asignatura pendiente tanto de la historiografía de Perú como la de España.

 


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  • El pintor Augusto Ferrer-Dalmau, asesorado por el historiador David Nievas Muñoz, acaba de concluir “La marcha a Tenochtitlán” un cuadro fidedigno como pocos de uno de los episodios más épicos de nuestra historia, protagonizado por Hernán Cortés. El pintor ha querido que Espejo de Navegantes muestre esta obra por primera vez

Se dice que para motivar a sus hombres, Hernán Cortés, el conquistador del inmenso imperio azteca, quebró sus naves. Se enfrentaba a la posibilidad de retornar a Cuba sin emprender la marcha hacia Tenochtitlán por la que pasó a la historia como una de las más grandes y complejas figuras de la historia. En el encuentro de dos mundos, frente a Veracruz, ciudad recién fundada, tomó una decisión: nunca abandonar esa ambición. Entre sus hombres había leales seguidores del gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, que instigaban al retorno. Desobedecer y aventurarse era arriesgado. No sabían lo grande que era aquella empresa, desmesurada. Eso parecía. A cualquier observador con la mente en sus cabales. No a Cortés.

«Propuso Cortés ir a México. Y para que le siguiesen todos, aunque no quisiesen, acordó quebrar los navíos, cosa recia y peligrosa y de gran pérdida». Ese es el relato de López de Gómara. Ahora, un nuevo cuadro del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, nos muestra qué pasó después. Refriegas y alianzas, pero sobre todo la intuición de cómo los súbditos de Moctezuma se acabarían uniendo a la aventura. Que no era otra que conquistar el imperio azteca. La marcha hacia Tenochtitlán. Pero en esta ocasión, Ferrer-Dalmau ha contado con la inestimable ayuda del historiador David Nievas Muñoz, que le ha permitido elaborar una interpretación fiel de aquel momento. Así, el estilo que le ha convertido en el más afamado pintor de la historia militar de España, tiene un valor añadido, en el empeño de crear una imagen fidedigna de lo que ocurrió. Tradicionalmente se ha pintado aquella aventura con armas más avanzadas, atuendos distintos, detalles que no cuadraban. Ahora podemos asomarnos al aspecto más plausible de una expedición cuyas formas recuerdan más las armaduras tardomedievales que las del XVII.

David Nievas Muñoz es historiador licenciado en la Universidad de Granada. Master en la Monarquía Católica, el Siglo de Oro Español y la Europa Barroca. Y se ha convertido en un guía experto para el pintor. Plantea una reflexión histórica del momento. En Castilla los comuneros están en pie de guerra en ese octubre de 1519. “El joven rey Carlos se había aprestado a viajar hacia Alemania tras conocer la noticia de su elección como Rey de Romanos (paso previo a la coronación imperial) el 28 de junio”. Ferrer-Dalmau y Nievas Muñoz han trabajado conjuntamente codo con codo durante todo el proceso de creación.

Dejemos aquí hablar al relato de Nievas Muñoz, mucho más informado: “Al otro lado de la Mar Océana, un rebelde llamado Hernán Cortés, marchaba hacia al encuentro del emperador Moctezuma y hacia su capital, Tenochtitlán. No lo hacía solo. Tras de él, una heterogénea fuerza por quinientos aventureros sujetos a sus propias ordenanzas y contratos, los llamados conquistadores. Entre dieciséis jinetes y un puñado de piezas de artillería, la mayoría de las cuales eran pequeñas bombardas o falconetes que habían desmontado de los buques barrenados (que no quemados) a la vera de la recién fundada Villa Rica de Veracruz. Pero los arcabuceros, lanceros, ballesteros y rodeleros de Cortés, gente ávida de fortuna (pues no percibían paga, como los soldados del rey en Europa), no eran los únicos componentes de aquel ejército”.

“La Conquista de México, episodio controvertido y fascinante a partes iguales, no se realizó de ésta manera, los unos (españoles) contra los otros (aztecas). La Triple Alianza tenía muchos enemigos, aún entre sus naciones tributarias. Los más acérrimos eran, sin duda, los miembros de la Confederación Tlaxcalteca, formada por los pueblos otomí, pinome y tlaxcalteca. Las fuerzas de Cortés entraron en Tlaxcala, acompañadas por tropas totonacas, habían entrado en Tlaxcala a finales de agosto de aquel mismo año, y tras varios combates contra sus fieros guerreros, habían firmado con ellos una poderosa alianza”.

Sigue el historiador Nievas Muñoz: “El objetivo de éstas tropas era llegar hasta la capital de la Triple Alianza, Tenochtitlán, donde esperaban ser recibidos por el emperador. Antes, contentaron a sus aliados tlaxcaltecas, saldando viejas cuentas con la vecina ciudad de Cholula, uno de los mayores centros religiosos de Mesoamérica. Los españoles justificaron la acción en sus crónicas acusando a los cholultecas de preparar su ciudad como una gran trampa. Sea como fuere, durante seis días la gran ciudad fue saqueada, su templo mayor incendiado y cinco mil de sus habitantes pasados a cuchillo. El ejército acampó en ella durante dos semanas, enviando a Pedro de Alvarado para explorar el camino que debía llevarles hacia la capital.

Les esperaba el Paso de Cortés”, a cuatro mil metros de altura entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En torno al treinta de octubre salieron de Cholula con dirección a Huejotzingo. Cruzaron, para ello, el río Actipan.

La obra completa, impresionante ventana a un momento fundamental de nuestra historia compartida con América

La obra completa, impresionante ventana a un momento fundamental de nuestra historia compartida con América

El encargo

Ferrer-Dalmau no ha querido realizar una obra rompedora sino “marcar la diferencia por una aproximación histórica alejada de clichés”. Lejos de la visión decimonónica del conquistador arquetípico -según relata el historiador Nievas Muñoz, “provisto de colorido gregüescos, morrión de cresta y armas a la usanza de décadas posteriores (como la guarnición de cazoleta, que no aparece hasta la década de 1630), un análisis más cercano a las fuentes artísticas y documentales de la época nos presenta a un conquistador mucho más bajomedieval”. En opinión de Nievas Muñoz, “si atendemos a testimonios contemporáneos de la Castilla de 1520, como los dibujos relativos a la moda española de Christoph Weiditz o el siempre elocuente arte sacro, el conquistador castellano vestiría más como sus abuelos que como sus nietos. No obstante, conviene ponderar el fenómeno de la “moda militar” que en éstos años constituye la imitación de la moda italiana y sobre todo alemana, pues en el tapiz de la Batalla de Pavía, casi contemporáneo a éstos hechos, vemos a una infantería que vestía y armaba a la usanza de los lansquenetes. Éstas pintura quiere reflejar todo ésto, y mucho más. Vemos en ella, por poner un ejemplo, calzas antiguas hasta la cintura tanto como los primeros gregüescos a la moda tudesca”.

Los personajes

Con el mismo espíritu se han elegido a los personajes del cuadro. Guía al conjunto un guerrero tlaxcalteca, en calidad de aliado, “vistiendo su escaupil y empuñando su maquahuitl, la temible espada de madera con lascas de afilada obdisiana formando su filo”, señala el historiador.

Detrás de él, los jinetes, “que tan importantes fueron en las batallas libradas en suelo mexicano, ligeros o con armadura. Celadas con visor, adargas de cuero (préstamo, como muchos otros, de la caballería nazarí a los jinetes españoles), petos milaneses y lanzas ligeras a modo de venablo, con las que poder reñir “a la jineta”, estilo de monta del gusto de los conquistadores, más parecido al de un banderillero actual que al de la doma clásica de una maestranza”. Los detalles que aporta este gran conocedor de la época son impresionantes. Añade que “estos jinetes, terror de sus enemigos, no solían cargar en una formación cerrada, si no que hostigaban al enemigo y le privaban de su ataque mediante recortes, caracolas y otras argucias propias de la actual doma vaquera“.

Siguen arcabuceros y ballesteros, más desconocidos pero numerosos, que “tuvieron gran importancia en aquella conquista. Su número distaba mucho de convertirlos en un factor decisivo. Trece arcabuceros manejando versiones primitivas del arma de fuego portátil que ya triunfaba en los campos de batalla europeos. La estampida del arcabuz y el cañón, comparada por los guerreros mesoamericanos con el trueno, era una gran baza en lo psicológico, al quebrar la moral de aquellos guerreros. La puntería de los treinta y dos ballesteros de Cortés sería, sin embargo, más decisiva, al poder escoger bien sus blancos entre los oficiales y guerreros de mayor categoría de las tropas enemigas. Los más humildes lanceros y rodeleros formaban el núcleo de la tropa, sólidos y disciplinados. Su mayor ventaja, además de las armas y armaduras de acero, era la táctica. Llevaron a sus enemigos un tipo de guerra al que no estaban acostumbrados, basada en sólidas formaciones cerradas con gran poder ofensivo/defensivo, a la usanza de los cuadros de picas europeos, y también la guerra irregular, de la “entrada” y el golpe de mano, aprendida en la Guerra de Granada”. Es la historia que respira por la pintura.

El mérito de Nievas Muñoz y Ferrer-Dalmau no es pequeño. El primero aporta la claridad del estudio histórico para que podamos alimentar nuestra imaginación con elementos de los que hay certidumbre y alejemos nuestra memoria de idealizaciones que no por asentadas son más aceptables. Ferrer-Dalmau ha puesto su técnica en el empeño muy similar al del historiador: la exactitud, el rigor y la técnica asombrosa, al servicio de la historia, de la que nos cuenta el cuadro y también de la que todos compartimos a ambos lados del Atlántico.

Civiles y mujeres

El historiador, entre las sabrosas descripciones del grupo armado, nos recuerda que “la hueste no la formaban solo soldados (tlaxcaltecas o españoles), jinetes, capitanes y cañones. Con ellos, y no menos importantes, iban los civiles. Los caciques totonacas y tlaxcaltecas habían dado a Cortés miles de porteadores. El “tameme” mesoamericano podía cargar un promedio de veintitrés kilos en su espalda, en largas jornadas donde podían cubrirse hasta veinticinco kilómetros diarios. Su monumental esfuerzo fue esencial. Ellos cargaban con los cañones, las vituallas, municiones e impedimenta”.

La descripción es impagable, detallada y nos ayuda a entrar en el cuadro: “Junto a ellos, las mujeres que acompañaban a la tropa, en calidad de sirvientas o mucamas, que realizaban aquellas tareas que aquellos hombres consideraban impropias de su sexo, pero no por ello menos vitales para el día a día de un ejército. Muchos españoles tomaron a éstas mujeres como compañeras, barraganas y en ocasiones esposas, incidiendo en el fenómeno del mestizaje, que se llevaba produciendo desde las primeras expediciones de Colón. No eran las indias las únicas mujeres de la hueste de Cortés, pues también le habían acompañado españolas, como María de Estrada, citada en las crónicas por su bravura en la Batalla de Otumba, donde luchó por su vida como un soldado más. A todas ella ejemplifica la silenciosa mujer tlaxcalteca que acompaña, cargada con su petate, al clérigo en el centro de la composición”.

El rostro del historiador

También fueron herreros, carpinteros, médicos y sacerdotes junto a Cortés. De éstos últimos se conoce bien su nombre e historia. Nievas Muñoz nos lo cuenta: “El único clérigo ordenado de mayores de la expedición era Bartolomé de Olmedo, del hábito de la Merced. Consejero de Cortés y heraldo, en ocasiones, del extremeño, celebró en éste territorio las primeras misas y bautizos, a los que era muy dado”. El homenaje del pintor a su compañero de fatigas trayéndole la historia más fidedigna para mezclarla como base con los pigmentos, está en esta figura de Olmedo. Tiene el rostro del historiador. Él lo agradece enormemente y “como decía el cronista Bernal Díaz del Castillo, a tenor de las causas y propósitos de la empresa, habían ido por servir a Dios y a su majestad y dar luz a aquellos que estaban en las tinieblas; y también por haber riquezas, que todos los hombres venimos comúnmente a buscar”.

“El otro clérigo, no menos importante, era Jerónimo de Aguilar, un diácono secular que había sido prisionero de los mayas tras un naufragio, llegando a ser consejero de un cacique -nos recuerda Nievas Muñoz-. Se presentó ante Cortés y sus hombres al enterarse de su llegada, y en lo sucesivo ejerció de traductor del maya chontal al castellano. Doña Marina, la famosa “Malinche”, le desbancaría en éste papel, como futura traductora, consejera y amante del extremeño. Una figura controvertida, pero esencial, que los propios soldados de Cortés consideraban valiosa “como diez cañones de bronce”.

Marchan juntos

Marchan juntos desde entonces bajo una misma bandera los tlaxcaltecas y los castellanos, soldados y civiles, “dando fe, junto a otras alianzas que contra Moctezuma se firmarán en los meses venideros, de un proceso de conquista y colonización mucho más complejo, en lo político y material, de lo que se pudiera pensar”. Era el final de una época y el comienzo de otra nueva, en la que ya nunca nada sería igual. Sangre y alianzas, guerras y mestizaje, océanos de aislamiento y naves quebradas como mensaje indeleble que expresaba como ninguna otra cosa la claridad de aquel empeño épico: No había vuelta atras.

Volver al pasado, en esta perspectiva, enriquece la mirada de quienes hoy pensamos en el maravilloso resultado de aquella aventura. Lengua y visión del mundo comunes, de la vida y la muerte parejas, los pasos del conquistador en este Rubicón tropical dejarían una huella en la historia que nos define. En 2019 habrán pasado cinco siglos. Ya casi han pasado. Como en otras ocasiones, el pintor de batallas nos recuerda la grandeza de aquellos momentos, de aquellos hombres que se aventuraron en un mundo desconocido.


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  • Los Reyes de España viajan a México esta semana pero, como es habitual y para evitar la controversia, no tienen previsto visitar la remota iglesia donde permanece enterrado el español más importante en la historia del país americano
ABC Retrato de Hernán Cortés en su vejez

ABC | Retrato de Hernán Cortés en su vejez

No se trata de ninguna clase de maldición azteca. No hubo como en el sarcófago egipcio de Tutankamon una inexplicable cadena de muertes. La maldición de Hernán Cortés es la un país que no sabe cómo tratar a un personaje histórico que participó decisivamente en la fundación de lo que hoy es México, pero que es recordado como uno de los mayores villanos de su historia. Y mientras el país sigue debatiendo qué hacer con su legado, la tumba del conquistador español permanece semioculta tras ser víctima de una intensa persecución en el pasado.

Tras sus éxitos militares en el nuevo continente, Hernán Cortés se cuidó de regresar a Castilla a dar cuenta de sus éxitos a Carlos I de España. La relación fue durante un tiempo cordial con el Rey, pero con el tiempo Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que merodeaban la Corte mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. «¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa y no requerían tanta atención. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

La muerte le alcanza cuando su fortuna decaía

El empeoramiento de su relación con Carlos I no evitó que en 1541 el conquistar español fuera uno de los primeros en acudir a la llamada del Rey para realizar una incursión contra Argel, un importante nido de la piratería berberisca. Sin embargo, Cortés fue ninguneado por el Rey y el resto de mandos y la campaña resultó un completo desastre. El repliegue no fue menos desastroso. Hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó completamente las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el sueño de acabar sus días allí.

Hasta el final, Cortés reclamó sin éxito al Emperador nuevas ventajas por sus méritos militares, pero a esas alturas los tesoros de Pizarro eclipsaban a los traídos por el conquistador de México en el pasado. La fama de Cortés estaba en caída libre cuando, tras dos años en Sevilla planeando su regreso a la Nueva España, murió víctima de la disentería. El extremeño falleció en Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 de un ataque de pleuresía a la edad de 62 años. Su testamento estipulaba que fuera enterrado en México, aunque de forma provisional quedó en el panteón familiar de los duques de Medina-Sidonia, que habían velado por su bienestar en su etapa final.

En 1562, dos de los hijos de Cortés, Martín –nuevo marqués del Valle, y Martín –el hijo que tuvo con la interprete nativa doña Marina– llevaron los restos de su padre a México y le dieron sepultura en San Francisco de Texcoco. Comenzó entonces el largo peregrinaje de sus restos por la geografía mexicana. En 1629, quedó en una iglesia de Ciudad de México y luego, en 1794, en una fundación religiosa de la misma ciudad. Este nuevo traslado obedecía al interés del virrey, Conde de Revillagigedo, por dar un mausoleo más pudiente al héroe hispánico a costa del dinero de personajes influyentes de la ciudad.

Pero la independencia de México cambió radicalmente la imagen que tenía el país sobre Cortés. El extremeño tornó a ser el representante de la crueldad y la represión que destruyó la civilización azteca, e incluso fue tildado como genocida. A diferencia de otros países como Colombia que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo el país. No en vano, los murales del artista mexicano Diego Rivera, pintados entre 1923 y 1928, recogen el sentimiento dominante sobre la figura del conquistador. Así, Cortés es una criatura encorvada y llena de deformidades que tiene el oro como única motivación.

La ubicación fue desconocida durante 110 años

Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo. Trece años después, los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. Su ubicación exacta fue remitida a la Embajada de España a través de un documento que fue perdido y luego recuperado en 1946 por investigadores del Colegio de México, quienes asumieron la aventura de buscar los restos ocultos. El domingo 24 de noviembre de 1946 hallaron los huesos y los confiaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir el papel que jugó el conquistador en su fundación. Tampoco su otro país, el que le vio nacer, hace mucho por defender su figura.


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  • «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», afirmó el conquistador extremeño cuando se encontraba a las puertas del Imperio Inca. Solo 13 de los 112 hombres decidieron ser ricos y pasar a la Historia
Wikipedia «Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

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«Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

Tras dos años y medio de viajes hacia el sur, Pizarro recibió órdenes de cancelar la expedición al Perú y regresar a Panamá. El extremeño, que carecía de la elocuencia de su sobrino lejano Hernán Cortes, el conquistador de México, pero estaba convencido de que era la empresa más importante de su vida, trazó una raya en el suelo y dijo con palabras gruesas: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Solo 13 hombres de los 112 supervivientes que componían su expedición decidieron cruzar la línea para «ser ricos en el Perú».

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Existe el acuerdo historiográfico de considerarle hijo ilegitimo de Gonzalo Pizarro Rodríguez, un destacado hombre del Gran Capitán, pero lo cierto es que incluso su año de nacimiento es motivo de controversia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje incluso en nuestros días.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

La primera expedición partió en septiembre de 1524, pero resultó un completo desastre para los 80 hombres y 40 caballos que la integraban. Hubo que esperar otros dos años hasta que Pizarro tomó contacto, al mando de 160 hombres, con los nativos del Perú. A la vista de que por fin había opciones de cubrirse en oro, Pizarro mandó a Almagro de vuelta a Panamá a pedir refuerzos al gobernador antes de iniciar la incursión final. Sin embargo, no solo le negó los refuerzos sino que ordenó que regresaran de forma inmediata. Fue entonces, en la isla de Gallo, cuando el extremeño trazó una línea en el suelo y, según los cronistas, afirmó: «Camaradas y amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros y desamparos; la otra la del gusto. Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».

Los Trece de la Fama, hacia el Impero Inca

Solo 13 hombres, «los Trece de la Fama», decidieron quedarse junto a Pizarro en la isla del Gallo, donde todavía permanecieron otros cinco meses hasta la llegada de los pocos refuerzos que pudo reunir Diego de Almagro y Hernando de Luque, bajo el mando de Bartolomé Ruiz. Cuando estuvieron listos partieron hacia el sur, dejando enfermos en la isla a tres de los 13 al cuidado de los indios naborías venidos en la nave de Ruiz. Así y todo, esta primera expedición que alcanzó el Perú lo hizo a modo de exploración para sopesar las opciones lucrativas del territorio. Hubo que esperar hasta 1532 para que los planes militares del extremeño se materializaran.

Quizás recordando las dificultades que habían tenido Cristóbal Colón e incluso Hernán Cortés para reclamar sus derechos sobre territorios conquistados, Francisco Pizarro se trasladó a España antes de comenzar la incursión armada para obtener derechos de conquista sobre esta zona. La capitulación que Pizarro firmó con la Reina Isabel de Portugal, en nombre de Carlos I de España, en Toledo, le concedió derechos de dominio sobre la zona de Perú que iba desde el Río de Santiago (Río de Tempula) en Colombia, hasta el Cuzco. El documento, además, otorgó el título de hidalgo a «Los 13 de la Fama por lo mucho que han servido en el dicho viaje y descubrimiento». Un hecho que ha permitido a los historiadores identificar –no sin cierta controversia debido a las contradicciones documentales– a esos 13 hombres que quisieron ser ricos en el Perú. Los nombres de estos fueron Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Francisco de Cuéllar, Domingo de Solaluz, Nicolás de Ribera, Antonio de Carrión, Martín de Paz, García de Jarén, Alonso Briceño, Alonso Molina, Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón y Juan de la Torre.

Archivo del Capitolio de EE.UU. Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Archivo del Capitolio de EE.UU.
Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Finalmente, Pizarro zarpó desde la ciudad de Panamá con 180 soldados en 1532 a la conquista del Imperio Inca. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

No en vano, la dificultades que pasó el contingente de españoles, donde el calor y las enfermedades les acosó durante todo el trayecto, alcanzaron la categoría de legendarias cuando tuvieron que abrirse paso entre miles de incas, sin registrar una sola baja, con la intención de capturar al líder Atahualpa en Cajamarca. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos?, es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por Atahualpa al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

ABC «Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

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«Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin del Imperio Inca. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos. Esta guerra se benefició, de hecho, de los conflictos internos entre los conquistadores, que cesaron momentáneamente con la victoria de Pizarro y sus hermanos en 1538 sobre su otrora aliado, Diego de Almagro, que fue decapitado y despojado de sus tierras. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios supervivientes de Almagro irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño.


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  • El conquistador de México acompañó a Carlos I de España en una fracasada campaña contra el Norte de África. Cuando el Monarca dio orden de retirada, el extremeño pidió 400 hombres para tomar en persona la ciudad. Su plan no fue ni siquiera sopesado
La ambición de un anciano Hernán Cortés: conquistar Argel con un puñado de hombres

WIKIPEDIA Retrato de Hernán Cortés en sus últimos años

Carlos I de España acometió la empresa de invadir Argel en 1541con el objetivo de acabar con un importante enclave de la piratería en el Mediterráneo. La campaña, que acabó en un completo desastre a causa de los temporales, contó con la presencia de un centenar de grandes nobles y militares llegados de todos los confines del imperio de su Cesarea Majestad. Uno de los primeros en responder a la llamada de su monarca fue Hernán Cortés, conquistador de México y especialista en los combates contra fuerzas superiores en número. Sin embargo, cuando la situación amenazaba con convertirse en un desastre, el Emperador ordenó la retirada contra el consejo de Hernán Cortés, quien proponía tomar la ciudad argelina con la ayuda de un puñado de hombres. Su propuesta fue tajantemente rechazada; y su mala sintonía con el Rey puesta sobre la mesa: el hombre que había entregado un imperio era ninguneado en la Corte española.

Una de las claves del éxito de Hernán Cortés en su lucha contra el Imperio azteca fue el saberse respaldado directamente por Carlos I. Así, para prevenirse de las desconfianzas del gobernador de Cuba – Diego de Velázquez–, el extremeño mandó ingentes cantidades de metales preciosos y cartas detalladas de sus avances a la Corte española desde el principio de su aventura. Dos capitanes fieles a Cortés, Portocarrero y Montejo, viajaron a Europa en busca del favor real para su capitán, cuando fue acusado de rebelión por el gobernador de Cuba. Y, si bien el nombramiento de Velázquez como Adelantado en el Caribeparecía dar ventaja a sus detractores, los informes que manejaba Carlos I eran favorables a apoyar al extremeño porque «está muy fuerte, los suyos le son fieles y le apoyan muchos pueblos indígenas». El resto del favor real lo ganaron sus victorias y el oro que vinieron con ellas.

Tras consolidar sus conquistas, el extremeño viajó a España en 1529 para dar cuenta en persona de su aventura al Emperador. El prestigio de Cortés en los nuevos territorios era indiscutible, pero en España seguía contando con muchos detractores que le acusaban de saltarse las órdenes de Velázquez. El conquistador acudió al Consejo de Indias a limpiar su nombre y a protestar por los ataques sufridos desde la Península: no se le habían concedido los vasallos que él reclamaba y sus propiedades y privilegios habían sido usurpados por sus enemigos. Carlos I, que durante la comparecencia estaba ausente, denegó la reclamación de Cortés de ser gobernador de Nueva España, pero a cambio le concedió el título de Capitán General de todo el territorio conquistado, 23.000 vasallos y el marquesado del Valle de Oaxaca.

La amistad con el Emperador y las intrigas

La visita a su país natal también sirvió a Cortés la ocasión de reunirse en privado con el Emperador. Se conocen pocos datos sobre el encuentro, salvo que fue una conversación larga y en primera instancia se causaron una buena impresión. La franqueza y sinceridad de sus palabras, propias del carácter del conquistador, agradó a Carlos I, que le mantuvo entre sus cercanos durante varios años. Y aunque la relación fue durante un tiempo cordial, lo cierto es que Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que rodeaban al Rey mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. La pobredumbre de las intrigas cortesanas terminaron afectando a su aparatoso orgullo.

La ambición de un anciano Hernán Cortés: conquistar Argel con un puñado de hombres

MUSEO DEL PRADO Retrato a caballo del Emperador Carlos V

«¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. La cautela de Carlos I a la hora de otorgarle mercedes se sostenía en su menosprecio por los asuntos del Nuevo Mundo cuando había prioridades en Europa de por medio y por los pocos apoyos con los que contaba el conquistador en la Corte. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de Capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

Ofendido y sin obtener lo que consideraba suyo por derecho, Hernán Cortés regresó a Nueva España para administrar sus propiedades. En 1540, una vez de vuelta a Castilla para resolver los interminables pleitos con la Audiencia y el Virrey de México, Cortés decidió acompañar al Emperador, con el cual para entonces mantenía una relación fría, en su cruzada para conquistar Argel, un foco de piratas berberiscos.

Argel, llamada por algunos «la ladronera de la Cristiandad», era una importante base naval desde donde los piratas realizaran sus ataquescontra los barcos procedentes de las posesiones italianas de Carlos I y sus aliados. Al frente de 65 galeras, 450 navíos de menor tamaño y 24.000 soldados, Carlos I y un centenar de nobles procedentes de distintos rincones de su imperio se propusieron demostrar que la ciudad musulmana, con fama de invencible, era tan vulnerable como cualquiera. Y entre aquellos nobles estaba el marqués del Valle de Oaxaca, Hernán Cortés, de 56 años (una edad considerable en esa época), acompañado de sus hijos Martín y Luis, que había costeado de su propio bolsillo un barco capitaneado por Enrique Enríquez.

El fracaso de Argel: humillado y agotado

La enorme flota de invasión fue castigada desde el principio por las tempestades propias del otoño en el Mediterráneo, cuyos efectos habían llevado al marino Andrea Doria a aconsejar que se pospusiera la expedición. Nada hizo cambiar de opinión a Carlos I que ordenó el 25 de octubre de 1541 desembarcar a pocos kilómetros de Argel, una ciudad defendida por una guarnición de 800 turcos y 5.000 berberiscos. El viento hizo que poco más de una decena de bajeles pudiera tomar tierra, causando la pérdida de 150 navíos y 20 galeras en el intento. Los soldados de los tercios españoles al mando del Duque de Alba, la vanguardia de los ejércitos imperiales, consiguieron hacerse fuertes en la costa de Argel a la espera de refuerzos.

Todavía empeorarían más las condiciones climáticas antes de que el Emperador convocara un consejo de guerra en el cabo de Matifou, donde la mayoría de nobles se inclinó por retirarse a más faltar. No obstante, algunos como Hernán Cortés o Martín de Córdova y Velasco, conde de Alcaudete, estimaban deshonrosa una retirada en ese momento y propusieron distintas alternativas. En concreto, el conquistador extremeño se ofreció a encabezar un desembarco de un puñado de hombres, algunas fuentes afirman que 400 soldadoscomo los usados al inicio de la conquista de México, para tomar por sorpresa la ciudad. Apreciaba el extremeño –con bastante buen juicio en opinión del hispanista William S. Maltby en su libro «El Gran Duque de Alba» (biografía sobre el III Duque de Alba, también presente en esa reunión)– que, habiendo desembarcado ya algunas tropas, los riesgos que estuvieran por venir eran menores que exponerse a una retirada desordenada. Su plan, además, era valiente y corría a cargo de un hombre especialista en enfrentarse a fuerzas muy superiores, pero fue desechado sin ser siquiera considerado por el Emperador.

La ambición de un anciano Hernán Cortés: conquistar Argel con un puñado de hombres

WIKIPEDIA Grabado de la ciudad de Argel en el siglo XVI

WIKIPEDIA
Grabado de la ciudad de Argel en el siglo XVI

«Por extraño que parezca, las opiniones de este gran soldado no eran seriamente consideradas en Europa, y no se le prestó ninguna atención», destaca William S. Maltby en el mencionado libro. Ciertamente, Carlos I hizo oídos sordos a la sugerencia del hombre que derrumbó el imperio más poderoso de Norteamérica, y ordenó una retirada ese mismo día. El repliegue fue desastroso y hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. El viaje hasta España fue también muy accidentado, de modo que la flota cristiana quedó dispersa por una decena de puertos. Como si fuera un castigo divino, el Emperador tardó un mes en llegar a las costas españolas.

Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el empeño de acabar sus días allí. No en vano, murió en esta ciudad dos años después sin ver cumplidas sus demandas a la Corona y sin poder viajar a su querida Nueva España una última vez.


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  • La gesta de los conquistadores hispánicos, donde las alianzas con tribus locales y la avanzada tecnología europea fueron claves, está considerada una de las luchas con mayor inferioridad numérica de la historia
Así lograron Hernán Cortés y 400 españoles derrumbar el gigantesco imperio azteca

ABC El asedio final a Tenochtitlán

En medio de un tumulto de profecías que advertían al Emperador Moctezuma II de la llegada de «hombres blancos y barbudos procedentes de Oriente» con la intención de conquistar el Imperio azteca, los malos augurios se materializaron con el desembarco de Hernán Cortés, 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros en la costa mejicana en 1519. El conquistador extremeño –tras varios meses de batallas contra tribus menores en su camino hacia la capital azteca– tomó una decisión radical, destruir las naves, que delató sus intenciones: o ricos, o no volverían a Cuba.

Desde el principio de la expedición, un grupo de los españoles –los llamados velazqueños por su lealtad al gobernador de Cuba Diego de Velázquez– defendía regresar cuanto antes y no internarse más en una tierra que se consideraba dominada por el imperio más poderoso y grande de Norteamérica. «Propuso Cortés ir a México. Y para que le siguiesen todos, aunque no quisiesen, acordó quebrar los navíos, cosa recia y peligrosa y de gran pérdida», narra el cronista López de Gómara sobre la decisión de Cortés. El 8 de noviembre de 1519 iniciaron el viaje definitivo hacia Tenochtitlán los 400 españoles supervivientes, acompañados de 15 caballos y siete cañones, que pasarían a la historia como los principales responsables del derrumbe del estado mexica.

400 españoles contra cientos de miles

A simple vista, podría pensarse que Cortés se creía un moderno Leónidas –el Rey espartano que frenó por unos días al imperio persa en las Termopilas acompañado de solo 300 hombres– y que tenía planeado, como el historiador mexicano Carlos Pereira describió sobre el aspecto de la expedición, «inmolarse voluntariamente al espantoso Huichilobos (la principal deidad de los mexicas )». Pero las apariencias suelen engañar, el extremeño no estaba improvisando: conocía muy bien sus ventajas y había tomado nota de las debilidades de su gigantesco enemigo.

El Imperio azteca era la formación política más poderosa del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

El plan de Cortés para vencer a un ejército que le superaba desproporcionadamente en número, por tanto, se cimentó en incorporar a sus huestes soldados locales. Así, junto a los 400 españoles formaban 1.300 guerreros y 1.000 porteadores indios, que se abrieron camino a la fuerza hasta la capital. Con las alianzas del extremeño, se puede decir que la conquista de México se convirtió, de algún modo, en una guerra de liberación de los pueblos mexicanos frente al dominio azteca.

Así lograron Hernán Cortés y 400 españoles derrumbar el gigantesco imperio azteca

ABC Retrato de Hernán Cortés

Además del odio común contra el terror sembrado por los aztecas, el conquistador extremeño percibió otro síntoma de debilidad en el sistema imperial y lo explotó hasta sus últimas consecuencias. Moctezuma II –considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario– se dejó seducir, como las serpientes, por Hernán Cortés y fue claudicando ante sus palabras, en muchos casos con veladas amenazas, hasta terminar cautivo en su propio palacio. La figura del extremeño ha sido demonizada posteriormente por este doble juego político con el cándido emperador, pero cabe recordar, así lo hacen las crónicas de Bernal Díazdel Castillo y de López de Gómara, la difícil situación en la que se encontraban los hispánicos. Estaban en una exagerada inferioridad numérica, lejos de cualquier base donde refugiarse y tratando con un pueblo que seguía practicando los sacrificios humanos.

A pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores españoles, Moctezuma dirigió a petición de Cortés un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. No en vano, cuando los invasores planeaban su salida de la ciudad llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez, desconociendo que Carlos I había dado su beneplácito personal a la empresa, confiscó en la isla de Cuba los bienes del extremeño y organizó un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar a Cortés. El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez.

Tras un ataque sorpresa, Cortés se impuso a sus compatriotas, que también le superaban en número por mucho, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán, donde encontró una ciudad sublevada contra los españoles, quienes ante los rumores de conspiración habían ordenado la muerte de algunos notables aztecas que le parecieron sospechosos. Durante unos días, los europeos intentaron utilizar a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; sin embargo, la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas, que les provocaron centenares de bajas. No obstante, pocos días después se libró la batalla de Otumba, donde los españoles dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas europeas.

«Ellos no traen armas ni las conocen»

Si hay que señalar cuáles fueron las principales causas del éxito de la empresa de Cortés, a su capacidad de aprovechar las divisiones entre los pueblos de la región y de explotar el carácter dubitativo de Moctezuma hay que añadir la impresión que causaron las armas y las tácticas europeas sobre los aztecas. «Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro», escribió Cristóbal Colón sobre los nativos que encontró en su primer viaje. Tampoco los habitantes de la región mexicana conocían el hierro y, además, sus armas estaban adaptadas a una forma de hacer la guerra que se mostró contraproducente en la lucha contra los europeos. Como en sus guerras tribales, los aztecas buscaron inmovilizar o herir, sin matar, a los españoles con armas fabricadas con huesos o de madera tratada para posteriormente trasladarlos a sus ciudades, donde celebraban con los capturados sacrificios humanos en honor a los dioses o los esclavizaban.

La forma de hacer la guerra en Occidente –matar en vez de apresar– y sus avances tecnológicos –el hierro (en su máxima forma, el acero), la pólvora y el uso de caballos– suplieron la clara desventaja numérica de los españoles y sus aliados. En la batalla de Otumba, Hernán Cortés, 400 supervivientes de la huida de Tenochtitlán y 1.000 de aliados de Tlaxacala se impusieron a 100.000 soldados aztecas seleccionados de entre su élite militar. Los historiadores militares destacan dos claves de la victoria hispánica: la actuación de la caballería ligera dirigida por Cortés, empleando tácticas desconocidas por los mexicas, y que la muerte de un general se consideraba el fin del combate en Mesoamérica.

Según la narración del cronista Díaz del Castillo, tras invocar a Santiago los jinetes españoles se abrieron paso entre sus contrincantes y Cortés derribó a Matlatzincatzin, el líder militar azteca, y el capitán Salamanca lo mató con su lanza, apoderándose del tocado de plumas y el estandarte de guerra de los mexicas. El ejército mexica rompió filas al no tener un mando y comenzó la retirada. Tras la contienda, el extremeño preparó su regreso a Tenochtitlán y a finales de abril de 1521 comenzó el asedio final a la capital, donde fueron determinantes los cañones de pólvora para someter a una ciudad de más de 100.000 habitante.

Sobre el uso de la pólvora, antes de su primera visita a la capital azteca, Cortés ordenó una demostración del funcionamiento de los arcabuces frente a los emisarios de Moctezuma para que dieran fe del potencial de las armas europeas. Lo cual extendió el miedo entre la población, a quienes el simple estruendo de los arcabuces les causaba espanto. Aun así, como prueba de que su impacto fue más psicológico que tangible, los cañones y arcabuces de los soldados españoles de nada sirvieron en la Noche Triste –la mayor derrota de la Monarquía hispánica en sus primeros 50 años de conquista– ni fueron claves en la batalla de Otumba.

A raíz del asedio final de Tenochtitlán, el desgaste provocado entre los sitiados por las enfermedades llegadas del Viejo Mundo supuso el golpe de gracia para los restos de la estructura imperial. Ciertas enfermedades epidémicas desconocidas hasta entonces en el continente americano, la viruela, el sarampión, las fiebres tifoideas, el tifus y la gripe, diezmaron a la población y abrieron la puerta a la conquista de toda Mesoamérica.


ABC.es

  • De lino y seda, fue utilizado en las honras fúnebres de Cortés y guardó sus restos óseos más de un siglo hasta que en 1947 fueron entregados al Museo de Historia Natural
México restaura el pañuelo mortuorio del conquistador español Hernán Cortés

Instituto Nacional de antropoloia de méxico Pañuelo funerario del conquistador español Hernán Cortés

El pañuelo funerario del conquistador español Hernán Cortés fue restaurado totalmente por especialistas mexicanos, informó ayer el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH).

La restauración de este lienzo de lino blanco y encaje de seda negra del siglo XVIII forma parte del proyecto de conservación por los 70 años del Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, reveló el Instituto.

Este Museo recibió en 1947 el pañuelo que más de un siglo guardó los restos óseos de Cortés, fallecido en Castilleja de la Cuesta, España, el 2 de diciembre de 1547 y cuyos restos fueron llevados a México en 1566.

Los restos del conquistador de México cambiaron a través del tiempo varias veces de lugar hasta su última morada en la iglesia de Jesús Nazareno, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

El Instituto explicó que este pañuelo de lino y seda fue utilizado en las honras fúnebres de Cortés y guardó sus restos óseos más de un siglo hasta que en 1947 fueron entregados al Museo de Historia Natural.

Un primer dictamen al lienzo de 72 x 73 centímetros detectó un deterioro mayor en su parte central por haber estado en contacto con los huesos y se determinó someterlo a una limpieza especial y el encaje negro fue restaurado aparte.

El pañuelo tiene en los cuatro extremos «figuras fitomorfas bordadas, que forman una cruz lobulada al centro que alude a la religión cristiana y al uso para el que fue creado», explicó el INAH.

El trabajo estuvo a cargo de las restauradoras Verónica Kuhliger y Laura García. También participaron estudiantes de la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente y los laboratorios de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía.


El Confidencial

Durante siglos se ha pensado que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, uno de los pocos testimonios de primera mano existentes sobre el desembarco de los españoles en el Nuevo Mundo, fue escrito por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés. Cuatro siglos y medio después de su escritura, el profesor de Antropología social y cultural de Mesoamérica de la Universidad de París Christian Duverger plantea una nueva y rompedora hipótesis, recogida de manera divulgativa, a la manera de una novela policiaca, en su último trabajo, Crónica de la eternidad (Taurus): que el auténtico autor de la que fuese considerada por el escritor Carlos Fuentes como “la primera novela latinoamericana” es el propio conquistador Hernán Cortés.

Intrigas de poder, la lucha por la eternidad y el libro secreto de Hernán Cortés

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Duverger aduce distintas razones en su volumen por las que sólo Cortés pudo haber redactado tal libro. Para empezar, porque su autor tuvo que haber estado presente en todos los acontecimientos que se relatan, lo cual limita el espectro de posibles autores a un número muy reducido de soldados. Y entre ellos, es muy poco probable que ninguno gozase de la formación cultural y lectora suficiente como para escribir “tal obra maestra”. El profesor sospecha que el manuscrito fue atribuido falsamente a Díaz por uno de sus hijos, con el objetivo de presentarse como “hijo de héroe”. Una atribución que pocos se han atrevido a discutir, a pesar de que, como Duverger demuestra, los datos son contradictorios.

“Mi libro cambia nuestra percepción de Cortés, que es un mito muy delicado, porque está instalado en un lugar muy especial en la mente mexicana. Por una parte, es el culpable de la conquista, y por otra, se sabe que México fue un país inventado por Cortés”, explica el autor a El Confidencial con un perfecto español tintado por un leve acento mexicano. Duverger recuerda que a finales del siglo XVIII, el “controvertido” conquistador fue reivindicado como “símbolo de la independencia mexicana” en el movimiento independentista posterior a la Revolución Francesa, junto a Nuestra Señora de Guadalupe. “Era el padre de la patria, ya que es el que decide independizar México”.

Sólo será durante siglo XIX, de mano de la Leyenda Negra y la Doctrina Monroe impulsada por los Estados Unidos en el año 1823 “con el objetivo de quitar la legitimidad colonizadora a España para sustituirla por la suya” cuando Cortés comience a adquirir los rasgos del conquistador sanguinario y vil con el que es popularmente conocido en la actualidad. “Es el inicio de la Leyenda Negra que culpa a España de la colonización y las matanzas”, añade Duverger que pinta un retrato del expedicionario totalmente diferente. Fue un conquistador, con todo lo que ello implica, pero también un hombre culto, muy leído, consciente de sí mismo y admirador de las culturas prehispánicas.

Derribando mitos, completando perfiles

“Cortés es un independentista muy particular. Era favorable al mestizaje, tanto de la sangre como de la cultura, al libre comercio y a la independencia de México”, explica Duverger, que ya abordó la figura del conquistador en su trabajo previo, Cortés. La biografía más reveladora (Taurus). Pero el profesor derriba otro mito muy consolidado en México, como es del de Bernal Díaz del Castillo, el que hasta la fecha había narrado “el milagro” que permitió que “500 personas fuesen capaces en dos años de controlar un territorio de al menos 18 millones de habitantes”.

La mistificación de Díaz del Castillo duró 400 años, y la imagen del Hernán Cortés satanizado, 200

Se trata de una crónica popular en México, “porque fue escrita, supuestamente, por un soldado raso que hablaba con una cierta forma de truculencia, rusticidad sofisticada y de una manera simpática”. La tesis de Duverger acaba con la leyenda de ese personaje popular que “escribe una obra maestra siendo un soldado raso”. Como él mismo recuerda, “escribir una obra así requiere mucho trabajo, cultura y lectura de fondo”.

El autor se ha encontrado, de entrada, con dos tipos de resistencias. Por una parte, “la sentimental, al perder a Bernal Díaz del Castillo”. Y por otra, la de aceptar el “Cortés culto y escritor” que Duverger propone. “La mistificación de Díaz del Castillo duró 400 años, y la imagen de Cortés satanizado, 200 años. No es fácil pasar de una creencia a otra certeza”, explica el autor, que recuerda que este nuevo perfil del conquistador no entra en conflicto con el anterior, sino que lo complementa. “Una conquista es una conquista, lo que quiere decir que hubo derramamiento de sangre. No quiero decir que Cortés sea un escritor y sólo eso. La diferencia con otros aventureros es que Cortés reflexiona sobre sus actos y mantiene una distancia con ellos”.

Incluso ha habido quien ha discutido sus tesis, como ocurrió recientemente en las páginas de El País, donde el catedrático de la UAM Guillermo Serés puso en tela de juicio sus hipótesis. Duverger responde: “Fue la respuesta a una entrevista, algo muy peligroso, cuando en el libro hay dos mil referencias, citas y documentos que apoyan mi demostración”. El autor manifiesta que no cree haber publicado un libro manifiestamente polémico, sino una exposición desapasionada de los elementos que refuerzan su tesis. “Estoy dispuesto a discutir con la academia, pero hay que hablar de los elementos que presento y no de las impresiones de la gente. Hacer un libro para no cambiar nada es absurdo. Las investigaciones sirven para descubrir otros enfoques diferentes, no volver a decir lo mismo”. El autor considera que su libro, en unos años, será una obra de referencia.

Un Cortés que no conocíamos

“No quiero decir que la conquista no se hiciese con una fuerte dosis de violencia, no quiero borrar eso”, recuerda Duverger, que califica a Cortés tanto de “genio militar” como de “hombre de libros y de lecturas”. Especialmente en los últimos años de su vida, cuando en Valladolid funda una academia donde debatirá temas como la acción pública o el idioma. Será entonces, según el francés, cuando decida entrar en “la creación literaria” a través de ese personaje ficticio que narra las desventuras de la expedición de Cortés en tercera persona. Para Duverger, las facetas de conquistador y refinado literato no son excluyentes, sino que completan el retrato general del aventurero castellano.El autor afirma que, en México –donde el libro se publicó en primer lugar– “es muy diferente ser conquistado por un hombre culto e inteligente y un gran escritor que por un villano sin escrúpulos que sólo quiere matar indígenas y robar el oro”, una descripción que no se ajusta a la realidad. Duverger explica que al contrario de lo que se suele pensar, Cortés no fundió el oro del tributo de Moctezuma, formado por elementos artísticos como anillos, pulseras o códices, sino que lo envió de vuelta a España en 1519, “con el objetivo de hacer ver a Carlos V que era dueño de un territorio cuyos habitantes, los aztecas, eran un imperio de gran cultura que podían competir al nivel de España o Europa. La dimensión cultural de Cortés estuvo presente desde los inicios”.

Pero ello no le impidió llevar a cabo matanzas como la de Cholula, en la que su ejército pudo llegar a matar hasta a “2.000 ó 3.000 indígenas”. “Tenía que tener determinación para salir vivo de ahí, tenía que matar. Cortés estaba sitiado por 30.000 guerreros cholultecas. En condiciones normales, cuando luchan 30.000 contra 500, son estos los que mueren. La solución fue no dormir, levantarse a las tres de la mañana y matar a todos por sorpresa. Así lo hicieron. Para salvar su vida tenían que utilizar la violencia”.

Un libro con la vista puesta en la posteridad

Dado que Cortés parecía preocuparse de tal forma por su imagen y su representación en la historia, ¿por qué ocultarse bajo la figura de un soldado raso? ¿Por qué no reivindicar su autoría desde el primer momento de forma explícita? Porque, como el mismo Duverger ha explicado en alguna excepción, Cortés tenía a la eternidad en mente, y no a sus contemporáneos, cuando redactó el libro.

“Para una persona que tuvo tanta fama, añadir un poco más significaba poco. La figura del Cortés desesperado que no tiene ningún papel en la sociedad es absolutamente falsa. Es muy popular y vive en Valladolid, donde está la Corte, aunque él represente a la oposición. Y sabe que está al final de su vida, tiene 60 años y muere a los 62”, explica Duvernier. “Seguramente su idea fue la misma de Julio César a la hora de escribir sus memorias”. El título del libro, explica el autor, alude precisamente a la fórmula de Tucídides, el primero de los historiadores, que indicaba que todo lo que queda por escrito queda para la eternidad.

A Cortés no le interesaban sus contemporáneos, sino la eternidad

“Cortés comparte al final de su vida esa idea, por lo que se propone ser el historiador de su propia epopeya y actuar como escritor”. Eso es lo que le conduce a llevar a cabo esta Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que tantos avatares hubo de superar a lo largo de la historia, que es a la vez “un testimonio sobre los hechos” y “una creación literaria”. “Cortés sabe que los escritos duran más que la vida humana, y por eso, 400 años más tarde seguimos hablando de ellos. Esa era su auténtica ambición. El hecho de ser anónimo para él no es importante, porque sabía que sería reconocido como el autor. La memoria escrita dura más que la memoria de los vivos, que sólo dura dos o tres generaciones. ¿Qué era Cortés para sus nietos? Prácticamente nada”.

Algo que ha ocurrido con mucha tardanza, aunque para Duverger, ahora resulte obvia la conexión entre Cortés y el libro al que ahora se atribuye su autoría. “Hay muchos elementos claros que no lo eran antes porque estábamos ciegos. Son guiños de Cortés para que haya una identificación secreta. Por ejemplo, el párrafo donde se equipara con Julio César. Para mí es evidente que un soldado raso no puede decir eso”. Duverger señala a la dificultad de “eliminar las creencias consolidadas” como una de las razones por las que este hallazgo ha tardado tanto en producirse. También, por la serie de “recortes y reescrituras” a las que fue sometido el texto, y por la “mistificación tan bien hecha realizada por el propio Cortés al dar forma a un personaje tan exitoso”.

El nuevo paisaje pintado por Duverger no cambia sólo nuestra percepción de Díaz del Castillo y Cortés, sino también de la España del siglo XVI, y concretamente, de Carlos I de España y V de Alemania, un personaje con el que Cortés mantenía una complicada relación. “Se puede resumir en una relación de competición política. Carlos V representa un mundo monárquico, absolutista, autoritario, defendido por la Inquisición, con censura, monopolio… Cortés se opone a todo eso, porque es republicano y moderno”, señala el autor de El origen de los aztecas.“Si describiésemos el mundo de Carlos V como una monarquía de control inquisitorial absoluto y de derecho divino absoluto nos equivocaríamos, porque había fueros y elecciones en las comunidades, lo que significa que había dos sistemas que cohabitaban”, prosigue Duverger. “Aunque había persecuciones, Cortés existía como opositor y contramodelo”. Esa oposición abogaba por una república “a la italiana”, el modelo franciscano legitimado por las elecciones”, con “libre comercio” e “independencia del mundo intelectual de las universidades”.

“Mi libro define una España mucho más conflictiva de lo que pensamos”, concluye el profesor nacido en Burdeos. “Dentro de la monarquía había brotes de republicanismo, lugares de independencia intelectual. Aporta una visión diferente a la tradicional de una monarquía que asfixia a todos los elementos de la oposición. Cortés era invitado a la boda del rey, cruzaba la calle y estaba en la Corte. Era un opositor, pero un opositor recibido, capaz de exponer sus teorías y sus propuestas”.

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