1525 – Batalla de Pavía


La batalla de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía.

En la batalla de Pavía, los ejércitos de Carlos V vencieron a los de Francisco I de Francia. Tapiz de Bernard van Orley, Museo de Capodimonte.

 

Antecedentes

En el primer tercio del siglo XVI, Francia se veía rodeada por las posesiones de Carlos I de España. Esto, unido a la obtención del título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por parte del borgoñón (1519), puso a la monarquía francesa contra las cuerdas. Francisco I de Francia, que también había optado al título, vio la posibilidad de una compensación anexionándose un territorio en litigio: el ducado de Milán, más conocido como Milanesado. A partir de ahí, se desarrollaría una serie de contiendas de 1521 al 1524 entre la corona Habsburgo de Carlos V y la corona francesa de la Casa de Valois.

Inicio de los enfrentamientos

La primera batalla tuvo lugar en Bicoca (cerca de Monza). La victoria aplastante de los tercios españoles hizo que en castellano la palabra «bicoca» pasara a ser sinónimo de «cosa fácil o barata».

En la segunda batalla, la de Sesia, un ejército francés de 40.000 hombres, mandado por Guillaume Gouffier, señor de Bonnivet, penetró en el Milanesado, pero fue igualmente rechazado. El marqués de Pescara, Fernando de Ávalos y Carlos III de Borbón (que recientemente se había aliado con el emperador Carlos) invadieron la Provenza. Sin embargo, perdieron un tiempo valioso en el sitio de Marsella, lo que propició la llegada de Francisco I y su ejército a Aviñón y que los imperiales se retiraran. El 25 de octubre de 1524, el propio rey Francisco I cruzó los Alpes y a comienzos de noviembre entraba en la ciudad de Milán (poniendo a Louis II de la Trémoille, como gobernador) después de haber arrasado varias plazas fuertes. Las tropas españolas evacuaron Milán y se refugiaron en Lodi y otras plazas fuertes. Mil españoles, cinco mil lansquenetes alemanes y 300 jinetes pesados, mandados todos ellos por Antonio de Leyva, se atrincheraron en la vecina Pavía. Los franceses sitiaron la ciudad con un ejército de aproximadamente 30.000 hombres y una poderosa artillería compuesta por 53 piezas.

El sitio de Pavía

Antonio de Leyva, veterano de la Guerra de Granada, supo organizarse para resistir con 6.300 hombres más allá de lo que el enemigo esperaba, además del hambre y las enfermedades. Mientras tanto, otras guarniciones imperiales veían cómo el enemigo reducía su número para mandar tropas a Pavía. Mientras los franceses aguardaban la capitulación de Leyva, recibieron noticias de un ejército que bajaba desde Alemania para apoyar la plaza sitiada: más de quince mil lansquenetes alemanes y austríacos bajo el mando de Jorge de Frundsberg, tenían órdenes del Emperador de poner fin al sitio y expulsar los franceses del Milanesado.

Francisco I decidió dividir sus tropas. Ordenó que parte de ellas se dirigieran a Génova y Nápoles e intentaran hacerse fuertes en estas ciudades. Mientras, en Pavía, los mercenarios alemanes y suizos comenzaban a sentirse molestos porque no recibían sus pagas. Los generales españoles empeñaron sus fortunas personales para pagarlas. Viendo la situación de sus oficiales, los arcabuceros españoles decidieron que seguirían defendiendo Pavía aún sin cobrar.

A mediados de enero llegaron los refuerzos bajo el mando del marqués de Pescara, Fernando de Ávalos, el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy y el condestable de Borbón, Carlos III. Avalos consiguió capturar el puesto avanzado francés de San Angelo, cortando las líneas de comunicación entre Pavía y Milán. Posteriormente conquistaría a los franceses el castillo de Mirabello.

Finalmente llegaron los refuerzos imperiales a Pavía, compuestos por 13.000 infantes alemanes, 6.000 españoles y 3.000 italianos con 2.300 jinetes y 17 cañones, los cuales abrieron fuego el 24 de febrero de 1525. Los franceses decidieron resguardarse y esperar, sabedores de la mala situación económica de los imperiales y de que pronto los sitiados serían víctimas del hambre. Sin embargo, atacaron varias veces con la artillería los muros de Pavía. Pero las tropas desabastecidas, lejos de rendirse, comprendieron que los recursos se encontraban en el campamento francés, después de una arenga dicha por Leyva.

Formaciones de piqueros flanqueados por la caballería comenzaron abriendo brechas entre las filas francesas. Los tercios y lansquenetes formaban de manera compacta, con largas picas protegiendo a los arcabuceros. De esta forma, la caballería francesa caía al suelo antes de llegar incluso a tomar contacto con la infantería.

Los franceses consiguieron anular la artillería imperial, pero a costa de su retaguardia. En una arriesgada decisión, Francisco I ordenó un ataque total de su caballería. Según avanzaban, la propia artillería francesa (superior en número) tenía que cesar el fuego para no disparar a sus hombres. Los 3.000 arcabuceros de Alfonso de Ávalos dieron buena cuenta de los caballeros franceses, creando desconcierto entre estos. Mientras Lannoy al mando de la caballería y el marqués de Pescara, en la infantería, luchaban ya contra la infantería francesa mandada por Ricardo de la Pole y Francisco de Lorena.

La victoria imperial

En ese momento, Leyva sacó a sus hombres de la ciudad para apoyar a las tropas que habían venido en su ayuda y que se estaban batiendo con los franceses, de forma que los franceses se vieron atrapados entre dos fuegos que no pudieron superar. Los imperiales empezaron por rodear la retaguardia francesa (mandada por el duque de Alenzón) y cortarles la retirada. Aunque agotados y hambrientos, constituían una muy respetable fuerza de combate. Guillaume Gouffier de Bonnivet, el principal consejero militar de Francisco, se suicidó (según Brantôme, al ver el daño que había causado deliberadamente busco una muerte heroica a manos de las tropas imperiales). Los cadáveres franceses comenzaban a amontonarse unos encima de otros. Los demás, viendo la derrota, intentaban escapar. Al final las bajas francesas ascendieron a 8.000 hombres.

El rey de Francia y su escolta combatían a pie, intentando abrirse paso. De pronto, Francisco I cayó, y al erguirse, se encontró con un estoque español en su cuello. Un soldado de infantería, el vasco Juan de Urbieta, lo hacía preso. Diego Dávila, granadino, y Alonso Pita da Veiga, gallego, se juntaron con su compañero de armas. No sabían a quién acababan de apresar, pero por las vestimentas supusieron que se trataría de un gran señor. Informaron a sus superiores. Aquel preso resultó ser el rey de Francia. Otro participante célebre en la batalla fue el extremeño Pedro de Valdivia, futuro conquistador de Chile, y su amigo Francisco de Aguirre.

Consecuencias

En la batalla murieron comandantes franceses como Bonnivet, Luis II de La Tremoille, La Palice, Suffolk y Francisco de Lorena.

Tras la batalla Francisco I fue llevado a Madrid, donde llegó el 12 de agosto, quedando custodiado en la Casa y Torre de los Lujanes. La posición de Carlos V fue extremadamente exigente, y Francisco I firmó en 1526 el Tratado de Madrid. Francisco I renunciará al Milanesado, Nápoles, Flandes, Artois y Borgoña.

Cuenta la leyenda que en las negociaciones de paz y de liberación de Francisco I, el emperador Carlos V renunció a usar su lengua materna (francés borgoñón) y la lengua habitual de la diplomacia (italiano) para hablar por primera vez de manera oficial en español.

Posteriormente Francisco I se alió con el Papado para luchar contra La monarquía hispánica y el Sacro Imperio romano germánico, lo que produjo que Carlos V atacara y saqueara Roma en 1527 (Saco de Roma).

En la actualidad se sabe que Francisco I no estuvo en el edificio de los Lujanes, sino en el Alcázar de los Austrias, que fue sustituido por el actual Palacio Real de Madrid. Carlos V se desvivió por lograr que su “primo” Francisco se sintiera cómodo y lleno de atenciones.


Batalla de Pavía
Guerra Italiana de 1521
Fecha 24 de febrero de 1525
Lugar Pavía, Italia
Coordenadas 45°11′00″N 9°09′00″E (mapa)
Resultado Victoria Habsburgo decisiva.
Beligerantes
Pavillon royal de la France.svg Reino de Francia Estandarte Real de Carlos I.svg España

  • Bandera de Sacro Imperio Romano Germánico Sacro Imperio Romano Germánico
Comandantes
Pavillon royal de la France.svg Francisco I  Rendición
Bandera Navarra.svg Enrique II de Navarra  Rendición
Pavillon royal de la France.svg Francois de Lorena †
Pavillon royal de la France.svg Richard de la Pole †
Pavillon royal de la France.svg Louis de la Trémoille †
Bandera de España Antonio de Leyva
Bandera de España Fernando de Ávalos
Bandera de Sacro Imperio Romano Germánico Carlos de Lannoy
Bandera de Sacro Imperio Romano Germánico Jorge de Frundsberg
Fuerzas en combate
Ejército Francés
• 29.000 – 32.000 hombres
• 53 cañones
Guarnición en Pavia:
• 6.300 hombres
Ejército de refuerzo:
• 24.300 hombres
• 17 cañones
Bajas
8.000 franceses muertos o heridos y 5.000 mercenarios alemanes muertos 1.500 muertos o heridos

La historia olvidada de cómo Venezuela fue vendida por Carlos V a los banqueros alemanes


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  • A su regreso a casa después de numerosas correrías, Philipp von Hutten, el último gobernador de esta colonia, y Bartolomé Welser, heredero de la banca alemana, fueron inmediatamente ejecutados por el capitán español Juan de Carvajal el 17 de mayo de 1546. Los términos del contrato no se habían cumplido
 El galeón «La Santa Trinidad», que formó parte de la expedición a Venezuela en nombre de la familia Welser

El galeón «La Santa Trinidad», que formó parte de la expedición a Venezuela en nombre de la familia Welser

La contribución de los alemanes a la conquista y colonización de América se limita a un episodio anecdótico pero casi desconocido. Carlos V cedió este territorio durante 18 años a una familia de banqueros germanos con el fin de pagar una deuda odiosa, la que le había hecho Emperador del Sacro Imperio Germánico. Un trozo del Nuevo Mundo a cambio de poder en Europa. Los banqueros más aventureros, los Welser, asumieron el reto.

Una deuda gigante a cambio de una Corona

Amigo y deudor también de banqueros, el Emperador Maximiliano dejó inacabados sus planes por su inesperada muerte, supuestamente debida a una indigestión de melones, y no pudo asegurar la Corona imperial para su nieto Carlos de Gantes, ya entonces Rey de España. La Casa de los Austrias llevaba casi un siglo al frente del Imperio, pero Maximiliano, en su rebosante mediocridad, no consiguió nunca el propósito de ser coronado por el Papa, lo que impidió que pudiera designar formalmente a su nieto como Rey de los Romanos. Sin este requisito, su nieto se veía obligado a obtener su elección entre una votación de los siete Príncipes electores y a enfrentarse a otros candidatos con sangre igual de azul.

Carlos contaba a favor de su causa con el apoyo de su abuelo y de su entorno, pero ni siquiera había pisado Alemania y entendía tan poco de alemán como Francisco I de Francia, otra opción a tener en cuenta. El resto de candidatos eran Enrique VIII de Inglaterra, el Rey de Polonia y el Duque de Sajonia, aunque el paso de los días evidenció que la elección iba a ser cosa de dos, siendo Francisco el favorito. «Sire, los dos cortejamos a la misma dama», anunció el francés al saber que ambos aspirarían al trono de Carlomagno. La remontada del Rey de España aconteció por una razón muy básica: tanto la familia de banqueros de los Fugger como la de los Welser se negaron a conceder créditos a Francia, tal vez por un leve atisbo nacionalista (evitar que un monarca francés amenazara las leyes y privilegios germanos) o tal vez porque la oferta carolingia sonaba más jugosa.

El nieto de Maximiliano subió la apuesta hasta los 851.918 florines, mientras Francisco I se retiró con la mitad de fichas. El 28 de junio de 1519, los electores eligieron por unanimidad a Carlos de Gantes, a partir de entonces y para siempre: Carlos V, káiser, Emperador del Imperio Romano Germánico, heredero de la tradición romana y las hazañas de Carlomagno. Ahora faltaba pagar la factura.

La familia de banqueros aventureros

Los Welser y los Fugger dominaron la economía mundial durante buena parte del siglo XVI, siendo sucedidos por los banqueros genoveses ya en tiempos de Felipe II y Felipe III. No eran banqueros en el sentido clásico de la palabra, sino «merchant bankers» (banqueros comerciantes), por lo que estaban encantados de aceptar pagos en forma de minas, recursos naturales, territorios e incluso botines de guerra.

Una vez Carlos fue coronado, reclamaron su parte del pastel, el pago de su deuda… Si bien los Fugger (hispanizados como «Fúcares») se dieron por contentos con las millonarias rentas de las órdenes militares españolas; los Welser («Belzares) seguían a finales de 1528 sin haber percibido todo el dinero. A modo de ultimátum: si la Corona quería nuevos créditos, debían ofrecerles alguna clase de pacto o de aventura comercial. La respuesta del Emperador fue un acuerdo por el que cedió una parte del Nuevo Mundo para que la explotasen a su gusto, liberados de cualquier clase de impuesto a la Corona española.

Aquello era algo inédito, ya que Castilla mantenía un férreo monopolio comercial en toda América. En 1522, Carlos V de Alemania y I de España había rechazado una petición de Barcelona para obtener permiso de comercio directo con América desde sus puertos, y remitió a los comerciantes catalanes –como al resto de habitantes de España– a trasladarse a Sevilla (más tarde a Cádiz) y hacer uso de sus infraestructuras. El monopolio estatal estaba controlado estrictamente desde Sevilla y obliga a que ningún barco pudiera salirse de esta ruta. De ahí que resultara tan excepcional el acuerdo firmado con los banqueros alemanes, a los que se les permitía nombrar gobernadores propios, usar a los indios como mano de obra e incluso esclavizarlos, además del permiso para llevarse hasta 4.000 africanos.

Los Welser aceptaron el arriesgado reto, porque habían nacido más para el comercio que para las finanzas

En este sentido, los alemanes estaban obligados por contrato a fundar dos ciudades y a construir tres fortalezas. Y los Welser debían enviar una escuadrilla de cuatro navíos con doscientos hombres, armados y equipados a sus propias expensas, para ayudar al Gobernador de Santa Marta en la pacificación de aquel territorio. Además, podían explorar el territorio próximo en busca de metales preciosos, pero aquí sí debían dar una parte a la Corona española, y aportar 50 técnicos para explotar las minas de la región.

Los Welser aceptaron el arriesgado desafío, porque habían nacido más para el comercio que para las finanzas. De hecho habían mostrado interés y obsesión por el Nuevo Continente desde casi el principio. Tuvieron tierras en Canarias; establecieron una oficina en Santo Domingo; avanzaron hacia México para explotar las minas de plata de Zultepec; y se involucraron en la expedición de Pedro de Mendoza en la que descubrió el Río de la Plata.

Ahora, el territorio concedido a los alemanes fue la provincia de Venezuela, cuyos límites estaban definidos por el Cabo de la Vela (la actual frontera con Colombia) por el Oeste, y el Cabo de Maracapana por el Este (cerca de la ciudad de Barcelona). Varias islas cercanas a la costa quedaron también bajo jurisdicción de los Welser. Era aquella –sabían– la mayor oportunidad económica de su vida.

La obsesión con «El Dorado»

El primer gobernador de Klein-Venedig (Pequeña Venecia) fue Ambrosio Ehinger, cuya principal obsesión fue la encontrar el mítico «El Dorado». Empleando como base la isla de La Española, 4.000 esclavos africanos y cerca 400 alemanes desembarcaron en Venezuela para levantar esta pequeña colonia. Aunque desde el principio parecieron poco interesados en cumplir la parte del contrato que exigía colonizar el territorio. Más bien buscaban cosas brillantes.

En 1529, Ehinger fundó la villa de Maracaibo, pero no logró encontrar las cantidades de oro que los banqueros habían previsto y se sumió en una loca incursión por la Sierra de Perijá hasta las tierras del río Magdalena, en Colombia. Allí recibió un fechazo mortal en la garganta a la altura de Chitacomar, en el territorio independiente de los chitareros, una tribu hoy extinta.

Maracaibo languideció, con apenas 30 vecinos y muy poca actividad comercial, hasta que seis años después el conquistador alemán Nicolás Federmann ordenó trasladar la «capital» de esta colonia a la península de la Guajira, con el nombre de «Nuestra Señora Santa María de los Remedios del Cabo de la Vela» (en la actual Colombia). En su primera expedición (1530), Federmann recorrió la región de Barquisimeto, Portuguesa, Yaracuy y el oriente de Falcón. En 1536 llevó a cabo su segunda expedición con gran interés, como todos, por las perlas de las islas próximas.

El siguiente gobernador, Georg von Speyer, tampoco tuvo demasiado éxito en sus objetivos y sus hombres fueron asolados por enfermedades tropicale y hostigados por los indígenas. El último gobernador de esta Venezuela germana, Philipp von Hutten, el hijo de un burgomaestre, se adentró a la desesperada en el interior del continente, en dirección a Colombia, causando gran agitación y desorden a su paso.

A su regreso a casa después de numerosas correrías, Philipp von Hutten, a quien acompañaba Bartolomé Welser, heredero de la banca alemana, se tuvo que enfrentar con el español Juan de Carvajal, quien había sublevado a la población de soldados arruinados contra la pésima gestión de los Welser. Se dice que el español encargó a un negro cortarles las cabeza a los dos aventureros con un machete poco después de apresarlos, «y como el instrumento tenía embotados los filos con la continuación de haber servido en otros ejercicios más groseros, con prolongado martirio acabaron con la vida aquellos desdichados, más a las repeticiones del golpe que al corte de la cuchilla».

El final de un imperio de banqueros

Carvajal no debía temer represalias. El Consejo de Indias retiró la concesión a los Welser ese mismo año por incumplimiento del contrato de arrendamiento. Tampoco en la Corte imperial les quedaban ya muchos aliados a estos banqueros, dadas las sospechas de que estaban apoyando al movimiento luterano en Augsburgo.

En 1556, con la suspensión de pagos decretada por Felipe II, que afectó también a los Fugger, se inició un rápido declive de las actividades financieras

Después de esta terrible experiencia, los alemanes no volverían a conseguir establecer una colonia permanente en América, a excepción de casos aislados como es el caso de la Compañía Africana de Brandeburgo. Suyo fue el control del comercio de esclavos en la isla de Santo Tomás (las Islas Vírgenes).

Los Welser tampoco tuvieron una segunda oportunidad. En 1556, con la suspensión de pagos decretada por Felipe II, que afectó también a los Fugger, se inició un rápido declive de las actividades financieras de la familia. En 1614, en los albores de la Guerra de los Treinta Años, fue declarada la quiebra de la Casa Welser, siendo Matías Welser encarcelado y perdiéndose el rastro de sus archivos familiares en la bruma de los tiempos.

El Asedio de Metz, la cruel derrota que humanizó al hasta entonces indestructible Carlos V


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  • La humillación de Innsbruck y la derrota contra los franceses sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. Un ejército de 55.000 soldados, dirigido por el Gran Duque de Alba, fue vencido por el invierno en su intento de recuperar la ciudad obispal

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Tiziano presentó en su cuadro de la batalla de Mühlberg a un atlético e imperial Carlos V. El guerrero invicto a lomos de un caballo, cabalgando, lanza en ristre, en solitario, por un sombrío pero calmado paisaje alemán. Sin rastro de polvo ni de sangre ni de sudor. Un ser inmortal que nada tenía que ver con el verdadero Emperador, un hombre aquejado de gota, castigado por décadas de guerras, y con una infinidad de años menos de los que aparentaba. Poco después de la batalla, Carlos demostraría al mundo que del jinete pálido de Mühlberg ya solo quedaban las ruinas.

A mediados del siglo XVI explotó en Alemania la tensión religiosa prendida por Lutero varias décadas antes. Interesados en minar la autoridad del Emperador, varios príncipes alemanes asumieron como suyo el mensaje de la Reforma, ya fuera de forma sincera o por congraciarse con los sectores populares. En la batalla de Mühlberg, 1547, se enfrentaron estas dos alemanias, saliendo vencedor indiscutible el Emperador y la causa católica. Frente a su inferioridad numérica, el Emperador respondió con uno de sus habituales golpes de efecto: logró que se cambiara de bando uno de los cabecillas luteranos, el Duque Mauricio de Sajonia, que ambicionaba el título y los territorios de su primo Juan Federico I de Sajonia.

Todos contra Carlos V

Con Lutero muerto y la Liga de Esmalcalda derrotada por la vía de las armas en 1547, los cabecillas protestantes fueron encarcelados en el castillo de Halle y los aliados de Carlos V recompensados. A Mauricio de Sajonia le otorgó el cargo de elector por todos sus servicios, y a los que habían permanecido del lado imperial les recompensó con diferentes prebendas. El César y sus aliados habían triunfado por completo, aunque aquello solo fuera a durar un instante.

En poco tiempo los príncipes alemanes supervivientes se aliaron con el nuevo Rey de Francia, Enrique II, quien tomó de golpe las plazas imperiales de Metz, Toul y Verdún, al tiempo que los turcos conquistaban Trípoli.

Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales

Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales

Todos sus rivales se conjuraban a la vez contra Carlos. Aunque entre ellos no se podía incluir Francisco I de Francia, que falleció a causa de la sífilis en marzo de 1547 sin poder asistir a los éxitos de su hijo. Mientras una fuerza francesa reclamó los territorios españoles en Italia, Mauricio de Sajonia traicionó a los católicos y se puso al frente de un nuevo ejército protestante, concentrado en Franconia, que pretendía liberar Alemania del «yugo de los españoles y de los sacerdotes de Roma».

El 6 de abril de 1552, Carlos se vio obligado a salir en medio de la noche del castillo de Innsbruck (Austria) por una puerta secreta. La traición de Mauricio sorprendió al Emperador Carlos sin más compañía que un puñado de soldados y su séquito más próximo.

El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante

El Monarca atravesó terrenos montañosos y fríos estando prácticamente inmóvil por la gota. Una vez en Innsbruck, Mauricio entregó a sus soldados los bienes del Emperador y mató a varios de sus criados. El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante. Además, el traicionero Mauricio se había permitido firmar en Chambord que no se elegiría nuevo emperador de Alemania sin el beneplácito del Rey francés, lo que equivalía a entregar el imperio a los franceses.

Una vez a cubierto, Carlos reclamó la ayuda de su más fiel compañero de armas, Fernando Álvarez de Toledo, el noble castellano que había dirigido sus tropas en Mühlberg. Su venganza se inició desde Milán, donde el Duque de Alba levantó un ejército que pretendía reconquistar la ciudad francesa de Metz «para sacarle el pie (al Rey de Francia) de Alemania». Con este fin pagó con sus propios bienes un ejército de 7.000 hombres y se dirigió a recoger a su Rey.

Carlos partió de Lienz, acompañado del Duque de Alba y de sus tropas italo-españolas, hacia Munich, donde se reunió con sus soldados alemanes. En Augsburgo y Ulm repuso a los regidores destituidos por Mauricio y expulsó a los anabaptistas y zwinglianos. Asimismo, en Kaiserslautern se juntó con sus ejércitos neerlandeses, dirigidos por el Señor de Boussue. Ahora sí, podía lanzarse con garantías a reconquistar la estratégica ciudad de Metz.

Recuperar Metz era urgente porque se trataba de perla de Lorena, uno de los dominios patrimoniales recibidos directamente de manos de su abuelo Maximiliano. Reunió con este propósito al que tal vez fue el mayor ejército del siglo XVI, 55.000 hombres, para enfrentarse a Francisco de Lorena, el astuto defensor de la plaza. El Duque de Guisa mandó reparar a toda prisa las murallas y destruir los arrabales hasta convertir el lugar en una fortaleza moderna.

Desde el principio las cosas no fueron como había previsto el César. Un nuevo ataque de gota del Emperador retrasó aún más los planes imperiales. En Landau tuvo que detenerse dos semanas por la gota y el 13 de octubre sufrió un segundo ataque que le dejó postrado en Thionville hasta el 10 de noviembre.

Impaciente, el Duque de Alba se adelantó a su comandante para preparar las obras de asedio. El 31 de ese mes abrió fuego contra la sección inmediatamente al norte de la Porte des Allemands, si bien no logró ningún avance. Así, el 2 de noviembre trasladó las baterías a sur de la ciudad, entre el Seille y el Mosela. Desde allí, protegidos por los ríos de las posibles salidas de los defensores, inició un bombardeo sostenido sobre la población. Mantenía en ese momento un cerco desde tres puntos distinto, pero apenas había hecho cosquillas a sus murallas.

Cuando Carlos V al fin llegó con el resto del ejército el año estaba demasiado avanzado y el transcurso del verano había permitido a los pobladores de Metz hacer acopio de víveres. Si bien la moral imperial creció con la llegada del Monarca, que fue recibido con tres sonoras salvas (si bien dirigidas hacia las murallas, por eso de no despercidiar ninguna bala); el factor psicológico se disolvió rápido.

Alba concentró ahora sus ataques, al oeste, entre la Porte de Champenoise y la Tour d’Enfer. El 24 de noviembre, y 1448 andanadas después, se pudo derribar un baluarte y unos días después se abrió una brecha en la muralla. Pero, al disiparse el polvo, los atacantes descubrieron una segunda muralla detrás. Los franceses habían planificado la defensa al detalle. Insistir aún así en sus planes fue un grave error estratégico de Carlos V, sobre todo cuando había entre sus filas capitanes abiertamente hostiles al Emperador y a la forma en la que estaba conduciendo las cosas Alba.

Acampados en un terreno inundado por las lluvias y sin víveres, las enfermedades debilitaron pronto a los soldados, especialmente a los italianos y españoles debido a su equipamiento inadecuado para un clima así. Carlos perdió por el camino a la mitad de su ejército por muerte o deserción.

El 26 de diciembre de 1552 se desistió definitivamente el asedio; y el primer día de enero, durante la noche, se levantó el sitio en contra de la opinión del Duque de Alba. A pesar de la lluvia de críticas procedentes de Alemania, Carlos V elogió en todo momento el papel del general castellano y le exculpo de cualquier responsabilidad: «No podría tener en más alta estima a Alba si hubiera tomado Metz y París juntos».

El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental

El repliegue fue aún más lastimoso que el propio asedio: se abandonaron a 600 soldados enfermos o demasiado heridos para seguir la marcha. El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental luego de aquel año infernal. La confianza le había abandonado y Francia le ganó, por una vez, la partida.

A diferencia de su padre, Enrique tenía claro los puntos débiles de su enemigo. El problema de Carlos es que tenía demasiados territorios que defender y pocos recursos para mantener varios tantos frentes activos a la vez. En ese fatídico otoño de 1552, mientras Carlos sitiaba Metz, Enrique II mantenía un ejército de observación en Champaña, por si Metz necesitaba apoyo, otro en la frontera septentrional, desde donde sitió Hesdin y un tercero en Italia. Precisamente fue el ataque a Hesdin el que obligó a las fuerzas imperiales a marcharse de Metz en última instancia.

El colapso físico del Emperador

La humillación de Innsbruck y la derrota de Metz sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. La postración le invalidó para conducir las actividades de gobierno, de modo que su más enérgica hermana, María de Hungría, se hizo cargo de la regencia de los Países Bajos, su hijo de los reinos hispánicos y su hermano Fernando de los asuntos imperiales, como en la práctica llevaba haciendo años.

La muerte de su madre, Juana «La Loca», a mediados de 1555, empeoró su estado. Empezó a permanecer horas de rodillas en una estancia sin apenas luz, y en una ocasión comentó haber oído a su madre difunta decirle que la siguiera.

Ese mismo año dispuso todo para que se realizara la transmisión de poderes hacia su hijo y que el título imperial pudiera pasar a su hermano. Aceptó así gastar sus escasas energías en presidir la última gran ceremonia pública de su vida, un acto simbólico de abdicación en su palacio de Bruselas. Después de las ceremonias, el Emperador se retiró con un pequeño séquito a Cuacos de Yuste, Extremadura, la remota última morada del héroe.

Curiosamente, Mauricio de Sajonia perdió la vida poco después de propiciar el fracaso imperial. El elector, en prevención de una derrota, firmó en 1552 la Paz de Passau con el Emperador, rompiendo su alianza con Enrique II, pero consiguiendo una mayor libertad religiosa para los príncipes alemanes. Sin embargo, no todos los luteranos estuvieron de acuerdo con esta paz, siendo el demente, arruinado y alcohólico Marqués de Brandenburgo quien protestó con más desperfectos. Convertido casi en un bandido, el marqués se dedicó a atacar las poblaciones indefensas, indiferentemente de su religión, como si viviera en un estado de anarquía permanente.

Con el fin de acabar con su pequeña rebelión, Mauricio de Sajonia dirigió un ejército formada por príncipes protestantes y católicos contra el noble en la batalla de Sievershausen, cerca de Gottingen, el 9 de julio de 1553. Mauricio fue gravemente herido y falleció dos días después.

La batalla de Bicocca, la infantería española de Carlos V aplasta la fama de los imbatibles piqueros suizos


ABC.es / César Cervera C_Cervera_M

  • La facilidad con la que los españoles vencieron ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Las tropas de Carlos V apenas registraron bajas, frente a los más de 3.000 suizos muertos
 Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» - Wikimedia

Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» – Wikimedia

A principios del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, el ambicioso rey francés vio la ocasión perfecta de apropiarse de la mayoría de los reinos italianos. Tal vez cada noche ante el espejo se decía que la juventud y la inexperiencia de su rival debía ser su perdición. O al menos esa es la única razón posible a tanta cerrazón. La guerra resurgía de forma cíclica cada vez que Francisco I de Francia lograba fondos para levantar un nuevo ejército, aunque casi siempre con un mismo desenlace. Dos derrotas casi seguidas, Bicocca y Pavía, demostraron al galo que, aunque Carlos era joven, contaba con temple y estaba respaldado por una brillante generación de consejeros y militares.

En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Y como siempre en esa eterna guerra italiana, todo aquel desastre empezó por un exceso de confianza francés. Tras ser desalojados de Milán y Parma recientemente, los franceses se propusieron a principios de 1522 recuperar el terreno perdido con la ayuda de un gigantesco ejército de mercenarios suizos, cuya habilidad con las picas habían revolucionado los campos de batalla europeos. En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

Lautrec contra Colonna, la oveja contra el zorro

Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), «el 10 de febrero de 1522 los suizos asomaron por Bellinzona y ocho días después la totalidad de los 16.000 hombres contratados se concentraron en Gallarate». Se dirigían todos a recuperar Milán, entre ellos la infantería gascona dirigida por el español Pedro Navarro, un antiguo oficial de los ejércitos del Gran Capitán que había cambiado de bando. En total, incluyendo mercenarios, franceses y venecianos, se contaban 28.000 infantes. Al frente de este ejército francés estaba Odet de Cominges, Vizconde de Lautrec, el hombre que iba a servir la victoria española en bandeja.

Los españoles por su parte contaban en su dirección con Prospero Colonna, un condotiero italiano, veterano en decenas de batallas y conocedor de los pormenores de la guerra en Italia. Suya fue la decisión de alistar dos regimientos de lansquenetes, mercenarios alemanes, cuando los suizos le comunicaron que no habría más levas ese año. Abriéndose paso a través de un invierno terrible, los alemanes contactaron con las huestes de Colonna el 21 de febrero y el ejército imperial al completo se replegó hacia Milán. Allí reforzó las defensas y multiplicó el cerco al castillo de la ciudad donde seguía resistiendo una pequeña guarnición francesa.

Lautrec intentó cercar Milán, aunque la nieve impedía mover los cañones y los suizos no estaban hechos para cavar. El asedio se quedó en amago, por lo que el ejército francés se desplazó a los alrededores de Pavía con la intención de que sus acciones de saqueo hicieran sacar a Colonna de su guarida. El general francés se pasó seis semanas en Cassino sin apenas realizar nuevas maniobras.

A esas alturas de campaña lo único que estaba claro, y así lo reseña Antonio Muñoz en el citado libro, es que los suizos estaban dictándo lo que debía hacer a Lautrec, en vez de ser el comandante el que ordenaba a sus hombres. Le habían obligado primero a lanzarse a por Milán, luego se habían negado a cavar y ahora le habían condenado a semanas de inactividad solo por el saqueo.

Una estrategia impuesta por los chantajes

Mientras los franceses estaban parados, las fuerzas imperiales lograron reforzarse con un pequeño contingente a cargo de Francesco Sforza, aliado de Carlos V, de las tropas papales de Francesco Gonzaga y de las españolas del riojano Antonio Leyva. Hostigado por varios frentes, los franceses tuvieron que esperar a la llegada del buen tiempo para poder aumentar ellos sus fuerzas. Con la llegada el 4 de abril de las Bandas negras y de su mítico capitán, Giovanni de Médici (protagonista de la película de culto «El oficio de las armas»), se completó el tablero de los participantes de la batalla de Bicocca.

Lautrec acometió al fin el 9 de abril una acción de envergadura, asediar Pavía, pero ni siquiera era lo que quería hacer. De nuevo los suizos incluyeron en una decisión poco meditada. Es posible que Pavía no estuviera bien defendida, si bien el problema residía en que Prospero Colonna se encontraba apostado con sus tropas en Binasco a la espera de cerrar la pinza sobre su enemigo.

En cualquier caso, la única razón por la que el comandante francés había iniciado un asedio ante la atenta mirada española es porque los suizos llevaban semanas sin cobrar y las enfermedades habían matado a una quinta parte de sus hombres.

El 13 de abril Lautrec ordenó el asalto sobre la ciudad, prometiendo a los mercenarios el botín íntegro del saqueo. No obstante, éstos se negaron por tratarse de Domingo de Ramos. Y al día siguiente también se negaron a atacar porque, simple y llanamente, querían cobrar primero.

La indecisión francesa permitió a Colonna llegar al fin a los campos de Pavía. El enemigo le doblaba en número, pero no en inteligencia. Cuando los suizos clavaron en el suelo sus picas y se prepararon para el combate, el astuto zorro que había en Colonna supo que lo mejor que podía hacer era desesperar aún más al enemigo y retirarse de nuevo. No se equivocaba ni un pelo: coléricos, los suizos exigieron a Lautrec que los llevara cuanto antes al combate.

«¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala

El 20 de abril, el capitán Albert von Stein trasladó al francés las intenciones mercenarias: o había batalla o al día siguiente se marcharían. Solo ante la promesa de que cobrarían el doble y de la proximidad del convoy con nuevos fondos, los mercenarios accedieron a seguir bajo las filas galas.

También aquí Colonna respondió con astucia. Tras retrasar la llegada del convoy con el dinero todo lo que estuvo en su mano, el comandante imperial se trasladó a una posición bien defendida (tras un foso de un metro de profundidad y fortificado con estacas) entre Milán y Monza, la Bicocca, y esperó cruzado de brazos a que los suizos retomaran el discurso de los ultimátum. Y así fue. Stein y otro mítico capitán suizo, Winkelried, exigieron a Lautrec entrar en combate: «¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala y ordenó un ataque el 27 de abril.

Los arcabuceros destrozan la fama suiza

Fieles a la confianza en sí mismo que les había hecho imbatibles en Europa, los mercenarios suizos alardearon ante los franceses de que no tendrían problemas en desalojar a la infantería hispano-alemana de su posición, por muy ventajosa que fuera. Evidentemente estaban lanzándose un farol, como poco. Las armas ligeras de fuego, arcabuces y mosquetes de posta, habían evolucionado tanto como para que los piqueros suizos ni siquiera tuvieran ocasión de chocar sus aceros.

Los dos mil arcabuceros españoles, italianos y alemanes se situaron en primera línea imperial y causaron una auténtica matanza entre los envalentonados «ordeñavacas» (la forma despectiva que usaban las otras naciones para dirigirse a los suizos). Asimismo, la compañía de lansquenetes y 8.000 piqueros españoles e italianos les esperaban atrás una vez superaran la lluvia de pólvora.

Originalmente, Lautrec había dispuesto que los suizos fueran secundados en su avance por arcabuceros venecianos y gendarmes franceses. Sin embargo, los mercenarios se arrojaron de forma suicida en dirección recta sin esperar a sus apoyos. Al sonido de los cuernos de Uri, dos gigantescos cuadros de cinco mil hombres cada uno avazaron compitiendo incluso entre ambas formaciones por ser el primero en llegar a la vanguardia imperial. El resultado fue desastroso: los cañones borraron del mapa a un millar de hombres antes de que llegaran al foso. Allí, en una zona fangosa y repleta de obstáculos, apenas un puñado de suizos logró escalar y batirse en batalla contra la infantería imperial.

Uno de ellos fue el propio Winkelried, que se topó de frente con el capitán de los lansquenetes, Georg von Frundsberg. Recordándole que en otro tiempo habían combatido juntos, el suizo afirmó

–Viejo compañero, ¿te encuentro aquí? ¿Has de morir por mi mano?

–¡Por Dios que no ha de ser así! –respondió el alemán–.

Winkelried murió a consecuencia del disparo de un arcabuz, así como la mayoría de los 3.000 suizos que perdieron la vida en aquella jornada. El resto huyó en mil direcciones.

Mientras se producía la mastodóntica huida, el otro plan ideado por los franceses también fracasó con estrépito. La caballería franco-italiana se internó en el corazón enemigo valiéndose de la treta de coserse cruces rojas en la ropa, que eran el distintivo de los ejércitos imperiales, pero fueron finalmente rodeados por miembros de la infantería española. Es por ello que ni siquiera fue necesario que interviniera la caballería española, al mando de Antonio de Leyva. La batalla fue un paseo triunfal.

Suiza perdió a un gran número de compatriotas ese día, mientras que los imperiales apenas sufrieron bajas. Se dice que solo hubo un muerto, pero no fue por un arma suiza sino por una coz de mula. No en vano, quebrar su fama era peor que la muerte en aquel siglo loco de militares románticos: «Las pérdidas sufridas en La Bicocca les afligieron de tal forma que ya no volvieron a mostrarse en los años que habían de seguir con el ardor de costumbre», afirmó el historiador Francesco Guicciardini sobre lo que verdaderamente extraviaron los suizos aquel día.

La principal ventaja para el Imperio español obtenida en la fácil victoria en Biccoca fue la sucesiva conquista de Génova. Colonna aprovechó la victoria para lanzarse a por esta ciudad de simpatías francesas, así como uno de los más importantes puertos mediterráneos. El 30 de mayo de 1522 cayó la ciudad y Francia sacó uno de sus últimos pies de Italia. La nueva ofensiva de Francisco I había devenido en otro desastre.

El pirata francés que capturó el monumental y exótico tesoro en oro de Hernán Cortés


ABC.es

  • Jean Fleury destrozó a una flota española y se hizo con las riquezas enviadas por el conquistador al Rey de España, a pesar de que uno de los capitanes españoles perdió ambos brazos defendiéndose del ataque
 Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Francisco I, Rey de Francia y archienemigo de Carlos V, reclamó con insistencia ver el testamento de Adán, para comprobar si era cierto que le había dejado medio planeta en herencia a españoles y portugueses. El irónico comentario del monarca francés hacía referencia a la incapacidad que tenían otros países de Europa de acceder a los territorios americanos y al acuerdo entre Portugal y España, aprobado por un papa valenciano, Alejandro VI, para repartirse el nuevo continente. Frente al monopolio hispánico, el resto solo pudo interponer piratas.

La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc…

Jean Fleury fue uno de los primeros corsarios en poner sus zarzas en los intereses americanos. Como recuerda Carlos Canales y Miguel del Rey en su libro «Las reglas del viento: cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI» (Edaf, 2010), hay quien sostiene que este corsario se llamaba en realidad Giovanni de Verrazzano y era hermano del famoso cartógrafo Hyeronymus, aunque por lo demás resulta misterioso su origen. Fleury fue piloto y comandante bajo las órdenes del armador Jean Ango durante el desarrollo de la Guerra de los Cuatro Años. Con sede en Normandía las actividades marítimas de Fleury se fueron extendiendo a través del Atlántico en busca de las rutas usados por los españoles para trasladar metales preciosos desde el Nuevo Continente. En una de sus incursiones, el francés tuvo un golpe de suerte que iba a cambiar su vida. Se topó con uno de los tesoros más grandes que han cruzado el Atlántico.

El tesoro de Montezuma

Mientras Hernán Cortés y sus hombres estuvieron alojados en el palacio de Axayácatl, en Tenochtitlán, se relata que descubrieron de forma accidental el tesoro de los mexicas. La riqueza hallada era imponente y prometía acabar con los problemas económicos de aquel grupo de conquistadores para siempre. No en vano, durante la Noche Triste una parte de este tesoro se perdió en los canales de la ciudad. La cantidad de oro se rebajó en esos días pero volvió a incrementarse con la conquista de Tenochtitlan un año después. Al final de sus campañas, Cortés separó el 20% de los tesoros reunidos, el llamado Quinto Real, para enviárselo al Rey de Castilla, Carlos, a modo de impuesto y muestra de su lealtad. La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc. El tesoro, mal llamado de Montezuma, estaba formado por máscara, collares, brazaletes, vasos, figuras de jade, perlas, aves, huesos de mamuts y tres jaguares.

Para Cortés era imprescindible que el tesoro llegara intacto a España, porque todavía se seguía juzgando en España si su actuación respecto al gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, había sido correcta. El extremeño necesitaba que Carlos V confirmara su autoridad en México y designó a los capitanes Alonso Dávila y a Antonio de Quiñones para trasladar el Quinto Real. Tres carabelas partieron al fin de San Juan de Ulúa con el objetivo de dirigirse directamente a España. No obstante, la expedición sufrió varios percances. Sin ir más lejos, los jaguares se liberaron y hubo que matarlos para evitar que hirieran de gravedad a varios marinos. En las Azores, Antonio Quiñones murió durante una riña amorosa y dejó a Dávila solo en el mando.

Fleury reunió una flota de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española

Al llegar rumores de que varios corsarios merodeaban el Cabo de San Vicente, como si supieran que a las costas españolas se aproximaba una pieza de calado, Dávila prefirió esperar a la armada de guardacostas de Andalucía. Francia y España se encontraban sumergidos en una nueva guerra en esos años y merecía la pena extremar la seguridad. Pero a pesar de los refuerzos españoles, Fleury reunió una flota mayor de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española dirigida por Domingo Alonso de Amilibia. En las proximidades del cabo de San Vicente se enfrentaron españoles contra franceses, en un duelo desigual donde solo el barco capitaneado por Amilibia resistió las acometidas francesas.

Francia aclama a Fleury

El barco de Amilibia fue arrasado, su capitán perdió sus dos brazos y vio como moría su hijo en la refriega. Amilibia, Alonso Dávila y otros importantes capitanes fueron llevados prisioneros a La Rochelle y permanecieron allí varios años. Pero no todos fueron tan valientes como Amilibia en aquella jornada, el capitán Martín Cantón evitó el combate y condenó a dos de las tres carabelas a caer en manos francesas. La tercera, dirigida por Juan de la Ribera, logró ocultarse en la isla de Santa María a la espera de que desde Sevilla enviaran ayuda. Al desembarcar en el Puerto de Santa María, sin embargo, el obispo Juan Rodríguez Fonseca, confiscó parte del tesoro debido a viejas enemistades con Cortés.

En Francia, un porcentaje del tesoro pasó directamente a las arcas reales, mientras que una parte se expuso al público en 1527 en una fiesta organizada en la mansión del armador Ango. Durante un tiempo, Fleury se convirtió en un héroe patrio. Así abrió el camino a toda una generación de corsarios y piratas que se lanzaron a por los tesoros hispánicos y a amenazar su monopolio, vigente desde 1522. Tanto es así que al Cabo de San Vicente los españoles comenzaron a llamarlo «El cabo de las Sorpresas». Sin embargo no vivió mucho para saborear esta edad dorada de la piratería.

A lo largo de su trayectoria como pirata, Fleury asaltó más de 150 barcos y arrasó la costa peninsular con relativa facilidad. En 1527, fue capturado tras un duro combate con cuatro naos vizcaínas. Una vez trasladado a Sevilla, el pirata fue ejecutado por orden directa del Emperador Carlos, siendo ahorcado en el puerto del Pico, en Colmenar de Arenas, Ávila.

La indigestión de melones que mató supuestamente al abuelo de Carlos V


ABC.es

  • Entre el mito y la realidad, se relata que Maximiliano I falleció a causa de los problemas derivados de una mala digestión por abusar de los melones. Otros cronistas reseñan, sin embargo, que se trató de un resfriado mal curado

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La nueva serie de TVE «Carlos Rey Emperador» aborda al final de su tercer capítulo el inicio de la lucha subterránea que llevó al Rey de Castilla y Aragón a convertirse en Emperador del Sacro Imperial Romano. Pese a ser el nieto mayor de Maximiliano I de Habsburgo, Carlos debió enfrentarse a la oposición del Papa, que apoyaba a Francisco I de Francia, y a la codicia de los príncipes electos encargados de designar a la nueva cabeza del Imperio. El joven monarca se valió del oro castellano y de los préstamos de la familia Fugger para ganar la primera de las muchas batallas que el Rey francés y el español disputarían a lo largo de casi medio siglo. No en vano, lo que realmente desencadenó las intrigas fue la sorprendente muerte de Maximiliano, quien falleció por una indigestión de melones, según reza el anecdotario entre el mito y la realidad.

El 12 de enero de 1519, Maximiliano I expiró a los 59 años en Wels, la Alta Austria, poniendo fin a un reinado recordado por llevar a cabo la reforma de la Dieta de Worms que concluyó la Reforma imperial (Reichsreform) modificando una parte muy grande de la constitución del Imperio. El Emperador, que reinó durante una década, era el único hijo de Federico III y de Doña Leonor, hija del Rey Duarte de Portugal, y el primero que convirtió la dignidad imperial en un título hereditario en la práctica. En 1486, fue elegido Rey de romanos (Rex Romanorum) por su padre, siendo éste el título usado en el Sacro Imperio Romano Germánico para un emperador futurible, que no había sido coronado por el Papa. Paradójicamente, Maximiliano I fue el primero en ser nombrado Emperador electo en 1508 sin que fuera nunca coronado por ningún pontífice, poniendo fin a una costumbre con siglos de antigüedad.

Un hombre destrozado por el dolor

Una vez en el cargo, Maximiliano hizo frente, a nivel interno, a una ambiciosa reforma de la estructura del Sacro Imperio Romano Germánico (creación de una cámara imperial, imposición de un reclutamiento militar imperial y el que la dieta permitiera ordenar un impuesto general) y anexionó al patrimonio de la Casa de Habsburgo el Franco Condado y los Países Bajos, aunque para ello debió combatir distintos episodios de rebelión; y a nivel externo puso en marcha una política de alianzas que implicó a los Reyes Católicos, a la casa de Borgoña y a la dinastía portuguesa de los Avís en la empresa de frenar la expansión francesa. «Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate; porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus», rezaba la traducción de unos versos latinos del siglo XVI que sintetizaba la estrategia aplicada por el Emperador. La dinastía Habsburgo llevó a su máxima expresión la habitual práctica entre reyes de casarse con parientes con fines políticos, con el consiguiente problema de salud derivado, pero obtuvo como ventaja una acumulación de títulos y territorios, materializada en Carlos V de Alemania y I de España, desconocida desde los tiempos del Imperio romano.

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Pese a los logros contra el feudalismo de su imperio, Maximiliano fue calificado por Nicolás Maquiavelo como «un príncipe ligero, inconstante, sin dinero y casi sin consideración» y era tenido por un hombre extravagante por sus contemporáneos. Algunos historiadores han relatado que Maximiliano viajaba a todas partes acompañado por el ataúd con el que quería ser enterrado. Sus extravagancia, no obstante, tienen en 1501 su gran epicentro. Ese año, Maximiliano quedó gravemente herido en la pierna tras una caída de un caballo, lo cual le causó dolor crónico por el resto de su vida y le sumió en un estado depresivo. En los últimos años de su vida, el Emperador -frustrado en sus planes imperiales en Italia- comenzó a centrarse exclusivamente en la cuestión de su sucesión con el objetivo de asegurar el trono a un miembro de su casa, su nieto Carlos, y evitar que Francisco I de Francia obtuviera el cargo como anhelaba el Papa León X. Valiéndose de un crédito de un millón de florines a cuenta de la familia Fugger y otros banqueros alemanes, el abuelo de Carlos sobornó a los príncipes electores de Mainz, Colonia, Brandeburgo y Bohemia para asegurar la elección de su nieto por delante del Rey de Francia, Enrique VIII de Inglaterra, el Rey de Polonia o el elector de Sajonia. Sin embargo, la sorprendente muerte de Maximiliano, víctima supuestamente de una indigestión de melones, puso en riesgo todo el plan.

Como ocurre con la muerte de Felipe I a causa de beber un vaso de agua demasiado frío o la de Felipe II a manos de un grupo de piojos asesinos, la indigestión de Maximiliano se mueve entre la anécdota y la realidad. Desde su accidente, el Emperador fue arrastrando diversos problemas de salud, que, a sus 59 años, le hacían aparentar mucha más edad de la que tenía y que abrían las causas de su muerte a una decena de posibilidades. La principal de ellas, más allá de la historia de los melones, es la de que un simple costipado mal curado se llevó su vida. Así, tampoco puede considerarse poco más que un mito el asunto del ataúd que trasladaba en cada uno de sus viajes. Quizás el origen de esta leyenda esté en las meticulosas intrucciones que dejó a su fallecimiento. Por razones de penitencia, dio órdenes muy específicas para el tratamiento de su cuerpo después de la muerte. El cuerpo debía ser azotado y cubierto con cal y ceniza, envuelto en lino y «mostrado al público para demostrar lo perecedero de toda gloria terrenal», entre otras cuestiones simbólicas.

De una forma u otra, la muerte de Maximiliano sorprendió a su nieto Carlos en un momento delicado de su adaptación a España, donde trataba de ganarse la estima de sus nuevos súbditos. Carlos de Gante era hijo de Juana «La Loca» y de Felipe «El Hermoso», el primogénito de Maximiliano I fallecido en su juventud, y fue el designado por su abuelo como Rey de Romanos, el primer paso para coronarse Emperador, pero solo el primero. Como explica Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), el cargo de Emperador seguía siendo electivo, en una votación entre los siete príncipes más importantes del Imperio, y no hereditario como en el resto de reinos europeos. En competencia con el Rey de Francia Francisco I, Carlos reclamó dinero a Castilla y más prestamos a banqueros alemanes, genoveses y florentinos para conseguir finalmente que el 23 de octubre de 1520 fuera coronado Rey de Romanos en Aquisgrán y tres días después reconocido Emperador electo del Sacro Imperio Romano Germánico. No en vano, todos estos asuntos en Alemania lo ausentaron de España hasta 1522, mientras Adriano de Utrecht, futuro Pontífice de la Iglesia católica y uno de los mentores de Carlos I, asumía la regencia de Castilla

Fernando I de Habsburgo, el hermano desterrado de Carlos V que se convirtió en emperador


El Mundo

Cuando Isabel la Católica murió en Medina del Campo, el 26 de noviembre de 1504, vivía a poca distancia, en Arévalo, un pequeño nieto suyo de nombre Fernando, hijo de la princesa Juana y nacido el año anterior. La reina lo había enviado allí para que se educase al margen de los conflictos que la enfrentaban con Juana.

Carlos V en 1516

Carlos V en 1516

A Fernando se le puede considerar como el primer infante de los Austrias nacido en suelo español, pero también, tomando en consideración su formación en la corte de los Reyes Católicos, como el último de los Trastámara. Destinado, sin embargo, a abandonar su patria para marchar al otro lado de Europa como heredero de los territorios de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I.

La vida de Fernando empezó en Alcalá de Henares, donde nació, y terminó en Viena, donde murió en el actual Palacio Imperial (Hofburg) como emperador

La vida de Fernando empezó el 10 de marzo de 1503 en Alcalá de Henares, donde nació, y terminó en Viena, donde murió en el actual Palacio Imperial (Hofburg) como emperador, a la edad de 61 años, el 24 de julio de 1564 a las siete de la tarde. Su tumba se encuentra en la catedral de San Vito en Praga. Según escribió su hijo mayor Maximiliano, que asistió a la muerte de su padre, a su embajador Dietrichstein en Madrid: “Su majestad murió mientras dormía, sin dolor; no era más que piel y huesos”.

El fundador de la rama vienesa de los Habsburgo era fruto del matrimonio entre un duque de Borgoña y una infanta de Castilla y Aragón, y nació en la patria de su madre, donde en principio vivió. Los paisajes españoles, por tanto, fueron los escenarios de la primera etapa de su vida, cuando el pequeño acompañaba a la corte itinerante de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos.

Una madre complicada

Isabel, la infanta Juana y la Corte se establecieron varios meses en Alcalá de Henares en la primavera de 1503. Después siguieron camino hacia Madrid, continuaron el viaje hacia la Sierra, pasando por la calzada romana, remontaron el puerto de Fuenfría, de 1.769 metros de altura, y llegaron en agosto a Segovia. Juana llevaba siete años casada con Felipe el Hermoso, archiduque de Austria y duque de Borgoña. La madre de Fernando es un personaje difícil de interpretar, cuya complejidad ha sido argumento de libros y películas.

La relación que tenía con su hijo es también difícil de entender…Cuando nació Fernando, tenía ya una niña y otro hijo varón, el futuro Carlos V. En esta época, no se puede hablar de matrimonio por amor. Como en toda la Edad Media, la boda entre aquellas dos personas formaba parte de alianzas y, en este caso, respondía a los planes políticos del Rey Católico y del emperador Maximiliano I, que se habían unido contra el rey de Francia.

La figura de Fernando se explica no tanto como la de un hijo segundón, sino como la de infante español, que recibe una formación bien definida, humanística, religiosa y de cortesano, siendo su ayo clavero de la Orden de Calatrava.

Rodeado de españoles

El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, junto con su colega Petrus Mártir, se encontraba en esos años en la Corte castellana, y era profesor de latín de los jóvenes de las familias Guzmán y Velázquez de Arévalo, y quizás también de Fernando. Desde su nacimiento hasta 1517, el príncipe estuvo rodeado exclusivamente de españoles: su ayo, Pedro Núñez de Guzmán; su capellán, fray Álvaro de Osorio, que había estudiado en Salamanca; los pajes, entre ellos miembros de la familia Guzmán, Osorio y Velázquez de Arévalo; y los oficiales y criados de su corte, que en parte le acompañaron a Austria en 1521 y que se quedaron con él duran-te muchos años, como Martín de Guzmán.

Esto corresponde a la descripción que nos ofrece fray Álvaro de Osorio en estos años: “Parecía en todas cosas así en la condición, en el gesto y como en el andar y en todas las otras cosas al rey don Fernando su abuelo. Era naturalmente inclinado a cosas de artificio como de pintar y esculpir y sobre todo a fundir cosas de metal y a hacer tiros de pólvora y tirar con ellos. Holgaba de oír crónicas y cuentos y de todo se acordaba (. . .) decía algunos dichos así siendo niño de cinco hasta nueve o diez años tan agudos, tan discretos que todos se maravillaban”.

Los destinos de los dos hermanos se desarrollaron en puntos diametralmente opuestos en Europa

Esto nos permite una cierta lectura del carácter del infante. El parecido que tiene con su abuelo materno tuvo reflejos en el gobierno de sus dominios. En palabras del historiador francés Berenguer, como soberano Fernando trabajó por afianzar su autoridad de la misma forma en que lo habían hecho poco antes los Reyes Católicos en España.

La vertiente política de estos años se presenta mucho menos halagüeña. La lucha por el poder en Castilla después de la muerte de Isabel la Católica convirtió al niño en una especie de prenda. Muerto su padre en 1506, le protegió en esa situación poco clara la ciudad de Valladolid. Había miedo a una guerra civil, cómo en la época de Enrique IV de Castilla, cuando un grupo de nobles eligió al infante Alfonso como rey, e incluso se habló ya de un posible destierro de Fernando en los Países Bajos. Terminó ese período con la llegada del rey de Aragón desde Italia, que apartó al niño de su madre, que se encerró en Tordesillas.

Las enseñanzas de su abuelo

Fueron éstos años decisivos, en los que Fernando acompañó a su abuelo dos veces hasta Sevilla, en 1508-9 y en 1511. Así, a los seis y ocho años fue testigo de dos expediciones: una, para reestablecer la autoridad de la Corona; la otra, para la preparación de una guerra en el Norte de África.

Aunque no se ponían en duda los derechos hereditarios de Carlos en los reinos españoles, desde la corte flamenca se obervaba con creciente inquietud al infante Fernando.

En la memoria del niño quedó la imagen del rey triunfante, ya que durante el viaje hasta Sevilla, en cuyo Alcázar residieron, las ciudades y villas del camino preparaban a su paso suntuosas fiestas. Aunque no se ponían en duda los derechos hereditarios de Carlos en los reinos españoles, desde la corte flamenca se obervaba con creciente inquietud cómo el infante Fernando, al lado de Fernando el Católico y de su nueva esposa Germana de Foix, se convertía en un competidor de su hermano mayor, que era un desconocido en la Península.

La muerte de Fernando el Católico, en 1516, supuso un vuelco definitivo en el destino de Fernando, que acabó siendo enviado al destierro, cuando sus partidarios perdieron el pulso que sostenían Con los defensores de los derechos de Carlos a la sucesión. Este escribió en español una serie de cartas, fechadas el 7 de septiembre 1517 en el puerto de Middelburg, que se conservan en el Archivo General de Simancas y confirman que las medidas que ordenó tomar obedecían a los consejos que le llegaban desde la Península.

Las personas del entorno de Fernando que se consideraron más peligrosas para los intereses del primogénito de juana fueron destituidas por el cardenal Cisneros en Aranda de Duero. A pesar de las protestas del infante, fueron sustituidos por partidarios de Carlos, tanto flamencos como españoles. Con el primer encuentro directo de los dos hermanos en Mojados, el 12 de noviembre 1517, se inició una relación complicada, que no terminaría hasta que Carlos V renunciara, cuatro décadas después, a la Corona imperial, acto celebrado en Bruselas en el que no estuvo presente su hermano. Aquel primer encuentro tuvo como trasfondo la cuestión de la sucesión en los Reinos Hispánicos.

A partir de este momento, y tras la muerte del Cardenal, Fernando se encontró bajo el control y el poder absoluto de su hermano, aunque aún viviera la reina Juana y, por poco tiempo, el emperador Maximiliano I. Finalmente, los hermanos se despidieron en Aranda de Duero en abril de 1518. El adiós a la Península fue sólo físico, porque nunca, hasta su muerte, se olvidó de sus raíces. Desde ese momento, los destinos de los dos hermanos se desarrollaron en puntos diametralmente opuestos en Europa. Mientras Fernando se casó con la hermana del último rey de Hungría, Carlos reanudó con su matrimonio las relaciones dinásticas con Portugal.

Las etapas del viaje

Fernando tuvo su primer contacto con centroeuropeos entre 1518 y 1521 durante su viaje a los Países Bajos. Esa estancia fue una etapa intermedia, en la que Fernando vivió en la corte de su tía, la archiduquesa Margarita, rodeado de españoles y de flamencos, gobernados, hasta 1522, por un mayordomo austríaco de nombre Wilhelm Guillermo de Rogendorf, apellido que los españoles transformaron en Rocandolfo. Era la fase de la incorporación del infante español a la Casa de Austria. Durante esos años no hace mucho, más bien espera acontecimientos, entre viajes de placer y fiestas. En realidad, Fernando se había quedado allí porque a principios de 1519 había muerto en Austria su otro abuelo, el emperador Maximiliano I. Esto había frustrado los planes de Carlos de alejarle enseguida todavía más de España, como había previsto.

En enero de 1519, desde Austria se había solicitado impacientemente la presencia de los dos hermanos después de la muerte de Maximiliano I. Pasron años hasta que, entre 1521 y 1522, Carlos, ya emperador, entregó a Fernando su herencia centro-europea. En Linz, en la Alta Austria, a orillas del Danubio, Fernando se casó con Ana Jagelona, princesa de los reinos de Hungría y Bohemia, lo que en pocos años abrió al desterrado infante los nuevos horizontes de lo que sería la longeva Monarquía Danubiana, que perduraría hasta 1918.

El prognatismo Habsburgo, la deformación de la mandíbula que acomplejaba a Carlos V


ABC.es

  • La vergüenza que le causaba que le vieran masticar con dificultad hacía que prefiriera comer en solitario, sin que nadie pudiera contemplar sus apuros. El asunto es especialmente relevante dado que el Rey, con tendencia a sufrir episodios depresivos, era adicto a la comida y posiblemente bulímico

    Thyssen-Bornemisza Retrato del Emperador Carlos V en 1533

    Thyssen-Bornemisza
    Retrato del Emperador Carlos V en 1533

La endogamia –el matrimonio entre primos hermanos– fue un instrumento político empleado por la familia Habsburgo para mantener unidas las dos ramas de la dinastía, la española y la alemana, y la responsable de que el último de sus reyes en España, Carlos II «El Hechizado», fuera incapaz de dar un sucesor a la Corona. Los elevados coeficientes de consanguinidad de Carlos II, con una cifra de 0,254 (la misma presente en un matrimonio entre padre e hija), le hicieron portador de numerosos genes recesivos y alteraciones genéticas, entre ellas probablemente el síndrome de Klinefelter, que provocaron su incapacidad para tener hijos y para gobernar. Entre esta herencia genética envenenada, Carlos II presentaba el prognatismo que su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo… ya exhibieron. Casi un símbolo de poder, la mandíbula prominente fue un distintivo de los Habsburgo, pero también el origen de muchos complejos personales como el sufrido por Carlos V (I de España).

El prognatismo es una deformación de la mandíbula por la cual ésta, bien en la parte superior o bien en la parte inferior, sobresale del plano vertical de la cara. Esta desalineación entre el maxilar y la mandíbula impide el correcto encaje de la boca al cerrarla y causa dificultad para hablar, morder y masticar. Precisamente por ello, el prognatismo –que es habitual en otras especies de homínidos– se soluciona hoy con una cirugía o a través del uso de ortodoncia en los casos más extremos. Diferentes personajes históricos con mandíbulas exageradamente prominentes no pudieron recurrir, como es evidente, a ninguna solución médica más allá del uso de la barba como hizo la mayoría de los miembros de la Casa de Austria, los Habsburgo.

Un símbolo de poder de los Habsburgo

La muerte de Isabel «la Católica» en 1504 y la antipatía de una parte de la nobleza castellana hacia Fernando «el Católico» alzó en el trono de Castilla al hijo de Maximiliano I de Habsburgo, Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», que en el momento del casamiento era la tercera en la línea de sucesión al trono pero que ascendió posiciones con la muerte de sus hermanos mayores. El hijo mayor del matrimonio, Carlos I, heredó las coronas de Castilla y de Aragón a consecuencia de la prematura muerte de su padre, el fallecimiento sin herederos varones de Fernando «El Católico» y la incapacidad para reinar de su madre. Si bien su padre Felipe I y su abuelo Maximiliano I de Alemania ya portaban un llamativo mentón, es Carlos V de Alemania y I de España quien hizo más por la notoriedad del prognatismo. De hecho, esta condición es conocida en los países anglosajones como «the Habsburgo Jaw» como resultado precisamente del peso histórico e icónico de Carlos V en las islas británicas a raíz de su intermitente amistad, luego enemistad abierta, con Enrique VIII.

Kunsthistorisches Museum Retrato del entonces Príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna

Kunsthistorisches Museum
Retrato del entonces Príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna

«Tiene los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la cláusula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien», describe el embajador veneciano Gaspar Contarini sobre el Emperador Carlos V a los veinticinco años de edad. El mentor «que parece postizo» era, en opinión de la mayoría de los cronistas, el rasgo más llamativo del Emperador y también el que afeaba más su aspecto, lo cual no evitó que para los estándares de la época fuera considerado un hombre atractivo y apuesto. La fama de hombre mujeriego acompañó toda la vida al Monarca más poderoso de su tiempo, hasta el punto de que se le cuentan al menos cinco hijos fuera del matrimonio.

Que no perjudicara su imagen de hombre proporcionado no significa que el prognatismo estuviera exento de una infinidad de inconvenientes. Según observa el médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles», su mandíbula le obligaba a aparecer siempre con la boca medio abierta, articular la palabra de una forma defectuosa (signo patológico designado como disartria) y a tener que luchar en la masticación y la deglución de los alimentos. La vergüenza que le causaba que le vieran masticar con dificultad hacía que prefiriera comer en solitario, sin que nadie pudiera contemplar sus apuros. El asunto es especialmente relevante dado que el Rey –con tendencia a sufrir episodios depresivos y a mostrar comportamientos obsesivos– era adicto a la comida y a abusar de todo tipo de alimentos. El médico de la Corte, Villalobos, llamó la atención en sus estudios sobre estos malos hábitos del Rey: reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía la introducción de nuevos platos casi a diario. Y puesto que nunca modificó su peso corporal pese al apetito exagerado, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández y otros autores argumentan como lo más probable que el Rey fuera bulímico.

La característica mandíbula de Carlos V de Alemania y I de España era muy conocida a nivel popular y sirvió a quienes querían ofenderle con improperios. Como Pierre de Bourdeille cuenta en su famosa obra «Bravuconadas de los españoles», un soldado que servía en Hungría al Emperador y a su hermano, Fernando Rey de los romanos, se quejó amargamente de las condiciones del servicio y afirmó de forma deslenguada «váyase al diablo, bocina fea, que tan tarde es venido, que todo el día somos muertos de hambre y frío». La referencia a la deformidad de su boca no ofendió a Carlos V, que se lo tomó con humor y no dio orden de castigar al soldado, al menos según Bourdeille, pero da una idea aproximada del tono de los insultos empleados contra su figura.

Felipe II, Felipe IV y, en un grado menor, Felipe III, también mostraron la característica mandíbula prominente, pero ninguno alcanzó una desproporción igual a la de Carlos V, ni a la de Carlos II «El Hechizado». En el conjunto familiar de las dos ramas, la española y la alemana, los más afectados fueron Leopoldo I de Austria y Carlos II de España, dos casos donde el grado de consanguinidad era especialmente alto. Los padres de Carlos II eran tío y sobrina y los dos tenían prognatismo por lo que es posible que pasaran una carga genética a su desventurado hijo que generase una mandíbula especialmente deforme que le impedía hablar o comer con normalidad.

A pesar de todo, los Habsburgo hicieron del prognatismo casi un símbolo de poder. Muchas de las monedas y medallas de estos soberanos, donde podrían haber disimulado sus mandíbulas inferiores, parecen aún más prognatas que en los propios retratos. Como ocurre con la leyenda de la sangre azul, la prominencia de sus mandíbulas les conectaba con sus gloriosos antepasados, que en el caso de la rama española habría estado presente tanto por parte de los Trastámara como los Borgoñeses, y les diferenciaba así del resto de los mortales.

 

El agua milagrosa de San Isidro que salvó de la muerte al Emperador Carlos V


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  • El monarca y su hijo, el futuro rey Felipe II, enfermaron de unas terribles fiebres que sólo encontraron cura con el agua que nace de la famosa fuente que el patrón de los madrileños hizo brotar

    MUSEO DEL PRADO Carlos V y Felipe II, de Antonio Arias Fernández

    MUSEO DEL PRADO
    Carlos V y Felipe II, de Antonio Arias Fernández

San Isidro, el santo labriego de los madrileños, ha sido también protector de la realeza española desde tiempos inmemoriales. El patrón de la ciudad de Madrid ha sido venerado en las casas más humildes y en los palacios de la Villa y Corte. Sus restos momificados y conservados actualmente en la Real Colegiata de San Isidro –tras numerosos traslados–, sólo han salido de la que fue Catedral de Madrid para pedir agua al cielo y por enfermedad de alguna persona de la Familia Real. Lo hizo, por ejemplo, cuando la segunda esposa de Carlos el Hechizado, María Ana de Newburg, enfermó en el Alcázar Real de Madrid.

Sin embargo, el más preciado bien del santo labriego, es el agua que San Isidro hizo brotar con su aguijada –la vara larga con la que conducía sus bueyes– de una peña convertida posteriormente en fuente y lugar de culto. Al líquido elemento se le atribuye la milagrosa cura de la fiebre. Sus poderes de curación tienen también un regio ejemplo en una de las figuras más poderosas y trascendentes de la Historia de España, Carlos V.

El hombre más importante de la época y su sucesor, Felipe II, sufrieron unas terribles fiebres que pusieron en riesgo sus vidas. Su esposa, la Emperatriz Isabel, quiso probar los sonados méritos que los campesinos madrileños atribuían al agua de la fuente de San Isidro. Tras beberla, el Emperador y su hijo se recuperaron de las «calenturas» que les atormentaban. En agradecimiento, la Emperatriz ordenó levantar la primitiva ermita del Santo en 1528 que, tras ser restaurada en 1725, se conserva hoy junto a la fuente.

Sobre el caño de la fuente se puede leer la siguiente leyenda:

«O ahijada tan divina como el milagro enseña / pues sacas agua de peña, milagrosa y cristalina, / el labio al raudal inclina y bebe de su dulzura. / Que San Isidro asegura que si con fe bebieres / Y calentura trujeres volverás sin calentura».

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses


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  • El conocido como el «Sansón de Extremadura» era célebre por su habilidad con las armas y su extraordinaria fuerza física. En tiempos de Carlos V, gran admirador del legendario guerrero, fue nombrado Caballero de la Espuela Dorada
El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Museo del Prado | Gonzalo Fernández de Córdoba, acompañado de sus soldados de confianza tras la batalla de Ceriñola

Todos los imperios necesitan héroes propios, y España no fue una excepción. Cuando la unión de los reinos hispánicos dio origen al imperio militar que disputó la hegemonía de Europa en los siglos XVI y XVII, los españoles se percataron de que los personajes clásicos, sobre todo griegos y romanos, ya no servían para hablar de la heroicidad y el sacrificio. Se necesitaban urgentemente héroes nacionales. Fue así como a finales del siglo XV se impuso en el imaginario colectivo una generación de personajes heroicos a medio camino entre la historia y la leyenda. Una muestra de esta hornada de héroes modernos es Diego García de Paredes, «el Sansón extremeño», así como el hombre al que siguió con devoción en sus campañas, Gonzalo Fernández de Córdoba, el «Gran Capitán».

Diego García de Paredes nació en Trujillo en torno al año 1468. Y poco se sabe de su infancia y juventud más allá de que aprendió a escribir y leer, pese a que ya entonces se inclinaba claramente por el oficio de las armas. Los historiadores no se ponen de acuerdo en sí participó o no en la Guerra de Granada, que terminó con la rendición final de 1492. Pero de lo que no cabe duda es que en 1496, tras el fallecimiento en Trujillo de su madre, Diego García de Paredes ya se encontraba en Italia buscando fortuna como soldado. En ese momento, Gonzalo Fernández de Córdoba combatía en Nápoles contra las ambiciones francesas de anexionarse este reino, tradicionalmente bajo la esfera de Aragón. Sin embargo, la actividad militar estaba parada a la llegada de García de Paredes, quien decidió desplazarse a Roma para ofrecerse como guardia del Papa Alejandro VI, de origen español.

Según relata Antonio Rodríguez Villa en «Crónicas del Gran Capitán», el Papa accedió a contratar al extremeño tras presenciar por casualidad como Diego García de Paredes se impuso en una disputa callejera contra un grupo de más de veinte italianos. Armado solamente con una barra de hierro, el soldado español destrozó a todos sus rivales, que habían echado mano de las espadas, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate». Alejandro VI, asombrado por la fuerza del extremeño, le nombró miembro de su escolta.

Nace la leyenda hercúlea en Cefalonia

Bien puede tratarse de una exageración de lo que realmente ocurrió, como la mayoría de sus hazañas, pero lo cierto es que Diego García de Paredes adquirió rápidamente gran fama como espadachín en Italia. Tras matar durante un duelo a un capitán italiano de la confianza de los Borgia, el extremeño pasó a los servicios del Duque de Urbino, una de las familias rivales del Pontífice. No en vano, su tiempo como soldado a sueldo quedó aparcado cuando el «Gran Capitán» reclamó hombres para recuperar Cefalonia, una ciudad de Grecia que había sido arrebatada por los turcos a la República de Venecia. Durante el interminable asedio a esta localidad, los turcos usaron un garfio para elevar a Diego García al interior de su muralla. Una práctica muy habitual en los asedios de la época, que era posible gracias a una máquina provista de garfios que los españoles llamaban «lobos», con los cuales aferraban a los soldados por la armadura y los lanzaban contra la muralla.

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Wikipedia | Ilustración de Diego Garcia de Paredes

El «gigante extremeño» consiguió zafarse de las ataduras en lo alto de la fortificación y resistió el ataque de los otomanos durante tres días, donde a cada instante «parecía que le aumentaba las fuerzas con la dificultad». Una vez reducido, los turcos respetaron la vida del extremeño con la intención de usarlo para el intercambio de prisioneros. No en vano, el soldado español escapó por su propio pie y se unió al combate, poco antes de la rendición turca. Fue aquella gesta el origen de su leyenda y cuando comenzó a ser conocido como, entre otros apodos, «el Sansón de Extremadura», «el gigante de fuerzas bíblicas» y «El Hércules de España».

Ya convertido en un mito andante, Diego García se reincorporó a los ejércitos del Papa a principios de 1501. César Borgia tenía puestos los ojos en la Romaña y permitió que las ofensas pasadas quedaran olvidadas. El hijo de Alejandro VI le nombró coronel en el ejército que participó en las tomas de Rímini, Fosara y Faenza. Pero tampoco duró mucho esta nueva asociación con los Borgia, puesto que ese mismo año acudió a la llamada del «Gran Capitán» para luchar en Nápoles.

Se presumía, por las tropas y recursos invertidos, que quien venciera en esta ocasión se haría definitivamente con el reino italiano. El «Gran Capitán» se valió de la fama ganada por «el Sansón de Extremadura» para combatir a los franceses, quienes le «temían por hazañas y grandes cosas que hacía y acometía». Y de nuevo, es difícil estimar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en los episodios bélicos que supuestamente protagonizó García de Paredes. Así, aunque está confirmada su participación en las batallas de Ceriñola y de Garellano en 1503, más cuestionable es el relato sobre una escaramuza previa a esta segunda batalla donde el extremeño, contrariado con una decisión táctica del Fernández González de Córdoba, se dirigió en solitario hacia las tropas francesas y causó cerca de 500 muertos. «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos… saliese sin lesión», explica una de las crónicas.

De pirata a Caballero de la Espuela Dorada

Tras el final de la guerra en Italia en 1504, Nápoles pasó a la Corona de España y el «Gran Capitán» gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Como agradecimiento a sus servicios, Gonzalo Fernández de Córdoba nombró a Diego García de Paredes marqués de Colonnetta (Italia). Sin embargo, cuando el «Gran Capitán» cayó en desgracia, la defensa que hizo «el Sansón de Extremadura» de su antiguo general le costó la pérdida del marquesado de Colonnetta y forzó un exilio voluntario de la corte. Durante años, el soldado extremeño se dedicó a la piratería en el Mediterráneo, teniendo como presas favoritas a los barcos berberiscos y franceses.

En 1508, Diego García de Paredes recuperó el favor real y se unió a la campaña española para conquistar el norte de África. Durante estos años Paredes participó en el asedio de Orán, fue maestre de campo de la infantería española que el emperador de Alemania usó para atacar a la República de Venecia, y sirvió como coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II en la batalla de Rávena, entre un sinfín de gestas militares.

Con la irrupción de Carlos V en España, gran admirador de su leyenda, el extremeño acompañó al emperador por Europa, quien le nombró Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo a este en Alemania, Flandes, Austria y en todos los conflictos acontecidos en España, desde la Guerra de los Comuneros a la conquista de Navarra. En 1533, tras regresar con Carlos V de hacer frente a los turcos en el Danubio, Diego García de Paredes falleció por las heridas sufridas durante un accidente a caballo cuando jugaba con unos niños a tirar con la lanza unos palos en la pared. Lo que no habían conseguido quince batallas campales y diecisiete asedios, lo alcanzó un juego infantil: matar al gigante.

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