El épico duelo a muerte entre los once mejores caballeros franceses y los hombres del Gran Capitán


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  • Buscando evitar el empate, «el Sansón extremeño» arrancó las piedras que servían para delimitar el campo de batalla y se las empezó a lanzar contra los franceses, que, desmontados y agotados, se habían atrincherado en una especie de castillo hecho de caballos muertos

 

 Pierre Terraill de Bayardo, uno de los participantes en el duelo, defiende el puente en la batalla de Garellano - Wikimedia

Pierre Terraill de Bayardo, uno de los participantes en el duelo, defiende el puente en la batalla de Garellano – Wikimedia

A principios de la Edad Moderna todavía seguía presente cierta visión idealizada y romántica de la guerra. La pólvora y los asedios eternos se encargarían de borrar de un plumazo todo rastro de literatura, siendo la primera campaña del Gran Capitán una de las últimas ocasiones para el romanticismo. Al viejo estilo medieval, la lucha entre las tropas francesas y las españolas en Nápoles dio lugar a constantes desafíos personales entre paladines de ambos bandos por cuestiones de honra. Preocupado por el goteo de muertes que suponían entre sus filas, los comandantes de ambos ejércitos intentaron sin éxito prohibir estos desafíos o, como en el caso del desafío de Barleta de 1502 (no confundir con el que un año después enfrentaría a franceses e italianos), mantenerlos bajo su control.

El Gran Capitán autorizó el encuentro frente a las murallas de Trani, un terreno neutral a medio camino entre el campamento español y el francés

El libro «El Gran Capitán» (EDAF), de José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez, recoge varias historias sobre estos enfrentamientos. Una de ellas relata que el español Alonso de Sotomayor cayó prisionero del mítico caballero francés Bayardo, el «paladín sin miedo», que accedió a liberarle a cambio de un rescate, sin que la rivalidad pareciera ir más allá. Pero una vez de vuelta a las filas españolas, Sotomayor se quejó del mal trato que había recibido y, tras un intercambio de insultos, le retó a un duelo. El resultado fue que el hábil Bayardo hirió a Sotomayor en un ojo, tras lo cual el español se lanzó de forma imprudente contra su enemigo, que le clavó una daga en la garganta. Así halló la muerte Sotomayor.

Once contra once

A raíz del aumento de duelos como el de Sotomayor, los comandantes de los dos ejércitos decidieron que vendría bien concertar una pequeña tregua a finales de septiembre de 1502 y que, de paso, los soldados dirimieran por las armas las cuestiones de la honra. Entre las disputas abiertas, mantenían los galos que si bien la infantería de las tropas españolas se desenvolvía bien sobre el terreno, su caballería, acostumbrada a las morerías de Granada, no tenía parangón con la francesa. Razón suficiente para que empezara la habitual escalada de insultos. Se dice que fue un heraldo francés quien lanzó, en nombre de once caballeros de esta nación, el desafío oficialmente. El Gran Capitán autorizó el encuentro frente a las murallas de Trani, un terreno neutral a medio camino entre el campamento español de Barletta y el francés de Bisceglie.

El duelo debía celebrarse el 20 de septiembre de 1502 a la una de la tarde en Trani, haciendo las veces de árbitros las autoridades venecianas que controlaban este territorio. Los once mejores caballeros franceses contra los once mejores españoles, todos ellos montados en caballo y empleando armas blancas. En el caso español, fue el propio Gonzalo Fernández de Córdoba quien seleccionó a los once entre algunos de sus mejores hombres. Si bien entre los franceses destacaba el mencionado Bayardo, en el bando español lo hacía Diego García de Paredes, «El Sansón extremeño», un mítico soldado extremeño de gran talla.

«El Sansón extremeño» era, de hecho, un consumado especialista en este tipo de lances, en los que se le achacaba más de trescientos duelos sin ser derrotado. «En desafíos particulares, con los más valientes de todas las naciones extrañas, mató solo por su persona, en diversas veces más de trescientos hombres, sin jamás ser vencido, antes dio honra a toda la nación española», anota el médico del siglo XVI Juan Sorapán de Rieros en una de sus crónicas.

Diego García de Paredes niega el empate

Según el relato que trazan las crónicas, la lucha empezó sobre la una y se alargó hasta el anochecer. Uno de los franceses quedó muerto, otro más se rindió forzado por Diego García de Paredes, y casi todos los demás fueron heridos o desmontados. Las bajas españolas fueron mínimas. Gonzalo de Aller se rindió y varios más resultaron heridos o descabalgados. Lo que no pudieron prever los hispanos es que la resistencia francesa fuera a ir tan lejos. Así, los franceses supervivientes se atrincheraron entre los caballos muertos y formaron una especie de castillo que, tal vez por el olor a muerte, resultaba inaccesible para los caballos españoles. Desde esta peculiar fortaleza los franceses se defendieron de los sucesivos ataques de los confundidos españoles.

Tras cinco horas de lucha, los franceses solicitaron detener la disputa, dando a los españoles por «buenos caballeros». A los españoles les pareció conforme, sobre todo porque la noche estaba cayendo, pero no a Diego García de Paredes, quien solo concebía la victoria absoluta. Sentenció así que «de aquel lugar los había de sacar la muerte de los unos o de los otros». En una de sus demostraciones de fuerza hercúlea, ya sin su espada, arrancó las enormes piedras con las que los venecianos habían delimitado el campo y empezó a arrojarlas brutalmente contra los caballeros franceses, ante el asombro de la multitud y de los propios jueces.

Como es natural frente a tal cabritada, los franceses «salieron del campo y los españoles se quedaron en él con la mayor parte de la victoria». Los jueces del tribunal, no en vano, dictaminaron tablas, sentenciando que la victoria era incierta, de tal manera que a los españoles «les fue dado el nombre de valerosos y esforzados, y a los franceses por hombres de gran constancia»

Esta conclusión no convenció a casi nadie. Al finalizar la contienda un mensajero fue a informar al Gran Capitán del empate: «Señor, los nuestros vinieron a nosotros por buenos», es decir, tanto como los franceses. El general castellano replicó: «Por mejores los había yo enviado».

 

El mítico portugués que defendió su estandarte a dentelladas cuando los españoles le cercenaron de raíz los brazos


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  • Durante la batalla de Toro, el alférez real luso cogió la bandera de su soberano con la boca después de que un soldado fernandino le cortase sus dos extremidades superiores

 

 Almeida defiende el estandarte ante los fernandinos - Wikimedia

Almeida defiende el estandarte ante los fernandinos – Wikimedia

El Gran Capitán, Horatio Nelson… Todas las naciones necesitan héroes a los que recurrir cuando -en plena batalla- la situación se complica y toca tirar de valor para salir del atolladero a base de espada y arcabuz. Por ello es por lo que nació el mito de Duarte de Almeida, un alférez mayor portugués que, durante la batalla de Toro -en la que Fernando el Católico y Alfonso V dirimían el destino de la Península Ibérica-, terminó asiendo el estandarte de su monarca con la boca después de que varios soldados del ejército fernandino le cercenaran los brazos de raíz. Además de hacerle ganar un curioso mote (el «decepado» -el «cortado» en la lengua de nuestros vecinos-) su supuesta heroicidad le granjeó un espacio en los libros de Historia. Con todo, lo cierto es que su gesta (que se sucedió presuntamente el 1 de marzo de 1476) ha sido discutida durante 540 años por cronistas e historiadores. Unos expertos que no se ponen de acuerdo en datos tan básicos como si este heroico militar logró sobrevivir a la contienda y tener descendencia, o murió desangrado.

La historia de Almeida aparece recogida solo en las crónicas portuguesas, pero no en las castellanas ni aragonesas

Poco se sabe de la vida de los orígenes de Duarte. Se dice que su padre pudo ser el Conde de Abrantes, Lopo de Almeida, aunque se desconoce con seguridad. Lo mismo sucede con su fecha de nacimiento, la cual se empieza a ubicar desde el año 1400 en adelante. De hecho, apenas existen datos sobre él hasta que comienza su participación en la batalla de Toro. Lo más que se llega a obtener en relación a su persona son datos genéricos escritos, por ejemplo, por el editor Narciso Oliva en su «Diccionario histórico o biografía universal compendiada» (S. XVIII). En el mismo, el autor determina que nuestro protagonista «militó en los ejércitos de Alfonso V, rey de Portugal, donde se distinguió en varias ocasiones». No obstante, hubo que esperar hasta 1476 para lograr que su hazaña más valerosa (la última de su carrera de armas) empezase a ser narrada por los bardos. Para entonces, la situación por estos lares era totalmente irreconciliable. Y es que, se había iniciado una guerra tras la muerte del rey de Castilla –Enrique IV– para decidir quién sería su sucesor y se haría con un buen trozo de la región.

En un bando estaba Isabel, hermana del muerto y una vieja conocida en lo que a problemas dinásticos se refiere. A la vera de esta, además, se hallaba Fernando. Su esposo desde 1469 y fiel defensor del honor de su señora. En el otro bloque, por el contrario, se hablaba portugués, pues estaba formado por el monarca luso Alfonso V y su prometida, Juana la Beltraneja -la pequeña y presunta hija bastarda del fallecido Enrique-. Una pintoresca alianza esta que se cimentaba en el matrimonio entre el soberano y la niña (su sobrina y menos que una adolescente por entonces).

Decidido a presentar batalla, y tropa por aquí, tropa por allá, Alfonso reunió un gran ejército en febrero de 1476 en Toro -su base de operaciones-. Su plan era dirigirse desde allí a Zamora -donde se defendía a capa y espada el ejército de Fernando– y cercarla, algo que terminó haciendo a pesar del considerable frío. Al menos hasta el 1 de marzo, jornada en la que prefirió recoger su campamento y salir por piernas antes de que sus hombres fallecieran por hambre o enfermedades. Aprovechando que se retiró de forma sumamente caótica, el monarca aragonés salió de las murallas en su busca para arrasar su retaguardia. Los ejércitos se encontraron a una legua de Toro. La contienda por el destino de varios reinos, y a la larga de un país, iba a comenzar.

Un hombre de bandera

En el año del Señor –como se decía entonces- 1476, y más concretamente el 1 de marzo, los dos generales decidieron cruzar sus espadas. A eso del medio día Fernando, ansioso por hacer valer el derecho al trono de Isabel, formó tres grandes cuerpos de ejército. El primero –ubicado en el centro- estaba dirigido por él mismo y contaba con su guardia real y un considerable contingente de infantería. A su derecha tomaron posiciones hasta siete escuadrones, la mayoría de jinetes ligeros, al mando de varios militares de renombre entre los que destacaban Álvaro de Mendoza y Pedro de Ledesma. Para terminar, a su siniestra enarbolaban los estandartes tres grupos de caballeros pesados a cuyo frente se encontraban –entre otros tantos- el duque de Alba y el almirante de Castilla Alonso Enríquez. A día de hoy existe controversia a la hora de determinar el número exacto de hombres que componían este ejército, pero oscilan entre 3.000 peones y 2.000 caballos, hasta 5.000 infantes y 3.000 militares en jamelgo.

Alfonso no se quedaba corto en lo que respecta a soldados. Dicen los textos de Hernando del Pulgar (cronista de sus majestades los Reyes Católicos) que sus hombres formaron en tres grupos de ejército. El de su ala izquierda contaba con los hombres de su hijo, el infante Juan, quien podía presumir de dirigir hasta 800 caballeros pesados. En el ala derecha se ubicaron las tropas cristianas contrarias a Isabel y partidarias de la Beltraneja. Entre ellas destacaba la figura de Alfonso Carrillo, el Arzobispo de Toledo. En el cuerpo central del soberano portugués, aquel que tendría que soportar el peso de la contienda, preparaba sus armas nuestro protagonista, el alférez real Duarte de Almeida, acompañado de la guardia personal del soberano. El contingente contaba aproximadamente con unos 10.000 peones y 3.5000 jinetes, un número bastante superior a la fuerzas que llevaba Fernando a la batalla.

Aunque pueda parecer baladí, la labor de Almeida era sumamente importante en batalla pues, como alférez real, era el encargado de portar la bandera de su monarca en la lid y dar su vida para que no fuese robada. «Dábase antiguamente este nombre al general que llevaba el pendón o estandarte Real en las batallas en que se hallaba el Rey, y en su ausencia mandaba el ejército como general», explica Federico Moretti, mariscal de campo del ejército español en el S. XIX, en su obra «Diccionario militar español-francés».

Su cargo le imponía además una severa responsabilidad, pues perder una insignia de tal valor en plena lucha era una auténtica vergüenza desde tiempos inmemoriales. Así lo fue hasta bien entrado el S. XIX. «Perder la bandera o el estandarte era un […] desastre; a menudo se arrancaba la tela del poste para prevenir que el enemigo se apoderase de ella. […] Las insignias eran usadas como símbolos de victoria o derrota. […] Estos trozos de tela encarnizaban los objetivos de la lucha», explica el escritor Peter Englund en su obra «La batalla que conmocionó Europa: Poltava y el nacimiento del imperio ruso».

Puedes conocer en profundidad el despliegue y el desarrollo de esta batalla sigue el siguiente enlace: «Toro, la batalla en la que Fernando el Católico empezó a forjar España con sangre».

Comienza la batalla

Cuando cayó la noche, y bajo una intensa lluvia, comenzó la batalla. Los primeros soldados en cargar fueron del bando fernandino. Concretamente, del flanco izquierdo del esposo de Isabel salieron al galope 300 jinetes a las órdenes de Álvaro de Mendoza para tratar de romper las líneas lusas. Fueron recibidos con un vivo fuego de arcabucería y una amplia hilera de espadas y lanzas cargadas por 800 militares del infante Juan. La lid comenzó entre sablazos y hojas enastadas. Al poco, el mayor número de los defensores se hizo valer y los caballeros tuvieron que retirarse para salvar su vida. Rápidamente, el duque de Alba y el cardenal se posicionaron para cubrir su retirada. El primer encontronazo había teñido los campos peninsulares con la sangre de los soldados de Fernando, algo que embraveció a los partidarios de la Beltraneja y al Arzobispo de Toledo, que ordenó -por su parte- lanzarse contra el enemigo mientras este aún estaba desconcertado.

Como en ese flanco las cosas pintaban de un tono muy luso, Alfonso ordenó a sus cuatro contingentes centrales cargar contra el cuerpo principal del ejército enemigo, comandado por el mismísimo Fernando. Iba a comenzar la batalla para Almeida quien, a lomos de su caballo, el estandarte real en la mano izquierda y una espada en la derecha, se disponía a elevar a los cielos el nombre de la Beltraneja, una niña que apenas sí sabía atarse el vestido, pero que ya había sido prometida a un monarca y estaba provocando ríos de sangre desde Lisboa hasta Madrid. Al poco tiempo, ya andaban a mandoblazos ambos bandos. «Todos [estaban] revueltos unos con otros, sonaban los golpes de las armas y el estruendo del artillería e las voces; unos nombrando su apellido, otros gimiendo sus llagas e caldas, otros demandando ayuda, otros reprehendiendo los que veían negligentes en pelear, y esforzándolos que le peleasen. E porque entre los castellanos e portugueses había la vieja qüestion sobre la fuerza y el esfuerzo de las personas, cada uno por su parte se disponía a la muerte por alcanzar la victoria», explica del Pulgar en sus crónicas.

La leyenda del último defensor

En lo más cruento de la refriega, y viendo el empuje del bando fernandino, algunos investigadores como Mario Arellano García afirman que los portugueses decidieron dar media vuelta y salir por piernas para no irse al otro barrio de un espadazo. No era para menos pues -como se suele decir- «pintaban bastos» para los lusos debido a la bravura de las milicias y la guardia personal del futuro Fernando el Católico.

Fernando Denis -historiador del S. XIX- deja claro que es de la misma opinión en su obra «Historia de Portugal»: «Llevaba la bandera real Duarte de Almeida que, en lo más recio de la batalla, se vio abandonado por los suyos». Lo lógico hubiera sido salir corriendo con aquel poste entre las manos. Sin embargo, el alférez lo consideró indigno -además de sumamente dañino para la moral de los soldados-, por lo que le puso naso y se plantó en el campo de batalla decidido a no dar ni un paso atrás. Así lo transmite la tradición portuguesa. «Duarte, al ver ya el trágico desenlace, se quedó plantado en el lugar, luchando espada en mano y chorreándole la sangre de los castellanos por el codo del brazo con el que repartía los mandobles», determina, en este caso, Ricardo González Padierna en su obra «Toro».

En este punto es donde comienza la leyenda de la valentía de Almeida, engrandecida en palabras de varios historiadores por los escritores portugueses de la época. Dice la tradición lusa que los fernandinos se abalanzaron sobre el alférez deseosos de arrebatarle la enseña de su monarca. A la cabeza de estos iba un soldado enjuto llamado Pero Vaca de Sotomayor. Ávido de sangre, entró en combate singular con nuestro protagonista, que le plantó cara dándole de espadazos con su mano hábil y sosteniendo el pendón con la otra.

Así, hasta que su enemigo le cercenó de un cruel tajo su extremidad superior derecha. Dentro de la propia fábula existen incluso dos versiones, una que determina que se le arrancó de cuajo el brazo, y otra que sentencia que fue únicamente la mano. El cronista Rui de Pina (luso hasta la médula y contemporáneo de la época) es partidario de esta última idea. Fuera como fuese, en lo que coinciden todas las fábulas es que Almeida asió entonces el palo que sujetaba aquella bandera con la mano diestra tras soltar la espada. No estaba dispuesto a que su valiosa enseña tocase el suelo ni a que fuese robada por los contrarios.

Para su desgracia, los fernandinos volvieron a la carga y, con un nuevo y certero tajo, le cortaron el brazo con el que cogía ahora el estandarte (el derecho). Robar una bandera enemiga no era algo como para dejarlo pasar, y si había que hacer que se le desprendiesen hasta las piernas, así estaban decididos a hacerlo los vasallos de los futuros Reyes Católicos. Sin embargo, y para evitar que cayese al suelo, nuestro protagonista lo asió con lo único que le quedaba libre…

«Los castellanos pararon el ataque y, contraatacando a las órdenes del mismo Rey, cerraron a Duarte al que, en medio de la fiera lucha, le volvieron a cortar un brazo, esta vez el otro, pero el estandarte no cayó, Don Duarte de Almeida lo agarró con los dientes», determina Padierna. Rui de Pina narra así el suceso: «El valiente alférez mayor Duarte de Almeida se vio rodeado por el enemigo que intentaba apoderarse del estandarte, sufrió una cuchillada que le amputó la mano derecha, pasándose el Pendón a la mano izquierda que también le fue amputada, luego se sirvió de los dientes y de lo que le quedaba de los brazos». Al final, sin embargo, no pudo resistir más el acoso enemigo. «En tal estado siguió defendiendo todavía el estandarte. Herida de repetidas lanzas y cuchilladas no se apoderaron de la bandera solo después de que sus heridas le hubiesen derribado del caballo», añade, en este caso, Denis.

¿Cuál fue la verdad?

Tras la contienda -la cual acabó en tablas a pesar de que Fernando logró que se considerara una victoria de su ejército– fueron muchas las teorías que se vertieron sobre Duarte de Almedia y la defensa de la bandera real. La versión más extendida afirma que falleció en combate poco después de que le cercenaran los brazos o las piernas (algo que cree Fernando Fulgosio). Sin embargo, el cronista Antonio de Nebrija es partidario de que fue hecho prisionero -exactamente lo mismo que considera el historiador luso del S. XVII Antonio de Sousa de Macedo– y que vivió en Portugal sin más comida que echarse a la boca que aquella que le daban en limosna: «Duarte de Almeida escapó, y vivió después en Portugal, y por señas bien pobre, y sin manos».

De esta cruel teoría es también partidario Duarte Nunes de Leão (un cronista luso del S. XVI): «Por este hecho honroso, Duarte de Almeida no tuvo otra recompensa, según la costumbre del país donde los mayores servicios son los menos premiados, que el vivir más pobremente que antes de haber perdido las manos y de granjearse tan digna nombradía. Hacíase en Castilla tan sumo aprecio de él, que el rey Don Fernando había mandado colgar las armas de que le habían despojado en la capilla de los reyes de la catedral de Toledo, como un trofeo, y todavía están allí ahora. En Zamora, a donde fue llevado prisionero, los enemigos le honraron más que no le honraron después en su país sus conciudadanos».

Por otro lado, las crónicas castellanas y aragonesas hacen plantearse a los historiadores la posibilidad de que la última defensa del estandarte portugués no fuera más que una entera falsedad. Y es que, ninguno de ellos nombra un suceso de un valor tal en sus textos. Algo que solían hacer a pesar de que fuese el enemigo quien lo protagonizase. La descripción que más se acerca es la que afirma Alfonso de Palencia, un humanista del S. XV. Este, explica que Vaca de Sotomayor, un soldado de «corta estatura», logró acercarse hasta el portaestandarte de Alfonso y, tras un forcejeo, tirarle de su caballo y arrebatarle el paño. Sin embargo, también determina que no tuvo tiempo en ningún caso de andar demostrando su maestría con la espada cortando brazos o manos, pues los portugueses se arremolinaron para proteger la posición y tuvo que salir de allí como alma que lleva el diablo para no acabar ensartado. «La llegada de los [lusos] fue ocasión de que se empeñase terrible refriega. No pudo menos que escapar de la muchedumbre enemiga», determina.

 

La traición del viejo Rey: el trágico final del Gran Capitán lejos de la guerra y de la corte


ABC.es CÉSAR CERVERAC_Cervera_ Interesante (como siempre) artículo de Cesar Cervera

  • 500 aniversario de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba
  • Hace hoy 500 años, el general cordobés murió en Loja (Granada), triste y abandonado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey

 


 

 El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours - Museo del Prado

El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours – Museo del Prado

A los 62 años, el Gran Capitán falleció en Loja (Granada), aislado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey. Semanas después de su muerte llegaron decenas de cartas de condolencia a su familia, entre ellas la del Rey Fernando, que invocaba su vieja amistad y trataba de disimular con palabras gruesas el hecho de que había incumplido todas sus promesas de recompensa, una detrás de otra; y la del joven Carlos de Gante, quién había oído desde niño la historia de su odisea italiana. Paradójicamente, Fernando El Católico moriría solo un mes después que aquel hombre al que tantas desconfianzas había destinado.

La falta de fuentes documentales del periodo hace que la mayor parte de lo que se conoce sobre Gonzalo Fernández de Córdoba proceda del clásico mito del vasallo maltratado, incluida la historia de las famosas cuentas del Gran Capitán. Así, las victorias del Gran Capitán en Ceriñola y Garellano, lejos de despertar una gratitud incondicional por parte de Fernando El Católico, vinieron acompañado de una revisión de las cuentas de sus gastos bélicos. A medio camino entre la realidad y la leyenda, la muerte de Isabel La Católica en 1504, que siempre había salido al paso de las acusaciones de corrupción lanzadas contra el cordobés, dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey de Nápoles.

Investigado por corrupción

En el otoño de 1506, Fernando reclamó a Gonzalo claridad en sus cuentas nada más desembarcar en el reino italiano. «Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados», contestó supuestamente el Gran Capitán ofendido por la ingratitud del Rey.

Desde entonces, la expresión «las cuentas del Gran Capitán» y la respuesta dada por el general se utilizan para ridiculizar una relación poco pormenorizada o para negar una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho. La respuesta altiva achacada al Gran Capitán, en cualquier caso, nunca se ha podido demostrar y corresponde a la típica del soldado español de la época: fiel pero orgulloso, desapegado de lo material, valiente hasta la temeridad, violento y desafiante.

La muerte de Isabel La Católica dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey

Lo que sí parece probable es que el Gran Capitán entregó, sin malas palabras o altivez, unas cuentas que no fueron del agrado del Monarca. Como señala el libro recientemente reeditado por EDAF «El Gran Capitán» (escrito por José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez), los interventores de la Hacienda real consideraron excesivo el dinero gastado en la Guerra de Nápoles de 1501 a 1503. En consecuencia, los episodios de tensión entre el virrey y Fernando de Aragón no dejaron de sucederse durante su estancia en Nápoles.

Una de las historias más extendidas es que, estando la flota española anclada en la bahía de Nápoles, los 1.500 vizcaínos al servicio del capitán general Juan de Lezcano escucharon el falso rumor de que Gonzalo Fernández de Córdoba, con el que habían servido durante años, había sido confinado en Castel Nuovo. Los marineros desembarcaron y se dirigieron a liberar al cordobés con insultos contra el Rey que había hecho preso «al mejor hombre del mundo». Tuvo que acudir en última instancia el propio virrey a demostrar que no lo habían apresado para que aquella horda vasca empezara a sosegarse.

A principios de 1507, Fernando prefirió alejar al Gran Capitán de Nápoles para sustituirlo por el Conde de Ribagorza, que poco después fue remplazado por el catalán Ramón de Cardona, quien protagonizaría varios reveses contra los ejércitos galos en los siguientes años. No en vano, en ese momento las relaciones entre Francia y la Corona hispánica se encontraban en el campo de la cordialidad. En junio de 1507, el Rey francés organizó un banquete al que invitó a Fernando El Católico, a Germana de Foix y a Fernández de Córdoba, donde se sinceró como un admirador del hombre que había vencido a sus ejércitos. «Mande Vuestra Señoría al Gran Capitán que se siente aquí; que quien a reyes vence con reyes merece sentarse y él es tan honrado como cualquier Rey», afirmó Luis XII según la leyenda. Aquella actitud despertó el recelo del desconfiado Rey aragonés, que vio su papel de protagonista desplazado por uno de sus vasallos.

Un pequeño cargo a cambio de Nápoles

Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. En la Corte, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y puso en la nevera política al militar. En vista de que el Monarca no tenía intención de entregarle el maestrazgo de la principal orden militar de España como le había prometido, el cordobés acudió a Juana La Loca, auténtica soberana de Castilla, que, a pesar de su incipiente locura, le nombró alcalde de la ciudad de Loja. Se trataba de un cargo menor, pero venía acompañado del derecho sobre las rentas del comercio de seda en Granada.

Antes de tomar posesión del cargo, el Gran Capitán debió lidiar con el amago de rebelión que el Marqués de Priego, hijo del hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, comenzó contra la autoridad del Rey. La situación fue especialmente delicada al tratarse de un familiar sospechoso de guardar rencor al Monarca. El marqués, alcalde mayor de Córdoba, detuvo al enviado del Rey encargado de investigar precisamente si estaba hablando mal en público de Fernando. Además, asaltó la cárcel de la Inquisición, cuya actuación desproporcionada en la ciudad fue la causa de fondo en la revuelta. Fernando El Católico contestó con todo el peso de la Corona. Al frente de un ejército de 3.000 soldados y mil lanzas restableció la autoridad y, a modo de escarmiento, dejó en ruinas el Castillo de Montilla, donde el Gran Capitán había pasado su infancia.

El Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla

Gonzalo Fernández de Córdoba prefirió mantenerse al margen en todo momento. Incluso medió para que su sobrino no complicara todavía más las cosas. Finalmente, el arrepentimiento del Marqués de Priego, así como la influencia de su tío, logró salvarle la vida, pero no le evitó recibir una multa millonaria y ser condenado al destierro de Córdoba. Mientras tanto, el 15 de julio de 1508, el Gran Capitán tomó posesión del cargo de gobernador de Loja, donde permaneció a la espera de que el Rey quisiera volver a contar con sus servicios. Más allá de la leyenda, sí es cierto que Fernando El Católico se encargó de recordarle con desplantes que, si en Italia era un héroe militar, en España solo era uno más de los nobles que revoloteaban en torno a la Corte en busca de mercedes y recompensas.

En 1509, el Rey designó a Pedro Navarro –el capitán, corsario e ingeniero que había acompañado al Gran Capitán en sus campañas– para encabezar una expedición militar en Orán. Pese a que incluso el Cardenal Cisneros, instigador del plan, apoyaba la elección del cordobés, el Monarca prefirió a un hombre sin experiencia a la hora de manejar ejércitos de aquellas dimensiones. Era el enésimo desprecio.

A nivel familiar, el Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco. El viejo aragonés temía que los matrimonios entre nobles con tanta influencia irían en perjuicio del poder real y trabajó para evitarlo. El matrimonio al final no pudo celebrarse, y Gonzalo falleció sin ver a su hija casada con el Conde de Cabra, cuyo enlace aseguró la continuidad de la estirpe. Su otra hija, Beatriz, falleció soltera en 1511. Quizás para compensar tantos desplantes, Fernando El Católico estuvo a punto de enviarle de nuevo al año siguiente a Italia, al conocerse la derrota de los ejércitos de Ramón de Cardona a manos francesas en la batalla de Rávena.

Tras el desastre, el Papa y Venecia, que, junto a España, conformaban una alianza antifrancesa, exigieron al aragonés que mandase al Gran Capitán. No obstante, cuando las levas ya estaban listas y el general cordobés había enviado misivas a sus viejos amigos en Italia advirtiendo su llegada, Ramón de Cardona recondujo la situación al vencer a los franceses en Novara, lo que le permitió reponer en Florencia a los Médici.

«Viviré en estos agujeros donde salí»

Mientras el Gran Capitán congregaba sus tropas en Málaga, Fernando El Católico desvió por sorpresa los recursos prometidos al cordobés para dárselos al II Duque de Alba, que el 12 de julio de 1512 atravesó la frontera y ocupó Pamplona en un movimiento casi felino. A la vista de que no iba a ser necesario enviar refuerzos a Italia, el aragonés prefirió emplear los preparativos del Gran Capitán –que desconocía los planes del Rey– como mera distracción, mientras otro ejército aprovechaba para conquistar parte de Navarra. Fernández de Córdoba licenció poco después las tropas, cuyos gastos habían corrido de su cuenta, y se marchó a Loja visiblemente dolido. «Viviré en estos agujeros donde salí, contento con lo que su alteza face…», escribió con amargura.

En el verano de 1515, la salud del Gran Capitán entró en crisis. Las fiebres cuartanas, que contrajo en la ribera del Garellano poco antes de la batalla de mismo nombre, fueron consumiendo su salud poco a poco. Su estado anímico tampoco ayudaba en su recuperación. Ya no pudo volver a montar a caballo y apenas podía caminar sin ayuda. El 2 de diciembre, el cordobés falleció en su casa de Loja rodeado de su círculo familiar y de sus deudos. El viejo Rey murió un mes después.

 

El Gran Capitán, el genio cordobés de la guerra que aplastó a Francia


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  • A modo de conmemoración, EDAF reedita una meticulosa obra de Sánchez de Toca y Martínez Laínez sobre el general castellano
mUSEO DEL pRADO El Gran Capitán observa el cadáver del Duque de Nemours tras la batalla de Ceriñola

MUSEO DEL pRADO | El Gran Capitán observa el cadáver del Duque de Nemours tras la batalla de Ceriñola

El prestigioso manual militar «Who’s Who in Military History» (Quién es quién en la historia militar) dedica más espacio al Gran Capitán que a Nelsón, Patton o Rommel, mientras que aquí en España el general cordobés ha sido hasta hace pocos años más conocido por ser una marca de quesos que por sus campañas italianas. José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez quisieron remediar este desatino hace siete años cuando dedicaron una detallada obra a Gonzalo Fernández de Córdoba, el hombre que señaló a la infantería castellana el camino para convertirse en los legendarios tercios españoles. En el 500 aniversario de su muerte, la editorial EDAF reedita estos días su libro, «El Gran Capitán: Gonzalo Fernández de Córdoba», a modo de conmemoración.

Valiéndose de fuentes del periodo, Sánchez de Toca y Martínez Laínez pintan el retrato de un hombre mesurado, generoso y extremadamente inteligente, que se niega a aceptar su papel de segundón de una familia de la nobleza andaluza. Cortesano de Alfonso «El Inocente» y más tarde de su hermana Isabel «La Católica», Gonzalo Fernández de Córdoba consiguió ganarse la estima de los monarcas de Castilla y, durante la prolongada conquista de Granada, se destacó en importantes episodios militares, incluida la fase de negociaciones con Boabdil, al que unía una fuerte amistad. El Rey Fernando «El Católico» designó años después a Fernández de Córdoba para encabezar un cuerpo expedicionario, el primero que salía de España en mucho tiempo, y con el que expulsó a los franceses del Reino de Nápoles.

El libro relata las sucesivas campañas italianas contra los galos donde se gestó la leyenda del Gran Capitán, quien gozó siempre del respeto de los propios enemigos debido a su cortesía más allá de la rivalidad. El cordobés estiró al extremo sus escuálidos recursos, como demostró en la victoria de Ceriñola (1503), y exhibió sus amplias dotes tácticas, siendo hoy su movimiento envolvente en Garellano (1503) materia de estudio en los grandes manuales bélicos. Un genio de la guerra al que Fernando «El Católico» terminó aislando al hacer caso de los rumores maliciosos que acusaban al cordobés de corrupto, pero no sin antes reclamarle cuentas de los gastos de su campaña. En un cuidado libro con fotografías y mapas en color, los autores incluyen varias de las cartas dirigidas por el Gran Capitán a los Reyes Católicos con las famosas cuentas, todavía célebres como ejemplo de meticulosidad y honradez en el lenguaje.


El Museo del Ejército rinde homenaje al Gran Capitán

Últimos secretos y confidencias del Rey Católico al Gran Capitán


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  • Dieciséis cartas inéditas entre Fernando de Aragón y Gonzalo Fernández de Córdoba, en la gran exposición que Toledo inaugurará la próxima semana
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abc | Fernando el Católico

Eran un Rey y su más leal vasallo, un gobernante inteligente y ambicioso y el más bravo e innovador de sus soldados (y los dos eran primos). Por eso las cartas que cruzaron Fernando de Aragón, el Rey Católico, y Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, son una de las más ricas fuentes para entender la complejidad del tablero europeo a finales del XV y principios del XVI. Viejos folios llenos de secretos, instrucciones y hasta párrafos donde se asoman los sentimientos y desvelos del Monarca. De aquellas campañas se conocen cientos de misivas, pero ahora se han hallado 16 cartas inéditas, conservadas por los duques de Maqueda, que se mostrarán en la gran exposición que dedicará el Museo del Ejército a su noble antepasado y que será inaugurada la próxima semana. El motivo es el quinto centenario de la muerte de Fernández de Córdoba, otra de las gigantescas figuras de la historia de España que nos hemos empeñado en olvidar durante décadas.

En una de las cartas, el Rey se desahoga con el Gran Capitán y le comenta la indignación que siente por el trato que el Archiduque otorga a su hija Juana, de la que comienzan a decir que está loca. Son palabras del Rey: «Que no se ha contentado con publicar por loca a la Reyna mi fija, su mujer, y enbiar acá sobre ello escrituras firmadas de su mano, e más he sabido que la tienen en Flandes como presa e fuera de toda su libertad. E que no consienten que la sirva ni vea ni hable ninguno de sus naturales, e que lo que come es por mano de flamencos, e así su vida no está sin mucho peligro, guárdela Dios, ya vos vedes que devo yo sentir de todo esto, e para con vos yo disimulo por no ponerla en más peligro fasta traerla, si a nuestro señor plugiere»

Para el coronel Jesús Anson, comisario de la exposición que abre sus puertas al público en el Alcázar de Toledo el próximo viernes, se trata de documentos importantísimos. «Estaban en el archivo familiar de los duques de Maqueda, muy bien guardadas. Y hay un conjunto de casi cuarenta misivas inéditas, de las que dieciséis están relacionadas con el Gran Capitán».

Fin de la guerra medieval

Preguntamos al coronel del Ejército de Tierra por el personaje: «Al Gran Capitán –nos confiesa– se le ha comparado con Alejandro Magno o con Escipión el Africano por la importancia de las campañas militares que desarrolló». Señala que «hablamos, sin duda, del que fue el primer jefe de una fuerza expedicionaria española. Hasta entonces no estaba España constituida, y fue la primera vez que una fuerza nacional, por mandato de los Reyes Católicos, salía fuera de España con un propósito concreto: recuperar el Reino de Nápoles».

Es verdad que el Gran Capitán ha tenido una reivindicación reciente para el gran público como parte del elenco de la serie «Isabel», en la que era interpretado por Sergio Peris Mencheta. Pero para hacerle justicia, insiste el coronel Anson, sería necesario subrayar que él acabó con las reglas del combate medieval, innovando en Nápoles. «Supo acabar con el poderío de la caballería pesada. El ejército francés era mucho más numeroso y tuvo que hacer grandes innovaciones. A parte de la infantería la dotó de picas para detener a la caballería pesada. Hizo determinante del uso del arcabuz, que por entonces no tenía mucha cadencia de fuego, pero sí penetraba en las corazas mejor que la ballesta. Aligeró la caballería y al resto de la infantería la infiltraba con una rodela y una espada ligera en las líneas enemigas causando mucho daño». Organizó las unidades en cuadros más pequeños y maniobrables, idea que daría paso a los tercios, el ejército que hizo posible el imperio.

Soldados de toda España

Había nacido un mito. Hay innumerables publicaciones extranjeras que se imprimieron sobre él. «Inglesas, francesas y sobre todo italianas, porque en Italia fue una figura legendaria, el primer caballero del Renacimento, un modelo que parte de las biografías que hicieron historiadores como el caballero florentino Francesco Guicciardini», recuerda Anson.

¿Y quién componía su ejército? Aquí se certifica lo que era España en el momento de convertirse en un Estado nación moderno: la mayoría de la fuerza expedicionaria procede de Castilla. Pero las tropas se enriquecen con soldados de toda España. Hay asturianos y gallegos (2.000) y un importante contingente de vizcaínos (como se llamaba a los vascos), capitanes legendarios como Juan de Lezcano o Pedro Navarro. ¿Y catalanes, ya que estamos en la Corona de Aragón? «No había muchos soldados catalanes –responde Anson–, pero la contribución de los mismos a la Armada fue muy importante, al mando de Bernardo Villamarín». Son datos de la historia, de plena actualidad.

¿Y por quién luchaban? No cabe duda de que lo hacían por esa nación recién formada que vivía por entonces además la fabulosa aventura americana. En una de las cartas inéditas, que van de 1495 a 1508 en su mayor parte, Fernando el Católico impulsa a que sus soldados, a los que llama así: españoles, se casen en Nápoles: «Otrosí, porque es de creer que en estas guerras havrán enbiudado muchas mugeres de todas suertes en el Reyno de Nápoles, y muchas de aquellas y otras que están por casar, es de pensar que havrán plazer de casarse con españoles, diréis al dicho nuestro visorey que deve procurar que se casen en aquel Reyno todos los más españoles que ser pudiere, de los peones y de todas suertes, y si hay algunos lugares despoblados que se hayan de poblar que se pueblen de españoles». Política de asimilación y mestizaje que los Reyes Católicos llevarían al Nuevo Mundo.

A veces, en su nombre, el Gran Capitán debía impartir justicia, como en el caso del traidor Alonso de San Severino: «En todo caso le faga luego degollar por justiçia por traidor si ya no fuere fecho, y que en esto no ponga dilaçión ni consulta alguna». Pero hay que decir que algunas cartas no han podido leerse. Guardaban secretos, y están tan bien cifradas que los siguen guardando, así que sólo los ojos del Rey y del Gran Capitán pudieron alguna vez leerlas.

Para el historiador José Enrique Ruiz Domenec, verdadero especialista en el Gran Capitán, estas cartas «tratan de la alta política y diplomacia que se lleva en Italia, en el Reino de Nápoles y muestran también algunas diferencias que el Rey y el Gran Capitán mantenían sobre algunos aspectos de carácter estratégico y administrativo». De hecho, confiesa a ABC que han corroborado alguna de las hipótesis que él mantenía en su libro, referencia sobre el Gran Capitán. En las cartas vemos distintas caligrafías, «incluso hay un manuscrito del Rey Fernando y alguna carta con la terrible letra de González de Córdoba, que es la típica letra endemoniada de los grandes de la época, hecha con rapidez y pluma de ave: es letra de médico».


Claves perdidas, cartas todavía sin descifrar

La batalla de Garellano: el Gran Capitán arrasa a un ejército francés que le dobla en número


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  • Nacido un 1 de septiembre de 1453 en Montilla, Gonzalo Fernández de Córdoba alcanzó a ser el más hábil general de su tiempo, capaz de emular una y otra vez el milagro de los panes y los peces con las escasas tropas a su disposición

    Ferrer-Dalmau Pintura de el Gran Capitán con su tradicional indumentaria

    Ferrer-Dalmau | Pintura de el Gran Capitán con su tradicional indumentaria

La verdadera hazaña de Gonzalo Fernández de Córdoba, bautizado por sus tropas y por los enemigos como el Gran Capitán, fue la de estirar a niveles heroicos los exiguos recursos que los Reyes Católicos pusieron en sus manos, frente al pozo sin fondo que era el Reino de Francia, cuya capacidad demográfica era muy superior a Castilla y Aragón juntas. El general castellano se enfrentó así en la mayor parte de los combates a fuerzas superiores y tuvo que recurrir a la audacia y, como ocurrió en la batalla de Garellano, a las ventajas que presentaba el terreno para salir victorioso.

Tras la victoria en Ceriñola en abril de 1503, las esperanzas francesas por arrebatar Nápoles a la Corona de Aragón parecían sepultadas por una buena temporada. Nada más lejos de la realidad. Una vez resuelto un conato de motín en Melfi, el Gran Capitán y su ejército se dirigieron a la ciudad de Nápoles, donde tomaron por asalto las fortalezas de Castell Nuovo y Castell dell’Ovo, todavía en manos francesas. El siguiente objetivo del general castellano fue tomar la plaza fuerte de Gaeta, al noroeste del Reino de Nápoles. No obstante, como otras tantas veces en la historia de los enfrentamientos entre España y Francia, el propio Rey Luis XII sacó recursos de la nada y preparó un contraataque para levantar el sitio de la Gaeta. Francia demostraba una vez más que era una criatura semejante a la mitológica hidra: cada vez que el Gran Capitán derrotaba un ejército, brotaban dos cabezas.

Garellano consume las fuerzas españolas

Atrapado precisamente entre dos ejércitos franceses, Gonzalo se replegó hacia el este del río Garellano, en cuyas cercanías ocupó varias plazas –Montecasino, San Germano y Roccaseca–, y esperó a los galos en la orilla contraria. Si bien los franceses tenían acceso a suministros a través del mar, los españoles sufrieron la escasez de comida y las insalubres condiciones de la zona. La pantanosa posición española extendió numerosas enfermedades, entre ellas lo que entonces se llamaba fiebres tercianas (hoy paludismo), que también afectaron a Gonzalo Fernández y años después causó su muerte. Se da la paradoja histórica de que otro genio militar que hizo diabluras en la península itálica, el cartaginés Aníbal Barca, sufrió de igual manera los estragos de las zonas pantanosas de Garellano. La desesperada situación se prolongó durante seis meses con una guerra de desgaste, organizada por el comandante el marqués de Matua, que el Gran Capitán estaba perdiendo lentamente.

A finales del verano, los franceses trataron de cruzar el río uniendo un grupo de barcazas cerca del puente de Sessa, destruido recientemente, pero en una defensa desesperada los españoles lograron resistir el ataque. El empeño de Gonzalo Fernández de Córdoba por mantener la posición a pesar de los problemas logísticos, el mal tiempo y su inferioridad numérica tuvo como recompensa el envío de refuerzos, sobre todo, gracias a los movimientos diplomáticos de Fernando «El Católico», que cerró un acuerdo con la poderosa familia de los Orsini para que el condotiero italiano Bartolomeo d’Alviano condujera un ejército a sumarse a los españoles. Tras simular un repliegue hacia el Volturno, el Gran Capitán hizo creer al marqués de Saluzzo, que encabezaba las huestes francesas como relevo del poco acertado marqués de Matua, que había ganado definitivamente la contienda. El francés relajó entonces la vigilancia, movió soldados hacia retaguardia e incluso autorizó una tregua navideña para los días 25 y 26 de diciembre, al término de la cual, los franceses, que ya no esperaban una ofensiva enemiga.

No obstante, las verdaderas intenciones del castellano eran salvar el río mediante un improvisado puente de pontones ensamblados entre sí, lo cuales fueron fabricados de forma secreta en el castillo de Mondragone bajo la dirección de Juan de Lezcano. El marino guipuzcoano –que la famosa obra «La Crónica del Gran Capitán» describe como «un varón de mucha virtud por la mar y aun por la tierra (…) tan bien afortunado que siempre salía en todas sus refriegas victorioso»– no falló a su fama y cumplió con diligencia el encargo del Capitán. Las piezas del puente se trasladarían en mulas hasta el lugar del cruce, donde fueran unidas apresuradamente bajo las instrucciones del ingeniero y capitán Pedro Navarro. La estructura era muy sencilla pero resistente, formada por tres tramos de pontón que estaba apoyadas sobre ruedas de carros y barcas y unidos por cadenas.

La ocurrencia de Pedro Navarro y Lezcano

Más allá del factor sorpresa, el Gran Capitán seguía lastrado por una clara inferioridad numérica y de recursos: frente a los 25.000 hombres entre infantes y caballería y 40 cañones del marqués de Saluzzo, los españoles no reunían ni siquiera 15.000 soldados. Por ello, el ingenio iba a ser imprescindible va obtener la victoria. El 28 de diciembre, cuando ya había expirado la tregua, el puente se encontraba listo y Gonzalo Fernández de Córdoba dividió su ejército en tres cuerpos: el grueso de la caballería al mando de d’Alviano, que debía cruzar en primer lugar; un cuerpo central con el propio Córdoba y sus principales capitanes, que atravesaría la estructura en segundo lugar; y una retaguardia capitaneada por Fernando de Andrade y Diego de Mendoza, que atravesaría el puente cuando existiera la garantía de que la contienda estaba resultando un éxito.

Al frente de unos 3.000 jinetes ligeros, d’Alviano pilló por sorpresa a las principales fortificaciones francesas y a sus guardias, algunos todavía borrachos de la noche anterior, que no pudieron hacer nada ante el avance español que los arrolló. Asegurada la cabeza del puente, los oficiales Pedro Navarro, García Paredes «El gigante extremo», Gonzalo Pizarro (padre del conquistador Francisco Pizarro), Zamudio y Villalba condujeron a 3.500 rodeleros y arcabuceros a la orilla francesa. Le siguió la caballería pesada de Prospero Colonna, con más de 200 jinetes, e incluso parte de la retaguardia dirigida por Diego de Mendoza. Por último, el Gran Capitán con su guardia y 2.000 lansquenetes alemanes. Se dice, no en vano, que tras el paso de los lansquenetes el puente cedió, dejando una sola opción a los españoles: vencer o perecer en esa orilla.

Entre las tropas españolas cundió parcialmente el miedo, sobre todo al percatarse de que Fernando de Andrade no había podido cruzar el puente. La situación de crisis se acrecentó aún más cuando el caballo de Gonzalo Fernández de Córdoba trastabilló y lanzó al general contra el barro. «¡Ea, amigos, pues si la tierra nos abraza, es que bien nos quiere!», afirmó el Gran Capitán, en una frase entre la realidad y el mito, que buscaba tranquilizar a los siempre supersticiosos soldados. A continuación, el castellano ordenó a d’Alviano que avanzara trazando un arco hasta el puente de la Mola, que abría el camino hacia Gaeta, mientras sus tropas se dirigían directamente al campamento francés. Andrade quedó consignado a la tarea de seguir a la infantería desde la otra orilla hasta encontrar un paso.

Ya casi de noche, Saluzzo recibió noticias del avance español y decidió, como había previsto el Gran Capitán, retirarse hacia Gaeta a través del puente de la Mola. El repliegue se produjo sin luz, bajo una tormenta y con los españoles pisándoles los talones. El movimiento envolvente del general castellano funcionó a la perfección. Pese a su inferioridad numérica, los españoles pusieron en fuga a prácticamente la totalidad del ejército francés, que apenas reunió valor para presentar una resistencia compacta. Una de las honrosas excepciones francesas fue Pierre Terraill, conocido como el caballero Bayardo, que consiguió presentar una defensa férrea hasta el anochecer al frente de la caballería pesada.

A pesar de contar con escasos caballeros, el caballero Bayardo acometió con tanto ímpetu a los jinetes de Colonna, que los hizo retroceder atropelladamente hasta topar con la columna de infantería dirigida por Córdoba que marchaba a continuación. Cundió el desconcierto entre las primeras filas de ésta, compuestas por lansquenetes, que quedaron inmóviles sin saber cómo reaccionar. Abriéndose paso a caballo entre ellos, el Gran Capitán consiguió organizarlos en un cuadro para hacer frente a la siguiente carga de caballería que lanzó Bayardo. En los siguientes asaltos, el francés no pudo superar a los piqueros germanos, cuyas formaciones se caracterizaban por su robustez y disciplina, y perdió a la mayoría de sus hombres en el embate.

Un movimiento definitivo en la guerra

En total, los franceses registraron 8.000 bajas entre prisioneros y muertos en esa jornada. A los pocos días, los que habían conseguido llegar finalmente a la ciudadela de Gaeta también capitularon ante el cerco, permitiéndoseles la libre salida a cambio de prisioneros españoles. El hostigamiento de la población local y la falta de suministros hicieron que, finalmente, solo un tercio del ejército francés consiguiera regresar a casa con vida. Tras el desastre, Luis XII se vio obligado a firmar una tregua con los Reyes Católicos y, pocos meses después, el tratado de Lyon, donde ponía fin oficialmente a la Segunda Guerra de Italia, reconociendo a Fernando «El Católico» su posesión sobre el Reino de Nápoles.

Garellano fue la última batalla que dirigió personalmente Gonzalo Fernández de Córdoba. Con la muerte de la Reina Isabel –máxima valedora del general castellano–, Fernando «El Católico» remplazó en 1507 al Gran Capitán como virrey de Nápoles, probablemente haciendo caso de los rumores maliciosos que acusaban al cordobés de corrupto. Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. Aquí, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y lo puso en la nevera política. Murió años después en Loja (Granada) a causa de un brote de las fiebres que empezaron junto al Garellano.

Los 13 de la Fama, los hombres que acompañaron a Pizarro a conquistar el Perú


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  • «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», afirmó el conquistador extremeño cuando se encontraba a las puertas del Imperio Inca. Solo 13 de los 112 hombres decidieron ser ricos y pasar a la Historia
Wikipedia «Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

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«Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

Tras dos años y medio de viajes hacia el sur, Pizarro recibió órdenes de cancelar la expedición al Perú y regresar a Panamá. El extremeño, que carecía de la elocuencia de su sobrino lejano Hernán Cortes, el conquistador de México, pero estaba convencido de que era la empresa más importante de su vida, trazó una raya en el suelo y dijo con palabras gruesas: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Solo 13 hombres de los 112 supervivientes que componían su expedición decidieron cruzar la línea para «ser ricos en el Perú».

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Existe el acuerdo historiográfico de considerarle hijo ilegitimo de Gonzalo Pizarro Rodríguez, un destacado hombre del Gran Capitán, pero lo cierto es que incluso su año de nacimiento es motivo de controversia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje incluso en nuestros días.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

La primera expedición partió en septiembre de 1524, pero resultó un completo desastre para los 80 hombres y 40 caballos que la integraban. Hubo que esperar otros dos años hasta que Pizarro tomó contacto, al mando de 160 hombres, con los nativos del Perú. A la vista de que por fin había opciones de cubrirse en oro, Pizarro mandó a Almagro de vuelta a Panamá a pedir refuerzos al gobernador antes de iniciar la incursión final. Sin embargo, no solo le negó los refuerzos sino que ordenó que regresaran de forma inmediata. Fue entonces, en la isla de Gallo, cuando el extremeño trazó una línea en el suelo y, según los cronistas, afirmó: «Camaradas y amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros y desamparos; la otra la del gusto. Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».

Los Trece de la Fama, hacia el Impero Inca

Solo 13 hombres, «los Trece de la Fama», decidieron quedarse junto a Pizarro en la isla del Gallo, donde todavía permanecieron otros cinco meses hasta la llegada de los pocos refuerzos que pudo reunir Diego de Almagro y Hernando de Luque, bajo el mando de Bartolomé Ruiz. Cuando estuvieron listos partieron hacia el sur, dejando enfermos en la isla a tres de los 13 al cuidado de los indios naborías venidos en la nave de Ruiz. Así y todo, esta primera expedición que alcanzó el Perú lo hizo a modo de exploración para sopesar las opciones lucrativas del territorio. Hubo que esperar hasta 1532 para que los planes militares del extremeño se materializaran.

Quizás recordando las dificultades que habían tenido Cristóbal Colón e incluso Hernán Cortés para reclamar sus derechos sobre territorios conquistados, Francisco Pizarro se trasladó a España antes de comenzar la incursión armada para obtener derechos de conquista sobre esta zona. La capitulación que Pizarro firmó con la Reina Isabel de Portugal, en nombre de Carlos I de España, en Toledo, le concedió derechos de dominio sobre la zona de Perú que iba desde el Río de Santiago (Río de Tempula) en Colombia, hasta el Cuzco. El documento, además, otorgó el título de hidalgo a «Los 13 de la Fama por lo mucho que han servido en el dicho viaje y descubrimiento». Un hecho que ha permitido a los historiadores identificar –no sin cierta controversia debido a las contradicciones documentales– a esos 13 hombres que quisieron ser ricos en el Perú. Los nombres de estos fueron Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Francisco de Cuéllar, Domingo de Solaluz, Nicolás de Ribera, Antonio de Carrión, Martín de Paz, García de Jarén, Alonso Briceño, Alonso Molina, Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón y Juan de la Torre.

Archivo del Capitolio de EE.UU. Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Archivo del Capitolio de EE.UU.
Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Finalmente, Pizarro zarpó desde la ciudad de Panamá con 180 soldados en 1532 a la conquista del Imperio Inca. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

No en vano, la dificultades que pasó el contingente de españoles, donde el calor y las enfermedades les acosó durante todo el trayecto, alcanzaron la categoría de legendarias cuando tuvieron que abrirse paso entre miles de incas, sin registrar una sola baja, con la intención de capturar al líder Atahualpa en Cajamarca. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos?, es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por Atahualpa al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

ABC «Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

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«Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin del Imperio Inca. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos. Esta guerra se benefició, de hecho, de los conflictos internos entre los conquistadores, que cesaron momentáneamente con la victoria de Pizarro y sus hermanos en 1538 sobre su otrora aliado, Diego de Almagro, que fue decapitado y despojado de sus tierras. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios supervivientes de Almagro irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño.

La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas


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  • A su regreso a España tras la batalla, unos piratas asaltaron su barco. El escritor, en posesión de elogiosas cartas de don Juan de Austria y del nieto del Gran Capitán, fue tomado por un gran noble y se le puso un rescate desorbitado
La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas

ABC Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto

Apodado «el Manco de Lepanto», Miguel de Cervantes Saavedra quedó toda la vida sacudido por las consecuencias de dicha batalla. En ella perdió la movilidad de una mano, en ella se colmó de gloria y por ella fue capturado cuando regresaba a la península. Porque quizá solo alguien que ha sido privado de libertad puede hablar de ella con tanta lucidez, Cervantes dio forma durante su largo cautiverio a la más alta ocasión que los tiempos podrán leer: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Hijo de un hidalgo arruinado, Cervantes nació probablemente en Alcalá de Henares, dado que allí fue bautizado y ejerció su padre el oficio de cirujano durante una temporada. Su familia, de la cual se ha afirmado sin muchas pruebas que era judeoconversa por ambas líneas, deambuló por Castilla en busca de trabajo como cirujano para su padre, cuya situación económica nunca fue buena. Sin estudios universitarios, pero dispuesto a no ser más una carga para su familia, Cervantes se trasladó a Madrid en 1566, donde escribió sin mucho éxito varios poemas y mostró vivo interés por el teatro. Una providencia de Felipe II de 1569 ordenó prender al castellano –que se había hecho discípulo de López de Hoyos– acusado de herir en un duelo al maestro de obras Antonio Sigura. Como haría Lope de Vega, Alonso de Contreras o Calderón de la Barca tiempo después, el hidalgo se alistó en los tercios de Flandes para prevenirse de la persecución del Rey, quien firmaba encantado sumar otro infante a su incansable maquinaria bélica.

Destinado en la eterna guerra de Flandes, el Tercio del capitán Lope de Figueroa, en el que servía y mucho después lo haría Lope de Vega, fue reclamado para tomar parte en la llamada Santa Liga, que se proponía presentar duelo al Imperio Otomano. La actuación de los tercios embarcados en esta lucha es bien conocida. A grandes rasgos, la infantería español sostuvo la victoria, en lo que se convirtió en una batalla terrestre sobre las cubiertas de las galeras; y en concreto, el Tercio de Figueroa jugó un papel determinante.

La compañía de Cervantes, dirigida por Diego de Urbina, que armaba una galera llamada «la Marquesa», soportó uno de los ataques de mayor crudeza que recibió la armada cristiana. Cuando la batalla parecía terminada, el almirante Uluch Alí –responsable del flanco izquierdo musulmán– dejó atrás a Juan Andrea Doria, con el que había protagonizado un alarde de maniobras en dirección al mar abierto, y cargó junto a sus galeras a todo bajel que encontró de costado. En realidad, el comandante turco no guardaba ya esperanzas de vencer en aquella jornada, pero buscaba un buen botín antes de acometer su retirada definitiva. Entre las seis galeras que se llevaron la peor parte, estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa» donde combatía Cervantes.

«La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida. El joven escritor de Alcalá de Henares se encontraba con fiebre en la bodega del barco cuando fue informado de que el combate amenazaba con engullirlos. «Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura», bramó según la leyenda el escritor de solo veintiún años, que, pese a las protestas de su capitán, fue puesto a cargo de 12 soldados y situado en la zona de proa, allí donde corría más sangre.

Cervantes fue herido por dos veces en el pecho y por una en el brazo. Aunque no fue necesario amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierdo «para gloria de la diestra». La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de soldados a aguantar hasta la llegada de Álvaro de Bazán, quien desde la retaguardia se dedicó a reforzar los puntos críticos durante toda la batalla. Fue entonces cuando, aprovechando el viento a favor, Uluch Alí emprendió su huida del golfo de Lepanto, que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

Preso durante 5 años: fugas y castigos

Tras la contienda, el aprendiz de poeta dejó la compañía de Urbina para pasar a la de Ponce de León. Con esta unidad, como soldado aventajado –tenía un complemento extra de sueldo por distinguirse en batalla–, participó en las conquistas de la isla de Navarín, Túnez, La Goleta y Corfú. En 1575, el soldado madrileño pidió licencia para regresar a España después de seis años de combatir en los ejércitos del Rey.

La bizarra actuación del «Manco de Lepanto» (llamado así aunque solo perdió la movilidad de la mano) no había pasado desapercibida para el almirante capitán don Juan de Austria, quien le dedicó una elogiosa carta que, por seguro, le hubiera garantizado patente de capitán en la corte de Felipe II. Es decir, el derecho a reclamar al Rey una compañía de soldados. Sin embargo, la galera en la que regresaba fue embestida por piratas berberiscos cerca de la costa catalana. El escritor –en posesión de la valiosa carta y otra en idénticos términos del duque de Sessa, nieto del Gran Capitán– fue tomado por un gran noble, y, en consecuencia, por un cautivo de enorme valor. Los corsarios pusieron un precio de quinientos ducados, más de dos kilos de oro, que por supuesto ninguno de sus familiares podía pagar.

Cervantes fue trasladado a Argel, donde se encontraban presos otros 30.000 cristianos. Un año después de su llegada, el joven madrileño encabezó una fuga con el propósito de llegar a la plaza española de Orán. No obstante, el puñado de españoles fugados fue capturado al poco tiempo, y su cabecilla castigado a llevar siempre grilletes de hierro. Lo cual no evitó que en 1577 volviera a escaparse y se escondiera durante cinco meses en una cueva hasta que un renegado reveló su posición. En 1578, Cervantes organizó una sublevación de cautivos que fue apagada antes de empezar, cuando se descubrió una carta suya pidiendo el apoyo del gobernador español de Orán. Y como si quisiera promediar una fuga por año, en 1579, estuvo detrás de una huida de sesenta españoles en barco que también se malogró por el chivatazo de un renegado.

La actitud de Cervantes y su alto precio llevaron al bajá de Argel a pedir su traslado a Constantinopla, donde jamás había escapado ningún cautivo. No en vano, días antes de ser enviado a la capital turca, unos sacerdotes trinitarios, la misma orden que rige el convento donde hoy reposan sus restos mortales, pagaron los quinientos ducados.

A su regreso a España en 1580, el Rey lo recibió en persona y le encomendó un último servicio militar: viajar a Orán como agente secreto para recabar información. Con 33 años, Cervantes dio por finalizada su etapa de soldado y se estableció en Castilla. En total había estado 5 años encerrado en Argel, pero todavía iba a pasar media docena de veces por prisiones españolas. En varias ocasiones por requisar grano perteneciente a la Iglesia para abastecer a la Armada Invencible, acción que también le causó dos excomuniones. Sus largas estancias en prisión, paradójicamente, le proporcionaron el tiempo y la perspectiva para desarrollar su prodigiosa obra literaria.

¿Cómo saber si son los huesos de Cervantes?

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses


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  • El conocido como el «Sansón de Extremadura» era célebre por su habilidad con las armas y su extraordinaria fuerza física. En tiempos de Carlos V, gran admirador del legendario guerrero, fue nombrado Caballero de la Espuela Dorada
El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Museo del Prado | Gonzalo Fernández de Córdoba, acompañado de sus soldados de confianza tras la batalla de Ceriñola

Todos los imperios necesitan héroes propios, y España no fue una excepción. Cuando la unión de los reinos hispánicos dio origen al imperio militar que disputó la hegemonía de Europa en los siglos XVI y XVII, los españoles se percataron de que los personajes clásicos, sobre todo griegos y romanos, ya no servían para hablar de la heroicidad y el sacrificio. Se necesitaban urgentemente héroes nacionales. Fue así como a finales del siglo XV se impuso en el imaginario colectivo una generación de personajes heroicos a medio camino entre la historia y la leyenda. Una muestra de esta hornada de héroes modernos es Diego García de Paredes, «el Sansón extremeño», así como el hombre al que siguió con devoción en sus campañas, Gonzalo Fernández de Córdoba, el «Gran Capitán».

Diego García de Paredes nació en Trujillo en torno al año 1468. Y poco se sabe de su infancia y juventud más allá de que aprendió a escribir y leer, pese a que ya entonces se inclinaba claramente por el oficio de las armas. Los historiadores no se ponen de acuerdo en sí participó o no en la Guerra de Granada, que terminó con la rendición final de 1492. Pero de lo que no cabe duda es que en 1496, tras el fallecimiento en Trujillo de su madre, Diego García de Paredes ya se encontraba en Italia buscando fortuna como soldado. En ese momento, Gonzalo Fernández de Córdoba combatía en Nápoles contra las ambiciones francesas de anexionarse este reino, tradicionalmente bajo la esfera de Aragón. Sin embargo, la actividad militar estaba parada a la llegada de García de Paredes, quien decidió desplazarse a Roma para ofrecerse como guardia del Papa Alejandro VI, de origen español.

Según relata Antonio Rodríguez Villa en «Crónicas del Gran Capitán», el Papa accedió a contratar al extremeño tras presenciar por casualidad como Diego García de Paredes se impuso en una disputa callejera contra un grupo de más de veinte italianos. Armado solamente con una barra de hierro, el soldado español destrozó a todos sus rivales, que habían echado mano de las espadas, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate». Alejandro VI, asombrado por la fuerza del extremeño, le nombró miembro de su escolta.

Nace la leyenda hercúlea en Cefalonia

Bien puede tratarse de una exageración de lo que realmente ocurrió, como la mayoría de sus hazañas, pero lo cierto es que Diego García de Paredes adquirió rápidamente gran fama como espadachín en Italia. Tras matar durante un duelo a un capitán italiano de la confianza de los Borgia, el extremeño pasó a los servicios del Duque de Urbino, una de las familias rivales del Pontífice. No en vano, su tiempo como soldado a sueldo quedó aparcado cuando el «Gran Capitán» reclamó hombres para recuperar Cefalonia, una ciudad de Grecia que había sido arrebatada por los turcos a la República de Venecia. Durante el interminable asedio a esta localidad, los turcos usaron un garfio para elevar a Diego García al interior de su muralla. Una práctica muy habitual en los asedios de la época, que era posible gracias a una máquina provista de garfios que los españoles llamaban «lobos», con los cuales aferraban a los soldados por la armadura y los lanzaban contra la muralla.

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Wikipedia | Ilustración de Diego Garcia de Paredes

El «gigante extremeño» consiguió zafarse de las ataduras en lo alto de la fortificación y resistió el ataque de los otomanos durante tres días, donde a cada instante «parecía que le aumentaba las fuerzas con la dificultad». Una vez reducido, los turcos respetaron la vida del extremeño con la intención de usarlo para el intercambio de prisioneros. No en vano, el soldado español escapó por su propio pie y se unió al combate, poco antes de la rendición turca. Fue aquella gesta el origen de su leyenda y cuando comenzó a ser conocido como, entre otros apodos, «el Sansón de Extremadura», «el gigante de fuerzas bíblicas» y «El Hércules de España».

Ya convertido en un mito andante, Diego García se reincorporó a los ejércitos del Papa a principios de 1501. César Borgia tenía puestos los ojos en la Romaña y permitió que las ofensas pasadas quedaran olvidadas. El hijo de Alejandro VI le nombró coronel en el ejército que participó en las tomas de Rímini, Fosara y Faenza. Pero tampoco duró mucho esta nueva asociación con los Borgia, puesto que ese mismo año acudió a la llamada del «Gran Capitán» para luchar en Nápoles.

Se presumía, por las tropas y recursos invertidos, que quien venciera en esta ocasión se haría definitivamente con el reino italiano. El «Gran Capitán» se valió de la fama ganada por «el Sansón de Extremadura» para combatir a los franceses, quienes le «temían por hazañas y grandes cosas que hacía y acometía». Y de nuevo, es difícil estimar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en los episodios bélicos que supuestamente protagonizó García de Paredes. Así, aunque está confirmada su participación en las batallas de Ceriñola y de Garellano en 1503, más cuestionable es el relato sobre una escaramuza previa a esta segunda batalla donde el extremeño, contrariado con una decisión táctica del Fernández González de Córdoba, se dirigió en solitario hacia las tropas francesas y causó cerca de 500 muertos. «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos… saliese sin lesión», explica una de las crónicas.

De pirata a Caballero de la Espuela Dorada

Tras el final de la guerra en Italia en 1504, Nápoles pasó a la Corona de España y el «Gran Capitán» gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Como agradecimiento a sus servicios, Gonzalo Fernández de Córdoba nombró a Diego García de Paredes marqués de Colonnetta (Italia). Sin embargo, cuando el «Gran Capitán» cayó en desgracia, la defensa que hizo «el Sansón de Extremadura» de su antiguo general le costó la pérdida del marquesado de Colonnetta y forzó un exilio voluntario de la corte. Durante años, el soldado extremeño se dedicó a la piratería en el Mediterráneo, teniendo como presas favoritas a los barcos berberiscos y franceses.

En 1508, Diego García de Paredes recuperó el favor real y se unió a la campaña española para conquistar el norte de África. Durante estos años Paredes participó en el asedio de Orán, fue maestre de campo de la infantería española que el emperador de Alemania usó para atacar a la República de Venecia, y sirvió como coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II en la batalla de Rávena, entre un sinfín de gestas militares.

Con la irrupción de Carlos V en España, gran admirador de su leyenda, el extremeño acompañó al emperador por Europa, quien le nombró Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo a este en Alemania, Flandes, Austria y en todos los conflictos acontecidos en España, desde la Guerra de los Comuneros a la conquista de Navarra. En 1533, tras regresar con Carlos V de hacer frente a los turcos en el Danubio, Diego García de Paredes falleció por las heridas sufridas durante un accidente a caballo cuando jugaba con unos niños a tirar con la lanza unos palos en la pared. Lo que no habían conseguido quince batallas campales y diecisiete asedios, lo alcanzó un juego infantil: matar al gigante.

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