Vitoria, la humillante batalla en la que un general vasco expulsó a Napoleón de España, vista por Ferrer-Dalmau


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  • El pintor de batallas, muestra en exclusiva a ABC su último cuadro. En este caso, el más afamado artista español relacionado con el tema castrense nos lleva hasta la Guerra de la Independencia. Y, más concretamente, hasta la batalla de Vitoria
 La batalla de Vitoria - Augusto Ferrer-Dalmau

La batalla de Vitoria – Augusto Ferrer-Dalmau

Fue una victoria más que definitiva. Fue la contienda en la que los españoles, tras más de cinco años de ocupación en la Guerra de la Independencia, dijomos «au revoir» al ejército francés de José Bonaparte (más conocido por estos lares como Pepe Botella). Aquel 21 de junio de 1813, un conglomerado de tropas hispanas, inglesas y portuguesas lograron expulsar a los galos de la Península Ibérica en una contienda que pasaría a la Historia como la batalla de Vitoria.

Un enfrentamiento que, esta semana, vuelve a estar de actualidad más de dos siglos después gracias al popular pintor Augusto Ferrer-Dalmau. Y es que, el artista (autor de otras tantas obras en los últimos meses relacionadas con el mundo militar como la que muestra a Cervantes combatiendo en la Marquesa o la contienda de Valenciennes) nos ha sorprendido en esta ocasión plasmado en un lienzo su propia visión sobre la batalla de Vitoria.

Ferrer-Dalmau, que ha contado como siempre con la ayuda imprescinfible de su asesor histórico David Nievas Muñoz, ha querido mostrar en este caso una panorámica de la contienda en la que se aprecian, como elementos más reseñables, al general Álava subido en un caballo mientras, a sus pies, yace inerte la bandera francesa. Casi como el último remanente del podería de un ejército (el de Napoleón) que había dado sus últimos coletazos de águila en España.

Vuelve a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

El pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se levantó contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley –Duque de Wellington– un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

«El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria»

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: españoles en el flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: a la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta»

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

Cuando Hernán Cortés quebró sus naves


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  • El pintor Augusto Ferrer-Dalmau, asesorado por el historiador David Nievas Muñoz, acaba de concluir “La marcha a Tenochtitlán” un cuadro fidedigno como pocos de uno de los episodios más épicos de nuestra historia, protagonizado por Hernán Cortés. El pintor ha querido que Espejo de Navegantes muestre esta obra por primera vez

Se dice que para motivar a sus hombres, Hernán Cortés, el conquistador del inmenso imperio azteca, quebró sus naves. Se enfrentaba a la posibilidad de retornar a Cuba sin emprender la marcha hacia Tenochtitlán por la que pasó a la historia como una de las más grandes y complejas figuras de la historia. En el encuentro de dos mundos, frente a Veracruz, ciudad recién fundada, tomó una decisión: nunca abandonar esa ambición. Entre sus hombres había leales seguidores del gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, que instigaban al retorno. Desobedecer y aventurarse era arriesgado. No sabían lo grande que era aquella empresa, desmesurada. Eso parecía. A cualquier observador con la mente en sus cabales. No a Cortés.

«Propuso Cortés ir a México. Y para que le siguiesen todos, aunque no quisiesen, acordó quebrar los navíos, cosa recia y peligrosa y de gran pérdida». Ese es el relato de López de Gómara. Ahora, un nuevo cuadro del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, nos muestra qué pasó después. Refriegas y alianzas, pero sobre todo la intuición de cómo los súbditos de Moctezuma se acabarían uniendo a la aventura. Que no era otra que conquistar el imperio azteca. La marcha hacia Tenochtitlán. Pero en esta ocasión, Ferrer-Dalmau ha contado con la inestimable ayuda del historiador David Nievas Muñoz, que le ha permitido elaborar una interpretación fiel de aquel momento. Así, el estilo que le ha convertido en el más afamado pintor de la historia militar de España, tiene un valor añadido, en el empeño de crear una imagen fidedigna de lo que ocurrió. Tradicionalmente se ha pintado aquella aventura con armas más avanzadas, atuendos distintos, detalles que no cuadraban. Ahora podemos asomarnos al aspecto más plausible de una expedición cuyas formas recuerdan más las armaduras tardomedievales que las del XVII.

David Nievas Muñoz es historiador licenciado en la Universidad de Granada. Master en la Monarquía Católica, el Siglo de Oro Español y la Europa Barroca. Y se ha convertido en un guía experto para el pintor. Plantea una reflexión histórica del momento. En Castilla los comuneros están en pie de guerra en ese octubre de 1519. “El joven rey Carlos se había aprestado a viajar hacia Alemania tras conocer la noticia de su elección como Rey de Romanos (paso previo a la coronación imperial) el 28 de junio”. Ferrer-Dalmau y Nievas Muñoz han trabajado conjuntamente codo con codo durante todo el proceso de creación.

Dejemos aquí hablar al relato de Nievas Muñoz, mucho más informado: “Al otro lado de la Mar Océana, un rebelde llamado Hernán Cortés, marchaba hacia al encuentro del emperador Moctezuma y hacia su capital, Tenochtitlán. No lo hacía solo. Tras de él, una heterogénea fuerza por quinientos aventureros sujetos a sus propias ordenanzas y contratos, los llamados conquistadores. Entre dieciséis jinetes y un puñado de piezas de artillería, la mayoría de las cuales eran pequeñas bombardas o falconetes que habían desmontado de los buques barrenados (que no quemados) a la vera de la recién fundada Villa Rica de Veracruz. Pero los arcabuceros, lanceros, ballesteros y rodeleros de Cortés, gente ávida de fortuna (pues no percibían paga, como los soldados del rey en Europa), no eran los únicos componentes de aquel ejército”.

“La Conquista de México, episodio controvertido y fascinante a partes iguales, no se realizó de ésta manera, los unos (españoles) contra los otros (aztecas). La Triple Alianza tenía muchos enemigos, aún entre sus naciones tributarias. Los más acérrimos eran, sin duda, los miembros de la Confederación Tlaxcalteca, formada por los pueblos otomí, pinome y tlaxcalteca. Las fuerzas de Cortés entraron en Tlaxcala, acompañadas por tropas totonacas, habían entrado en Tlaxcala a finales de agosto de aquel mismo año, y tras varios combates contra sus fieros guerreros, habían firmado con ellos una poderosa alianza”.

Sigue el historiador Nievas Muñoz: “El objetivo de éstas tropas era llegar hasta la capital de la Triple Alianza, Tenochtitlán, donde esperaban ser recibidos por el emperador. Antes, contentaron a sus aliados tlaxcaltecas, saldando viejas cuentas con la vecina ciudad de Cholula, uno de los mayores centros religiosos de Mesoamérica. Los españoles justificaron la acción en sus crónicas acusando a los cholultecas de preparar su ciudad como una gran trampa. Sea como fuere, durante seis días la gran ciudad fue saqueada, su templo mayor incendiado y cinco mil de sus habitantes pasados a cuchillo. El ejército acampó en ella durante dos semanas, enviando a Pedro de Alvarado para explorar el camino que debía llevarles hacia la capital.

Les esperaba el Paso de Cortés”, a cuatro mil metros de altura entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En torno al treinta de octubre salieron de Cholula con dirección a Huejotzingo. Cruzaron, para ello, el río Actipan.

La obra completa, impresionante ventana a un momento fundamental de nuestra historia compartida con América

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El encargo

Ferrer-Dalmau no ha querido realizar una obra rompedora sino “marcar la diferencia por una aproximación histórica alejada de clichés”. Lejos de la visión decimonónica del conquistador arquetípico -según relata el historiador Nievas Muñoz, “provisto de colorido gregüescos, morrión de cresta y armas a la usanza de décadas posteriores (como la guarnición de cazoleta, que no aparece hasta la década de 1630), un análisis más cercano a las fuentes artísticas y documentales de la época nos presenta a un conquistador mucho más bajomedieval”. En opinión de Nievas Muñoz, “si atendemos a testimonios contemporáneos de la Castilla de 1520, como los dibujos relativos a la moda española de Christoph Weiditz o el siempre elocuente arte sacro, el conquistador castellano vestiría más como sus abuelos que como sus nietos. No obstante, conviene ponderar el fenómeno de la “moda militar” que en éstos años constituye la imitación de la moda italiana y sobre todo alemana, pues en el tapiz de la Batalla de Pavía, casi contemporáneo a éstos hechos, vemos a una infantería que vestía y armaba a la usanza de los lansquenetes. Éstas pintura quiere reflejar todo ésto, y mucho más. Vemos en ella, por poner un ejemplo, calzas antiguas hasta la cintura tanto como los primeros gregüescos a la moda tudesca”.

Los personajes

Con el mismo espíritu se han elegido a los personajes del cuadro. Guía al conjunto un guerrero tlaxcalteca, en calidad de aliado, “vistiendo su escaupil y empuñando su maquahuitl, la temible espada de madera con lascas de afilada obdisiana formando su filo”, señala el historiador.

Detrás de él, los jinetes, “que tan importantes fueron en las batallas libradas en suelo mexicano, ligeros o con armadura. Celadas con visor, adargas de cuero (préstamo, como muchos otros, de la caballería nazarí a los jinetes españoles), petos milaneses y lanzas ligeras a modo de venablo, con las que poder reñir “a la jineta”, estilo de monta del gusto de los conquistadores, más parecido al de un banderillero actual que al de la doma clásica de una maestranza”. Los detalles que aporta este gran conocedor de la época son impresionantes. Añade que “estos jinetes, terror de sus enemigos, no solían cargar en una formación cerrada, si no que hostigaban al enemigo y le privaban de su ataque mediante recortes, caracolas y otras argucias propias de la actual doma vaquera“.

Siguen arcabuceros y ballesteros, más desconocidos pero numerosos, que “tuvieron gran importancia en aquella conquista. Su número distaba mucho de convertirlos en un factor decisivo. Trece arcabuceros manejando versiones primitivas del arma de fuego portátil que ya triunfaba en los campos de batalla europeos. La estampida del arcabuz y el cañón, comparada por los guerreros mesoamericanos con el trueno, era una gran baza en lo psicológico, al quebrar la moral de aquellos guerreros. La puntería de los treinta y dos ballesteros de Cortés sería, sin embargo, más decisiva, al poder escoger bien sus blancos entre los oficiales y guerreros de mayor categoría de las tropas enemigas. Los más humildes lanceros y rodeleros formaban el núcleo de la tropa, sólidos y disciplinados. Su mayor ventaja, además de las armas y armaduras de acero, era la táctica. Llevaron a sus enemigos un tipo de guerra al que no estaban acostumbrados, basada en sólidas formaciones cerradas con gran poder ofensivo/defensivo, a la usanza de los cuadros de picas europeos, y también la guerra irregular, de la “entrada” y el golpe de mano, aprendida en la Guerra de Granada”. Es la historia que respira por la pintura.

El mérito de Nievas Muñoz y Ferrer-Dalmau no es pequeño. El primero aporta la claridad del estudio histórico para que podamos alimentar nuestra imaginación con elementos de los que hay certidumbre y alejemos nuestra memoria de idealizaciones que no por asentadas son más aceptables. Ferrer-Dalmau ha puesto su técnica en el empeño muy similar al del historiador: la exactitud, el rigor y la técnica asombrosa, al servicio de la historia, de la que nos cuenta el cuadro y también de la que todos compartimos a ambos lados del Atlántico.

Civiles y mujeres

El historiador, entre las sabrosas descripciones del grupo armado, nos recuerda que “la hueste no la formaban solo soldados (tlaxcaltecas o españoles), jinetes, capitanes y cañones. Con ellos, y no menos importantes, iban los civiles. Los caciques totonacas y tlaxcaltecas habían dado a Cortés miles de porteadores. El “tameme” mesoamericano podía cargar un promedio de veintitrés kilos en su espalda, en largas jornadas donde podían cubrirse hasta veinticinco kilómetros diarios. Su monumental esfuerzo fue esencial. Ellos cargaban con los cañones, las vituallas, municiones e impedimenta”.

La descripción es impagable, detallada y nos ayuda a entrar en el cuadro: “Junto a ellos, las mujeres que acompañaban a la tropa, en calidad de sirvientas o mucamas, que realizaban aquellas tareas que aquellos hombres consideraban impropias de su sexo, pero no por ello menos vitales para el día a día de un ejército. Muchos españoles tomaron a éstas mujeres como compañeras, barraganas y en ocasiones esposas, incidiendo en el fenómeno del mestizaje, que se llevaba produciendo desde las primeras expediciones de Colón. No eran las indias las únicas mujeres de la hueste de Cortés, pues también le habían acompañado españolas, como María de Estrada, citada en las crónicas por su bravura en la Batalla de Otumba, donde luchó por su vida como un soldado más. A todas ella ejemplifica la silenciosa mujer tlaxcalteca que acompaña, cargada con su petate, al clérigo en el centro de la composición”.

El rostro del historiador

También fueron herreros, carpinteros, médicos y sacerdotes junto a Cortés. De éstos últimos se conoce bien su nombre e historia. Nievas Muñoz nos lo cuenta: “El único clérigo ordenado de mayores de la expedición era Bartolomé de Olmedo, del hábito de la Merced. Consejero de Cortés y heraldo, en ocasiones, del extremeño, celebró en éste territorio las primeras misas y bautizos, a los que era muy dado”. El homenaje del pintor a su compañero de fatigas trayéndole la historia más fidedigna para mezclarla como base con los pigmentos, está en esta figura de Olmedo. Tiene el rostro del historiador. Él lo agradece enormemente y “como decía el cronista Bernal Díaz del Castillo, a tenor de las causas y propósitos de la empresa, habían ido por servir a Dios y a su majestad y dar luz a aquellos que estaban en las tinieblas; y también por haber riquezas, que todos los hombres venimos comúnmente a buscar”.

“El otro clérigo, no menos importante, era Jerónimo de Aguilar, un diácono secular que había sido prisionero de los mayas tras un naufragio, llegando a ser consejero de un cacique -nos recuerda Nievas Muñoz-. Se presentó ante Cortés y sus hombres al enterarse de su llegada, y en lo sucesivo ejerció de traductor del maya chontal al castellano. Doña Marina, la famosa “Malinche”, le desbancaría en éste papel, como futura traductora, consejera y amante del extremeño. Una figura controvertida, pero esencial, que los propios soldados de Cortés consideraban valiosa “como diez cañones de bronce”.

Marchan juntos

Marchan juntos desde entonces bajo una misma bandera los tlaxcaltecas y los castellanos, soldados y civiles, “dando fe, junto a otras alianzas que contra Moctezuma se firmarán en los meses venideros, de un proceso de conquista y colonización mucho más complejo, en lo político y material, de lo que se pudiera pensar”. Era el final de una época y el comienzo de otra nueva, en la que ya nunca nada sería igual. Sangre y alianzas, guerras y mestizaje, océanos de aislamiento y naves quebradas como mensaje indeleble que expresaba como ninguna otra cosa la claridad de aquel empeño épico: No había vuelta atras.

Volver al pasado, en esta perspectiva, enriquece la mirada de quienes hoy pensamos en el maravilloso resultado de aquella aventura. Lengua y visión del mundo comunes, de la vida y la muerte parejas, los pasos del conquistador en este Rubicón tropical dejarían una huella en la historia que nos define. En 2019 habrán pasado cinco siglos. Ya casi han pasado. Como en otras ocasiones, el pintor de batallas nos recuerda la grandeza de aquellos momentos, de aquellos hombres que se aventuraron en un mundo desconocido.