La maldición de la tumba de Hernán Cortés: el padre olvidado por México


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  • Los Reyes de España viajan a México esta semana pero, como es habitual y para evitar la controversia, no tienen previsto visitar la remota iglesia donde permanece enterrado el español más importante en la historia del país americano
ABC Retrato de Hernán Cortés en su vejez

ABC | Retrato de Hernán Cortés en su vejez

No se trata de ninguna clase de maldición azteca. No hubo como en el sarcófago egipcio de Tutankamon una inexplicable cadena de muertes. La maldición de Hernán Cortés es la un país que no sabe cómo tratar a un personaje histórico que participó decisivamente en la fundación de lo que hoy es México, pero que es recordado como uno de los mayores villanos de su historia. Y mientras el país sigue debatiendo qué hacer con su legado, la tumba del conquistador español permanece semioculta tras ser víctima de una intensa persecución en el pasado.

Tras sus éxitos militares en el nuevo continente, Hernán Cortés se cuidó de regresar a Castilla a dar cuenta de sus éxitos a Carlos I de España. La relación fue durante un tiempo cordial con el Rey, pero con el tiempo Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que merodeaban la Corte mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. «¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa y no requerían tanta atención. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

La muerte le alcanza cuando su fortuna decaía

El empeoramiento de su relación con Carlos I no evitó que en 1541 el conquistar español fuera uno de los primeros en acudir a la llamada del Rey para realizar una incursión contra Argel, un importante nido de la piratería berberisca. Sin embargo, Cortés fue ninguneado por el Rey y el resto de mandos y la campaña resultó un completo desastre. El repliegue no fue menos desastroso. Hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó completamente las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el sueño de acabar sus días allí.

Hasta el final, Cortés reclamó sin éxito al Emperador nuevas ventajas por sus méritos militares, pero a esas alturas los tesoros de Pizarro eclipsaban a los traídos por el conquistador de México en el pasado. La fama de Cortés estaba en caída libre cuando, tras dos años en Sevilla planeando su regreso a la Nueva España, murió víctima de la disentería. El extremeño falleció en Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 de un ataque de pleuresía a la edad de 62 años. Su testamento estipulaba que fuera enterrado en México, aunque de forma provisional quedó en el panteón familiar de los duques de Medina-Sidonia, que habían velado por su bienestar en su etapa final.

En 1562, dos de los hijos de Cortés, Martín –nuevo marqués del Valle, y Martín –el hijo que tuvo con la interprete nativa doña Marina– llevaron los restos de su padre a México y le dieron sepultura en San Francisco de Texcoco. Comenzó entonces el largo peregrinaje de sus restos por la geografía mexicana. En 1629, quedó en una iglesia de Ciudad de México y luego, en 1794, en una fundación religiosa de la misma ciudad. Este nuevo traslado obedecía al interés del virrey, Conde de Revillagigedo, por dar un mausoleo más pudiente al héroe hispánico a costa del dinero de personajes influyentes de la ciudad.

Pero la independencia de México cambió radicalmente la imagen que tenía el país sobre Cortés. El extremeño tornó a ser el representante de la crueldad y la represión que destruyó la civilización azteca, e incluso fue tildado como genocida. A diferencia de otros países como Colombia que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo el país. No en vano, los murales del artista mexicano Diego Rivera, pintados entre 1923 y 1928, recogen el sentimiento dominante sobre la figura del conquistador. Así, Cortés es una criatura encorvada y llena de deformidades que tiene el oro como única motivación.

La ubicación fue desconocida durante 110 años

Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo. Trece años después, los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. Su ubicación exacta fue remitida a la Embajada de España a través de un documento que fue perdido y luego recuperado en 1946 por investigadores del Colegio de México, quienes asumieron la aventura de buscar los restos ocultos. El domingo 24 de noviembre de 1946 hallaron los huesos y los confiaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir el papel que jugó el conquistador en su fundación. Tampoco su otro país, el que le vio nacer, hace mucho por defender su figura.

El Rey más controvertido: Pedro I de Castilla, ¿«El Cruel» o «El Justiciero»?


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  • Isabel «la Católica» y Felipe II, enfrentados también al poder de la nobleza durante sus reinados, defendieron la figura del último Monarca de la Casa de Borgoña. Su muerte aconteció a manos de Enrique II de Castilla en un duelo fratricida
El Rey más controvertido: Pedro I de Castilla, ¿«El Cruel» o «El Justiciero»?

Wikipedia Retrato idealizado de Pedro I, en pertenencia del Consistorio de Sevilla

Cuando la gente piensa en un hombre cruel lo imagina riendo mientras quema hormigas con una lupa en su infancia y fustigando a las cortesanas en su adolescencia. Nadie baraja de primeras que la justicia excesiva pueda verse como crueldad. Con la figura de Pedro I, Rey de Castilla en el siglo XIV, ocurre algo parecido. Su apodo como Monarca muda radicalmente según la crónica consultada. Y según el punto de vista. ¿«El Cruel» o «El Justiciero»? A tal extremo llegó la controversia y la importancia de su reinado como para que Isabel «la Católica» prohibiera siglos después que su antepasado fuera denominado como «El Cruel». A su vez, fue Felipe II quien ordenó que se le calificara de «Justo». Frente a la duda, la historiografía moderna ha tirado por el morbo y el sensacionalismo de imaginar a un Rey matando hormigas y fustigando al servicio. Hoy sigue siendo Pedro «El Cruel».

Pedro de Borgoña, hijo de Alfonso XI de Castilla, comenzó su reinado entre tempestades y lo acabó asesinado. La muerte del Rey en 1350 a causa de la peste, cuando solo contaba 40 años, entregó la Corona de Castilla a un imberbe Pedro I. Hasta entonces, el joven príncipe había estado aislado lejos de la Corte, donde sí estaban sus hermanos bastardos. La herencia envenenada de su padre, que también había tenido un gobierno convulso, consistía en su poderosa amante y en sus diez hijos bastardos, que acaparaban la mayor parte de los cargos y títulos de Castilla.

No obstante, al inicio del reinado fue su madre, María de Portugal, y el favorito de ésta, Juan Alfonso de Alburquerque, quienes ejercieron el poder efectivo. Y su primera decisión fue encerrar a la amante de su marido, la hermosa e influyente Leonor de Guzmán, cuando viajaba a Sevilla en el cortejo fúnebre del Rey. Desde su cautiverio, Leonor conspiró para convertir en Rey a su hijo Enrique, a la postre fundador de la Casa Trastámara.

Pedro I de Castilla era de carácter colérico, desconfiado, sufría con frecuencia paranoias a causa de una enfermedad infantil y desplegó una determinación salvaje contra sus enemigos, pero no se le puede describir como un sádico irracional. Frente al jurado de la Historia, podría alegar que su crueldad fue en defensa propia. Cuando Leonor de Guzmán concertó en secreto un matrimonio entre Enrique y la hija de Don Juan Manuel, un poderoso noble y autor de «El conde Lucanor», el Rey ordenó recluirla en el Castillo de Carmona, y poco después ejecutarla en Talavera de la Reina. Fue el primer acto señalado como cruel de su reinado, pese a que en realidad los historiadores han precisado que la decisión corrió directamente a cargo de su madre.

El Rey más controvertido: Pedro I de Castilla, ¿«El Cruel» o «El Justiciero»?

ABC Estatua orante de Pedro I de Castilla, Museo Arqueológico Nacional de Madrid

Sin el apoyo de los grandes nobles pero sí de la prominente comunidad judía y de ramas nobiliarias emergentes, como la Casa de Alba, Pedro I aumentó el comercio de Castilla con Flandes, reorganizó la administración de la justicia, fomentó la agricultura y la ganadería, y buscó soluciones a las dificultades para encontrar mano de obra como consecuencia de la Peste Negra. Tras superar en 1350 una grave enfermedad que estuvo a punto de acabar con su vida, Pedro convocó las polémicas Cortes de Valladolid, donde tomó medidas en contra de los privilegios de los nobles castellanos. Aquellas cortes iban a ser el germen de una rebelión masiva por parte de la nobleza.

Para apagar aquella rebelión, el Rey no pudo contar con Juan Alfonso de Alburquerque, o al menos no en su bando. El Rey marginó al noble a raíz de su «malograda» boda con Blanca de Borbón. Tan solo dos días después de casarse, Pedro I abandonó a su esposa a causa del incumplimiento de las exigencias económicas por parte de Francia –el pago de 300.000 florines– y el desinterés mutuo entre los contrayentes. Además, la influencia de la amante del Monarca, María de Padilla, hija de un noble castellano de baja alcurnia, jugó a favor de la decisión de renegar de la francesa.

Un matrimonio de dos días inicia una guerra

El encierro de Blanca de Borbón en el Alcázar de Toledo provocó la ruptura de las relaciones con Francia, el acercamiento con Inglaterra, la caída de Alburquerque y una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades con la ayuda de los hermanastros del Rey. Sin embargo, Pedro I terminó en 1356 con estos primeros levantamientos y ejecutó a muchos de los líderes rebeldes. Su antiguo valido, Juan Alfonso de Alburquerque, falleció poco después de tomar Medina del Campo para su bando, probablemente envenenado por orden del Pedro I. Fue entonces cuando las crónicas afines le titularon «El Justiciero», mientras que las de su adversario y hermanastro, Enrique de Trastámara, empezaron a usar el apodo de «El Cruel».

Como la violencia suele engendrar todavía más violencia. Las luchas lejos de extinguirse ahí se extendieron en forma de feroz guerra civil. La alta nobleza tomó partido por Enrique, frente a las oligarquías municipales que lo hicieron por el Rey. Además, el enfrentamiento entre Pedro y su hermano Enrique cobró dimensión internacional con la intervención de fuerzas militares de Inglaterra y Francia, que todavía mantenían abierta la célebre Guerra de los Cien años.

La guerra se trasladó al Reino de Aragón en 1357, a causa del apoyo de estos a Francia en la Guerra de los Cien años. Enrique, junto con otros castellanos, tomaron partido a favor del Rey aragonés Pedro IV; y el Infante Fernando, hermano del aragonés, ayudó a Pedro I. Durante el choche entre los reinos hispánicos, que se inició con la conquista castellana del Castillo de Bijuesca y de Tarazona, la fama de cruel de Pedro I crecía al mismo ritmo que la senda de ejecuciones que dejaba a su espalda.

De vuelta a Sevilla, el Rey profanó los sepulcros de Alfonso X «el Sabio» y de la Reina Beatriz de Suabia en busca de las joyas de sus coronas para poder continuar la campaña militar. Pedro estaba dispuesto a arriesgarlo todo por mantener la Corona, incluso el reino.

Con la ayuda de mercenarios ingleses, el Rey arrebató a Aragón importantes ciudades como Teruel, Caudete o Alicante y sembró de odio el conflicto con más muertes de nobles. Fadrique Alfonso –hermano gemelo de Enrique de Trastámara– acudió en 1358 a Sevilla en busca del perdón real, donde fue prendido por sorpresa. Fadrique Alfonso logró huir hasta el patio del Alcázar, donde se alojaba, pero allí fue alcanzado por los soldados del Rey, quien, según algunas crónicas, dio muerte a su hermanastro con sus propias manos. Poco después quitó la vida al Infante Juan de Aragón y Castilla –hijo de Alfonso IV de Aragón–, y, como venganza contra otro Infante de Aragón, Fernando, por desertar de su bando, hizo matar a su madre, doña Leonor de Castilla en el Castillo de Castrojeriz.

Así y todo, la guerra pareció cambiar de color con la llegada de Bertrand du Guesclin, uno de los mayores estrategas de Europa, y la contratación de mercenarios franceses, las llamadas «Compañías blancas», en apoyo de Enrique de Trastámara. El nuevo rumbo de la guerra quedó patente con la proclamación de Enrique como Rey de Castilla en Calahorra (1366) frente a la fuga de Pedro a Guyena, entonces una posesión inglesa al sur de Francia. Allí, Pedro obtuvo el auxilio del Príncipe Negro –el primogénito del Rey Eduardo III de Inglaterra– que se comprometió a pagar los gastos de la campaña a cambio del señorío de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales, y el del Rey de Navarra, también a cambio de territorios castellanos.

El cruel final del Rey: un duelo fratricida

El 3 de abril de 1367, el Príncipe Negro ganó la batalla de Nájera, en la que cayó prisionero Bertrand du Guesclin y Enrique tuvo que huir hacia Aragón. Con el ajusticiamiento de muchos de sus enemigos y la derrota de su hermanastro, el final de la guerra parecía por fin cercano. Pero nada mas lejos de la realidad, el Príncipe Negro, viendo que el Rey no cumplía sus promesas de pagos, salió de la Península Ibérica en agosto de ese mismo año. El avance militar de las tropas reales no tardó en perder empuje.

En 1369, cuando la guerra volvía a favorecer al bando de Enrique, las tropas de Pedro I fueron sorprendidas en las cercanías del castillo de Montiel por las de su hermano, a quien acompañaban Bertrand du Guesclin y sus «Compañías Blancas». Tras ser derrotado, Pedro se encerró en la fortaleza. Y durante un intento de fuga, donde fue engañado por Bertrand du Guesclin, el Rey de Castilla acabó frente a la tienda de Enrique. Según la leyenda, el encuentro entre aquellos hermanos irreconciliables tuvo tintes de una obra de Shakespeare, pero sin dejar de lado la franqueza castellana:

-¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?

– ¡El hideputa seréis vos, pues yo soy hijo legítimo del buen Rey Alfonso! –respondió inmediatamente Don Pedro que fue el primero en iniciar el baile de metales–.

Se dice que habiendo desarmado Pedro a Enrique, Bertrand du Guesclin intervino sujetando al Rey por la pierna y haciéndolo girar, momento que aprovechó el bastardo para asestarle una estocada mortal. Después de la lucha, el caballero francés se justificó con su cita más conocida: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». A continuación, la cabeza del Monarca fue clavada en una pica y exhibida entre las tropas. Con la muerte de Pedro I terminó el reinado de la Casa de Borgoña en Castilla y empezó el de la Casa de Trastámara, que casi dos siglos después llegaría a su final con la muerte de Fernando «el Católico».

El Rey más controvertido: Pedro I de Castilla, ¿«El Cruel» o «El Justiciero»?

ABC Ilustración medieval que muestra la cabeza del Rey clavada en una pica

¿«El Cruel» o «el Justiciero»? Nadie puede negar que Pedro I actuó con extrema dureza en su lucha contra los grandes señores de la nobleza y contra los de su propia sangre. Pero no hizo nada distinto al otro bando, salvo perdonarle la vida varias veces a ese mismo hermano que fue su verdugo. Enrique, el responsable de introducir el apelativo de cruel en las crónicas, fue llamado a la posteridad «el Fratricida». Un apodo igual de crudo que el de su hermano. Ambos, no obstante, mataron a hermanos y mostraron inusitados grados de violencia, incluso para el belicoso Reino de Castilla, durante la guerra que les enfrentó. Ambos pudieron recibir el apodo de su contrincante de ser otros los cronistas.

Fue la Historia, que la escriben los ganadores, la que puso la etiqueta a su conveniencia. Así, no es casualidad que Isabel «la Católica», también enfrentada al poder de los grandes nobles, que hacían y deshacían a su antojo durante su reinado, fuera la primera en censurar el apelativo de «el Cruel». Como tampoco lo es que Felipe II –quien encerró a la princesa de Éboli, de la poderosa Casa de los Mendoza, y desterró a Fernando Álvarez de Toledo, de la no menos poderosa Casa de Alba, a Uceda (Guadalajara) en el transcurso de un mismo año– insistiera en que Pedro volviera a ser «El Justiciero».

Un cáncer de útero acabó con Isabel «la Católica», la reina más poderosa de su tiempo


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  • La castellana es la prueba de que el poder y las responsabilidades excesivas, tampoco ayudaron las infidelidades de su marido, desgastan a nivel físico. A su muerte con 53 años, la Reina aparentaba mucha más edad de la que tenía
Un cáncer de útero acabó con Isabel «la Católica», la reina más poderosa de su tiempo

Museo del Prado | «Doña Isabel la Católica dictando su testamento», pintura de Eduardo Rosales

Isabel de Trastámara llevaba reinando en Castilla durante treinta agotadores años cuando le alcanzó la muerte en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Tenía 53 años y había ocupado el trono desde 1474, después de superar numerosas dificultades, guerra contra los partidarios de Juana «la Beltraneja» mediante. En el momento de su muerte, los obstaculos del reinado y su insistencia por desplazarse siempre montada a caballo por los lugares del reino habían afectado gravemente su salud, tanto a nivel físico como psicológico –sobre todo a raíz de la prematura muerte de dos hijos y un nieto en torno a esas fechas–. Según los síntomas descritos por las fuentes de la época, la castellana falleció de una hidropesía (retención de líquido en los tejidos) a consecuencia probablemente de un cáncer de útero.

Sin embargo, nunca es sencillo hacer un diagnóstico solo con fuentes escritas, como no es fácil hacer un perfil psicológico de personajes históricos. Todavía en la actualidad existen dudas sobre la dolencia que consumió a la Reina en un plazo de tres años, desde que se mostraron los primeros síntomas. La descripción de la enfermedad que hace el humanista Pedro Mártir de Anglería respalda la versión de que fuera este tipo de cáncer: «El humor se ha extendido por las venas y poco a poco se va declarando la hidropesía. No le abandona la fiebre, ya adentrada hasta la médula. Día y noche la domina una sed insaciable, mientras que la comida le da náuseas. El mortífero tumor va corriéndose entre la piel y la carne».

Antes de encontrarse en este estado, Isabel I de Castilla llevaba dos años sufriendo episodios de fiebre prologada. Además, la castellana creyendo que se trataba de los achaques de la edad vio como por esas fechas se le hincharon las piernas, aumentó de peso y le aparecieron úlceras en las extremidades, las cuales fueron atribuidas a sus viajes a caballo. Todo ello hizo que la Reina tuviera dificultades para caminar y se viera obligada a usar una litera para desplazarse. Cuando ya no pudo subir ni a la litera y tuvo que permanecer en el lecho, apareció «la sed insaciable», señalada por Mártir de Anglería en su texto. Un síntoma asociado normalmente a las alteraciones del eje hipotálamo-hipofisiario o a una lesión renal crónica. En el primer caso, las causas más frecuentes de lesión son las traumáticas y los tumores selares y paraselares.

Un tumor «en las partes vergonzosas»

Con sed insaciable, insomnio, fiebres y dolor en un costado, los médicos de la Reina dejaron escrita una pista reveladora pocos meses antes de su fallecimiento. Habían localizado un tumor visible, pero no concretaron su localización ni el carácter de la lesión. A juzgar por estas informaciones, el secretismo en torno a la ubicación del tumor evidencia que probablemente se trataba de un cáncer de útero o de recto que, a causa del histórico recato de la Reina, se negó a poner bajo el tratatamiento debido y a hacer pública su naturaleza. Un contemporáneo, el doctor Álvaro de Castro, que no llegó a tratar a la monarca directamente, fue más allá en sus estudios y afirmó que «la fístula en las partes vergonzosas y cáncer que se le engendró en su natura» estaba provocado por cabalgar en exceso durante las campañas militares en Granada. Un ejercicio de especulación médica que va más allá de las pruebas disponibles.

Pero la hipótesis del cáncer, la más aceptada entre los historiadores, no es la única que se ha barajado. A los 41 años de edad, Isabel I sufrió de fiebres tercianas (malaria o paludismo) que, aunque tratadas en su momento, pueden provocar posteriormente sed abrasadora, convulsiones (la Reina registró al menos una, fechada en octubre de 1504), palidez y cambios metabólicos. El paludismo, sin embargo, no explica todo el cuadro clínico y se deben considerar más posibilidades sobre la enfermedad que afectó a la Reina Isabel, por ejemplo: una vasculitis, primaria o secundaria, como sopesa el doctor Jaime G. Gómez en «Historia Clínica de la última enfermedad de la Reina»; las complicaciones de una diabetes sin tratar, o incluso la peste, puesto que en la villa de Medina del Campo y sus alrededores sufrieron durante aquel año un rebrote de la terrible pandemia.

Si bien no tuvo influencia en los orígenes de la dolencia, cabe recordar que la paciente tenía graves problemas emocionales desde las prematuras muertes de su hijo Juan, el príncipe heredero, de su hija mayor Isabel y de su nieto Miguel, que también había sido nombrado heredero, en el transcurso de pocos años. La depresión reactiva o trastorno de ánimo deprimido se produce como respuesta a un acontecimiento negativo de la vida del sujeto, no teniendo por qué brotar inmediatamente después del acontecimiento desencadenante, y puede entorpecer el tratamiento de otras enfermedades.

La depresión agravó su salud

Las infidelidades de su marido, Fernando «el Católico», tampoco ayudaron a que la Reina templara sus nervios. Fernando tuvo al menos tres hijos extramatrimoniales, porque el aragonés «amaba mucho a la reina su mujer, pero dábase a otras mujeres» –como dice el cronista–, entre ellos uno que se convirtió en arzobispo de Zaragoza. Algo que la castellana nunca pudo soportar y le provocó varios arranques de celos. Así y todo, los historiadores coinciden en que la pareja mantuvo un afecto mutuo hasta los últimos días de Isabel. «Su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…», escribió entonces el aragonés.

La incipiente enfermedad mental de su hija Juana, que en el lecho de muerte de la Reina ya mostró un comportamiento extraño, fue otro de los quebraderos que hostigó la salud de la castellana. En el testamento de la Reina se estipula que, si bien la heredera del trono era su hija Juana, el Rey Fernando administraría y gobernaría Castilla en su nombre hasta que el Infante Carlos cumpliera veinte años. Las continuas discusiones de Juana con los Reyes Católicos –a causa del malsano amor que profesaba a su marido– y su inestabilidad mental habían convencido a Isabel de ceder la regencia de Castilla a Fernando. No en vano, la falta de apoyos entre la nobleza castellana y la llegada del marido de Juana, Felipe «el Hermoso», hicieron que Fernando no pudiera cumplir con la voluntad de su esposa.

Su testamento además disponía que la enterraran en Granada, en la iglesia de San Francisco, mientras se construía una Capilla Real en la catedral de esa ciudad. Allí serían trasladados sus restos en 1521 por su nieto Carlos I, donde descansan junto a los de su esposo Fernando, su hija Juana y su nieto Miguel.

El primer Duque de Alba, la codicia y la astucia al servicio de la nobleza castellana


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  • García Álvarez de Toledo se aprovechó de las debilidades de Enrique «el Impotente» para ampliar notoriamente el patrimonio de la familia. En 1472, el monarca elevó su título a duque para evitar una guerra civil
El primer Duque de Alba, la codicia y la astucia al servicio de la nobleza castellana

ABC | Cuadro «La anunciación al Primer Duque de Alba»

Incluso para Castilla, una tierra en constante turbulencia a finales de la Edad Media, el reinado de Enrique «el Impotente» fue especialmente conflictivo. García Álvarez de Toledo –el segundo Conde de Alba– destacó por su capacidad de explotar mejor que nadiela situación anárquica y la insensatez del rey en beneficio propio. Una rima callejera de la época describía con nitidez las prácticas del castellano: «¿Quién da más por el Conde de Alba que se vende por las esquinas?» Además de conseguir el ducado para Alba de Tormes, el noble castellano obtuvo de sus intrigas políticas el aumento de los territorios familiares por ambas vertientes de la Sierra de Gredos, más de lo que ninguno de sus descendientes lo conseguiría.

García Álvarez de Toledo era el hijo primogénito del primer conde de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, quien había entregado su lealtad al Rey de Castilla Juan II y a su privado Álvaro de Luna. Durante su lucha por rebajar el poder de la ingobernable nobleza castellana, Álvaro de Luna fue apoyado por muy pocos aristócratas, entre ellos la Casa de Alba. Y Juan II fue muy generoso con quienes le habían ayudado en su momento más crítico. El obispo Gutierre de la familia Álvarez de Toledo fue trasladado a la influyente diócesis de Sevilla y acabó siendo Arzobispo de Toledo; asimismo, su sobrino Fernando se constituyó como el primer Conde de Alba de Tormes.

Sin embargo, la gratitud de los reyes medievales solía tener fecha de caducidad, y una serie de desencuentros con el monarca hizo caer en desgracia al conde en 1448. El castillo y la villa de Alba de Tormes fueron confiscados y el primer Conde de Alba fue encarceló durante seis años acusado de rebelión por Álvaro de Luna, su viejo valedor. Fue en ese tiempo cuando se mostraron las primeras trazas de la voraz personalidad e ímpetu guerrero de García Álvarez de Toledo, quien siendo solo un adolescente organizó varias incursiones militares por los territorios de los nobles leales al Rey. El cronista Alonso Palencia describe así su actividad guerrillera: «Hizo tantos estragos con sus correrías y talas por el territorio circunvecino, en venganza de la prisión de su padre, que llegó a concebir esperanzas de libertarle, y lo hubiese conseguido […] a no haberlo estorbado a Juan de Castilla».

Álvaro de Luna también cayó en desgracia en 1453, de hecho fue llevado a la horca, y el Rey Juan II falleció un año después. El enfrentamiento abierto con la nobleza no había dado más que quebraderos de cabeza a la Corona, por lo tanto el nuevo Rey, Enrique IV, se propuso tener un inicio de reinado tranquilo. No obstante, careciendo de carácter y de buen juicio, Enrique «el Impotente», llamado así por su incapacidad para dar un heredero, delegó su gobierno en privados de origen humilde que, por su condición, levantaron quejas entre la nobleza.

El I Conde de Alba fue liberado con el cambio de reinado y junto a su hijo participó en las campañas del rey contra el reino de Granada acontecidas en 1455 y 1456, destacando especialmente la acción de ambos, padre e hijo, en el cerco de Alcalá la Real.

La ausencia de autoridad y justicia en el reino, puesto que la mayoría de nobles no reconocía ni respetaba a los privados del monarca, provocó el levantamiento de ejércitos privados por todo el territorio de Castilla. Como explica el hispanista William S. Maltby en su libro «El Gran Duque de Alba» (revisando los antepasados del tercer duque de la familia), «la supervivencia durante el reinado de Enrique IV dependía de expandir las rentas y el número de hombres a igual ritmo que el más rapaz de los compañeros, y nadie lo comprendió mejor que don García de Toledo».

La debilidad del rey fue su fortaleza

A la muerte de su padre en 1464, García heredó la dignidad condal y también la lealtad al Rey. Así, fue uno de los pocos nobles que permanecieron fiel a Enrique IV tras la proclamación de su hermano Alfonso como Rey de Castilla, en la llamada «Farsa de Ávila». No en vano, su lealtad tenía letra pequeña. Mientras permanecía fiel al monarca, dejaba saber siempre al bando contrario que estaba dispuesto a oír ofertas. Recogía su recompensa por adelantado, y cuando tocaba cumplir con lo pactado no acudía a la cita.

Como muestra de sus malas artes, pese a que Enrique IV le concedió extensos territorios y la mitad de las rentas de la feria de Medina del Campo, abandonó la tarea de auxiliar la ciudad cuando fue conquistada por el Condestable de Castilla. Más tarde cuando no acudió a la batalla de Olmedo, donde ambos hermanos disputaron la corona con resultado de empate, se descubrió que el enemigo del rey le había ofrecido dos ciudades a cambio de retirar sus 1.500 lanzas de la contienda.

En realidad, García Álvarez de Toledo nunca estuvo dispuesto a abandonar el bando de Enrique IV, pero mantener viva aquella guerra civil le estaba resultando muy rentable. En esta situación de anarquía, las posesiones de Alba de Tormes, que recorrían ambas vertientes de la Sierra de Gredos y el Norte de Extremadura, no dejaron de extenderse hasta las puertas de Salamanca. Y si no tomó esta ciudad, ataque militar mediante, fue por el celo de sus habitantes.

Debido el gran poder adquirido por el II Conde de Alba, la nobleza castellana, celosa, instó al Rey en 1472 a que si quería alcanzar un acuerdo de paz duradero le arrebatara las tierras del sur de la Sierra de Gredos. No en vano, la decisión de Enrique «el Impotente», recogida en el tratado de los Toros de Guisando, buscaba ser ecuánime –posiblemente así evitó una nueva guerra civil– e incluía la renuncia de García Álvarez de Toledo a algunas de sus tierras a cambio del rango de duque y de los derechos sobre Coria (en Cáceres).

El I Duque de Alba falleció en 1488, no sin antes sacudirse parcialmente su fama de hombre codicioso y solo interesado en agrandar la fortuna familiar. A pesar de su intermitente lealtad hacia Enrique IV, fue uno de los nobles del reino que asistieron al enlace entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, posiblemente porque era primo del futuro Rey Católico. Con el fallecimiento de Enrique IV, se convirtió uno de los principales aliados de los Reyes Católicos en la Guerra de Sucesión castellana y prestó su talento militar en la batalla de Toro en 1476. Esta victoria sobre los «juanistas» (los seguidores de Juana la Beltraneja, la supuesta hija de Enrique «el Impotente») permitió a los Reyes Católicos asegurar definitivamente el trono de Castilla y la unión dinástica con Aragón. Durante los años siguientes, el día de la victoria fue conmemorado en Alba de Tormes con desfiles y corridas de toros.

Su hijo Fadrique –segundo Duque de Alba– también apoyó sin la menor quiebra a los Reyes Católicos y fue uno de los amigos más cercanos de Fernando «el Católico». Sus habilidades como general, sobre todo en lo que hoy podría llamarse contrainsurgencia, superaron incluso a las de su padre. El noble castellano participó del asedio a Granada y en 1514 se alzó como el conquistador de Navarra para el Rey Fernando. Y cuando la mayoría de nobles se unieron a Felipe «el Hermoso» en su lucha por el trono, Fadrique fue de los pocos que se mantuvo fiel al monarca aragonés, y fue quien años después «cerró sus ojos muertos». Una lealtad inquebrantable y clara que contrastó con la elasticidad política de su padre.

¿Estaba Juana «la Loca» realmente loca?


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  • La mayoría de los historiadores coinciden en señalar a la castellana como una víctima de las ambiciones de su padre, de su esposo y finalmente de su hijo Carlos I que se ocupó hasta su muerte de mantenerla encerrada en Tordesillas
¿Estaba Juana «la Loca» realmente loca?

Museo del Prado | Juana «la Loca» velando el cadáver de Felipe «el Hermoso»

A la muerte de su esposo Felipe «el Hermoso», la Reina Juana de Castilla inició una larga procesión por todo el reino con el ataúd del Rey a la cabeza. Durante ocho meses, Juana caminó pegada al catafalco de su esposo en un cortejo fúnebre que despertó asombro e incluso miedo entre la población. Este supuesto arranque de locura provocó la reclusión de la Reina en Tordesillas (Valladolid) hasta su muerte cuarenta y seis años después. En la actualidad, los historiadores se plantean si Fernando «el Católico» –padre de Juana y responsable de su «cautiverio»– aprovechó la enajenación transitoria de su hija para apartarla bruscamente de la Corona.

Nacida en Toledo el 6 de noviembre de 1479, Juana de Castilla recibió una educación esmerada de orientación humanista por empeño de su madre, Isabel «la Católica», quien bien sabía lo complicado que era para una mujer progresar en una sociedad dominada por los hombres. Pronto, la Infanta castellana destacó en el dominio de las lenguas romances y el latín, en interpretación musical y en danza. Era, en consecuencia, la educación típica de un miembro secundario de la Familia Real. No en vano, Juana de Castilla fue una niña normal que no dio prueba de sufrir ningún tipo de trastorno mental hasta la madurez.

Con la intención de aislar políticamente a Francia, los Habsburgo cerraron una serie de alianzas con los Reyes Católicos que incluían el matrimonio de Felipe I de Austria, llamado «el Hermoso», con la Infanta Juana. Curiosamente, el apelativo de «el Hermoso» se lo dio el Rey Luis XII de Francia cuando la pareja viajaba hacía España para ser coronados y se detuvieron en Blois. Allí el rey los recibió y al verle exclamó: «He aquí un hermoso príncipe».

En 1496, Juana de Castilla contrajo matrimonio a los 17 años. Daba comienzo una vida conyugal marcada por las infidelidades de Felipe «el Hermoso» y por la absoluta soledad. Como respuesta, la hija de los Reyes Católicos mostró un carácter obsesivo en lo referente a su marido y dejó distintos episodios de ira. Un carácter que la muerte de su hermano Juan, heredero al trono, y de su hermana mayor Isabel en 1497 hizo todavía más inestable.

El cortejo fúnebre de Felipe I, el breve

No mucho tiempo después, en 1504, el fallecimiento de Isabel «la Católica» inició una disputa entre Fernando «el Católico» y Felipe «el Hermoso» por hacerse con el control de Castilla, donde Juana quedó atrapada entre el fuego cruzado. Para rematar una década minada de muertes de gente cercana a ella, Felipe I –que llegó a ser Rey de Castilla por dos meses– falleció súbitamente en 1506. Según las fuentes de la época, «se encontraba Felipe en Burgos jugando a pelota cuando, tras el juego, sudando todavía, bebió abundante agua fría, por lo cual cayó enfermo con alta fiebre y murió unos días después».

La actitud de la Reina durante el cortejo fúnebre que llevó el cuerpo de su marido por buena parte de Castilla extendió entre la población la creencia de que tenía graves problemas mentales. Sea como fuere el grado y naturaleza de locura de la Reina, su padre no estaba dispuesto a dejar pasar otra vez la ocasión de hacerse con la Corona de Castilla y recluyó rápidamente a su hija en Tordesillas, donde residiría hasta su muerte.

La Reina Juana permaneció cuarenta y seis años en Tordesillas (Valladolid) y ni siquiera la llegada al trono de su hijo Carlos I rebajó las condiciones de su cautiverio. En 1520, el movimiento comunero que exigía a Carlos I más respeto por las instituciones castellanas se dirigió a Tordesillas a liberar a Juana y a pedirle su ayuda. Y aunque la todavía Reina rehusó apoyar el movimiento, la mujer que hallaron los cabecillas comuneros estaba lejos de la figura trágica que Fernando «el Católico» y Carlos I habían difundido entre la población, su conversación era inteligente y su mente era clara. De hecho, la descripción que hicieron los comuneros de la Reina ha llevado a que en la actualidad muchos historiadores pongan bajo sospecha su hipotética locura, que bien pudo ser solamente de carácter transitorio a causa de la muerte de muchos seres queridos en poco tiempo.

Antecedentes de locura en la familia

Río Salado, 1340: cuando Castilla frenó el avance musulmán en tierras de Tarifa


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  • En 1.340, las tierras gaditanas vieron como el ejército cristiano aplastaba el último intento islámico de dominar la Península

Río Salado, 1340: cuando Castilla frenó el avance musulmán en tierras de Tarifa

Cuadro de la Batalla del Río Salado que se exhibe en el Real Monasterio de Guadalupe

Con espada, lanza, escudo, y un deseo ciego de detener el avance enemigo a través de la Península Ibérica. Así combatieron en 1340 los casi 22.000 soldados del ejército castellano que –con ayuda portuguesa- lograron derrotar en las gaditanas orillas del rio Salado a un ejército musulmán tres veces superior en número. Aquella jornada, además, los cristianos no sólo lograron alzarse con una victoria que parecía imposible, sino que también aplastaron el que, a la postre, sería el último intento africano de reclamar para sí las tierras de los diferentes reinos españoles.

La Península Ibérica atravesaba entonces tiempos duros en los que dos culturas se disputaban su soberanía a base de mandobles y sangre. Así, por un lado se encontraban los musulmanes –que habían tomado la mayoría del territorio hispánico con sus ejércitos y estaban asentados en él desde hacía cinco siglos-; y por otro empezaban a cobrar fuerza los reinos cristianos –los cuales, desde el año 722, se habían propuesto retomar la totalidad de la entonces primitiva España desde el norte-. Se vivía, en definitiva, el periodo de la Reconquista.

Los benimerines toman el poder

El paso de los siglos trajo consigo la expansión de los cristianos, que, batalla tras batalla, avanzaron a través de la estepa castellana ganando terreno a los musulmanes. Sin embargo, hubo que esperar nada menos que hasta 1212 para que la Reconquista llegara a su punto álgido en una batalla que marcó la decadencia del imperio almohade (la dinastía marroquí que dominaba el norte de África y el sur de España).

«Tras la decisiva victoria de las Navas de Tolosa en 1.212 los almohades perdieron el control sobre el sur de la Península y se replegaron al norte de África, dejando tras de sí un conjunto de desorganizadas taifas que fueron conquistadas por los reinos cristianos entre 1.230 y 1.264 (…). Tan sólo el reino nazarí de Granada logró mantenerse independiente (…). Por aquel entonces, Granada comprendía las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, más el istmo y peñón de Gibraltar», afirman Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de España».

Tal fue la derrota de 1212, que el imperio almohade no pudo en los años siguientes defenderse de los benimerines, unas tribus bereberes que, como buscaban desde hacía años, acabaron con ellos y tomaron el control del norte de África. Sin embargo, parece que esta parcela de territorio pronto se hizo pequeña para sus nuevos conquistadores, ya que, a finales de siglo, declararon la guerra santa a los cristianos y pusieron los ojos sobre su siguiente objetivo… la Península Ibérica.

La llegada a Tarifa

Así, y todavía con una Reconquista que finalizar, los reinos cristianos tuvieron que hacer frente a estos nuevos y numerosos enemigos a partir del año 1300. La situación terminó de recrudecerse cuando, en 1339, Abu-I-Hasan –el rey benimerín-, arrebató con su flota las aguas del estrecho de Gibraltar a Castilla. Esta derrota supuso un severo golpe para los cristianos, pues permitió a los musulmanes desembarcar en el sur de la Península y, a su vez, enviar a tierras españolas todos los refuerzos que desearon sin ninguna oposición.

Lejos de detenerse, los benimerines aumentaron su poder aliándose con el reino nazarí de Granada y, a mediados de septiembre, iniciaron la marcha hacia la ciudad cristiana de Tarifa, la cual sitiaron. La lucha musulmana contra el infiel llamaba de nuevo a la puerta de los reinos cristianos (encabezados por Castilla y Aragón). Por ello, y ante lo desesperado de la situación, el rey castellano Alfonso XI decidió poner fin a la situación haciendo uso de la táctica que mejor conocía: la guerra.

«Digno competidor iba a encontrar (el rey benimerín) en el joven y fogoso Alfonso XI (…) Guerrero nato, se decía de él que ni un solo día podía vivir sin guerra y que cuando no la tenía con los hombres la buscaba con las grandes alimañas de las sierras y las breñas o tomaba parte muchas veces sin darse a conocer en las justas y torneos», destaca el ya fallecido experto en historia Ambrosio Huici Miranda en su libro «Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas».

Los ejércitos se encuentran

Sin dudarlo, Alfonso XI ordenó preparar a sus soldados para encontrarse con el ejército musulmán que asediaba Tarifa, el cual había recibido también tropas de refuerzo de Yusuf I, rey nazarí de Granada. No obstante, y ante la descomunal fuerza enemiga, el castellano solicitó ayuda a su suegro, el rey Alfonso IV de Portugal. Con todo, el tiempo jugaba en contra de los cristiano, ya que, con cada jornada de retraso en la organización, se corría el riesgo de que las máquinas de asedio enemigas acabaran con las murallas de la ciudad gaditana.

Por ello, el ejército cristiano forzó la marcha hasta que, casi extenuado, llegó a finales de octubre de 1340 las orillas del río Salado –un pequeño arroyo de unos siete kilómetros de longitud ubicado cerca de la ciudad de Tarifa-. Una vez allí, la vista del contingente musulmán encogió por breves momentos el corazón de los soldados. Y es que, a las puertas de la urbe, se agolpaban nada menos que entre 60.000 y 80.000 enemigos, un ejército formado en su mayoría por lanceros a pie, ballesteros y los temidos jinetes ligeros mahometanos –de gran versatilidad en el combate-.

Mientras, la potencia del contingente aliado se hallaba principalmente en su experimentada caballería pesada. «El ejército castellano se componía, según la “Crónica de Alfonso XI” (…) de ocho mil jinetes y doce mil infantes, y que el rey de Portugal no llegó más que con mil caballeros (…). Los defensores de Tarifa no podían ser mucho más de otro millar, dado el reducido perímetro de la plaza (…). Parece, por lo tanto, muy razonable calcular que el total de los soldados de los dos Alfonsos no pasaría de 22.000», añade Miranda en su obra.

Se inician los preparativos

Frente a frente, y solo con el río Salado entre ellos, los mandos de ambos ejércitos empezaron a situar sus tropas sobre el improvisado tablero en el que se había convertido la tierra de Tarifa. Así, los musulmanes decidieron quemar sus máquinas de asedio para evitar que fueran capturadas y, tras dividir sus tropas en dos campamentos, se posicionaron para plantar cara a las fuerzas combinadas. Por su parte, Alfonso XI sorprendió a sus enemigos al lograr que 5.000 de sus hombres (4.000 infantes y 1.000 jinetes) rompieran de improviso el cerco que había alrededor de la ciudad y entraran en Tarifa para reforzar a sus extenuados defensores.

En la mañana del 30 de octubre, después de confesarse, los cristianos formaron en la que podía ser su última batalla antes de pasar al otro mundo. A su favor tenían la fuerza de la caballería y la fe, pues esta campaña había sido calificada de cruzada por el Papado. Las órdenes estaban claras: los castellanos combatirían contra los benimerines mientras que los portugueses harían frente a las tropas de Yusuf. Para ello, el rey luso recibió el apoyo de 3.000 jinetes hispanos.

«En el flanco derecho formó la caballería nazarí, al mando de Yusuf I»

«Los cristianos formaron su línea de batalla, como era habitual, con una vanguardia de caballería pesada castellana y de órdenes militares, seguida de un cuerpo principal de infantería. A ambos flancos estaban dos unidades de caballería (…) y en el flanco izquierdo, la caballería pesada portuguesa. El ejército musulmán formó con una sólida falange de infantería, detrás de la cual se situó la caballería magrebí, dividida en cinco grandes unidades. Por detrás se colocó una gran masa de infantería. En el flanco derecho formó la caballería nazarí, al mando de Yusuf I» determinan los autores españoles en su obra.

Una conclusión increíble

Después de que el sol se alzara lo suficiente como para que no molestase la visión de los cristianos, el contingente aliado se dispuso a atravesar el río Salado y enfrentarse, de una vez por todas, al enemigo. La vanguardia castellana fue la primera en atacar. «Llegando al río tomaron un estrecho puente, que defendían dos mil quinientos caballos musulmanes, y siendo ellos ochocientos les hicieron ceder el campo», afirma Miranda en su obra.

Sin embargo, en lugar de asegurar el puente, la caballería pesada formó una extensa línea y se abalanzó, con sus armas en ristre y preparadas para devastar las líneas enemigas, contra la infantería musulmana. El choque fue terrible para los mahometanos, que, ante la intensidad de la carga de los jinetes pesados rompieron bruscamente la formación. No obstante, la contienda no había hecho más que empezar.

Ante la desbandada de los hombres a pie, a la caballería benimerín no le quedó más remedio que cargar contra los jinetes pesados castellanos en lugar de llevar a cabo su táctica predilecta: la de asaltar y atacar constantemente al enemigo disminuyendo así el peligro de sufrir bajas. Al parecer, este fue uno de los primeros errores musulmanes, pues se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo a la que, en pocos minutos, llegaron también varios grupos de infantería aliada e, incluso, más soldados a caballo.

Mientras, en el flanco izquierdo, los jinetes portugueses trabaron combate con los nazarís, a los cuales hicieron huir gracias al apoyo de los caballeros castellanos. Según parecía, y a pesar de la superioridad numérica musulmana, la batalla iba a terminar con una victoria aplastante de los cristianos. Con todo, los aliados sabían que todavía tenían que hacer frente a la potente retaguardia de infantes enemigos en un último y cruento combate.

Pero, cuando este contingente iba a unirse a la refriega, un milagro se sucedió para los aliados pues, de improviso, los defensores de Tarifa salieron de la ciudad decididos a asaltar la retaguardia musulmana. Atrapados entre dos fuerzas, los mahometanos supieron al instante que la contienda era imposible de ganar, por lo que iniciaron una retirada caótica que acabó con muchos de ellos ahogados en la playa. Finalmente, y ante la huida masiva, los castellanos y lusos destrozaron los campamentos enemigos, donde hallaron inmensos tesoros. De forma cas increíble, se había logrado vencer.

Castilla y Cataluña, un mismo origen etimológico


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  • Aunque es complicado asegurar al 100% de dónde vienen los nombres de las comunidades autónomas, las teorías más aceptadas dicen mucho acerca de su procedencia histórica

Es complicado conocer con exactitud el origen etimológico de los nombres de las comunidades autónomas. Cataluña, País Vasco, Castilla y León, Galicia… Todas barajan varias hipótesis relacionadas con antiguos pobladores o características de la orografía y el clima. Las teorías más aceptadas nos dicen mucho, eso seguro, de su histórica.

Aquí tiene algunas de las teorías para cada una de las comunidades:

– Cataluña: una de sus dos hipótesis más aceptadas la emparenta con Castilla en cuanto al significado de su nombre, «Tierra de Castillos». La misma página de la Generalitat asegura: «El nombre de Cataluña, de etimología incierta, aunque probablemente derivado de “tierra de castillos”, se empieza a utilizar a mediados del siglo XII para designar el conjunto de condados que formaban la Marca Hispánica». El término se encuentra por primera vez en un poema de 1117 en el que se hace referencia a las etnias de «catalanenses» o «catalanensis» y al territorio de «catalania».

El término nació para designar a la «región de los vándalos»

Otra teoría sugiere que los guardas de las fortificaciones que se levantaron en esta Marca durante la Edad Media se los conocía como «castlanus», de cuya voz surgen las formas «castlà», «catlà» y «carlà». De ahí derivó al término en que los extranjeros llamaban a estos habitantes y su territorio.

– Castilla y León / Castilla-La Mancha: el nombre de Castilla, al igual que Cataluña, también significa «Tierra de castillos». En el primer caso, León se cree que deriva de la palabra «Legio», ya que la ciudad que es capital de la comunidad fue fundada por una de las legiones enviadas a España por el emperador Trajano, la Legio Gemina Augusta. En el segundo caso, La Mancha deriva de «al-mansha», que en árabe significa «tierra llana y sin ríos».

– Andalucía: hay muchas hipótesis. Según la enciclopedia inglesa, el término nació para designar a la «región de los vándalos», y en su origen debía llamarse «Vandalusia». Por su parte, el catedrático de literatura y escritor alemán Dietrich Schwanitz decía en su obra «La cultura. Todo lo que se debe saber» que el término de Andalucía es una versión arabizada de «landlose» («sin tierra»), una expresión germánica que designaba a las tribus bárbaras que se establecieron en el sur de la Península. Otra teoría es la del estudioso alemán del Islam, Heinz Halm, que cree que el nombre viene de «Landahlauts» (tierra de sorteo), en referencia al reparto de tierras mediante rifa que llevaron a cabo los visigodos. Y en la literatura y poesía árabe, en cambio, «Al-Andalus» era una expresión que significaba «El paraíso».

– Comunidad de Madrid: el asentamiento visigodo que ocupaba el lugar donde actualmente se encuentra la ciudad era conocido con el término de «Matrice». Según el historiador Jaime Oliver Asín, era el nombre del «Madrid pre-musulmán», aunque no existiera la ciudad como tal. Aludía al arroyo que discurría entre dos colinas y significaba «madre de aguas». Con la invasión musulmana, el topónimo cambió por «Mayrit», que era la traducción del término al árabe, y que estaba compuesto por «Mayra» (madre) y el sufijo iberorrománico «it» (lugar). Sin embargo, durante esta época se utilizaron los dos hasta que, tras la Reconquista, sólo prevaleció el cristiano, es decir, el término latino visigodo y mozárabe de «Matriz», que todavía se conserva intacto en el gentilicio madrileño.

– País Vasco: el nombre en vasco, «Euskadi», es una pequeña variante de «Euzkadi», que fue creado por el histórico ideólogo independentista Sabino Arana. Es un neologismo que el fundador del PNV utilizó por primera en 1896 para referirse a la patria vasca (Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, y los territorios franceses de Sola, Baja Navarra y Labort para los nacionalistas) y, aunque en la segunda mitad del siglo XIX ya se utilizaban términos como «Euskeria», «Euskaria» y «Euskadia», en 1901, «Euzkadi» se impuso completamente.

– Galicia: su nombre deriva del topónimo «Gallaecia», que era como los romanos llamaban a la provincia que ocupaba dicha región durante el Imperio Romano. El término procede de los celtas, que se habían asentado en la Península Ibérica entre el 2300 y el 1800 a. C. y, después, a partir del siglo IV a. C. La denominación de los clanes celtas situados en torno a la actual Oporto era «kallaikoi». Allí fue concentrándose una gran cantidad de población por la privilegiada zona de paso fluvial y marítimo. Pero como el nombre de aquella Oporto era «Cale», el término de «kallaikoi» derivó en el de «caleci» o «gallaeci», según el escritor latino del siglo I, Plinio el Viejo. Y de ahí pasaría en época romana a los topónimos de «Calecia» o «Gallaecia» (Galicia), al norte, y «Porto Cale» (Portugal), al sur.

– Aragón: la hipótesis más aceptada dice que procede del río con el mismo nombre, que significa «valle ancho», y que formaba frontera con el reino de Navarra. Aparece por primera vez durante la Alta Edad Media en el año 828, al surgir un pequeño condado de origen franco entre el río Aragón y su afluente, el rió Aragón Subordán, en los que el prefijo prerromano «ar» significa «agua corriente». Otras teorías defienden que el significado del término «arago» es «más adelante, más allá», por lo que el nombre de la comunidad vendría a significar algo así como «la tierra de allá».

– Islas Canarias: el origen del nombre aún está siendo debatido por muchos historiadores. Algunos indican que Canarias es una derivación del latín «cannis», que significa «perro», en referencia a la gran cantidad de ellos que había en el archipiélago en épocas recientes a su descubrimiento. Otra señala que deriva de «canna», por la caña originaria de las islas. Teorías documentadas antiguamente afirman también que procede del nombre de una raíz comestible originaria de allí: el «cannasris» o «camasrius». Otra teoría aseguraba que su origen se encuentra en el pájaro que llamamos canario, pero esta está prácticamente descartada, ya que se entiende que el ave adquirió su nombre de las islas. Y Plinio el Viejo las cita en el 40 a. C. como «Fortunatae Insulae» («Islas Afortunadas»).

– Islas Baleares: durante mucho tiempo se creyó que el término procedía del griego «ballein» (arrojar, lanzar), en referencia a los antiguos habitantes de las islas, que recibían a los visitantes lanzándoles piedras con hondas. Pero últimamente se descartado el origen helénico de Baleares y se cree que viene da la expresión púnica de «ba’ lé yaroh», formada de la unión del sujeto «ba’ lé» (los que ejercitan el oficio de) y el verbo «yaroh» (tirar piedras). El significado final sería algo así como «los maestros del lanzamiento», que eran los honderos de las islas.

– Cantabria: desde la Antigüedad hasta nuestros días, el nombre de Cantabria jamás ha dejado de emplearse por los habitantes de este territorio, y aunque muchos autores como San Isidoro de Sevilla, Adolf Schulten, Joaquón González Echegaray o Julio Caro Baroja han estudiado el origen del término, aún no se está seguro al 100% de su procedencia. La opinión más aceptada es la de que el nombre deriva de la raíz de origen celta o ligur «cant» (roca, piedra), y el sufijo «abr», muy frecuente en las regiones celtas. Según esto, el cántabro era el pueblo «que habita en las peñas», en clara referencia al territorio montañoso que conforma la comunidad.

– Comunidad foral de Navarra: el término de «Navarra» aparece por primera vez escrito en una obra del biógrafo de Carlomagno, Eginardo, del siglo IX, en la que se describen las incursiones del rey franco en la zona del río Ebro. La hipótesis más aceptada es que procede del vocablo prerromano «naba», que significaba «la gran llanura próxima a las montañas» o «desfiladero», lo que encajaría perfectamente en la descripción orográfica de Pamplona y sus alrededores.

– Comunidad de Valencia: el nombre de la ciudad procede del latín «Valentia Edetanorum» y surgió del cónsul Junio Bruto tras las campañas lusitanas, en 138 a. C. El origen está en las tierras que concedió éste a sus hombres, en el levante hispano, por el coraje demostrado en las batallas. De hecho, varias ciudades fundadas esta región en el siglo II a. C llevaban el apelativo de «valentia», que lo pusieron de moda los romanos por su significado: «fuerza», «vigor», «valentía», «salud» o «robustez».

– Extremadura: una de las hipótesis dice que el nombre de Extremadura deriva del latín «Extrema Dorii» (extremos del Duero o en el otro extremo del Duero) y hace referencia a su situación cerca del río. La otra es que se usaba durante la Reconquista para denominar a las tierras situadas en la frontera de los reinos cristianos del norte con Al-Ándalus.

– La Rioja: tiene un origen muy discutido, pero entre las múltiples teorías destacan tres. Una que dice que el nombre procede del río Oja, otra que viene del término «rivalia» (tierra de riachuelos) y otra que hace referencia a la denominación vasca de «Errioxa», que vendría de «Erri hozta» (país frio).

– Principado de Asturias: el término procede del nombre de sus antiguos pobladores, los astures, que habitaban en las orillas del río Esla, que época celta se llamaba Astura. Después de la invasión romana paso a denominarse «Estura» o «Estula», que significa «río».

– Murcia: el nombre de Murcia procede, según la mayoría de los estudiosos, de «Madina Mursiya», la ciudad fundada por los árabes en el año 825. Otros creen que procede de Mossa, el general romano que recibió el pago de su licenciatura en el ejército en tierras del Valle del Segura. Una última dice que viene del mirto, una planta con numerosas connotaciones religiosas desde época pagana, relacionada con la fertilidad y la regeneración. El mirto aparece a menudo ligada a las tumbas de los héroes.