Historia del Virreinato de Nueva España


El Virreinato de Nueva España fue uno de los cuatro virreinatos en que se dividía administrativamente la América colonial española. Fue el primero en fundarse, en 1535; incluyó todas las posesiones españolas al norte del istmo de Panamá, las islas del Caribe y las Filipinas. El Virreinato de Nueva España desapareció oficialmente en 1821, con la independencia de los territorios que formaban parte de dicha entidad político-administrativa.

Fundación del Virreinato

Antes de la creación del Virreinato, la Audiencia de México fue la máxima autoridad en el territorio denominado Nueva España, subordinada al Consejo de Indias y al propio monarca español. La audiencia, integrada por oidores, era un órgano que aunaba el poder político y administrativo, a la vez que ejercía como tribunal superior de justicia para dirimir tanto asuntos civiles como criminales. La audiencia no incluía competencias militares, ya que estas funciones correspondían al capitán general; ni asuntos relativos al fisco, que estaban encargados a los oficiales reales. Junto a la Audiencia de México, se creó la de Nueva Galicia, con sede en la ciudad de Guadalajara, subordinada a la anterior.

Los problemas administrativos en este inmenso territorio, según avanzó la conquista y colonización del territorio, hicieron necesaria la creación del Virreinato. Así, en 1535 el rey Carlos I firmó el decreto para la instauración del Virreinato de Nueva España, con capital en la ciudad de México. El origen de la entidad hay que buscarlo en la institución veneciana, utilizada también por portugueses y aragoneses, éstos últimos en Cerdeña, Sicilia y Nápoles. El éxito del sistema explica su extensión al resto del territorio americano, con la creación del Virreinato del Perú y, a partir del siglo XVIII, del de Nueva Granada y del Río de la Plata.

El virrey de Nueva España, como el resto de los virreyes en América, debía ejercer como alter ego del monarca, al que debía rendir cuentas directamente. Además de ser el máximo jefe militar, el virrey era el instrumento para reforzar el poder real ante los enormes conflictos que habían surgido entre los conquistadores y la incapacidad de gobernadores y audiencias para asegurar el poder de la Corona. Así, debía evitar conflictos de competencias entre oficiales con similares rangos y parecidas responsabilidades, y erradicar los abusos de los conquistadores (entre ellos, los derivados del desarrollo del sistema de encomiendas) y el fraude de los funcionarios. Las ordenanzas por las que se nombraba al virrey le hacían responsable de recolectar impuestos, asegurar el monopolio comercial de la corona y apoyar las labores de evangelización de los indios.

Al crearse el Virreinato en 1535, la Audiencia de México mantuvo sus funciones políticas, administrativas y jurídicas, si bien asumía un papel auxiliar en el gobierno del virrey ya que éste, a su vez, presidía la audiencia. Sólo en caso de emergencia (la más obvia era la muerte del virrey durante el ejercicio de su cargo), se permitía que la audiencia tomara las riendas del gobierno hasta que el monarca nombrara a otro funcionario para dicho cargo. Conviene mencionar que, tras la instauración del virreinato, el virrey asumía el papel del capitán general, por lo que era jefe supremo en los asuntos militares. El virrey contaba con poderes casi absolutos en todas las áreas (con amplias prerrogativas en temas religiosos, ya que ejercía en nombre del rey las funciones asociadas al Regio Patronato), pero no dictaba justicia. Del virrey dependían una multitud de empleados y autoridades subalternas por medio de las cuales gobernaba el enorme territorio bajo su mando. De esas autoridades, las más importantes fueron los alcaldes mayores y los corregidores, que residían en las principales ciudades de provincia.

El nombre del virreinato crea frecuentes confusiones, ya que el Consejo de Indias dio a esta unidad político-administrativa el mismo nombre que a la Audiencia de Nueva España, en el territorio bautizado así por Hernán Cortés. El Virreinato en 1535 en realidad integraba todos los territorios que administraban las audiencias de Nueva España, Nueva Galicia, Santo Domingo y Guatemala. La Audiencia de Nueva España (o Audiencia de México) abarcaba Michoacán, México, Coatzacoalcos, Mixteca, Yucatán, Cozumen y Tabasco, y la costa del Golfo de México hasta Florida (península que quedó integrada más tarde en la gobernación de Cuba); la Audiencia de Guatemala administraba justicia en el resto del territorio centroamericano; la Audiencia de Guadalajara asumió el control de Nueva Galicia, Culiacán, Copalá, Colima y Zacatula; y, por último, la Audiencia de Santo Domingo mantenía jurisdicción sobre las islas del Caribe y parte de la costa de la actual Venezuela. Más tarde, en 1565, se incorporó al Vierreinato de Nueva España el Archipiélago de las Filipinas.

El instrumento de control que el rey y el Consejo de Indias idearon para el control de la labor de los virreyes fue la Visita. Los visitadores generales se encargaban de controlar a los virreyes y otros funcionarios reales. Su labor consistía en inspeccionar y revisar la conducta de las autoridades, virrey incluido, e imponer suspensiones y penas, en caso necesario. Por otro lado, la ley contemplaba que los altos funcionarios pudieran ser sometidos a los llamados Juicios de Residencia, un proceso que consistía en una investigación pública acerca del modo en que un empleado o un funcionario había desempeñado su cargo, particularmente acerca del manejo de la hacienda.

Consolidación del Virreinato

Como ya se ha indicado, a partir de mediados del siglo XVI, el Virreinato de Nueva España incluía legalmente los territorios actuales de México, América Central, sureste de los Estados Unidos, las Antillas y las Islas Filipinas. El gobierno del virrey en dicho territorio era en muchos casos más téorico que práctico, por lo que prácticamente ejercía como gobernador de los territorios que englobaban las audiencias con sede en la ciudad de México y Guadalajara, que comprendían el Reino de Nueva España, el Nuevo Reino de León, el reino de Nueva Galicia (norte y este de México), Nuevo Santander (Tamaulipas y y sureste de Texas), la provincia de Texas o Nueva Filipinas, la provincia de Coahuila, la provincia de Nueva Vizcaya, la provincia de Nuevo México, la provincia de Sonora y Sinaloa, y la provincia de California. Aun así, su autoridad era directa sólo en el territorio comprendido entre San Luis de Potosí, Zacatecas y Culiacán, y el Itsmo de Tehuantepec, es decir, el centro y el sur de México. El resto de las gobernaciones y las audiencias de este inmenso territorio estaban subordinadas a la autoridad del virrey y a la audiencia de Nueva España, pero en la práctica estas unidades político-administrativas de rango inferior se gobernaban con independencia.

La compartimentación del virreinato comenzó pronto. En 1543 se creó la Audiencia de Santiago de Guatemala, donde se estableció el reino de Guatemala, que a partir de 1570 abarcaba desde Chiapas a Costa Rica. Esta audiencia estaba regida por un gobernador y capitán general y presidente de la audiencia (es decir, acaparaba poderes jurídicos, administrativos y militares). El Reino de Guatemala se administró independientemente casi desde el comienzo del virreinato, aunque siempre se mantuvo subordinado al Virreinato de Nueva España. El proceso de división del virreinato en reinos menores respondió a la necesidad de crear unidades administrativas y militares en las zonas donde existía una significativa vulnerabilidad por una posible intervención extranjera. La solución práctica consistió en crear capitanías generales donde el virrey mantenía un poder nominal, pero donde el gobernador y capitán general de la circunscripción asumía de hecho los poderes del virrey. Con este sentido se creó en 1548 la Capitanía General de Nueva Galicia y, tras la conquista de Filipinas en 1565, este archipiélago, dependiente de Nueva España, se mantuvo bajo el gobierno del capitán general de Manila, que seguía órdenes directas del Consejo de Indias. El proceso de erosión de poderes por compartimentación administrativa del territorio continuó con la decisión tomada en 1576 de crear la Capitanía General de Venezuela, que abarcaba las Islas del Caribe y parte de la costa de Sudamérica.

Reorganización y fin del Virreinato

La organización del virreinato se mantuvo hasta el último cuarto del siglo XVIII, cuando la política borbónica iniciada a raíz de la visita de José de Gálvez a Nueva España dio curso a una remodelación del sistema de gobierno en los territorios españoles en América. Muchas de estas reformas respondieron a un interés militar. Cuatro fueron las capitanías generales enmarcadas en el Virreinato de Nueva España: las de Guatemala, Venezuela, Cuba y Manila. La primera reforma significativa fue la asignación de la Capitanía General de Venezuela en 1773 al Virreinato de Nueva Granada. Más importante fue, sin embargo, la creación de las Provincias Internas, fundadas por decreto de 1776 con el rango de comandancia general, ya que la creación de las provincias supuso una separación de estos territorios de la jurisdicción del virrey. La decisión de establecer esta nueva unidad respondió claramente a los cambios producidos tras el fin de la Guerra de los Siete Años, y a los cambios subsiguientes producidos en la distribición territorial en América. Así, el primer comandante general de las Provincias Internas, Teodoro de Croix, asumió el poder en las provincias de Texas, Nuevo México, Coahuila, Nueva Vizcaya, Sinaloa, Sonora y las dos Californias. Más tarde, éstas se organizaron en dos entidades: las Provincias Interiores de Oriente y las de Occidente. Las de Oriente abarcaban Nuevo León, Santander, Coahuila y Texas; las de Occidente, por su parte, comprendían Durango, Arizpe y las dos Californias. Un año más tarde, en 1777, se creó la Capitanía General de Cuba, a la que se asignaron los territorios cedidos por Francia en el Tratado de París (1763), esto es, la sección occidental de los territorios de la provincia francesa de Luisiana.

La otra gran decisión en la política reformista durante el gobierno de Carlos III fue sin duda la instauración del sistema de intendencias, introducidas en Nueva España en 1786 tras haberse ensayado con éxito en el resto de los virreinatos desde 1782. Los decretos reales crearon doce de estas jurisdiciones, al frente de las cuales se colocó un gobernador intendente. Estos intendentes concentraron las funciones políticas, judiciales y militares de los antiguos gobernadores, corregidores y alcaldes mayores, y además les fueron encomendadas funciones financieras y económicas. Las intendencias de Nueva España fueron las siguientes: México (con rango de superintendencia), Puebla de los Ángeles, Veracruz, Mérida de Yucatán, Antequera de Oaxaca, Valladolid (Michoacán), Santa Fe de Guanajuato, San Luis Potosí, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Arizpe (que comprendía Durango y Sinaloa). Por otra parte, las mismas Ordenanzas de Intendentes crearon un gobierno separado para San Salvador, Chiapas, Honduras y Nicaragua (que incluía a la actual Costa Rica).

La reforma administrativa introducida en 1786 con la instauración del sistema de intendencias modificó la organización del Virreinato, a la vez que recortaba enormemente el poder de los virreyes. El sistema no se modificó en lo sustancial hasta que desapareció el Virreinato en 1821, cuando España, a través del último virrey, Juan O’Donojú, aceptó la independencia de México y de la República Centroamericana.

Virreyes

Entre los 62 virreyes que ejercieron dicho cargo en Nueva España, once fueron clérigos y de ellos ocho fueron arzobispos, por lo que concentraron la máxima autoridad civil, militar y religiosa. El puesto de primer virrey en América fue ofrecido a Antonio de Mendoza, caballero de la Orden de Santiago y antiguo embajador en Roma, tras haberlo rechazado diversos miembros de la nobleza, entre ellos el Conde de Oropesa y Manuel Benavides. Mendoza llegó a México en 1535. Fue por tanto él quien puso las bases del sistema virreinal en América y el que tuvo que hacer frente a los problemas surgidos entre las diversas facciones de los conquistadores. En efecto, su nombramiento se debió en parte a los problemas que se experimentaron durante las dos primeras audiencias (la primera, presidida por Nuño de Guzmán, y la segunda, de la que formaban parte el obispo Fuenleal y Vasco de Quiroga), órganos supremos de gobierno en el territorio tras la conquista de Cortés. El virrey Mendoza, durante sus 15 años de servicio en Nueva España, logró contrarrestar el poder de Cortés, que detentaba el título de capitán general, y de personajes como Nuño de Guzmán, que había pasado a ocupar el cargo de gobernador de Nueva Galicia. El primer virrey, antes de marchar a Perú para hacerse cargo del puesto en América del Sur, se encargó de construir iglesias y hospitales, y de fomentar las expediciones hacia las fronteras del virreinato. Su gran reto fue, sin embargo, la aplicación de las Leyes Nuevas (1542), dictadas para acabar con los abusos sobre los nativos, perpetuados a través del sistema de encomienda.

En 1551, tras la marcha de Mendoza a Perú, se hizo cargo del virreinato Luis de Velasco, padre de otro destacado virrey de Nueva España y Perú. Luis de Velasco padre se esforzó por aplicar con más rigor las Leyes Nuevas y mitigar los abusos a los indígenas. Velasco, de rancia familia castellana, también destacó por el desarrollo de la cultura. Así, el gran hito durante su mandato fue la fundación en 1553 de la Universidad de México. Por otra parte, en 1565 las islas Filipinas, reclamadas un año antes por Legazpi, pasaron a formar parte del Virreinato de Nueva España. El intenso comercio que más tarde se inició entre Acapulco y Manila conectó México con Filipinas, a pesar de que las islas se gobernaban independientemente como capitanía general.

Martín Enríquez, que gobernó entre 1568 y 1580, destacó por su labor durante los conflictivos años del comienzo de la decadencia española. Así, este virrey logró rechazar el ataque de los ingleses a Veracruz, comandados por Jonh Hawkins, e inició inmediatamente las obras para reforzar las defensas de las posesiones españolas. Asimismo, se preocupó por fortalecer los fuertes del norte (con expediciones como la de Francisco de Ibarra, que partió de Nueva Vizcaya y llegó hasta los territorios de Sonora y Saltillo) y modificó el gobierno local para que los criollos tuvieran acceso a cargos públicos. Las expediciones de expansión del virreinato a finales del siglo XVI fueron impulsadas por otros virreyes, entre ellos Luis de Velasco hijo (quien gobernó también en Perú y regresó a Nueva España para retomar el mando del Virreinato) y Gaspar de Zúñiga. Con ello se llegó a consolidar el asentamiento californiano de Monterrey (nombre que tomó en honor de Zúñiga, Conde de Monterrey). Asimismo, estos virreyes impulsaron el desarrollo económico del virreinato a través de la promoción de la industria de la lana, y se preocuparon por el desarrollo de la ciudad de México, capital virreinal.

A mediados del siglo XVII destaca el gobierno de Juan Palafox, obispo de Puebla, quien entre 1640 y 1642 asumió los cargos de Virrey y Arzobispo de México como consecuencia del juicio de residencia al que fue sometido el Duque de Escalona, virrey de Nueva España. Tras destituir a Escalona, el juez-visitador Palafox inició una serie de reformas para acabar con la corrupción imperante. Tras el nombramiento del Conde de Salvatierra como nuevo virrey, Palafox regresó a Puebla, donde encontró serios problemas con los jesuitas, que trataron de defender sus privilegios. Palafox regresó finalmente a España, donde fue nombrado para ocupar la dirección de un obispado. A finales del siglo XVII destaca el virrey Gaspar de la Cerda Sandoval, Conde de Gelves, quien organizó la expedición por la costa de Texas para expulsar a los franceses que buscaban asentarse en este territorio y organizó, en 1690, la campaña para la reconquista de Santo Domingo por medio de la Armada mexicana de Barlovento.

Antonio de Bucareli y Ursúa, nombrado por Carlos III, gobernó con notable éxito en Nueva España entre 1771 y 1779. A él se le reconoce una administración eficaz y honrada, con especial impacto en la capital de esta circunscripción. Frey Antonio de Bucareli fundó un Hospicio de Pobres, el Hospital de Dementes, el Montepío y el Tribunal de Minería. Asimismo, durante su mandato se preocupó por mejorar las defensas, y mandó construir, por ejemplo, el Castillo de San Diego de Acapulco.

Durante el gobierno del virrey Martín de Mayorga, se participó activamente en contra de Gran Bretaña, tanto en Belice como en Panzacola, para apoyar así el proceso de independencia de los Estados Unidos. Más tarde, durante el gobierno de Bernardo de Gálvez (1785-87) se instauró el sistema de intendencias diseñado por su hermano, José de Gálvez, a la vez que se fomentaron las expediciones hacia la frontera norte para afianzar las posiciones españolas en Sonora, Sinaloa y Chihuahua.

Ya en los últimos años de dominio español en Nueva España destacó el Conde de Revillagigedo, que gobernó entre 1789 y 1794. Hijo de otro virrey de esta misma demarcación, el conde de Revillagigedo, Juan Vicente de Güemes, tuvo el mérito de ser uno de los cuatro criollos que ocupó el cargo de alter ego del rey en un virreinato americano. Fue el encargado de gobernar en los tumultuosos años que siguieron a la Revolución Francesa. Su gobierno se destacó por las reformas administrativas, el mejoramiento del sistema judicial, la regularización de las finanzas, y el ímpetu que se dio a la agricultura, la minería, la educación y las artes. Asimismo, Revillagigedo consolidó el poder español en la costa de California y recomendó las expediciones hacia la costa de Alaska. También se preocupó por el mejoramiento de la capital del virreinato y proyectó grandes obras de ingeniería, como la construcción del canal del Lago de Texcoco. Pese a su impresionante labor, fue sustituido tras ser acusado de corrupción. Dicha acusación (que más tarde se probó injusta) fue motivada por el deseo de Manuel Godoy de instalar en el puesto a su cuñado, el Marqués de Branciforte.

Durante el último periodo del virreinato de Nueva España destaca el nombramiento del General Calleja, Conde de Calderón, que ocupó el cargo de virrey en 1813, mientras las tropas francesas desocupaban la Península Ibérica. El gobierno de Calleja trató infructuosamente de recuperar el control de un país abocado inexorablemente a la independencia. La captura, juicio y ejecución de Morelos, firmada por Calleja en 1815, marcó el principio de la desintegración final del virreinato. Tras Calleja, el monarca nombró a tres virreyes, el último de los cuales, Juan O’Donojú, nombrado por los constitucionalistas españoles, llegó a México el 3 de agosto de 1821; tres semanas más tarde O’Donojú firmó con Itúrbide los Tratados de Córdoba, que pusieron fin al Virreinato de Nueva España y al dominio español en gran parte del territorio que formaba parte de esta vasta unidad político-administrativa.

Lista de virreyes de Nueva España

Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla (1535-1552).
Luis de Velasco, “el Viejo” (1551-1566).
Gastón de Peralta, Marqués de Falces (1566-1568).
Martín Enríquez de Almansa (1568-1580).
Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de La Coruña (1580-1584).
Pedro Moya de Contreras, Arzobispo de México (1584-1585).
Álvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique (1585-1590).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1590-1595).
Gaspar de Zúñiga y Acebedo, Conde de Monterrey (1595-1603).
Juan Manuel Hurtado de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros (1603-1607).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1607-1611).
García Guerra, Arzobispo (1611-1612).
Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar (1612-1621).
Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Conde de Priego y Marqués de Gelves (1621-1624).
Rodrigo Pacheco y Ossorio, Marqués de Cerralvo (1624-1635).
Lope Díaz de Armendáriz, Marqués de Cadereita (1635-1640).
Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona y Marqués de Villena (1640-1642).
Juan de Palafox y Mendoza, Arzobispo de México (1640-1642).
García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra y Marqués de Sabroso (1642-1648).
Marcos de Torres y Rueda, Obispo de Yucatán (1648-1650).
Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste y Marqués de Villaflor (1650-1653).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1653-1660).
Juan de Leyva y de la Cerda, Conde de Baños (1660-1664).
Diego Osorio de Escobar y Lamas, Arzobispo de México (1664).
Antonio Sebastián de Toledo, Molina y Salazar, Marqués de Mancera (1664-1673).
Pedro Nuño Colón de Portugal, Duque de Veraguas y de la Vega y Marqués de Jamaica (1673).
Payo Enríquez de Ribera, Arzobispo de México (1673-1680).
Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna (1680-1686).
Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, Conde de Monclova (1686-1688).
Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, Conde de Galve (1688-1696).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1696-1697).
José Sarmiento Valladares, Conde de Moctezuma (1697-1701).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1701-1702).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1702-1711).
Fernando de Alencastre Noroña y Silva, Duque de Linares (1711-1716).
Baltasar de Zúñiga, Marqués de Valero (1716-1722).
Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte (1722-1734).
Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, Arzobispo de México (1734-1740).
Pedro de Castro y Figueroa Salazar, Duque de la Conquista (1740-1742).
Pedro Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara (1742-1746).
Francisco de Güemes y Horcasitas, Conde de Revillagigedo (1746-1755).
Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas (1755-1760).
Francisco Cajigal de la Vega (1760).
Joaquín de Monserrat, Marqués de Cruilles (1760-1766).
Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix (1766-1771).
Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779).
Martín de Mayorga (1779-1783).
Matías de Gálvez (1783-1785).
Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez (1785-1787).
Alonso Núñez de Haro, Arzobispo de México (1787).
Manuel Antonio Flórez (1787-1789).
Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, Conde de Revillagigedo (1789-1794).
Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte (1794-1798).
Miguel José de Azanza (1798-1800).
Félix Berenguer (1800-1803).
José de Iturrigaray (1803-1808).
Pedro Garibay (1808-1809).
Francisco Javier de Lizana (1809-1810).
Francisco Javier Venegas (1810-1813).
Félix María Calleja (1813-1816).
Juan Ruiz de Apodaca (1816-1821).
Pedro Novella (1821).
Juan O’Donojú (1821).

Galeón San José: Hundido con el oro de la ‘Santa Cruzada’ y los impuestos del rey


El Mundo – JULIO MARTÍN ALARCÓN @Julio_M_Alarcon

  • Las cuentas de los funcionarios en Panamá, detallan los impuestos y bienes que embracó la flota
  • Hallamos en documentos del Archivo General de Indias las cuentas del tesoro hundido con el ‘San José’, que ya reclaman varios países
  • Según el registro realizado en Portobelo, Panamá, antes de partir a Cartagena, la flota que comandaba el galeón zarpó con un tesoro de 5.623.396 pesos
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El ‘San José’ se hunde por el fuego del ‘Expedition’ ILUSTRACIÓN: SAMUEL SCOTT

“Prozedidos de los trescientos y cincuenta mil ducados de la Avería del Sur que está obligado a pagar el comercio y consulado del Perú se han recaudado cincuentamil pesos en atención a la moratoria por el Virrey del Perú. Por la manera y monta todo el tesoro que vino y se ha agregado a S. M (Su Majestad), de estas consignaciones: un millónquinientos y cincuenta y tresmil seiscientos nueve pesos y reales y medio (…) Porquenta y perteneciente a la bula de la Santa Cruzada se reportan en este galeón ochenta y sietemil ciento y sesenta pesos y cincomil como favor a la partida de este (…) Porquenta se remiten en el galeóndos pozuelos de plata labrada con las piezas siguientes: una lámpara grande que pesa cientocuarentayocho marcos, un pelícano grande, tres pequeños…”.

Así es la relación de las únicas cuentas oficiales y documentadas que existen de las riquezas que transportó el galeón San José: la carga del tesoro que se hundió en Cartagena de Indias en 1708 y cuyos restos acaban de ser hallados en aguas colombianas.

El documento transcrito con el que arranca este reportaje lo conforman siete folios de apretada letra a pluma escrita por los funcionarios españoles en Portobelo, Panamá, fechados y firmados el 20 de mayo de 1708. Unas cuartillas cosidas a mano con posteridad y aprobadas con un sello en el que se lee la fecha de 1709, probablemente en Madrid.

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Uno de los folios con el detalle de la contabilidad de la ‘Avería del Sur’, el impuesto a los comerciantes.

El manuscrito original, rescatado por Crónica del Archivo General de Indias gracias a la colaboración de la subdirectora Pilar Lázaro, forma parte de las llamadasCartas cuentas de oficiales reales de 1559 a 1723, un legajo escurridizo que consta de cinco números y miles de páginas, el último de ellos, el perteneciente a la Caja de Portobelo de 1601 a 1723 donde se hallan los folios que describen lo que debió recoger la flota.

Es la contabilidad pormenorizada que los funcionarios del rey anotaron en el último puerto en el que amarró la Flota de Tierra Firme, que comandaba su nave capitana, el galeón San José, antes de ser atacadas por navíos ingleses cuando se dirigían a Cartagena de Indias.

Su encabezado, “Relación sumario de Real impuesto… y lo que de esto se remite a su Majestad en los galeones de la presente Armada del General Conde de Casa Alegre…”, explica los pagos de la “Avería del Sur” -el impuesto de la corona a los comerciantes-, la “Santa Cruzada” -impuesto para la Iglesia-, el “Salario de los Señores del Consejo”, “Posadas”, “Obras Pías” -aportaciones de particulares para la Iglesia- y los “Bienes de Difuntos” -las herencias con destino a España o recaudadas en caso de no haber descendencia-… Son los pesos y reales de a ocho, además de los objetos como diademas, cálices, lámparas -que describen en sus páginas detallando cada una de sus piezas y peso-, que ocupaban las bodegas de los galeones, la mayoría de estos últimos en concepto de aportaciones a la Iglesia.

Sin embargo, lo que consignan con minuciosidad los funcionarios en Portobelo está todavía lejos del total de riquezas que transportaban. A diferencia de lo que se conoce como el «Registro de Navío», el documento que la Casa de Contratación de Sevilla elaboraba para cada barco de las flotas que partían y llegaban a España y en el que se especifica todo lo que alojaba cada barco en sus bodegas, lo que ha sobrevivido son las cuentas de Portobelo, la relación de impuestos que se habían recaudado para el rey Felipe V, la Iglesia y otros organismos y que debía llevar la flota de regreso a España, pero que no incluye la mayor parte de los bienes de los particulares. El registro del San José se hundió casi con toda probabilidad con él.

Lo que sí se sabe es que las monedas de oro y plata, las joyas y los objetos valiosos se alojaban entre los dos barcos más poderosos de la flota, es decir, en los galeones que custodiaban el convoy: la capitana, el San José hallado ahora según las autoridades colombianas, y la almiranta, el navío gemelo, San Joaquín. Por ley se dividía a partes iguales, aunque la capitana, por ser la que dirigía la Flota de Tierra Firme, siempre cargaba un porcentaje algo mayor. Además de la gobernanta, el tercero de los navíos destinado a la protección del convoy y el única capturado por los ingleses, los mercantes que custodiaban son los que transportaban las mercancías con los bienes del galeón de Manila, procedentes de Filipinas, y las materias primas del Virreinato de Perú, que era prácticamente la extensión de toda Sudámerica entonces, a excepción del Brasil portugués.

Testigos del hundimiento

La mejor estimación de lo que no puede revelar el documento del Archivo General de Indias es el testimonio de los supervivientes y especialmente del San Joaquín que logró escapar del ataque inglés y consiguió resguardarse en el puerto de Cartagena de Indias. El navío conseguiría regresar a España tras un larguísimo periplo. No salió con destino a La Habana, la primera escala original de la Flota hasta el 17 de septiembre de 1711, en donde tuvo que esperar varios meses más hasta regresar por fin a Sanlúcar en 1712. Para entonces el almirante Villanuevaque comandaba el barco había fallecido, no sin antes escribir una carta al rey en el que hizo una estimación de las riquezas que transportaban ambos navíos antes del fatal hundimiento del San José.

Villanueva, tal y como recoge la investigadora Carla Rahn Philips en su obra The Treasure of the San José (el tesoro del San José), estimó que la plata ascendía a tres millones y el oro a más de cuatro, con la salvedad de que en el caso del oro no estaba seguro, porque reconocía que una gran cantidad era escondido por los particulares en baúles de ropa, escritorios, bolsas que llevaban siempre consigo… En total la cifra podía ascender a 12 millones de pesos (se ha llegado a hablar esta semana de que su equivalencia a moneda actual es de más de 15.000 millones de euros). Por otra parte, tras la batalla, los marineros de la Armada española apresados por los ingleses contaron a sus captores que, según sus impresiones y sumando la plata y el oro, se habían transportado en el San Joaquín entre cuatro y seis millones de pesos y una cantidad ligeramente mayor, entre cinco y siete millones en el San José.

Muchos de los tesoros consistían además en piedras preciosas de las que no hay registro. El propio Villanueva anotó al rey que no tenía constancia de qué había sido de una ” de una caja de perlas enviadas del Rio de La Hacha como parte del quinto real que correspondía a la corona”. Las perlas habían estado en posesión del conde de Casa Alegre, que las recibió en nombre del rey. Villanueva no pudo aclarar si Casa Alegre había dejado las perlas en Cartagena o si se las había llevado con la flota a Portobelo. De ser así, la caja con las perlas descansaría en el fondo del mar junto al San José y el propio conde. Lo que es incuestionable es que la Flota de Tierra Firme que partió de España en 1706 fue un completo fracaso.

La parte de la corona

El fabuloso tesoro que se disputan de distinta forma el actual Perú, Colombia y España oculta una realidad que apenas sale a la luz cuando la fascinación por los tesoros hundidos en el mar cautiva la imaginación. Cuando los restos de la azarosa flota llegaron por fin a España resultó que las cuentas del rey habían mermado dramáticamente: apenas recaudaron un millón y medio de pesos, el equivalente a un año, cuando habían transcurrido seis.

Los desastres, las reparaciones de las flotas maltrechas, los salarios, los retrasos y las cuentas pendientes, se llevaron una gran parte antes de llegar a España. Y el Virreinato de Perú gastaba hacia principios del siglo XVIII más de lo que ingresaba. Además de administrar las finanzas de una extensión enorme, Lima había sufrido un terremoto en 1687 que devastó la ciudad.

Las monedas relucen en el fondo pero no brillaron en la superficie. Las imágenes esta semana de cañones y vasijas en el fondo del mar despejan la leyenda de uno de los pecios más buscados por los cazatesoros de todo el mundo y abre una nueva polémica sobre a quién pertenece lo que se pueda recuperar.

Batallas legales

Sin que ni una sola pieza de oro o plata haya emergido aún, los gobiernos de tres naciones, además de la empresa Sea Search Armada, que ya dijo haber localizado el pecio hace tres décadas y que litiga con Colombia desde entonces, se han enzarzado en una disputa que amenaza con años de batallas legales, como ya ocurriera con el célebre tesoro de Nuestra Señora de las Mercedes. Colombia esgrime la territorialidad de sus aguas. España, la soberanía sobre lo que considera un buque de Estado, protegido por un convenio de la Unesco, que Colombia no ha suscrito. Y Perú, la procedencia de la plata, que en su mayor parte salió de las minas de Potosí.

En el fondo del mar yacen con el presumible oro y las joyas preciosas los marinos españoles que perecieron defendiendo la nave, y la gloria de un pasado colonial: la grandiosa empresa marítima del Imperio Español que recorría medio mundo basado en el monopolio comercial y la explotación y que se dilapidó con los siglos.

Los 13 de la Fama, los hombres que acompañaron a Pizarro a conquistar el Perú


ABC.es

  • «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», afirmó el conquistador extremeño cuando se encontraba a las puertas del Imperio Inca. Solo 13 de los 112 hombres decidieron ser ricos y pasar a la Historia
Wikipedia «Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

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«Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

Tras dos años y medio de viajes hacia el sur, Pizarro recibió órdenes de cancelar la expedición al Perú y regresar a Panamá. El extremeño, que carecía de la elocuencia de su sobrino lejano Hernán Cortes, el conquistador de México, pero estaba convencido de que era la empresa más importante de su vida, trazó una raya en el suelo y dijo con palabras gruesas: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Solo 13 hombres de los 112 supervivientes que componían su expedición decidieron cruzar la línea para «ser ricos en el Perú».

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Existe el acuerdo historiográfico de considerarle hijo ilegitimo de Gonzalo Pizarro Rodríguez, un destacado hombre del Gran Capitán, pero lo cierto es que incluso su año de nacimiento es motivo de controversia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje incluso en nuestros días.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

La primera expedición partió en septiembre de 1524, pero resultó un completo desastre para los 80 hombres y 40 caballos que la integraban. Hubo que esperar otros dos años hasta que Pizarro tomó contacto, al mando de 160 hombres, con los nativos del Perú. A la vista de que por fin había opciones de cubrirse en oro, Pizarro mandó a Almagro de vuelta a Panamá a pedir refuerzos al gobernador antes de iniciar la incursión final. Sin embargo, no solo le negó los refuerzos sino que ordenó que regresaran de forma inmediata. Fue entonces, en la isla de Gallo, cuando el extremeño trazó una línea en el suelo y, según los cronistas, afirmó: «Camaradas y amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros y desamparos; la otra la del gusto. Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».

Los Trece de la Fama, hacia el Impero Inca

Solo 13 hombres, «los Trece de la Fama», decidieron quedarse junto a Pizarro en la isla del Gallo, donde todavía permanecieron otros cinco meses hasta la llegada de los pocos refuerzos que pudo reunir Diego de Almagro y Hernando de Luque, bajo el mando de Bartolomé Ruiz. Cuando estuvieron listos partieron hacia el sur, dejando enfermos en la isla a tres de los 13 al cuidado de los indios naborías venidos en la nave de Ruiz. Así y todo, esta primera expedición que alcanzó el Perú lo hizo a modo de exploración para sopesar las opciones lucrativas del territorio. Hubo que esperar hasta 1532 para que los planes militares del extremeño se materializaran.

Quizás recordando las dificultades que habían tenido Cristóbal Colón e incluso Hernán Cortés para reclamar sus derechos sobre territorios conquistados, Francisco Pizarro se trasladó a España antes de comenzar la incursión armada para obtener derechos de conquista sobre esta zona. La capitulación que Pizarro firmó con la Reina Isabel de Portugal, en nombre de Carlos I de España, en Toledo, le concedió derechos de dominio sobre la zona de Perú que iba desde el Río de Santiago (Río de Tempula) en Colombia, hasta el Cuzco. El documento, además, otorgó el título de hidalgo a «Los 13 de la Fama por lo mucho que han servido en el dicho viaje y descubrimiento». Un hecho que ha permitido a los historiadores identificar –no sin cierta controversia debido a las contradicciones documentales– a esos 13 hombres que quisieron ser ricos en el Perú. Los nombres de estos fueron Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Francisco de Cuéllar, Domingo de Solaluz, Nicolás de Ribera, Antonio de Carrión, Martín de Paz, García de Jarén, Alonso Briceño, Alonso Molina, Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón y Juan de la Torre.

Archivo del Capitolio de EE.UU. Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Archivo del Capitolio de EE.UU.
Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Finalmente, Pizarro zarpó desde la ciudad de Panamá con 180 soldados en 1532 a la conquista del Imperio Inca. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

No en vano, la dificultades que pasó el contingente de españoles, donde el calor y las enfermedades les acosó durante todo el trayecto, alcanzaron la categoría de legendarias cuando tuvieron que abrirse paso entre miles de incas, sin registrar una sola baja, con la intención de capturar al líder Atahualpa en Cajamarca. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos?, es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por Atahualpa al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

ABC «Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

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«Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin del Imperio Inca. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos. Esta guerra se benefició, de hecho, de los conflictos internos entre los conquistadores, que cesaron momentáneamente con la victoria de Pizarro y sus hermanos en 1538 sobre su otrora aliado, Diego de Almagro, que fue decapitado y despojado de sus tierras. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios supervivientes de Almagro irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño.

Hallan un buque español que naufragó en 1681 cerca de Panamá


El Mundo

  • ARQUEOLOGÍA SUBMARINA
  • ‘Nuestra Señora de la Encarnación’ de la Carrera de Indias
  • Localizado por investigadores de la Universidad Estatal de Texas es uno de los muchos que naufragaron en el Caribe, pero uno de las pocos que no había sido saqueado

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Hace tres años, un grupo de arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas (EEUU) localizó los restos de un navío hundido en el siglo XVII en las proximidades de la desembocadura del río Chagres (Panamá). Ahora, la investigación ha determinado que esos restos pertenecieron al buque mercante español de Nuestra Señora de la Encarnación: un navío de la flota de Tierra Firme, integrada en la denominada Carrera de Indias, que en 1681 quedó enterrado bajo las aguas del Océano Atlántico tras una fuerte tormenta cuando se dirigía a Portobelo.

La embarcación fue una de las muchas que naufragó por aquel entonces en esta zona caribeña, pero es una de las pocas que se ha logrado recuperar. Y aunque no oculta ningún tesoro en su interior, su gran estado de conservación confirma el uso que ya se hacía en el siglo XVII de materiales del Nuevo Mundo para la construcción de navíos europeos. Es una de las principales conclusiones del hallazgo extraídas por los arqueólogos, ya que lo habitual es que la acción corrosiva del agua marina dañe a estos pecios con el paso del tiempo.

Además, a pesar de hundirse a pocos metros bajo el mar, no hay evidencias de que el barco sufriera algún tipo de saqueo, algo poco habitual. El jefe de arqueología subacuática del Centro Meadows para el Agua y el Medio Ambiente de la Universidad Estatal de Texas, Frederick “Fritz” Hanselmann, aseguró en un comunicado que los restos encontrados incluyen “porciones inferiores del casco del buque y parte de la carga” que estaba alojada en la bodega. En ella se han localizado barriles y cajas de madera con hojas de espadas, tijeras, herraduras y piezas de cerámica en su interior.

La Flota de Indias

Una antigua investigación realizada en Sevilla por el historiador José Espinosa mantiene que el buque fue construido originalmente en el territorio de Veracruz (actual México). Precisamente al puerto mexicano llegaba una de las flotas -conocida como Nueva España– enviadas desde la capital hispalense (Cádiz asumiría esta función a partir de 1679) para llevar hasta la Corona española las riquezas encontradas (oro, plata, especias, etc.). Sin embargo, el buque La Encarnación formó parte de la otra gran flota: Tierra Firme, que partía rumbo a Cartagena de Indias para recoger el cargamento del norte de América del Sur.

Las dos flotas funcionaban bajo el mando de su matriz, la Flota de Indias: un sistema de convoys que buscaba aumentar la seguridad del transporte de las mercancías por el Océano Atlántico en un momento en el que la piratería y la enemistad de ingleses y franceses por la colonización española de América amenazaban a las embarcaciones de la Monarquía Hispánica, la potencia hegemónica de los mares por aquel entonces. Este método, integrado por galeones fuertemente armados con cañones y barcos mercantes para llevar la carga, estuvo en activo desde la década de 1520 hasta 1776.

Uno de los investigadores inspecciona la zona del hallazgo The Meadows Center for Water and the Environment

Uno de los investigadores inspecciona la zona del hallazgo
The Meadows Center for Water and the Environment

Una vez que las dos flotas cargaban sus mercancías por separado partían hacia La Habana, Cuba, lugar desde el que salían conjuntamente -cuando el tiempo lo permitía- de regreso a España. Para ello atravesaban el estrecho de Florida y la corriente del Golfo de México, continuando después por el norte del archipiélago de las Bahamas para alcanzar los vientos alisios del oeste, más propicios para la navegación. Dos escoltas armadas acompañaban a los buques mercantes. La de Tierra Firme solía ser más numerosa que la de Nueva España, ya que incluía los galeones de la plata que transportaban los cargamentos de plata real de las minas del Perú.

Pero aunque el sistema de convoys armados logró con éxito mantener alejados a los corsarios franceses y británicos, las dificultades climáticas, los bancos de arena o los huracanes caribeños fueron una continua amenaza para los buques españoles. La combinación de estos factores provocó que muchos navíos, como La Encarnación, quedaran sepultados bajo las aguas del Atlántico.

Hallazgo casual

Los científicos afirman que las cosas no suelen ocurrir nunca por el destino o el azar, sin embargo hay ocasiones en las que se producen hechos de forma fortuita. Ese puede ser el caso perfectamente del equipo de arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas. Los investigadores reconocen que no andaban tras la pista de La Encarnación, ya que cuando dieron con sus restos se encontraban en plena búsqueda de las cinco naves que el famoso y despiadado pirata Henry Morgan perdió en 1671, tras una tormenta, cuando se dirigía a saquear la ciudad de Panamá. Diez años antes de que se hundiera La Encarnación.

Grabado del corsario Henry Morgan The New York Public Library

Grabado del corsario Henry Morgan
The New York Public Library

En 2010, los investigadores recuperaron algunos cañones pertenecientes a esas embarcaciones lideradas por el legendario corsario galés que se perdieron durante el naufragio, lo que hace que los arqueólogos no pierdan la fe en el proyecto. “La búsqueda de los barcos perdidos de Morgan continuará y quién sabe qué más podemos descubrir en el camino”, explicaba Hanselmann en el comunicado. Morgan, nombrado caballero por el rey Carlos II de Inglaterra en 1674, se convirtió en una leyenda para la cultura popular, ya que así lo demuestran las numerosas novelas o películas que han adoptado su figura para protagonizarlas.

La humillante derrota que acabó con la vida de Drake, el héroe nacional inglés


ABC.es

  • Tras el monumental fracaso que supuso «la Contraarmada inglesa», el pirata Francis Drake cayó en el ostracismo político durante seis años hasta que en 1595 le llegó la oportunidad de resarcirse en el Caribe. Allí fue humillado por una minúscula fuerza española en Panamá

    Wikipedia Retrato de Sir Francis Drake pintado por Marcus Gheeraerts el Joven

    Wikipedia | Retrato de Sir Francis Drake pintado por Marcus Gheeraerts el Joven

Embarcado en su buque insignia «El Pelican», cuya construcción fue subvencionada con dinero de la Corona inglesa, Francis Drake realizó la segunda circunvalación al globo en 1579, la cual aprovechó para asaltar de paso las indefensas poblaciones españolas en el Pacífico, que no habían conocido hasta entonces mayor amenaza europea que la presentada por portugueses y españoles. A su regreso a Inglaterra, el pirata fue recibido como un héroe nacional y nombrado Sir por la Reina. Como queriendo solapar que los españoles ya habían dado la vuelta al mundo 55 años antes con la expedición Magallanes-Elcano, los ingleses celebraron la hazaña de Drake como un hito de la navegación mundial. Durante años, la suerte siguió acompañando al inglés, que secuestró a pilotos portugueses y españoles para acometer su gran gesta, pero le abandonó en el peor momento. El Caribe español le devolvió parte de las afrentas cometidas en 1596, el año de su muerte y de su derrota más humillante.

Francis Drake consiguió su fama como militar saqueando los puertos españoles en el Caribe cuando Inglaterra y el Imperio español ni siquiera estaban oficialmente en guerra. Bajo el mando de su primo segundo John Hawkin, aprendió con solo 13 años lo rentable que resultaba atacar los puertos españoles aprovechando las deficientes defensas hispanas y el lucrativo negocio del contrabando de esclavos. Lo cual no evitó que sufriera en persona una derrota de envergadura en esos años. En 1567, Hawkins realizó su tercera acometida contra las posesiones hispánicas. Tras hacerse con 450 esclavos en Guinea y Senegal, puso rumbo al Caribe al frente de seis barcos, entre los que estaba «El Judith», capitaneado por Drake. Una tormenta los obligó a dirigirse a Veracruz, donde, haciéndose pasar por la armada española, forzaron al virrey Martín Enríquez de Almansa a entregarles suministros. Para su desgracia, a los pocos días arribó en Veracruz la auténtica armada española. Cuatro buques piratas fueron hundidos, 500 tripulantes abatidos y las ganancias del contrabando de esclavos capturadas casi en su totalidad. Drake y su primo pudieron escapar de milagro. Estaban resueltos a remediar en los siguientes años aquella humillación.

La oportunidad de los puertos mal defendidos

La primera actuación individual de Drake lo bastante reseñable para ser mencionada ocurrió en 1572. Un año después de que la mejor generación de marineros españoles se doctorara en el Golfo de Lepanto, Drake asoló indefensos puertos en el Caribe, entre ellos el Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, y Cartagena de Indias, y capturó un convoy español cargado de oro y plata con la ayuda del pirata francés Guillermo Le Testu. Esta acción reportó una gran fortuna a Drake e hizo que la Corona inglesa le designara para la misión de atacar intereses españoles en el Pacífico.

La vuelta al mundo de Drake y sus hombres fue enormemente lucrativa. El botín obtenido fue valorado en 250.000 libras, una suma equiparable al presupuesto anual del Parlamento británico. El 4 de abril de 1581, la Reina Isabel I subió en persona al buque insignia de Drake y le nombró caballero allí mismo. De golpe y porrazo, el pirata se había convertido en un hombre respetable, con su asiento en el Parlamento y con responsabilidad en la armada inglesa. En este contexto, con la guerra ya oficialmente declarada entre ambos países, la Reina puso al corsario inglés al frente de una flota de 21 naves y 2.000 hombres con el objetivo de atacar de nuevo el Caribe español en 1586. Como explica Carlos Canales en el libro «Las reglas del viento: cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI», pese a los éxitos iniciales en Santo Domingo y Cartagena de Indias, el botín final de 200.000 ducados se antojó insuficiente para cubrir los daños registrados en 18 de los buques y la muerte de la mitad de la tripulación original.

Wikipedia | Ilustración del «El Pelican», el barco que usó Drake para dar la vuelta al mundo

Wikipedia | Ilustración del «El Pelican», el barco que usó Drake para dar la vuelta al mundo

Cansado de ver sus barbas chamuscadas, como rezaba una expresión acuñada por el propio Drake, Felipe II tomó la determinación en 1587 de atacar a los ingleses en su propio territorio. Los preparativos a cargo de Álvaro de Bazán, uno de los héroes de la batalla de Lepanto, sufrieron el sabotaje de Drake, quien el 29 de abril de ese año atacó el puerto de Cádiz y hundió una veintena de embarcaciones españolas. Durante esta misma expedición, los ingleses capturaron cerca de la isla de San Miguel, en las Azores, una carraca procedente de la India con un tesoro valorado en 140.000 libras.

Dentro de la estrategia para defenderse del ataque español de 1588, Drake fue nombrado vicealmirante de la flota inglesa bajo las órdenes del almirante Charles Howard. Una leyenda inglesa cuenta que Francis Drake se encontraba jugando a los bolos en la localidad de Plymouth cuando fue avisado de la llegada de la flota que Felipe II había mandado contra la Reina Isabel I. «Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles», afirmó el corsario antes de arrojar la siguiente bola. Un episodio inverosímil que el historiador naval Agustín Rodríguez González asemeja al clásico «mito fundacional» –en su libro «Drake y la Invencible»– para esconder una verdad vergonzosa: el secreto peor guardado de Europa sorprendió al grueso de la escuadra inglesa en puerto y sin la artillería preparada. Drake, sin auténtica experiencia en guerra naval, se encontraban reparando y aprovisionando sus barcos tras un fracasado intento por emboscar a la flota España durante su salida. La flota de Plymouth estaba acorralada.

El Duque de Medina-Sidonia, el comandante español, decidió seguir de largo en contra de la opinión de la vieja guardia de oficiales que había servido con su predecesor, Álvaro de Bazán, quien había fallecido durante los preparativos. La decisión condenó a la Armada a vagar hacia el desastre sin objetivos claros, más allá de la quimera de recoger a las tropas de Flandes, algo en lo que Alejandro Farnesio –comandante de esa infantería– no puso mucho empeño. Sin que en ningún momento se entablara un combate naval masivo más allá del incansable hostigamiento británico, Drake tuvo su momento de mayor protagonismo durante los combates también en Plymouth, donde Diego Flores de Valdés rindió el galeón «Nuestra señora del Rosario» al corsario inglés sin oponer ninguna resistencia.

Wikipedia | Monumento de bronce en Tavistock que reproduce la leyenda de Drake jugando a los bolos

Wikipedia | Monumento de bronce en Tavistock que reproduce la leyenda de Drake jugando a los bolos

La «Contraarmada», el gran fracaso de Drake

Tras el desastre de la Armada española en 1588, Isabel I de Inglaterra ordenó a Drake lanzar un contraataque contra España, la conocida como «Contraarmada», que curiosamente tuvo un destino tan trágico como el de su precursora española. A falta de la experiencia española para la organización de una operación de grandes dimensiones, que tampoco había servido de nada a éstos, la aventura de la escuadra inglesa acabó en un irremediable desastre. El primer objetivo fue La Coruña, que albergaba a algunos barcos supervivientes de la Empresa inglesa todavía en reparación. Y aunque los ingleses tomaron parte de la ciudad, la actuación heroica de las milicias, entre las que se contaba la popular María Pita, forzaron la huida de los extranjeros sin obtener botín.

A continuación, Drake y su flota –formada por más de un centenar de barcos de distinto tamaño– se dirigieron a Lisboa con la intención de provocar un levantamiento portugués contra los españoles. El desembarco de cerca de 10.000 hombres para «liberar» Lisboa fue inicialmente un éxito, pese a que las epidemias ya empezaban a causar estragos entre las tropas angloholandesas. Sin embargo, la durísima guerra de desgaste que padeció el ejército de Drake durante su marcha hacia las inmediaciones de Lisboa y la brillante actuación de Alonso de Bazán –hermano del célebre marino– al frente de una escuadra de galeras hizo imposible que la capital portuguesa fuera rendida. Al contrario, el 16 de junio, siendo ya insostenible la situación del ejército inglés, Drake ordenó la retirada, que fue seguida de una asfixiante persecución a cargo de las fuerzas hispano-lusas. El resto de la campaña, que trasladó la acción a las islas Azores, tan solo sirvió para alargar la agonía de una expedición que, según el historiador británico M. S. Hume, costó la muerte o la deserción del 75% de los más de 18.000 hombres que formaron originalmente la flota.

Sir Francis Drake quedó condenado al ostracismo tras el fracaso, negándosele el mando de cualquier expedición naval durante los siguientes seis años. Su oportunidad de resarcirse llegó cuando la Reina inglesa, cansada de no haber cosechado nada más que derrotas desde 1588, volvió a depositar su confianza en él hacia 1595. El objetivo era de nuevo el Caribe. Así y todo, la escuadra real para esta misión –vertebrada en su mayor parte por particulares– fue puesta bajo un mando compartido, dado que la confianza en el liderazgo de Drake seguía en cuarentena. John Hawkins –muy deteriorado por la edad y enfrentado con Drake desde el fracaso de Veracruz– fue el otro almirante designado para la misión.

Desastre en el Caribe: España aprende de los errores

La expedición no pudo empezar de peor forma. En contra de la opinión de Hawkins, Drake ordenó atacar las Canarias y abastecerse allí antes de dirigirse al Caribe. Calculaba el pirata inglés tomar Las Palmas –defendida por apenas 1.000 hombres, la mayoría civiles– en cuestión de cuatro horas, pero los defensores rechazaron sin dificultad el primer desembarco. Con 40 muertos y numerosos heridos, la escuadra inglesa estimó inútil gastar más soldados en algo que iba a ser supuestamente sencillo pero no lo era. La captura de un capitán inglés en este tropiezo por las Canarias reveló las intenciones británicas y permitió dar aviso a las autoridades españolas del otro lado del charco.

Cuando la flota de Drake hizo acto de presencia en Puerto Rico, los defensores les recibieron con una hilera de cinco fragatas –de reciente construcción y adaptadas al escenario atlántico– apuntando sus cañones hacia los forasteros. La flota invasora tuvo que retirarse momentáneamente cuando los cañones españoles penetraron en la mismísima cámara de Drake justo cuando éste brindaba con sus oficiales. El jefe de la flota salió ileso, pero dos oficiales fallecieron y otros tantos quedaron gravemente heridos. Además, la salud de John Hawkins se consumió por completo poco antes de estos primeros combates, dejando a Drake como único mando.

Pese al furioso recibimiento, los ingleses no desistieron y lanzaron un desembarco masivo con barcazas en la noche del día 23. Drake ordenó acercarse en silencio a las fragatas, que se mantenían como pétreas guardianas del puerto, para prenderlas fuego con artefactos incendiarios. Lejos de destruir los barcos españoles, solo uno quedó inservible, el fuego iluminó la noche facilitando que los defensores rechazaran el desembarco. La jornada acabó con 400 hombres muertos en el bando británico.

Wikipedia | Placa de bronce en Tavistock que reproduce la muerte de Drake en Portobelo

Wikipedia | Placa de bronce en Tavistock que reproduce la muerte de Drake en Portobelo

Además de las nuevas fragatas destinadas a luchar precisamente contra ataques piratas, los españoles habían aprendido de sus errores defensivos. Cuando Drake decidió alejarse finalmente de Puerto Rico –previo paso por dos pequeños pueblos, Río del Hacha y Santa Marta, que le reportaron escasísimo botín– tuvo que descartar atacar Cartagena de Indias al ver las imponentes defensas con las que ahora contaba la ciudad. El objetivo, por tanto, se trasladó a Panamá, donde ordenó un doble ataque, por tierra y por mar, que tuvo un destino parecido a lo ocurrido en Lisboa siete años atrás. Baskerville, al frente de 900 soldados, se dirigió por tierra hacia las cercanías de Panamá. En el camino se topó con un pequeño reducto, el San Pablo, guarnecido por 70 hombres al mando de Juan Enríquez, que impidieron por dos veces el avance inglés. Cuando llegaron otros 50 hombres a reforzar la guarnición, Baskerville decidió poner pies en polvorosa. La persecución, entre muertos, heridos y prisioneros, se saldó con 400 bajas entre los ingleses.

Desmoralizado, agotado y enfermo de disentería sangrante, Francis Drake buscó sin éxito posibles presas. El 27 de enero, estando fondeada la flota en la entrada de Portobelo, Drake pidió que le pusieran su armadura «para morir como un soldado». Falleció la madrugada siguiente y su cuerpo fue lanzado al mar dentro de un ataúd de plomo, en contra de su voluntad de ser enterrado en tierra firme. Aún sin tiempo de velar su muerte, dos de sus herederos, su hermano Thomas y su sobrino Jonas Bodenham, se enfrentaron en el mismo buque por algunas de las pertenencias del pirata.

Su otro legado, la desastrosa expedición en curso, todavía tuvo que hacer frente a otra dura prueba: el viaje de regreso a Europa. Así, llegaron a puerto solo ocho de los 28 buques iniciales y un tercio de los hombres.

Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega


ABC.es

  • El enclave, situado en la selva de Panamá, se hizo famoso por la resistencia que mostró a los ataques de Francis Drake, pues prefirieron quemar sus viviendas antes que entregarse
Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega

Esta civilización vivió por la zona de Portobelo (Panamá)

 «Volviendo a los valientes cimarrones […], porque los caledonios escuadrones no tuviesen victoria allí ninguna […] dieron luego a su Numancia honrada civil fuego». Así explica Lope de Vega en el poema «La Dragontea» el final de Santiago del Príncipe, el primer asentamiento fundado por negros libres —antiguos cimarrones o esclavos huidos de sus propietarios— en la América del imperio español y en toda la experiencia colonial americana.
Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega

Francis Drake

La población resistió los ataques de Francis Drake como una Numancia de procedencia africana, según la metáfora de Lope, y prefirió quemar su propio hogar antes que dejarlo caer en manos del pirata inglés. Ahora, más de 400 años después, historiadores y arqueólogos de la Universidad de Barcelona y del Patronato Panamá Viejo han localizado los restos de Santiago del Príncipe tras un año de trabajo de campo en una loma panameña, además de otro año previo revisando fuentes históricas, desde las del Archivo de Indias a la cartografía histórica o la literatura del Siglo de Oro.

Los cimarrones eran antiguos esclavos africanos que conseguían la libertad después de huir de los lugares de trabajo y de resistir los ataques de las autoridades coloniales españolas. En el caso de Panamá, la presencia de cimarrones dificultaba el paso de mercancías entre las ciudades de Panamá y Nombre de Dios, de manera que el dinero que salía de Perú no estaba seguro a causa de los ataques que los cimarrones realizaban a los convoyes que la transportaban entre ambos océanos.

El colectivo de cimarrones conocidos como los negros de Portobelo —por el territorio en el que se movían— firmó la paz con la corona española. Esta reconocía la libertad de los esclavos huidos y les entregaba tierras para que se asentasen a cambio del reconocimiento de la autoridad real y la colaboración con las autoridades coloniales. Este primer asentamiento fue Santiago del Príncipe, villa erigida en 1579 en las inmediaciones de la ciudad de Nombre de Dios. Los habitantes de Santiago del Príncipe mantuvieron sus autoridades propias, pero la corona nombró a un gobernador e impuso una pequeña tropa para la defensa de Nombre de Dios. Los antiguos esclavos cimarrones consiguieron la libertad para ellos y sus descendientes, así como la propiedad de las tierras.

Cerámica criolla del siglo XVI

Los profesores de la UB y miembros del CINAF Javier Laviña,Ricardo Piqueras y Jordi Tresserras explican que el proceso para hallar Santiago del Príncipe empezó con el estudio de las fuentes históricas y literarias de la época. A partir de esos escritos, delimitaron el área donde realizar la prospección arqueológica: «Hemos tenido que trabajar en una zona de monte que es de difícil acceso; lo era en la época de los ataques de Francis Drake y lo es ahora», afirman.

Después de un año de trabajo de campo, hallaron los restos de Santiago del Príncipe, que incluyen una gran cantidad de cerámica criolla del siglo XVI. «Sin duda, el hallazgo de esta Numancia negra, además de tener gran importancia histórica, reforzará la identidad afrocolonial», concluyen los investigadores, que tienen como proyecto seguir excavando en las inmediaciones de los restos descubiertos.

Hallada una tumba precolombina con cerca de mil años de antigüedad en Panamá


Viernes 22/06/07 0:29 EFE – La Vanguardia

Panamá. Una tumba precolombina con restos de cuatro personas, de más de mil años de antigüedad, fue hallada en el patio de una residencia de un barrio que colinda con el Conjunto Monumental Histórico de Panamá Viejo, confirmó el arqueólogo Carlos Fitzgerald.

El enterramiento fue encontrado en una residencia del barrio de San Francisco donde los dueños, antes de hacer un anexo en las instalaciones de la casa, decidieron llamar a Fitzgerald ya que anteriormente en el área se habían dado hallazgos de artesanías y restos humanos de otras épocas.

Entre los restos humanos encontrados recientemente, además de una docena de cerámicas, estaba el de una mujer menor de 17 años, el de un hombre de un poco más de 18 años y el de una persona adulta.

También se encontró, pero en otra área excavada, la mandíbula de un niño. De las 12 piezas de cerámica y de barro, de las cuales ocho están intactas, una de ellas tiene un diseño trípode, que sería la primera vez que se encuentra este tipo de pieza arqueológica en la capital.

Fitzgerald sustenta sus apreciaciones sobre la antigüedad de los cuerpos, un periodo de 900 ó 1.000 años después de Cristo, señalando que “lo sabemos por la comparación hecha con hallazgos muy similares que aparecen en Panamá Viejo, donde existen toda una serie de enterramientos precolombinos”.

“Por análisis comparativos sabemos que la cerámica es igual, el tipo de hueso es igual, el tipo de contexto de la arena también lo es”, subraya el ex responsable de la Dirección de Patrimonio Histórico.

El experto señaló que en el área pueden darse otros hallazgos similares, porque previamente se han encontrado restos, que podrían determinar tras las pruebas de ADN a qué grupo étnico pertenecían las personas enterradas.

Para ello se cuenta con el apoyo de los Institutos Smithsonian y Gorgas y del Patronato de Panamá Viejo, así como con la autorización de la Dirección de Patrimonio Histórico, “toda vez que se trata de un proyecto de investigación académica y no comercial”, según la fuente.