La salvaje muerte de Francisco Pizarro a manos de otros conquistadores españoles


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  • Los partidarios del hijo de Diego Almagro, antiguo aliado de Pizarro, entraron en su palacio el 26 de junio de 1541 para darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta», relata un cronista sobre su amargo final
Wikipedia Francisco Pizarro trata de defenderse del ataque de los seguidores de Almagro

Wikipedia | Francisco Pizarro trata de defenderse del ataque de los seguidores de Almagro

 Francisco Pizarro sobrevivió a casi todo. A la ingrata tierra extremeña, al duro viaje a través del Atlántico y a una lucha contra millares de guerreros incas, pero no pudo hacer nada contra la ira de sus propios compatriotas: acabó sus días apuñalado por otros españoles en su palacio en Lima.

Entre el grupo de españoles que acompañó a Pizarro a la conquista del Imperio Inca se sucedieron las traiciones, como la protagonizada por Diego de Almagro, y los intentos por alcanzar la gloria de forma individual a toda costa, como ocurrió con Sebastián de Belalcázar y su desesperada búsqueda de El Dorado. Y quien siembra vientos recoge tempestades. Cuando Pizarro pensaba que moriría de viejo rodeado de sus fieles hermanos, junto a los cuales había dado muerte al traicionero de Almagro, irrumpieron los partidarios del hijo de Almagro el 26 de junio de 1541 en el palacio del extremeño para darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta», según la descripción de un cronista.

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 que Pizarro alcanzó un cargo de cierta relevancia: alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

ABC Francisco Pizarro se encuentra con el líder inca Atahualpa

ABC | Francisco Pizarro se encuentra con el líder inca Atahualpa

Diego de Almagro procedía de la villa manchega de Almagro, en Ciudad Real, de donde tomó el apellido por ser hijo ilegítimo de Juan de Montenegro y Elvira Gutiérrez. Criado por su severo tío Hernán Gutiérrez, Almagro decidió refugiarse a los 15 años en el hogar de su madre, que permanecía separado de su vástago a causa de su condición de hijo ilegítimo. La madre de Almagro le entregó un trozo de pan y unas monedas y le dijo: «Toma, hijo, y no me des más presión, y vete, y ayúdate de Dios en tu aventura». Así lo hizo. Almagro arribó en el Nuevo Mundo el 30 de junio de 1514, donde iba a iniciar años después una lucrativa aventura con Pizarro. Tras aventurarse en las profundidades del Imperio Inca, la pequeña expedición de españoles se abrió paso entre miles de incas para capturar al líder local Atahualpa, en Cajamarca. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre.

No en vano, la captura y posterior muerte de Atahualca no trajo tras de sí la caída del Imperio Inca. La guerra se alargó varias décadas, precisamente, por los conflictos internos entre los conquistadores. Las rencillas internas ente los partidarios de Almagro y los de Pizarro, que luchaban por delimitar los territorios que pertenecían a cada uno de los bandos, como si fueran ellos los propietarios y no la Corona, estallaron en conflicto armado en 1535. Tras un choque entre facciones, conocido como la batalla de Las Salinas, Pizarro cogió prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El conquistador suplicó por su vida, a lo cual respondió uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, diciendo: «Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio». Finalmente, fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento de torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.

El conquistador «se defendió bravamente»

Pizarro despojó de sus tierras al hijo de Almagro y le cerró el acceso al cargo que había ostentado su padre, gobernador de Chile. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, el 26 de junio de 1541 un grupo de veinte españoles congregados en torno a la figura del hijo de Diego Almagro, cuyo nombre era similar al de su padre, entraron sigilosamente en el palacio de Pizarro en Lima y asesinaron al conquistador extremeño. Pizarro, de 65 años de edad, murió con al menos 20 heridas de espada. En posteriores estudios, el antropólogo forense Edwin Greenwich ha defendido que por las evidencias se puede afirmar que «Pizarro se defendió bravamente» e incluso su rostro quedó desfigurado: recibió una estocada que indica que le vaciaron el ojo izquierdo y otro corte recto en el pómulo derecho.

Los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad, pero quedaron lejos de tomar ventaja en esta guerra civil entre conquistadores. El conflicto se prolongó durante años obligando incluso a la Monarquía hispánica a tomar partido. En este contexto, el hermano menor de Pizarro, Gonzalo, encabezó la Gran Rebelión de Encomenderos en 1544 contra la Corona española en protesta por la dación de las Leyes Nuevas. Él y muchos de los conquistadores rebeldes fueron ajusticiados por esta causa.

Los 13 de la Fama, los hombres que acompañaron a Pizarro a conquistar el Perú


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  • «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», afirmó el conquistador extremeño cuando se encontraba a las puertas del Imperio Inca. Solo 13 de los 112 hombres decidieron ser ricos y pasar a la Historia
Wikipedia «Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

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«Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

Tras dos años y medio de viajes hacia el sur, Pizarro recibió órdenes de cancelar la expedición al Perú y regresar a Panamá. El extremeño, que carecía de la elocuencia de su sobrino lejano Hernán Cortes, el conquistador de México, pero estaba convencido de que era la empresa más importante de su vida, trazó una raya en el suelo y dijo con palabras gruesas: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Solo 13 hombres de los 112 supervivientes que componían su expedición decidieron cruzar la línea para «ser ricos en el Perú».

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Existe el acuerdo historiográfico de considerarle hijo ilegitimo de Gonzalo Pizarro Rodríguez, un destacado hombre del Gran Capitán, pero lo cierto es que incluso su año de nacimiento es motivo de controversia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje incluso en nuestros días.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

La primera expedición partió en septiembre de 1524, pero resultó un completo desastre para los 80 hombres y 40 caballos que la integraban. Hubo que esperar otros dos años hasta que Pizarro tomó contacto, al mando de 160 hombres, con los nativos del Perú. A la vista de que por fin había opciones de cubrirse en oro, Pizarro mandó a Almagro de vuelta a Panamá a pedir refuerzos al gobernador antes de iniciar la incursión final. Sin embargo, no solo le negó los refuerzos sino que ordenó que regresaran de forma inmediata. Fue entonces, en la isla de Gallo, cuando el extremeño trazó una línea en el suelo y, según los cronistas, afirmó: «Camaradas y amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros y desamparos; la otra la del gusto. Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».

Los Trece de la Fama, hacia el Impero Inca

Solo 13 hombres, «los Trece de la Fama», decidieron quedarse junto a Pizarro en la isla del Gallo, donde todavía permanecieron otros cinco meses hasta la llegada de los pocos refuerzos que pudo reunir Diego de Almagro y Hernando de Luque, bajo el mando de Bartolomé Ruiz. Cuando estuvieron listos partieron hacia el sur, dejando enfermos en la isla a tres de los 13 al cuidado de los indios naborías venidos en la nave de Ruiz. Así y todo, esta primera expedición que alcanzó el Perú lo hizo a modo de exploración para sopesar las opciones lucrativas del territorio. Hubo que esperar hasta 1532 para que los planes militares del extremeño se materializaran.

Quizás recordando las dificultades que habían tenido Cristóbal Colón e incluso Hernán Cortés para reclamar sus derechos sobre territorios conquistados, Francisco Pizarro se trasladó a España antes de comenzar la incursión armada para obtener derechos de conquista sobre esta zona. La capitulación que Pizarro firmó con la Reina Isabel de Portugal, en nombre de Carlos I de España, en Toledo, le concedió derechos de dominio sobre la zona de Perú que iba desde el Río de Santiago (Río de Tempula) en Colombia, hasta el Cuzco. El documento, además, otorgó el título de hidalgo a «Los 13 de la Fama por lo mucho que han servido en el dicho viaje y descubrimiento». Un hecho que ha permitido a los historiadores identificar –no sin cierta controversia debido a las contradicciones documentales– a esos 13 hombres que quisieron ser ricos en el Perú. Los nombres de estos fueron Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Francisco de Cuéllar, Domingo de Solaluz, Nicolás de Ribera, Antonio de Carrión, Martín de Paz, García de Jarén, Alonso Briceño, Alonso Molina, Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón y Juan de la Torre.

Archivo del Capitolio de EE.UU. Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Archivo del Capitolio de EE.UU.
Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Finalmente, Pizarro zarpó desde la ciudad de Panamá con 180 soldados en 1532 a la conquista del Imperio Inca. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

No en vano, la dificultades que pasó el contingente de españoles, donde el calor y las enfermedades les acosó durante todo el trayecto, alcanzaron la categoría de legendarias cuando tuvieron que abrirse paso entre miles de incas, sin registrar una sola baja, con la intención de capturar al líder Atahualpa en Cajamarca. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos?, es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por Atahualpa al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

ABC «Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

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«Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin del Imperio Inca. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos. Esta guerra se benefició, de hecho, de los conflictos internos entre los conquistadores, que cesaron momentáneamente con la victoria de Pizarro y sus hermanos en 1538 sobre su otrora aliado, Diego de Almagro, que fue decapitado y despojado de sus tierras. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios supervivientes de Almagro irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño.

Francisco Pizarro: la humanidad puede con la leyenda negra


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  • Carmen Martín Rubio ultima una biografía que demuestra su templanza, su carácter de estadista y su papel decisivo en la economía del siglo XVI
Francisco Pizarro: la humanidad puede con la leyenda negra

Francisco Pizarro: la humanidad puede con la leyenda negra

Francisco Pizarro es tal vez el más controvertido de los descubridores por la leyenda negra. Audaz y determinado en sus hechos de armas, la historia no le «perdona» que a un tiempo colonizara el riquísimo imperio de los incas -y ajusticiara al emperador Atahualpa– ni que tuviera que librar batallas contra sus subordinados (el resentido Diego de Almagro) o participar en el arresto y ejecución de Núñez de Balboa -fue su lugarteniente en el descubrimiento del Pacífico, en 1513– por orden del gobernador Pedrarias Dávila.

Y sin embargo, la imagen que el mundo tiene de Pizarro bien merece una revisión, sobre todo a la luz de las cartas que escribió, poco conocidas y en las que se refleja una figura mucho más compleja, la de un estadista con sentimientos y escrúpulos ante las decisiones difíciles que debió afrontar, y también con algunas ideas muy claras que se convertirían en las virtudes fundacionales del Nuevo Mundo hispano, como la apuesta por el mestizaje, el mandato (tantas veces fracasado) de tratar bien a los indios y la pacificación. Eso es lo que asegura la historiadora Carmen Martín Rubio, que ultima una biografía sobre el conquistador, que aparecerá el próximo año y está llamada a cambiar estos prejuicios.

Según sus conclusiones, antes de juzgarle no debemos olvidar que Pizarro viene de una cuna humilde. «Aunque pertenece a una familia aristocrática de Trujillo fue rechazado por su padre. Tal vez ese hecho influye en el afán de superación que gobierna toda su biografía», comenta la historiadora.

Pizarro es hijo ilegítimo, se cría con su madre y su abuelo maternos, campesinos y roperos. Es un niño que no aprende a leer. Se conserva la partida de bautismo y allí se le consigna como Francisco González, con el apellido de la madre. «No llevará el apellido de su padre hasta los 12 años. Cuentan los cronistas -nos recuerda Martín Rubio- que un día su abuelo paterno lo vio jugando en la calle y se dio cuenta del parecido con él y con su hijo, y convence a su hijo para que le dé apellido. El padre nunca quiso saber nada de él. Ni le menciona en el testamento».

La vida de los conquistadores es pura adrenalina, su sangre y su siglo corren aceleradamente por biografías vertiginosas. Pizarro viaja a Italia a los 17 años, lucha en los Tercios junto al Gran Capitán y aprende la ciencia militar. Al comenzar el siglo XVI viaja a América. En 1513 le tenemos junto con Vasco Núñez de Balboa, descubriendo el Pacífico, en una expedición cuyo quinto centenario conmemoramos y en la que oye por primera vez a los indígenas hablar del rico reino del Birú.

En 1526 comienza a buscar el mítico imperio y en 1534 toma Cuzco, tras una década de sacrificios, horrores y hambrunas sin cuento, superando indisciplinas y desafíos que, aun hoy recordados, cortan el aliento. Gobierna y enriquece a la Corona como pocos, ya que las grandes minas están en sus dominios. La corriente de oro y plata de Perú, Charcas y Potosí que inunda Europa y funda el capitalismo, mana de su Gobierno.

En las cartas que Pizarro envió a Carlos V a través de su último secretario, recientemente recopiladas por el historiador Guillermo Lhoman Villena, se reflejan motivaciones y sentimientos incompatibles con la caricatura de la leyenda negra. Martín Rubio recuerda que, por ejemplo, cuando Almagro le vence en Abancay, escribe conmocionado por la persecución y muerte de sus hombres: .me duele y me llora el corazón, que no sé que sufrimiento me basta de no reventar con ver tales cosas e no puedo creer sino que el enemigo ha reinado en este hombre pues todas las cosas permite y consiente».«..

Poco tiempo después, tras vencer a Almagro y ejecutarle (dejando, eso sí, vivos a sus oficiales, los mismos que a la postre se conjurarían con el hijo de Almagro para asesinarle) muestra compasión por la orfandad que provoca: Tengo por [él] amor que a su padre tuve, aunque él en muerte y en vida procuró mi daño y mi deshonra, por la crianza que en mi casa tomó y porque yo le he de tener por hijo, suplico a Vuestra Majestad muy humildemente tenga de él memoria y le mande hacer mercedes, pues haciéndolas a él las recibo yo, pues su padre sirvió a Vuestra Majestad».«Don Diego, hijo del adelantado, que Dios tenga en el Cielo, queda muy pobre.

Y quien tanta riqueza proporcionó no logró convencer al Emperador del orgullo de sus hazañas: se me dé como se ha dado a los demás que han servido (…) ninguno me ha hecho ventaja como los demás lo conocen por los grandes tesoros que de mis trabajos ha recibido»«Mande que , (solicitaba la Gobernación sobre Charcas para que la explotación de sus minas le ayudasen a sostener su gobierno, una solicitud que no le fue concedida).

Sus dos últimas misivas muestran al hombre abatido, que ha dedicado su vida, energía y hacienda a vastas conquistas, exploraciones y fundación de ciudades. en el hospital cargado de deudas por sostener la tierra…»«E a mi me abate y me pone, dice en un lugar. Y luego: me dejáis a que obre natura, o muera o viva, dejándome abierta la sepultura»«Parece que, como a hombre desahuciado de vida, .

Once días después de escribir esa carta Pizarro era asesinado en su propia casa por los partidarios de Diego de Almagro, los antiguos oficiales que había perdonado, alentados por el liderazgo del hijo de su lugarteniente por el que había intercedido. Lo cierto es que solo la explotación de las minas de Charcas podrían haber vigorizado el poder económico de un hombre con tierras pero sin dinero, que había reinvertido en mejorar las ciudades y otras empresas. No murio rico, no murió bien, quien tan bien había servido a su Rey.

Así dice su testamento sobre la venta de sus bienes como única posibilidad de recuperar el dinero que necesita para sostener sus tierras: tanto de mis bienes e quanto a ellos les pareciere e bien visto fuere que son menester para cumplir e pagar este mis testamento e venderlos e rematarlos en publica almoneda para que dellos e de lo procedido dellos cumplan efectúen e paguen todo lo contenido en este micho testamento o en todos los dichos mis bienes remanecientes cumplido y efectuado este mis testamento e postrimera voluntad instituyo e dejo por mi universal eredero a Don Gonzalo Pizarro mi hijo en todos mis bienes asi del estado e marquesado que Su Majestad me tiene hecha merced como de todos los otros bienes que parecieren ser mios o pertenezcan por alguna causa o de derecho…».«…que por su propia autoridad e sin mandamiento de juez alguno puedan entrar a tomar

Una historia de amor

Cuando conquista el Perú ya es un hombre maduro, con más de 50 años. Atahualpa le regala una princesa, Quispe Sisa, de 17, hija de la cacica de Guayalas, luego bautizada como Inés Guayalas. Con ella tiene dos hijos (uno muere). Llega un paje al servicio de Pizarro, que debía ser muy esbelto y guapo. La princesa inicia una relación con el joven y Pizarro, lejos de dejarse arrastrar por la cólera, permite que Quispe Sisa se case con el joven. Desde luego, según Carmen Martín Rubio, esa no es la reacción de un hombre intemperado que se deja arrastrar por su cólera. Al contrario, la historiadora destaca que los cronistas no reportaron de Pizarro los excesos amatorios que sí se relataban de otros conquistadores.
Decide entonces casarse con otra princesa, la bellísima Cuxirimay Ocllo, bautizada Angelina Yupanqui, que había sido esposa del Inca Atahualpa. Con ella tuvo otros dos hijos, cuando ya contaba 61 y 62 años, poco antes de morir. Lo que queda claro, según la autora de la nueva biografía, es que Pizarro nunca quiso tomar esposa española, que habría podido, porque por entonces ya había mujeres españolas en América. Era consciente del nuevo mundo que nacía junto a él.