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  • Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo un altar cristiano en un palacio azteca. Al otro lado se hallaba uno de los terosos más grandes conocidos

La conquista de Tenochtitlan, de autor desconocido.

El 8 de noviembre de 1519 tuvo lugar al fin en la capital azteca el deseado encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Al mando de 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros, el extremeño se había internado hacia el corazón del Imperio azteca sumando para su causa, derrotando en muchos casos, a las tribus vasallas de Moctezuma y había logrado ser recibido por el dirigente azteca como un emisario de otro emperador, Carlos V de Alemania y I de España. Aquello iba a suponer la perdición del soberano azteca. Lejos de la visión grotesca dada por la leyenda negra, lo cierto es que la personalidad de Cortés era embriagadora y se le tenía por un seductor de serpientes. No le resultó complicado ganarse el favor de Moctezuma y obtener permiso para instalarse en el palacio de Axayácatl, perteneciente al padre de Moctezuma.

El soberano azteca quedó seducido por la la personalidad de Cortés, que entre veladas amenazas y palabras sedosas iba ganando más terreno y poder en Tenochtitlan. Montezuma solo se negó abiertamente a construir un altar cristiano en el Templo Mayor de la ciudad para acabar con la idolatría pagana, pero accedió a que se levantara en el palacio donde residían los conquistadores. Uno de los soldados, Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo el altar, tras lo cual avisó a sus compañeros y al propio Cortés, quienes no dudaron en romper la pared. No habían recorrido medio mundo para ahora frenarse por una puerta… El conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo relata el suceso:

«…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro Y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…»

Los frutos de un imperio rico y gigante

El Imperio azteca era la formación política más poderosa en la historia del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

Moctezuma II estaba considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario. Los frutos de su reinado fueron ricos y las arcas estaban repletas cuando llegó Cortés, si bien lo que los españoles hallaron detrás de la puerta tapiada fue el tesoro del anterior monarca, su padre. De hecho parece que se trataba de una especie de recámara o sala del tesoro.

Así y todo, las fuentes indígenas presentan otra versión de los hechos, donde los conquistadores aparecen como unos saqueadores y unos abusadores de la confianza azteca:

«Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan fuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como, travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, los collares de los ídolos, las lunetas de la nariz; hechos de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro […] y anduvieron por todas partes, anduvieron hurgando, rebuscando la casa del tesoro, los almacenes, y se adueñaron de todo lo que vieron.»

De una forma u otra, los españoles se apropiaron de todos estos tesoros y los juntaron con los conseguidos durante su campaña hacia Tenochtitlan. Y a pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores, Moctezuma dirigió en esos días un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. El soberano era a esas alturas ya prisionero de los españoles y no estaba en condiciones de negarles nada.

Sin embargo, cuando los ánimos parecían calmarse y los invasores planeaban su salida de la ciudad con los tesoros llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez había confiscado en la isla de Cuba los bienes de Hernán Cortés por conducir la empresa sin su permiso y había organizado un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar al extremeño.

El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez. Cortés se impuso, valiéndose de un ataque sorpresa, a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán. No obstante, allí su ausencia resultó fatal para los intereses españoles. Al mando de Pedro de Alvarado, la guarnición española se atrincheró en torno al tesoro amontonado, mientras la ciudad entraba en ebullición por el secuestro de su monarca y los excesos hispánicos. La muerte de algunos notables aztecas por orden de Alvarado porque planeaban supuestamente dirigir una rebelión contra los españoles desbordó la paciencia de la población indígena, que deseaban ver a los españoles en la piedra de los sacrificios más pronto que tarde.

Durante unos días, los europeos intentaron utilizar de nuevo a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; hasta que la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas. Cortés tomó esta decisión de salir secretamente en la noche presionado por sus capitanes. Y lo hizo sabiendo que aquello suponía abandonar uno de los mayores tesoros de la historia, entre joyas, objetos varios y oro fundido en barras, valorado en 700.000 ducados, de los que había que descontar una quinta parte para la Corona castellana.

Hernán Cortés expresó que «los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros». Y esa fue precisamente la razón de la lente marcha de la expedición española en su salida de la ciudad. Muchos de los conquistadores iban cargados de metales brillantes entre sus pertrechos. Asimismo, el capitán extremeño dispuso que siete caballos heridos y una yegua transportaran fuera de la ciudad al menos el oro perteneciente al Rey, en tanto el capitán Juan Velázquez de León y varios criados nombrados por Cortés debían defender el carro.

El factor secreto se perdió en pocos minutos. Una mujer que estaba sacando agua de su hogar descubrió a los españoles en su retirada de la ciudad y dio la voz de alarma. Miles de guerreros aztecas cayeron sobre los hombres de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas (unos 2.000), con un balance de más de 600 europeos muertos. Varios testigos afirmaron que el capitán Juan Velázquez de León murió defendiendo el oro del Rey, que había quedado perdido en la retaguardia.

El sueño del oro perdido

¿Qué fue de aquel tesoro?, ¿y del que se abandonó en el palacio azteca? Al día siguiente los soldados indígenas recogieron todo lo abandonado por los españoles, incluido el oro que se había hundido en el lago sobre el que se asentaba la ciudad, y los cadáveres fueron registrados de forma concienzuda. La venganza, no en vano, estaba cerca de llegar. Poco tiempo después de la Noche Triste se libró la batalla de Otumba, donde los españoles se vengaron y dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas y tácticas europeas.

Una vez caído el Imperio azteca tras un asedio a la ciudad y capturado el último emperador en 1521, los españoles mantuvieron la esperanza, convertida en una obsesión, de que los aztecas hubieran escondido el tesoro de nuevo en uno de los palacios de Tenochtitlán o incluso lo hubieran arrojado a la laguna. Es por ello que saquearon todo a su paso y el tesorero Julián de Alderete insistió en torturar al emperador Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan con la quema de sus pies con aceite hirviente para que revelaran la ubicación del tesoro.

El resultado del interrogatorio confirmó que «cuatro días antes que le prendiesen echaron a la laguna todo el oro, tiros, escopetas, ballestas». Pero a pesar de que los españoles se zambulleron en la zona señalada, no se encontró «ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama», afirma el cronista Francisco López de Gómara. Solo se halló allí un poco del oro.

Posteriores torturas dieron con nuevas zonas de rastreo en la laguna, pero el tesoro no pudo volver a ser reunido. El sueño de recuperar algún día estas riquezas escondidas se instaló en el imaginario de estos conquistadores, al estilo de la leyenda de El dorado. Sin ir más lejos, el hijo de Cortés, Martín, segundo marqués del Valle de Oaxaca, auspició varias expediciones para dar con el tesoro. Y ya en el año de 1637, se presentó ante el virrey de Nueva España, Marqués de Cadereyta, el indígena Francisco de Tapia, que decía ser descendiente de aztecas, diciendo saber dónde estaba el fabuloso tesoro de Moctezuma. Este se encontraba según su testimonio en «la laguna grande de San Lázaro, entre el peñol de los Baños y el del Marqués, en un pozo en que acostumbraban bañarse antiguamente…». En ambos casos las búsquedas no lograron su fin.

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  • Jean Fleury destrozó a una flota española y se hizo con las riquezas enviadas por el conquistador al Rey de España, a pesar de que uno de los capitanes españoles perdió ambos brazos defendiéndose del ataque
 Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Retrato anónimo de Moctezuma II, que dio nombre a un teroso que poco tenía que ver con él

Francisco I, Rey de Francia y archienemigo de Carlos V, reclamó con insistencia ver el testamento de Adán, para comprobar si era cierto que le había dejado medio planeta en herencia a españoles y portugueses. El irónico comentario del monarca francés hacía referencia a la incapacidad que tenían otros países de Europa de acceder a los territorios americanos y al acuerdo entre Portugal y España, aprobado por un papa valenciano, Alejandro VI, para repartirse el nuevo continente. Frente al monopolio hispánico, el resto solo pudo interponer piratas.

La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc…

Jean Fleury fue uno de los primeros corsarios en poner sus zarzas en los intereses americanos. Como recuerda Carlos Canales y Miguel del Rey en su libro «Las reglas del viento: cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI» (Edaf, 2010), hay quien sostiene que este corsario se llamaba en realidad Giovanni de Verrazzano y era hermano del famoso cartógrafo Hyeronymus, aunque por lo demás resulta misterioso su origen. Fleury fue piloto y comandante bajo las órdenes del armador Jean Ango durante el desarrollo de la Guerra de los Cuatro Años. Con sede en Normandía las actividades marítimas de Fleury se fueron extendiendo a través del Atlántico en busca de las rutas usados por los españoles para trasladar metales preciosos desde el Nuevo Continente. En una de sus incursiones, el francés tuvo un golpe de suerte que iba a cambiar su vida. Se topó con uno de los tesoros más grandes que han cruzado el Atlántico.

El tesoro de Montezuma

Mientras Hernán Cortés y sus hombres estuvieron alojados en el palacio de Axayácatl, en Tenochtitlán, se relata que descubrieron de forma accidental el tesoro de los mexicas. La riqueza hallada era imponente y prometía acabar con los problemas económicos de aquel grupo de conquistadores para siempre. No en vano, durante la Noche Triste una parte de este tesoro se perdió en los canales de la ciudad. La cantidad de oro se rebajó en esos días pero volvió a incrementarse con la conquista de Tenochtitlan un año después. Al final de sus campañas, Cortés separó el 20% de los tesoros reunidos, el llamado Quinto Real, para enviárselo al Rey de Castilla, Carlos, a modo de impuesto y muestra de su lealtad. La cifra ascendía a 44.979 pesos en oro, 3.689 pesos en oro bajo, 35 marcos y 5 onzas de plata, etc. El tesoro, mal llamado de Montezuma, estaba formado por máscara, collares, brazaletes, vasos, figuras de jade, perlas, aves, huesos de mamuts y tres jaguares.

Para Cortés era imprescindible que el tesoro llegara intacto a España, porque todavía se seguía juzgando en España si su actuación respecto al gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, había sido correcta. El extremeño necesitaba que Carlos V confirmara su autoridad en México y designó a los capitanes Alonso Dávila y a Antonio de Quiñones para trasladar el Quinto Real. Tres carabelas partieron al fin de San Juan de Ulúa con el objetivo de dirigirse directamente a España. No obstante, la expedición sufrió varios percances. Sin ir más lejos, los jaguares se liberaron y hubo que matarlos para evitar que hirieran de gravedad a varios marinos. En las Azores, Antonio Quiñones murió durante una riña amorosa y dejó a Dávila solo en el mando.

Fleury reunió una flota de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española

Al llegar rumores de que varios corsarios merodeaban el Cabo de San Vicente, como si supieran que a las costas españolas se aproximaba una pieza de calado, Dávila prefirió esperar a la armada de guardacostas de Andalucía. Francia y España se encontraban sumergidos en una nueva guerra en esos años y merecía la pena extremar la seguridad. Pero a pesar de los refuerzos españoles, Fleury reunió una flota mayor de seis barcos, tres de ellos con más de 100 toneladas, que suponían un escollo demasiado grande frente a la flotilla española dirigida por Domingo Alonso de Amilibia. En las proximidades del cabo de San Vicente se enfrentaron españoles contra franceses, en un duelo desigual donde solo el barco capitaneado por Amilibia resistió las acometidas francesas.

Francia aclama a Fleury

El barco de Amilibia fue arrasado, su capitán perdió sus dos brazos y vio como moría su hijo en la refriega. Amilibia, Alonso Dávila y otros importantes capitanes fueron llevados prisioneros a La Rochelle y permanecieron allí varios años. Pero no todos fueron tan valientes como Amilibia en aquella jornada, el capitán Martín Cantón evitó el combate y condenó a dos de las tres carabelas a caer en manos francesas. La tercera, dirigida por Juan de la Ribera, logró ocultarse en la isla de Santa María a la espera de que desde Sevilla enviaran ayuda. Al desembarcar en el Puerto de Santa María, sin embargo, el obispo Juan Rodríguez Fonseca, confiscó parte del tesoro debido a viejas enemistades con Cortés.

En Francia, un porcentaje del tesoro pasó directamente a las arcas reales, mientras que una parte se expuso al público en 1527 en una fiesta organizada en la mansión del armador Ango. Durante un tiempo, Fleury se convirtió en un héroe patrio. Así abrió el camino a toda una generación de corsarios y piratas que se lanzaron a por los tesoros hispánicos y a amenazar su monopolio, vigente desde 1522. Tanto es así que al Cabo de San Vicente los españoles comenzaron a llamarlo «El cabo de las Sorpresas». Sin embargo no vivió mucho para saborear esta edad dorada de la piratería.

A lo largo de su trayectoria como pirata, Fleury asaltó más de 150 barcos y arrasó la costa peninsular con relativa facilidad. En 1527, fue capturado tras un duro combate con cuatro naos vizcaínas. Una vez trasladado a Sevilla, el pirata fue ejecutado por orden directa del Emperador Carlos, siendo ahorcado en el puerto del Pico, en Colmenar de Arenas, Ávila.

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