Los colonos «marcianos» acaban su misión tras ocho meses de aislamiento


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  • Seis investigadores abandonaron el hábitat donde han estado viviendo para simular la vida en Marte. En todo ese tiempo, se ha analizado los conflictos sociales y los efectos psicológicos de la experiencia

Los colonos han vivido con algunas de las incomodidaes típicas de los astronautas – HI-SEAS.ORG

Ocho meses después de su comienzo, la simulación de la misión humana a Marte ha finalizado este domingo, tal como ha informado Phys.org. Seis investigadores, cuyo trabajo ha sido apoyado por la NASA, han salido de su aislamiento en una remota base construida en un volcán de Hawái. Su principal tarea ha sido ayudar a la agencia espacial estadounidense a comprender los efectos psicológicos a largo plazo y los conflictos sociales que aparecerían al enviar una misión tripulada a Marte, que al menos debería de extenderse dos o tres años.

Los colonos, cuatro hombres y dos mujeres, han vivido este tiempo en un hábitat parecido al que se podría usar en el planeta rojo, y construido sobre una desértica planicie, con un paisaje similar al marciano. Durante ocho meses han sufrido algunas de las incomodidades típicas de los astronautas, como la falta de espacio o la comida deshidratada. Por eso, en cuanto salieron del aislamiento disfrutaron de un banquete con verduras, fruta fresca y tortilla acompañados por periodistas e investigadores.

«Hemos aprendido, por encima de todo, que el conflicto, incluso en el mejor de los equipos, va a aparecer», ha dicho en un comunicado Kim Binsted, profesor de la Universidad de Hawái y director de la investigación. «Por eso, es muy importante tener una tripulación realmente resiliente, que sea capaz de ver el conflicto y responder a él»

Estos ocho meses, los colonos «marcianos» han vivido en un refugio recubierto de vinilo del tamaño de una casa de tres habitaciones, con cerca de 111 metros cuadrados. En su interior hay un pequeño habitáculo personal para dormir, una cocina, un laboratorio y un baño compartido, con una ducha y dos inodoros. La comida y los suministros se lanzaban a distancia y los colonos los recogían con un robot.La comida era deshidratada o enlatada, y las comunicaciones con el exterior sufrieron siempre un retraso de 20 minutos, condición que aparecería en Marte a causa de la distancia que le separa de la Tierra. Aunque los colonos no han estado confinados en el hábitat, cuando salían al exterior para hacer sus tareas debían vestir un equipo que recuerda a un traje espacial.

Esta ha sido la quinta misión de un total de seis estudios financiados por la NASA y hechos en cooperación con la Universidad de Hawái para estudiar la viabilidad de una misión tripulada a Marte. El programa, que recibe el nombre de «Hawaii Space Exploration Analog and Simulation», o «HI-SEAS». En estos momentos, la universidad de Hawái ya está preparando los planes para la sexta y última misión en el hábitat.

Durante estos ocho meses, los científicos han usado sensores para analizar el estado de ánimo de los colonos. Por ejemplo, vigilaron el volumen de las voces, intentaron averiguar si los habitantes estaban tratando de evitar a alguien o si estaban discutiendo. Aparte de esto, propios colonos registraron sus pensamientos en un diario y participaron en juegos para medir su compatibilidad y sus niveles de estrés. Cuando la tensión era alta, pudieron usar dispositivos de realidad virtual como válvula de escape, en los que se desplazaban a paisajes familiares o a playas tropicales, y que podrían ser usados en una misión espacial.

Binsted ha explicado que las misiones anteriores, que duraron ocho y 12 meses, se centraron en la cohesión y el rendimiento del equipo, pero que en este caso el objetivo era distinto: «Hemos dado un paso adelante y estamos analizando la selección y la composición de las tripulaciones».

El fracaso de «Biosfera 2»

En la mente de todos estaba el gran fiasco de «Biosfera 2», un proyecto lanzado en 1990 y de dos años de duración en el que una tripulación de cuatro hombres y cuatro mujeres debían vivir en un invernadero con varios ecosistemas, cultivar plantas, criar animales y reciclar su propio aire. Los niveles de dióxido de carbono se dispararon y muchas plantas y animales murieron, por lo que los participantes pasaron hambre y salieron de la esfera sin hablarse con alguno de sus compañeros.

En esta ocasión, los resultados parecen ser mejores. Laura Lark, especialista en tecnología de la misión, ha dicho que el objetivo de la NASA de ir a Marte es razonable: «El viaje espacial es absolutamente posible a largo plazo», ha dicho en un vídeo desde el interior del hábitat. «Eso sí, aún hay retos técnicos que solucionar. Y también factores humanos en los que hay que pensar».

El surfero que se convirtió en héroe


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  • Se cumple el 125º aniversario del nacimiento de Duke Kahanamoku, conocido como el «padre» del surf moderno

    flickr Estatua en homenaje a Duke Kahanamoku

    flickr | Estatua en homenaje a Duke Kahanamoku

Le pegaban más las branquias que los pulmones, pues su vida no cobraba demasiado sentido en tierra firme. A Duke Kahanamoku se le puede recordar por muchos motivos. Comenzó a dorar su nombre durante los Juegos Olímpicos de Estocolmo, allá por 1912, cuando deslumbró al mundo con su victoria en los 100 metros de natación. A lo largo de su carrera como nadador consiguió tres metales de oro y dos de plata. Pero este hawaiano, que ahora recordamos por cumplirse el 125º aniversario de su nacimiento, pasará a la historia por ser el «padre» del surf moderno.

Duke Kahanamoku abrió los ojos por primera vez en Honolulú, el 24 de agosto de 1890. Su nombre, que significa «duque», le vino heredado de su padre, al cual se lo pusieron en honor al prínicpe Alfredo, Duque de Edimburgo. Su pasión por el surf emergió desde muy joven. Kahanamoku bailaba las olas de Hawái con la elegancia y la vehemencia propias de los demás muchachos de su ciudad. Por aquel entonces, sin embargo, aún no podía saber que aquellas tablas de madera lo convertirían en una leyenda.

Al todavía bisoño Duke Kahanamoku también le complacía la natación. Bajo el agua se mostraba ágil, fuerte y veloz. Sus dotes le permitieron entrar en 1912 en el equipo olímpico de EE.UU., con el que consiguió batir el récord de 200 metros libres en la elminatoria de clasificación de relevos y colgarse la medalla de oro de los 100 metros libres durante las Olimpiadas de Estocolmo. La gloria volvió a llamar a su puerta en los Juegos de Amberes, en 1920; y cuatro años más tarde en París. Al término de su carrera, Duke Kahanamoku podía presumir de haberse colgado tres medallas de oro –todas ellas en los 100 metros– y dos de plata.

El estadounidense consiguió el reconocimiento de todo el globo.Tras dejar la natación, Duke Kahanamoku se dedicó a viajar, sobre todo por el continente americano, para realizar exhibiciones y difundir el surf. La empresa resultó ser un rotundo éxito: la gente quedó embelesada al ver a aquel hombre desafiar a las olas sobre su tabla de madera. El entusiasmo por este deporte rebasó las costas de Norteamérica hasta hacerse mundialmente conocido. Duke fue reconocido entonces como el inventor del surf moderno.

Pero si debe haber alguna razón para que nuestra existencia cobre sentido, la de Duke Kahanamoku surgió el 14 de junio de 1925. Por aquel entonces, el surfero estadounidense habitaba en Newport Beach, en California. Ese día, un barco pesquero con 29 personas en su interior volcó al intentar acceder al puerto de la ciudad debido al fuerte oleaje. Duke no se lo pensó: cogió su tabla de surf y fue a socorrer a los náufragos. El medallista olímpico salvó la vida a ocho hombres, a los que recogió de las enfurecidas olas del mar y los llevó hasta la orilla. Duke Kahanamoku, conocido como uno de los nadadores más notables de la época, amén de ser el impulsor del surf a lo largo y ancho del contintente americano, añadía otra faceta más a su insólita historia: la de héroe.

La playa de Waikiki, en Honolulú, honra la memoria de uno de los hombres más fascinantes de la historia moderna con un monumento que muestra a Duke Kahanamoku junto a una tabla de surf.

El «Ojo de Sauron» servirá para medir el Universo


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  • Encuentran una nueva forma de medir con precisión las enormes distancias que nos separan de las galaxias
El «Ojo de Sauron» servirá para medir el Universo

NASA/CXC/CfA/J.Wang et al.; Optical: Isaac Newton Group of Telescopes, La Palma/Jacobus Kapteyn Telescope; Radio: NSF/NRAO/VLA

Un equipo de investigadores dirigido por Sebastian Hoenig, de la Universidad de Southampton, ha encontrado en los agujeros negros supermasivos una nueva forma de medir con precisión las enormes distancias que nos separan de las galaxias, a decenas y centenares de millones de años luz, resolviendo así uno de los mayores problemas de la astronomía. El trabajo, publicado en Nature, ha sido llevado a cabo en el Observatorio Keck, en Háwai.

El método es similar al más utilizado por los astrónomos en tierra, que miden tanto el tamaño físico como el angular, o “aparente” de las galaxias para calcular a qué distancia se encuentran.

La investigación se utilizó para obtener una distancia muy precisa de la galaxia NGC4151, conocida como “el ojo de Sauron” por su parecido al maléfico ojo del Señor de los Anillos, que hasta ahora no estaba disponible. NGC4151 resulta de la máxima importancia para medir con precisión la masa de los agujeros negros.

Las medidas tomadas hasta ahora, en efecto, la situaban a una distancia comprendida entre los 4 y los 29 megaparsec (Un megaparsec equivale a 3,26 millones de años luz). Con su nuevo método, los investigadores han logrado determinar que el ojo de Sauron se encuentra a 19 megaparsecs de nosotros.

Sin embargo, e igual que en la película, el anillo juega un papel fundamental en esta medición. Todas las grandes galaxias del Universo albergan en sus centros un gigantesco agujero negro. Y en cerca de una décima parte de todas las galaxias, esos agujeros negros supermasivos siguen creciendo a base de absorber enormes cantidades de material de sus alrededores. En ese proceso, los materiales “devorados” se calientan hasta el extremo de volverse brillantes, convirtiéndose en “núcleos galácticos activos”, una de las fuentes de emisión más energéticas de todo el Universo.

El polvo y los gases ardientes forman un anillo alrededor del agujero negro central y emiten radiación infrarroja, que es precisamente lo que los investigadures han utilizado como “regla” para medir las distancias. Sin embargo, el tamaño aparente de este anillo es tan pequeño (debido a su distancia), que es necesario realizar las observaciones utilizando interferometría por infrarrojos para combinar hasta diez grandes telescopios del diez metros del Observatorio Keck, para tener el mismo poder de resolución que tendría un telescopio con una lente de 85 metros.

Un pequeño retraso

Para medir el tamaño físico del anillo de polvo, los investigadores midieron el pequeño retraso temporal que existe entre la emisión de luz desde muy cerca del agujero negro y la emisión de infrarrojos. Ese retraso corresponde a la distancia que la luz debe recorrer (a 300.000 km por segundo), desde el agujero negro hasta el anillo de material que lo rodea.

Combinando esta distancia física con el tamaño aparente medido desde el observatorio Keck, los investigadores fueron finalmente capaces de determinar la distancia que nos separa del ojo de Saurón.

En palabras de Hoenig, “uno de nuestros hallazgos más importantes es que la distancia determinada con este nuevo método es tremendamente precisa, con apenas un 10 por ciento de incertidumbre. De hecho, si nuestros resultados para NGC4151 son aplicables a otros objetos, podemos estar ante un método muy superior a cualquier otro para determinar las distancias de las galaxias, y basado en simples principios de la geometría. Más aún, el método se puede utilizar en muchas más fuentes de lo que permite cualquiera de los métodos actuales”.

“Esas distancias -prosigue el investigador- resultan claves para fijar los parámetros cosmológicos que caracterizan nuestro Universo, y también para medir con precisión la masa de los agujeros negros. De hecho, NGC4151 es un ancla fundamental para calibrar diversas técnicas para estimar las masas de los agujeros negros. Nuestra nueva distancia implica que estas masas pueden haber sido subestimadas sistemáticamente hasta en un 40 por ciento”.

Hoenig, junto a colegas de Dinamarca y Japón, prepara actualmente un nuevo programa para extender su trabajo a muchos otros núcleos activos de galaxias. El objetivo es establecer las distancias precisas de una docena de galaxias de esta forma para después usarlas para ajustar los parámetros cosmológicos actuales. Y todo con un margen de error extremadamente pequeño, mucho menor del que se tenía hasta ahora.

Una de cada cinco estrellas como el Sol tiene planetas del tamaño de la Tierra en su zona habitable


El Mundo

  • ASTROFÍSICA | Según un estudio realizado con los telescopios ‘Kepler’ y ‘Keck’

Ni demasiado cerca ni demasiado lejos de su estrella. Para que un planeta fuera de nuestro Sistema Solar pueda albergar teóricamente algún tipo de vida, debe estar situado a una distancia de su sol que le permita tener agua líquida en su superficie, como sucede en la Tierra. Este área es la que los astrónomos denominan zona habitable. Así, si un planeta orbita a una distancia muy pequeña de su estrella será un mundo extremadamente caluroso y si está demasiado alejado, sería un planeta helado.

Y en la Vía Láctea, ¿cuántas estrellas similares al Sol tienen planetas del tamaño de nuestra Tierra en su zona habitable? Aproximadamente una de cada cinco, responde un equipo de científicos de las universidades de California y Hawai en un estudio publicado esta semana en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

En concreto, precisan, un 22% de las estrellas parecidas al Sol tienen planetas con un tamaño y una temperatura similar a la Tierra en nuestra galaxia. No obstante, aclaran que el hecho de que puedan teóricamente tener agua, y por consiguiente, algún tipo de vida, no significa que la tengan.

Planetas similares a la Tierra

«Cuando miras al cielo por la noche, la estrella parecida al Sol con un planeta del tamaño de la Tierra en su zona habitable más cercana a nosotros probablemente está sólo a 12 años luz y podemos verla a simple vista. Es asombroso», afirma Erik Petigura, autor principal de este estudio que muestra cómo los planetas parecidos al nuestro serían relativamente comunes en la Vía Láctea.

Los investigadores utilizaron datos recabados por el telescopio espacial Kepler de la NASA y por el terrestre Keck de Hawai para encontrar estrellas parecidas al Sol y planetas que tuvieran un radio que fuera entre una y dos veces el de la Tierra y que recibieran una radiación de su estrella equivalente a entre una y cuatro veces la que la Tierra.

La NASA ha ofrecido este lunes una rueda de prensa para explicar los últimos resultados científicos obtenidos gracias a su telescopio, lanzado en 2009 con el objetivo de buscar mundos parecidos a la Tierra.

“Las estrellas son los ladrillos de la galaxia, pues conducen su evolución y facilitan a los planetas puertos estables. Cuando uno estudia las estrellas, realmente explora la galaxia y el lugar que ocupamos en ella”, ha declarado William Chaplin, profesor de Astrofísica en la Universidad de Birmingham (Reino Unido).

Los científicos que firman el estudio en PNAS se centraron en 42.000 estrellas parecidas al Sol, o ligeramente más frías o calientes, y hallaron 603 planetas candidatos que las orbitaban. Diez de ellos tenían un tamaño parecido al de la Tierra (una o dos veces su diámetro) y estaban a una distancia de su estrella que hacía que su temperatura fuera adecuada para que hubiera algún tipo de vida. Extrapolando los datos al resto de la Vía Láctea, donde hay unos 100.000 millones de estrellas, estimaron el porcentaje de soles que pueden albergan planetas parecidos al nuestro.

Desde que se descubrió, hace 20 años, el primer planeta fuera de nuestro Sistema Solar o exoplaneta, los científicos han confirmado la existencia de más de mil. La mayoría son mucho más grandes que la Tierra, como Neptuno, o gigantes gaseosos como Júpiter. Los de menos tamaño, son más difíciles de detectar.

El lanzamiento del telescopio espacial Kepler, apodado como el cazador de planetas, ha supuesto un enorme paso en la investigación de estos mundos fuera del Sistema Solar.

Asimismo, ha propiciado un campo de la astronomía denominado asteroseismología y que se centra en estudiar el interior de las estrellas. Los astrofísicos pueden investigar la estructura interior de una estrella como los geólogos usan las ondas sísmicas que generan los terremotos para estudiar el interior de la Tierra.

William Chaplin considera que “la calidad sin precedentes, la duración y la continuidad” de las observaciones de miles de estrellas que ha hecho posible Kepler ha revolucionado la asteroseismología: “Hace pocos años ni siquiera podíamos soñar con estos datos”, asegura.

Y es que durante cuatro años, el telescopio de la NASA ha sido capaz de monitorizar el brillo de unas 150.000 estrellas cada media hora y de detectar unos 3.000 objetos celestes candidatos a ser considerados planetas extrasolares. Una avería en el telescopio, cuya misión inicial ya había sido completada y prolongada hasta 2016, ha impedido que el telescopio de la NASA siga buscando mundos similares al nuestro.

Los astrofísicos creen que están cerca de detectar un gemelo de la Tierra fuera del Sistema Solar y esperan poder localizarlo en los próximos años.

Un planeta potencialmente habitable que orbita una estrella similar al Sol


El Mundo

Una estrella similar a nuestro Sol alberga cinco planetas, uno de los cuales se encuentra en una zona potencialmente habitable donde podría existir agua líquida y quizás vida. Un equipo internacional de astrónomos ha logrado detectar cinco mundos que orbitan en torno a la estrella Tau Ceti, que se encuentra relativamente cerca de nuestro Sistema Solar, a tan sólo 12 años luz.

El planeta que podría tener agua y vida tiene una masa 4,3 veces la de la Tierra, y es por tanto el más pequeño de todos los que se han encontrado hasta ahora en la zona potencialmente habitable de su estrella.

“Este hallazgo apoya de nuevo la idea cada vez más establecida de que prácticamente todas las estrellas tiene planetas, y que en nuestra galaxia deben existir muchos planetas del tamaño de la Tierra potencialmente habitables“, explica en un comunicado Steve Vogt, de la Universidad de California en Santa Cruz, coautor del estudio que publicará la revista ‘Astronomy & Astrophysics’. “Están en todas partes, incluso a la vuelta de la esquina”, asegura este científico.

Los cinco planetas son todos relativamente pequeños, con masas de entre dos y 6,6 veces la de la Tierra. El mundo potencialmente habitable, que completa una órbita en torno a Tau Ceti cada 168 días, probablemente no es un planeta rocoso como la Tierra, según los autores del hallazgo.

Tau Ceti es un poco más pequeña y menos luminosa que nuestro Sol. Se encuentra a 11,9 años luz en la constelación de Cetus (la ballena) y es visible en el cielo nocturno. Debido a su proximidad y similitud al Sol, es una estrella que aparece con frecuencia en novelas de ciencia ficción que imaginan civilizaciones extraterrestres.

Los astrónomos habían buscado exoplanetas en el entorno de Tau Ceti en el pasado, pero hasta ahora no habían encontrado nada. Sin embargo, en el nuevo trabajo lograron detectar señales de cinco posibles planetas.

Los autores del hallazgo reanalizaron 6.000 observaciones de Tau Ceti realizadas por el instrumento HARPS, en el telescioui de 3,6 metros del Observatorio Austral Europeo (ESO) en La Silla (Chile), el Espectrógrafo Echelle del University College London, en el telescopio anglo-australiano Siding Spring, y el Espectrómetro Echelle de Alta Resolución (HIRES) en el telescopio Keck en Mauna Kea (Hawai).