Así era el plan secreto de los Borbones para invadir Inglaterra que acabó en desastre


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  • Una expedición de 307 infantes de marina quedó abandonada al noroeste de Escocia, donde sus aliados, los jacobitas y los clanes rebeldes, fueron barridos por el ejército real. La flota con el grueso de las tropas españolas fue dispersada por las tormentas a poco de partir de Cádiz
NGS Cuadro de la batalla de Glenshiel, combate que puso fin a la expedición de los 307 infantes españoles

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Cuadro de la batalla de Glenshiel, combate que puso fin a la expedición de los 307 infantes españoles

Como le ocurrió a la flota de Felipe II enviada hacia las Islas Británicas en 1588, el mal tiempo se interpuso en los planes para que una expedición española derrocara a la Monarquía británica en tiempos de Felipe V, el primer Rey borbón de la historia de España. El plan, mantenido en el más absoluto secreto, consistía en mandar a modo de distracción a 307 infantes de marina, una de las tropas de élite españolas, para unirse en Escocia a varios clanes rebeldes de las Tierras Altas. Mientras se prendía la rebelión en el norte, 5.000 infantes debían desembarcar en el suroeste de Inglaterra con la misión de apoyar al pretendiente al trono de la dinastía Estuardo. Sin embargo, las tormentas dejaron solos a los 307 infantes, abandonados y rodeados de miles de enemigos en el norte del país.

El instigador del temerario plan fue el principal consejero de Felipe V, el cardenal Giulio Alberoni, que ambicionaba recuperar la influencia internacional perdida por el Imperio español tras la Guerra de Sucesión. El conflicto sucesorio, convertido en una guerra internacional, se saldó con la entrega de Menorca y Gibraltar a los británicos, así como con la pérdida de los Países Bajos españoles y las plazas italianas de Sicilia, Cerdeña, Nápoles y el ducado de Milán. No en vano, Alberoni destinó a 9.000 soldados a tomar Cerdeña en 1717 y a 40.000 soldados a Sicilia al año siguiente. Ambas operaciones fueron un éxito y estas islas pasaron de nuevo a manos españolas, aunque fue por muy poco tiempo. La Cuádruple Alianza –una coalición formada por el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, Gran Bretaña y Holanda, como reacción a las ambiciones expansionistas de Felipe V– derrotó cerca de Siracusa al grueso de la flota mediterránea española comandada por Antonio de Gastañeta.

La derrota naval, donde la Royal Navy actuó a traición sin haber declarado previamente la guerra, cortó de golpe el avance hispánico en Italia. No obstante, Giulio Alberoni se decantó a continuación por responder en el corazón enemigo: un desembarco en las islas Británicas. Allí donde habían fracasado las expediciones militares durante el periodo de mayor gloria del Imperio español, la etapa de los Austrias, buscaba imponerse el ministro de Felipe V con unos recursos muy limitados. El plan pasaba por atacar con una pequeña fuerza en el norte, a modo de distracción, mientras 5.000 hombres desembarcaban en la costa suroeste, donde los partidarios de la dinastía Estuardo eran mayoritarios. Así, aprovechando la herida todavía abierta de la rebelión jacobita de 1715 en Escocia, los españoles aportarían tropas a un nuevo levantamiento a favor del aspirante al trono James Francis Edward Stuart, conocido como «El viejo pretendiente». La condición católica de este aspirante al trono de Gran Bretaña contribuyó al acercamiento del Imperio español hacia su causa.

Con el objetivo de derrocar al protestante Jorge I, el Imperio español se alió con James Butler, II duque de Ormonde. Un viejo enemigo del Reino de España durante la Guerra de Sucesión, que se encontraba en ese momento exiliado en Francia por su apoyo a la casa Estuardo. Precisamente, Butler fue el que propuso la maniobra de distracción en el norte, planteando como misión de este grupo conquistar la ciudad de Inverness. Una vez concentradas las fuerzas inglesas en el norte, Butler encabezaría el auténtico desembarco con 5.000 soldados españoles y material para armas a otros 30.000 hombres sobre el terreno, aquellos partidarios de los Estuardo que quisieran unirse a la lucha. A todo ello había que añadir la participación de Suecia, que finalmente se desvinculó a últimas hora con la muerte del Rey Carlos XII en las vísperas del ataque.

Una tormenta deja sola a la fuerza de distracción

El 7 de marzo de 1719, dos barcos con 307 infantes de marina partieron del puerto guipuzcoano de Pasajes, lugar de nacimiento del insigne Blas de Lezo, dando inicio a la operación. A su vez, la flota invasora, formada por 27 embarcaciones, se puso en marcha desde Cádiz en dirección a La Coruña, donde debía recoger a James Butler. Sin embargo, la flota fue destrozada a la altura del cabo de Finisterre por una tormenta que obligó a arrojar por la borda la mayor parte de los suministros. Los barcos que no quedaron destrozados por la tormenta se refugiaron en los puertos del norte de España y algunos regresaron a Cádiz.

Wikipedia Castillo de Eilean Donan

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Castillo de Eilean Donan

A comienzos de abril, los 307 infantes de marina españoles desembarcaron en las costas de Escocia. Ignorando que la flota de invasión había quedado dispersada, los españoles, pertenecientes al regimiento Galicia y bajo el mando del coronel Nicolás de Castro Bolaño y del mariscal escocés Sir George Keith, continuaron con su misión y se establecieron en el castillo de Eilean Donan, una emblemática fortaleza usada en el rodaje de películas como «Braveheart» y «Los Inmortales». Con los barcos de transporte de regreso a la Península ibérica, el grupo se encontraba completamente aislado a falta de que los clanes de las Tierras Altas se unieran a sus fuerzas y se dirigieran juntos a la conquista de Inverness.

No en vano, los primeros en destinar tropas fueron los ingleses. Una pequeña flota británica abrió fuego contra el castillo de Eilean Donan y tomó la posición, defendida por solo 49 españoles, sin apenas dificultad. Si bien la mayor parte de los soldados no se encontraban en el castillo –los cuales fueron apresados casi por completo–, el golpe de mano inglés fue terrible para los intereses de la expedición española, que perdió 300 barriles de pólvora y la mayor parte de sus suministros. La situación no podía ser más dramática. Justo cuando los clanes escoceses se habían convencido de sumar sus fuerzas a las jacobitas, la pérdida de Eilean Donan y las noticias de lo ocurrido en el cabo de Finisterre limitó definitivamente la insurrección a un millar de cabezas.

Después de que el ejército real cruzara el desde entonces llamado «Paso de los españoles», tuvo lugar la tarde del 10 de junio el esperado encuentro entre los jacobitas –con los 258 españoles supervivientes entre sus filas– y las fuerzas de Jorge I en las colinas próximas al río Shiel. La batalla de Glenshiel duró cerca de tres horas, en las cuales los españoles, situados detrás de una improvisada barricada y un puente de piedra, sostuvieron el combate junto a 400 jacobitas y a las tropas del héroe nacional escocés Robert Roy McGregor, más conocido como Rob Roy.

ABC Retrato de Giulio Alberoni

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Retrato de Giulio Alberoni

Sabedores de que los milicianos enviados por los clanes de las Tierras Altas suponían el punto más débil del ejército rebelde, las tropas enviadas por Jorge I concentraron el bombardeo de sus morteros y las cargas de su caballería en las posiciones escocesas. Ciertamente, los highlanders fueron los primeros en retirarse, lo hicieron cuando Rob Roy fue gravemente herido por los ingleses. Los jacobitas y por último los infantes de marina española también escaparon aprovechando la confusión de la noche. Sin embargo, su odisea terminó al siguiente día al descubrir que estaban completamente rodeados. A los 258 españoles supervivientes no les quedó más remedio que rendirse. Fueron conducidos a Edimburgo, donde se reunieron con los que habían sido presos en Eilean Donan. En octubre, las negociaciones entre España y Gran Bretaña permitieron su regreso a su país natal.

Pese al final feliz de la pequeña expedición, que de forma milagrosa apenas sufrió bajas, la desastrosa operación se sumó al resto de derrotas que cosechó España frente a la Cuádruple Alianza, entre ellas una invasión desde Francia que penetró en la región del País Vasco, precipitando la caída en desgracia de Alberoni en diciembre de ese mismo año.

Los elefantes que habitaron el Ártico


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  • Mastodontes y otros grandes mamíferos ocuparon Alaska hace 125.000 años, cuando la zona todavía era cálida y mucho antes de la colonización humana
Los elefantes que habitaron el Ártico

George | Hace unos 125.000 años, gigantescos mamíferos ocuparon Alaska. En la imagen, el mastodonte, el perezoso de tierra, el pecarí de cabeza plana y el camello occidental

Hubo una vez en que los mastodontes americanos, parientes extintos de los elefantes actuales, llegaron a vivir en un área del mundo tan extrema como el Ártico. Ocurrió hará unos 125.000 años, cuando el clima en la zona era cálido y existían bosques y humedales de los que poder alimentarse en compañía de otros grandes mamíferos. Esto no duró para siempre. Cuando las condiciones climáticas empeoraron, hace unos 75.000 años, el mastododonte desapareció de la zona. Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio publicado en la revista Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS), que elimina a los cazadores como causa de esa exintinción local. Faltaban milenios para que los seres humanos llegaran a colonizar la zona por primera vez.

A lo largo de finales del Pleistoceno, entre aproximadamente 10.000 y 125.000 años, el mastodonte americano (Mammut americanum) se generalizó y ocupó muchas partes de la América del Norte continental, así como lugares periféricos como las zonas tropicales de Honduras y la costa ártica de Alaska. Estos animales se alimentaban de plantas leñosas y vivían en los bosques de coníferas u otros árboles con pantanos de tierras bajas.

«Los dientes de mastodonte eran eficaces pelando y triturando ramas, hojas y tallos de arbustos y árboles. Por lo que parece poco probable que fueran capaces de sobrevivir en las regiones cubiertas de hielo de Alaska y Yukón durante el último período completo de los glaciares, como la datación de un fósil anterior había sugerido», explica el paleontólogo Grant Zazula, autor principal del estudio.

El equipo de investigación utilizó dos precisos tipos de datación por radiocarbono en una colección de 36 dientes fósiles y huesos de mastodontes americanos de Alaska y Yukón, la región conocida como el este de Beringia. Los métodos de datación, realizados en la Universidad de Oxford y la Universidad de California, Irvine, están diseñados para examinar únicamente el material de colágeno óseo, sin las contaminaciones de los preparados que se utilizaban hace años para conservar los especímenes.

Todos los fósiles resultaron ser más antiguos de lo que se pensaba, con la mayoría sobrepasando los 50.000 años, el límite efectivo de la datación por radiocarbono. Al tener en cuenta las preferencias de hábitat de mastodonte y otra información ecológica y geológica, los resultados indican que probablemente los mastodontes solo vivieron en el Ártico y el subártico durante un tiempo limitado, cuando se establecieron los bosques y los humedales y las temperaturas eran tan cálidas como hoy en día.

«La residencia de los mastodontes en el norte no duró mucho tiempo -dice Zazula-; el restablecimiento de las condiciones glaciales frías y secas, junto con el avance de los glaciares continentales alrededor de 75.000 años atrás destruyeron eficazmente sus hábitats». Estos parientes de los elefantes desaparecieron de Beringia, y sus poblaciones se desplazaron a zonas mucho más al sur, donde en última instancia sufrieron una extinción completa hace unos 10.000 años».

Perezosos, camellos y castores

La investigación tiene varias implicaciones. Los paleontólogos saben que los perezosos terrestres, camellos y castores gigantes (todos miembros de la megafauna) también hicieron esa misma migración, pero todavía están investigando qué otros grupos de animales podrían haber seguido esa misma suerte. La nueva investigación también sugiere que los seres humanos no podrían haber estado implicados en la extinción local de mastodontes en el norte hace 75.000 años, ya que aún no habían cruzado el istmo de Bering desde Asia, que se cree que fue el primer punto de entrada de personas hacia el continente americano.

«No estamos diciendo que los humanos no estuvieran involucrados en la última batalla de la megafauna hace 10.000 años (cuando se extinguieron por completo). Pero para entonces, la población de mastodontes ya se había reducido a la región de los Grandes Lagos», explica Ross MacPhee, del Museo Americano de Historia Natural y coautor del estudio. «Ese es un escenario muy diferente a decir que las depredaciones humanas causaron la pérdida universal de mastodontes en toda su área de distribución en el espacio de unos pocos cientos de años, que es la visión convencional», añade. En definitiva, el puzzle de la desaparición de la megafauna americana se complica aún más.

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Reconstrucción de un mastodonte americano. Abajo, comparación entre un mastodonte americano (izquierda) y un mamut lanudo George