La misteriosa misión en el Ártico de los últimos soldados de Hitler


ABC.es

  • En septiembre de 1945, cuatro meses después de la capitulación de Alemania, una unidad nazi se rindió a un barco pesquero en la perdida isla de Spitzbergen
 Archivo ABC Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico


Archivo ABC
Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico

Frío, hambre, desesperación y desconcierto. Todo eso –y otras tantas cosas más- es por lo que debieron pasar la media docena de soldados nazis que, en septiembre de 1945 –cuatro meses después de que Alemania capitulase ante los aliados-, se rindieron a un barco ballenero noruego en una perdida isla cercana al Ártico. De esa forma dieron por finalizada una misteriosa misión que había ocupado sus vidas durante más de un año y que, en contra de lo que afirma la leyenda negra, se basaba en recoger datos meteorológicos de forma secreta para que Adolf Hitler planeara sus invasiones sin que una tormenta molestara a sus tropas. Un cometido trascendental que se extendió en el tiempo más allá del fin de la contienda y que permitió a estos germanos convertirse en los últimos combatientes de su país en entregarse al enemigo.

Este curioso suceso es uno de tantos que se pueden hallar en «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», el último trabajo del historiador y periodista Jesús Hernández. Autor de obras tan conocidas como «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», el español ha decidido mantener un estilo basado en los pequeños relatos para captar el interés del lector. Aunque eso sí, cada uno de ellos sustentado en datos estrictos y contrastados tras una profunda y extensa investigación histórica.

«Mi nuevo libro, aunque pueda parecer un simple libro de anécdotas, va mucho más allá. Contiene datos tan curiosos y sorprendentes como significativos, y ofrece información que no suele aparecer en los libros de historia. Por ejemplo, el hecho de que los Aliados gastasen más dinero en cigarrillos que en balas, que la mayoría de los soldados que participaron en una batalla no llegaron a disparar ni una vez o que, en un combate intenso, la mitad de los soldados se orinaba y la cuarta parte se lo hacía en los pantalones… Por tanto, creo que mi obra supera el concepto de anecdotario, proporcionando una nueva y estimulante visión de la contienda», explica, en declaraciones a ABC, el propio autor.

La batalla del clima, el origen de todo

Lejos de ser una mera curiosidad, la meteorología fue de vital importancia durante toda la Segunda Guerra Mundial. No era para menos, pues conocer donde caería una caprichosa lluvia o una molesta granizada permitía a los jefazos de chaqueta de cuero y esvástica tomar decisiones tales como qué día era el idóneo para desembarcar en una playa o qué jornada era la mejor para enviar una gigantesca operación aérea. Esta necesidad de información sobre el tiempo hizo que los contendientes iniciaran una auténtica guerra meteorológica a pocos kilómetros del Polo Norte -una ubicación ideal para prever la influencia de los vientos sobre las condiciones climatológicas del Atlántico Norte- por la supremacía de la información atmosférica.

«La información meteorológica tenía una importancia vital, tanto para los alemanes como para los aliados. Hitler fijó posteriormente el momento de atacar en las Ardenas en base a la información que le llegó de la estación meteorológica de las islas Spitzbergen. Por su parte, los aliados lanzaron el desembarco en Normandía tras saber que contarían con una tregua en el temporal que azotaba la región. Sin la información meteorológica no se entenderían buena parte de las decisiones que se tomaron a lo largo de la guerra», añade Hernández.

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella Archivo ABC

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella
Archivo ABC

Los primeros en posicionarse por aquellos helados páramos fueron los estadounidenses, quienes –allá por 1941- arribaron al sur de Groenlandia y establecieron en la zona una base desde la que estudiar el clima. En principio recibieron la ayuda del gobierno local, el cual creó varias patrullas de esquiadores daneses, noruegos y esquimales con la orden de informar en el caso de que vieran algún símbolo nazi en el horizonte. A pesar de que, en los mese siguientes, las cosas anduvieron tranquilas, finalmente estos vigías terminaron dándose de bruces contra una unidad alemana ansiosa de instalar su propia estación en el lugar el 13 de marzo de 1943 . Malas noticias para los americanos.

La situación empeoró cuando los soldados del Tío Sam se enteraron de que los nazis habían construido ya -como auténticos posesos- la estación meteorológica en la misma Groenlandia. Al tener noticias, los oficiales estadounidenses tomaron una decisión muy americana: enviar un avión cargado hasta los topes de explosivos y lanzar bombas sobre el edificio hasta que dejase de emitir aquella información de vital importancia para el enemigo. Lo cierto es que el plan (el cual no fue tampoco una muestra de ingenio y estrategia) salió a la perfección y los nazis abandonaron a la carrera la zona. Sin embargo, si por algo se destacaban los germanos era porque, cuando se les metía una idea en la cabeza, hacían todo lo posible por cumplirla. Estarían vencidos de momento, pero querían ganar la guerra del clima.

La «Operación Haudegen»

Ese mismo año, los alemanes volvieron a la carga. Sabedores de la importancia táctica de la información meteorológica, las fuerzas armadas germanas solicitaron 70 voluntarios para llevar a cabo una misión secreta que, posteriormente, sería conocida como «Haudegen» («Estocada»). La operación era tan misteriosa que los mandos se limitaron a describirla como «una misión muy especial en una zona muy fría». La realidad, sin embargo, era algo diferente, pues la «Kriegsmarine» (la marina de guerra alemana) y la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) pretendían enviar un equipo de militares hasta la deshabitada isla Spitzbergen (ubicada entre el océano Ártico, el mar de Barents y el mar de Groenlandia). La finalidad, nuevamente, era lograr que un pequeño grupo instalase una base en la región y, sin ser descubiertos, enviaran periódicamente información atmosférica a los hombres del «Führer».

«Los voluntarios que respondieron al llamamiento recibieron entrenamiento en los Alpes, preparándose para las bajas temperaturas que deberían soportar en el Ártico. Se les adiestró para desplazarse por la nieve y construir iglús, pero también se les enseñó las habilidades necesarias para vivir largos períodos de aislamiento, como sacar una muela, curar heridas de bala, o amputar extremidades congeladas. No se les comunicó a dónde iban a ser enviados, ya que se quería mantener en secreto la misión», señala el historiador en su libro. A su vez, se les informó de que, una vez en la zona de operaciones, no podrían comunicarse con sus familias hasta su regreso.

El viaje hacia Spitzbergen

Una vez que se seleccionó a los 10 «afortunados», los oficiales seleccionaron al jefe de la operación. El escogido fue Wilhelm Dege, con estudios –entre otras cosas- en Geología y Geografía y que, a sus escasos 33 años, ya había pisado en varias ocasiones el Ártico. Este barbudo experto ataviado siempre con sus inseparables gafas redondas conocía también el idioma local a la perfección, por lo que la «Wehrmacht» no tuvo problemas a la hora de tomar la decisión. Seleccionado el mandamás, el 5 de agosto de 1944 la expedición inició su viaje desde el puerto de Sassnitz (ubicado al norte de Alemania).

Mapa de la guerra meteorológica Archivo ABC

Mapa de la guerra meteorológica
Archivo ABC

«Llevaban víveres para tres años y los instrumentos necesarios para llevar a cabo su labor científica, así como el armamento necesario para poder defenderse en caso de ataque aliado: seis ametralladoras, doce fusiles, diecinueve pistolas y trescientas granadas. Además, llevaban con ellos cuatro rifles especiales para cazar osos», añade Hernández en su obra. La expedición hizo su primera parada en Narvik (actualmente, al norte de Noruega) y, desde allí, llegaron a su destino el 13 de septiembre de ese mismo año.

Al servicio del Reich y de la meteorología

Ya en Spitzbergen, y dichosos por no haber sido descubiertos por los soldados americanos, Dege y sus hombres instalaron la base (la cual se correspondía con una serie de barracones prefabricados que sólo hubo que bajar del buque). A su vez, y ya informados de los objetivos que debían cumplimentar para Hitler, pusieron a punto sus instrumentos de medición meteorológica.

«El grupo comenzó entonces a desarrollar su trabajo diario, que comenzaba a las siete de la mañana y les ocupaba hasta las seis de la tarde. Después de transmitir puntualmente los mensajes a Berlín a las ocho de la tarde, los miembros de la expedición cenaban y pasaban un rato de esparcimiento, ya fuera cantando, leyendo los libros de la biblioteca, o con algunas copas de licor, hasta las 11 de la noche, cuando debía retirarse a dormir», completa Hernández.

«Con mucha frecuencia salíamos de patrulla. Dichas patrullas también tenían la misión de explorar el terreno de la zona norte de la isla, con objeto de lograr información científica. Teníamos contacto permanente con la patria y estábamos al corriente de la situación», narró, posteriormente, el propio Dege en declaraciones recogidas por el diario ABC en la década de los 70.

A pesar del carácter científico de su trabajo, lo cierto es que las condiciones eran algo penosas para este grupo de germanos, aunque eso no les impedía pasar buenos ratos e, incluso, recibir alguna clase por parte del oficial al mando, a quien sus veinteañeros compañeros escuchaban atentamente cuando les impartía conocimientos sobre literatura, geografía o ciencias.

El final del Reich

Al tener periódicamente noticias de lo que sucedía en la vieja Europa, no tardaron en conocer los difíciles momentos que atravesaba el Tercer Reich desde la derrota en Stalingrado, el momento clave que hizo pasar a sus camaradas a la defensiva y empezar a retirarse hasta Berlín. A pesar de ello, el valor que su trabajo tenía para Alemania provocó que, desde el gobierno, se les solicitara postergar su misión en 1945. «Nos preguntaron desde Oslo si, en lugar de quedarnos en Spitzberg hasta el otoño de 1945, podíamos hacerlo por un año más, en cuyo caso nos mandarían dos aviones con los suministros necesarios», explicó el experto alemán.

Aunque aceptando esta petición se mantenían lejos de las balas que volaban sobre Berlín (donde todo aquel con fuerzas para levantar un fusil era reclutado para defender la capital del Reich de los aliados), lo cierto es que este grupo sentía una mezcla de morriña y desesperación ante la idea de que el nazismo se viniese abajo. «El estado moral y físico en qué nos encontrábamos no podía ser mejor, pero nos inquietaba sobremanera la situación allá en la patria», completa Dege.

Los últimos en rendirse

Finalmente, las peores pesadillas de este grupo de germanos se materializaron cuando, el 2 de mayo de 1945, les informaron desde Berlín de que Hitler se había suicidado junto a Eva Braun en el búnker de la Cancillería y la guerra iba a terminar en cuestión de días. Sabedor de que su misión ya no tenía utilidad alguna, Dege comunicó entonces a los aliados que rendía la base, aunque no sin antes destruir todos los documentos concernientes a los datos recogidos. Los estadounidenses aceptaron. Sin embargo, la situación se volvió dantesca cuando, con el paso de las semanas, se percataron de que ningún buque acudía a aceptar su capitulación ni a recogerles.

Tuvieron que pasar meses hasta que se les informó de que un navío acudiría a recogerles, aunque no sería militar, sino un bajel noruego (el «Blassel») dedicado a la caza de focas. «Llegando agosto, cuando las primeras y tenues capas de hielo aparecieron en el fiordo, preguntamos por radio si en dicho año irían a recogernos. Con gran sorpresa recibimos la noticia de que el 3 de septiembre de 1945, es decir, bastante tiempo después de la capitulación, llegaría en nuestra busca un grupo de cazadores noruegos», añade el alemán en las declaraciones recogidas por ABC.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC J.H.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC
J.H.

Así pues, y tal y como estaba prometido, éstos arribaron hasta su posición el día determinado, aunque con no pocos problemas. «El barco en el que viajaban llegó hasta nuestro enclave con alguna dificultad, pues no en vano había ido a parar a un territorio situado al borde de las posibilidades de la raza humana», finaliza Dege.

Aquel 3 de septiembre de 1945, el científico y militar alemán vivió una de las situaciones más surrealistas de su vida pues –como bien señala Hernández en su obra- el capitán del buque noruego no era un soldado y no sabía cuál era el procedimiento para aceptar una capitulación. En un intento de llevar a buen término la rendición, Dege decidió sacar su pistola del cinto y entregársela a su interlocutor. El gesto desconcertó al primero, que preguntó si podía quedársela como recuerdo. Sin duda, un curioso final para una extraña historia y una rara misión.

Finalmente el «Blaasel» partió al día siguiente de vuelta a Alemania cargado con aquellos 11 alemanes, quienes ya se habían convertido en los últimos germanos en rendirse después de la guerra. Al menos, así contó Dege su historia hasta que falleció en 1979.


Tres preguntas a Jesús Hernández

El día que la Tierra deje de rotar, más vale que te pille en un avión


El Confidencial

  • una hipótesis de consecuencias catastróficas

En este momento, si está usted leyendo este artículo desde España, se está desplazando a una velocidad aproximada de 1.180 kilómetros por hora aunque no lo note. La velocidad exacta dependerá de la latitud en la que se encuentre, que es la distancia que le separa del Ecuador. En el mismo Ecuador, el paralelo más largo de la Tierra y por tanto donde más recorrido hay que hacer para completar una rotación, la velocidad alcanzaría prácticamente los 1.700 km/h, mientras que en los Polos se reduciría hasta casi anularse.

El movimiento de rotación de la Tierra, aunque no lo percibamos a través de nuestros sentidos, es una de las características que condicionan nuestro mundo y nuestra vida. ¿Qué pasaría por tanto si ese movimiento cesase? ¿Si pudiésemos pisar un freno imaginario y parar la Tierra? Se trata de una situación totalmente hipotética, y vistas las predicciones de los científicos, menos mal que es así, porque las consecuencias serían catastróficas.

Lo que llamamos la Tierra no es un bloque macizo, piensa en las rocas, o la arena. La superficie, la corteza terrestre, se desplaza sobre una capa líquida

Para empezar, Fernando Jáuregui, astrónomo del Planetario de Pamplona, explica que habría que determinar qué parte de la Tierra frenaríamos: “Lo que llamamos la Tierra no es un bloque macizo, piensa en las rocas, o la arena. La superficie, la corteza terrestre, se desplaza sobre una capa líquida”. Por tanto, el efecto sería distinto si detenemos toda la Tierra o si solo paramos el núcleo.

En el segundo caso, si solo frenásemos el centro de la Tierra, todas las capas superiores seguirían girando a causa de la inercia, aunque se detendrían poco a poco a causa del rozamiento. En este escenario, los efectos del frenazo no serían tan inmediatos, aunque la recolocación de las placas tectónicas al disminuir la fuerza centrípeta terminaría provocando grandes terremotos.

Saldríamos despedidos por la inercia

Si en cambio detuviésemos la Tierra al completo, el impacto en ese mismo momento sería enorme. Michael Stevens, divulgador británico muy popular en las redes sociales, ha publicado un vídeo en el que hace recuento de las catástrofes que seguirían al parón.

Para empezar, al frenarse la Tierra, saldríamos despedidos a causa de la inercia. Sería un efecto similar al que sentimos cuando vamos en coche y damos un frenazo: no notamos que estamos en movimiento hasta que el automóvil se detiene y nosotros seguimos con el impulso. Solo que en este caso, el impulso sería enorme, haciéndonos volar en dirección este a miles de kilómetros por hora. Las personas que en ese momento se encontrasen viajando en aviones por la atmósfera, y los astronautas de la Estación Espacial Internacional tendrían alguna oportunidad de sobrevivir (un poco más), los demás nos convertiríamos en proyectiles voladores.

Si algo aguantase, sufriría el impacto de fortísimas corrientes de aire, similares a las generadas por la explosión de una bomba atómica, que arrastrarían todo lo que pillasen a su paso, generando una erosión y una fricción que provocaría grandes incendios

Y no solo los humanos saldríamos volando. “Todo lo haría”, asegura Jáuregui, “incluidos nuestros edificios, que no tienen fuerza suficiente para aguantar un impacto así”. Si algo aguantase, sufriría el impacto de fortísimas corrientes de aire, similares a las generadas por la explosión de una bomba atómica, que arrastrarían todo lo que pillasen a su paso, generando una erosión y una fricción que provocaría grandes incendios. Estos vientos además formarían tormentas de gran violencia.

La Tierra, cada vez más redonda

Al pararse el planeta, desaparecería la fuerza centrífuga que da a la Tierra su forma elipsoide (achatada por los polos), redistribuyendo la gravedad y por tanto alterando la configuración de los océanos y los continentes. De hecho, es probable que enormes olas se tragasen prácticamente toda la superficie terrestre en un primer momento, para después ir migrando hacia las zonas polares, donde la gavedad es mayor. Así, la Tierra quedaría configurada en dos grandes océanos polares y un gran continente en la franja del Ecuador.

Pero eso cambiaría poco a poco, ya que sin fuerza centrífuga, la Tierra adoptaría una forma de esfera cada vez más perfecta, volviendo a distribuirse la gravedad de forma más uniforme, de forma que las aguas volverían a moverse y las zonas más elevadas sobresaldrían del nivel del mar.

Aunque no quedaría nadie en la Tierra para observarlo, al detenerse la rotación también parecería deterse el tiempo, ya que es este movimiento el que marca el paso de los días

Aunque no quedaría nadie en la Tierra para observarlo, al detenerse la rotación también parecería deterse el tiempo, ya que es este movimiento el que marca el paso de los días. Si nuestro planeta siguiese girando en torno al Sol (un movimiento con el que no nos hemos metido), esa sería toda nuestra percepción temporal. Así, un día (es decir, un ciclo de día y noche completo hasta volver a observar el Sol en la misma posición en el cielo) duraría lo mismo que un año, alterando el ciclo vital de todos los seres vivos que, a estas alturas, pudiesen existir.

Pero la relación de la Tierra con el Sol se volvería problemática también por otra razón. Al detenerse la rotación de la Tierra, el campo electromagnético que la cubre desaparecería, dejándola expuesta a enormes cantidades de radiación provenientes del espacio, fundamentalmente de nuestra estrella, y aquí ni los pasajeros de los aviones podrían sobrevivir. Ese campo electromagnético nos protege entre otros de erupciones de masa solar que el Sol lanza en nuestra dirección de forma esporádica, y sin él estaríamos totalmente expuestos.

Renuevan la cartografía de Madrid con 10.779 fotos aéreas


ABC.es

  • El Ayuntamiento realiza miles de ortofotos de la ciudad para actualizar el Plan de Urbanismo

Renuevan la cartografía de Madrid con 10.779 fotos aéreas

La Puerta de Alcalá, en una toma cenital tomada hace unas semanas

Durante siete días, un avión Cesna 421 bimotor ha sobrevolado Madrid a 4.000 metros de altura, y disparado más de 10.700 fotos aéreas con una cámara Ultracam-Eagle 2010. Con una técnica de gran precisión, ha obtenido ortofotos de altísima nitidez que descubre todo tipo de edificaciones, lo que permite renovar la cartografía municipal de cara al nuevo Plan de Urbanismo que actualmente se está redactando.

Esta operación ha contado con un presupuesto de 245.901 euros. Aunque la cartografía aérea se renueva cada tres años aproximadamente, en esta ocasión la novedad está en el vuelo fotogramétrico realizado con las técnicas más modernas, que permiten obtener imágenes aéreas con altísima nitidez, solapando cada fotograma en un 80 por ciento con el siguiente.De hecho, si se acerca el «zoom», las fotografías permiten observar detalles increibles.

Estas imágenes permiten conseguir información en tres dimensiones. La gran altura a que se ha realizado el vuelo ha permitido salvar las grandes restricciones de navegación que presenta el espacio aéreo de Madrid, como consecuencia de la presencia del aeropuerto de Barajas.

La cartografía municipal es la base del Visualizador Urbanístico, uan potente herramienta que se puede consultar en la página web del Ayuntamiento de Madrid, de forma libre y gratuita.

El avión del futuro, según Airbus


EFE

  • El techo de la cabina sería transparente y los asientos, ergonómicos
  • El prototipo también incluye un espacio de realidad virtual para el pasajero
  • Los materiales cambiarían y serían ligeros pero de gran dureza
  • Los usuarios podrían comunicarse con el exterior en pleno vuelo

La compañía aeronáutica Airbus ha presentado en Londres un prototipo de avión fruto de sus concepciones más innovadoras que, de llegar a construirse, podría transformar sustancialmente las actuales aeronaves comerciales.

El concepto de cabina que Airbus imagina para el año 2050 tiene untecho transparente que permitiría al pasajero admirar las vistas durante el vuelo, asientos ergonómicos y un espacio de realidad virtual en el que el viajero podría desde jugar al golf hasta hacer sus compras.

“Nuestras investigaciones muestran que los pasajeros del 2050 querrán vivir una experiencia placentera durante su viaje, al mismo tiempo que exigirán que los aviones sean respetuosos con el medio ambiente”, dijo en la presentación el vicepresidente ejecutivo de la división de ingeniera de Airbus, Charles Champion.

La compañía, que proyectó un vídeo sobre sus diseños futuristas en el Observatorio de Greenwich (sureste de Londres), hizo hincapié en la necesidad de, eventualmente, desechar los actuales materiales con los que se construyen las cabinas de los aviones y sustituirlos por otros biodegradables.

Como el esqueleto de un pájaro

La estructura “biónica” de estos hipotéticos aparatos del futuro, según los concibe el gigante de la aeronáutica, trataría de imitar la eficiencia del esqueleto de los pájaros, constituidos de materiales ligeros pero de gran dureza.

El sistema eléctrico de esta cabina “presentada” puede compararse con el cerebro humano, explicó Champion, ya que estará integrado en una membrana que hará que los cientos de kilómetros de cable que actualmente recorren las aeronaves sean cosa del pasado.

“Nuestro reto para el futuro es predecir qué tecnología vamos a ser capaces de producir, ésa es la idea por la que se rigen los prototipos conceptuales”, declaró el vicepresidente.

“El mundo cambia muy rápidamente, y probablemente nunca veremos una cabina igual que ésta, pero veremos otras en las que se habrán aplicados nuevas soluciones”, añadió.

Respeto al medioambiente

Este prototipo de Airbus cuenta además con tecnologías para reducir la quema de combustibles, la contaminación acústica y las emisiones de CO2 y otros residuos.

Según el diseño, la membrana que conformaría las paredes de la cabina permitiría controlar la temperatura en el habitáculo, y los pasajeros gozarían de buena comunicación con el exterior, con la posibilidad de contactar con la familia vía videoconferencia.

“Otra de las cosas que espero (de cara al futuro) es que haya un incremento de la conectividad, porque hoy en día están muy limitadas las conexiones de banda ancha entre las aeronaves y el suelo”, dijo.

El interior del avión imaginado por Airbus está dividido en zonas adaptadas a las diversas necesidades de los pasajeros, con una “zona revitalizante” que contaría con aire enriquecido con antioxidantes y vitaminas, iluminación ambiental, aromaterapia y tratamientos de acupuntura.

En la “zona interactiva”, los pasajeros podrían disfrutar de juegos interactivos o de una tarde de compras a través de hologramas de realidad virtual, mientras que el viajero que requiera asistencia personalizada tendría que dirigirse a la “zona de alta tecnología”.