¿Qué nación perdió más soldados en la Segunda Guerra Mundial?


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  • Una infografía interactiva explica pormenorizadamente el número de fallecidos durante la contienda, su procedencia y la forma que tuvieron de expirar
ABC Archivo Grupo de soldados y oficiales polacos tomados prisioneros por los soviéticos durante la campaña de septiembre de 1939

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Grupo de soldados y oficiales polacos tomados prisioneros por los soviéticos durante la campaña de septiembre de 1939

Millones de muertos, un número mucho mayor de heridos y, si es posible, una cantidad aún superior de damnificados. La Segunda Guerra Mundial es, a día de hoy, uno de los conflictos de la Historia que más cadáveres ha dejado tras de sí. Pero… ¿Es posible saber cuántas personas murieron en esta contienda y por qué causas? Al parecer, sí. Así lo cree el cineasta Neil Halloran quien, en su último documental interactivo totalmente gratuito, presenta los horrores de esta contienda en forma de números.

Su investigación desentraña pormenorizadamente el cómo, cuándo y de dónde provenían los 40 millones de personas que fallecieron en la Segunda Guerra Mundial (22 de ellos, soldados y 18, civiles). Así pues, el documental desvela datos tan curiosos como el número de combatientes que dejaron este mundo en un frente concreto, el total aproximado de soldados que fallecieron de cada nación o, en términos civiles, cuántos judíos murieron en cada campo de concentración y de qué forma. Unos datos que su autor muestra en apenas 18 minutos.

Además de la dirección y los comentarios de Halloran, el vídeo (llamado «The Fallen of World War II») ha contado con varios investigadores y la colaboración de Andy Dollerson (a los mandos del sonido) y Altered Qualiea en la técnica. Tal y como puede verse en su página oficial, el vídeo tiene además una versión interactiva que permite al usuario bucear en estos truculentos datos. El corto, que se divide en varias partes, finaliza haciendo una comparativa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial para determinar que el ultimo ha sido el mayor conflicto que ha vivido nuestra Historia

Los datos

En el documental, Halloran señala que la nación que más víctimas contó a nivel militar fue la Unión Soviética. Y es que, tuvo que llenar nada menos que 8.7 millones de atáudes -reconocidos por el gobierno- para sus soldados (tres veces más que la actual población de Madrid). El experto no se detiene en este punto, pues también señala que perdieron casi 1.000.000 en la batalla de Stalingrado (la contienda que cambió el curso de la guerra y detuvo el avance alemán). Los nazis no se quedaron atrás, pues se despidieron en el mismo lugar de 600.000 de sus combatientes (100.000 de ellos, hechos prisioneros).

Por otro lado, el documental nos muestra que, de los 405.000 soldados estadounidenses que murieron en la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría lo hicieron entre 1944 y 1945, algo que parece lógico si se considera que fue ese año en el que se realizó el Desembarco de Normandía. De ese total, 2.500 dejaron este mundo al desembarcar en la playa de Omaha, una de las más castigadas en esta operación. No fue menos duro el frente del Pacífico, donde 12.500 expiraron en la batalla de Okinawa contra los japoneses (5.000 de ellos debido a los kamikazes). Por el contrario, Polonia «solo» (si es que se puede usar este término) tuvo que lamentar la muerte de 200.000 combatientes.

A su vez, el documental revela datos tan curiosos como que la gran mayoría de naciones perdieron más población durante la ocupación alemana y sus continuas «purgas», que durante su resistencia al invasor (ya fuese este Alemania –en la gran mayoría de los casos- o la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Un claro ejemplo es que, de los polacos muertos, más de la mitad fueron asesinados tras la ocupación de las dos regiones anteriormente comentadas.

Halloran, además, hace un recuento del número de civiles a los que la Segunda Guerra Mundial segó la vida. De esos 18 millones, el cineasta afirma que más de 6 (un tercio) eran judíos. Los datos determinan, por otro lado, cuántas personas de ese total fueron asesinadas en los campos de concentración y en cuáles. Con todo, lo mejor es disfrutar del cortometraje para empaparse de la cantidad de familias destrozadas que dejó esta contienda.

La misteriosa misión en el Ártico de los últimos soldados de Hitler


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  • En septiembre de 1945, cuatro meses después de la capitulación de Alemania, una unidad nazi se rindió a un barco pesquero en la perdida isla de Spitzbergen
 Archivo ABC Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico


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Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico

Frío, hambre, desesperación y desconcierto. Todo eso –y otras tantas cosas más- es por lo que debieron pasar la media docena de soldados nazis que, en septiembre de 1945 –cuatro meses después de que Alemania capitulase ante los aliados-, se rindieron a un barco ballenero noruego en una perdida isla cercana al Ártico. De esa forma dieron por finalizada una misteriosa misión que había ocupado sus vidas durante más de un año y que, en contra de lo que afirma la leyenda negra, se basaba en recoger datos meteorológicos de forma secreta para que Adolf Hitler planeara sus invasiones sin que una tormenta molestara a sus tropas. Un cometido trascendental que se extendió en el tiempo más allá del fin de la contienda y que permitió a estos germanos convertirse en los últimos combatientes de su país en entregarse al enemigo.

Este curioso suceso es uno de tantos que se pueden hallar en «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», el último trabajo del historiador y periodista Jesús Hernández. Autor de obras tan conocidas como «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», el español ha decidido mantener un estilo basado en los pequeños relatos para captar el interés del lector. Aunque eso sí, cada uno de ellos sustentado en datos estrictos y contrastados tras una profunda y extensa investigación histórica.

«Mi nuevo libro, aunque pueda parecer un simple libro de anécdotas, va mucho más allá. Contiene datos tan curiosos y sorprendentes como significativos, y ofrece información que no suele aparecer en los libros de historia. Por ejemplo, el hecho de que los Aliados gastasen más dinero en cigarrillos que en balas, que la mayoría de los soldados que participaron en una batalla no llegaron a disparar ni una vez o que, en un combate intenso, la mitad de los soldados se orinaba y la cuarta parte se lo hacía en los pantalones… Por tanto, creo que mi obra supera el concepto de anecdotario, proporcionando una nueva y estimulante visión de la contienda», explica, en declaraciones a ABC, el propio autor.

La batalla del clima, el origen de todo

Lejos de ser una mera curiosidad, la meteorología fue de vital importancia durante toda la Segunda Guerra Mundial. No era para menos, pues conocer donde caería una caprichosa lluvia o una molesta granizada permitía a los jefazos de chaqueta de cuero y esvástica tomar decisiones tales como qué día era el idóneo para desembarcar en una playa o qué jornada era la mejor para enviar una gigantesca operación aérea. Esta necesidad de información sobre el tiempo hizo que los contendientes iniciaran una auténtica guerra meteorológica a pocos kilómetros del Polo Norte -una ubicación ideal para prever la influencia de los vientos sobre las condiciones climatológicas del Atlántico Norte- por la supremacía de la información atmosférica.

«La información meteorológica tenía una importancia vital, tanto para los alemanes como para los aliados. Hitler fijó posteriormente el momento de atacar en las Ardenas en base a la información que le llegó de la estación meteorológica de las islas Spitzbergen. Por su parte, los aliados lanzaron el desembarco en Normandía tras saber que contarían con una tregua en el temporal que azotaba la región. Sin la información meteorológica no se entenderían buena parte de las decisiones que se tomaron a lo largo de la guerra», añade Hernández.

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella Archivo ABC

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella
Archivo ABC

Los primeros en posicionarse por aquellos helados páramos fueron los estadounidenses, quienes –allá por 1941- arribaron al sur de Groenlandia y establecieron en la zona una base desde la que estudiar el clima. En principio recibieron la ayuda del gobierno local, el cual creó varias patrullas de esquiadores daneses, noruegos y esquimales con la orden de informar en el caso de que vieran algún símbolo nazi en el horizonte. A pesar de que, en los mese siguientes, las cosas anduvieron tranquilas, finalmente estos vigías terminaron dándose de bruces contra una unidad alemana ansiosa de instalar su propia estación en el lugar el 13 de marzo de 1943 . Malas noticias para los americanos.

La situación empeoró cuando los soldados del Tío Sam se enteraron de que los nazis habían construido ya -como auténticos posesos- la estación meteorológica en la misma Groenlandia. Al tener noticias, los oficiales estadounidenses tomaron una decisión muy americana: enviar un avión cargado hasta los topes de explosivos y lanzar bombas sobre el edificio hasta que dejase de emitir aquella información de vital importancia para el enemigo. Lo cierto es que el plan (el cual no fue tampoco una muestra de ingenio y estrategia) salió a la perfección y los nazis abandonaron a la carrera la zona. Sin embargo, si por algo se destacaban los germanos era porque, cuando se les metía una idea en la cabeza, hacían todo lo posible por cumplirla. Estarían vencidos de momento, pero querían ganar la guerra del clima.

La «Operación Haudegen»

Ese mismo año, los alemanes volvieron a la carga. Sabedores de la importancia táctica de la información meteorológica, las fuerzas armadas germanas solicitaron 70 voluntarios para llevar a cabo una misión secreta que, posteriormente, sería conocida como «Haudegen» («Estocada»). La operación era tan misteriosa que los mandos se limitaron a describirla como «una misión muy especial en una zona muy fría». La realidad, sin embargo, era algo diferente, pues la «Kriegsmarine» (la marina de guerra alemana) y la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) pretendían enviar un equipo de militares hasta la deshabitada isla Spitzbergen (ubicada entre el océano Ártico, el mar de Barents y el mar de Groenlandia). La finalidad, nuevamente, era lograr que un pequeño grupo instalase una base en la región y, sin ser descubiertos, enviaran periódicamente información atmosférica a los hombres del «Führer».

«Los voluntarios que respondieron al llamamiento recibieron entrenamiento en los Alpes, preparándose para las bajas temperaturas que deberían soportar en el Ártico. Se les adiestró para desplazarse por la nieve y construir iglús, pero también se les enseñó las habilidades necesarias para vivir largos períodos de aislamiento, como sacar una muela, curar heridas de bala, o amputar extremidades congeladas. No se les comunicó a dónde iban a ser enviados, ya que se quería mantener en secreto la misión», señala el historiador en su libro. A su vez, se les informó de que, una vez en la zona de operaciones, no podrían comunicarse con sus familias hasta su regreso.

El viaje hacia Spitzbergen

Una vez que se seleccionó a los 10 «afortunados», los oficiales seleccionaron al jefe de la operación. El escogido fue Wilhelm Dege, con estudios –entre otras cosas- en Geología y Geografía y que, a sus escasos 33 años, ya había pisado en varias ocasiones el Ártico. Este barbudo experto ataviado siempre con sus inseparables gafas redondas conocía también el idioma local a la perfección, por lo que la «Wehrmacht» no tuvo problemas a la hora de tomar la decisión. Seleccionado el mandamás, el 5 de agosto de 1944 la expedición inició su viaje desde el puerto de Sassnitz (ubicado al norte de Alemania).

Mapa de la guerra meteorológica Archivo ABC

Mapa de la guerra meteorológica
Archivo ABC

«Llevaban víveres para tres años y los instrumentos necesarios para llevar a cabo su labor científica, así como el armamento necesario para poder defenderse en caso de ataque aliado: seis ametralladoras, doce fusiles, diecinueve pistolas y trescientas granadas. Además, llevaban con ellos cuatro rifles especiales para cazar osos», añade Hernández en su obra. La expedición hizo su primera parada en Narvik (actualmente, al norte de Noruega) y, desde allí, llegaron a su destino el 13 de septiembre de ese mismo año.

Al servicio del Reich y de la meteorología

Ya en Spitzbergen, y dichosos por no haber sido descubiertos por los soldados americanos, Dege y sus hombres instalaron la base (la cual se correspondía con una serie de barracones prefabricados que sólo hubo que bajar del buque). A su vez, y ya informados de los objetivos que debían cumplimentar para Hitler, pusieron a punto sus instrumentos de medición meteorológica.

«El grupo comenzó entonces a desarrollar su trabajo diario, que comenzaba a las siete de la mañana y les ocupaba hasta las seis de la tarde. Después de transmitir puntualmente los mensajes a Berlín a las ocho de la tarde, los miembros de la expedición cenaban y pasaban un rato de esparcimiento, ya fuera cantando, leyendo los libros de la biblioteca, o con algunas copas de licor, hasta las 11 de la noche, cuando debía retirarse a dormir», completa Hernández.

«Con mucha frecuencia salíamos de patrulla. Dichas patrullas también tenían la misión de explorar el terreno de la zona norte de la isla, con objeto de lograr información científica. Teníamos contacto permanente con la patria y estábamos al corriente de la situación», narró, posteriormente, el propio Dege en declaraciones recogidas por el diario ABC en la década de los 70.

A pesar del carácter científico de su trabajo, lo cierto es que las condiciones eran algo penosas para este grupo de germanos, aunque eso no les impedía pasar buenos ratos e, incluso, recibir alguna clase por parte del oficial al mando, a quien sus veinteañeros compañeros escuchaban atentamente cuando les impartía conocimientos sobre literatura, geografía o ciencias.

El final del Reich

Al tener periódicamente noticias de lo que sucedía en la vieja Europa, no tardaron en conocer los difíciles momentos que atravesaba el Tercer Reich desde la derrota en Stalingrado, el momento clave que hizo pasar a sus camaradas a la defensiva y empezar a retirarse hasta Berlín. A pesar de ello, el valor que su trabajo tenía para Alemania provocó que, desde el gobierno, se les solicitara postergar su misión en 1945. «Nos preguntaron desde Oslo si, en lugar de quedarnos en Spitzberg hasta el otoño de 1945, podíamos hacerlo por un año más, en cuyo caso nos mandarían dos aviones con los suministros necesarios», explicó el experto alemán.

Aunque aceptando esta petición se mantenían lejos de las balas que volaban sobre Berlín (donde todo aquel con fuerzas para levantar un fusil era reclutado para defender la capital del Reich de los aliados), lo cierto es que este grupo sentía una mezcla de morriña y desesperación ante la idea de que el nazismo se viniese abajo. «El estado moral y físico en qué nos encontrábamos no podía ser mejor, pero nos inquietaba sobremanera la situación allá en la patria», completa Dege.

Los últimos en rendirse

Finalmente, las peores pesadillas de este grupo de germanos se materializaron cuando, el 2 de mayo de 1945, les informaron desde Berlín de que Hitler se había suicidado junto a Eva Braun en el búnker de la Cancillería y la guerra iba a terminar en cuestión de días. Sabedor de que su misión ya no tenía utilidad alguna, Dege comunicó entonces a los aliados que rendía la base, aunque no sin antes destruir todos los documentos concernientes a los datos recogidos. Los estadounidenses aceptaron. Sin embargo, la situación se volvió dantesca cuando, con el paso de las semanas, se percataron de que ningún buque acudía a aceptar su capitulación ni a recogerles.

Tuvieron que pasar meses hasta que se les informó de que un navío acudiría a recogerles, aunque no sería militar, sino un bajel noruego (el «Blassel») dedicado a la caza de focas. «Llegando agosto, cuando las primeras y tenues capas de hielo aparecieron en el fiordo, preguntamos por radio si en dicho año irían a recogernos. Con gran sorpresa recibimos la noticia de que el 3 de septiembre de 1945, es decir, bastante tiempo después de la capitulación, llegaría en nuestra busca un grupo de cazadores noruegos», añade el alemán en las declaraciones recogidas por ABC.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC J.H.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC
J.H.

Así pues, y tal y como estaba prometido, éstos arribaron hasta su posición el día determinado, aunque con no pocos problemas. «El barco en el que viajaban llegó hasta nuestro enclave con alguna dificultad, pues no en vano había ido a parar a un territorio situado al borde de las posibilidades de la raza humana», finaliza Dege.

Aquel 3 de septiembre de 1945, el científico y militar alemán vivió una de las situaciones más surrealistas de su vida pues –como bien señala Hernández en su obra- el capitán del buque noruego no era un soldado y no sabía cuál era el procedimiento para aceptar una capitulación. En un intento de llevar a buen término la rendición, Dege decidió sacar su pistola del cinto y entregársela a su interlocutor. El gesto desconcertó al primero, que preguntó si podía quedársela como recuerdo. Sin duda, un curioso final para una extraña historia y una rara misión.

Finalmente el «Blaasel» partió al día siguiente de vuelta a Alemania cargado con aquellos 11 alemanes, quienes ya se habían convertido en los últimos germanos en rendirse después de la guerra. Al menos, así contó Dege su historia hasta que falleció en 1979.


Tres preguntas a Jesús Hernández

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa


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  • Desde sus armas, hasta su uniforme. Descubre cómo acudían a la contienda los miembros de la «Wehrmacht» al comienzo de la guerra

Introducción: el nacimiento del soldado alemán

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

ARCHIVO ABC Tropas alemanas, en 1939

A partir de 1939, los alemanes dominaron una buena parte de Europa gracias a su arrojo, su superioridad militar y su novedosa forma de hacer la guerra. Sin embargo, y además de contar entre sus filas con todo tipo de imponentes carros de combate, Hitler y sus oficiales también podían presumir de disponer de miles y miles de combatientes pertrechados con un material bélico que les dio decenas de victorias durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial.

Desde el fusil Kar 98 K hasta la máscara antigás reglamentaria, todo estaba pensado para que el infante pudiera sobrevivir durante días en el frente sin contar con más apoyo que el de sus compañeros y el equipo que llevaba a sus espaldas.

Para entender qué pasaba por la «kartoffel» de un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial es necesario remontarse en el tiempo hasta el año 1933. Por entonces, en Alemania ya había tomado el poder Adolf Hitler aupado por una crisis económica y nacional (pues hierieron el orgullo alemán) producida tras el tratado de Versalles.

Al final convenció a los ciudadanos alemanes, pues no sólo le votaron, sino que le dieron su apoyo para que, en 1934, el «Reichwehr» alemán (las Fuerzas Armadas del país) le juraran fidelidad a él. Toda una revolución para la época que le convirtió en líder indiscutible de los ejércitos de tierra, la armada y las fuerzas aéreas.

«En el año 34, el ejército tuvo que jurar lealtad a Hitler. No tuvieron más opción. Si no lo hacían, les obligarían a disolverse y sus funciones las adquirirían los seguidores del líder. Esa fue la base del ejército que posteriormente invadió Polonia: militares que no eran nazis pero que, al final de la contienda, se afiliaron en muchos casos al partido. El problema es que al final el nazismo imbuyó el ejército hasta tal punto que Hitler cambió el saludo militar por el fascista. Muchos militares estaban en contra de ello y sólo querían salir adelante, pero les tocó vivir aquello», explica, en declaraciones a ABC, Santos Rodríguez, miembro de la «Asociación cultural albaceteña de recreación histórica».

Aquella jornada, los soldados alemanes que habían estado a las órdenes de la República de Weimar pasaron a depender directamente del Führer en base al siguiente juramento. «Juro por Dios que deberé prestar obediencia absoluta al jefe del imperio y del pueblo alemán, Adolf Hitler -comandante en jefe de las fuerzas armadas-, y que, como un soldado valeroso, deberé estar siempre preparado para dar mi vida por este juramento».

Posteriormente, el ejército fue renombrado como la «Wehrmacht», organización que incluía el «Heer» (ejército de tierra), la «Kriegsmarine» (la marina) y las fuerzas aéreas («Luftwaffe»). El equipo del soldado de infantería previo a la guerra y que, con posterioridad, participó en las primeras contiendas de 1939 en Polonia, es el que será analizado en las siguientes páginas.


Recreando a la «Wehrmacht». Cuatro preguntas a Santos Rodríguez

El uniforme de la infantería de la «Wehrmacht»

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

Asociación CULTURAL albaceteña de recreación histórica Uniforme alemán

 

El equipo de un soldado alemán de 1939 empezaba en su uniforme, el cual comenzó a ser producido por el gobierno entre 1935 y 1936 -cuatro años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial-. Sin embargo, y como señala a ABC Santos Rodríguez (quien lo porta en muchas recreaciones históricas y es todo un experto en lo que a él se refiere), su antigüedad no impidió que fuera uno de los más utilizados durante la contienda y conocidos a nivel internacional.

Concretamente, el uniforme de la «Wehrmacht» era conocido como el M-36. «Una de las características de este uniforme es que había sido elaborado por Hugo Boss, quien –cuando Hitler subió al poder en 1933- fue contratado para diseñar toda la ropa del ejército. La M venía de modelo (en alemán) y el 36, del año en que se había empezado a producir. Posteriormente hubo también un modelo 40 y 42. Además, los uniformes se fabricaban en lana para el clima europeo y en HPT (un tejido a base de algodón) para climas tropicales en los que el calor fuera más fuerte –África, Grecia etc.-», explica a este diario Javier Bosch Martínez (regente de «La Garita Militaria», una tienda especializada en coleccionismo militar ubicada en Barcelona).

Guerrera

«La guerrera tenía cuatro bolsillos y contaba con carterilla (un fuelle para dar más amplitud a la prenda). También era característica porque tenía solapas apuntadas para los bolsillos que se cerraban con botones. El color era llamado “Feldgrau”, que es un gris-verde o gris campo. El color del cuello era verde esmeralda y las hombreras también. Con el paso de los años se dejó de usar el cuello verde esmeralda por la tropa. En el caso de los oficiales, como eran tan remilgados, lo siguieron utilizando como una forma de distinción. Se abrochaba mediante cinco botones de un color similar», explica el miembro de la «Asociación albaceteña de recreación histórica».

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Uniforme M-36 (a la derecha) Asociación CULTURAL albaceteña de recreación histórica

Sobre el bolsillo derecho, y por encima de la solapa, se colocaba el emblema nacional (un águila con las alas extendidas bajo la cual había una esvástica). Por su parte, los afortunados con alguna (o algunas) condecoraciones las ubicaban encima del izquierdo. Todas, salvo una: «La condecoración de segunda clase se colocaba en el segundo ojal de la guerrera empezando por arriba, es la única que no iba encima o alrededor del bolsillo». La graduación del militar se cosía en el antebrazo izquierdo, a media altura.

Con todo, Bosch añade que la importancia que tenían para los soldados las medallas hacía que algunos buscaran todo tipo de triquiñuelas para no llevarlas a la contienda: «Muchos soldados, cuando les concedían una medalla y la querían portar en el uniforme de campaña sin perderla, se cosían la cinta de la medalla en el uniforme quitando la parte metálica. De esta forma, Se sabía que habían sido merecedores de ellas sin peligro».

Pantalones, botas y prendas de cabeza

«Los pantalones eran rectos y no tenían ninguna forma (como por ejemplo los pantalones de montar, que eran bombachos). Otra característica es que las botas eran de media caña negras o amarronadas -que luego tenían que teñir en negro-. Eran las “Stiefel”, que traducido son “botas altas”. Posteriormente, y según avanzaba la guerra, las botas altas se sustituyeron por bajas que se acompañaban de polainas. Esto se hizo para ahorrar costes», determina el recreador histórico.

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Uniforme M-36 (a la izquierda) Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica

Finalmente, acompañando a este uniforme iba una gorra de plato (al menos, antes de la guerra). Ésta contaba en su parte frontal con el emblema nacional, además de hojas de roble y una bandera. El rango se distinguía por el cordón que portaban. Si era trenzado y de color plata, era de un oficial. Si era una tira de cuero negro, era de un suboficial o de tropa.

Otros uniformes complementarios

Al que acabamos de hacer referencia era el uniforme de combate, pero este no era el único que se podía hallar en el armario de un soldado alemán. «Este es el uniforme básico, de campaña. Luego estaba también el de diario (igual, pero el soldado iba sin equipo, sin trinchas y vestía un gorrillo) el de guardia (similar, pero se acompañaba de un abrigo sobre el cual se ponían las trinchas) y el de parada (era para desfilar y contaba con unas mangas rematadas con adornos). En este último se solían colgar las medallas», destaca el regente de la tienda barcelonesa.

Correajes y objetos de uso cotidiano

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Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica Miembro de la asociación, junto a un teléfono de campaña

Por encima del uniforme, el soldado alemán portaba sus pertrechos (los cuales solía usar en el día a día) mediante diferentes correas. Las principales eran el cinturón (o ceñidor) y las trinchas (tiras de cuero similares a los tirantes que eran utilizadas para enganchar diferentes elementos del equipo.

Cinturón

El elemento básico de los correajes era el cinturón. Éste era de cuero y contaba con una hebilla metálica sobre la que había impresa un águila imperial. «Llevaba también una leyenda que decía: “Dios está con nosotros”. Esta correa aguantaba parte del equipo e iba ubicada por encima de la chaqueta, sobre unos ojales a la altura de la cintura», determina Rodríguez.

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Diferentes correajes de un soldado alemán Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica

Del cinturón colgaban los portacargadores o portamuniciónes,, seis pequeñas cartucheras de cuero en las que se guardaban las balas. «Si el soldado estaba armado con un fusil llevaba los portamuniciones, que eran más pequeños y albergaban los peines de cinco balas. Si por el contrario iba armado con un fusil ametrallador o subfusil, llevaba los portacargadores. En cualquier caso había dos grupos de tres en cada lado del cinturón. Los portamuniciones admitían dos peines, lo que permitía llevar doce en total. Los portacargadores sólo uno por cartuchera», añade el recreador.

No sucedía lo mismo con aquellos que portaban las ametralladoras pesadas. Y es que, en este caso llevaban un portacargador grande de cuero que albergaba los útiles de limpieza del arma. Aquel soldado que acompañaba al tirador para darle balas (el amunicionador) llevaba hasta cuatro cajas de munición cargadas a la espalda (cada una, aproximadamente, de 10 kilogramos de peso).

Trinchas

Las trinchas, como ya hemos comentado, eran una especie de tirantes en forma de Y que se abrochaban al cinturón. De ellos se colgaban los siguientes objetos:

1-Mochila.

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Equipo de un soldado alemán Asociación cultural albaceteña de recreación histórica

2-La «A de combate» o «Trapecio de asalto». «Era una estructura en forma de A que iba sujeta a las trinchas. De ella se colgaban la marmita que se usaba para comer, el poncho o “zeltbahn” para protegerse de la lluvia y una mochila blanda que se podía llevar enrollada o desplegada», añade Rodríguez. Curiosamente, los soldados solían juntar tres de estas prendas impermeables para hacer una tienda de campaña.

3-«En la parte frontal llevaban también un paquete con una capa química», añade, en este caso, Bosch.

Otros útiles

A su vez, el soldado portaba en la parte posterior de las trinchas y el cinturón lo siguiente:

1-Una pala de tres kilos de peso.

2-Una panera. Era un trozo de tela en el que se metía desde carne seca, hasta comida enlatada. Cuando estaba vacía, se solía cargar con la marmita.

3-La cantimplora. La clásica con el cacillo grande. Sujeta con una correa de cuero.

4-La bayoneta en un costado. Dependiendo de si el soldado era zurdo o diestro iba en su correspondiente lado (a la inversa)

5-La máscara antigás con su bote (portamáscaras). «La máscara antigás iba dentro de un tubo cilíndrico de metal con una apertura superior. Arriba llevaba una especie de cajón para portar las lentes de recambio. En la parte inferior contaba con un muelle con un trapo enganchado para limpiar los cristales. La máscara, como tal, era de goma y tenía un filtro metálico con carbón en el interior», completa, en este caso, el regente de «La Garita Militaria».

6-Casco. «El casco que se usaba en esta época era el M35. Era un casco metálico con visera que se ajustaba muy bien a la cabeza. Lo hacía, de hecho, mejor que otros como el americano. Contaba con un ala alrededor que, a su vez, tenía un reborde hecho del mismo material hacia dentro para evitar cortes. Pesaba aproximadamente kilo y medio y tenía el interior de cuero. Se ataba, finalmente, a la altura del cuello», completa Rodríguez.

El color del casco era algo diferente al del resto del uniforme, lo que le hacía destacar sobre el resto. «El tono del casco M-35 era verde manzana. Era el único casco que, curiosamente, llevaba “doble calca”, es decir, que tenía en un lado un escudo con los colores de bandera de Alemania (negro, blanco y rojo) y, en el otro, el águila con la esvástica», completa Bosch.

Las armas básicas del soldado alemán

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WIKIMEDIA Varios soldados, armados con granadas y fusiles Kar 98 K

Las armas básicas del soldado alemán eran principalmente cuatro (algunas de ells, diseñadas al final de la contienda)

Kar 98 K

El fusil «Mauser Karabiner 98 Kurz» fue el arma más famosa del ejército alemán durante toda la Segunda Guerra Mundial. También fue el fusil de cerrojo (es decir, que se carga manualmente mediante una mecanismo) básico de la «Wehrmacht». Contaba con una recámara que podía albergar hasta cinco cartuchos y era famoso por su precisión. No obstante, su lenta velocidad de recarga hacía que no fuera el arma idónea para enfrentarse a un enemigo con un fusil ametrallador (al menos en las distancias cortas).

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Kar 98 K, modelo de francotirador WIKIMEDIA

«El modelo K es una evolución de un fusil de la Primera Guerra Mundial, pero modificado para que fuera más corto. La traducción de su nombre es “carabina reglamentaria Modelo 98”. Era muy eficiente y preciso, pero poco funcional para la guerra moderna por su lentitud. La mayoría de los francotiradores usaban este fusil, pues los cañones del Kar 98 K tenían tanta precisión que no hubo que hacer especiales para tiradores de élite. Tenía un calibre de 7,92 mm, el mismo que otras tantas armas usadas por los alemanes (lo que lo hacía muy versátil y permitía reciclar su munición)», afirma Rodríguez.

MP40

La «Maschinenpistole 40» era otra de las armas básicas del soldado alemán. Era un subfusil con gran cadencia de fuego que disparaba hasta 600 balas por minuto, pero contaba a sus espaldas metálicas con una ingente cantidad de contratiempos.

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

MP-40 WIKIMEDIA

«No era nada precisa. Además, entre sus problemas estaba que en Alemania hubo escasez de hierro durante la guerra y la punta de las balas se cambió por plomo. Este componente dañaba el estriado interior de esta arma y, por lo tanto, su precisión. Cuando disparaban 20 ráfagas se podía dar el caso de que, aunque apuntaran a la barriga del enemigo, el primer disparo fuera al pie y el segundo a la cabeza», destaca el recreador a ABC.

La MP-40 estaba basada en el diseño de una versión anterior, la MP-38, un arma que -como señala Rodríguez-, fue sustituida para abaratar costes. «La MP40 daba mucha capacidad de fuego y gastaba mucha munición, cosa que al ejército no le gusta demasiado. Tenía cartuchos de 9 mm parabellum, que eran más económicos. Parecía que se abarataban costes, pero al final se aumentaban por la cantidad de disparos que tenían que hacer para dar en el blanco», finaliza el experto.

G-43

El «Gewehr 43» fue una auténtica revolución dentro de las armas alemanas, ya que ofrecía una precisión similar a la del Kar 98 K, pero no era necesario accionar manualmente una palanca por cada disparo.

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G43 WIKIMEDIA

«Era un fusil muy bueno, daba una gran potencia de fuego por ser semi automático. El cargador era de 10 disparos. Se podía amunicionar con peines, con lo que era más fácil de cargar. Era mucho más rápido de disparar y cargar, pero se hicieron pocas unidades», añade Rodríguez.

STG-44

La «Maschinenpistole 44» fue un arma revolucionaria para la época. Considerado por muchos como la precursora de los fusiles de asalto modernos, destacaba porque podía disparar en tiro automático y semiautomático. A su vez, tenía una gran potencia de fuego y un considerable alcance (aunque no tanto como el Kar).

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STG-44 ARCHIVO

«Con él se podía luchar en campo abierto, no como con la MP-40, que era imposible. Se probó por primera vez en Rusia y su uso fue determinante. Después de la guerra, de hecho, se siguió utilizando en los países del Este», añade el recreador.

Armas cortas y de apoyo

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Asociación Cultural albaceteña de recreación histórica Diferentes soldados precedidos de un combatiente armado con una ametralladora pesada

En pistolas destacaban la Luger y la Walther. En armas pesadas, la MG34 y MG42.

Pistolas

1-Luger P08. Fue el arma de dotación para los suboficiales alemanes. A día de hoy, su característico cañón en forma de tubo le ha granjeado fama mundial. Al igual que tantas otras, contaba con un calibre de 9 mm. «A los oficiales les gustaba mucho (sobre todo a los oficiales de la «Waffen SS»). Pero era más estética que útil. Era del año 1908, por lo que cuando comenzó la guerra era un arma antigua. Además era muy cara de fabricar debido a que sus piezas eran mecanizadas. En el campo de tiro era preciosa, pero su fiabilidad era mala», destaca Rodríguez. Fue sustituida por la P38, un arma que cargaba más munición y era más fiable.

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

Luger P-08 WIKIMEDIA

2-Walther PPK. La «Polizeipistole Kriminalmodel» era el arma tipo de un oficial. Tenía un calibre de 7,65 o 8 mm y, curiosamente, poca capacidad en el cargador. Pequeña y fácil de esconder, terminó haciéndose famosa gracias a las películas de James Bond (pues era portada por el protagonista).

Armas de apoyo

1-MG34. La «Maschinengewehr 34» fue toda una revolución para la infantería alemana de la Segunda Guerra Mundial, pues permitió a los soldados disponer de una ametralladora que podía ser utilizada tanto para apoyar unidades de forma ligera, como para ofrecer fuego apoyada desde un trípode o un bípode. Con un peso de más de 10 kilos, destacaba por ser relativamente ligera para la época (a pesar de que, en la actualidad, sería un armatoste difícil de portar).

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

MG-34, portada por un soldado alemán WIKIMEDIA

«Cuando los demás ejércitos tenían todavía armas de la Primera Guerra Mundial como las Maxim soviéticas, que estaban algo obsoletas, Alemania revolucionó la guerra con estas ametralladoras. Disparaba entre 800 y 1.000 cartuchos por minuto dependiendo del cañón. Aquello era una pared de proyectiles arrolladora. El problema radicó en que era cara y no había muchas unidades en un principio. Como era tan costosa de fabricar, en el año 42 un policía creó la MG42, más económica», destaca Rodríguez.

2-MG42. La «Maschinengewehr 42» fue conocida como la «segadora» del ejército nazi. Nació como una evolución de la MG-34 debido a su alto coste de producción y, como demostró en múltiples casos, significó todo un avance con respecto a su antecesora. Y es que, disparaba nada menos que de 1.200 a 1.800 cartuchos por minuto. Toda una muralla de munición ante la que los soldados aliados poco podían hacer. Con todo, y como ninguna arma es perfecta, el alto número de disparos que hacía provocaba que su cañón se recalentara e, incluso, que su munición de 7,92 mm Mauser se acabara con celeridad.

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

MG42 WIKIMEDIA

«Era algo increíble. Estaba hecha en chapa estampada, sus costes eran menores y pesaba menos que la MG-34. Además era más versátil porque se podía usar como arma ligera o pesada e, incluso, como arma antiaérea. Se podía municionar con cintas o tambores y usaba el mismo calibre que el Kar 98 K, lo que lo hacía todo más versátil. Pesaba 10 kilos aproximadamente», destaca el recreador español.

 

La triste historia de los los 100.000 «hijos» de Franco en la Guerra Civil


ABC.es

  • Miles de soldados de la «Guardia Mora» murieron en la contienda nacional y fueron enterrados en Griñón
La triste historia de los los 100.000 «hijos» de Franco en la Guerra Civil

Fue idea de Franco. El dictador reclutó en el Norte de África a cien mil personas, de entre 16 y 50 años, para combatir en el bando nacional. Fue la denominada Guardia Mora. Del total, 20.000 murieron en pleno campo de batalla; otros, a causa de las gravísimas lesiones sufridas o de enfermedades.

Ante las bajas de los jóvenes soldados caídos en el frente, Franco decidió buscar un lugar donde enterrarlos según el rito musulmán: lavados minuciosamente, en contacto con la tierra, es decir, sin caja, y mirando hacia la Meca.

El lugar elegido fueron unos terrenos de Griñón que adquirió el Ejército del bando nacional. Muchos de los enterrados cayeron en la cruenta batalla de la cercana localidad de Brunete. Otros, procedían de otros puntos de la región y del país. Sin embargo, ese cementerio para el eterno descanso de los marroquíes, siguió cumpliendo la misma función una vez acabada la contienda. El Ejército del caudillo llegó a un acuerdo con las autoridades marroquíes y les cedió el suelo para que perviviera como necrópolis. Pero fue un pacto verbal, no escrito.

Reclutados en las zonas más pobres del Protectorado del Norte de Marruecos y de los poblados del Ifni, muchos, apenas unos críos, fueron enviados a la contienda por sus familias, acuciadas por la más absoluta de las miserias.

La lata de aceite, los kilos de azúcar que recibía su familia, tantos panes como hermanos tuviera el soldado, así como un sueldo de unas 150 pesetas de la época (toda una fortuna) con varios meses de anticipo, hicieron a la mayoría, grandes y menos grandes, picar el anzuelo. Aquí, se toparían con toda la crueldad desatada en una guerra que duró tres largos años. A su término, y con fama de sanguinarios, fueron licenciados y devueltos sin contemplaciones a su país. Así acabó la historia de la Guardia Mora, algunos de cuyos caídos reposan aún en el cementerio de Griñón.

Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios


ABC.es

  • En 1547, un grupo de soldados atravesó el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros
Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios

Cuadro de Carlos I en la batalla de Mühlberg pintado por Tiziano

Según la tradición, la Historia atesora los nombres de los reyes y oficiales, pero nunca los de los soldados que luchan en las batallas. Así pues, para ganarse un sitio en la memoria, los combatientes anónimos tienen que protagonizar alguna proeza que les garantice un hueco en los libros. Precisamente eso es lo que sucedió en la batalla de Mühlberg –antigua Sajonia- durante 1547, donde el ejército del Sacro Imperio Romano Germánico obtuvo la victoria gracias a once soldados españoles que, arriesgando sus vidas, cruzaron el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros.

Era rey entonces del trono hispano un entrado en años –y en achaques- Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, quién, desde 1519, lucía también orgulloso el título de Emperador. Eran, en definitiva, buenos tiempos para el joven rey, pues había conseguido unir bajo su ornamentado cetro los territorios de la actual Austria, Alemania, parte de Italia e, incluso, Bélgica (Flandes).

Un problema celestial

Con todo, y a pesar de que disponía casi de tantas regiones, su Majestad no disfrutaba de un minuto de respiro al tener que velar constantemente por su imperio. Así pues, ya fuera bajando los humos a «la France» en batallas como la de Pavía, o luchando en representación del catolicismo contra los turcos, lo cierto es que este belga de nacimiento siempre viajaba cargado con la espada, la armadura y el escudo.

Carlos I se encontraba también hasta su real bastón de mando de los problemas de culto que, desde Alemania, llegaban a su palacio día sí y tarde también. Y es que, a comienzos del siglo XVI se había extendido a lo largo y ancho de la región teutona el protestantismo, una escisión de la tradicional religión europea (el catolicismo) que rápidamente cautivó a una buena parte de la población germana y provocó varios enfrentamientos contra las tropas del emperador.

Sin embargo, estos pequeños combates no fueron más que el inicio de lo que, con el paso de los meses, se convirtió en una sangrienta guerra a espada y arcabuz entre los príncipes alemanes partidarios de Martín Lutero –el fraile que, mediante su dura crítica a la iglesia católica había motivado la aparición del protestantismo- y su Majestad Imperial.

Finalmente, la situación terminó de recrudecerse cuando los protestantes formaron una alianza defensiva en contra del catolicismo. «La intransigencia de los protestantes imposibilitó todo acuerdo con el Emperador, y la situación escaló cuando en (…) 1530 varios príncipes pro-luteranos se reunieron en la ciudad de Esmalcalda (Schmalkalden) y (firmaron) un tratado (…) que marcó el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”», explica Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V» de la colección «Guerreros y batallas» editada por «Almena».

No hubo nada más que apuntar. Hasta las fosas nasales como estaba, su imperial realeza declaró proscritos a Lutero, a los príncipes alemanes de la Liga y a todo bicho viviente notorio amante del protestantismo para después pertrecharse e iniciar camino hacia Alemania. De nada valieron los posteriores tratados; Carlos había tomado la decisión de derramar sangre.

«Cuando el emperador estuvo en condiciones de hacer frente a este problema –que hasta entonces sólo había podido atacar con conversaciones y acción política– (inició) una acción militar que pusiera freno a la imparable expansión de Lutero en Alemania. Para ello (…) ordenó la marcha de los suyos, desplegados por todos sus dominios», señala Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».

Primeros combates

Para dirigir a su ejército en esta aventura alemana, el emperador seleccionó en primer lugar a su hermano, Fernando I –rey de Hungría y Bohemia– y, en segundo término, al Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel).

La expedición imperial pisó Alemania varios meses después, aunque no en su totalidad, lo que provocó que el Duque de Alba tuviera que ingeniárselas para plantar cara y espada a los protestantes hasta la llegada de refuerzos. «Alba, nombrado generalísimo, inició una serie de marchas y contramarchas por las orillas del Danubio que consiguieron mantener en continua situación de inferioridad operativa al enemigo, que no se atrevía a presentarle batalla. Tras la llegada de los efectivos de los Países Bajos pasó a la ofensiva, ocupó varias ciudades y mantuvo un continuo hostigamiento sobre los protestantes», destaca Chao. Tal fue la efectividad del ejército de Carlos (formado, entre otros, por varios tercios españoles) que, en principio, los seguidores de Lutero se disolvieron.

Con todo, no hubo que esperar mucho hasta que los protestantes dieron de nuevo el arcabuzazo de salida a la guerra contra las tropas del Emperador. Concretamente, fue en 1547 cuando la Liga de Esmalcalda desenvainó de nuevo la espada bajo las órdenes de uno de sus miembros más destacables: el orondo príncipe elector de Sajonia, Juan Federico. Este, consiguió reunir bajo su mando un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y unos 5.000 jinetes.

Con sus tropas a punto y dispuestas para derramar sangre católica, Juan Federico avanzó sobre los territorios de Mauricio de Sajonia, un antiguo miembro de la Liga Esmalcalda que había traicionado a sus aliados y había acudido a refugiarse entre las enaguas del emperador bajo promesa de tierras, oro y quién sabe qué otras cosas. Fuera como fuese, lo cierto es que, en su marcha, el elector puso en serios aprietos los territorios del bando imperial.

Pero atacar fue el gran error de Juan Federico, pues el emperador, cansado de sus problemas con el protestantismo, enfundó su espada y reunió a su ejército para acabar de una vez por todas con las pretensiones de aquella insistente Liga de Esmalcalda. Carlos se movilizó decidido, esta vez, a no dejar viva a su presa y cortar el problema de raíz con su sable.

Así, entre marzo y abril de ese mismo año, el ejército imperial (en el que se encontraba también el resentido Mauricio) inició la marcha para dar caza a los protestantes en plena Sajonia. Al parecer, esto no gustó demasiado a Juan Federico, quien decidió poner botas en marcha con su ejército e iniciar la retirada desde Meiben (una pequeña ciudad ubicada a orillas del Elba en la zona sur-este de Alemania) a lo largo del cauce del popular río teutón.

Los ejércitos, orilla a orilla

Para desgracia del ancho Juan Federico, la huida no tuvo el efecto deseado y el contingente imperial terminó dando caza a los protestantes en Mühlberg, un minúsculo pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba (a menos de 8 kilómetros de Meiben). No obstante, la suerte no fue del todo esquiva con el elector de Sajonia, ya que ambos ejércitos se encontraron separados por el ancho río germano.

Con su enemigo en la orilla contraria, el protestante sabía que tendría una gran ventaja en la batalla que se avecinaba, pues si los soldados católicos trataban de cruzar el Elba se verían sacudidos por ráfagas constantes de plomo provenientes de sus arcabuceros. Sin embargo, esta superioridad estratégica no suplía la falta de soldados que sufría el bando luterano.

Juan Federico ordenó una veloz retirada ante la superioridad imperial

«En vísperas de la batalla la desproporción numérica entre los adversarios no podía ser más patente. Mientras queel príncipe elector contaba con 6.000 efectivos de infantería y 3.000 de caballería, el ejército imperial totalizaba 20.000 infantes y 6.000 caballos. Juan Federico había colaborado a crear tal desproporción enviando a la frontera (…) a (varios) contingentes y destacando guarniciones en distintas plazas (…), cayendo así en uno de los errores más fatales para un comandante: querer protegerlo todo con el resultado de dispersar sus fuerzas», explica Gavier en su obra.

Ante la superioridad insultante de los imperiales, el elector de Sajonia prefirió no apelar al honor y continuó con la estrategia que había usado durante las últimas jornadas: el sálvese quien pueda. Por ello, dictaminó en primer lugar destruir todos los puentes cercanos para evitar que los soldados enemigos pudieran cruzar el Elba y, a su vez, ordenó a un contingente de sus mejores arcabuceros tomar posiciones en un dique cercano al río y detener el avance enemigo en caso de que Carlos atravesara el agua con sus hombres.

Por otro lado, dispuso que las carretas de provisiones, la artillería y la infantería iniciaran una huida acelerada en dirección a un bosque cercano, lugar en el que los soldados imperiales tendrían serias dificultades para perseguirles. Finalmente, el orondo Juan Federico dio órdenes de que se desmontara y quemara un puente provisional de pontones que su ejército transportaba.

La heroicidad que valió una batalla

El calendario marcaba el 24 de abril cuando el contingente imperial, en el que se destacaban varios tercios españoles, marchó al son de los tambores y flautines en dirección al Elba. Concretamente, las primeras unidades en abrir fuego fueron la artillería y los arcabuceros que, bajo la bandera del águila imperial de Carlos I, avanzaron hasta la orilla del río e iniciaron un bombardeo constante sobre las tropas enemigas ubicadas en la orilla contraria.

En cambio, y a pesar de que este fuego provocó varias bajas entre los protestantes, el bando católico seguía cargando a sus espaldas con un gran problema: era imposible cruzar el río. Y es que, la falta de puentes provocaba que la única forma de atravesar el Elba fuera zambulléndose en sus aguas, lo que suponía morir amargamente ante los arcabuceros enemigos.

Varios españoles robaron el puente de pontones protestante

Fue precisamente en ese momento de incertidumbre cuando varios arcabuceros españoles, haciendo acopio de toda su valentía y gónadas, tomaron una decisión que, a la postre, decantaría la batalla del lado imperial. «Al constatar que el fuego enemigo menguaba (…) once españoles se desnudaron y “con las espadas en las bocas” cruzaron a nado el río, apoderándose de los pontones enemigos tras doblegar a los defensores y apagar el fuego. En medio de la aclamación de sus camaradas, aquel puñado de valientes remolcó su presa a la orilla izquierda, poco después, el puente se hallaba armado un kilómetro aguas abajo», destaca el autor de «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V».

Así recordaba Carlos I en sus memorias este valeroso hecho: «Entonces el Emperador mandó a su General que hiciese adelantar los arcabuceros susodichos, que él encontró; los cuales luego volvieron al río, donde muchos entraron bien dentro, y se dieron tanta mano en disparar, que los adversarios, pese a la resistencia que hicieron con su arcabucería y artillería, fueron constreñidos a dejar los puentes que algunos arcabuceros españoles, lanzándose a nado con las espadas en las bocas, trajeron a la orilla donde estaban Sus Majestades».

Una sangrienta persecución

Horas después, el ejército imperial atravesó en su totalidad el río y, tras acabar con los escasos soldados protestantes que prefirieron combatir y morir por sus creencias a huir, el contingente aliado inició la persecución de Juan Federico. «La vanguardia (…) –integrada por 400 caballos ligeros italianos, y españoles, 450 húngaros, 100 arcabuceros a caballo españoles, 600 lanzas y 200 arcabuceros a caballo de Mauricio de Sajonia y 220 hombres de armas de Nápoles- avanzaba paralelamente un par de kilómetros al este (de los protestantes). En cuanto al grueso imperial, seguiría (…) la ruta tomada por el enemigo», completa Gavier en su obra.

Perseguidos y acosados, sólo era cuestión de tiempo que los soldados de Juan Federico perecieran a manos de la vanguardia católica, por lo que, en un intento desesperado de retrasar el avance enemigo, el elector de Sajonia ordenó a su caballería hacer una última carga contra el contingente imperial. Así pues, con las lanzas en ristre y el convencimiento de que era imposible vencer, los jinetes protestantes se abalanzaron contra los hombres del Duque de Alba y Mauricio de Sajonia. Sin embargo, poco pudieron hacer ante una fuerza superior en número y, tras perecer a cientos de sus camaradas, acabaron girando las riendas de sus caballos y huyendo. Con todo perdido, los restos del poderoso ejército de la Liga de Esmalcalda fueron capturados por los hombres de Carlos I.

Aquella jornada fue, además, infausta para los protestantes, pues tuvieron que llenar entre 2.000 y 3.000 ataúdes con los cadáveres de sus compañeros. Mientras, el bando imperial apenas tuvo que lamentar una veintena de fallecidos y pudo jactarse de haber apresado a casi todos los supervivientes enemigos tras la contienda. Tan abrumadora fue la victoria, que provocó el fin de la guerra entre ambos bandos.

El curioso destino del elector

m. p. villatoromadrid
Durante aquella infausta batalla fueron muchos los oficiales protestantes capturados por el bando católico pero… ¿Qué sucedió con el príncipe elector de Sajonia? Una vez finalizada la contienda, y después de que los soldados protestantes fueran capturados y despojados de sus riquezas y armas, Juan Federico trató de salvar la vida huyendo a lomos de su rocín. Sin embargo, su oronda figura se lo impidió.
«El (…) príncipe elector (…) intentó huir (…). Sin embargo, su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón; en el bosque de Schweinert (…) Juan Federico fue interceptado por una partida de caballería y, tras ofrecer dignamente un conato de lucha durante el que sufrió una cuchillada en la mejilla izquierda, terminó rindiéndose», señala Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V». Finalmente, el líder de la Liga Esmalcalda fue encarcelado por su traición al Emperador.