Cuando las falanges de Napoleón aniquilaron a la caballería más letal de Oriente frente a la Gran Pirámide


ABC.es Manuel P. Villatoro

  • La pirámide de Keops, en los medios estas últimas jornadas, fue testigo en 1798 de batalla que acabó con la hegemonía de la caballería mameluca
 Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota - Instituto Napoleónico México-Francia

Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota – Instituto Napoleónico México-Francia

Las victorias de Napoleón Bonaparte en Europa son atesoradas como ejemplo de su ingenio militar y su capacidad estratégica. Sin embargo, se suele obviar que el «Pequeño Corso» dejó su impronta también en las cálidas arenas de Egipto. No en vano fue el primer militar que llevó la guerra moderna hasta El Cairo y que, mediante tácticas revolucionaras para aquellos que vivían en plena tierra de los Faraones, logró someter con 20.000 hombres a un ejército formado por más de 60.000 enemigos. Unos 6.000 de ellos jinetes mamelucos, la caballería ligera más letal que -por entonces- había en Oriente.

Y lo hizo, además, frente a la Gran Pirámide de Guiza (la cual ordenó construir Keops). Una tumba que estos días está siendo noticia en los medios de comunicación y que dio, posteriormente, nombre la contienda: «La batalla de las Pirámides».

Camino a Egipto

Para llegar hasta esta contienda es necesario hacer retroceder el calendario hasta el siglo XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte era un general de 28 años que –aunque querido por el pueblo tras haber combatido exitosamente en Italia– aún no se había proclamado emperador. De hecho, se encontraba a las órdenes de un poder superior: el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y formado por cinco dignatarios.

 Por entonces, la situación no andaba precisamente «très bien» a nivel internacional, pues se podía masticar la tensión existente entre Francia y Gran Bretaña. Una aversión que se avivó cuando los inglesuzos declararon la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución. En esas andaba la cosa, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión definitiva de Gran Bretaña por mar. Algo que Bonaparte rechazó por considerarlo una locura.

No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas. Con todo, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, y sugirió que todo el capital que le iban a entregar podría ser destinado a la invasión de Egipto. De esta forma, buscaba entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello, buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Meses después se organizó una expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa. El 19 de mayo la armada partió del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra», explica el Profesor de Historia Contemporánea Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Horatio Nelson les encontrase. Su destino: Egipto.

Contra los mamelucos

El 1 de julio, el contingente de Napoleón tuvo ante sí el primer escollo en su aventura egipcia: Alejandría, la ciudad de los muertos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damietta y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa», explica Pecharromán. Dos jornadas después, la urbe fundada por Alejandro Magno cayó en poder de los galos casi sin oposición. Ahora los enemigos serían los mamelucos (un antiguo pueblo de esclavos en la época de los faraones que, tras siglos, había logrado hacerse con el poder en buena parte de Egipto y convertirse en la clase más adinerada).

Los mamelucos, por su parte, no se quedaron quietos e iniciaron los preparativos para enfrentarse a aquellos invasores llegados de lejanas tierras. Así pues, el bey Ibahim (el principal líder político) ordenó reunir al gigantesco contingente egipcio al mando del también bey, Murad (general del ejército y comandante de caballería). Este estaba formado principalmente por mamelucos, unos jinetes que usaban de forma predominante la cimitarra en lugar de las armas europeas y que se destacaban por sus cargas letales y su ferocidad en el combate cuerpo a cuerpo.

Así define Michel Franceschi (Consultor militar especial del Instituto Napoleónico México-Francia) a estos jinetes en su dossier «Bonaparte en Egipto»: «Además de diversas armas de fuego, sus temibles cimitarras centellean con mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario resplandor. Sus uniformes engalanados flamean bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo ciego de esos temibles guerreros es bien conocido. Su manera de batirse es de lo más rudimentario: cargar directo y de frente y aplastar todo a su paso».

El experto también señala que estos jinetes tampoco habían visto jamás que alguien detuviera una de sus feroces cargas, por lo que se sentían lo suficientemente confiados como para enfrentarse al veterano ejército napoleónico.

El cruce del desierto

Mientras los beys andaban organizando unas fuerzas lo suficientemente poderosas como para expulsar de la región al veterano ejército de Napoleón, el «Pequeño corso» (todavía recibiendo órdenes del Directorio) desveló sus planes a sus hombres: viajar y tomar El Cairo. Una tarea que podría parecer sencilla, pero ni mucho menos lo era.

¿La razón? Que había dos rutas para llegar de una ciudad a otra. En la primera, la más sencilla, había que remontar la orilla izquierda del Nilo a partir de Roseta (ubicado 60 kilómetros a la izquieda de la ciudad de los muertos). Este itinerario era el más seguro, pero también el más tedioso. «El otro, más directo pero excesivamente pesado, cruzaba por setenta kilómetros el desierto de Bahyreth y se unía al primero en Rahmanyeh pasando por Damanhour», explica Franceschi.

¿Qué hizo Napoleón? Dividir a sus hombres en dos contingentes y ordenar a cada uno que se dirigiera a El Cairo por un camino. El primero fue el más pequeño (estaba formado por una división) y tomó la ruta más larga con el objetivo de engañar al enemigo. También iría cargado con una buena parte de los macutos de los hombres para ahorrarles peso. El segundo, en el que viajaría Bonaparte, puso rumbo al desierto. «El general en jefe estableció el agrupamiento del conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para una progresión directa sobre El Cairo con todas las fuerzas reunidas», destaca el experto.

Dos soldados se suicidaron debido al calor asfixiante que sufrían

Napoleón inició la marcha junto a sus hombres a las cinco de la tarde del 7 de julio y, como explica el historiador Andrew Roberts, lo hizo bajo el abrigo de la luna y el fresco de la noche. Era la primera vez que un ejército moderno cruzaba las arenas de Egipto. Para desgracia del corso, la travesía por el desierto se pareció bastante a la de Moisés, pues le faltaron agua y víveres… El viaje fue un auténtico desastre. «Muchos de los pozos y las cisternas del camino habían sido envenenados o cerradas con piedras», añade el experto.

La sed del contingente durante esos días fue tan severa que los militares maldijeron a Bonaparte. Dos soldados de una unidad de dragones (jinetes armados con fusiles) se terminaron arrojando al Nilo para suicidarse debido al asfixiante calor. «El capitán Henri Bertrand, un ingeniero de talento que llegaría a ser coronel en esta campaña, vio a generales tan destacados como Murat o Lannes “arrojar sus gorros con encajes a la arena y pisotearlos”», determina Roberts. Concretamente, los militares se quejaron (como destacó luego un miembro de la expedición) de vivir en el viaje a base de «melones, calabacines, gallinas, carne de búfalo y agua del Nilo».

Primera batalla

Estas penurias debieron regocijar al bey quien, desde su sillón, decidió que había que presentar batalla a los franceses en ese momento de debilidad y sed. Según creyó, su caballería no tendría más que cargar para atravesar como la mantequilla la «Armée» de Bonaparte, ya bastante mermada por las continuas cargas de los molestos beduinos.

Así pues, se presentó ante los franceses con su contingente de 4.000 mamelucos y 11.000 infantes el 13 de julio en Chebreis, Era su primera contienda contra un ejército europeo experto en la lucha contra los jinetes. Una prueba de fuego para unos soldados a los que -hasta entonces- les había funcionado a la perfección el lanzarse de boca contra el enemigo.

En contraposición a esta simple mentaldiad, Bonaparte estableció una estrategia muy usada en Europa: la formación en cuadro. Esta consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería.

«El general les opuso la táctica de fuego graneado y concentrado de la “formación en cuadro” por división. Los costados de los cuadros estaban constituidos por seis filas de soldados de infantería estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros, la artillería podía barrer con metralla el terreno en un ángulo de doscientos setenta grados. En el centro, con las impedimenta, se encontraba la caballería en reserva. De las seis filas de soldados de infantería, tres podían eventualmente salir del cuadro para un contraataque, en apoyo o no de la caballería. […] Las distancias entre los cuadros están calculadas para que puedan apoyarse mutuamente», añade Franceschi.

Cuando comenzó la batalla, el ejército mameluco creó (según varios autores) una línea de hasta cuatro kilómetros de extensión. Posteriormente, los jinetes se arrojaron contra los soldados franceses con sus cimitarras al viento, desconcertados por la extraña forma en la que estos combatían. Se sentían victoriosos. Sabían que cada uno de ellos podía enfrentarse a tres o cuatro enemigos fácilmente y salir victorioso. Durante la carga no hallaron apenas escollos, pues los oficiales de la «Armée» habían ordenado a sus hombres que no disparasen hasta que el enemigo estuviese a pocos metros de ellos.

«Los mamelucos se replegaron dejando 200 muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses»

Todo parecía perfecto para los mamelucos. Sin embargo, cuando estuvieron cerca de los gabachos, estos les desjarretaron una andanada de fusilería que desmontó a una buena parte de los jinetes. El resto, se estrelló contra la muralla de bayonetas. Muchos vieron como su montura les arrojaba al suelo, asustada.

La carga había fallado y, a los pocos minutos, los mamelucos entendieron que lo único que podían hacer era huir. Tras reagruparse, agotaron su ímpetu cargando de forma concentrada contra el flanco derecho francés, pero no sirvió de nada. Fueron rechazados de nuevo. Desesperados, los oficiales tocaron a retirada.

«Remolineron todavía algunos instantes y, luego, se replegaron hacia El Cairo, dejando doscientos muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses. La táctica adoptada hizo maravillas. Mínima por las pérdidas, esta batalla de Chebreis tuvo una gran resonancia moral. Los mamelucos perdieron su soberbia, mientras los franceses recuperaron confianza en ellos mismos después de los terribles retos que acababan de sobrellevar. Habían tomado el ascendente moral sobre el enemigo, lo cual es determinante la guerra», completa el experto hispano. Tras la contienda, Napoleón volvió a iniciar la marcha hacia El Cairo.

Frente a frente, en las pirámides

Pero los mamelucos no estaban dispuestos a rendirse. Unas jornadas después, el día 21 de julio de 1798, Murad volvió a hacer su aparición en escena. Y lo hizo en la ciudad de Embaleh (ubicada a una decena de kilómetros de las Gran Pirámide de Guiza, la cual había ordenado construir el faraón Keops). Por entonces, una de las construcciones más altas que había en el mundo. Además, en esta ocasión los enemigos de Bonaparte no habían dejado lugar a los fallos y se habían presentado con la nada desdeñable cifra de 6.000 mamelucos y 54.000 soldados árabes (entre ellos, un número alto de jinetes también, como señala Roberts en su obra).

Llegaba la batalla definitiva, y el «Pequeño corso» solo disponía de unos 20.000 hombres, aunque bien entrenados. Con todo, las cifras de soldados que combatieron varían atendiendo a la fuente a la que se acuda. El mismo Bonaparte -por ejemplo- cifró en el doble el número de mamelucos presentes en el contingente enemigo, aunque puede atribuirse a la necesidad de demostrar y probar su genio militar frente al Directorio francés.

El historiador Tom Reiss ofrece unos datos algo diferentes en su obra «El conde negro: Gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo». «Los franceses eran unos 25.000. Las estimaciones […] varían, aunque los historiadores suelen citar las cifras que dio Napoleón: 12.000 guerreros mamelucos, cada uno de ellos con tres o cuatro sirvientes armados; 8.000 mil beduinos y 20.000 jenízaros (soldados otomanos a pie)». En palabras de este experto, los criados se dedicaban a pasar las armas adecuadas a sus amos en cada momento. «A los guerreros les seguían también flautistas y tamborileros, y montones de mujeres y niños que los acompañaban para ver cómo aniquilaban a los infieles», completa.

Comienza la batalla

Para repeler de nuevo a los mamelucos, Napoleón ordenó formar cinco grandes cuadros de infantería. Uno por cada división que le acompañaba. «Estos cuadros estaban formados para la ocasión egipcia por entre seis y diez filas de profundidad, cuando lo habitual en Europa eran tres filas o, excepcionalmente, cuatro», explica el autor Enrique F. Sicilia Cardona en su obra «Napoleón y revolución: las Guerras revolucionarias». El objetivo de esta variación no era otro que evitar que los jinetes contrarios atravesasen las defensas galas y aniquilasen a los diferentes grupos uno a uno.

«Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes bordados de oro y plata»

El estado mayor, la oficialidad y los pertrechos se situaron en el centro del cuadro y, en cada una de las esquinas de este castillo de bayonetas, se ubicó una pieza de artillería. ¿Su objetivo? Arrasar con metralla a todos los mamelucos que pudieran antes de que estos chocaran contra la formaciones galas. Antes de comenzar la lucha, los oficiales recordaron a sus hombres que esperasen a que los jinetes estuviesen cerca de sí para disparar, y que apuntasen a la cabeza de los caballos, ya que de esta forma, y como dijo un oficial, «los caballos recularían, desmontando al jinete». La combinación de fuego prometía ser letal para el enemigo.

Con El Cairo frente a sí y las pirámides de Guiza a su derecha, los oficiales franceses ubicaron los cuadros de infantería dirigidos respectivamente por Desaix y Reyner. Su objetivo sería cargar contra las fuerzas presentes en la diestra, aquellas que defendían el acceso a las milenarias tumbas de los faraones. De esta forma, amenazarían la comunicación del bey con el alto Egipto. Dos cuadros, los de Bon y Vial, se ubicaron en el flanco izquierdo. Finalmente, el grupo restante (el de Dugua) formó entre estas dos fuerzas principales para servir como nexo de unión.

A la carga

Como era de esperar, y a pesar de que habían salido trasquilados pocos días antes, los árabes no modificaron su táctica. Así pues, se lanzaron de bruces contra los cuadros a las órdenes de Desaix y Reyner, ubicados en el flanco derecho galo. La carga parecía letal, pero acabó como ya había sucedido el día 13: en un total desastre. «Les recibieron con firmeza, y a una distancia de unos diez pasos abrieron fuego a discreción sobre ellos», explica Roberts citando a un historiador de la época.

Uno de los soldados que luchó en la batalla fue mucho más descriptivo, segúb recoge Tom Reiss en su obra: «Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes, vaporosos y ligeros como grasa, bordados de oro y plata».

Casi rememorando lo que había sucedido en Chebreis, los árabes ubicados en el flanco derecho se retiraron y trataron de atacar nuevamente a los dos cuadros antes señalados. Pero su intento no sirvió de nada. «Los mamelucos no habían visto nunca fracasar una carga de caballería», añade Reiss. La forma de combatir de los franceses era perfecta para la situación. Y es que, cuando uno de los soldados de las primeras filas caía ante el poder de las cimitarras enemigas, otro ubicado tras él lo sustituía para que la formación no se rompiese.

En el flanco contrario, los mamelucos se lanzaron contra Bon, quien les recibió del mismo modo. Mientras, una división recibió el encargo de avanzar hacia las reservas enemigas (siempre formando en cuadro) y desalojarlas de sus posiciones defensivas. En todos los frentes, los mosquetes acababan con la vida de los experimentados jinetes musulmanes ayudados por los cañones ubicados en los extremos de los cuadros. «Mientras tanto, la artillería francesa descargó sus obuses contra la retaguardia enemiga», añade Reiss.

El ataque final

Al final, después de llevar a cabo varias cargas infructuosas y de que cientos de sus jinetes se dejasen la vida sobre el campo de batalla, los oficiales mamelucos tomaron a una decisión promovida más por el orgullo que por la mente. «Al darse cuenta de que los franceses querían acorralarles, decidieron lanzar una última carga total contra dos de los cinco cuadros. Miles de jinetes cargaron contra ambos cuadros a la vez, pero las divisiones resistieron», completa Reiss. El ímpetu no sirvió de nada.

Al ver que la moral de los mamelucos se resentía, Napoleón ordenó a las divisiones de Vial y Bon lanzar un contraataque que terminara, de una vez por todas, con el ejército enemigo. Dicho y hecho. Los oficiales, ávidos de venganza, dirigieron a sus hombres con un empuje letal que obligó a muchos enemigos a arrojarse al Nilo para no morir ante las bayonetas. Cerca de 1.000 se ahogaro o fueron rematados por los galos desde la orilla.

Jean-Pierre Doguerau, asistente de uno de los oficiales presentes en la batalla, recordó así el triste suceso: «Se arrojaron al Nilo y se siguió disparando durante largo tiempo contra las miles de cabezas que asomaban sobre el agua.

El recuento de bajas fue demoledor: miles por parte de los mamelucos (se cree que entre 2.000 y 8.000) y apenas 300 de los soldados de Napoleón. Y la mayoría de ellas, debido al fuego amigo provocado al dispararse entre cuadrados. Tras la contienda, los galos se hicieron con 20 piezas de artillería, 4.000 camellos y todo su equipamiento. Posteriormente, Bonaparte entró en El Cairo, pero no como conquistador, sino como libertador. Así lo atestiguan las palabras que dirigió a los ciudadanos: «He venido a destruir a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio y los naturales del país (…) No temáis nada por vuestras familias, vuestras casas, vuestras propiedades, y sobre todo por la religión del profeta, a la que estimo…».

Lo que Napoleón Bonaparte vio dentro de la Gran Pirámide de Egipto y le dejó aterrorizado


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  • Entre el mito y la realidad, se dice que el Gran Corso quiso pasar una noche en la famosa estructura, emulando a Alejandro Magno y a Julio César, y quedó profundamente impresionado por la experiencia entre murciélagos y ratas

 

Napoleón junto a la esfinge - Art Renewal Center

Napoleón junto a la esfinge – Art Renewal Center

La pirámide de Keops, que es la única construcción que perdura de las siete maravillas del mundo antiguo, sigue revelando nuevos secretos en sus imponentes 146 metros de altura. Un escaneado de la construcción de bloques de pieza caliza indicó hace unos días que podría haber pasadizos ocultos todavía sin descubrir, como evidencia el hecho de que se hayan registrado anomalías de temperatura de hasta seis grados. Un análisis científico que confirma lo que Napoleón Bonaparte intuyó en su propia piel tras pasar siete horas en el tétrico monumento: el misterio impregna cada uno de sus rincones.

Con el objetivo de liberar Egipto de las manos turcas, el prometedor general Bonaparte, victorioso en Italia, desembarcó en el país del Nilo durante el verano de 1798 con más de treinta mil soldados franceses poniéndose por objetivo avanzar en dirección a Siria. No en vano, el joven Napoleón perseguía algo más que objetivos militares y llevó consigo a un grupo de investigadores de distintas disciplinas (matemáticos, físicos, químicos, biólogos, ingenieros, arqueólogos, geógrafos, historiadores…), más de un centenar, para que estudiaran al detalle aquel país de las pirámides maravillosas y los dioses milenarios. Entre ellos figuraban los matemáticos Gaspard Monge, fundador de la Escuela Politécnica; el físico Étienne-Louis Malus; y el químico Claude Louis Berthollet, inventor de la lejía. Es decir, algunos de los científicos más brillantes de su generación acudieron a la llamada del general, de 28 años, sin conocer siquiera el destino del viaje hasta que navegaron más allá de Malta: «No puedo decirles adónde vamos, pero sí que es un lugar para conquistar gloria y saber».

Europa redescubre Egipto

Fue en aquella expedición, entre lo militar y lo científico, cuando Europa redescubrió las maravillas del antiguo Egipto y encontró la llave para entenderlas. Mientras un soldado cavaba una trinchera en torno a la fortaleza medieval de Rachid (un enclave portuario egipcio en el mar Mediterráneo), halló por casualidad la conocida como la piedra Rosetta, la cual sirvió para descifrar al fin los ininteligibles jeroglíficos egipcios. Se trataba de una sentencia del rey Ptolomeo, fechada en 196 a. C, escrita en tres versiones: jeroglífico, demótico y griego. A partir del texto griego fue posible encontrar las equivalencias en los jeroglíficos y establecer un código para leer los textos antiguos.

No obstante, el viaje también sirvió a Napoleón a modo de búsqueda espiritual en una tierra que había perturbado la imaginación de grandes personajes de la historia. Como muchos de sus contemporáneos, el Gran Corso se sentía atraído por el exotismo oriental y había leído una obra muy popular por entonces, «El Viaje a Egipto y Siria de Constantin Volney», publicada en 1794 sobre los misterios de las civilizaciones de la zona.

En medio de las operaciones militares, Napoleón se dirigió a Tierra Santa con el propósito de confrontarse con el ejército turco y, de paso, a descansar por una noche en Nazaret. Y así lo hizo el 14 de abril de 1799, sin que hayan trascendido más detalles de esta particular parada turística. Ese mismo año, en agosto, Napoleón regresó a El Cairo haciendo noche supuestamente en el interior de la Pirámide de Keops. Su séquito habitual y un religioso musulmán le acompañaron hasta la Cámara del Rey, la habitación noble, que en aquella época era de difícil acceso, con pasadizos que no llegaban al metro y medio, y sin ningún tipo de iluminación más allá de las insuficientes antorchas.

«Aunque os lo contara no me ibais a creer»

Concretamente, la Cámara del Rey es una sala rectangular de unos 10 metros de largo y 5 metros de ancho conformado por losas de granito, paredes y techo lisos, sin decoración, y únicamente contiene un sarcófago vacío de granito, sin inscripciones, depositado allí durante la construcción de la pirámide, puesto que es más ancho que los pasadizos. El general corso pasó siete horas rodeado solo de murciélagos, ratas y escorpiones en la pirámide. Justo al amanecer, brotó de la laberíntica estructura, pálido y asustado. A las preguntas de inquietud de sus hombres de confianza sobre lo qué había ocurrido allí dentro, Napoleón respondió con un enigmático: «Aunque os lo contara no me ibais a creer».

De la pirámide, a la conquista política de París

Resulta imposible saber qué es lo que vio o sintió exactamente Napoleón en esas siete horas, o incluso si el episodio llegó a tener lugar, aunque parece probable que en todo caso el corso creyera sufrir alguna clase de experiencia mística inducida por la soledad, la oscuridad, las temperaturas extremas y los ruidos comúnes que distorsiona el eco. Lo que está claro es que –como han dado cuenta distintas obras de ficción, véase la novela de «El Ocho» (1988) de Katherine Neville o más recientemente Javier Sierra en «El Secreto Egipcio de Napoleón» (2002)– la noche de Napoleón dentro de la Gran Pirámide pareció cambiar su carácter para siempre. Pese a regresar derrotado militarmente a Francia, el corso despegó políticamente en los siguientes meses. En noviembre de ese año organizó el golpe de Estado del 18 de brumario que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa, e inició el Consulado con Napoleón Bonaparte como líder.

Lo que si tiene una respuesta más accesible es por qué razón quiso pernoctar en el monumento. Según explica el periodista Peter Tompkins en su clásico «Secretos de la Gran Pirámide», «Bonaparte quiso quedarse solo en la Cámara del Rey, como hiciera Alejandro Magno, según se decía, antes que él». Obsesionado durante toda su carrera con otros personajes históricos claves, Napoleón trató de emular las huellas del conquistador Alejandro Magno y del general romano Julio César, que supuestamente habían pasado también una noche en la cámara buscándose así mismos. El conquistador griego, del que se cuenta una infinidad de leyendas de su contacto con otros mitos de la Antigüedad, fundó Alejandría en el año 331 a.C. y consultó el oráculo egipcio, donde recibió al parecer su confirmación como hijo de Zeus-Amón y como conquistador del mundo. Ese mismo año, en Menfis, Alejandro Magno recibió las insignias y títulos de los faraones y realizó sacrificios a las divinidades egipcias.

 

El triste ocaso de Napoleón: ¿se estaba transformando en una mujer?


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  • El cuerpo del militar francés estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca y las espaldas estrechas. Los médicos que vieron su cadáver destacaron la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado»
 ABC Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

ABC | Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

Tras el desastre que supuso la batalla de Waterloo, las tropas de la Séptima Coalición se adentraron en Francia a la captura de Napoleón. El 1 de julio, Von Blücher ocupó Versalles y una semana después se restauró la corona de Luis XVIII. En un último intento desesperado, Napoleón trató de huir en barco hacia América, pero fue capturado por los británicos que hicieron oídos sordos a sus peticiones de asilo. El otrora dueño de Europa fue desterrado a la remota Isla de Santa Elena, a cientos de kilómetros de África, donde pasó sus últimos seis años de vida afectado por una extraña dolencia que, según una hipótesis defendida en los años ochenta, pudo estar provocada por un mal glandular.

Napoleón ya había permanecido desterrado en una remota isla, la de Elba, antes de iniciar los 100 días que terminaron con su estrepitoso fracaso en Waterloo. Sin embargo, las condiciones de su reclusión en Santa Elena fueron mucho más duras y afectaron mucho más a su ánimo. Cautivo de los ingleses, que en el futuro siguieron usando la isla como prisión de figuras políticas, y rodeado de un escaso puñado de seguidores, Napoleón Bonaparte empezó a sufrir de forma constante un dolor en el costado derecho idéntico al que su padre tuvo poco antes de su muerte, oficialmente a causa de un cáncer de estómago. El dolor, que algunos expertos también han apuntado a que pudo ser causado por envenenamiento, fue consumiendo poco a poco la vida de Bonaparte y vino acompañado de otros síntomas.

El síndrome de Zollinger-Ellison

Más allá de la hipótesis del envenenamiento o el cáncer de estómago, el doctor Robert Greenblat –especialista en endocrinología– defendió en los años ochenta una curiosa teoría que explicaría el extraño deterioro físico que fue sufriendo el «Gran Corso» en la última etapa de su vida. Su cuerpo fue redondeándose y sus partes genitales empezaron a atrofiarse, como advirtieron los que posteriormente se lanzaron a la profanación del cadáver. Según defendió este investigador norteamericano en la revista científica «British journal of sexual medicine», a partir de los cuarenta años de edad Napoleón Bonaparte mostró los síntomas de una enfermedad glandular que se conoce como síndrome de Zollinger-Ellison: una especie de transexualización.

El síndrome de Zollinger- Ellison está causado por tumores que, por lo general, están localizados en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado. Habitualmente, las personas afectadas por estos tumores derivan en neoplasia endocrina múltiple tipo I (NEM I), que provocan graves desordenes hormonales. Como prueba de ello, el doctor Greenblat apunta que en el examen posterior a su muerte se reveló que el cuerpo del Gran Corso estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca, las espaldas estrechas, las manos y los pies pequeños, hasta el extremo de que varios forenses quedaron asombrados por la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado».

Siendo un hombre de complexión atlética en su juventud y un fogoso amante –especialmente durante la época de su matrimonio con Josefina–, Napoleón empezó en su madurez a coger peso y a desarrollar algunos rasgos femeninos, como denota su escaso pelo facial o su piel extremadamente blanda. Su actividad sexual se redujo sobremanera tras su boda con la emperatriz María Luisa, y empezó a ser víctima de varias dolencias que le acompañaron hasta sus últimos días: letargia (somnolencia prolongada), entumecimiento de las piernas e intensos dolores de estómago.

El duro cautiverio en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos seis años de su vida, no ayudó ni mucho menos a que su estado de salud mejorara. Su última vivienda, Longwood House, era una enorme villa abandonada que se encontraba azotada por un clima insalubre. «Muero antes de mi tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa, y su matón a sueldo», escribió Napoleón días antes de su muerte a los 51 años quejándose del trato recibido por los carceleros británicos. Finalmente, el corso falleció el 5 de mayo de 1821 a las 17:49h. siendo sus últimas palabras: «Francia, el ejército, Josefina».

Aunque Napoleón pidió en su testamento ser enterrado en París, los ingleses no quisieron alimentar el mito y ordenaron que el cuerpo no saliera de Santa Elena. Hubo que esperar hasta 1840 para que, a instancias del gobierno de Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados a Francia.

El aristócrata italiano que impresionó a Napoleón y abrió la puerta al uso de la electricidad


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  • Se cumplen 270 años del nacimiento del inventor de la pila eléctrica
El aristócrata italiano que impresionó a Napoleón y abrió la puerta al uso de la electricidad

Alessandro Volta

Cada vez que activamos una bombilla, encendemos el televisor o recargamos nuestro teléfono móvil él está ahí. O más bien, el recuerdo de su trabajo. Y es que el mundo moderno le debe mucho a Alessandro Volta, el ingeniero italiano que en 1800 inventó la pila voltaica, la primera batería química de la historia.

Nacido en Como, una villa del por entonces Ducado de Milán, hace hoy 270 años —efeméride que Google recuerda en un nuevo «doodle»—, Volta tardó muy poco en decidirse a dedicar su vida a la electricidad. En contra de los deseos de su noble y acomodada familia, que querían que estudiara una carrera jurídica, el joven optó por las ciencias y, en 1774, con solo 29 años, fue nombrado profesor de física de la Escuela Real de Como.

Fascinado por la electricidad, Volta se volcó en encontrar aplicaciones prácticas a un fenómeno por entonces casi desconocido. En 1775 desarrolló una versión perfecionada del electróforo de Johannes Carl Wilcke, un aparato que permite transferir electricidad a otros objetos y generar electricidad estática.

En 1779 fue nombrado profesor titular de la Universidad de Pavía, donde conocería al hombre que le llevó a desarrollar su gran invento: Luigi Galvani. En 1780 Galvani observó que el contacto de dos metales diferentes con el músculo de una rana originaba la aparición de corriente eléctrica, y animó a sus colegas a comprobar su descubrimiento, al que llamó «electricidad animal» o «bioelectrogénesis». A Volta le fascinó la idea pero, al contrario que Galvani, defendió que la utilización de tejido animal era completamente innecesaria para la generación de energía eléctrica.

Durante los siguientes años, partidarios de una y de otra teoría se enfrentaron dialécticamente de forma casi continua. El final de la disputa llegaría en 1800 con la innovadora pila voltaica, que sentó las bases para la utilización masiva de la electricidad en el mundo moderno.

Magia a partir de discos apilados

La pila de Volta, que el científico dio a conocer mundialmente en una carta enviada al presidente de la Royal Society de Londres, consistía en una serie de pares de discos (apilados) de zinc y de cobre (o también de plata), separados unos de otros por trozos de cartón o de fieltro impregnados de agua o de salmuera, que medían unos tres centímetros de diámetro. Estos discos, al estar conectados en serie, tal y como representa el doodle de Google, permitían aumentar la tensión a voluntad.

El aristócrata italiano que impresionó a Napoleón y abrió la puerta al uso de la electricidad

Alessandro Volta, «doodle» de Google

El invento gozó de un éxito inmediato, ya que permitió el estudio preciso de la electricidad y logró superar las enormes limitaciones de los electróforos, abriendo la puerta a la era de la electricidad. Uno de los más impresionados por la batería de Volta fue el emperador francés Napoleón Bonaparte, que lo nombró conde y senador del reino de Lombardía, y le otorgó la más alta distinción de la institución, la medalla de oro al mérito científico.

Tras dejar plasmados todos sus descubrimientos en cinco volúmenes publicados en 1816, Volta se retiró a su ciudad natal, en donde murió en 1827. No obstante, su trabajo sigue siendo recordado hoy en día cada vez que utilizamos la energía a la que dedicó su vida: en honor de Volta la unidad de fuerza electromotriz del Sistema Internacional de Unidades lleva el nombre de voltio desde el año 1881.

La gran conspiración británica sobre la estatura de Napoleón


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  • Según la autopsia que se hizo a su cadáver, el «pequeño corso» medía 1,68 metros, una estatura considerable para la época
La gran conspiración británica sobre la estatura de Napoleón

ARCHIVO ABC Bonaparte, un pequeño hombre que no era tan pequeño

El «pequeño corso». Este es, sin duda, el sobrenombre más famoso de todos aquellos que tenía en su haber Napoleón Bonaparte -más conocido por ser el general francés que puso a sus pies a media Europa y a una buena parte del norte de África-. El apodo no era arbitrario, pues hacía referencia a lo poco que se elevaba del suelo su figura. «Gran estratega sí, pero de pequeña talla», que podríamos decir. Sin embargo, la realidad choca con el mito, pues la altura del emperador galo –tal y como pudo conocerse según su autopsia- era exactamente de 1,68 metros, por encima de la media de sus conciudadanos allá por la época en la que dio guerra: el Siglo XIX.

A nivel internacional, hablar de este (no tan) pequeño hombre es hacerlo también de un genio militar que logró que Francia se expandiera por medio globo. Y es que, -entre otras cosas- venció a los piamonteses y a los austríacos en Italia cuando apenas contaba 27 años. Todo ello, logrando transformar un ejército harapiento y famélico en un contingente de héroes ansiosos por servir a su país. De hecho, en tan sólo quince días logró hacerse con una cantidad de terreno mayor que la que había conseguido para sí el antiguo «Ejército de Italia» en cuatro campañas. «Soldados, habéis en quince días ganado seis batallas […] tomado muchas plazas fuertes y conquistado la parte más rica del Piamonte, […] y os doy las gracias por ello», dijo en una ocasión a la tropa.

Más célebres aún son sus victorias en Egipto, donde –a pesar de que derrotó a los mamelucos (quienes controlaban la región y a sus ciudadanos con puño de hierro)- se sintió abrumado por toda la Historia que albergaban aquellos desiertos propiedad, en su día, de los faraones. No en vano, cuando vio los gigantescos monumentos milenarios de piedra que hacían las veces de tumbas solamente pudo decir una frase a sus hombres: «Desde lo alto de esas Pirámides, cuarenta siglos nos contemplan». Lástima que de nada le valieron sus continuos triunfos en la región, pues los ingleses acabaron venciendo a su flota por mar. Un pequeño contratiempo que no significó nada para Napoleón, quien volvió a Francia y fue recibido como un héroe.

La gran conspiración británica sobre la estatura de Napoleón

Napoleón, junto a sus soldados (imagen de una serie de televisión) ARCHIVO ABC

«Los nombres más ilustres de los tiempos más antiguos y modernos quedan ofuscados ante el de Napoleón. ¿Qué son, al lado del general del ejército de Italia, del conquistador de Egipto, del fundador del imperio francés, del vencedor de la Europa civilizada, así Alejandro [Magno] como Anibal, César, Mahomet, Carlomagno, Enrique IV y Cromwell? Napoleón, superior a cada uno de ellos en la cualidad a que ha debido su gloria, los sobrepasa todavía más en la reunión en un mismo ser de las otras grandes cualidades que no tuvieron», explica el historiador A. Hugo en su obra de 1839 «Historia del Emperador Napoleón».

Con todo, hablar de Napoleón también es hacerlo del hombre que, en 1806 (y después de proclamarse Emperador de la «France») se presentó con su «Grande Armée» en la frontera con España para, a base de engaños y patrañas, conquistarnos. Un objetivo que no logró. Y es que, si hubiera cumplido su misión es probable que aquí anduviésemos cantando la «La Marsellesa» frente a la bandera azul blanca y roja. Por suerte, los hispanos le acabaron expulsando haciendo válida la advertencia que el hermano del «pequeño corso» (y rey impuesto por estos lares) ya le había hecho: «Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España».

Exilio y muerte

Sin embargo, y como suele pasar con una buena parte de los grandes imperios, Napoleón terminó siendo derrotado. Su tumba fue la batalla de Waterloo, donde sus tropas fueron aplastadas por Arthur Wellesley (más conocido como el «Duque de Wellington»). Tras ser vencido, la desgracia cayó sobre el «pequeño corso», quien –de regreso en París- fue obligado a renunciar a su cargo. Posteriormente decidió entregarse a los ingleses, quienes le deportaron a la isla de Santa Elena. Allí, el «Sire» pasó sus últimos días recordando aquellas gloriosas campañas en las que su nombre era vitoreado por cientos de miles de soldados galos.

Con el paso del tiempo su salud se fue marchitando. Según dicen varios historiadores, no sirvió de nada que los médicos trataran de ocultarle el estado en el que se hallaba, pues el «pequeño corso» sabía perfectamente que el último grano de arena de su reloj estaba a punto de caer. «Dentro de poco habré espirado […] y encontraré a mis valientes en los campos Eliseos. Sí, Kleber, Desaix, Bessieres, Duroc, Ney, Murat, Massena, Berthier… todos vendrán a recibirme, me hablarán de lo que hicimos juntos y conversaremos de nuestras guerras con Escipión, Aníbal, César, Federico», señalaba el Emperador. Finalmente y seis años después de empezar su cautiverio, Napoleón falleció –según la versión oficial- aquejado de un cáncer de estómago.

Así informó de su muerte Sir Hudson Lowe. Gobernador de la Isla de Santa Elena, a lord Bathurst, ministro de negocios extranjeros: «Milord: Debo anunciar a V.S. que Napoleón Bonaparte ha muerto el 5 de mayo a las seis menos diez minutos de la tarde, después de una enfermedad que le ha retenido en la cama desde el 17 de marzo último. El doctor Arnott le asistió en el momento de morir, y le vio exhalar el último suspiro. El capitán Crokat, oficial de guardia y los doctores Shorst y Mitchell vieron inmediatamente el cuerpo, y el doctor Arnott permaneció junto al cadáver aquella noche. Haré enterrar el cuerpo con todos los honores correspondientes a un oficial general de más alto rango.

La autopsia que generó una (pequeña) duda

Tras la muerte del «petit corso», varios expertos llevaron a cabo su autopsia. De la misma hubo dos informes: el elaborado por un grupo al servicio (principalmente) de Gran Bretaña, y una segunda de su médico personal, François Antommarchi (seleccionado además por la familia del Emperador para realizar tan delicada tarea). En ambos casos, se determinó que la causa del fallecimiento había sido cáncer de estómago.

«La superficie interior del estómago en casi toda su extensión presentaba una masa de afecciones cancerosas, o de las partes esquirrosas que cambiaban en cáncer, lo cual se observó más directamente cerca del píloro. […]», determinaban los doctores Shorst, Arnott, Burton, Mithchell y Livingstone, tal y como recoge el libro «Un Granadero de la guardia imperial sobre el sepulcro de Napoleón Bonaparte. Historia de la vida pública y privada del exemperador», obra fechado en 1830.

La gran conspiración británica sobre la estatura de Napoleón

Soldados napoleónicos forman el cuadro para combatir contra los jintes enemigos ARCHIVO ABC

Establecida la causa de la muerte, los doctores procedieron a determinar las medidas del cuerpo de Napoleón. El más minucioso en esta tarea fue Antommarchi. «Su altura total de lo alto de la cabeza hasta los talones era de cinco pies, dos pulgadas y cuatro líneas. La extensión comprendida entre sus dos brazos tomada desde las puntas de los dedos de en medio era de cinco pies y dos pulgadas. De la sínfisis del pubis hasta lo más alto de la cabeza había dos pies, siete pulgadas y cuatro líneas. Del pubis al calcaño, dos pies siete pulgadas. De lo más alto de la cabeza hasta la barba, siete pulgadas y seis líneas. Los cabellos escasos y de color castaño claro. El abdomen muy inflamado y voluminoso», destacaba el experto en su obra «Últimos momentos de Napoleón».

Así pues, quedó determinado que el cadáver del corso medía cinco pies, dos pulgadas y cuatro líneas. El problema radicó en que esta medida fue tomada en el denominado «pied métrique», un sistema métrico establecido por el propio Bonaparte en 1812 que equivalía a una tercera parte de un metro. Según esta forma de calcular su altura, Napoleón se alzaba del suelo 1,68 metros. Sin embargo, cuando los datos llegaron a Gran Bretaña, los ingleses los interpretaron bajo su propio procedimiento (según el cual un pie contaba con una extensión menor). Así pues, tras hacer los cálculos, determinaron erróneamente que la talla del Emperador era de 1,57 metros.

La leyenda, acrecentada

Sabedores de la repercusión que tendría este dato, los británicos no tardaron en darlo a conocer al mundo para humillar de forma póstuma al corso. Pero… ¿por qué este bulo se fue haciendo cada vez más y más grande? Entre las posibilidades que se barajan, Jhon Lloyd (autor de «The Second Book of General Ignorance: Everything You Think You Know Is –Still- Wrong») cree que pudo deberse a que, siempre que se veía a Napoleón en el campo de batalla, estaba rodeado de sus mejores soldados: los que pertenecían a la Guardia Imperial. Al parecer, estos podían hacer que cualquier sujeto pareciese un enano a su lado, pues contaban con una gigantesca envergadura para la época y, por supuesto, con un inmenso «bearskin» (o cubrecabeza) que les hacía, si cabe, más altos.

«La Guardia Imperial fue creada por Napoleón el 28 de floreal del año XII oficiosamente (18 de mayo de 1804), y luego por decreto imperial del 29 de julio. Comprende en ese momento dos regimientos, uno de Granaderos y otro de Cazadores. Las tallas reglamentarias mínimas eran de 1 metro 73 para los cazadores y 1 metro 83 para los granaderos», explica Jerry D. Morelock (Miembro del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia) en su dossier «Los hombres de Infantería de la vieja Guardia de Napoleón».

Esta estatura la corrobora también el popular historiador francés Paul Guichonett en su obra «Les chastel», donde hace hincapié en la gran envergadura que debían tener los granaderos montados del ejército del Emperador. «Las condiciones de admisión eran extremadamente selectivas: al menos 12 años de servicio, probadas y verdaderas habilidades ecuestres, una conducta ejemplar y una mínimo de altura de 4 pies y 5 pulgadas (1,70 metros)», destaca el galo en su obra. Con tallas similares a su alrededor, no es nada raro que Napoleón quedara como un «taponcete» a pesar de medir 1,68 metros de altura.

Más alto que la media

A su vez, es absolutamente falso que Napoleón fuese bajito. De hecho, era bastante más alto que la media de los franceses de la época. «Para imaginar el impacto que podían tener soldados como los granaderos o los cazadores entre la sociedad, es de señalar que en aquel entonces la talla promedio de un hombre francés era de 1 metro 55», explica Morelock. A su vez, el «pequeño corso» tenía una envergadura considerablemente mayor que la de los compatriotas que se alistaban en los regimientos de exploradores a caballo de sus ejércitos (la cual no podía exceder –por normativa- de 1,61 metros) y que multitud de sus enemigos (entre los que destacaba Horatio Nelson con 1,62 metros).

Por otro lado, esta leyenda negra sobre Napoleón también se vio acrecentada por culpa del cariñoso mote que sus soldados le pusieron en Italia: el «pequeño cabo». Con todo –y a pesar de que no hay datos de ello- este sobrenombre puede achacarse a lo cercano que era por entonces con sus compañeros o, incluso, a la corta edad que tenía cuando recibió ese mando. Y es que, aunque dirigió aquella campaña con 27 años, ascendió General de Brigada cuando acababa de cumplir los 24. Mientras, otros destacados oficiales galos de similar edad que él como Michel Ney o Pierre-Antoine Dupont tuvieron que esperar respectivamente hasta los 27 y 28 años para conseguir el mismo rango.

Identificado un retrato de Napoleón Bonaparte pintado por Jacques-Louis David


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  • La obra, que fue adquirida en 2005 por un coleccionista privado, fue considerada durante mucho tiempo una copia

Identificado un retrato de Napoleón Bonaparte pintado por Jacques-Louis David

ABC | El retrato de Napoleón Bonaparte pintado por Jacques-Louis David

Un retrato de Napoleón Bonaparte pintado por Jacques-Louis David ha sido identificado en Nueva York por Simon Lee, un investigador de la Universidad de Reading. La obra, que fue adquirida en 2005 por unos 18.000 euros por un coleccionista privado que se encargó de su limpieza y restauración, fue considerada durante mucho tiempo una copia.

Al poco tiempo, Lee pidió al dueño ayuda para intentar autentificar la pintura. La pintura, que se creía perdida, muestra a Napoleón en 1813, en un momento especialmente delicado, ya que los Gran Bretaña y Prusia amenazaban con invadir Francia.

El retrato de Napoleón ahora identificado formó parte de la colección de la familia Borthwick-Norton, en un castillo en el sur de Escocia. Después la heredó Eva Sardinia Borthwick-Norton, quien cedió la obra a la Real Academia Escocesa.

Según Simon Lee a la BBC, «la presencia (de la pintura) en Escocia podría ser una evidencia más de la admiración por el emperador. Al ser retratado con el uniforme de la Guardia Nacional, Napoleón se estaba identificando como el protector y defensor de la nación en un momento en el que Francia estaba bajo una gran amenaza». Lee asegura, además, que «el cuadro buscaba fomentar el patriotismo, pero nunca llegó a un público más amplio, porque tras la invasión aliada quedó fuera de circulación».