Los refugiados completan la historia de España


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  • Miles de exiliados hallaron la paz entre nosotros desde el siglo XVI al XVIII: reyes, señores, artistas, gente anónima…

 

 Felipe II, por Tiziano - ABC

Felipe II, por Tiziano – ABC

Los refugiados están de triste actualidad, las masas de perseguidos, los que huyen de las guerras y la desolación económica de nuestro mundo forman un fenómeno al que no podemos permanecer ajenos. Ese hecho se ha repetido a lo largo de los siglos. Y lo mismo que Europa es hoy destino ansiado para muchos emigrantes, la Monarquía Hispánica lo fue en los tiempos de su hegemonía, entre los siglos XVI y XVIII, pero no lo sabemos.

La intolerancia, expulsiones y persecuciones de judíos, moriscos o protestantes afectaron a cientos de miles de personas. Pero no es la única historia de España. Está incompleta. Lo demuestra un libro presentado ayer en Madrid: «Los exiliados del Rey de España» (Fondo de Cultura Económica).

José Javier Ruiz Ibáñez, uno de sus coordinadores, explica que hasta hace poco se había estudiado de manera local el flujo migratorio en la Edad Moderna. «Sabíamos que hubo mucha emigración irlandesa, griega, albanesa o magrebí, debida a guerras, crisis económicas y diversos procesos que se analizaban de forma aislada y no desde España». Pero al unir todos los puntos se dibuja una sorpresa: España era el destino favorito de los perseguidos y los represaliados, y en épocas de esplendor como la que hablamos, entre el siglo XVI y el XVIII, un lugar soñado para decenas de miles de personas.

 

«La Monarquía Hispánica registró una enorme recepción de exiliados, muchos políticos, otros religiosos y por supuesto una enorme migración económica», comenta Ruiz Ibáñez. «Los rebeldes contra Reyes en Francia, Inglaterra, los Balcanes, Japón, en el norte de África buscaban una superpotencia cuando necesitaban un aliado exterior. Y ese aliado era España. La Monarquía articula como puede los mecanismos de recepción», añade. Miles de personas en cada siglo alcanzaron esa naturaleza, ingresaron en nuestro ejército, recibieron pensiones, canongías, o fueron protegidos por los Reyes hasta que pudieron regresar. Algunos rehacían su vida y otros trataban de reconquistar el poder perdido.

Carlos II, el Greco…

«Se hicieron colegios para formar religiosos, tuvimos unidades militares albanesas, inglesas, irlandeas, francesas o incluso valonas, después de perder Flandes, dentro del ejército español», comenta. Reyes de Marruecos como el rebautizado Felipe de África, que murió en Madrid; monarcas ingleses como Carlos II, que vivió en Flandes durante el mandato de Cromwell con un pequeño ejército propio, son solo ejemplos egregios de esta política. Cabría añadir a Doménikos Theotokópoulos, el Greco, un «inmigrante económico cualificado», un gran pintor en busca de un mejor patrón. Y japoneses convertidos al cristianismo que se refugiaron en Manila, jóvenes suizos huyendo de represalias calvinistas…

El libro recoge los casos procedentes de todos los territorios del mundo. «Muchos terminan siendo españoles, dejaron aquí arte, constumbres y patrimonio y algunos somos sus descendientes, sin saberlo. Muchos apellidos proceden de la inmigración irlandesa, que llenó las costas gallegas tras un desembarco en Kinsale para apoyar una rebelión en 1602. Y hubo también muchos judíos del norte de África que regresan y se convierten. España expulsó a muchos, pero también acogió a muchísimas personas», concluye el historiador.

Bernard Vicent, experto en historia del norte de África por su parte, recuerda que en la represión de las Alpujarras se decretó que la expulsión no afectaba a los berberiscos que llegaban desde África y se integraban en España como una inmigración muy querida.

Pilotos de la Gran Armada

Una de las razones decisivas para que la Gran Armada regresara por Irlanda después del fiasco de 1588 es que algunos de sus pilotos eran irlandeses y conocían bien sus costas (no esperaban la peor tormenta que se recuerda frente a ellas). Pero hubo casos como el Príncipe Hugo O’Neill, que fue desviado de camino a España, en 1607, a Italia, porque venía acompañado de un gran ejército y alejándole había menor riesgo de inestabilidad política, comenta Igor Pérez Tostado, el otro coordinador del libro.

Pérez Tostado, especialista en el caso irlandés, subraya la importancia de este fenómeno. Basta pensar en que militares fundamentales en la historia de España, como Leopoldo O’Donnell, son descendientes directos de aquella inmigración irlandesa del s. XVII. «Los irlandeses eran muy buenos soldados: muy valientes, muy leales y muy fiables». Tanto como libros como este que permiten comprender de manera global nuestra historia.

 

El éxodo de los refugiados se queda sin referencias históricas: el viaje a la tierra prometida


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  • En la actualidad, hay más desplazados por todo el mundo que en la Segunda Guerra Mundial. Si todos formaran un país, sería el vigesimocuarto más poblado del mundo
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ABC | «La expulsión de los moriscos» (1894), de Gabriel Puig Roda.

La coletilla más repetida estos días sobre el particular éxodo que viven los refugiados sirios y otros desplazados alrededor del mundo es que no se había vivido una situación así desde la Segunda Guerra Mundial. Los datos históricos demuestran que la magnitud de esta crisis ya no aguanta ni siquiera la comparación con lo ocurrido en los años cuarenta del pasado siglo: durante la Segunda Guerra Mundial y los años de posguerra se registró un desplazamiento poblacional que afectó a entre 40 y 60 millones de refugiados, deportados o dispersados sobre todo en Alemania, Polonia y Checoslovaquia. Hoy, sin embargo, los informes de el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) alertan de que, a finales de 2014, había casi 60 millones de desplazados forzosos (59,5) en el mundo, ocho más que el año anterior. Y la tendencia sigue creciendo hasta el punto de que ahora, si todos formaran un país, sería el vigesimocuarto más poblado del mundo.

Un recorrido histórico a través de las grandes migraciones de la humanidad pone en evidencia que la crisis actual está fuera de todo lo conocido, incluso en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, entre 11 y 12 millones de alemanes fueron expulsados durante el conflicto mundial de las zonas anexionadas por la URSS y Polonia, así como de los Sudetes en Checoslovaquia y de las comunidades germanas de los Balcanes y obligados a regresar al interior de las fronteras alemanas. Igualmente, dos millones de polacos de las zonas orientales cedidas a la URSS fueron realojados en la «nueva Polonia occidental». A su vez, casi 500.000 finlandeses fueron expulsados de los territorios anexionados por la URSS, así como una parte de la población húngara de Eslovaquia. Pero aún aceptando la cifra total de 60 millones que apunta ACNUR, la situación actual sobrepasa lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial y deja muy atrás los ocho millones del otro conflicto con dimensión planetaria, la Primera Guerra Mundial.

La otra gran referencia en cuanto a refugiados en el siglo XX la tenemos que buscar a mediados de los años noventa. Durante las guerras de los Balcanes (con 4.000.000 desplazados) y el genocidio de Ruanda (con 600.000 desplazados), el número global de refugiados aumentó a cifras cercanas a la Segunda Guerra Mundial.

De la colonización de América al siglo XX

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Wikipedia | La calle Mulberry, centro de la Pequeña Italia de Nueva York

Así y todo, el mayor trasvase poblacional posiblemente en la historia de la humanidad se produjo de Europa hacia América a raíz del Descubrimiento de 1492. Se calcula en 100.000 el número de españoles que viajaron a la América hispana durante el primer siglo colonial (1492-1600), lo cual representó solo la avanzadilla de lo que estaba por llegar con la emancipación de los Estados americanos a inicios del siglo XIX. Entre 1800 y 1940, cruzaron el charco 55 millones de europeos, de los que 35 se establecieron de modo definitivo. Por nacionalidades, fueron 15 millones de británicos (ingleses e irlandeses), diez de italianos, seis de españoles y portugueses, cinco de austriacos, húngaros y checos, uno de griegos, alemanes, escandinavos.

La inmigración italiana e irlandesa es un buen ejemplo de este proceso. Solo entre 1860 y 1914, cinco millones de italianos, lo que equivalía a una tercera parte de la población, se lanzaron a buscar trabajo fuera de la península itálica. Entre las razones que se escondían detrás de este éxodo sobre todo desde el sur de Italia, estaban las duras condiciones de su tierra natal, el servicio militar obligatorio para quienes no podían pagar por evitarlo y la interminable oleada de desastres naturales –sequías, inundaciones, terremotos, corrimientos de tierra y erupciones de volcánicas– que azotaron el país a finales del siglo XIX. El caso de los irlandeses, un pueblo azotado por una fuerte hambruna entre 1845 y 1849, registró la marcha de unos tres millones de personas solo en la segunda mitad del siglo XIX.

En paralelo a la migración europea, se produjo entre 1500 y 1850 el traslado forzoso de grandes contingentes humanos de población negra africana para ser comercializada como fuerza de trabajo esclava. Un hecho determinante demográficamente por lo que ha supuesto en la redistribución del mapa de población mundial. Se calcula que fueron en total unos 12 millones de africanos los que fueron obligados a hacer la ruta hacia América, entre el siglo XVI y el siglo XIX.