Especies y subespecies extinguidas de vertebrados


Especie
Año de extinción
Lugar
Causa
Bucardo
2000
Parque Nacional de Ordesa Caza
Tigre de Java
1976
Isla de Java Caza y destrucción del hábitat
Tigre de Caspio
1970
Suroeste de Asia Caza y destrucción del hábitat
Foca monje del Caribe
1952
Mar Caribe y golfo de México Comercio y caza
Tigre de Bali
1937
Isla de Bali Caza y destrucción del hábitat
Lobo marsupial
1930
Australia Caza
Periquito de Carolina
1918
Estados Unidos Caza, coleccionismo y destrucción del habitat
Paloma migratoria americana
1914
Norteamérica Caza
Ostrero canario
1913
Islas Canarias Coleccionismo y animales introducidos
Chochín de la isla de Stephen
1894
Isla de Stephen (Nueva Zelanda) Animales introducidos
Cebra cuaga
1880
África oriental Caza, comercio y destrucción del habitat
Alca gigante
1852
Atlántico norte Caza y coleccionismo
Garrio azul
1800
África del sur Caza
Vaca marina de Steller
1768
Pacífico norte Caza y obtención de pieles
Dodo
1662
Isla Mauricio Captura para alimentación

Bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica),

El 5 de enero del año 2000 murió el último bucardo que vivía en España. Esta subespecie de cabra montés ibérica estaba en peligro de extinción desde principios del siglo XX, debido sobre todo a la caza excesiva.

Junto con el Mueyu o cabra montés portuguesa (Capra pyrenaica lusitanica), que se extinguió en 1892, es una de las dos subespecies de cabra montés que ha sido exterminadas directamente por el hombre. Se diferenciaba de las otras subespecies principalmente por su pelo más largo y denso en invierno y la base más gruesa de los cuernos, tanto en machos como en hembras. La cornamenta del bucardo era así mismo, la más larga de entre las cuatro subespecies de cabra montés que han habitado la Península Ibérica en tiempos históricos.

Historia y Extinción

Esta especie estaba difundida originalmente por ambas vertientes del Pirineo, extendiéndose por el sur hacia las zonas montañosas del País Vasco, Navarra, Lérida y Gerona.

Vestigios de que era una pieza de caza común desde la Prehistoria se encuentran ya en las cuevas de la zona, habitadas durante el Paleolítico por los neandertales primero y luego por nuestra propia especie. Con el paso de los siglos desapareció de las zonas más meridionales de su distribución hasta quedar circunscrita al área pirenaica, donde todavía era especialmente abundante durante el siglo XIX.

En la segunda mitad de ese siglo, multitud de cazadores europeos, de España, Francia y Gran Bretaña, sobre todo, acudieron a la zona en busca de ejemplares que abatir. La rareza de la cabra montés en el mundo (entonces distribuida únicamente por España, sur de Francia y noroeste de Portugal) y el imponente tamaño de la cornamenta de los machos, más gruesa y separada que la del íbice (Capra ibex) de los Alpes multiplicaron su valor y demanda en los círculos cinegéticos. La caza fue tan intensa que hacia el año 1900, la subespecie pirenaica ya se había extinguido en Francia y sólo quedaba un reducido grupo de menos de 50 individuos en España, demasiado pequeño para sobrevivir a largo plazo. Por si fuera poco, la protección estatal de la subespecie no llegó hasta 1973 y la declaración de Ordesa, única zona donde habitaba, como parque nacional, fue insuficiente para asegurar su supervivencia. Otras medidas como la cría en cautividad y posterior suelta en el medio de los animales, que podían haber disminuido las probabilidades de extinción, no llegaron a tomarse hasta 1996, cuando se capturó una hembra que murió poco después en cautividad sin llegar a reproducirse.

A pesar de ello, la población permaneció estable por encima de la treintena hasta 1981. Sin que se sepa todavía muy bien por qué, los animales disminuyeron rápidamente hasta ser 10 en 1993, y sólo 2 en 1997. En 1999, el último macho murió debido a su avanzada edad, quedando sólo una hembra, Celia, como último bucardo sobre la tierra. Celia murió en enero de 2000 cuando un árbol se desplomó sobre ella y le aplastó el cráneo.

Tigre de Java (Panthera tigris sondaica),

es una subespecie de tigre, hoy extinta, que se encontraba originalmente en la isla indonesia de Java. De aspecto bastante similar al tigre de Sumatra (Panthera tigris sumatrae), se diferenciaba de éste por su pelaje más oscuro y rayas negras más finas, abundantes y apretadas. Algunos ejemplares de esta subespecie llegaban a tener más de 100 rayas, muchas más que cualquier otra subepecie de tigre. Así mismo, el pelo de las mejillas de los tigres de Java era más largo que el de los demás tigres, y las rayas de los flancos y la espalda se distribuían por parejas.

Se conocen fósiles de tigres primitivos en Java (Panthera tigris trinilensis) de hasta 1.2 millones de años de antigüedad, pero los modermos tigres de Java no descendían de éstos, sino que llegaron a la isla a finales del Pleistoceno o principios del Holoceno, provenientes del norte. Fueron abundantes hasta el siglo XIX, cuando la población humana comenzó a incrementarse en Java y destruyó cada vez más areas de bosque para destinarlas a la agricultura. A esta pérdida de hábitat se añadió la caza, el tráfico de sus pieles y la disminución de las presas potenciales del tigre, que ocasionó a su vez un aumento de la competencia por conseguir lo que quedaba de éstas con otros depredadores de la isla como leopardos y perros salvajes. En menos de 100 años, el tigre de Java pasó de ser considerado una peste a un animal en peligro. En la década de 1950 la población total ya se había reducido a 20 o 25 individuos dispersos por toda la isla, y en 1960 desaparecieron incluso del Parque Nacional Udjung Kulon, famosa reserva natural de Java que acoge a los últimos rinocerontes de la isla. El último lugar donde persistieron los tigres fue una remota área montañosa del sureste de Java llamada Meru – Betiri, que fue protegida en 1972 (aunque eso no le salvó de padecer la tala y roturación ilegal). Ese año se produjo el último avistamiento confirmado en la zona, y en 1979 se localizaron por última vez unas huellas que podrían corresponder a tres ejemplares diferentes. Desde entonces no hay evidencias fiables de la existencia del tigre de Java, a pesar de que se han realizado algunos supuestos avistamientos en Meru – Betiri que probablemente corresponden en realidad a leopardos.

Se sabe que hubo tigres de Java en los zoológicos de Rotterdam, Berlín y varias ciudades de Indonesia, pero toda evidencia de los mismos se perdió durante la II Guerra Mundial. Las reservas creadas en Java a partir de los años 40 eran demasiado pequeñas para sostener una población de tigres y fueron por tanto incapaces de salvarlo.

El tigre persa o tigre del Caspio,

es una subespecie de tigre actualmente extinta. Su área de distribución original abarcaba la península de Anatolia, el Cáucaso, el Kurdistán, norte de Irak e Irán, Afganistán y gran parte de Asia Central hasta Mongolia. Esta subespecie, la más occidental de todas, era también la tercera más grande, después del tigre siberiano y de bengala.

El pelaje de esta especie era amarillo – dorado, un poco más apagado que el del tigre de Bengala y con más zonas blancas en costados y cara. Las rayas, en lugar de ser negras, tenían un color marrón de distintas tonalidades e incluso se volvían amarillentas en las zonas blancas cercanas al vientre. En invierno, el pelo crecía bastante para soportar el frío clima que se adueñaba entonces de las montañas de Asia centro – occidental, especialmente en el vientre y la característica barba o pequeña melena de la zona de las mejillas y garganta.

Los machos eran más grandes que las hembras, los primeros pesaban entre 169 y 240 kg, con una longitud de 2,65 – 2,95 m, mientras que las hembras pesaban hasta 135 kg.

El cuerpo era bastante robusto, y algo alargado, con patas fuertes y bien desarrolladas rematadas por unas garras excepcionalmente largas, más grandes que las de cualquier otro tigre. Las largas a la par que robustas patas les permitían recorrer largas distancias; de hecho, esta subespecie de tigre, al contrario que las otras, emigraba cada año siguiendo las manadas de saigas, asnos salvajes, ciervos y camellos de los que se alimentaba. Debido a esto, los kazajos lo conocían como “leopardo viajero”, en contrastre con el auténtico leopardo que aún habita en Turkmenistán y es de carácter sedentario. En cuanto a la cola, era bastante corta y estaba surcada por rayas blancas y pardo-amarillentas alternadas.

Los tigres del Caspio evitaban las zonas más secas y descubiertas de su entorno, fijando su hábitat característico en los tugai, las zonas cubiertas de bosques, matorrales y hierbas que se concentraban en torno a los cursos fluviales, y de las que el tigre dependía para camuflarse y acechar a sus presas.

Foca monje del Caribe (Monachus tropicalis)

era un mamífero caribeño que se extinguió en el siglo XX. Habitaba en el mar Caribe desde las aguas tropicales de Florida a las zonas costeras de Texas, Grandes y Pequeñas Antillas y la península de Yucatán. Los relatos de avistamientos ocurren esporádicamente, pero varios intentos de encontrar al animal no dieron resultado.

Características

La foca monje del Caribe medía entre 2,20 y 2,40 metros de longitud y pesaba unos 130 kilos. Su pelaje era castaño en todo el cuerpo menos en la barriga que era blanco amarillento.

Las crías nacían totalmente negras. Las hembras tenían cuatro glándulas mamarias, en vez de dos como el resto de focas. Los hábitos de reproducción de esta especie son desconocidos, lo único que se sabe es que daban a luz a una cría en torno al mes de diciembre.

Estos animales se alimentaban de peces, cefalópodos y crustáceos y eran muy activos, sobre todo desde el amanecer al crepúsculo. Sus únicos depredadores eran los tiburones caribeños y, más tarde, el hombre.

Tigre de Bali o tigre balinés (Panthera tigris balica)

es una subespecie de tigre extinta desde 1937. Esta subespecie, endémica de la isla indonesia de Bali, era la más pequeña de todas, rondando el tamaño de un jaguar.

Los machos rondaban los 90 – 100 kg de peso, un tercio de lo que alcanza la subespecie más grande, el tigre de Amur, y medían entre 2,20 y 2,31 m de largo, las hembras eran aún más pequeñas, con un peso de 65 – 80 kg y una longitud de entre 1,9 y 2,11 m. Por su aspecto recordaba fuertemente al también extinto tigre de Java, del que se diferenciaba por su menor tamaño y color más oscuro. Éste era un naranja fuerte en costados, dorso y cola, surcado por finas rayas negras, bifurcadas y apretadas, en menor número que en otras subespecies. También se daban manchas negras ocasionales entre las rayas. El vientre y parte de la cara eran blancos; ésta última aparecía surcada por rayas características de esta subespecie. El pelaje era corto y denso en todo el cuerpo. La estructura del cráneo del tigre de Bali presenta importantes diferencias en el hueso nasal y los dientes que lo diferencian claramente de los cráneos de otros tigres, vivos o extintos.

Dada la escasa extensión de Bali, esta isla no podía sostener una alta población de tigres, que necesitan amplios territorios de caza, por lo que la subespecie nativa nunca fue abundante. Con la llegada del siglo XX la población humana aumentó y se aclararon cada vez más zonas de bosque tropical para destinarlas al cultivo; también se persiguió duramente a los tigres por el miedo que inspiraban. Tras la Primera Guerra Mundial, varios cazadores occidentales llegaron a la parte oeste de la isla (única zona donde habitaba para entonces) y abatieron animales por deporte. El 27 de septiembre de 1937 se cazó el último ejemplar, una hembra, en esta zona. Durante la década de los 40 y en menor medida hasta 1972 se produjeron varios avistamientos no confirmados, pero en fechas posteriores la extinción ya se puede considerar totalmente segura. Hoy en día, los escasos restos del bosque original que quedan en Bali son demasiado pequeños para mantener a un gran felino viviendo en ellos. No obstante, se han documentado en las últimas décadas animales muertos por algún tipo de carnívoro salvaje en la isla que no ha podido ser identificado.

En ocasiones se ha dudado de la autenticidad de esta subespecie, cuestionándose que se originara al quedar separada de la población javanesa por la subida del nivel del mar tras la última glaciación. Los tigres son buenos nadadores, y en ocasiones se les ha observado vadeando pequeños brazos de mar. Si los tigres podían cruzar los apenas 2,4 km que separan Bali de Java, las dos subespecies se habrían mantenido en contacto, e incluso podría ser que la población de Bali se hubiese originado por medio de una migración de este tipo y adquirido una serie de diferencias superficiales posteriores debido a las mayores condiciones de insularidad del territorio. Por ahora, la falta de material de ambas subespecies, ya desaparecidas, impide investigar este asunto.

El tilacino (Thylacinus cynocephalus),

también conocido como lobo de Tasmania, lobo marsupial o tigre de Tasmania; era un carnívoro marsupial de tamaño medio, nativo de Australia.

El tilacino es un ejemplo clásico de convergencia evolutiva en la literatura científica, dado su notable parecido con los cánidos de otros continentes (el cognomen taxonómico cynocephalus significa “cabeza de perro”). Al igual que éstos era un carnívoro adaptado a la captura de presas de tamaño pequeño o medio tras lanzarse a la carrera. Tenía un cuerpo estilizado, patas finas aunque no demasiado largas y cola delgada. El pelaje era corto y de color leonado, con rayas negras (o café oscuro) en los cuartos traseros y cola (de ahí el apelativo de “tigre”). Las mandíbulas, provistas de 46 dientes, podían abrirse hasta extremos asombrosos (aproximadamente 120°), más propios de un reptil que de un mamífero, permitiéndoles engullir grandes pedazos de carne sin masticar.

La especie se extinguió antes de ser estudiada en profundidad por zoólogos, por lo que no se sabe muy bien qué técnicas usaba para cazar, aunque varios testimonios recogidos hacen suponer que detectaba a sus presas preferentemente por el olfato, seguido del oído; mas el colorido desarrollado de su pelaje proveía camuflaje que indica que era un predador que podía esperar a su presa, ya que antes de la llegada de los colonos ingleses y de los dingos, el tilacino no tenía competencia, por ser marsupial y animal más desarrollado.

Según los colonos ingleses del siglo XIX, este animal emitía unos sonidos similares al ladrido de un fox terrier. Los machos eran más grandes y robustos que las hembras. Éstas poseían una bolsa que se abría hacia atrás, donde se alojaban hasta cuatro crías que nacían muy desvalidas, y seguían a su madre un tiempo después de abandonar el marsupio.

Periquito de Carolina (Conuropsis carolinensis)

era la única especie de loro natural del Este de Estados Unidos . Fue encontrado desde el Golfo de México a los Grandes Lagos, y vivio en viejos bosques a lo largo de ríos.

El último espécimen salvaje fue matado en el Condado Okeechobee en Florida en 1904, y el último pájaro cautivo muerto en el Zoo Cincinnati en 1918. Esto era el espécimen masculino “incas”, que murió un año antes de su compañero ” la Señora Jane. ” Era no antes de 1939, sin embargo, fue determinado el periquito de Carolina se había extinguido.

Paloma migratoria (Ectopistes migratorius)

es una especie de ave, hoy extinta, que pertenecía al orden de las Columbiformes, el mismo grupo en el que se clasifican las tórtolas y palomas comunes. Se trata del animal que ha sufrido el declive poblacional más acusado de la Historia reciente, pues en un sólo siglo pasó de ser el ave más abundante de Norteamérica (y tal vez del mundo) a engordar la lista de especies extinguidas.

En 1914 moría en cautividad la última paloma migratoria americana. Con ella desaparecía para siempre una especie que, sólo medio siglo antes, podía considerarse el ave más abundante de la Tierra.

El ostrero unicolor canario ( Haematopus meadewaldoi ),

también llamado ostrero canario, fue una especie endémica del Archipiélago y observada en las islas orientales hasta mediados del siglo XX. El área de distribución se circunscribía a Fuerteventura, Lanzarote y el Archipiélago Chinijo (La Graciosa, Montaña Clara, Alegranza, Roque del Oeste y Roque del Este) y Lobos.

Entre la población, era conocido por los pescadores y mariscadores de las islas orientales, que llegaron a darle diferentes nombres, tales como grajo marino, grajo de mar, graja, cuervo marino, corvino o lapero. Esta última denominación estaba probablemente relacionada con sus costumbres alimenticias, ligadas al consumo de lapas y moluscos de la franja litoral. El resto de nombres hacían referencia a su coloración oscura, similitud con el plumaje de los córvidos, sus hábitos estrictamente costeros e, incluso, a su característico reclamo semejante al del córvido.

Pudo nidificar en playas arenosas con una escasa perturbación humana y dunas de pequeño tamaño y vegetación psammófila o halófila ocasional, que le servia de refugio para sus huevos. El nido debió consistir en una pequeña depresión en la arena, recubierto de pequeñas conchas, piedras e incluso unas pocas ramas, tal y como hacen otros miembros de su familia.

Su alimentación debió estar ligada principalmente a la presencia de lapas y mejillones, además de otros moluscos que podían quedar en la superficie durante la bajamar. De esta forma, seguramente centró su atención gastronómica en las cuatro especies de lapas que se encuentran en Canarias: lapa de pie negro ( Patella tenuis crenata ), lapa de pie blanco ( Patella ulyssiponensis aspera ), lapa curvina ( Patella piperata ) y lapa de sol o majorera ( Patella candei ), siendo quizá esta última la más consumida, debido a que frecuentaba la franja más alta de la zona de mareas o intermareal (mesolitoral superior) de las costas rocosas, especialmente en áreas no sometidas a fuertes oleajes. Un molusco que suele ser observado sobre la banda de sacabocados o clacas ( Chathamalus stellatus ). En Canarias, su posición en la zona de mareas se solapa con la de otras dos especies de lapas. Por debajo, se encuentra lapa de pie negro y, por encima, la lapa curvina o lapa de sol. Es la más grande de todas ellas, teniendo una concha muy alta comparada con las otras especies, aportando mayor biomasa.

Probablemente, la presencia del ostrero estuvo muy ligada a la lapa majorera, que en el pasado se encontraba en todas las Islas, tal y como muestra su abundancia en muchos yacimientos subfósiles, aunque en los concheros antiguos ya se presentaba en proporciones reducidas en comparación con las otras especies de lapas, apareciendo principalmente en los de las islas orientales. Pese a esto, hasta hace tres décadas menudeaban en la costa de Fuerteventura, donde eran recolectadas por los hombres de la mar con relativa frecuencia. Su distribución actual se restringe a algunas localidades de Fuerteventura, Archipiélago Chinijo y de las Salvajes, donde aún es abundante.

Esta relación convirtió al ostrero en un ave vulnerable ante el intensivo marisqueo, que se remonta a los antiguos isleños, como lo evidencia la presencia en los concheros repartidos por todas las Islas. Pero, la excelente calidad de la carne de las lapas, provocó que sus poblaciones disminuyeran rápidamente en la mayoría del Archipiélago, llegando a desaparecer de muchas localidades. Aunque en Fuerteventura y Lanzarote esta práctica en época precolonial debió de tener menos incidencia e impacto que en las islas occidentales, debido probablemente a una población humana más reducida, lo que pudo motivar que sobreviviera en estas islas hasta fechas más recientes.

Así, el uso humano de la costa hasta mediados del siglo XX, fecha en la que desaparece el ostrero unicolor canario, se limitaba a la pesca artesanal a caña desde tierra; al pardeleo o captura de pollos de pardela cenicienta ( Calonectris diomedea ) como recurso alimenticio; la construcción y explotación de salinas artesanales en la franja costera; la extracción y exportación de la cal; el cultivo de tomates y leguminosas en los terrenos fértiles cercanos a la costa; el marisqueo intensivo ya nombrado y todo un sinfín de acciones humanas vinculadas a pequeñas economías locales de subsistencia y limitada exportación interinsular, que mantuvo una población humana en pésimas condiciones de vida y aislamiento socioeconómico, agravada por los periodos de entreguerra y miserias de la época franquista.

El golpe de gracia sobre la especie lo asestaron los propios naturalistas y coleccionistas, que, al servicio de los grandes museos de historia natural del siglo XIX, recorrían fusil en ristre distintos lugares del planeta en busca de raras especies de flora y fauna, con el objeto de aumentar las numerosas y vastas colecciones científicas. De este modo, fue muy cotizado el ostrero canario a finales del siglo XIX y comienzos del XX. De hecho, oportunistas locales ofertaban huevos y pieles de adultos en sus catálogos por cuantiosas cantidades de dinero de la época. Hoy en día, algunas de esas aves colectadas en las Canarias figuran entre las luctuosas colecciones científicas de prestigiosos museos, como el British Museum de Londres, etiquetadas con el rubro EXTINGUIDO. Una ‘extinción’ que representa la desaparición total de todos los ejemplares o individuos vivos de una especie, la liquidación de un taxón en todo el mundo, la pérdida para siempre de una forma de vida.

Chochín de la isla de Stephen(Xenicus lyalli)

El Xenicus de Lyall (Xenicus lyalli) era una especie de pequeño pájaro que vivía en la isla Stephen, situada entre las dos islas principales de Nueva Zelanda, y se extinguió a finales del siglo XIX.

Fue descrito en 1895 por Lionel Walter Rothschild, que se lo dedicó a D. Lyall, guardián del faro de la isla Stephen. Sobre este islote rocoso vivía esta especie y en ningún otro lugar. Se conocen en total 13 especímenes, que fueron todos llevados al faro por el gato del guardián. Aficionado a la ornitología, el guardián decide disecarlos y enviarlos a eminentes ornitólogos como lord Rothschild, que recibió ocho ejemplares. Desde entonces no se encontraron más ejemplares, por lo que este pájaro constituye un caso único en la historia de especie que se extingue casi al mismo tiempo de ser descubierta para la ciencia.

No se sabe nada de las costumbres ni de la reproducción de esta especie, aparte del hecho de que era incapaz de volar o al menos era reticente a hacerlo, lo que explica la facilidad del gato del farero a la hora de exterminarla.

La cebra de llanura, de los llanos,

de planicie o simplemente comun (Equus quagga, anteriormente Equus burchelli), es el tipo más común y extendido de cebra, una vez halladas en las llanuras y sabanas desde el sur de Etiopía a lo largo del África oriental, y tan al sur como Angola y la parte oriental de Suráfrica. La cebra de la llanura es hoy menos numerosa de lo que fue en el pasado debido a que las actividades humanas, tales como la caza -por su carne y cuero-, así como la reducción de su hábitat natural ha reducido su número, pero aún es común en ciertas reservas.

Características y comportamiento

La cebra de la llanura es de tamaño mediano, cuerpo ancho y patas relativamente cortas. Los adultos de ambos sexos tienen una altura de unos 1,4 metros y una longitud de unos 2,3 metros de largo; pesan unos 230 kg. Igual que las demás cebras, sus cuerpos están cubiertos por franjas negras y blancas, y dos individuos nunca lucen idénticamente iguales. Actualmente, se reconocen tres subespecies, además de dos ya desaparecidas. Todas tienen franjas verticales en la parte delantera del cuerpo, las cuales luego se tornan horizontales según se acercan a la parte posterior. Las especies norteñas tienen franjas más estrechas y definidas; las poblaciones del sur tienen un número más variado, pero menor, de franjas en la parte baja del cuerpo, las patas y la parte trasera. La primera subespecie en ser descrita, la Quagga, que ya se ha extinguido, tenía la parte posterior de color marrón, sin franjas.

Las cebras de la llanura son muy sociables y comúnmente viven en pequeños grupos compuestos por un sólo macho y una, dos o varias hembras con sus crías. Estos grupos son permanentes, y tienden a variar según el hábitat: en campos pobres, los grupos suelen ser pequeños. De vez en cuando, familias de cebras de la llanura se agrupan en grandes manadas de cebras y otras especies, especialmente el ñu y otros antílopes.

A diferencia de la mayoría de los ungulados del África, las cebras de la llanura prefieren, pero no requieren, hierba de poca altura para pastar. Consecuentemente, se extienden más que otras especies (por tener más campo), incluso en regiones boscosas. Frecuentemente, son las primeras especies en aparecer en zonas con abundante vegetación. Sólo después de que las cebras han consumido y pisoteado los pastos altos, entonces aparecen los antílopes y las gacelas. No obstante, para protegerse de los depredadores, las cebras de la llanura se retiran a áreas abiertas donde tienen buena visibilidad en la noche, y se turnan los momentos de guardia. Las cebras se alimentan de una gran variedad de hierbas, aunque prefieren las tiernas y jóvenes si las hay disponible; también comen hojas y tallos de vez en cuando.

Alca Gigante o Pinguinus impennis

La más grande de las alcas, también llamada alca imperial, gran pingüino o simplemente pingüino. Originalmente, la única ave que recibía este nombre (derivado del gaélico penwyn) era el alca gigante. Posteriormente, los marineros y exploradores de los mares antárticos (en su mayor parte británicos, norteamericanos y escandinavos) comenzaron a llamar también pingüinos a las aves no voladoras del hemisferio sur (hasta entonces conocidas como pájaros o patos bobos), debido a su fuerte parecido externo fruto de la convergencia evolutiva. El nombre científico del alca imperial es Pinguinus impennis.

Esta especie se encontraba difundida en la época romana a lo largo de las costas del Océano Atlántico, desde Florida a Groenlandia, Islandia, Escandinavia, Islas Británicas, Europa Occidental y Marruecos, viéndose también en todo el Mar Báltico y más raramente al oeste del Mar Mediterráneo.

Los ejemplares adultos tenían alrededor de un metro de altura. El plumaje era negro en las alas y la espalda, cuello y cabeza. A los lados de ésta destacaban dos manchas blancas (pen gwyn significa precisamente “cabeza blanca” en gaélico), del mismo color que el abdomen. Las patas eran oscuras y palmeadas, y el pico, usado para arponear peces bajo el agua, era muy robusto, razón por la cual los escandinavos la conocían como geirfugl o garefowl, que significa “ave lanza” en castellano. El rasgo más distintivo de estas aves era su incapacidad para volar, fruto de su adaptación al buceo. Formaban parejas que incubaban un único huevo extraordinariamente grande sobre los acantilados o las playas durante la época de reproducción.

Su incapacidad para volar y lo apetitoso de sus huevos y carne las hicieron unas presas perfectas ya en la prehistoria, como demuestran varios yacimientos paleolíticos. A finales del siglo XVI el alca gigante ya había desaparecido de la Europa continental y en América del Norte sólo abundaba al norte de Nueva York. Los naturalistas del siglo XVIII describen su sabor como atroz, pero parece que los marineros no tenían un paladar tan exquisito y paraban a menudo durante sus viajes para aprovisionarse de carne y huevos sobre todo. Cuando Linneo nombró la especie inicialmente como Alca impennis, en 1758, el alca gigante era un animal sumamente raro en Europa, incluso en islas del Mar del Norte donde un siglo antes abundaba. En 1790 se capturó un ejemplar en Kiel, lo que causó gran extrañeza por ser el único visto en el Mar Báltico en años. Hacia 1800, la especie ya se había extinguido en Norteamérica y su distribución se reducía a Islandia.

Sorprendentemente, mientras el ave se extinguía en el resto del mundo, las alcas abundaban por cientos en algunos lugares de Islandia, como la isla de Geirfuglasker, adonde se dirigían con frecuencia los marineros para aprovisionarse de carne, pero debían pagar antes la mitad de lo que lo que cazasen a las cercanas iglesias de Kyrkjevogr y Utskála, que controlaban el acceso a las rocas de la isla, azotada también por fuertes marejadas durante todo el año. Peligrosidad y poca rentabilidad mantenían a salvo a las últimas alcas gigantes, de tal manera que algunos años ni siquiera arribaba allí un solo barco. Su suerte cambió durante las Guerras Napoleónicas, cuando dos barcos arribaron allí en 1808 y 1813 (ésta última vez en plena época de anidación) y se cobraron cientos de aves y huevos, sin respetar los privilegios de las iglesias cercanas. Para colmo, un terremoto hizo desaparecer la isla de Geirfuglasker bajo las aguas en 1830. Las alcas imperiales emigraron a otros lugares de Islandia donde no se habían visto en años (y fueron cazadas igualmente), e incluso apareció una, casi muerta de hambre, en las costas de Irlanda. La Isla de Eldey, cerca de la desaparecida Geirfuglasker, se convirtió en el hogar de las últimas parejas supervivientes.

Un ave tan sumamente rara despertó entonces el interés de todos los coleccionistas europeos, que pagaron cantidades cada vez más desorbitadas por hacerse con una piel o un ejemplar disecado de alca gigante. En 1840, los marineros de la zona informaron de que la población había desaparecido después de varias expediciones furtivas. En 1844, Carl Siemsen, de Reykjavík, persuadió al pescador Vilhjalmur Hakonársson para realizar una última expedición a la isla, pues había oído que en Dinamarca ofrecían 100 coronas por un solo pellejo de alca gigante que pudieran encontrar. Hakonársson desembarcó en Eldey el 2 de Junio junto con otros tres hombres, y dos días más tarde consiguieron divisar entre las gaviotas una sola pareja de alcas en su nido. Las mataron y ya no se volvió a conocer la existencia de ningún otro ejemplar vivo.

Varios museos de Europa y Estados Unidos conservan plumas, huesos y huevos de alcas gigantes, especialmente de la “cosecha” de 1830-1831.

Garrio Azul

Sin informacion

Vaca marina de Steller(Hydrodamalis gigas, antes Rhytina gigas)

fue un enorme sirenio de 8 metros de longitud (hasta 10 en algunos casos) y de 4 a 10 toneladas, el mayor sirenio que ha existido jamás. Fue descubierta por la expedición rusa de Vitus Bering en 1741, y desde ese momento se convirtió en una presa codiciada por los marineros, que la cazaron en gran número hasta su extinción en 1768, apenas 27 años después de su descubrimiento.

Este enorme mamífero era un animal estrechamente emparentado con el dugongo (Dugong dugon) que habita actualmente en las costas del Océano Índico y parte del Pacífico desde Taiwán a Nueva Guinea. Al contrario que otros sirenios, la vaca marina de Steller era el único conocido que habitaba en aguas frías, aunque tenía el mismo temperamento excepcionalmente manso (hasta el punto de dejarse matar con facilidad) y se alimentaba también de una amplia variedad de algas. El registro fósil demuestra que durante el Pleistoceno hubo momentos en que su distribución se extendía desde las costas de Japón a las de California, pero a finales del mismo la especie quedó restringida a las islas Komandorskie, cerca de la Península de Kamchatka.

Las causas de su extinción están en la demanda humana de su carne, grasa y piel, de gran calidad. El naturalista alemán Georg Steller, que viajaba en la expedición de Bering, las describió de la siguiente manera:

La carne de los individuos adultos no se distingue de la de buey y la grasa… es… dura, glandulosa y blanquecina… cocida supera en suavidad a la mejor grasa.

La piel era tan resistente que podía usarse para revestir el casco de los buques, y la grasa y carne, además de gratos alimentos, se demostraron como potentes remedios contra el escorbuto debido a su riqueza en vitamina C. Las islas Komandorskie se convirtieron en un importante centro de cazadores de vacas marinas hasta la extinción del animal.

En años posteriores se comunicaron algunos avistamientos en las Komandorskie y otras islas cercanas, pero la existencia de este animal después de 1768 no ha podido ser probada nunca de forma fiable.

Dodo o dront (Raphus cucullatus, llamado Didus ineptus por Linnaeus)

era un ave no voladora de aproximadamente un metro de altura, con un peso que oscilaba entre 13 y 25 kg. Era originaria de las islas Mauricio, situadas en el Océano Índico, y se alimentaba de frutas. Su pico, particularmente por la forma, le permitía romper las cortezas de los cocos, y anidaba en el suelo.

Se piensa que evolutivamente surgió de palomas que migraban entre África y el sudeste asiático, por esto se trataba de una peculiar ave “áptera”, ya que en la ausencia de depredadores, hizo que esta ave no desarrollara su sistema muscular para el vuelo. Era un pariente cercano del solitario de Rodríguez, otra ave de las Mauricio que también se extinguió apenas un siglo después. Se cree que la paloma de Nicobar es el pariente más cercano todavía vivo.

El ser humano llegó a su hábitat en el siglo XVII. Las primeras noticias que en Europa se tuvieron del ave parecen datar de 1674; en 1681 un conquistador español llevó un ejemplar a Europa. Los descubridores portugueses llamaron dodo («estúpido» en el habla coloquial portuguesa) al ave por su torpeza y la facilidad con que podía ser cazada. También se la ha llamado dronte, una denominación algo más científica.

La llegada del hombre acarreó la propagación de nuevas especies a la isla, incluyendo cerdos, macacos cangrejeros, perros, gatos y ratas , la aparición de nuevas enfermedades y la propia destrucción de bosque, del cual dependía en gran medida la subsistencia del dodo. Se estima que el saqueo de sus nidos por parte de las nuevas especies tuvo un efecto más devastador que el de la caza. Como consecuencia se produjo la completa extinción de esta ave un siglo después de la llegada del ser humano a la isla.

Sir Thomas Herbert, el introductor de la palabra “dodo”, dedicó al animal en 1627 un dramático epitafio: “Tienen un semblante melancólico, como si fueran sensibles a la injusticia de la naturaleza al modelar un cuerpo tan macizo destinado a ser dirigido por alas complementarias ciertamente incapaces de levantarlo del suelo”.

Un elefante en la cueva de los rinocerontes


El Pais

El planisferio animal catalán tiene una nueva estrella: una cría de elefante de unos 100.000 años de antigüedad. Todavía no tiene nombre. Es un pequeñopaquidermo de seis o siete años de edad que ha sido hallado en Castelldefels (Baix Llobregat). Se encuentra a 10 metros bajo tierra, en una cueva del macizo del Garraf, un espacio calcáreo donde no es raro observar recovecos en las rocas. ¿Cómo se sabe la edad del elefantito? Responde el arqueólogo Joan Daura, miembro del grupo de investigación del Cuaternario de la Universidad de Barcelona (UB): “Creemos que tiene esa edad porque no tiene todos los huesos cohesionados, debía de tener menos de siete años porque la pelvis no está del todo cohesionada”, certifica.

Los arqueólogos subrayan que es muy poco común hallar un animal totalmente articulado en un yacimiento. Pero este ya es territorio abonado. Llevan desde 2003 trillando la cueva, a raíz de que en 2002 unos grandes aguaceros descubrieran este agujero en la roca, donde durante este tiempo ya se han encontrado 2.000 restos óseos. Y lo que más destacaba hasta el momento eran los restos de tres rinocerontes. Por eso se le denomina la cueva del Rinoceronte, el lugar donde antaño los mapas señalaban como Ca n’Aimeric. Muy gráfico.

Es más importante cazar un elefante que tres rinocerontes. Eso parece. Y Daura insiste en que “no es nada habitual” hallar un esqueleto articulado. De momento, en la cueva del Rinoceronte se han documentado las dos extremidades posteriores completas (fémur, tibia, huesos del tarso y falanges), así como la pelvis y la columna vertebral en conexión anatómica. Se adivina la cabeza y se intuye un colmillo y una extremidad superior. Ya casi está. No se conoce el sexo aún. Los trabajos, que seguirán hasta la semana que viene, solo han permitido excavar parte de la superficie en la que se encuentra este elefante.

Pero ¿cómo llegó el animal a ese punto? Daura dice que existe la posibilidad, según se ha podido estudiar recientemente, de que el elefante entrara en la cueva buscando lamer el agua de las paredes, rica en sales minerales, y quedara atrapado. Otra opción es que cayera dentro y se lastimara. Todavía no se han podido limpiar los huesos y eliminar la tierra, por lo que no se conoce el motivo de la muerte.

En esta zona se habían localizado partes aisladas de esqueletos, como las defensas, en las rieras y el río Llobregat, especialmente de mamut lanudo, cronológicamente más moderno (de hace unos 70.000 años). El hallazgo de este elefante, más antiguo que el mamut lanudo, evidencia que en la costa central catalana con anterioridad a la llegada del mamut, propio de climas fríos, vivían elefantes, no mamuts, no hay que confundir. Además, en este importante yacimiento se encuentran diversas herramientas de neandertales.

El descubrimiento de este elefante y de restos de otras especies, como la tortuga mediterránea (Testudo hermanni), localizados también en la cueva del Rinoceronte, pone de manifiesto que en la costa central catalana hace 100.000 años el clima era cálido. Más tarde, con la última glaciación, los mamuts viajaron hasta el lugar, lo que puede considerarse un simpático precedente del turismo.

La Enciclopedia de la Vida supera el millón de especies


ABC

El ambicioso proyecto online, de libre acceso y en el que colaboran expertos de todo el mundo, pretende describir con todo detalle cada una de las especies que existen sobre la Tierra

La Enciclopedia de la Vida pretende describir todas las especies sobre la Tierra

1.075.982. Ese es el número de especies diferentes cuya descripción completa, características e imágenes se pueden encontrar ya en “La Enciclopedia de la Vida”, un ambicioso proyecto lanzado en 2007 y que tiene como objetivo el libre acceso de cualquier persona del mundo a un portal de internet que contenga una página por cada una de las1.900.000 especies descritas hasta ahora por la ciencia. Como si de una red social se tratara, los contenidos son aportados por expertos de todo el mundo.

No ha sido fácil superar el hito del millón de páginas. Y si se ha conseguido ha sido gracias a la aportación, de una sola vez, de cientos de miles de nuevas fotografías y datos de especies por parte del Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural, una de las muchas instituciones científicas que en la actualidad apoyan el proyecto en todo el mundo.

El nuevo bloque de contenido añadido por el Smithsonian incluye información detallada de plantas, insectos, vertebrados e invertebrados aportada por los diferentes departamentos de la institución. “La Enciclopedia de la Vida -asegura Erick Mata, su director- es un consorcio de socios que generan e integran información sobre la biodiversidad en todo el mundo. Para alcanzar nuestros ambiciosos objetivos, debemos incrementar contínuamente el número de páginas sobre especies y la cantidad de información que contiene cada una de ellas. Gracias al duro trabajo de nuestros colaboradores internacionales, hemos conseguido superar la marca de un millón de páginas”.

200 instituciones

El nuevo material incorporado a la Enciclopedia incluye también imágenes anatómicas (huesos, piel, etc.), radiografías e imágenes obtenidas durante las expediciones de exploración. Haber alcanzado, en solo cinco años, el millón de especies, es un claro indicativo del esfuerzo realizado y del éxito de la iniciativa.

En 2007, cuando fue lanzada, la Enciclopedia contaba con descripciones de unas 30.000 especies, aportadas por una docena escasa de colaboradores.. Hoy, el proyecto cuenta con la colaboración de 200 instituciones en todo el mundo y con un gran número de investigadores que comparten de forma muy activa sus conocimientos.

El resultado puede ser comprobado por cualquiera que visite la Enciclopedia de la Vida, que se ha convertido ya en uno de los mayores compendios de conocimiento sobre las especies vivas de nuestro planeta. Gratuito, online y al alcance de todos.

En la Tierra hay 8,7 millones de especies, según la última estimación


El Pais

El 86% de las terrestres y el 91% de las marinas están aún por descubrir, describir o catalogar

Si llegasen unos extraterrestres a la Tierra, una de sus primeras preguntas seguro que sería cuántas diferentes formas de vida hay en este planeta, y “nos avergonzaría la incertidumbre de nuestra respuesta”, ha dicho Robert May, eminente zoólogo de laUniversidad de Oxford. Cuentan la anécdota los científicos de un equipo internacional que ha realizado la última estimación de la cantidad de especies que hay en la Tierra. Un total de 8,7 millones de especies, un 25% de ellas en el océano, podrían responder estos científicos, liderados por Camilo Mora, a los extraterrestres de May. Aunque puntualizan que su error calculado es de 1,3 millones arriba o abajo, se trata de una cifra considerablemente precisa, teniendo en cuenta que hasta ahora se situaba el número total de especies entre tres millones y cien millones. “Si no sabemos, ni siquiera por el orden de magnitud (un millón, diez millones, cien millones…) el número de habitantes de un país, ¿cómo podríamos planificar el futuro?”, plantea, a modo de ejemplo, uno de los autores de la investigación, Boris Worm (Universidad Dalhousie, Canadá).

El 86% de todas las especies terrestres y el 91% de las marinas todavía no se han descubierto, descrito y catalogado, señalan Mora (investigador de laUniversidad Dalhousie, en Canadá, y de la de Hawai, en EE UU) y sus colegas, que presentan su técnica de estimación de especies y los datos resultantes en la revista científica en internet Plos Biology. Desde que, hace 253 años, el científico sueco Carl Linneo creó el sistema para nombrar y describir especies que se utiliza hasta ahora, se han catalogado algo más de 1.2 millones (aproximadamente un millón en tierra y 250.000 en los océanos) y se recogen en la base de datos general; se calcula que unas 700.000 más estarían descritas y a la espera de entrar en la base de datos.

La distribución de especies entre los diferentes reinos de la vida eucariota en la Tierra es notablemente precisa: aproximadamente 7,77 millones de animales (sólo 953.434 descritas y catalogadas); 298.000 especies de plantas (214.644 catalogadas); 611.000 de hongos (43.271 catalogadas); 36.400 de protozoos (organismos unicelulares), de las que están catalogadas 8.118; 27.500 de chromistas (como las diatomeas) con 13.033 catalogadas. En total, 8,74 millones de especies en la Tierra, más casi 11.000 archaea y bacterias.

La técnica desarrollada para obtener esta estimación se basa en la observación de la jerarquía de categorías taxonómicas, desde el nivel de especies y géneros, pasando por órdenes y clases hasta phyla y reinos, explica May en un artículo complementario también en Plos Biology. Mora y sus colegas han constatado que para los eucariotas, la descripción de las categorías taxonómicas más altas es mucho más completa que en los niveles más bajos. Además, analizando los agrupamientos taxonómicos en las 1,2 millones de especies que hay actualmente en el Catálogo de la Vida y el Registro Mundial de Especies Marinas, han descubierto patrones numéricos que relacionan los niveles taxonómicos más altos con el de las especies. Estos patrones permiten hacer las estimaciones de número de especies en grupos menos conocidos y obtener una cifra total con un margen de error.

El interés por conocer el número de especies no responde a mera curiosidad científica o al deseo de quedar bien delante de un hipotético extraterrestre que visite la Tierra haciendo buenas preguntas. La cuestión del número de especies en el planeta, junto a la investigación de su distribución y abundancias, “es particularmente importante ahora, porque una gran cantidad de actividades humanas e impactos están acelerando la tasa de extinciones; muchas especies pueden desaparecer antes incluso de que sepamos que existen, de que conozcamos su nicho y función en los ecosistemas y de que podamos explorar su potencial contribución para mejorar el bienestar humano”, declara Mora en un comunicado del programa Censo de la Vida Marina.

La última actualización de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) recoge 59.508 especies, de las cuales 19.625 están clasificadas como amenazadas, señala Worm. Esto significa que esta lista, considerada la más avanzado en este ámbito, está vigilando menos del 1% de las especies del planeta.

Aunque la cifra de 8,7 millones de especies sea muy inferior a las estimaciones máximas que rondan los cien millones, el trabajo que queda por hacer conocerlas es abrumador, al menos si se pretende hacer como hasta ahora. “La descripción de todas las especies que quedan pendientes, exigiría, con los enfoques tradicionales y basándonos en costes y equipos actuales, unos 1.200 años de trabajo de más de 300.000 taxonomistas y un coste de 364.000 millones de dólares”, señalan los investigadores. “Afortunadamente, nuevas técnicas como el código de barras de ADN están reduciendo radicalmente el coste y tiempo necesario para la identificación de nuevas especies”.

Carrera de las especies para salvarse del cambio climático


El Pais

Los ecosistemas mediterráneos son muy vulnerables por su fragmentación

Las especies tienen que responder a los cambios que se producen en su entorno y adaptarse a ellos, o perecen. El gran cambio de escala planetaria que ahora afrontan es, obviamente, el calentamiento global, y la investigación de su respuesta es importante no sólo para anticipar qué va a suceder con la biodiversidad del planeta, sino también, tal vez, para echar una mano, al menos en los espacios protegidos, y ayudar a las especies a mantenerse al ritmo del cambio climático. Ese paso no es un concepto vago, sino una cuantificación precisa para un equipo de investigadores estadounidenses que ha calculado un índice de velocidad del cambio climático que determina cómo de rápido deben las especies desplazarse por el territorio en este siglo para adaptarse al aumento de temperatura. En concreto, la velocidad media de seguridad calculada por Scott R. Loarie y sus colegas es de 420 metros por año.

Hay que tener en cuenta que, debido al calentamiento global, se desplazan los patrones climáticos hacia las latitudes altas del planeta y hacia las elevaciones del territorio.

La nueva investigación, dada a conocer en el último número de la revista Nature, muestra que la velocidad de cambio climático no es, obviamente, igual para todas las especies, topografías y ecosistemas. Por ejemplo, para los entornos montañosos, en los que la temperatura varía con un pequeño cambio de cota, basta con que las especies se desplacen 10 metros por año para mantener el paso del calentamiento, así que cabe esperar que el siglo que viene aumentará la biodiversidad en las zonas de montaña. Algo inferior incluso es la velocidad necesaria en los bosques tropicales y subtropicales de coníferas.

Sin embargo, en los territorios planos, especialmente en desiertos, en manglares y en zonas pantanosas de pradera y en la sabana, la velocidad requerida es superior, hasta 1,26 kilómetros por año para estas últimas.

“Un aspecto importante de estos resultados es que nos permiten evaluar cómo responderán nuestras áreas protegidas actuales a los intentos de conservar la biodiversidad ante el cambio climático”, explica Healy Hamilton, uno de los autores de la investigación.

Con estos datos en la mano, los especialistas calculan que sólo un 8% de los espacios protegidos en el mundo tendrán, dentro de 100 años, las mismas condiciones climáticas que hoy. Las zonas altamente modificadas por la acción humana que rodean a las áreas protegidas dejan sin espacio de fuga a las especies, que no pueden desplazarse a nuevos territorios que tengan condiciones favorables para sobrevivir. También la fragmentación del terreno pone barreras infranqueables para muchas especies.

“Hay, no obstante, notables diferencias regionales”, advierten los investigadores. “El pequeño tamaño y la fragmentación del territorio en la mayoría de las áreas protegidas de bosques de tipo mediterráneo hacen que esos hábitats sean especialmente vulnerables”. En los entornos con velocidades más bajas (como los montañosos) las áreas de protección requeridas para conservar las especies y ecosistemas pueden ser de tamaños moderados.

Los autores de la investigación, pertenecientes a prestigiosas instituciones estadounidenses (Academia de Ciencias de California, Carnegie Institution, Universidad de Stanford y Universidad de Berkeley), advierten que lo que ellos han elaborado no es un indicador de migración de las especies, sino un índice de velocidades relativas para seguir el paso del calentamiento. Ellos se han centrado en los cambios de temperaturas medias anuales, pero añaden que también han realizado análisis basados en los regímenes de precipitaciones y que muestran patrones similares.

Tampoco cabe ir a buscar en este trabajo la respuesta sobre el futuro de especies concretas. Pero los investigadores advierten que las especies que tienen un rango amplio de tolerancia a la temperatura pueden, obviamente, adaptarse al calentamiento en su zona habitual sin necesidad de desplazarse. Sin embargo, para las que son más estrictas en sus necesidades vitales, la velocidad de cambo climático calculada es un buen indicador del ritmo del desplazamiento obligado para evitar su extinción.

Loarie y sus colegas han hecho sus indicadores combinando los modelos de proyección climática con los datos de clima actual y los gradientes de temperatura en todo el mundo. Ellos han aplicado varios escenarios de emisiones (los climatólogos trabajan con escenarios posibles de futuro definidos por factores socioeconómicos, uso energético, tecnologías, población, etcétera), pero se han centrado especialmente en el denominado A1B, que describe un mundo venidero con crecimiento intermedio de los gases de efecto invernadero.

Lo que está claro, recalcan los expertos, es que, para conservar la biodiversidad, hay que contener el calentamiento, pero también hay que tomar medidas de gestión y planificación de los espacios protegidos, para lo cual es útil la investigación de los californianos. “Hay que ralentizar el gradiente temporal del cambio climático reduciendo las emisiones, con lo que se aumenta la capacidad de las plantas y los animales para dispersarse por las reubicaciones que se hagan, o incrementar el tamaño de las áreas protegidas mediante corredores de hábitats y nuevas reservas”, concluyen Loarie y sus colegas.

Un tercio de las especies, en peligro de extinción


EFE – El Mundo

  • La nueva ‘lista roja’ incluye el 70% de las plantas y el 21% de los mamíferos
  • El informe considera que sólo la conservación puede salvar las especies

Más de un tercio de las especies conocidas de animales están en peligro de extinción, según la última actualización difundida por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).

De acuerdo a estos datos, en la “lista roja” actualizada un total de 17.291 especies están amenazadas de extinción de entre las 47.677 conocidas en todo el mundo.

Están en peligro el 21% de los mamíferos, el 30% de los anfibios, el 12% de las aves, el 28% de los reptiles, el 35% de los invertebrados, el 37% de los peces de agua dulce y el 70% de las plantas.

“Las pruebas científicas de una grave crisis de extinción de especies van en aumento”, dijo la directora del Grupo de Conservación de la Biodiversidad de la IUCN, Jane Smart.

Entre los 5.490 mamíferos del mundo, 79 están extinguidos o extinguidos en estado silvestre, 188 especies permanecen en situación crítica, 449 están amenazadas y 505 son vulnerables.

El voalavo oriental (voalabo antsahabensis) aparece en la “lista roja” de la UICN por primera vez en la categoría de en peligro. Este roedor endémico de Madagascar está confinado en el bosque tropical montañoso y se encuentra amenazado por la agricultura de corta y quema.

Reptiles y anfibios

Este año se incluyeron 293 nuevos tipos de reptiles en la Lista Roja del IUCN, con lo que aumentaron hasta 1.677 especies de este tipo que sufren algún tipo de amenaza. De esta categoría, 469 están en peligro de extinción y 22 están extinguidas o extinguidas en el estado silvestre.

“Los reptiles están sufriendo en todo el mundo, pero la situación puede ser mucho peor de lo que actualmente parece”, dijo el presidente de la Comisión de la Supervivencia de Especies, Simon Stuart.

Entre los anfibios, 1.895 especies de las 6.285 conocidas en el mundo están en peligro de extinción: 39 ya están extinguidos o extinguidos en la vida salvaje, 484 están en situación crítica, 754 están amenazados y 657 son vulnerables.

En relación a 12.151 especies de plantas, la IUCN señaló que 8.500 están en peligro de extinción y 114 ya se extinguieron o están extinguidas en la vida salvaje. Este año la “lista roja” de la UICN contiene 7.615 invertebrados, 2.639 de los cuales están en peligro de extinción.

Los científicos también añadieron 94 moluscos, aumentando el número total de moluscos evaluados a 2.306, de los cuales 1.036 están amenazados. Siete caracoles de agua dulce del Lago Dianchi en la provincia de Yunnan (China) figuran como amenazados. Éstos se suman a 13 peces de agua dulce de la misma región, 12 de ellos amenazados.

La ‘punta del iceberg’

Actualmente hay 3.120 peces de agua dulce en la “lista roja” de la UICN, lo que supone un aumento de 510 especies respecto del año pasado.

“Durante mucho tiempo no se ha prestado atención a las criaturas que viven en aguas dulces. Este año hemos añadido muchas de ellas a la Lista Roja de la UICN y estamos confirmando los altos niveles de amenaza para numerosos animales y plantas de agua dulce, lo que refleja el estado de estos valiosos recursos”, dijo Jean-Christophe Vié, jefe adjunto del Programa de Especies de la IUCN.

“Estos resultados son sólo la punta del iceberg. Hasta ahora sólo hemos podido evaluar 47.663 especies, pero varios millones más podrían estar seriamente amenazadas”, lamentó el director de la unidad encargada de la “lista roja” de la UICN, Craig Hilton-Taylor.

“Sabemos por experiencia que las acciones de conservación funcionan, así que no esperemos a que sea demasiado tarde para empezar a salvar a nuestras especies”, agregó.

Descubren nuevas especies en las profundidades del mar de Tasmania


EFE – ADN

La expedición, formada por científicos australianos y estadounidenses, también ha permitido detectar que algunos de los corales de la zona están muriendo

Un equipo de científicos de Australia y Estados Unidos han anunciado el pasado fin de semana el descubrimiento de nuevas especies marinas, como anémonas, coral rojo o un espécimen de ascidia carnívora, en las profundidades inexploradas del océano y al sur de la isla australiana de Tasmania.

Durante un viaje científico de cuatro semanas, financiado con dos millones de dólares (aproximadamente 1,51 millones de euros), los expertos también han hallado nuevas evidencias del impacto causado por los gases de dióxido de carbono en los corales del lecho marino de esa zona, a una profundidad de entre dos y cuatro kilómetros.

“Hemos buscado vida a una profundidad mayor que en cualquiera de las expediciones realizadas previamente en aguas australianas” explicó en rueda de prensa, Ron Thresher, miembro del equipo y experto de la Organización para la Investigación Industrial y Científica de la Mancomunidad de Australia (CSIRO).

Con un submarino teledirigido

Con la ayuda de Jason, un submarino dirigido mediante control remoto y propiedad de la Institución Oceanográfica Woods Holes de Estados Unidos, los científicos encontraron a más de 1,4 kilómetros de profundidad, en la que denomina Zona de Fractura de Tasmania, grandes extensiones de corales cuya formación se remonta a más de 10.000 años.

“Nuestras muestras sirven para documentar la fauna australiana en las mayores profundidades examinadas hasta ahora, incluida una extraña ascidia carnívora, arañas de mar, esponjas gigantes, y también comunidades dominadas por percebes y millones de anémonas con lunares de color violeta”, explicó Thresher.

La ascidia es un animal marino que está a medio camino entre los vertebrados y los invertebrados, que tiene hendiduras branquiales y con un cuerpo protegido por una túnica gelatinosa. Thresher explicó que ese nuevo espécimen de ascidia que reposa sobre el lecho marino a 4.000 metros de profundidad, mide unos 50 centímetros y atrapa a su presa cuando nada y la roza.

Corales en peligro

“Los resultados de la expedición son increíblemente excitantes, nos han dado a conocer más de lo que hasta ahora sabíamos sobre las profundidades marinas”, destacó la bióloga Ghislaine Llwellyn, directora del programa del departamento oceánico del Fondo Mundial para la Naturaleza de Australia.

El empleo del submarino de una dimensión similar a la de un pequeño automóvil, permitió al equipo de científicos recoger en un total de 14 inmersiones, cada una de 48 horas de duración, diversas muestras de raros especímenes, así como fotografiar y filmar áreas del lecho marino situadas a más de seis kilómetros de profundidad.

Los investigadores del CSIRO y del Instituto de Tecnología de California, indicaron que algunos de los corales que descubrieron en las profundidades están muriendo, por lo que recabaron datos para estudiar la amenaza que plantean el cambio climático y el creciente nivel de acidez detectado en el océano para la supervivencia de las barreras de corales. No obstante, Thresher apuntó que será necesario realizar más análisis antes de confirmar que la acidez de la aguas es la causa de ese fenómeno que afecta a los corales.

Un equipo de científicos mexicanos descubre 15 nuevas especies marinas en el Golfo de California


EFE – ADN

Son estrellas de mar, crustáceos, gusanos, esponjas y corales blandos y han sido descubiertos gracias al trabajo conjunto de dos universidades

Un equipo de investigadores de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) han descubierto en el Mar de Cortés, en el noroeste mexicano, al menos quince especies marinas desconocidas hasta ahora en esa zona, una de las más ricas del mundo en biodiversidad.

Los expertos del Instituto de Ciencias del Mar y de Limnología de la UNAM, Vivianne Solís y Francisco Alonso Solís, han explicado a Efe que los nuevos ejemplares hallados pertenecen a las familias de los equinodermos (estrellas de mar y erizos), crustáceos, poliquetos (gusanos), esponjas y corales blandos.

La expedición ha podido llegar hasta los 300 metros de profundidad y alcanzar lugares inaccesibles hasta ahora, gracias al equipo formado por el buque Argo y el submarino Deepsee, capaz de recoger muestras en terrenos escarpados donde no llegan ni los barcos oceanográficos ni los buceadores.

Una investigación sin precedentes en México

El submarino, una gran esfera de plástico transparente, está dotado de un brazo hidráulico cuya gran precisión le permite recolectar delicadas especies, como estrellas de mar, sin dañarlas. Entre los descubrimientos, los científicos hallaron variedades de ofiuros, que son estrellas quebradizas con brazos que simulan serpientes, además de crustáceos y gusanos marinos.

Los expertos de la UNAM consideran que este descubrimiento no tiene precedentes en aguas mexicanas, donde hasta ahora no se ha podido recolectar especies a profundidad y con esas características de pendiente rocosa. Así mismo, ha sido una gran sorpresa para ellos encontrar nuevas especies en el Mar de Cortés.

Durante la expedición, se ha realizado además una investigación sobre las poblaciones pesqueras de la zona y se ha constatado que muchas especies muestran síntomas de recuperación en su reproducción.

Los investigadores analizan ahora si las especies encontradas son endémicas de este mar o si se hallan en otros lugares. Además, esperan reunir nuevos fondos para financiar una futura expedición con el mismo grupo de investigadores, liderado por Ezequiel Ezcurra, y con el mismo equipo de muestreo, compuesto por Argo y DeepSee.