«El espía que engañó a Hitler»: el libro que convierte la historia de Garbo en novela


ABC.es

  • José María Beneyto publica su última obra; una novela histórica editada por «Espasa» que recoge las desventuras de un personaje cuya vida supera la ficción: Juan Pujol (Garbo)
Desembarco de Normandía - ABC

Desembarco de Normandía – ABC

El espía que más daño hizo al «Führer» no pertenecía a ninguna de las grandes potencias que dedicaban millones a entrenar a su personal en el arte de lo oculto. No era un hombre del NKVD soviético, ni un agente encubierto de la resistencia francesa y, ni tan siquiera, un militar de la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense (más conocida por sus siglas: OSS). Era un catalán llamado Juan Pujol (alias Garbo). Un español que, en lugar de tener a sus espaldas cinco o seis primaveras de experiencia desactivando bombas o infiltrándose en bases secretas nazis, había pasado su juventud criando pollos y escapando de los frentes de batalla.

Sin embargo, la pericia de este español (y la de su mujer, Araceli González, actriz indispensable en su vida) le valieron para engañar a los alemanes, hacerse pasar por un espía germano (cuando en realidad era un agente doble al servicio de los británicos) y lograr que el mismísimo Adolf Hitler creyera que el Desembarco de Normandía se sucedería en Calais, a varios kilómetros de las playas en las que realmente se iba a llevar a cabo la invasión.

La historia de Pujol demuestra que, en muchos casos, la realidad que podemos palpar día a día con nuestras propias manos supera a la ficción que inventan las pensantes mentes de Hollywood. Deja claro que, en ocasiones, hay personas que logran superar las barreras que les plantea el destino y llegan a solventar situaciones increíbles. Y es precisamente por ello por lo que José María Beneyto (catedrático, político, abogado y escritor) la ha elegido con sumo mimo para servir de pilar básico de su última novela histórica: «El espía que engañó a Hitler» (editada por «Espasa» y presentada el pasado día 10 de enero en el Instituto Goethe de Cultura Alemana de Madrid).

«Elegí a Pujol porque es un personaje literario y, a la vez, influyente en la historia. Él mismo es una mezcla de realidad y ficción. Una ficción que desarrolla después al inventarse una red de 27 falsos espías que envían información fraudulenta a los alemanes (y en los que estos acaban confiando ciegamente)», explica Beneyto en declaraciones a ABC.

En sus palabras, este catalán es, gracias a la ingente cantidad de datos e informes que se inventaba para despistar a los alemanes, una novela en sí mismo. «El espía necesita identificarse con el enemigo para poder engañarle. Esa capacidad literaria le permitió introducirse en el cerebro de Hitler para depositar el veneno de la desinformación».

El título de la obra ni engaña ni da lugar a equívocos. Al fin y al cabo, Garbo mantuvo su tapadera hasta el final y jamás fue descubierto por el Abwehr, el servicio de inteligencia alemán. Un grupo que fue el artífice de operaciones de tal calibre como la destrucción de la red de resistencia más famosa de Holanda.

Pero Pujol no solo logró evitar que le cazasen con las manos en la masa ayudando a los aliados, sino que fue condecorado por los alemanes con la Cruz de Hierro de segunda clase por sus labores de espionaje al servicio de los nazis. Y todo ello, a pesar de que les estaba tomando el pelo y se dedicaba a manderles información fraudulenta como -por ejemplo- la falsa ubicación de los convoyes de mercantes que llegaban desde Estados Unidos a través del Atlántico para evitar que Gran Bretaña se muriera de hambre.

De Madrid a Portugal

En su interesante obra, Beneyto nos traslada en primer lugar hasta el viejo Madrid de enero de 1941. Tal mes como en el que ahora nos encontramos. Nos muestra un paraje gélido. Y ya no solo por las bajas temperaturas, sino también por la situación política y social. Al fin y al cabo, por aquel entonces el hambre y los cortes de luz hacían que España tuviera que vivir con el cinturón uno o dos agujeros más apretado que de costumbre.

Dentro de esa ennegrecida ciudad, «El espía que engañó a Hitler» nos presenta a Juan Pujol, un sujeto temeroso en un principio, pero que luego mostró una capacidad innata para el engaño. Solo así logró convencer a los alemanes de su incuestionable lealtad y de su fe inquebrantable en la victoria. Y un hombre que, además, les hizo creer que iba a viajar a Gran Bretaña para enviarles información clasificada de los planes más secretos del Alto Mando Aliado.

Todo falso. Lo cierto es que Garbo no hablaba inglés, tal como se lamenta el Pujol de Beneyto en la novela histórica: «No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos. No sé hablar en inglés, no he estado en Inglaterra y no tengo ningún contacto con las islas. Lo que nos hemos propuesto no es más que un espejismo, una alucinación».

Tampoco le hizo demasiada falta expresarse en inglés. Y es que, se quedó en Portugal y se dedicó a enviar a la embajada alemana en Madrid informes de inteligencia falsos con la ayuda… ¡de guías turísticas!

En este punto es en el que cobran importancia dentro de la novela los personajes femeninos. El primero, totalmente real. «Araceli es determinante en el desarrollo inicial de ofrecerse como espía a los alemanes. Fueron un tándem. Si uno dudaba, el otro le animaba a seguir adelante», explica Beneyto. El segundo, por el contrario, es ficticio: «En el libro, cuando llega a Lisboa conoce a Elena Constantinescu. Ella le inicia en el espionaje y, junto a su mujer, le conduce hacia su destino».

«No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos»

El Pujol de la novela histórica justifica así el no haber sido «cazado» a pesar de los peligros que corrió: «Les digo que he llegado a Inglaterra sin novedad y que en el viaje he intimado con un piloto de la compañía aérea holandesa KLM, a quien le conté que era un exiliado político catalán. Añado que a este piloto le he convencido de, tras no pocos esfuerzos, para que lleve mis cartas de Londres a Lisboa, aprovechando sus viajes regulares, y así evitar la censura británica».

Pujol era conocido entonces por los alemanes con el nombre en clave de Arabel. Pero ese apodo le duró hasta que los aliados -que de tontos no tenían un pelo- se dieron cuenta de que alguien andaba enviando comunicaciones falsas a los germanos. Eso le valió a Juan el ser encontrado y aceptado en el MI5 británico, los servicios secretos ingleses. Además, también le permitió adquirir un nuevo alias: Garbo. La razón la desvela uno de los personajes del autor (un tal Mills) en la obra: «¡Su actuación ha estado al nivel de la diva sueca, la gran Greta».

En el Día D

A partir de ese momento, la importancia de Garbo comenzó a aumentar casi a la par que se agrietaba el poder de Hitler en la vieja Europa. Gracias a su capacidad de inventiva, unida además a los cheques británicos, no tardó en crear una falsa legión de informadores (todos ellos inventados por él) que le ayudaban a hacer más creíbles sus «soplos». En esta red fantasmal había desde renegados irlandeses, hasta un aviador borrachín que pilotaba para la Real Fuerza Aérea.

Como bien queda reflejado en «El espía que engañó a Hitler», Garbo hizo su jugada magistral el 6 de junio de 1944. El día en el que 132.000 soldados cruzaron el Canal de la Mancha para liberar Europa a través de Normandía. Aquella jornada, para evitar que su tapadera acabase tan destrozada como quedaría el búnker de Berlín en el 45, el catalán decidió informar a los germanos de la operación. Aunque eso sí, lo hizo apenas unas horas antes de que comenzara para evitar que pudieran reaccionar. Esto (unido a otras tantas tretas de este español) provocó que los soldados que podían haber evitado la invasión se quedasen en Calais, un lugar erróneo desvelado falsamente por Pujol.

Después de ser considerado un héroe por aliados y alemanes, Garbo desapareció de la faz de la Tierra. Se esfumó para no regresar jamás. Si le descubrían, su vida estaba condenada. Solo salió a la luz en los ochenta, cuando fue descubierto viviendo en Venezuela.

Las tres preguntas

Pero… ¿Por qué escoger una novela histórica? Según Beneyto, una de las causas es que la ficción le ha permitido elucubrar sobre «preguntas que han quedado en el aire en relación a Garbo y su entorno».

La primera de ellas es cómo logró un hombre que cuidaba animales convertirse en uno de los mejores espías de la Segunda Guerra Mundial. «Era un criador de pollos que, en el 40, trataba de sacar un hotel a flote. Saber quién era realmente Garbo y qué le llevó a ofrecerse como espía es la primera cuestión. Con todo, al fin y al cabo era un hombre que venía de vivir la división en España y que, gracias a escuchar la BBC, consideraba que debía luchar contra los totalitarismos», añade el autor a ABC.

Según Beneyto, la segunda pregunta es cómo logró ganarse la confianza de los alemanes. «¿Cómo llegó a ser un espía tan influyente? Fue la única persona condecorada por los dos bandos, el alemán y el aliado. Consiguió ganarse la confianza de los dos de la nada», señala. En palabras del autor, llegó a ser determinante para los germanos debido a que fue impulsado al estrellato del espionaje por personas como Wilhelm Canaris (el director de la Abwehr). Una figura potente dentro de la oculta opsición al nazismo que utilizaba sus informes contra otras organizaciones germanas.

La tercera gran cuestión es la relación entre Garbo y otros agentes como Tommy Harrys (un hombre clave para la formación de Pujol); Kim Philby (el número dos en el espionaje británico y uno de los grandes de Cambridge) y Anthony Blunt. «Los dos últimos fueron los dos mayores traidores de la inteligencia mundial. Se convirtieron en agentes dobles soviéticos. ¿Hasta qué punto lo sabía Garbo?», añade Beyto a ABC.

Robespierre no era tan Robespierre


El Pais

  • Una biografía y una monumental novela reinterpretan al líder revolucionario
  • Desmienten las versiones tradicionales sobre un personaje cruel y despiadado
Maximilien Robespierre, uno de los personajes más controvertidos de la Historia.

Maximilien Robespierre, uno de los personajes más controvertidos de la Historia.

El asesino. El sanguinario. El delirante. El coco… Antepongan esos calificativos a estos: el virtuoso. El incorruptible. El demócrata. El soñador. ¿Cómo cuadrarlos? Difícil. Pero habría que equilibrar la balanza, demasiado torcida ante los primeros, en el caso de Maximilien Robespierre. El personaje más controvertido de aquel hito que marcó la Historia Universal y que se dio en llamar Revolución Francesa merece un juicio justo que le devuelva la cabeza de la guillotina eterna.

Eso y no más es lo que han pretendido, cada uno a su manera, el historiador australiano de la Universidad de Melbourne Peter McPhee, y el escritor español Javier García Sánchez. Uno con una pulcra y rigurosa biografía publicada por Península y el otro con una ambiciosa novela de 1.200 páginas sobre el líder jacobino que ha sacado al mercado Galaxia Gutenberg y que empezó a escribir por pasión, por identificación, por espíritu de cruzada, hace 30 años.

Hay demasiadas injurias en torno a Robespierre. Injurias vertidas a lo largo de más 200 años no sólo en la Historia, también en la filosofía, en el cine, en la literatura… Incluso en el urbanismo: es el único personaje crucial en el devenir de Francia que no cuenta con una calle a la altura de su leyenda y sus hitos en el centro de París.

Allá llegó para participar en la reunión de los Estados Generales el abogado a quien siempre se achacó cierto complejo de provinciano. Desde la norteña Arrás se presentaba en la resabiada capital — “puta y santa”, escribe García Sánchez— este líder en ciernes, con su inseguridad a la hora de armar discursos, su conocimiento de memoria de la obra de Rousseau, su miopía y una paradójica timidez un tanto altiva que no guardó en el baúl donde sí se llevó a París una chaqueta de paño negro, un chaleco de satén, tres pares de pantalones, seis camisas, seis pañuelos y tres pares de calcetines…

Enfermiza parecía su obsesión por la austeridad, por dar ejemplo. Y, por tanto, sospechosa. “La mayor contradicción para quien durante siglos ha querido atacarle era que le apodaran El incorruptible. No cuadraba ese calificativo con los intentos de desprestigiarle contando que se había encerrado en orgías de palacios pertenecientes a la aristocracia con decenas de eunucos”, comenta García Sánchez.

McPhee ahonda en la propia incomprensión de Robespierre ante su obsesión por la plena limpieza. “Encontraba serias dificultades en comprender por qué los propios republicanos se mostraban tan en contra del bien común. Se desesperaba ante la falta de integridad, los nervios le llevaban hasta el borde mismo del colapso, sobre todo, al final, cuando entendió que su periodo había terminado”.

De la revolución al terror, algo a lo que se vio abocado pese a repugnarle la violencia, el camino se llenó de sombras. Manchas que poblaron, según el autor español, “la biografía digna de quien porta la gallardía insensata de un héroe mártir”. Acusaciones que le han afectado hasta hoy culpándole de todos los males, los desmanes, los desvaríos, las purgas, cuando, según García Sánchez, “no dio el visto bueno personalmente más a cuatro o cinco penas de muerte”.

Asombroso hurgar en los papeles. “No tuvo nada que ver con los asesinatos en masa, los repudiaba”, agrega McPhee. Así que conviene urgentemente sacarle de la lista que lo emparenta con todos los exterminadores que en el mundo han sido.

Si el prisma histórico ha deformado sistemáticamente la figura de alguien, este es el caso de Robespierre. Pero aún no se escapa: “Sigue resultando enormemente controvertido”, afirma el australiano. Quizás su obsesión por la virtud, ese faro en su pulso vital, es la causa. Se reveló tan consecuente que ha influido en la mala conciencia de la posteridad o en la propia sospecha de que no podía nadie llegar a tales cotas de autoexigencia. “Él fue”, según McPhee, “ uno de los grandes demócratas de la Historia, apasionado, comprometido con los derechos humanos y con la participación en la vida pública de todos los estratos de la sociedad. Entendía que sin la participación popular y el respeto por los avances civiles y sociales existiría un permanente y violento desencanto social”.

Lo primordial en cuanto a su figura es acabar con el rumor. “La visión que se ha dado de él se ha fundamentado en un rumor. No más. Cuando cae e iba camino de la guillotina —aquel 10 Termidor, 28 de julio de 1794 para la cristiandad— empieza ese rumor sobre él, ajeno a los hechos, que se ha propagado de manera organizada y continua a lo largo de más de 200 años y ha dado lugar a que el 95% de lo que se ha escrito fuera falso”.

Lo mismo le ocurre a su aliado Saint-Just; ambos han pasado a la historia como peligros por inculcar una radical filosofía de la virtud y el bien común desde espíritus laicos. Fueron emisarios de una vida futura, perecieron convencidos de que su obra no quedaba concluida cuando en realidad dieron lugar a una auténtica revolución de las mentalidades. Así es y no de otra forma como García Sánchez afrontó la narración. “Con la intención de crear una obra lírica, con voluntad de epopeya sobre unos hombres que quisieron cambiar el mundo consiguiéndolo y que perecieron en el intento creyendo que habían fracasado”.

El verdugo nazi, los paracaidistas y el escritor


El Pais

Laurent Binet novela en ‘HHhH’ el atentado contra Reinhard Heydrich

Pocos episodios hay en la II Guerra Mundial tan atrevidos y emocionantes como el asesinato en Praga el 27 de mayo de 1942 a manos de un puñado de paracaidistas checoslovacos entrenados por los servicios secretos británicos y apoyados por la resistencia del que sin duda fue uno de los peores tipos que han pisado la faz de la tierra, Reinhard Heydrich, apodado La Bestia Rubia, El Verdugo y El Carnicero, que ya son adjetivos. Mano derecha de Himmler, jefe de los servicios de seguridad del III Reich, sanguinario virrey nazi en el protectorado de Bohemia Moravia, planificador de la Solución Final, el Obergruppenführer, general, de las SS Heydrich, modelo racial ario pese a su considerable nariz, destaca por su maldad incluso entre la pandilla de asesinos de la jerarquía hitleriana. El joven autor francés Laurent Binet (París, 1972) se ha lanzado a una aventura literaria digna de los paracaidistas ejecutores al convertir el histórico atentado en una personalísima y muy entretenida novela de casi cuatrocientas páginas en la que no solo resucita al temible Heydrich, reconstruye su negra carrera y revive pormenorizadamente el ataque (la denominada Operación Antropoide), sino que relata su propia experiencia de escritor enfrentado a personaje y hechos de tal magnitud.

La novela se titula HHhH (Seix Barral) -por la frase que corría (bajito) entre los SS: “Himmlers Hirn heisst Heydrich”, “el cerebro de Himmler se llama Heydrich”-. “Escribí sobre el atentado porque me pareció una historia que merecía ser contada, más extraordinaria que mucha ficción y poco conocida en Francia”, explica Binet, que se ha empapado a fondo de libros y películas sobre el Reichsprotektor y su asesinato, proceso de documentación que aparece en su propia novela. Es curioso que el personaje sea ignorado en su país, le digo, porque estuvieron a punto de sufrirlo en sus carnes: parece que su siguiente destino tras Praga era París. “Es cierto, no se sabe muy bien qué hubiera sido de Heydrich de no haber muerto, era una figura ascendente en el III Reich, incluso se ha dicho que podría haber sucedido a Hitler”. Binet encuentra que Heydrich, que confiesa que le impresiona, es un personaje muy novelesco: hijo de músico, violinista, gran esgrimista (sable), marcado por su expulsión infamante de la armada, mujeriego (el novelista narra un episodio en el Salón Kitty), siempre bajo la sospecha -él, el gran cazador de hebreos- de tener raíces judías, anfitrión de la Conferencia de Wannsee… Era un frío y vil asesino, pero también un hombre de coraje que volaba en su propio caza ME-109, decorado con su runa personal, hasta que lo derribaron y se le prohibió hacerlo. “Su valentía era pura hybris,autoconfianza orgullosa, y lo pagó siendo asesinado al circular en descapotable por una ciudad ocupada y sin más escolta que su chófer”.

La muerte de Heydrich desató una represión brutal con miles de víctimas. ¿Valió la pena? “Fue la prueba de que la resistencia checoslovaca seguía viva. Heydrich era más que un hombre, abatirlo era matar a un símbolo. Su eliminación no detuvo el Holocausto. Pero la venganza de Hitler borrando del mapa el pueblo de Lidice puso a los ojos del mundo el espanto del nazismo”.

La novela traza con detalle el perfil de Heydrich hasta su cita con la Parca y los entresijos de la Operación Antropoide, el atentado y la heroica lucha posterior de los paracaidistas atrapados en la cripta de una iglesia de Praga, pero también los vericuetos por los que discurre el autor para dar forma a su narración, incluidas un par de ácidas consideraciones sobre Las benévolas de Jonathan Littell. Los elementos autobiográficos en HHhH son auténticos, dice, como lo son las investigaciones y los viajes -Babi Yar, Terezin…-. “Creo que está justificado, que es legítimo mostrar cómo el autor se debate tratando de enfocar el tema”. De la ironía y el fino humor que recorre su novela señala que era “una manera de evitar la grandilocuencia”. Y añade que lo grotesco y ridículo formaban parte de los nazis, “como bien supo ver Chaplin”.