La gran mentira de Speer, el «nazi bueno» que construyó una ciudad subterránea secreta aniquilando a miles de judíos


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  • Un nuevo libro desvela la cara más oscura del arquitecto y el Ministro de Armamento del Reich. Aprovechando además que pronto se cumplirá el aniversario de su nacimiento nos planteamos varias preguntas: ¿Se arrepintió de sus fechorías? ¿Usó realmente prisioneros para llevar a cabo sus megalíticos proyectos?

Un cruel y enigmático alemán que consiguió librarse de la horca por ser uno de los pocos oficiales nazis que se declararon arrepentidos por las barbaries que había perpetrado su régimen. Hoy en día, las sombras que rodean a Albert Speer (arquitecto del Reich y Ministro de Armamento de Adolf Hitler) no han conseguido convertirse en luces.

Para algunos, este sujeto es el ejemplo de que existían muchos políticos germanos que no sabían lo que sucedía en los campos de concentración. Para otros, fue simplemente un aprovechado que se valió de mano de obra esclava (la de decenas de miles de judíos, soviéticos y un largo etc.) para producir el denominado «milagro del armamento alemán». Es decir, la creación masiva de carros de combate, cazas, bombarderos y munición en una Alemania que empezaba a ser cercada por sus enemigos y en la que hubo que enterrar (literalmente) las fábricas bajo montañas debido a que las bombas aliadas impedían la producción en la superficie.

Precisamente es esta segunda visión (la de un Speer interesado y que mintió al mundo para librarse de ser condenado a muerte en los Juicios de Nuremberg) es la que expone el escritor Martin Kitchen en «Speer, el arquitecto de Hitler», su último ensayo sobre este personaje. Una obra que llegará a España traducida próximamente de manos de la editorial «La Esfera» y en la que se tira por tierra la idea de que el «milagro del armamento alemán» fuera motivado directamente por él o (entre otras tantas cosas) que se sintiese arrepentido por las barbaridades cometidas por los nazis. Un libro, en definitiva, que lucha contra la leyenda del «nazi bueno», como posteriormente se le llamó, y muestra crudamente cómo apoyó el uso para sus propios fines de cientos de miles de prisioneros judíos.

El «querido» de Hitler

Berthold Konrad Hermann Albert Speer, más conocido como Albert Speer, vino al mundo allá por el 19 de marzo de 1905 en Mannheim. Robert Ambelain, autor de «Los arcanos negros de Hitler», le define como un hombre de alta cuna «de una familia de arquitectos» que quiso seguir la estela de su padre (quien había logrado alcanzar el éxito en ese mismo campo).

En base a esos deseos, el pequeño Albert terminó estudiando arquitectura en la Universidad de Karlsruhe y, posteriormente, en otros tantos centros especializados como el Instituto Heidelberg o el Politécnico de Munich. Su continuidad en los estudios le acabó convirtiendo en un alumno aventajado en 1927, cuando se licenció en la Escuela Técnica Superior de Berlin-Charlottenburg. Así se afirma en la completa «Historia Virtual del Holocausto», donde también se explica que «acabó sobresaliendo en la asignatura de matemáticas, especialmente en estadística».

Arquitecto ya, empezó a sentir atracción por el -entonces- joven Adolf Hitler y su ideología. En sus populistas discursos, aquel hombre con bigotillo hablaba de la injusticia que se había orquestado contra Alemania tras el Tratado de Versalles. Crítica a los judíos por aquí, y soflama por allá, Speer acabó afiliándose al partido nazi en marzo de 1931 con el número 474.481 (según señala la periodista e historiadora Gitta Sereny en su obra «Albert Speer arquitecto de Hitler, su lucha con la verdad»).

A partir de ese momento, comenzó a acercarse al futuro «Führer» poco a poco hasta que ambos fueron amigos inseparables. Nuestro protagonista se convirtió, de hecho, en el favorito del líder nazi. Era un habitual en su mesa privada después incluso de su ascenso a la poltrona de Alemania (en enero de 1933, cuando fue nombrado oficialmente canciller) y, para colmo, la popular cineasta germana contratada por el Reich (Leni Riefenstahl) decía de él que era uno de los grandes idilios de Hitler. Así lo afirma Ambelain en su obra, donde le atribuye la siguiente cita a la artista: «¿Sabe lo que es usted en realidad señor Speer? Usted es el amor desdichado de Adolf Hitler».

El comienzo

Según el mismo autor, Hitler se fijó en Speer allá por 1933, cuando se le confió la organización de la gran manifestación del primero de mayo que se sucedió en Tempelhof.

Sin embargo, otras teorías afirman que conoció a este arquitecto tras visitar la nueva sede del Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels. Esta idea podría basarse en obras como «Los discípulos del diablo: El círculo íntimo de Hitler» (del divulgador histórico Anthony Read) o «Hitler y el poder de la estética» (de Frederic Spotts).

«Hitler no creía que fuese posible cumplir ese plazo. Día y noche mantuve tres turnos en la obra»

En estos textos se hace referencia a un curioso episodio. Según explican ambos expertos, a Goebbels le fue cedida esta nueva sede en 1933. Rápidamente, aquel «enano y ligón» y llamó a Speer para que -con no pocas prisas- hiciera una remodelación de la misma en escasamente… ¡Ocho semanas! Su objetivo era dejar boquiabierto al líder nazi.Así recordaba nuestro protagonista aquel suceso: «Hitler no creía que fuese posible cumplir ese plazo, y Goebbels, sin duda para espolearme, me habló de sus dudas. Día y noche mantuve tres turnos en la obra. Me ocupé de que varios aspectos de la obra fueran sincronizados hasta el menor detalle». El edificio fue entregado, y el del bigote quedó más que asombrado con él.

Arquitecto del Reich

Independientemente del momento en el que conociera su trabajo (las teorías son muchas), lo cierto es que la faceta artística escondida de Hitler y la muerte del arquitecto oficial del partido nazi –Paul Ludwig Troost– fueron los factores que acercaron a ambos. Así fue como, poco a poco, el «Führer» convirtió a Speer en el artista más destacado del país. O «el arquitecto de Alemania», como él mismo se definía. Un término que adoraba debido a que le ubicaba por encima del resto de sus colegas de profesión.

Su lista de edificios diseñados para el régimen de la esvástica comenzó a escribirse allá por 1934, cuando le fue encomendada la construcción en piedra de la tribuna de madera del Zeppelinfeld de Nuremberg (en principio, la zona en la que aterrizaban los zepelines y, posteriormente, un estadio en el que se practicaban diferentes deportes). «La referencia principal para ello, según indica el propio Speer en sus Memorias, fue el Altar de Pérgamo. Se entrelazan en este primer gran proyecto, realizado por quien sería la mano derecha de Hitler, varias de las tónicas que conformarían la estructura básica de la arquitectura desarrollada por el Partido Nacionalsocialista desde su llegada al poder hasta su debacle al fin de la Guerra», explica Guillermo Aguirre Martínez en su dossier «La arquitectura en el Tercer Reich».

La mayoría de autores coinciden en que sus proyectos no contaban con una gran técnica artística, pero encandilaban a Hitler por sus gigantescas dimensiones. Todo ello, siguiendo la estética de las tres grandes civilizaciones de la antigüedad: la egipcia, la griega y la romana.

Las construcciones de Speer, además, se basaron en una nueva forma de edificación: la «Ley de las ruinas». Una teoría que se basaba en que todo aquellos que se levantara en Alemania debía dejar unos restos estéticos para las generaciones futuras. «Para ello se emplearon exclusivamente materiales no proclives al desgaste y se desarrollaron estructuras especiales que fuesen capaces de resistir el paso del tiempo», añade el español. Como es lógico, todos estos factores dieron como resultado la utilización masiva de la piedra como material básico por parte de Speer (Inspector General de Construcción con el rango de Secretario de Estado desde 1937).

En este sentido, el nuevo libro proyectado por Kitchen sentencia no solo que Speer carecía de originalidad y creatividad como arquitecto, sino que únicamente logró acercarse al «Führer» gracias a que supo captar lo que el líder nazi quería: edificaciones «ridículamente grandiosas» combinadas con tintes vanguardiastas. Además, el autor define su actitud por entonces como la de un hombre despreocupado, distante, narcisista y despiadadamente ambicioso. Una persona que no solía acercarse demasiado a sus más allegados y se mantuvo alejado moralmente, incluso, de su mujer y sus hijos.

Por si todo esto fuese poco, Speer también recibió el encargo de diseñar la «Germania» definitiva. Una ciudad que nacería de la remodelación de Berlín y que sería -según explica Deyan Sudjic en su obra «La arquitectura del poder»- «el epicentro del imperio de Hitler». Así lo dejó sobre blanco el propio líder nazi en un mensaje escrito en junio de 1940 (aunque el proyecto ya había sido organizado casi cuatro años antes): «En consonancia con nuestra estupenda victoria, lo antes posible Berlín deberá remodelarse urbanísticamente como capital del nuevo y poderoso Reich. […] Mi intención es poder completar [este proyecto] en el año 1950. […] Cada oficina del Reich, de los länder, de las ciudades y del partido deberá facilitar toda la ayuda que pudiera demandar el Inspector General de Edificaciones de la Capital del Reich».

El arquitecto, en fechas

1934 – Construcción en piedra de la tribuna de madera del Zeppelinfeld de Nuremberg.

1937 – Se encarga a Speer que empiece a planificar «Germania».

1937 – Se encarga a Speer la reforma del Estadio Olímpico de Berlín.

1937 – Speer gana la medalla de oro en la Exposición Internacional de París con el «Pabellón alemán».

1939 – Termina la remodelación de la Cancillería.

El resto de edificios que había planificado para la nueva ciudad de Berlín no llegaron a construirse.

«El milagro» y la ciudad secreta

Entre arquitectura y loas andaba Speer cuando el cielo profesional se abrió ante él. Y nunca mejor dicho. Mientras el calendario marcaba el 8 de febrero de 1942 (15 de febrero, según determina el historiador galo Henri Michel en su extenso libro «II Guerra Mundial»), el ministro de Armamento y Municiones alemán Fritz Todt encontró la muerte en un trágico incidente aéreo. Su fallecimiento abrió el camino para el puesto a grandes jerarcas como Goering (ávido y deseoso de él). Sin embargo, Adolf Hitler se decidió por su gran amigo: Speer. ¿Por qué diantres eligió a un artista para el puesto? Según parece, por su empeño y su capacidad de organización.

Al «Führer» no le falló el ojo. En poco tiempo, Speer aumentó brutalmente la producción germana en base a una serie de sencillos principios. El primero fue apostar por crear «comités» de especialistas y asesores que sustituyeran la visión interesada de los militares (hasta entonces, al frente de la producción de guerra).

«Speer redujo el número de artefactos de combate, organizó una producción en serie y especializó los establecimientos industriales»

Por si fuera poco, también revolucionó la organización de las fábricas estableciendo una sencilla norma: cada una de ellas se dedicaría a elaborar un tipo de armamento concreto. A su vez, separó el mundo de los negocios de la dedicación al estado alemán. «Con Speer, los nuevos dirigentes de la economía salieron del medio de los negocios: las asociaciones profesionales de gran industria se convirtieron en organismos del Estado y los grandes industriales dominaron el “Consejo de Armamento”», determina Michel en su obra.Así resume Michel sus avances más destacados por aquellos años: «Speer redujo el número de artefactos de combate, organizó una producción en serie y especializó los establecimientos industriales. […] Hizo que Hitler se decidiera por una división del trabajo: las fábricas de los países ocupados fabricarían bienes de consumo para el Reich, y la mano de obra alemana sería especializada en los armamentos». Militarmente hablando, Speer dio prioridad a lo que, según él, más se requería en el frente: cañones, morteros, ametralladoras, munición para la infantería, armas anticarro, los vehículos motorizados y los carros de combate.

Toda esta amalgama de medidas (así como otras tantas) dieron lugar a un «boom» económico de la industria armamentística alemana. Una industria que -tras sufrir duramente debido a la forma de combatir del ejército hasta entonces (la Blitzkrieg)- resurgió de sus cenizas. «Speer mostró en su nuevo puesto una capacidad extraordinaria. En 1944 logró llevar a Alemania a una producción jamás alcanzada», determina -en este caso- Ambelain.

Más concretamente, esta se triplicó. «En 1943, la producción de cañones dobló a la de 1942 y aumentó todavía más en 1944», añade el autor de «II Guerra Mundial». Ejemplo de ello es que la fabricación de tanques pasó de 9.395 en 1942, a 19.885 en 1943 y 27.300 en 1944.

A su vez, durante esos años también favoreció la investigación de nuevas armas como las bombas V1 y V2, y trasladó las fábricas del país a una serie de túneles subterráneos ubicados en el centro de Alemania cuando los aliados bombardearon aquellas que estaban ubicadas en la costa Báltica.

El divulgador histórico Pere Cardona (auto del libro «El diario de Peter Brill» junto a Laureano Clavero) recoge también la creación de estos túneles subterráneos en su popular blog «HistoriasSegundaGuerraMundial»: «Consciente del daño que podían provocar estas campañas en el devenir del conflicto, ordenó el traslado de varios centros productivos a complejos subterráneos desde donde poder seguir alimentando su maquinaria bélica».

En palabras del experto, este proyecto (conocido como «Riese») terminó con la creación de una «ciudad subterránea» de nada menos que 213.000 m3 de túneles, 58 kilómetros de carreteras con 6 puentes y 100 kilómetros de tuberías. Su coste también es apostillado por Cardona: la friolera de 150 millones de marcos. «La red tejida bajo tierra estaba formada por varios sistemas que se localizaban en el castillo Ksiaz, Jugowice, Osowka, Soboul, Sokolec, Walim-Rzeczka y Wlodarz, siendo este último el más grande de todos ellos», finaliza.

Vestigios de aquellos túneles creados bajo territorio alemán han sido explicados por expertos como el español José Miguel Romaña quien (en su obra «Armas secretas de Hitler») dedica un apartado a hablar de fábricas subterráneas como la de Turingia (en el mismo centro de Alemania). Llamada Jonastal IIIC, esta era una «fábrica ultrasecreta subterránea» ubicada a «muchos metros de profundidad para permanecer indemne a cualquier bomba convencional arrojada desde el aire». En ella se ensamblaban aviones, misiles y, en palabras del autor, se llegó a llevar a cabo «una parte del proyecto atómico alemán».

La cruz: dolor y muerte

La cruz de este «milagro de Speer» (como fue conocido por entonces) viene desglosada en el libro de Kitchen. En él (así como ya se había tratado en otros tantos) se explica que el ministro basó el crecimiento de la producción en la utilización de mano de obra esclava. De los campos de concentración, para ser más concretos. Michel señala en su obra que, en el otoño de 1943, Alemania había perdido nada menos que cuatro millones de hombres entre prisioneros, fallecidos y desaparecidos en los frentes de batalla. Esos números provocaron un aumento del reclutamiento y, a continuación, la escasez de personas que trabajaran en las fábricas. Algo terrible para el esfuerzo de la guerra: sin manos, no había armas para combatir ni municiones que disparar.

¿Qué se le ocurrió a Speer? Hacer uso de aquellos a los que podía emplear sin pagarles ni una mísera moneda: a los reos de los campos de concentración. «Speer utilizó la reserva de prisioneros de guerra y la del mundo concentracionario, que podía ser renovado a voluntad», destaca Michel.

Los prisioneros ingerían 1.100 calorías al día tras trabajar acarreando piedras y arena

Oficialmente, lo hizo amparándose siempre en la Convención de Ginebra. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Para empezar, porque les encargaba los denominados «trabajos prohibidos» (labores sumamente duras). Así, empezaron a llegar a las fábricas germanas (principalmente las subterráneas) miles de reos soviéticos, franceses y, en definitiva, cualquiera que se encontrara cerca de los campos de concentración cercanos a las nuevas bases. Las cifras varían atendiendo al historiador que las maneje, pero se podría acercar a los dos y millones y medio de personas. Y eso, sin contar con los cinco millones más de rusos que fueron capturados (cuyo paradero fue, en muchos casos, desconocido).Estos números se sumaron al número de fábricas abiertas en algunos campos de concentración como Dachau, Buchenwald o Mauthausen. Con la diferencia de que, en este caso, la mano de obra esclava llegó por petición expresa del propio Speer. ¿Cómo se libró de la hora, entonces, en los Juicios de Nuremberg? Pues debido, sencillamente, a que cargó las culpas sobre su ayudante, Fritz Sauckel (al que acusó de optar por los reos para dichos trabajos). Independientemente de quién fuera el culpable, y como era habitual, aquellas instalaciones se convirtieron en auténticos centros de muerte en los reos apenas podían mantenerse en pie debido a la falta de alimentos y a los esfuerzos sobrehumanos a los que eran sometidos.

Kitchen afirma en su nueva obra que los reos trabajaban 72 horas a la semana con una dieta diaria de 1.100 calorías. Una cantidad insuficiente para la labor que llevaban a cabo, pues (atendiendo a su género) un ser humano necesita entre 2.000 y 2.5000 calorías por jornada para sobrevivir. Y eso, sin realizar excesivos esfuerzos.

Al parecer, y aunque Speer señaló durante los Juicios de Nuremberg que estaba en contra de aquellas condiciones infrahumanas, envió varios telegramas a los jefes de los campos felicitándoles por su labor. «No era un hombre bondadoso. Tenía formidables métodos de control, y le permitían usar campos de concentración si quería. Era eficiente, y esto era apreciado por Hitler», afirmaba Hugh Trevor-Roper (el historiador más destacado de la Segunda Guerra Mundial por ser enviado por Churchill para dejar constancia de lo acaecido) en una entrevista posterior para televisión.

Las crueles condiciones en las que vivían fueron explicadas abiertamente por Ted Misiewicz (un adolescente sacado de su casa por la fuerza para trabajar en dichas fábricas) en una entrevista concedida a la BBC. «Llegamos en junio de 1942 a trabajar de inmediato. Comencé en una cantera. Sacábamos piedra, y era algo extenuante. También denigrante. Comía mal, muy mal. Veías caminar esqueletos, nada más que esqueletos. Si al caminar se caían se quedaban en el suelo, nadie los levantaba». Este reo añadía también que en el campo en el que fue recluido había una enfermería en la que se sucedían todo tipo de barbaridades: «Un oficial solía llegar para seleccionar a aquellos que, según él, estaban haciéndose los enfermos. A esos los mataba a golpes. Después de tantos años, todavía no puedo olvidar eso». Y por si eso no fuera suficiente, trabajaban en túneles sin letrinas y rodeados de sus propios excrementos.

Por otro lado, Kitchen también deja claro que el «milagro» no fue tal, sino que fue logrado sacrificando la creación de nuevas armas y apostando por modelos obsoletos de cazas (como el Me Bf-109) y armamento.

¿Final injusto?

En 1945, Speer fue uno de los ministros de la Alemania nazi que dijo a Hitler claramente que la guerra estaba perdida. Además, se negó a llevar a cabo el plan Nerón. Una orden mediante la que el mismísimo «Führer» exigió la destrucción de todas las fábricas germanas para evitar que fueran utilizadas por los enemigos. Después de que dicho mandato fuese enviado, Speer se dedicó a viajar por todo el país para evitar que se cumpliera. ¿La razón? Que confiaba en que, tras la victoria de los aliados, pudieran usarse para el futuro resurgir de la gran Germania.

Aunque aquello le podía haber granjeado una condena a muerte, nuestro protagonista decidió pasarse por el búnker de Berlín a despedirse del que, durante años, había sido su gran amigo y mentor. «Era un acto de compasión más que otra cosa. Al principio me iba a ir sin despedirme de él, pero vi que eso era una cobardía y una crueldad», dijo posteriormente.

Tras la caída de Berlín, Speer fue detenido por los aliados y juzgado en Nuremberg. Allí llevó a cabo una defensa magistral ya que, aunque se declaró «no culpable» por la muerte de millones de judíos, si afirmó estar arrepentido por haber usado a los prisioneros como mano de obra esclava. Fue el único que lo hizo, y aquello caló hondo en el tribunal. «Speer hizo una defensa muy convincente y despertó el odio de Goering, que estaba movilizando a los acusados para que negasen todo. Y Speer dijo: sí, el régimen era criminal, y acepto que soy culpable junto con los demás», señalaba Trevor Roper en una entrevista posterior. Aquellas palabras le valieron eludir la horca, aunque sí pasó 20 años en prisión. Posteriormente, cuando recuperó la libertad, hizo una fortuna publicando en varios libros sus memorias.

Las culpas cayeron completamente sobre Sauckel, que fue condenado a muerte. Aunque eso sí, antes de morir señaló en repetidas ocasiones que el verdadero responsable era Speer. Este mantuvo, hasta el día en que dejó este mundo, la versión de que estaba arrepentido por lo sucedido: «Cuando fui llamado a declarar dije que era responsable de todo el trabajo de los esclavos. No evité decir lo que había hecho. Me sentía responsable aunque fuesen órdenes de Hitler. Otros alegaban que eran órdenes de Hitler. Yo no lo hice».

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La gran mentira nazi para ocultar la masacre de millones de judíos


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  • En 1941 Hitler inauguró un campo de concentración que hizo pasar por una ciudad de vacaciones. La falacia engañó incluso a la Cruz Roja, que le dio el visto bueno
Archivo ABC El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Archivo ABC | El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Decía Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich, que una mentira dicha mil veces termina convirtiéndose en realidad. Lo cierto es que no andaba desencaminado el experto en comunicación del partido nazi, pues hubo multitud de ocasiones en la que su líder, Adolf Hitler, demostró esta máxima. Una de ellas fue en la prisión de Theresienstadt, un campo de concentración checoslovaco que los germanos mostraron al mundo como un paraíso en la Tierra regalado a los judíos por el mismísimo «Führer».

Una valiente falsedad, pues en él se cometían las mismas barbaridades que en el resto. No obstante, todo formaba parte de un curioso plan cuyo objetivo era demostrar al mundo que en las cárceles alemanas no obligaban a los presos a trabajar hasta la extenuación y no se llevaba a cabo la denominada «Solución final» (el asesinato de millones de judíos y personas con alguna disminución mental). Desgraciadamente, la campaña propagandística les funcionó a la perfección y, durante toda la Segunda Guerra Mundial, el campo fue considerado un balneario ideado por los germanos para proteger a los judíos de la contienda.

A día de hoy, la campaña orquestada por los nazis para mostrar este lugar como idílico puede parecer irrealizable. Sin embargo, por entonces no había Smartphones con los que fotografiar lo que verdaderamente sucedía y, en pocos minutos, mostrar la realidad al mundo. Así pues, el plan fue un rotundo éxito. No era para menos, pues los jerarcas nazis realizaron todo tipo de maniobras de comunicación para lograrlo. Entre ellas destacaron la filmación de un documental que, presuntamente, demostraba lo buena que era la vida en aquel gueto o, incluso, la divulgación constante de que la ciudad estaba regida por judíos.

Con todo, la guinda de este curioso pastel fue puesta en 1944, año en que los alemanes permitieron a la Cruz Roja Internacional entrar en el recinto para elaborar un informe sobre la vida de los presos. Aquello derivó en una increíble farsa en la cual los germanos obligaron a los reos a mostrar a la delegación lo felices que estaban por encontrarse allí. Por su parte, los seguidores de la esvástica fabricaron escuelas y cafés falsos en el gueto para que pareciese que todos los internos tenían una vida relajada y sin preocupaciones gracias a Alemania. De forma increíble, los representantes de la organización salieron convencidos de que los rumores sobre cámaras de gas eran falsos y los germanos solo querían proteger a los judíos.

La fortaleza hecha gueto

Para encontrar el origen del campo de concentración de Theresienstadt es necesario remontarse en el tiempo hasta el siglo XVIII, época en la que el emperador José II (de quien se dice que odiaba la higiene e instauró un alto impuesto a todos los productos relacionados con ella) dominaba el Sacro Imperio.

Fue el 22 de septiembre de 1784 cuando este austríaco ordenó edificar en la futura ciudad de Terezín una fortaleza de poco más de un kilómetro cuadrado que, curiosamente, tendría una forma similar a la de la estrella de David. A este coloso -el cual estaba formado por dos fuertes rodeadas, a su vez, por altas murallas, varios terraplenes y un foso- le puso el nombre de Theresienstadt en honor de su madre, María Theresa. Su situación era envidiable, pues se hallaba a poco más de 75 kilómetros de Praga y a 2 de la ciudad de Leitmeritz.

Esta plaza fuerte hizo las veces de base militar de los Habsburgo hasta la llegada de la Primera República de Checoslovaquia durante 20 años, hasta 1938. Sin embargo, después de que Hitler se asentase en la poltrona alemana y se anexionase en nombre de la esvástica los Sudetes en 1938, en la fortaleza pasó a ondear la bandera germana.

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin Wikimedia

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin | Wikimedia

Ese año, los nazis instalaron en ella una inexpugnable base de operaciones para las temibles SS (las tropas más ideologizadas del Reich y, en la práctica, una parte más de las fuerzas armadas del país). «Los alemanes usaron la ciudad como base militar hasta fines del verano de 1941. En 1941, la base albergó a aproximadamente 3.500 soldados y 3.700 civiles. Prácticamente todos los adultos civiles empleados trabajaban para los militares», explica el «EE.UU. Holocaust Museum» en su dossier «Theresienstadt».

En esas andaban los alemanes cuando Reinhard Heydrich (segundo de Himmler al mando de las SS) se le encendió la bombilla en el verano de 1941 y decidió idear un «gueto modelo» en esta fortaleza. La razón era sencilla: ya se habían realizado los primeros asesinatos con gas en el campo de exterminio de Auschwitz y los nazis temían que esa infame nueva se acabase conociendo. ¿Qué mejor, por lo tanto, que crear un campo de concentración idílico para mostrar las bondades del «Führer» al mundo y contrarrestar la realidad? Eso sí, todo de forma figurada, pues no pensaban dar ni una comodidad real a los presos.

«Heydrich había tenido la idea de construir un gueto para los judíos [de la zona] con la intención de aplacar la preocupación internacional, cada vez mayor, de que los alemanes estuvieran maltratando a los judíos. En septiembre, los alemanes habían matado a tiros a más de 36.000 judíos en Kiev. […] Aunque los alemanes mantenían estas actuaciones en secreto, era difícil controlar los rumores», explica la escritora e investigadora Wendy Holden en su obra «Nacidos en Mauthausen».

Así pues, los jerarcas nazis enviaron a 3.000 judíos (todos ellos, de entre 18 y 30 años) a la fortaleza para que la «acondicionaran» para la vida de sus nuevos ocupantes. Básicamente, sus órdenes eran construir miles de literas para los nuevos ocupantes. Estos primeros grupos fueron conocidos como los «Aufbaukommando» («grupos de construcción»). Así fue como la plaza fuerte pasó a convertirse en un campo de concentración.

Un balneario cedido por Hitler

De esta forma, entre falacias y mentiras, nació el gueto modelo de Theresienstadt, el cual se dio a conocer no como un recinto en el que se pretendía encarcelar a miles de personas, sino como una ciudad de vacaciones para los judíos más adinerados. «El nuevo gueto se vendía […] como un regalo del Führer destinado a los judíos que quisieran prepararse para la vida en Palestina», explica Holden.

«Los alemanes habían anunciado y propagado que Theresienstadt sería un campamento modelo. El “regalo de Hitler a los judíos”. No lo llamaron campo de concentración, sino que sería una especie de balneario para la gente mayor, donde podrían descansar», señala, en este caso, Eva Goldschmidt Wyman (superviviente del Holocausto) en su obra «Huyendo del infierno nazi: la inmigración judío-alemana hacia Chile en los años 30».

Lo cierto es que el entorno en el que se había edificado la fortaleza invitaba a creer esta falsedad, pues se hallaba ubicado cerca de las montañas de Bohemia y en un entorno de cuento de hadas. Para lograr que pareciese un lugar de vacaciones muy exclusivo, los nazis lo abrieron en un principio solo a aquellos judíos que cumplieran los siguientes requisitos: debían ser alemanes o austríacos, tener una buena cantidad de dinero en sus cuentas, ser mayores de 75 años, haber combatido en una guerra y contar con una posición social de importancia.

Literas del campo de concentración en la actualidad Wikipedia

Literas del campo de concentración en la actualidad | Wikipedia

La idea no fue mal recibida. Y es que, al ser vista como una zona exclusiva a la que solo podían acceder unos pocos afortunados, muchos «Prominenten» (como se llamó a estos «pioneros» que decidieron pasar a vivir en esta residencia) se prestaron voluntarios para vivir en él. A su vez, otros tantos no se negaron a acudir cuando los nazis les informaron de que debían partir hacia su «nuevo hogar».

Por otro lado, el gabinete de propaganda nazi también presentó Theresienstadt como una residencia de ancianos a la que se podía acudir a cambio de ceder todos sus bienes al estado nazi, quien les ofrecía a cambio una estancia envidiable en Terezín hasta el final de sus días. Tal era la fama que se le dio a este campo de concentración entre la población que, cuando aquellos desdichados judíos hacían el viaje hasta la fortaleza, se vestían con sus mejores galas y se arreglaban como si fuesen a un banquete nupcial. Cundo llegaban allí, sin embargo, les quitaban todo lo que portaban (que pasaba a engrosar las arcas del Reich) y empezaba su pesadilla.

La verdad sobre Theresienstadt

Hitler presentaba esta fortaleza como el balneario idóneo para pasar unas estupendas vacaciones, una residencia en la que los judíos podían olvidarse de persecuciones y del horror de la guerra. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Y es que, aunque no fue un campo de exterminio (en él no se asesinaba a los reos mediante gas) en Theresienstadt los presos sufrían todo tipo de aberraciones y, por descontado, vivían en unas condiciones deplorables. Este recinto era, además, un lugar de paso en el que los reos estaban tan solo unos meses antes de hacer su último viaje hacia los centros de asesinato masivos ideados por el Führer.

La vida de los presos en Theresienstadt era una auténtica pesadilla. Su calvario comenzaba cuando el tren que les llevaba a la zona se detenía cerca de la fortaleza. «La estación quedaba a dos o tres kilómetros del campo de concentración y era preciso caminarlos en columnas de tres o cuatro filas, llevando cada uno sus maletas a cuestas, y a veces, también a sus hijos. Si no se apuraban, ahí estaban los de las SS para empujarlos con las culatas de sus fusiles gritando que caminaran más rápido. […] Muchos de los ancianos se desplomaban no habiendo probado bocado en dos días y estando terriblemente agotados por el viaje. […] En la procesión iban también niños que no cesaban de llorar, con hambre y agotados», completa Wyman.

Cuando los desafortunados llegaban a la fortaleza, la situación no mejoraba. En cuanto atravesaban la puerta (en la cual se podía leer «Arbeit macht frei» -el trabajo libera-) se les enviaba a todos a las duchas, donde debían desnudarse. Si alguien se negaba, se le azotaba en repetidas ocasiones hasta que decidía cooperar. Posteriormente, los reos se lavaban, aunque sin jabón ni esponja, tan solo con un agua ennegrecida que ensuciaba más que limpiaba. Una vez que acaban esta absurda «desparasitación», los nazis les entregaban alguna de las prendas que había en un gigantesco montón. Nunca miraban tallas, por lo que la ropa podía ser muy grande (en cuyo caso no había problemas) o sumamente pequeña (lo que, en pleno invierno, condenaba a su portador a una muerte segura).

Entrada al campo de concentración Wikimedia

Entrada al campo de concentración | Wikimedia

Una vez dentro debían alojarse en unas habitaciones en las que, a pesar de que únicamente cabían unas 5 o 6 personas, se amontonaban hasta 40. Sin camas suficientes, muchos debían dormir en el suelo, en la buhardilla (donde el calor era insoportable en verano y el frío horrible en invierno) o, simplemente, arremolinarse en los viejos jergones llenos de chinches que los alemanes llamaban camas.

La higiene era nula, pues solo había un cuarto de baño para cada 150 personas –con lo que el hedor de la habitación era insoportable- y, para llegar hasta él, había que caminar por encima de decenas de cuerpos hacinados. Por descontado, todos debían trabajar durante horarios interminables en el campo y no podían escribir a sus allegados (a los que lo hacían, se les ahorcaba sin mediar palabra). La razón era sencilla: había que mantener la fama que tenía Theresienstadt de campo modélico.

El hambre, junto con la suciedad y las enfermedades, era otra de las compañeras inseparables de estos presos. Y es que, recibían una dieta de entre 600 y 700 calorías diarias mientras que, para sobrevivir, se necesitan ingerir entre 1.750 y 2.500. «La gente tenía hambre todo el tiempo, a menos que trabajaran en la cocina o tuvieran amigos que se desempeñaran allí. Su dieta consistía en un café muy débil en las mañanas, una sopa aguada hecha de polvos con una papa cocida para el almuerzo, un tercio de pan, dos onzas de margarina a la semana y algo de mermelada o miel», explica en su obra la superviviente del Holocausto.

En esas precarias circunstancias tuvieron que vivir los reos durante meses. Y eso, los que tenían tanta suerte como para no ser deportados a un campo de exterminio. Poco a poco, el lugar se fue llenando de seres humanos, pues se levantaron las normas iniciales y se dio acceso a todos los judíos que quisiesen. Esto provocó que, en septiembre de 1942, el gueto alcanzase su máxima población al contar en su interior con más de 53.000 prisioneros.

Por aquel entonces el lugar estaba dominado por algunos miembros de las SS y un grueso de tropas formadas por policías checos. Las tareas cotidianas estaban a cargo de un consejo de reclusos. En principio, se ideó este organismo para dar todavía más sensación de «campo modélico». Sin embargo, el grupo tenía a su cargo tareas tan crueles como idear las listas de aquellos que se marcharían para ser asesinados.

Las críticas de la Cruz Roja

Mientras las epidemias se sucedían en el campo en 1943 debido a la falta de higiene, la suerte quiso que multitud de organizaciones como la Cruz Roja comenzaran a cuestionarse qué estaba sucediendo con los miles de judíos que desaparecían día tras día en los campos de concentración. Por entonces ya había cobrado importancia el rumor de que los germanos estaban masacrando a seres humanos en estos guetos, y muchos querían respuestas.

«Los líderes daneses, desde el rey Cristián hacia abajo, insistieron en que la Cruz Roja visitara a los deportados daneses para obtener información de primera mano sobre el trato que recibían en Theresienstadt. Los diplomáticos alemanes sintieron que la posición de su país en Dinamarca y Suecia iba a deteriorarse, al punto de perjudicar los intereses alemanes. La Wehrmacht (fuerzas armadas alemanas) querían paz y calma en Dinamarca, y en Suecia los alemanes esperaban seguir importando los armamentos necesarios para la guerra.», explica el «EE.UU. Memorial Museum».

Tras meses de rodeos y rodeos, la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA) aceptó que la Cruz Roja visitara uno de los campos para cerciorarse de que todo iba bien. Con todo, solo pusieron una condición: Alemania seleccionaría qué campo se visitaría y la fecha aproximada. Como no podía ser de otra forma, el gueto seleccionado fue el de Terezín, pues contaba con una fama impoluta. «Deseosos de acallar tanto alboroto, los alemanes consintieron que la Cruz Roja Internacional, acompañada por militares danseses, visitara Terezín», explica Holden en su obra.

La mayor pantomima jamás creada

Después de que los jerarcas nazis informaran al comandante del campo (Karl Rahm) de la visita de la Cruz Roja, este inició la denominada «labor de embellecimiento» del campo (conocida en alemán como «Verschönerungsaktion»). «Para empezar, deportaron al Este a unos cinco mil judíos en mayo de 1944, incluidos los huérfanos y la mayor parte de los enfermos, sobre todo, los que padecían tuberculosis. Los siguieron siete mil quinientos más. Los más demacrados y enclenques fueron escondidos en las peores viviendas, situadas en la zona de exclusión, para que nadie los viera», añade la anglosajona.

Posteriormente, la operación continuó con modificaciones sencillas como el cambio de denominación de las calles del gueto (las cuales pasaron a tener nombres tan pintorescos como «calle del Lago») y la limpieza general de los edificios. A su vez, se llevaron hasta el campo de concentración varios bancos de parques cercanos que se instalaron en las calles, así como flores, que fueron plantadas a su alrededor. Finalmente, los nazis pusieron en las puertas de algunos barracones falsos carteles en los que podía leerse «colegio» o «biblioteca».

Pero no fue lo único que hicieron. La cruel creatividad de los nazis llegó a ser tal que construyeron en el gueto un parque para los niños más pequeños, llevaron hasta la zona un tiovivo y levantaron edificios tan variopintos como un quiosco para músicos, un centro comunitario y varios campos en los que practicar deporte. Por último, establecieron una ruta cerrada para los delegados de la Cruz Roja y, en las calles por las que estos pasarían, pintaron los edificios con colores chillones y abrieron tiendas en las que los reos debían vender las pertenencias que los soldados les habían arrebatado al entrar.

«Los alemanes amenazaron de muerte a los prisioneros si no cooperaban y les asignaron un papel, les dijeron dónde situarse y cómo comportarse. Les ordenaron que se vistieran con la mejor ropa que tuvieran y se acicalaran. Además, orquestaron la entrega de verdura fresca y pan recién horneado», añade la investigadora. La visita se sucedió el 23 de junio de 1944, pocos días después del Desembarco de Normandía y cuando el régimen alemán empezaba a tambalearse. Que todo saliera a la perfección era de vital importancia para los hombres de Hitler. Y es que, si se descubría lo que pasaba realmente en aquellos lugares, el mundo cargaría sobre ellos con toda su fuerza.

La visita fue perfecta para los nazis, quienes todavía se guardaban una maniobra para convencer al mundo de que Terezín no era ningún campo de concentración, sino un lugar de retiro para los judíos.

«El Ministerio de Propaganda del Tercer Reich, dirigido por Joseph Goebbels, filmó la visita, que duró seis horas, y añadió imágenes de escenas amañadas con la intención de producir y enseñar al mundo una película titulada “El Führer regala a los judíos una ciudad”. Los fragmentos, editados con sumo cuidado y acompañados por música alegre […] ofrecían imágenes de mujeres y hombres sanos que trabajaban fuera del gueto, en herrerías, alfarerías y estudios artísticos. Aparecían fabricando bolsos, cosiendo, o realizando trabajos de carpintería y, cuando finalizaba su jornada, caminaban cogidos de la mano en dirección al gueto para disfrutar de actividades de ocio como leer o hacer punto», añade la escritora.

En esta película no faltó nada. Goebbels, haciendo alarde de todo su ingenio, ordenó que se grabara a los presos jugando al fútbol dentro del gueto, a niños comiendo pan recién hecho con chocolate (algo que no habían tomado en años), a parejas de enamorados haciéndose arrumacos en las calles e, incluso, a cientos de personas disfrutando de un concierto  (el «Requiem de Verdi», concretamente) con una taza de té en la mano y vestidos de punta en blanco.

Una de las partes más curiosas de este documental fue en la que se obligó a los presos a sentarse en un supuesto restaurante para que la cámara tomase imágenes de ellos bebiendo café. Desde fuera todo parecía alegría, aunque había detalles que llamaban la atención para un ávido observador. El ver hombres y mujeres demasiado delgados bajo trajes de etiqueta o niños devorando ansiosamente su merienda (llevaban meses sin comer) eran solo algunos de ellos.

Un éxito para los nazis

Aunque los presos esperaban que la comitiva (en la que se destacaba Maurice Rossel como representante de la Cruz Roja Internacional) se percatase de aquellos imperceptibles fallos de guión, no tuvieron esa suerte. Por el contrario, el informe de la comitiva, con una extensión de 15 páginas y entregado en julio, fue totalmente favorable al campo y a su forma de actuación.

Todo ello, a pesar de que el comandante alemán se negó a hablar durante la visita de la mortalidad de los judíos en el gueto. «No forma parte de la visita», se limitó a espetar, tal y como afirma la Universidad de Vanderbilt en su informe «The greatest show on Earth: A study of the Red Cross front row seat at the stage of Theresienstadt». Lo mismo sucedió con la comitiva danesa, que habló del «paraíso judío en la Tierra» en su posterior informe sobre la ciudad.

Rossel se deshizo en elogios hacia aquel centro de reclusión, del que le sorprendió que se autoabasteciese sin necesidad del exterior. También habló positivamente de la comida que recibían los judíos, afirmando que no les faltaba de nada y podían disfrutar de manjares como queso, mantequilla y huevos. En su informé explicó a su vez que todos los presentes estaban bien vestidos, disfrutaban de buena salud y apenas trabajaban dos horas al día (por lo que podían dedicar el resto a descansar).

«En general, no deportarán a otro lugar a ninguna de las personas que han traído aquí, explicaba el representante de la Curz Roja. Por otro lado, también señaló que los alojamientos estaban «bastante bien» y eran «relativamente confortables». La conclusión fue tajante: «Nos sorprendió muchísimo descubrir que el gueto era una ciudad donde se desarrollaba prácticamente una vida normal. Esperábamos encontrar algo peor».

El anzuelo había sido mordido. Pero… ¿Qué sucedió con los reos tras la marcha de la comitiva? Tras vivir el que, según dijeron muchos supervivientes tras la contienda, fue el mejor día de sus vidas en Terezín, tuvieron que hacer frente a las consecuencias. «Después de la visita, los alemanes destruyeron, desmantelaron o se llevaron todo lo agradable y atractivo que habían dispuesto. Terezín y sus encarcelados volvieron a su anterior estado ruinoso e incluso redujeron las raciones durante dos días por la comida “adicional” y los lujos que les habían permitido», añade Holden.

Muchos de los niños y adultos que participaron en esta pantomima fueron deportados a Auschwitz en las jornadas siguientes (hasta un total de 5.000 personas) para evitar dejar rastros de lo sucedido.