1066 – Batalla de Hastings


La batalla de Hastings fue el enfrentamiento entre las tropas del último rey anglosajón de Inglaterra, Harold el Sajón, y el ejército del duque de Normandía, Guillermo el Bastardo. El encuentro sucedió el 14 de octubre de 1066 en la colina de Senlac, a 11 km al norte de Hastings, al sur de Londres. La batalla terminó en una victoria pírrica aunque decisiva para los normandos, muriendo Harold en la misma y permitiendo a Guillermo reclamar el trono inglés, pasando a ser conocido como Guillermo I el Conquistador. A partir de entonces quedó unida políticamente al Ducado de Normandía, en el norte de Francia. Las disputas en torno al gobierno de este último territorio serían las causantes últimas de la guerra de los Cien Años entre las coronas de Francia e Inglaterra.

Antecedentes

La campaña de Guillermo fue parte de las disputas sucedidas tras la muerte del monarca inglés Eduardo el Confesor, quien carecía de herederos directos. El duque normando basaba su reclamación en una promesa que le hizo el soberano anglosajón muchos años antes, tras apoyarlo durante su exilio.

En 1064 Guillermo obligó a jurar a Harold Godwinson, conde de Wessex, vice-regente del rey y cuñado de Eduardo, que le cedería el trono inglés, sin embargo, éste nunca estuvo dispuesto a cumplirlo. El conde era un hombre con personalidad y capacidades que se fueron ganando el apoyo del rey y la nobleza hasta convertirse en el heredero de facto de Eduardo, aumentando su poder frente a posibles rivales en las islas, y hasta el propio Eduardo lo recomendó activamente ante el Witenagemot (asamblea general).

Tras la muerte del rey inglés el 5 de enero de 1066 Harold fue proclamado su sucesor y coronado al día siguiente en la Abadía de Westminster. Sin embargo, había otros pretendientes al trono. Además de Guillermo, que una vez enterado de la noticia y de que Harold había roto el “juramento” utilizó aquello como justificación para emprender una invasión, empezando a reunir un poderoso ejército entre sus propios hombres y sus aliados y mandando a construir o arrendar una flota de más de 500 barcos a partir de inicios del verano, estaba el reclamo de Harald III, rey de Noruega, pariente de Eduardo, quién se había mantenido en el trono inglés gracias al apoyo danés y noruego.

Además de este pretexto, Guillermo contaba con la ventaja moral que le brindaba el apoyo de la Iglesia de Roma (que buscaba aumentar su influencia en un reino sin religión oficial como Inglaterra).

Harold, que estaba decidido a mantener su trono, movilizó a su cuerpo de élite, sus 4.000 huscarles, y a la milicia anglosajona, los fyrd, reuniendo a 4.000 de ellos (aunque en teoría podían llegar a 20.000). Dividió su ejército por toda la costa sur inglesa esperando la llegada de los normandos. Ante la llegada de la época de cosecha, Harold licencia a sus milicianos el 8 de septiembre; sin embargo, fue entonces cuando su rival noruego desembarco en el norte del país, uniéndosele también el propio hermano de Harold, Tostig. Mientras Harold reunía apresuradamente a sus hombres y marchaba al norte con marchas forzadas, Harald derrotaba al conde Morcar de Northumbria en Fulford Gate el día 20. A pesar de esto Harold derrotó y aniquiló a los vikingos en la Batalla de Stamford Bridge cinco días después, muriendo en el combate Harald y Tostig.

En Francia en tanto, el duque Guillermo se había tenido que quedar en Normandía esperando la llegada de vientos favorables para poder zarpar. Llegado el 12 de septiembre pudieron partir hasta el pequeño puerto de Saint-Valery-sur-Somme y desde ahí a los quince días partir a Inglaterra, cruzando el Canal de la Mancha en sólo un día. El 28 de septiembre desembarcó en Pevensey (Sussex) con probablemente 6.000 a 9.000 hombres.

Se desconoce el número de caballos que se incorporaron al ejército de Guillermo, pero se sabe que fue una gran cantidad, no acostumbrada en la logística militar de la época. Hasta entonces nadie había embarcado tantos equinos con vistas a una invasión, pero a pesar de las críticas, Guillermo fue consciente del importante papel de la caballería en las operaciones militares. Este hecho resultó, a la postre, decisivo en el enfrentamiento con los sajones y determinante para la victoria normanda.

Al poner el pie en tierra, se cuenta que Guillermo perdió el equilibrio y cayó de bruces en la arena, frente a la mirada atónita de sus soldados. Éstos interpretaron la caída como un mal augurio en su invasión. No obstante, uno de sus nobles se apresuró a salvar la incómoda situación diciéndole «Ahora tiene en sus manos la tierra de Inglaterra». Frase de oportunidad que inspiró al Duque de Normandía, quien pronunció unas palabras para, dando solemnidad a tan involuntario acto, tomar posesión de Inglaterra en tanto sostenía en su mano un puñado de arena de la playa.

Posteriormente, sus tropas se dirigieron al norte hasta Hastings, en el camino de Londres, donde decidió acampar. Se construyó entonces un fuerte de madera de gran tamaño como base para las tropas hecha con materiales portátiles traídos desde Normandía en piezas. Guillermo empezó inmediatamente a saquear todos los pueblos y aldeas cercanas en busca de información, alimentos, forraje y llamar la atención de su rival.

Las noticias del desembarco normando llegaron a oídos de Harold el 1 de octubre, cuando celebraba su victoria sobre los noruegos; de inmediato volvió a toda velocidad al sur reclutando hombres en el camino, hasta reunir probablemente cerca de 6.000 ó 7.000 hombres, alcanzando Londres el día 11. A partir de ahí avanzó por el camino que unía Hastings con Londres, con el fin de bloquear la previsible marcha normanda sobre la capital del reino. Harold entonces llegó a la colina de Senloc, que había elegido anteriormente como posible campo de batalla durante el verano. La colina tenía una pendiente suave, con pantanos al sur y el arroyo de Atsen, los flancos oriental y occidental los protegían profundos barrancos cubiertos de maleza espesa y por el norte una colina aún más pronunciada le daba protección.

Ejércitos

Aproximadamente la mitad de las fuerzas anglosajonas (compuestas únicamente por infantería) estaban compuestas por los huscarles (Housecarls), tropas de élite sajonas fuertemente armadas que dependían directamente del rey, siendo el resto miembros de la milicia rural, los fyrdmen o fyrd. El equipamiento bélico de los segundos, con escasas excepciones, era notablemente inferior al de los huscarles. Ciertos autores sostienen que si Harold hubiese llamado a la batalla a la milicia londinense, The Furth, habría ganado el combate sin problemas, pero el caso es que el rey inglés no lo hizo. Es probable que la falta de tiempo y las prisas por bloquear el paso a Guillermo le impulsaran a marchar a la batalla sin la demora que supondría esperar a que los londinenses acudieran a su llamada y se armasen. Por otra parte, acababa de aplastar sin problemas una sublevación en toda el área de Yorkshire, apoyada además por una invasión noruega; todo ello únicamente con los hombres que, en ese momento, estaban bajo su mando. Es probable que no creyera necesario llamar a más soldados, pues si su ejército había vencido a Tostig y Harald juntos, era de esperar que también lograra la victoria sobre Guillermo.

Sin embargo, había una importante diferencia entre los ejércitos normandos y los de los vikingos o los anglosajones. Mientras éstos disponían de un ejército a la antigua, formado por infantería poco diferenciada o especializada en un método de lucha, el de Guillermo era un exponente de los nuevos ejércitos imperantes en Europa Occidental. Contaba con cuerpos diferenciados de arqueros y ballesteros, hombres de armas a pie y caballería pesada. Su caballería fue más efectiva gracias a la incorporación efectiva del estribo como adelanto tecnológico a través del cual los jinetes lograban mayor energía en el golpe de lanza. Además de sus vasallos normandos, Guillermo contaba también con los hombres y caballos aportados por sus aliados bretones (un tercio de su ejército), franceses y flamencos.

El tamaño de las fuerzas enfrentadas no está claro, las estimación varían enormemente entre ellas, en la siguiente tabla se muestran las cifras dadas por diversos autores respecto del número de hombres de los ejércitos:

Fuente Anglosajones Normandos
Wilhem Spatz (1896) 6.000-7.000 6.000-7.000
F. H. Baring (1898) 10.000-13.000 8.000-10.000
Stephen Morillo (1996) 6.000-8.000 6.000-8.000
Thomas Keefe (1983) 6.000-8.000 s/i
Bernard Bachrach (1986) s/i 10.000
Alfred H. Burne (1950) s/i 10.000
Christer Jorgensen (2007) 6.300 6.000

La batalla

Preparativos

Mapa que muestra los despliegues iniciales de los ejércitos en la batalla de Hastings

Guillermo fue informado rápidamente de los movimientos de sus enemigos: como éstos habían llegado al final del día era obvio que descansarían esa noche y atacarían sorpresivamente a la mañana siguiente. Sabiendo esto, el duque se les adelantó y marchó con sus hombres al amanecer, llegando a los pies de la colina. Antes de marchar Guillermo les dijo a sus hombres: “No lucháis solo por la victoria, sino también por la supervivencia”. La frase era muy cierta, ya que sus hombres no tenían muchas oportunidades de cruzar con éxito el Canal de la Mancha si eran derrotados.Era la mañana del 14 de octubre cuando ambos ejércitos se desplegaron para la batalla.

Los normandos quedaban por el terreno obligados a atacar de frente y cuesta arriba, lo que otorgaba una gran ventaja de partida a las fuerzas anglosajonas. Harold dispuso en los flancos a los Fyrd, mientras que en el centro se apostaron los veteranos y bien pertrechados huscarles, apoyando sus defensas con una línea de estacas afiladas de madera adelante.

Por su parte, Guillermo dispuso a los arqueros (armados tanto con arcos normales como con el arco largo —longbow—, cuerpo especializado que sería la estrella de los ejércitos ingleses posteriores) y a los ballesteros en primera fila, seguidos por la infantería. Por último, situó la caballería (la conroi), comandada por él mismo, en la retaguardia. Los infantes y jinetes bretones se dispusieron en el flanco izquierdo, mientras que los franco-flamencos se dispusieron en el flanco derecho, todos ellos protegidos a su vez por las líneas de arqueros y los normandos mismos en el centro.

Primera fase

A las nueve de la mañana las tropas de Guillermo iniciaron su subida de la colina; los arqueros que iban delante iniciaron una lluvia de flechas sobre el enemigos, esperando debilitar la filas enemigas, sin tener mucho éxito. Mejor le fue a la respuesta de los sajones, quienes lanzaron jabalinas, flechas y hachas arrojadizas llamadas franciscas. Tras esto se produjo el choque entre ambas fuerzas. Cerca de las diez y media, los sajones finalmente forzaron a huir a los bretones, quienes fueron los primeros en chocar porque su pendiente era la más suave; tras esto los fyrd les persiguieron. Guillermo tuvo entonces que auxiliarlos con su caballería, los sajones quedaron aislados en campo abierto y cogidos por sorpresa por tropas mejor equipadas, resultando aniquilados. Después de esto ordenó retroceder a sus otras dos divisiones.

Segunda fase

Tras fracasar la infantería Guillermo decidió usar su caballería pesada, comandada por él mismo y su medio hermano Odo de Bayeux, apoyados por los arqueros e infantes, avanzando de forma más lenta y deliberada, pero también más entorpecida por que el terreno estaba resbaladizo por la matanza previa. Durante dos horas se sucedieron los ataques, cada vez que los normandos lograban abrir una brecha los sajones la cerraban y les lanzaban una lluvia de proyectiles.

Tercera fase

Cerca de las trece horas, los flamencos y franceses empezaron a huir de la colina, cansados de la lucha. Su comandante, Eustaquio, con el estandarte papal los reagrupó y conminó a regresar a pelear. Guillermo había perdido a su caballo y estaba luchando a pie cuando se propagó el rumor que había muerto, Eustaquio le dio un caballo y el duque se quitó el casco ante sus soldados y gritó: “Miradme bien. ¡Todavía estoy vivo y por la gracia de Dios aún resultaré vencedor!”. Sin embargo, en ese momento los anglosajones estaban a punto de ganar la batalla, lo que habrían logrado de haber mantenido su línea indefinidamente.

Cuarta fase

Cerca de las catorce horas, Guillermo decidió retroceder y reagrupar a sus hombres, dándoles de comer. Harold utilizó ese tiempo para acortar su línea, que se hallaba muy diezmada por las bajas; sin embargo, seguía manteniendo la ventaja. El ejército normando había perdido un cuarto de sus hombres y muchos de sus caballeros tenían que luchar a pie por la falta de caballos.

A las quince horas se inició el último ataque normando, que tardó media hora en llegar a la cima de la colina, porque la ladera estaba llena de residuos. El duque había ordenado a sus arqueros que dispararan lo más alto posible, mientras que sus restantes tropas atacaban la línea de escudos sajones. Ésta finalmente empezó a flaquear y a romperse en algunos sectores.

Los normandos empezaron a lanzar ataques para luego retirarse, motivando a los milicianos sajones a perseguirlos, para que luego los caballeros montados rodearan a sus enemigos e impidieran que recibieran auxilio; de este modo unidades enteras de sajones fueron masacradas y su muro de escudos empezó a perder demasiados hombres como para reemplazarlos, abriéndose brechas imposibles de cerrar.

Una vez rota la línea los normandos entraron en masa, atacando el interior del ejército sajón. Cerca de las cuatro de la tarde la fuerza sajona se deshizo en varios grupos separados. Cerca de una hora y media después los fyrd empezaron a huir a los bosques o a retirarse en tanto que los huscarles continuaron resistiendo hasta que los masacraron. Un gran grupo se reunió en torno al estandarte de su rey continuando de forma desesperada su resistencia. Finalmente Harold fue muerto por una flecha y con él cayeron sus principales comandantes.

Los últimos sajones que quedaron resistieron hasta que pudieron escabullirse en los campos cercanos de Oakwood Gill, donde se reagruparon y emboscaron a los normandos enviados en su persecución y para asegurar los bosques cercanos. Así lograron matar a Eustaquio de Bolonia.

Durante el resto del día y en los sucesivos hubo escaramuzas entre los sajones supervivientes y las tropas normandas, que fueron enviadas a asegurar los bosques de los alrededores. La batalla había finalizado con una indiscutible victoria normanda.

Consecuencias

Figura representando a Guillermo el Conquistador tras ser coronado rey de Inglaterra, en el museo de Bayeux

Guillermo aplastó cualquier resistencia hasta llegar a Londres, donde se coronó rey de Inglaterra el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster. La mayoría de los reyes ingleses y luego británicos han continuado esta tradición.

Inglaterra, especialmente en el norte y centro, fue devastada durante los nueve años siguientes por las guerras entre los normandos de Guillermo y los sajones, apoyados otra vez por los daneses. Finalmente, el ahora rey Guillermo I el Conquistador se hizo con el control absoluto del reino e introdujo numerosas reformas en Inglaterra, a imagen y semejanza de las que imperaban entonces en Francia y países limítrofes. Las tierras de los nobles sajones que se negaron a someterse fueron repartidas entre los caballeros normandos del rey, que pasaron a administrarlas en calidad de señores feudales. Se construyeron también numerosos castillos en Inglaterra, edificados tanto por su función como baluartes frente a escoceses (derrotados y sometidos a vasallaje por Guillermo en 1072) y galeses, como instrumentos para someter de forma más eficaz al pueblo inglés.

El ejército se reformó a imagen y semejanza del normando y el cristianismo fue elevado a religión oficial del reino de Inglaterra, donde hasta entonces había convivido junto a toda clase de cultos paganos de origen celta, germano o vikingo. La Iglesia romana también consiguió importantes lotes de tierra y un gran número de siervos que trabajasen en sus nuevos monasterios. Finalmente, los nobles normandos pasaron a ser una clase social totalmente separada del resto de la población: eran los únicos que podían ser nombrados para cargos de responsabilidad y los dueños de numerosos privilegios, entre ellos la propiedad de los bosques y el permiso exclusivo para recoger leña o cazar en ellos (algo que, hasta entonces, había sido una actividad libre en la isla). Los nobles pasaron a ser los dueños absolutos de la vida de sus siervos, a los que podían castigar como quisieran si no respetaban las leyes que se les imponían. Un cambio fundamental entre la relativamente mayor igualdad anterior y un sistema de tipo feudal.

La naturaleza electiva de la monarquía fue abolida y sustituida por otra hereditaria, por lo que a la muerte de Guillermo éste fue sucedido por sus hijos Guillermo II y posteriormente Enrique I. Los descendientes de Guillermo trasladaron cada vez más la base de su poder a Normandía, a la que consideraban una parte más de su reino; esto condujo a la larga al prolongado enfrentamiento con Francia conocido como Guerra de los cien años, pues los franceses seguían considerando el ducado de Normandía como una parte de su país donde el rey de Inglaterra no era más que un señor feudal al servicio del monarca francés como cualquier otro.

Batalla de Hastings
Conquista normanda de Inglaterra
Fecha 14 de octubre de 1066
Lugar Hastings, Inglaterra
Coordenadas 50°54′43″N 0°29′15″E (mapa)
Resultado Victoria normanda decisiva
Beligerantes
430px-FlagOfWessex.svg Inglaterra anglosajona Blason_Normandie Ducado francés de Normandía
Bretones
Flamencos
Franceses
Poitou
Angevinos
Le Mans
Comandantes
Haroldo II de Inglaterra †
Gyrth de East Anglia †
Leofwine de Kent †
Guillermo II de Normandía
Odo de Bayeux
Eustaquio de Bolonia †
Fuerzas en combate
Desconocidas, estimaciones varían entre 4.000 y 30.000 Desconocidas, estimaciones varían entre 3.000 y 30.000
Bajas
Más de 2.000 muertos Alrededor de 2.000 muertos y heridos

«El espía que engañó a Hitler»: el libro que convierte la historia de Garbo en novela


ABC.es

  • José María Beneyto publica su última obra; una novela histórica editada por «Espasa» que recoge las desventuras de un personaje cuya vida supera la ficción: Juan Pujol (Garbo)
Desembarco de Normandía - ABC

Desembarco de Normandía – ABC

El espía que más daño hizo al «Führer» no pertenecía a ninguna de las grandes potencias que dedicaban millones a entrenar a su personal en el arte de lo oculto. No era un hombre del NKVD soviético, ni un agente encubierto de la resistencia francesa y, ni tan siquiera, un militar de la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense (más conocida por sus siglas: OSS). Era un catalán llamado Juan Pujol (alias Garbo). Un español que, en lugar de tener a sus espaldas cinco o seis primaveras de experiencia desactivando bombas o infiltrándose en bases secretas nazis, había pasado su juventud criando pollos y escapando de los frentes de batalla.

Sin embargo, la pericia de este español (y la de su mujer, Araceli González, actriz indispensable en su vida) le valieron para engañar a los alemanes, hacerse pasar por un espía germano (cuando en realidad era un agente doble al servicio de los británicos) y lograr que el mismísimo Adolf Hitler creyera que el Desembarco de Normandía se sucedería en Calais, a varios kilómetros de las playas en las que realmente se iba a llevar a cabo la invasión.

La historia de Pujol demuestra que, en muchos casos, la realidad que podemos palpar día a día con nuestras propias manos supera a la ficción que inventan las pensantes mentes de Hollywood. Deja claro que, en ocasiones, hay personas que logran superar las barreras que les plantea el destino y llegan a solventar situaciones increíbles. Y es precisamente por ello por lo que José María Beneyto (catedrático, político, abogado y escritor) la ha elegido con sumo mimo para servir de pilar básico de su última novela histórica: «El espía que engañó a Hitler» (editada por «Espasa» y presentada el pasado día 10 de enero en el Instituto Goethe de Cultura Alemana de Madrid).

«Elegí a Pujol porque es un personaje literario y, a la vez, influyente en la historia. Él mismo es una mezcla de realidad y ficción. Una ficción que desarrolla después al inventarse una red de 27 falsos espías que envían información fraudulenta a los alemanes (y en los que estos acaban confiando ciegamente)», explica Beneyto en declaraciones a ABC.

En sus palabras, este catalán es, gracias a la ingente cantidad de datos e informes que se inventaba para despistar a los alemanes, una novela en sí mismo. «El espía necesita identificarse con el enemigo para poder engañarle. Esa capacidad literaria le permitió introducirse en el cerebro de Hitler para depositar el veneno de la desinformación».

El título de la obra ni engaña ni da lugar a equívocos. Al fin y al cabo, Garbo mantuvo su tapadera hasta el final y jamás fue descubierto por el Abwehr, el servicio de inteligencia alemán. Un grupo que fue el artífice de operaciones de tal calibre como la destrucción de la red de resistencia más famosa de Holanda.

Pero Pujol no solo logró evitar que le cazasen con las manos en la masa ayudando a los aliados, sino que fue condecorado por los alemanes con la Cruz de Hierro de segunda clase por sus labores de espionaje al servicio de los nazis. Y todo ello, a pesar de que les estaba tomando el pelo y se dedicaba a manderles información fraudulenta como -por ejemplo- la falsa ubicación de los convoyes de mercantes que llegaban desde Estados Unidos a través del Atlántico para evitar que Gran Bretaña se muriera de hambre.

De Madrid a Portugal

En su interesante obra, Beneyto nos traslada en primer lugar hasta el viejo Madrid de enero de 1941. Tal mes como en el que ahora nos encontramos. Nos muestra un paraje gélido. Y ya no solo por las bajas temperaturas, sino también por la situación política y social. Al fin y al cabo, por aquel entonces el hambre y los cortes de luz hacían que España tuviera que vivir con el cinturón uno o dos agujeros más apretado que de costumbre.

Dentro de esa ennegrecida ciudad, «El espía que engañó a Hitler» nos presenta a Juan Pujol, un sujeto temeroso en un principio, pero que luego mostró una capacidad innata para el engaño. Solo así logró convencer a los alemanes de su incuestionable lealtad y de su fe inquebrantable en la victoria. Y un hombre que, además, les hizo creer que iba a viajar a Gran Bretaña para enviarles información clasificada de los planes más secretos del Alto Mando Aliado.

Todo falso. Lo cierto es que Garbo no hablaba inglés, tal como se lamenta el Pujol de Beneyto en la novela histórica: «No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos. No sé hablar en inglés, no he estado en Inglaterra y no tengo ningún contacto con las islas. Lo que nos hemos propuesto no es más que un espejismo, una alucinación».

Tampoco le hizo demasiada falta expresarse en inglés. Y es que, se quedó en Portugal y se dedicó a enviar a la embajada alemana en Madrid informes de inteligencia falsos con la ayuda… ¡de guías turísticas!

En este punto es en el que cobran importancia dentro de la novela los personajes femeninos. El primero, totalmente real. «Araceli es determinante en el desarrollo inicial de ofrecerse como espía a los alemanes. Fueron un tándem. Si uno dudaba, el otro le animaba a seguir adelante», explica Beneyto. El segundo, por el contrario, es ficticio: «En el libro, cuando llega a Lisboa conoce a Elena Constantinescu. Ella le inicia en el espionaje y, junto a su mujer, le conduce hacia su destino».

«No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos»

El Pujol de la novela histórica justifica así el no haber sido «cazado» a pesar de los peligros que corrió: «Les digo que he llegado a Inglaterra sin novedad y que en el viaje he intimado con un piloto de la compañía aérea holandesa KLM, a quien le conté que era un exiliado político catalán. Añado que a este piloto le he convencido de, tras no pocos esfuerzos, para que lleve mis cartas de Londres a Lisboa, aprovechando sus viajes regulares, y así evitar la censura británica».

Pujol era conocido entonces por los alemanes con el nombre en clave de Arabel. Pero ese apodo le duró hasta que los aliados -que de tontos no tenían un pelo- se dieron cuenta de que alguien andaba enviando comunicaciones falsas a los germanos. Eso le valió a Juan el ser encontrado y aceptado en el MI5 británico, los servicios secretos ingleses. Además, también le permitió adquirir un nuevo alias: Garbo. La razón la desvela uno de los personajes del autor (un tal Mills) en la obra: «¡Su actuación ha estado al nivel de la diva sueca, la gran Greta».

En el Día D

A partir de ese momento, la importancia de Garbo comenzó a aumentar casi a la par que se agrietaba el poder de Hitler en la vieja Europa. Gracias a su capacidad de inventiva, unida además a los cheques británicos, no tardó en crear una falsa legión de informadores (todos ellos inventados por él) que le ayudaban a hacer más creíbles sus «soplos». En esta red fantasmal había desde renegados irlandeses, hasta un aviador borrachín que pilotaba para la Real Fuerza Aérea.

Como bien queda reflejado en «El espía que engañó a Hitler», Garbo hizo su jugada magistral el 6 de junio de 1944. El día en el que 132.000 soldados cruzaron el Canal de la Mancha para liberar Europa a través de Normandía. Aquella jornada, para evitar que su tapadera acabase tan destrozada como quedaría el búnker de Berlín en el 45, el catalán decidió informar a los germanos de la operación. Aunque eso sí, lo hizo apenas unas horas antes de que comenzara para evitar que pudieran reaccionar. Esto (unido a otras tantas tretas de este español) provocó que los soldados que podían haber evitado la invasión se quedasen en Calais, un lugar erróneo desvelado falsamente por Pujol.

Después de ser considerado un héroe por aliados y alemanes, Garbo desapareció de la faz de la Tierra. Se esfumó para no regresar jamás. Si le descubrían, su vida estaba condenada. Solo salió a la luz en los ochenta, cuando fue descubierto viviendo en Venezuela.

Las tres preguntas

Pero… ¿Por qué escoger una novela histórica? Según Beneyto, una de las causas es que la ficción le ha permitido elucubrar sobre «preguntas que han quedado en el aire en relación a Garbo y su entorno».

La primera de ellas es cómo logró un hombre que cuidaba animales convertirse en uno de los mejores espías de la Segunda Guerra Mundial. «Era un criador de pollos que, en el 40, trataba de sacar un hotel a flote. Saber quién era realmente Garbo y qué le llevó a ofrecerse como espía es la primera cuestión. Con todo, al fin y al cabo era un hombre que venía de vivir la división en España y que, gracias a escuchar la BBC, consideraba que debía luchar contra los totalitarismos», añade el autor a ABC.

Según Beneyto, la segunda pregunta es cómo logró ganarse la confianza de los alemanes. «¿Cómo llegó a ser un espía tan influyente? Fue la única persona condecorada por los dos bandos, el alemán y el aliado. Consiguió ganarse la confianza de los dos de la nada», señala. En palabras del autor, llegó a ser determinante para los germanos debido a que fue impulsado al estrellato del espionaje por personas como Wilhelm Canaris (el director de la Abwehr). Una figura potente dentro de la oculta opsición al nazismo que utilizaba sus informes contra otras organizaciones germanas.

La tercera gran cuestión es la relación entre Garbo y otros agentes como Tommy Harrys (un hombre clave para la formación de Pujol); Kim Philby (el número dos en el espionaje británico y uno de los grandes de Cambridge) y Anthony Blunt. «Los dos últimos fueron los dos mayores traidores de la inteligencia mundial. Se convirtieron en agentes dobles soviéticos. ¿Hasta qué punto lo sabía Garbo?», añade Beyto a ABC.

La épica batalla que enfrentó a la 101ª Aerotransportada y a la élite de los paracaidistas alemanes el Día D


ABC.es

  • El director Laureano Clavero ha recreado en un pequeño pueblo de Cataluña el asalto norteamericano a la ciudad de Carentan para una sesión fotográfica. Por ello, repasamos esta olvidada contienda
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Un paracaidista de la 101ª, antes de partir hacia Normandía – ABC

Decir «Día D» evoca en los amantes de la historia una serie de cruentas imágenes. La mayoría, de soldados norteamericanos siendo masacrados mientras pisan la arena de las playas del norte de Francia. Sin embargo (y a pesar de que las primeras horas de la Operación Overlord provocaron una gigantesca oleada de heroicidades) los días posteriores al Desembarco de Normandía suelen quedar difuminados en las páginas de los libros.

Y todo ello, a pesar de que en ellos se vivieron batallas determinantes para la historia de Europa como la que enfrentó a paracaidistas norteamericanos y a sus homólogos alemanes por la ciudad de Carentan. Un punto clave en el devenir del desembarco y que, tras una ingente cantidad de balas y muertes, acabó bajo bandera estadounidense.

Hasta ahora, esta contienda había sido pasada por alto en nuestro país (de hecho, poco se ha escrito sobre ella en español). No obstante, a finales del pasado mayo volvió a estar de actualidad gracias al popular director Laureano Clavero y a la productora «MIRASUD PRO». Y es que, esa fue la fecha en la que el también fotógrafo transformó un pequeño pueblo abandonado de Tarragona en Carentan como parte de su último proyecto.

La iniciativa consiste en llevar a cabo una serie de sesiones fotográficas recreando tres de las contiendas más destacadas de los Estados Unidos en la lucha contra Hitler: la ya comentada batalla de Carentan; el ataque de los Rangers americanos de las baterías nazis en el Día D (la cual se materializará en noviembre) y la defensa de Bastogne. En el caso que nos ocupa, el artista ha contado con la participación de varios grupos de recreación histórica: la «First Allied Airborne Catalunya», la «Airborne Lleida 101 Division Easy Company» y la «Asociación Normandía 101 de Benicarló».

PUEDES LEER MÁS SOBRE EL PROYECTO DE LAUREANO EN EL SIGUIENTE ENLACE:

La 101ª División Aerotransportada aterriza en Cataluña comandada por Laureano Clavero

El Día D

«La flota de invasión apareció en el horizonte como una ciudad gigantesca de grandes edificios en el mar, una cosa enorme». Así es como definió el «Obergefreiter» Alfred Sturm (un cabo primero del ejército alemán) el colosal número de buques que vio arribar a las playas de Normandía el 6 de junio de 1944.

Otro soldado se limitó a decir, simplemente, que la flota «se extendía frente a nuestra costa hasta donde alcanzaba la vista». Una afirmación que, no por ser más sencilla, dejaba de ser cierta. Y es que, los aliados habían reunido la friolera de 160.000 soldados y 7.000 barcos (6.939 según el historiador Chris Mann) para romper las defensas costeras dirigidas por el mariscal de campo germano Erwin Rommel y liberar por fin Europa del yugo nazi.

Para organizar la ofensiva, el mando combinado dividió el norte de Francia (el objetivo final de las fuerzas) en cinco zonas de desembarco: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword (ubicadas de izquierda a derecha de la costa gala). Conquistar las dos primeras sería tarea de las fuerzas norteamericanas. Los ingleses, por su parte, se encargarían de hacer lo propio en la tercera y la quinta. Finalmente, los canadienses tendrían la responsabilidad de acabar con la resistencia germana en la última zona.

Todos y cada uno de estos hombres se enfrentarían a unas defensas nazis mermadas, pero bien posicionadas. «Los alemanes habían desplegado cinco divisiones de infantería, una división aerotransportada y una división de tanques y tenían la ventaja en el posicionamiento de batalla», explica el «UU.EE. Holocaust memorial museum».

No obstante, muchas de las unidades alemanas contaban con una experiencia mínima en combate o sufrían de algunos problemas físicos. «Al “Muro Atlántico” los alemanes enviaron muchas unidades que, realmente, no eran aptas para el combate en otros frentes. Rommel consideraba que, al tener solo que defender una posición, podían solventar la situación. Así pues, había unidades con soldados mayores de 45 años o enfermos con problemas gastrointestinales» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parrés, miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» (especialistas en la 101ª División Aerotransportada y colaboradores en el proyecto fotográfico de Laureano Clavero).

Las órdenes de los «paracas»

Sin embargo, para cuando el sol desplegó sus rayos dando paso al 6 de junio (el momento en el que los barcos iniciaron la mayor invasión marítima de la historia) unos 23.000 hombres ya habían comenzado su ataque sobre Normandía. Estos aguerridos militares eran aquellos pertenecientes a las unidades aerotransportadas aliadas, y tenían unos objetivos determinantes para el éxito de los compañeros que iban a desembarcar en el norte de Francia: aterrizar tras las líneas de defensa germanas, tomar los puentes ubicados en retaguardia para evitar que los refuerzos nazis llegaran a las playas, neutralizar los cañones contrarios ubicados a varios kilómetros de la zona de desembarco, y -por descontado- acabar con cualquier enemigo que viesen en su camino.

Las unidades designadas para estas misiones fueron, por el lado americano, las Divisiones 82ª y 101ª (esta última, de reciente creación y entrenada específicamente para asaltar las playas de Normandía).

«El plan era que los paracaidistas de la 82ª cayeran a ambos lados del río Merderet para asegurar las localidades de Saint-Mére-Église. De este modo, habrían cortado la línea ferroviaria que conducía a Cherburgo. También debían conquistar varios puentes […] para que las fuerzas llegadas por mar avanzaran con rapidez. […] La 101ª, que saltaría más cerca de la playa de Utah, sería la encargada de ocupar las carreteras elevadas que conducían a ella a través de los pantanos inundados de agua, así como los puentes y una esclusa del río Douve», explica el historiador Antony Beevor en «El Día D».

«Un soldado escribió que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo»

A su vez, la 101ª División recibió las órdenes de arrebatar a los alemanes Sainte-Mère-Eglise (ubicada en la retaguardia de la zona de desembarco Utah) y apoderarse posteriormente de la pequeña población de Carentan lo antes posible. La razón fue que el mando había establecido que, debido a su ubicación, este pueblecito sería el punto en el que se unirían las fuerzas norteamericanas tras asegurar Utah y Omaha. Todo ello para partir, posteriormente, hacia el interior de Europa.

En esta operación, tal y como explica el «Centro histórico paracaidista del Día D», participaron un total de 2.000 hombres. «El 1er y el 2º batallón del 506º Regimiento [de la 101ª], el 3er batallón del 502º y el 1er batallón del 401º Regimiento de Planeadores fueron designados para esta misión», explica la divulgadora histórica Susan Bryant en «Screaming Eagles». No obstante, también participarían en la batalla otras unidades (algunas del 501º).

Un salto desastroso

En la noche del 5 al 6 de junio de 1944, la 101ª División Aerotransportada fue llevada en volandas mediante aviones de transporte hasta la retaguardia de las líneas alemanas. Sus primeras horas en el aire fueron desesperantes, pues los pilotos de los aeroplanos tuvieron que enfrentarse al fuego de las baterías antiáereas germanas.

«En el Día D hubo cierto caos. Todo ocurrió porque los pilotos americanos de transporte siempre habían sido tratados como aviadores de segunda. Para ellos eran meros transportistas que no solían recibir entrenamiento para la batalla. Muchos entraron por primera vez en combate en el Desembarco de Normandía y se encontraron con un fuerte fuego de artillería que les iba derribando. Eso provocó que cometieran errores como dar la luz verde [permitir a los paracaidistas que saltaran] a velocidades muy altas y a alturas muy bajas. Un soldado escribió, por ejemplo, que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo» explica, en declaraciones a ABC, Parrés.

El desconcierto hizo que una buena parte de los soldados fueran desperdigados por toda la cosa de Normandía sin ton ni son (no pocos a muchos kilómetros de las zonas que debían conquistar); perdieran una buena parte de su equipo en los saltos; y -en muchos casos- murieran antes siquiera de pisar tierra.

Aquel contratiempo provocó también que los «paracas» no pudieran reunirse en grandes fuerzas de combate con las que asaltar las posiciones alemanas. Por el contrario, los miembros de la 101ª (al igual que la 82ª) tuvieron que juntarse en pequeños grupos y atacar a los nazis como si fueran comandos.

Con todo, las baterías germanas también dieron lugar a momentos curiosos como los protagonizados por el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª. Este religioso cayó por error sobre una marisma y, con el ajetreo, perdió su misal bajo las aguas y el barro. ¿Cuál fue su reacción? Tal y como afirma Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo», obviar el fuego enemigo y bucear «repetidamente buscando el saco que contenía sus objetos de culto».

Hacia Carentan

Más allá de los curiosos saltos que se produjeron durante el Día D, tras el desconcierto inicial (y después de organizarse en regimientos) los miembros de la 101ª se pusieron manos a la obra. Así fue como partieron desde Sainte-Marie-du-Mont (su principal lugar de aterrizaje) hasta el siguiente pueblo, Saint-Côme-du-Mont, ubicado a menos de 8 kilómetros de la posición.

«Tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y llevábamos las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así»

En aquella región los combates fueron sumamente cruentos debido como se explica en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944») al fuego de «armas de pequeño calibre, ametralladoras y a los disparos de los antitanques y cañones de 88 mm». A pesar de todo, los paracaidistas (entre los que se destacaron los miembros del 3er batallón del 501º) lograron conseguir que los alemanes (la mayoría, también paracaidistas germanos a las órdenes del «Major» Von der Heydte) se retiraran hasta Carentan. Por entonces, el calendario marcaba ya el 8 de junio de 1944.

Así narró el mismo Heydte aquella huida hacia el pueblo: «Fue al segundo o tercer día cuando a todas las fuerzas que estábamos al norte de Carentan, […] se nos mandó retirarnos hacia el sur, ante el temor de que nos rodearan. Los americanos atacarían hacia el oeste y tal ataque podría colocarles al sur y detrás de mi. Por ello pensé que no tenía ningún sentido el permanecer en St. Cosme du Mont y que era preferible, en su lugar, defender Carentan. En mi opinión, ésta localidad era mucho más importante. ¿Pero como demonios podríamos llegar a Carentan? Todos los puentes habían sido volados. Por eso […] tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y teníamos que llevar las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así».

Las defensas de Carentan

Después de la pérdida de Saint-Côme-du-Mont, Carentan (enclave de vital importancia para los estadounidenses y -por ende- para los alemanes) acabó traba defendida por dos regimientos de paracaidistas alemanes. Los llamados Fallschirmjäger. Ambos al mando de Heydte. En principio (durante los años en los alemanes habían dominado Europa), unidades de élite entrenadas para llevar a cabo todo tipo de operaciones especiales.

«Formaban una tropa de élite basada en el alistamiento voluntario, la instrucción y el espíritu de cuerpo. Características todas ellas imprescindibles, puesto que las condiciones técnicas del salto de combate, en pequeños grupos, debían hacerlos capaces de poder tomar por sí mismos decisiones de gran importancia para la marcha de las operaciones», explican los divulgadores históricos Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «Fallschirmjäger» (editada por Edaf).

Sin embargo, durante el Día D las principales fuerzas de Heydte estaban formadas por soldados novatos pertenecientes al 6º Regimiento Paracaidista. «Para entonces, ni la formación de los paracaidistas era ya la adecuada para ser considerados auténticos Fallschirmjäger, ni la aviación alemana tenía posibilidades de lograr el control del espacio aéreo», añaden los expertos.

Además, las unidades habían quedado mermadas durante los combates en las regiones cercanas. «El 2º batallón llegó con bajas. Del 1º, aniquilado durante la retirada, solo pudieron regresar a Carentan 25 paracaidistas», determinan los españoles.

A pesar de ello, estos hombres tenían de su parte el número (eran 6.500 efectivos, según el «Centro Histórico Paracaidista») y la historia, pues los Fallschirmjäger habían participado a lo largo de la Segunda Guerra Mundial en batallas como la de Montecassino donde habían demostrado su destreza. Por si fuera poco, Heydte había recibido la orden del mismísimo Rommel (quien, a su vez, la había escuchado de los labios de Hitler) de resistir «hasta el último hombre» en Carentan.

Primer contacto

Poco después de hacer retroceder a las fuerzas alemanas hasta Carentan, la 101ª División Aerotransportada hizo los preparativos para asaltar la ciudad. Algo difícil, pues la situación del pueblo (construido sobre varios ríos) hacía que, prácticamente, solo se pudiese acceder a él mediante cuatro puentes construidos en línea.

Cole dirigió una carga a bayoneta contra la posición alemana de Carentan

De ellos, los primeros habían sido derrumbados. Y el último, por su parte, había sido bloqueado. «El 9 de junio, el Coronel Sink -del 506º- hizo un reconocimiento de las afueras de la ciudad. Un avión informó de que la ciudad había sido evacuada [de civiles] y que habían sido volados sus accesos», se determina en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944».

El ataque, a pesar de todo, se ordenó. Y la unidad encargada de llevarlo a cabo fue el 3er batallón del 502º regimiento de la 101ª División Aerotransportada. Este grupo, al mando del Coronel Cole. Cuando el reloj dio aproximadamente la media noche del día 9, una patrulla se dirigió en barco hasta el cuarto puente (el que daba acceso a las afueras de la ciudad) para ver en qué condiciones se encontraba. Para su desgracia, había sido bloqueado con un artilugio metálico (una «puerta belga»).

Ataque inicial

Tras informar de la situación en la que se hallaba el terreno, se estableció que se lanzaría el ataque esperado en la tarde del día 10. Un asalto que se llevaría a cabo con apoyo de artillería.

Gracias a una pasarela, los norteamericanos lograron superar los primeros puentes. No obstante, los alemanes, que de tontos no tenían ni un pelo de la «kartoffel», esperaron hasta que la línea de los «paracas» americanos estuvo sumamente extendida para disparar sus conocidas ametralladoras MG42 desde una casa de campo ubicada más allá del último puente.

Así fue como se desató el infierno y comenzó un tiroteo gigantesco que provocó que la 101ª viera su avance sumamente ralentizado. Para terminar el día, además, se unieron al combate dos aviones nazis. Algo sumamente extraño en aquellos días debido a que el dominio de los cielos era totalmente aliado.

A la carga

A las cuatro de la madrugada del 11 de junio, y tras lograr acabar con el obstáculo que impedía el paso por el puente número 4, se ordenó al 3er batallón del 502º tomar por las bravas aquella casa de campo infernal que daba acceso a la ciudad de Carentan. Cansado de tanto disparo para arriba, y ametralladora para abajo, Cole ordenó a sus hombres cargar con la bayoneta calada contra la dichosa posición.

Al las 6:15, Cole hizo sonar su silbato y dirigió el asalto. De los 250 hombres que deberían haberle seguido, tan solo 20 se levantaron para acompañarle. Aunque 50 más se unieron después. Al menos, así se afirma en «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944»: «A pesar del desorden inicial, los hombres avanzaron hasta la casa de campo».

El combate siguiente, tanto en la casa como en las inmediaciones de la misma, fue brutal tanto para los Fallschirmjäger y para los hombres de la 101ª. Con todo, los norteamericanos lograron finalmente abrirse paso a base de cuchillos y granadas. Cuando el humo se disipó y los gritos cesaron, los estadounidenses habían logrado tomar la posición, pero las bajas habían sido tan sumamente brutales que Cole solicitó ser reforzado con otra unidad.

A partir de ese momento comenzó una nueva pesadilla para los americanos. Y es que, aunque habían logrado conquistar un enclave de suma importancia para acceder posteriormente al centro de Carentan, tuvieron que resistir una serie de sangrientas embestidas de los «paracas» nazis. «La lucha fue tan dura que […] entraron en el pueblo 700 hombres y la noche del 11 solo quedaban 132», destacan los autores españoles. En la tarde del día 11, los estadounidenses sometieron a los alemanes a un intenso fuego de artillería.

Mientras todo aquello sucedía, los hombres del 327º Regimiento de Infantería Aerotransportada (reforzados por el 1er batallón del 401º de Infantería Aerotransporada) avanzaron hacia el sur para tratar de entrar en Carentan. Terminaron el desplazamiento a última hora de la tarde y crearon un perímetro defensivo para atrapar a los paracaidistas enemigos en un movimiento de pinza cuando recibieran la orden de ataque.

Posteriormente fueron reforzados por más paracaidistas. Otro tanto hicieron los combatientes del 501º y el 506º. Los momentos finales se acercaban para los defensores de la ciudad. Los alrededores habían sido tomados y solo era cuestión de tiempo que las defensas flaqueasen.

La retirada alemana

Sin comida y con un gran número de bajas a sus espaldas, Heydte entendió que todo estaba perdido y ordenó la retirada. La fecha en la que se tomó esta decisión genera a día de hoy controversia. Así pues, Beevoor afirma que la marcha se sucedió el día 10; Canales y del Rey sentencian que fue el 11 y, finalmente, otras tantas fuentes hablan del 12.

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General»

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General […] así que ordenó al 6º regimiento paracaidista que se retirase. […] Su retirada debía ser protegida por una retaguardia, encargada de mantener a raya a los paracaidistas americanos la mañana siguiente», determina Beevor. Fuera como fuese, cuando los americanos iniciaron su asalto, apenas tuvieron que enfrentarse a 80 enemigos. Habían ganado la batalla de Carentan.

Por su parte, Heydte (cuya defensa le granjeó a sus hombres el apodo de «Los leones de Carentan») tuvo que enfrentarse a una vergüenza mayor que la de retirarse: la de ser denigrado por sus superiores. «Por la noche, mientras estaba realizándose la retirada, el Brigadeführer Ostendorff, al mando de la 17ª División de Granaderos Acorazados de las SS Götz von Berlichingen, apareció en el puesto de mando de Heydte, haciéndole saber que [la unidad] había pasado a sus órdenes. Debían conservar Carentan a toda costa. Heydte dijo que ya había ordenado la retirada, pues desconocía que la 17ª de las SS estaba de camino», añade Beevor. El oficial se quejó de no haber sido avisado, pero el alto mandó le reprochó haber huido.

¿Reconquista?

El 13 de junio, ávido de arrebatar Carentan a los paracaidistas americanos (y a sus pertinentes refuerzos) los alemanes recién llegados trataron de recuperar la ciudad. Pero poco pudieron hacer. Y es que, la aparición de la 2ª División Acorazada (formada principalmente por carros de combate Sherman), al mando del general de brigada Rose decantó la batalla del lado estadounidense.

Después de ello, los ojos se posaron en Heydte. «Aunque acusado de cobardía, Heydte se libró del consejo de guerra poruque acababa de ser condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble», añade Beevor.

Desde entonces, se reconoce a nivel internacional la valentía de los paracaidistas americanos en la toma de Carentan. Un coraje que no se concede a los alemanes defensores. Por ello, hace pocos años, uno de los germanos supervivientes al ataque (Jo Dahms) publicó un libro recordando que, a pesar de que defendían a Hitler, el valor militar de sus compañeros.

«Lejos de las escenas de espectacularidad de la invasión, el 6º Regimiento Paracaidista se batió día y noche, abandonados a su suerte y sin víveres, viviendo el más sangriento combate de su historia. Unido en la vida y la muerte a su comandante, fue la única unidad cuya intervención en la zona del Desembarco de Utah fue ininterrumpida. Pese a la superioridad en material y en número del enemigo, el avance de las tropas aliadas pudo ser momentáneamente detenido. La energía con la que el 6º Regimiento hizo frente a la potencia enemiga permitió retrasar el reagrupamiento [la unión] de los cuerpos de ejército de Utah y Omaha durante más de diez días».

Todo ello, según determina el alemán, a pesar de que las fuerzas enemigas eran entre cuatro y cinco veces superiores.

 

El parte meteorológico que cambió la Segunda Guerra Mundial (y la historia)


el confidencial

Imagen en primera persona del desembarco de Normandía. (Robert F. Sargent)

El general Eisenhower y sus consejeros pasaron mucho tiempo pensando cuál era el día perfecto para invadir la costa de Normandía y liberar a Francia de las garras de Hitler. Las variables a tener en cuenta para realizar el desembarco en las mejores condiciones eran muy numerosas, y no sólo en lo que respecta a los planes de los alemanes, también en lo relativo al tiempo. Su intención era programar los aterrizajes poco antes del amanecer, a medio camino entre la marea baja y la alta, pero con esta subiendo, y en un día de luna llena.

Tras numerosas discusiones encontraron el día perfecto. A las cuatro de la madrugada del 5 junio de 1944 todo estaba preparado para ejecutar la Operación Overlord, que supondría la estocada definitiva al Tercer Reich: unos 150.000 hombres con 30.000 vehículos –en su mayoría de los ejércitos británico y estadounidense– esperaban la orden para cruzar el Canal de la Mancha y lanzarse sobre las tropas nazis.

Pero el desembarco de Normandía (del que se cumplen hoy 70 años) tuvo que esperar un día más. Harold Checketts, un experto meteorólogo de la Armada británica, que trabajaba bajo las órdenes del capitán James Martin Stagg, meteorólogo jefe de la Royal Air Force, dio la voz de alarma: el viento era demasiado fuerte y las nubes estaban demasiado bajas para asegurar el éxito de la invasión. Pero su parte era esperanzador: en 24 horas, la situación iba a calmarse.

Una decisión muy compleja

Eisenhower se planteó retrasar la invasión dos semanas, entre el 18 y 20 de junio, cuando volvía a cumplirse la combinación de mareas necesarias (aunque sin luna llena). Pero al final se fió de los meteorólogos británicos y retrasó la invasión al día siguiente, una decisión que salvó al ejército aliado, pues entre el 19 y 22 de junio estalló una tormenta imposible de prever que habría dado al traste con sus planeas.

“Todos nos dimos cuenta de que el tiempo y el estado de la mar en las playas podía ser un asunto de vida y muerte para las tropas que se acercaran al territorio enemigo”, explicó Checketts en sus memorias. “Nuestro objetivo era reducir los riesgos en la medida de lo posible”. Y lo lograron. Aunque cuando cayó la noche el seis de junio habían muerto 9.000 soldados aliados, más de 100.000 lograron llegar a tierra y tomar las aldeas costeras francesas.

Numerosos comandantes de la Whermacht habían dejado sus puestos en Normandía para participar en unos juegos de guerra en Rennes, pensando que, con tal mal tiempo, nadie iba a acercarse a la costa

Acertar con el parte meteorológico no fue tarea fácil. En aquella época no había satélites, no había LIDAR (una tecnología que permite determinar la distancia desde un emisor láser a un objeto o superficie), y los radares estaban en pañales. La meteorología misma apenas había comenzado su recorrido como ciencia.

Pero además, Stagg y Checketts tuvieron que lidiar con otro problema. El meteorólogo jefe de la American Air Force, Irving P. Krick, insistió hasta el final en que el tiempo de la madrugada del 5 de junio era perfecto para la invasión y no merecía la pena retrasarla. Pero, por suerte, no convenció a Eisenhower.  Como explica John Ross en su libro The Forecast of D-Day, “esa era la noche en la que Ike, basándose en el parte del equipo de Stagg, decidió retrasar la invasión. Si hubiera dado por bueno el consejo de Krick, la invasión se habría realizado con la mar revuelta, muchísimo viento y espesas nubes. Estoy seguro de que habría sido un fracaso”

La torpeza de los meteorólogos nazis también jugó a favor de los aliados. Dado que los alemanes no contaban con estaciones meteorológicas en el Atlántico, no pudieron prever que la madrugada del 6 de junio los vientos iban a calmarse. Los hombres del tiempo de la Luftwaffe, que tenían su cuartel en París, habían predecido otras dos semanas más de tiempo tormentoso, por lo que no esperaban ningún tipo de invasión esos días. De hecho, numerosos comandantes de la Wehrmacht habían dejado sus puestos en Normandía para participar en unos juegos de guerra en Rennes, pensando que, con tal mal tiempo, nadie iba a acercarse a la costa. Se equivocaron de lleno.

Harold Checketts y Jean Farren, la pareja de meteorólogos que logró acertar con el parte.Harold Checketts y Jean Farren, la pareja de meteorólogos que logró acertar con el parte.

“Fue un trabajo razonablemente bien hecho”

Uno de los hombres del tiempo que lograron que el desembarco de Normandía se realizara con éxito, Harold Checketts, tiene hoy 94 años y vive en una residencia de ancianos en Disley (Reino Unido), según ha podido saber The Guardian. Y se acuerda perfectamente del día de la invasión.

Sólo unas horas antes de que las tropas aliadas desembarcaran en las costas francesas, en la noche del 5 de junio, Checketts acudió con su mujer, Jean Farren –también meteoróloga–, a una fiesta de cumpleaños. Los invitados no estaban especialmente alegres, pues sabían que la invasión del territorio francés era inminente y había demasiado nerviosismo en el ambiente. Pero sólo Checketts y su mujer conocían que la operación se iba a llevar a cabo esa misma madrugada.

“Sabíamos exactamente lo que estábamos haciendo y éramos conscientes de lo que significaba”, ha reconocido Checketts a The Guardian, 70 años después. “Estoy muy orgulloso de haber estado en el centro de la operación”. Pero no se considera un héroe. “Fue un trabajo razonablemente bien hecho”, explica. “Esto es todo”.

La gran mentira que acabó con Hitler


El Confidencial

La gran mentira que acabó con Hitler

Imagen del desembarco de Normandía, conocido como Día D, el 6 de junio de 1944 (Corbis)

Esta es la historia de Bronx, Bruto, Tesoro, Triciclo y Garbo, los cinco espías que montaron la mayor operación de engaño jamás ideada que terminó por derrotar a Hitler y sus tropas, y que estuvo a punto de naufragar por culpa de un perro. Es la historia de una guerra desarmada que se libró a golpe y contragolpe de mentira hasta que despejaron las amplias playas de Normandía para que el ejército de los aliados desembarcara y acabaran con el nazismo. Es la narración de la débil fidelidad que existe entre la traición y la verdad, la mentira y el espionaje.

Pero, sobre todo, La historia secreta del Día D. La verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (publicado en Crítica) es la muestra de la importancia para la memoria de un país de la transparencia de sus secretos: hace cinco años el MI5 decidió desclasificar los archivos que escondían el sistema de la Doble Cruz, que montó una mentira gigantesca capaz de cambiar el curso de la guerra. En lugar de matar a sus enemigos, hicieron que los nazis pensaran lo que los británicos querían que pensaran, y así hacer lo que los británicos querían que hicieran. Los aliados pusieron en marcha una patada letal: la mentira.

La apertura de los archivos descubrió millones de documentos con una honestidad y una verdad insólita en otro tipo de legajos. El historiador Ben Macintyre reconoce que no esperaba que esto ocurriera, porque el secretismo era muy grande, pero el cambio de actitud del gobierno británico sobre los secretos favorables a su servicio de inteligencia lo hicieron posible. La mala reputación que estaba acumulando en la guerra de Irak forzó la transparencia. “El MI5 no lo ha desclasificado todo y los más importantes no los conoceremos, porque probablemente no le dejen en un buen lugar. Ha desclasificado mucho, pero no lo ha desclasificado todo”, asegura el historiador, que enseña a los pupilos del MI5 todos los detalles de la gran operación. Estos archivos dejan en muy buen lugar a la inteligencia británica. Así que caso abierto.

El peligro de la revisión

“De hecho, para España es muy importante desclasificar los documentos de la Guerra Civil española para poder enfrentarse a su pasado, reconocerlo y superarlo. Hace diez años España no miraba a la cara a su pasado”, explica Macintyre a este periódico -por supuesto desconoce las labores biográficas de la Real Academia de la Historia-. Reconoce que no es una tarea fácil y que la historiografía no está libre de la mentira y la tergiversación. “Reinventar la historia es peligroso”.

Por si no ha quedado claro todavía, este es un libro sobre el retorcimiento de la verdad en tiempos de guerra y la valía de la mentira para lograr la paz. La obra justifica la mentira de los aliados para confundir a su enemigo. El complot para el engaño del Día D implicaba a cada división de la maquinaria de guerra secreta: los científicos dejaban pistas falsas, los ingenieros fabricaban falsos tanques, los operadores de radio creaban un aluvión de señales falsas y los falsos generales dirigían ejércitos inexistentes hacia objetivos que nunca estuvieron en peligro.

Había que hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el objetivo. A lo largo del poderoso Muro Atlántico, su espesor era menor en Normandía. Ahí es donde golpearía la bola de la demolición. “Pero para golpear con el máximo efecto, la verdad necesitaba ser protegida por una sarta de mentiras”, dice para excusar todas las leyes que se infringieron para sacar adelante una maniobra que libró al mundo de Hitler.

Una mentira moral

“Creo en la existencia de una mentira moral”. No puede negarlo, es un historiador británico de los pies a la cabeza. Provocador y divulgador, sin complejos por querer transmitir el relato del pasado adecuándolo a las normas dramáticas y sin faltar a la verdad. El objetivo es “terminar con el aspecto tedioso de la lectura de historia”. Confiesa que una novela de no ficción, como él mismo define este libro, debe responder a la pregunta: “¿Qué harías tú en esta situación? Es el secreto para envolver e involucrar al lector”.

Macintyre, columnista del periódico The Times, demuestra que la historia se suele enfocar desde un punto de vista de los grandes acontecimientos que la movieron, pero que muchas veces sus narradores se olvidan de que la guerra trata sobre la gente como nosotros, que deben tomar decisiones morales difíciles. “La guerra también son decisiones personales, no sólo estrategias sobre un mapa. Prefiero hablar más de la gente y menos de los eventos”, zanja.

Ese pequeño ejército desarmado, que con sus miles de mentiras salvó cientos de miles de vidas, está formado por una mujer de mundo, bisexual y peruana (Elvira Concepción Josefina de la Fuente Chaudoir), un pequeño piloto de caza polaco (Roman Czerniawski), una francesa voluble (Lily Sergeyev), un serbio seductor (Dusko Popov) y un español profundamente excéntrico con un título de criador de pollos, Juan Pujol García, “Garbo”, del que se conserva una inmensa montaña de documentación debido a su imaginación fantástica y salvaje. Como el propio historiador asegura, no se podría escribir una novela sobre él porque su vida supera a la ficción. De hecho, dice haber iniciado una campaña para convencer al alcalde de Londres con el fin de colocar una placa conmemorativa en el pequeño inmueble donde vivió Garbo, y desde el que engaño al ejército nazi, en la que diga: “Desde esta casa de los suburbios se ganó la Segunda Guerra Mundial”.

Garbo quiso ser reclutado por los alemanes y espiar para Gran Bretaña; se lo denegaron, pero él decidió llevarlo a cabo y fue un espía freelance, que no dejó de inventarse historias. Creó una gigante sarta de mentiras para los alemanes a partir de información que sacaba de los libros que encontraba en la biblioteca pública de Lisboa. Inventó una red de 27 subagentes que trabajaban para Alemania y Hitler le condecoró con la Cruz de Hierro… “Fue un novelista brillante que nunca publicó, con una fantasía sin límites”. A veces, la imaginación y la historia se parecen tanto.