Alcocer: la mítica batalla en la que el Cid Campeador aniquiló a cientos de moros con un curioso engaño


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  • Durante su primer destierro, Rodrigo Díaz de Vivar tomó una fortaleza ubicada cerca del Jalón tras 15 semanas de asedio. Hasta ahora, esta contienda navegaba entre la verdad y la invención, pero una excavación arqueológica ha desvelado su veracidad
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Representación del Cid Campeador – WIKIMEDIA

Entre la historia y la leyenda. Así permanecía hasta ahora la batalla de Alcocer. Una contienda en la que Rodrigo Díaz de Vivar (más conocido por su apodo: el Cid Campeador) tomó con una curiosa treta una fortaleza inexpugnable ubicada cerca del Jalón. Todo ello, después de ser desterrado por el rey Alfonso VI. Según el «Cantar del Mio Cid» (el mítico poema que relata las hazañas de este personaje con más misticismo que verdad) el líder militar, al ver que no podía conquistar la plaza, decidió fingir una retirada. Para ello, levantó todo su campamento menos una tienda y, cuando los musulmanes se acercaron a investigar (dejándose las puertas de la fortaleza abierta) él y sus hombres les atacaron. El plan salió a pedir de boca.

Hasta ahora, se consideraba que la batalla de Alcocer había sido imaginada por el autor del cantar. Sin embargo, un nueva investigación desveló el pasado fin de semana que de mitológica no tuvo nada, y que -al menos- se sucedió. Y es que, una excavación llevada a cabo en Zaragoza acaba de descubrir un material hispano musulmán de entre los siglos XI y XII que podría pertenecer al asentamiento que asedió el Campeador. La contienda, curiosamente, no se ubica así en Alcocer (Guadalajara), el pueblo que cuenta con el mismo nombre que el mítico enfrentamiento.

Por todo ello, hoy recordamos los pormenores de esta batalla y cómo se sucedió según los textos antiguos.

Reyes y parias

Para suerte cristiana, cuando el Cid empezó a levantar su espada contra los musulmanes estos andaban dándose de mandobles entre sí. Estaban divididos en multitud de reinos llamados «taifas». Cada uno de ellos, dirigido por un líder diferente ansioso por aplastar a sus compatriotas para evitar que adquiriesen poder.

Como explica José Luis Martín (catedrático de Historia Medieval) en su dossier «La espada de Castilla», los árabes eran «incapaces de unirse frente a los cristianos». Pero no solo eso, sino que también solicitaban alguna ayudita que otra a los seguidores de la cruz para lograr resistir los tortazos y, llegado el momento, atacar a sus compatriotas en venganza. Con ese percal, también pagaban tributos a sus enemigos para que no hicieran expediciones de castigo contra ellos.

«Para evitar sus ataques necesitaban pagar la protección de los cristianos, y reunían el dinero mediante una mayor presión fiscal que, con frecuencia, daba origen a motines y revueltas que eran dominadas nuevamente con ayuda de las tropas cristianas», añade el experto. Esto provocaba, a su vez, que los líderes musulmanes se vieran obligados a pedir todavía más dinero a los seguidores de Cristo. Algo que les convertía en deudores (todavía más si cabe).

Este curioso sistema económico (conocido como el de impuestos o «parias») fue de sumo interés para los reyes hispanos que azuzaban con la Reconqusita desde el norte. Y es que, a los cristiano este «dinerillo extra» les permitía llenar su bolsa de un oro que ahorraban para, posteriormente, crear su propio ejército y avanzar sobre las mismas regiones árabes que les pagaban.

En ese contexto vino el Cid al mundo. O más bien Rodrigo Díaz de Vivar (pues este era su nombre verdadero). Lo hizo en el año 1043 y como el noble de una familia menor. Una fortuna que le permitió entrar a los 14 años en la corte a las órdenes del príncipe Sancho, el primer hijo y heredero del rey Fernando I.

Dicen de él los cronistas que, además de ser todo un virtuoso de la espada, tampoco andaba mal en lo que a cocorota se refiere, ya que sabía leer, escribir y entendía de leyes. Al final, con poco más de una veintena de años, logró ascender en el escalafón medieval como vasallo y soldado hasta convertirse en el hombre de armas de su señor. Uno de los cargos más altos al que se podía llegar como militar.

Y así siguió hasta que comenzó el juego de tronos en la Península tras la muerte del Su Majestad Fernando en el 1065. ¿Por qué? Pues porque al monarca no se le ocurrió otra cosa que dividir sus dominios entre sus hijos. A Sancho, el primogénito, le cedió Castilla. Hasta aquí, todo correcto. El problema fue que a su retoño Alfonso le cedió las tierras de León, por entonces más fértiles.

El lio estaba armado. Poco después se inició una guerra entre ambos en la que el Cid acudió al campo de batalla bajo la bandera del que siempre había sido su principie y señor: Sancho. Ek enfrentamiento perduró durante varios años. «Al final, combatiendo en Zamora […] Sancho murió en el 1072», añade el experto. Que el primero de los herederos se fuera al otro barrio no pudo ser mejor para su hermano, que se quedó sus tierras y dio por finalizada la contienda con un (para él) feliz final.

El destierro

Cuenta la leyenda que Rodrigo, héroe de decenas de batallas, exigió entonces al rey Alfonso que jurara no haber tenido nada que ver con la muerte de su hermano. Lo hizo a cambio de ser su vasallo. La realidad, no obstante parece que fue diferente. Y es que, por mucho que nos guste imaginarnos a este héroe poniendo entre la Tizona y la pared a un monarca, poco tiene esto de verdad. Por el contrario, lo más probable es que (aunque las habladurías pueblerinas sí cargasen contra el de la corona), nuestro protagonista, simplemente, aceptase rendirle pleitesía para tener un señor por le que luchar. Algo tan necesario en aquellos años como contar con un buen filo con el que atravesar (o partir por la mitad) al contrario.

En todo caso, parece que no le fue mal al Cid como vasallo de Alfonso VI, pues fue nombrado juez por él en varias ocasiones, participó en campañas militares como la de Navarra, y fue destinado a cobrar las «parias» a los musulmanes. Y no es muy lógico dejar el dinero en poder de alguien del que, al fin y al cabo, no te fías.

Además, tampoco era extraño que, en plena corte, los mejores puestos fueran para aquellos que más lamían las botas a su señor y que le habían seguido desde sus inicios. El roce, que hace el cariño, como se suele decir. Sin embargo, el idilio del Campeador con el monarca fue breve.

Apenas duró hasta que nuestro protagonista tuvo un incidente militar con el conde García Ordóñez, quien tenía bastante mano dentro de la corte. Este, haciendo honor a su apodo («boca torcida», por su capacidad -según algunos autores- de introducir mentiras en cabezas ajenas) logró poner en contra a Rodrigo y al monarca. Todo ello, afirmando que el Cid se quedaba con parte de los tributos que recogía de los musulmanes.

«Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza»

Esa falacia, unida a alguna desavenencia más, provocó que el rey desterrara al Campeador de sus tierras. O lo que es lo mismo, que confiscase sus dominios y le mandase al quinto pino del reino con todo aquel que quisiera seguirle. «Alfonso VI desterró a Rodrigo en 1081, cuando este atacó a los musulmanes de Toledo, protegidos del rey», añade el experto en su dossier.

Desterrado, se vio obligado a ir de ciudad en ciudad alquilando su vida y la de sus hombres al mejor postor. «Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza. En el transcurso de ellos, Rodrigo siguió adquiriendo fortuna y renombre», explican los autores Richard A. Fletcher y Javier Sánchez García-Gutiérrez en su obra «El Cid». Fue precisamente en la jornada 16 de este destierro cuando el Cid llegó a la ciudad de Alcocer.

Alcocer y el campamento

A partir de este punto es en el que la mitología supera a la realidad y la fuente principal es el «Cantar del Mio Cid». Este poema deja escrito que Rodrigo llegó a esta población después de abandonar Castejón y saquear Alcarría (Guadalajara) y el valle del Tajuña. A partir de ese momento, y tal y como explica Alberto Montaner Frutos (de la Universidad de Zaragoza) en su dossier «La toma de Alcocer en su tratamiento literario: un episodio del cantar del Cid», el texto tan solo aporta alguna que otra pista que puede dar idea de dónde se hallaba concretamente la villa de Alcocer.

Así se puede leer en la versión actualizada del «Cantar del Mio Cid» elaborada por Frutos: «Cruzaron los ríos, entraron a Campo Taranz. por esas tierras abajo a toda velocidad, entre Ariza y Cetina mio Cid se fue a albergar; grande es el botín que obtuvo en la zona por donde va. No saben los moros que propósito tendrá. Otro día se puso en marcha mio Cid el de Vivar y pasó frente a Alhama, por la hoz abajo va, pasó por Bubierca y por Ateca, que está adelante, y junto a Alcocer mio Cid iba a acampar». ¿Dónde podría situarse el campo de batalla? En palabras del experto, es difícil saberlo, pues únicamente ubica vagamente la zona mediante algunos «vagos topónimos».

El texto no ahonda demasiado en la construcción del campamento ideado por el Cid para asediar la ciudad. Un emplazamiento del que se dice poco más que se edifica encima de un otero (un pequeño monte) «fuerte e grande» y al cual «agua no le puede faltar» porque «corre cerca el Jalón» (uno de los principales afluentes del Ebro).

En definitiva, se dice que la posición no podía ser mejor, pues contaba con inmediato acceso al líquido elemento y permitía a los sitiadores resistir un posible ataque realizado desde la urbe. Tampoco se explica de forma pormenorizada el tipo de campamento que se crea, del cual únicamente se da alguno que otro detalle: «Bien se planta en el otero, hace firme su acampada, los unos hacia la sierra y los otros hacia el agua. El buen Campeador, que en buena hora ciñó espada, alrededor del otero, muy cerca del agua, a todos sus hombres les mandó hacer una zanja, que ni de día ni de noche por sorpresa les atacaran, que supiesen que mio Cid allí arriba se afincaba».

En los siguientes versos, el cantar explica de forma supina como el Cid actuó como era menester por aquellos tiempos: sitió la ciudad de Alcocer y le solicitó tributos o «parias» a cambio de no atacarla. También hizo lo propio con algunas otras urbes de la zona, como Ateca y Terrer». El Campeador, de esta guisa (recibiendo más oro del que podía soportar su bolsa y atesorando riquezas) se mantuvo frente a las murallas de Alcocer más de dos meses. O, más concretamente, «15 semanas», en palabras del Cantar.

«No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños»

No obstante, Frutos hace hincapié en que no hay que llevarse a engaños, y el objetivo último de este guerrero no es otro que terminar conquistando la plaza debido a la supuesta «importancia estratégica» que se le da en el texto.

Con todo, algunos autores como Peter Edward Russell afirman en sus escritos que no hay que entender al Cid como un tirano que pretendía esquilmar la zona para luego conquistarla, sino como un estratega militar que entendía la importancia psicológica de asediar una plaza fuerte: «No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños. Parece que introdujo el tema de las parias con el fin de llamar la atención sobre el temor que sentía la guarnición al verse asediada por el Cid, pero sin atender debidamente a las consecuencias jurídicas de dicha introducción».

El plan

A las quince semanas el Cid se hartó de que Alcocer no se rindiese y pasó a la acción. ¿Qué se le pasó por la cabeza? Una curiosa estratagema para hacer salir a los defensores de la ciudad. Ordenó recoger todas las tiendas menos una y fingir una retirada. «La retirada tenía como objetivo desconcertar a los alcocereños e invitarles a aprovechar la situación abandonando el refugio de las murallas», añade el experto. ¿Por qué abandonarían estos la seguridad de su ciudad? Sencillamente, por las ansias de vil metal: las «parias» que el Campeador llevaba acumulando durante más de dos meses.

Así se narra este suceso en la versión modernizada de Frutos del poema: «Él hizo una estratagema, más no lo retrasaba: plantada deja una tienda, las otras se las llevaba, avanzó Jalón abajo con su enseña levantada, con las lorigas puestas y ceñidas las espadas, a guisa de hombre prudente, para llevarlos a una trampa. Lo veían los de Alcocer, ¡Dios, como se jactaban! -Le han faltado a mio Cid el pan y la cebada; las otras apenas se lleva, una tienda deja plantada; mio Cid se va de tal modo cual si en derrota escapara. Vayamos a asaltarlo y obtendremos gran ganancia, antes de que le cojan los de Terrer, si no, no nos darán de ello nada; la tributación cogida devolverá duplicada».

El plan había funcionado. El Cid había logrado que abandonaran la seguridad de su plaza fuerte. A su vez, la suerte le sonrió, pues «con las ansias del botín, de lo otro no piensan nada, dejan abiertas las puertas, las cuales ninguno guarda». De esta forma, el Campeador (cuyas fuerzas eran formadas por unos 300 hombres, atendiendo a las fuentes) solo tuvo que esperar hasta que sus enemigos (la mayoría, según se da a entender, soldados a pie) estuviesen lo suficientemente lejos de las defensas como para no poder retirarse si él iniciaba la carga.

La carga

A partir de este momento, existe cierta controversia en relación a la forma en la que el Cid atacó a los musulmanes. La versión modernizada de Frutos del «Cantar del Mio Cid» explica que cuando «el buen Campeador hacia ellos volvió la cara» y vio que «entre ellos y el castillo el espacio se agrandaba», ordenó girar la bandera, espolear los caballos, y cargar sin ningún pudor a sus hombres contra aquellos «infieles». «¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!». A partir de ese momento comenzó la verdadera batalla.

Tal y como señala el texto, los jinetes del Cid cargaron, con el Campeador y Álvar Fáñez (uno de los principales capitanes de Rodrigo) en cabeza: «Han chocado con ellos en medio de la explanada, ¡Dios, qué intenso es el gozo durante esta mañana! Mio Cid y Álvar Fáñez adelante espoleaban, tienen buenos caballos, sabed que a su gusto les andan, entre ellos y el castillo entonces entraban. Los vasallos de mio Cid sin piedad les daban». Poco más se dice de la contienda más allá de que cargaron a gritos mientras la retaguardia de los musulmanes trataba de regresar a la seguridad de Alcocer.

«¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!»

«En poco rato y lugar a trescientos moros matan. Los de delante los dejan, hacia el castillo se tornaban; con las espadas desnudas a la puerta se paraban, luego llegaban los suyos, pues la lucha está ganada. Mio Cid tomó Alcocer sabed, con esta maña». En el Cantar no se habla del número exacto de jinetes que llevaron a cabo el ardid (al menos en estos fragmentos), ni las bajas cristianas, por lo que siempre se ha supuesto que no se había sucedido ninguna. Al menos, en palabras del autor del «Cantar del Mio Cid».

Más allá de esta fuente, han sido muchos los autores que han tratado de explicar de forma pormenorizada cómo es posible que los musulmanes no tuviesen tiempo suficiente para regresar a la seguridad de Alcocer.

En base a los textos originales, Frutos es partidario de que el Cid dividió a sus tropas en dos unidades. La primera, encargada de atacar y entretener a los enemigos. La segunda, con órdenes de tomar la urbe. «El ardid consistía en una huida fingida que atrajera a los alcocereños a la lucha en campo abierto. Cuando esto se consiguió, el Cid y sus tropas dieron media vuelta y, gracias a una maniobra envolvente, obligaron a los musulmanes a permanecer luchando en el campo de batalla mientras la vanguardia del Campeador , encabezada por él y Minaya, se apoderaban de la plaza desguarnecida», explica.

Un final incierto

En todo caso, el Cantar explica que la batalla acabó cuando Pedro Bermúdez, soldado del Cid, puso en la parte más alta de las murallas la bandera de su señor. El Campeador, por su parte, no pudo contener la alegría. Aquella noche, al fin, dejaría la tienda de su campamento en favor de una cómoda habitación. «¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!».

«¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!»

A su vez, Rodrigo ordenó a sus hombres que no matasen a los prisioneros, pues estaban desarmados.

«Oídme, Álvar Fáñez y todos los caballeros: en este castillo un gran botín tenemos, los moros yacen muertos, vivos a pocos veo; a los moros y moras vender no los podremos, si los descabezamos nada nos ganaremos, acojámoslos dentro, que el señorío tenemos, ocuparemos sus casas y de ellos nos serviremos». La conquista había acabado bien. O eso parecía. Y es que, posteriormente, el señor de Valencia ordenó mandar contra Alcocer 3.000 musulamanes armados. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

Hallado un nuevo pedestal en Los Bañales (Zaragoza)


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  • Los trabajos de excavación en la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), que dirige el profesor de Arqueología de la Universidad de Navarra Javier Andreu, han descubierto un tercer pedestal que aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio.
Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

En esta ocasión, se trata de un pedestal en el que figuran datos sobre Quinto Sempronio Vitulo. El hallazgo se ha producido en la última semana de la Fase Previa de la VII Campaña de Excavaciones Arqueológicas en Los Bañales y apenas unos días antes de que se incorporen a ella más de treinta estudiantes procedentes de hasta siete universidades distintas de España y Europa, según un comunicado de la Universidad de Navarra.

A finales de mayo, en el transcurso de los trabajos que lleva a cabo la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, se produjo el hallazgo de un pedestal dedicado al emperador Tiberio entre el verano del año 31 y el verano del año 32 d. C. Dicho pedestal había sido dedicado por un individuo llamado Quinto Sempronio Vitulo, del que aquel documento revelaba su condición de oficial de caballería de una unidad auxiliar del ejército romano no precisada.

La pieza hallada, con siete líneas de texto y apenas dañada en su parte lateral izquierda, muestra el currículum de Quinto Sempronio Vitulo, que fue oficial de caballería en el ala Tauriana (una unidad auxiliar del ejército romano que, probablemente, y gracias a este nuevo documento, podría asegurarse que estuvo en Hispania antes de su traslado a la Galia hacia el año 69 d. C.) y, después, debió partir hacia Germania para actuar como ayudante (subprefecto) del comandante de la cohorte de los Germanos, ‘la cohors Germanorum’.

La referencia a esa unidad auxiliar de infantería constituiría la primera mención a la misma en la documentación epigráfica hispana y una de las más tempranas de cuantas se conocen en el Occidente Romano. El documento abre ahora una serie de interrogantes sobre la identidad de este personaje, su posible procedencia de Los Bañales, su relación con el propio Tiberio y los motivos que le llevaron a querer colocar una serie de homenajes, que debieron obrar junto a otras inscripciones todavía no localizadas, en el foro de esta ciudad romana.

JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA ESTE SÁBADO

Algunas de esas cuestiones serán tratadas en la Jornada de Arqueología que bajo el título ‘Victoria Augusti: aproximación a la imagen del poder imperial de Roma’ la Universidad de Navarra celebrará el próximo sábado, día 4 de julio, en el edificio Central de la Universidad con entrada libre.

Los trabajos de este año en la ciudad romana de Los Bañales son posibles gracias a la Comarca de las Cinco Villas, la Fundación ACS, General Eólica Aragonesa y los consistorios de Layana, Uncastillo, Sádaba y Biota. Este pedestal, junto con el dedicado a Tiberio y el erigido en honor de Lucio César, podrá verse en la Jornada de Puertas Abiertas del yacimiento que tendrá lugar el próximo 26 de julio.

El misterioso asesinato de la fulana Verdier que lleva un siglo bajo investigación


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  • Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen de la calle de los Tudescos en 1907 como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida
El misterioso asesinato de la fulana Verdier que lleva un siglo bajo investigación

archivo de abc | La imagen de Vicenta Verdier tomada en 1907

El jueves 13 de junio de 1907, sobre las dos de la tarde, un grito desgarrador que reclamaba auxilio voló por el cielo madrileño desde el balcón del piso tercero izquierda del número 15 y 17 de la calle de los Tudescos, cerca de la plaza de Callao. Vicenta Verdier, mujer morena, de regular estatura y no muy delgada, yacía sobre un gran charco de sangre con la cabeza casi separada del tronco. A sus pies, el único testigo sin voz de los hechos: su perra «Nena». Los periódicos de la época, enseguida dieron cuenta de este «misterioso crimen» que mantuvo en jaque a las autoridades madrileñas durante décadas y del que todavía, un siglo después, se desconoce su autor.

A Vicenta Verdier, natural de Zaragoza, le gustaba andar de cafés en cafés, siempre de la mano de distintos hombres. Los días siguientes a su asesinato, la Policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de Verdier una casa de citas. En las páginas de ABC publicaron la lista de hallazgos insólitos con los que se toparon en el piso del crimen: ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado.

Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida. El inspector D. Francisco Cara Blanca escribía, cinco años después del asesinato, un telegrama anunciando la noticia: «Tengo la satisfacción de poner en conocimiento que ha sido detenido un individuo de buen porte, que dijo llamarse Salustiano Fernández Morales, soltero, de 32 años y natural de Menorca. Desde su llegada a la capital era vigilado porque, a pesar de haberse alojado en uno de los mejores hoteles, se dedicaba a pedir dinero, especialmente a los médicos, figiéndose farmacéutico de Piedrahita. Una vez detenido e interrogado para averiguar sus antecedentes y la causa de su venida a León, terminó confesando ser el autor del asesinato de Vicenta Verdier».

Salustiano fue propietario de una casa de mala nota donde Vicenta vivía. «Había sido empleado de Gobernación con poco sueldo, jugador y amigo de amoríos poco románticos», tal y como le describieron las crónicas de ABC de la época. En su espontánea declaración también reconocido que había logrado dar esquinazo a la Policía porque tras perpetrar el crimen había partido rumbo a América, y que después huyó a Santander, Bilbao, San Sebastián y, por último, León, donde fue capturado.

El día de su declaración ante el Juzgado, Salustiano relató que el día de autos del crimen estuvo con su víctima en el Café Pombo y que, por celos, riñeron. Después se marcharon a la casa de la mujer, donde se produjo ya reyerta. Exasperado por los celos, la increpó de forma brusca, y en medio de la bronca la mató usando la navaja barbera que había en la mesa de noche.

5 sospechosos fugaces

Lo cierto es que Salustiano, que en realidad se llamaba José González, no duró como sospechoso más de una semana. Muchos fueron los personajes curiosos que desfilaron por la comisaría como presuntos autores del crimen.

La primera fue la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo. Después, se detuvo a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.

En 1913 se detendría a Luis Miguel Rosales, un cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección. Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier.

Trasmoz, el único pueblo maldito y excomulgado de España


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  • Corría el siglo XIII cuando la localidad fue excomulgada por celebrar aquelarres y fiestas paganas. Papas, muchos, ha habido desde entonces, pero ninguno ha levantado el castigo
Trasmoz, el único pueblo maldito y excomulgado de España

F. SIMÓN | Las leyendas sobre brujería han creado un halo de misterio en torno a este pequeño pueblo zaragozano

Las leyendas sobre brujas y aquelarres han perseguido a Trasmoz (Zaragoza) a lo largo de los siglos. Ubicado en las faldas del Moncayo, a escasos kilómetros del Monasterio Cisterciense de Veruela, este pequeño municipio zaragozano –con a penas 70 habitantes– ha estado siempre rodeado de un halo de misterio. Lo cierto es que actualmente es el único pueblo maldito y excomulgado de España y solo el Papa podría poner fin a esta situación que vive el pueblo desde hace cientos de años.

Corría el siglo XIII cuando la localidad fue excomulgada. Por aquel entonces Trasmoz era como una isla laica rodeada de todos los pueblos que pertenecían al Monasterio de Veruela. Según cuentan las leyendas, la actividad de las brujas estaba en aquellos años en su máximo apogeo y, entre los muros de su castillo, los aquelarres y todo tipo de actos paganos eran una constante.

Lo que sí está contrastado es que Trasmoz –actualmente con apenas 80 vecinos empadronados– impedía que el Monasterio de Veruela impusiese un control absoluto sobre el territorio como sí ocurría con el resto de poblaciones de los alrededores. Era independiente, por ejemplo, en el uso del agua, ya que la Corona le había otorgado una serie de derechos que le situaban en una posición más ventajosa que al resto de municipios. Además, hay quien señala que en su Castillo lo que realmente se hacía era acuñar monedas falsas que minaban los ingresos de Veruela. Y fue este compendio de razones las que llevaron a excomulgar al municipio por orden papal.

Muchos años después, ya en el siglo XVI, en concreto en 1511, el Abad del Monasterio de Veruela decidió propagar por el municipio de Trasmoz una maldición convirtiéndolo en el único pueblo maldito conocido de toda España. A la entrada del pueblo, una cruz con un velo negro, dejaba constancia de la maldición, en la que participaron todos los monjes del Monasterio con la lectura del salmo 108 del libro de los salmos.

«Danos tu ayuda contra el adversario, porque es inútil el auxilio de los hombres; Con Dios alcanzaremos la victoria, y él aplastará a nuestros enemigos». Un salmo que se usaba para maldecir a los enemigos y con el que quedó maldecido el señor de Trasmoz, sus descendientes y todo un pueblo. No hay otro lugar en España en el que se haya realizado un ritual de estas características.

Un filón turístico

Y maldito y excomulgado ha llegado Trasmoz hasta nuestros días, ya que hasta el momento ningún Papa ha levantado la maldición ni la excomunión. Aún así, poco o nada afecta esta situación al día a día del municipio. Y es que se celebran actos religiosos con absoluta normalidad y se han mantenido las tradiciones religiosas a lo largo de la historia.

Es más, son estas historias las que cada año llevan a miles de turistas a visitar esta localidad zaragozana, que ha hecho de sus brujas y sus leyendas todo un filón para el turismo. Cuenta con un museo dedicado a la brujería y cada año, con la llegada del verano, se celebra una feria dedicada a las brujas, la magia y las plantas medicinales que atrae a cientos de visitantes al pueblo.

B VOCAL acerca la música y la historia a los estudiantes aragoneses


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Las sesiones se desarrollarán hasta el 21 de marzo en el Auditorio del Palacio de Congresos

Más de 7.000 alumnos aragoneses disfrutan, desde ayer y hasta el próximo 21 de marzo, de las voces del quinteto zaragozano B Vocal en el escenario del Auditorio del Palacio de Congresos. Se trata del espectáculo “Érase una voz… la Historia”, en la que mediante sus prodigiosas voces a capella hacen un recorrido por la historia.

Con esta actividad, el grupo trata de enseñar los contenidos que marca el currículo de enseñanza de la música, mediante actividades divertidas y en la que participan 78 centros de todo Aragón. Las sesiones están pensadas para niños con edades comprendidas entre los 8 y los 17 años.

La mayor parte de los colegios que participan en esta iniciativa son de la capital aragonesa, aunque también hay otros que proceden de las localidades oscenses de Fraga o Monzón y las turolenses Albalate del Arzobispo y Andorra. a iniciativa fomenta el conocimiento multicisplinar de asignaturas como el arte, la música y la historia.

Las actuaciones serán entre los días 12, 13, 14 y 15, 19, 20 y 21 de marzo, en horario de 10.00 y 11.30 horas. El espectáculo hace un recorrido por los principales estilos artísticos que han marcado una época importante, para lo que narran el contenido con humor y buenas voces.

Encuentran en Zaragoza una esponja de 520 millones de años


El Mundo

  • La nueva especie ha sido bautizada como ‘Crumillospongia mureroensis’
  • Pertenece al género ‘Crumillospongia’, poco frecuente en el registro fósil
  • Es la esponja más antigua hallada hasta ahora en Europa

Paleontólogos de las universidades Complutense de Madrid (UCM), de Zaragoza y de Valencia han encontrado y descrito una nueva esponja de hace 520 millones de años en Murero (Zaragoza), según ha informado la universidad zaragozana.

Esta esponja pertenece al género ‘Crumillospongia’, nada frecuente en el registro fósil y que sólo había sido citada hasta ahora en Canadá y China, y su hallazgo ha sido publicado en la prestigiosa revista‘Bulletin of Geoscience’.

La investigación, llevada a cabo por un equipo multidisciplinar de esas tres universidades, ha sido financiada por eel Ministerio de Ciencia e Innovación dentro del Proyecto Consolider, en el que también participa el Gobierno de Aragón y el Programa CAI-Europa.

La nueva especie ha sido bautizada como ‘Crumillospongia mureroensis’ en honor a la localidad zaragozana, que el próximo año conmemorará el 150 aniversario del hallazgo de sus yacimientos paleontológicos.

Murero, un completo ecosistema

Además, Murero es conocida por el descubrimiento de trilobites y de muchos otros organismos de cuerpo blando que han dado prestigio internacional a lo que ya se conoce como la Biota de Murero.

Éste es uno de los ecosistemas más completos y antiguos conocidos en el registro fósil, en el que quedaron registradas las condiciones del Periodo Cámbrico temprano, en un ambiente marino subtropical que estaba plagado de delicados animales y algas, que sólo en unas pocas partes del mundo han fosilizado, señala un comunicado de la universidad zaragozana.

‘Crumillospongia’ fue encontrada en Murero a final de la década de los años noventa, pero han tenido que pasar diez años de excavaciones hasta encontrar los ejemplares suficientes y bien conservados para poder realizar su descripción científica.

Los mejores ejemplares que han permitido su correcta definición se encontraron a más de cinco metros de profundidad en un bloque de estratos donde la roca estaba menos alterada.

Excelente conservación

Los fósiles presentaban una excelente conservación de la periferia de esta esponja, que tiene forma de copa y posee una pared densamente perforada por miles de canales de diversos tamaños para la entrada y circulación del agua marina cargada de nutrientes hacia la cavidad central.

Allí, el agua resultante sería expelida por una amplia cavidad superior como sucede en la esponjas actuales.

El ejemplar presenta la peculiaridad, única en su grupo, de presentar una extensión lateral de apoyo para sostenerse mejor sobre un fondo que era “extraordinariamente blando”.

El material recolectado es el más numeroso que se conoce de este género y ha sido depositado por la Dirección General de Patrimonio en el Museo Paleontológico de la Universidad de Zaragoza.

Encontrado en Huesca el cráneo de un pequeño cocodrilo de hace 65 millones de años


CET – El Mundo

  • INVESTIGACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

actualidad080804.jpgZARAGOZA.- Un equipo de investigadores de la Universidad de Zaragoza ha descubierto en el yacimiento de la localidad oscense de Arén el cráneo más completo de cocodrilo del final del Cretácico en España, hace 65 millones de años, perteneciente a un ejemplar de pequeño tamaño, pero con unos dientes significativamente grandes.

Gracias a este hallazgo, los yacimientos de vertebrados del Cretácico Superior de Arén han conseguido reunir una de las mejores colecciones de dinosaurios hadrosaurios del Maastrichtiense superior (Cretácico superior) de Europa, según informó ayer la Universidad de Zaragoza.

Los hadrosaurios eran dinosaurios que vivieron a finales del período Cretácico y que tenían un pico ancho y aplanado, parecido al de los patos, y dotado de cientos de pequeños dientes para triturar la comida.

Su dieta consistía en hojas, semillas y brotes tiernos, y su distintivo más llamativo no era su pico, sino las crestas córneas que tenían en la cabeza.

El descubrimiento ha sido realizado por el grupo de investigación Aragosaurus de la Universdiad de Zaragoza , coordinado por el profesor José Ignacio Canudo, que trabaja en dicho yacimiento desde el año 1997.

En el transcurso de los trabajos, Ainara Badiola y José Manuel Gasca se encontraron, por sorpresa, el cráneo del cocodrilo en un bloque de arenisca. El ejemplar se ha recuperado en una zona muy inaccesible, al ser una fuerte cárcava en arcillas.

El fósil está perfectamente conservado, ya que no se ha deformado, en el interior de un estrato areniscoso.

El cráneo, que es corto y de pequeño tamaño, se observa en dos planos que unen perfectamente y, aunque ahora se necesita una costosa preparación para extraerlo de la roca, los investigadores ya pueden asegurar que se trata del cráneo de cocodrilo más completo que se ha encontrado en el Maastrichtiense de España y, probablemente de Europa.

Esta investigación está patrocinada por la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón y cuenta con la ayuda del Ayuntamiento de Arén.

El coordinador del proyecto declaró que gracias al hallazgo “podemos saber que el clima y el paisaje de la zona en esos años no tenía nada que ver con la actual. Antes era un clima tropical y no existían los Pirineos”, según el profesor José Ignacio Canudo.