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  • El 10 de mayo de 1719, un pequeño contingente de combatientes hispanos se negó a rendir el castillo de Eilean Donan. Fueron derrotados, pero mantuvieron su honra intacta
  • La contienda estaba enmarcada una «misión secreta» mediante la que los españoles buscaban acabar con los monarcas ingleses con ayuda de los jacobinos

Una batalla breve, pero no por ello menos épica. El enfrentamiento que los españoles mantuvieron en el castillo de Eilean Donan (al norte de Escocia) en 1719 bien podría recordar a las sangrientas contiendas que -siglos antes- protagonizó William Wallace. Sin embargo, y para desgracia del monarca Felipe V (en la poltrona por entonces en estos lares), aunque medio centenar de nuestros combatientes intentaron mantener a raya a una flota inglesa en aquel perdido paraje, poco pudieron hacer para enviar a aquellos infames británicos de vuelta a su «London» natal.

¿Qué diantres hacían unos pocos españoles en los confines de Escocia? ¿Qué les llevó hasta aquella región olvidada? Simplemente, el ansia de conquistas de Felipe V y de su consejero más avispado (Alberoni). Ambos enviaron a un pequeño contingente hacia aquellas «highlands» con un objetivo en mente: avivar sus ya latentes ánimos de sublevación contra la monarquía «british». De esta guisa (y con su apoyo) podrían dar una patada en el trasero a Jorge II.

Un plan de invasión más que sutil que, tras la pérdida de Eilean Donan (y varias derrotas posteriores) terminó en el fondo de las aguas como ya había sucedido con la «Grande y Felicísima Armada».

El origen

Hallar el origen de la defensa del último castillo escocés bajo bandera española obliga a volver la mirada hacia años en los que los ciudadanos de nuestro país andaban a sablazos entre ellos. A una época en la que -después de que Carlos II abandonara este mundo sin haber engendrado hijos- se inició una auténtica guerra entre los partidarios del heredero que había dejado Su Majestad (Felipe V, nieto del galo Luis XIV) y todos aquellos que estaban en su contra. ¿La razón? Que a muchos no les gustaba ni un pelo del pelucón la idea de que, en un futuro, la «France» y España acabasen unidas y, por tanto, se crease un «macro imperio» europeo.

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Con más miedo que vergüenza ante esta posibilidad, los Ingleses (siempre ávidos de molestar a España, todo sea dicho), holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo).

De esta guisa comenzó la Guerra de Sucesión, contienda que terminó en 1713 con la firma del Tratado de Utrecht. Un documento en el que las potencias internacionales aceptaron la victoria de Felipe V a cambio de unas condiciones bastante deplorables para España. Entre ellas, la cesión de regiones tradicionalmente nuestras como Flandes, Milán, Nápoles, Cerdeña o Sicilia (por no hablar de Menorca y Gibraltar).

Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña. Expediciones militares españolas» (Edaf). El nuevo rey pasó por el aro… Al menos en ese momento. Y es que, después de que España recuperara su poderío económico, el de la corona cambió de tercio y decidió que era el momento de recuperar esas tierras. Una idea que le metió en la mollera uno de sus principales consejeros: Giulio Alberoni.

En guerra de nuevo

Las pretensiones de Felipe V de pasarse por su regio cetro el Tratado de Utrecht (o reinterpretarlo, como él mismo y Alberoni decían), unidas a otros cabreos internacionales motivados por unos y otros, llevaron a varias potencias a unirse para combatir contra España y contra sus intereses territoriales. El tratado entre ellas (Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico) se firmó entre 1717 y 1718; y el bando resultante ha pasado a la historia como la «Cuádruple alianza».

Con aquellos enemigos, parecía que el rey (y Alberoni, de paso) se iban a tener que tragar su orgullo y su ansia por recuperar las antiguas regiones hispanas. Pero nada de nada. De hecho, aquel desafío (y el contar con un estado saneado económicamente) les enardeció.

Los vientos de guerra que se cernían sobre las tierras españoles arribaron finalmente el 26 de diciembre y el 6 de enero. Dos jornadas en las que -tal y como explica el historiador decimonónico Cesáreo Fernández Duro en «Historia de la Armada Española»- fueron enviadas a nuestro país las declaraciones de guerra de Gran Bretaña y Francia. ¿Qué diantres podía hacer? Alberoni lo tenía claro: buscó la ayuda de Carlos XII de Suecia Pedro I de Rusia. A estos, les propuso colocar en el trono «british» al renegado Jacobo Stuart (líder del movimiento Jacobita y contrario, por tanto, a Jorge II).

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo, Stuart, incluso con posterioridad a 1707, cuando ambos títulos se unieron de facto en el trono del Reino Unido. […] El movimiento tomó su nombre del rey católico Jacobo II, destronado en 1688 y reemplazado por su yerno, el protestante William de Orange», explica el coronel del Ejército de Tierra en la reserva José Antonio Crespo-Francés en su dossier «El último intento de invasión española de las Islas Británicas».

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo»

Ese era el objetivo español (aliarse con las potencias internacionales en favor de Jacobo). Al menos, de forma oficial. Y es que, como explica Duro en su obra, lo que realmente buscaban Felipe V y Alberoni era distraer a los inglesuzos con aquella revuelta jacobita mientras España se arrojaba sobre Italia, su verdadero objetivo.¿En qué consistiría esa «distracción»? Nada más y nada menos…. ¡que en atacar Inglaterra! Tenía parte de lógica, pues una invasión sorpresa de la «Pérfida Albión» obligaría a los ingleses a abandonar (al menos por el momento) sus intereses en la Europa contiental. Y si de paso, lograban vengar el desastre de la «Grande y Felicísima Armada», pues mejor que mejor.

«Esos deseos llevarían a España a participar en un pintoresco plan para intentar invadir otra vez Inglaterra. […] Una arriesgada idea de Alberoni que, a su juicio, bien podía intentarse con alguna probabilidad de éxito. Se contaba con medios económicos para realizarla tras las buenas remesas llegadas de América», añaden los autores españoles en su obra «En tierra extraña». Empezaba la partida de ajedrez, y el tablero era Europa.

Comienza el plan

La invasión «trampa» constaba de dos partes:

1-Una primera fuerza (la más numerosa) se dirigiría hacia el sudoeste de Inglaterra. Desde allí, avanzaría hacia Londres. Este contingente estaba formado (según las cifras ofrecidas por Duro en su obra) por los siguientes hombres:

-4 barcos de guerra.

-25 barcos de transporte.

-Más de 5.000 soldados.

-500 monturas.

-30.000 fusiles.

-Multitud de pertrechos en forma de «pólvora, municiones, mantenimiento» y «algunos señores de calidad escoceses e irlandeses».

2-Un segundo contingente dirigiría sus pasos hacia Escocia, donde trataría de ganarse el apoyo de los clanes de la zona. Una vez iniciada la sublevación, los recién llegados armarían a los sediciosos y atacarían.

Los números concretos de aquellos que partieron en esta fuerza son discutidos a día de hoy por los historiadores, así como sus unidades de procedencia. Una de las últimas versiones, no obstante, es la ofrecida por Canales y del Rey en su texto:

-2 fragatas.

-1 batallón de españoles de apoyo.

-2.000 fusiles y 5.000 pistolas para armar a aquellos escoceses que decidieran enfrentarse al gobierno inglés.

Desastre

El plan, que no era precisamente sencillo de llevar a cabo, se complicó todavía más cuando murió de improviso Carlos XII de Suecia (el que iba a poner sobre la mesa… a miles de soldados para molestar a los inglesuzos). Pintaban bastos, pero el resentimiento de Alberoni le hizo continuar con la misión. Nada detendría a aquellos buques que -entre otras cosas- buscaban vengar a la «Grande y Felicísima Armada». Así pues, el 7 de marzo la flota principal partió de Cádiz con la firme intención de hacer que, tarde o temprano, a los «british» se les atragantase el té de las cinco. Duro recuerda en su obra que el grupo se detuvo en «La Coruña, Santander y Pasajes» para recoger a la totalidad de fuerzas que combatirían en Inglaterra.

Pero amigo, como pasara con los buques de Felipe II (un factor que no fue el único para mandar a la «Grande y Felicísima Armada» al infierno, todo sea dicho), los elementos vinieron a dar al traste con las ansias expansionistas hispanas.

El 29 de marzo, para más señas, fue cuando se sucedió el desastre. «Una borrasca irresistible interrumpió la navegación sobre el cabo Finisterre, constriñendo a las naves dispersas a correr hacia el sur en malísima disposición», completa Duro. El desastre fue total y los bajeles se dispersaron. En palabras del experto, las que tuvieron menos suerte zozobraron, y el resto lograron finalmente arribar hasta varios puertos de Vigo o Lisboa. La misión de la fuerza principal, por tanto, quedó anulada. ¿Qué sucedería con la que buscaba amarrar en Escocia?

La llegada a Eilean Donan

La fuerza secundaria partió de Pasajes (Guipúzcoa) el 9 de marzo de ese mismo año. Su objetivo: arribar hasta Escocia sana y salva y lograr que sus habitantes se alzaran contra Inglaterra. La suerte de estos dos buques (y de sus ocupantes) fue mucho mayor, pues lograron llegar en un breve periodo de tiempo hasta la isla de Lewis (ubicada la norte de la región).

Allí desembarcaron unos 307 españoles dispuestos a dar, cuanta más guerra, mejor. La suerte les favoreció todavía más si cabe, pues por aquellos verdes parajes lograron el apoyo del clan de los Mackenzies. Desde allí, empezaron a barruntar cuál sería la mejor forma de acceder a otros líderes locales para lograr su apoyo. Una revuelta al más puro estilo William Wallace.

En imágenes: Así es el castillo que defendieron hasta la muerte unos pocos soldados españoles en Escocia

El 13 de abril, tras movimientos por aquí y por allá, los españoles se asentaron en la fortaleza más destacada de los MacKenzie: el castillo de Eilean Donan. Una mole de piedra edificada en un islote del río Loch Duich y que, a día de hoy, ha sido utilizado como escenario de películas tan famosas como «Los inmortales». En esta base de operaciones fue en la que guardaron las 7.000 armas y la pólvora que habían traído desde la Península y que, si todo se sucedía según lo planeado, servirían para armar a los sublevados. «El primer plan previsto, en espera de noticias de la flota principal, era una ofensiva sobre Inverness para animar a los clanes a unirse a su causa», explican del Rey y Canales en su obra.

En los días siguientes, y en espera de que alguien les informara de dónde diantres se hallaba el grueso de la fuerza española, se demostró la desconfianza de los diferentes clanes escoceses. Y es que, la mayoría prefirieron mantener las armas en la funda hasta no ver si las posibilidades de victoria eran reales. Sublevarse «for nothing», que no sirve de nada (debieron pensar). «Cuando estaba todo listo, los expedicionarios supieron del desastre de la flota principal. Se habían quedado solos y abandonados a su suerte. Las dos naves españolas regresaron, y se decidió abandonar el avance sobre Inverness», añaden los autores.

El futuro pintaba negro para los nuestros, así que los hispanos se limitaron a dejar un retén de entre 40 y 50 hombres en Eilean Donan mientras el resto se dispersaban por las aldeas incitando a las tortas. Los números de los defensores son inciertos. Del Rey y Canales hablan de entre 45 y 46, mientras que León Arsenal y Fernando Prado señalan en su obra «Rincones de historia española. Episodios históricos, fabulosos y desconocidos a través de los siglos» que fueron «48 infantes de marina». Por su parte, los informes ingleses hacen referencia también a 48 defensores. Ese grupo de medio centenar de españoles había sido condenado, sin saberlo, a una muerte épica.

Una corta, pero brutal defensa

Por si fuera poco ver su revuelta rechazada, los problemas para los españoles se agravaron todavía más a principios de mayo de 1719. Fue entonces cuando los ingleses empezaron a mover sus fichas y enviaron cinco fragatas hacia el oeste de Escocia con el objetivo de dar al traste con los planes de Felipe V en sus tierras.

Los cinco bajeles eran los siguientes (según el informe que el capitán Charles Boyle -al mando de la escuadra- envió posteriormente)

1-HMS (His/Her Majesty’s Ship) Assistance (de 50 cañones).

2-HMS Darthmouth (de 50 cañones).

3-HMS Worcester (de 50 cañones).

4-HMS Flamborough (de 24 cañones).

5-HMS Enterprize (de 40 cañones).

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición»

Nada que ver con los buques de línea que se enviarían posteriormente en Trafalgar, pero sin duda una fuerza considerable dado que los españoles adolecían de hombres y artillería con la que defenderse.Dos de estas fragatas (la Assistance y la Darthmouth) navegaron por el norte y, al no percatarse de la presencia de enemigos, anclaron en el río Loch Kishorn (a unos 40 kilómetros de Eilean Donan). Sin embargo, el resto de la flota -al mando del capitán Charles Boyle– no tardó en llegar hasta las inmediaciones del fuerte de los Mackenzie y ver que, en su pabellón, ondeaba la bandera de los nuestros. Era la hora de los cañonazos, así que el Worcester, el Flamborough y el Enterprize prepararon su artillería.

El 10 de mayo de 1719 comenzó el enfrentamiento. Así lo afirma el propio Boyle en su informe oficial, donde explica que -antes de empezar a cañonear a los españoles- envió a un hombre para que parlamentara con ellos y lograra que rindiesen el castillo por las buenas. La cortesía «british».

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición», explica el capitán. Poco después, el militar desembarcó para, atendiendo a las órdenes de su jefazo, llamar a los defensores al raciocinio. La respuesta, sin embargo, fue muy castiza: los nuestros recibieron a tiros al enviado, que se había aproximado a la costa desde el Worcester. No podían defenderse, peor tampoco estaban dispuestos a marcharse de allí por las buenas avergonzando a España.

El informe de Boyle poco dice de las horas que continuaron. Su siguiente anotación se va a las cuatro de la tarde cuando, según afirma, un desertor les informó de que los españoles estaban reuniendo un ejército que ya contaba con 4.700 hombres ubicados en un campamento cercano.

A las ocho de la tarde, el inglés ordenó que sus fragatas iniciaran el cañoneo sobre los españoles. Poco podían hacer estos para defenderse, como bien explican del Rey y Canales: «Era previsible que, sin artillería con la que poder responder al fuego enemigo, lo único que los defensores pudieron hacer fue ponerse a cubierto del demoledor fuego de las fragatas británicas». Los disparos no cesaron durante una hora. Con todo, los Mackenzie podían sentirse orgullosos de su fortaleza, pues -a pesar de llevar en pie siglos y siglos- resistió considerablemente bien los zurriagazos «british».

Una vez que los ingleses consideraron que los españoles estaban lo suficientemente mermados, enviaron a sus hombres para darles la puntilla. Tal y como afirma Boyle en su informe, el encargado de pisar tierra y acabar con los defensores fue el capitán Herdman. Este, empezó a repartir disparos con sus hombres y, antes de declararse vencedor, tuvo que recibir también alguno que otro de los escasos soldados que todavía defendían el viejo castillo escocés.

Contando los muertos

Existen varias versiones que hacen referencia a los españoles que murieron aquel día. Del Rey y Canales afirman en su obra que «en total quedaban “un capitán, un teniente, un sargento y 39 soldados españoles, un mercenario irlandés, un rebelde escocés, 343 barriles de pólvora y 52 barriles con munición”». Estas cantidades de material (que pueden leerse también en el informe de Boyle) demuestran que Eilean Donan estaba siendo utilizado como polvorín por las tropas llegadas desde la Península Ibérica.

Por su parte, los autores de «Rincones de la historia española» afirman en su obra que, de los 48 hombres de la guarnición, fallecieron 43 (entre ellos el capitán y el teniente). «Así como un escocés y un mercenario irlandés». En palabras de estos autores, los «british» capturaron a los único cinco que no murieron. Estos habrían sido enviados a Edimburgo, donde fueron «bien tratados». En todo caso, este fue el primer revés de una expedición que no tardaría mucho en terminar con una victoria decisiva de inglesa majestad.

Eilean Donan tampoco tuvo un destino demasiado halagüeño. Después de dejarlo como un colador, los ingleses utilizaron 27 barriles de pólvora de los arrebatados a los españoles para volarlo por los aires. Y así permaneció (en ruinas) hasta que volvió a ser recuperado en 1919. A día de hoy, puede ser visitado para rememorar esta gesta española.

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  • Levantado por el rey Felipe V en 1735 sobre el incendiado Alcázar de Madrid, nueve siglos atrás fue una fortaleza del califa Muhammad I de Córdoba

    abc | Vista nocturna del Palacio Real

    abc | Vista nocturna del Palacio Real

Cuenta la leyenda más ilusioria de Madrid que los fantasmas son al Palacio Real lo mismo que su fastuosidad. Intramuros, desde el momento mismo de su edificación, así como en el terreno sobre el que se levanta, la presencia de los espectros ha acompañado a habitantes y trabajadores en una perpetua historia de terror, desmentidos y exorcismos. Todavía hoy, casi trecientos años después de su construcción, esta crónica fantástica y oficiosa acompaña a la que sus muros, tesoros y ornamentos proyectan.

La explicación de esta superstición obedece al origen más remoto del suelo sobre el que se asienta, allá por el siglo IX. Fue entonces, en un Madrid que aún era Mayrit, cuando el califa de Córdoba Muhammad I conquistó la ciudad. Además de ordenar la construcción de una gran muralla periférica, aún en pie en algunos puntos, quiso levantar una enorme fortaleza para avistar los posibles ataques de la cristiandad. Su propósito arredró al enemigo hasta el año 1085, cuando el rey Alfonso VI de Castilla penetró en Madrid, haciendo inertes tanto el muro como la fortaleza. Una vez iniciadas las posteriores edificaciones, los fantasmas salieron al encuentro, según algunos escritos.

Llamas y gozo en el Alcázar

Primero, en la construcción del Alcázar de Madrid, dando pábulo a la histórica creencia de que en dicho lugar habitaban duendes, brujas y criaturas desconocidas. No fueron ellos, sino supuestos moros resucitados los que aterrorizaron a los obreros que lo levantaron. Con el incendio de 1734, que lo redujo a la nada junto a innumerables obras de arte, el miedo se multiplicó. Más allá de las llamas, se aseguró entonces que gritos de lamento y satisfacción acompañaron al fuego; incluso con acento musulmán. Las gentes de Mayrit, masacradas años atrás, consumaron supuestamente su venganza.

Sin embargo, las presencias ocultas no abandonaron la zona. Durante la construcción del Palacio Real, ánimo megalómano del rey Felipe V, varios trabajadores juraron haber visto sombras tratando de superar los muros ya erigidos. Incluso ante la Santa Inquisición, el mismo capataz dio cuenta de ello y de que un compañero había caido desde una escalera empujado por los fantasmas, considerados nuevamente musulmanes y último reducto de Mayrit. El monarca, harto de tales testimonios, ordenó exorcizar el palacio; aunque muchos de los trabajadores no lo creyeron suficiente y abandonaron la obra.


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  • Nacido en el seno de una familia de agricultores, el soldado español consiguió, por su actuación en la batalla de Villaviciosa y su larga trayectoria, que en presencia de generales y cortesanos, el Monarca le llamara padre
ABC Felipe V y el Duque de Vendôme durante la batalla de Villaviciosa, por Jean Alaux

ABC | Felipe V y el Duque de Vendôme durante la batalla de Villaviciosa, por Jean Alaux

La tarde del 10 de diciembre de 1710, en Villaviciosa de Tajuña, se enfrentaban en una batalla decisiva –dado el avanzado estado de la guerra de Sucesión– el ejército franco-español y el aliado del Archiduque Carlos. El teniente coronel de la Guardia de Corp don Antonio Benavides, al mando de la caballería del ala derecha, se mantenía atento a las órdenes del marqués de Valdecañas, cuando se percató de la diana tan clara que suponía para la artillería enemiga el imponente caballo blanco que montaba el Rey, el único de ese pelaje en aquel emplazamiento elevado, acompañado de sus generales. Entre el estruendo de los cañonazos de la batalla ya empezada, Benavides clavó espuelas en los ijares de su alazán y, abriéndose paso entre la tropa y la guardia del Rey, se plató frente a éste y le advirtió de tan peligrosa circunstancia. Don Felipe concluyó de inmediato que su súbdito y amigo llevaba razón, pero no disponía de montura de repuesto. Benavides no lo pensó, descabalgó y ofreció su alazán al Soberano, que aceptó el cambió. Apenas unos minutos después, sobre la posición de Benavides cayó el fuego enemigo, matando al caballo blanco e hiriendo gravemente al teniente coronel.

Al término de la batalla victoriosa, Don Felipe preguntó por su amigo. El marqués de Valdecañas –que había presenciado cómo una granada de mortero había destrozado al caballo del Rey y alcanzado su metralla a Benavides, que caía bañado en sangre– lo había dado por muerto. Pero Don Felipe no se dio por vencido y ordenó que lo buscaran entre los cuerpos yacentes en el campo y que se cerciorasen de tal circunstancia, ya que aún podía encontrarse con vida. Así fue, en efecto, aunque al borde de la muerte, Benavides, herido gravemente en la frente, fue rescatado y atendido por los cirujanos del Rey, que lograron salvarle la vida. Desde entonces, en presencia de generales y cortesanos, Felipe V llamó padre a Benavides, consciente de que aquella acción del militar canario pudo haberle salvado la vida. De haber caído muerto en Villaviciosa el Rey Borbón, indiscutiblemente, la historia de España, incluso la de Europa, hubiese cambiado.

Un cadete prometedor en América

El 8 de diciembre de 1678, en La Matanza de Acentejo, una pequeña localidad al norte de Tenerife, nacía quien fue Teniente General de los Reales Ejércitos de España don Antonio Benavides González de Molina (o Bazán y Molina, como firmó su testamento), a quien el Rey Felipe V, primero de la dinastía Borbónica en España, llamaba padre. El tercero de ocho hermanos, creció Benavides en el seno de una familia de agricultores que vivía del fruto de su propia tierra. María se llamaba su madre; Andrés su padre, capitán de las Milicias Provinciales. Y precisamente por la condición de oficial de Milicias de don Andrés, a finales de 1698 se hospedó en su casa un capitán de la Bandera de La Habana, que recorría el norte de la isla reclutando a mozos que engrosarían las filas de los ejércitos al otro lado del Atlántico. Según cuanta su primer biógrafo, Bernardo Cólogan Fallón (8 de septiembre de 1772 – 14 de abril de 1814), este oficial advirtió en el joven Benavides tales virtudes y condiciones para el oficio castrense, que pidió a sus padres considerasen su alistamiento en calidad de cadete. Así, en julio de 1699 partió hacia Cuba Antonio Benavides y noventa y nueve reclutas más, campesinos rudos y elementales, que sin haber salido nunca antes de su terruño, cruzarían el océano en un imponente galeón hacia la Nueva España, de la que muchos jamás regresarían.

Tres años pasó Benavides en La Habana, durante los cuales se distinguió por su entrega al servicio y por el sumo interés en el estudio y formación en el oficio de las armas, destacándose sobremanera como jinete y aguzado tirador, causando admiración en sus jefes y ganándose el aprecio de sus compañeros. Escribió Cólogan: «Amante del servicio, lo era igualmente de cuantas obligaciones se le señalaban; subalterno obediente, aprendió con los primeros elementos de la disciplina lo que contribuye a formar el perfecto jefe: y para ser buen general supo primero ser soldado». Ascendido a teniente, luego del estallido en mayo de 1702 de la guerra de Sucesión española, llegó a la capital del Imperio como integrante de uno de los regimientos de Infantería que engrosaban los refuerzos requeridos por Felipe V en su contienda contra el Archiduque Carlos. Regresó el Rey a Madrid el 13 de enero de 1703, después de diversas batallas en Italia, aquejado de su patológica melancolía. Se daba la circunstancia de que, cuando ese mal crónico le aquejaba, sólo encontraba consuelo el Monarca saliendo de caza por la madrileña Casa de Campo, a la que solían acompañarle los mejores tiradores de las Guardias de Corps. Fue entonces cuando a don Felipe se informó de la fama de extraordinario tirador que precedía a un joven teniente procedente de La Habana llamado Benavides. El Rey quiso conocerlo y ordenó que le acompañase en una de esas cacerías. «¡Por San Martín! Sí que tienes pulso, Benavides», había exclamado el Soberano, admirado de tanta destreza que mostraba el teniente con el arma de fuego.

De inmediato, Felipe V ordenó que el joven teniente canario fuera destinado exento a la Guardia de Corps –circunstancia excepcional, dado que a este cuerpo de ejército sólo eran destinado hijos de la nobleza–, con el fin de tenerlo junto a él en las jornadas de caza. Al día siguiente, Benavides ingresó en la Segunda Compañía de la Unidad que, además de ocuparse de la seguridad del Rey, constituía la fuerza militar más elitista de los Reales Ejércitos de S.M.A partir de entonces, muchas fueron las cacerías reales en las que participó Benavides, a lo largo de las cuales nació una sincera amistad entre don Felipe y él.

ABC | Batalla de Zaragoza en 1710, cuando la caballería al mando de Benavides se hizo con parte de la artillería enemiga

ABC | Batalla de Zaragoza en 1710, cuando la caballería al mando de Benavides se hizo con parte de la artillería enemiga

Pero la guerra continuaba, y, al lado de su Rey, Benavides se batió con ardor y valentía en Flandes; en la toma de Salcedilla; rindió Villareal e Inhiesta; sitió Barcelona y Tortosa; combatió en Almahara y en Peñalba. En dos ocasiones recibió Benavides una felicitación directa del Rey. La primera en agosto de 1710, en Zaragoza, en las proximidades del Ebro, cuando la caballería a su mando se hizo con parte de la artillería enemiga que estaba masacrando a las tropas, a consecuencia del pésimo posicionamiento ordenado por el marqués de Bay, comandante del ejército borbónico. La determinante acción de Benavides trocó por tablas una derrota segura. Y por segunda vez, la mañana del crucial 10 de diciembre de 1710, por la proeza lograda por su caballería en Brihuega, al cruzar a nado las gélidas aguas del río Henares, en persecución del ejército británico del general Stanhope. Firmado el 11 de abril de 1713 el tratado de Paz de Utrecht, Benavides, ascendido a brigadier de Caballería, siguió en la Corte al servicio del Rey, hasta que, ante los problemas derivados de la distancia de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo, considerando a su salvador hombre de su máxima confianza, lo nombró Gobernador y Capitán General de la Florida, con fecha 24 de septiembre de 1717.

Como se encontraba por entonces Benavides descansando en Tenerife, para evitarle el viaje a la Corte madrileña, donde debería jurar su cargo, excepcionalmente se le dio permiso para que lo hiciera ante el Gobernador del archipiélago, partiendo de allí a la otra orilla del Atlántico. Con la intención de permanecer en aquellas tierras del virreinato de Nueva España durante cinco años, que era lo preceptivo, Benavides embarcó en la flotilla formada por las fragatas San Jorge y San Francisco y el aviso de escolta San Javier comandada por el prestigioso marino tinerfeño Juan del Hoyo Solórzano, el 29 de abril de 1718, que haría primero escala en La Habana para arribar en San Agustín de la Florida a mediados de junio. De inmediato se puso manos a la obra el nuevo Gobernador, barriendo la administración de corruptos funcionarios, eliminando una red de contrabando liderada por el su predecesor, Juan de Ayala Escobar, que por entonces rendía cuentas de sus fechorías en Madrid.

La última defensa contra los ingleses

Al poco de su toma de posesión, el fuerte de San Luis de Apalache, al norte de San Agustín, fue atacado y destruido por guerreros de la tribu apalache, sin duda azuzados por los ingleses. Cuenta Cólogan que, al saberse en mano de los indios un gran número de prisioneros españoles, marchó hacia Apalache solo el Gobernador, con la única compañía de algunos intérpretes y algún oficial, con alto peligro para su vida, con el fin de parlamentar y convencer a los indígenas de la inutilidad de enfrentarse con una potencia como lo era España. Tan alta era su capacidad de convicción y buenas maneras, que firmó un tratado de paz y colaboración con esta tribu, recuperó a los prisioneros y reconstruyó la misión franciscana y el fuerte, del que sólo quedaban rescoldos. Al poco de aquello, unió lazos de amistad y alianza con las tribus Uchize, Savacola, Apalachicola, Achito, Ocmulgee, Uchi, Tasquique, Casista, Caveta, Chavagali y Creek, consolidando un largo periodo de paz. Tales fueron el orden impuesto y los logros alcanzados por Benavides, que el Rey lo mantuvo en el cargo nada menos que por quince años. Y aun habiendo pedido Benavides un nuevo destino en la península, con fecha de marzo de 1733, fue nombrado Gobernador de Veracruz, uno de los puertos más importantes de las Indias españolas, donde se custodiaba la mayor parte de la mercancía del Galeón de Manila, que era recogida por la Flota de Indias y llevada a la España peninsular.

Wikipedia Episodio naval de la Guerra del Asiento

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De nuevo, con fecha de 28 de febrero de 1742, el Rey ascendió a Benavides a Teniente General, nombrándolo Capitán General y Gobernador de la Provincia de Mérida del Yucatán y del Puerto de Campeche. Y como tal, le encomendó el mando y organización de una expedición para la defensa de las costas de Honduras y de Tabasco, hostigadas de manera intensiva durante la guerra del Asiento (o de la Oreja de Jenkins) por barcos de la Royal Navy, además de por piratas y corsarios. Firmado el segundo Tratado de Aquisgrán el 18 de octubre de 1748, concluía la guerra con Gran Bretaña. Benavides dio por terminada su campaña en Tabasco y Honduras, asentadas las bases de la más efectiva defensa, estableciendo puertos de avituallamiento para los barcos españoles que combatían a la Royal Navy y a corsarios y piratas. En la península de Yucatán persiguió y encarceló a traficantes de palo de tinte, árbol de cuyas ramas se extraían sustancias para teñir telas, por lo que era muy valorado en Europa. No halló descanso Benavides, que a su avanzada edad ya ansiaba regresar a la patria chica. Así, muerto Felipe V, reinando ya Fernando VI, después de treinta y dos años sin interrupción en el virreinato de la Nueva España, en febrero de 1749 recibió la ansiada misiva del Rey concediéndole el regreso a la península.

Durante aquellos treinta y dos años, Benavides limpió de corruptos las administraciones, mantuvo a raya a los ingleses y expulsó de los mares a piratas y corsarios. Mucho lo quisieron los indígenas y los lugareños de allí donde estuvo, por tantas obras de caridad que hizo, todas de su peculio. Luego de entrevistarse en Madrid con Fernando VI (vistiendo un uniforme prestado por su amigo el Marqués de la Ensenada, dado que el único que conservaba no estaba en condiciones), quien le agradeció sus años de leal y ejemplar servicio –a la vez de ofrecerle la Capitanía General de Canarias, mando que rechazó Benavides–, marchó a Tenerife, donde descansaría hasta el final de sus días. Falleció a los longevos ochenta y tres años, el 9 de enero de 1762. Fue enterrado vestido con el hábito de la Orden Franciscana, abrazado a su fe católica, a la entrada de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz.

En cuya lápida aún reza:

«Aquí yace el Excmo. Sr. D. Antonio de Benavides,

Teniente General de los Reales Exércitos.

Natural de esta Isla de Tenerife.

Varón de tanta virtud cuanta cabe por arte

y naturaleza en la condición mortal».

Jesús Villanueva Jiménez es autor de «La cruz de plata» (Ed. Libros Libres).


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  • La castración de niños con grandes dotes para el canto vivió su cenit en el siglo XVIII. El más famoso de ellos fue invitado por la Reina de España para sosegar con música a Felipe V, quien padecía un grave trastorno bipolar

    ABC Pintura coral de Farinelli (en el centro) junto a varios de sus colaboradores, como el poeta Pietro Metastasio (izquierda)

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    Pintura coral de Farinelli (en el centro) junto a varios de sus colaboradores, como el poeta Pietro Metastasio (izquierda)

La única forma de calmar al Rey Felipe V, quien padecía de un grave trastorno bipolar, era escuchar la hipnotizante voz de Carlo Broschi, conocido por el sobrenombre de Farinelli, el más famoso de los cantantes castrati que se popularizaron en las cortes europeas del siglo XVIII. Farinelli acudió invitado para pasar unos meses por la Reina Isabel de Farnesio a la Corte madrileña, y terminó residiendo allí durante casi 25 años. Fue un influyente pero discreto personaje de la España de Felipe V y Fernando VI.

Frente a la prohibición de que las mujeres cantaran en las iglesias, surgió la práctica de emplear a niños castrati en papeles femeninos, cuyas voces mezclaban la ternura infantil con la potencia y fuerza de un adulto. La castración de los menores consistía en la destrucción del tejido testicular sin que, por lo general, se llegara a cortar el pene. No en vano, se trataba de una operación de gran riesgo: los niños de 8 a 9 años eran anestesiados con precarios métodos como podían ser el uso de opio o el estrangulamiento parcial. En las décadas de 1720 y 1730, en el apogeo de la moda de estas voces, se ha estimado que más de 4.000 niños fueron castrados anualmente al servicio del arte italiano. La mayoría de los niños castrados, que debían mostrar previamente dotes para el canto, provenían de hogares pobres y fueron mutilados a petición de sus padres con la esperanza de que sus hijos pudieran sacarles de la pobreza.

Carlo Broschi, en cambio, procedía de una familia acomodada de Nápoles, pero un accidente de caballo hizo necesaria la castración como recurso médico, al menos según la versión más aceptada. El joven fue enviado a un conservatorio, donde eligió el seudónimo de Farinelli en agradecimiento a los hermanos Farina, los mecenas que financiaron su formación. No tardó mucho tiempo en hacerse famoso en el sur de Italia a razón de lo peculiar de su voz, que era empleada en las óperas indiferentemente para papeles de mujeres o de hombres. Su fama no tardaría en cobrar dimensión internacional.

Farinelli logró cantar en Viena, invitado por el emperador Carlos VI, en Venecia, en Milán, en Bolonia, en París y en Londres, entre otros muchos destinos, alcanzado una fama y una consideración que serían equiparables a las que actualmente reciben las estrellas del Rock and roll. Precisamente durante su estancia de tres años en Inglaterra, el castrado italiano trató de impulsar, sin éxito, al compositor Porpora como valedor de las tendencias italianas frente al torbellino que suponía el alemán Georg Friedrich Händel, uno de los más influyentes compositores de la música occidental pero de una personalidad muy complicada. Previo paso por la Corte Francesa de Luis XV, Farinelli decidió aceptar en 1737 la invitación de la Reina de España, Isabel de Farnesio, quien como italiana conocía de primera mano las dotes para el canto de su compatriota.

Un músico para calmar la locura del Rey

Desde 1717, la melancolía de juventud de Felipe V fue mutando poco a poco en un estado de locura absoluta. El Rey empezó a protagonizar ataques de histeria en público, a sufrir terribles pesadillas –en la más recurrente trataba de ensartar a un fantasma con una espada– y en ocasiones creía ser una rana. Siete meses después de la muerte de su primera esposa, contrajo matrimonio con la italiana Isabel Farnesio de Parma. Una mujer hacia la que desarrolló una fuerte dependencia sexual y afectiva, que se asentaba en el carácter férreo y autoritario de ella. La Reina recurrió a la música como forma de amansar a su marido. Y Farinelli fue su mayor acierto.

Aunque el italiano viajó a España con la intención de residir únicamente unos meses, Farinelli terminó viviendo 22 años en Madrid y quedó envuelto en la odisea política de un país que le resultaba totalmente ajeno. Farinelli acudió al dormitorio de Felipe V, donde el Monarca permanecía encerrado la mayor parte del día, le cantó cinco arias y, como si estuviera poseído por la música, el Monarca salió de su encierro. A partir de entonces, el castrati cantó las mismas canciones al Rey noche tras noche, quien desarrolló un gran afecto hacia el italiano. Felipe V y después su hijo Fernando VI colmaron a Farinelli de favores: fue nombrado director de teatros en Madrid y Aranjuez, se le otorgó el rango de caballero en 1750 y se le condecoró con la Cruz de Calatrava. El teatro de los Caños del Peral y el Coliseo del Buen Retiro fueron los lugares predilectos de sus actuaciones, donde no solo cantaba también dirigía las compañías y se encargaba de todos los detalles. En el Real Sitio de Aranjuez, escenificó uno de sus montajes más espectaculares, La Escuadra del Tajo, que incluyó una flota de pequeñas embarcaciones navegando por el río Tajo con los propios Reyes (ya entonces Fernando VI y Bárbara de Braganza) en el epicentro de la escena.

Convertido en un hombre de confianza de la Familia Real, Farinelli se alzó como un discreto pero poderoso personaje de la Corte. Ésto le permitió sobrevivir al cambio de reinado. Cuando Fernando VI tomó las riendas del reino, su esposa, la portuguesa Bárbara de Braganza, se situó como su máxima protectora. El apoyo de la Reina y el dinero de Zenón de Somodevilla –marqués de la Ensenada y valido del joven Monarca– permitieron que el italiano convirtiera el teatro del Palacio del Buen Retiro durante unos años en el escenario más grandioso de la ópera mundial. Sin embargo, Farinelli fue retirado de la Corte con la llegada de Carlos III al trono. El nuevo Rey no había olvidado que el castrati dio preeminencia a su amistad con Bárbara de Braganza por encima de la mantenida en otro tiempo con la Reina madre, Isabel de Farnesio. Su voz ya quebrada por el paso de los años obligó al castrati a pasar los últimos años de su vida, sin apenas avances en su obra musical, en su residencia de Bolonia. En 1994, se realizó una película dedicada a su figura, «Farinelli, Il Castrato», sin que la fidelidad histórica fuera una de sus prioridades.


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  • El Monarca, conocido como «El Animoso» por sus extraños cambios de humor, desarrolló con la edad el comportamiento de un maníaco depresivo. Al trastorno bipolar se sumó un delirio nihilista de Cotard: «A veces se creía una rana»
La melancolía de «El Rey Loco»: Felipe V sufría un trastorno bipolar

Museo del Prado Retrato de Felipe V, por Louis-Michel van Loo

La mañana del 4 de octubre de 1717, como si fuera una locura programada para estallar de golpe, Felipe V sufrió un ataque de histeria cuando salió a cabalgar: creía que el sol le atacaba. Aunque el carácter del primer Rey de la dinastía Borbón siempre había oscilado con preocupante rapidez de la euforia a la depresión, nada hacía prever el comportamiento extraño de aquel día. A partir de entonces, el Rey inició un lento viaje hacia la locura extrema. No se dejaba cortar por nadie el cabello ni las uñas porque pensaba que sus males aumentarían. Así, las uñas de los pies le crecieron tanto que llegó un momento que ya no podía ni andar. Creía que no tenía brazos ni piernas. Y que era una rana.

Felipe V de Borbón fue el sucesor elegido por el último monarca de la casa de Austria, su tío-abuelo Carlos II, para convertirse en el primer Rey de la casa de Borbón en España, tras imponerse en la Guerra de Sucesión española. No obstante, su larguísimo reinado de 45 años y 3 días –el más prolongado en la historia de España– quedó marcado por el deterioro de su salud mental y la fallida abdicación a favor de su hijo Luis I, que falleció 229 días después de ser coronado víctima de la viruela. Finalmente, Felipe V, llamado «el Animoso» por la oscilación de su humor, falleció con la corona todavía en su cabeza y sumido en un estado de locura tan evidente que «hasta los pintores de cámara habían tenido que reflejar la decrepitud del Rey, hinchado y torpe, con las piernas arqueadas y la mirada perdida».

Desde la juventud, el carácter melancólico de Felipe V siempre fue conocido entre sus consejeros más cercanos. El futuro Rey de España –un adolescente tímido, abúlico e inseguro– caía continuamente en breves periodos de depresión. De este estado pasaba a uno de euforia en cuestión de minutos, como hizo gala en varias batallas contra los austracistas en la Guerra de Sucesión. Pocos años después del final de la guerra, cuando se vio enclaustrado en el viejo y oscuro Alcázar de Madrid, empezaron a aparecer con mayor frecuencia los «vapores melancólicos», que le obligaban a encerrarse y a confesarse de continuo. Un extraño comportamiento que recordaba al de su madre María Ana Victoria de Baviera, la cual pasó la mayor parte de su estancia en el Palacio de Versalles encerrada en sus aposentos a causa de una persistente depresión.

La melancolía de «El Rey Loco»: Felipe V sufría un trastorno bipolar

Wikipedia Proclamación de Felipe V como Rey de España en Versalles

«Solo la guerra lo sacó por breves momentos de su apatía congénita, lo que le valió el sobrenombre de “animoso”. Toda su vida estuvo dominado por sus familiares», sostiene la historiadora francesa Janine Fayard sobre el perfil psicológico del Monarca. Ciertamente, el final de la guerra y la vida en los despacho le sumieron en un estado de aburrimiento, donde nunca fue capaz de encontrar aficiones e intereses que le sacaran de la apatía. Quizás fue su adicción incontrolada al sexo –aderezado por sus temores religiosos– lo único que consiguió mantener ocupada la mente del Rey. Su primera mujer, Maria-Luisa Gabriela de Saboya, que se casó con 14 años, supo satisfacer hasta su prematura muerte las exigencias de un hombre muy fogoso en el lecho real. La Reina falleció en 1714, después de darle dos herederos varones, los futuros Reyes Luis I y Fernando VI. Su muerte coincidió con los primeros compases de la enfermedad mental que consumió poco a poco la salud del Rey.

Un maníaco depresivo, en la Corte

El año 1717 es señalado por todos los historiadores como la erupción de su locura más primitiva. Empezó a protagonizar ataques de histeria en público, a sufrir terribles pesadillas –en la más recurrente trataba de ensartar a un fantasma con una espada– y en ocasiones creía ser una rana. Además, el deterioro mental vino acompañado de dolencias físicas: graves cefaleas, astenias, trastornos gástricos y se convirtió en un gran hipocondríaco sentándole mal cualquier cosa que comía.

Un punto recurrente en sus episodios de locura durante este periodo fue la relación con su segunda esposa. Siete meses después de la muerte de la Reina, contrajo matrimonio con la italiana Isabel Farnesio de Parma. Una mujer hacia la que desarrolló una fuerte dependencia sexual y afectiva, que se asentaba en el carácter férreo y autoritario de ella. Ambos se hicieron inseparables y engendraron al que sería el futuro Carlos III, pero la Reina tuvo que sufrir la fase más dura de la enfermedad del Rey. A principio de su matrimonio, el Monarca se obsesionó con que su ropa y la de su esposa irradiaba unaa luz mágica. Como respuesta, estableció vigilancia permanente sobre su ropa personal y encargó a monjas que la elaboraran exclusivamente a partir de entonces, como medida para espantar al diablo. Pese a todo, Felipe V no tardó en mostrar un grave problema de higiene personal: no se cambiaba de ropa interior hasta que quedaba hecha jirones y nunca se ponía ninguna camisa que su esposa no hubiera utilizado antes.

El hispanista Henry Kamen, que ha estudiado de forma amplia la figura de Felipe V y ha revisado su cuadro médico, concluye, en la biografía que le dedicó en 2001, que el Monarca sufría un trastorno bipolar. El diagnóstico de esta enfermedad, comúnmente encuadrado como Trastorno Bipolar Tipo I, responde a muchos de los síntomas que padeció desde joven el Monarca. Así, dentro de período depresivo que registran estos enfermos se incluye un sentimiento constante de tristeza, desesperanza, pérdida de interés por actividades de las que la persona antes disfrutaba, timidez, irritabilidad, dolor crónico y desórdenes del sueño. De hecho, a partir de 1728 el Rey empezó a vivir durante la noche y a dormir durante el día. Recibía a ministros y embajadores después de la medianoche en sesiones que duraban horas.

Por su parte, la fase maníaca depresiva de Felipe V explica los episodios paranoicos, la exagerada actividad en el plano sexual y las alucinaciones que aparecieron a raíz de la muerte de su primera esposa. No en vano, el médico psiquiátrico Francisco Alonso Fernández precisa, en un estudio para la Real Academia de Medicina, que fue en la tercera etapa de su reinado (1726-1746) cuando se mostraron los peores y más violentos síntomas de la enfermedad. La causa que pudo desencadenarlo fue la fallida abdicación que protagonizó a favor de su hijo Luis I.

La melancolía de «El Rey Loco»: Felipe V sufría un trastorno bipolar

El prado Detalle del cuadro «La familia de Felipe V»

Quizá guiado por los estragos de su enfermedad o porque el Monarca albergaba la ambición de reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV, Felipe V firmó el 10 de enero de 1724 un decreto por el que abdicaba en su hijo Luis, de diecisiete años, casado con Luisa Isabel de Orleans, dos años menor que éste. A continuación, los Reyes padres se retiraron al Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, pero la reina estuvo siempre perfectamente informada de lo que sucedía en la Corte de Madrid. No obstante, Luis I enfermó ocho meses después de viruela y murió el 31. Y aunque al haber abdicado el sucesor tendría que haber sido el otro hijo varón, la rápida actuación de la Reina Isabel de Farnesio devolvió la Corona a Felipe V. Todo ello haciendo frente a ciertos sectores de la nobleza castellana que apoyaban la opción de Fernando, argumentando que no cabía la marcha atrás en la abdicación de un rey.

El Rey que Reino dos veces

Precisamente por ello, se dice que Felipe V es el único Rey que reinó dos veces en España. Pero tras la muerte de su hijo Luis, su depresión no le permitió hacerlo de la misma manera. «Este segundo reinado estuvo dominado por los repetidos episodios melancólicos, cada vez más graves y continuos, complementados con pequeños brotes hipomaniacos (episodios destructivos), casi siempre provocados por estímulos externos positivos, que operaban a través de un sistema hipersensitivo emocional», explica en su texto Francisco Alonso Fernández. Asimismo, al trastorno bipolar se añadió un delirio nihilista de Cotard (delirio de negación), que se reflejaba en la negación de tener brazos y piernas, o de mantenerse vivo, «o de conservar la identidad humana al creerse convertido en una rana».

Desde el punto de vista político, este segundo Felipe hizo las veces de Rey consorte de su mujer, Isabel de Farnesio. Una muestra del poder de su esposa se refleja en que los documentos y cartas del periodo contienen la frase «el Rey y yo», como emblema de una singular monarquía dual en la que quien tomaba las decisiones era la Reina.

En sus años finales, Felipe V se recluyó en el palacio de El Pardo, donde vivía de forma huraña. «Se había empeñado en llevar siempre una camisa usada antes por la Reina, porque temía que le envenenasen con una camisa; otras veces prescindía de esa prenda y andaba desnudo ante extraños; se pasaba días enteros en la cama en medio de la mayor suciedad, hacía muecas y se mordía a sí mismo, cantaba y gritaba desaforadamente, alguna vez pegó a la Reina, con la cual se peleaba a voces y repitió tanto sus intentos de escaparse que fue preciso poner guardias en su puerta para evitarlo», relata el historiador Pedro Voltes en «La vida y la época de Fernando VI».

A la muerte del Rey, Fernando VI –el único hijo varón vivo de su primer matrimonio– ordenó a su madrastra, la Reina viuda Isabel de Farnesio, que abandonara el palacio real del Buen Retiro y se marchara a vivir a una casa de la duquesa de Osuna. Más tarde ordenó su destierro como castigo a los desprecios que había aplicado, desde su posición de poder, a los hijos y consejeros de Maria-Luisa Gabriela de Saboya.


El Pais

  • El rey Felipe V, llegado al trono tras una guerra, buscaba congraciarse con sus súbditos y accedió a crear en 1711 una Real Biblioteca de carácter público con fondos incautados a sus rivales
Varios incunables en la BNE. / Bernardo Pérez

Varios incunables en la BNE. / Bernardo Pérez

Felipe V era más devoto de las cartas –entiéndase: sota, caballo, rey– que de los libros. También era el duque de Anjou, un francés reinando sobre españoles tras una guerra larguísima que en puridad aún no había concluido (1701-1713). En 1711, por tanto, estaba dispuesto a coger al vuelo todas las propuestas que contribuyesen a afianzar su imagen entre sus nuevos súbditos. Su confesor, el jesuita Pierre Robinet, le sugirió una: crear una Real Biblioteca con los fondos que el rey había traído de Francia (6.000 volúmenes), los acumulados por los Habsburgo (otros 2.000) y los incautados a los perdedores de la Guerra de Sucesión. La gran osadía que Robinet defendió ante el monarca fue el carácter público de la biblioteca. En fin… pública a la manera de 1711: cerrada a mujeres (no accedieron hasta 1837, la primera fue Antonia Gutiérrez Bueno, autora de un Diccionario histórico y biográfico de mujeres célebres) y menesterosos. Pública para estudiosos y eruditos de los círculos cortesanos.

Se abrió en un pasillo cerca de las cocinas del Alcázar Real, con Robinet como primer director y con plagas de ratones cada dos por tres. Y dado que la financiación de las cosas públicas es un quebradero en cualquier época –con la dudosamente honrosa excepción de los años del imperio y su sistemático saqueo de las colonias–, Robinet también se ocupó de dar con la fuente del dinero. Según José Manuel Lucía Megías, catedrático de la Universidad Complutense y comisario de la exposición de la BNE 300 años haciendo historia, para costear su proyecto al confesor del rey se le ocurrió recurrir a los impuestos sobre algo muy querido por el monarca: las cartas. También aquí se salió con la suya: en el Real Decreto fundacional de 1716 se le asigna un presupuesto de 8.000 pesos anuales procedentes de los impuestos sobre tabaco y naipes.

Gracias a esa manía de los vencedores de despojar a los vencidos de gloria y bienes, en 1715 la Real Biblioteca ya contaba con 28.242 libros impresos, 1.282 manuscritos y 20.000 medallas. “Los partidarios de Carlos, archiduque de Austria, vieron cómo sus bibliotecas eran trasladadas a Madrid y casi todos ellos terminaron sus días en el exilio, desposeídos de tierras y títulos, por lo que perder sus libros seguramente fue la menor de sus preocupaciones”, escribe Javier Pavía Fernández, en el blog de la BNE.

Fondos incautados

Entre esos fondos incautados figuraron los del duque de Uceda, el marques de Mondéjar (propietario de 5.903 libros, entre ellos el Beato de Fernando I), el duque de Terranova o el arzobispo de Valencia, Folch de Cardona, cuya biblioteca fue devuelta a un convento que posteriormente la vendió a la Biblioteca Nacional de Viena.

En aquellos años de arranque hubo también otras vías más elegantes que engrosaron el depósito: compras y donaciones. Y a partir del 26 de julio de 1716 entra en vigor algo que sigue vigente y que es el manantial que ha nutrido la vastísima colección que atesora hoy la BNE (30 millones de documentos): el depósito legal. Un real decreto de Felipe V estableció: “De todas las impresiones nuevas que se hicieren en mis dominios, se haya de colocar en ella un ejemplar del tomo o tomos de la Facultad que trataren, encuadernados y en toda forma en la misma que se practica dar a los del Consejo; colocándose también en dicha Biblioteca todos los libros y demás impresiones que se hubieren dado a la estampa desde el año 1711, en que tuvo principio esta Biblioteca”. Una ley que fue modificada el 30 de julio de 2011 para incorporar “los documentos electrónicos en cualquier soporte, que el estado de la técnica permita en cada momento, y que no sean accesible libremente a través de Internet” y “los sitios web fijables o registrables cuyo contenido pueda variar en el tiempo y sea susceptible de ser copiado en un momento dado”. ¿Habrá que modificar el depósito legal dentro de tres siglos? ¿Se atreven a imaginar cuántos documentos almacenará la BNE de 2311?

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