Así defendieron 50 españoles el último castillo de Felipe V en Escocia frente a cientos de ingleses


ABC.es

  • El 10 de mayo de 1719, un pequeño contingente de combatientes hispanos se negó a rendir el castillo de Eilean Donan. Fueron derrotados, pero mantuvieron su honra intacta
  • La contienda estaba enmarcada una «misión secreta» mediante la que los españoles buscaban acabar con los monarcas ingleses con ayuda de los jacobinos

Una batalla breve, pero no por ello menos épica. El enfrentamiento que los españoles mantuvieron en el castillo de Eilean Donan (al norte de Escocia) en 1719 bien podría recordar a las sangrientas contiendas que -siglos antes- protagonizó William Wallace. Sin embargo, y para desgracia del monarca Felipe V (en la poltrona por entonces en estos lares), aunque medio centenar de nuestros combatientes intentaron mantener a raya a una flota inglesa en aquel perdido paraje, poco pudieron hacer para enviar a aquellos infames británicos de vuelta a su «London» natal.

¿Qué diantres hacían unos pocos españoles en los confines de Escocia? ¿Qué les llevó hasta aquella región olvidada? Simplemente, el ansia de conquistas de Felipe V y de su consejero más avispado (Alberoni). Ambos enviaron a un pequeño contingente hacia aquellas «highlands» con un objetivo en mente: avivar sus ya latentes ánimos de sublevación contra la monarquía «british». De esta guisa (y con su apoyo) podrían dar una patada en el trasero a Jorge II.

Un plan de invasión más que sutil que, tras la pérdida de Eilean Donan (y varias derrotas posteriores) terminó en el fondo de las aguas como ya había sucedido con la «Grande y Felicísima Armada».

El origen

Hallar el origen de la defensa del último castillo escocés bajo bandera española obliga a volver la mirada hacia años en los que los ciudadanos de nuestro país andaban a sablazos entre ellos. A una época en la que -después de que Carlos II abandonara este mundo sin haber engendrado hijos- se inició una auténtica guerra entre los partidarios del heredero que había dejado Su Majestad (Felipe V, nieto del galo Luis XIV) y todos aquellos que estaban en su contra. ¿La razón? Que a muchos no les gustaba ni un pelo del pelucón la idea de que, en un futuro, la «France» y España acabasen unidas y, por tanto, se crease un «macro imperio» europeo.

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Con más miedo que vergüenza ante esta posibilidad, los Ingleses (siempre ávidos de molestar a España, todo sea dicho), holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo).

De esta guisa comenzó la Guerra de Sucesión, contienda que terminó en 1713 con la firma del Tratado de Utrecht. Un documento en el que las potencias internacionales aceptaron la victoria de Felipe V a cambio de unas condiciones bastante deplorables para España. Entre ellas, la cesión de regiones tradicionalmente nuestras como Flandes, Milán, Nápoles, Cerdeña o Sicilia (por no hablar de Menorca y Gibraltar).

Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña. Expediciones militares españolas» (Edaf). El nuevo rey pasó por el aro… Al menos en ese momento. Y es que, después de que España recuperara su poderío económico, el de la corona cambió de tercio y decidió que era el momento de recuperar esas tierras. Una idea que le metió en la mollera uno de sus principales consejeros: Giulio Alberoni.

En guerra de nuevo

Las pretensiones de Felipe V de pasarse por su regio cetro el Tratado de Utrecht (o reinterpretarlo, como él mismo y Alberoni decían), unidas a otros cabreos internacionales motivados por unos y otros, llevaron a varias potencias a unirse para combatir contra España y contra sus intereses territoriales. El tratado entre ellas (Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico) se firmó entre 1717 y 1718; y el bando resultante ha pasado a la historia como la «Cuádruple alianza».

Con aquellos enemigos, parecía que el rey (y Alberoni, de paso) se iban a tener que tragar su orgullo y su ansia por recuperar las antiguas regiones hispanas. Pero nada de nada. De hecho, aquel desafío (y el contar con un estado saneado económicamente) les enardeció.

Los vientos de guerra que se cernían sobre las tierras españoles arribaron finalmente el 26 de diciembre y el 6 de enero. Dos jornadas en las que -tal y como explica el historiador decimonónico Cesáreo Fernández Duro en «Historia de la Armada Española»- fueron enviadas a nuestro país las declaraciones de guerra de Gran Bretaña y Francia. ¿Qué diantres podía hacer? Alberoni lo tenía claro: buscó la ayuda de Carlos XII de Suecia Pedro I de Rusia. A estos, les propuso colocar en el trono «british» al renegado Jacobo Stuart (líder del movimiento Jacobita y contrario, por tanto, a Jorge II).

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo, Stuart, incluso con posterioridad a 1707, cuando ambos títulos se unieron de facto en el trono del Reino Unido. […] El movimiento tomó su nombre del rey católico Jacobo II, destronado en 1688 y reemplazado por su yerno, el protestante William de Orange», explica el coronel del Ejército de Tierra en la reserva José Antonio Crespo-Francés en su dossier «El último intento de invasión española de las Islas Británicas».

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo»

Ese era el objetivo español (aliarse con las potencias internacionales en favor de Jacobo). Al menos, de forma oficial. Y es que, como explica Duro en su obra, lo que realmente buscaban Felipe V y Alberoni era distraer a los inglesuzos con aquella revuelta jacobita mientras España se arrojaba sobre Italia, su verdadero objetivo.¿En qué consistiría esa «distracción»? Nada más y nada menos…. ¡que en atacar Inglaterra! Tenía parte de lógica, pues una invasión sorpresa de la «Pérfida Albión» obligaría a los ingleses a abandonar (al menos por el momento) sus intereses en la Europa contiental. Y si de paso, lograban vengar el desastre de la «Grande y Felicísima Armada», pues mejor que mejor.

«Esos deseos llevarían a España a participar en un pintoresco plan para intentar invadir otra vez Inglaterra. […] Una arriesgada idea de Alberoni que, a su juicio, bien podía intentarse con alguna probabilidad de éxito. Se contaba con medios económicos para realizarla tras las buenas remesas llegadas de América», añaden los autores españoles en su obra «En tierra extraña». Empezaba la partida de ajedrez, y el tablero era Europa.

Comienza el plan

La invasión «trampa» constaba de dos partes:

1-Una primera fuerza (la más numerosa) se dirigiría hacia el sudoeste de Inglaterra. Desde allí, avanzaría hacia Londres. Este contingente estaba formado (según las cifras ofrecidas por Duro en su obra) por los siguientes hombres:

-4 barcos de guerra.

-25 barcos de transporte.

-Más de 5.000 soldados.

-500 monturas.

-30.000 fusiles.

-Multitud de pertrechos en forma de «pólvora, municiones, mantenimiento» y «algunos señores de calidad escoceses e irlandeses».

2-Un segundo contingente dirigiría sus pasos hacia Escocia, donde trataría de ganarse el apoyo de los clanes de la zona. Una vez iniciada la sublevación, los recién llegados armarían a los sediciosos y atacarían.

Los números concretos de aquellos que partieron en esta fuerza son discutidos a día de hoy por los historiadores, así como sus unidades de procedencia. Una de las últimas versiones, no obstante, es la ofrecida por Canales y del Rey en su texto:

-2 fragatas.

-1 batallón de españoles de apoyo.

-2.000 fusiles y 5.000 pistolas para armar a aquellos escoceses que decidieran enfrentarse al gobierno inglés.

Desastre

El plan, que no era precisamente sencillo de llevar a cabo, se complicó todavía más cuando murió de improviso Carlos XII de Suecia (el que iba a poner sobre la mesa… a miles de soldados para molestar a los inglesuzos). Pintaban bastos, pero el resentimiento de Alberoni le hizo continuar con la misión. Nada detendría a aquellos buques que -entre otras cosas- buscaban vengar a la «Grande y Felicísima Armada». Así pues, el 7 de marzo la flota principal partió de Cádiz con la firme intención de hacer que, tarde o temprano, a los «british» se les atragantase el té de las cinco. Duro recuerda en su obra que el grupo se detuvo en «La Coruña, Santander y Pasajes» para recoger a la totalidad de fuerzas que combatirían en Inglaterra.

Pero amigo, como pasara con los buques de Felipe II (un factor que no fue el único para mandar a la «Grande y Felicísima Armada» al infierno, todo sea dicho), los elementos vinieron a dar al traste con las ansias expansionistas hispanas.

El 29 de marzo, para más señas, fue cuando se sucedió el desastre. «Una borrasca irresistible interrumpió la navegación sobre el cabo Finisterre, constriñendo a las naves dispersas a correr hacia el sur en malísima disposición», completa Duro. El desastre fue total y los bajeles se dispersaron. En palabras del experto, las que tuvieron menos suerte zozobraron, y el resto lograron finalmente arribar hasta varios puertos de Vigo o Lisboa. La misión de la fuerza principal, por tanto, quedó anulada. ¿Qué sucedería con la que buscaba amarrar en Escocia?

La llegada a Eilean Donan

La fuerza secundaria partió de Pasajes (Guipúzcoa) el 9 de marzo de ese mismo año. Su objetivo: arribar hasta Escocia sana y salva y lograr que sus habitantes se alzaran contra Inglaterra. La suerte de estos dos buques (y de sus ocupantes) fue mucho mayor, pues lograron llegar en un breve periodo de tiempo hasta la isla de Lewis (ubicada la norte de la región).

Allí desembarcaron unos 307 españoles dispuestos a dar, cuanta más guerra, mejor. La suerte les favoreció todavía más si cabe, pues por aquellos verdes parajes lograron el apoyo del clan de los Mackenzies. Desde allí, empezaron a barruntar cuál sería la mejor forma de acceder a otros líderes locales para lograr su apoyo. Una revuelta al más puro estilo William Wallace.

En imágenes: Así es el castillo que defendieron hasta la muerte unos pocos soldados españoles en Escocia

El 13 de abril, tras movimientos por aquí y por allá, los españoles se asentaron en la fortaleza más destacada de los MacKenzie: el castillo de Eilean Donan. Una mole de piedra edificada en un islote del río Loch Duich y que, a día de hoy, ha sido utilizado como escenario de películas tan famosas como «Los inmortales». En esta base de operaciones fue en la que guardaron las 7.000 armas y la pólvora que habían traído desde la Península y que, si todo se sucedía según lo planeado, servirían para armar a los sublevados. «El primer plan previsto, en espera de noticias de la flota principal, era una ofensiva sobre Inverness para animar a los clanes a unirse a su causa», explican del Rey y Canales en su obra.

En los días siguientes, y en espera de que alguien les informara de dónde diantres se hallaba el grueso de la fuerza española, se demostró la desconfianza de los diferentes clanes escoceses. Y es que, la mayoría prefirieron mantener las armas en la funda hasta no ver si las posibilidades de victoria eran reales. Sublevarse «for nothing», que no sirve de nada (debieron pensar). «Cuando estaba todo listo, los expedicionarios supieron del desastre de la flota principal. Se habían quedado solos y abandonados a su suerte. Las dos naves españolas regresaron, y se decidió abandonar el avance sobre Inverness», añaden los autores.

El futuro pintaba negro para los nuestros, así que los hispanos se limitaron a dejar un retén de entre 40 y 50 hombres en Eilean Donan mientras el resto se dispersaban por las aldeas incitando a las tortas. Los números de los defensores son inciertos. Del Rey y Canales hablan de entre 45 y 46, mientras que León Arsenal y Fernando Prado señalan en su obra «Rincones de historia española. Episodios históricos, fabulosos y desconocidos a través de los siglos» que fueron «48 infantes de marina». Por su parte, los informes ingleses hacen referencia también a 48 defensores. Ese grupo de medio centenar de españoles había sido condenado, sin saberlo, a una muerte épica.

Una corta, pero brutal defensa

Por si fuera poco ver su revuelta rechazada, los problemas para los españoles se agravaron todavía más a principios de mayo de 1719. Fue entonces cuando los ingleses empezaron a mover sus fichas y enviaron cinco fragatas hacia el oeste de Escocia con el objetivo de dar al traste con los planes de Felipe V en sus tierras.

Los cinco bajeles eran los siguientes (según el informe que el capitán Charles Boyle -al mando de la escuadra- envió posteriormente)

1-HMS (His/Her Majesty’s Ship) Assistance (de 50 cañones).

2-HMS Darthmouth (de 50 cañones).

3-HMS Worcester (de 50 cañones).

4-HMS Flamborough (de 24 cañones).

5-HMS Enterprize (de 40 cañones).

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición»

Nada que ver con los buques de línea que se enviarían posteriormente en Trafalgar, pero sin duda una fuerza considerable dado que los españoles adolecían de hombres y artillería con la que defenderse.Dos de estas fragatas (la Assistance y la Darthmouth) navegaron por el norte y, al no percatarse de la presencia de enemigos, anclaron en el río Loch Kishorn (a unos 40 kilómetros de Eilean Donan). Sin embargo, el resto de la flota -al mando del capitán Charles Boyle– no tardó en llegar hasta las inmediaciones del fuerte de los Mackenzie y ver que, en su pabellón, ondeaba la bandera de los nuestros. Era la hora de los cañonazos, así que el Worcester, el Flamborough y el Enterprize prepararon su artillería.

El 10 de mayo de 1719 comenzó el enfrentamiento. Así lo afirma el propio Boyle en su informe oficial, donde explica que -antes de empezar a cañonear a los españoles- envió a un hombre para que parlamentara con ellos y lograra que rindiesen el castillo por las buenas. La cortesía «british».

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición», explica el capitán. Poco después, el militar desembarcó para, atendiendo a las órdenes de su jefazo, llamar a los defensores al raciocinio. La respuesta, sin embargo, fue muy castiza: los nuestros recibieron a tiros al enviado, que se había aproximado a la costa desde el Worcester. No podían defenderse, peor tampoco estaban dispuestos a marcharse de allí por las buenas avergonzando a España.

El informe de Boyle poco dice de las horas que continuaron. Su siguiente anotación se va a las cuatro de la tarde cuando, según afirma, un desertor les informó de que los españoles estaban reuniendo un ejército que ya contaba con 4.700 hombres ubicados en un campamento cercano.

A las ocho de la tarde, el inglés ordenó que sus fragatas iniciaran el cañoneo sobre los españoles. Poco podían hacer estos para defenderse, como bien explican del Rey y Canales: «Era previsible que, sin artillería con la que poder responder al fuego enemigo, lo único que los defensores pudieron hacer fue ponerse a cubierto del demoledor fuego de las fragatas británicas». Los disparos no cesaron durante una hora. Con todo, los Mackenzie podían sentirse orgullosos de su fortaleza, pues -a pesar de llevar en pie siglos y siglos- resistió considerablemente bien los zurriagazos «british».

Una vez que los ingleses consideraron que los españoles estaban lo suficientemente mermados, enviaron a sus hombres para darles la puntilla. Tal y como afirma Boyle en su informe, el encargado de pisar tierra y acabar con los defensores fue el capitán Herdman. Este, empezó a repartir disparos con sus hombres y, antes de declararse vencedor, tuvo que recibir también alguno que otro de los escasos soldados que todavía defendían el viejo castillo escocés.

Contando los muertos

Existen varias versiones que hacen referencia a los españoles que murieron aquel día. Del Rey y Canales afirman en su obra que «en total quedaban “un capitán, un teniente, un sargento y 39 soldados españoles, un mercenario irlandés, un rebelde escocés, 343 barriles de pólvora y 52 barriles con munición”». Estas cantidades de material (que pueden leerse también en el informe de Boyle) demuestran que Eilean Donan estaba siendo utilizado como polvorín por las tropas llegadas desde la Península Ibérica.

Por su parte, los autores de «Rincones de la historia española» afirman en su obra que, de los 48 hombres de la guarnición, fallecieron 43 (entre ellos el capitán y el teniente). «Así como un escocés y un mercenario irlandés». En palabras de estos autores, los «british» capturaron a los único cinco que no murieron. Estos habrían sido enviados a Edimburgo, donde fueron «bien tratados». En todo caso, este fue el primer revés de una expedición que no tardaría mucho en terminar con una victoria decisiva de inglesa majestad.

Eilean Donan tampoco tuvo un destino demasiado halagüeño. Después de dejarlo como un colador, los ingleses utilizaron 27 barriles de pólvora de los arrebatados a los españoles para volarlo por los aires. Y así permaneció (en ruinas) hasta que volvió a ser recuperado en 1919. A día de hoy, puede ser visitado para rememorar esta gesta española.

Anuncios

El Demonio de Galloway: el clan de caníbales que atemorizó Escocia y se comió a mil viajeros


ABC.es

  • Sawney Beane brotó en una cueva una familia de salvajes que, según la leyenda, se alimentaban de la carne de aquellos viajeros que pretendían embarcar hacía Irlanda
 Sawney Beane a la entrada de la cueva que servía de guarida. - Wikimedia

Sawney Beane a la entrada de la cueva que servía de guarida. – Wikimedia

 

El tipo de historia que protagonizó Sawney Beane y su clan, perturbadora y de una violencia extrema, merece cierta distancia: ¿es posible que todavía hubiera caníbales en Escocia en el siglo XIV (XVI, según algunas versiones)? Al escepticismo habitual con este tipo de historias, diseñadas para asustar a los niños y asombrar a los extranjeros, se suma en este caso el interés de la propaganda inglesa de presentar Escocia como una tierra de salvajes antes de su anexión a Inglaterra.

Sawney se negó desde joven a trabajar y dedicó su existencia a martirizar a sus vecinos con un comportamiento antisocial

«No vayas por Galloway», dice una canción popular, «pues has de saber que Sawney Beane te espera allí». «Sawney Beane, Sawney Beane, cuídate de Sawney Beane/ No dejes que derribe tu caballo Sawney Beane». Sawney Beane, el patriarca del clan, nació en el condado de East Lothian, a pocos kilómetros de Edimburgo, en el seno de una honrada familia de labradores. El año de su nacimiento depende de cuál sea la versión de la historia, una lo emplaza en 1390. mientras que otras lo hacen en 1500. Lo único claro es que Sawney se negó desde joven a trabajar y dedicó su existencia a martirizar a sus vecinos con un comportamiento antisocial.

Según las viejas crónicas, a los 20 años el joven decidió al fin abandonar el pueblo que tanto odiaba, y que tanto le detestaba a él. Tras ser rechazados y pateados por todas las localidades escocesas, Beane y el único amigo que había seguido sus pasos se refugiaron en una cueva de la costa ante las eventualidades del invierno.

La cueva del terror y la carne

Como relata W. J. Passingham en un artículo en «Blanco y negro» del 4 de marzo de 1934, la cueva resultó profunda, amplia y seca. O al menos lo suficiente como para pasar allí todo el invierno. El único incoveniente que presentaba la guarida es que faltaban alimentos cerca. Sawney Beane exploró la zona buscando comida o algún lugareño que pudiera venderles algo, pero tan solo halló muestras de vida en un camino que terminaba en un embarcadero empleado por los escoceses para viajar a Irlanda. Hambriento y desesperado, el joven asestó un golpe a un viajero que ese momento cruzaba el camino y se llevó su cadáver a la cueva. No le interesaba su dinero o sus posesiones, solo su carne.

Con el paso de los años, Beane se casó y fue padre de ocho hijos y seis hijas. Cuantas más bocas que alimentar más viajeros cabía matar. Durante 28 años, el clan creció al ritmo de asesinatos protagonizados por el clan de caníbales, que prefería atacar por la noche y escapaba una y otra vez de la justicia. En verdad, la cueva permanecía cerrada durante largos periodos a causa de las mareas y los caníbales acostumbran a dejar pocos rastros. Su carrera criminal permaneció intacta durante décadas. Si fuera cierto el mito, el clan sería el responsable de un millar de muertes.

La leyenda cuenta que las desapariciones terminaron por atraer las miradas de las autoridades de Glasgow. Sin pistas, la justicia inició una auténtica caza de brujas que dio con los huesos de decenas de inocentes en la horca. No en vano, estas ejecuciones sirvieron de poco a la hora de amedrentar a la familia Beane, que no se vieron realmente amenazados hasta que un conocido burgués de Glasgow desapareció cuando iba a tomar un barco hacia Irlanda. El mismísimo Rey, cuya identidad varía según los términos de la leyenda, desplegó una red de espías por toda la costa con el fin de encontrar al desaparecido. Así estrecharon la búsqueda al máximo y supieron que la criatura infernal que perseguían era el «Demonio de Galloway».

El Rey se pone al frente de la búsqueda

En la versión más popular del relato, el Rey que se puso al frente de las operaciones fue Jaime I. Tras décadas dando palos de ciegos, las tropas reales acotaron al fin la ubicación donde desaparecían los viajeros y el perfil de sus captores. La tenían gracias a que el miembro varón de una pareja emboscada por Beane había logrado escapar del ataque después de contemplar, ciego de rabia, como mataban a su esposa unos hombres bestias. Con la ayuda de unos sabuesos, la expedición real dio con el escondrijo de Beane y se internó directamente en las profundidades del mal. Los muros de la cueva estaban adornados con esqueletos y el lugar habitado por salvajes. Mientras los niños jugaban con muchos de estos restos óseos, los adultos estaban inmersos en una bacanal caníbal en el momento en el que entraron los soldados del Rey.

Los caníbales fueron trasladados a Edinburgo, donde ni siquiera fueron sometidos a juicio. Se les condenó al momento a ser ejecutados. Las mujeres ardieron con sus bebés en los brazos después de una larga tortura; en tanto, los hombres fueron desmembrados hasta su último aliento. En total, el clan fundado por Beane estaba formado por 48 personas, producto del incesto, cuando las autoridades hallaron la cueva.

La leyenda sobre el clan caníbal que habitó en tiempos de Jaime I, o de Jorge VI, según otras versiones, tiene gran penetración en la historia de Escocia. Puede que el relato fuera falso o incluso que fuera una recopilación de mitos de la Escocia más oscura. Lo que sí es evidente es que el canibalismo no era desconocido en la Escocia medieval, así como que Galloway fue un lugar especialmente salvaje hasta la Edad Moderna. Aprovechando esta fama de gente poco civilizada es probable que la propaganda pro-inglesa creara la leyenda de Sawney Beane con el fin de rebajar los tiempos anteriores al dominio inglés.

De hecho, el relato apareció por primera vez en los pliegos de cordel británicos (las revistas de rumores) precisamente durante las rebeliones jacobitas. Estas revueltas, que se extendieron entre 1688 y 1746, tuvieron como fin devolver el trono a la Casa de Estuardo, de origen escocés. Cabía vender las ventajas inglesas, en ese momento alineados en su mayoría con la Casa de Hannover, para desprestigiar a todo lo que procediera del norte.

Se cumplen 150 años de la teoría electromagnética que «cambió el mundo»


ABC.es

  • El propio Einstein reconoció que gracias al físico escocés James Clerk Maxwell había podido formular su teoría de la relatividad especial
EPFL Fotografía de la luz como partícula y onda a la vez obtenida por investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne

EPFL
Fotografía de la luz como partícula y onda a la vez obtenida por investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne

Era la víspera del día de Reyes de 1865, jueves para más señas. Esa semana el tiempo había sido desapacible y muy frío en toda Escocia, por lo que el físico James Clerk Maxwell, entonces de 33 años, apenas había podido salir de la casa de su finca escocesa de Glenlair. Llevaba allí junto a su esposa Katherine desde el principio de la Navidad, cuando habían dejado Londres para pasar las vacaciones. Katherine ya le había preparado el té, como hacía todas las tardes que pasaban juntos, y tras dejar la taza sobre la mesa ordenó los papeles de su esposo, sin apenas molestarle. Maxwell empezó a beber muy despacio, saboreando cada sorbo e intentando entrar en calor en esa fría tarde de enero, mientras se disponía a escribir una carta a su primo Charles Cay. Los dos habían estudiado física y matemáticas en la Universidad de Cambridge y habían sido wranglers en el Tripos Matemático, por lo que Maxwell aprovechaba las cartas que le remitía para comentarle algunas de sus últimas investigaciones científicas.

Maxwell comenzó su carta hablando del tiempo, una costumbre muy británica. Mencionó que no había podido salir a montar a caballo en toda la Navidad y que el trabajo en la finca seguía su rutina a pesar del frío. Pero el objetivo de su misiva era detallarle la forma en que había resuelto un problema de electricidad sobre el que llevaba trabajando varias semanas. Maxwell estaba trabajando en algo nuevo y no albergaba ninguna duda de su importancia. Pensó que era el momento de compartirlo con alguien, y quién mejor que su querido primo Charles. Siguió escribiendo…

«Tengo un artículo a flote, con una teoría electromagnética de la luz, que, salvo que me convenza de lo contrario, considero de gran valor». No estaba equivocado.

Año internacional de la luz

Este año 2015 estamos celebrando el Año internacional de la luz y de las tecnologías basadas en la luz, y uno de los hitos históricos de la ciencia de la luz que se conmemora es precisamente el 150 aniversario de la teoría electromagnética de la luz a la que se refería Maxwell en la carta que remitió a su primo. Esta teoría estaba incluida en el artículo «Una teoría dinámica del campo electromagnético» del que Maxwell previamente había enviado un breve resumen a la Royal Society el 27 de octubre de 1864.

Una primera versión del trabajo fue leída por Maxwell ante esta sociedad el 8 de diciembre de ese año, evidentemente ni con la extensión ni con el contenido que luego tendría el artículo definitivo. Una vez concluido el artículo, Maxwell lo remitió el 23 de marzo de 1865 a George Stokes, secretario de Ciencias Físicas de la Royal Society, y tras varias revisiones fue aceptado el 15 de junio de 1865 para su publicación en Philosophical Transactions of the Royal Society; el 16 de junio de 1865 se envió a la imprenta de Taylor and Francis. La suerte de Maxwell estaba echada, y también la de toda la Humanidad.

Unificar luz, electricidad y magnetismo

El artículo de Maxwell se ha convertido por méritos propios en uno de los más importante de la historia de la Física al contener las ecuaciones del campo electromagnético (conocidas desde 1940 como ecuaciones de Maxwell, término acuñado por Einstein) y la teoría electromagnética de la luz. En lo que desde luego fue una de las hazañas más grandes del pensamiento humano, Maxwell predijo la existencia de las ondas electromagnéticas propagándose a la velocidad de la luz y concluyó que la luz era una onda electromagnética.

Maxwell había desarrollado la teoría del campo electromagnético, una de las creaciones científicas más importantes que se hayan hecho jamás y fundamental hoy en día por su aplicación técnica, sobre todo al omnipresente mundo de las telecomunicaciones. Tras siglos intentando descifrar los misterios de la naturaleza de la luz, había sido él quien había conseguido unificar en el mismo marco teórico «luz, electricidad y magnetismo». Pero aún había conseguido llegar más lejos al predecir teóricamente la existencia de las ondas electromagnéticas y concluir que la propia luz es una de ellas.

En su artículo de 1865, Maxwell concluía: «Parece que tenemos razones de peso para concluir que la propia luz (incluyendo el calor radiante y otras radiaciones si las hay) es una perturbación electromagnética en forma de ondas que se propagan según las leyes del electromagnetismo».

Cuando usamos el móvil, escuchamos la radio, vemos la televisión, accionamos el mando a distancia, nos conectamos a una red Wifi o calentamos nuestros alimentos en el microondas estamos utilizando ondas electromagnéticas, cuyo espectro abarca radiaciones muy variadas: rayos gamma, rayos X, radiación ultravioleta, luz visible, radiación infrarroja, microondas y ondas de radio y televisión.

Las ondas electromagnéticas fueron producidas por Hertz en un laboratorio en 1888 -lo que confirmó la teoría de Maxwell- y en 1901 Marconi llevó a cabo una transmisión mediante ondas electromagnéticas a través del océano Atlántico, entre Inglaterra y Terranova. Maxwell no pudo ver ninguno de estos dos grandes éxitos de su teoría pues había fallecido de cáncer de estómago a los 48 años de edad el 5 de noviembre de 1879. Pocos meses antes, el 14 de marzo de 1879, nacía en Ulm, una ciudad alemana del estado de Baden-Wurtemberg, Albert Einstein, al que desde luego pasó Maxwell el testigo de la física teórica de camino hacia el siglo XX.

Uno de los tres «grandes» de la Física

Hoy es difícil poner en duda que James Clerk Maxwell es uno de los tres grandes de la historia de la física junto con Isaac Newton y Albert Einstein, quizás los únicos que estarían delante de él si se hiciera una ranking de excelencia científica. «Si he logrado ver más lejos es porque he subido a hombros de gigantes» escribió Newton en 1676.

Doscientos cincuenta años después, alguien dijo a Einstein que él había llegado tan lejos porque se había subido a hombros de Newton, pero Einstein le replicó tajante: «eso no es cierto, yo estoy subido a hombros de Maxwell». El propio Einstein reconoció que había llegado a la formulación de su teoría de la relatividad especial a partir del análisis de la teoría del campo electromagnético de Maxwell y en 1931 Einstein afirmó que «el trabajo de James Clerk Maxwell cambió el mundo para siempre».

El espeluznante «monstruo» que apareció tras vaciar el estanque del Retiro


ABC.es

  • El animal, de doce kilos de peso y más de un metro de longitud, fue hallado hace catorce años, cuando sacaron el agua

montaje--644x362

Alcanzada la efeméride del octogenario (e inventado) monstruo del Lago Ness, en Escocia, desde estas líneas se reclama el papel homólogo de las aguas de Madrid y sus inquilinos. Con el permiso de las evidentes consideraciones y reservas, lo cierto es que en el estanque del parque del Retiro, elevado como uno de los mayores atractivos de la capital, se encontró una «criatura» que, dado el contexto, bien podría considerarse la versión castiza de «Nessie».

En su caso, sin embargo, fue bautizada con un nombre más español: «Margarita». Se trató de una gigantesca carpa de doce kilos de peso y más de un metro de longitud que fue hallada en 2001, cuando se vació de agua el recinto. Lenta y torpe en sus movimientos, se abría camino bajo las populares barcas del estanque y entre los cerca de 8.000 peces que habitan en el lugar. La mayoría de estos son carpas, con un tamaño hasta cinco veces menor que la Reina del espacio, aunque también hay peces gato o percasoles. Además, viven otros seres como galápagos o cangrejos.

La «ballena» del Manzanares

En cualquier caso, «Margarita» no es el único monstruo del que puede presumir la capital. Por un lado, Leganés está hermanado con Escocia gracias a «Nensi, el monstruo de Leganés», una escultura que descansa en la fuente de una rotonda de entrada al municipio del sur de Madrid. Como él, la ballena del Manzanares. Aunque Francisco de Quevedo escribió en su día que éste no era sino «un arroyo aprendiz de río», lo cierto es que sobre sus aguas, en las que se quiso construir un puerto marítimo, se creyó que habitaba un cetáceo, pues flotó una barrica de vino que un bodeguero lanzó a la voz de «¡Va llena!».

Los mitos de Escocia y Cataluña: la obsesión por inventarse un pasado


ABC.es

  • Los nacionalistas han usurpado tradiciones y distorsionado el relato histórico para adaptarlo a sus reclamaciones actuales. La gaita, un instrumento antiguamente asociado como signo de barbarie, es ahora el símbolo más típico de Escocia
Los mitos de Escocia y Cataluña: la obsesión por inventarse un pasado

Wikipedia | Ilustración que muestra a Rafael Casanova al pie de las murallas en la defensa de Barcelona de 1714

La obra «La invención de la tradición» de Eric Hobsbawn y Terence Ranger generó una gran controversia política a finales del siglo XX por tratar de diseccionar el nacionalismo escocés. El proceso expuesto por estos autores ingleses guarda similitud con lo ocurrido en Cataluña, e incluso en el País Vasco, donde una serie de escritores, pocas veces historiadores, crearon en los siglos XVIII y XIX un pasado romántico para situarse como víctimas de la opresión castellana.

No en vano, la historia inventada de Escocia es la misma que en la actualidad usan los líderes nacionalistas para reivindicar mayor autonomía. El epicentro del relato está en el pasado celta de Escocia y su distinta relación con el Imperio Romano. Según argumenta el libro «La invención de la tradición», el origen del proceso inventivo coincidió, como en Cataluña, con el auge en Europa del Romanticismo, que vanagloriaba la figura del noble salvaje que, al igual que los piratas, los guerreros celtas o los sitiados de Barcelona en 1714, lucha por defender sus ideas y su patria hasta la muerte. Un relato eminentemente literario que el nacionalismo ha usado con fines políticos.

«Cuando los escoceses se juntan para celebrar su identidad nacional, la afirman abiertamente a través de un “kilt”, tejido en un tartán con los colores de su clan, y de una gaita. Este instrumento, al cual atribuyen gran antigüedad, es de hecho básicamente moderno. Su uso se desarrolló mucho después de la Unión con Inglaterra como símbolo de protesta», explica Hugh Trevor-Roper en el citado libro sobre la importancia que cobró el pasado celta de Escocia. Así, lo que era un instrumento rudimentario asociada como signo de barbarie por la mayoría de los escoceses y reservado a los «highlanders» (nobles escoceses de tradición celta) ha terminado por convertirse en el símbolo nacional por excelencia.

Pero el uso del «kilt», cuya forma actual también es de reciente creación, y de la gaita son la punta del iceberg en un proceso que ha colocado a los «highlanders», para nada representativos ni protagonistas de la historia de Escocia, como los supuestos padres de la nación escocesa. De hecho, los «highlanders» del norte de Escocia estaban considerados por la mayoría de la población como un apéndice de las tradiciones celtas de los irlandeses y su literatura era una copia de la Irlanda gaélica. Sin embargo, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX apareció una corriente pseudo histórica, repleta de personajes entre el folclore y el fraude, que se apropió de la cultura irlandesa y reescribió la historia de Escocia otorgando a los «highlanders» un papel clave. De la noche a la mañana, el incipiente nacionalismo proclamó que la Escocia celta era la «nación madre» e Irlanda su dependencia cultural.

Para sostener el relato: el mito de 1714

El caso del nacionalismo catalán tiene muchas similitudes con Escocia, pero fue desarrollado de forma más tardía. Muchos años después de la Guerra de Sucesión, el periodista Salvador Sanpere i Miquel escribió a finales del siglo XIX, coincidiendo con el desastre del 98, el libro «Fin de la nación catalana» que sentó las bases para crear el mito moderno sobre el asedio de Barcelona de 1714. No en vano, Salvador Sanpere i Miquel bebía en su texto de la literatura romántica que los exiliados de 1714 habían dejado escrita y presentaba a Cataluña como una nación agredida en la Guerra de Sucesión.

En palabras del hispanista Henry Kamen dentro de su libro «España y Cataluña: historia de una pasión», «sin ningún criterio, los catalanes se presentaron como defensores unívocos de la libertad contra las fuerzas militares foráneas». Eso a pesar de que una parte sustancial de la población en Cataluña, cerca de la mitad, apoyaba a Felipe V y que, además, los rebeldes fueran firmes partidarios de la unidad de España, que ellos entendían que representaba el reconocimiento de otro rey –el que hubiera sido Carlos III– y de unas comunidades autónomas que preservaran sus constituciones históricas.

A día de hoy, ese mito creado por un grupo de pseudo historiadores a finales del siglo XIX ha sido llevado a los términos que el nacionalismo moderno necesita para justificar su desafío soberanista. Esquerra Republicana distorsiona el pasado de Cataluña, afirma Kamen, como si el objetivo de 1714 hubiera sido la formación de una república; y CiU, por su parte, defiende que se trataba de un proyecto de república separatista. Un proceso que se basa en la idea romántica de que los habitantes de Cataluña eran los defensores de unas libertades que supuestamente Castilla aplastó en esa fecha.

El secreto de Hitler era el odio


El Pais

  • Laurence Rees analiza en su nuevo libro el “oscuro carisma” del líder nazi

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta.

Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes. A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi, el autor de Auschwitz, El holocausto asiático, Una guerra de exterminio y A puerta cerrada, ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler “su ilimitada capacidad de odio”. Y advierte: “El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva”.

Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales”. Pero tenía carisma. “Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables”, reflexiona. Rees “Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro”. Vaya, como el amor. “Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él”.

Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. “Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933”. Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán. “Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales”.

Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. “Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.

¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? “Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables. Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS”.

Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? “Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático”.

Hitler cultivaba su carisma. “Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.

Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. “Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio”.

Rees es un hombre afable, acostumbrado a tratar con la gente. Ríe y bromea a menudo pero debajo de esa capa alegre y aparentemente desenfadada se percibe la profundidad de un hombre que lleva años, toda su carrera, enfrentándose a lo peor del ser humano. Para sus libros y famosos documentales de la BBC ha entrevistado a innumerables personas que vivieron la II Guerra Mundial, soldados y civiles, víctimas y verdugos. Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: “Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo’”.

Desentierran por casualidad la vivienda más antigua de Escocia


ABC.es

  • Excavaciones preliminares para la construcción de un nuevo puente cerca de Edimburgo dieron con los restos de una casa del mesolítico

Transport Scotland/Headland Archaeology
Recreación de cómo sería la vivienda en el mesolítico

Una construcción del mesolítico, considerada una de las viviendas más antiguas de Escocia, ha sido descubierta durante las excavaciones preliminares de unas obras públicas, según informó hoy Historic Scotland, la agencia de protección del patrimonio escocés.

Lo que se conserva de esa vivienda es un hoyo de siete metros de largo en cuyo perímetro se observan agujeros que habrían sostenido postes para aguantar el techo, así como restos de hogares y de herramientas y flechas de sílex, explicó el organismo.

Los arqueólogos descubrieron la vivienda, que han datado de hace 10.252 años, cuando llevaban a cabo excavaciones preparatorias para la construcción de un nuevo puente cerca de Echline, a las afueras de Edimburgo.

El arqueólogo Rod McCullagh, de Historic Scotland, señaló que este hallazgo contribuye de forma importante al estudio de los primeros pobladores de Escocia tras la última glaciación.

«Los datos de los análisis de radiocarbono indican que se trataría de la vivienda más antigua de este tipo hallada en Escocia, lo que hace más significativo el descubrimiento», apuntó el experto.

También se descubrieron en el mismo lugar grandes cantidades de cáscaras de avellana tostadas, lo que sugiere que eran parte importante de la dieta de los ocupantes de la vivienda.

s arqueólogos creen que la construcción era seguramente ocupada solo en la temporada de invierno, y no todo el año, algo común entre esos pobladores nómadas.

Un fósil hallado en Namibia retrasa la fecha del inicio de la vida animal


La Vanguardia

Unos científicos descubren esponjas de 760 millones de años y creen que son los primeros seres vivos de la tierra

Un equipo de investigadores ha descubierto en Namibia fósiles de una esponja que consideran la primera evidencia de vida animal en la tierra, desplazando en decenas de millones de años la fecha estimada de inicio de esta forma de vida.

Los fósiles fueron encontrados, básicamente, en el Parque Nacional de Etosha en el corazón de rocas que, las más antiguas, datan de 760 millones de años, según un equipo internacional de diez investigadores que publican sus resultados en el South African Journal of Science.

Hasta ahora, la comunidad científica creía que la vida animal apareció en la Tierra entre 600 y 650 millones de años antes de nuestra era. Este descubrimiento por lo tanto, retrasa entre 100 a 150 millones de años esta fecha.

Esto indica que estos seres esféricos diminutos son nuestros antepasados más lejanos, asegura Prave Tony, uno de los co-autores del estudio, de la Universidad de St Andrews (Escocia).