La brava respuesta que Blas de Lezo dio a los ingleses tras bombardear Portobelo: «Me hubiera sobrado para contener su cobardía»


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  • El almirante británico Edward Vernon bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco

Entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741, hace 276 años, tuvo lugar el intento británico por conquistar Cartagena de Indias que encumbró al almirante Blas de Lezo como una suerte de Leónidas moderno. Un relato que ha terminado por mitificarse en los últimos años debido a la discrepancia de cifras sobre la enorme superioridad numérica y material de la flota británica encabezada por Edward Vernon y el afán por reivindicar hoy un episodio olvidado por los españoles y ocultado por los ingleses. De tal modo que a Blas de Lezo, cojo, tuerto y manco, se le pinta como un bravucón de frases lapidarias: «Todo buen español debería mear siempre en dirección a Inglaterra». Una cita probablemente falsa, e imposible, que no recoge la auténtica personalidad del marinero vasco: contundente, directo, valiente, pero siempre elegante.

El origen de una enemistad

Los verdaderos rasgos de su personalidad se pueden hallar en la correspondencia que EdwardVernon, rutilante hasta el extremo de proclamar la victoria sobre los españoles antes de que ocurriera, mantuvo con Blas de Lezo en los albores de su histórica rivalidad. El almirante británico bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco. Una carta donde ya está presente la arrogancia que tan cara costaría a Vernon:

«Portobelo 27 de noviembre de 1739.

Señor:

Esta se entrega a V. E. por Don Francisco de Abarca y en alguna manera V. E. puede extrañar que su fecha es de Portovelo. En justicia al portador, es preciso asegurar a V. E. que la defensa que se hizo aquí era por el Comandante y por los de debajo de su mando, no pareciendo en los demás ánimo para hacer cualquiera defensa.

Espero que de la manera que he tratado a todos, V. E. quedará convencido de que la generosidad a los enemigos es una virtud nativa de un Ingles, la cual parece más evidente en esta ocasión, por haberlo practicado con los españoles, con quienes la nación inglesa tiene una inclinación natural, vivir bien que discurro es el interés mutuo de ambas Naciones.

Habiendo yo mostrado en esta ocasión tantos favores, y urbanidades, además de lo capitulado, tengo entera confianza del amable carácter de V. E. (aunque depende de otro) los Factores de la Compañía de la Mar del Sur en Cartagena, estarán remitidos inmediatamente a la Jamaica, a lo cual V. E. bien sabe tienen derecho indubitable por tratados, aún seis meses después de la declaración de la guerra.

El Capitán Pelanco debe dar gracias a Dios de haber caído por Capitulación en nuestras manos, porque sino, su trato vil, y indigno, de los ingleses, había tenido de otro un castigo correspondiente».

Vernon arrasó Portobelo aquel año y encontró unas defensas tan débiles como para jactarse de lo precaria que era la posición española en el Caribe, lo cual se demostró erróneo pocos años después en la defensa planteada por Blas de Lezo en Cartagena de Indias. En la contestación dada por Lezo a la carta del británico se mezcla la cortesía obligada de todo miembro de la Marina española y la tan característica bravuconería de la milicia hispánica:

«Cartagena 27 Diciembre de 1739.

Exmo. Sor. —Muy Sr mío: He recibido la de V. E. de 27 de Noviembre que me entregó Don Francisco de Abarca y antecedentemente la que condujo la Valandra que trajo a Don Juan de Armendáriz. Y en inteligencia del contenido de ambas diré, que bien instruido V. E. por los factores de Portovelo (como no lo ignoro) del estado en que se hallaba aquella Plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su esquadra, aprovechándose de la oportuna ocasión de su imposibilidad (de defenderse), para conseguir sus fines, los que si hubiera podido penetrar, y creer que las represalias y hostilidades que V. E. intentaba practicar en esos mares, en satisfacción de las que dicen habían ejecutado los españoles, hubieran llegado hasta insultar las plazas del Rey mi Amo, puedo asegurar a V. E. me hubiera hallado en Portovelo para impedírselo, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, aún para buscarle en otra cualquiera parte, persuadiendome que el ánimo que le faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.

La manera con que dice V. E. ha tratado a sus Enemigos, es muy propia de la generosidad de V. E. pero rara vez experimentada en lo general de la nación, y sin duda la que V. E. ahora ha practicado, sería imitando la que yo he ejecutado con los vasallos de S. M. B. en el tiempo que me hallo en estas costas (y antes de ahora,) y porque V. E. es sabido de ellas, no las refiero, porque en todos tiempos es sabido practicar las mismas generosidades, y humanidades con todos los desvalidos; y si V. E. lo dudare podrá preguntárselo al gobernador de esa isla quien enterará a V. E. (le todo lo que llevo expresado, y conocerá V. E. que lo que yo he ejecutado en beneficio de la nación inglesa excede a lo que V. E. por precisión y en virtud de Capitulaciones debía observar.

En quanto el encargo que me hace V. E. de que sus paisanos, hallarán en mi la misma correspondencia que los míos han experimentado en esta ocasión y que solicité que los factores del sur sean remitidos a Jamaica, inmediatamente diré, que no dependiendo esta providencia de mi arbitrio, no obstante, practiqué las diligencias convenientes con el gobernador de esta plaza, a fin de que se restituyan a esa isla; pero parece que sin orden del rey no puede practicar esta disposición, respecto de que son Ministros de ambos so veranos, en la comisson que manexan; Y en correspondencia Yo quedo para servir a V. E. con las más segura voluntad, y deseo le guarde Dios muchos años.

A bordo del Conquistador en la Bahía de Cartagena de Yndias. 24 (de Diciembre de 1739. BLM de V. E. su más atento servidor

— Don Blas de Lezo»

Dado que dos años después Blas de Lezo y las epidemias dejaron la flota británica para el arrastre en Cartagena de Indias cabe intuir lo engreída que era la personalidad de Vernon. Por la información que el almirante británico envió a Londres, la Corona decidió preparar medallas conmemorativas de lo que los británicos consideraron precipitadamente una victoria, a pesar de que las operaciones militares seguían en curso. Estas medallas fueron disimuladamente retiradas tras conocerse la dimensión de la catástrofe británica, al igual que se ocultó este episodio siguiendo el habitual procedimiento británico de borrar los tropiezos y novelar los éxitos.

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Así defendieron 50 españoles el último castillo de Felipe V en Escocia frente a cientos de ingleses


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  • El 10 de mayo de 1719, un pequeño contingente de combatientes hispanos se negó a rendir el castillo de Eilean Donan. Fueron derrotados, pero mantuvieron su honra intacta
  • La contienda estaba enmarcada una «misión secreta» mediante la que los españoles buscaban acabar con los monarcas ingleses con ayuda de los jacobinos

Una batalla breve, pero no por ello menos épica. El enfrentamiento que los españoles mantuvieron en el castillo de Eilean Donan (al norte de Escocia) en 1719 bien podría recordar a las sangrientas contiendas que -siglos antes- protagonizó William Wallace. Sin embargo, y para desgracia del monarca Felipe V (en la poltrona por entonces en estos lares), aunque medio centenar de nuestros combatientes intentaron mantener a raya a una flota inglesa en aquel perdido paraje, poco pudieron hacer para enviar a aquellos infames británicos de vuelta a su «London» natal.

¿Qué diantres hacían unos pocos españoles en los confines de Escocia? ¿Qué les llevó hasta aquella región olvidada? Simplemente, el ansia de conquistas de Felipe V y de su consejero más avispado (Alberoni). Ambos enviaron a un pequeño contingente hacia aquellas «highlands» con un objetivo en mente: avivar sus ya latentes ánimos de sublevación contra la monarquía «british». De esta guisa (y con su apoyo) podrían dar una patada en el trasero a Jorge II.

Un plan de invasión más que sutil que, tras la pérdida de Eilean Donan (y varias derrotas posteriores) terminó en el fondo de las aguas como ya había sucedido con la «Grande y Felicísima Armada».

El origen

Hallar el origen de la defensa del último castillo escocés bajo bandera española obliga a volver la mirada hacia años en los que los ciudadanos de nuestro país andaban a sablazos entre ellos. A una época en la que -después de que Carlos II abandonara este mundo sin haber engendrado hijos- se inició una auténtica guerra entre los partidarios del heredero que había dejado Su Majestad (Felipe V, nieto del galo Luis XIV) y todos aquellos que estaban en su contra. ¿La razón? Que a muchos no les gustaba ni un pelo del pelucón la idea de que, en un futuro, la «France» y España acabasen unidas y, por tanto, se crease un «macro imperio» europeo.

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Con más miedo que vergüenza ante esta posibilidad, los Ingleses (siempre ávidos de molestar a España, todo sea dicho), holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo).

De esta guisa comenzó la Guerra de Sucesión, contienda que terminó en 1713 con la firma del Tratado de Utrecht. Un documento en el que las potencias internacionales aceptaron la victoria de Felipe V a cambio de unas condiciones bastante deplorables para España. Entre ellas, la cesión de regiones tradicionalmente nuestras como Flandes, Milán, Nápoles, Cerdeña o Sicilia (por no hablar de Menorca y Gibraltar).

Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña. Expediciones militares españolas» (Edaf). El nuevo rey pasó por el aro… Al menos en ese momento. Y es que, después de que España recuperara su poderío económico, el de la corona cambió de tercio y decidió que era el momento de recuperar esas tierras. Una idea que le metió en la mollera uno de sus principales consejeros: Giulio Alberoni.

En guerra de nuevo

Las pretensiones de Felipe V de pasarse por su regio cetro el Tratado de Utrecht (o reinterpretarlo, como él mismo y Alberoni decían), unidas a otros cabreos internacionales motivados por unos y otros, llevaron a varias potencias a unirse para combatir contra España y contra sus intereses territoriales. El tratado entre ellas (Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico) se firmó entre 1717 y 1718; y el bando resultante ha pasado a la historia como la «Cuádruple alianza».

Con aquellos enemigos, parecía que el rey (y Alberoni, de paso) se iban a tener que tragar su orgullo y su ansia por recuperar las antiguas regiones hispanas. Pero nada de nada. De hecho, aquel desafío (y el contar con un estado saneado económicamente) les enardeció.

Los vientos de guerra que se cernían sobre las tierras españoles arribaron finalmente el 26 de diciembre y el 6 de enero. Dos jornadas en las que -tal y como explica el historiador decimonónico Cesáreo Fernández Duro en «Historia de la Armada Española»- fueron enviadas a nuestro país las declaraciones de guerra de Gran Bretaña y Francia. ¿Qué diantres podía hacer? Alberoni lo tenía claro: buscó la ayuda de Carlos XII de Suecia Pedro I de Rusia. A estos, les propuso colocar en el trono «british» al renegado Jacobo Stuart (líder del movimiento Jacobita y contrario, por tanto, a Jorge II).

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo, Stuart, incluso con posterioridad a 1707, cuando ambos títulos se unieron de facto en el trono del Reino Unido. […] El movimiento tomó su nombre del rey católico Jacobo II, destronado en 1688 y reemplazado por su yerno, el protestante William de Orange», explica el coronel del Ejército de Tierra en la reserva José Antonio Crespo-Francés en su dossier «El último intento de invasión española de las Islas Británicas».

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo»

Ese era el objetivo español (aliarse con las potencias internacionales en favor de Jacobo). Al menos, de forma oficial. Y es que, como explica Duro en su obra, lo que realmente buscaban Felipe V y Alberoni era distraer a los inglesuzos con aquella revuelta jacobita mientras España se arrojaba sobre Italia, su verdadero objetivo.¿En qué consistiría esa «distracción»? Nada más y nada menos…. ¡que en atacar Inglaterra! Tenía parte de lógica, pues una invasión sorpresa de la «Pérfida Albión» obligaría a los ingleses a abandonar (al menos por el momento) sus intereses en la Europa contiental. Y si de paso, lograban vengar el desastre de la «Grande y Felicísima Armada», pues mejor que mejor.

«Esos deseos llevarían a España a participar en un pintoresco plan para intentar invadir otra vez Inglaterra. […] Una arriesgada idea de Alberoni que, a su juicio, bien podía intentarse con alguna probabilidad de éxito. Se contaba con medios económicos para realizarla tras las buenas remesas llegadas de América», añaden los autores españoles en su obra «En tierra extraña». Empezaba la partida de ajedrez, y el tablero era Europa.

Comienza el plan

La invasión «trampa» constaba de dos partes:

1-Una primera fuerza (la más numerosa) se dirigiría hacia el sudoeste de Inglaterra. Desde allí, avanzaría hacia Londres. Este contingente estaba formado (según las cifras ofrecidas por Duro en su obra) por los siguientes hombres:

-4 barcos de guerra.

-25 barcos de transporte.

-Más de 5.000 soldados.

-500 monturas.

-30.000 fusiles.

-Multitud de pertrechos en forma de «pólvora, municiones, mantenimiento» y «algunos señores de calidad escoceses e irlandeses».

2-Un segundo contingente dirigiría sus pasos hacia Escocia, donde trataría de ganarse el apoyo de los clanes de la zona. Una vez iniciada la sublevación, los recién llegados armarían a los sediciosos y atacarían.

Los números concretos de aquellos que partieron en esta fuerza son discutidos a día de hoy por los historiadores, así como sus unidades de procedencia. Una de las últimas versiones, no obstante, es la ofrecida por Canales y del Rey en su texto:

-2 fragatas.

-1 batallón de españoles de apoyo.

-2.000 fusiles y 5.000 pistolas para armar a aquellos escoceses que decidieran enfrentarse al gobierno inglés.

Desastre

El plan, que no era precisamente sencillo de llevar a cabo, se complicó todavía más cuando murió de improviso Carlos XII de Suecia (el que iba a poner sobre la mesa… a miles de soldados para molestar a los inglesuzos). Pintaban bastos, pero el resentimiento de Alberoni le hizo continuar con la misión. Nada detendría a aquellos buques que -entre otras cosas- buscaban vengar a la «Grande y Felicísima Armada». Así pues, el 7 de marzo la flota principal partió de Cádiz con la firme intención de hacer que, tarde o temprano, a los «british» se les atragantase el té de las cinco. Duro recuerda en su obra que el grupo se detuvo en «La Coruña, Santander y Pasajes» para recoger a la totalidad de fuerzas que combatirían en Inglaterra.

Pero amigo, como pasara con los buques de Felipe II (un factor que no fue el único para mandar a la «Grande y Felicísima Armada» al infierno, todo sea dicho), los elementos vinieron a dar al traste con las ansias expansionistas hispanas.

El 29 de marzo, para más señas, fue cuando se sucedió el desastre. «Una borrasca irresistible interrumpió la navegación sobre el cabo Finisterre, constriñendo a las naves dispersas a correr hacia el sur en malísima disposición», completa Duro. El desastre fue total y los bajeles se dispersaron. En palabras del experto, las que tuvieron menos suerte zozobraron, y el resto lograron finalmente arribar hasta varios puertos de Vigo o Lisboa. La misión de la fuerza principal, por tanto, quedó anulada. ¿Qué sucedería con la que buscaba amarrar en Escocia?

La llegada a Eilean Donan

La fuerza secundaria partió de Pasajes (Guipúzcoa) el 9 de marzo de ese mismo año. Su objetivo: arribar hasta Escocia sana y salva y lograr que sus habitantes se alzaran contra Inglaterra. La suerte de estos dos buques (y de sus ocupantes) fue mucho mayor, pues lograron llegar en un breve periodo de tiempo hasta la isla de Lewis (ubicada la norte de la región).

Allí desembarcaron unos 307 españoles dispuestos a dar, cuanta más guerra, mejor. La suerte les favoreció todavía más si cabe, pues por aquellos verdes parajes lograron el apoyo del clan de los Mackenzies. Desde allí, empezaron a barruntar cuál sería la mejor forma de acceder a otros líderes locales para lograr su apoyo. Una revuelta al más puro estilo William Wallace.

En imágenes: Así es el castillo que defendieron hasta la muerte unos pocos soldados españoles en Escocia

El 13 de abril, tras movimientos por aquí y por allá, los españoles se asentaron en la fortaleza más destacada de los MacKenzie: el castillo de Eilean Donan. Una mole de piedra edificada en un islote del río Loch Duich y que, a día de hoy, ha sido utilizado como escenario de películas tan famosas como «Los inmortales». En esta base de operaciones fue en la que guardaron las 7.000 armas y la pólvora que habían traído desde la Península y que, si todo se sucedía según lo planeado, servirían para armar a los sublevados. «El primer plan previsto, en espera de noticias de la flota principal, era una ofensiva sobre Inverness para animar a los clanes a unirse a su causa», explican del Rey y Canales en su obra.

En los días siguientes, y en espera de que alguien les informara de dónde diantres se hallaba el grueso de la fuerza española, se demostró la desconfianza de los diferentes clanes escoceses. Y es que, la mayoría prefirieron mantener las armas en la funda hasta no ver si las posibilidades de victoria eran reales. Sublevarse «for nothing», que no sirve de nada (debieron pensar). «Cuando estaba todo listo, los expedicionarios supieron del desastre de la flota principal. Se habían quedado solos y abandonados a su suerte. Las dos naves españolas regresaron, y se decidió abandonar el avance sobre Inverness», añaden los autores.

El futuro pintaba negro para los nuestros, así que los hispanos se limitaron a dejar un retén de entre 40 y 50 hombres en Eilean Donan mientras el resto se dispersaban por las aldeas incitando a las tortas. Los números de los defensores son inciertos. Del Rey y Canales hablan de entre 45 y 46, mientras que León Arsenal y Fernando Prado señalan en su obra «Rincones de historia española. Episodios históricos, fabulosos y desconocidos a través de los siglos» que fueron «48 infantes de marina». Por su parte, los informes ingleses hacen referencia también a 48 defensores. Ese grupo de medio centenar de españoles había sido condenado, sin saberlo, a una muerte épica.

Una corta, pero brutal defensa

Por si fuera poco ver su revuelta rechazada, los problemas para los españoles se agravaron todavía más a principios de mayo de 1719. Fue entonces cuando los ingleses empezaron a mover sus fichas y enviaron cinco fragatas hacia el oeste de Escocia con el objetivo de dar al traste con los planes de Felipe V en sus tierras.

Los cinco bajeles eran los siguientes (según el informe que el capitán Charles Boyle -al mando de la escuadra- envió posteriormente)

1-HMS (His/Her Majesty’s Ship) Assistance (de 50 cañones).

2-HMS Darthmouth (de 50 cañones).

3-HMS Worcester (de 50 cañones).

4-HMS Flamborough (de 24 cañones).

5-HMS Enterprize (de 40 cañones).

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición»

Nada que ver con los buques de línea que se enviarían posteriormente en Trafalgar, pero sin duda una fuerza considerable dado que los españoles adolecían de hombres y artillería con la que defenderse.Dos de estas fragatas (la Assistance y la Darthmouth) navegaron por el norte y, al no percatarse de la presencia de enemigos, anclaron en el río Loch Kishorn (a unos 40 kilómetros de Eilean Donan). Sin embargo, el resto de la flota -al mando del capitán Charles Boyle– no tardó en llegar hasta las inmediaciones del fuerte de los Mackenzie y ver que, en su pabellón, ondeaba la bandera de los nuestros. Era la hora de los cañonazos, así que el Worcester, el Flamborough y el Enterprize prepararon su artillería.

El 10 de mayo de 1719 comenzó el enfrentamiento. Así lo afirma el propio Boyle en su informe oficial, donde explica que -antes de empezar a cañonear a los españoles- envió a un hombre para que parlamentara con ellos y lograra que rindiesen el castillo por las buenas. La cortesía «british».

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición», explica el capitán. Poco después, el militar desembarcó para, atendiendo a las órdenes de su jefazo, llamar a los defensores al raciocinio. La respuesta, sin embargo, fue muy castiza: los nuestros recibieron a tiros al enviado, que se había aproximado a la costa desde el Worcester. No podían defenderse, peor tampoco estaban dispuestos a marcharse de allí por las buenas avergonzando a España.

El informe de Boyle poco dice de las horas que continuaron. Su siguiente anotación se va a las cuatro de la tarde cuando, según afirma, un desertor les informó de que los españoles estaban reuniendo un ejército que ya contaba con 4.700 hombres ubicados en un campamento cercano.

A las ocho de la tarde, el inglés ordenó que sus fragatas iniciaran el cañoneo sobre los españoles. Poco podían hacer estos para defenderse, como bien explican del Rey y Canales: «Era previsible que, sin artillería con la que poder responder al fuego enemigo, lo único que los defensores pudieron hacer fue ponerse a cubierto del demoledor fuego de las fragatas británicas». Los disparos no cesaron durante una hora. Con todo, los Mackenzie podían sentirse orgullosos de su fortaleza, pues -a pesar de llevar en pie siglos y siglos- resistió considerablemente bien los zurriagazos «british».

Una vez que los ingleses consideraron que los españoles estaban lo suficientemente mermados, enviaron a sus hombres para darles la puntilla. Tal y como afirma Boyle en su informe, el encargado de pisar tierra y acabar con los defensores fue el capitán Herdman. Este, empezó a repartir disparos con sus hombres y, antes de declararse vencedor, tuvo que recibir también alguno que otro de los escasos soldados que todavía defendían el viejo castillo escocés.

Contando los muertos

Existen varias versiones que hacen referencia a los españoles que murieron aquel día. Del Rey y Canales afirman en su obra que «en total quedaban “un capitán, un teniente, un sargento y 39 soldados españoles, un mercenario irlandés, un rebelde escocés, 343 barriles de pólvora y 52 barriles con munición”». Estas cantidades de material (que pueden leerse también en el informe de Boyle) demuestran que Eilean Donan estaba siendo utilizado como polvorín por las tropas llegadas desde la Península Ibérica.

Por su parte, los autores de «Rincones de la historia española» afirman en su obra que, de los 48 hombres de la guarnición, fallecieron 43 (entre ellos el capitán y el teniente). «Así como un escocés y un mercenario irlandés». En palabras de estos autores, los «british» capturaron a los único cinco que no murieron. Estos habrían sido enviados a Edimburgo, donde fueron «bien tratados». En todo caso, este fue el primer revés de una expedición que no tardaría mucho en terminar con una victoria decisiva de inglesa majestad.

Eilean Donan tampoco tuvo un destino demasiado halagüeño. Después de dejarlo como un colador, los ingleses utilizaron 27 barriles de pólvora de los arrebatados a los españoles para volarlo por los aires. Y así permaneció (en ruinas) hasta que volvió a ser recuperado en 1919. A día de hoy, puede ser visitado para rememorar esta gesta española.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI


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  • Cuando los británicos llegaron a Roanoke (una de sus colonias en el Nuevo Mundo) se percataron de que todos sus habitantes se habían esfumado. Solo hallaron una palabra tallada en un árbol: «Croatoan»

 

Wikimedia Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

Wikimedia | Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

 

Si algo ha demostrado la Historia es que, independientemente de los años que se vayan acumulando en el calendario, existen misterios cuya solución quedará oculta en los albores del tiempo. Así ha quedado claro gracias a sucesos inexplicables como la muerte de Amelia Earhart durante el S.XX o, viajando algunos siglos en el tiempo, lo que acaeció con más de un centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de la colonia inglesa de Roanoke (en el Nuevo Mundo). El devenir de aquella comunidad es, a día de hoy, un enigma sin resolver que desconcierta al mundo. Y es que, cuando los británicos llegaron a lo que había sido un próspero fuerte habitado por sus paisanos en el Norte de América (y que había pasado tres años incomunicado debido a la guerra contra España) hallaron una ciudad totalmente desierta y tan solo una palabra escrita en un árbol: «Croatoan».

A pesar de que este misterio lleva décadas desconcertando a la humanidad, este agosto ha vuelto a salir a luz después de que un equipo de arqueólogos haya dado a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin (y más de 400 años después) qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.

Una carrera por el Nuevo Mundo

Para hallar el origen de esta colonia perdida es necesario viajar en el tiempo hasta el S.XVI. Los de entonces eran momentos de conquista de territorios inexplorados, años en los que cualquier pordiosero de malvivir se ataba un cuchillo al cinto y, a cambio de unas monedas, se subía a un cascarón de madera para partir hacia el Nuevo Mundo en busca de riquezas. Poco importaban a los desgraciados que sentaban sus posaderas en aquellos buques sobrevivir al peligroso viaje (plagado de enfermedades, temporales y piratas) que se les avecinaba a través del Atlántico, pues la promesa de expoliar hasta la última onza de oro y plata de los nativos y vivir como unos señores por aquellos lares les era suficiente.

abc Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

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Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

Cuando el calendario marcaba aquellos días, en Europa era bien conocido por todos que el máximo exponente de conquista y expansión en territorio americano era la vieja España. Al fin y al cabo, por algo se había dejado los cuartos financiando a Cristóbal Colón y, posteriormente, había fomentado los viajes de ilustres exploradores (o asesinos, según a quien se le pregunte) como Francisco Pizarro o Hernán Cortés. Poco podían hacer otras naciones para tratar de equipararse al poderío de Felipe II. Ni siquiera la todopoderosa Isabel I (soberana de Inglaterra e Irlanda) tenía capacidad de igualar a la Flota de Indias de la Armada hispana, los gigantescos convoys que partían periódicamente desde la Península hacia el Nuevo Mundo para volver cargados de riquezas.

La situación era inigualable para los de Felipe II. Al menos en un principio, pues debió ser que, hasta sus reales narices de que España se enriqueciera sin dejar ver ni una moneda a sus islas, Isabel I se empeñó en poner zancadillas a nuestro país patrocinando a algunos piratas (o corsarios, como los llamaba finamente su majestad, a pesar de que la práctica era la misma) tan conocidos como Francis Drake. A su vez, a la reinona no se le ocurrió otra cosa que fomentar la llegada de sus súbditos al Nuevo Mundo ofreciéndoles a cambio llenar sus bolsillos. Y es que, por entonces se hacía válido aquello de «el primero que llega elige» (o, en este caso, se queda con la tierra) y, cuanta más tierra pudiera arrebatarle a aquellos malditos hispanos, mejor para ella.

«La ambición de los ingleses era ensombrecida por las hazañas españolas en América […] y las fundaciones subsecuentes de colonias a lo largo del continente americano. Pero, a pesar de lo poco que Inglaterra logró durante la primera mitad del S.XVI, los descubrimientos y conquistas españolas estimularon el expansionismo inglés en la segunda mitad del siglo, cuando la actividad inglesa en América gradualmente se desplazó a un nuevo plano y conduciría a que Inglaterra intentara implantar sus propias colonias», explica Pedro Chalmeta Gendrón, catedrático de Estudios árabes e islámicos por la Universidad Complutense de Madrid, en su dossier «Los proyectos coloniales ingleses del S.XVI y el ejemplo español» (ubicado en la obra «Cultura y culturas en la historia»).

Virginia, el futuro Roanoke

Con la reina bendiciendo con dinero y tierras a todos aquellos con arrestos suficientes para hacer un viaje de semanas a través del temible Atlántico, muchos ingleses le echaron lo que había que echarle y organizaron varias expediciones hacia el Nuevo Mundo con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Humphrey Gilbert, un militar cuarentón que -en 1583- soñaba con llegar a ser todo un rey de la futura América. Su idea, más que ambiciosa, era que tanto los colonos ingleses como los nativos le pagaran a tocateja para poder vivir en el Norte de América. La fantasía le duró poco, pues se fue al otro barrio ese mismo año dejando tras de sí un reguero de sueños sin cumplir.

El relevo de este británico lo tomó su hermanastro, Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición con una un par de buques para hacer realidad los deseos de la reina y llenar, de paso, su bolsa. «Raleigh […] obtuvo de la Reina Isabel nuevas cartas patentes conforme a las que se habían extendido para Gilbert y, acompañado de algunos hombres generosos que tomaron parte en sus proyectos, hízose a la vela el 27 de abril de 1584 con dos embarcaciones […] cuyo mando estaba confiado a Felipe Amidas y Arturo Barlow. Partieron con derrotero para las islas Canarias y de las Antillas, como por entonces se acostumbraba, desde cuyas islas siguieron adelante subiendo hacia las costas del continente», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América».

Wikipedia Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

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Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Aquella expedición fue todo un éxito para los bebedores de té, que arribaron a América del Norte sin apenas dificultades y lograron contactar con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo. Allí se asentaron durante algunos meses. Posteriormente, volvieron felices a su hogar cargados con productos típicos de la zona. «Después de este descubrimiento regresó la expedición a Inglaterra, y las comarcas que acababan de reconocerse recibieron el nombre de Virginia, que le daban los indios, ya fuese por exceso de lisonja a la reina Isabel, que hasta entonces había permanecido soltera», añade Roux de Rochelle en su libro.

El nacimiento de la colonia maldita

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh. De hecho, tan bien le fueron las cosas que el británico decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas, por lo que decidió quedarse en las islas y nombró capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos. Frente a él estaba el Atlántico, los odiados súbditos de Felipe II, y la eternidad.

Los que viajaban en esta segunda expedición eran soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona. Con todo eso en su cabeza, los británicos llegaron a las costas del Nuevo Mundo y, ya en tierra, decidieron explorar pormenorizadamente el terreno para seleccionar donde establecerían su asentamiento. La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues –según creían- gozaba de un clima envidiable.

wikipedia Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

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Decidido el emplazamiento, Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento […] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», determina el autor francés. Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus «croatoan» y «secotan») a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído. «Los hombres que tomaban parte en esta clase de expediciones eran de tal manera arrastrados por el cebo de las riquezas del Nuevo Mundo, que creían no tener más que desembarcar y penetrar en el interior para alcanzarlas con la mano. Tomaron entonces la dirección del occidente hacia el fondo de la bahía […] y subieron la corriente de un rio con la esperanza de descubrir minas de oro. […] Más este viaje no tuvo resultado alguno», completa el galo.

La primera huida general

Sin haber encontrado ni una mísera onza de oro y sin tener nada que llevarse a la boca, los ingleses terminaron haciendo lo que mejor sabían… abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas y abusivas para obtener todavía más comida de los nativos. Solo era cuestión de tiempo que aquella situación estallase sin remedio.

Al final, hasta la coronilla de buscar sin éxito las riquezas que les habían prometido, y sabiendo que los indios estaban hasta la misma parte de su saqueo, aquellos soldados que habían cruzado el Atlántico varios meses antes tomaron sus pertenencias y se marcharon al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que, en palabras de Roux de Rochelle, pasó con una «flota de 25 velas» por la zona y se ofreció a devolverles al calor de Gran Bretaña. Todo ello, por cierto, después de haber molestado a los españoles saqueando Santo Domingo. Así pues, y con un sonoro «goodbye», abandonaron aquel fuerte sin dejar ni un hombre para defender las posesiones de su graciosa majestad en el Nuevo Mundo. Cuando se marchó de aquel lugar, Lane señaló que solo «el descubrimiento de una buena mina […] o de un paso hacia el mar del sur o alguna forma para ello, y nada más, puede hacer que este país sea habitado por nuestra nación».

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.

Una nueva expedición y una primera desaparición

Podría parecer que los ingleses habían aprendido la lección, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. La partida, además, fue ideada de una forma diferente. En lugar de soldados viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región. Según pensaron, ya habría tiempo de liarse a mamporros con el enemigo una vez que los nuevos viajeros hubiesen rebajado la tensión creada por sus anteriores compañeros en el lugar.

El por qué siguieron intentando crear una colonia en el Nuevo Mundo, a pesar de los peligros que suponía y que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes, es simple. «Ellos veían la colonización ultramarina como una fuente de riquezas como la que había fortalecido el poderío español, y querían bases en el Nuevo Mundo desde las cuales Inglaterra prosiguiera su guerra con España. Además, los proponedores de la colonización americana relacionaban la “plantación” colonial con el bien de la sociedad y la economía de Inglaterra. Alegaron que esto aliviaría los problemas sociales internos al proporcionar una salida a los desempleados y pobres», explica Pedro Chalmeta Gendrón en «Cultura y culturas en la Historia». No obstante, Raleigh tuvo que prometer entregar un trozo de tierra en los futuros Estados Unidos a todos aquellos que se unieran a la expedición. Al final, el dinero pudo más que el miedo.

Las tribus hostiles

Sin poder desentrañar el misterio, los colonos empezaron a instalarse en Roanoke. Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Si ya de por si la tensión campaba a sus anchas por Roanoke, finalmente la paciencia de los colonos se acabó un año después cuando un indio asesinó a un habitante de la colonia sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque ordenó a los ciudadanos dos cosas antes de subir sus posaderas al navío. La primera fue no salir del fuerte si la situación no era extrema. La segunda consistía en que, si eran atacados por indios o españoles, dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte: una Cruz de Malta. De esa forma, cuando él llegase, sabría que habían tenido problemas y que se habían visto obligados a marcharse.

Un misterio sin resolver

Con una misión que cumplir a sus espaldas, White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke pero que, como tantos otros, prefería dirigir sus negocios desde la metrópoli que arriesgar su vida en el Nuevo Mundo. De él pretendía obtener dinero y hombres para ayudar a los compañeros que se habían quedado en la colonia. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II. Es decir, tras el comienzo de la guerra que enfrentó a Gran Bretaña y España en el S.XVI y que daría lugar a una de las operaciones navales más grandes de la historia, el desastre de la «Grande y Felicísima Armada»

¿Por qué no pudo obtener ayuda? La respuesta es sencilla. La reina necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles, por lo que White tuvo difícil hacerse con uno. Tampoco le ayudó demasiado su patrón. «Raleigh había agotado tan inmensos recursos para sostener los establecimientos primitivos, que abandonó a otras manos la consecución y cumplimientos de sus vastos designios: la guerra que acababa de declararse a España le ofrecía por otra parte nuevos medios de satisfacer su ambición de gloria y de valimiento, prefiriendo trabajar a la vista de Europa, y atraer por sus hazañas la mirada de su soberano», explica el historiador francés en su obra. Así pues, cansado de derrochar oro y oro en una empresa que no le estaba reportando más que disgustos, cedió sus derechos sobre Roanoke y Virginia a una empresa privada. Las cosas se ponían difíciles para el gobernador, que ahora se veía encerrado en Gran Bretaña y sin posibilidad de socorrer a los colonos.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI

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Dibujo elaborado por White de los indios que habitaban en Roanoke

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Tres años después de partir dejando a su suerte a más de un centenar de hombres, mujeres y niños. Fue en marzo cuando finalmente logró hacerse a la mar con destino hacia el Nuevo Mundo en una expedición privada que aceptó dejarle en la isla. Con todo, no llegó hasta la bahía de Chesapeake hasta agosto, pues en su camino hicieron algunos parones para saquear buques españoles.

En agosto de 1590, cuando White y otros tantos hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra “Croatoan” escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

En principio, White consideró que la palabra podría significar que los colonos se habían marchado a vivir junto a los indios croatoan. Sin embargo, no pudo llegar a averiguarlo, pues una gigantesca tormenta cayó sobre al día siguiente e impidió al navegante revisar la zona. Finalmente, el gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».

Nuevos indicios

Desde 1590, los arqueólogos han estado investigando las posibles causas del abandono de Roanoke y el paradero de los más de 100 colones que la habitaban. Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después (hace menos de un mes, concretamente), Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que –a falta de las pruebas pertinentes- podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y –en la mayoría de los casos- los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana. Con todo, habrá que esperar a un análisis más exhaustivo de las piezas para poder determinar si datan del S.XVI o no.