El «annus mirabilis», la espectacular racha de victorias del Rey Planeta antes del ocaso del Imperio español


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  • Mientras Spínola tomaba Breda, una flota dirigida por el español Fadrique de Toledo se preparaba para recuperar Bahía de manos holandesas y Cádiz se defendía con éxito de un ataque inglés de dimensiones catastróficas
 El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, de Antonio de Pereda - Museo del Prado

El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, de Antonio de Pereda – Museo del Prado

El ascenso al poder de Felipe IV, «el Rey Planeta», y de Baltasar de Zúñiga, luego remplazado por su sobrino el Conde-Duque de Olvidares, provocó un cambio en la política exterior del Imperio español. De la política de pacificación de Lerma se pasó al belicismo de Olivares, que era defensor de retomar la guerra contra las Provincias Unidas. Las ganas no faltaban, pero la escasez de fondos no daba margen para grandes operaciones militares.

El 9 de abril de 1609 se firmó una tregua entre España y la República Holandesa. La paz supuso un descanso económico para ambas partes tras 40 años de guerra. Sin embargo, el cese de las hostilidades tuvo aspectos negativos para España. El Duque de Lerma no consiguió arrancar a los rebeldes concesiones religiosas para los católicos y no pudo evitar que los holandeses aprovecharan la tregua para acosar a las posesiones del Imperio español en América y en el Pacífico, sobre todo las pertenecientes a Portugal. Debido a la ambigüedad en algunos términos, las agresiones holandesas contra las colonias ibéricas fueron una constante de la llamada Compañía de las Indias Orientales, siendo el principal campo de batalla el Lejano Oriente. En abril de 1610 los neerlandeses sufrirían un duro revés cuando cinco buques de guerra fueron derrotados en las costas de Manila por una flota comandada por el gobernador de Filipinas. Solo era el primer aviso.

La paz supuso un descanso económico para ambas partes tras 40 años de guerra

A pesar de algunos reveses, la flota holandesa continuó en los siguientes años con sus ataques: en 1614 diez barcos de la Compañía de las Indias Orientales asolaron el tráfico marítimo y las poblaciones costeras de Filipinas. En África, las incursiones enemigas fueron igual de frecuentes. Los holandeses fundaron un fuerte en Moree, cerca de la base portuguesa de Sao Jorge da Mina. Y en América, los choques fueron dirigidos a las posesiones portuguesas en la cuenca del Amazonas y la costa de Guyana, pues estaban peor defendidas que las zonas estrictamente castellanas.

Rendición de Breda, la obra de arte de Spínola

En paralelo a todos estos ataques, las Provincias Unidas tejieron una red de alianzas con los enemigos tradicionales del Imperio español, esto es, los protestantes alemanes, las ciudades hanseáticas, Suecia, Saboya (ahora enemiga de España), el Imperio otomano y Venecia. El aumento de poder de los fanáticos calvinistas provocó que el país se preparara, al igual que España, para retomar el conflicto en la década de 1620. Ambrosio Spínola, un general genovés al servicio de España, se encargó de dirigir las operaciones militares en los Países Bajos, donde, a diferencia del reinado de Felipe II, ya no se buscaba recuperar la obediencia de las provincias rebeldes, sino redefinir las fronteras entre lo que luego sería Bélgica y Holanda.

En el verano de 1622 los españoles fracasaron en su intento de tomar Bergen-op-Zoom, por lo que la política de asedios parecía descartada por todos. Olivares consideraba que la mejor opción era una guerra económica sin grandes asedios. No así Ambrosio de Spínola, que se empecinó en tomar la fortaleza de Breda, una de las más rocosas de Europa. El general banquero contaba a sus espaldas un historial impresionante de asedios exitosos, por lo que ni Olivares ni Felipe IV consiguieron disuadirle de que pusiera fin a un sitio que se prolongó durante un año entero. Un observador inglés apuntó desde Bruselas: «El Marqués de Spínola ha tomado la determinación bien de someter Breda, bien de enterrar su cuerpo y su honor en las trincheras cavadas ante ellas». El 5 de junio de 1625, Spínola lograba la rendición de Breda

Mientras Spínola tomaba Breda, una flota dirigida por el español Fadrique de Toledo se preparaba para recuperar Bahía de manos holandesas. La flota holandesa, impaciente por sacar el máximo rédito al reinicio de las hostilidades, había tomado en 1624 la capital brasileña. La respuesta española consistió en la flota más grande que hasta entonces había cruzado el Atlántico, unas aguas acostumbradas a pequeñas escaramuzas de pocos bajeles. A su frente se puso el español Fadrique de Toledo, capitán general de la Armada del Mar Océano, que había vencido varias veces en combates navales a holandeses e ingleses.

Recuperar Salvador de Bahía de manos holandesas

El brillante almirante derrotó a la flota holandesa que protegía la ciudad brasileña y desembarcó 3.500 hombres de la temida infantería hispana. No en vano, el asedio se prolongó durante un mes hasta que los holandeses se rindieron. Las tropas españolas tomaron 18 banderas, seis naves, 260 caños y 500 quintales de pólvora, además, recuperaron las mercancías saqueadas en la toma de la ciudad, valoradas en 300.000 ducados.

Unos meses después arribó en Salvador de Bahía otra flota holandesa, con 34 buques, que desconocía que el asedio español había desembocado en una gran victoria. Sin rastro de los defensores holandeses, la sorpresa de la flota de refuerzo debió ser monumental cuando se topó con la peor bienvenida imaginada: los galeones españoles señalando la puerta de salida.

Una parte de esta flota se dirigió al Caribe para atacar San Juan de Puerto Rico el 24 de septiembre. Los holandeses saquearon la ciudad y la catedral, pero el fuerte de San Felipe del Morro aguantó cuatro semanas en una heroica defensa protagonizada por el gobernador Don Juan de Haro y 300 soldados. Los invasores desistieron de sus ataques y, tras contar su pobre botín, volvieron a reembarcar para lamerse las heridas: alrededor de 400 bajas. La diezmada flota volvió a Holanda tras meses merodeando, sin éxito, el Caribe, y de que muriera su comandante. El resto de supervivientes de la flota original se dirigieron a África, al fuerte Sao Jorge da Mina, que los holandeses pensaban defendido por solo 57 soldados. Y así era, salvo porque el gobernador Don Fernando de Sotomayor consiguió levantar un pequeño ejército de la nada de entre las tropas locales. Con él que emboscó a los invasores nada más poner un pie en África.

La diezmada flota volvió a Holanda tras meses merodeando, sin éxito, el Caribe, y de que muriera su comandante

En las aguas europeas las Provincias Unidas registraron también problemas ese mismo año. En octubre de 1625, una terrorífica tempestad asoló una flota anglo-holandesa que bloqueaba Dunkerque, la base desde donde el Imperio español y un grupo de corsarios católicos castigaban la flotilla holandesa en el Norte de Europa. Los corsarios aprovecharon las consecuencias de la tempestad para atacar una escuadra holandesa compuesta por unos 200 pesqueros y 6 buques de guerra. En un espacio de dos semanas, las Provincias Unidas perdieron cerca de 150 naves y les fueron hechos 1400 prisioneros.

Defensa de Cádiz ante un ataque inglés

En lo referido a Inglaterra, cuyo nuevo Rey declaró también la guerra a España ese año, el Duque de Buckingham, primer ministro de Carlos de Estuardo, planeó una gran expedición naval contra las costas peninsulares al estilo de las dirigidas por Francis Drake en el siglo anterior. En total, ingleses y holandeses reunieron 92 buques, 5.400 marinos y unos 10.000 soldados, cuyos objetivos eran causar el mayor daño posible a la Corona, capturar algún puerto y asaltar la Flota de Indias que llegaba a finales de año. No lograron cumplir con ninguna de estas instrucciones.

Una vez en las costas hispánicas, los ingleses insistieron en rememorar los éxitos de Isabel Tudor en Cádiz y pusieron cerco a este puerto. Y como si todos fueran víctimas de un bucle histórico, el encargado de defender Cádiz fue el Duque de Medina Sidonia, Juan Manuel Pérez de Guzmán y Silva, hijo del que mandó la Armada Invencible y defendió con tanta torpeza el puerto andaluz a finales del siglo pasado. Esta vez, sin embargo, el desastre lo protagonizaron los británicos. Asistido por Fernando Girón, un veterano militar que se movía en una silla para gotosos, Medina Sidonia rechazó el desembarco inglés, mal organizado y peor ejecutado. La Flota de Indias entró sin oposición en Cádiz el 29 de noviembre, lo cual casi agradecieron los ingleses que, de haberse topado con una fuerza así, habrían multiplicado sus pérdidas.

Además, una flota hispana bajo el mando del Marqués de Santa Cruz (el hijo del famoso almirante de Felipe II, Álvaro de Bazán) forzó a las fuerzas saboyanas y francesas a levantar su cerco sobre Génova, la patria de los Spínola y los Doria. Sin mediar declaración formal, la Francia de Richelieu empezó a guerrear junto a Saboya y Venecia contra España. Como represaría las propiedades francesas fueron confiscadas y el comercio entre ambos países prohibido.

Olivares aprovechó todas estas gestas, el «annus mirabilis», para poner en marcha una serie pictórica de doce obras que decorara el Salón de los Reinos, en el Retiro. Distintos autores se encargaron de pintar estas obras de carácter histórico-militar, entre las que brillaba el lienzo del joven Diego de Velázquez «La rendición de Breda» o de «Las Lanzas».

El misterio de la flota desaparecida de los templarios que pudo llegar a América antes que Colón


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  • En 1307, una docena de barcos de la Orden del Temple salieron de Francia huyendo de la persecución de Felipe IV. Nunca se los volvió a ver y, a día de hoy, su paradero sigue intrigando a los historiadores

 

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A día de hoy, se desconoce qué fue de ellos – ABC

Desde que nacieron en 1118 con el objetivo de proteger a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa, los templarios se han hecho famosos por la leyenda negra que les rodea. Un mito que comenzó cuando –apenas con dos siglos de existencia- el grupo fue perseguido y aniquilado debido a la envidia que suscitaban su poder y su riqueza en monarcas y clérigos. No obstante, y aunque una buena parte de las cosas que se cuentan sobre ellos son meras invenciones, sus caballeros sí dejaron en la Historia algunos misterios que, todavía hoy, desconciertan a los expertos. Uno de ellos se sucedió el 13 de octubre 1307 cuando –perseguidos y amenazados por el rey de Francia Felipe IV– multitud de estos soldados tuvieron que huir en una docena de barcos del puerto de La Rochelle (en Francia) para evitar ser capturados. Aquella armada, que salió al Atlántico enarbolando la cruz roja de la Orden del Temple, desapareció sin dejar rastro en las aguas y, en la actualidad, se desconoce su paradero. Se cree, incluso, que pudo llegar a las Américas antes que Colón.

El nacimiento de la Orden del Temple

Hubo un tiempo, mucho antes de hacerse populares debido a las leyendas y a los rumores, en que los Templarios no eran más que unos pocos caballeros dispuestos a defender los intereses de los peregrinos en Tierra Santa. Corría por entonces el siglo XII, una época en la que Jerusalén -la ciudad sagrada en la que había muerto y resucitado Cristo- se encontraba en poder de los musulmanes (creencia que también la consideraba sagrada). Con todo, para los cristianos este hecho no suponía un problema mayor que el de la honra, pues los seguidores de Mahoma no solían poner límites a los peregrinos de otras religiones a la hora de acceder a la urbe y rendir culto a sus deidades. Sin embargo, este ambiente de aparente calma cambió según se fue haciendo más difícil para los europeos llegar hasta la actual Israel debido a la expansión de los turcos selyúcidas. Y es que, estos no solían desaprovechar la ocasión de robar y asesinar a muchos de los viajeros para hacerse con sus posesiones. Y todo ello, además, arrebatando regiones a los reinos que profesaban la fe de Cristo.

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Esta retahíla de razones, así como otras tanteas (tanto territoriales como políticas) fueron las que llevaron al Papa Urbano II a declarar la Primera Cruzada en el 1095 para lograr recuperar Tierra Santa. Así fue como, motivados por la aventura y por el propósito de hacer prevalecer su religión por encima de la de aquellos que denominaban «infieles», cientos de caballeros comenzaron a reunirse en gigantescas unidades militares para dirigirse hacia Jerusalén y recuperar por las bravas la ciudad. Un deseo que se materializó el 15 de julio de 1099 cuando un ejército formado por un núcleo principal de jinetes pesados (más de 4.000 habían salido de Europa) acompañados de otros tantos infantes tomó la urbe espada en mano. Militarmente hablando, el plan les salió a la perfección, pero –para su desgracia- pronto se ganaron el odio de la población local.

Y lo cierto es que había razones para ello, pues –deseosos de venganza como estaban- cometieron todo tipo de barbaridades cuando entraron en la ciudad. La mayoría, relacionadas con el asesinato y el saqueo masivo. Esto causó todo tipo de problemas a los cristianos que se asentaron en la zona después de que sus compañeros armados se marcharan pues, sin un ejército con el que defenderse de las agresiones sarracenas, cientos de cristianos fueron perseguidos y aniquilados por los musulmanes. «Las legiones de fieles […] volvieron de nuevo a sus hogares después de la matanza, dejando enfrentados a grandes problemas a aquellos de sus hermanos que se habían establecido [allí] y que sufrieron crueles persecuciones de las que hacían una descripción terrible», afirma el divulgador histórico Víctor Cordero García en su obra «Historia real de la Orden del Temple: Desde el S XII hasta hoy».

En un intento de defender a los peregrinos de los continuos ataques que sufrían, varios grupos de soldados residentes en Jerusalén tomaron las armas contra los «infieles». Uno de ellos, formado por nueve caballeros, se comprometió en 1118 a proteger los caminos y las vidas de los viajeros cristianos del acoso musulmán. Este sería el germen de la futura Orden del Temple. A día de hoy, la Historia todavía recuerda el nombre de sus dos jefes. El primero era Hugo de Payens (futuro primer Gran Maestre de la orden). El segundo era Godofredo de Saint-Aldemar. «En aquel entonces reinaba Balduino I, quien brindó una calurosa acogida a los “pobres soldados de Cristo”, […] como se hacían llamar. Pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en una parte del palacio, que el rey les cedió, justo encima del antiguo Templo de Salomón (de ahí el nombre de Caballeros del Temple)», explica el investigador Rogelio Uvalle en su libro «Historia completa de la Orden del Temple».

Ascenso y caída de los Templarios

En los años posteriores, Payens convirtió a los Templarios en una de las instituciones más importantes de la época. Mediante varios viajes a Europa, logró financiación y, por descontado, que otros soldados se unieran a las filas de la orden. Sin embargo, fue en 1139 cuando logró la expansión definitiva de este grupo al conseguir varias ventajas fiscales. «Además de las generosas donaciones de las que se iba a beneficiar la orden, también se concedieron una serie de privilegios ratificados por bulas […]. En ellas se concedía a los templarios una autonomía formal y real respecto a los obispos, estando tan solo sometidos a la autoridad del Papa. Tampoco estaban sujetos a la jurisdicción civil y eclesiástica ordinaria. […] También podían recaudar y recibir dinero de diferentes formas, entre ellas el derecho a percibir el ébolo, la limosna de las iglesias, una vez al año», explica el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi en su obra «Los Cruzados de los reinos de la Península Ibérica» (editado por Edaf).

Finalmente, y tal y como señala este autor, también se les concedió el privilegio de construir iglesias y castillos allí donde considerasen oportuno y sin necesidad de pedir permisos de las autoridades civiles o eclesiásticas. Aunque puedan parecer ventajas sin excesiva importancia a primera vista, todas ellas hicieron que esta orden fuese acumulando montones de fondos y propiedades por toda Jerusalén y Europa. Esto se vio favorecido, además, por las inmensas riquezas y posesiones de todos los caballeros que entraban a formar parte del grupo y, finalmente, por el dinero que ganaban comerciando con los excedentes de las granjas y plantaciones que iban acumulando año tras año. Todo ello hizo que, en el SXIII, la Orden del Temple tuviera un auténtico imperio económico. De hecho, alrededor del año 1.250 contaba –según Uvalle- con 9.000 granjas y casas rurales, un ejército de 30.000 hombres (sin contar escuderos, sirvientes y artesanos), más de medio centenar de castillos, una flota propia de barcos y la primera banca internacional.

Tal era su riqueza, que algunos reyes como Felipe IV de Francia pidieron préstamos a la Orden y se convirtieron en sus deudores. Una aparente ventaja que se terminó volviendo en su contra. Y es que, cansado el monarca del gran poder militar y económico que estaban acumulando los «pobres caballeros de Cristo» (así como de la cantidad de oro que les debía), decidió iniciar una persecución contra ellos en 1307. «Felipe IV consideraba que la idea original de recuperar los santos lugares para la cristiandad estaba anticuada, habida cuenta del despliegue del Islam en Oriente en aquellas fechas. Además, había contraído una deuda con los templarios. Por eso ordenó su disolución y empezó una operación policíaca contra ellos acusándolos de blasfemia, herejía, sodomía…», explica a ABC María Lara Martínez, escritora, profesora de la UDIMA, Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia y autora de «Enclaves templarios» (editado por Edaf).

Pero Felipe sabía que, sin el apoyo religioso, no podría terminar con este poderoso grupo. «Como acababa de morir el papa, buscó un cardenal que fuese pusilánime y proclive a sus decisiones. Lo encontró en la figura del arzobispo de Burdeos. En época contemporánea, como en el cristianismo primitivo, la elección del sucesor de san Pedro se dejaba en “manos” del Espíritu Santo, en el Medievo y la Modernidad había muchos intereses creados en torno a la cátedra de Roma. Así, el soberano francés logró convertirlo en pontífice, como Clemente V, y comenzar con él la redada contra los templarios», añade la experta. Siete veranos después, en 1314, esta cruel pareja suprimió la orden y dictaminó que todos sus bienes se trasferirían hasta el tesoro galo. Posteriormente, más de 15.000 caballeros fueron arrestados. Por su parte, el Gran Maestre Jacques de Molay fue detenido, interrogado y quemado vivo frente a Notre Dame, en París, con la plana mayor del grupo. Así fue como, tras 200 años de ascenso y riquezas, se liquidó mediante un severo golpe a la Orden del Temple.

El misterio de la flota perdida

De forma independiente a las leyendas, lo que sí es posible saber es que –según fue aumentando su poder adquisitivo- el Temple adquirió una serie de barcos con los que poder hacer viajes de Europa a Tierra Santa. Por otro lado, también se conoce que el grupo utilizó estos bajeles en aras de comerciar con el excedente de sus granjas. Así lo determina la doctora Lara Martínez, quien afirma que –con el paso de los años- los monjes-guerreros establecieron una serie de rutas marítimas que salían de varios puertos europeos. «El objetivo de estos buques era el comercio y la guerra. Los templarios controlaban las comunicaciones gracias a que, como estudiosos que eran, habían aprendido las claves de la navegación de los fenicios. Tenían una gran armada fondeando en los puertos mediterráneos y atlánticos (en la parte francesa). Esta visión a larga distancia del orbe, junto a la capacidad logística, proporcionaba supremacía si consideramos que, por entonces, el común de los mortales estimaba que en el Estrecho de Gibraltar estaban las Columnas de Hércules, es decir, que no había tierra más allá», completa la autora.

Siempre según María Lara, los templarios lograron hacerse con puertos en Flandes, Italia,Francia, Portugal y el norte de Europa. Algunos de los más famosos eran el de La Rochelle (su centro neurálgico en el Atlántico) y los de Marsella y Colliure en el Mediterráneo. A su vez, estos monjes-guerreros solían estudiar los enclaves en los que recalaban sus bajeles de forma sumamente minuciosa para, llegado el momento, poder salvarlos si eran atacados. «El puerto de La Rochelle, por ejemplo, estaba protegido por 35 encomiendas, en un radio de 150 kilómetros, más una casa provincial en la propia villa», completa la experta.

Pero… ¿Cuándo comenzaron a formar esta flota? Según corroboran autores como el investigador histórico Juan G. Atienza en sus múltiples libros sobre el tema, la Orden del Temple empezó a adquirir buques pocas décadas después de lograr sus privilegios papales. Así lo denota el que los templarios ofreciesen al mismísimo Ricardo Corazón de León sus barcos para que regresase a su hogar tras terminar la cruzada que protagonizó contra los musulmanes en 1191 (en la cual, por cierto, no pudo reconquistar Jerusalén a los enemigos de la cristiandad). Algo parecido sucedió con Jaime I el Conquistador, a quien estos monjes militarizados brindaron los barcos con los que contaban en Barcelona y Colliure para favorecer que comenzase la reconquista de Tierra Santa.

Mercancía para arriba, peregrinos para abajo, la flota estuvo activa hasta 1307. Ese año, cuando comenzó la persecución a la Orden del Temple, los buques (13, según la mayoría de fuentes) tuvieron que izar velas y salir navegando del puerto de La Rochelle antes de que las autoridades galas encarcelasen a sus capitanes y pasajeros. Ese día marcó el inicio de un gran misterio pues, aunque la Historia nos dice que las naves partieron de Francia bajo la bandera de la Orden, se desconoce dónde atracaron. «Cuando el, 13 de octubre de 1307, Felipe IV desató la persecución, la flota escapó del monarca y nunca más se supo de ella. Es una incógnita que alimenta el halo misterioso de los templarios. No se sabe si se dispersó por las aguas, si se reagrupó en otro puerto… Se ha apostado por la hipótesis de que huyó en bloque del Mediterráneo, dirigiéndose a un destino oculto en busca de seguridad y asilo político, mas ¿adónde?», completa María Lara.


 

¿Dónde desembarcó la flota?

La desaparición de esta flota errante ha hecho proliferar a lo largo de las décadas decenas de teorías sobre los lugares a los que pudieron arribar los caballeros de la orden. Lo mismo sucede con su carga. De hecho, algunos amantes de la conspiración son partidarios de que, en estos buques, los templarios cargaron un gran tesoro acumulado durante décadas para salvarlo de las garras de Felipe IV. Algunas fuentes, incluso, se atreven a afirmar que el mismo Gran Maestre Jacques de Molay iba escondido en estos bajeles, y que solo fue capturado cuando regresó a Europa para protagonizar una misión secreta y desconocida. Fuera como fuese, lo único que se sabe es que la armada se escapó después de ser avisada (probablemente por el Vaticano o la corte francesa) de lo que iba a suceder. Las regiones a las que, presuntamente, habría llegado, son las siguientes:

1-Portugal

Es una de las posibilidades más lógicas y aceptadas debido a que la Corona portuguesa mantuvo –en general- buenas relaciones con la Orden del Temple. Por entonces, en el país luso la Reconquista ya había tocado a su fin, hecho que pudo favorecer que los templarios se dedicasen más a la erudición que a las armas. «Pudieron hallarse en la fundación de la Orden de Cristo», explica Lara. A su vez, marinos portugueses como Vasco de Gama pudieron aprovechar el tesoro de sabiduría templaria para sus descubrimientos en las costas africanas.

Eso explicaría el que, a principios del siglo XV, el Gran Maestre de esta Orden, el infante don Enrique el Navegante, invirtiera las ganancias de la Orden de Cristo en la exploración marítima. El papa Calixto III les concedió la jurisdicción eclesiástica en todos los territorios «desde los cabos de Bojador y de Nam, a través de toda Guinea y hasta la orilla meridional, sin interrupción hasta los Indios», según rezaba la bula Inter caetera (1456). Y es que, como señala la autora, los templarios eran unos estudiosos de todas las ramas del conocimiento, entre ellas, las artes navales, de ahí el influjo en la escuela de Sagres.

2-Escocia

«Es posible que los templaros llegasen hasta Escocia. En ese caso, habrían atracado en Argyll y allí habrían descargado mercancías en Kilmory o Castle Suite», destaca la autora. En este caso, algunos investigadores como Ernesto Frers señalan que los caballeros de la Orden habrían entrado en contacto con el famoso líder Robert Bruce, quien –al igual que ellos- había sido excomulgado por su rebeldía. «Este recibió generosamente a los templarios, que a su vez le ofrecieron su colaboración en la campaña contra Inglaterra y sus aliados locales», completa el autor.

3-Sicilia

La tercera posibilidad es una de las más plausibles y, curiosamente, una de las menos barajadas. Esta afirma que las naves templarias se dirigieron hacia las costas de Sicilia, en el sur de Italia. Esta región había sido conquistada alrededor del siglo XI por Roger de Guiscard, un normando cuyas relaciones con el papado (así como las de sus sucesores) fueron controvertidas por momentos. En palabras de Frers, una de las banderas que este linaje utilizaba en sus buques fue posteriormente adoptado por los caballeros de la Orden del Temple, por lo que su llegada hasta la región pudo haberse materializado tras la huida de La Rochelle.

4-América

La última de las teorías –así como la más «conspiranoica»- es la que afirma que los buques de la Orden del Temple cruzaron el Atlántico y llegaron hasta las costas americanas. Todo ello, casi 100 años antes que Colón. «La leyenda dice que, cuando los conquistadores españoles llegaron a la Península del Yucatán, escucharon que unos hombres blancos ya habían estado allí y que habían entregado su conocimiento a los nativos. Otra hipótesis afirma que, de acuerdo al testimonio de religiosos que acompañaron a Colón, los nativos no se extrañaron al divisar las cruces de los guerreros porque ya las conocían. Además, las culturas prehispánicas tenían asumida la idea de que “llegará un día en el que vendrán por mar grandes hombres vestidos de metal que cambiarán nuestras vidas para bien”. Finalmente, también se sabe que los mayas adoraban a Kukulkán, un dios blanco y barbado. Constatación insólita porque esta cultura la formaban hombres lampiños por genética y adaptación al medio», añade María Lara.

 

La conspiración del duque de Medina-Sidonia: el intento de separar Andalucía de España


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  • Con el apoyo de los rebeldes portugueses y de las flotas de Francia y Holanda, el sobrino del todopoderoso valido del Rey organizó una conjura para crear un reino andaluz separado de Castilla en 1641

    Museo del prado Retrato del Conde-Duque de Olivares, por Diego de Velázque, cuyo sobrino estuvo detrás de la conspiración de 1641

    Museo del prado
    Retrato del Conde-Duque de Olivares, por Diego de Velázque, cuyo sobrino estuvo detrás de la conspiración de 1641

En el año 1640, prendió la mayor crisis del Imperio español en su historia cuando Cataluña, Portugal, Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV. A raíz de esta oleada de sublevaciones, Portugal conseguiría la independencia plena varias décadas después y Cataluña pasó un lustro enfrascado en un complejo conflicto. Entre estas acometidas contra el gigante herido que era la Monarquía hispánica, pasó inadvertido una peligrosa conspiración a cargo de un grupo de nobles andaluces que pretendían separar la región de Andalucía, en ese momento integrada en la Corona de Castilla, del resto de España. El IX Duque de Medina Sidonia –emparentado precisamente con el encargado de apagar la rebelión, el Conde-Duque de Olivares– fue quien estuvo detrás de un episodio olvidado que pudo cambiar la historia de España.

La conspiración secesionista de Andalucía fue un episodio a la sombra de la Sublevación de Portugal. Así, cuando dio comienzo la primera sublevación de Portugal en agosto de 1637, las operaciones para pacificar el Algarve le fueron encomendadas al IX duque de Medina Sidonia, en el ejercicio de sus funciones como Capitán General del Ejército de Andalucía. Y aunque esta primera rebelión fracasó, la pasividad de Medina-Sidonia volvió a repetirse en 1640. Frente a la rebelión general y la proclamación del Duque de Braganza como Rey de Portugal, Felipe IV y el Conde-Duque empezaron a preparar la reconquista de Portugal el 1 de diciembre de 1640. Para ello encomendaron al duque de Medina-Sidonia la capitanía general de un ejército que debía atacar a los rebeldes y derrocar Juan II de Braganza. No obstante, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron entrever sus planes ocultos. Tampoco ayudó el hecho de que la nueva Reina de Portugal, Luisa de Guzmán, fuera hermana del duque de Medina-Sidonia y, de hecho, quien había convencido a su marido Juan II de Braganza para que aceptara la Corona diciendo, según la tradición: «Más vale ser Reina por un día que duquesa toda la vida!».

Las razones detrás del intento de secesión andaluz serían meramente particulares –como de hecho ocurría en Cataluña y Portugal–, sin que hubiera ningún trasfondo nacionalista, dado que Andalucía había sido repoblada durante la Reconquista por colonos castellanos y no albergaba ambiciones de separarse de una estructura política, la Monarquía hispánica, donde Castilla jugaba un papel protagonista. Fue, en esencia, los caprichos de un arruinado duque de Medina-Sidonia que se oponía a contribuir a que su hermana perdiera la corona lusa y buscaban recuperar la gloria de su casa. Pese a la inmensa fortuna familiar de los Medina-Sidonia, las finanzas de la casa pasaban por dificultades y la mayoría de su patrimonio estaba hipotecado.

Al parecer, la primera idea del levantamiento andaluz partió del marqués de Ayamonte, Francisco Manuel Silvestre de Guzmán y Zúñiga –titular de una de las ramas menores de la casa de Medina-Sidonia–, quien convenció a su primo para coordinarse con Portugal y las flotas de Francia y Holanda, las cuales debían tomar el puerto clave de Cádiz, y sublevar Andalucía. Un espía de La Haya fue el primero en alertar a Felipe IV de lo que se gestaba en el sur de España. Las sospechas desde Madrid quedaron confirmadas cuando en el verano de 1641 uno de los hombres de confianza de Felipe IV, Antonio de Isasi, interceptó en la frontera con Portugal una carta remitida por Ayamonte a Medina Sidonia en la que quedaba al descubierto la trama de la conspiración. Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) fueron llamados a la Corte, pero el duque se excusó alegando razones de salud mientras conseguía tiempo para que acudiera la flota franco-holandesa a las costas portuguesas.

Medina-Sidonia se salva de la ejecución

La flota nunca hizo acto de presencia y todos los nobles castellanos sondeados se negaron a participar en una temeraria empresa que ni siquiera contaba con el apoyo de las clases populares. Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán –el gran protegido del Conde-Duque– se presentó con presteza en Andalucía a conocer el alcance de la conjura y detener a Medina-Sidonia. El duque andaluz escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente el Conde-Duque. El hecho de que los principales cabecillas estuvieran emparentados con el valido amenazaba con complicar todavía más el asunto y con generar un conflicto de intereses, pero nada más lejos de la realidad. El Conde-­Duque persuadió a su sobrino para que confesara la conspiración a cambio de inmunidad, cuando en realidad no tenía la menor intención de usar su poder para proteger al responsable de una acción tan grave.

Pese a ello, la debilidad de la Monarquía hispánica quedó retratada cuando en un primer momento pareció que el único castigo lo iba a sufrir el marqués de Ayamonte. El marqués fue interrogado en Illescas y confinado en el Alcázar de Segovia. En los interrogatorios se declaró culpable cargando, no en vano, la mayor parte de la responsabilidad en el duque, a quien dijo haber advertido de que no le permitiría proclamarse Rey de Andalucía y que solo le apoyaría en la formación de una república andaluza. Tras un prolongado juicio, el marqués de Ayamonte fue condenado a la confiscación de sus bienes y a la pena de muerte. Si bien durante un tiempo se sopesó computar la pena de muerte por la cadena perpetua, la conspiración aragonesa del duque de Híjar en 1648 hizo necesario un castigo ejemplar para que no siguieran reproduciéndose actos de rebelión entre la nobleza. Ayamonte fue ejecutado en el Alcázar de Segovia, siendo degollado como correspondía a los traidores a la Corona.

El Rey perdonó la vida al Duque de Medina por su alto rango, aunque tuvo que pagar una multa de doscientos mil ducados como donativo a la Corona y sufrió el destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue arrestado y encarcelado en el castillo de Coca. En 1645 se le privó del Señorío de Sanlúcar, que revirtió a la Corona, y de la Capitanía General del Mar Océano y Costas de Andalucía, que pasó a su rival el duque de Medinaceli. En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde se desplazó el duque y su séquito, que esperó inútilmente ochenta días a la comparecencia del soberano.

El balcón de la Plaza Mayor que Felipe IV mandó construir para su amante «La Calderona»


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  • El romance entre la hija adoptiva de Calderón de la Barca y el Rey obligó a la actriz abandonar los escenarios en pleno éxito y provocó la ira de la Reina Isabel de Borbón
wikimedia Atardecer en la Plaza Mayor de Madrid

wikimedia | Atardecer en la Plaza Mayor de Madrid

Las conquistas de Felipe IV se cuentan a decenas: aristócratas, criadas, artistas, prostitutas e incluso alguna novicia pasaron por su alcoba para complacer al Rey. Sus numerosas aventuras dieron como resultado una treintena de hijos bastardos. Pero, sin duda, su romance con María Inés Calderón (Madrid, 1611 – Guadalajara, 1646) fue el que más repercusión social tuvo: mandó construir un balcón en la Plaza Mayor esquina con la calle Boteros (hoy Felipe III), para que pudiera asistir a los espectáculos que allí se celebraban.

Felipe IV conoció a la también conocida como «La Marizápalos» –como así se llama también el balcón que ordenó levantar para ella– en 1627. Fue en su debut teatral en el corral de comedias de la Cruz, en Madrid. Ella, que había sido abandonada de bebé, fue adoptada por Calderón de la Barca. Ella amaba el teatro, pero la relación con el Rey le obligó a abandonar los escenarios en pleno éxito y, a su vez, provocó la ira de la Reina Isabel de Borbón.

Por aquel entonces el monarca ya se había casado con la guapa Isabel de Borbón. Y, a su vez, «La Calderona» también tenía marido e incluso otro amante (Ramiro Núñez de Guzmán, duque de Medina de las Torres, viudo de la hija del Conde-Duque de Olivares). No obstante, el Rey quiso conocerla en persona y, con la excusa de felicitarla por su estreno teatral, entró en su camerino y ambos olvidaron sus compromisos matrimoniales.

La inclinación y el favoritismo de Felipe IV por «La Calderona» ya eran flagrantes: el Rey le había cedido a la actriz un asiento en el balcón real de la Plaza Mayor. La Reina, al igual que el resto de madrileños, conocía y soportaba en silencio los escarceos pasionales de su esposo. Hasta que un día explotó y ordenó que la expulsaran del palco real.

Sin embargo, el Rey lejos de calmar la ira de su esposa, decidió compensar a su amante predilecta y mandó construir otro balcón. Este, aunque en un lugar más discreto, sería exclusivamente para «La Calderona», al que los madrileños llamaron el de «La Marizápalos», por un vetusto baile que ella solía interpretar en sus actuaciones.

Juan José de Austria, «hijo de la tierra»

Fruto de su relación nació uno de los pocos hijos ilegítimos del Rey: Juan José de Austria, al que reconoció como suyo, pese a que fue bautizado como «hijo de la tierra» (así se inscribía en el libro de bautismos cuando se desconocía al progenitor) en la parroquia de San Justo y San Pastor. No fue hasta 1642, en plena adolescencia del muchacho, cuando Felipe IV le aceptó como suyo.

Ese mismo año, una vez que la pareja ya había terminado su relación, el Rey ordenó que «La Calderona» ingresara en el monasterio de San Juan Bautista, en Valfermoso de las Monjas, Guadalajara. Tras ser abadesa durante varios años, harta de la vida monacal, huyó del convento y acabó sus días en la sierra que lleva su nombre al norte de Valencia.

¿Quién pintó la cruz de Santiago a Velázquez en Las Meninas?


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  • El genio sevillano ingresó en la Orden tres años después de pintar el cuadro y apenas vivió 9 meses más. ¿Tuvo oportunidad de añadir la distinción por la que tanto luchó? Una leyenda apunta a otra mano, la del mismo Rey
abc Diego de Velázquez, en un detalle de Las Meninas

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Diego de Velázquez, en un detalle de Las Meninas

El cuadro de «Las Meninas» que pintó Diego Rodríguez de Silva y Velázquez en 1656 no era exactamente igual a la obra maestra que hoy atrae las miradas en el Museo del Prado. Un detalle no fue incluido por el artista cuando retrató a la familia de Felipe IV en el Cuarto del Príncipe del Alcázar de Madrid. No se sabe cuándo se añadieron esas pinceladas, aunque por fuerza se incorporaron al menos tres años después.

Velázquez no lucía en su pechera la cruz de Santiago cuando se retrató a sí mismo trabajando ante un gran lienzo junto la infanta Margarita, las meninas María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco y los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato, entre otros personajes de la escena. Por aquellas fechas ni siquiera se habían dado los primeros pasos para que ingresara en la prestigiosa orden y no se le hubiera ocurrido semejante atrevimiento.

Fue en 1658 cuando Felipe IV premió a Velázquez con el hábito de la Orden de Santiago. Para ser caballero de esta orden militar no bastaba, sin embargo, con la voluntad real. El Consejo de Órdenes debía comprobar en un largo proceso si el candidato reunía los requisitos exigidos: cristiandad, legitimidad y nobleza de sangre de sus cuatro abuelos, así como no haber ejercido ningún oficio de los considerados viles en su época, como el de pintor por oficio. Más de cien testigos, entre ellos Zurbarán, Alonso Cano o Juan Carreño de Miranda, aseguraron que Velázquez nunca había pintado por dinero, sino para el gusto del Rey.

Nacido en una familia modesta de origen portugués, el artista tenía que probar además la espinosa cuestión de la pureza de sangre de sus padres y abuelos. «Velázquez no tenía “limpieza de sangre”: era descendiente de conversos», según Jonathan Brown.

Tras ocho meses de investigación, en febrero de 1659 el Consejo de Órdenes emitió un dictamen en el que aceptaba las pruebas de cristiandad y legitimidad de Velázquez, pero no la nobleza de su abuela paterna y de sus abuelos maternos. Hizo falta que, a petición de Felipe IV, el Papa Alejandro VII dispensara a Velázquez de su no probada nobleza para que el 28 de noviembre de 1659 el Rey otorgara la cédula por la que hacía «hidalgo al dicho Diego de Silva» y éste fuera armado caballero de Santiago en el convento de Corpus Christi de Madrid.

«En todo este largo proceso no quedaba la menor duda del favor regio explícitamente manifestado en la celeridad con la que se sortearon los últimos escollos o en la respuesta que dio el propio Monarca, cuando se puso en duda la calidad del pretendiente por parte del Consejo de Órdenes. Se dijo entonces que había dicho el Rey: “poned que a mí sí me consta de su calidad”», señaló Jaime Salazar y Acha en el capítulo «Velázquez, Caballero de Santiago» del libro «Velázquez, en la Corte de Felipe IV» (Centro de Estudios Constitucionales. Madrid 2004).

Felipe IV «sabía pintar»

Ese favor regio dio pie a la leyenda de que fue el propio Felipe IV quien pintó la cruz de Santiago sobre el traje del pintor de Las Meninas, para que pasara a la posteridad con la distinción que tanto le había costado conseguir. Velázquez era su artista predilecto y, según John J. Elliot, «parece que se desarrolló entre ambos hombres un vínculo personal, que reflejaba no sólo la intimidad que puede llegara a haber entre un artista y su modelo, sino también gustos y simpatías compartidos» a lo largo de 37 años de trato directo. Se dice que al enterarse del fallecimiento del pintor, Felipe IV afirmó: «Yo perdí en él un buen amigo porque correspondía a mi voluntad».

El monarca, además, «supo y ejerció el arte de la pintura en sus tiernos años», según Lope de Vega. «No se conservan cuadros suyos, pero sí noticias de que sabía pintar y hay referencias a un cuadro en el que aparecía pintando», explica Javier Portús, jefe de conservación de Pintura Española (hasta 1700) del Museo del Prado.

No existe «ningún dato concluyente» que indique si la cruz de Santiago fue pintada antes o después del fallecimiento del artista el 6 de agosto de 1660, según Portús. Ningún aspecto en los trazos lleva a pensar que esta cruz roja con forma de espada, con sus dos brazos y la empuñadura rematados con una flor de lis, fuera realizada por otra persona, «pero tampoco se puede asegurar, a través de la pincelada, que la pintara Velázquez», continúa el experto del Prado.

El artista sevillano había representado cruces militares en los retratos de personajes con derecho a ostentarlas, como el Conde Duque de Olivares, el oidor del Consejo de Castilla Don Diego del Corral y Arellano o Pedro de Barberana, contador mayor y miembro del Consejo Privado del Rey. Tampoco destaca la que luce Velázquez en Las Meninas por su tamaño. «La cruz de Calatrava que luce por partida Pedro Berberana es mucho más ostentosa», constata Portús.

A juicio de este experto, «no es imposible» que el retoque fuera obra de su discípulo y yerno, Juan Bautista Martínez del Mazo, aunque el mismo Velázquez contó con nueve meses para pintarla antes de fallecer y tuvo oportunidad de añadir la distinción en el cuadro, que se cree que estaba por aquel entonces en el despacho del Cuarto de Verano del Alcázar (allí es citado por primera vez en 1666).

¿Cuál de todas las hipótesis resulta más creíble? «A gusto del consumidor», responde Javier Portús, aunque en su opinión «es muy probable que lo hiciera él mismo».

La ambición cortesana del genio

El misterio de la nieta negra de Felipe IV


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  • María Teresa de Austria engendró a una niña de rasgos moriscos, supuestamente con un joven pigmeo negro llamado «Nabo» que componía su séquito en Francia. En realidad, es posible que el enfermizo bebé sufriera de cianosis, una coloración que deja la piel azulada, o mostrara un gen recesivo de los Médici
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ABC Louise-Marie-Thérése, «La Monja Negra», quien se rumoreaba que era la hija oculta de los Reyes de Francia

Ninguno de sus contemporáneos tuvo el atrevimiento de contar el resultado exacto de la promiscuidad sexual de Felipe IV. Entre 30 y 40 se mueven las cifras más exageradas. Cabría esperar, por lo tanto, que el Rey hubiera dejado tras de sí una algarabía de descendientes, de distinta categoría social e incluso de distinta raza. No en vano, su descendiente más exótica y sorprendente, dentro de los cánones de la época, fue el misterioso fruto de una de las dos hijas legítimas que sobrevivieron al Monarca: María Teresa de Austria, Reina consorte de Francia.

María Teresa de Austria era hija de Felipe IV y su primera mujer, Isabel de Borbón. El único de los hijos en llegar a edad adulta del matrimonio es célebre hoy en día por ser retratada por Velázquez en una estética similar a las «Meninas», pero su relevancia política llegó por ser la esposa del Rey de Francia Luis XIV, el llamado «Rey Sol». El lugar de origen y los vínculos familiares, sin embargo, no impidieron que María Teresa consintiera los ataque franceses contra las posesiones españolas en Flandes durante la Guerra de Devolución y en el Caribe, apoyando a los piratas (filibusteros y bucaneros) desde la Isla de la Tortuga, entre otras acciones hostiles hacia la Monarquía hispánica.

El 9 de junio de 1660, la hija de Felipe IV contrajo matrimonio con Luis XIV de Francia. Su entrega como prometida del Rey se formalizó en Fuenterrabía (Isla de los Faisanes), el condominio más pequeño del mundo, en un acto cuya preparación contó con la participación de Velázquez. En su primer encuentro, la princesa se enamoró profundamente de su futuro marido, quien respondió con cierta indiferencia hacia ella, lo cual explica que se plegará tan rápido a las exigencias políticas de su marido. No obstante, a la espera de futuros enfrentamientos, el matrimonio franco-español culminaba la Paz de los Pirineos, que ponía final a varias décadas de guerra entre ambos países.

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wIKIPEDIA Entrevista de Luis XIV y María Teresa en la Isla de los Faisanes

Poco interesado por la belleza austriaca y el carácter frío de María Teresa, Luis XIV decidió abandonarse a un sinfín de amantes, entre ellas la duquesa de La Vallière. Pese a tener a su propio séquito de damas y consejeros, algunos españoles, la hija de Felipe IV quedó marginada en el ambiente intrigante de la corte. En este contexto, la Reina tomó en su compañía a un joven pigmeo negro, imitando una práctica habitual en esos días entre la nobleza francesa, que le servía de entretenimiento y para mitigar su soledad.

«Nabo», el joven negro del séquito de la Reina

El duque Beaufort, almirante de la marina, fue quien trajo de uno de sus viajes a aquel esclavo y lo presentó como obsequio a la española. El esclavo fue cristianizado con el nombre de «Nabo» y se integró en el círculo de confianza de la Reina, que tomó sincero cariño al joven. En 1664, fallecido «Nabo» en fechas recientes sin que se conozcan hoy las causas de la muerte, María Teresa quedó embarazada de lo que debía ser su tercer hijo. Tras un difícil parto, la Reina dio a luz a una pequeña niña con rasgos moriscos y diversas malformaciones. «El hermano del Rey me contó lo difícil de la enfermedad (el parto) de la Reina, de cómo su primer capellán se había desmayado de aflicción, y el príncipe y toda la gente junto con él se habían reído de la cara que puso la reina cuando vio que la hija que había dado a luz, se parecía a un pequeño moro que el señor de Beaufort había traído, que era muy bonito y que siempre estaba con la Reina», recogió en sus memorias Ana María Luisa de Orleáns, duquesa de Montpensier.

La educación y la mentalidad puritana de María Teresa antojan complicado que hubiera mantenido relaciones extramatrimoniales con «Nabo», más cuando no se conoce ningún otro amante en su biografía, pero en la lujuriosa corte francesa los rumores se convirtieron en un secreto oficioso. La muerte un mes después de la niña, llamada Ana Isabel de Francia, a causa de su precaria salud alimentó todavía más los rumores. El texto de la duquesa de Montpensier plantea en alto lo que todos susurraban por la Corte: «Cuando se dieron cuenta de que la hija de la Reina se podía parecer a su esclavo, se lo llevaron, pero ya era demasiado tarde, y le dijeron que la niñita era horrible, que no viviría y que no se lo dijera a la Reina porque se moriría». No obstante, oficialmente y según la hipótesis más verosimil la niña murió al mes y medio de nacer, el 26 de diciembre, porque «era débil y delicada, jamás tuvo salud».

Más allá de la rumorología, la ciencia plantea varias respuestas al color de piel de la hija de Luis XIV y María Teresa. Los médicos de la época apuntan a un problema en la alimentación de la Reina y a su mala aclimatación a París, un año antes había dado a luz a otra hija que murió a los pocos meses. Hoy, además, se considera factible que la coloración oscura de la piel de la recién nacida fuera provocada por una cianosis, presencia de pigmentos hemoglobínicos anómalos. Otra posibilidad es que los genes de la casa italiana de los Médici, fuertemente arraigados en la familia real francesa y con varios miembros con la piel morena en su sangre, hicieran aparición en aquella niña.

¿Quién era la «Monja Negra de Moret»?

Sospechando que la niña no había muerte realmente, se dio por supuesto en ciertos círculos que la hija de los Reyes era un misterioso miembro del clero, Louise-Marie-Thérése (Luisa Maria Teresa), conocida como la «Monja Negra de Moret». Tres evidencias apuntaban a esta teoría: su nombre es la suma del de los Reyes; María Teresa visitó con cierta frecuencia hasta su muerte en 1683 la abadía de Moret-sur-Loing, donde residía la monja; y se conserva una carta donde el Rey concede una pensión vitalicia de 300 libras a la joven. La propia «Monja Negra» afirmaba proceder de alta cuna, insinuando en ocasiones que era hermana del Delfín de Francia y del resto de hijos de María Teresa.

Sin embargo, según las investigaciones de la Sociedad de Historia de París y Francia a principios del siglo XX, Louise-Marie-Thérése no era la hija secreta de los Reyes, aunque ella misma se lo hubiera llegado a creer, sino una huérfana entregada por Madame de Maintenon, amante del Rey e importante figura política, al convento, nacida de una pareja de moros que trabajaban en la Ménagerie del Rey. «Varias fuentes informan que Luis XIV tenía un cochero morisco casado con una hermosa mujer. Tuvieron una hija de la que el Rey y la Reina fueron padrinos. Cuando los padres murieron, fue ingresada en un convento. Como ahijada del Rey, esta niña podía referirse al Delfín como su hermano», explica Gary McCollim, historiador especializado en la corte de Luis XIV.

El origen del temor a los viernes 13: La maldición de los templarios


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  • En una fecha así, 13 de octubre de 1307, el Rey de Francia inició la persecución de los templarios que terminó con su último gran maestre lanzando una amenaza profética antes de ser quemado vivo: «No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia». Un año después fallecieron el Monarca galo y el Papa que lo toleró
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wikipedia | Ilustración medieval que muestra la quema de dos templarios

La aversión al número 13 está fuertemente arraigada en la cultura occidental. En la Última Cena había trece personas (doce apóstoles y Jesús), siendo Judas el traidor, el número 13. En el Apocalipsis, el capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. A su vez, la Cábala –una disciplina de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo– enumera a 13 espíritus malignos; al igual que las leyendas nórdicas, donde Loki, el dios de las travesuras, aparece en ocasiones citado como el invitado número 13. Por su parte, el viernes según la tradición cristiana es el día que Jesucristo de Nazaret fue crucificado. Además, algunos estudiosos de la Biblia creen que Eva tentó a Adán con la fruta prohibida un viernes y que Abel fue asesinado por su hermano Caín el quinto día de la semana. Cabe recordar que los siete días de la semana –establecidos en función del tiempo en el que transcurre un ciclo lunar– son definidos por las religiones judeo-cristianas y musulmanas como el tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos.

El viernes, considerado por las razones anteriores un día aciago por la tradición cristiana, coincide entre 1 y 3 veces por año con el número de la mala suerte, el 13, dando lugar a la fecha más «maldita», de la que cine y literatura han dado buena cuenta. No en vano, el miedo por los viernes 13 tiene su epicentro histórico en una fecha que quedó marcada por el misterio y la traición: el viernes 13 de octubre de 1307. En la madrugada de este día, el Rey francés Felipe IV inició una brutal persecución contra la Orden de los Caballeros Templarios que provocó el arresto masivo de sus miembros.

Felipe IV persuadió al Papa Clemente V para que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos a través de la práctica de ritos heréticos. Especialmente humillante –bajo el prisma de la época– era la acusación de practicar actos homosexuales entre los caballeros de la Orden del Temple, que vivían a medio camino entre la austeridad de un monje y las exigencias de un guerrero. No obstante, se trataban de falsedades sin base alguna para ocultar las verdaderas causas de carácter económico. El Rey de Francia –donde los templarios vertebraban la mayor parte de la influencia y el patrimonio adquiridos durante las Cruzadas– coaligado con el papado y los dominicos ambicionaban acabar con la poderosa y acaudalada orden militar, convertida en el principal prestamista de la Corona francesa y de otros países europeos.

Las calumnias se convierten en acusaciones

Clemente V, pese a ser francés y antiguo arzobispo de Burdeos, mostró inicialmente su oposición a la guerra que Felipe IV pretendía desencadenar contra los templarios, puesto que necesitaba de su ayuda militar para iniciar una nueva cruzada en la zona de Palestina. Sin embargo, la negativa del último gran maestre, Jacques de Molay al proyecto Rex Bellator –impulsado por la Corona de Aragón para fusionar todas las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo– predispuso al Papa en contra de la Orden.

En 1307, Jacobo de Molay, último maestre del Temple, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propagadas contra su Orden por el Monarca francés. Para ello se sirvió de las acusaciones de Esquieu de Floyran, un espía al que Jaime II de Aragón había expulsado de su corte por verter falsedades contra los templarios pero que fue recibido con los brazos abiertos por el Rey galo, deseoso de provocar su caída a cualquier precio.

Ofendido por la campañade desprestigio contra la Orden del Temple, Jacobo de Molay acudió ante el Papa solicitando un examen formal para desacreditar las burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al Monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Pero Felipe IV, quien había intentado entrar sin éxito entre las filas templarías cuando se quedó viudo, no estaba dispuesto a dilatar el asunto y cerró el puño sobre su presa. Aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, Felipe IV despachó correos a todos los lugares de su reino con órdenes estrictas de que nadie los abriera hasta la noche previa a la operación: el jueves, 12 de octubre de 1307. Los pliegos ordenaban la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.

El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados. Y durante la madrugada del viernes 13, la mayoría de los templarios franceses fueron apresados y sus bienes confiscados bajo pretexto de la Inquisición. La resistencia militar fue mínima a causa de la avanzada edad de los guerreros que permanecían en Francia. Los jóvenes se encontraban preparando la inminente cruzada en la base de Chipre.

Para mitigar el escándalo, el Rey publicó un manifiesto donde involucraba al Papa en la decisión. Cuando Clemente V se enteró de la detención, reprendió al Monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Tras pactar con el Papa las condiciones del proceso, Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar la mayoría de sus bienes. No obstante, el proceso fue del todo irregular. Sin ir más lejos, los templarios habían de ser juzgados con respecto al Derecho canónico y no por la justicia ordinaria de Francia. Asimismo, Guillermo de Nogaret –mano ejecutora del Rey– estuvo bajo la excomunión formal de la Iglesia desde el principio hasta el fin de los procesos.

Una amenaza, que resultó ser una profecía

Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, incluso del Gran Maestre, pero estas confesiones fueron revocadas por la mayoría de los acusados posteriormente. Mientras el Papa tomaba una decisión definitiva sobre la Orden y el futuro del Gran Maestre y el resto de cargos superiores, un goteo de templarios fue pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. En 1314, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua, gracias a la interferencia del Papa y de importantes nobles europeos. No en vano, encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena, los máximos representantes de la orden renegaron de sus confesiones: «¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!». El desafío de los líderes templarios, rompiendo lo pactado, les condenó a muerte.

Aquel mismo día, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta entre el mito y la realidad, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad». Fuera real la frase o un adorno literario añadido posteriormente por los cronistas, la verdad es que antes de un año fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V.

En el resto de Europa, la persecución templaria no fue tan violenta y sus miembros fueron absueltos en la mayor parte de los casos. Sus bienes, no en vano, fueron repartidos entre la nobleza o integrados en otras órdenes militares como la de los Hospitalarios.

La adicción al sexo de Felipe IV: el Rey que tuvo 46 hijos, pero solo dejó un heredero


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  • El Monarca tenía el perfil de «un sexoadicto anónimo y promiscuo». Fruto de su relación con la actriz María Inés Calderón nació el célebre Don Juan José de Austria

Nadie sabe el número exacto de hijos que tuvo Felipe IV de Habsburgo fuera de sus dos matrimonios. Entre 20 y 40 se mueven las cifras más exageradas, pero ninguno de sus contemporáneos tuvo el atrevimiento de contar los resultados de su promiscuidad sexual. Paradójicamente, el Rey que más hijos ha tenido en la historia de España, 13 legítimos, murió sin ser capaz de dar más heredero varón que el enfermizo Carlos II. Un castigo casi bíblico para un Monarca –culto, inteligente, amigo de Velázquez y gran mecenas del arte–, que desatendió los asuntos de su reino hasta que éste comenzó a desmoronarse. Para entonces era demasiado tarde.

Tras un breve reinado marcado para las treguas y las maniobras diplomáticas, la repentina muerte de Felipe III dio paso al periodo de Felipe IV, señalado por la alta nobleza como el retorno a los éxitos de los primeros Austrias españoles. Pero nada más lejos de la realidad, Felipe IV fue un Rey despreocupado, pasmado por los placeres de la carne, que delegó en validos el gobierno del entonces mesiánico Imperio Español. Según describe José Deleito y Piñuelo, autor de «El Rey se divierte», el príncipe desarrolló su obsesión por el sexo «con los primeros hervores de la adolescencia, cuando cabalgó sin freno por todos los campos del deleite, al impulso de pasiones desbordadas». Y lo hizo asistido e impulsado por un gentilhombre, el Conde Duque de Olivares, que con el cambio de reinado pasó a ejercer el máximo poder hasta 1643. Mientras tanto, el joven Monarca empeñó su tiempo al libertinaje, a la caza y a las correrías nocturnas por las calles madrileñas.

En palabras del psiquiatra Francisco Alonso-Fernández, que dedicó un estudio a la vida personal de los Habsburgo españoles, Felipe IV muestra el comportamiento de «un sexoadicto anónimo y promiscuo». El denominador común de todas las mujeres elegidas, donde no hacía distinción social, es la escasa duración en el tiempo de las relaciones. Entre la larga lista de amoríos de este licencioso Monarca se encontraban mujeres de toda clase y condición: casadas o viudas, doncellas, damas de alta alcurnia, monjas y, por su puesto, también actrices.

La adicción al sexo de Felipe IV: el Rey que tuvo 46 hijos, pero solo dejó un heredero

Wikipedia María Inés Calderón

El Rey acostumbraba a frecuentar de incógnito los palcos de los teatros populares de Madrid, como El Corral de la Cruz o El Corral del Príncipe, en busca de aventuras amorosas. En una de estas incursiones, Felipe IV conoció a una joven actriz llamada María Inés Calderón, a quien apodaban «la Calderona», y la cual había mantenido también relaciones con el duque de Medina de la Torres. El Monarca quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió reunirse en privado con ella.

Don Juan José de Austria, «hijo de la tierra»

El niño que nació fruto de esta relación fue bautizado como «hijo de la tierra» (la forma en que se inscribían en el libro de bautizados a los hijos de padres desconocidos) en la parroquia de los Santos Justo y Pastor, actuando como padrino un caballero de la Orden de Calatrava, ayuda de cámara del Rey. Conocido como Don Juan José de Austria, este hijo de Felipe IV terminó convirtiéndose en una de las figuras políticas más importantes del reinado de su hermanastro Carlos II. Por su parte, «la Calderona» ingresó pocos años después del parto en el monasterio benedictino de San Juan Bautista en Valfermoso de las Monjas, Guadalajara. Fue abadesa entre los años 1643 y 1646.

La adicción al sexo de Felipe IV: el Rey que tuvo 46 hijos, pero solo dejó un heredero

Museo Nacional del Prado Retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII

Y pese a su activa vida sexual fuera del matrimonio, Felipe IV no escatimó vigor sexual en dar herederos legítimos a la Monarquía hispánica. En 1615 se casó con Isabel de Borbón, la hija del Rey de Francia, con quien había sido prometido a la edad de 6 años. Fruto de este matrimonio nacieron siete hijos, de los cuales solo dos llegaron a adultos. Uno de estos fue Baltasar Carlos, que incluso juró antes las Cortes castellanas como heredero antes de fallecer repentinamente a los diecisiete años a causa de la viruela. La otra hija superviviente, María Teresa de Austria y Borbón, vivió 47 años y fue Reina consorte del Rey Luis XIV de Francia.

Precisamente, la muerte del Príncipe de Asturias llegó en el peor momento de la vida de Felipe IV. Además de perder Portugal, la guerra contra Francia, la de Flandes y por poco los Condados catalanes, Felipe IV extravió a su bizarro heredero cuando su mujer y su hermano el Cardenal Infante Fernando –otro posible candidato a la sucesión– también habían fallecido en ese mismo lustro. A partir de entonces, el Monarca, que había evitado incurrir en consanguineidad cansándose con una princesa francesa, tuvo que improvisar una solución de urgencia y recurrió a la opción más a mano. La elegida para contraer matrimonio fue la prometida de su fallecido hijo y sobrina del Rey, la Archiduquesa Mariana de Austria.

El matrimonio de Felipe IV con su sobrina de 12 años dio como fruto cinco hijos, pero solo dos llegaron a adultos. Margarita, esposa del emperador alemán Leopoldo I, que murió con 21 años, y Carlos II «El Hechizado», cuya muerte sin herederos desencadenó la Guerra de Sucesión española. El funesto Carlos II es el miembro de la familia Habsburgo con el mayor coeficiente de consanguineidad de la dinastía, un 0,254 –el que se puede encontrar en una relación entre padre e hija–, y el portador de numerosas malformaciones que le invalidaban para reinar.

La controversia: ¿Cuántos hijos tuvo?

Es difícil saber el número exacto de hijos que tuvo Felipe IV más allá de sus 12 vástagos dentro del matrimonio, puesto que de sus hijos bastardos solo Don Juan José de Austria fue reconocido oficialmente en vida. Josefina Castilla Soto, profesora de historia moderna de la UNED, habla de al menos una treintena de hijos bastardos, y González Cremona precisa que fueron 34 hijos. Para el historiador Alberto Risco, sin embargo, la cifra de bastardos sería de 23 hijos naturales, de los cuales tan solo reconoció a Juan José porque el Rey quedó «electrizado por sus dotes físicas y morales» y porque quizás pensó en la posibilidad de incluirle en la sucesión real.

La adicción al sexo de Felipe IV: el Rey que tuvo 46 hijos, pero solo dejó un heredero

Museo del Prado Retrato de Felipe IV a caballo, por Velázquez

Frente a la dificultad de dar una cifra definitiva, las investigaciones históricas se han contentado con indagar en las biografías de los hijos ilegítimos más famosos. Entre ellos destacan Alonso Henríquez de Santo Tomás –resultado de una relación con Constanza de Ribera y Orozco, dama de honor de la Reina Isabel de Borbón–, y Alonso Antonio de San Martín, que llegaron a ser obispo de Málaga y obispo de Oviedo y Cuenca, respectivamente. A su vez, Carlos Fernando de Austria, hijo del Rey y de la noble vizcaína Casilda Manrique de Luyando y Mendoza, fue guarda mayor de las damas de la archiduquesa Mariana de Austria, la segunda esposa de Felipe IV.

Lejos de lo que cabría pensar, la adicción al sexo de Felipe IV no fue una rara avis en la piadosa familia Habsburgo. Si bien Felipe III y su padre Felipe II –que encargó a Tiziano una colección de pinturas eróticas y mantuvo varias relaciones ilícitas en su juventud– no engendraron ningún hijo ilegítimo, otros miembros de la familia tuvieron numerosos vástagos fuera de sus matrimonios. De esta forma, Carlos I de España tuvo como mínimo cuatro hijos y su abuelo Maximiliano unos 12. A su vez, Don Juan de Austria, el más famoso de los hijos bastardos de la dinastía, tuvo al menos dos hijos sin estar casado.

La fallida alianza entre Inglaterra y España que pudo cambiar la historia de Europa


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El Príncipe de Gales viajó de incógnito a España en 1623 para conocer a la que iba a ser su esposa, la hermana de Felipe IV. El fracaso de las negociaciones dio paso a una guerra entre ambos reinos donde se impuso claramente la Monarquía Hispánica

La fallida alianza entre Inglaterra y España que pudo cambiar la historia de Europa

Wikipedia | Las delegaciones española e inglesa en la Conferencia de Somerset House, llamada también Tratado de Londres

Salvo el encarnizado enfrentamiento entre la España de Felipe II y la Inglaterra de Isabel I, las relaciones políticas entre ambos países fueron sorprendentemente amistosas durante los siglos XVI y XVII, aquellos en los que se mantuvo la hegemonía de la Monarquía Hispánica. Poco después de la llegada de Felipe IV al trono, se intentó consolidar una alianza en firme a través del matrimonio entre el Príncipe de Gales y una Infanta de España, que hubiera cambiado radicalmente la historia de Europa. Sin embargo, las fallidas negociaciones condujeron dos años después a una guerra entre ambas potencias, donde España se impuso de forma clara, que marcó el inicio del fin de Carlos I de Inglaterra.

El Imperio Español e Inglaterra, entonces una potencia de segundo orden, tuvieron en común a principios de la Edad Moderna su enemistad con el Reino de Francia. La remota Guerra de los Cien Años todavía mantenía abiertas heridas entre los dos países vecinos, lo cual fue aprovechado por los Reyes Católicos y posteriormente Carlos I de España para estrechar lazos con Enrique VIII. Aunque la alianza vivió episodios de tensión, sobre todo a raiz del divorcio entre el Rey de Inglaterra y Catalina de Aragón, sobrevivió hasta que la muerte de María Tudor, esposa de Felipe II de España, llevó al trono a una enconada enemiga del Imperio: Isabel I de Inglaterra, «la Reina Virgen».

Es durante este periodo, a finales del siglo XVI, cuando las relaciones entre ambos países vivieron su máximo antagonismo. Hasta el punto de que Felipe II decidió enviar una flota para derrocar a la Reina y restaurar el Catolicismo en las islas, en lo que fue bautizado posteriormente con el nombre de «la Armada Invencible». En 1604, ya con ambos monarcas fallecidos, la guerra fue concluida en el Tratado de Londres. Y aunque el conflicto había comenzado con sonadas victorias inglesas, los sucesivos enfrentamientos se contaban en victorias españolas y, por tanto, las condiciones del tratado fueron favorables para Felipe III. Recuperaban así ambos países la vieja amistad que en el caso del Reino de Aragón se remontaba siglos atrás hasta la Guerra de los Cien años.

La promesa de Jacobo I de Inglaterra de no intervenir en los asuntos continentales de España, es decir, en la interminable guerra de Flandes, sirvió para mantener la paz durante casi 20 años. El conde de Gondomar, embajador de España en Londres desde 1613, se encargó durante ese tiempo de persuadir a Jacobo I para que no interviniera en la Guerra de los Treinta Años a favor de los protestantes. La buena sintonía entre ambos países se mantuvo a la muerte de Felipe III, e incluso se intentó ampliar con un matrimonio entre el Príncipe de Gales, Carlos Estuardo, y la hermana de Felipe IV, Doña María de Austria.

Paradójicamente, fue la llegada por sorpresa del Príncipe de Gales y el duque de Buckingham a Madrid lo que devolvió el aliento a las negociaciones, justo cuando la idea parecía disiparse entre las miles de propuestas diplomáticas que se amontonaban en El Escorial. En un episodio histórico recogido por la saga literaria de «El Capitán Alatriste» de Arturo Pérez Reverte, dos extraños personajes acudieron la noche del 17 de marzo de 1623 a la residencia del embajador de Inglaterra en Madrid, situada en «La Casa de las Siete Chimeneas». El futuro Rey de Inglaterra, un joven que todavía desconocía el reverso de la política, había recorrido media Europa de incógnito para conocer a la que podía convertirse en su esposa.

La teología se cuela en las negociaciones

La noticia de la llegada del príncipe inglés saltó como la pólvora por las calles de Madrid. El Conde-Duque de Olivares –valido de Felipe IV– agasajó al invitado con una interminable ronda de festejos y muestras de amistad, pero en lo respectivo a las negociaciones no impulsó grandes avances. Los españoles exigían al futuro monarca que se convirtiera al catolicismo para casarse con la Infanta María, o, en su defecto, aceptaran las condiciones que desde Roma imponían para conceder una dispensa papal. Entre estas estaba la abolición de las leyes que perseguían a los católicos en las islas.

La mala relación personal entre el Conde-Duque de Olivares y el duque de Buckingham, el fiel consejero que acompañó al Monarca en su aventura, salieron a relucir durante las negociaciones, que quedaron supeditadas a la opinión de una junta de Teólogos. Tras reunirse durante varios meses, cuarenta teólogos dieron su autorización al matrimonio bajo la condición de que se aceptaran las exigencias de Roma.

A la comitiva inglesa todo el asunto de la Junta le pareció una pérdida de tiempo y consideró seriamente la posibilidad de regresar a casa. No en vano, Carlos Estuardo sorprendió de nuevo a todos cuando, empujado por su concepción romántica del matrimonio, aceptó el acuerdo. Las calles madrileñas lo celebraron con fuegos artificiales y hogueras. El 7 de septiembre, Carlos juró cumplir las condiciones; y Felipe IV, a su vez, accedió a que la pareja se dejara ver junta publicamente.

Nada tenían que ver, sin embargo, los juramentos y amoríos del príncipe con la auténtica temperatura de las negociaciones. El Conde-Duque de Olivares y Jacobo I cada vez veían más remoto el enlace, puesto que Inglaterra empezaba a sopesar decididamente las ventajas de su participación en la Guerra de los Treinta Años a favor de la causa protestante. De hecho, las negociaciones en este punto solo servían para mantener las apariencias y al joven monarca entretenido. Después de la enésima evasiva del gobierno español y de que la autorización papal no llegara nunca, incluso la determinación del príncipe inglés terminó por quebrarse e inició los preparativos de su marcha. Cuando todavía estaba en Segovia, el hijo de Jacobo I escribió a Felipe IV para trasmitirle que su compromiso seguía firme. Pero la carta nunca fue contestada.

La derrota inglesa de 1625

La alianza entre un imperio en decadencia y una potencia emergente, el caso de Inglaterra, habría reportado grandes beneficios a la Monarquía Hispánica y podría haber afectado al mapa geopolítico de Europa. Así, entrando en materia de los supuestos, Inglaterra podría haber proporcionado la cobertura militar que necesitaban las tropas españolas desplegadas en las posesiones de los Habsburgo en el norte de Europa, y la unión habría perjudicado comercialmente a la Francia del Cardenal Richelieu. Por el contrario, las fallidas negociaciones desembocaron pocos años después en una nueva guerra entre ambos países.

La guerra y el resentimiento fueron los únicos resultados tangibles que generaron los meses de negociación. A su vuelta a Inglaterra, Carlos Estuardo –sintiéndose víctima de un desplante amoroso– exigió a su padre que declarara la guerra contra España y que el Parlamento aprobara su unión matrimonial con la Princesa Enriqueta María de Francia, a la que Carlos había conocido en París durante el viaje. No obstante, tras la muerte de Jacobo I, la guerra contra España no dio los resultados esperados y, en 1625, un ataque naval contra Cádiz terminó con una estrepitosa derrota para Carlos, causándole el descrédito ante sus súbditos.

Varias derrotas más, incluida la Rendición de Breda donde había tropas inglesas desplegadas, llevaron a Inglaterra a firmar la paz en 1630 y a dar por finalizada su participación en la Guerra de Treinta Años. Los costes del conflicto y la mala gestión se sumaron a las disputas entre la Monarquía y el Parlamento que se alargaban desde el anterior reinado. Todo ello desembocó en la célebre Guerra Civil inglesa de la década de 1640 que terminó con la ejecución de Carlos I.

El viaje de Carlos a Madrid, un rey recordado por ser un gran mecenas del arte, es considerado por los historiadores como determinante en su posterior interés por la pintura. Sus enormes gastos en arte también contribuyeron a su impopularidad.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa


ABC.es

  • La hegemonía política y cultural del Imperio español queda patente hasta en la indumentaria usada en el continente durante los siglos XVI y XVII
«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

wIKIPEDIA | «El caballero de la mano en el pecho», pintado por el Greco

 La corte española se convirtió durante los siglos XVI y XVII en el mayor epicentro político de Europa. La hegemonía militar, política y cultural del Imperio español hizo que desde todo el continente se miraran con atención las modas y tradiciones que proponían los castellanos. Así, como más tarde ocurrió con Francia, el castellano se convirtió en una de las lenguas de referencia en Europa, los pintores españoles inmiscuyeron su estilo entre flamencos e italianos, y la vestimenta de los Reyes españoles dio lugar a una peculiar moda: «Vestir a la española».

La difusión de la indumentaria de la corte española tuvo su mayor auge entre 1550 y 1650. Si bien al inicio del Renacimiento se impuso en Europa la influencia italiana, con un estilo grandilocuente de colores alegres, pronto el cambio de los ejes de poder desembocó en la preeminencia del estilo español, que estaba influido por el ascetismo medieval.

Carlos I y Felipe II fueron los grandes valedores de esta nueva tendencia. En consonancia con la rectitud religiosa que querían proyectar al mundo, la dinastía de los Habsburgo adoptó en la corte un estilo de gran sobriedad, caracterizado por el uso de colores oscuros y prendas ceñidas, sin arrugas ni pliegues y aspecto rígido, sobre todo en las mujeres que usaban verdugado o guardainfantes (una falda hueca compuesta por un armazón de alambres o madera). Este estilo era sumamente incómodo para las mujeres, que necesitaban horas para vestirse. No obstante, la apariencia rigorista, de tonos oscuros, incorporaba algunos detalles de color como cadenas de oro o la cruz de alguna orden. Y en el caso de las mujeres, estaban permitidas algunas concesiones más en forma de complementos.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

Wikipedia | Los electores del Palatinado bailando en traje español, por Jan Frans van Douven

Rápidamente esta moda se extendió por Europa, sobre todo en Holanda, Francia, Flandes e Inglaterra. Felipe II mantuvo la estética planteada por su padre, pero le añadió la tradicional gola con la que el Monarca aparece en todos sus retratos. La gola era un adorno fruncido o plegado utilizado por hombres y mujeres alrededor del cuello que ya se empleaba en el centro de Europa desde la Edad Media. Y, por influencia directa del Imperio español, otras prendas fueron popularizadas como capas, corsés y guardainfantes.

Los excesos brillantes se suman al negro

En una sociedad regida por la condición social y la importancia de ser hijo de alguien («hidalgo de solar») la apariencia terminó por convertirse en una obsesión. A comienzos del siglo XVII, el traje nacional, sobrio y de color negro del periodo de Felipe II, dio paso a una moda más excesiva en adornos durante el reinado de Felipe III. El Barroco en todo su esplendor incorporó al traje negro perlas, perfumes, pedrerías, telas exóticas, e incluso la clásica gola fue desplazada por la lechuguilla (cuello exagerado en forma de gran abanico).

La tendencia al exceso era muy representativa del reinado de Felipe III, quien trataba de tapar las heridas del Imperio español con vendas doradas, y terminó con la llegada al trono de Felipe IV, que había sido señalado por la nobleza como el hombre capaz de retomar los éxitos de los primeros Austrias españoles. Con Felipe IV los colores de nuevo se apagaron y se volvió al negro, en contraposición al brillo de la emergente corte francesa. En 1623 se prohibió el llamada cuello de lechuguilla para ser sustituido por un tipo de cuello grande y plano que caía sobre los hombros. La mayoría de nobles agradecieron el cambio puesto que la disputa por ser el mejor engalanado había dejado maltrechos muchos bolsillos.

Pese a los esfuerzos del valido del Rey, el Conde-duque de Olivares, la corte abandonó pronto la austeridad y retomó el inagotable ritmo de fiestas. Así por ejemplo, a raíz de un hecho sin trascendencia para España, la coronación de Fernando III como Rey de los Romanos en Viena, la corte de Felipe IV celebró diez días de bailes, monterías, mascaradas, luminarias y otras fiestas que costaron 420.000 escudos a las arcas reales. Según los cálculos de Pablo Martín Gómez en su libro «El ejército español en la Guerra de los 30 años», con una cifra así de dinero se podría haber pagado el salario anual de 8.500 hombres en la Guerra de Flandes, donde el Imperio español se jugaba la hegemonía europea. Una algarabía de fiestas para esconder lo que era cada vez más obvio: la estructura Imperio vivía sus últimos días.

Francia desplaza al Imperio español

La hegemonía cultural y política se desplazó finalmente al Reino de Francia en la segunda mitad del siglo XVII. La monarquía francesa impuso en Europa una moda caracterizada por líneas simples y unas prendas, en el caso femenino, menos incómodas, desapareciendo así las anchas faldas ahuecabas. El escote también se amplió y dejó al descubierto el cuello e incluso los hombros. Por su parte, la peluca masculina fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en todo guardarropa.

La llegada de los Borbones al trono español borró los últimos vestigios de la moda conocida como «vestir a la española». No en vano, durante el reinado de Carlos IV apareció el majismo, una reacción de corte popular y nacionalista al monopolio de la moda francesa.