«Dios es español», la frase que retrató la hegemonía militar del Imperio español


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  • Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. La guerra de Flandes fue el escenario de sus mayores hazañas, pero también el principio del fin de esta unidad legendaria
 Ferrer-Dalmau El milagro de Empel, por Augusto Ferrer-Dalmau (2015)


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El milagro de Empel, por Augusto Ferrer-Dalmau (2015)

Tras las victorias españolas en la batalla de Bicoca de 1522 y en la batalla de Pavía de 1525 sobre los franceses, el poder del Imperio español sobre Italia era incontestable. Y aunque los episodios más oscuros del saqueo de Roma de 1527 fueron obra de mercenarios luteranos, Italia vio en el desafío español un sacrilegio sin castigo divino que tenía una única explicación: «Dios s’era fatto Spagnolo» (Dios estaba de parte de los españoles).

Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. A imagen de las falanges macedonias y las legiones romanas, que también impusieron su superioridad militar, los tercios encontraron en la combinación de armas blancas (pica y espada) y de fuego (arcabuz y mosquete) una forma de aplastar el papel de la caballería pesada en Europa. No en vano, esta unidad española se diferenciaba de los mercenarios suizos, que fueron los primeros en dar protagonismo a la pica a comienzos de la Edad Moderna, en su capacidad de fragmentarse y adaptarse tácticamente a las diferentes situaciones de combate. El resultado fue una superioridad militar que, en primer lugar, se hizo patente en Italia.

Los italianos se defienden con humor

«No cabe duda de que los españoles aspiran al dominio universal, y que los únicos obstáculos que han encontrado hasta ahora son la distancia entre sus dominios y la escasez de gente», afirmó el cardenal Richelieu a su Rey Luis XIII de Francia cuando precisamente el Imperio español empezaba a mostrar síntomas de agotamiento. Atrás quedaba el periodo de mayor esplendor de las armas hispánica que, tras los experimentos iniciales a cargo del Gran Capitán en Nápoles, se inició simbólicamente con las batallas de Bicoca y Pavía, ya en el reinado de Carlos I de España.

ABC Relieve dedicado a la batalla de Pavía, por Juan de Orea

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Relieve dedicado a la batalla de Pavía, por Juan de Orea

Así, en Bicoca (una población al oeste de Milán) las debilidades de la infantería suiza al servicio de Francia quedaron retratadas por los arcabuceros castellanos de Carlos I. Como explican Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su libro «Tercios de España, la Infantería legendaria», la facilidad con la que los arcabuceros desarmaron a los suizos, que gozaban de la supremacía desde hace cien años en los campos europeos, hizo que la palabra «bicoca» pasara a los vocabularios castellano y francés como sinónimo de ganga, «cosa que se adquiere a bajo precio o con poco trabajo».

Con la batalla de Pavía, donde el propio Rey de Francia Francisco I fue capturado y trasladado a Madrid por unos soldados españoles, los italianos se convencieron de que detrás de la superioridad militar de España estaba el hecho de que «Dios estaba de parte de España», lo cual venía a asemejarse a que la suerte siempre soplaba a su favor. Incapaces de poder expulsarlos de su tierra por las armas, el odio hacia los bárbaros españoles –que causaban aversión desde las incursiones militares de los aragoneses en Italia– hizo que los italianos recurrieran a la burla. Los soldados españoles fueron calificados como unos bravucones y fanfarrones, que no vencían por su habilidad sino porque eran más numerosos. De aquella época datan los chistes sobre las supuestas virtudes de los castellanos y sobre su «ridículo» sentido del honor, de los que la literatura ha dado cuenta en muchas obras del periodo. La «Commedia dell’arte» emplea frecuentemente al personaje del capitán español fanfarrón, un cobarde bocazas que huye cuando se presenta la primera dificultad en el combate.

El teatro de operaciones de los ejércitos del Imperio español se trasladó de Italia a Flandes con el inicio de la rebelión de carácter calvinista que tuvo lugar en este conjunto de provincias bajo la soberanía de Felipe II. En 1567, el Monarca envió a su mejor general, el Gran Duque de Alba, a enfrentarse a los rebeldes que se terminaron congregando en torno a la figura de Guillermo de Orange. Pese a que la guerra supuso la tumba del Imperio español a largo plazo, también fue el escenario predilecto para que los tercios españoles mostraran la superioridad de sus armas. Hasta avanzado el siglo XVII, los rebeldes no consiguieron formar un ejército capaz de causarle daños importantes al español, que en ocasiones pareció obrar verdaderos milagros.

De los milagros, al ocaso de 1658

El milagro de Empel fue uno de los pasajes más famosos de los tercios en Flandes, que, aunque eran una fuerza multinacional, estaban vertebrados claramente en torno a los infantes castellanos. De acuerdo con la tradición, el 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco Arias de Bobadilla quedó acorralado en la desembocadura del Escalda (Scheldt) a merced de que la poderosa flota rebelde llegará para exterminarlos. Sin embargo, una fuerte helada inmovilizó a la armada holandesa y permitió a la infantería española, que aguardaba apiñada y hambrienta, asaltar a pie los barcos rebeldes. Frente a la absoluta derrota holandesa, el almirante Holak claudicó con palabras gruesas: «Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro». Asimismo, el fortuito encuentro de una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción por parte de un soldado español fue visto como «un divino nuncio». La Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los tercios españoles desde entonces y de la actual infantería española.

La eterna guerra de Flandes y la progresiva recuperación de poder por parte de Francia marcaron el principio del fin de la hegemonía militar de España. Así y todo, en 1625 –el año de la Rendición de Breda, la expulsión de Holanda de Salvador de Bahía y la exitosa defensa de Cádiz frente a los ingleses–, el Conde-Duque de Olivares todavía se atrevería a recordar que «Dios es español y está de parte de la nación estos días». Y más allá del supuesto ocaso, la batalla de Rocroi de 1643, los tercios españoles continuaron siendo una unidad temida hasta 1658, cuando la batalla de las Dunas dejó al descubierto sus puntos débiles y acabó con la vida del grueso de sus veteranos. Para entonces, no obstante, poco quedaba de la veterana infantería que había dominado Europa con mano de hierro. La crisis demográfica que azotaba Castilla en el siglo XVII obligó a una importante disminución en los requisitos para alistarse en la infantería española: conforme desaparecieron los últimos veteranos se desangró la unidad a manos de soldados bisoños.

La llegada al trono de Felipe V acabó definitivamente con los tercios. El 28 de septiembre de 1704, el Rey borbón decretó la transformación de los tercios en regimientos, lo que suponía la adopción del modelo del Ejército francés, que en aquel periodo luchaba por alcanzar la hegemonía militar en el viejo continente.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa


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  • La hegemonía política y cultural del Imperio español queda patente hasta en la indumentaria usada en el continente durante los siglos XVI y XVII
«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

wIKIPEDIA | «El caballero de la mano en el pecho», pintado por el Greco

 La corte española se convirtió durante los siglos XVI y XVII en el mayor epicentro político de Europa. La hegemonía militar, política y cultural del Imperio español hizo que desde todo el continente se miraran con atención las modas y tradiciones que proponían los castellanos. Así, como más tarde ocurrió con Francia, el castellano se convirtió en una de las lenguas de referencia en Europa, los pintores españoles inmiscuyeron su estilo entre flamencos e italianos, y la vestimenta de los Reyes españoles dio lugar a una peculiar moda: «Vestir a la española».

La difusión de la indumentaria de la corte española tuvo su mayor auge entre 1550 y 1650. Si bien al inicio del Renacimiento se impuso en Europa la influencia italiana, con un estilo grandilocuente de colores alegres, pronto el cambio de los ejes de poder desembocó en la preeminencia del estilo español, que estaba influido por el ascetismo medieval.

Carlos I y Felipe II fueron los grandes valedores de esta nueva tendencia. En consonancia con la rectitud religiosa que querían proyectar al mundo, la dinastía de los Habsburgo adoptó en la corte un estilo de gran sobriedad, caracterizado por el uso de colores oscuros y prendas ceñidas, sin arrugas ni pliegues y aspecto rígido, sobre todo en las mujeres que usaban verdugado o guardainfantes (una falda hueca compuesta por un armazón de alambres o madera). Este estilo era sumamente incómodo para las mujeres, que necesitaban horas para vestirse. No obstante, la apariencia rigorista, de tonos oscuros, incorporaba algunos detalles de color como cadenas de oro o la cruz de alguna orden. Y en el caso de las mujeres, estaban permitidas algunas concesiones más en forma de complementos.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

Wikipedia | Los electores del Palatinado bailando en traje español, por Jan Frans van Douven

Rápidamente esta moda se extendió por Europa, sobre todo en Holanda, Francia, Flandes e Inglaterra. Felipe II mantuvo la estética planteada por su padre, pero le añadió la tradicional gola con la que el Monarca aparece en todos sus retratos. La gola era un adorno fruncido o plegado utilizado por hombres y mujeres alrededor del cuello que ya se empleaba en el centro de Europa desde la Edad Media. Y, por influencia directa del Imperio español, otras prendas fueron popularizadas como capas, corsés y guardainfantes.

Los excesos brillantes se suman al negro

En una sociedad regida por la condición social y la importancia de ser hijo de alguien («hidalgo de solar») la apariencia terminó por convertirse en una obsesión. A comienzos del siglo XVII, el traje nacional, sobrio y de color negro del periodo de Felipe II, dio paso a una moda más excesiva en adornos durante el reinado de Felipe III. El Barroco en todo su esplendor incorporó al traje negro perlas, perfumes, pedrerías, telas exóticas, e incluso la clásica gola fue desplazada por la lechuguilla (cuello exagerado en forma de gran abanico).

La tendencia al exceso era muy representativa del reinado de Felipe III, quien trataba de tapar las heridas del Imperio español con vendas doradas, y terminó con la llegada al trono de Felipe IV, que había sido señalado por la nobleza como el hombre capaz de retomar los éxitos de los primeros Austrias españoles. Con Felipe IV los colores de nuevo se apagaron y se volvió al negro, en contraposición al brillo de la emergente corte francesa. En 1623 se prohibió el llamada cuello de lechuguilla para ser sustituido por un tipo de cuello grande y plano que caía sobre los hombros. La mayoría de nobles agradecieron el cambio puesto que la disputa por ser el mejor engalanado había dejado maltrechos muchos bolsillos.

Pese a los esfuerzos del valido del Rey, el Conde-duque de Olivares, la corte abandonó pronto la austeridad y retomó el inagotable ritmo de fiestas. Así por ejemplo, a raíz de un hecho sin trascendencia para España, la coronación de Fernando III como Rey de los Romanos en Viena, la corte de Felipe IV celebró diez días de bailes, monterías, mascaradas, luminarias y otras fiestas que costaron 420.000 escudos a las arcas reales. Según los cálculos de Pablo Martín Gómez en su libro «El ejército español en la Guerra de los 30 años», con una cifra así de dinero se podría haber pagado el salario anual de 8.500 hombres en la Guerra de Flandes, donde el Imperio español se jugaba la hegemonía europea. Una algarabía de fiestas para esconder lo que era cada vez más obvio: la estructura Imperio vivía sus últimos días.

Francia desplaza al Imperio español

La hegemonía cultural y política se desplazó finalmente al Reino de Francia en la segunda mitad del siglo XVII. La monarquía francesa impuso en Europa una moda caracterizada por líneas simples y unas prendas, en el caso femenino, menos incómodas, desapareciendo así las anchas faldas ahuecabas. El escote también se amplió y dejó al descubierto el cuello e incluso los hombros. Por su parte, la peluca masculina fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en todo guardarropa.

La llegada de los Borbones al trono español borró los últimos vestigios de la moda conocida como «vestir a la española». No en vano, durante el reinado de Carlos IV apareció el majismo, una reacción de corte popular y nacionalista al monopolio de la moda francesa.