Felipe III de España, el Rey ludópata que no quería reinar


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  • El hijo de Felipe II perdió grandes sumas de dinero ante importantes cortesanos jugando a las cartas, entre ellos el Duque de Lerma, quien convenció al Monarca de que trasladara la Corte a Valladolid, y de nuevo a Madrid. El noble castellano se hizo millonario con la operación urbanística resultante
Museo del Prado Alegoría de la educación de Felipe III por Justus Tiel

Museo del Prado
Alegoría de la educación de Felipe III por Justus Tiel

Con la llegada al trono de Felipe III, el único hijo varón que sobrevivió a la muerte de Felipe II, se interrumpió la estirpe de Reyes españoles que gobernaron sin necesidad de delegar en validos o favoritos, cuyo recuerdo más reciente en ese momento eran los accidentados reinados de Juan II y Enrique IV «El Impotente», que permitieron que Álvaro de Luna y Juan Pacheco llevaran en su beneficio las riendas de Castilla. Dominado durante casi dos décadas por el oscuro Duque de Lerma, Felipe III se reveló como un gobernante apático con muy poco interés en los asuntos de estado, y sin la formación adecuada para ello, puesto que su educación había estado continuamente interrumpida por sus problemas de salud. Además, al igual que otros miembros de la familia Habsburgo, desarrolló un comportamiento compulsivo, en su caso con los juegos de azar.

La salud de Felipe III, que tenía un nivel de consanguineidad poco por debajo de su malogrado hermanastro el Príncipe Maldito, fue siempre precaria. «Dios, que siempre me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos», afirmó en una ocasión Felipe II, consciente de que era poco probable que su último hijo varón llegara a la edad adulta. Precisamente por ello, la educación del joven príncipe fue descuidada y el Rey Prudente prestó mucha más atención en esos años de formación a su hija predilecta, Isabel Clara Eugenia. Así, la hija del Rey permaneció soltera hasta poco antes de la muerte de su padre a fin de recurrir a un matrimonio beneficioso para la Monarquía hispánica en caso de que hubiera sido la sucesora.

Frente a un padre extremadamente exigente, la indolencia de Felipe III se tradujo en un joven perezoso sin ningún interés por los asuntos de Estado. El médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández lo describe en su libro «Historia personal de los Austrias españoles» como una persona «de dotación intelectual escasa o mediocre, casi en el umbral de la deficiencia mental. Si no fuera por su fervorosa entrega al divertimento, la imagen de Felipe III podría ser equiparada a la de los monjes medievales atacados por una especie de pereza melancólica, la acedía».

El Duque de Lerma se beneficia del indolente

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Duque de Lerma

La abulia del Rey fue aprovechada, como nadie, por Francisco de Sandoval y Rojas, perteneciente a una familia noble con más deudas que rentas hasta que Felipe III elevó su condado a Ducado de Lerma en 1599. Educado en la corte como compañero de juegos del Príncipe Carlos, el Duque de Lerma pasó posteriormente a ocupar el cargo de gentilhombre del Príncipe Felipe III –el otro hijo de Felipe II que llegó a la edad adulta– con el que hizo buena amistad y sacó rico provecho. En el año 1601, el Duque de Lerma, nacido en Tordesillas, convenció al Rey para que trasladara la corte de Madrid a Valladolid. Previamente, el noble castellano y su red clientelar habían adquirido terrenos y palacios en Valladolid para después venderlos a la Corona. No conforme con unos beneficios que le convirtieron en el hombre más rico del Imperio español, Francisco de Sandoval y Rojas volvió a persuadir a Felipe III para restaurar la corte a Madrid solo seis años después. En la actual capital de España, a cuyo Concejo le tocó pagar un elevado coste por el traslado, el duque repitió la operación urbanística y compró numerosos palacios y viviendas, que en ese momento estaban a precios muy bajos.

Mientras personajes como Francisco de Sandoval y Rojas o el dominico Luis de Aliaga conducían el reino sin timón hacía sus aguas particulares, Felipe III ocupaba sus horas en fiestas, jornadas de caza interminables –afición que heredó de su padre–, la cría de caballos, la danza, la música y los juegos de naipes. En el caso de esta última afición, el Rey desarrolló una fuerte adición, que, según Francisco Alonso-Fernández, fue lo bastante pronunciada para ser considerada una ludopatía adictiva. Jugando a las cartas perdió grandes sumas de dinero ante importantes cortesanos, entre ellos el propio Duque de Lerma, y modificó de forma caótica sus horarios. No en vano, existen otros casos de personalidades adictivas en la familia de los Habsburgo. Sin ir más lejos, el Príncipe Carlos, hermanastro de Felipe III, era aficionado a apostar a la mínima ocasión: a los dados, a las cartas e incluso a las competiciones. Otros casos reseñables son los de Felipe II, un obseso compulsivo y coleccionista enfermizo, y el de Felipe IV, un sexoadicto.

Con el fallecimiento de la Reina Margarita de Austria-Estiria en 1611, que había asumido gran importancia política y servía de obstáculo a quienes ambicionaban utilizar al Rey como mero títere, las luchas por hacerse con el control del reino se intensificaron entre el Duque de Lerma y el confesor Luis de Aliaga. Con ayuda del Duque de Uceda –hijo del Duque de Lerma– y del Conde-Duque de Olivares –futuro valido de Felipe IV–, Luis de Aliaga consiguió que el hombre de confianza del valido, Rodrigo Calderón de Aranda, fuera ejecutado por corrupción en la Plaza Mayor de Madrid en 1621. El mismo Francisco de Sandoval y Rojas tuvo que solicitar de Roma el capelo cardenalicio para protegerse de cualquier proceso judicial, puesto que el clero gozaba de inmunidad eclesiástica.

Felipe III, que se había limitado a observar la contienda sin tomar completo partido por ninguno de los bandos, quedó sumido durante aquellos años en un estado de melancolía que le hacía lamentarse de haber llevado una vida tan superficial. Murió una década después que su esposa –a la que no había buscado remplazo, ni en la cama ni en el altar–, a los 43 años, de unas fiebres causadas por una infección bacteriana de la dermis. A diferencia de sus antecesores y de los últimos Austrias, Felipe III y su esposa sí dejaron una amplia descendencia a través de ocho hijos, de los cuales cinco llegaron a una edad avanzada.

Fernando «el Católico» falleció por abusar de un potente afrodisíaco


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  • En su intento de tener un heredero con su segunda esposa, Germana de Foix, el aragonés recurrió a un producto llamado cantárida con numerosos efectos secundarios. De haber tenido un hijo, Castilla y Aragón habrían quedado desvinculados
Fernando «el Católico» falleció por abusar de un potente afrodisíaco

wikipedia Retrato de Fernando «el Católico»

Si esta mañana hablabamos de como murío Isabel La Catolica ahora descubrimos de que murió su marido.

La muerte de los reyes es terreno abierto para la fábula y para que sus enemigos venguen con palabras lo que no pudieron hacer con hechos. Más mito que realidad, se ha dicho que Felipe «el Hermoso» falleció por un corte de digestión, que Carlos I murió por la picadura de un mosquito –sí es posible que contrajera el paludismo de esta forma–, que Felipe II claudicó por un ataque de piojos, o que Felipe III falleció por el exceso de calor de un brasero cuando se encontraba febril. Todas estas historias son verdades a medias, en el mejor de los casos, cuando no completas mentiras. No en vano, el caso de Fernando «el Católico, el último Rey de la dinastía Trastámara, si tiene más visos de ser cierto. En su intento desesperado por tener un heredero con su segunda esposa, Germana de Foix, el rey aragonés abusó de un producto afrodisiaco llamado cantárida que pudo causarle graves daños en la circulación sanguínea.

Tras la muerte de Isabel «la Católica» probablemente por un cáncer de útero, el Rey quedó en una situación muy delicada en la corte castellana. Su matrimonio con su prima segunda Isabel había permitido unificar muchas cuestiones, como la política exterior o la creación de una única hacienda real, pero había mantenido las instituciones de cada reino separadas. Así, aunque el testamento de la Reina nombraba a Fernando de Trastámara regente de Castilla hasta que Carlos –el futuro emperador del Sacro Imperio Germánico– alcanzara la mayoría de edad, la falta de apoyos entre la nobleza local y la llegada de Felipe «el Hermoso» a España obligó al monarca a retirarse a Aragón. Precisamente la decisión de Isabel buscaba evitar que un rey extranjero se hiciera con la corona y que Juana «la Loca», que había mostrado los primeros síntomas de demencia durante la enfermedad de su madre, fuera usada como una marioneta por su esposo.

A la espera de recuperar la regencia, Fernando neutralizó el apoyo francés a su yerno Felipe por el Tratado de Blois y se casó con Germana de Foix, sobrina del Rey Luis XII. Sin embargo, Felipe I reinó pocos meses puesto que falleció en un suceso que sigue envuelto en el misterio. Entre el pueblo no tardó en prender la sospecha de que Fernando había envenenado a su yerno. De una forma u otra, cuando el aragonés regresó a Castilla, encerró a su hija –quien durante el cortejo fúnebre de su marido evidenció que su salud mental se había resentido aún más frente a aquella escalada de muertes– en Tordesillas y asumió la regencia hasta 1507.

Pese a todo el afecto que guardaba a Isabel «la Católica», retratado en la frase «su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…», lo cierto es que el monarca no esperó mucho tiempo antes de volver casarse. Un año después del fallecimiento de la Reina, el 19 de octubre de 1505, Fernando II de Aragón, de 53 años, se casó con Germana de Foix de 18 años de edad. En los pactos con el Rey de Francia, tío de la esposa, este cedió a su sobrina los derechos dinásticos del Reino de Nápoles y concedió a Fernando y a los descendientes de la pareja el título simbólico de Rey de Jerusalén. A cambio, el Rey Católico se comprometió a nombrar heredero al posible hijo del matrimonio. Es decir, todos los puntos quedaban a expensas de que el veterano rey fuera capaz de engendrar un hijo con la francesa.

El Rey acude a la cantárida: un escarabajo

En su momento, el matrimonio levantó las iras de los nobles de Castilla y de la dinastía de los Habsburgo, enemiga tradicional de la Monarquía francesa, ya que lo interpretaron como una maniobra de Fernando el Católico para impedir que el hijo de Felipe «el Hermoso», Carlos I, heredase la Corona de Aragón. Y así era, pero todo pasaba porque el matrimonio tuviera hijos. Precisamente con ese propósito, Fernando recurrió supuestamente a la cantárida (también conocido como mosca española), un escarabajo verde brillante que una vez muerto, seco y reducido a polvo, se empleaba desde la antigüedad como sustancia vasodilatadora, cuyos efectos son muy parecidos a los que produce la «viagra». El abuso en el consumo de este afrodisíaco pudo provocarle graves episodios de congestión al monarca, lo que derivó en una hemorragia cerebral.

Según Jerónimo Zurita, cronista del Reino de Aragón, el Rey sufrió una grave enfermedad ocasionada por un «feo potaje que la Reina le hizo dar para más habilitarle, que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesía con muchos desmayos, y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas». Si bien nunca se ha podido demostrar científicamente, sus contemporáneos no tenían dudas de que el cóctel de afrodisíacos, en especial por la cantárida, era el culpable del progresivo empeoramiento en la salud del anciano rey.

A los 63 años de edad, Fernando falleció en Madrigalejo (Cáceres) cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe. El consumo frecuente de cantarína y otros productos, como testículos de toro, pudieron influir directamente en la hemorragia cerebral que sufrió en la localidad extremeña. De hecho, algunos cronistas han apuntado que la noche anterior a su muerte había ingerido una dosis muy elevada del «feo potaje». Tras ser confesado por el fraile Tomás de Matienzo y solicitar 10.000 misas por su alma, el Rey murió el 23 de enero de 1516.

Un heredero habría cambiado la historia

Los esfuerzos por engendrar un heredero varón parecieron llegar a puerto en 1509. El niño, llamado Juan, falleció a las pocas horas de nacer, evitando que el Reino de Aragón se desvinculara dinásticamente de Castilla. Por el contrario, el Rey no tuvo más hijos y dejó todas sus posesiones a su hija Juana, Reina de Castilla, que al encontrarse inhabilitada para reinar cedió la Corona de Aragón, incluidos sus reinos italianos y una parte de Navarra, a Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania. Hasta su llegada a España, Fernando nombraba a su hijo natural Alonso de Aragón regente de los reinos aragoneses y al Cardenal Cisneros, regente de Castilla. El aragonés se vio obligado a dejar la regencia a Cisneros en contra de su primera voluntad, que era concedérselo a su nieto favorito, Fernando de Habsburgo, quien había sido criado por él. Expresó en el documento, además, su voluntad de ser enterrado en la Capilla Real de Granada, junto a su primera esposa, Isabel de Castilla.

Y una de las pocas instrucciones que Fernando «el Católico» dirigió a su nieto Carlos fue para que se encargase de que Germana de Foix viviera holgadamente, «pues no le queda, después de Dios, otro remedio sino sólo vos…». Y el futuro emperador alemán se lo tomó al pie de la letra puesto que mantuvo una relación amorosa con la francesa. Carlos I, con 17 años, quedó prendido desde el primer día de su abuelastra, de 29 años, una mujer discreta y afectuosa que aún no padecía los problemas de obesidad que tendría en su vejez.

Según Fernández Álvarez, la pareja tuvo una hija, Isabel, y aunque nunca fue reconocida oficialmente por Carlos, Germana de Foix se refiere a ella en su testamento como la «infanta Isabel» y a su padre como «el emperador». La niña residió y fue educada en la Corte de Castilla. No obstante, Germana se casó dos veces más: la primera de ellas con Johann de Brandenburgo, del séquito personal de Carlos I, y la segunda con Fernando de Aragón, duque de Calabria.

Por su parte, el uso de la cantárida como afrodisíaco cayó en desuso a partir del siglo XVII a consecuencia de sus muchos efectos secundarios –producía irritaciones gastrointestinales y molestias urinarias, con erección espontánea del pene– y del gran número de envenenamientos del que fue responsable. En el lujurioso siglo XVIII volvería a estar de moda, en la mayoría de casos empleado directamente como veneno.

¿Por qué expulsó Felipe III a los moriscos de España en 1609?


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  • Los historiadores destacan las graves consecuencias económicas de esta decisión y califican de populista la medida impulsada por el polémico valido del Rey, el Duque de Lerma
¿Por qué expulsó Felipe III a los moriscos de España en 1609?

Wikipedia | «La expulsión de los moriscos (1894)», de Gabriel Puig Roda.

El cardenal Richelieu, enemigo eterno de la Monarquía Hispánica, escribió en sus memorias que la expulsión de los moriscos de España constituía «el acto más bárbaro de la historia del hombre». Lo cual no es poco, dado que al cardenal, como a la mayoría de los líderes europeos de su época, no se le podía acusar precisamente de defensor de musulmanes ni de hombre fácilmente impresionable. Así, la decisión de Felipe III de expulsar a más de 300.000 moriscos –los convertidos de moros a la Fe Católica– fue tan salvaje como para retumbar los cimientos de la profunda Islamofobia que reinaba en Europa. Sus consecuencias económicas y demográficas también fueron desoladoras.

La palabra morisco hacía referencia a los musulmanes bautizados tras la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos. Ya fuera una conversión voluntaria u obligatoria, todos los habitantes de procedencia islámica fueron designados de esta manera. Tras un proceso para convertir a la población por medios pacíficos, una visita de los Reyes a Granada en 1499 hizo saltar las alarmas en la corte: el aire musulmán seguía impregnando la ciudad, tanto en sus vestidos como en sus costumbres. Es por esta razón que el Cardenal Cisneros tomó las riendas de la situación para lo que empleó toda clase de métodos, más intrusivos de lo que le habían autorizado los monarcas. No en vano, el clérigo cumplió con su objetivo puesto que fueron miles los musulmanes que recibieron el agua del bautismo, ya fuera de forma sincera o para seguir practicando el Islam en secreto, convirtiéndose en católicos romanos.

Durante el reinado de Carlos V, los moriscos se encargaron a través de donativos de que la conversión forzosa quedara aplazada por varias décadas. La Corona adoptó una posición flexible con ellos y les permitió que conservaran sus usos y costumbres. Sin embargo, Felipe II se propuso eliminar definitivamente los resquicios musulmanes de «la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad» –como la había definido el Papa– y espantar la posibilidad de que los moriscos ayudaran a los turcos a realizar un ataque directamente en suelo patrio. Las amenazas desde Madrid prendieron el levantamiento armado el día de Navidad de 1568, que se extendió por las escarpadas montañas granadinas.

Felipe II señala el camino a su hijo

Además de pródiga en episodios de extrema violencia, la Rebelión de las Alpujarras tuvo una duración, dos años, mucho mayor de la prevista por el monarca. El motivo estuvo en la descoordinación entre los marqueses de Vélez y de Mondéjar, así como en la escasa calidad de las tropas que residían en la península —las unidades de élite estaban en Flandes—. Precisamente para remediar estas carencias, don Juan de Austria, junto a Luis de Requesens, fueron puestos al mando de soldados llegados de Italia.

Aunque la lucha fue complicada y Juan de Austria –cuya actuación tuvo mucho que ver en que fuera designado almirante general de la Santa Alianza en Lepanto–, la victoria cristiana llegó en 1571 y trajo consigo una deportación general de los 80.000 moriscos granadinos hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y las dos Castillas. La estampa de miles de niños, mujeres y hombres –muchos de los cuales no habían participado en la guerra– cargando desesperadamente con sus pertenencias provocó la compasión del hermano del Rey, Juan de Austria, que llegó a afirmar: «No sé si se puede retratar la miseria humana más al natural que ver salir a tanto número de gente con tanta confusión y lloros de mujeres y niños, tan cargados de impedimentos y embarazos».

La deportación general dispersó aún más la población morisca por España, donde ya se encontraban establecidos muchos núcleos que habían migrado previamente. Según varios análisis del ADN de la población actual de España, hay ausencia casi total de cromosomas típicamente africanos en Andalucía Oriental, pero una fuerte presencia de estos elementos (hasta 20%) en Galicia, León y Extremadura. Pero dispersar los moriscos no iba a acabar con los problemas sociales y religiosos que su presencia generaba a ojos de los monarcas. Muchos consejeros instaron a Felipe II a expulsarlos de todos los rincones de la península, pero los riesgos de causar una nueva insurrección armada hicieron desistir al Rey, que dejó que fuera su hijo quien llevara a cabo cuarenta años después algo que la corte madrileña veía inevitable.

Una decisión basada en el miedo

En materia internacional, el reinado de Felipe III es recordado por los procesos de paz que cerró con Inglaterra, Francia y Holanda, lo cual dio aire al exhausto Imperio español. De fronteras para dentro, la expulsión general de los moriscos fue su medida más célebre. A poco tiempo de acceder al trono en 1598, el Rey realizó un viaje a Valencia acompañado de su valido Francisco Gómez de Sandoval, el Duque de Lerma, defensor de mantener la situación como estaba, donde pudo observar de primera mano que la abundante población morisca de esta región funcionaba como un núcleo aislado.

La oposición de Lerma, que mantenía sustanciosos negocios con comerciantes moriscos, terminó cuando el Rey prometió compensaciones económicas para los nobles que pudieran verse afectados por una eventual deportación masiva. Así, el duque pasó rápidamente de ser el máximo defensor de esta minoría social, a ser el impulsor del plan de expulsión.

Entre las múltiples razones que barajan los historiadores para que Felipe III diera luz verde a lo que su padre no se había atrevido a hacer 40 años antes, destaca la creciente amenaza para la seguridad interna que suponían los moriscos. El espectacular aumento demográfico de esta población, que en general seguía practicando el Islam en secreto, amenazaba con facilitar futuras invasiones extranjeras. Según los informes que manejaba la Corona, los moriscos de la región aragonesas habían contactado con el Rey de Francia, Enrique IV, para llevar a cabo una sublevación general con apoyo de barcos franceses. Aunque el plan podía no ser cierto, la posibilidad estaba ahí como lo había estado cuando Felipe II sospechó que los moriscos conspiraban con el Imperio Otomano para invadir España.

Curiosamente, aunque se alzaron algunas voces críticas por la Europa cristiana, la expulsión también obedecía al intento de acabar la idea que corría por Europa sobre la discutible cristiandad de España a causa de la permanencia de los moriscos. Igual que ocurrió con la expulsión de los judíos de 1492, la Monarquía Hispánica buscaba con estas medidas sacudirse la fama de país de conversos y de herencia musulmana.

Dentro del plano personal, la Reina Margarita de Austria sentía aversión religiosa contra los moriscos y no resulta complicado imaginar que su opinión pudo influir poderosamente en Felipe III. A su vez, el Duque de Lerma creyó que capitanear la propuesta podría mejorar su mala relación con la reina, la cual terminó una década después por costarle el puesto, y la apoyó con firmeza. Tras un año de preparación, los primeros moriscos expulsados fueron los del Reino de Valencia (el decreto se hizo público el 22 de septiembe de 1609), a los que siguieron los de Andalucía (10 de enero de 1610), Extremadura y las dos Castillas (10 de julio de 1610), en la Corona de Castilla, y los de la Corona de Aragón (29 de mayo de 1610).

Consecuencias catastróficas para Aragón

La expulsión de los cerca de 300.000 moriscos que habitaban en la Península Ibérica aumentó inicialmente la popularidad del Duque de Lerma, puesto que la crisis económica que empezaba a consumir el Imperio español había convertido a los moriscos, como antes a los judíos, en la habitual cabeza de turco de todos los problemas sociales. Sobre todo porque mantenían sus costumbres musulmanas intactas, hasta el punto de que muchos ni siquiera hablaban el castellano.

No obstante, desde la perpectiva económica se trató de un duro golpe para muchas regiones españolas. La expulsión de un 4% de la población perteneciente a la masa trabajadora, pues no constituían nobles, hidalgos, ni soldados, supuso una merma en la recaudación de impuestos, y para las zonas más afectadas (se estima que en el momento de la expulsión un 33% de los habitantes del Reino de Valencia eran moriscos) tuvo unos efectos despobladores que duraron décadas y causaron un vacío importante en el artesanado, producción de telas, comercio y trabajadores del campo. Si bien los perjuicios económicos en Castilla no fueron evidentes a corto plazo, la despoblación agravó la crisis demográfica de este reino que se mostraba incapaz de generar la población requerida para explotar el Nuevo Mundo y para integrar los ejércitos de los Habsburgo, donde los castellanos conformaban su élite militar.

Los moriscos, por otra parte, no se disolvieron en el mar y aquellos que sobrevivieron a los episodios de violencia que acompañaron su expulsión terminaron dispersados por el norte de África, en Turquía, y otros países musulmanes. Muchos campesinos moriscos se vieron obligados, entonces, a convertirse en piratas berberiscos que usaron sus conocimientos de las costas mediterráneas para perpetrar durante más de un siglo ataques contra España.

¿Por qué estaba llena de huesos la estatua ecuestre de la Plaza Mayor?


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  • Un atentado con bomba durante la II República reveló el macabro hallazgo que ocultaba la escultura de Felipe III
¿Por qué estaba llena de huesos la estatua ecuestre de la Plaza Mayor?

ABC | Estatua de Felipe III en la Plaza Mayor

Al encontrarse en la Plaza Mayor, la estatua ecuestre de Felipe III es probablemente la más fotografiada de todo Madrid. Tiene a su derecha la casa de la Carnicería y a su izquierda la casa de la Panadería. Los entendidos aseguran que lleva en este emplazamiento desde 1848, cuando la reina Isabel II ordenó su traslado. Son, entonces, más de 150 años gobernando el principal punto de encuentro de la capital.

Todos la conocen, para casi nadie sabe la historia negra que arrastra desde los años 30. Resulta que con el estallido de la II República, la escultura fue objeto de un atentado terrorista. Un individuo decidido colocar una bomba en la boca del caballo, para que la figura real saltara –literalmente– por los aires.

La explosión no causó ninguna víctima mortal, pero los transeúntes que en ese momento paseaban por la zona pudieron comprobar cómo, por culpa de la onda expansiva, el entorno de la plaza se llenaba de pequeños huesecitos. A medida que se acercaron a la estatua pudieron comprobar el origen de tal macabro hallazgo.

Resulta que durante años los gorriones de la Plaza Mayor se posaban en el interior de la boca del caballo para descansar. Muchos de ellos se introducían en el interior de la estatua (hasta las tripas del equino) ya que la figura contaba con una apertura. Como el lugar para volver a salir era muy estrecho y pequeño, la mayoría de los pájaros se quedaban atrapados y morían hacinados en el estómago del caballo. Por eso motivo, cuando la estatua saltó por los aires con la detonación, los millares de huesecillos de los pájaros que estaban alojados desde hace tantos años se repartieron por toda la Plaza Mayor.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa


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  • La hegemonía política y cultural del Imperio español queda patente hasta en la indumentaria usada en el continente durante los siglos XVI y XVII
«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

wIKIPEDIA | «El caballero de la mano en el pecho», pintado por el Greco

 La corte española se convirtió durante los siglos XVI y XVII en el mayor epicentro político de Europa. La hegemonía militar, política y cultural del Imperio español hizo que desde todo el continente se miraran con atención las modas y tradiciones que proponían los castellanos. Así, como más tarde ocurrió con Francia, el castellano se convirtió en una de las lenguas de referencia en Europa, los pintores españoles inmiscuyeron su estilo entre flamencos e italianos, y la vestimenta de los Reyes españoles dio lugar a una peculiar moda: «Vestir a la española».

La difusión de la indumentaria de la corte española tuvo su mayor auge entre 1550 y 1650. Si bien al inicio del Renacimiento se impuso en Europa la influencia italiana, con un estilo grandilocuente de colores alegres, pronto el cambio de los ejes de poder desembocó en la preeminencia del estilo español, que estaba influido por el ascetismo medieval.

Carlos I y Felipe II fueron los grandes valedores de esta nueva tendencia. En consonancia con la rectitud religiosa que querían proyectar al mundo, la dinastía de los Habsburgo adoptó en la corte un estilo de gran sobriedad, caracterizado por el uso de colores oscuros y prendas ceñidas, sin arrugas ni pliegues y aspecto rígido, sobre todo en las mujeres que usaban verdugado o guardainfantes (una falda hueca compuesta por un armazón de alambres o madera). Este estilo era sumamente incómodo para las mujeres, que necesitaban horas para vestirse. No obstante, la apariencia rigorista, de tonos oscuros, incorporaba algunos detalles de color como cadenas de oro o la cruz de alguna orden. Y en el caso de las mujeres, estaban permitidas algunas concesiones más en forma de complementos.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

Wikipedia | Los electores del Palatinado bailando en traje español, por Jan Frans van Douven

Rápidamente esta moda se extendió por Europa, sobre todo en Holanda, Francia, Flandes e Inglaterra. Felipe II mantuvo la estética planteada por su padre, pero le añadió la tradicional gola con la que el Monarca aparece en todos sus retratos. La gola era un adorno fruncido o plegado utilizado por hombres y mujeres alrededor del cuello que ya se empleaba en el centro de Europa desde la Edad Media. Y, por influencia directa del Imperio español, otras prendas fueron popularizadas como capas, corsés y guardainfantes.

Los excesos brillantes se suman al negro

En una sociedad regida por la condición social y la importancia de ser hijo de alguien («hidalgo de solar») la apariencia terminó por convertirse en una obsesión. A comienzos del siglo XVII, el traje nacional, sobrio y de color negro del periodo de Felipe II, dio paso a una moda más excesiva en adornos durante el reinado de Felipe III. El Barroco en todo su esplendor incorporó al traje negro perlas, perfumes, pedrerías, telas exóticas, e incluso la clásica gola fue desplazada por la lechuguilla (cuello exagerado en forma de gran abanico).

La tendencia al exceso era muy representativa del reinado de Felipe III, quien trataba de tapar las heridas del Imperio español con vendas doradas, y terminó con la llegada al trono de Felipe IV, que había sido señalado por la nobleza como el hombre capaz de retomar los éxitos de los primeros Austrias españoles. Con Felipe IV los colores de nuevo se apagaron y se volvió al negro, en contraposición al brillo de la emergente corte francesa. En 1623 se prohibió el llamada cuello de lechuguilla para ser sustituido por un tipo de cuello grande y plano que caía sobre los hombros. La mayoría de nobles agradecieron el cambio puesto que la disputa por ser el mejor engalanado había dejado maltrechos muchos bolsillos.

Pese a los esfuerzos del valido del Rey, el Conde-duque de Olivares, la corte abandonó pronto la austeridad y retomó el inagotable ritmo de fiestas. Así por ejemplo, a raíz de un hecho sin trascendencia para España, la coronación de Fernando III como Rey de los Romanos en Viena, la corte de Felipe IV celebró diez días de bailes, monterías, mascaradas, luminarias y otras fiestas que costaron 420.000 escudos a las arcas reales. Según los cálculos de Pablo Martín Gómez en su libro «El ejército español en la Guerra de los 30 años», con una cifra así de dinero se podría haber pagado el salario anual de 8.500 hombres en la Guerra de Flandes, donde el Imperio español se jugaba la hegemonía europea. Una algarabía de fiestas para esconder lo que era cada vez más obvio: la estructura Imperio vivía sus últimos días.

Francia desplaza al Imperio español

La hegemonía cultural y política se desplazó finalmente al Reino de Francia en la segunda mitad del siglo XVII. La monarquía francesa impuso en Europa una moda caracterizada por líneas simples y unas prendas, en el caso femenino, menos incómodas, desapareciendo así las anchas faldas ahuecabas. El escote también se amplió y dejó al descubierto el cuello e incluso los hombros. Por su parte, la peluca masculina fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en todo guardarropa.

La llegada de los Borbones al trono español borró los últimos vestigios de la moda conocida como «vestir a la española». No en vano, durante el reinado de Carlos IV apareció el majismo, una reacción de corte popular y nacionalista al monopolio de la moda francesa.