Así era el trabajo de un contable en el campo de concentración de Auschwitz


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  • Oskar Groening, de 93 años se somete a juicio por su pasado al servicio de Hitler

    AFO Mujeres prisioneras en Auschwitz

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    Mujeres prisioneras en Auschwitz

A sus 93 años, Oskar Gröning (más conocido como el «contable de Auschwitz» por su labor en dicho campo de concentración) ha admitido su responsabilidad «moral» en la muerte de más de 300.000 personas y ha pedido perdón a las víctimas durante el juicio celebrado este martes en Alemania. Con todo, el germano ha vuelto a señalar que, durante su estancia en el lugar, no acabó con la vida de ningún prisionero y se limitó a cumplir con su tarea: recoger y cuantificar las pertenencias de los prisioneros que llegaban al emplazamiento.

El juicio, celebrado Lüneburg y en el que muchas víctimas del Holocausto han depositado sus esperanzas, supone que -70 años después de que haya finalizado la Segunda Guerra Mundial– se sigue juzgando a presuntos criminales de guerra nazis. A día de hoy, este juicio se considera uno de los últimos en los que la justicia alemana caerá sobre los presuntos seguidores de Adolf Hitler, pues la mayoría de ellos ya han fallecido. No es el caso de Gröning quien, al llegar al campo de concentración en 1942 con 21 años, aun mantiene una salud aceptable para su edad.

El trabajo del «contable de Auschwitz»

Gröning, de origen alemán, vino al mundo en 1921 en la Baja Sajonia (una región ubicada al norte de Alemania). Fascinado desde su infancia por el ejército y la disciplina militar, se unió a las juventudes Hitlerianas en 1933, cuando Adolf Hitler tomó el poder en Alemania. Al tener la edad suficiente, este germano se alistó en las SS, donde se le dio un empleo administrativo.

Cuando apenas contaba con 21 años, fue transferido como contable a Auschwitz, un campo de concentración creado en la región de Osweicim (a 60 kilómetros de Cracovia) y que, años después, sería conocido por acabar con entre un millón y un milón y medio de judíos.

Durante su estancia en el lugar, y según afirma la fiscalía, este exguardia de las SS se dedicó a cuantificar las maletas, las pertenencias, los cheques, el dineros en metálico y hasta las muelas de oro de los prisioneros (las cuales eran extraídas previamente antes de que fuesen gaseados y, posteriormente, quemados). Todo ello, con el objetivo de sufragar los gastos del Tercer Reich (además de, probablemente, guardarse para si un «pellizquito», algo habitual en los campos de concentración).

Concretamente, esta labor se hacía mientras los prisioneros eran divididos en dos grupos por los oficiales alemanes a la salida de los trenes. Mujeres, niños, ancianos e incapacitados a la derecha; hombres y mujeres fuertes a la izquierda. El primero era conducido directamente a las cámaras de gas, donde los alemanes hacían entrar a la muchedumbre bajo la promesa de una ducha caliente. Por su parte, el resto eran dirigidos al campo, donde eran tratados como esclavos.

Entre el 16 de mayo de 1944 y el 11 de julio de ese mismo año, Gröning trabajó en el campo en el marco de la «Operación Hungría. Concretamente, y según señala el Museo Memorial del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en aquella época llegaron al lugar unos 440.000 prisioneros de dicha región. De hecho, esta deportación masiva de judíos significó que Auschwitz-Birkenau (una expansión del primer campo creada a posteriori) alcanzó su máximo nivel de asesinatos.

De aquel ingente número de prisioneros, las SS enviaron a un total de 320.000 prisioneros directamente a las cámaras de gas, mientras que el resto (unos 110.000) fueron obligados a realizar trabajos forzados en el lugar. Muchos presos de este grupo no se quedarían mucho en Auschwitz, pues fueron trasladados posteriormente a otros campos de concentración presentes en Austria y Alemania. Con todo, el número inicial de fallecidos es el que se ha usado hoy en día para acusar de cómplice a Gröning.

Tras la guerra, el miembro de las SS fue acusado oficialmente por un tribunal, causa que se cerró en 1985 cuando los fiscales consideraron que no había una relación entre su trabajo en el campo de concentración y la muerte de los prisioneros. Sin embargo, hace pocos meses se decidió reabrir el caso ante la aclamación de los presos.

El juicio y las entrevistas previas

Ha sido en una de sus primeras frases en las que el antiguo guardia de las SS (las tropas más temibles e ideologizadas del nazismo) ha admitido que, desde que llegó a Auschwitz, supo que se asesinaba a personas en su interior mediante la cámara de gas.

«Para mí está fuera de toda duda que soy moralmente cómplice», ha señalado el acusado, quién se ha personado en el lugar ayudado de su andador y junto a varios abogados. Concretamente, este alemán ha sido acusado de ser cómplice de los aproximadamente 300.000 asesinatos.

El antiguo contable también ha pedido perdón a todas las víctimas de la represión y se ha puesto a disposición de la justicia. A su vez, ha tenido que someterse a las duras miradas de varios represaliados durante el Holocausto y de sus familiares (varios presentes en la sala). Algunos, con todo, señalaron en los días previos al proceso que no quieren que el anciano sea condenado por mera venganza (y por tanto, no buscan que pase por prisión), sino para que los que «vengan después» sepan que no se pueden cometer ese tipo de crímenes contra la humanidad y quedar impune.

Este exguardia ha sido acusado formalmente por más de 60 particulares –entre ellos varios supervivientes del Holocausto-. En base a estos testimonios, la fiscalía sostiene además que Gröning ayudó a enriquecerse al nazismo al robar, contabilizar, y enviar a Berlín las pertenencias de los prisioneros que llegaban al campo de concentración.

No obstante, se desconoce si el proceso acabará o no en condena, aunque un precedente acaecido en 2011 con el antiguo soldado Ivan Demjanjuk (condenado por su colaboración con Hitler) hace pensar que es posible.

A día de hoy, Gröning es uno de los pocos colaboradores de Hitler que, aún con vida, no han tenido problemas en contar su paso por el terrible campo de concentración. Sin embargo, siempre se ha presentado como un elemento accesorio y nunca como un asesino. De hecho, siempre ha afirmado que nunca mató a nadie y que, por lo tanto, no es culpable.

El «contable» de Auschwitz admite su responsabilidad «moral» en las muertes


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  • Groening, de 93 años, está acusado de complicidad en el asesinato de 300.000 personasmuertas en las cámaras de gas de Auschwitz en la llamada «operación Hungría», en 1944
reuters |  Groening, durante el juicio

reuters | Groening, durante el juicio

El denominado «contable de Auschwitz», Oskar Gröning, admitió hoy su responsabilidad «moral» en la muerte de los deportados a ese campo de exterminio y pidió perdón a sus familias en el inicio del juicio en Lüneburg (centro de Alemania).

«Para mí está fuera de toda duda que soy moralmente cómplice», afirmó Gröning, de 93 años y al que se acusa de complicidad en el asesinato de 300.000 personas muertas en las cámaras de gas de Auschwitz en la llamada «operación Hungría», en 1944.

Gröning, que sirvió en ese campo a partir de 1942, admitió asimismo que desde su llegada supo que se gaseaba a los judíos, pidió perdón a las supervivientes y familiares de las víctimas presentes en la audiencia y se puso a disposición de la justicia.

El proceso contra Gröning se considera uno de los últimos grandes juicios por los crímenes nazis, dada la avanzada edad de los implicados y también de las víctimas.

Gröning acudió a la Audiencia caminando con la ayuda de un andador y acompañado de sus abogados.

Entre las más de 60 acusaciones particulares presentes en el caso, hay supervivientes del Holocausto y también familiares de víctimas de Auschwitz, que han puestos sus últimas esperanzas en una justicia tardía.

La fiscalía sostiene que Gröning, encargado de incautarse de las pertenencias de los prisioneros que llegaban a Auschwitz y de enviar el dinero a las SS en Berlín, facilitó apoyo económico al régimen nacionalsocialista y respaldó así su maquinaria de la muerte.

La acusación se centra en el verano de 1944, cuando en el marco de la denominada «Operación Hungría» llegaron al campo de concentración y exterminio 425.000 deportados de ese país y al menos 300.000 fueron ejecutados en las cámaras de gas.

El precedente que lleva a pensar en una condena en este caso es el juicio instruido en Múnich al ucraniano John Demjanjuk, condenado en 2011 a cinco años de cárcel por su complicidad en la muerte de más de 29.000 judíos en el campo nazi de Sobibor, donde sirvió como guardia voluntario.

Tras ese proceso, en el que se condenó a un trabajador de un campo sin una implicación directa en las muertes, la Oficina Central Investigadora de los Crímenes del Nacionalsocialismo decidió la reapertura de 30 procedimientos, aunque varios han sido ya desestimados por incapacidad de los acusados.

Juan José de Austria, el bastardo que quiso reinar en la España de «El Hechizado»


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  • El hijo ilegítimo de Felipe IV luchó toda su vida por afianzar su posición en la corte del Imperio español, que se encontraba en avanzado estado de descomposición en ese periodo. Su muerte aconteció en extrañas circunstancias, posiblemente por envenenamiento, cuando ejercía por fin de valido de su enfermizo hermanastro Carlos II
Museo Nacional del Prado Posible retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII

Museo Nacional del Prado
Posible retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII

Hubiera sido insólito que de los 34 hijos (la cifra varía según el historiador) que Felipe IV tuvo fuera del matrimonio ninguno hubiera albergado ambiciones políticas. Sobre todo porque el único hijo varón que sobrevivió el Monarca fue el enfermizo y estéril Carlos II, conocido como «El Hechizado» por su quebradiza salud. Don Juan José de Austria aprovechó la debilidad de su hermano para ganarse el favor del pueblo y la nobleza, que le veía como un posible sucesor al trono, y para consolidar su posición en la Corte. No en vano, cuando Juan José de Austria por fin alcanzó una amplia parcela de poder murió én extrañas circunstancias, quizá envenenado por orden de la madre de Carlos II, su gran rival.

Felipe IV acostumbraba a frecuentar de incógnito los palcos de los teatros populares de Madrid, como El Corral de la Cruz o El Corral del Príncipe, en busca de aventuras amorosas. En una de estas incursiones, Felipe IV conoció a una joven actriz llamada María Inés Calderón, a quien apodaban «la Calderona», y la cual había mantenido también relaciones con el duque de Medina de la Torres. El Monarca quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió reunirse en privado con ella. El niño que nació fruto de esta relación fue bautizado como «hijo de la tierra» (la forma en que se inscribían en el libro de bautizados a los hijos de padres desconocidos) en la parroquia de los Santos Justo y Pastor, actuando como padrino un caballero de la Orden de Calatrava, ayuda de cámara del Rey. Por su parte, «la Calderona» ingresó pocos años después del parto en el monasterio benedictino de San Juan Bautista en Valfermoso de las Monjas, Guadalajara.

Contra los deseos de su madre, el niño fue apartado de su lado, ocho días después de bautizarle, para criarlo en un ambiente cortesano. Pronto, el joven demostró una gran capacidad intelectual y desarrolló habilidades como jinete y espadachín, lo que hizo plantear que se iniciara en la carrera eclesiástica. No obstante, el reconocimiento de su padre en 1642 por recomendación del valido del Rey, el Conde Duque de Olivares, cambió el destino del niño. Emulando al bastardo más célebre de la Casa de Austria, Don Juan de Austria, el niño fue nombrado como Don Juan José de Austria, el único hijo ilegítimo reconocido oficialmente en vida por Felipe IV. El Conde Duque había persuadido al Rey de que, con una descendencia tan corta y a la vista de la inestabilidad política del Imperio, era recomendable mantener al bastardo en la recamara como posible candidato a la sucesión llegado el caso extremo.

Otro Don Juan que triunfa en el Mediterráneo

También trazando el paralelismo con el victorioso de la batalla de Lepanto, Don Juan José de Austria –que gozaba del reconocimiento de Gran Prior de la Religión de San Juan en Castilla– fue designado en 1647 como máximo responsable de las Armas marítimas. La vía militar siempre fue la mejor opción de adquirir méritos para un hijo ilegítimo o, como en este caso, alguien con la necesidad de justificar sus derechos a través de méritos. Pero como la mayor parte de las cosas en el siglo XVII referidas al Imperio español, el talento militar de Juan José de Austria nunca alcanzó al del hermano bastardo de Felipe II, siendo solo una mala copia en muchos momentos. De hecho, su trayectoria armada contó con tantas derrotas como victorias.

Su intervención durante la revuelta en Nápoles de 1647 apoyada por Francia fue de las segundas. Una gran victoria que le otorgó prestigio dentro de un Imperio en descomposición que anhelaba la llegada de nuevos héroes. En una mezcla de solución armada y de tacto diplomático, Don Juan José de Austria pacificó Nápoles, posesión de la Monarquía hispánica, y expulsó a las tropas francesas de la región. El general francés, el duque de Guisa, fue apresado y llevado al castillo de Gaeta para posteriormente ser trasladado al Alcázar de Segovia casi como si de un trofeo de caza se tratara. Como reconocimiento de sus méritos, Felipe IV nombró a Don Juan como nuevo virrey de Sicilia, donde también tuvo que hacer frente a la interferencia francesa durante la reconquista de Porto Longone y Piombino, arrebatadas en 1646 al Imperio español.

Wikipedia Asedio de Barcelona por parte de Don Juan José de Austria

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Asedio de Barcelona por parte de Don Juan José de Austria

La fortuna también se mantuvo cerca de Don Juan José en el sitio de Barcelona de 1652, que puso fin a la larga guerra de la Corona contra la rebelión de Cataluña, recibiendo el nombramiento de virrey del Reino de Aragón (1653-56). La reconciliación de la Corona con la burguesía es uno de sus méritos políticos en esta etapa; borrando los amargos recuerdos de la larga y sangrienta guerra civil. Desde este cargo, además, tuvo que hacer frente sin apenas fondos ni hombres a las sucesivas incursiones francesas en Cataluña, que buscaban reavivar el fuego de la rebelión. Sus victorias permitieron sostener la guerra en la frontera pirenaica hasta la firma de la Paz de los Pirineos en 1659, cuando de la ventaja hispánica no quedaban ni los huesos.

Los fracasos militares y la muerte del Rey

Para entonces, sin embargo, Don Juan José se encontraba destinado en la posesión más problemática del Imperio español, los Países Bajos. En la tarea de Gobernador de Flandes, el joven militar obtuvo algunos éxitos frente a los franceses, como el levantamiento del cerco de Valenciennes, que produjo en Europa «uno de aquellos estremecimientos que solía dar España en tiempos más afortunados», o la toma de Condé, pero no pudo evitar la catastrófica pérdida de Dunkerke. Si bien es cierto que Don Juan José emuló el milagro de los panes y los peces con las escasas tropas a su disposición en aquella campaña, tuvo el deshonor de dirigir a los españoles en la batalla de las Dunas, la derrota que marcó el final de la hegemonía militar del Imperio español. Asimismo, la derrota dejó Flandes en una situación de completa indefensión frente a los franceses.

A pesar de la derrota final, Felipe IV creía que su hijo había realizado una buena gestión con los medios a su alcance por lo que le otorgó el mando en otro frente muy complicado: la recuperación de Portugal. Tras la sublevación e independencia de Portugal, los ejércitos españoles ambicionaban recuperar el reino vinculado a la Monarquía hispánica durante más de medio siglo. Don Juan José se encargó de dirigir una nueva intentona en 1661. Los escasos avances españoles se vieron una y otra vez malogrados a causa de la ayuda internacional recibida por los rebeldes portugueses desde Francia e Inglaterra. Finalmente, las fuerzas portuguesas destrozaron en 1663 al ejército castellano en la batalla del Ameixial sufriendo más de 10.000 bajas contra solo 1.000 de los vencedores portugueses. Fue la última gran batalla de la guerra de restauración portuguesa y la que marcó el final de la carrera militar de Juan José de Austria.

El miembro de la Casa de los Austrias fue apartado de toda responsabilidad tras los fracasos militares y, sobre todo, a causa de la influencia de la Reina Mariana, madre del enfermizo Carlos, que desconfiaba del hijo extramatrimonial de Felipe IV. Sin embargo, a partir de la muerte de Felipe IV en 1665, su protagonismo político creció enormemente hasta convertirse en la cabeza visible de la oposición a Mariana de Austria y a su valido, el jesuita austriaco Nithard.

El bastardo deseado terminá en decepción

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Palacio Real | Retrato de Don Juan José de Austria en su juventud con la ciudad de Nápoles al fondo

Durante este periodo eminentemente político, Don Juan José de Austria se cuidó muy poco de disimular sus aspiraciones al trono, o al menos de reinar en nombre del Rey. En 1668, fue desterrado al descubrirse su implicación en un complot contra Nithard, pero consiguió levantar en armas a Cataluña en su huida. Desde allí marchó hacia Madrid al frente de una fuerza armada con el objetivo de forzar la caída de Nithard. No obstante, no se atrevió a atacar la capital y vio cómo el poder quedaba en manos de un nuevo hombre de la Reina madre, Fernando de Valenzuela, a cambio él de recibir el cargo de virrey de Aragón.

Después de la caída de Valenzuela en 1676, el hijo de Felipe IV dirigió el gobierno de la Monarquía hasta su muerte en extrañas circunstancias el 17 de septiembre de 1679. Lo hizo por petición expresa de Carlos II «El Hechizado», que observó la llegada de su hermanastro en una marcha triunfal rodeado por lo más granado de la nobleza castellana como si viniera a Madrid a liberarla del poder nocivo de la Reina madre. Aprovechó esos tres años, aparte de para ajustar cuentas con la Reina madre y de Valenzuela, al que desterró a Filipinas, para cerrar con Francia un nuevo tratado, la Paz de Nimega (1678), por la que España cedió al país vecino amplios territorios, y para aligerar el mastodóntico aparato de administración de la Corona.

No en vano, su gobierno no correspondió a las expectativas creadas por la nobleza española e incluso su hermanastro, el Rey, se mostró indiferente ante su muerte a causa de unas fiebres tifoideas, a los 50 años. Carlos II ni siquiera acudió a velar su cadáver quizás por miedo al contagio o simplemente por abulia. De hecho, los rumores en torno a su posible envenenamiento corrrieron por toda la península dado el carácter súbito de la enfermedad y a que la Reina madre no tardó ni una semana en regresar a la Corte una vez desaparecido su gran enemigo. Pese a ello, recibió los honores que a su rango le correspondían, fue enterrado en El Escorial y su corazón, cumpliendo con lo estipulado en sus últimas instrucciones, mandado a la capilla del Pilar de Zaragoza.

La Numancia alemana: el pueblo donde todo el mundo quiso suicidarse


El Confidencial

  • “Hijo, prométeme que te pegarás un tiro”. Es solo uno de los escalofriantes testimonios que recoge Florian Huber en su último libro, donde se recuerda cómo muchas madres mataron a su propia familia
Jerarquía nazi: Hitler, Goering, Goebbels y Hess, de izquierda a derecha (CC)

Jerarquía nazi: Hitler, Goering, Goebbels y Hess, de izquierda a derecha (CC)

“Hijo, prométeme que te pegarás un tiro”. Así de duros son los testimonios que recoge el historiador Florian Huber, y que sirven para dar título a su último libro, donde trata la oscura realidad que el pueblo de Demmin (en Alemania) trata de olvidar. Cuando los habitantes de esta localidad germana se dieron cuenta de que el Ejército Rojo había ganado posiciones en la Segunda Guerra Mundial y no podrían repeler su ataque, cientos de personas decidieron terminar con su vida con revólveres, cuchillas de afeitar, cinturones al cuello o cianuro. Cualquier cosa antes que sucumbir a los rusos. Todo. Incluso matar a los propios hijos y familiares.

“Los cuerpos cubrían toda la orilla del río Peene”, recoge Huber de Irene Bröke, una mujer testigo de los hechos que en 1945 tenía 10 años. Bröke recuerda que recogían los cuerpos de sus vecinos con carretillas –profesores, médicos, etc.– y después les llevaban a fosas comunes: “No era posible enterrarles de otra manera”. De su testimonio se deduce que la gran cantidad de víctimas hacía imposible la identificación de todas ellas. Junto a las anotaciones de enterramiento se encontraron signos de interrogación que impedían identificar con claridad a los difuntos. “Había que hacer los enterramientos y no había tiempo para confirmar de quién se trataba. Tampoco era posible contactar con familiares o conocidos puesto que ellos también estaban desaparecidos”, comenta el autor del libro. “Mamá, nosotros no, ¿verdad?”, le preguntó Bärbel Schreiner, de seis años, a su madre ante la visión de un caudal repleto de cadáveres.

Huber apunta hacia la “histeria colectiva” como el motivo que llevó a tantas personas al suicido. Las estimaciones hablan de entre 700 y 2.000 muertes autoinfligidas del total de 15.000 habitantes que poblaban Demmin en 1945. Los consejos del ministro de Propaganda de Hitler podrían haber influido en las conductas de las personas que se suicidaron y/o acabaron con la vida de sus familiares. “Mejor la muerte a caer en manos de los rusos”, llegó a decir Joseph Goebbels. Un final rápido no era tan malo como ser víctima de violaciones y bombardeos, tal y como afirmaban las noticias que llegaban de pueblos cercanos que ya estaban bajo dominio rojo.

Cuerpos colgados de las ramas de los árboles

Karl Schlosser también sobrevivió al suicidio colectivo que presenció Demmin durante la Segunda Guerra Mundial. Con 80 años, este alemán ha contado su experiencia en el libro de Florian Huber: “Mi padre había huido con nosotros al monte para evitar estar en el pueblo cuando llegaran los rusos. Días después, cuando regresamos, los cuerpos de los ahorcados colgaban todavía de las ramas de los árboles y más y más víctimas se apilaban en las orillas del río”.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

Cuando la familia Schlosser regresó a su pueblo, el Ejército Rojo ya había pasado por allí. “De las casas salía un olor putrefacto de los cuerpos de familias enteras que se habían suicidado en el salón”, escribe Huber. A pesar de que habían perdido su hogar a causa de un incendio, Karl, sus padres y sus hermanos no tuvieron problemas para encontrar una nueva morada. “Nos instalamos en una casa vecina. Nadie vino a reclamarla porque todos sus dueños se habían suicidado”.

El caso de Demmin es el suicidio colectivo más numeroso de la historia de Alemania. A pesar de ello, hasta ahora no se había prestado demasiada atención a las personas que pusieron fin a sus días para no caer en manos de los rusos. Sin embargo, el libro de Huber ha removido el pasado y más de 20.000 lectores se han empezado a interesar por el tema comprando el libro.