Dan a conocer la fotografía más «hortera» de Adolf Hitler


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  • El líder nazi llegó a decir que esta imagen rebajaba su dignidad

Siempre señorial y con vestimenta militar. Así es como suele aparecer Adolf Hitler en la mayoría de imágenes que se conservan de él. Todas ellas, pasadas previamente por la censura del Tercer Reich.

No obstante, y tal y como afirma la versión digital del diario «Daily Mail», una nueva instantánea del líder acaba de ser descubierta en una revista ideada para aumentar su popularidad entre la población. Una fotografía que, a pesar de ser publicada, el «Führer» odiaba por considerar que rebajaba su dignidad.

La imagen muestra, de forma más concreta, a un Adolf Hitler desinhibido, apoyado sutilmente en un árbol y ataviado con unos pantalones cortos de cuero y unos calcetines blancos hasta las rodillas. Todo ello, rematado con un intento de sonrisa para dar una mayor sensación de cercanía a los alemanes.

Puede parecer anecdótico, pero lo cierto es que el líder nazi no estuvo muy de acuerdo con que esta fotografía se publicase, algo que finalmente se hizo durante los años 30. Eso sí, el «Führer» no volvió a repetir esa pose.

Esta fotografía forma parte, en palabras del diario británico, de una serie de instantáneas tomadas por los fotógrafos personales de Hitler (entre ellos, el archiconocido Heinrich Hoffman) y que acabaron en una revista para fanáticos publicada por Baldur von Schirach.

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No fue la única, pues en aquellos periódicos también solían mostrar al líder acariciando animales o compartiendo palabras junto a niños. Al parecer, la instantánea ha sido hallada en una revista hecha jirones encontrada en una casa alemana por un soldado británico tras la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, 70 años después, los historiadores británicos están a punto de publicarla, al igual que el contenido de la revista. Esta, como no podía ser de otra forma, está llena de elogios a Adolf Hitler escritos por Von Shirach (quien fue juzgado en Nuremberg y condenado a prisión).

Con todo, ha sido difícil llevar a cabo una traducción convincente debido al mal estado en el que se hallaba el panfleto. «Sólo trataba de presentarlo como un hombre amante de la paz que quería mucho a los niños y era amable con todos, la verdad, lógicamente, era diferente», determina uno de los traductores a cargo de la revista.

El sangriento naufragio de un barco militar del S.XVIII cuya tripulación se volvió caníbal


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  • En 1741, a los marineros británicos del «HMS Wager» no les quedó más remedio que comerse a sus compañeros para poder sobrevivir
 WIKIMEDIA Un óleo del HMS Wager, cuya historia es controvertida y muestra lo peor del ser humano


WIKIMEDIA | Un óleo del HMS Wager, cuya historia es controvertida y muestra lo peor del ser humano

Muchas son las historias que narran el lado más ignominioso del ser humano. Sin embargo, algunas logran destacar por encima del resto debido a la crueldad que muestran sus protagonistas. Precisamente una de estas últimas es la del «HMS Wager», una fragata de la Royal Navy que, en 1741, encalló frente a las costas de Chile dando lugar a una terrible historia de traición, asesinatos, locura e, incluso, canibalismo (al que tuvieron que recurrir algunos militares para poder sobrevivir sin alimentos). Sin duda, una tragedia merecedora de ser contada en Hollywood pero que, curiosamente, ha pasado desapercibida con el paso de los años.

Al menos hasta estos días. Y es que, hace algunas jornadas que el historiador naval C. H. Layman ha publicado «The Wager disaster», un libro en el que narra los pormenores de esta controvertida historia que se saldó con decenas de muertos. Concretamente, el experto narra en su nueva obra cómo la falta de liderazgo del capitán del buque llevó a la tripulación a amotinarse tras el naufragio, a poner bajo custodia a su oficial al mando y, finalmente, a comer carne humana para poder vivir en este mundo un día más.

El viaje del «Wager»

El viaje de la fragata «HMS Wager» comenzó en 1740. Por entonces, esta embarcación salió de puerto como parte de una expedición junto a otros cinco buques al mando del Comodoro George Anson. Su objetivo: darse de cañonazos contra las colonias españolas ubicadas en América del Sur (a las que plantaban cara en guerra declarada). Sin embargo, no se puede decir que este navío fuera una perfecta máquina de batallar, pues era un antiguo buque mercante al que se le habían encaramado a toda prisa 28 cañones y un pasaje de decenas de enfermos y marinos con miembros amputados.

«El “HMS Wager” había sido un buque mercante adquirido por la Amada inglesa para ser usado como transporte logístico, y dotado de algún armamento. Transportaban al momento del naufragio, una gran cantidad de enfermos de la flota de Anson e infantes de marina -en total, 142, lo que superaba en número a la tripulación del buque, que era de 106- además de víveres para los otros buques, armamento y municiones», explica el académico Jorge Sepúlveda Ortíz en su obra «En busca de la verdad sobre el guardiamarina Alexander Campbell, de la fragata “Wager”». Tampoco faltaban litros y litros de licor.

La tripulación tampoco era mucho mejor pues, debido a las dificultades de reclutamiento, muchos eran veteranos o personas de malvivir que se habían alistado a cambio de unas monedas. La flor y nata de la «Royal Navy», que podríamos decir.

Tras unas jornadas de viaje muchos hombres del pasaje enfermaron y murieron, provocando algún que otro ataque de pánico entre el resto del pasaje. De hecho, entre aquellos que fallecieron se hallaba el capitán, el cual acabó siendo sustituido por el inexperto oficial David Cheap. Malos presagios para el viaje.

Un naufragio y una inesperada reacción

Después de algunas semanas, el desastre llegó al «HMS Wager» cuando uno de sus mástiles se rompió y se separó de la escuadra principal. A su vez, esta situación se terminó de complicar cuando Cheap terminó postrado en una cama bajo la cubierta principal debido a una enfermedad.

En ese momento, absolutamente desesperados, los marineros decidieron viajar hasta uno de los primeros puntos de encuentro que habían establecido con sus compañeros: la isla costera de «Nuestra señora del Socorro». Todo ello, a pesar del mal tiempo, de que sólo había 12 hombres aptos para el servicio, de los fuertes vientos, y de las múltiples rocas que había flanqueando el lugar.

El 13 de mayo de 1941, como no podía ser de otra forma, se sucedió el desastre. «Azotada por la tormenta, la nave se estrelló en unas rocas a las 04:00 horas. En las horas siguientes el buque fue dando bandazos de una roca a otra y luego, justo antes de hundirse, quedó completamente varado en la costa norte del archipiélago Guayaneco, en el golfo de Penas», añade el experto español. Tras el naufragio, la disciplina ser perdió y, mientras algunos hombres trataron de mantener el navío a flote, otros se volvieron locos por el pánico.

La peor naturaleza del ser humano

Controlado el desastre, los supervivientes lograron llegar hasta una isla cercana de la actual Chile. Una vez en tierra, los marinos de la «Royal Navy» mostraron su auténtica tez. Y es que, en lugar de seguir las órdenes de su, por otro lado, inexperto capitán, decidieron emborracharse hasta enfermar y robar la ropa de los camarotes de sus oficiales para burlarse de ellos. De nada valió que Cheap tratase de controlar la situación y se enfrentase directamente con uno de los amotinados, Cozens (a quien disparó en la cara y dejó morir bajo un terrible dolor durante varios días).

Eran momentos desesperados para los ingleses, divididos ante la forma de actuar del capitán. De hecho, y según afirma el escritor británico en su nuevo libro, varios marineros de la Royal Navy crearon un campamento paralelo al principal establecido por Cheap y sólo regresaron en contadas ocasiones para tratar de matar al capitán (una vez, incluso, haciendo estallar su tienda con pólvora) y donde pasaron tanta hambre que se vieron obligados a recurrir al canibalismo. Así pues, y según se afirma en la versión digital del diario «Daily Mail», las crónicas dicen que se vio a un joven grumete comerse el hígado de uno de los fallecidos durante el naufragio.

En el campamento principal la situación no era mejor. Y es que, los tripulantes terminaron apresando a Cheap por acabar con Cozens y, posteriormente, decidieron crear dos embarcaciones con las que viajar hasta el sur y buscar ayuda.

Así pues, casi sin víveres y con exceso de hombres, iniciaron su periplo dejando en la isla a Cheap y a media docena de sus seguidores con algunos alimentos. Sin embargo, no sabían lo que la suerte les deparaba, pues su viaje se detuvo algunos días después cuando uno de las pequeñas chalupas quedó destrozada en medio de las aguas y sus integrantes se vieron obligados a regresar al campamento original.

No le fueron mejor las cosas a la otra barcaza. Así lo demuestra el que el oficial al mando abandonara a un gran número de sus compañeros en tierra a traición para ahorrar comida o que un niño de la expedición muriera de hambre llorando a moco tendido mientras pedía a su tutor dinero para comprar víveres a sus compañeros.

Con todo, varios de ellos lograron llegar hasta Inglaterra y contar su historia, omitiendo por supuesto los detalles más escabrosos. Lo mismo sucedió con Cheap y algunos de sus seguidores, quienes fueron capturados por españoles y, tras un largo periplo, regresaron a sus hogares.

La humillante derrota que acabó con la vida de Drake, el héroe nacional inglés


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  • Tras el monumental fracaso que supuso «la Contraarmada inglesa», el pirata Francis Drake cayó en el ostracismo político durante seis años hasta que en 1595 le llegó la oportunidad de resarcirse en el Caribe. Allí fue humillado por una minúscula fuerza española en Panamá

    Wikipedia Retrato de Sir Francis Drake pintado por Marcus Gheeraerts el Joven

    Wikipedia | Retrato de Sir Francis Drake pintado por Marcus Gheeraerts el Joven

Embarcado en su buque insignia «El Pelican», cuya construcción fue subvencionada con dinero de la Corona inglesa, Francis Drake realizó la segunda circunvalación al globo en 1579, la cual aprovechó para asaltar de paso las indefensas poblaciones españolas en el Pacífico, que no habían conocido hasta entonces mayor amenaza europea que la presentada por portugueses y españoles. A su regreso a Inglaterra, el pirata fue recibido como un héroe nacional y nombrado Sir por la Reina. Como queriendo solapar que los españoles ya habían dado la vuelta al mundo 55 años antes con la expedición Magallanes-Elcano, los ingleses celebraron la hazaña de Drake como un hito de la navegación mundial. Durante años, la suerte siguió acompañando al inglés, que secuestró a pilotos portugueses y españoles para acometer su gran gesta, pero le abandonó en el peor momento. El Caribe español le devolvió parte de las afrentas cometidas en 1596, el año de su muerte y de su derrota más humillante.

Francis Drake consiguió su fama como militar saqueando los puertos españoles en el Caribe cuando Inglaterra y el Imperio español ni siquiera estaban oficialmente en guerra. Bajo el mando de su primo segundo John Hawkin, aprendió con solo 13 años lo rentable que resultaba atacar los puertos españoles aprovechando las deficientes defensas hispanas y el lucrativo negocio del contrabando de esclavos. Lo cual no evitó que sufriera en persona una derrota de envergadura en esos años. En 1567, Hawkins realizó su tercera acometida contra las posesiones hispánicas. Tras hacerse con 450 esclavos en Guinea y Senegal, puso rumbo al Caribe al frente de seis barcos, entre los que estaba «El Judith», capitaneado por Drake. Una tormenta los obligó a dirigirse a Veracruz, donde, haciéndose pasar por la armada española, forzaron al virrey Martín Enríquez de Almansa a entregarles suministros. Para su desgracia, a los pocos días arribó en Veracruz la auténtica armada española. Cuatro buques piratas fueron hundidos, 500 tripulantes abatidos y las ganancias del contrabando de esclavos capturadas casi en su totalidad. Drake y su primo pudieron escapar de milagro. Estaban resueltos a remediar en los siguientes años aquella humillación.

La oportunidad de los puertos mal defendidos

La primera actuación individual de Drake lo bastante reseñable para ser mencionada ocurrió en 1572. Un año después de que la mejor generación de marineros españoles se doctorara en el Golfo de Lepanto, Drake asoló indefensos puertos en el Caribe, entre ellos el Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, y Cartagena de Indias, y capturó un convoy español cargado de oro y plata con la ayuda del pirata francés Guillermo Le Testu. Esta acción reportó una gran fortuna a Drake e hizo que la Corona inglesa le designara para la misión de atacar intereses españoles en el Pacífico.

La vuelta al mundo de Drake y sus hombres fue enormemente lucrativa. El botín obtenido fue valorado en 250.000 libras, una suma equiparable al presupuesto anual del Parlamento británico. El 4 de abril de 1581, la Reina Isabel I subió en persona al buque insignia de Drake y le nombró caballero allí mismo. De golpe y porrazo, el pirata se había convertido en un hombre respetable, con su asiento en el Parlamento y con responsabilidad en la armada inglesa. En este contexto, con la guerra ya oficialmente declarada entre ambos países, la Reina puso al corsario inglés al frente de una flota de 21 naves y 2.000 hombres con el objetivo de atacar de nuevo el Caribe español en 1586. Como explica Carlos Canales en el libro «Las reglas del viento: cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI», pese a los éxitos iniciales en Santo Domingo y Cartagena de Indias, el botín final de 200.000 ducados se antojó insuficiente para cubrir los daños registrados en 18 de los buques y la muerte de la mitad de la tripulación original.

Wikipedia | Ilustración del «El Pelican», el barco que usó Drake para dar la vuelta al mundo

Wikipedia | Ilustración del «El Pelican», el barco que usó Drake para dar la vuelta al mundo

Cansado de ver sus barbas chamuscadas, como rezaba una expresión acuñada por el propio Drake, Felipe II tomó la determinación en 1587 de atacar a los ingleses en su propio territorio. Los preparativos a cargo de Álvaro de Bazán, uno de los héroes de la batalla de Lepanto, sufrieron el sabotaje de Drake, quien el 29 de abril de ese año atacó el puerto de Cádiz y hundió una veintena de embarcaciones españolas. Durante esta misma expedición, los ingleses capturaron cerca de la isla de San Miguel, en las Azores, una carraca procedente de la India con un tesoro valorado en 140.000 libras.

Dentro de la estrategia para defenderse del ataque español de 1588, Drake fue nombrado vicealmirante de la flota inglesa bajo las órdenes del almirante Charles Howard. Una leyenda inglesa cuenta que Francis Drake se encontraba jugando a los bolos en la localidad de Plymouth cuando fue avisado de la llegada de la flota que Felipe II había mandado contra la Reina Isabel I. «Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles», afirmó el corsario antes de arrojar la siguiente bola. Un episodio inverosímil que el historiador naval Agustín Rodríguez González asemeja al clásico «mito fundacional» –en su libro «Drake y la Invencible»– para esconder una verdad vergonzosa: el secreto peor guardado de Europa sorprendió al grueso de la escuadra inglesa en puerto y sin la artillería preparada. Drake, sin auténtica experiencia en guerra naval, se encontraban reparando y aprovisionando sus barcos tras un fracasado intento por emboscar a la flota España durante su salida. La flota de Plymouth estaba acorralada.

El Duque de Medina-Sidonia, el comandante español, decidió seguir de largo en contra de la opinión de la vieja guardia de oficiales que había servido con su predecesor, Álvaro de Bazán, quien había fallecido durante los preparativos. La decisión condenó a la Armada a vagar hacia el desastre sin objetivos claros, más allá de la quimera de recoger a las tropas de Flandes, algo en lo que Alejandro Farnesio –comandante de esa infantería– no puso mucho empeño. Sin que en ningún momento se entablara un combate naval masivo más allá del incansable hostigamiento británico, Drake tuvo su momento de mayor protagonismo durante los combates también en Plymouth, donde Diego Flores de Valdés rindió el galeón «Nuestra señora del Rosario» al corsario inglés sin oponer ninguna resistencia.

Wikipedia | Monumento de bronce en Tavistock que reproduce la leyenda de Drake jugando a los bolos

Wikipedia | Monumento de bronce en Tavistock que reproduce la leyenda de Drake jugando a los bolos

La «Contraarmada», el gran fracaso de Drake

Tras el desastre de la Armada española en 1588, Isabel I de Inglaterra ordenó a Drake lanzar un contraataque contra España, la conocida como «Contraarmada», que curiosamente tuvo un destino tan trágico como el de su precursora española. A falta de la experiencia española para la organización de una operación de grandes dimensiones, que tampoco había servido de nada a éstos, la aventura de la escuadra inglesa acabó en un irremediable desastre. El primer objetivo fue La Coruña, que albergaba a algunos barcos supervivientes de la Empresa inglesa todavía en reparación. Y aunque los ingleses tomaron parte de la ciudad, la actuación heroica de las milicias, entre las que se contaba la popular María Pita, forzaron la huida de los extranjeros sin obtener botín.

A continuación, Drake y su flota –formada por más de un centenar de barcos de distinto tamaño– se dirigieron a Lisboa con la intención de provocar un levantamiento portugués contra los españoles. El desembarco de cerca de 10.000 hombres para «liberar» Lisboa fue inicialmente un éxito, pese a que las epidemias ya empezaban a causar estragos entre las tropas angloholandesas. Sin embargo, la durísima guerra de desgaste que padeció el ejército de Drake durante su marcha hacia las inmediaciones de Lisboa y la brillante actuación de Alonso de Bazán –hermano del célebre marino– al frente de una escuadra de galeras hizo imposible que la capital portuguesa fuera rendida. Al contrario, el 16 de junio, siendo ya insostenible la situación del ejército inglés, Drake ordenó la retirada, que fue seguida de una asfixiante persecución a cargo de las fuerzas hispano-lusas. El resto de la campaña, que trasladó la acción a las islas Azores, tan solo sirvió para alargar la agonía de una expedición que, según el historiador británico M. S. Hume, costó la muerte o la deserción del 75% de los más de 18.000 hombres que formaron originalmente la flota.

Sir Francis Drake quedó condenado al ostracismo tras el fracaso, negándosele el mando de cualquier expedición naval durante los siguientes seis años. Su oportunidad de resarcirse llegó cuando la Reina inglesa, cansada de no haber cosechado nada más que derrotas desde 1588, volvió a depositar su confianza en él hacia 1595. El objetivo era de nuevo el Caribe. Así y todo, la escuadra real para esta misión –vertebrada en su mayor parte por particulares– fue puesta bajo un mando compartido, dado que la confianza en el liderazgo de Drake seguía en cuarentena. John Hawkins –muy deteriorado por la edad y enfrentado con Drake desde el fracaso de Veracruz– fue el otro almirante designado para la misión.

Desastre en el Caribe: España aprende de los errores

La expedición no pudo empezar de peor forma. En contra de la opinión de Hawkins, Drake ordenó atacar las Canarias y abastecerse allí antes de dirigirse al Caribe. Calculaba el pirata inglés tomar Las Palmas –defendida por apenas 1.000 hombres, la mayoría civiles– en cuestión de cuatro horas, pero los defensores rechazaron sin dificultad el primer desembarco. Con 40 muertos y numerosos heridos, la escuadra inglesa estimó inútil gastar más soldados en algo que iba a ser supuestamente sencillo pero no lo era. La captura de un capitán inglés en este tropiezo por las Canarias reveló las intenciones británicas y permitió dar aviso a las autoridades españolas del otro lado del charco.

Cuando la flota de Drake hizo acto de presencia en Puerto Rico, los defensores les recibieron con una hilera de cinco fragatas –de reciente construcción y adaptadas al escenario atlántico– apuntando sus cañones hacia los forasteros. La flota invasora tuvo que retirarse momentáneamente cuando los cañones españoles penetraron en la mismísima cámara de Drake justo cuando éste brindaba con sus oficiales. El jefe de la flota salió ileso, pero dos oficiales fallecieron y otros tantos quedaron gravemente heridos. Además, la salud de John Hawkins se consumió por completo poco antes de estos primeros combates, dejando a Drake como único mando.

Pese al furioso recibimiento, los ingleses no desistieron y lanzaron un desembarco masivo con barcazas en la noche del día 23. Drake ordenó acercarse en silencio a las fragatas, que se mantenían como pétreas guardianas del puerto, para prenderlas fuego con artefactos incendiarios. Lejos de destruir los barcos españoles, solo uno quedó inservible, el fuego iluminó la noche facilitando que los defensores rechazaran el desembarco. La jornada acabó con 400 hombres muertos en el bando británico.

Wikipedia | Placa de bronce en Tavistock que reproduce la muerte de Drake en Portobelo

Wikipedia | Placa de bronce en Tavistock que reproduce la muerte de Drake en Portobelo

Además de las nuevas fragatas destinadas a luchar precisamente contra ataques piratas, los españoles habían aprendido de sus errores defensivos. Cuando Drake decidió alejarse finalmente de Puerto Rico –previo paso por dos pequeños pueblos, Río del Hacha y Santa Marta, que le reportaron escasísimo botín– tuvo que descartar atacar Cartagena de Indias al ver las imponentes defensas con las que ahora contaba la ciudad. El objetivo, por tanto, se trasladó a Panamá, donde ordenó un doble ataque, por tierra y por mar, que tuvo un destino parecido a lo ocurrido en Lisboa siete años atrás. Baskerville, al frente de 900 soldados, se dirigió por tierra hacia las cercanías de Panamá. En el camino se topó con un pequeño reducto, el San Pablo, guarnecido por 70 hombres al mando de Juan Enríquez, que impidieron por dos veces el avance inglés. Cuando llegaron otros 50 hombres a reforzar la guarnición, Baskerville decidió poner pies en polvorosa. La persecución, entre muertos, heridos y prisioneros, se saldó con 400 bajas entre los ingleses.

Desmoralizado, agotado y enfermo de disentería sangrante, Francis Drake buscó sin éxito posibles presas. El 27 de enero, estando fondeada la flota en la entrada de Portobelo, Drake pidió que le pusieran su armadura «para morir como un soldado». Falleció la madrugada siguiente y su cuerpo fue lanzado al mar dentro de un ataúd de plomo, en contra de su voluntad de ser enterrado en tierra firme. Aún sin tiempo de velar su muerte, dos de sus herederos, su hermano Thomas y su sobrino Jonas Bodenham, se enfrentaron en el mismo buque por algunas de las pertenencias del pirata.

Su otro legado, la desastrosa expedición en curso, todavía tuvo que hacer frente a otra dura prueba: el viaje de regreso a Europa. Así, llegaron a puerto solo ocho de los 28 buques iniciales y un tercio de los hombres.

El entierro del Señor de Orgaz casi tres siglos antes de El Greco


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  • Los asistentes al sepelio de Don Gonzalo Ruiz de Toledo en 1323 dijeron haber sido testigos de un hecho prodigioso
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abc Detalle de «El entierro del Conde de Orgaz» de El Greco

Casi trescientos años antes de que El Greco realizara su obra maestra, los toledanos ya acudían a visitar la capilla de la iglesia de Santo Tomé donde fue enterrado Don Gonzalo Ruiz de Toledo. El Señor de Orgaz, que no conde, «ya en vida era considerado como un santo», según señala Gerardo Ortega, párroco de esta iglesia toledana. Su vida y, sobre todo, la prodigiosa historia que contaron quienes asistieron a su entierro convirtieron a su tumba desde aquel mismo momento en lugar de veneración.

Notario mayor del reino de Castilla y alcalde de Toledo, «don Gonzalo nació algo después de 1250, durante los primeros años del reinado de Sancho IV, y a finales de este siglo ya ocupaba puestos de importancia en la Corte» que desempeñó hasta su muerte, según el perfil trazado por su descendiente, Gonzalo Crespí y Vallaura, en el pregón de las fiestas de la Villa de Orgaz en 2014. El actual conde de Orgaz subrayó entonces cómo a don Gonzalo «le tocó vivir una época muy confusa con dos reyes menores de edad, Fernando IV y Alfonso XI, cuyas regencias tuvo que ejercer doña María de Molina, respectivamente madre y abuela de esos mismos reyes». El señor de Orgaz fue ayo de Alfonso XI, un cargo «de enorme importancia y responsabilidad» ya que era encomendado a «alguien en cuya fidelidad y lealtad se pudiese confiar ciegamente», explicaba su descendiente.

El noble toledano fue además un gran bienhechor de la Iglesia. Fundó en 1311 el monasterio de San Esteban de los agustinos, donde hoy está el instituto Sefarad, y costeó la reparación de varias iglesias de la ciudad además de realizar obras de caridad como la fundación del hospital San Antón. Fue un hombre «preocupado por el culto a Dios y sensible ante las necesidades de los hombres», escribió Demetrio Fernández, anterior párroco de Santo Tomé, en su libro «Gonzalo Ruiz de Toledo, Señor de Orgaz».

Uno de los templos que reparó fue precisamente la iglesia de Santo Tomé, vinculada a la villa de Orgaz desde hacía siglos, y allí pidió ser enterrado a su muerte el 9 de diciembre de 1323, humildemente, en un rincón de la misma.

Crónica de Francisco de Pisa

Crónica de Francisco de Pisa

Según recogieron cronistas como Francisco de Pisa o Pedro Alcocer y cuenta Gregorio Ortega, durante la ceremonia «bajaron del cielo San Agustín y San Esteban y tomando el cuerpo en sus brazos, lo depositaron en el sepulcro diciendo: “Tal galardón recibe quien a Dios y a los santos sirve”, y la visión desapareció».

El noble dejó escrito que la Villa de Orgaz pagara a la iglesia de Santo Tomé una renta de dos carneros, 16 gallinas, dos cargas de leña, dos pellejos de vino y 800 maravedíes para celebrar con solemnidad la fiesta de Santo Tomás. El Concejo de Orgaz cumplió el mandato durante dos siglos y medio, pero cuando don Andrés Núñez se hizo cargo de la parroquia, en 1564, hacía un lustro que no se había pagado el donativo. «Era un hombre celoso de custodiar los bienes y llevó el caso a los tribunales, que le dieron la razón», continúa Ortega.

Con el dinero recaudado, Núñez amplió y renovó la capilla y encargó a Alvar Gómez de Castro una lápida en latín, la misma

Andrés Núñez

Andrés Núñez

en la que hoy se lee: «Aunque lleves prisa, detente un poco, caminante…». El párroco de Santo Tomé pidió además a uno de sus feligreses que pintara un cuadro que recordara por siempre el particular entierro del Señor de Orgaz. Este feligrés no era otro que Doménico Theotocópuli, conocido en el Toledo del siglo XIV como el Griego.

Apenas habían pasado veinte años del Concilio de Trento, por lo que hubo que obtener un permiso eclesiástico para realizar la obra. «El cardenal don Gaspar de Quiroga, con su aprobación, dio validez así de que lo que se contaba era un hecho», explica Ortega.

El Greco recibió el encargo en 1586. Debía atenerse a lo relatado en el epitafio del sepulcro de don Gonzalo, mostrando «una procesión de cómo el cura y los demás clérigos estaban haciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo … y bajaron San Agustín y San Esteban a enterrar el cuerpo de este caballero, el uno teniéndole de la cabeza y el otro de los pies, echándolo en la sepultura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando, y encima de todo esto se ha de hacer un cielo lleno de gloria». En el contrato se indicaba también que el cuadro debía ir «desde arriba del arco hasta abajo y todo se ha de pintar en lienzo hasta el epitafio que está en la dicha pared».

El Greco, junto al II conde de Orgaz

El Greco, junto al II conde de Orgaz

Así lo hizo el Greco, que anacrónicamente retrató entre los testigos del milagro a personajes del siglo XVI, entre ellos a sí mismo en la parte central junto a los protagonistas del lienzo y en la parte inferior izquierda a su hijo Jorge Manuel, con un pañuelo con la fecha de su nacimiento (1578). El impulsor, Andrés Núñez de Madrid, figura a la derecha de la composición, como el oficiante que lee y se cree que el rey Felipe II acompaña a los inmortales de la parte superior derecha.

El caballero de la orden de Santiago que muestra las manos, situado entre San Esteban y San Agustín, podría ser Juan Hurtado de Mendoza Rojas y Guzmán, segundo conde de Orgaz. Carlos I ascendió al señorío de Orgaz a condado en el año 1520, como premio a la fidelidad de don Álvaro Pérez de Guzmán y Mendoza.

El actual conde de Orgaz, don Gonzalo Crespí de Valldaura, mantiene el contacto con la iglesia de Santo Tomé y visita de vez en cuando la capilla de su antecesor. «Es una persona muy cercana a la iglesia de Santo Tomé y se honra de ser descendiente», apunta el párroco.

Para el heredero del Señorío de Orgaz, que ha sido presidente de la Orden de Malta y fundador de Ayuda en Acción, «Don Gonzalo fue sin discusión el más importante de quienes tuvieron el honor de ostentar el título de señor o, más adelante, el de conde de Orgaz». En su discurso en mayo de 2014 en Orgaz, señalaba que su proceso de beatificación se inició en varias ocasiones «y es una lástima que no se culminase tan merecido reconocimiento de sus méritos».

En el ya próximo 2023 se cumplirán siete siglos de la muerte del Señor de Orgaz, cuyos restos aún yacen en la iglesia de Santo Tomé. Las excavaciones realizadas en 2001 dieron con un sencillo sepulcro de granito y yeso con un esqueleto completo, con restos de ropa, guantes y un broche. Junto al Señor de Orgaz encontraron los restos mortales de otras once personas, que podrían ser su mujer, sus hijos y una persona muy próxima a la familia.

La tumba de don Gonzalo puede contemplarse hoy con la losa original, bajo el célebre cuadro por el que El Greco cobró 1.200 ducados en 1590, la cifra más alta pagada hasta entonces en España por un lienzo. Sólo en 2014, año del IV Centenario de la muerte de El Greco, la capilla fue visitada por 783.000 personas.

En la iglesia de Santo Tomé aseguran que «la figura de Don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, enterrado en esta Iglesia, y su espíritu de caridad y fe, siguen estando presente hoy día. Pues si hace casi siete siglos eran las rentas que encomendó en su testamento las que ayudaban a los más pobres de la ciudad, hoy día son los ingresos originados por la visita turística, los que sufragaban innumerables obras de caridad entre los más necesitados. Don Gonzalo sigue haciendo el bien».