Felipe III de España, el Rey ludópata que no quería reinar


ABC.es

  • El hijo de Felipe II perdió grandes sumas de dinero ante importantes cortesanos jugando a las cartas, entre ellos el Duque de Lerma, quien convenció al Monarca de que trasladara la Corte a Valladolid, y de nuevo a Madrid. El noble castellano se hizo millonario con la operación urbanística resultante
Museo del Prado Alegoría de la educación de Felipe III por Justus Tiel

Museo del Prado
Alegoría de la educación de Felipe III por Justus Tiel

Con la llegada al trono de Felipe III, el único hijo varón que sobrevivió a la muerte de Felipe II, se interrumpió la estirpe de Reyes españoles que gobernaron sin necesidad de delegar en validos o favoritos, cuyo recuerdo más reciente en ese momento eran los accidentados reinados de Juan II y Enrique IV «El Impotente», que permitieron que Álvaro de Luna y Juan Pacheco llevaran en su beneficio las riendas de Castilla. Dominado durante casi dos décadas por el oscuro Duque de Lerma, Felipe III se reveló como un gobernante apático con muy poco interés en los asuntos de estado, y sin la formación adecuada para ello, puesto que su educación había estado continuamente interrumpida por sus problemas de salud. Además, al igual que otros miembros de la familia Habsburgo, desarrolló un comportamiento compulsivo, en su caso con los juegos de azar.

La salud de Felipe III, que tenía un nivel de consanguineidad poco por debajo de su malogrado hermanastro el Príncipe Maldito, fue siempre precaria. «Dios, que siempre me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos», afirmó en una ocasión Felipe II, consciente de que era poco probable que su último hijo varón llegara a la edad adulta. Precisamente por ello, la educación del joven príncipe fue descuidada y el Rey Prudente prestó mucha más atención en esos años de formación a su hija predilecta, Isabel Clara Eugenia. Así, la hija del Rey permaneció soltera hasta poco antes de la muerte de su padre a fin de recurrir a un matrimonio beneficioso para la Monarquía hispánica en caso de que hubiera sido la sucesora.

Frente a un padre extremadamente exigente, la indolencia de Felipe III se tradujo en un joven perezoso sin ningún interés por los asuntos de Estado. El médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández lo describe en su libro «Historia personal de los Austrias españoles» como una persona «de dotación intelectual escasa o mediocre, casi en el umbral de la deficiencia mental. Si no fuera por su fervorosa entrega al divertimento, la imagen de Felipe III podría ser equiparada a la de los monjes medievales atacados por una especie de pereza melancólica, la acedía».

El Duque de Lerma se beneficia del indolente

duque-lerma-rubens--470x260

Duque de Lerma

La abulia del Rey fue aprovechada, como nadie, por Francisco de Sandoval y Rojas, perteneciente a una familia noble con más deudas que rentas hasta que Felipe III elevó su condado a Ducado de Lerma en 1599. Educado en la corte como compañero de juegos del Príncipe Carlos, el Duque de Lerma pasó posteriormente a ocupar el cargo de gentilhombre del Príncipe Felipe III –el otro hijo de Felipe II que llegó a la edad adulta– con el que hizo buena amistad y sacó rico provecho. En el año 1601, el Duque de Lerma, nacido en Tordesillas, convenció al Rey para que trasladara la corte de Madrid a Valladolid. Previamente, el noble castellano y su red clientelar habían adquirido terrenos y palacios en Valladolid para después venderlos a la Corona. No conforme con unos beneficios que le convirtieron en el hombre más rico del Imperio español, Francisco de Sandoval y Rojas volvió a persuadir a Felipe III para restaurar la corte a Madrid solo seis años después. En la actual capital de España, a cuyo Concejo le tocó pagar un elevado coste por el traslado, el duque repitió la operación urbanística y compró numerosos palacios y viviendas, que en ese momento estaban a precios muy bajos.

Mientras personajes como Francisco de Sandoval y Rojas o el dominico Luis de Aliaga conducían el reino sin timón hacía sus aguas particulares, Felipe III ocupaba sus horas en fiestas, jornadas de caza interminables –afición que heredó de su padre–, la cría de caballos, la danza, la música y los juegos de naipes. En el caso de esta última afición, el Rey desarrolló una fuerte adición, que, según Francisco Alonso-Fernández, fue lo bastante pronunciada para ser considerada una ludopatía adictiva. Jugando a las cartas perdió grandes sumas de dinero ante importantes cortesanos, entre ellos el propio Duque de Lerma, y modificó de forma caótica sus horarios. No en vano, existen otros casos de personalidades adictivas en la familia de los Habsburgo. Sin ir más lejos, el Príncipe Carlos, hermanastro de Felipe III, era aficionado a apostar a la mínima ocasión: a los dados, a las cartas e incluso a las competiciones. Otros casos reseñables son los de Felipe II, un obseso compulsivo y coleccionista enfermizo, y el de Felipe IV, un sexoadicto.

Con el fallecimiento de la Reina Margarita de Austria-Estiria en 1611, que había asumido gran importancia política y servía de obstáculo a quienes ambicionaban utilizar al Rey como mero títere, las luchas por hacerse con el control del reino se intensificaron entre el Duque de Lerma y el confesor Luis de Aliaga. Con ayuda del Duque de Uceda –hijo del Duque de Lerma– y del Conde-Duque de Olivares –futuro valido de Felipe IV–, Luis de Aliaga consiguió que el hombre de confianza del valido, Rodrigo Calderón de Aranda, fuera ejecutado por corrupción en la Plaza Mayor de Madrid en 1621. El mismo Francisco de Sandoval y Rojas tuvo que solicitar de Roma el capelo cardenalicio para protegerse de cualquier proceso judicial, puesto que el clero gozaba de inmunidad eclesiástica.

Felipe III, que se había limitado a observar la contienda sin tomar completo partido por ninguno de los bandos, quedó sumido durante aquellos años en un estado de melancolía que le hacía lamentarse de haber llevado una vida tan superficial. Murió una década después que su esposa –a la que no había buscado remplazo, ni en la cama ni en el altar–, a los 43 años, de unas fiebres causadas por una infección bacteriana de la dermis. A diferencia de sus antecesores y de los últimos Austrias, Felipe III y su esposa sí dejaron una amplia descendencia a través de ocho hijos, de los cuales cinco llegaron a una edad avanzada.

El insulto más despreciable del lenguaje de Cervantes


ABC.es

  • Pocos apelativos hay tan ofensivos, y pocos individuos con peor catadura moral y humana que nuestros protagonistas
ARCHIVO Imagen de la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo

ARCHIVO
Imagen de la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo

Generación tras generación una especie ha logrado perpetuarse con el paso del tiempo. Sorteando cualquier barrera moral plausible, los hombres sin oficio ni beneficio han forjado un frente común donde la marrullería y la tan recurrente picaresca son los principales ingredientes con los que aderezan sus menesteres diarios. Rufianes que en otra vida hubieran sido denostados, hoy se sitúan en las escalas más altas del planeta.

Pancracio Celdrán, en su libro «Inventario General de Insultos» define al rufián como un «hombre sin honor, despreciable y perverso; chulo de mancebía, alcahuete de prostíbulo, que vive de comerciar con las mujeres. Pocos insultos hay tan ofensivos, y pocos individuos con peor catadura moral y humana que éstos, en la tradición literaria española».

Para conocer a fondo lo que es un rufián, el autor remite a la célebre obra de Cervantes Rinconete y Cortadillo o a su comedia El Rufián Dichoso. «Allí se ve que no se trata únicamente de un alcahuete y ladrón, de un encubridor de rateros, sino también de un matón y espadachín de oficio, especie de asesino de alquiler».

Tirso de Molina escribe lo siguiente:

¡Mal haya quien bien os quiere,

rufianes de Belcebú…!

Respecto a su origen etimológico, Joan Corominas sitúa la la antigüedad del vocablo en el siglo XIV. «Además cree que pudo decirse del término latino rufus, es decir, pelirrojo, seguramente por la prevención moral que ha existido siempre contra los hombres de ese color de pelo, y por la costumbre de las rameras romanas de utilizar pelucas de esa color. Pero tal vez sea remontarse muy atrás, o hilar demasiado fino; sobre todo si se atiende al término germánico ruffer, con el significado de ‘alcahuete’, una de las ocupaciones principales de estos individuos», señala Celdrán.

El propio Cervantes emplea el término en reiteradas ocasiones de forma que «el apelativo pierde en fiereza». Por ejemplo, hace hablar así a un criado:

…fue su postre dar soplo a mi amo de un rufián forastero, que nuevo y flamante había llegado a la ciudad.

Medio siglo antes, Lope de Rueda, tiene el siguiente plasma en la obra El rufián cobarde:

¡Ah putilla, putilla, azotada tres veces por la feria de Medina del Campo, llevando la delantera de su amigo o rufián, por mejor decir…!.

Catalina de Aragón, la Reina madrileña de Inglaterra que fue humillada por Enrique VIII


ABC.es

  • Muy apreciada por el pueblo inglés, la esposa del Monarca se negó a aceptar la anulación de su matrimonio y reclamó a su todopoderoso sobrino Carlos I que defendiera sus derechos y los de su hija María I, futura Reina de Inglaterra. El empeño del Rey por divorciarse le llevó a romper con la Iglesia Católica
Museo Kunsthistorisches Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Museo Kunsthistorisches
Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Catalina de Aragón, la hija más pequeña de los Reyes Católicos, se alzó como una inesperada figura política en el Reino de Inglaterra, donde vivió en primera persona el acontecimiento más significativo de su historia: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. La Reina de origen madrileño mantuvo la dignidad y el aprecio del pueblo cuando su esposo Enrique VIII la repudió y humilló públicamente para casarse con Ana Bolena. La posterior rivalidad de España e Inglaterra ocultó el hecho de que «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina», según la describió William Shakespeare, fue una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés en la Historia.

Nacida en el Palacio arzobispal de Alcalá de Henares, el 15 de diciembre de 1485, donde también lo hizo Fernando de Habsburgo, otro ilustre madrileño con proyección en el extranjero, Catalina de Aragón fue la última de las hijas de los Reyes Católicos y posiblemente la que más se parecía físicamente a su madre Isabel «la Católica». La joven, de ojos azules, cara redonda y tez pálida, fue prometida en matrimonio a los cuatro años con el Príncipe de Galés Arturo, primogénito de Enrique VII de Inglaterra, en el Tratado de Medina del Campo. La decisión de los Reyes Católicos obedecía a una estrategia matrimonial para forjar una red de alianzas contra el Reino de Francia. Así, dos de los hijos de los Monarcas contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Emperador del Sacro Imperio Romano; dos hijas entroncaron con la familia real portuguesa, y la más pequeña con el heredero a la Corona inglesa.

Catalina de Aragón causó una grata impresión a su llegada a Inglaterra, donde viajó siendo todavía una adolescente. El 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época. No obstante, el matrimonio con el hermano de Arturo dependía de la concesión de una dispensa papal porque el derecho canónico prohibía que un hombre se casara con la viuda de su hermano. Se argumentó que el matrimonio anterior no era válido al no haber sido consumado. Catalina siempre defendió su virtud y la incapacidad sexual del enfermizo Arturo durante el breve tiempo que duró el enlace.

A la muerte de Enrique VII en 1509, su hijo Enrique VIII fue coronado Rey y dos meses después se casó con Catalina en una ceremonia privada en la Iglesia de Greenwich. Pese a la buena sintonía inicial, la sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Con todo, Catalina adquirió gran relevancia política y supo estar a la altura en los asuntos de Estado. En 1513, su marino la nombró regente del reino en lo que él viajaba a Francia. Así, la Reina tuvo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Se dice, entre el mito y la realidad, que Catalina viajó embarazada y equipada con armadura a dar una arenga a las tropas antes de la célebre contienda.

La falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena –una hermosa dama de la corte–, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes.

Wikipedia Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

Wikipedia
Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

Si bien el pueblo inglés adoraba a su Reina y parte de la nobleza estaba a su favor, fue la intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, la que complicó realmente la disputa. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

El corazón negro, ¿un cáncer o un veneno?

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.

Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana Bolena sufrió un aborto de un hijo varón. La joven, que ya había dado a luz a otra futura Reina de Inglaterra, Isabel I, solo sobrevivió cuatro meses a su antecesora Catalina. Fue decapitada en la Torre de Londres el 19 de mayo acusada falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo.

Posteriormente, el Rey contrajo otros cuatro matrimonios más: repudió a su cuarta esposa y también decapitó a la quinta. La tercera esposa, Jane Seymour, dio a luz a su único hijo varón, el Príncipe Eduardo. Así y todo, la prematura muerte de Eduardo VI de Inglaterra, a los 15 años de edad, por una tuberculosis, forzó que la Corona pasara sucesivamente a las otras hijas del Rey: María, hija de Catalina de Aragón, e Isabel, hija de Ana Bolena. La figura de la española quedó parcialmente rehabilitada con el ascenso al trono de la hija por la que tanto había luchado.

El sobrino de Hitler que se alistó en el ejército americano para luchar contra él


ABC.es

  • Inglés de nacimiento, William Patrick Hitler ingresó en la Armada estadounidense durante la II Guerra Mundial
Adolf-and-William-Hitler--644x362

abroadintheyard.com/ Adolf Hitler, a la izquierda, y su sobrino, a la derecha

Más allá de los episodios históricos conocidos mundialmente, la biografía de Adolf Hitler está repleta de curiosidades que hemos ido descubriendo con el paso del tiempo. En esta misma sección te hemos hablado de la propaganda que hacía pensar a los alemanes que el dictador no cobraba por dirigir el país; o del extraño caso de un niño mulato deseoso de integrarse entre los nazis. Lo que tal vez nunca hayas escuchado es que hubo un representante de la familia Hitler en el bando americano durante la II Guerra Mundial.

Se trata de William Patrick Hitler, cuyo relato vital recoge el blog Photos from the Vault, de «The Tribune». Este peculiar personaje nació en Liverpool en 1911, hijo de la irlandesa Bridget Dowling y el alemán Alois Hitler Jr., que a su vez compartía padre con Adolf. De hecho, según las memorias de Dowling, el futuro dictador incluso habría pasado una temporada viviendo con ellos en Inglaterra en el año 1912, si bien su testimonio no resulta convincente para varios especialistas e historiadores.

Tras fracasar en un par de negocios como un restaurante y un hotel, Alois Hitler Jr. decidió regresar a su país en busca de fortuna en 1914, aunque su esposa se negó a acompañarle y optó por mudarse a Londres con su hijo. William Patrick vivió con su madre hasta los 18 años, edad a la que siguió los pasos de su padre para reunirse con él en Alemania. Poco tiempo después, Adolf Hitler se convertiría en canciller, circunstancia que provocó que el joven gozase de una posición social privilegiada.

Pero William era ambicioso y quería más: deseaba formar parte de la más selecta elite nazi. Por este motivo, según algunas fuentes, chantajeó a Adolf amenazándole con desvelar públicamente que era nieto de un comerciante judío llamado Leopold Frankenberger. El canciller le habría exigido renunciar a su nacionalidad británica para ceder a sus presiones. Otras versiones sostienen que tanto Adolf como Alois dieron la espalda a William, evitando que prosperase en Alemania. En cualquier caso, el inminente estallido de la guerra hizo que el muchacho volviese a Inglaterra; y desde allí escribió un artículo para la revista «Look», titulado «Por qué odio a mi tío».

En 1939 tomó un barco hacia Estados Unidos con intención de comenzar una nueva vida; y fue en 1942 cuando solicitó ingresar en la Armada. Inicialmente rechazado, en 1944 logró por fin su objetivo tras someterse a una investigación del FBI. No llegó a entrar en combate y tras la guerra cambió su nombre por el de William Stuart-Houston. Eso sí, parece que nunca olvidó totalmente su pasado: se casó con una alemana llamada Phyllis y tuvo cuatro hijos… el primero de ellos llamado Alexander Adolf. Murió en 1987, a los 76 años de edad.