Cleopatra, las intrigas históricas de la «ramera» que dominó Egipto


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  • Odiada hasta el extremo por sus adversarios, ha sido tratada como una «mujer fatal» que dominaba la política usando sus armas de mujer
Jean Leon Gerome Los historiadores dicen de ella que era «puta» y «lasciva»

Jean Leon Gerome | Los historiadores dicen de ella que era «puta» y «lasciva»

Una mujer hermosa, obsesionada con los cosméticos y, por supuesto, toda una devoradora de hombres. Esa es la imagen que ha prevalecido de la mítica Cleopatra VII, famosa por ser la última reina del Antiguo Egipto y por conquistar el corazón de romanos como Julio César y Marco Antonio. Sin embargo, la existencia de esta monarca está teñida por una ficción creada por sus enemigos, quienesla mostraban como una «ramera» que se aprovechaba de su supuesta belleza para encandilar a los hombres y dominar la política.

Una de las ideas más extendidas sobre Cleopatra es la que afirma que era una «mujer fatal» que usaba sus armas como hembra y su capacidad de seducción para conquistar el corazón de los políticos. No obstante, esta es una afirmación que no se puede sustentar en hechos fehacientes, pues se basa en las ideas extendidas por los historiadores griegos y romanos, quienes sentían en no pocos casos odio hacia ella debido a su inteligencia y a su determinación de salvaguardar Egipto de la ambición extrajera.

«Las voces masculinas que la sentían como una amenaza centraban el objeto de su ira en la destrucción de su reputación que, dada su condición femenina, estaba en relación directa con su licencioso comportamiento moral, de ahí que para César, Pompeyo, Escario o Mecenas fuera “lasciva”, “puta”, “ramera” o “indecente yegua”. Otros personajes la perciben como una mujer “extraña”», explica Belén Ruiz Garrido, Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Málaga, en su dossier «Yo soy Egipto. El poder y la seducción de Cleopatra en las artes plásticas y en el cine».

Smamente bella

Otra de las visiones más recurrentes es la que define a Cleopatra como una mujer sumamente bella. Esta imagen es apoyada por contemporáneos de la reina como Marco Antonio, quien vivió encandilado por ella. «La edad no puede marchitarla, ni podrá la costumbre agostar su infinita variedad: otras mujeres sacian los apetitos que despiertan, pero ella da más hambre cuánto más satisface. Incluso lo más vil se vuelve puro en ella, y hasta los sacerdotes bendicen el ardor de su lujuria», señalaba el oficial romano (tal y como se recoge en la obra «Antonio y Cleopatra»)

Sin embargo, su belleza es, a día de hoy, difícil de corroborar. «Dadas las fuentes documentales que nos han llegado –monedas, relieves etc.- no parece una belleza. Los últimos estudios nos dicen que tenía una nariz respingona y una barbilla prominente. El problema es que los historiadores griegos la definieron como una “femme fatale”. Esa imagen, unida a películas como la protagonizada por Liz Taylor, ha hecho que a día de hoy se la recuerda como una mujer extremadamente bella y seductora», señala a ABC Aroa Velasco, historiadora especializada en el Antiguo Egipto y autora de la página Web «Papiros perdidos».

Por el contrario, Velasco afirma que la imagen que ha llegado hasta hoy de Cleopatra ha provocado que nos olvidemos de que era una política consolidada que sabía hablar multitud de idiomas y estaba interesada en la ciencia y la literatura. «Me parece más importante señalar que era una ilustrada asociada con el helenismo griego que explicar de ella que era una belleza. Lo que sí se sabe es que era muy culta, y eso es más determinante desde el punto de vista histórico que si era guapa o si era fea», completa la experta.

Obsesionada por los cosméticos

La enésima leyenda sobre la Reina es la que afirma que estaba obsesionada por los cosméticos y utilizaba todo tipo de extravagantes productos de belleza, una idea que se funda en historiadores griegos como Plutarco y Apiano. De ella se dice que se bañaba en leche de burra (¿quién no ha escuchado esa leyenda?), que se ponía maquillaje y pintalabios y, finalmente, que usaba todo tipo de exfoliantes para mantener su piel tersa. Todo, con el objetivo de estar atractiva para los hombres.

No obstante, es sumamente difícil comprobar la veracidad de estas leyendas en la actualidad. «A nivel arqueológico no podemos decir que sí de forma tajante, aunque algunos historiadores hacen referencia a ello. Pero esto no nos debería sorprender, porque todos los egipcios usaban maquillaje como método antiséptico y estético. Un ejemplo es que se pintaban la raya del ojo con un producto determinado para ahuyentar a los mosquitos. El problema es que, al ser mujer, se vio de forma diferente por los historiadores», determina la experta.

En este sentido, Velasco considera que Cleopatra no se ponía más maquillaje que cualquier otra egipcia con una capacidad económica similar. A su vez, cree que lo usaba tan asiduamente debido a que era una forma de acercarse a su pueblo y de cuidarse. Aunque eso sí, como cualquiera de sus compatriotas.

Un extraño método exfoliante

El último mito sobre la reina más famosa del Antiguo Egipto ha salido a la luz gracias al cirujano plástico David Jack. Y es que, este británico abrió –hace menos de un año- una clínica en la que dice rejuvenecer la tez de sus pacientes pasando un bisturí sobre su cara. El doctor señala que el método es heredado de aquellos que usaba Cleopatra para cuidar su cutis. Una afirmación valiente pues, como señala Velasco, no existen en la actualidad restos arqueológicos que permitan corroborar esta teoría.

Concretamente, el médico afirma que Cleopatra usaba «leche y frutas» para ablandar su piel y derretir el «pegamento que mantenía unidas las células de la capa superior de su piel». Una vez que estas se «aflojaban», ordenaba que le pasasen un cuchillo afilado sobre la piel para eliminarlas.

«Nosotros usamos hoy en día ácido mandélico y glicólico para sustituir a la fruta, y salicílico y láctico para la leche», determina el doctor. Según afirma, aunque el proceso es algo caro hace que aquel que lo lleve a cabo reduzca su edad dermatológica en unos cinco años.

¿Es posible que la reina de Egipto utilizase este sistema? A Velasco no le parece extraño, aunque, nuevamente, señala que no es posible afirmarlo ni negarlo. «Nada es fiable si no está basado en fuentes arqueológicas. Personalmente no había escuchado hasta ahora nada referente a este sistema, pero cuadra perfectamente con los métodos utilizados por los egipcios. Aun con todo, no conozco ninguna referencia a ello en papiros antiguos que hayan sido traducidos», finaliza.

La bandera rojigualda cumple 230 años


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  • Carlos III dispuso su uso para la Armada en 1785, ante la confusión del anterior pabellón con otras marinas

    museo naval Banderas del buque de guerra y de los mercantes elegidas por Carlos III en 1785

    museo naval | Banderas del buque de guerra y de los mercantes elegidas por Carlos III en 1785

Hace 230 años, el rey Carlos III disponía por el Real Decreto de 28 de Mayo de 1785 el uso de la bandera de España «rojigualda» para la Marina de Guerra. Aún habrían de pasar casi 60 años para que fuera impuesta como bandera nacional, pero en aquel último tercio del siglo XVIII la «rojigualda» era izada por primera vez «para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia, puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos, con las de otras naciones», explicaba el monarca ilustrado.

La Armada utilizaba hasta entonces un pabellón en fondo blanco, con el escudo de armas en el centro, una bandera muy similar a la que izaban en sus buques de guerra otros países bajo gobierno de la Dinastía de los Borbones -España, Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia-, con sus armas reales sobre el paño blanco propio de la Casa de Borbón. Como los estados entraban frecuentemente en guerra entre sí, «se producían lamentables confusiones en la mar, al no poder distinguirse si el buque avistado era propio o enemigo hasta no tenerlo prácticamente encima», explica la web del Ejército de Tierra.

El monarca ilustrado encargó a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que le presentase varios modelos de banderas, que fueran visibles a grandes distancias en el mar y éste convocó un concurso y seleccionó doce bocetos que mostró al rey. Carlos III eligió dos de ellos, a los que varió las dimensiones de las franjas, declarándolos reglamentarios el primero para la Marina de Guerra y el segundo para la Mercante.

«He resuelto que en adelante usen mis buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total y la de enmedio amarilla, colocándose en esta el escudo de mis Reales Armas reducido a dos cuarteles de Castilla y León con la Corona real encima…», dispuso en 1785.

En 1793 se ordenó que este pabellón ondeara también en los puertos y fuertes de la Marina. Su uso se extendió en la Guerra de Independencia (1808-1814), pero no fue hasta el reinado de Isabel II (1833-1868) cuando se ordenó que todas las unidades militares españolas utilizaran la misma bandera, con el Real Decreto de 13 de octubre de 1843.

Tanto en el reinado de Amadeo I de Saboya (1871-1873) como en la Primera República (1873-1874) se respetaron los colores. Fue con la irrupción de la Segunda República (1931-1939) cuando se decidió dar un nuevo símbolo al estado naciente. El Gobierno provisional decretó en 1931 la introducción de una banda color morado completando la enseña de «tres bandas horizontales de igual ancho, siendo la roja la superior, amarilla la central».

En 1936 estalló la Guerra Civil y las tropas sublevadas se restableció la bandera rojigualda. El presidente de la Junta de Defensa Nacional, general Cabanellas, firmó un decreto el 29 de agosto de 1936, por el que «se restablece la bandera bicolor, roja y gualda, como bandera de España». Cuando el general Francisco Franco (1939-1975) ganó la guerra impuso definitivamente la insignia. El águila de San Juan se estampó en la tela roja y gualda.

Con la llegada de la Democracia, se buscó una enseña que uniera a todos los españoles y espantara las divisiones del pasado. El Rey Juan Carlos I sustituyó el reglamento franquista por el Real Decreto 1511/1977, que regulaba banderas y estandartes, guiones, insignias y distintivos.

El artículo 4.1 de la Constitución Española recoge que «la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas».

El misterioso monolito que indica el camino para hallar la tumba de Velázquez


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  • En la plaza de Ramales se encuentra una columna rematada por una cruz que recuerda a la iglesia de San Juan Bautista
ABC Monolito en la Plaza de Ramales de Madrid

ABC | Monolito en la Plaza de Ramales de Madrid

Se encuentra en la plaza de Ramales y, por sus dimensiones, puede llegar a pasar desapercibido. En el centro de la calle se levanta un monolito que puede ser la gran pista para desentrañar uno de los grandes misterios que atenazan a los arqueólogos de Madrid en los últimos años: localizar la tumba de Velázquez.

El monolito consiste en una columna calcárea sobre un pedestal de granito y rematada con una cruz de hierro realizada por Francisco Chueca en 1960, en el mismo lugar donde se alzaba la iglesia de San Juan, donde según los escritos fue enterrado el genial pintor.

No han sido pocos los proyectos que se propuesto localizar su tumba. Todos han fracasado. La última vez fue con Gallardón como presidente de la Comunidad de Madrid y con Gustavo Villapalos como consejero. Tras meses de obras, con la plaza completamente levantada, los técnicos lograron encontrar unos huesos que, al final, se descartó que pudieran pertenecer al autor de Las Meninas.

José I Bonaparte

En algún otro momento se le ha llegado a pasar por la cabeza a otros gobernantes retomar la búsqueda. Pero al final han desistido.

La Iglesia de San Juan Bautista fue un templo que se encontraba en el mismo centro de la plaza. Se edificó durante segunda mitad del siglo XII. Fue demolida durante el mandato de José I Bonaparte con el objeto de realizar la ampliación de la plaza, y ejecutando un plan de urbanismo que dejaba vía libre del Palacio Real a la Puerta del Sol. El espacio en el que se encontraba se denominaba Plazuela de San Juan debido a la iglesia.

Fue en la capilla de su amigo Gaspar de Fuensalida cuando el 7 de agosto de 1660 fue enterrado el pintor sevillano.

Los primeros africanos emigraron a través de Egipto hacia el norte


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  • Los resultados, publicados en «American Journal of Human Genetics», responden a una pregunta de largo tiempo en cuanto a si los primeros humanos salieron de África por una ruta a través de Egipto o a través de Etiopía
abc | Restos arqueológicos de la Prehistoria

abc | Restos arqueológicos de la Prehistoria

Una nueva investigación sugiere que los pueblos de Europa y Asia (Eurasia) se originaron cuando los primeros africanos se trasladaron al norte, a través de la región que ahora es Egipto, expandiéndose por el resto del mundo. Los resultados, publicados en «American Journal of Human Genetics», responden a una pregunta de largo tiempo en cuanto a si los primeros humanos salieron de África por una ruta a través de Egipto o a través de Etiopía.

El extenso catálogo público de la diversidad genética en las poblaciones de Etiopía y Egipto desarrollados para el proyecto también ofrece ahora un valioso panel de referencia a libre disposición para los futuros estudios médicos y antropológicos en estas áreas.

Se han propuesto dos rutas geográficamente plausibles para los seres humanos que surgieron de África: a través de Egipto y Sinaí (Camino del Norte), o a través de Etiopía, el estrecho de Bab el Mandeb y la Península Arábiga (Ruta del Sur). Algunas líneas de evidencia han favorecido previamente una opcion y otras la otra vía.

«La consecuencia más interesante de nuestros resultados es que quitamos el velo que ha estado ocultando un episodio de la historia de todos los euroasiáticos, mejorando la comprensión de la historia evolutiva de miles de millones de personas», afirma Luca Pagani, primer autor del «Wellcome Trust Sanger Institute» y la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

«Es emocionante que, en nuestra era genómica, el ADN de las personas que viven nos permite explorar y entender eventos tan antiguos como hace unos 60.000 años», resalta este experto, cuyo equipo produjo secuencias de todo el genoma de 225 personas de Egipto y Etiopía.

En estudios previos, ellos y otros científicos han demostrado que estas poblaciones modernas han sido objeto de flujo de genes de las poblaciones de Asia occidental, por lo que excluyeron la contribución de Eurasia a los genomas de los pueblos africanos modernos.

Las regiones genómicas enmascaradas restantes de las muestras egipcias eran más similares a las muestras no africanas y presentes en frecuencias más altas fuera de África que las regiones genómicas etíopes enmascaradas, lo que apunta a Egipto como la puerta de entrada más probable en el éxodo hacia el resto del mundo.

Genomas de alta calidad para un estudio

El equipo también utilizó genomas de alta calidad para estimar el tiempo en el que las poblaciones se separaron unas de otras: las personas de fuera de África se separaron de los genomas egipcios más recientemente que de los etíopes (hace 55.000 años en lugar de hace 65.000 años), apoyando la idea de que Egipto fue la última parada en el camino para salir de África.

«Aunque nuestros resultados no abordan las controversias sobre el momento y las posibles complejidades de la expansión fuera de África, pintan un panorama claro en el que la migración principal fuera de África siguió una ruta hacia el Norte, en lugar hacia el sur», relata otro de los autores, Toomas Kivisild, del Departamento de Arqueología y Antropología de la Universidad de Cambridge.

El Camino del Norte como la dirección preferencial de salida de África está en mejor concordancia con la mezcla genética conocida de todos los no africanos con los neandertales, que estaban presentes en Oriente Medio en ese momento y con el reciente descubrimiento de los primeros fósiles humanos modernos en Israel (cerca del Camino del Norte) que datan de hace unos 55.000 años.

«Este importante estudio todavía deja preguntas que responder -reconoce el doctor Chris Tyler-Smith, autor principal del ‘Wellcome Trust Sanger Institute’–. Por ejemplo, qué otras migraciones también salieron de África por estas fechas, pero no dejaron huella en los genomas de hoy en día. Para responder a esto, necesitamos genomas antiguos de las poblaciones a lo largo de las posibles rutas. Del mismo modo, mediante la adición de los genomas actuales de Oceanía, podemos descubrir si hubo o no una migración de este tipo por separado, tal vez por el sur, a estas regiones».

El desastre de los Gelves en 1560, la mayor derrota en la historia del Imperio español


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  • En el mes de mayo de 1560, los ejércitos de Felipe II sufrieron una grave derrota en la isla más grande del Norte de África. La campaña terminó con más de 10.000 muertos y 5.000 prisioneros, que fueron trasladados a Estambul. Hasta 1848, una pirámide de huesos y calaveras de los españoles estuvo visible en la isla de Túnez a modo de advertencia
ABC Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

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Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

Las victorias tienen muchos padres y las derrotas suelen ser huérfanas, salvo en España. Víctimas de una especie de masoquismo histórico, los españoles han aceptados por válidas las derrotas que, como la Noche Triste, la Armada Invencible o la batalla de Rocroi de 1643, han sido distorsionadas por la historiografía extranjero a su antojo. Bajo la excusa de que estuvieron envueltas en la épica o de que fueron causadas por las inclemencias naturales, se ha asumido con complaciencia que la derrota en la Noche Triste fue una huida desastrosa de Hernán Cortés –cuando en realidad fue pródiga en episodios de meditado heroísmo–, que la Armada Invencible marcó el final de la hegemonía en los mares del Imperio español –lo cual supone, sin ir más lejos, obviar el fracaso mayúsculo de la Contraarmada que Inglaterra estrelló contra las costas españolas un año después–, o que en la batalla de Rocroi contra los franceses terminó la supremacía de los tercios españoles –lo cual no ocurrió realmente hasta 1658 con la derrota en las Dunas–. Sin embargo, los españoles han extraviado uno de los mayores y auténticos desastres de la historia del Imperio español: el ocurrido en 1560 en Los Gelves (Túnez).

El Mediterráneo habría de dar pocas alegrías a España en el siglo XVI hasta el Rescate a Malta y la batalla de Lepanto. El victorioso encuentro en el golfo de Lepanto fue una inesperada excepción tras décadas de penurias. Pero de entre todos los desastres, algunos tan dolorosos como la Jornada de Argel de 1541, ninguno fue tan trágico como el desembarco a Los Gelves en 1560. Los Gelves, también conocida como Djerba, es la isla más grande del Norte de África y un escenario clave en los choques entre Occidente y Oriente. Djerba vio sucederse a normandos de Sicilia, aragoneses, españoles y otomanos, enfrentados durante cuatro siglos por 514 kilómetros de terreno.

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

A principios de la Edad Moderna, el Imperio Otomano ayudó a los corsarios berberiscos a establecer una base permanente en la isla para lanzar desde allí sus ataques. Sin embargo, España no estaba dispuesta a ceder un territorio con tanto valor estratégico sin presentar batalla. Fernando «el Católico» fue el primero en el siglo XVI en retomar la fijación española por la isla. Tras conquistar Orán, Bugía, Trípoli y Argel, la Monarquía hispánica puso sus ojos sobre Djerba en 1510. Al ejército aragonés de Pedro Navarro, cabeza de la campaña, se sumaron 7.000 castellanos al mando de García Álvarez de Toledo –padre del célebre III Duque de Alba– para iniciar el desembarco terrestre. El calor, la falta de agua y la inexperiencia de García Álvarez de Toledo desembocaron en el grave tropiezo de 1510. Más de 4.000 hombres murieron durante una improvisada marcha por el desierto, entre ellos Álvarez de Toledo. La muerte de su primogénito sacudió de lleno a la Casa de Alba y marcó la infancia de Fernando Álvarez de Toledo, cuyo odio acérrimo al Imperio Otomano tiene su germen entonces.

Un desastre causado por la lentitud

Los esfuerzos bélicos permitieron que Los Gelves estuvieran finalmente bajo la soberanía española en distintos periodos, de 1520 a 1540 y de 1551 a 1560. No obstante, el dominio de la isla siempre fue más nominativo que real. El Imperio Otomano controlaba el Mediterráneo con una superioridad insultante y, en 1558, Pialí lo demostró arrasando Menorca a placer. Frente a la amenaza musulmana, Felipe II apeló al Papa Paulo IV y a sus aliados católicos para preparar una expedición combinada en 1560 contra Trípoli, ciudad arrebatada una década atrás por el corsario Dragut a la Orden de San Juan (trasladada ya entonces a la Isla de Malta). La coalición estaba formada por Génova, España (con fuerzas de Nápoles y Sicilia), Florencia, los Estados Pontificios y los Caballeros Hospitalarios. Y aunque las cifras sobre las fuerzas reunidas en las cercanías de Trípoli han sido objeto de muchas exageraciones –posiblemente 15.000 hombres (9.000 españoles)–, sí existe cierto consenso sobre el número de barcos congregados: en torno a 50 galeras y unas 40 embarcaciones menores.

El primer problema surgió cuando los preparativos se alargaron hasta sepultar el factor sorpresa. Cuando la operación fue puesta finalmente en marcha, los otomanos prepararon una enorme flota para contragolpear. Sancho de Leyva, encargado de las galeras de Sicilia (emplazadas en la Armada hispánica), escribió a Felipe II quejándose de la tardanza: «Yo no he tardado de decirle al duque de Medinaceli muchas veces que en la brevedad del tiempo consistía el mayor bien de esta empresa y que la dilatación era la mayor dificultad… que no parece que ha habido parte de Italia de donde no se haya traído gente y otras provisiones».

Giovanni Andrea Doria –asistido por su tío, el célebre Andrea Doria, que murió a los 94 años poco después de los preparativos– se encargó de capitanear la flota reunida en Messina. Previa parada en Malta a causa del mal tiempo –donde perdieron a 2.000 hombres por enfermedad–, la flota arribó en la costa de Trípoli a finales de febrero de 1560. Allí, la timidez de Doria, siempre temeroso a tomar riesgos (en la noche anterior a Lepanto fue el único que recomendó evitar el enfrentamiento) causó una desordenada retirada donde primó el sálvese quien pueda.

El grueso de la flota tuvo que refugiarse en Los Gelves, donde desembarcaron sin oposición. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli y general de las fuerzas españolas, ordenó que se levantara un fuerte en el norte de la isla. Dicha fortificación debía estar finalizada en el plazo de varios meses, pero Piali Pacha al mando de 86 galeras no estaba por la labor de verlo jamás terminado. Los turcos se presentaron el 11 de mayo y en cuestión de horas hundieron más de la mitad de la flota cristiana. Con el viento en contra pocas galeras pudieron escapar al ataque sorpresa, pero entre las privilegiadas estuvieron las embarcaciones de Giovanni Andrea Doria y el duque de Medinaceli, quienes dejaron a su espalda a 2.000 hombres atrincherados entre los pilares del fuerte.

Tras tres meses de asedio, la guarnición de Los Gelves se rindió el 31 de julio de 1560 a un ejército de casi 40.000 musulmanes. Durante la resistencia extrema vivida por esos 2.000 hombres, el maestre de campo Álvaro de Sande se alzó como un líder incombustible y encabezó una última salida desesperada días antes de la rendición. Una vez tomados los pozos de agua por los turcos, nada quedaba por hacer más que rendirse. Los 1.000 soldados que aún sobrevivían en julio fueron aniquilados o, en el mejor de los casos, llevados cautivos a Estambul. Los cadáveres de los muertos fueron empleados para levantar una macabra pirámide de huesos y calaveras recubiertas con tierra de la playa. Este dantesco monumento a la muerte estuvo visible hasta 1848, cuando el cónsul británico ordenó que los restos fueran trasladados a un cementerio católico.

Felipe II pierde 10.000 de sus mejores hombres

En total, las bajas cristianas sobrepasaron las 30 galeras hundidas, más de 10.000 muertos en el transcurso de toda la operación y 5.000 prisioneros. Entre estos, Piali se llevó a Estambul a los capitanes más destacados: Berenguer de Requesens, Sancho de Leyva, Lope de Figueroa, Sancho Dávila, Rodrigo de Zapata y Álvaro de Sande. No en vano, la mayoría fueron rescatados en poco tiempo, salvo Álvaro de Sande que fue liberado por el sultán solo después de la mediación del Rey Carlos IX de Francia, aliado del Imperio Turco, y del pago de 60.000 escudos de oro.

El extremeño Álvaro de Sande recordó el resto de su vida el tormento y el horror vivido en Los Gelves: «Mataron delante de mis ojos al capitán don Jerónimo de Sande, mi sobrino, otros amigos y muchas personas muy queridas». Y no fue el único que quedó aterrado por la demostración turca. El enorme desastre de Los Gelves causó el pánico por toda los puertos de la Cristiandad e incluso España autorizó a desalojar Orán, su plaza más avanzada en África, por considerarla indefendible. Pese a todo, la guerra de los otomanos en Persia impidió que el sultán lanzara al grueso de sus recursos a dar el golpe final a las posesiones hispánicas.

Porque la noche es más oscura justo antes de amanecer, el desastre sirvió para que Felipe II se percatara de la envergadura del problema en el Mediterráneo. El Imperio comenzó una intensa reforma de su flota de galeras que dio por resultado la derrota otomana en Malta en 1565 y, años después, la célebre victoria de Lepanto.

El tesoro del corsario español que inspiró la Canción del Pirata


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  • ¿Qué fue del botín de «La burla negra» que capitaneaba Benito Soto?
ABC Algunos de los «duros antiguos» encontrados en las playas de Cádiz

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Algunos de los «duros antiguos» encontrados en las playas de Cádiz

 «Hallazgo de duros en las playas de Cádiz», publicaba ABC en junio de 1904 junto a dos fotografías de la multitud que se volcó aquellos días «a la grata tarea de desenterrar duros de entre la arena». Unos trabajadores de una almadraba habían dado con unas monedas al abrir una zanja para enterrar los desperdicios de los atunes y pronto se corrió la voz, desatando la euforia en la ciudad. «Allí fue medio Cádiz con espiochas, y la pobre mi suegra y eso que estaba ya medio pocha», cantó al año siguiente la famosa chirigota de Los anticuarios que describía cómo «con las uñas a algunos vio yo escarbar, cuatro días seguíos sin descansar». Los «mariscadores de duros» de toda clase y condición encontraron al menos 1.500 piezas.

«Aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar», que decía la copla del Tío de la Tiza, eran monedas acuñadas en México entre 1753 y 1755, procedentes al parecer del botín reunido por el bergantín pirata «El Defensor de Pedro» en sus pillajes por el Atlántico. El buque que capitaneaba el gallego Benito Soto (1805-1830) encalló cerca del Ventorrillo del Chato el 9 de mayo de 1828 al confundir el faro de la isla de León con el de Tarifa. «No se sabe bien si arribaron allí por error o si en realidad querían ir ya que Cádiz era un lugar de gran tráfico con América, con mucho movimiento», apunta el pontevedrés Alberto Fortes, autor de «Navegantes, corsarios y piratas. Rías Baixas» y de la novela «Amargas han sido las horas» que protagonizan Edgar Allan Poe y su paisano Soto.

abc Las imágenes publicadas por ABC en 1904

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Las imágenes publicadas por ABC en 1904

Fuera como fuese, en Cádiz los piratas debieron gastar a manos llenas, llamando la atención de las autoridades que acabaron por prenderles. Al menos a 16 de ellos, porque el segundo de a bordo escapó y el capitán huyó a Gibraltar. «Los piratas intentaron en el juicio -sin éxito porque diez de ellos fueron ahorcados el 12 y 13 de enero de 1830- que la culpa recayera en Benito Soto, del que dijeron que era expeditivo y cruel, que se regía por el dicho de “gato muerto no maúlla”», afirma Fortes citando los extractos del proceso recogidos por Joaquín Lazaga y Garay en 1892.

«Es cierto que era desalmado, pero hay que tener en cuenta la época. España llevaba un siglo luchando contra los ingleses y en Pontevedra, de donde era Soto, había mucho corso. Se debía creer que aún combatía contra los ingleses a su manera porque su obsesión con ellos era clarísima. A los tripulantes de un barco portugués que asaltó no les hizo nada», explica el historiador gallego.

No corrió la misma suerte la tripulación y el pasaje de otros buques que se cruzaron en su camino, como la fragata mercante inglesa «Morning Star», el bergantín inglés «New Prospect» o la fragata estadounidense «Topaz», de la que sólo quedó un superviviente. Con las bodegas llenas, puso rumbo a Galicia «La Burla Negra», nombre con el que Soto había rebautizado a «El Defensor de Pedro» tras hacerse en enero de 1828 con este bergantín de bandera brasileña dedicado a la trata de esclavos.

Dos cofres de oro y joyas en Pontevedra

El 10 de abril de aquel mismo año y bajo el nombre falso de «Buen Jesús y las Ánimas», los piratas de Benito Soto llegaron a Pontevedra. «Fondearon en Beluso y con ayuda un tío de Soto, José Aboal, que tenía un barco para el tráfico de ría, descargaron en la ciudad dos cofres con oro, plata y piedras preciosas», relata Fortes. Así lo contaron durante su juicio en Cádiz los propios piratas, que no revelaron sin embargo dónde fue llevado el tesoro. En Pontevedra siempre se ha creído que fue enterrado en la Casa de la Campana, el edificio civil probablemente más antiguo de la ciudad hoy sede del Rectorado de la Universidad. «En la prensa se publicó que su antiguo propietario incluyó una cláusula en la venta en la que se refería al tesoro», recuerda el escritor.

En la casa, que fue conocida popularmente como la del «Bar Pitillo» por el establecimiento que había en su bajo, nunca se ha encontrado nada, ni tampoco se busca. «No hay nadie que lo tome en serio porque no hay ningún dato real», según Fortes.

Tampoco en el solar situado «entre la séptima y la octava casa de la rúa de San Roque de Abaixo empezando desde el puente», donde nació Benito Soto y vivía su madre. En 1926 la prensa se hizo eco del hallazgo de un baúl de gran tamaño, acompañado de un sable y una pistola, en unas excavaciones en ese barrio de Moureira, aunque el contratista de la obra, Manuel Fontao, desmintió los hechos.

La Casa de la Campana, objeto de la mayoría de los rumores, era propiedad de Francisco Javier Bravo, el regidor perteneciente a la alta sociedad que facilitó a Soto el desembarco en La Coruña de los 28.000 pañuelos de seda que llevaba en las bodegas del Defensor. En los archivos del Colegio de notarios de La Coruña, Fortes encontró una protesta de mar que sirvió al barco pirata para justificar la entrada en el puerto simulando una arribada forzada. Era el 26 de abril de 1828. «Algún problema debieron tener porque salieron de La Coruña rápidos», cuenta Fortes. El 5 de mayo, «La Burla Negra» puso rumbo al sur, quizá hacia Gibraltar. Allí Soto pretendía cobrar unas letras de cambio y allí fue donde finalmente fue apresado tras huir de Cádiz.

El español más legendario de la historia de la piratería fue juzgado por un tribunal inglés («en la British Library hay un escrito sobre el juicio», apunta Fortes) y finalmente ejecutado el 25 de enero de 1830 en el Peñón. Tenía 26 años y cuentan que antes de ser ahorcado gritó: «¡Adiós a todos, la función ha terminado!».

«Llegaba, sin embargo, con los pies al suelo y como no se moría, tuvieron que cavar debajo», relata Fortes. Ése fue el fin del último pirata del Atlántico, el hombre en el que dicen que se inspiró el poeta José Espronceda (1808-1842) para su «Canción del pirata», «bajel pirata que llaman, por su bravura, el Temido».

Resuelto el primer asesinato de la Historia


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  • El cráneo encontrado en la Sima de los Huesos, en Atapuerca, tiene dos fracturas con distintas trayectorias
Javier Trueba/Madrid Scientific Films Vista frontal del Cráneo 17 de la Sima de los Huesos, con los dos impactos que causaron la muerte del individuo

Javier Trueba/Madrid Scientific Films
Vista frontal del Cráneo 17 de la Sima de los Huesos, con los dos impactos que causaron la muerte del individuo

Fueron heridas mortales de necesidad. Grandes agujeros en un cráneo de hace 430.000 años hallado en la Sima de los Huesos, en Atapuerca, y que revelan el uso de una violencia extrema. De hecho, los investigadores afirman que se trata de uno de los primeros casos documentados de asesinato de toda la Historia. El relato y el estudio de este crimen prehistórico, dirigido por Nohemi Sala, del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, se acaba de publicar en la revista PLOS ONE.

Se trata de otro de los «tesoros» paleontológicos de la Sima de los Huesos, uno de los yacimientos más prolíficos de la Sierra de Atapuerca. Allí, al final de una profunda cueva de la sierra burgalesa, y al fondo de una sima de casi 15 metros de profundidad, los investigadores llevan varias décadas extrayendo fósiles de hace más de 400.000 años, una época denominada Pleistoceno Medio y de la que, exceptuando a Atapuerca, apenas si hay un puñado de restos fósiles en todo el mundo.

Pero la Sima de los Huesos es diferente. Allí, casi treinta individuos diferentes conforman el que es, sin duda, el mejor yacimiento paleontológico del mundo para el estudio de ese periodo. Y un número tan grande de restos da para mucho más que analizar rasgos anatómicos. Permite, de hecho, estudiar comportamientos, relaciones sociales, dinámica de grupos… O incluso contar historias de asesinatos.

El cráneo 17 de la Sima está prácticamente completo, y ha sido reconstruido pacientemente por los científicos a partir de 52 fragmentos, aparecidos a lo largo de numerosas campañas (unas veinte) de excavación diferentes. Pero una vez reconstruido saltó la sorpresa: el cráneo 17 muestra, en efecto, dos graves lesiones penetrantes en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo.

Utilizando las técnicas forenses más modernas, como el análisis de contornos y trayectoria de los traumas, los autores de la investigación han demostrado que ambas fracturas fueron producidas por dos impactos diferentes pero procedentes del mismo objeto. Los dos golpes muestran trayectorias ligeramente distintas y fueron, sin duda, la causa de la muerte del sujeto.

Según los investigadores, es muy poco probable que las heridas se produjeran como consecuencia de una caida fortuita o de un accidente de alguna otra clase. El eje direccional de ambas lesiones, en efecto, es vertical, lo que indica que fueron producidas por dos golpes asestados de arriba a abajo.

Más bien, y basándose en el tipo de fractura, la localización de las heridas y el hecho de que fueron infligidas con el mismo objeto, llevan a los investigadores a interpretarlas como el resultado de un acto letal de agresión. Un acto que podría considerarse como el primer caso (conocido) de asesinato en la historia humana.

Y lo que es más, los científicos han hallado evidencias de que, una vez muerto, el desdichado individuo fue probablemente arrastrado y arrojado a la Sima por otros de sus congéneres, lo que sugiere que la acción humana podría ser responsable de la acumulación de restos al fondo de ese foso natural.

Cómo pudieron acumularse tantos cadáveres en el mismo punto es algo que, hoy por hoy, constituye una incógnita. Pero el asesinato de la Sima podría ayudar a resolverla, apuntando en la dirección de una primitiva forma de enterramiento, y no de una acumulación natural de los restos.

La historia de la calle más triste de Madrid, junto al Vicente Calderón


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  • En tiempos de Carlos III, la calle que cada domingo se colapsa de la alegría de la afición rojiblanca, no era más que una zona de cultivos y paseos arbolados
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Cuando se entra por la glorieta de Pirámides al Paseo de los Melancólicos de Madrid hay dos colores que lo inundan todo: el rojo y el blanco. Calle de los atléticos durante mucho tiempo, es difícil no encontrar algún bar o negocio que no tenga que ver con la afición más abnegada de la ciudad.

Precisamente por eso alguno podrá pensar que la calle debe su nombre a las malas tardes que el equipo colchonero haya podido dar a su hinchada, pero nada más lejos de la realidad: este Paseo de los Melancólicos en tiempos de Carlos III no era más que una zona de cultivos y paseos arbolados. Con la llegada de la industrialización se reformó para acoger el ferrocarril que unió las estaciones de Príncipe Pío y Atocha, pasando por la antigua estación de Delicias o la estación Imperial, lo que empujó al barrio a la actividad industrial y a la construcción de viviendas de clase baja.

Siempre fue una zona muy solitaria y triste, lo que dio el origen del nombre al Paseo de los Melancólicos, puesto por los propios vecinos. Hoy en día, más allá de la actividad frebril que se desata los días que hay partido en el estadio Vicente Calderón, este paseo acoje una actividad muy tranquila de barrio, que transcurre entre el río Manzanares y el Paseo Imperial, desde cuyo incio puede verse, a lo lejos, la zona más turística y bulliciosa entre el Palacio Real y la Plaza de España.

Así era el dantesco proceso mediante el que se momificaba a los faraones egipcios


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  • Un grupo de científicos ha llevado a cabo este sistema milenario en una pierna humana actual para ver el resultado
aRCHIVO abc La momificación, según se ha demostrado actualmente, era sumamente efectiva

 abc | La momificación, según se ha demostrado actualmente, era sumamente efectiva

Si por algo son conocidos a día de hoy los antiguos egipcios es por haber momificado a decenas de sus conciudadanos con un único objetivo: lograr que su cadáver no cayera en la natural putrefacción que llega tras la muerte. Para su cultura era algo esencial, pues entendían que el cuerpo representaba una parte del fallecido y debía llegar a estar en comunión, tarde o temprano, con su dueño en el más allá. Sin embargo, en este proceso de embalsamamiento se aunaba tanto técnica como una considerable parte de magia y ritual.

Fuera como fuese, la momificación es un sistema que, a día de hoy, no deja indiferente a nadie por su complejidad, su aura de misticismo e, incluso, su asombrosa efectividad para conservar un cuerpo (o los restos) de un Faraón. Es por eso que un grupo de científicos de la Universidad Demócrito de Tracia -en Grecia- ha decidido realizar el mismo proceso en una pierna humana de un cadáver actual para descubrir, miles de años después, más secretos sobre la forma en la que los egipcios embalsamaban a sus líderes. Las conclusiones fueron presentadas el pasado 22 de mayo en la revista «The Anatomical Record».

Así se momificaba a un Faraón

A pesar de que la momificación ha sido la protagonista de decenas de películas de Hollywood y da la impresión de que se conocen todos sus detalles, lo cierto es que sigue siendo un auténtico misterio. Y es que, a pesar de que existen varios papiros egipcios que nos narran parte del proceso, el único autor que lo describe pormenorizadamente es el historiador griego Heródoto en el libro II de sus «Historias» (S.V. a.C.). En su texto, hace referencia principalmente a tres formas diferentes de realizar este proceso, aunque una de ellos solía llevarse a cabo de forma más común en los hombres.

Así pues, y tal y como afirman los autores Diego M. Santos y María B. Daizo en su dossier «Prácticas funerarias en el Antiguo Egipto», el sistema más habitual empezaba cuando el faraón moría, momento en que comenzaba un largo proceso de más de dos meses en el que su cuerpo era preparado para viajar al más allá. Al ser el líder de mayor importancia, solía recibir una momificación reservada únicamente a los más adinerados (de hecho, el resto de mortales tenían que conformarse con una de menor calidad).

El primer paso de la momificación era uno de los más dantescos. Y es que, los expertos de la época eran los encargados de sacar el cerebro a través de la nariz con un gancho curvo. Esto fracturaba severamente el hueso etmoides del fallecido, lo que ha permitido corroborar que se hacía de esta forma a día de hoy. «Esta práctica representa el primer paso del proceso. Luego se rellenaban los ojos con rollos de lino, a los que se les agregaban dos ojos artificiales para hacer más natural la apariencia de la momia», añaden los expertos en su obra.

Este paso iba acompañado de todo tipo de cánticos y oraciones que hacían la situación más terrorífica si cabe. «La extracción de los órganos internos se realizaba por medio de una incisión en la pared abdominal izquierda. El cadáver se recubría luego con por setenta días con natrón, una sustancia utilizada como principal agente de deshidratación», añaden los investigadores. Durante este proceso, los órganos extraídos eran bañados en diferentes sustancias (algunas como alcohol) y se guardaban, o bien dentro del cadáver en pequeños paquetes, o en los llamados vasos canópicos.

Finalmente, los embalsamadores recubrían el cuerpo de vedas de lino. En primer lugar, las extremidades de forma separada y, en segundo término, el cuerpo entero. «Entre las vendas se colocaban diversa capas de resina para adherir los vendajes, sobre todo lo anterior se completaba el envoltorio con un sudario», finalizan Santos y Daizo en su completa obra,

Una momificación, en 2015

Este sistema, en términos generales, ha sido repetido hace pocos meses por los investigadores de la Universidad Demócrito de Tracia. Éstos han momificado una pierna humana de una mujer fallecido que, antes de morir, donó su cuerpo a la Universidad de Zurich. «Queríamos tener una metodología basada en la evidencia, y la única manera de tenerla era hacer el experimento por nosotros mismos», ha determinado Christina Papageorgopoulou, una de las investigadoras, en declaraciones recogidas por la revista «Live Science».

Evolución del tejido de la pierna momificada L.S.

Evolución del tejido de la pierna momificada
L.S.

Así pues, comenzaron el proceso introduciendo el tejido en una solución salina similar a la utilizada por los egipcios para eliminar la humedad del cuerpo. «Si hubiéramos utilizado todo el cuerpo, habríamos tenido que cortar y sacar los intestinos y otros órganos, así que preferimos hacer uso solo de la pierna», determina la experta. Los investigadores tomaron muestras del tejido cada dos o tres días para realizarle todo tipo de pruebas (entre ellas, análisis de ADN y de Rayos X).

Así pues, descubrieron que la momificación fue un éxito aunque, en su caso, tardó 208 días, y no 70 (cifra que afirma Heródoto). En palabras de la experta, puede que las condiciones frías de su laboratorio pudieran retrasar el proceso.

Cuando el proyecto finalizó, los investigadores se percataron de que el contacto con la sustancia egipcia había acabado con los hongos y las bacterias que nacen tras la muerte y había quedado preservado tanto el músculo como la piel. El estudio reveló, a su vez, que la temperatura, la acidez y la humedad del medio ambiente eran factores cruciales en la velocidad del proceso de momificación.

El campus ‘decapitado’


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  • La Ciudad Universitaria de Madrid es aún hoy, tras 80 años, un proyecto inacabado
  • El Paraninfo que ideó el arquitecto López de Otero nunca llegó a construirse
  • El que fuera el primer gran campus europeo a imagen de Yale o Harvard sigue hoy descabezado en su zona norte
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La Ciudad Universitaria de Madrid fue, entre 1936 y 1939, el escenario de un conflicto que condicionó para siempre la Historia de este país. Un periodo de tiempo que quedó marcado en las retinas de los que combatieron en este frente estable de guerra y que dejó una huella imborrable en la arquitectura del que iba a ser el primer gran campus a la americana de toda Europa.

Ideado en 1927 por el arquitecto López de Otero, la obra nunca llegaría a coronarse con el Paraninfo y la Biblioteca imaginados en un principio, quedando para siempre descabezada. Éstas son algunas de las conclusiones que se pueden extraer de la muestra ‘Paisajes de una guerra: la Ciudad Universitaria de Madrid’, que se expone hasta el próximo 22 de julio en el Museo del Traje de la capital madrileña.

«Las facultades de Filosofía y Letras; la zona de Medicina y Odontología; la Escuela de Ingenieros Agrónomos y la Casa de Velázquez quedaron especialmente dañadas», explica Carolina Rodríguez, comisaria de la exposición. Ésta fue la primera y más importante agresión que sufrió la Ciudad Universitaria, «uno de los pocos proyectos que han concitado la opinión común de gente de tan diversas ideologías», y de la que aún se pueden observar las marcas de las balas en las fachadas de las facultades. Pero no ha sido la única.

Según cuenta Pablo Campos Calvo-Sotelo, catedrático de Arquitectura de la Universidad CEU San Pablo y autor de ‘El viaje de la utopía’, la Ciudad Universitaria ha sufrido posteriormente dos agresiones más. La segunda de ellas tiene que ver con la perversión del modelo inicial. Un modelo en el que primaba la horizontalidad de los edificios y que se ha desvirtuado con el paso del tiempo, alterando cualquier canon preestablecido. «Facultades como la de Biología y la de Ciencias de la Información poco o nada tienen que ver con la idea original», explica Campos mientras pasea por la Universidad. «Medicina, Derecho o Filosofía combinan un cierto clasicismo con unas claves de modernidad de la época, compartían un estilo, con el ladrillo como elemento común según el plan inicial».

La Ciudad Universitaria pasó primero por la monarquía de Alfonso XIII y después por la II República, «que entendió que era un proyecto tan bueno que había que retomarlo, algo impensable por entonces». Tras ello llegó el franquismo, un periodo de tiempo en el que, «pese a la distorsión del modelo con construcciones como el Arco de la Victoria, se le siguió concediendo importancia». Sin embargo, para Campos, el periodo de la democracia es la gran asignatura pendiente del proyecto. «No se ha hecho nada sustancial ni se le ha dado el apoyo político e institucional que necesita para recuperar el espíritu de este excelente proyecto histórico. Existe un olvido total», lamenta.

Tanto es así que, tras 80 años, en la zona norte del complejo sigue existiendo una gran extensión de terreno vacío, ocupado exclusivamente por maleza, donde debería ubicarse el Paraninfo y del que poco o nada se sabe. «Además, al sur, la carretera de la Coruña, que debería ser soterrada, divide el complejo de forma inexplicable», añade.

La Ciudad Universitaria, que un día fue concebida como el primer gran campus europeo a imagen y semejanza de Yale o Harvard, es hoy un compendio de edificios y jardines abandonados a su suerte, cuyo futuro para arquitectos e historiadores tiene más que ver con el olvido que con lo que un día imaginó el Rey Alfonso XIII.