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  • Obras de teatro y exposiciones inéditas recibirán a los visitantes el próximo sábado 18

Los museos de la Comunidad de Madrid celebrarán el Día Internacional de los Museos el próximo sábado 18 con la ampliación de su horario y la organización de diversas actividades para todos los públicos.

Centro de Arte Dos de Mayo

Bajo el lema «Museos (memoria+creatividad) = Progreso Social», el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) organizará visitas especiales a las 12 y las 19 horas, donde los asistentes podrán visitar los almacenes y la exposición «Halil Altindere» de la mano del director del centro o de la conservadora de las colecciones.

Casa Museo Lope de Vega

La compañía Lear Producciones hará gala de una variedad creativa de las artes plásticas, musicales y dramáticas en su espectáculo teatral «En clave de Lope». El jardín de la casa permanecerá abierto de 15 a 20 horas, y se podrá acceder de forma gratuita.

Museo Casa Natal de Cervantes

El Museo Casa Natal de Cervantes ampliará su horario habitual hasta las 20 horas, dos más de lo acostumbrado. A las 21 horas ofrecerá el espectáculo teatral «La canción de Vidriera», continuando así con la conmemoración de la publicación de las «Novelas Ejemplares». En este evento, gratuito hasta completar aforo, la compañía Ítaca Teatro adapta los textos de «El licenciado Vidriera».

Museo Picasso-Colección Eugenio Arias

La colección del ‘barbero de Picasso’ Eugenio Arias incorporará un conjunto de portadas y titulares de medios escritos nacionales e internacionales con la noticia del fallecimiento del pintor malagueño, hace 40 años. Además, el centro ampliará su horario hasta las 22 horas.

Centro de Interpretación Nuevo Baztán

Los visitantes también podrán asistir a la exposición «De bodega a Centro de Interpretación», donde el Centro de Interpretación Nuevo Baztán repasa el proceso de elaboración de los vinos que se producían en las bodegas del Palacio de Goyeneche, donde ahora se ubica el centro, a través de material documental y fotográfico.


El Confidencial

Durante siglos se ha pensado que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, uno de los pocos testimonios de primera mano existentes sobre el desembarco de los españoles en el Nuevo Mundo, fue escrito por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés. Cuatro siglos y medio después de su escritura, el profesor de Antropología social y cultural de Mesoamérica de la Universidad de París Christian Duverger plantea una nueva y rompedora hipótesis, recogida de manera divulgativa, a la manera de una novela policiaca, en su último trabajo, Crónica de la eternidad (Taurus): que el auténtico autor de la que fuese considerada por el escritor Carlos Fuentes como “la primera novela latinoamericana” es el propio conquistador Hernán Cortés.

Intrigas de poder, la lucha por la eternidad y el libro secreto de Hernán Cortés

Intrigas de poder, la lucha por la eternidad y el libro secreto de Hernán Cortés

Duverger aduce distintas razones en su volumen por las que sólo Cortés pudo haber redactado tal libro. Para empezar, porque su autor tuvo que haber estado presente en todos los acontecimientos que se relatan, lo cual limita el espectro de posibles autores a un número muy reducido de soldados. Y entre ellos, es muy poco probable que ninguno gozase de la formación cultural y lectora suficiente como para escribir “tal obra maestra”. El profesor sospecha que el manuscrito fue atribuido falsamente a Díaz por uno de sus hijos, con el objetivo de presentarse como “hijo de héroe”. Una atribución que pocos se han atrevido a discutir, a pesar de que, como Duverger demuestra, los datos son contradictorios.

“Mi libro cambia nuestra percepción de Cortés, que es un mito muy delicado, porque está instalado en un lugar muy especial en la mente mexicana. Por una parte, es el culpable de la conquista, y por otra, se sabe que México fue un país inventado por Cortés”, explica el autor a El Confidencial con un perfecto español tintado por un leve acento mexicano. Duverger recuerda que a finales del siglo XVIII, el “controvertido” conquistador fue reivindicado como “símbolo de la independencia mexicana” en el movimiento independentista posterior a la Revolución Francesa, junto a Nuestra Señora de Guadalupe. “Era el padre de la patria, ya que es el que decide independizar México”.

Sólo será durante siglo XIX, de mano de la Leyenda Negra y la Doctrina Monroe impulsada por los Estados Unidos en el año 1823 “con el objetivo de quitar la legitimidad colonizadora a España para sustituirla por la suya” cuando Cortés comience a adquirir los rasgos del conquistador sanguinario y vil con el que es popularmente conocido en la actualidad. “Es el inicio de la Leyenda Negra que culpa a España de la colonización y las matanzas”, añade Duverger que pinta un retrato del expedicionario totalmente diferente. Fue un conquistador, con todo lo que ello implica, pero también un hombre culto, muy leído, consciente de sí mismo y admirador de las culturas prehispánicas.

Derribando mitos, completando perfiles

“Cortés es un independentista muy particular. Era favorable al mestizaje, tanto de la sangre como de la cultura, al libre comercio y a la independencia de México”, explica Duverger, que ya abordó la figura del conquistador en su trabajo previo, Cortés. La biografía más reveladora (Taurus). Pero el profesor derriba otro mito muy consolidado en México, como es del de Bernal Díaz del Castillo, el que hasta la fecha había narrado “el milagro” que permitió que “500 personas fuesen capaces en dos años de controlar un territorio de al menos 18 millones de habitantes”.

La mistificación de Díaz del Castillo duró 400 años, y la imagen del Hernán Cortés satanizado, 200

Se trata de una crónica popular en México, “porque fue escrita, supuestamente, por un soldado raso que hablaba con una cierta forma de truculencia, rusticidad sofisticada y de una manera simpática”. La tesis de Duverger acaba con la leyenda de ese personaje popular que “escribe una obra maestra siendo un soldado raso”. Como él mismo recuerda, “escribir una obra así requiere mucho trabajo, cultura y lectura de fondo”.

El autor se ha encontrado, de entrada, con dos tipos de resistencias. Por una parte, “la sentimental, al perder a Bernal Díaz del Castillo”. Y por otra, la de aceptar el “Cortés culto y escritor” que Duverger propone. “La mistificación de Díaz del Castillo duró 400 años, y la imagen de Cortés satanizado, 200 años. No es fácil pasar de una creencia a otra certeza”, explica el autor, que recuerda que este nuevo perfil del conquistador no entra en conflicto con el anterior, sino que lo complementa. “Una conquista es una conquista, lo que quiere decir que hubo derramamiento de sangre. No quiero decir que Cortés sea un escritor y sólo eso. La diferencia con otros aventureros es que Cortés reflexiona sobre sus actos y mantiene una distancia con ellos”.

Incluso ha habido quien ha discutido sus tesis, como ocurrió recientemente en las páginas de El País, donde el catedrático de la UAM Guillermo Serés puso en tela de juicio sus hipótesis. Duverger responde: “Fue la respuesta a una entrevista, algo muy peligroso, cuando en el libro hay dos mil referencias, citas y documentos que apoyan mi demostración”. El autor manifiesta que no cree haber publicado un libro manifiestamente polémico, sino una exposición desapasionada de los elementos que refuerzan su tesis. “Estoy dispuesto a discutir con la academia, pero hay que hablar de los elementos que presento y no de las impresiones de la gente. Hacer un libro para no cambiar nada es absurdo. Las investigaciones sirven para descubrir otros enfoques diferentes, no volver a decir lo mismo”. El autor considera que su libro, en unos años, será una obra de referencia.

Un Cortés que no conocíamos

“No quiero decir que la conquista no se hiciese con una fuerte dosis de violencia, no quiero borrar eso”, recuerda Duverger, que califica a Cortés tanto de “genio militar” como de “hombre de libros y de lecturas”. Especialmente en los últimos años de su vida, cuando en Valladolid funda una academia donde debatirá temas como la acción pública o el idioma. Será entonces, según el francés, cuando decida entrar en “la creación literaria” a través de ese personaje ficticio que narra las desventuras de la expedición de Cortés en tercera persona. Para Duverger, las facetas de conquistador y refinado literato no son excluyentes, sino que completan el retrato general del aventurero castellano.El autor afirma que, en México –donde el libro se publicó en primer lugar– “es muy diferente ser conquistado por un hombre culto e inteligente y un gran escritor que por un villano sin escrúpulos que sólo quiere matar indígenas y robar el oro”, una descripción que no se ajusta a la realidad. Duverger explica que al contrario de lo que se suele pensar, Cortés no fundió el oro del tributo de Moctezuma, formado por elementos artísticos como anillos, pulseras o códices, sino que lo envió de vuelta a España en 1519, “con el objetivo de hacer ver a Carlos V que era dueño de un territorio cuyos habitantes, los aztecas, eran un imperio de gran cultura que podían competir al nivel de España o Europa. La dimensión cultural de Cortés estuvo presente desde los inicios”.

Pero ello no le impidió llevar a cabo matanzas como la de Cholula, en la que su ejército pudo llegar a matar hasta a “2.000 ó 3.000 indígenas”. “Tenía que tener determinación para salir vivo de ahí, tenía que matar. Cortés estaba sitiado por 30.000 guerreros cholultecas. En condiciones normales, cuando luchan 30.000 contra 500, son estos los que mueren. La solución fue no dormir, levantarse a las tres de la mañana y matar a todos por sorpresa. Así lo hicieron. Para salvar su vida tenían que utilizar la violencia”.

Un libro con la vista puesta en la posteridad

Dado que Cortés parecía preocuparse de tal forma por su imagen y su representación en la historia, ¿por qué ocultarse bajo la figura de un soldado raso? ¿Por qué no reivindicar su autoría desde el primer momento de forma explícita? Porque, como el mismo Duverger ha explicado en alguna excepción, Cortés tenía a la eternidad en mente, y no a sus contemporáneos, cuando redactó el libro.

“Para una persona que tuvo tanta fama, añadir un poco más significaba poco. La figura del Cortés desesperado que no tiene ningún papel en la sociedad es absolutamente falsa. Es muy popular y vive en Valladolid, donde está la Corte, aunque él represente a la oposición. Y sabe que está al final de su vida, tiene 60 años y muere a los 62”, explica Duvernier. “Seguramente su idea fue la misma de Julio César a la hora de escribir sus memorias”. El título del libro, explica el autor, alude precisamente a la fórmula de Tucídides, el primero de los historiadores, que indicaba que todo lo que queda por escrito queda para la eternidad.

A Cortés no le interesaban sus contemporáneos, sino la eternidad

“Cortés comparte al final de su vida esa idea, por lo que se propone ser el historiador de su propia epopeya y actuar como escritor”. Eso es lo que le conduce a llevar a cabo esta Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que tantos avatares hubo de superar a lo largo de la historia, que es a la vez “un testimonio sobre los hechos” y “una creación literaria”. “Cortés sabe que los escritos duran más que la vida humana, y por eso, 400 años más tarde seguimos hablando de ellos. Esa era su auténtica ambición. El hecho de ser anónimo para él no es importante, porque sabía que sería reconocido como el autor. La memoria escrita dura más que la memoria de los vivos, que sólo dura dos o tres generaciones. ¿Qué era Cortés para sus nietos? Prácticamente nada”.

Algo que ha ocurrido con mucha tardanza, aunque para Duverger, ahora resulte obvia la conexión entre Cortés y el libro al que ahora se atribuye su autoría. “Hay muchos elementos claros que no lo eran antes porque estábamos ciegos. Son guiños de Cortés para que haya una identificación secreta. Por ejemplo, el párrafo donde se equipara con Julio César. Para mí es evidente que un soldado raso no puede decir eso”. Duverger señala a la dificultad de “eliminar las creencias consolidadas” como una de las razones por las que este hallazgo ha tardado tanto en producirse. También, por la serie de “recortes y reescrituras” a las que fue sometido el texto, y por la “mistificación tan bien hecha realizada por el propio Cortés al dar forma a un personaje tan exitoso”.

El nuevo paisaje pintado por Duverger no cambia sólo nuestra percepción de Díaz del Castillo y Cortés, sino también de la España del siglo XVI, y concretamente, de Carlos I de España y V de Alemania, un personaje con el que Cortés mantenía una complicada relación. “Se puede resumir en una relación de competición política. Carlos V representa un mundo monárquico, absolutista, autoritario, defendido por la Inquisición, con censura, monopolio… Cortés se opone a todo eso, porque es republicano y moderno”, señala el autor de El origen de los aztecas.“Si describiésemos el mundo de Carlos V como una monarquía de control inquisitorial absoluto y de derecho divino absoluto nos equivocaríamos, porque había fueros y elecciones en las comunidades, lo que significa que había dos sistemas que cohabitaban”, prosigue Duverger. “Aunque había persecuciones, Cortés existía como opositor y contramodelo”. Esa oposición abogaba por una república “a la italiana”, el modelo franciscano legitimado por las elecciones”, con “libre comercio” e “independencia del mundo intelectual de las universidades”.

“Mi libro define una España mucho más conflictiva de lo que pensamos”, concluye el profesor nacido en Burdeos. “Dentro de la monarquía había brotes de republicanismo, lugares de independencia intelectual. Aporta una visión diferente a la tradicional de una monarquía que asfixia a todos los elementos de la oposición. Cortés era invitado a la boda del rey, cruzaba la calle y estaba en la Corte. Era un opositor, pero un opositor recibido, capaz de exponer sus teorías y sus propuestas”.


ABC.es

  • El fenómeno, por el que el Sol queda enmarcado en un aro luminoso, podrá contemplarse desde Australia y el Pacífico Sur
Eclipse solar anular: un anillo de fuego brillará el jueves en las antípodas

Eclipse solar anular: un anillo de fuego brillará el jueves en las antípodas

Un eclipse solar anular será visible desde Australia y el Océano Pacífico Sur este jueves 10 de mayo. El fenómeno, que comenzará a las 8.00 hora local, cubrirá el 95% del disco solar y dejará una especie de anillo de fuego alrededor. Este tipo de eclipses supone un hermoso espectáculo, pero no se hará de noche en pleno día ni podrán verse las estrellas. El 5% restante del Sol es tan brillante que aquellos que se encuentren en el lugar adecuado de la Tierra para poder contemplarlo -que obviamente no es el caso de España- deberán utilizar lentes especiales durante todo el evento, según informan desde la revista de astronomía EarthSky.

El eclipse anular se produce cuando la Luna pasa directamente enfrente del Sol, pero el disco lunar no es lo suficientemente ancho como para cubrir toda la estrella. En su punto máximo, la Luna forma «un hoyo negro» en el centro del Sol. Nuestro satélite queda rodeado por un anillo luminoso, como si fuera el aura del Astro rey. El efecto, si el día es claro, puede ser muy hermoso. El eclipse anular más largo de los próximos mil años se produjo en febrero de 2010.

Para ver el eclipse desde España y el resto del mundo no harán falta las obligatorias protecciones para la vista (¡imprescindibles si uno tiene la suerte de estar en las antípodas el jueves!), ya que no nos quedará más remedio que seguirlo a través de internet. La Slooh Space Camara retransmitirá en directo (gratis y con comentarios de expertos) el evento desde Australia. Los que estén interesados pueden conectarse a partir de las 23.30 hora peninsular española, cuando la sombra de la Luna comience su recorrido sobre el país de los canguros y se mueva al Este hacia Papua Nueva Guinea, las islas Salomon, las islas Gilbert y finalmente sobre el Océano Pacífico. Curiosamente, el camino de este eclipse es muy parecido al del total de 2012.

 

Eclipse solar anular: un anillo de fuego brillará el jueves en las antípodas

Eclipse solar anular: un anillo de fuego brillará el jueves en las antípodas


ABC.es

  • El faro de Chipiona, con 72 metros sobre el nivel del mar, es el de mayor altura de España y el tercero de Europa

El faro más alto cumple 150 años

El faro más alto cumple 150 años

El faro de Chipiona cumplió 150 años el pasado 30 de abril, ya que su primera piedra fue colcada en 1863. El faro ha sido un verdadero emblema de la localidad y aparece en numerosos grabados y dibujos del último siglo. El edificio del faro, construido sobre restos romanos de otra edificación con la misma finalidad, esta situado sobre la restinga de la «Punta del Perro».

Incluso existen escritos anteriores que aluden a su existencia. Así, Estrabón casi la parangonaba con el mítico faro de Alejandría. Se cree que su construcción fue ordenada en el año 140 a. C. por el procónsul Quinto Servilio Cepio a fin de evitar a los navegantes que pretendieran remontar el río Betis los escollos de Salmedina: de ahí Turris Caepionis, y de Caepionis, Chipiona.

El faro de Chipiona es el mas alto de España, el tercero de Europa y el quinto del mundo, con 72 metros sobre el nivel del mar y 69 metros sobre el terreno, hasta la estructura de la linterna. La torre tiene un total de 322 escalones y fue obra del ingeniero jefe responsable de la edificación del Faro, Jaime Font Escolá, finalizando en 1867, cuatro años después de que fuese colocada la primera piedra.

Alumbró por primera vez la noche del 28 de noviembre de 1867, con un aparato óptico de la vanguardia de aquella época que le permitía emitir destellos cada sesenta segundos. Al principio se alimentada de aceite, mas tarde con petróleo, materiales que se subían por el núcleo interior de la torre. Una vez que se abandonó el petróleo y se dispuso la instalación eléctrica, las paredes interiores de la torre se chorrearon y se dejaron limpias, con su aspecto original de piedra.

El aniversario ha motivado que el Ayuntamiento organizase diversos actos conmemorativos. El más emotivo tuvo lugar el 30 de abril, cuando se recordó la colocación de la primera piedra y se procedió al descubrimiento de la placa en memoria de Jaime Font Escolá. También se han organizado diversas exposiciones e, incluso, la edición de un volumen conmemorativo.


El Pais

  • El historiador Alfonso Mañas destaca en un libro la dimensión atlética de los combates del anfiteatro

‘Pollice verso’, óleo del pintor del XIX Jean-Leon Gérôme, que toma su nombre del supuesto gesto para decretar la muerte del perdedor. / phoenix art museum

“My name is Gladiator…”, y soy un gran deportista. Esto es lo que podría decir Maximus Decimus Meridius, protagonista de la famosa película de Ridley Scott, a tenor del estudio sobre los gladiadores de la Antigua Roma llevado a cabo por el historiador granadino Alfonso Mañas (1976) y compilado en un libro completísimo y lleno de sugerencias que acaba de aparecer (Gladiadores, el gran espectáculo de Roma, Ariel, 2013). Mañas, que une a su gran conocimiento del asunto una destacable pasión y un afán empírico que le ha llevado a probar la indumentaria y las armas de un reciario para dilucidar exactamente cómo combatían esta clase de gladiadores (los que luchaban con red y tridente, como el Draba del Espartaco de Stanley Kubrick, ¿recuerdan?), subraya el componente deportivo de la gladiatura y le quita sangre al espectáculo del anfiteatro.

Dice que en el caso de las popularísimas grandes estrellas (como sería el personaje interpretado por Russell Crowe), que cobraban un caché astronómico, muy excepcionalmente se les mataba en la arena, aunque perdieran. “Sería tan absurdo como matar a Messi por perder un partido”, afirma. “O a Tyson por caer en el cuadrilátero”. En contra de lo que hemos visto en la pantalla y leído en numerosas novelas, según el historiador, los combates de gladiadores no eran una salvaje y gratuita efusión de sangre y crueldad, sino un espectáculo cuidadísimo en sus más mínimos detalles y muy reglamentado, que hasta disponía de árbitros, verificación técnica de armas y calentamiento. La mayor equivocación es creer que valía todo y que siempre se acababa con la muerte de uno de los contendientes. Sorprendentemente, el investigador afirma: “La mayoría de las ocasiones (dependiendo del período de la historia de Roma que estudiemos) ambos luchadores salían de la arena con vida”.

Lo que describe Mañas, apoyándose con gran rigor en las fuentes clásicas, se parece más a un deporte de lucha (incluso al Pressing Catch, con su teatro) que a las masacres y aspersiones de hemoglobina de Gladiator o la serie Spartacus. Un deporte de riesgo, sin duda. “Pero no una orgía homicida de muertes sin sentido ni una carnicería sin más”. Para los romanos, dice, el combate de gladiadores, estaba en la misma categoría que el pugilismo, la lucha (en esa época, ciertamente, más duros que ahora) o el pancracio, y todos los que los practicaban eran athletae, deportistas.

El estudioso, que gusta de sabrosos símiles como decir que el Coliseo era “la Champions League del deporte gladiatorio”, le echa además de conocimiento mucho sentido común a su análisis. “Al ritmo que muestran las películas en poco tiempo no quedarían gladiadores suficientes para llenar los 385 anfiteatros que conocemos en el mundo romano, por no hablar de que difícilmente nadie escogería esa profesión, y sabemos que aparte de prisioneros de guerra, esclavos y condenados existía una gran cantidad de gladiadores profesionales voluntarios”. Gente que cobraba unos sueldazos (hasta el equivalente de 200.000 euros por un solo combate) que no se volvieron a pagar hasta la aparición del deporte profesional de élite en el siglo XX.

Los inicios eran difíciles, por supuesto, los gladiadores novatos o de baja categoría tenían cláusulas de rescisión (definitiva), por así decirlo, baratas, y la propensión era a que sufrieran más muertes o los enfrentaran en combates sine missione, en los que el vencido siempre era ejecutado por el vencedor e incluso al vencedor se le enfrentaba a otro y a otro gladiador hasta que caía (la reforma de Augusto eliminó este tipo de luchas). “A medida que un gladiador ganaba combates se hacía más valioso y ningún lanista ni editor sensato de ludus (juegos) se arriesgaría a dejarlo morir sin pensárselo mucho”: había que pagarle su cuantiosa ficha en ese traspaso (!). Julio César, que miraba el bolsillo, evitaba siempre el veredicto de jugula (degollado) para el vencido.

La muerte ocurría y era parte de la gladiatura —los conceptos de piedad, compasión y humanitarismo eran en el violento mundo romano muy diferentes de los nuestros, más laxos—, pero en ningún caso se dispensaba arbitrariamente. Aunque Mañas reconoce que no se puede generalizar y la gladiatura era tan variada en el mundo romano como hoy los toros: “Es muy diferente un festejo en Las Ventas que una corrida en una plaza portátil en un pueblo”.

Parte de la confusión se debe, apunta Mañas, a que hemos metido en el mismo saco diversos fenómenos romanos: no eran lo mismo, por ejemplo, los combates de gladiadores que las luchas de los damnati ad gladium, los condenados a morir por la espada, o ad bestias, enfrentados a fieras, simplemente modalidades de ejecución. Mañas cree que los combates de gladiadores, que siguieron siendo populares cuando el imperio se hizo cristiano, no acabaron por humanidad, “sino porque eran muy caros”.

El lío del pulgar

Los combates de gladiadoras existían, pero Mañas los considera mayormente “charlotadas” para animar los intermedios. Las mujeres luchaban, como los hombres, con el pecho descubierto.

No se usaba el pulgar arriba o abajo (pollice verso) para decretar la vida o muerte del perdedor. Se usaban pañuelos para lo primero y el universal gesto de degollar para lo segundo.

Entre los diferentes tipos de gladiadores (tracio, murmillo, secutor…) figuraba uno gay: el tunicatus.

La dieta de los gladiadores era muy rica en grasas para darles masa corporal.

Existía un mercado de sangre de gladiador, que se consideraba medicinal y una cura para la epilepsia.


El Confidencial

Una expedición inédita al fondo del Atlántico Sur descubrió rocas continentales en una montaña submarina que se creía de origen volcánico que indicarían que puede tratarse de un continente hundido a unos 1.500 kilómetros de la costa de Brasil, informaron ayer científicos de Brasil y Japón.

La expedición, la primera a aguas profundas del Atlántico Sur con la ayuda del único submarino tripulado del mundo capaz de descender a 6.500 metros de profundidad, recogió muestras de granito, una roca continental, en la montaña submarina conocida como Elevado del Río Grande. ”El Elevado del Río Grande siempre fue considerado como una montaña submarina de origen volcánico semejante a las que hay frente a la costa de África, pero vimos ahora que sus rocas no son volcánicas sino continentales”, afirmó el presidente de la Compañía de Investigación de Recursos Minerales (CPRM) de Brasil, Roberto Ventura, en una rueda de prensa en Río de Janeiro.

“Es como si un continente su hubiese hundido en la época en que Sudamérica se separó de África. No sé lo que eso implica jurídicamente, pero desde el punto de vista científico y técnico, encontrar un continente perdido es una gran novedad”, agregó. Según los geólogos, como consecuencia de movimientos tectónicos una masa terrestre pudo haberse hundido en el océano durante la separación de la llamada Pangea, como era conocida la gigantesca masa continental que existió al final de la era Paleozoica y cuya división formó los continentes hoy conocidos.

La expedición oceánica fue fruto de una asociación entre Japón y Brasil y contó con la participación de un geólogo de la estatal responsable de estudios minerales en Brasil, que pudo realizar un viaje de ocho horas en el submarino hasta una profundidad de 4.200 metros, en el que vio las rocas continentales y recogió muestras.

Los siete viajes hasta ahora realizados en el Atlántico Sur en el minisubmarino japonés Shinkai 6500, con capacidad para tres ocupantes (dos pilotos y un científico) y equipado con brazos mecánicos y cámaras de alta resolución, permitieron observar por primera vez las cuestas de la Elevación del Río Grande. Se trata del más importante complejo de montañas submarinas en el Atlántico Sur, con alturas que llegan a 3.200 metros desde el lecho del océano, su cima ubicada a unos 700 metros de profundidad y que, jurídicamente en aguas internacionales, separa el margen continental brasileño de los grandes fondos oceánicos.

Ventura anunció que CPRM lanzará este mismo año una licitación para elegir a una empresa de perforación que pueda recoger más muestras de rocas en la Elevación que confirmen su posible origen continental, así como el potencial mineral en la región.

Explorando las profundidades

La montaña submarina fue inspeccionada como parte del crucero Iata-Piuna, una expedición efectuada en la nave de investigación oceanográfica japonesa Yokosuka, que reúne a científicos de Brasil y Japón, y cuyo objetivo es explorar el margen continental brasileño y la parte adyacente del océano, incluyendo la Elevación del Río Grande y el Dorsal de Sao Paulo. El crucero forma parte del proyecto aún mayor, llamado “Búsqueda por los límites de la vida” (Quelle 2013) y con el que la Agencia Japonesa de Ciencia y Tecnología de la Tierra y del Mar (Jamstec) se propone explorar este año parte de los ambientes más profundos de todo el mundo, principalmente en el hemisferio sur.

La embarcación japonesa ya pasó por el océano Índico central y, tras su expedición por el Atlántico Sur, se dirigirá al mar Caribe y a océano Pacífico en la región de Tonga. En el viaje por el Atlántico Sur, que comenzó el 13 de abril y se extiende hasta el 27 de mayo, fueron invitados cuatro científicos brasileños, así como un geólogo del CPRM y otro de la petrolera estatal Petrobras.


ABC.es

  • El Roskilde 6 fue construido en 1025, medía 4 metros más que el Mary Rose, el buque de Enrique VIII, hundido en 1545
La lancha de desembarco vikingo, el mayor barco de su historia, lista para exponerse

La lancha de desembarco vikingo, el mayor barco de su historia, lista para exponerse

Temibles lanchas de desembarco vikingas, de hace mil años, tecnología punta de su época que hacían palidecer a los reinos vecinos de los pueblos del norte. Ahora volverán a cruzar el mar del norte, camino de Londres. La embarcación conocida como Roskilde 6 es el barco vikingo más grande conocido hasta ahora. Apareció en 1997 bajo el limo salado en los aledaños del Museo de los Barcos Vikingos de la antigua capital danesa.

Tiene 36 metros de eslora, fue construido hacia 1025, utilizando 30.000 horas de trabajo especializado de la época. Podía acarrear 100 guerreros. Navegaba entre 5,5 y 20 nudos [sigue leyendo en el blog Espejo de Navegantes]


El Mundo

  • Defensa esconde sin razón 100.000 documentos sobre la Guerra Civil
  • Preston, Viñas y un centenar de historiadores piden transparencia
Sevilla, en julio de 1936. | Efe

Sevilla, en julio de 1936. | Efe

¿Le gustaría que los historiadores de la Guerra Civil le explicaran a fondo los desembarcos nazis en el Protectorado español de Marruecos, los campos de concentración, los batallones de soldados trabajadores (esclavos del franquismo), las deserciones, los sabotajes o la evolución de la armada republicana y la nacional? ¿Le interesaría conocer los incidentes ocurridos en aguas españolas con barcos de guerra ingleses, alemanes e italianos durante la Segunda Guerra Mundial y qué ocurrió con sus náufragos? ¿Querría saber en profundidad la política de armamento durante la dictadura, los planes de defensa en tiempos de la Guerra Fría o los detalles de la traumática guerra del Ifni? Pues no puede. No puede ni el simple ciudadano, y tampoco pueden los mejores historiadores del siglo XX español.

Por increíble que parezca en comparación con las políticas de otros países respecto a sus archivos militares, como en Estados Unidos, donde los secretos disponen de plazos de caducidad, 77 años después del estallido de la guerra española hay miles y miles de documentos datados entre 1936 y 1968 (la cifra total no la sabemos) que siguen inaccesibles a la opinión pública pese a que su desclasificación no constituiría ya ningún riesgo para la seguridad del Estado. Más de un centenar de prestigiosos historiadores y documentalistas como Paul Preston, Ángel Viñas o Francisco Espinosa, y algunos juristas como Carlos Jiménez Villarejo, reclaman al Gobierno del PP de Mariano Rajoy que ponga en práctica su compromiso de palabra con la “transparencia” y permita el acceso público a unos 10.000 documentos militares ahora declarados como secretos, confidenciales, reservados y muy reservados, que abarcan la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y buena parte de la dictadura franquista. Dicen que dado el tiempo transcurrido y su interés, ya no hay justificación alguna para que sigan ocultos.

El historiador Francisco Espinosa Maestre, uno de los promotores junto a Manuel Álvaro Dueñas y Mirta Núñez Díaz-Balart de la iniciativa a la que se han adherido colegas de toda España, explica a ELMUNDO.es que la socialista Carme Chacón, cuando era ministra de Defensa, promovió la primera desclasificación masiva de documentos castrenses antiguos y solicitó para ello una revisión exhaustiva para determinar cuáles podían salir a la luz. Los propios militares, dice el historiador desde su casa de Sevilla, señalaron en un informe a la ministra las secciones documentales que ya no entrañaba riesgo divulgar.

Pero ocurrió que al entrar el Gobierno de Rodríguez Zapatero en funciones en otoño de 2011, Chacón no elevó al Consejo de Ministros su propuesta para cancelar la condición secreta de esos papeles, o, si lo hizo, esta propuesta no fue aprobada. La propuesta de desclasificación masiva, dice Espinosa, pasó a manos de Pedro Morenés al asumir el mando el PP, pero éste la ha ‘congelado’. Espinosa cuenta que se enteraron de la iniciativa de Chacón ‘a posteriori’, a raíz de un artículo del periodista Antonio Rodríguez, que en la revista ‘Tiempo’ informó el 15 de febrero de 2012 del plan que la ministra (que habría recibido el informe en octubre de 2011, ya en funciones) había pasado a su sucesor. La revista divulgó el anexo que habría manejado la ministra con la relación de archivos militares, contenido genérico de los documentos, grado de secreto y hasta qué año se podrían desclasificar (hasta 1939, 1940, 1968 o sin límite posterior, según los casos). Son papeles que custodian el Estado Mayor de la Defensa, el Ejército de Tierra, el Ejército del Aire y la Armada.

Silencio administrativo

Al comprobar que pasaba el tiempo y la apertura no se producía, los historiadores iniciaron una batalla jurídica con el Ministerio de Defensa, ya en manos el PP, para reclamarle copia de la propuesta de Chacón y el informe que venía con el anexo, que era lo único que se había filtrado. Defensa, en un escrito del pasado 14 de diciembre de su subdirector general de Recursos e Información Administrativa, negó la mayor y les respondió que no les iba a dar copia alguna porque la propuesta de la exministra, simplemente, no existe.

Los historiadores volvieron a la carga con la ayuda de la abogada Eva Moraga, especialista en acceso público a la información, y presentaron un recurso de alzada, que el Ministerio desestimó en un escrito de su secretario general técnico, David Santos Sánchez, fechado el pasado 5 de enero, en el que les recordaba que, en todo caso, al margen de la ‘inexistencia’ de la propuesta de Chacón, la información histórica aludida es “documentación excluida del derecho de acceso a archivos y registros”.

Una batalla perdida. Pero la ‘guerra’ sigue. Les queda a este grupo de historiadores la opción de presentar un concurso contencioso administrativo para lograr abrir los ‘búnkeres’ documentales de Defensa, pero Espinosa explica que de momento prefieren pedir el apoyo de los partidos y de la opinión pública y renunciar a abrir un pleito. La experiencia les dice que se ‘castiga’ a los que recurren a esa vía: si pierden el caso, les pueden condenar a pagar costas muy cuantiosas, lo que desincentiva la lucha judicial por la transparencia de la Administración, lamenta el promotor de la campaña.

¿Son estos ’10.000 papeles’ los últimos secretos de la Guerra Civil, del rol de España en la Segunda Guerra Mundial o de las Fuerzas Armadas bajo el franquismo? “No”, responde, “no son los últimos. Hay otros reductos, además de documentos desaparecidos. El Archivo General Militar es accesible desde mediados de los años 90, pero al ver lo que hay te das cuenta de lo que falta, de lo que alguien quitó. En el Alto Estado Mayor hay fondos sin abrir. Y lo más grave es que no sabemos lo que hay. En España no hay transparencia informativa. Hay una oscuridad enorme”.

Espinosa Maestre, en nombre de sus colegas, insiste en pedir a Defensa que les abra sus archivos. “Que nos diga al menos qué están manteniendo en secreto. Se debería aplicar la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 [incluido el patrimonio documental y bibliográfico], que establece el libre acceso a los documentos transcurridos 50 años. Por lo menos los que llegan hasta el año 1962. Pero el Gobierno aplica la Ley de Secretos Oficiales, que data del franquismo, de 1968″.

Sostiene que desclasificar esos papeles no costaría dinero ni esfuerzo porque “el trabajo ya está hecho” de la época de Chacón, cuando “se gastaron un dinero en revisar esa masa documental y extraer lo que se puede desclasificar”. Y reclama al Gobierno que aproveche la Ley de Transparencia que está preparando y democratice el acceso a información histórica cuyo secreto ya carece de razón. Si no, seguirán a la carga. “Nos toman por gilipollas”, se queja.

Ahí hay una mina

Pero como no lo son, los historiadores tienen en la cabeza lo que se esconde en el ‘búnker’. El anexo que supuestamente manejó la exministra Chacón con la relación somera de los papeles militares secretos que se podrían ya divulgar, en general los anteriores a 1968, indica sugerentes contenidos. “Es un material de primer orden”, subraya Francisco Espinosa, aunque precisa que su valor no lo pueden determinar hasta que sabuesos de la Historia como él le puedan meter el diente. Por ejemplo, el Cuartel General del Estado Mayor de la Defensa, en Madrid, guarda, según el listado, “proyectos y programas para la construcción de armamento, materiales y equipamiento de las Fuerzas Armadas” o “Planes de contingencia para hacer frente a posibles amenazas para la Defensa Nacional”.

En el Ejército de Tierra, su Archivo General Militar de Madrid conserva documentos de la Guerra Civil ahora secretos, como el “bando declarando estado de guerra”, o sobre “justicia militar, descripciones geográficas y topográficas, detención de extranjeros, censura”. Su Archivo General Militar de Ávila oculta datos sobre “campos de concentración, batallones de soldados trabajadores, arrestos, denuncias, deserciones, sospechosos, sabotajes”, además de movimientos de tropas, entre otros temas secretos.

El Archivo Intermedio Militar Sur, en Sevilla, mantiene fuera del alcance público papeles de la guerra como sentencias de tribunales castrenses u órdenes militares. El Archivo Intermedio Militar de Baleares es una mina para conocer la “rebelión militar” y el “espionaje” entre 1936 y 1939. Su homólogo de Ceuta alberga en la sombra información histórica sobre “convenios y tratados con Francia y Marruecos, desembarcos alemanes, gastos de armamento” o “protegidos y agentes franceses”.

Además de los centros mencionados, hay más documentos susceptibles de desclasificación del Ejército de Tierra en el Archivo Intermedio Militar Pirenaico, el Archivo Intermedio Militar Noroeste y el Archivo Intermedio Militar de Canarias. Por parte de la Armada, en el Archivo General de la Marina, el Archivo Central del Cuartel General, los archivos navales de El Ferrol, San Fernando, Cartagena y Canarias, y en el Archivo General de la Administración. Y por parte del Ejército del Aire, los secretos que podrían caducar se guardan en el Archivo Histórico del Ejército del Aire y el Archivo Intermedio del Cuartel General del Ejército del Aire. La opacidad del Estado mantiene aún el siglo XX español lleno de agujeros negros. Aquí están.


El Mundo

Sala central de la exposición sobre científicos españoles en la Royal Society. | EM

Sala central de la exposición sobre científicos españoles en la Royal Society. | EM

Si hay una institución sinónimo de excelencia ésta es la Royal Society británica, a la cual pertenecen los más selectos científicos y pensadores del momento. Desde 1663, a ella han pertenecido, entre otros, Darwin o el capitán Cook. Stephen Hawking es uno de sus 1.400 selectos miembros. Por los majestuosos salones y escalinatas interiores de su sede en Londres se despliega una exposición de los españoles que han pertenecido a esta institución.

La exhibición es el ‘partido de vuelta’, como la describe el jefe de exposiciones de la sociedad, Keith Moore, de otra organizada en Madrid en el 2011 cuando se entregó a la Royal Society el Príncipe de Asturias por su aportación a la ciencia, las humanidades, la sociedad y la política. La exposición tomó el nombre de la revista científica más antigua del mundo, ‘Philosophical Transactions’, editada por la Royal Society desde 1865. “La exhibición es una celebración de la conexión científica entre España y Reino Unido”, matiza Moore.

Los primeros españoles ‘fellows’ de la Royal Society fueron el Marqués de Monte Leone (1716) y el Conde de Montijo (1732), ambos embajadores españoles. Los últimos, el biólogo genético Antonio García-Bellido y el químico Emilio Corma Canós (2012). En total, 24 miembros españoles, de los cuales 19 ingresaron en el siglo XVIII, según Moore, porque “la ilustración científica fue un fenómeno europeo, filósofos y aristócratas británicos viajaron por toda Europa buscando contactos y amigos para intercambiar información científica para luego informar a la Royal Society de los últimos descubrimientos”.

Explica también Keith Moore que el término ‘científicos’ fue acuñado en el siglo XIX, pero en los siglos previos sus miembros eran lo que se conocía como filósofos naturales. “La Royal Society buscaba personas que pudieran mantener informados a los científicos británicos de los últimos descubrimientos en su parte del mundo y los británicos estaban muy interesados en Sudamérica, en especial especies animales y minerales, y también viceversa, los españoles querían conocer los últimos avances científicos británicos, sobre la construcción de instrumentos, puesto que los mejores inventores estaban en Londres”.

Colaboración entre España y Reino Unido

Dos fotos de Antonio de Ulloa y Jorge Juan presiden el salón principal. Ambos participaron en una expedición francesa en la colonia española de Ecuador para recabar información sobre la tierra. Durante el viaje de vuelta Ulloa fue apresado por la Armada británica y llevado a Londres para ser interrogado y obtener la información científica de la expedición. Era tal su conocimiento que fue nombrado miembro de la Royal Society en 1746. Juan fue enviado por el Marqués de Ensenada a Londres para realizar espionaje industrial. Fue descubierto por los ingleses que, en vistas de su conocimiento, también lo nombraron miembro de la Royal Society (1749).

En la exhibición, organizada con la colaboración con la Fundación Príncipe de Asturias, se pueden ver tratados de colaboración entre ambos países, plantas recolectadas en expediciones a Sudamérica y las islas Canarias, una réplica del telescopio gigante que construyó el astrónomo William Herschel cuando trabajó en el Observatorio Real de Madrid en 1802, o una réplica del navío San Gerano, uno de los primeros de la Armada española construido en 1765 con métodos británicos importados.

Una de las salas está dedicada exclusivamente a los dos miembros españoles más importantes, los premios Nobel Santiago Ramón y Cajal (nombrado en 1909) y al Premio Nobel Severo Ochoa (1965), con diarios personales con anotaciones de sus experimentos, escritos en su puño y letra, los artilugios que utilizaban y dibujos de sus experimentos y hallazgos.


ABC.es

  • Hace 200 años, el ejército francés sufrió una derrota en el País Vasco que, a la postre, le obligaría a abandonar la Península Ibérica

Vitoria: sangre y fusiles para expulsar a Napoleón de España

Una victoria que valió un país. En esta única frase se puede resumir la batalla de Vitoria, en la que -tras varios años de dominio galo en la Península Ibérica- una alianza formada por tropas inglesas, portuguesas, y españolas logró poner en huída al ejército francés comandado por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, e inició la reconquista definitiva del territorio arrebatado por el «pequeño corso».

Tal fue la derrota, que el hermanísimo del líder francés tuvo que escapar al galope dejando atrás muchas de sus pertenencias, entre ellas un orinal, para evitar ser capturado por las tropas aliadas. Hoy, 200 años después de aquel suceso, Vitoria porta orgullosa el honor de haber acogido una de las batallas que, a la postre, obligó a los franceses a abandonar la conquista ibérica. Aquel día, sin duda, España dijo «au revoir» al ejército imperial.

José, vuélvete a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

La batalla significó el principio del fin del ejército francés en España

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley -Duque de Wellington- un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Huída hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

Más de 10.000 franceses murieron o fueron heridos

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

Los aliados lograron capturar 151 piezas de artillería

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: los españoles del flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

José Bonaparte huyó dejando tras de sí su orinal

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: Los españoles en la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

Para saber más: «Sinfonía Guerrera», de Iñigo Bolinaga

¿Qué cuenta «Sinfonía Guerrera»?
«Sinfonía Guerrera» es una novela coral que revive la batalla de Vitoria, entremezclando el hecho histórico real con la sinfonía que Beethoven compuso en honor a las fuerzas victoriosas de Wellington. El libro pretende mostrar una batalla auténtica bajo los dos prismas clásicos mediante los que suelen ser representados este tipo de hechos: la guerra imaginada, épica, gloriosa e incluso noble, y la guerra vivida, devastadora, cruel y contraria a cualquier tipo de sentimiento de nobleza. El peso de la primera lo lleva un buen puñado de personalidades que protagonizaron el hecho, y el de la segunda Ludwig van Beethoven, a quien se le muestra en el proceso de creación y ejecución de una obra que le reportó innumerables beneficios y reconocimientos.
¿El libro narra los hechos o hay algún elemento de ficción?
En realidad, tan solo hay un personaje de ficción: Antón Marcuello. Un elemento necesario porque gracias a él, la novela se eleva un grado por encima de los meros hechos y las realidades históricas. Marcuello encarna la faceta de los razonamientos, sentimientos y pensamientos en general de las personas que toman parte en la guerra vivida: la aparente –y necesaria- contradicción intrínseca del ser humano, confundido en un mundo que no encaja con lo que su raciocinio le dice que debería ser, enredado en elevadas cuestiones morales cubiertas de justicia que chocan perennemente con la realidad de una guerra que muestra descarnadamente una realidad ajena a los valores creados.
Desde el momento en se contempla la posibilidad de crear una novela cuyo protagonista sea la propia batalla de Vitoria, uno no puede sino aferrarse a los hechos históricos reales y darles preferencia, aunque construya personajes de ficción que naveguen dentro. Si es la batalla la protagonista, ésta no puede ser un escenario, porque de esta forma adjudicaríamos a los personajes el papel principal, desvirtuando la idea originaria para transformarla en una novela al uso.
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