Nubes en Júpiter, que son azotadas por viento a más de 650 km/h


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¿De dónde viene el Oro del Rin?


ABC.es

  • A raíz de hallazgo del supuesto tesoro de los nibelungos, la historiadora Rosa Sala reflexiona sobre lo que hay de real y de leyenda en torno a este codiciado icono de la cultura germánica
¿De dónde viene el Oro del Rin?

«El oro del Rin», lienzo de Hans Makart

Hagen, el asesino de Sigfrido, dejó caer el tesoro «junto al hoyo, en el Rin»: eso es todo lo que «El cantar de los nibelungos» nos cuenta sobre el fenomenal tesoro, aunque aún añade otro dato que todavía nos deslumbra: hicieron falta doce carretas yendo y viniendo durante cuatro días para acarrearlo.

En realidad el Rin siempre ha estado lleno de tesoros. Las tribus germánicas se aventuraban con frecuencia al otro lado de su frontera natural para saquear a sus vecinos romanos. Exquisitas vasijas finamente elaboradas por los mejores orfebres del Imperio eran aplastadas o partidas sin piedad para que pudieran repartirse el botín más fácilmente. Los bárbaros resultaban especialmente vulnerables cuando cruzaban el Rin en balsas sobrecargadas con el preciado metal, así que los romanos aprovechaban ese momento para contraatacar desde la orilla. El oro, naturalmente, iba a parar al río. Aun hoy los arqueólogos encuentran con relativa frecuencia muestras de estos históricos saqueos.

Posiblemente ése fuera el origen de la leyenda. Ni dragones, ni gigantes. Tan sólo un violento choque cultural y el impulso de la codicia. Pero eso no ha impedido que generaciones de alemanes soñaran y sueñen todavía con el fastuoso tesoro. Sobre todo a partir de 1755, cuando «El cantar de los nibelungos» fue redescubierto y convertido en epopeya nacional.

En una época en que Alemania era todavía una nación sin estado, fragmentada en cientos de territorios independientes, el tesoro del Rin se convirtió en un símbolo de la ansiada unificación que permanecía bajo las aguas en espera de un Sigfrido capaz de aniquilar al dragón que lo protegía. Pero la inevitable vinculación del oro con la codicia, defecto vinculado con el prejuicio antisemita, mancillaba este glorioso sentido simbólico. Richard Wagner, que le dedicó una ópera entera («El oro del Rin»), resolvió la paradoja haciendo que para su ingenuo héroe Sigfrido el tesoro solo significara «la voz de la naturaleza». Su enemigo Alberich, en cambio, lo deseaba para «apoderarse del mundo».

El nazismo terminaría afianzando esta perspectiva: el dragón que protege el tesoro no sería otro que Ahasvero, el judío errante. Podemos imaginarnos quién era, a sus ojos, el nuevo Sigfrido llamado a derrotarlo.