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  • Tal fue el éxito de la gesta del castellano que otros muchos después que él trataron de emularla. Es, de hecho, el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667

Las cuentas pendientes entre los Trastámara –una dinastía castellana nacida con la muerte de Pedro I El Cruel– y la Inglaterra del Príncipe Negro empujaron a que los españoles se involucraron en la Guerra de los 100 años de parte del bando francés. Las acciones militares de la incipiente armada castellana, entonces dirigida por Ambrosio Bocanegra, desembocaron en la victoria de La Rochella de 1372. Un éxito que demostraba que la flota inglesa no era ni mucho menos imbatible y que Castilla ambicionaba ser una potencia naval en el Atlántico. No obstante, la duda estaba en si la fortaleza castellana procedía de su almirante, el genovés Bocanegra, o era una realidad perdurable en el tiempo.

Castilla había llegado para quedarse por mucho tiempo en el Atlántico. La fábrica de marinos castellanos empezaba a echar humo. Fernando Sánchez de Tovar fue el primero de una larga lista de almirantes castellanos que desarrollarían de forma exitosa su carrera en el Atlántico. De Álvaro de Bazán a Damián Churruca…

Las primeras referencias a Sánchez de Tovar proceden de la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. El castellano participó en la expedición naval contra la Corona de Aragón de 1359 como capitán de una galera de Pedro I. Sin embargo, al igual que Ambrosio Bocanegra y su padre, cambió de bando a partir de 1366 para luchar junto al hermano bastardo del Rey, Enrique de Trastámara. El marino castellano entregó Calahorra como parte de su traición a Pedro, a lo que éste respondió matando a su hermano Juan Sánchez de Tovar. Y es que precisamente aquellos métodos brutales de actuar eran los que, con toda probabilidad, le habían empujado a pasarse al bando Trastámara.

El digno sucesor de Bocanegra

Con el ascenso al trono de Enrique de Trastámara tanto Bocanegra como Sánchez de Tovar fueron recompensados por sus buenos servicios y puestos al frente de la flota castellana enviada en ayuda de Francia en la Guerra de los 100 años. Así, mientras Bocanegra contaba su botín e identificaba a los ilustres prisioneros tomados en la batalla de La Rochella, entre ellos el yerno del Rey de Inglaterra; Fernando Sánchez de Tovar llevaba a cabo sus propias conquistas en los puertos ingleses del norte de Francia. Entre 1372 y 1373, Castilla y Francia se apoderaron de toda la costa entre Burdeos y Ouessant, dejando aisladas las posesiones británicas en el continente. Como recuerda Víctor San Juan en su libro «22 derrotas navales británicas» (Navalmil), en ese desastroso año para los ingleses «la única leve compensación de la Royal Navy será la captura de siete naos castellanos por el Conde de Salisbury en marzo».

A la muerte de Ambrosio de Bocanegra, Enrique II otorgó una carta de merced a Fernán Sánchez de Tovar con el oficio de Almirante Mayor de la Mar con fecha del 22 de septiembre de 1374. Junto a galeras portuguesas, aliadas con Castilla por el Tratado de Santarem, Sánchez de Tovar se dirigió en esas fechas al Canal de La Mancha. Su plan consistió en una expedición contra la isla de Wight y otros lugares del sur de Inglaterra, así como en una operación conjunta con el almirante francés Jean de Vienne en el sitio de Saint Saveurle-Vicompte. No es de extrañar, en tanto, que la sucesión de derrotas, la incapacidad por enfermedad del Príncipe Negro y la vejez de Eduardo III llevaran a Inglaterra a pedir una tregua en Brujas hacia el año 1375. El país estaba al borde del abismo.

Una tregua solo iba a servir a los ingleses para ganar tiempo. La debilidad del Rey inglés era algo que franceses y castellanos pretendían seguir explotando durante mucho tiempo. En el verano de 1377, el Almirante de Castilla y el de Francia unieron sus escuadras en Harfleur para saquear, una a una, las localidades de la costa sur británica. Empezando por Rye, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth, Plymouth… todas ellas saqueadas sin que presentaran apenas resistencia, a excepción de Rottingdean, defendida por el abad Lewes en una defensa desesperada e inútil.

Poco después, las galeras franco castellanas arrasaron la isla de Wight, Hastings y Poole, mientras se sucedían las muertes de Eduardo III y del Príncipe Negro y se hacía con las riendas del país la inestabilidad dinástica.

La gesta del Támesis

A principios de 1380, Fernando Sánchez de Tovar concentró en Sevilla 20 galeras para su plan más ambicioso. Franceses y castellanos a su mando se lanzaron ese verano hacia el corazón británico. Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, las galeras entraron a golpe de remo en agosto por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey. Una vez en el curso del Támesis avanzaron sin oposición para acabar desembarcando en Gravesend, sobre la ribera sur. Faltaban pocos kilómetros para avistar Londres, pero Sánchez de Tovar ya había logrado su objetivo de sembrar el pánico en la isla a base de incendios y asaltos.

Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, en agosto las galeras entraron a golpe de remo por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey

Tal fue el éxito de la gesta de Sánchez de Tovar que otros muchos después que él trataron de emularla. Sin ir más lejos, cuando Felipe II previó en 1588 que su «Felicísima Armada» se «diera la mano» con el Ejército de Flandes al mando de su sobrino Alejandro Farnesio (lo cual nunca ocurrió), uno de los siguientes pasos barajados era remontar el Támesis para conquistar Londres en un rápido golpe de mano. Asimismo, se considera esta penetración castellana el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667. Dos gestas que la historia ha tratado de forma muy distinta, ignorando al castellano en la mayoría de textos.En los siguientes años, Sánchez de Tovar cambió las aguas inglesas por las portuguesas. A la muerte de Enrique le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel». En su caso en Portugal.

En julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que anunciaba una acción angloportuguesa sobre Castilla para sustituir al Rey Trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». La operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se pasó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso. Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383.

Sánchez de Tovar participó junto a sus galeras en las operaciones militares en Portugal contra la rebelión –encabezada por el maestre de Avís– desencadenada tras la proclamación de Juan I y su esposa como reyes del país vecino. Las galeras castellanas llevaron en todo momento la iniciativa sobre los rebeldes, pero la aparición de la peste provocó cientos de muertes en las filas castellanas, entre ellas algunos de los más importantes nobles castellanos como Cabeza de Vaca, Juan Martínez de Rojas, Pedro Ruiz Sarmiento, Fernán Álvarez de Toledo y el propio Tovar. El marino castellano falleció en su nave capitana, «La San Juan de Arenas», y sus restos fueron trasladados hasta Sevilla.

Juan I recordaría su figura y su hazaña con gruesas palabras: «Ficieron guerra por la mar y entraron río Artemisa [el Támesis] hasta cerca de Londres, do galeas enemigas nunca entraron»


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  • Don Juan de Trastámara falleció por «exceso de amor» hacia su joven esposa, según las crónicas de la época. Aunque el esfuerzo físico pudo empeorar su estado, su salud nunca fue buena y la verdadera causa fue la tuberculosis
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Senado de España Cuadro «La Educación de Juan de Trastámara por parte de Isabel “la Católica”»

Carlos I creía, como muchos de sus contemporáneos, que el único hijo varón de los Reyes Católicos, Juan de Castilla y Aragón, había fallecido por una inmoderada actividad sexual con su joven esposa. Por ello, advertía a su hijo Felipe II, recién casado con su primera mujer, María Manuela de Portugal, que la actividad sexual para un joven «suele ser dañosa, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas, y muchas veces pone tanta flaqueza el hacer hijos y quita la vida como lo hizo con el Príncipe Juan, quien venía a heredar estos reinos».

Evidentemente, Su Majestad Cesárea se equivocaba. Juan de Trastámara no murió por desenfreno sexual o por «exceso de amor», que bajo ningún supuesto se puede calificar como una causa de muerte, sino por tuberculosis. El prematuro fallecimiento del heredero de los Reyes Católicos, que estaba destinado a unir en su corona los dos reinos peninsulares más extensos, condenó a la dinastía de los Trastámara, que habían gobernado en España desde hacía dos siglos, a la desaparición. Tras la muerte Isabel de Aragón –la hija mayor de los Reyes Católicos–, la sucesión de Castilla y posteriormente de Aragón quedó en manos de la conocida como Juana «la Loca» y su marido, el borgoñés Felipe «el Hermoso». Un suceso que supuso la inesperada llegada de los Habsburgo a España.

Juan de Castilla y Aragón nació el 30 de junio de 1478 en el Alcázar de Sevilla, donde los Reyes Católicos habían instalado su corte en el contexto de la Guerra de Sucesión Castellana. Aunque el matrimonio ya contaba con una hija, el nacimiento de un varón sano fue motivo de grandes celebraciones en la ciudad, entre ellas una justa en la que compitió el propio Rey Católico, y la lidia de ocho toros pagados por el cabildo catedralicio hispalense.

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Senado de España Representación del lustroso bautizo del Príncipe en Sevilla

Los Reyes Católicos establecieron para su hijo una Casa propia, es decir, una nómina de criados y consejeros puestos a su servicio. Se trataba de una medida inédita en la Península Ibérica y da cuenta de la importancia de un nacimiento que prometía completar el sueño medieval de unir los reinos hispánicos bajo una única corona. Así, la corte del Príncipe quedó fijada de forma permanente en el Palacio de los Mendoza de Almazán, villa cuyo señorío se concedió al Príncipe en el año 1496. Algunos de los más importantes nobles de Castilla y sus hijos custodiaron a Juan durante la infancia.

El heredero esperado por Castilla y Aragón

La educación humanista, muy del gusto en la época, fue orquestada por fray Diego de Deza, un dominico maestro en Teología en la Universidad de Salamanca. El fraile ejerció la figura medieval del sabio y piadoso consejero que tutelaba al Príncipe en los asuntos morales, mientras otros maestros se encargaban de adiestrarle en el uso de las armas. El resultado final debió ser satisfactorio y digno de admiración en las cortes europeas, ningún príncipe español en el pasado habían recibido una educación tan esmerada como él, hasta el extremo de que Carlos I estableció una organización semejante para el aprendizaje de Felipe de Habsburgo, el futuro Felipe II.

Desde su nacimiento, Juan de Aragón y Castilla asumió gran relevancia política. Con dos años fue investido con el título de Príncipe de Asturias, para legitimar su posición de heredero del reino castellano. A los cuatro años, juró como heredero de Aragón por los estamentos reunidos en las Cortes de Tarazona (1484). Y cuando contaba 17 años, los Reyes Católicos le incluyeron en el doble tratado matrimonial con el emperador de Alemania, Maximiliano de Habsburgo. Así, con la intención de aislar internacionalmente a Francia y alejar su influencia de las posesiones aragonesas en Italia, Juan y Juana, dos de los hijos de los Reyes Católicos, contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Felipe el Hermoso y Margarita de Austria. Para el trasporte de la Infanta Juana a Flandes y la llegada de Margarita a España, la flota castellana dispuso cerca de cien embarcaciones, al cuidado del Almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Cabrera, que partió en 1496 desde Laredo.

Después de la boda entre Juana y Felipe, la flota del Almirante Enríquez regresó en marzo de 1497 a costas cántabras, en concreto a Santander, donde tuvo lugar un aparatoso recibimiento a la Princesa Margarita. Si bien Juan era un príncipe bizarro y bien educado, Margarita no se quedaba atrás. Educada en la tradición germano-borgoñonesa y de una notable belleza, la Princesa acogió con gran entusiasmo el enlace, puesto que había permanecido hasta 1493 viviendo en Francia a la espera de cumplir la edad necesaria para casarse con el monarca francés Carlos VIII «el Cabezudo», que le sacaba casi diez años. Sin embargo, la enemistad franco-germana quebró la alianza, y Margarita, aún sin compartir tálamo nupcial con Carlos VIII, fue ofrecida como esposa al Príncipe español. Finalmente, su boda se celebró a primeros de abril de 1497 en Burgos.

Los cronistas afirman que en cuanto se conocieron los jóvenes quedaron «flechados» uno por el otro. Después de la boda, los recién casados y su séquito se trasladaron a Medina del Campo para pasar el verano, donde el Príncipe Juan enfermó de viruela, lo que obligó a guardar reposo a la comitiva hasta septiembre. Desde su pubertad, en efecto, el único hijo varón de los Reyes Católicos había dado muestras de tener una salud débil y enfermiza. Viruelas, resfriados y, en especial, unas extrañas fiebres parecidas a las que le causaron la muerte, posiblemente tuberculosis, le habían acompañado durante sus escasos diecinueve años de vida. Aprovechando una ligera mejoría en la salud del Príncipe, la corte se trasladó hacia Salamanca, donde la ciudad les obsequió con unas magníficas fiestas, celebradas en el palacio de su antiguo tutor fray Diego de Deza. A los pocos días, el Príncipe sufrió un ataque acompañado de violentas fiebres de las que nunca se recuperaría, y que a la postre fueron la causa de su fallecimiento, el 4 de octubre de 1497.

El desenfreno empeoró su salud, pero no lo mató

Solo seis meses después de la boda con la Princesa Margarita, Juan de Trastámara había caído muerto. Hubo quien quiso vincular ambos hechos. A juzgar por algún testimonio contemporáneo, se consideraba que el exceso de actividad sexual, motivado por los constantes y deseosos furores de su bella y joven esposa, habían impedido la recuperación de la salud del heredero de los Reyes Católicos. «Preso del amor de la doncella, nuestro joven Príncipe vuelve a estar demasiado pálido. Tanto los médicos como el Rey aconsejan a la Reina que, de cuando en cuando, aparte a Margarita del lado del Príncipe, que los separe y les conceda treguas, pretextando el peligro que la cópula tan frecuente constituye para el Príncipe», dejó escrito Pedro Mártir de Anglería, futuro Capellán de la Reina Isabel la Católica.

Aunque el exceso de esfuerzo físico pudo debilitar al Príncipe cuando trataba de recuperarse, la verdadera y principal causa de su muerte fue con toda probabilidad la tuberculosis. Unos meses después, su mujer Margarita dio a luz a una hija que murió en el parto. Tras estos acontecimientos, la hermana mayor de Juan, Isabel, fue nombrada Princesa de Asturias y de Gerona. Su muerte el siguiente año, a su vez, dejó la Corona en manos de Juana «la Loca». Incapacitada para reinar por su inestable salud mental, su marido Felipe I, su padre Fernando «el Católico» y su hijo Carlos I se encargaron de hacerlo en su nombre o encima de él hasta la muerte de la castellana.

Con la inesperada muerte del Príncipe Juan quedó sellado el final de la dinastía Trastámara en España. Pese a que Fernando «el Católico» intentó hasta sus últimos días –posiblemente a consecuencia de esos esfuerzos falleció– tener otro hijo varón con su segunda esposa, Germana de Foix, nunca lo consiguió. Por el contrario, el Rey dejó todas sus posesiones a su hija Juana, Reina de Castilla, que al encontrarse inhabilitada para reinar cedió la Corona de Aragón, incluidos sus reinos italianos y una parte de Navarra, a Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania

Juan de Trastámara fue sepultado en la capilla mayor de la catedral de Salamanca, aunque posteriormente los Reyes Católicos ordenaron el traslado del cadáver al convento abulenses de Santo Tomás. Las muestras de dolor y el sentimiento de oportunidad perdida invadieron la península durante un tiempo.

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