«En Trafalgar, el “Santísima Trinidad” disparaba una salva por cada tres británicas, así no había forma de ganar un combate»


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  • El capitán de navío en la reserva Marcelino González Fernández nos desvela los secretos del «Escorial de los mares», el buque insignia español en la contienda del 21 de octubre
 Imagen del Santísima Trinidad, un cautro puentes con 140 bocas de fuego - WIKIMEDIA

Imagen del Santísima Trinidad, un cautro puentes con 140 bocas de fuego – WIKIMEDIA

Un coloso con demasiado peso como para maniobrar de forma ágil en batalla y que atesoraba multitud de defectos de diseño. Así es como define el capitán de navío retirado Marcelino González Fernández (autor de «Navío Santísima Trinidad. Un coloso de su tiempo» -Editorial «La espada y la pluma») al «Santísima Trinidad», el buque insignia de la armada española durante el siglo XVIII. «Era un gigante con los pies de barro», explica el mayor experto en el también llamado «Escorial de los mares» a este diario. ¿La razón? Que, a pesar de que (tras su renovación) se convirtió en el mayor bajel de su tiempo al contar con cuatro cubiertas y 140 bocas de fuego, era sumamente lento y no logró ser determinante en ninguna batalla. Ni siquiera en la de Trafalgar (sucedida el 21 de octubre de 1805), donde la armada combinada fracoespañola hubiera necesitado de todo su ímpetu para vencer a Horatio Nelson,

¿Qué implicaba para la España del siglo XVIII y XVIII construir un navío como el Trinidad? ¿Su construcción se correspondía con la necesidad de nuestro país de contar con un buque colosal, o más bien era una muestra de capacidad militar con respecto al resto de países?

En realidad, al menos en principio, iba a ser un navío más. Eso sí, un navío de tres puentes, que eran las mejores máquinas de guerra a flote.

Fue una propuesta de Mateo Mullan, uno de los constructores de barcos que Jorge Juan había traído de Inglaterra a España, cuando el Marqués de la Ensenada lo envió a aquellas tierras para hacer espionaje industrial.

 Mullan fue destinado a la Habana, y allí construyó el barco, aunque murió al poco tiempo de empezarlo. El barco fue botado en 1769.
LA ESPADA Y LA PLUMA

Efectivamente, el «Santísima Trinidad» correspondía a las necesidades de la Armada. España tenía una Fuerza Naval muy poderosa, y para mantenerla tenía que construir nuevos barcos que sustituyeran a los viejos o a los que se perdían en combates y naufragios. Inglaterra y Francia también tenían Armadas poderosas y había que estar a la altura.

En cuanto a lo de colosal, en principio no era tan colosal; era un tres puentes muy grande, de unos 116 cañones (cuando lo máximo solía andar por 112 cañones) y 59,5 m de eslora. Lo que pasó fue que en posteriores reformas llegó a los cuatro puentes y 140 bocas de fuego, que hicieron de él un mastodonte.

-¿Considera su construcción defectuosa?

Si, fue defectuosa. Quizás fue porque con la temprana muerte de Mullan, la construcción corrió a cargo de su hijo y otras personas, que repartieron responsabilidades y seguramente no se entendieron bien. En el primer viaje de la Habana a Ferrol, ya se vio que tenía problemas de estabilidad.

-Sus primeros comandantes se quejaron de los problemas que tenía a la hora de combatir ¿Cuáles fueron las quejas más habituales sobre el Trinidad?

Sí se quejaron, sobre todo de los problemas de estabilidad que tuvo desde el principio. Con viento escoraba mucho, y metía la batería baja de sotavento en el agua, por lo que quedaba inutilizada. Sufrió varias reformas muy costosas, y nunca pudo solucionar este problema. Era como un gigante con los pies de barro.

¿Fue realmente un navío determinante en batalla?

Fue un barco muy lento y pesado, más que otros tres puentes, e hizo lo que pudo. No se puede decir que haya sido determinante, lo que ocurría es que por su tamaño impresionaba, y en los encuentros con los ingleses – en San Vicente (1797) o en Trafalgar (1805) -, iban todos contra él.

-¿Hubo alguna contienda en la que demostrase realmente su capacidad militar?

Tanto en San Vicente como en Trafalgar tuvo que sufrir un enorme castigo, porque recibió ataques simultáneos de varios barcos, y aguantó hasta donde pudo.

En San Vicente pudo llegar a puerto desmantelado, y cuando estaban pensando en desguazarlo o convertirlo en batería flotante, vieron que el cuerpo del casco estaba en muy buenas condiciones. Y es que sus costados eran de madera de teca de 60 (sesenta) centímetros de espesor (la envidia de cualquier ebanista de hoy en día); era como un acorazado.

En Trafalgar (21 de octubre de 1805) también aguantó, pero se hundió al mediodía del día 24, tres días después, debido a las «heridas» sufridas y al enorme temporal que se desató en la zona poco después del combate. Las bombas de achique no daban a basto, el barco estaba al garete muy tocado y embarcando mucha agua, y terminó yéndose al fondo.

-¿Cuál fue, a su juicio, el capitán que mejor conoció este buque y que más supo sacar de él en campaña?

Todos lo hicieron bien. Eran oficiales con muy buena preparación. Por supuesto, destacó su comandante en Trafalgar, el brigadier Francisco Javier Uriarte y Borja.

-¿Por qué le define como un gigante con los pies de barro?

Porque tras las últimas reformas quedó con cuatro puentes, un total de 140 bocas de fuego, y los palos trinquete y mayor más altos que al principio. Era un gigante. Pero era excesivamente pesado, muy lento, y con el aumento de pesos altos, al meterle un falso cuarto puente y mayor altura de palos, siguió teniendo los problemas de estabilidad del principio, puede que aumentados. Los ingleses no conocían sus problemas e intentaron apresarlo siempre que pudieron. Pero al final era realmente un gigante con pies de barro.

-¿Cree que combatió de forma honrosa en Trafalgar?

Sin lugar a dudas. Pero lo hizo con las grandes limitaciones ya citadas, unidas a la falta de adiestramiento de los marineros de su dotación. Muchos marineros, oyeron por primera vez el disparo de un cañón cuando el barco abrió fuego en pleno combate, y aún así lo hicieron todo lo bien que pudieron.

Pero por esta falta de adiestramiento, la eficacia de su fuego fue muy baja, y su ritmo de fuego fue muy lento: una salva española por dos, tres o cuatro británicas. Así no había forma de ganar un combate.

-¿Podía haber hecho más este buque, o sus oficiales, en la contienda del 21 de octubre de 1805?

No. Sus oficiales dieron lo mejor de sí mismos ya que tenían muy buena formación adquirida en la escuela de Guardiamarinas, y los suboficiales eran gente acostumbrada a la mar. Pero la mayor parte de la marinería era bisoña, sin adiestramiento ninguno. Y el barco salió a la mar después de un período de obras y sin haber efectuado adiestramiento de ningún tipo.

-Viendo conjuntamente sus actuaciones… ¿Fue un buque que sirvió bien a los intereses de España, o dio más quebraderos de cabeza a nuestro país que alegrías?

La verdad es que dio muchos quebraderos de cabeza, y fuera de su imponente imagen, que disuadía lo suyo, no hizo gran cosa. Se gastaron grandes cantidades del presupuesto para tratar de corregir sus defectos, sin conseguirlo. Muchos analistas llegaron a decir que hubiera sido mejor desguazarlo (había opiniones para todos los gustos).

-¿Estaba realmente a la altura del “Victory”, o este era mejor?

No, no lo estaba. Era más robusto, pero más pesado y mucho menos maniobrero. Y el «Victory» tenía muy alto nivel de adiestramiento.

Lo curioso es que el «Victory» era como una copia en grande del navío español «Princesa» del sistema Gaztañeta, que había sido apresado por los ingleses después de aguantar durante horas los ataque simultáneos de vario barcos. Lo estudiaron a fondo y muchas de sus peculiaridades las aplicaron en su Armada.

La gran mentira sobre Nelson, el almirante depresivo que «aplastó» a los españoles en Trafalgar


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  • A pesar de que la historia habla de él como un revolucionario de las técnicas militares, el británico no inventó la táctica que usó contra la armada combinada y era demasiado arrojado
  • Quieres saber mas de la “Batalla de Trafalgar

 

 Nelson, combatiendo en Trafalgar - Wikimedia

Nelson, combatiendo en Trafalgar – Wikimedia

 

Un hombre valiente, de un ingenio desconocido para la época y un arrojo encomiable. Nadie lo niega. Pero también un adúltero (se acostaba con la mujer de un famoso noble que le creía su amigo), un marino que fue derrotado en repetidas ocasiones por los españoles, y un soldado demasiado temerario al que no le importaba poner en riesgo una flota entera si así lograba doblegar al enemigo. Horatio Nelson es considerado a día de hoy como uno de los grandes hitos de la historia naval de Gran Bretaña. Para ello tuvo a su favor el haber salido vencedor de batallas aparentemente imposibles y, sobre todo, el haber muerto heroicamente en la contienda de Trafalgar luchando contra la flota franco española de Churruca y Lucas. Y todo eso, después de haber servido a sus compañeros la victoria en bandeja de plata. Sin embargo, tan cierto como estos datos es que su leyenda fue engrandecida por los cronistas ingleses quienes, ávidos de encumbrar a este almirante de la «Royal Navy», le dieron a conocer ante el mundo como un experto en humillar a los buques de su majestad católica.

Ahora, pocos días después de que se haya celebrado el aniversario de su victoria sobre la flota española en el Cabo San Vicente (acaecida el 14 de febrero de 1797), desde ABC nos hemos propuesto revisar las grandes batallas de este gran héroe británico. Un personaje cuyo entierro se celebró sin escatimar un céntimo y que se produjo después de que el marino falleciese combatiendo contra el navío de línea «Redoutable» de Jean Jacques Etienne Lucas -más conocido por medir menos de 1,50 metros de altura- en la batalla de Trafalgar. Los ingleses, en 1805, hicieron de su fallecimiento una heroicidad increíble afirmando que había tenido la valentía de dirigirse a la cabeza de una columna de navíos contra la formación enemiga. No obstante, y aunque su táctica resultó revolucionaria para la época, tampoco es mentira que su vanidad le hizo lanzarse el primero contra los aliados y no cubrirse -a pesar de ser todo un icono para sus paisanos- mientras sus hombres luchaban a sangre y cañón contra galos y españoles.

Primeros años y depresiones iniciales

Nuestro protagonista, cuarto hijo de Eduard Nelson (un conocido predicador) y Catalina Suchling, vino a este mundo el 23 de septiembre de 1758 en Burnham-Thorpe, un minúsculo pueblo ubicado en el condado de Norfolk (al oeste del país). Llamado Horatio en conmemoración del popular poeta romano, el futuro gran almirante inglés no se sintió nunca demasiado atraído por los estudios o por las artes, por lo que –después de haber terminado de aprender lo básico en la escuela de Norwich- entró en la marina de manos de su tío materno, un tal Suchling (según parece, los «enchufes» estaban a la orden del día en la «Royal Navy»). El calendario se había detenido por entonces en 1770, y su destino fue el navío de 64 cañones «Razzonable». Con todo, aquel primer trabajo era demasiado aburrido incluso para un nuevo grumete como Horatio, por lo que su familiar le acabó mandando a hacer las Indias Occidentales en un barco mercante.

«Volvió de allí en el mes de junio de 1772, y se unió otra vez en Chatan al Capitán Suchling, su tío, quien mandaba entonces el navío “Triunfo”, en donde le hizo instruir en el pilotage, trasbordándole unas veces a un paquebot o otras a una lancha que iba desde Chatan a Londres, y de Swin hasta Nort-Foreland», explica Juan López Cancelada (un periodista español contemporáneo de Nelson) en su obra «Vida del Vicealmirante Nelson», una traducción de las memorias del propio marino. Todo aquel viaje para arriba, y viaje para abajo, le valió al británico para ir curtiéndose en el manejo de las olas y en el manejo de un barco en costas peligrosas. Algunos historiadores, de hecho, se atreven a decir que Inglaterra le debe a estos trayectos el haber forjado a un marino de la pericia de Horatio.

Horatio Nelson
Horatio Nelson– Wikimedia

Su primera gran aventura la vivió pocos meses después, en 1773, año en que tuvo el honor de acompañar al capitán Phipps en un viaje a través del Polo Septentrional para hallar una ruta hacia el Norte de América. La decisión sorprendió soberanamente a su tío quien, cuando su sobrino entró en la marina, dijo lo siguiente de él: «¿Qué pecado habrá cometido Horace para que tenga que ingresar en la Marina? Lo mejor que le podrá pasar es que, cuando entre en combate, una bala de cañón le vuele la cabeza». Sus palabras no eran crueles, sino realistas, pues aquel niño era enjuto, extremadamente delgado y «debilucho». Con todo, el adolescente se hizo un hueco en la expedición. «En el momento más crítico del viage fue nombrado Comandante de un bote de cuatro remos para ir con 12 hombres a romper el hielo y reconocer las canoas», añade el experto español. Se dice, incluso, que mató un oso polar para enviar la piel a sus padres como regalo.

Con todo, hasta entonces Nelson solo había surcado las olas, pero no se había enfrentado a ningún enemigo borda con borda. Para eso hubo que esperar hasta meses después, en el momento en el que fue destinado al «Seahorse» en el Océano Índico. Sobre su cubierta entró en combate por primera vez y puso a prueba su entrenamiento. Para su suerte, mantuvo la cabeza sobre los hombros. Aunque poco después su penoso estado de salud (probablemente padeció malaria) provocó que tuviese que ser enviado de vuelta a casa. Se dice que en aquellos meses perdió tanto peso que, cuando llegó a las islas, tan solo era un saco de huesos andante (algo que, curiosamente, se repitió en varias ocasiones durante su vida debido a su precario estado de salud perpetuo). A su vez, y según explica la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial en su dossier «Enfermedades y muerte y Horatio Nelson», durante su recuperación sufrió una fuerte depresión de la que nunca terminaría de salir.

Nelson sufrió una depresión tras ser rechazado por la hija de un clérigo

Así lo denotan las palabras que él mismo escribió posteriormente en su diario: «Después de profundas meditaciones en las cuales deseé en más de una ocasión arrojarme por la borda, una racha súbita de patriotismo se encendió en mí y comprendí que pertenecía al Rey y a mi País. Mi mente se complació con la idea y exclamé: “Me parece muy bien, y con la ayuda de la Divina Providencia superaré todos los peligros hasta convertirme en un héroe”». Ese episodio se sucedió antes de recibir su nuevo destino el 24 de septiembre de 1776, cuando fue enviado al «Wolcester» bajo las órdenes del capitán Robinson. Según escribe el cronista español, nuestro protagonista se hizo tan conocido encima de aquel buque que el mismo Robinson solía afirmar que «estaba tan descansado quando Nelson entraba de quarto [hacía su guardia] como si entrase el más antiguo oficial que se hallaba a bordo de su navío».

En apenas dos años vivió dos ascensos. El primero, en 1777, cuando fue elevado a la categoría de teniente. El segundo, en 1779 (el 11 de julio), año en que –con apenas 20 primaveras- se convirtió en el capitán más joven de la «Royal Navy». En los meses posteriores se dedicó a luchar contra la piratería y el contrabando que asolaban las posesiones británicas en las Américas. Un trabajo que –según dicen las malas lenguas- le costó ser licenciado con media paga allá por 1787. Y es que, molestó al oficial equivocado señalándole que hacerse rico en contra de las normas de Su Graciosa Majestad iba en contra de la corona. Oficialmente, sin embargo, se dijo que le apartaban debido a que la paz había llegado a las aguas. Con todo, aquel no fue el único disgusto que tuvo que aguantar su «carcasa» (como solía llamar a su cuerpo) ya que, durante aquellos días, padeció nuevamente una severa depresión acompañada de tensión nerviosa y ansiedad al ser rechazado por la hija de un clérigo. Regresó a la marina allá por 1792, cuando se le dio el mando del «Agamemnon», de 64 cañones.

1º-San Vicente, la torpeza de Córdova le hace Vicealmirante

Si existe una batalla reseñable de entre las decenas que libró Horatio Nelson, esa es la del Cabo San Vicente. Y es que, en ella se ganó sus galones como Vicealmirante gracias a su valentía y arrojo. No obstante, tan cierto como la gallardía que mostró aquel día fue la ineptitud del almirante español –José de Córdova– y su mal planteamiento de la contienda que se avecinaba. Una estupidez que, a corto plazo, favoreció que Horatio obtuviese sus medallas. Para entender esta contienda es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo XVIII. Por entonces España se había convertido ya en la «Espagne» debido a que –más por obligación que por interés- había tenido que ponerse a las órdenes de la «France» para no ser invadida por sus militares. A su vez, nuestro país se había visto obligado a sumar a su lista de enemigos a Gran Bretaña, eterna contraria de los galos.

Deseoso de lucir bien ante sus nuevos «amos», Manuel Godoy (Manolito para los ciudadanos, valido de Carlos IV y, según se rumorea, amante oficial de la reina) ordenó a la flota hispana salir viento en popa, y todo lo demás, hacia el sur de Portugal. El objetivo era acabar con un convoy de apenas 10 navíos de guerra británicos (según le habían dicho sus espías) al mando de John Jervis, un almirante sesentón muy «british» él. Para asegurarse la victoria puso al mando al tal Córdova de 27 navíos de línea y otros tantos buques menores. Pero, vaya con el preferido de los reyes, prefirió que salieran zumbando (o navegando) antes que pertrecharse adecuadamente, por lo que los bajeles adolecían de tripulación, víveres y entrenamiento. Fuera por lo que fuese, el hispano llegó a aguas de Cartagena a finales de enero y, en los primeros días del mes siguiente, partió hacia el Cabo San Vicente, donde esperaba hallar a su enemigo.

El 14 de febrero, día de San Valentín, las flotas se encontraron entre una espesa bruma frente al Cabo San Vicente. Sin embargo, no fue en las condiciones que Córdava hubiese preferido, Y es que, cuando se divisó la primera vela inglesa, la armada hispana navegaba en tres vagas columnas con muchos huecos entre barco y barco (la primera, de cinco bajeles, en vanguardia; la segunda, de dos buques escorados que habían sido enviados a explorar y, finalmente, la última y principal formada por el resto). Esto era algo sumamente peligroso para los españoles, pues impedía concentrar el fuego a la hora de cañonear al enemigo y permitía que los contrarios metiesen hasta la cocina (entre los cascarones rojigualdos) sus propias máquinas de matar. ¿La razón de tan absurda maniobra? El mandamás hispano dejó libertad a sus hombres para moverse sin orden alguno pensando que, con tanta gente como llevaba, era imposible que perdiese la contienda.

Los «british» aprovecharon el error y formaron para dar hasta en la toldilla a los españoles. Mal empezaban las cosas para los nuestros. Y todo, por la torpeza de Córdova. Un hombre, por cierto, que –según parece- debió hacerse aguas mayores cuando vio el desorden que reinaba en su armada y que el enemigo se dirigía hacia ella, pues ordenó a voz en grito hacer virar a sus buques en redondo para cubrir los huecos que había entre navío y navío. Esta inesperada solución fue todavía peor, ya que –debido a la niebla- los cinco navíos ubicados en vanguardia no vieron las señales y se alejaron todavía más (si cabe) del grupo principal. Jervis se relamió y, sabedor de que tenía las de ganar con aquel caos reinando, puso proa hacia el centro de las dos columnas restantes. A las 11 de la mañana comenzó el cañoneo con la siguiente estampa: la mayoría de los navíos británicos enfrentándose a solo 6 españoles del grupo principal que habían conseguido unirse para resistir a los contrarios.

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Además de todos los fallos que ya había cometido, cuando comenzó la batalla Córdova no logró enviar órdenes concisas a sus capitanes, lo que provocó que muchos barcos se estorbasen. El «San José» y al «San Nicolás» (dos de ellos) llegaron incluso a embestirse, algo que fue aprovechado por Nelson para lanzarse al abordaje del segundo sin oposición y ganarse sus medallas sobre el «Captain». «Habiéndose enredado en aquella confusión, desmantelados ambos, y habiendo caído los aparejos y velas por el costado, delante de las baterías, tuvieron que suspender sus disparos para no incendiarse con ellos, y quedaron sin defensas. (…) En esta disposición abordó Nelson con el “Captain” al “San Nicolás”, entrando por popa», explica el historiador y marino Cesáreo Fernández Duro en su recopilación de las principales batallas navales españolas.

Nelson acabó entonces con los defensores del navío y usó este como plataforma para pasar al siguiente, el «San José», que estaba a su lado. «Rendido el bajel, sirvió de puente a los ingleses para pasar al inmediato “San José”, no desembarazado aún, y que no estaba tampoco en estado de prolongar la defensa. El general Winthuysen, mutilado en el combate de la Leocadía por una bala de cañón, acababa de ser despedazado por otra, y siete oficiales y 149 individuos de todas clases, muertos o heridos, henchían la cubierta», completa el español. Aquellos dos combates le valieron la victoria a Gran Bretaña, además del ascenso a Vicealmirante a Horatio.

2º-Aboukir, los errores franceses y la victoria inglesa

La segunda contienda que hizo que el apellido Nelson fuese reconocido en toda Inglaterra fue la acaecida en la bahía de Aboukir. Una batalla cuyo origen se remonta al 19 de mayo de 1798. Fue precisamente esa jornada cuando 32.300 hombres, 13 navíos de línea y más de 300 buques menores partieron del puerto de Tolón hacia Egipto comandados por el mismísimo Napoleón (entonces un prometedor general, pero aún no un Emperador). El objetivo de este gigantesco contingente era conquistar la tierra de los faraones y, una vez asentado en la región, tomar la India para fastidiar –cuanto más se pudiera mejor- la que era una de las colonias más prósperas de Gran Bretaña. Un plan que, sobre el papel, parecía impecable. Y es que, además de un gigantesco ejército, el «Pequeño corso» contaba con uno de los buques más grandes del mundo construidos hasta la fecha: el «L’Orient». Este coloso sumaba 120 cañones que podían disparar balas de hasta 15 kilos.

Sin embargo, Inglaterra no estaba dispuesta a permitir las correrías del enano francés, así que envió para contrarrestarle a su flota del Mediterráneo a las órdenes de un viejo conocido nuestro: Nelson. Este, armado con más paciencia que buques, se dedicó a buscar a la flota francesa para enviarla al fondo del mar pues, sin ella, Napoleón perdería el único enlace con su querida «France». «Durante semanas, la escuadra británica recorrió el Mediterráneo, tocando en posibles objetivos de desembarco, desde Siracusa hasta Morea», explica Julio Gil Pecharromán (Profesor de Historia Contemporánea de la UNED) en su dossier «Napoleón en Egipto. Sólo fue un sueño». Ola para arriba, ola para abajo –y mientras los «british» peinaban los mares- los galos llegaron a la costa egipcia a finales de junio y desembarcaron sus fuerzas en los tres principales puertos de la zona: Alejandría, Damietta y Rosetta.

Por su parte, y tras meses de búsqueda, Nelson recibió durante el verano noticias de que la flota gala se hallaba en Alejandría. Viento en popa dirigió sus barcos hacia allí y, ya sea gracias a la providencia o a la suerte, se topó de bruces con ella a finales de julio de 1798 en la bahía de Aboukir –al noroeste de la susodicha Alejandría-. La batalla estaba a punto de sucederse. «Nelson sabía que, sin su escuadra, el ejército expedicionario perdería todo contacto con la metrópoli y que ello comportaría en el fracaso de la estrategia oriental de Francia», añade el experto español en su dossier.

Al amanecer del 1 de agosto, los 13 navíos galos estaban anclados en el interior de la bahía de Abukir por orden de su almirante, François-Paul Brueys D’Aigalliers. La situación no era la idónea para mantener una contienda, pues Napoleón se había marchado tierra adentro con una buena parte de las tripulaciones de los navíos para reforzar sus fuerzas. Con todo, el mandamás gabacho había ideado un plan que consideraba perfecto para resistir cualquier posible ataque enemigo. «Brueys ordenó formar un semicírculo bastante regular, y nuestros 13 navíos formaban una línea semicircular paralela a la rivera», explica el cronista de la época Adolphe Thiers en su obra «Historia de la Revolución francesa». De esta forma, el marino lograba que uno de los lados de sus buques (el de babor, en este caso) no pudiese ser rodeado por los contrarios por estar protegido por la costa. A su vez, estableció que se echara el ancla para, así, evitar los bamboleos provocados por la marejada, los cuales solían derivar en errores fatales a la hora de apuntar.

¿Un plan infalible, verdad? Eso creía él. Sin embargo, la forma de llevarla a cabo, no. Y es que, el almirante francés cometió un error fatal al amarrar la flota, pues no lo hizo lo suficientemente cerca de la costa y dejó una gran área entre la playa y sus barcos. Un espacio en el que se podían «colar» los buques enemigos para rodear por ambas bandas a los «cascarones» franceses y atraparles entre dos fuegos. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando en que con eso va a ser suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014).

Para saber más: Así se hundió el «L’Orient» en Aboukir

Aquel imperdonable fallo le costó la batalla a los franceses pues, cuando Nelson hizo su aparición con su flota ese mismo día, se percató claramente de que, si envolvía a los navíos galos por su lado izquierdo en lugar de lanzarse contra ellos por el centro, lograría que dos de sus buques se enfrentasen únicamente a uno enemigo cada vez. Así lo hizo, y logró una victoria que fue sumamente aplaudida en su país al no perder ni un bajel y hacer estallar por los aires al «L’Orient». Sin embargo, autores como San Juan consideran que –aunque demostró gallardía y tenacidad en el ataque- simplemente se aprovechó de un error enemigo. «En Aboukir hizo algo de manual. Es cierto que Nelson les pasó por encima atenazándoles y solo dejó dos barcos vivos, pero venció más por errores franceses que por aciertos ingleses. Los franceses violaron las normas para combatir al ancla, y cuando el enemigo se dio cuenta ya era tarde. Se aprovechó de un error», completa.

Por otro lado, cabe destacar que Nelson sufrió en Aboukir un ataque de pánico después de que un proyectil le impactase en la cabeza, encima de su ojo bueno. De hecho, la herida fue de tales dimensiones que fue bajado –durante una buena parte de la contienda- a la enfermería para ser atendido. «Al conducir el ala que atacaba por fuera, resultó herido. Pero no era un cobarde, le bajaron para que le tratasen pensando que era una herida mortal, pero resultó que no le pasaba nada serio más allá de que era una herida muy fea, pero sufrió un ataque de pánico», destaca San Juan.

3º-Trafalgar, la mentira de la táctica revolucionaria y el falso mito

Si en el Cabo San Vicente comenzó a ser conocido y en Aboukir demostró sus dotes como estratega, en la batalla de Trafalgar fue en la que Nelson logró convertirse en una leyenda para Gran Bretaña. El origen de esta contienda se remonta a la alianza entre Napoleón Bonaparte (Emperador de Francia desde 1804) y Manuel Godoy (valido de Carlos IV) que España no tuvo más remedio que firmar a comienzos del S.XIX. Por entonces, la que antes era una pequeña obcecación del «Pequeño corso» -desembarcar con su ejército en las costas británicas para acabar con su Graciosa Majestad– se había convertido ya en toda una obsesión que pretendía llevar a cabo. Por ello, el «Empereur» había ordenado formar una flota combinada gala e hispana de 32 navíos (15 «rojigualdos» y 18 napoleónicos) con la que pretendía trasladar, a través del Canal de la Mancha, un gigantesco ejército desde el norte de Francia al sur de Gran Bretaña.

Pero el plan salió horriblemente mal, pues Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve (el almirante al mando de la flota combinada) se vio cercado por Nelson en octubre de 1805 cerca del Cabo Trafalgar (en aguas de Cádiz) por los 27 navíos de nuestro protagonista, Horatio Nelson, quien estaba dispuesto a saltarse el té para no ver su país convertido en «gabaché». Ambas flotas se enfrentaron a cañonazos el día 21 desde buena mañana. La armada combinada, como era habitual, formó una extensa línea con la que cañonear por una banda a los buques enemigos que se aceran hasta ella. La lógica decía que Nelson tendría que hacer lo mismo. Es decir, alinearse en paralelo con ella para, borda con borda, darse de «zurriagazos» hasta el acabose. Sin embargo, el marino inglés prefirió apostar por una estrategia más novedosa: dividió sus fuerzas en dos columnas y se dirigió en perpendicular hacia el enemigo.

La idea de Nelson –que se puso a la cabeza de una de las dos columnas sobre su «Victory»- era cortar la línea enemiga por el centro y, así, hacerse que sus buques se enfrentaran en superioridad numérica a los de la armada combinada. Era un plan similar al que había realizado en Aboukir. Sin embargo, comprendía muchos riesgos. Para empezar, llegar en perpendicular desde la banda implicaba recibir una ingente cantidad de cañonazos antes siquiera de poder estar cerca del contrario. Con todo –y en parte debido a la ineptitud del almirante francés- el destino jugó a su favor y la estrategia salió a pedir de boca, pues las dos hileras cumplieron su objetivo sin sufrir daños severos y terminaron aplastando a la flota hispano francesa.

Aquella estrategia le convirtió en toda una leyenda e hizo que muchos le definieran como un genio de la táctica. Sin embargo, la realidad es que, por mucho que los británicos le hayan hecho pasar a la Historia como un revolucionario, Nelson usó una idea que ya existía y habían utilizado otros tantos marinos antes que él y que se vio facilitado por la torpeza de su contrario, el almirante francés. «Es cierto que el plan era letal, pero Villeneuve se lo puso en bandeja. Además, el francés le contestó con una buena maniobra, la de virada por redondo, que le permitió salvar a un tercio de la armada combinada. Pero hay que tener en cuenta que Nelson había copiado esta táctica naval de otros oficiales: Duncan (que era mejor y más veterano que él) y Lord Hood en Tolón. Estos ya la habían utilizado con éxito anteriormente», explica San Juan en declaraciones a ABC.

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Por otro lado, el que Nelson muriese en Trafalgar debido a una bala de mosquete (la cual disparó un tirador desde la cofa del navío «Redoutable») permitió que fuese elevado a la categoría de héroe inglés. «La leyenda de Nelson se ha exagerado. Se le ha convertido en un elemento místico, pero no fue el almirante ingles de todos los tiempos. Quizá no esté ni siquiera entre los cinco principales. Sin embargo, todo ha colaborado para hacer que sea una leyenda: desde lo que cuentan los libros, hasta el lugar en el que fue enterrado y cómo. Los imperios necesitan mitos, y Gran Bretaña decidió que Nelson iba a ser su héroe nacional por una serie de casualidades. Tuvo suerte porque Inglaterra tiene otros grandes almirantes como Cunningham, que demostró ser mejor que él», completa el autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil).

Para el experto español, está claro además el por qué estuvo tan bien considerado en el siglo XVIII Nelson en la «Royal Navy». «Era un capitán combativo, y eso se premiaba y se consideraba mucho en la marina inglesa del siglo XVIII porque anteriormente adolecía de ellos. Se buscaban oficiales agresivos, y él era uno de ellos. También tuvo la suerte de que coincidió en el tiempo con almirantes de gran valía como Duncan o Jervis. Estos inventaron muchas tácticas que él pudo aprovechar y mejorar y que le ayudaron en su carrera. Además, llegó en una época en la que contaba con unos subordinados muy preparados y geniales. Si juntas todo esto con que era un niño prodigio y con que tuvo una muerte gloriosa y heroica, te sale como resultado un personaje con bastante valía y te permite crear un mito. Pero no podemos olvidar que tenía muchos defectos. Entre ellos, era poco reflexivo y se arriesgaba mucho. Cantidad de veces su barco acaba desarbolado porque era demasiado arrojado», finaliza.


 

Tres preguntas a José Luis Olaizola, autor de «De Numancia a Trafalgar. Victorias y derrotas de nuestra historia» (Booket)

1-¿Qué opinión le genera, más de 200 años después, Horatio Nelson?

Nelson fue un almirante que tuvo momentos brillantes, pero también protagonizó actuaciones catastróficas. Algunas de ellas son muy conocidas, como Cádiz o Santa Cruz de Tenerife. Además no tuvo demasiado éxito en su obsesión de cortar el comercio que existía entre las colonias y la Península. Lo curioso es que tuvo la enorme suerte de haber triunfado y muerto en la batalla de Trafalgar, lo que le convirtió en un hito.

2-¿Se ha engrandecido demasiado su mito?

Nelson era un buen marino. Sabía lo que se hacía. Pero la leyenda que se ha creado sobre él es excesiva. Era bastante peor marino que algunos capitanes españoles como Churruca pero, desde siempre, los anglosajones han sabido vender mejor a sus héroes. Nosotros hemos tenido marinos insignes como Juan Sebastián Elcano, que atravesaron mares y conquistaron regiones, pero no sabemos darlos a conocer. Nelson no se merece el excesivo heroísmo que le atribuyen ahora.

3-¿Sabemos en España dar a conocer a nuestros marinos más relevantes?

El problema de España es que no intentamos desarrollar nuestra propia historia. Tenemos cierto complejo de inferioridad en lo que se refiere a estos temas. Un ejemplo es que no ensalzamos a los marinos vascos del XVI y el XVII por temas políticos. Los ingleses y los americanos, por el contrario, han sabido dar a conocer a sus héroes durante la historia. Siempre han vendido bien su imagen.

 

Jorge Juan, espía y científico que pudo dar la victoria a España en Trafalgar


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  • El sabio español importó en secreto el sistema de construcción naval inglés, mejorándolo, y fue diplomático y agente para tres Monarcas. Pero cayó en desgracia por las intrigas
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Pintura de Clarkson Frederick Stanfield sobre la batalla de Trafalgar

Cada vez que uno piensa en Jorge Juan y Santacilia (1713-1773) no sabe si debe preferir a uno de los grandes militares de nuestra historia, que hizo posible el milagro naval español con los primeros Borbones. Su poderoso proyecto de flota habría evitado seguramente la derrota de España en Trafalgar, si él no hubiera caído en desgracia por intrigas cortesanas. O puede uno decantarse por admirar al “sabio español” -tal y como se le conocía en toda Europa por ser uno de los científicos más reputados del siglo de las Luces- sin cuyas observaciones el sistema métrico decimal no sería como lo conocemos hoy ni tendríamos el exacto conocimiento de la forma de la tierra.

Como James Bond

¿Cuántas vidas caben dentro de una vida? Porque también resulta apasionante reconocer en Jorge Juan a un James Bond al servicio de Su Majestad Española, un hombre capaz de revelar importantes secretos del enemigo, espiar y minar sus astilleros provocando una fuga de cerebros y manos expertas y, por supuesto, un caballero que supo enaltecer -mezcladas, no agitadas- las armas y las letras de su Rey en las mejores Academias de Ciencias de Europa, la francesa, la Royal Society británica o la Academia berlinesa.Todos ellos, y algunos más, son el verdadero Jorge Juan, un ilustrado que mañana, 5 de enero, cumpliría 300 años. El Museo Naval -donde se conservan su cuadrante y maquetas de sus construcciones- ha realizado estos días talleres infantiles sobre su figura con gran éxito. Jorge Juan nació en Novelda de la unión de dos familias ilustres: la de su padre, Bernardo Juan, que descendía de los condes de Peñalba, y la de su madre, Violante Santacilia, procedente de una hacendada familia ilicitana. Ambos se habían casado tras enviudar, en segundas nupcias.

A los 3 años, Jorge queda huérfano de padre, estudia con los jesuitas alicantinos y luego en Zaragoza. A los 12 años se le somete al meticuloso estudio de limpieza de sangre necesario para ingresar en la Orden de Malta, apoyado por su tío paterno Cipriano, caballero de esa orden. Profesa en Malta y recibe con 14 años su primer título: Comendador de Aliaga en Aragón. En Malta también debió “correr carabanas”, persiguiendo a los cárabos o galeotes moros, lo cual pudo ser el inicio de su vocación marinera. A los 16 regresa y pide el ingreso en la Real Compañía de Guardias Marinas.

Reserva de conocimiento

Y allí todo cambia. Felipe V había creado en esa escuela gaditana un verdadero centro de conocimiento, una reserva ilustrada donde se enseñaban los más modernos estudios de aquella hirviente época, sin descuidar las bellas artes. Un joven con el talento de Jorge Juan aprendió allí a amar la ciencia, cuando España era aún un país de grandes atrasos que desconfiaba del progreso, con el acecho siempre temible de la Inquisición, agitada por un infame casticismo que atacaba cualquier avance procedente del extranjero.Jorge Juan se asomó al universo a través del novedoso prisma de Newton y las explicaciones científicas de la mecánica celeste. Se graduó con 21 años, después de navegar tres años y participar en las campañas de Orán y en la escuadra que acompañó al futuro Carlos III para asumir el Trono de Nápoles. Entre sus maestros en el arte de navegar tuvo al bravo Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias en desigual combate contra una gran escuadra inglesa.

Empieza la acción

Entonces, en 1734, Felipe V recibe la solicitud de su primo Luis XV para que se permita a los inquietos académicos franceses viajar a Quito con el fin de medir un arco de Meridiano bajo el Ecuador y así obtener el valor de un grado terrestre. La empresa era vital por aquel entonces, puesto que, dominada la Latitud, fallaban los cálculos de Longitud, lo cual impedía una precisión científica tanto en la derrota de los barcos como en la cartografía. Jorge Juan iba a jugar un papel vital en la solución.

El Rey quería dos oficiales y eligieron dos pimpollos, Ulloa y Juan

Felipe V quiere facilitar la misión científica francesa pero siempre que las luces del siglo iluminasen también a la ciencia española. Por ello ordenó el 20 de agosto que dos de sus más hábiles oficiales acompañasen a los académicos franceses. Quería dos personas “en quienes concurrieran no sólo las condiciones de buena educación, indispensables para conservar amistosa y recíproca correspondencia con los académicos franceses, sino la instrucción necesaria para poder ejecutar todas las observaciones”. El Monarca animaba a competir para que estos enviados realizasen sus propios cálculos “con entera independencia de los que hicieran los extranjeros”.

Dicho y hecho. Pero en lugar de elegir a dos oficiales, la Marina puso al servicio de esta empresa a dos pimpollos, dos guardiamarinas, de 19 (Antonio de Ulloa) y 21 años (Jorge Juan). Ambos protagonizaron aquel viaje que cambiaría sus vidas y les uniría con una amistad indestructible.

Las misiones secretas para Felipe V

No tenían graduación militar así que hubo que ascenderles a tenientes de navío. Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, mientras que Ulloa sería el naturalista. Y además del objetivo científico del Meridiano, Su Majestad les encargó algunas otras misiones (históricas, descriptivas, cartográficas, botánicas y mineralógicas). Sin embargo, los dos cometidos más importantes eran secretos.

Critica la tiranía sobre los indios como Fray Bartolomé de las Casas

Lo que Felipe V quería era conocer de primera mano el estado real de sus pueblos de ultramar, la situación política y social que administraban sus enviados. Por otro lado quería tener bien vigilados a los académicos franceses para impedir que llevasen a París informaciones vitales que no debían caer en manos del Gobierno de París. En ambas cosas, Ulloa y Juan se emplearon a fondo con una liberalidad y madurez sorprendentes.

La dureza de la misión

La misión partió de Cádiz en 1735, y en ella viajaba, además, el marqués de Villagarcía, nuevo virrey del Perú. Les esperaban 9 años durísimos. Viajaron a Quito para realizar triangulaciones kilométricas que extendieron hasta Cuenca, la ciudad situada a casi 400 kilómetros al sur, y cuyos vértices frecuentemente se situaban en la cima de montañas que alcanzan los 5.000 metros.

Soportaron tormenas a 5.000 metros y los ataques del almirante Anson

Es difícil imaginar la complicación que el clima, la orografía y diversas vicisitudes supusieron para aquellos hombres. Divididos en dos grupos y conocidos por “los caballeros del punto fijo”, tuvieron incluso que abandonar sus trabajos en tres ocasiones y desplazarse a Guayaquil para solucionar cuestiones urgentes relativas a la defensa y fortificación de las costas y plazas del virreinato, entonces hostigado de continuo por el almirante inglés Anson.

Héroe contra la Inquisición y la tiranía

Es una maravilla asomarse hoy a los libros que escribieron. En el de Astronomía, Jorge Juan tuvo que enfrentarse al desagrado inquisitorial que desconfiaba de Copérnico y Galileo -no digamos de Newton- a esas alturas. Y lo hace con mucha inteligencia, demostrando que los avances científicos han permitido, entre otras cosas, la navegación y por tanto la evangelización de América, y que en Roma los prelados más cultivados -cita ejemplos con autoridad- han aceptado por entonces lo que la matemática demuestra y los necios inquisidores tildan aún de contrario a las Escrituras.

Hubo más libros, pero el más llamativo es el informe secreto sobre la administración americana. Emparentando con la visión de Bartolomé de las Casas, Jorge Juan constata sin piedad los abusos de encomenderos, corregidores, curas corruptos y gobernantes que hacen la vista gorda: “La tiranía que padecen los Indios nace de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias a los que van á gobernarlos”, dice Jorge Juan en una de sus frases más templadas.

El espía competente

¿Cómo logró tanta información? Supo escuchar y presionar a las personas adecuadas con datos, relacionarlos entre sí para extraer conclusiones rápidas y certeras, tanto sobre los abusos como sobre las violaciones de las leyes y el contrabando, aportando vías de solución. Con su informe, el Rey iba a tener buena cuenta de los desmanes en las extensas y lejanas provincias donde apenas llegaba comunicación oficial alguna que permitiera poner coto a los tributos injustos y cumplir la observancia de la ley, mientras las potencias extranjeras pugnaban por romper el monopolio comercial. Tiempo después los espías ingleses publicarán estos escritos en la pérfida Albión (también en español, para la propaganda), no como ejemplo de severa autocrítica sino como confirmación de la leyenda negra que han agitado interesadamente durante toda nuestra historia.

A su regreso ha muerto Felipe V y nadie les hace caso

A su regreso, Jorge Juan constata que, muerto Felipe V, a nadie le interesan sus misiones, mediciones o publicaciones. De hecho, los avispados académicos franceses apenas mencionaron la aportación española que fue vital para la instauración del valor del metro y el sistema métrico, que no podría haber nacido sin la ayuda de esa misión compartida (la “grandeur” se llevó una vez más toda la gloria). Además también aclaró con exactitud cuál era el meridiano que cimentaba el Tratado de Tordesillas que tantos conflictos había traído entre Portugal y España por la imprecisión de los cálculos.

El momento clave de una vida

En el trayecto de vuelta de este viaje se produce tal vez el momento de mayor lucidez de Jorge Juan. El acecho con peligro real de los corsarios a los barcos franceses y el apresamiento de la nave que traía a Ulloa, la “Deliverance”, hizo pensar y mucho al joven marino. Había visto una sociedad en descomposición en América, había reflexionado sobre la necesidad de fortalecer el imperio de la ley. Había visto la debilidad de los buques de factura francesa frente a los ingleses, más maniobrables y veloces. Había sufrido los ataques de Anson en las lejanas costas. Vio claramente que los dominios en América serían insostenibles con una creciente supremacía naval inglesa. ¿Qué hacer?

La experiencia le convenció de que la Armada debía ser la prioridad de España

A su llegada a España -antes le nombraron en París miembro correspondiente de la “Academie”-, la muerte de Felipe V le hundió en un mar de dudas. Pero el destino le tenía guardado el encuentro más relevante de su vida. Con el marqués de la Ensenada, alguien con las mismas preocupaciones y con quien daría un vuelco a la política naval.

Espía a Londres, en misión imposible

No todos los campos de batalla de la Historia de España fueron a cañonazos ni cuerpo a cuerpo. En 1748 una batalla decisiva, quizá la más importante, era de inteligencia. A través del marqués de la Ensenada, Jorge Juan hace llegar sus informes secretos al Rey, y Felipe VI los estudia con interés. Ensenada comprende todas las carencias de los viajes de Juan y Ulloa (que fue liberado con honores, como miembro de la Royal Society, tras demostrar el valor científico de su misión) y decide publicar todas sus obras.

El éxito de su espionaje industrial en Londres fue espectacular

Pero a Jorge Juan le reserva una misión imposible. Le envía a Londres, camuflado con el nombre de Mr. Josues, para importar los avances de construcción naval de los astilleros del Támesis y lograr expertos que quisieran hacer escuela en España. También le pide un montón de informaciones prácticas y tecnológicas que el embajador de entonces, poco hábil en asuntos secretos, llevaba años tratando de recabar. A Jorge Juan le bastó una semana para asomarse a los Astilleros y relatar lo que estaban construyendo. Allí, por cierto, conoce caballerosamente y comparte mesa y mantel con el almirante Anson y el ministro Redford, que poco tiempo después mandará a la policía darle caza por espía.

Sus envíos de información en cartas cifradas fueron tan numerosos, eficientes y enjundiosos que convencieron aún más a Ensenada de la necesidad de cambiar de política y centrar el esfuerzo en construir una flota poderosa y moderna. Jorge Juan intuyó, como él, que tarde o temprano se dirimiría contra la flota inglesa la supremacía de los mares y que sin un cambio en la Armada no habría América. Por ello se centró en recabar la más exacta información sobre la construcción naval, la división moderna de trabajo cualificado de los astilleros, copias pieza a pieza de diseños de barcos, investigaciones sobre el lacre, las primeras aplicaciones de máquinas de vapor para limpiar puertos y otros usos preindustriales. También informó de planes concretos de los ingleses para atacar América.

A punto de ser atrapado

Ensenada y Juan sabían que el sistema de construcción de los barcos españoles, el de Gaztañeta, estaba obsoleto. El gasto de madera era enorme, contra el eficiente sistema inglés y la calidad y resistencia de jarcias, velas y otros componentes no resistía comparación. Jorge Juan realizaría sus propias mejoras al sistema. Pero lo realmente novelesco fue su accidentada salida de la ciudad del Támesis, pues estuvo a punto de ser atrapado.

La policía, mandada por el ministro Bedford, le pisaba los talones

La policía pisaba los talones a los “espías españoles”, y alguno de sus contactos allí fue detenido. La operación la dirigía el propio ministro Bedford. Antes de escapar aún tuvo que vivir mil peripecias y planificar el viaje de decenas de importantes ingenieros navales y obreros cualificados a España con sus familias para trabajar para la Corona. Les convenció de que aquello no iba a poner en peligro la floreciente industria naval británica.

Los astilleros cambian

En junio de 1750 logra cruzar el Canal de incógnito en un barco, el Santa Ana de Santoña, y llega a París. A su vuelta, comprueba que en España trabajan ya cuatro de los mejores constructores ingleses, medio centenar de técnicos y decenas de obreros cualificados. Ensenada pone sobre sus hombros una montaña de responsabilidades para cambiar los Astilleros españoles y ganar por la mano a los ingleses. A todas les da cumplimiento con brillantez y audacia. Su carrera es imparable. Pero tantos honores levantaron las envidias de la corte y no faltó quien criticó esta política.

A su regreso los astilleros cambian: es un milagro naval

En 1752, el Rey le nombra director de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz. Allí terminará de experimentar todas sus teorías sobre la construcción naval sustentadas matemáticamente. Los resultados incluso impresionaron a los ingleses. Inspeccionaba desde la tala de árboles hasta la modernización de arsenales y astilleros, empezando por Cartagena.

Las intrigas triunfaron en el verano de 1754 y provocaron la caída y destierro del marques de la Ensenada, gracias al empeño del sagaz embajador británico en Madrid, Benjamin Keene, que tenía claro que debía hacer lo posible por acabar con el responsable de una política que solo podía perjudicar a su país. Lo triste es que lo lograra. El resto es conocido y desemboca en la creciente subordinación al francés, la Armada combinada y la derrota en Trafalgar, cuya convulsa consecuencia en América no tardariá en llegar.

Si su sistema hubiera seguido la Armada sería poderosa

Con el tiempo, sus ideas, y las de Jorge Juan, fueron desechadas. Se optó por el tipo de construcción naval francesa, sus ingenieros y sus sistemas, mucho más atrasados, pero defendidos con denuedo por los nuevos ministros y sobre todo por Julián de Arriaga, secretario de Marina.

Embajador y espía en Marruecos

Es imposible resumir todas las vertientes de una biografía como la de Jorge Juan. Su prestigio sobrevivió a su salida de la primera línea de la vida pública. Y de hecho Carlos III, el Rey que vino de Nápoles y tanto tuvo que ver con el florecimiento de las artes en España, le encargó una de las misiones más difíciles de su vida. La embajada a Marruecos, en plena madurez, que sentaría las bases de una relación complicada entre los dos reinos, gracias a que logró firmar un primer tratado de 19 artículos que no ignoraba ninguna de las ambiciones importantes de la Corona. Allí también recabó información secreta y relevante para el Monarca. Fue la última aventura de Jorge Juan, un hombre imprescindible durante aquellos tres reinados.

Última Carta al Rey

Tan solo unos días antes de morir, Jorge Juan realizó uno de los servicios más difíciles a su Rey. Sometido a la agonía a la que le llevaron sus cólicos biliares, escribió a Carlos III una carta sorprendente, cuyo original se conserva en la Real Academia de la Historia. En ella, llegado el punto de rendir su vida, advierte al Monarca de las grandes desgracias que acechan en el horizonte, sobre todo por distraer los esfuerzos debidos a la Armada, sin la cual, lo que era España en aquel momento estaba condenado a cambiar, a sus ojos.
Venció el metodo de Gautier que vino a sustituir al suyo. Y si Jorge Juan detestaba la obra del francés, se dice que Gautier, de la mano de Julián de Arriaga, hizo todo lo que pudo para destruir la obra del sabio español. El perfeccionamiento de las naves a fines del XVIII vendría gracias a Romero y Fernandez de Landa y Retamosa. Sea como fuere se perdió un tiempo precioso y además de la técnica, faltó la visión política del marqués de la Ensenada sobre lo vital que una gran Armada iba a resultar en un futuro inmediato.

General Álava: la increíble historia del vasco que batalló por España en Trafalgar y Waterloo


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  • Este vitoriano combatió junto al duque Wellington en la contienda que acabaría con las ideas expansionistas de Napoleón

Batalla de Vitoria (1813). Cuadro de Ferrer-Dalmau que muestra al General Álava junto al 15º de Húsares del Ejército británico junto al puente de Trespuentes

Un español, vitoriano vasco, tuvo el alto honor en la Historia Militar de batallar como oficial en las dos contiendas que marcarían el devenir de la Europa del siglo XIX: Trafalgar (1805) y Waterloo (1815). De las atlánticas aguas frente a las costas gaditanas, al «plateau» de Mont St. Jean de la Brabante valona. En medio, su liderazgo en plazas como Ciudad Rodrigo o Vitoria en la Guerra de Independencia que la nación española protagonizó contra el bonapartismo. En su haber, la profunda amistad que trabó con Sir Arthur Wellesley, Duque de Wellington.

Fue él. General Álava. Ni napoleones ni wellingtons: ni soldado alguno de sus huestes. Fue él, Miguel Ricardo de Álava y Esquivel (Vitoria, 1772-Barèges, Francia, 1843): capitán de corbeta y segundo comandante del tres puentes «Príncipe de Asturias» en Trafalgar (la batalla que ahogó el poder marítimo a la Francia napoleónica, «aliada» de España) y «mano derecha» del Duque de Wellington en la batalla que daría definitivamente con los huesos del «pequeño corso» en la lejana isla de Santa Elena.

El General Álava procedía de una familia noble y militar de toda la vida. Su tío era el insigne Ignacio María de Álava, segundo al mando de la Marina española en la batalla de Trafalgar donde comandó el «Santa Ana» y a la postre Capitán General de la Armada.

«Desde los seis años y durante once más recibió una educación no ya primorosa, sino inusitada para los tiempos que corrían, en el Real Seminario Bascongado de Vitoria; gracias a eso hablaba con gran corrección inglés y francés, así como dominaba las matemáticas y la física, todo lo cual le sería muy necesario para su prevista carrera de marino de guerra», explica el escritor Ildefonso Arenas con quien recorremos la figura de este militar y diplomático español. Arenas esboza su desconocida figura en «Álava en Waterloo» (Ed. Edhasa), novela histórica que será publicada a finales de este mes.

A los nueve años Miguel Ricardo de Álava ingresó como cadete en el regimiento de Infantería de Sevilla, el cual lo mandaba otro de sus tíos, José. Tras su paso por el Ejército, el entonces subteniente Álava, de 17 años, ingresó en la Marinaa la cual serviría (como sus tíos Luis e Ignacio) recibiendo su primer grado naval, el de guardiamarina.

Múltiples fueron las escaramuzas y batallas en las que participó el joven Álava contra Francia e Inglaterra, países que acosaban en el último tercio del siglo XVIII al viejo Imperio español. Ceuta, el sitio de Toulon e Italia fueron algunos de los escenarios donde sus navíos batallaron. Durante el lustro 1795-1800 se embarcaría junto a su querido tío Ignacio en una vuelta al mundo con Iberoamérica como principal punto de escalas, siendo apresado y posteriormente liberado por los ingleses en su rumbo de vuelta a España.

En 1805, el ya capitán de corbeta acudiría a la batalla de Trafalgar bajo las órdenes del mando de la flota española, Federico Gravina y Napoli. Eran momentos decisivos en una Europa que militarmente hablaba francés. «Su actuación durante la batalla fue sumamente distinguida, tanto que cabe atribuirle una parte significativa del mérito de salvar el buque de 112 cañones “Príncipe de Asturias” (pese a las 150 bajas registradas) y de que no fuera capturado por la fuerza de Sir Cuthbert Collingwood (el verdadero vencedor de Trafalgar). Esto se le reconoció como se reconocen los grandes méritos: dos semanas después fue ascendido a Capitán de Fragata; para los 33 años que tenía, todo un carrerón», recalca el escritor Ildefonso Arenas.

 

General Álava: la increíble historia del vasco que batalló por España en Trafalgar y Waterloo

Mapa inglés de la batalla de Trafalgar, 21 de octubre de 1805

Con la flota franco-española derrotada y el inglés victorioso, España se ve sumida tres años más tarde en una guerra de guerrillas contra el bonapartismo encarnado en la figura del hermano del Sire, José I Bonaparte. Es la Guerra de la Independencia, la Guerra del Francés, precisamente aquella contienda a la que muchos historiadores atribuyen como el origen de la nación española entendida hasta nuestros días en su denominación más popular. ¡Viva la Pepa!

Es en ese momento cuando este vasco alavés, ya retirado del servicio militar y aposentado en sus fincas de la provincia de Álava con el recuerdo del azul y sangre de Trafalgar en su mirada (era diputado «del Común» por su provincia, lo que hoy equivaldría a «defensor del pueblo»), regresa a la llamada del deber patrio… aunque en un principio parece aceptar a José I Bonaparte, llegando a ser incluso representante de la Marina de Guerra en la Junta que elaboró la Constitución de Bayona y que otorgó la Corona de España al hermano de Napoleón. Tampoco se opuso a la derogación de los históricos fueros vascos.

Parecía que las Juntas Generales de Álava aceptaban así a José I, pero finalmente no fue así. Es en este punto cuando Miguel de Álava parte clandestinamente hacia Madrid pare unirse al bando patriota. Calatayud, Tudela o Medellín fueron algunos de los escenarios que tuvieron a Álava en buena lid, bajos las órdenes del general Castaños y del Duque de Alburquerque.

Álava entró a las órdenes del Duque de Wellington… como traductor

A mediados de 1809, en esta guerra de guerrillas alguien pretende poner orden y concierto: el Duque de Wellington quien se halla en Portugal. Ahí es donde Álava cobra protagonismo para trasladarle las necesidades militares de los junteros. ¿El motivo? Muy simple: el idioma.

«Wellington vivía desesperado, porque no se entendía ni con la Junta de Extremadura, ni con la de Andalucía, ni con la Central, ni con las Cortes de Cádiz, ni con los comandantes de las divisiones españolas, ni con las innumerables partidas de guerrilleros. La principal razón de no entenderse era el idioma. Contaba como intérprete con un oficial irlandés de los Reales Ejércitos, O’Lawlor, que hablaba un castellano académico, pero con eso no bastaba para entenderse no ya con los abruptos acentos de sus nada cultos contrapartes, sino con la peculiar idiosincrasia de sus aliados españoles, los cuales, fieles a la filosofía nacional, iban cada uno a su bola», explica Ildefonso Arenas…Y en esto apareció Álava. Ya coronel.

Encuentro con Wellington

«A los dos días, como quien dice, Wellington apreció, asombrado, que allá donde participaba Álava cesaban los malentendidos, las grescas y las broncas, de modo que se quedó con él. Como además de hablar un exquisito inglés pertenecía a una clase social parecida a la suya (aristócratas de provincias no muy adinerados; sus modales y su educación, en consecuencia, eran similares), no tardaron en congeniar, de modo que no mucho después, hacia 1811, eran los mejores amigos del mundo. Una amistad que nunca se enfrió, pese a que Álava fue toda su vida un liberal convencido, mientras Wellington era un ultraconservador», destaca el autor de «Álava en Waterloo».

El Duque de Wellington eligió a Álava como su hombre de confianza para el sitio de Ciudad Rodrigo (1811). Más tarde proclamaría la Constitución de 1812 en Madrid. Herido en Dueñas, fue elegido diputado general de Álava. Participó en su tierra, Vitoria, en la batalla del 21 de junio de 1813 contra un José I que huía como alma que lleva el diablo .

El entonces mariscal Álava entró triunfante en su ciudad (en la plaza de la Virgen Blanca se recuerda su figura) evitando saqueos y desmanes para más tarde, siempre junto a Wellington, perseguir a los franceses más allá de los Pirineos. Fernando VII volvía a reinar en una nación que a partir de entonces empezaría a engendrar el mal llamado de «las dos Españas». Nada sería igual.

«Álava era un liberal convencido, pero no un exaltado defensor de la Pepa. De hecho, cuando en 1820 se rehabilitó la constitución Álava figuraba en el bando de los doceañistas (partidarios de aplicarla con sensatez y moderación), contrario a los veinteañistas (a cuyo lado los jacobinos de Robespierre habrían pasado por hermanitas de los pobres). Álava, que llegó a presidir las Cortes, jamás varió su postura en favor de la serenidad y la prudencia, lo cual le costó un par de exilios (además del principal, el de 1823 a 1833)».

Batalla de Waterloo

Pero volvamos al tablero de ajedrez que se había convertido la Europa de 1815. Napoléon había vuelto de su primer exilio en la isla de Elba y se propone restablecer la «grandeur» de Francia. Wellington requeriría de los servicios de Álava para la cita de Waterloo.

«A mediados de mayo de 1815 el Rey Fernando VII, a requerimiento de Wellington, ordenó a Álava, por entonces embajador en los Países Bajos con residencia en Bruselas, un par de cosas: (1), que le representase ante su exiliada majestad Luis XVIII, refugiado en Gante, y (2) que actuara como su comisionado (hoy se diría «agregado») en el Ejército del duque de Ciudad Rodrigo (Fernando VII siempre se refirió a Wellington como «duque de Ciudad Rodrigo»), cuyo nombre oficial era «Army of the Low Countries» y cuyo cuartel general también estaba en Bruselas. Álava, de hecho, llevaba haciendo eso mismo desde hace un mes, aunque por su cuenta y especulando con que Fernando VII acabaría por conceder lo que Wellington le pedía una y otra vez por medio del embajador en Madrid (su hermano Henry). Con eso Álava pasó a incorporarse de un modo oficial al reducido Estado Mayor de Wellington».

Aquí es de señalar que el ejército de Wellington difería bastante de los restantes ejércitos europeos, donde bajo el comandante supremo había un jefe de estado mayor y un intendente general. Wellington sólo tenía un intendente general («Quartermaster General»), que hasta el 1 de junio fue Sir Hudson Lowe (pasó a la historia como carcelero de Napoleón en Santa Elena) y desde ahí Sir William Howe de Lancey. «Ahora, si bien oficialmente no tenía un “jefe de estado mayor”, extraoficialmente sí que lo tenía: Don Miguel de Álava», aclara el escritor Ildefonso Arenas.

Álava fue el Nº 2 del ejército de Wellington

Hay multitud de documentación, en su mayoría británica, que señala la presencia de Álava junto a Wellington ya en la noche previa a la batalla (la del 17 al 18 de junio de 1815), así como durante la misma y, cuando todo acabó, cenando solos en la posada Jean de Nivelles, Waterloo.

«Álava estuvo todo el tiempo junto a Wellington (y junto a Álava el capitán español Nicolás de Miniussir, su “aide-de-camp”; pese a que llegó a ser Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos es otro gran desconocido de la historia), actuando como lo que de veras era hasta más o menos las cinco de la tarde; a esa hora De Lancey fue alcanzado por una bala de cañón y dejó de actuar como intendente general, pasando a ser sustituido por Álava. Aquí se debe tener en cuenta, por si alguien piensa que esto es una “licencia literaria”, que Wellington inició la batalla con un “staff”‘ compuesto de un intendente general (De Lancey), un secretario militar (Lord FitzRoy Somerset), ocho “aides-de-camp” (Gordon, Canning, Lord March, Percy, Fremantle, Hill, Cathcart y el Prinz Nassau-Usingen) y cuatro “agregados” (Álava por España, Müffling por Prusia, Pozzo di Borgo por Rusia y Vincent por Austria); al acabar sólo quedaban él, Álava, Müffling y dos aides-de-camp, Percy y Fremantle».

«Álava no sólo hizo de intendente general accidental por ser el de mayor capacidad y experiencia, sino porque no quedaba en el “staff” de Wellington ningún oficial de suficiente “seniority” para poder desempeñar la función (Álava era todo un teniente general de los Reales Ejércitos; su graduación era equivalente a la de un “full general” inglés, y en la línea de Wellington sólo había uno de ese rango, Sir Rowland Hill, el cual, tras caer el Prins van Oranje, mandaba los Army Corps I y II; de ningún modo habría podido actuar de Quartermaster General», detalla con toda la minuciosidad posible nuestro experto en Don Miguel de Álava.

Así pues, «durante la segunda mitad de la batalla Álava fue el Nº 2 del ejército de Wellington. Nadie discutió su autoridad. Todo el mundo le sabía muy vinculado a Wellington y, por otra parte, allí, en el plateau de Mont St Jean, no hizo nada que no hubiera hecho dos años antes, el día de Vitoria».

Distinguido en el Reino Unido

Posteriormete Miguel de Álava fue embajador en Francia (1815, 1835), diputado por Álava (1821), presidente de las Cortes (1822), embajador en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda (1834, 1838), senador (prócer) (1834, 1836), ministro de Marina (1835) y presidente del Consejo de Ministros (1835).

Entre sus múltiples condecoraciones y honores, Álava tuvo siempre a gala la de Caballero Comendador extraordinario de la Orden del Baño (10 de octubre de 1815), para premiar «mis servicios bajo las órdenes del Duque de Wellington durante la Guerra de España y también a mi conducta distinguida en la batalla de Waterloo». Aquella «Guerra de España» -la de Independencia, 1808-1814- en la que por una vez la nación llamada España se unió en una sola dirección.

4 preguntas para Ildefonso Arenas, autor de la novela «Álava en Waterloo»

E. VILLAREJO/M. P. VILLATORO
– La otra gran faceta del general Álava fue la de diplomático…
– Fue un maestro de la profesión. Embajador en el Reino de los Países Bajos, en Francia (dos veces) y en Inglaterra (dos veces). Siempre sin medios y sin dinero, y a pesar de todo consiguiendo resultados espectaculares para España sin más recursos que su inteligencia, su oficio y su fenomenal talento para las relaciones humanas. Si un solo ejemplo puede ilustrar su asombrosa profesionalidad fue el cierre del II Tratado de París (20-11-1815). En ese tratado se repartieron los 700 millones de francos que Francia pagaría como indemnización a la Séptima Coalición. Una coalición en la que España sólo aportó dos soldados, Álava y Miniussir (se alinearon 600.000). Pese a ello, y pese a que la representación española en la negociación del tratado estaba confiada al tristemente célebre Marqués de Labrador, el que tan lamentable papel desempeñó en el Congreso de Viena, Álava, a través de Wellington, consiguió levantar para España la octava suma por orden de importancia, 12,5 millones de francos (por delante de Baden y de Württemberg, que habían aportado 45.000 hombres entre las dos). Toda su vida fue un maestro inigualable en el divino arte de ir sin nada y llevarse la mano.
– ¿Qué importancia tiene el general Álava en la Historia de España?
– Hasta 1936 podría decirse que la tuvo, pero su fama de liberal ilustrado sospechoso de masón (nunca se demostró que lo fuera) le hizo quedar en la parte negra de la historia según ésta se interpretó durante la dictadura, y ahí sigue, para nuestra vergüenza.
– ¿Qué cualidades destacaría de su persona?
– Militar competente, valeroso y heroico, diplomático inigualable, parlamentario brillante, político honesto y de irreprochable rectitud personal, así como buen marido y aún mejor amigo. Además, y por si todo eso fuera poco, poseía un exquisito sentido del humor.
– Era vitoriano… ¿lo estudian hoy día en las ikastolas?
– Eso sí que no lo sé. Durante un tiempo de su vida fue Diputado General de Álava, y en su ciudad, Vitoria, se le venera por muy buenas razones (gracias a él los ingleses no la saquearon el 21 de junio de 1813, como pocas semanas después harían con San Sebastián), al punto que las dos únicas estatuas que le conozco están allí, en Vitoria, pero no estoy seguro de que todo eso sea mérito suficiente para ser estudiado en una ikastola. Quién sabe. Con suerte, podría ser que sí.