1809 – Batalla de Ocaña


La batalla de Ocaña fue un enfrentamiento militar de la Guerra de la Independencia Española. Tuvo lugar el 19 de noviembre de 1809 junto al municipio toledano de Ocaña. Enfrentó a un ejército francés de unos 40.000 infantes, 6.000 caballos y numerosa artillería al mando del Mariscal Soult con otro español de unos 51.869 hombres, de los cuales 5.766 eran de caballería, con 55 piezas de artillería al mando del general Aréizaga.

Plano de la Batalla de Ocaña

Preparación

Después de la batalla de Talavera, Francisco de Eguía sucedió al general Cuesta en el mando del Ejército de Extremadura. Cumpliendo las órdenes de la Junta Central, Eguía pasó a reunirse con el Ejército de La Mancha, que derrotado en la batalla de Almonacid se había instalado en Sierra Morena, sentando a finales de septiembre su Cuartel General en el municipio ciudarrealeño de Daimiel, donde tomó el mando. Situado el ejército inglés de lord Wellington en Portugal, Eguía sólo había dejado en Extremadura unos 12.000 hombres al mando del duque de Alburquerque.

El ejército formado por la Junta Central era el mejor y más fuerte que España había conseguido reunir tras el desastre de Tudela, gracias a los uniformes, las armas y el equipamiento enviados por los aliados británicos. Los efectivos con los que contaba el 3 de octubre eran 51.896 infantes, 5.766 caballos, 35 piezas de artillería y algunas compañías de zapadores.

En cuanto al ejército francés, ya concentrado de nuevo después de su victoria de Almonacid de Toledo, efectuó un movimiento ofensivo en dirección a Daimiel, por Villarrubia de los Ojos con el I Cuerpo al mando del mariscal Víctor, y por Villaharta a Manzanares con el IV Cuerpo del mariscal Sebastiani, lo que obligó de nuevo al Ejército de La Mancha a volver a su refugio de Sierra Morena. Este hecho disgustó en extremo a la Junta Central, que acariciaba la idea de arrojar al enemigo de Madrid, y el general Eguía fue destituido debido a su irresolución y conducta en extremo prudente, sucediéndole en el cargo el general Juan Carlos de Aréizaga, quien se había dado a conocer recientemente en la batalla de Alcañiz y se encontraba en Lérida, comisionado por el general Blake para preparar la resistencia de la ciudad a los ataques de los franceses de Aragón. Fue nombrado Jefe del ejército del Centro el 22 de octubre de 1809, tomando posesión al día siguiente.

Movimientos previos

El 3 de noviembre, Aréizaga se traslada con sus tropas pasando del Cuartel general a Santa Cruz de Mudela y el 7 de noviembre a Herencia. Las tropas de Aréizaga estaban organizadas en una vanguardia, siete divisiones de infantería y otra de caballería, mandadas respectivamente por los brigadieres Zayas, Luis Lacy, Gaspar de Vigodet, Pedro Agustín Girón, Francisco González Castejón; mariscales de campo Tomás de Zeraín y Pelegrin Jácome; brigadieres Francisco Cópons y mariscal de campo Manuel Freire, muy experto el último en el manejo de la caballería.

La caballería precedía al ejército para explorar el terreno, que se apresuraban a abandonar los jinetes imperiales franceses de Milhaud y París al ver la rapidez con que avanzaban los españoles. A pesar de ello, tuvieron lugar algunos combates, como sucedió en la Cuesta del Madero y a las mismas puertas de Ocaña, junto a cuya villa se encontraba ya reunido el 11 de noviembre todo el ejército español, habiéndola abandonado la noche anterior la brigada Milhaud y la división polaca del IV Cuerpo, que se replegaron hacia Aranjuez.

Aréizaga se dispuso el 14 de noviembre a efectuar el paso del Tajo, la División Lacy por Colmenar de Oreja y el resto del ejército por Villamanrique de Tajo, donde a uno y otro vado desplegaron los ingenieros españoles dos puentes de carros. Dicha operación se vio entorpecida por un temporal que duró tres días. Este inesperado contratiempo desconcertó a Aréizaga y desistió de ella, perdiendo un tiempo precioso, pues mientras él permanecía en Santa Cruz de la Zarza en la mayor indecisión, los franceses reunían en Aranjuez todas sus fuerzas al mando del rey José Bonaparte en persona, con el mariscal Soult: 40.000 infantes, 6.000 caballos y numerosa artillería que mandaba el general Sénarmont. Sin embargo, recelosos todavía los franceses y sin resolverse a tomar la ofensiva, dejaron que Aréizaga avanzase de nuevo a Ocaña el 18 de noviembre, donde hubo un choque de caballería en Ontígola, pudiendo el general español establecer allí tranquilamente sus tropas en la mañana del 19 de noviembre, al saber que los franceses habían al fin determinado atacarle.

Primeros ataques

El Ejército español formó en dos líneas a derecha e izquierda de Ocaña con la caballería en los flancos: el grupo mayor, mandado por el general Freire, a la derecha, un poco a retaguardia y el otro grupo al mando del coronel Ossorio. A las diez de la mañana rompieron el fuego las guerrillas de uno y otro ejército, dirigiéndose el mariscal Mortier con las divisiones polaca y alemana del IV Cuerpo, apoyadas por otra del V Cuerpo, contra la derecha y centro del ejército español, mientras la de Dessolles se presentaba al frente de Ocaña por la derecha de aquéllas y el general Sénarmont establecía casi toda la artillería de ambos cuerpos en una prominencia que dominaba perfectamente el campo de acción, quedando en reserva con la Guardia Real y las tropas restantes.

La caballería imperial francesa, puesta a las órdenes del general Sebastiani, dio un gran rodeo para practicar un movimiento envolvente sobre la derecha española, objetivo principal del ataque.

Comienza la batalla

La primera acometida de los soldados polacos fue rechazada por los españoles, que salieron a su encuentro y sólo pudieron ser contenidos en su avance por la artillería francesa, bajo cuya protección se rehizo de nuevo el frente polaco. El frente español reiteró el ataque con más energía y pese a los esfuerzos de su artillería fue empujada la línea española a retaguardia, teniendo al fin que efectuar un cambio de frente, ante la amenaza de la caballería de Sebastiani que se divisaba ya hacia su flanco. Dicho movimiento, difícil en circunstancias tan críticas, incluso para tropas veteranas, lo efectuaron las tropas españolas, unas en desorden, otras con el mayor aplomo y serenidad, sobre todo las de la 1.ª División, cuyo jefe, el brigadier Lacy, empuñando la bandera del regimiento de Burgos para alentar a los suyos, escarmentó a los que de cerca le acosaban, siendo herido el general francés Lewal, que perdió además uno de sus ayudantes. También fue gravemente herido, por la parte española, el marqués de Villacampo, ayudante de Lacy.

Viendo el mariscal Mortier que flaqueaba su primera línea, mandó a Girard que con su división (la 1.ª del V Cuerpo) marchase por los intervalos de aquélla contra los españoles, los cuales, observando que por su izquierda las tropas de Desolles estaban próximas a penetrar en Ocaña y que por su derecha la caballería española huía ante la gran masa de jinetes franceses dispuestos a la carga, cedieron al fin buscando el apoyo de la vanguardia.

Final de la batalla

Poco más tarde del mediodía, la caballería imperial francesa, dejando cortados en su rápido movimiento envolvente regimientos enteros, obligó al ejército español a rendir las armas. En las filas españolas, todo fue confusión y pánico, siendo impotentes los jefes y oficiales para contener la dispersión.

Zayas, recibiendo a cada instantes órdenes contradictorias, se mantuvo algún tiempo en su puesto, pero ocupada la villa de Ocaña por los soldados de Girard y de Desolles, tuvo también que retirarse, aunque lo hizo en buen orden, retrocediendo paso a paso hasta llegar a Dosbarrios, donde fue al fin envuelto en la derrota general. Tan sólo la división Vigodet pudo mantenerse unida y en formación ordenada gracias al ejemplo del regimiento de la Corona, cuyo Cuerpo, rodeado de franceses, juró ante su coronel José Luis de Lioni no separarse de sus oficiales, y salvar cinco piezas de artillería con sus carros de municiones, sirviendo aquella División de núcleo para que se le reuniesen algunos Cuerpos de las restantes y unos 200 caballos. Esta columna se dirigió a Yepes, más tarde a La Guardia, y hallando este pueblo ocupado por el enemigo a Turleque, en cuyo punto volvió a ponerse a las órdenes de su general en jefe, sin haber dejado en tan largo y tortuoso camino ni un hombre ni una pieza.

Aréizaga permaneció durante toda la batalla encaramado en una de las torres de Ocaña, atalayando el campo, pero sin dar disposición alguna ni dirigir la marcha del combate y después tomó el camino de Dosbarrios, La Guardia y Daimiel, donde el 20 de noviembre informó a la Junta Central de la catástrofe. Ésta fue espantosa, pues 4.000 hombres resultaron muertos o heridos, de 15.000 a 20.000 prisioneros y se perdieron 40 cañones, equipajes, víveres, etc., casi todo el material del ejército español. El regimiento de España perdió sus dos primeros jefes, 35 oficiales y 800 soldados entre muertos, heridos y prisioneros; el de Málaga las dos terceras partes de su fuerza, y así la mayor parte de los Cuerpos. A pesar del desastre y la derrota sufrida, Aréizaga recibió el agradecimiento de la Junta Central y compensaciones por los servicios prestados.

Anécdotas

  • Algunos Cuerpos, como el Batallón de Vélez-Málaga, se abrieron paso a la bayoneta por las calles de Ocaña; los batallones de Burgos y Chinchilla dieron también brillantes cargas.
  • La Compañía de granaderos de Bailén, de la que era capitán Francisco Zavala, consiguió, auxiliada por el ayudante Valentín de Torres y los subtenientes Manuel Sánchez y Pedro López, desembarrancar una batería y salvar a brazo las piezas.
  • El cabo Antonio Martín, de la Compañía de Voluntarios de Sevilla, viendo al subteniente abanderado herido y postrado en tierra, recogió de sus manos la bandera y, rodeándola a la cintura debajo del uniforme, la mantuvo oculta todo el tiempo que estuvo prisionero, hasta que, habiendo logrado fugarse, pudo presentarla el 31 de diciembre a su general en jefe en La Carolina. Fue recompensado con la subtenencia de la misma bandera (según Gaceta del 3 de abril de 1810).
  • El sargento de Córdoba, Andrés Quercó, al ver que el enemigo arrebataba una de las banderas del regimiento, pasó por entre las filas contrarias y llegando al punto donde estaba la bandera, se apoderó de ella dando muerte al que la empuñaba y se reunió después con su Cuerpo en Puertollano, ostentando su glorioso trofeo.
  • La tradición popular atribuyó escenas de gran valor y alta moral, si bien muy poco probables, como la del soldado de Málaga que al ser conducido al hospital a hombros de sus compañeros, pues había perdido ambas piernas por el impacto de un cañonazo, tiró al aire su chacó al ver a su regimiento y exclamando: ¡Esto no es nada, compañeros: viva Fernando VII!
  • En esta batalla participó el general chileno José Miguel Carrera Verdugo, uno de los próceres de la Independencia de Chile y actor importante del las Batallas entre unitarios y federales argentinos. Tras una serie de batallas en España donde demostró su valor, en Ocaña fue herido de una pierna, acción que le valió el ser condecorado con la “Cruz de Talavera” y el ser ascendido a Sargento Mayor del regimiento “Húsares de Galicia”.
Batalla de Ocaña
Guerra de la Independencia Española, dentro de las Guerras Napoleónicas
Fecha 19 de noviembre de 1809
Lugar Ocaña, España
Coordenadas 39°57′N 3°30′O (mapa)
Resultado Victoria francesa
Beligerantes
Primer Imperio francés Reino de España
Comandantes
Jean de Dieu Soult Juan Carlos de Aréizaga
Fuerzas en combate
50.000 hombres 40.000 infantes, 5.700 jinetes y 50 cañones
Bajas
2.000 muertos y heridos 1.800 muertos, 2.700 heridos, 17.000 prisioneros y 40 cañones capturados

Una bola de fuego cinco veces más brillante que la luna llena


El Mundo

  • Impacta un meteorito en Córdoba tras generar una espectacular luz en el cielo
  • Se trata de la cuarta vez en pocos días que se registra un fenómeno similar, aunque éste ha sido el más impactante

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Un meteorito impactó el miércoles en la provincia de Córdoba, tras generar una bola de fuego, la cuarta en pocos días que se ha registrado en la península ibérica y la más espectacular de todas, ya que ha sido cinco veces más brillante que la Luna llena y ha podido ser vista en gran parte de España.

La bola de fuego, que ha sido recogida por los detectores del complejo astronómico de La Hita (Toledo), se generó en la madrugada del pasado miércoles por el impacto contra la atmósfera de una roca procedente de un asteroide, que tenía una masa de unos 400 kilos y chocó a más de 60.000 kilómetros por hora.

Según ha indicado hoy en una nota de prensa el complejo astronómico de La Hita, el impacto se produjo hacia las 2:32 horas del miércoles y fue registrado por los detectores que tiene la Universidad de Huelva en estas instalaciones de La Puebla de Almoradiel (Toledo), así como en Sevilla, en el Observatorio del Arenosillo (Huelva), y en el observatorio de Calar Alto (Almería).

Los datos recogidos por los detectores han sido analizados por el profesor de la Universidad de Huelva José María Madiedo, que ha calculado el peso de la roca y la velocidad a la que se movía.

El brusco choque contra el aire elevó la temperatura de la roca hasta que ésta se volvió incandescente, dando lugar así a una bola de fuego en la que el material se fue desintegrando conforme perdía altitud.

Fue unas cinco veces más brillante que la Luna llena y su trayectoria en la atmósfera estuvo acompañada por varias explosiones, que alertaron a algunos testigos que pudieron ver cómo surcaba el cielo, especialmente en Andalucía.

Pero, a diferencia de las rocas que produjeron las bolas de fuego registradas en los días anteriores, en este caso una parte del material sí habría conseguido sobrevivir e impactar contra el suelo en forma de meteorito, según el complejo de La Hita.

Este meteorito ha caído en la provincia de Córdoba y tendría una masa de aproximadamente de un kilo, aunque Madiedo ha estimado que es probable que se haya roto en varios fragmentos antes de llegar al suelo.

Madievo es el principal investigador del proyecto SMART, cuya finalidad es vigilar continuamente el cielo con el fin de registrar el impacto contra la atmósfera terrestre de rocas procedentes de distintos lugares del Sistema Solar.

En este caso, el estudio de la órbita de la roca en el Sistema Solar ha revelado que provenía de un asteroide conocido como 2013DF, una roca del tamaño de un edificio de 15 plantas que se aproximó más de lo habitual a la Tierra el 27 de febrero de hace 3 años, en 2013.

Un escenario plausible es que, durante ese acercamiento, la roca que impactó el pasado día 24 sobre Andalucía se desprendiese de la superficie del 2013DF, siguiendo a partir de ese momento una órbita ligeramente diferente a la de su asteroide progenitor, que tres años después la habría llevado a colisionar contra nuestro planeta.

En este sentido, Madievo no descarta que en las próximas fechas puedan producirse más bolas de fuego muy brillantes.

De hecho, otro asteroide, con un tamaño similar al de un edificio de 10 plantas, el 2013TX68, se acercará el 5 de marzo a la Tierra hasta una distancia equivalente a tan sólo la veinticincoava parte de la distancia que separa a la Tierra de la Luna.

Si bien se ha descartado que este asteroide vaya a colisionar contra nuestro planeta, cabe la posibilidad de que pequeños fragmentos desprendidos de él con anterioridad, y que seguirían órbitas ligeramente diferentes, acaben cruzándose con la órbita de la Tierra y produzcan en la atmósfera estas bolas de fuego, ha apuntado el complejo astronómico de La Hita.

Últimos secretos y confidencias del Rey Católico al Gran Capitán


ABC.es

  • Dieciséis cartas inéditas entre Fernando de Aragón y Gonzalo Fernández de Córdoba, en la gran exposición que Toledo inaugurará la próxima semana
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Eran un Rey y su más leal vasallo, un gobernante inteligente y ambicioso y el más bravo e innovador de sus soldados (y los dos eran primos). Por eso las cartas que cruzaron Fernando de Aragón, el Rey Católico, y Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, son una de las más ricas fuentes para entender la complejidad del tablero europeo a finales del XV y principios del XVI. Viejos folios llenos de secretos, instrucciones y hasta párrafos donde se asoman los sentimientos y desvelos del Monarca. De aquellas campañas se conocen cientos de misivas, pero ahora se han hallado 16 cartas inéditas, conservadas por los duques de Maqueda, que se mostrarán en la gran exposición que dedicará el Museo del Ejército a su noble antepasado y que será inaugurada la próxima semana. El motivo es el quinto centenario de la muerte de Fernández de Córdoba, otra de las gigantescas figuras de la historia de España que nos hemos empeñado en olvidar durante décadas.

En una de las cartas, el Rey se desahoga con el Gran Capitán y le comenta la indignación que siente por el trato que el Archiduque otorga a su hija Juana, de la que comienzan a decir que está loca. Son palabras del Rey: «Que no se ha contentado con publicar por loca a la Reyna mi fija, su mujer, y enbiar acá sobre ello escrituras firmadas de su mano, e más he sabido que la tienen en Flandes como presa e fuera de toda su libertad. E que no consienten que la sirva ni vea ni hable ninguno de sus naturales, e que lo que come es por mano de flamencos, e así su vida no está sin mucho peligro, guárdela Dios, ya vos vedes que devo yo sentir de todo esto, e para con vos yo disimulo por no ponerla en más peligro fasta traerla, si a nuestro señor plugiere»

Para el coronel Jesús Anson, comisario de la exposición que abre sus puertas al público en el Alcázar de Toledo el próximo viernes, se trata de documentos importantísimos. «Estaban en el archivo familiar de los duques de Maqueda, muy bien guardadas. Y hay un conjunto de casi cuarenta misivas inéditas, de las que dieciséis están relacionadas con el Gran Capitán».

Fin de la guerra medieval

Preguntamos al coronel del Ejército de Tierra por el personaje: «Al Gran Capitán –nos confiesa– se le ha comparado con Alejandro Magno o con Escipión el Africano por la importancia de las campañas militares que desarrolló». Señala que «hablamos, sin duda, del que fue el primer jefe de una fuerza expedicionaria española. Hasta entonces no estaba España constituida, y fue la primera vez que una fuerza nacional, por mandato de los Reyes Católicos, salía fuera de España con un propósito concreto: recuperar el Reino de Nápoles».

Es verdad que el Gran Capitán ha tenido una reivindicación reciente para el gran público como parte del elenco de la serie «Isabel», en la que era interpretado por Sergio Peris Mencheta. Pero para hacerle justicia, insiste el coronel Anson, sería necesario subrayar que él acabó con las reglas del combate medieval, innovando en Nápoles. «Supo acabar con el poderío de la caballería pesada. El ejército francés era mucho más numeroso y tuvo que hacer grandes innovaciones. A parte de la infantería la dotó de picas para detener a la caballería pesada. Hizo determinante del uso del arcabuz, que por entonces no tenía mucha cadencia de fuego, pero sí penetraba en las corazas mejor que la ballesta. Aligeró la caballería y al resto de la infantería la infiltraba con una rodela y una espada ligera en las líneas enemigas causando mucho daño». Organizó las unidades en cuadros más pequeños y maniobrables, idea que daría paso a los tercios, el ejército que hizo posible el imperio.

Soldados de toda España

Había nacido un mito. Hay innumerables publicaciones extranjeras que se imprimieron sobre él. «Inglesas, francesas y sobre todo italianas, porque en Italia fue una figura legendaria, el primer caballero del Renacimento, un modelo que parte de las biografías que hicieron historiadores como el caballero florentino Francesco Guicciardini», recuerda Anson.

¿Y quién componía su ejército? Aquí se certifica lo que era España en el momento de convertirse en un Estado nación moderno: la mayoría de la fuerza expedicionaria procede de Castilla. Pero las tropas se enriquecen con soldados de toda España. Hay asturianos y gallegos (2.000) y un importante contingente de vizcaínos (como se llamaba a los vascos), capitanes legendarios como Juan de Lezcano o Pedro Navarro. ¿Y catalanes, ya que estamos en la Corona de Aragón? «No había muchos soldados catalanes –responde Anson–, pero la contribución de los mismos a la Armada fue muy importante, al mando de Bernardo Villamarín». Son datos de la historia, de plena actualidad.

¿Y por quién luchaban? No cabe duda de que lo hacían por esa nación recién formada que vivía por entonces además la fabulosa aventura americana. En una de las cartas inéditas, que van de 1495 a 1508 en su mayor parte, Fernando el Católico impulsa a que sus soldados, a los que llama así: españoles, se casen en Nápoles: «Otrosí, porque es de creer que en estas guerras havrán enbiudado muchas mugeres de todas suertes en el Reyno de Nápoles, y muchas de aquellas y otras que están por casar, es de pensar que havrán plazer de casarse con españoles, diréis al dicho nuestro visorey que deve procurar que se casen en aquel Reyno todos los más españoles que ser pudiere, de los peones y de todas suertes, y si hay algunos lugares despoblados que se hayan de poblar que se pueblen de españoles». Política de asimilación y mestizaje que los Reyes Católicos llevarían al Nuevo Mundo.

A veces, en su nombre, el Gran Capitán debía impartir justicia, como en el caso del traidor Alonso de San Severino: «En todo caso le faga luego degollar por justiçia por traidor si ya no fuere fecho, y que en esto no ponga dilaçión ni consulta alguna». Pero hay que decir que algunas cartas no han podido leerse. Guardaban secretos, y están tan bien cifradas que los siguen guardando, así que sólo los ojos del Rey y del Gran Capitán pudieron alguna vez leerlas.

Para el historiador José Enrique Ruiz Domenec, verdadero especialista en el Gran Capitán, estas cartas «tratan de la alta política y diplomacia que se lleva en Italia, en el Reino de Nápoles y muestran también algunas diferencias que el Rey y el Gran Capitán mantenían sobre algunos aspectos de carácter estratégico y administrativo». De hecho, confiesa a ABC que han corroborado alguna de las hipótesis que él mantenía en su libro, referencia sobre el Gran Capitán. En las cartas vemos distintas caligrafías, «incluso hay un manuscrito del Rey Fernando y alguna carta con la terrible letra de González de Córdoba, que es la típica letra endemoniada de los grandes de la época, hecha con rapidez y pluma de ave: es letra de médico».


Claves perdidas, cartas todavía sin descifrar

El bastardo insigne del Gran Duque de Alba que triunfó en la caballería de Flandes


ABC.es

  • El hijo ilegítimo del Fernando Álvarez de Toledo fue un digno heredero del genio militar de su padre y tomó partido tanto en la guerra de Flandes como en la conquista de Portugal. Su madre era una molinera de Aldehuela (Ávila)

    Patrimonio casa de alba Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

    Patrimonio casa de alba
    Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

En 1527, una humilde molinera de Aldehuela engendraba a un bebé varón en esta localidad abulense. Ni el padre ni la madre estaban casados, pero lo realmente excepcional era la identidad de él. Fernando Álvarez de Toledo, III Gran Duque de Alba, se permitió pocas quiebras en su vida íntima. La mayor de ellas fue el niño, Fernando de Toledo, que tuvo con una campesina antes de contraer matrimonio con María Enríquez de Toledo y Guzmán. Pese a la mancha que suponía para su familia y para su fama de hombre recto, el Gran Duque de Alba no dudó en reconocer a su hijo y en otorgarle el título de caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén.

Desde tiempos de Fernando el Católico, la Casa de Alba mantenía una fuerte vinculación con la Orden de San Juan de Jerusalén, también conocida como Orden de Malta. El prior Fernando de Toledo fue el portador de este reconocimiento en su generación, como representante de la orden en Castilla, y fue tratado, al menos en lo militar, como un hijo más del Gran Duque. Su juventud fue trazada por Lope de Vega en su comedia «Más mal hay en la Aldegüela de lo que suena», también conocida como «el Prior de Castilla», pero la mayoría de datos son más inventados que reales.

Tras una larga temporada asistiendo al Príncipe Felipe en el gobierno de la regencia, el Duque de Alba abandonó en 1545 la península ibérica para auxiliar al Emperador en su lucha contra los príncipes luteranos de Alemania, y lo hizo acompañado de su hijo. El joven condujo una compañía de caballeros lanzas en la batalla de Mühlberg, lo que fue la primera prueba de sus notables aptitudes militares. En 1554, don Fernando viajó a Inglaterra junto al Duque, en el séquito del Príncipe Felipe, que se dirigía a contraer matrimonio con María Tudor.

No en vano, la primera referencia importante al prior Fernando de Toledo fue en la campaña de Italia de 1555. Un destino envenenado, donde había sido enviado el Gran Duque de Alba por mediación del portugués Ruy Gómez de Silva –el máximo enemigo de la familia–, que pretendía ser la caída en desgracia de los Alba. Así y todo, el genio militar fue capaz de desarticular la alianza entre los rebeldes del Reino de Nápoles –perteneciente al Imperio español– el Rey de Francia y el Papa Paulo IV, que terminó con un cerco a Roma que desempolvó la amenaza a un nuevo saqueo como el acontecido en 1527. El 8 de diciembre de 1555, don Fernando fue nombrado capitán de 50 caballos en el ejército de Lombardía. Y un año después recibió el título de coronel de un tercio de infantería que se levantó en Castilla para reforzar las tropas del Duque en su campaña en Nápoles.

Pese al éxito de la campaña en Italia, el cambio generacional que supuso la retirada y muerte de Carlos I de España reforzó todavía más la influencia de Ruy Gómez de Silva en la siguiente década. No fue hasta 1565 cuando la complicada situación militar en los Países Bajos y en el Mediterráneo devolvió protagonismo a la familia Alba. Tras el fracasado intento por los turcos de conquistar la isla de Malta, sede de la orden Fernando de Toledo, Felipe II puso en marcha una serie de medidas para evitar que se repitiera una amenaza de aquella envergadura. El 18 de febrero de 1566 don Fernando recibió en Madrid el título de Capitán General para las tropas que Felipe II decidió mandar como refuerzo a La Goleta (Túnez). Durante el eficiente desempeño de este cargo, el prior demostró que, por formación y experiencia, estaba llamado a ser algo más que un mero bastardo con pretensiones de clarificar su sangre. De entre todos los hijos del Gran Duque, el ilegitimo fue siempre el más apto en lo militar y lo político.

La Guerra de Flandes: la tumba de la Casa de Toledo

En 1567, el Gran Duque de Alba fue destinado a Flandes para hacer frente a la inminente rebelión militar que los seguidores de Guillermo de Orange pretendían levantar contra el Imperio español. Ya en aquellas tierras, el prior Fernando ocupó su tiempo en la dirección genera de la caballería ligera (cinco compañías de caballos ligeros españoles, tres de italianos y dos de albaneses, más dos de arcabuceros montados). Como le había aleccionado su padre, el insigne bastardo demostró preocupación por el bienestar de sus hombres, pero también por el mantenimiento de la disciplina más férrea. La actuación de la caballería durante la campaña, pocas veces determinante en aquel periodo pero siempre necesaria, contribuyó a frustrar la doble invasión, una desde Alemania dirigida por Luis de Nassau y otra desde Francia a cargo de un grupo de hugonotes. «Con tanta reputación y autoridad de Vuestra Majestad cuanto en el mundo se podía desear», escribió el prior al Rey para informarle del devenir de la guerra.

Tras tres años de servicio militar, Felipe II asignó al hijo del Duque la misión de custodiar en 1570 el viaje de la sobrina del Rey y futura esposa, Anna de Austria, hasta Castilla. Descartada la ruta por Italia, el Monarca ordenó al Duque de Alba que la recibiera en Flandes y desde allí que su hijo tomara el mando de la expedición de 90 naves y 3.000 soldados valones, oficialmente para escoltar a la soberana, pero cuyo destino secreto era la guerra de Granada, todavía viva en aquel periodo. Después de poner en orden los asuntos de la Casa de Toledo y asistir a la boda del Rey en Segovia, el prior Fernando de Toledo acudió a la Corte para reclamar su recompensa por los servicios prestados. Su alejamiento de Flandes evitó que se viera afectado por una guerra que, por lo imposible de solucionarla solo por vías militares, arrastró al Duque y sus hombres, convertido en un villano por la propaganda holandesa, al abismo político.

En pleno enfrentamiento entre la Generalitat y la Inquisición, Fernando de Toledo fue nombrado virrey de Cataluña para apagar el incendio. Auque este virreinato era considerado el de mayor rango dentro de sus homólogos ibéricos, no alcanzaba el prestigio de los mandos italianos, y así se lo hizo ver al Rey el Duque de Alba con sus quejas. Así y todo, fue el virrey de Cataluña que más tiempo ocupó el cargo de todo el reinado de Felipe II, nueve largos años en los que tuvo que hacer frente a la presencia creciente de herejes, bandidos, contrabando y todos los problemas vinculados a la defensa de una frontera con el peligroso reino de Francia. Y como el historiador Santiago Fernández Conti recuerda en su obra «El prior Don Hernando de Toledo, capitán de Felipe II», incluso llegó a proponer en 1572 un plan de ataque para entrar en Francia y asediar Narbona, que fue cortésmente rechazado por el Rey. No obstante, la situación en Francia, donde se enfrentaban los católicos contra los hugonotes desde hacía varias décadas, aconsejaba dejar que se desangraran solos sin intervenir directamente.

Los últimos años del prior en Cataluña estuvieron marcados por su enfrentamiento con la nobleza local y por su falta de apoyos en la Corte, donde el Gran Duque de Alba había caído en desgracia por culpa del matrimonio secreto de su hijo heredero, Fadrique, sin el consentimiento real. Fadrique quedó confinado en el Castillo de la Mota y el Duque fue desterrado de la corte, por un período de un año. Pese a todas estas dificultades, el balance positivo de Fernando como virrey de Cataluña lo hizo merecedor de un nuevo cargo importante. Tras barajarse la posibilidad de mandarlo al frente del almirantazgo de Nápoles o de que ocupara una plaza en el Consejo de Estado, la llegada del cardenal Granvela a la Corte para ejercer de mano derecha del Rey, luego de la caída del intrigante Antonio Pérez, consiguió la salida del prior Fernando en dirección a la guerra de Portugal.

Portugal, la última carga junto a su padre

Cuando Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II años después. Y aunque el rey prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares. Para tan delicada tarea, y ante la insistencia de la nobleza castellana, Felipe II rehabilitó al Gran Duque de Alba, que se encontraba en Uceda (Guadalajara) desterrado de la Corte desde hace un año. A sus 72 años y encamado a causa de la gota, el Gran Duque de Alba se puso al frente de una operación relámpago que terminaría en menos de ocho meses y donde reclamó la presencia de su hijo Fernando. Por el camino, el veterano general recuperó su instinto guerrero y su celo en que las operaciones salieran sin la menor quiebra.

Mientras Sancho Dávila, otro de los hombres de confianza del duque en Flandes, era nombrado Maestre de Campo General, el veterano general reservó a su hijo el mando de los arcabuceros a caballo. La victoria sobre Portugal, donde la intervención del prior español se antojó clave, fue plena cuando la armada del Marqués de Santa Cruz se impuso en la batalla de las Islas Terceiras. Su licencia para volver a Madrid fue posiblemente la última concesión que don Fernando hubo de agradecerle a su ya moribundo padre. Tras asegurar la posición de Felipe II en Portugal, el III Duque de Alba falleció en Lisboa el 12 de diciembre de 1582. No en vano, el nuevo titular de casa, don Fadrique, cuyas relaciones con la Corona eran malas, mantenía también una relación fangosa con su hermanastro Fernando.

 ABC Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal


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Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal

«Mi voluntad es estar en la Corte y no apartarme de ella, si no fuese para tornar a ella», dejó escrito por aquellas fechas don Fernando. Por primera vez en su vida, el prior debía hacerse un hueco en la Corte sin la asistencia de su padre y, ante la pasividad de su hermano, le tocó ejercer de cabeza visible de la Casa de Toledo. No le fue bien en un primer momento, pese a su buena relación con Granvela y el secretario Mateo Vázquez. Desde 1583 a 1587, don Fernando estuvo lejos de la gracia real, sin oficio en la Corte, que era su máxima aspiración. Sin embargo, en marzo de 1587 recibió el preciado sillón del Consejo Real de Estado y Guerra. Representante de una generación que ya llegaba a su fin, Fernando ejerció un papel protagonista, aunque más técnico que el realizado por su padre, como principal y veterano asesor de Felipe II en materia militar. Curiosamente, a la muerte de Álvaro de Bazán en los preparativos de la conocida como «Armada invencible», el experimentado marinero Miguel de Oquendo propuso que fuera el prior el comandante de la Gran Armada. No obstante, esta propuesta no llegó a materializarse y fue el inexperto Duque de Medina-Sidonia quien llevó a la flota española al desastre.

Durante la flota enviada por los ingleses como contraataque ante el fracaso español, el prior fue nombrado capitán general del ejército que habría de repeler la invasión inglesa en Portugal, aunque no llegaría a trabar combate. La última ocasión que tuvo de comandar tropas tuvo lugar a raíz de la rebelión en Aragón que provocó el otrora secretario Pérez en su huida de las tropas de Felipe II en 1591. Pero lo hizo sin portar el mando genera de la contienda contra los rebeldes aragoneses. Éste lo recibió don Alonso de Vargas, para gran disgusto del prior, que se creía con más méritos para el puesto. Sin embargo, Don Fernando ni siquiera alcanzó a contemplar el resultado de la campaña aragonesa puesto que murió en Madrid a los 64 años.

El entierro del Señor de Orgaz casi tres siglos antes de El Greco


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  • Los asistentes al sepelio de Don Gonzalo Ruiz de Toledo en 1323 dijeron haber sido testigos de un hecho prodigioso
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abc Detalle de «El entierro del Conde de Orgaz» de El Greco

Casi trescientos años antes de que El Greco realizara su obra maestra, los toledanos ya acudían a visitar la capilla de la iglesia de Santo Tomé donde fue enterrado Don Gonzalo Ruiz de Toledo. El Señor de Orgaz, que no conde, «ya en vida era considerado como un santo», según señala Gerardo Ortega, párroco de esta iglesia toledana. Su vida y, sobre todo, la prodigiosa historia que contaron quienes asistieron a su entierro convirtieron a su tumba desde aquel mismo momento en lugar de veneración.

Notario mayor del reino de Castilla y alcalde de Toledo, «don Gonzalo nació algo después de 1250, durante los primeros años del reinado de Sancho IV, y a finales de este siglo ya ocupaba puestos de importancia en la Corte» que desempeñó hasta su muerte, según el perfil trazado por su descendiente, Gonzalo Crespí y Vallaura, en el pregón de las fiestas de la Villa de Orgaz en 2014. El actual conde de Orgaz subrayó entonces cómo a don Gonzalo «le tocó vivir una época muy confusa con dos reyes menores de edad, Fernando IV y Alfonso XI, cuyas regencias tuvo que ejercer doña María de Molina, respectivamente madre y abuela de esos mismos reyes». El señor de Orgaz fue ayo de Alfonso XI, un cargo «de enorme importancia y responsabilidad» ya que era encomendado a «alguien en cuya fidelidad y lealtad se pudiese confiar ciegamente», explicaba su descendiente.

El noble toledano fue además un gran bienhechor de la Iglesia. Fundó en 1311 el monasterio de San Esteban de los agustinos, donde hoy está el instituto Sefarad, y costeó la reparación de varias iglesias de la ciudad además de realizar obras de caridad como la fundación del hospital San Antón. Fue un hombre «preocupado por el culto a Dios y sensible ante las necesidades de los hombres», escribió Demetrio Fernández, anterior párroco de Santo Tomé, en su libro «Gonzalo Ruiz de Toledo, Señor de Orgaz».

Uno de los templos que reparó fue precisamente la iglesia de Santo Tomé, vinculada a la villa de Orgaz desde hacía siglos, y allí pidió ser enterrado a su muerte el 9 de diciembre de 1323, humildemente, en un rincón de la misma.

Crónica de Francisco de Pisa

Crónica de Francisco de Pisa

Según recogieron cronistas como Francisco de Pisa o Pedro Alcocer y cuenta Gregorio Ortega, durante la ceremonia «bajaron del cielo San Agustín y San Esteban y tomando el cuerpo en sus brazos, lo depositaron en el sepulcro diciendo: “Tal galardón recibe quien a Dios y a los santos sirve”, y la visión desapareció».

El noble dejó escrito que la Villa de Orgaz pagara a la iglesia de Santo Tomé una renta de dos carneros, 16 gallinas, dos cargas de leña, dos pellejos de vino y 800 maravedíes para celebrar con solemnidad la fiesta de Santo Tomás. El Concejo de Orgaz cumplió el mandato durante dos siglos y medio, pero cuando don Andrés Núñez se hizo cargo de la parroquia, en 1564, hacía un lustro que no se había pagado el donativo. «Era un hombre celoso de custodiar los bienes y llevó el caso a los tribunales, que le dieron la razón», continúa Ortega.

Con el dinero recaudado, Núñez amplió y renovó la capilla y encargó a Alvar Gómez de Castro una lápida en latín, la misma

Andrés Núñez

Andrés Núñez

en la que hoy se lee: «Aunque lleves prisa, detente un poco, caminante…». El párroco de Santo Tomé pidió además a uno de sus feligreses que pintara un cuadro que recordara por siempre el particular entierro del Señor de Orgaz. Este feligrés no era otro que Doménico Theotocópuli, conocido en el Toledo del siglo XIV como el Griego.

Apenas habían pasado veinte años del Concilio de Trento, por lo que hubo que obtener un permiso eclesiástico para realizar la obra. «El cardenal don Gaspar de Quiroga, con su aprobación, dio validez así de que lo que se contaba era un hecho», explica Ortega.

El Greco recibió el encargo en 1586. Debía atenerse a lo relatado en el epitafio del sepulcro de don Gonzalo, mostrando «una procesión de cómo el cura y los demás clérigos estaban haciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo … y bajaron San Agustín y San Esteban a enterrar el cuerpo de este caballero, el uno teniéndole de la cabeza y el otro de los pies, echándolo en la sepultura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando, y encima de todo esto se ha de hacer un cielo lleno de gloria». En el contrato se indicaba también que el cuadro debía ir «desde arriba del arco hasta abajo y todo se ha de pintar en lienzo hasta el epitafio que está en la dicha pared».

El Greco, junto al II conde de Orgaz

El Greco, junto al II conde de Orgaz

Así lo hizo el Greco, que anacrónicamente retrató entre los testigos del milagro a personajes del siglo XVI, entre ellos a sí mismo en la parte central junto a los protagonistas del lienzo y en la parte inferior izquierda a su hijo Jorge Manuel, con un pañuelo con la fecha de su nacimiento (1578). El impulsor, Andrés Núñez de Madrid, figura a la derecha de la composición, como el oficiante que lee y se cree que el rey Felipe II acompaña a los inmortales de la parte superior derecha.

El caballero de la orden de Santiago que muestra las manos, situado entre San Esteban y San Agustín, podría ser Juan Hurtado de Mendoza Rojas y Guzmán, segundo conde de Orgaz. Carlos I ascendió al señorío de Orgaz a condado en el año 1520, como premio a la fidelidad de don Álvaro Pérez de Guzmán y Mendoza.

El actual conde de Orgaz, don Gonzalo Crespí de Valldaura, mantiene el contacto con la iglesia de Santo Tomé y visita de vez en cuando la capilla de su antecesor. «Es una persona muy cercana a la iglesia de Santo Tomé y se honra de ser descendiente», apunta el párroco.

Para el heredero del Señorío de Orgaz, que ha sido presidente de la Orden de Malta y fundador de Ayuda en Acción, «Don Gonzalo fue sin discusión el más importante de quienes tuvieron el honor de ostentar el título de señor o, más adelante, el de conde de Orgaz». En su discurso en mayo de 2014 en Orgaz, señalaba que su proceso de beatificación se inició en varias ocasiones «y es una lástima que no se culminase tan merecido reconocimiento de sus méritos».

En el ya próximo 2023 se cumplirán siete siglos de la muerte del Señor de Orgaz, cuyos restos aún yacen en la iglesia de Santo Tomé. Las excavaciones realizadas en 2001 dieron con un sencillo sepulcro de granito y yeso con un esqueleto completo, con restos de ropa, guantes y un broche. Junto al Señor de Orgaz encontraron los restos mortales de otras once personas, que podrían ser su mujer, sus hijos y una persona muy próxima a la familia.

La tumba de don Gonzalo puede contemplarse hoy con la losa original, bajo el célebre cuadro por el que El Greco cobró 1.200 ducados en 1590, la cifra más alta pagada hasta entonces en España por un lienzo. Sólo en 2014, año del IV Centenario de la muerte de El Greco, la capilla fue visitada por 783.000 personas.

En la iglesia de Santo Tomé aseguran que «la figura de Don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, enterrado en esta Iglesia, y su espíritu de caridad y fe, siguen estando presente hoy día. Pues si hace casi siete siglos eran las rentas que encomendó en su testamento las que ayudaban a los más pobres de la ciudad, hoy día son los ingresos originados por la visita turística, los que sufragaban innumerables obras de caridad entre los más necesitados. Don Gonzalo sigue haciendo el bien».

De cómo La Cava llevó a la pérdida de España


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  • Un relato de origen incierto culpa a la obsesión del rey Don Rodrigo por una mujer de la derrota ante los musulmanes en Guadalete y el final del reino visigodo
De cómo La Cava llevó a la pérdida de España

wikimedia (amaianos) Torreón del Baño de la Cava (Toledo)

En un torreón junto al río Tajo, Toledo recuerda una de las más famosas leyendas de la historia de España, la de Florinda La Cava. Allí cuentan que don Rodrigo, último rey de los godos, vio bañarse a la bella hija del conde Don Julián y se dice que en lo alto de esta puerta de un antiguo puente de barcas se veía en noches de luna llena el espectro de la desdichada joven.

La Cava, llamada así por los árabes y cuyo nombre significa «mala mujer», había salido con sus doncellas por los jardines de su residencia y decidió darse un baño sin percatarse de que don Rodrigo la contemplaba. La visión de la bella joven «abrasóle» al monarca que, obsesionado con la muchacha, acabaría por forzarla. «Florinda perdió su flor, el rey padeció castigo», señala el Romancero Español que achaca a este ultraje el posterior desastre en la batalla de Guadalete y el fin del reino visigodo: «De la pérdida de España / fue aquí funesto principio».

«Ya desde el siglo X circula entre los escritores critianos asentados en zona mozárabe un relato de origen incierto que recoge como desencadenante de la invasión musulmana la violación de la hija del Conde Olián, gobernador de Tánger y Ceuta», señala Helena Establier Pérez en un estudio sobre la Leyenda de La Cava, recogido por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Este conde, al que la leyenda bautizó como Don Julián, envió a su hija a la Corte de Toledo para ser educada, según unas versiones (otras señalan que fue Don Rodrigo quien alejó al padre a territorio fronterizo para consumar con más libertad sus deseos). Cuentan que el rey godo padecía de sarna y que era la bella Florinda la encargada de limpiarle con un alfiler de oro. El caso es que la joven se convirtió en una obsesión para el monarca. En vano trató que Florinda le correspondiera y ante sus continuas negativas, acabó por violarla.

«Ella dice que hubo fuerza; él, que gusto compartido», señala el Romancero sin aclarar si hubo o no violación, algo que sí se señala en otras crónicas, como en «La verdadera historia del rey Don Rodrigo» (1589), de Miguel de Luna. Otras versiones señalan, en cambio, que fue la joven quien sedujo a Don Rodrigo y que éste logró «yacer con ella» bajo promesa de matrimonio, pero no cumplió lo prometido.

«La Cava», como la llama por primera vez Pedro del Corral en la Crónica Sarracina (1430), acabó contándole a su padre por carta su agravio o este se enteró por boca de otros, según quién lo cuente. Furioso, Don Julián, facilitó la entrada en la península de las tropas de Táriq ibn Ziyad, el general musulmán de Muza que en el verano de 711 venció a las huestes de Don Rodrigo en la batalla del río Guadalete.

¿Qué fue de Don Rodrigo?

De Don Rodrigo se ignora su suerte tras la contienda. Unos dicen que murió a manos de Táriq, otros que se ahogó en el Guadalete, pero nunca se encontró su cuerpo, lo que dio pie a más leyendas. Hay quien asegura que huyó a la actual Portugal, donde se convirtió en ermitaño, y que yace en Viseo. Una lápida supuestamente hallada en el lugar nombra a «Rudericus ultimus rex gothorum», según se recogió en la Primera Crónica de Alfonso X. El final más legendario lo recogen el romancero que cuenta que acabó sus días sepultado vivo con una culebra que le torturaba y le devoró el corazón. «Ya me come, ya me come, por do más pecado había, en derecho al corazón, fuente de mi gran desdicha».

A Don Julián la mayoría de los relatos lo citan muerto a manos de los musulmanes, que desconfiaban de un traidor, pero ¿qué fue de Florinda? Una leyenda dice que murió «loca de dolor y de vergüenza» en el torreón de Toledo, o ahogada junto a él en el Tajo, en el mismo paraje donde Don Rodrigo la viera desnuda.

El hijo del ultraje

En Pedroche cuentan, sin embargo, que tras la derrota en Guadalete, la hermosa Cava se refugió en un castillo de esta localidad cordobesa. Allí lloró junto a un pozo la pérdida del hijo que concibió de Don Rodrigo y que murió degollado por los invasores. Según la leyenda que recoge la web de Pedroche, encaramada sobre el brocal retorcido de la fuente que hoy lleva su nombre, maldijo su propio destino, arrojándose desesperada a sus aguas». Y también en Pedroche se dice que fue visto su fantasma.

De cómo La Cava llevó a la pérdida de España

web del ayuntamiento de pedroche Fuente de la Cava

A 229 kilómetros de este pueblo cordobés, en Torrejón el Rubio (Cáceres) una calle lleva el nombre de La Cava y existe un paraje llamado Huerto de la Cava donde cuentan que se levantaba un torreón que fue propiedad del conde Don Julián y donde se habría refugiado Florinda tras ser deshonrada. Allí dicen que su hijo permanece encantado y hace desaparecer a los muchachos que pasan allí de noche para reunir un ejército con el que reconquistar el reino de sus mayores.


El sustrato histórico

Buscando a los templarios en los Montes de Toledo


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  • En las localidades de San Martín de Montalbán, Navahermosa y Hontanar se puede rastrear las huellas de la Orden del Temple
Buscando a los templarios en los Montes de Toledo

JUAN GAVANCHA | Castillo de Montalbán

La constatación de la presencia templaria en la comarca de los Montes de Toledo nos viene dada por la documentación existente de la encomienda de Montalbán y las crónicas de las órdenes de Alcántara y Monfragüe, primeras en la repoblación del territorio delimitado por los ríos Cedena y Torcón durante el siglo XII.

La ruta, que la Asociación Cultural Montes de Toledo ha propuesto a ABC, puede iniciarse por el norte, desde Toledo, y por el sur, viajando desde Ciudad Real hasta el Puerto del Milagro y Las Ventas con Peña Aguilera. Si optamos por salir desde Talavera de la Reina, la referencia es el pueblo de Los Navalmorales.

Tanto si elegimos una u otra opción, el punto de partida es el municipio de San Martín de Montalbán, desde donde, por la carretera CM-4009 hacia la Puebla de Montalbán, nos desviaremos a la derecha para visitar la iglesia y complejo monacal de Melque. En este edificio, de origen visigodo, la Orden del Temple instaló un convento en 1197.

Volviendo a la CM-4009, frente a la carretera estrecha que dejamos, comienza un camino que nos lleva hacia el Castillo de Montalbán,cabeza de la encomienda templaria que comprendía un extenso territorio que, partiendo desde Cebolla, el castillo de Villalba y Ronda en el valle del Tajo, se prolongaba hasta los Montes de Toledo.

Cañón del Torcón

El Castillo de Montalbán, uno de los más grandes de España, ya existía cuando los templarios aparecen en el territorio que había sido ocupado por la Orden de Alcántara y Monfragüe. Cabe destacar sus majestuosas torres albarranas y el sistema defensivo. Impresionantes son también las vistas sobre el profundo cañón del río Torcón.

Dejamos el castillo y nos dirigimos nuevamente hacia San Martín de Montalbán, desde donde podemos practicar una ruta a pie de 3 kilómetros hasta el Puente Canasta, de origen romano, que comunicaba las posesiones de Montalbán en la cordillera y que salva profundos tajos que muestra el paisaje del entorno.

Continuamos el viaje en dirección a Navahermosa por la carretera CM-401. Llegados a esta población, deberemos salir de ella por detrás de la iglesia y recorrer 2 kilómetros por un camino compactado antes de llegar al Castillo de Dos Hermanas, enclavado en un paraje que tiene algo de mágico, tranquilo y espectacular.

Buscando a los templarios en los Montes de Toledo

ABC | Castillo de Dos Hermanas

En las cercanías de este paraje existió la aldea de Dos Hermanas, posiblemente fruto de la repoblación templaria y posteriormente, en el siglo XIII, se levantó el castillo con el fin de proteger la frontera sur de Montalbán. Desde esta población podemos optar por realizar una ruta a pie o continuar en automóvil hacia el municipio de Hontanar.

Una vez llegados a este pintoresco pueblecito rodeado de las montañas del macizo de Corral de los Cantos, podemos encaminarnos al despoblado de Malamoneda. El camino se hace a pie a partir del cruce de la carretera de Hontanar y Navas de Estena. Son aproximadamente 6 kilómetros por un camino jalonado de barrancos.

El caminante debe estar atento para tomar, a unos 4 kilómetros, un camino que se desvía a la izquierda entre algunas encinas y chaparros; dejando el principal, continuamos por ese otro, que por estos parajes, lo llaman «de la Torre», y llegaremos a un vallejo con una chopera. Al final del mismo divisaremos la Torre de Malamoneda con los restos del caserío de su antigua población. Al norte de la torre se extiende una necropólis tardorromana que continúa por el oeste y hacia el sur hallaremos las construcciones del antiguo despoblado.

Volviendo al camino principal junto a la torre, se cruzan restos de calles y casas de la primitiva Malamoneda, hasta llegar a un arroyuelo llamado Pasadero, afluente del río Cedena. Prosigue el camino entre las huertas donde estuvo el barrio de Buenamoneda, con la desaparecida iglesia y pequeño cenobio que fue templario.

Entre los campos de cultivo se levantan las ruinas de un antiguo recinto de origen impreciso, convertido en castillo durante la repoblación. El camino avanza hasta el río Cedena, que podemos vadearlo y seguir su curso hasta encontrarnos con una presa que, cruzándola, llega de nuevo a la Torre de Malamoneda. De vuelta a Hontanar, podemos dirigirnos a nuestro punto de partida por Navahermosa, dando por finalizada la ruta.

 

Jean Passini destapa el Toledo subterráneo


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  • El investigador francés ha descubierto en la Judería hasta 15 sótanos que albergaban sinagogas de judíos conversos

luna revenga Jean Passini en el sótano de la antigua casa de Samuel Ha Leví

luna revenga | Jean Passini en el sótano de la antigua casa de Samuel Ha Leví

El trabajo del investigador y arqueólogo francés Jean Passini está de actualidad estos días porque ha vuelto a sorprender a los toledanos con uno de sus hallazgos en la ciudad, y es que recientemente ha descubierto en el barrio de la Judería hasta 15 sótanos de casas que albergaban sinagogas donde los judíos conversos a partir del siglo XIV, a pesar de hacerse pasar por cristianos, seguían practicando su religión de manera oculta.

Jean Passini lleva 25 años trabajando como arqueólogo del urbanismo de Toledo y especialmente en casas de la Judería, donde se sitúa su último descubrimiento, al que ha llegado gracias a unos documentos medievales y a la crónica escrita por judíos que se marcharon a la isla de Creta (Grecia) en los siglos XV y XVI. Esta documentación le interesa porque «ofrece un conocimiento de Toledo en la época medieval para tener una planimetría del siglo XV y entender e interpretar el urbanismo judío e islámico».

Tal y como señala, se han descubierto 15 sótanos de este tipo en la Judería y estos datos recabados durante los diez últimos años pueden confrontarse ahora con la información dada por estos judíos. Esos documentos hablan de sótanos con sinagogas donde podían llegar a reunirse hasta 20 personas y su conclusión es que hay dos tipos de estos sótanos: cuando el patio es pequeño se hace con una cúpula octogonal y cuando es grande en forma de paraguas, es decir, una bóveda a partir de un pilar central.

Ejemplos de este tipo de sótanos se encuentran en la Casa de Samuel Ha Leví dos, en la Casa del Judío, dos en la calle de las Bulas, en la plaza de la Alacava, debajo del Museo del Tránsito y en la calle San Juan de Dios. «Investigar estos sótanos es en algunos casos muy complicado, ya que se encuentran en manos de propietarios privados», manifiesta.

Por lo que se refiere al caso concreto de los sótanos de la casa de Samuel Ha Leví, tesorero judío del rey Pedro I, gracias a la crónica de esos judíos huidos a Grecia se ha podido identificar su sinagoga y cuentan que la vivienda se vendió en 1377, durante el reinado de Enrique II de Castilla, y fue comprada por Gonzalo de Mendoza. Señala que la parcela está muy bien delimitada y llega a la antigua iglesia de san Benito, lo que hoy en día es la Sinagoga del Tránsito, justo hasta la calle que separa la casa del Marqués de Villena, que ha desaparecido en su totalidad. Todo ello, en una manzana que linda con los Baños del Zeid o del Ángel.

El investigador francés cuenta que todos estos elementos coinciden en una misma estructura subterránea que hay en esta zona de Toledo, donde existían palacios y casas principales hechas con una misma técnica basada en hacer una plataforma muy grande a partir de reunir cuatro casas sobre una pendiente. Este es el caso de la casa de Samuel Ha Leví, que se construye sobre una plataforma y con sótanos debajo, según los documentos y los restos analizados de los edificios, de las calles y de los portales. «Hasta ahora tenemos documentados el 60% de la planta y del cuerpo», afirma.

Bajo la Mezquita del Cristo de la Luz permanecía oculto un tesoro romano


Martes 10/07/07 23:21 EFE – El Mundo

Las excavaciones que actualmente se desarrollan en la Mezquita del Cristo de la Luz, en Toledo, han permitido descubrir una calzada romana, bajo la cual también discurre una cloaca de la misma época, según han explicado los responsables de la investigación arqueológica.

Las obras se iniciaron en abril de 2006 bajo las órdenes del arquitecto Francisco Jurado con el fin de resolver problemas de estabilidad y humedades en los cimientos de la mezquita, y, según se fue descubriendo el terreno, apareció una calzada monumental de cinco metros de ancho, formada por grandes losas de granito.

Bajo ella, los especialistas encontraron una cloaca también de época romana que, según los directores de las excavaciones, los arqueólogos Raúl Arribas y Arturo Ruiz, tiene una fábrica característica denominada ‘ opus caementicium ‘.

Los arqueólogos también han hallado que bajo el actual ábside medieval de la iglesia mudéjar hay un segundo ábside de mayor grosor y una cueva excavada en la roca , que forman parte de un edificio de época romana coetáneo a la calzada.

La mezquita pertenece a la parroquia de San Nicolás de Bari de la Archidiócesis de Toledo, y la financiación de las obras corre a cargo del Consorcio de la Ciudad, un organismo público en el que participan las administraciones central, autonómica y local.

La Mezquita del Cristo de la Luz es uno de los monumentos islámicos más antiguos de Toledo , datado del año 1000 gracias a la inscripción en árabe que aparece en una de sus fachadas.

Tras la toma pactada de Toledo por Alfonso VI, que entró acompañado del Cid Campeador , la mezquita fue ampliada y transformada en iglesia cristiana, convirtiéndose en uno de los primeros referentes de la arquitectura mudéjar.

La coordinación científica de las investigaciones arqueológicas corre a cargo de Ricardo Izquierdo, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Castilla-La Mancha.