Si amas a Venecia, amas a Tintoretto


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  • Apenas hay palacio, museo o iglesia que no acoja obras del artista, que nació, trabajó y murió en esta ciudad tan hermosa como irreal, que inspiró a uno de los pintores más originales e innovadores de la Historia del Arte

    ABC Sala Superior de la Scuola Grande di San Rocco, la Capilla Sixtina de la pintura veneciana

    ABC | Sala Superior de la Scuola Grande di San Rocco, la Capilla Sixtina de la pintura veneciana

En un pequeño pero exquisito libro, Paul Morand retrata todas las caras de la ciudad más bella e irreal del mundo. Lo tituló «Venecias». Y es que no hay una sola Venecia, sino muchas. Está la Venecia inundada de millones de turistas que toman a diario la Plaza de San Marcos, montan en góndola, como si se tratase de la atracción de un parque temático más; compran una máscara como souvenir… y de vuelta al barco. Pero, una vez que parten todos los cruceros, la Serenísima es otra bien distinta. Aparece una Venecia ensimismada, misteriosa, con mil rincones por descubrir. La Venecia donde vivió, trabajó y murió Tintoretto (1519-1594), uno de los pintores más fascinantes de la Historia del Arte, que conformó, junto a Tiziano y Veronés, la santísima trinidad del Cinquecento italiano. Está tan ligado a esta ciudad que dicen que, si amas a Venecia, amas a Tintoretto y, si la odias, lo odias también a él. Descubrimos sus paisajes venecianos.

Comenzamos nuestro recorrido en el sancta sanctorum de Tintoretto, la Scuola Grande di San Rocco, considerada, no sin razón, la Capilla Sixtina de la pintura veneciana. Es la mejor conservada de las seis grandes escuelas de la ciudad –asociaciones de carácter religioso, creadas para asistir a pobres y enfermos–. Para hacerse con este proyecto, el artista compitió con maestros de la talla de Veronés, Salviati, Schiavone y Zuccaro. Y no jugó limpio. En lugar de presentar a concurso los bocetos de su propuesta, lo que mostró fue el óvalo central del techo de la Sala dell’Albergo, dedicado a la glorificación de San Roque, ya acabado, instalado en su lugar y que además donó. Genio y figura. Según Miguel Falomir, especialista en pintura italiana del Renacimiento y hoy número dos del Prado, Tintoretto «reventó el mercado, hundiendo los precios con un márketing agresivo y pintando gratis. Sólo cobraba las comisiones».

La mejor pintura del mundo

SCUOLA GRANDE DI SAN ROCCO «Crucifixión», de Tintoretto. Detalle

SCUOLA GRANDE DI SAN ROCCO
«Crucifixión», de Tintoretto. Detalle

La Scuola Grande di San Rocco acoge 67 obras del artista, pintadas entre 1564 y 1588. En la planta superior se halla la citada Sala dell’Albergo, presidida por una espectacular «Crucifixión» (mide más de 5 metros de alto por 12 de ancho), la mejor pintura del mundo, según El Greco, su gran discípulo, y Rubens. Tintoretto tardó poco más de dos años en decorar esta estancia. La impresionante Sala Superior está decorada con escenas de la vida de Cristo (paredes) y del Antiguo Testamento (techo). La Sala Baja es la de mayor dramatismo, con pinturas como «La masacre de los inocentes», considerada «el «Guernica» de la pintura veneciana», o la «Anunciación» más original de la Historia del Arte, en la que el arcángel penetra literalmente por la arquitectura. También hay pinturas del artista en la iglesia de San Rocco, anexa a la Escuela.

Entre 1548 y 1563 Tintoretto pintó varios lienzos de gran tamaño con escenas de la vida de San Marcos. Algunos, realizados con su hijo Domenico, se hallan en la Scuola Grande di San Marco, patrón de la ciudad. Se casaría con Faustina Episcopi, hija del Guardián Grande de esta Escuela. Otros cuelgan en la Galería de la Academia, la principal pinacoteca de la ciudad, a la que muchos acuden para tratar de desentrañar los misterios de «La tempestad», de Giorgione.

GALERÍA DE LA ACADEMIA «El traslado del cuerpo de San Marcos», de Tintoretto

GALERÍA DE LA ACADEMIA
«El traslado del cuerpo de San Marcos», de Tintoretto

En las salas de la Academia podemos ver dos de las obras maestras absolutas de Tintoretto. Una de ellas es «San Marcos liberando al esclavo», conocido como «El milagro del esclavo», de 1548. Su audacia, la transgresión de las convenciones clásicas y su carácter provocador supusieron el punto de no retorno de la pintura veneciana. Junto a él se exhibe «El traslado del cuerpo de San Marcos», un cuadro extraño, con una atmósfera fantasmal.

Aunque el arte clásico sigue siendo el principal reclamo de Venecia, en los últimos años está apostando fuerte por el arte contemporáneo, al calor de su famosa Bienal. François Pinault es el nuevo Dux de Venecia. Tiene repartida su colección entre dos lugares emblemáticos de la ciudad: el Palazzo Grassi y la Punta della Dogana.

 Dos apodos para un pintor

ABC «Autorretrato», de Tintoretto

ABC | «Autorretrato», de Tintoretto

Pero volvamos tras los pasos de Tintoretto. Aunque su verdadero apellido es Comin, ha pasado a la Historia con uno de sus dos apodos: Tintoretto (era hijo de un tintorero de paños de seda). El otro es Robusti (cuentan que era bajito, pero fuerte y con mucho carácter). Nos dirigimos al Palacio Ducal, una de las señas de identidad de Venecia, junto a la Basílica y la Plaza de San Marcos. El edificio sufrió un espectacular incendio en 1577: se perdieron importantes obras de Tiziano, Giorgione, Bellini… En la Sala del Consejo Mayor, sobre el trono del Dux, había un gran lienzo de Guariento. Para decorar la pared más emblemática de Venecia y pintar el mayor lienzo del mundo (7 por 22 metros) se convocó un nuevo concurso, del que Tintoretto salió de nuevo victorioso. Aunque lo ganaron Veronés y Bassano, la muerte del primero facilitó que Tintoretto pintase finalmente «El Paraíso». El Museo Thyssen atesora uno de los dos bocetos del lienzo. El otro está en el Louvre. Además, hay obras suyas en otras estancias del palacio.

ABC | Casa de Tintoretto

ABC | Casa de Tintoretto

Las iglesias de Venecia merecen por sí solas un viaje a esta ciudad imposible. Son muchas las que cuentan con obra del pintor pero, si hay una vinculada estrechamente a Tintoretto, ésa es, sin duda, la de la Madonna dell’Orto, en el popular barrio de Cannaregio, fuera de las rutas turísticas de los turoperadores. Es la iglesia parroquial de Tintoretto. Vivía muy cerca, en una casa situada en el número 3 de Fundamento dei Mori (no se puede visitar, aunque es reconocible por la placa que hay en la fachada). A ambos lados del altar, dos gigantescas telas, de 14,5 metros de alto: «El Juicio Final» (su particular respuesta al de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina) y «La fabricación del becerro de oro». Otras obras suyas en el templo son «La presentación de la Virgen en el templo», «La aparición de la Cruz a San Pedro»… En una austera capilla a la derecha del altar está enterrado Tintoretto, donde apenas hay una sencilla lápida, un busto del artista y flores.

Puro cine

Una de las más bellas iglesias de Venecia es San Giorgio Maggiore, obra cumbre de la arquitectura de Palladio. En la capilla de los muertos cuelga «La deposición del cuerpo de Cristo», el último cuadro que pintó Tintoretto. Hacemos un alto en San Trovaso. En una de las capillas hay una insólita «Última Cena». La composición es cien por cien cinematográfica: escorzos forzados, espléndidos claroscuros… Aunque Tintoretto hizo más de media docena de obras con la misma temática, Falomir advierte que las dos mejores son ésta y la de San Marcuola. Hasta allí nos dirigimos para ver una «Última Cena» completamente distinta a la anterior. En ésta –firmada y fechada en el banco que hay en el centro del óleo– sigue más el modelo leonardesco; es más tradicional y comedida. Fue su primer encargo público. En la iglesia se exhibe frente a un «Lavatorio», que es una copia. El original está en el Prado: es una de las obras que mantiene agriamente enfrentados al museo y Patrimonio Nacional.

ABC Casa de Tintoretto

ABC
Casa de Tintoretto

Hasta 2007, cuando el Prado organizó una gran retrospectiva de Tintoretto, sólo se había celebrado una en toda la Historia. Fue en 1937 en Ca’Pesaro, uno de los palacios que jalonan el Gran Canal, hoy convertido en museo de arte moderno. Pero, si aún se quedan con ganas de ver más Tintorettos, los hay en Ca’ d’oro (uno de los palacios más bellos de Venecia, que alberga la colección de arte del barón Giorgio Franchetti, en la que se halla el «Retrato de Nicolo Priuli», de Tintoretto), la Biblioteca Nazionale Marciana y en muchas más iglesias: San Cassiano, Santa Maria del Giglio, Santa María del Carmine, San Zaccaria, San Benedetto, San Marziale, San Silvestro, San Polo… Todos los canales de Venecia conducen a Tintoretto.

Tiziano contra Tintoretto


El Mundo

  • Tiziano y Tintoretto vivieron una constante guerra de egos
Autorretratos de Tintoretto y Tiziano

Autorretratos de Tintoretto y Tiziano

“Es bueno, pero está claro que no es un Tiziano”. Durante un tiempo eso fue todo lo que escuchó decir Tintoretto de sus cuadros. Y pese a que Tiziano, el Maestro, como él solía llamarlo, trató de alejarlo tanto como pudo de su taller (al parecer y como creyó el propio Tintoretto toda su vida, para que no le hiciera sombra), el hijo del tintorero jamás le odió. De hecho, hizo todo lo contrario: venerarlo. De pequeño, más que cualquier otra cosa, habría querido ser aceptado en su estudio (temblaba de emoción cuando traspasó el umbral), pero Tiziano debió de olerse su ambición y lo hizo a un lado. Corría el año 1533. Tiziano había cumplido los 56 años, Tintoretto apenas alcanzaba los 16.

“Ese hombre lo tenía todo, era el faro del siglo, y sin embargo no soportaba ni la sombra de una hoja”. Melania G. Mazzucco pone en boca de Tintoretto una reflexión basada en años de estudio. La escritora italiana acaba de publicar ‘La larga espera del ángel’ (Anagrama), novela narrada por el mismísimo Tintoretto al final de sus días y que sirve de repaso a una vida marcada por la pobreza, la ambición y el amor desenfocado. Cuando tenía treinta y seis años se prometió a una niña de tres que apenas se llevaría ese tiempo con su propia hija (ilegítima), Marietta, la chica que vestiría como un chico y que se convertiría en el único orgullo del pintor.

Creía Tintoretto que Tiziano era inmenso. Y harto de escuchar una y otra vez que aquello que él pintaba parecía bueno pero que jamás sería un Tiziano, se dedicó a pintar Tizianos con sus propias manos. Alerta Mazzucco de que puede haber ‘tizianos’ dando vueltas por el mundo que sean en realidad ‘tintorettos’. Mientras, el Maestro se dedicaba a despreciarle. Ponía en contra a sus protectores y los obligaba a renegar de él. Habló mal de él a los poetas y los escritores de la época, que lo tachaban de mero artesano del pincel. Decía que su obra era “fácil y negligente”. Y cuando le preguntaban por la nueva generación, esa a la que había ensombrecido su gigantesca sombra, decía que “el arte en Venecia estaba en decadencia y que ninguno de los nuevos era digno de sus padres”. En ocasiones se propuso para hacer el mismo cuadro que ya había sido encargado a Tintoretto, y si alguien le preguntaba por él, fingía no recordar su nombre. Lo llamaba ‘Tintorello’.

De hecho, se cree que fue el propio Tiziano y su corte de admiradores y aprendices quienes decidieron que Jacomo Robusti jamás sería conocido por su propio nombre sino como el hijo del Tintorero. Por eso, Jacomo esperó con paciencia su muerte, porque creía que “la guerra la gana no el que gana una batlla sino el que vive una día más que su enemigo”. Sólo con su muerte, Tintoretto consiguió entrar en el Palacio Ducal y dejar de pintar para la pequeña burguesía, aquella a la que había regalado sus cuadros pensando más en su fama (y en los futuros encargos) que en el dinero. Tintoretto nunca pensó en el dinero, Tiziano no podía pensar en otra cosa.

Reconocido entre sus contemporáneos como “el sol entre las estrellas”, Tiziano, hijo de un distinguido concejal y militar, tuvo una vida fácil. Se trasladó a Venecia porque quería pintar, aunque en su familia nadie antes lo había hecho. Una vez allí ingresó en el taller de Sebastiano Zuccato, donde se formó la primera generación de la Escuela de Venecia, a las órdenes de Giovanni Bellini. Y Bellini fue la sombra que oscurecía el futuro del Maestro hasta que desapareció (en 1516). Entonces quedaban aún dos años para que naciera Tintoretto, que, al contrario que Tiziano, tuvo una vida bastante complicada. Para empezar, era el mayor de 21 hermanos. Vivió en la estrechez económica hasta el último de sus días (de hecho, dejó a su mujer, la niña a la que se había prometido, y a sus nueve hijos, en la ruina), fiel a sus principios, dio lo poco que tenía a quienes no eran tan afortunados como él, que se contentaba con pintar en una habitación sin ventanas y con dormir en un colchón en el suelo.

“A Tintoretto siempre le gustaron los desafíos, se crió como autodidacta cuando descubrió que no podía ser discípulo de Tiziano. Se formó con pintores menores y desde las altas esferas siempre se le reprochó esa parte artesanal”, cuenta Mazzucco. “Le consideraban un plebeyo y nadie lo quería en palacio. Se limitaba a hacer cuadros para los pescadores, que le pagaban muy poco”, asegura la escritora, y añade: “De hecho, cuando murió Tiziano y el Palacio Ducal le hizo su primer encargo, Tintoretto se lo pasó a su hijo, como una forma de desprecio”. Cuando finalmente se le abrieron las puertas de la Gran Venecia “igualmente tuvo una relación ambigua con el poder” porque “él siempre prefería ayudar a los pobres que pintar para los ricos”, concluye la escritora.