Torre de Newport de Terranova


Esta torre de Newport anteriormente se creía que era el parque Turo, en Rhode Island, existe una construcción que era un enigma para los americanos, divididos en dos grupos : para unos fuel el primer molino de viento de los colonos que desembarcaron en aquella región en el siglo XV (11); para otros fue una iglesia vikinga de los siglos XII o XIII y de allí una abundante literatura sobre aquella “torre” de Newport y variadas controversias que duran hace más de un siglo. Creemos haber aportado la solución a este enigma y así es como en la revista Plañote, no 8 (1963), luego en el Meilleur de Plañote (1966) una página doble coloca frente a la “Torre” de Newport y la foto de una iglesia bretona de construcción similar. Se hizo una investigación de este suceso para demostrar la afirmación, frente a una prueba arqueológica de la presencia bretona en los Estados Unidos, en la región de la “Albania”, de la “Vinlandia” de los vikingos, antes del período “colonial”, antes de la llegada masiva de los europeos en los siglos XVI y XVIII.

También se creía que la torre era un molino de viento, la “Torre” no han sido confundidos durante algunos años fue porque una cuestión de comodidad económica. Compartimos aquí la opinión de Pohl quien ha constatado que esa “Torre” no es exactamente redonda. Es claramente ovalada con una diferencia aproximada de medio metro entre los dos ejes, por un diámetro medio de 5,1 en el medio del espesor de las paredes. Pero cuando se trata de construir con forma redonda, los albañiles saben perfectamente cómo hacer una base de banda de rodamiento con, a lo sumo, algunos centímetros de diferencia con respecto al círculo perfecto.

Fue necesario instalar una banda de rodamiento circular para que la parte superior del molino pudiera orientarse en función del viento; banda de madera, colocada sobre una mampostería que de ningún modo estaba hecha como para recibirla, lo cual explica que esta construcción totalmente de madera, difícil de ajustar con precisión, no haya podido resistir a una fuente tempestad. El molino no ha sido más que una superestructura muy provisoria.

Además, quien ha visto alguna vez un molino construido sobre ocho columnas?, y no podemos hacer otra cosa más que interrogarnos sobre las rozones que han podido llevar a pensar que aquella construcción había sido hecha como molino. Sólo fue y estamos convencidos de ello, una solución provisoria, rápida ejecutada en ese lugar por tratarse del sitio más favorable: la “torre” se encuentra sólo a dos metros del punto más elevado de la meseta que domina la bahía. Los escritos del siglo XVII sólo indican que esta “torre” existía desde antes del siglo XVIII sólo indican que esta “torre” existía desde antes y que se ha querido utilizar.

Estudios realizados constatan que la “torre” data de la época en que los vikingos se asentaron temporalmente en el continente Americano. Esta “torre” según fue edificada entre los años 1000 y 1500. Ponen de relieve las semejanzas existentes entre dicha torre y ciertas construcciones medievales suecas y europeas.

Con todo esto parece que Colon no fué el primero en llegar a America, todo esto coincide en que los relatos de los indígenas describen a los primero colonizadores como hombres altos y rubios algo que no corresponde con el perfil español de la época.

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El mito de que los balleneros vascos estuvieron en América antes que Cristóbal Colón


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  • Sin que existan pruebas de la presencia de pescadores vascos en Norteamérica antes de 1492, sí es demostrable la gran actividad de éstos en Terranova (Canadá) al menos desde 1517. Todavía hoy, muchos de los nombres de ciudades y otros lugares en la Isla de Terranova son de origen vasco

    ABC Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

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    Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

La teoría de que balleneros vascos y otros pescadores procedentes de poblaciones del litoral cantábrico habían viajado a Terranova (Canadá), en torno al año 1375, mucho antes de que lo hiciera Cristóbal Colón cuenta con pocas evidencias históricas y una única certeza: los pescadores españoles dejaron una profunda huella en la zona noroeste de Canadá. Así, cuando el navegante francés Jacques Cartier dio nombre a Canadá y reclamó estos nuevos territorios –la Terra Nova– para la Corona francesa, anotó un sorprendente hallazgo en sus cartas: «En aquellas aguas remotas encontré a mil vascos pescando bacalao».

Llamadme Iñaki (o Patxi, si acaso)… podría haber sido perfectamente la frase de apertura de la novela más famosa sobre la caza de cetáceos, «Moby-Dick», si el autor se hubiera acordado de la fama internacional que los vascos desarrollaron en este tipo de pesca. En las décadas de 1530 a 1570, el negocio ballenero registró su etapa de mayor apogeo. La flota vasca llegó a estar formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. No obstante, la tradición ballenera en el Cantábrico se remonta a la Edad Media y fue un importante motor de las poblaciones costeras. La principal fuente de ganancia estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite a la que se denominaba saín. Este producto se empleaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni dar olor. Asimismo, los huesos servían como material de construcción para la elaboración de muebles. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses.

Vikingos, portugueses y vascos en Terranova

En una fecha sin determinar, los pescadores cantábricos extendieron su área de acción hacia el Atlántico, especialmente a Islandia, donde fueron protagonistas de una salvaje matanza ya en el siglo XVII, y a lo que hoy es la provincia canadiense de Terranova y Labrador. En busca originalmente de bacalao, la Isla de Terranova se convirtió en un objetivo preferente de los pescadores del cantábrico. Pero no se trataba del primer contacto de los pobladores de esta región con europeos. Alrededor del año 1001, «las Sagas islandesas vikingas» ubican las expediciones del explorador Leif Ericson en Helluland, Markland y en lo que él llamó Vinland («Tierra de pasturas»). Y las investigaciones arqueológicas, en efecto, han confirmado la existencia de un asentamiento nórdico, «L’Anse aux Meadows», en Newfoundland, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Wikipedia Poblado vikingo de L'Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

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Poblado vikingo de L’Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

En cualquier caso esta presencia vikinga en América, que incluso los estudios genéticos han avalado, fue de carácter efímero, y en ningún caso se produjeron asentamientos en territorio continental americano. Así y todo, las incursiones vikingas pudieron ser sucedidas por las de otros europeos, los marinos portugueses. Como si fuera una especie de búsqueda del Santo Grial, los navegantes portugueses acometieron varias décadas antes de Colón la travesía hacia la Isla Bacalao (también llamada «Bachalaos»), representada de forma difusa en los mapas del siglo XVI en las proximidades de Terranova. Así, el portugués Joao Vaz Corte Real habría alcanzado las proximidades de Terranova en 1472, e incluso se especula que bordeó las orillas del río Hudson y del San Lorenzo

Según la versión más estricta del mito, los vascos arribaron en Terranova hacia 1375 y decidieron guardar el secreto para evitar compartir con otras flotas los prodigiosos caladeros de la zona. Entre el mito y la realidad, se relata que cuando los exploradores franceses entraron en contacto con los indígenas de Terranova, éstos les saludaron con la fórmula «Apezak hobeto!» («¡Los curas mejor!», en vasco), que los marineros vascos usaban a modo de respuesta si alguien les preguntaba por su salud. No cabe la menor duda, en cambio, de la enorme huella que la lengua vasca causó en los idiomas de los pobladores de la Isla de Terranova desde el siglo XVI. Durante los dos siglos de esplendor del Imperio español, en Terranova se habló un pidgin, es decir, un lenguaje rudimentario que mezclaba el euskera y las lenguas locales. Muchos de los nombres actuales de ciudades y otros lugares de Terranova son de origen vasco. Como ejemplo, la ciudad Port-aux-Basques está presente en mapas de 1612; Port-au-Choix es una desfiguración de Portuchoa, «puertecito»; y Ingonachoix (Aingura Charra) se traduce como «mal anclaje».

«Los vascos empezaron la industria»

Más allá del componente mítico –alentado sobre todo por los nacionalistas vascos–, está la certeza de que desde 1517 los intercambios comerciales de pesca, culturales y posiblemente genéticos fueron muy frecuentes entre los pescadores vascos (vizcaínos y guipuzcoanos) y los amerindios de Terranova. Las factorías vascas repartidas por las costas de Terranova, Labrador y el golfo de San Lorenzo llegaron a reunir hasta 9.000 personas en algunas temporadas y constituyeron la primera industria en la historia de América del Norte. «Los vascos lo empezaron», afirmó el presidente estadounidense Thomas Jefferson en 1788 referido a que fueron estos pescadores los que descubrieron al mundo conocido de entonces la técnica de la caza industrial de las ballenas. La colaboración con los nativos mikmaq y beothuk, que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra, permitió un intercambio cultural que ha sobrevivido parcialmente hasta nuestros días.

ABC Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

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Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

El itinerario anual de los balleneros comenzaba con su partida de la Península Ibérica en la segunda semana de junio. La travesía del Atlántico duraba cerca de 60 días, llegando a Terranova en la segunda mitad del mes de agosto, a tiempo para interceptar las ballenas en su migración otoñal del Océano Ártico hacia los mares del Sur. La caza duraba hasta el fin de año, cuando la llegada del invierno recubría de hielo las aguas de la bahía y hacía muy complicada la navegación. Es por ello que solo se quedaban en América del Norte durante la temporada invernal los barcos que no habían conseguido capturar una buena pieza. El viaje de retorno era habitualmente más corto, entre 30 y 40 días, gracias a las corrientes y los vientos favorables.

Conforme avanzaba el siglo XVII, se aceleró el declive de los balleneros vascos. La entrada en el escenario americano de marineros franceses, ingleses, daneses y holandeses, entre otros, comprometió gravemente la actividad vasca en Terranova. El tratado de Utrecht, que escenificó el paso de Terranova de manos francesas a inglesas, fue el golpe final para una industria que ya no obtenía la rentabilidad de otros tiempos.