Campanas que suenan en el lago de Sanabria y otras leyendas de la noche de San Juan


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  • Cuentan que la Encantada lleva todo el año esperando a esta noche para aparecerse en diversas localidades españolas
 El lago de Sanabria - WIKIPEDIA

El lago de Sanabria – WIKIPEDIA

Cuentan que la Encantada (ya sea mora o cristiana, según el lugar) lleva todo el año esperando a esta noche de San Juan para aparecerse en numerosas localidades españolas, peinándose su larga cabellera junto a alguna fuente, arroyo o castillo y que en las profundidades del lago de Sanabria voltea una campana de la mítica Valverde de Lucerna aunque solo quienes están «en gracia de Dios» la escuchan. Hoy es noche de hogueras y de leyendas que han pervivido durante siglos.

La Encantada

Dulciades se llama la joven y bellísima princesa que despierta cada Noche de San Juan en Villarrobledo (Albacete). Hija del señor de un castillo, fue raptada por el depravado Drakolín y al morir éste por la maldición del aya, su padre Hastrano ordenó que la encerraran en una mazmorra y la mataran con un veneno. Cuando se lo suministran, se aparece el aya, que empareda a la bruja Nasanta y consigue que la princesa no muera, sino que duerma en un estado letárgico del que solo despierta por San Juan. «Esa noche aparece La Encantada, una delicada y bellísima joven de tez clara, peinando su larga y hermosa cabellera con un peine de oro, para regar y cuidar unas flores extrañas que sólo crecen allí. Otras versiones de leyenda añaden que, si la ves y te mira fijamente a los ojos, ocuparás su lugar», recogen Elvira Menéndez Pidal y José María Álvarez en sus «Leyendas de España» (SM).

En la Cueva de la Camareta, en la zona del embalse de Camarillas (Hellín, Albacete) cuentan que la dama se peina con un peine de oro y pregunta a quien pasa por allí qué le gusta más si el peine o ella. En cierta ocasión cuentan que un pastor le respondió que el peine y ella le respondió airada: «¡Maldito seas, que por tu culpa seguiré encantada!».

Otras leyendas similares son las de La Encantada de Benamor (Moratalla), la de las Tosquillas (Caravaca), la de la Rambla de Nogalte (Puerto Lumbreras), la Dama de la Terrera de los Argálvez (Baza, Granada) o la Bruja de Aketegui (Guipúzcoa).

En Coy o Manzanares el Real la encantada es una princesa mora que se enamoró de un joven cristiano y fue encerrada por su familia en una cueva. Allí murió esperando ser rescatada por el caballero cristiano, que no regresó jamás. Cuentan que se aparece en la noche de San Juan, vestida de blanco junto a un manantial o una fuente.

También en Rojales (Alicante), la Encantá (Zulaida o Zoraida) busca en la noche de San Juan a algún valiente que la lleve en brazos hasta el río Segura para bañar sus pies en el agua y romper así el maleficio de su padre por haberse enamorado de un príncipe cristiano. Pero quien se presta a llevarla acaba cayendo desfallecido por el peso cada vez mayor de la joven, que queda encerrada en el monte. Sobre el pobre hombre cae entonces la maldición de la Encantá de morir con la lengua fuera.

En la noche de San Juan se dice que se escucha un canto irresistible de mujer desde la fuente de La Velasca, en Badajoz, aunque nadie ha vivido para contarlo. Atraídos por los espectros de tres princesas moras, los hombres se lanzaban al agua y morían ahogados. José María Merino recoge el relato en sus «Leyendas españolas de todos los tiempos» y la fórmula mágica con la que en una noche de San Juan fueron desencantadas las tres jóvenes.

En la noche de San Juan quedaban anulados los poderes de la temida Juáncana, que raptaba a los niños y los devoraba en su cueva en Cantabria. Era el momento que aprovechaba la gente para buscarla y acabar con su vida, aunque según Merino parece que nunca pudieron conseguirlo.

Fantasmas en el castillo

Entre los muros del Castillo de Loarre se cuenta que falleció el conde Don Julián y que enterraron al mayor traidor de la historia de España a la entrada de la iglesia, para que todos pisotearan sus restos por haber abierto las puertas de la Península a los musulmanes por el comportamiento de Don Rodrigo con su hija Florinda, más conocida como La Cava. Hay quien dice que su alma atormentada merodea por las torres del castillo lamentando el trágico fin de Florinda, que se habría suicidado arrojándose desde una torre. Otros creen ver (cómo no, en la misma noche de San Juan) a la abadesa doña Violante, sobrina del Papa Luna, cuya tumba tampoco ha sido aún hallada.

Campanadas bajo el agua

Hay quien asegura que en la noche de San Juan aún voltea una campana de la iglesia de Valverde de Lucerna desde las profundidades del Lago de Sanabria. No está claro si la que repica en esta noche mágica es la campana de Redondo o Bragado, los dos bueyes que corrieron asustados al lago y engancharon sin querer las campanas de la iglesia. Los animales arrastraron una de ellas al salir del agua, pero la otra quedó bajo el lago donde, según la leyenda, yace el mítico pueblo de Valverde, Villaverde o Villa Verde de Lucerna.

Cuenta la leyenda que hasta esta localidad zamorana llegó un día un pobre andrajoso pidiendo limosna, pero todos cerraban las puertas cuando se les acercaba. Solo en una casa apartada, el panadero le animó a pasar y sentarse junto al fuego mientras metía en el horno la última masa de pan que le quedaba. Cuando el buen hombre fue a sacar el bollo de pan, la masa había aumentado tanto de tamaño que casi no cabía por la boca del horno. El pobre le dijo entonces al panadero que guardara el pan «porque de él tendrán que comer usted y su familia hasta que alguna barca pueda venir a rescatarles», según relata Luis Díaz Viana en «Leyendas populares de España».

Otras versiones, como la que recoge la web de Turismo de Sanabria, sitúan el relato en una desapacible noche previa a la fiesta de San Juan. Son unas mujeres quienes acogieron al mendigo y se salvan de su castigo. Antes de abandonar el pueblo, el viejo, que era el mismísimo Jesucristo según la leyenda, cogió el cayado y dijo: «Donde clavo este bastón, que salga un borbollón». El agua inundó el lugar, sumergiendo por completo el pueblo. Hay quien cuenta que en noches oscuras se ven luces que parecen andas sobre las aguas, las almas de los desaparecidos que intentan huir del profundo lago, y que por eso se le llama Villa Verde de Lucerna.

También en la laguna de Antela decían que los muertos de la legendaria ciudad de Antioquía pedían perdón volteando las campanas la noche de San Juan «pero ni les llega ni les llegará nunca porque están condenados por toda la eternidad», según escribía Camilo José Cela en «Mazurca para dos muertos».

De las legendarias ciudades sumergidas en Galicia, quizá la de Antioquía era más conocida. Decían que su idolatría al gallo y sus pecados llegaron hasta tal extremo que Dios decidió castigar a la ciudad. Jesucristo quiso salvar a los justos y bajo el aspecto de un mendigo, recorrió las calles pidiendo limosna sin dar con nadie que se conmoviese de sus súplicas. Solo una pobre vieja le acogió en su casa, le dio algo de comer y le dejó su propia cama para que descansara. Al amanecer, un lago había cubierto por completo la ciudad. Solo la anciana se había salvado.

Para decepción de los más crédulos, en la década de los 50 se desecó la laguna de Antela sin que apareciera rastro alguno de Antioquía.

San Juan: el fuerte perdido de España en Estados Unidos


El Mundo

Arqueólogos excavan en el yacimiento donde se han hallado los restos del Fuerte San Juan. | Univ. de Michigan

Arqueólogos excavan en el yacimiento donde se han hallado los restos del Fuerte San Juan. | Univ. de Michigan

En 1567 y 1568, Europa estaba ocupada con la conquista por Inglaterra de Escocia y la rebelión antiespañola en lo que hoy es Holanda. Pero, a 6.500 kilómetros de Europa, en los Montes Apalaches, en la frontera entre lo que hoy son los estados de Carolina del Norte, Virginia y Tennessee, la Historia de la Humanidad estuvo a punto de cambiar para siempre.

Porque, en esa región, a 500 kilómetros de la costa del Atlántico y solo seis horas en coche de Washington, la España de Felipe II trató de llevar a cabo un formidable plan de expansión imperial que hubiera supuesto que todo el sur de EEUU, desde Philadelphia hasta México, hubiera sido parte de lo que hoy es América Latina.

El plan había sido diseñado por Pedro Menéndez de Avilés, el asturiano que había liquidado las dos colonias de protestantes franceses que había en América del Norte y que consolidó el control de España sobre el extremo sureste de EEUU. La idea de Menéndez de Avilés era establecer una cadena de fuertes que comenzara en la colonia de Santa Elena (que está en lo que hoy es la Isla de Parris, en Carolina del Sur, donde hay una gigantesca base de los Marines) y que siguiera, describiendo un arco, hasta las minas de plata del centro de México.

El objetivo era ocupar nada menos que 2 millones de kilómetros cuadrados, o sea, cuatro Españas actuales. Y, aunque es una empresa descabellada, hoy sabemos que estuvo a punto de lograr el éxito. Solo habría bastado para ello con que los españoles hubieran encontrado oro. Y en la región había muchísimo.

La ambición de Menéndez de Avilés

“El proyecto de Pedro Menéndez de Avilés era un ambicioso plan de diplomacia enfocado en el largo plazo. Quería que los fuertes crearan una cadena de control de España, y que también proveyeran de alimentos a Santa Elena”, ha explicado en conversación telefónica a ELMUNDO.es, Robin Beck, de la Universidad de Michigan.

La documentación de la época afirma que se construyeron seis fuertes, y que todos fueron abandonados en un año y medio. Pero los detalles de la operación han estado ocultos durante 435 años. Las colonias españolas en el interior de EEUU en el siglo XVI permanecían en el territorio de las imprecisiones históricas, a pesar de su importancia, puesto que se trata de los primeros asentamientos europeos en el interior de lo que hoy es Estados Unidos.

Hasta el lunes. Ese día, un equipo de arqueólogos de la Universidad de Michigan dirigido por Beck anunció públicamente el resultado de sus excavaciones en el pueblo de Joara, en Carolina del Norte. Joara es un sitio conocido por los arqueólogos. Estuvo habitado entre 1400 y 1600, y en 1540 el extremeño Hernando de Soto lo visitó como parte de su enloquecida expedición por Estados Unidos.

Pero, en uno de los extremos de Joara, el equipo de Beck se encontró con algo inesperado: un foso inequívocamente europeo, con una técnica de construcción y unas características similares a las empleadas en el Imperio Romano. Allí aparecieron seis casas, una de ellas más grande y fortificada. Beck acababa de encontrar el Fuerte San Juan, que existió desde enero de 1567 hasta el verano de 1568.

El fracaso hispano

Según Beck, “la Historia de Estados Unidos podría haber sido muy diferente si el Fuerte San Juan hubiera sobrevivido”. Fundamentalmente, todo lo que está al Sur de la ciudad de Philadelphia podría haber acabado siendo parte del Imperio español y, ahora, de Latinoamérica.

La empresa, sin embargo, fracasó. En mayo de 1568 llegaron noticias a Santa Elena de que el fuerte había sido destruido por los indígenas. El capitán Juan Pardo, que había dirigido personalmente el establecimiento de las plazas, no volvió a intentar nada en el interior del continente. Sin embargo, hoy sabemos que apenas 50 kilómetros separaron el éxito del fracaso del proyecto. Porque a esa distancia del Fuerte San Juan había un gigantesco yacimiento de oro, que no se descubrió hasta 1800, con pepitas de hasta 13 kilos. Si lo españoles lo hubieran encontrado, no cabe duda de que no se habrían ido.

Pero, ¿por qué se marcharon? “Sabemos que en 1605 el gobernador de Florida reclamó información sobre la destrucción de los fuertes”, relata Beck. En San Agustín, la capital de Florida, estaba el único superviviente de San Juan. Se llamaba Juan Martín y Badajoz, y vivía con su esposa, una nativa convertida al catolicismo que había adoptado el nombre de Teresa. Martín explicó que los indígenas habían atacado el Fuerte, y que el y su mujer habían escapado “huyendo de noche por rutas conocidas por los indios”, según explica el arqueólogo.

Las razones de los ataques indios fueron bastante prosaicas: conflictos económicos y sexo. El problema económico se debió a los españoles habían sido tolerados, más que acogidos, por los indígenas. Los entre 300 y 400 indios catauba que habitaban Joara (a la que Pardo bautizó como Cuenca, en memoria de su ciudad natal) dejaron que los españoles se quedaran en una esquina del pueblo porque éstos traían productos que no existían en América. A medida que los españoles se quedaron sin provisiones que intercambiar, los indios perdieron interés en ellos.

El factor sexual

A eso se sumó otro problema. Los 40 españoles del Fuerte no estaban interesados en estrategias diplomáticas, sino en dos cosas muy diferentes: oro y sexo. El primero no lo encontraron. Pero estuvieron a punto. A unos 50 kilómetros de Fuerte San Juan se descubrió en 1799 un gigantesco yacimiento que provocó la primera fiebre del oro de la Historia de EEUU.

Sí encontraron sexo. Y más les hubiera valido haber fracasado en el intento. A juzgar por el relato de Juan Martín y Badajoz, los españoles mostraron un interés acaso excesivo hacia las mujeres catauba, lo que no fue del agrado de los maridos de éstas. El resultado fue un conflicto armado. No sabemos como se produjo éste, pero Beck estima que debió de ser un clásico conflicto como los que afligieron a toda América desde 1492.

Fortificados en su pequeño castillo, y protegidos por un foso de 30 metros de largo, 4 de ancho y dos de profundidad, y con una panoplia defensiva que incluía armas de fuego, los españoles eran invencibles. Todo hace pensar que los indios les engañaron y consiguieron que salieran de su plaza fuerte.

El resto no es Historia. Es, más bien, la Historia que no fue. También, la Historia que se ignora en EEUU -donde solo se reconocen las raíces anglosajonas del país- y en España. Nadie sabe, por ejemplo, que la palabra ‘dólar’ es española, que los jesuitas de España fundaron una misión en la Bahía de Chesapeake al norte de lo que hoy es Washington, ni que el primer fuerte al Oeste del Mississippi se llamó Fuerte Isla, en honor a su fundador, Manolo Lisa, un trampero murciano que se asentó en lo que hoy es Nebraska y que, encima, se casó con la india más famosa de EEUU tras Pocahontas, Sacagawea, que está enterrada junto a Toro Sentado.