Salga el sol por Antequera


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  • La leyenda de Santa Eufemia ha acompañado desde 1410 a este dicho cuyo origen hay quien data en la posterior toma de Granada
Salga el sol por Antequera

Abc | Panorámica de Antequera

Salga el sol por Antequera -«y póngase por donde quiera», como se completa el dicho- es tanto como decir que a uno le da igual una cosa que otra, o que uno está determinado a llevar a cabo su plan, aunque suceda lo imposible, como que el sol aparezca por el oeste. Porque Antequera se encuentra al poniente de Granada, donde acampaban las tropas de los Reyes Católicos en los últimos meses de 1491.

En este momento de la Reconquista, durante la toma de Granada, ubica el origen de la expresión Luis de Granada en la revista «Alrededor del mundo» en 1899 y recoge José María Iribarren en «El porqué de los dichos». «La frase es, pues, irónica, y equivale a: ‘Salga el sol por donde quiera’», concluía el académico de la RAE y de la Real Academia de la Historia.

Una leyenda se remonta aún más en la Reconquista, hasta el 16 de septiembre de 1410, fecha en la que don Fernando «el de Antequera» conquistó la ciudad a los musulmanes. Antonio J. Guerrero Clavijo contaba en un artículo que recoge la web de la Diócesis de Málaga cómo era costumbre cristiana celebrar una Eucaristía al conquistar una localidad y, dentro de ella, elegir al patrón, al alcaide y su escudo de armas. «Se invocó al Espíritu Santo y se introdujeron en una urna los nombres de los santos que la Iglesia celebra el día 16 de septiembre» y «salió por designio divino, por tres veces consecutivas, el nombre de Santa Eufemia», relata Guerrero Clavijo.

Fue entonces cuando Don Fernando desveló que se trataba de la joven que «se me apareció el 10 de abril de 1410 en mi campamento en Córdoba, cuando no sabía qué tierra conquistar, y se me apareció ella, rodeada de leones y ángeles y me dijo: “No temáis que nos salga el sol por Antequera y sea lo que Dios quiera”», según recogen las crónicas de Juan II.

Don Fernando dudaba desde su campamento en Córdoba sobre si conquistar Gibraltar, con lo que cerraría su entrada a posibles refuerzos procedentes de África; Xébar, una importante fortaleza en el camino a Málaga; o Antequera, centro neurálgico de las vías que llevaban de Sevilla a Granada, de Córdoba a Málaga, explica Ángel Guerrero en El Sol de Antequera.

Tras la aparición de la virgen y mártir de Calcedonia, el monarca castellano dirigió sus tropas al alba contra la ciudad, que conquistó antes de que se pusiera el sol el 16 de septiembre de 1410.

Fuera por esta leyenda o por la ironía posterior durante la toma de Granada, lo cierto es que Antequera figura desde la Reconquista en el mapa de los refranes. En el geográfico se encuentra a 45 kilómetros de Málaga por carretera y a sólo 13 kilómetros del singular paraje del Torcal, un impresionante fenómeno de erosión de roca caliza.

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¿Envenenó Fernando «el Católico» a su yerno Felipe «el Hermoso»?


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  • Dos meses después de ser coronado Rey de Castilla tuvo lugar la repentina muerte del marido de Juana «la Loca». Unas fiebres causadas por beber agua fría terminaron en una semana con su breve e incómodo reinado
¿Envenenó Fernando «el Católico» a su yerno Felipe «el Hermoso»?

Wikipedia | Cuadro de Felipe I de Castilla

Como años después le ocurriría a su hijo Carlos I, la llegada al trono de Felipe I fue vista con recelo por parte de la nobleza castellana a causa de su condición de extranjero. El apodado como Felipe «el Hermoso» procedía de los lejanos Países Bajos y, desde el principio, se hizo rodear de una corte de consejeros que solo hablaban en francés, salvo alguna excepción como el enigmático señor de Belmonte. Dos meses después del nombramiento de Felipe y Juana como Reyes de Castilla, el hombre que dio dos emperados al mundo (Carlos V y Fernando I de Alemania) cayó enfermo en extrañas circunstancias tras beber agua fría mientras jugaba al juego de la pelota. En pocos días desarrolló un cuadro de neumonía y falleció súbitamente. Las investigaciones posteriores han apuntado a que pudo ser víctima de algún tipo de envenenamiento o, lo más probable, de la peste.

Los historiadores ven en los beneficios que consiguió Fernando «el Católico» de la muerte de su yerno un elemento altamente sospechoso. Cuando la nobleza castellana todavía estaba sopesando entre si era menos malo un rey extranjero o uno aragonés aconteció la repentina muerte de Felipe I. En pocos meses, el entonces Rey de Aragón aprovechó la supuesta locura de su hija Juana para recluirla en Tordesillas y proclamarse regente de Castilla con plenos poderes.

Felipe de Habsburgo, nacido en Brujas el 22 de junio de 1478, fue el primer monarca de esta dinastía en reinar en España. Con la intención de aislar políticamente a Francia, los Habsburgo cerraron una serie de alianzas con los Reyes Católicos a finales del siglo XV que incluían el matrimonio de Felipe «el Hermoso», hijo de Maximiliano I –Sacro Emperador Romano–, con la Infanta Juana. Curiosamente, el apelativo de «el Hermoso» se lo dio el Rey Luis XII de Francia cuando la pareja viajaba hacía España para ser coronados y se detuvieron en Blois. Allí el rey los recibió y al verle exclamó: «He aquí un hermoso príncipe».

La enemistad entre el suegro y el yerno

El primer episodio de fricción entre Felipe «el Hermoso» y los Reyes Católicos ocurrió tras la muerte del Príncipe Juan, el hermano mayor de Juana «la Loca», el 4 de octubre de 1498. En palabras del embajador español en la corte Imperial, Gómez de Fuensalida, Felipe barajó la posibilidad de reclamar las coronas de Castilla y Aragón con la ayuda del Rey de Francia, con el que mantenía unas relaciones sumamente cordiales. Fue a partir de entonces cuando creció la desconfianza de Fernando «el Católico», siempre hostil al Reino de Francia, hacia su yerno.

Aunque los reyes españoles trataron en varias ocasiones de desmontar la alianza de Felipe «el Hermoso» con Francia, éste no solamente se negó sino que castigó a Juana «la Loca», quien llegó a quejarse de no tener dinero para pagar a su séquito y de ser objeto de continuos desplantes. El acaso psicológico se alargó durante años hasta que la muerte de otro Príncipe de Asturias, el hijo de la hermana mayor de Juana, propició al borgoñés la ocasión de castigar directamente a Fernando «el Católico». Así, con el propósito de hacerse con el control del reino aragonés de Nápoles y entregárselo posteriormente a Francia, «el Hermoso» propuso que su hijo Carlos, que ya era el heredero de los Reyes Católicos, se casara con Claudia de Francia, una de las hijas del monarca galo. Por supuesto, la Corte española se negó en rotundo y el rechazo de la propia Juana rompió el acuerdo.

A pesar de la mala relación con los padres de ella, Felipe y Juana viajaron a España el 26 de enero de 1502 para ser presentados en las principales ciudades castellanas como Príncipes de Asturias y posteriormente hacer lo propio en Aragón. Sin embargo, una vez conseguido su propósito de asegurarse la herencia de los Reyes Católicos, el Duque de Borgoña anunció que quería regresar a sus posesiones norteñas. La propia Reina Isabel intentó convencerle de que era necesario que permaneciera más tiempo en España, ya que debía afianzar su autoridad en los que en el futuro iban a ser sus reinos. El 19 de diciembre de ese mismo año Felipe el Hermoso abandonó la corte de los Reyes Católicos, para desconsuelo de la Princesa Juana, que tuvo que quedarse junto a sus padres debido a que se encontraba embarazada del que sería su cuarto hijo.

Felipe «el Hermoso» solo volvería a España una vez fallecida Isabel de Castilla para tomar posesión del trono. En noviembre de 1504, Fernando proclamó a Juana Reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de su esposa. Y aunque en la concordia de Salamanca (1505) se acordó un gobierno conjunto de Felipe, Fernando «el Católico» y la propia Juana, esta situación terminó con la llegada del borgoñés a la península, quien convenció a parte de la nobleza castellana, a base de regalos y concesiones, de que el suponía una amenaza menor que la procedente de un rey aragonés. El duque de Medina-Sidonia y el cardenal Cisneros no dudaron apoyar al extranjero. Visiblemente ofendido, Fernando se retiró a Aragón y Felipe fue proclamado Rey de Castilla el 12 de julio 1506 en las Cortes de Valladolid con el nombre de Felipe I. Un reinado que solo duraría dos meses.

El vaso de agua fría que marcó su muerte

Según apuntan los cronistas de la época, Felipe I se encontraba en la localidad burgalesa Casa del Cordón cuando empezó a sentirse enfermo el 16 de septiembre de 1506. Al beber un vaso de agua fría tras jugar un partido de pelota sintió las primeras fiebres. En los siguientes días el estado del Monarca fue agravándose hasta presentar un cuadro de neumonía. En una carta enviada por uno de los médicos que le atendió se describen algunos de los síntomas de la enfermedad: «Estábase con la calentura y con sentimiento en el costado, y escupía sangre. Y se le hinchó la campanilla, que decimos úvula, tanto que apenas podía hablar».

El 25 de septiembre de 1506, con tan solo 28 años, falleció el primer Rey de Castilla perteneciente a la familia Habsburgo. Y una vez que quedó certificada su muerte, sus servidores flamencos le vistieron bajo las instrucciones de Juana con sus mejores galas, tras lo cual se le instaló en un trono desde donde presidió simbólicamente los ritos religiosos. Por la mañana, se procedió a embalsamar su cuerpo, siendo su corazón enviado inmediatamente a Bruselas.

Con toda celeridad, Fernando «el Católico» preparó su «asalto» al trono castellano, que en los primeros meses quedó bajo la regencia del cardenal Cisneros. Cuando el aragonés regresó a Castilla, encerró a su hija, que había mostrado un comportamiento inquietante durante el cortejo fúnebre de su marido, en Tordesillas y asumió la regencia hasta 1507. Mientras tanto, por las ciudades castellanas prendió la sospecha de que la prematura muerte de Felipe I era consecuencia de un envenenamiento. El más probable asesino para muchos no podía ser sino el máximo beneficiado de su muerte: su suegro.

Frente a aquellos rumores, los historiadores e investigaciones modernoso apuntan que la causa más posible fue la peste, enfermedad que había aparecido en la corte algunos meses antes. Asimismo, Felipe I de Habsburgo era célebre por sus numerosas relaciones extramatrimoniales y sus visitas a prostíbulos, donde era frecuente la aparición de todo tipo de infecciones y el contacto con personas de higiene descuidada.

Diferencias entre castellanos y catalanes


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  • El nacionalismo quiere elevar a determinantes las particularidades catalanas, pese a que los habitantes de estas dos regiones de España comparten una historia y una cultura desde hace siglos. La mayoría se basa en tópicos sin justificar
Diferencias entre castellanos y catalanes

WIKIPEDIA Fotografía general de la Plaza de España, en Barcelona

El actual clima político de Cataluña ha trasladado a la opinión pública la idea de que la suya es una historia paralela al resto de regiones de España. Para el nacionalismo, Cataluña y sus habitantes, de una mayor vocación europea y cosmopolita, son víctimas de una opresión desde hace siglos por parte de Castilla, que no les ha permitido desarrollar libremente sus particularidades y vertebrarse como nación. Sin embargo, la realidad histórica y sociológica demuestra que son muchas las similitudes entre los catalanes y el resto de españoles, y muy pocas las diferencias que, en su mayoría, se basan en tópicos y mitos infundados.

En el origen de la historia común entre Castilla y Cataluña, los habitantes de ambas regiones aparcaron las intermitentes disputas que azotaron los reinos hispánicos durante la Edad Media e inauguraron un tiempo de cooperación mutua. Como recuerda Henry Kamen en su último libro, «España y Cataluña: Historia de una pasión», en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas: «Ahora somos todos hermanos».

Sin embargo, no tardaron en surgir tensionesentre dos regiones que habían sido actores protagonistas en la Península Ibérica durante la Baja Edad Media. El matrimonio de los Reyes Católicos, origen de todos los males para el nacionalismo catalán, coincidió con una grave crisis demográfica de Barcelona, entonces superada por Valencia en importancia comercial. Esta coincidencia histórica y la preeminencia que adquirió Castilla en el solar hispano son usados por el nacionalismo para defender el origen de la opresión que ha perjudicado, supuestamente, el desarrollo de la personalidad catalana.

¿Grandes diferencias históricas?

Las brechas históricas más obvias entre los catalanes y los castellanos son la lengua y la posición geográfica de Cataluña. Antes de la unión dinástica, los catalanes percibían que tenían más en común con los franceses que con los castellanos. Los catalanes, integrados en la Corona de Aragón, eran tenidos por corteses y amigables. En 1612, un viajero francés afirmaba que la ciudad era «amable con los extranjeros y especialmente con los franceses». De hecho, Francia siempre ocupó un lugar preferente en la historia de Cataluña. Así, el sur de este país tenía en común con el norte de España: la comida, la visión del mundo, el idioma, e incluso –en el caso de los cátaros– sus herejías.

Además, en esos mismos años un consejero flamenco de Felipe II,Henry Cock, observaba que Barcelona tenía «más inclinación a las fiestas, los bailes y la diversión que cualquier otra región española». Un tópico, el de festivos, que curiosamente se le achaca en la actualidad al sur de España.

La unión dinástica de los Reyes Católicos diluyó estas diferencias e inició un periodo de gran efervescencia en la asociación entre reinos hispánicos. Cataluña y toda la Corona de Aragón giró definitivamente su vista hacía Castilla, que protagonizó un gran auge económico tras el Descubrimiento de América en 1492. Si bien es cierto que Castilla adquirió un papel preeminente en esta asociación, los datos refrendaban su posición: la población castellana suponía el 80% de España y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica.

Castellanos: «Funcionarios secos»

La identificación de los castellanos con el Estado Español provocó uno de los tópicos asociados a los castellanos, del que brotan algunas de las supuestas diferencias entre los habitantes de las dos regiones. En muchos rincones de Cataluña, y en general de España, los castellanos eran exclusivamente identificados con la autoridad real y con la Inquisición. Para los habitantes de localidades rurales, la figura del recaudador o funcionario real, triste, sin humor y rigurosamente vestido de negro, era muchas veces el único contacto que tenían con alguien procedente de Castilla. De ahí el origen del tópico de que el carácter castellano se diferencia de otras regiones por ser seco y poco dado a bromear. Dos rasgos que coinciden con los insultos y generalidades que arrastran históricamente los cuerpos de funcionarios, pero que pocas veces se cumplen.

Catalanes: «Comerciantes tacaños»

Paradójicamente, las vías de comercio abiertas por Castilla imprimieron uno de los rasgos distintivos que todavía hoy perviven en la población catalana: la vocación comercial. Como ocurrió en Italia durante la expansión de la Corona de Aragón, el aumento de los comerciantes catalanes en España despertó los prejuicios habitualmente vinculados a este gremio. La excelente posición geográfica de Cataluña y su vocación marítima contribuyó al auge del comercio por toda la geografía española. Era costumbre que los segundos hijos de las familias pudientes catalanas se dedicaran al comercio, lo cual provocó el progresivo desplazamiento de los genoveses, holandeses e ingleses que, hasta entonces, habían sido los máximos beneficiados de la llegada de mercancías desde América.

«Las gentes de España conocían a los catalanes por su actividad comercial, de la misma forma que a los castellanos se los identificaba como funcionarios y letrados», explica Ángel Puertas, autor de «Cataluña vista por un madrileño» (Albores), que trata de desmentir los tópicos sobre los catalanes. Al ser portadores de liquidez, los catalanes lo aprovecharon para hacerse prestamistas, una actividad que nunca ha sido bien vista en la historia. «Los insultos que se usan contra los catalanes son los del mal comerciante: rácano, avaro, usurero…», recuerda Puertas.

¿Hay alguna base detrás de estos tópicos?

Más allá de los prejuicios malintencionados, en opinión de Ángel Puertas, «nada hay de cierto en estas famas», lo cual no quita que «los catalanes tengan un trato más preciso del dinero producto aún de la tradición de comerciantes». «Es más frecuente que, por ejemplo, si estas tomando algo con los amigos cada uno se pague siempre lo suyo…», afirma Puertas, afincado en Palau de Plegamans(Barcelona) desde hace más de una década.

Por su parte, el carácter seco de los castellanos tampoco se puede generalizar, mas cuando la mayor parte de la población de Andalucía –precisamente asociada a lo contrario– tiene su origen en Castilla. De hecho, las regiones andaluzas estaban incluidas en esta Corona. Sin embargo, muchos «forasteros» tienden a ver al castellano como distante en el trato a causa de su estricta formalidad, típica de los funcionarios, todavía hoy presente en las costumbres de está región.

¿Diferencias de carácter racial?

Sobre un factor racial distinto al de otras regiones españolas, el historiador Vicens Vives desarmó cualquier hipótesis nacionalista al respecto en su «Noticia de Catalunya», publicado en catalán durante el franquismo: «Somos fruto de diversas levaduras y una buena parte del país pertenece a una biología y a una cultura de mestizaje. No remontándonos más allá de la época carolingia sabemos que el núcleo de nuestra población campesina la formaban los “homines undenque vinientes”, es decir, «los hombres que venían de cualquier parte». En suma, si algo ha caracterizado históricamente a Cataluña es su buena disposición a acoger a habitantes llegados de fuera. El mestizaje se da por descontado.

Además de esta consideración de carácter histórico, también hay que reseñar que buena parte de la actual población de Cataluña está formada por los hijos y nietos de los miles de andaluces y extremeños, así como otras regiones empobrecidas de España, que emigraron durante la posguerra. En 1930, unos 70.000 andaluces vivían en suelo catalán. Cuarenta años más tarde, en 1970, la cifra superaba los 840.000.

¿Desde cuándo existe España?


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  • San Isidoro de Sevilla elevó nuestro país a la categoría de «Primera Nación de Occidente» en el siglo VI. Una afirmación que mantuvo encendidas las aspiraciones cristianas de crear en la Edad Media una única entidad política en la península
¿Desde cuándo existe España?

ABC | Un heraldo de los Reyes Católicos, en el cuadro que representa la Rendición de Granada

Hispania, que procede de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

Si bien la Monarquía visigoda buscaba la creación de un reino unificado en toda la península Ibérica, los visigodos compartían originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo sólo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis». No desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única entidad política y de una monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla –hijo de padre hispanoromano y de madre goda– que en el libro «Historia Gothorum» eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente. «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos», reza el texto de San Isidoro de Sevilla, que se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media.

Así, la idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

La creación de los estados modernos

No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgen los primeros embriones de estados modernos por toda Europa y los españoles ven cumplida su vieja pretensión. El intento corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política, puesto que no existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de sus reinos.

«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta el hispanista Joseph Pérez, quien no duda en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España pierde su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Y aunque todavía no se puede hablar de sólo un reino, la dinastía de los Habsburgo ya utiliza entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.

El 80% de la población era castellana

A raíz de la unión dinástica comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. En la práctica, la población castellana suponía el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles. El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

Sin embargo, la creación de un estado-nación español, tal y como lo entendemos hoy en día, fue un proceso mucho más lento que exigió siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas. Con la llegada de la dinastía de los Borbones tras la guerra de Sucesión, Felipe V se puso al frente por primera vez del Reino de España.

«España es una nación discutida y discutible», recitó durante su presidencia José Luis Rodríguez Zapatero en una de sus más polémicas declaraciones. Pero, discutida o no, ¿desde cuándo podemos hablar de nación española? La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XVIII dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

Las notas de la Edad Media


El Mundo

  • La BNE expone parte de su colección de libros litúrgicos y códices medievales

Dos cantorales iluminados de los Reyes Católicos.

La Biblioteca Nacional ha reordenado su trastero y, tras limpiar el polvo, se ha encontrado un manuscrito de ‘El canto de la Sibilia‘. El documento que data del siglo XV fue utilizado durante cien años en muchas de sus variantes. El que la Biblioteca Nacional ha descubierto, suelto dentro de un cantoral, es la primera interpretación en castellano que se conoce y muy similar al canto interpretado en la Catedral de Toledo durante los siglos XV y XVI. “Se trata de una representación dramática de carácter litúrgico muy antigua, que aúna tradiciones paganas y cristianas”, comenta José Carlos Gosálvez, comisario de la exposición ‘Cantorales. Libros de música litúrgica en la BNE‘.

En la Península fue muy utilizado en parte de la Baja de Edad Media aunque ese carácter pagano provocó que el Concilio de Trento lo prohibiera en la segunda mitad del XVI, momento en el que desapareció de todos los lugares a excepción de la catedral de Palma y otras localidades mallorquinas. “Se conservan algunas versiones en latín y catalán, nuestro manuscrito es probablemente de origen toledano y tiene el enorme valor de ser fuente única, tanto el texto en castellano como la música”.

Detalle de uno de los cantorales.

El manuscrito se exhibe desde hoy junto a un conjunto de cantorales que la BNE lleva tres años restaurando, catalogando y datando en cooperación con la Universidad de Alcalá de Henares. “Se encontraban en nidos, en fondos que perdieron su vigencia y han permanecido mucho tiempo durmiendo”, comenta Gosálvez. Aunque, claramente, el más relevante es ‘El canto de la Sibilia’, dentro de esta colección también se encuentran dos cantorales que se realizaron por encargo de los Reyes Católicos, y de los que ha perdurado su decoración riquísima. “Las investigaciones los han situado en el monasterio de San Juan de los Reyes, un convento fundado en 1477 por Isabel y Fernando”.

La mayoría de estos libros litúrgicos llegaron hasta las manos de la institución a través de las desamortizaciones del s.XIX, como el decreto de Álvarez de Mendizábal de 1830 o el de Ruiz Zorrilla de 1889. “Identificar su procedencia es muy difícil, salvo en contadas ocasiones sólo incluyen información de su texto litúrgico y musical”, asegura Gosálvez. Son publicaciones escritas a mano y la mayoría de ellos sobre pergamino, un material que resiste el paso del tiempo. Algunos de ellos miden 90 centímetros de largo y pueden llegar a pesar hasta 30 kilos. “Son tan grandes que era imposible su impresión, se leían en grupo y desde cierta distancia en un época en la que el uso de las gafas era minoritario”.

Del centenar de libros musicales que son parte del patrimonio de la BNE, se exhibe ahora una muestra representativa. Los más antiguos datan del siglo XI, cuando ingresaron los cantos gregorianos en España, y los más recientes fueron elaborados en el siglo XIX. Sin embargo, no hay grandes diferencias entre ellos. Son la muestra de una tradición que se mantuvo casi inalterada a lo largo de ocho siglos.