Pompeya (Pompei)


La ciudad fue fundada en el Siglo VII aC por los Oscos, un pueblo de la Italia central, en una colina cerca de la desembocadura del río Sarno, utilizada previamente como puerto seguro por navegantes griegos y fenicios. Cuando los etruscos suponían una amenaza, Pompeya se alió con los griegos, quienes dominaban la bahía de Nápoles. En el siglo V adC los Samnitas conquistan Pompeya y otras ciudades de la región (Campania). Los nuevos gobernantes impusieron su arquitectura y ampliaron la ciudad. Se cree que durante la dominación samnita, los romanos conquistaron la ciudad durante un corto período, pero esas teorías nunca han podido ser verificadas.

Pompeya participó en la guerra que las ciudades de la Campania iniciaron contra Roma, pero en el año 89 aC fue asediada por Lucio Cornelio Sulla. Aunque las tropas de la Liga Social, comandadas por Lucio Clementio ayudaron en la resistencia a los romanos, en el año 80 aC Pompeya se vio obligada a aceptar la rendición tras la conquista de Nola. Tras este episodio se convirtió en una colonia con el nombre de Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum’. La ciudad se convirtió en un importante punto de paso de mercancías que llegaban por vía marítima y que eran enviadas hacia Roma o hacia el sur de Italia siguiendo la cercana Via Apia.

En el año 62 un terremoto dañó seriamente Pompeya y otras ciudades cercanas. Durante el período que va entre ese año y el año 79, año de la erupción del Vesubio, la ciudad fue reconstruida, quizá con mayor suntuosidad en los edificios y el arte que antes. En el momento de la erupción, la cercanía de las próximas elecciones para ocupar cargos públicos servía de acicate a los más ricos de la ciudad para destinar dinero a la reparación de templos y otros edificios públicos, intentando ganarse así el voto popular. Varios de estos edificios conservan placas en honor de sus reparadores.


LA TRAGEDIA

En el año 79 los pequeños terremotos que de cuando en cuando sacudían la zona aumentaron considerablemente, tanto en tamaño como en intensidad. Uno de ellos llegó a bloquear el flujo de agua del Aqua Augusta, el acueducto que abastecía a Pompeya y las ciudades vecinas, unas 48 horas antes de que se produjese la erupción que se avecinaba. A la una de la tarde del día 24 de agosto se produjo una explosión cien veces más potente que la de la bomba atómica lanzada en 1945 sobre Hiroshima, Japón. La parte más alta del Vesubio voló por los aires, comenzando la emisión de gases, polvo y cenizas a la atmósfera que configuraron lo que hoy se llamaría una nube piroclástica. Se calcula que la nube alcanzó entonces más de treinta kilómetros de altura.

La mejor crónica de la tragedia procede de los escritos de Plinio el Joven (quien se basó en muchas de las observaciones dejadas por su tío, Plinio el Viejo, y en su propia experiencia personal), que fueron relatados al también historiador Tácito en una carta. Plinio describe una enorme columna de humo gris y oscuro, «con la forma de un pino», brotando del Vesubio y perfectamente visible desde donde él se encontraba, en la villa familiar de Miseno (Miseno dista 30 kilómetros de Pompeya y se encuentra separada de ésta por la bahía de Nápoles). Plinio el Viejo, que comandaba la flota de Miseno, recibió poco después una carta de auxilio de la mujer de un amigo suyo, atrapada en su casa de Stabia (hoy Castellamare di Stabia), no lejos de Pompeya. Deseando presenciar desde más cerca el fenómeno (tal vez con la intención de incluirlo en los nuevos tomos de la Historia Natural que estaba escribiendo) dirigió en persona una escuadra que cruzó entonces la bahía.

La mayoría de los habitantes de la región, en cambio, se encontraban hasta cierto punto tranquilos, ya que ignoraban todo lo relativo a los volcanes. El Vesubio llevaba más de 1.500 años sin entrar en erupción, mucho antes de la propia fundación de Roma y Pompeya, por lo que sus habitantes lo tenían por una simple montaña inofensiva. El desconocimiento se agravaba si se tiene en cuenta que en la época romana ni siquiera se tenía un verdadero conocimiento de lo que era un volcán: esta palabra, de hecho, no tiene equivalente en latín, sino que la voz actual en castellano procede del nombre de Vulcano, el dios del fuego y los metales cuya fragua se situaba en el Etna. A este volcán siciliano, único que hasta entonces había sido visto en erupción por los romanos, se le consideraba excepcional por esta característica. Así pues, no es de extrañar que en un primer momento sólo una parte de los habitantes de la ciudad recogiesen algunas pertenencias y se marchasen presas del nerviosismo o el pánico. Poco después, la ceniza comenzó a acumularse en la atmósfera, formando una nube negra que el viento empujó hacia el sureste. Así, Pompeya quedó oscurecida como si se hiciese de noche en pleno día, mientras que Herculano, situada mucho más cerca del volcán, siguió bañada por el sol. A la ceniza le siguió una lluvia de piedra pómez sobre la ciudad, un fenómeno inaudito para los romanos, que pronto comenzó a acumularse sobre las calles y tejados.

Las únicas crónicas fiables de lo ocurrido fueron escritas por Plinio el Joven en una carta enviada al historiador Tácito. Plinio observó desde su villa en Miseno (a 30 km del Vesubio) un extraño fenómeno: Una gran nube oscura en forma de pino emanando de la cima del monte. Al cabo de un tiempo, la nube descendió por las faldas del Vesubio y cubrió todo a su alrededor, incluyendo el mar. La «nube» sobre la que escribió Plinio se conoce actualmente como flujo piroclástico, una nube de gas, ceniza y roca sobrecalentados que es expulsada por un volcán. Plinio constató que hubo varios temblores de tierra antes y durante la erupción. También anotó que las cenizas caían en capas muy gruesas y Miseno tuvo que ser evacuada. Su descripción reflejaba el hecho de que el Sol fue bloqueado por la erupción y la oscuridad reinaba en pleno día. Su tío Plinio el Viejo había partido en varios barcos (Miseno se encontraba frente a Pompeya, al otro lado de la bahía) con la intención de investigar el fenómeno. Plinio el Viejo murió aparentemente por asfixia causada por el dióxido de carbono tras desembarcar.

El magma entró en contacto con agua que se filtraba provocando una lluvia de ceniza volcánica, así mismo el magma empezó a ascender unas 4 horas antes de la erupción, la superficie del volcán se fracturó poco después del mediodía ocasionando la explosión, empujando la piedra pómez y los gases a una altura de 28 Km en vertical, se puede decir que la energía térmica liberada era el equivalente a 100.000 veces la de la bomba nuclear de Hiroshima . Con ello nos hacemos una idea de lo escalofriante del hecho y los resultados posteriores. La columna de gases y piedra alcanzó los 33 Km, pero cuando alcanzó la altura máxima se derrumbó, dispersando los gases a través de 20 Km a la redonda y provocando una lluvia de piedra pómez . Se sabe que lo que mató a tantos habitantes no fue la piedra pómez ya que esta aunque se contaban por toneladas no es mortal en sí misma pues tiene poca densidad, pero si los gases que debido a su toxicidad hicieron perder el conocimiento por la falta de oxígeno, no obstante los tejados de algunas casas por el peso se vinieron abajo y los barcos de apoyo para la evacuación quedaron abnegados por la piedra que caía sobre ellos.


RECONSTRUCCION POR ORDENADOR DE LO QUE PODÍA SER POMPEYA

Pompeya: Templo de la Fortuna Augusta, al norte del Foro

Pompeya: Basílica, edificio para el comercio y administración de justicia

Pompeya: Templo de Apolo, edificado en el siglo VI a.C. y restaurado en el II a.C

Pompeya: Vía de la Abundancia, cruzaba la ciudad en sentido este-oeste

Los secretos de la ciudad fantasma que fue «aniquilada» hace 2.500 años


ABC.es

  • Un grupo de arqueólogos está desenterrado los restos de Selinunte, cuyos habitantes fueron asesinados o esclavizados hace casi tres milenios

 

La ciudad se encuentra en Italia - C.C.

La ciudad se encuentra en Italia – C.C.

Al fin, después de más de 2.500 años, los arqueólogos afirman estar cerca de resolver el misterio de Selinunte (en Sicilia) una ciudad que fue abandonada en extrañas circunstancias después de que una buena parte de sus ciudadanos fuesen aniquilados o esclavizados por las tribus del norte de África a finales del siglo V a.C. Así lo afirma, al menos la versión digital del «The Independennt», donde también se señala que la urbe, conocida como la «Antigua Pompeya griega», se mantuvo intacta durante décadas a pesar de la tragedia que sobrevino a sus habitantes.

Selinunte, que fue enterrada gradualmente y a lo largo de las décadas por toneladas de tierra (y con la ayuda del viento), se mantiene rodeada de enigmas desde hace siglos. Entre ellos, el momento exacto en el que esta ciudad fue totalmente abandonada y se convirtió en una urbe fantasma. Algo que, ahora, pretenden desvelar los expertos. De momento parece que los arqueólogos van por buen camino, pues sus continuos hallazgos en la zona (entre los cuales se destacan desde comidas abandonadas hasta copas de mesa) indican que alguna desgracia tuvo que sobrevenirles repentinamente para dejar la zona.

Un antes y un después

Si por algo destaca Selinute, es porque ha supuesto un antes y un después en la investigación arqueológica. Y es que, cuenta con 2.500 viviendas, un ingente conglomerado de calles, un puerto y una zona industrial que, en su momento, contó con miles de personas. El buen estado de conservación en la que han sido hallados los restos permitió en su momento a los expertos elaborar uno de los primeros planos de una ciudad griega clásica completa. Por el contrario, antes solo había sido posible llevarlo a cabo de manera fragmentaria.

Selinute fue también la primera urbe de este tipo de la que los arqueólogos lograron obtener una imagen completa y concreta de como era en la antigüedad una zona industrial, lo que les permitió analizar la relación entre la población de una ciudad y su economía. «Selinunte también es la única ciudad griega clásica donde aún se conserva toda la metrópolis. Por lo tanto, nos da una oportunidad única para descubrir cómo funcionaba una antigua ciudad griega», ha señalado el profesor Martin Bentz, de la Universidad de Bonn y director de la excavación principal.

El misterio continúa

Sin embargo, y a pesar de los datos que se están obteniendo gracias a esta ciudad, lo cierto es que todavía no se ha logrado descubrir su mayor misterio: ¿Por qué fue abandonada? Y eso, a pesar de que se han encontrado objetos tan asombrosos como los ochenta hornos de cerámica que sirvieron para elaborar desde vasijas, hasta ataúdes de este material. Una increíble novedad con respecto a la época, pero que no ha averiguar el cuándo fue abandonada.

Según han podido establecer los expertos por el momento, Selinute dejó de ser un centro urbano en apenas una jornada. Concretamente, se cree que después de que la ciudad fuera asediada por las tropas de los cartagineses (en la actual Túnez), las cuales masacraran a más de 16.000 de los habitantes y soldados que residían en ella. Aunque no sería de extrañar que la urbe fuera abandonada en ese momento, pues los asaltantes se llevaron consigo también a 5.000 hombres, mujeres y niños como prisioneros. No obstante, ha sido imposible de corroborar.

 

Los pompeyanos tenían dientes perfectos porque su alimentación era sana


ABC.es

  • Importantes revelaciones de los TAC realizados a una treintena de calcos con los huesos de víctimas de la erupción del Vesubio en el 79 d. C. Si quieres ver las fotos más espectaculares de la investigación, pincha aquí

 

efe Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

efe | Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

Hace dos mil años no había dentífricos, pero los pompeyanos tenían unos dientes perfectos, gracias a una alimentación sana, con pocos azúcares. Solo tenían un defecto: algunas zonas se encontraban particularmente consumidas, por el uso impropio de romper o cortar objetos con la fuerza de las mandíbulas. Los huesos eran débiles a causa del exceso de flúor en las aguas de los manantiales de los que bebían. Estas son las primeras revelaciones de los análisis mediante TAC (tomografía axial computerizada) realizadas a una treintena de calcos de las víctimas de la erupción de Pompeya en el 79 d.C.

En rueda de prensa se han hecho públicas las sorprendentes imágenes tridimensionales de los restos esqueléticos conservados en el interior de los moldes de yeso, los calcos. En el proyecto de investigación trabajan arqueólogos, antropólogos, radiólogos, dentistas e ingenieros expertos en los escáner-láser. Por primera vez se ha utilizado la TAC en el proyecto para conocer con más fiabilidad la edad, patologías médicas, hábitos alimentarios, ocupación, condición socio-económica y estilo de vida de los pompeyanos.

Forman parte del proyecto también investigadores españoles, entre ellos el arqueólogo y antropólogo Llorenç Alapont, del Colegio de Doctores y Licenciados de Valencia, quien ha explicado a ABC el cambio y progreso fundamental que se da en la investigación al contar con la TAC: «Las informaciones que hemos obtenido mediante técnicas radiológicas clásicas, es decir, no tridimensionales sino en dos dimensiones, han sido muy valiosas, pero había cosas que se nos escapaban, porque no teníamos las técnicas suficientes para averiguar todo lo que había dentro de los huesos. Hasta ahora podíamos conocer un 25 por 100 de la información que nos daban los huesos de las personas conservadas en los calcos, ahora con las nuevas técnicas podemos llegar a un 90 por 100 de conocimiento». El antropólogo Llorenç nos precisa que se conocerá incluso cómo murieron los habitantes de Pompeya: “Sabremos de una forma mucho más fiable si los pompeyanos murieron por el golpe de calor, por asfixia al respirar las cenizas volcánicas, por las fracturas traumáticas de las piedras que caían o por estar atrapados en las casas”.

Estudios de los calcos en 3D

Los calcos de las víctimas de la erupción del Vesubio se han revelado fundamentales para conocer detalles muy importantes de la vida de los antiguos romanos. Fue solo desde 1858, gracias al método genial introducido por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, que podemos apreciar la impronta que dejó la erupción en los pompeyanos, al obtener moldes de yeso de los muertos. Los cuerpos, al descomponerse a lo largo de los siglos, habían dejado espacios vacíos bajo la lava. Fiorelli los rellenó con yeso líquido introducido a través de los agujeros abiertos en la corteza creada sobre Pompeya tras la erupción. En esa cámara vacía, donde la materia orgánica había desaparecido, Fiorelli obtenía moldes de extraordinaria precisión que reflejaban los últimos momentos de la vida de esas personas. Hasta ahora, gracias a esos calcos podíamos saber de qué males sufrían, de qué manera se curaban y cómo se vivía en una ciudad en la época romana como Pompeya.

Ahora después de utilizar la tecnología 3D sobre aquellos cuerpos sepultados durante siglos por la lava, llega la ciencia médica para desvelar otros secretos. La maquinaria utilizada es una moderna TAC de 16 cortes capaz de hacer un examen de todo el cuerpo en 100 segundos. El antropólogo Llorenç, que coordina el proyecto de investigación de la necrópolis de Porta Nola desde el 2011, y desde entonces estudia los calcos de esa necrópolis, explica a ABC la importancia de investigar con la nueva técnica: «El TAC es un instrumento importantísimo, muy valioso, porque nos da unas imágenes que nos permiten interpretar y ver de una forma muy clara los restos que están dentro de los calcos. Podremos conocer mediante la ciencia antropológica, la edad, el sexo, clase social, enfermedades, traumatismos, incluso teniendo en cuenta el desgaste de los dientes sabremos el tipo de dieta».

Fundamental el estudio de los dientes

Los esqueletos de las víctimas serán objeto de investigaciones específicas sobre los dientes. Desde la antigüedad, los exámenes de los dientes han sido fundamentales en la identificación individual. Así, en la historia de la medicina legal son numerosos los casos de reconocimiento efectuados por medio de la dentadura. Se ha recordado, por ejemplo, el caso de Hitler: las prótesis videntes aparecidas en la radiografía efectuada sobre su cráneo permitieron la identificación con certeza del cuerpo carbonizado. Los elementos dentales constituyen la parte más resistente del organismo humano. Sus características anatómicas, patológicas y terapéuticas son peculiares en cada individuo y, por tanto, un óptimo instrumento de identificación. Por tanto, pueden ofrecer informaciones sobre los hábitos de vida y ocupación.

El antropólogo Llorenç nos precisa que hasta ahora, con las investigaciones realizadas, no se tenían meras hipótesis, sino que contaban con un 25 por 100 de certezas; ahora esa información gracias a la TAC se amplia al 90 por 100, y se sabrá mucho más sobre el estilo de vida de los pompeyanos. Se tendrán muchos más detalles, más fiables. Gracias a los calcos se conocerán más datos sobre el consumo. Por ejemplo: se sabe que en la dieta de los pompeyanos, junto a los más económicos cereales, frutas, nueces, aceitunas, lentejas, pescado local y huevos, se han encontrado también otros productos más caros, como carne y pescado salado procedente de España. Igualmente han aparecido huellas de alimentos muy exóticos, como erizos y mariscos -que en esa época eran importados del extranjero-, flamencos y restos de jirafa.

En definitiva, ahora sabemos que los pompeyanos se alimentaban muy bien y que, aun sin utilizar dentífrico, tenían dientes que hoy les hubieran permitido hasta hacer publicidad televisiva.

Las puertas del “Gimnasio Grande” de Pompeya vuelven a abrirse


EL Mundo

  • Tras siete años de restauración
 El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia. EFE

El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia. EFE

El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia, ha recuperado su “Gimnasio Grande”, después de permanecer cerrado al público durante siete años por labores de restauración.

Se trata de una extensa zona, delimitada entre columnas,donde los jóvenes romanos practicaban deporte hasta que la erupción del volcán Vesubio enterrase la antigua ciudad romana en el 79 d.C.

Casi dos milenios después, esta zona albergará una exposición permanente que exhibe por primera vez en Pompeya los frescos de Moregine, una ciudad situada fuera de los muros pompeyanos.

Estos murales, de tonalidades rojas y que representan a deidades romanas, fueron descubiertos en 1959 durante las obras para la construcción de la autovía que une Nápoles y Salerno y pertenecía al salón de los triclinios de una rica villa.

A la inauguración acudió el ministro de Cultura de Italia, Dario Franceschini, quien celebró los avances que se están llevando a cabo para la recuperación de este área arqueológica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997.

“La reapertura del ‘Gimnasio Grande’ y la muestra de los frescos representa un paso más en el progreso que estamos desempeñando en la conservación de todo el lugar. Podemos afirmar con orgullo y satisfacción que Italia se está esforzando considerablemente y que los resultados se ven”, aseguró.

La apertura de este espacio se suma a la reciente recuperación de la “Villa de los Misterios” y contrasta con las frecuentes polémicas que rodean a este lugar, como los derrumbes, la falta de personal o las huelgas, por las que en ocasiones tiene que cerrar sus puertas.

El “Gran Proyecto Pompeya”

Italia intenta aprovechar el “Gran Proyecto Pompeya”, que concluye en diciembre y que cuenta con 105 millones de euros para restauraciones, procedentes del Fondo Europeo para el Desarrollo Regional (78 millones de euros) y de las arcas italianas (27 millones).

El Ministerio de Cultura publicó hoy los datos del proyecto y, a fecha del 30 de junio, han sido gastados trece millones de euros, se han concluido cinco obras y otras 32 permanecen en curso.

Asimismo se han convocado licitaciones por un valor de 130,2 millones de euros, de los cuales 104,9 millones ya han sido adjudicados de manera definitiva.

¿Qué ha hecho Pompeya por nosotros?


El Pais

Las ruinas de Pompeya. / Eric Vandeville

Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Cincinnati lleva casi una década excavando dos manzanas de viviendas (insulae) aparentemente anodinas, situadas en el sur de Pompeya, a pocos metros de la puerta Stabia y junto a alguno de los lugares más conocidos de la ciudad: los cuarteles de los gladiadores y los dos teatros, así como una zona de templos y un foro. La idea de estos investigadores es, como señala la memoria del proyecto, “tratar de entender cómo se desarrollaron estos edificios a lo largo del tiempo y cómo las familias que vivían en ellos respondían a los cambios económicos, sociales y culturales de su entorno”. En otras palabras, el objetivo es dilucidar cómo vivían los habitantes normales y corrientes de Pompeya, alejados de los mitos que siempre se ciernen sobre nuestra visión del mundo romano. Se trata de una calle de clase media o baja, con viviendas modestas, comercios, algunas tabernas y pequeñas industrias, dedicadas a salar pescado o quizás a producir la salsa romana llamada garum, una mezcla poco apetecible para los paladares contemporáneos a base de vísceras de pescado fermentadas, que debía de producir un olor intenso (por decirlo con delicadeza), y uno de los pocos motivos por los que Pompeya era conocida en la antigüedad.

Una mañana de principios del pasado enero, con las excavaciones detenidas por el invierno y el yacimiento cubierto por los yerbajos, Pompeya ofrecía un aspecto más decadente de lo habitual. De este rincón parecía difícil extraer algo que no fuesen escombros. Sin embargo, Steven Ellis, uno de los responsables del Proyecto Porta Stabia, despejaba rápidamente las dudas sobre la inmensa cantidad de información que puede ofrecer cualquier rincón de la ciudad enterrada por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era. El examen de la basura, por ejemplo, permitía determinar a qué taberna le iba mal y a cuál bien. Y acabó por ofrecer una increíble sorpresa: en la última campaña de excavaciones apareció un hueso de jirafa. Lo que quiere decir que alguien comió tan exótico plato en Pompeya. “La investigación del ADN de la jirafa nos permitirá determinar a qué subespecie pertenecía y quizás podremos saber de dónde viene. Eso nos dará una increíble información sobre las rutas del comercio en la época romana”, explicaba Ellis durante la visita a la excavación. Existen evidencias de la presencia de animales exóticos en el Imperio romano —en Pompeya ha aparecido también el esqueleto de un mono, aunque los espectáculos circenses se realizaban allí con bestias locales, como osos o toros—, pero los arqueólogos no han sido capaces de determinar cómo eran transportados hasta la península italiana.

Pompeya y Herculano, la otra ciudad importante enterrada por el Vesubio en el golfo de Nápoles, en el sur de Italia, plantean una mezcla de preguntas y respuestas, de datos y misterios. Se mantienen a lo largo de las décadas como la mayor fuente de información sobre la antigua Roma y nunca han parado de ofrecer hallazgos: las termas mejor conservadas del mundo se terminaron de desenterrar en los años ochenta, al igual que los cadáveres de trescientas víctimas de la erupción, en lo que fue la playa de Herculano, que se han convertido en una mina de información (la imagen del esqueleto de una mujer con dos anillos de oro intactos en su dedo fue portada de National Geographic el 5 de abril de 1983). “Más que preguntarse si Pompeya ha cambiado la forma en que vemos el mundo romano, creo que lo correcto sería afirmar que ha forjado la forma en la que lo vemos. Quizás sea porque es el único lugar en que podemos estudiar la vida a pie de calle”, explica Mary Beard, profesora de Clásicas en la Universidad de Cambridge y una de las mayores expertas mundiales en Pompeya. Su ensayo sobre la ciudad enterrada, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana, es considerado una referencia sobre el tema, mientras que sus documentales para la BBC y su blog, A Don’s life, la han convertido en una celebridad global (eso y sus peleas con los trolls en Internet, que han tenido tanta repercusión que han llevado a The New York Times a dedicarle un perfil recientemente).

En estos días coinciden exposiciones sobre Pompeya en tres lugares tan distantes como Madrid, Cleveland y Londres. La exposición española, Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio es un recorrido por el desastre con algunas piezas originales, mientras que el Cleveland Museum of Art alberga una muestra, The last days of Pompeii: decadence, Apocalypse, Resurection, que antes estuvo en el Museo Getty de Los Ángeles, sobre la obsesión contemporánea por la ciudad, con obras que van desde Piranesi hasta Warhol o Rothko. La exposición en el Museo Británico, que se inaugura el próximo jueves y de la que ya se han vendido 34.000 entradas por adelantado, ha sido calificada por The Guardian “como una de las más importantes muestras arqueológicas en décadas”. Esta muestra, cuyo comisario es el jefe de antigüedades romanas del British, Paul Roberts, pretende trazar la vida cotidiana de las ciudades destruidas a través de cientos de objetos, muchos de ellos nunca exhibidos, ni siquiera en Italia, y otros recientemente descubiertos. Pompeya tampoco abandona nunca los titulares, aunque más por sus enormes problemas de conservación (en febrero, además, la justicia italiana abrió una investigación contra dos gestores de la zona arqueológica por malversación de fondos), que por nuevos hallazgos.

Desde que comenzaron las excavaciones en el siglo XVIII, pocos yacimientos han despertado tanta fascinación, fuera de hitos como la tumba de Tutankamón, en 1922. Aunque la ciudad fue descubierta en 1592 por el arquitecto italiano Domenico Fontana durante la construcción de un canal, hubo que esperar casi dos siglos para que comenzase a ser desenterrada en 1748, por orden de Carlos III. Actualmente recibe más turistas que ningún otro monumento en Italia: dos millones cada año. Mary Beard relata que Mozart visitó en 1769 el Templo de Isis, uno de los primeros en ser descubiertos y seguramente el más bello de la ciudad, y que le inspiró para su Flauta Mágica. Los últimos días de Pompeya, la novela clásica de Edward Bulwer-Lytton, no ha cesado de reimprimirse desde su publicación en 1834. Su éxito multiplicó los visitantes ilustres fascinados por Roma y, sobre todo, por los cuerpos de las víctimas, moldeados en yeso gracias al ingenio de Giuseppe Fiorelli, el más influyente director de las excavaciones, que tuvo la idea de utilizar como molde el hueco que habían dejado los cadáveres al descomponerse atrapados entre los escombros volcánicos (el primer cuerpo se extrajo el 3 de febrero de 1863). Además de su enorme valor científico, las ciudades enterradas por el Vesubio han sido una fuente de inspiración literaria, desde Théophile Gautier hasta Primo Levi, Robert Harris o Pascal Quignard. En el bellísimo filme Te querré siempre (lamentable adaptación del original El viaje por Italia), una obra maestra de Roberto Rosselini sobre la tristeza y la soledad de una pareja a punto de separarse, George Sanders e Ingrid Bergman descubren hasta qué punto su amor ha desaparecido cuando contemplan la recuperación de dos víctimas de la erupción, una mujer y un hombre.

“La fascinación nace porque tenemos la sensación de viajar en el tiempo (aunque obviamente no lo hacemos)”, explica Mary Beard en una conversación por correo electrónico. “También porque nos encontramos cara a cara con gente que vivió en la antigüedad. Allí la pregunta sobre si los romanos eran como nosotros cobra más sentido que en ningún otro lugar. Y, como le ocurre a los personajes de la película de Rosselini, también nos enfrentamos a la cuestión de si tienen algo que enseñarnos”, prosigue la profesora. “Las calles están tan bien conservadas que da la impresión de que se trata de un viaje a la antigüedad”, aseguran Jackie y Bob Dunn que, desde Busselton, en Australia Occidental, mantienen la página web de referencia para los arqueólogos sobre la ciudad, pompeiiinpictures.org, donde han logrado recopilar fotografías que reconstruyen toda Pompeya, casa a casa, calle a calle. “La destrucción de la ciudad se produjo de manera tan repentina y brutal que los visitantes sienten siempre la amenazadora presencia del Vesubio”, agregan.

La novela de Bulwer-Lytton ha marcado la forma en que Pompeya ha sido vista y, por extensión, todo el mundo romano: un lugar de lujo y depravación, donde los cristianos eran lanzados a las fieras en medio del júbilo del populacho. Solo acaban salvándose de la destrucción aquellos que abrazan la fe verdadera. Los conocimientos arqueológicos de Bulwer-Lytton eran amplios; pero su visión de Roma estaba muy desenfocada por sus anclados prejuicios sobre una sociedad, violenta, brutal, sin duda, pero a la vez extraordinariamente cercana. Lo que nos separa de su pensamiento es lo que nos acerca a Pompeya. El escritor victoriano explica en el prólogo de su novela que es mucho más fácil escribir sobre la Edad Media —“hay natural simpatía entre nosotros y los hombres de los tiempos feudales”— que sobre Roma —“no tenemos asociación alguna doméstica y familiar con los siglos clásicos”—. Sin embargo, lo que Pompeya y Herculano nos ofrecen es una respuesta arqueológica a la ineludible pregunta de los Monty Python en La vida de Brian: “Bueno, pero aparte del alcantarillado [aunque en Pompeya, concretamente, no había], la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?”. Pompeya responde a esta pregunta como ningún otro lugar. “Estas ciudades nos alejan de figuras distantes, los típicos romanos del imaginario popular, como los emperadores y los gladiadores, para acercarnos a personas reales. En Pompeya, encontramos a la dueña de un bar llamada Asellina, a un panadero llamado Terentius Neo que quiere lanzarse a la política. En Herculano, nos cruzamos con dos esclavos libertos, Venidius Ennychus y su esposa, Livia Acte, y sus vecinos, Marcus Nonius Dama y Julia, que van a los tribunales por un problema de tierras. Representan a toda esa gente —madres, hijos, hermanos, primos, jóvenes y viejos, esclavos y libres— que murieron juntos en la catástrofe del año 79”, escribe Paul Roberts en el catálogo de la exposición.

Las ciudades del Vesubio nos ofrecen una visión única de la vida cotidiana en Roma, sin la superposición de construcciones que acaban por borrar los restos de los espacios populares y conservar solo los templos y los monumentos. Pero también sin los cambios que se produjeron dentro del Imperio a lo largo de los siglos en terrenos como, por ejemplo, el erotismo. Este es el tema que explora el escritor Pascal Quignard en El sexo y el espanto: su teoría es que la moral sexual que impuso el cristianismo nace en la época de Augusto, entre el 18 antes de Cristo y el 14 después de Cristo, y que solo “la lava ardiente, que exterminó a los habitantes de aquellas ciudades” permitió que se conservase “el erotismo alegre y preciso de los griegos antes de transformarse en melancolía y espanto”. El gran romanista francés Paul Veyne no está en absoluto de acuerdo con esa teoría. Explica en su libro de entrevistas Sexo y poder en Roma que “las atrevidas pinturas de Pompeya permitían compensar posibles frustraciones” y que “los hombres y las mujeres de la Antigüedad romana eran mucho más comedidos en sus comportamientos que nuestros coetáneos”.

En cualquier caso, más allá de las discrepancias entre expertos, Pompeya es una ciudad llena de penes y contiene el único burdel del mundo antiguo que se preserva intacto, además de decenas de frescos y estatuas de altísimo contenido erótico que los Borbones atesoraron en el llamado Gabinete Secreto, escondido durante siglos para unos pocos elegidos y que solo se abrió totalmente al público en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles en el año 2000. No es difícil imaginar la cara que pusieron los investigadores cuando se toparon, el 1 de marzo de 1752, en la Villa de los Papiros de Herculano, con una de las tallas más escandalosas de toda la antigüedad: la imagen del dios Pan copulando con una cabra. “La pieza solo podía verse con el permiso del rey”, escribe Paul Roberts, del Museo Británico. La presencia de esta imagen en Londres ha despertado una cierta polémica sobre la forma en que debía exhibirse, si camuflada bajo una cortina en algún lugar especial o simplemente poniendo una advertencia general al principio de la muestra. Al final se ha impuesto el criterio del conservador: “Los romanos habrían visto simplemente a un dios cabra penetrando a una cabra, lo que no les hubiese molestado en absoluto. Es una muestra de que los dueños de la casa en la que se encontró eran gente culta y con sentido del humor”.
Da igual el campo de los estudios clásicos al que un investigador se dedique, Pompeya tiene hallazgos para todo el mundo. Barry Hobson, médico de familia y arqueólogo aficionado, se ha pasado media vida estudiando las letrinas romanas, unos inmensos conocimientos que recoge en su ensayo Latrinae et foricae. Toilets in the roman world (no es el único experto en el tema, G. C. M. Jansen se ha pasado media vida estudiando solo las de Pompeya). Hobson mantiene que la ciudad enterrada ofrece una oportunidad única para estudiar cómo evolucionaron las letrinas en las casas particulares. El historiador británico Andrew Wallace-Hadrill, el más conocido experto en Herculano —su denuncia en los medios en 2004 del deterioro de Pompeya tuvo un impacto enorme—, encabeza un proyecto para analizar toneladas de excrementos, conservados en las alcantarillas de la ciudad, porque aportan una información inédita sobre la dieta romana. En Pompeya se conservan 3.000 inscripciones políticas, del tipo “Gaius Julius Polybius da buen pan” o “Marcus Casellius Marcellus organiza buenos juegos”, además de miles de grafitis de todo tipo que reflejan todos los aspectos de la vida cotidiana. Incluso se conoce que se producía garum kosher. Y todavía quedan muchos misterios por resolver: ¿Dónde estaba el puerto? ¿Cuántos habitantes tenía? ¿Qué hacía una mujer enjoyada en la barraca de los gladiadores? ¿Hasta qué punto era una ciudad romana o, como escribe Robin Lane Fox en El mundo clásico, se trataba de “una zona multicultural en la que se hablaba mucho el griego, además del latín y del osco” (la última inscripción en la lengua itálica meridional se conserva en el burdel de Pompeya, “un lugar triste para que un idioma muera”, como dijo Mary Beard). Ni siquiera la fecha de la erupción, el 24 de agosto de 79, parece ahora segura. También queda mucho terreno por excavar: un 25% de Pompeya, mientras que, en Herculano, mucho más pequeña pero enterrada bajo una roca más dura y destruida por una ola de calor tan bestial que carbonizó inmediatamente la madera (lo que permite que hayan llegado hasta nosotros muebles romanos intactos), está casi todo por descubrir, incluso en la fascinante y gigantesca Villa de los Papiros.

Pero la arqueología representa solo una parte de la atracción por Pompeya y Herculano. “Pompeya expresa lo inexplicable, muestra la destrucción, congela un cataclismo. Con mayor intensidad que ningún otro acontecimiento en Occidente, simboliza la unión entre la catástrofe y la memoria”, escribe John L. Seydl, uno de los comisarios de la muestra que se exhibe actualmente en Cleveland y que viajará a Quebec en verano. Pompeya ha sido, además, destruida varias veces: cuando se produjo la erupción, descrita por Plinio el joven, la ciudad había sufrido un gran terremoto 17 años antes, en 62. Durante la II Guerra Mundial, en el otoño de 1943, el yacimiento fue bombardeado y se produjeron daños irreparables “añadiendo nuevas ruinas a las viejas”, según el corresponsal de la canadiense CBC, Matthew Halton, que relató en su crónica la imagen de los cuerpos de yeso hechos añicos bajo las bombas aliadas.

Mary Beard insiste siempre en que no debemos contemplar Pompeya como una ciudad normal, detenida en el tiempo, no solo por el terremoto anterior a la erupción sino también porque mucho de lo que vemos es una reconstrucción contemporánea. Lo que, por otro lado, no le quita un ápice de interés: pese a su aspecto demacrado, a los andamios y las casas cerradas, no hay ningún otro lugar igual. Y no solo por el viaje al mundo romano. Pompeya y Herculano encarnan el poder destructivo de la naturaleza y la forma inconsciente en que lidiamos con ello. Sus ciudadanos convivían tan tranquilos con los terremotos, como millones de habitantes de la bahía de Nápoles, viven ahora bajo la sombra del volcán siendo plenamente conscientes de su fuerza aniquiladora —“el Vesubio ha entrado en erupción hoy. Fue el espectáculo más terrible y majestuoso que he presenciado y espero presenciar en mi vida”, escribió Norman Lewis en marzo de 1944, durante la última gran manifestación de la montaña—. También, el resto de la humanidad vive tan tranquila bajo el cambio climático. Robert Harris utiliza la ciudad en su novela Pompeya como una metáfora del final de todos los imperios, dirigida sin disimulo hacia Estados Unidos. Para Primo Levi, es una metáfora de la muerte provocada por la naturaleza frente a la muerte causada por los hombres. No pudimos ver los cadáveres de Ana Frank ni de una niña muerta en Hiroshima, asegura en su poema La niña de Pompeya al contemplar el cuerpo de yeso de una víctima. “Han pasado los siglos, las cenizas se han petrificado / aprisionando esos delicados miembros para siempre / Así has permanecido con nosotros, como un molde de yeso / retorcido, una agonía sin término, testigo de lo mucho / que nuestra orgullosa estirpe importa a los dioses”.

Lecturas pompeyanas

Como la propia ciudad, la bibliografía sobre Pompeya es enorme. El ensayo de Mary Beard, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Barcelona, Crítica, 2012. Traducción de Teófilo de Lozoya y Joan Rabasseda-Gascón), es ameno, sin dejar de ser erudito, está muy bien escrito y ofrece todo tipo de historias y detalles. La novela de Robert Harris, Pompeya (Barcelona, De Bolsillo, 2011. Traducción de Fernando Garí Puig), fue muy bien recibida por los expertos. Su reconstrucción de los dos días anteriores a la erupción y del propio desastre, a través de un ingeniero de acueductos, es magnífica. En los últimos años, se han publicado en castellano dos libros ilustrados muy completos: Pompeya (Barcelona, Akal, 2009. Traducción de David Govantes), de Joanne Berry, y Pompeya. Nacer, vivir y morir a los pies del volcán (Barcelona, Electa, 2011. Traducción de María Eugenia Frutos), de Eva Cantarella y Luciana Jacobelli.
El catálogo del museo británico es estupendo (Paul Roberts, Life and death in Pompeii and Herculaneum. Londres, British Museum, 2013), aunque no ha sido traducido al castellano. Sí hay una edición española reciente del ensayo de Pascal Quignard, El sexo y el espanto (Barcelona, Minúscula, 2005. Traducción de Ana Becciú), y existen varias ediciones del clásico de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya (Madrid, Anaya, 2003. Traducción de Jorge Ferrer Vidal). La Universidad de Salamanca editó en 1989 un ensayo de Félix Fernández Murga sobre el nacimiento de las excavaciones bajo los Borbones: Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia. El libro de Barry Hobson, Latrinae et foricae. Toilets in the roman World (Londres, Duckworth, 2009), pero pese a lo exótico del tema, merece la pena.
Además de los documentales de Mary Beard para la BBC —Meet the romans y Pompeii: Life and death of a roman town—, cualquier pretexto es bueno para volver a ver Te querré siempre (Il viaggio in Italia, Roberto Rossellini, 1954).

Vida y muerte de Pompeya y Herculano. Museo Británico (Londres). Del 28 de marzo al 26 de septiembre. Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio. Centro de Arte Canal (Madrid), hasta el 5 de mayo. Los últimos días de Pompeya: decadencia, apocalipsis y resurrección. Museo de arte de Cleveland. Hasta el 7 de julio

Pompeya resurge de sus cenizas en Madrid


ABC.es

  • Una muestra de 637 piezas recorre toda la historia de esta ciudad desde sus orígenes hasta su destrucción y renacimiento

Fundacion Canal de Isable II. Exposición Pompeya. Foto Javier Torres

Fundacion Canal de Isable II. Exposición Pompeya. Foto Javier Torres

Una de las peores catástrofes de la historia aconteció en el año 79 d. C.. Pompeya, Herculano y Estabia, en la Campania (sur de Italia), quedaron sepultadas por las cenizas del volcán Vesubio cuando nadie lo esperaba. Sus ciudadanos estaban acostumbrados a los temblores de tierra, pero un día el cielo se tiñó de negro y sobrevino la tragedia. Los habitantes de estas tres ciudades de la Antigua Roma quedaron enterrados, al igual que sus casas, pinturas, enseres y secretos hasta el siglo XVIII.

El Centro de Exposiciones Arte Canal acoge una exposición que recorre los orígenes de Pompeya, su destrucción y resurgimiento a partir de las campañas arqueológicas de Carlos III. El próximo 6 de diciembre, «Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio» abrirá sus puertas hasta el 5 de mayo para aquel que quiera hacer un viaje en el tiempo a través de esta muestra compuesta por 637 piezas (629 originales) que han sido cedidas por 22 instituciones.

La mayoría proceden del Museo de Nápoles y en gran parte llegan por primera vez a España. El arqueólogo e historiador Martín Almagro se ha encargado de su selección. Esta exposición se complementa además con seis audiovisuales envolventes en los que se reconstruye la catástrofe, sus consecuencias y la vida en estas ciudades antes de su devastación.

«El Rey Arqueólogo»

El presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, inauguró ayer la muestra refiriéndose a ella como una de las «grandes exposiciones culturales de estas Navidades». La exposición quiere atender a dos objetivos. Por un lado mostrar la vida y el desastre que se produjo en estas ciudades italianas y, por otro ensalzar la figura de su descubridor, el «Rey Arqueólogo». Carlos III fue el impulsor de las excavaciones en Pompeya y su actuación sentó las bases de la arqueología posterior, además de documentar, proteger y evitar que las piezas saliesen de su lugar de origen. Su pasión por la arqueología proporcionó un gran impulso a esta ciencia. El ejemplo de Pompeya fue esencial para la recuperación de yacimientos como el de Itálica en Sevilla. Pompeya es un legado de la historia que constituye un verdadero tesoro para la humanidad y ahora se ve recreado en la capital.

Arte Canal divide la exposición en diez ámbitos temáticos: «Origen e historia»; «Casa de Menandro»; «La pintura pompeyana»; «La vida privada»; «El ocio»; «La Calle»; «Siete metros bajo la ceniza»; «El rey arqueólogo»; «El estilo pompeyano», y «Las pompeyas españolas». La muestra está organizada por el Canal de Isabel II Gestión y la Comunidad de Madrid en colaboración con el Museo Estatal de Prehistoria de Halle (Alemania), la Superintendencia Especial para los Bienes Arqueológicos de Nápoles y Pompeya y el Ministerio par los Bienes y Actividades Culturales de Italia.

Pompeya se viene abajo


El Mundo

  • La ciudad enterrada bajo la lava del Vesubio afronta una segunda muerte
  • ‘Hay una batalla política para privatizar Pompeya’, afirma un arquitecto

La primera en caer fue la Casa de los Gladiadores: se vino abajo, con sus paredes repletas de extraordinarios frescos, el 6 de noviembre. Poco después le llegó la hora a un tabique situado en el callejón de Ifigenia. A continuación se desplomó un muro de la llamada Casa del Moralista. Y el pasado miércoles se derrumbaron otras dos paredes a causa de la lluvia. Se trata del último y agonizante parte de guerra de un lugar único en el mundo que parece condenado a una muerte lenta pero irreversible: Pompeya.

La ciudad romana que el 24 de agosto del año 79 quedó sepultada bajo la lava del Vesubio y, que sólo en 1748 fue redescubierta, ha sobrevivido a erupciones volcánicas, a terremotos, a los bombardeos de la II Guerra Mundial, a los 15.000 turistas que recibe al día… Pero todo indica que no está resistiendo al abandono y a la indolencia que, según numerosos expertos y la oposición al completo, padece a manos del Gobierno de Silvio Berlusconi.

“Fíjate: en las paredes y tejados de la práctica totalidad de edificios de Pompeya hay plantas y hierbajos. Cualquier arqueólogo sabe que eso es fatal, porque las raíces de esas hierbas van abriendo grietas en los muros que, al llover, se llenan de agua y se van debilitando. Quitar las malas hierbas es muy barato. Pero en Pompeya es precisamente eso lo que se ha dejado de hacer: se ha dejado de realizar la manutención y conservación diaria”, contaba Tsao Cevoli, presidente de la Asociación Nacional de Arqueología (ANA), cuando hace unos días acompañó a ELMUNDO.es a comprobar el degrado de Pompeya. Y a fe que salta a la vista: este periódico pudo comprobar cómo se caían varios trozos de columnas en la Casa del Fauno.

“La verdad es que en Pompeya no se ha hecho nada para proteger las antiguas edificaciones romanas, ni siquiera después que el 6 de noviembre el desplome de la Casa de los Gladiadores diera la vuelta al mundo. Al menos después de aquello habría que haber intervenido inmediatamente para evitar nuevos derrumbes. Pero no se ha hecho nada”, se queja Claudio D’Alessio, el alcalde de Pompeya.

El caso es que hace dos años el gobierno de Berlusconi parecía tan seriamente preocupado por Pompeya que decreto que su estado de emergencia. A partir de ahí intervino el parque arqueológico y lo puso en manos de Protección Civil, el cuerpo que se dedica a gestionar las emergencias ocasionadas por terremotos, inundaciones y desastres naturales y que, por cierto, está siendo investigado por corrupción.

“El caso es que en Pompeya no había ninguna emergencia, si se decidió que la había fue para poder gastar dinero sin necesidad de control”, denuncia el presidente de la Asociación Nacional de Arqueología, quien está convencido de que detrás del abandono que sufre Pompeya se oculta un plan preciso para acabar privatizándola y convirtiéndola en una especie de Disneylandia de la arqueología…

“Sí, todo indica que hay en marcha una batalla política dirigida a privatizar Pompeya“, se lamenta Biagio De Felice, arquitecto y técnico de la Superintendencia de Pompeya. “El caso es que en Pompeya se está gastando mucho dinero, pero no en conservarla y mantenerla, sino en hacerla más espectacular a través de proyectos millonarios y de dudoso gusto”, subraya. Porque, según varios expertos, son esos proyectos millonarios los que permiten hacer ‘negocio’ a costa de Pompeya y no la manutención ordinaria.

A coro, los especialistas y la oposición piden a gritos la dimisión del ministro de Cultura, Sandro Bondi, en nombre de la supervivencia de Pompeya. Sin embargo, Bondi se desembaraza de cualquier responsabilidad asegurando que los derrumbes registrados en el parque arqueológico son culpa de las lluvias. “Sobre Pompeya llueve desde hace 260 años, cuando fue desenterrada. Pero solo ahora se cae a pedazos. ¿Por qué será?”, se pregunta Tsao Cevoli.

Pompeya, ciudad (arqueológica) sin ley


El Pais

El derrumbe de 50 metros de muros romanos hace saltar las alarmas en el parque – Los sindicatos denuncian que el sitio lo controlan la Camorra y Protección Civil

Pompeya, la ciudad romana que sepultó la ceniza del Vesubio, Patrimonio de la Humanidad protegido por la Unesco desde 1997, sigue sufriendo dos mil años después el abandono y la impericia de las autoridades. Bajo el acoso de la Camorra, que trapichea en la zona arqueológica y edifica donde le parece, la gestión de Pompeya fue entregada el verano pasado por el Gobierno a un comisario extraordinario, manager de la todopoderosa Protección Civil, dotado de atribuciones especiales.

Justificada como solución a la “grave degradación” y al “estado de riesgo” que amenaza el área, en la gestión del comisario Marcello Fiori ha primado la espectacularidad y la superficialidad sobre la calidad y la seguridad, según afirman expertos y trabajadores del campo.

“Pompeya, con 2,5 millones de visitantes y 20 millones de ingresos al año, se gestiona hoy con un estilo espectacular y populista incompatible con el tiempo, casi siempre lento e ingrato, de la arqueología”, resume un funcionario del sitio que pide anonimato.

El síntoma más claro es que entre los 600 trabajadores de Pompeya reina la omertà. Sólo los sindicalistas hablan, desde fuera, con nombre y apellido. El resto no revela su identidad por temor a las represalias.

Un misterioso incidente ha sido convertido casi en asunto de Estado por la dirección. Los trabajadores denuncian que se ha intentado minimizar daños muy graves. Y esto ha hecho estallar en el sitio arqueológico una tensión latente desde hace meses.

El 14 de enero, una obra puesta en marcha a toda prisa, en turnos de siete días, según los sindicatos, para dar brillo a la inminente visita al sitio de un político (no está claro si es el presidente Giorgio Napolitano o el primer ministro Silvio Berlusconi), causó el derrumbamiento de dos muros, uno de 30 metros y otro de 20. Dos paredes de casas antiguas, según algunas fuentes decoradas con frescos, se vinieron abajo.

El sindicalista Gianfranco Cerasoli, de la UIL, explica que la obra fue decidida por el comisario Fiori y afectaba a la zona de la Vía de la Abundancia, donde se encuentran la Casa de los Castos Amantes -descubierta en 1987 y cerrada con andamios desde entonces- y la Casa de Polibio. “Colocaron una grúa muy grande sobre un terraplén frágil, y con la lluvia la grúa cayó sobre el muro que rodea la Isla de la Casa de los Castos Amantes; éste a su vez derruyó una pared contigua”, explica Cerasoli.

El comisario Fiori ha negado que los desperfectos hayan sido graves, ha desmentido que los hubiera causado una grúa y los ha achacado a las fuertes lluvias. Siguiendo al milímetro la línea oficial, Fiori ha preferido anunciar que “en febrero será posible ver la excavación de la Casa de los Castos Amantes a través de un plástico transparente y un sistema de cámaras de televisión”.

El director de la excavación de Pompeya, el arqueólogo Antonio Varone, ha acusado a los sindicatos de alarmismo y ha quitado hierro al percance, limitándolo a un “pequeño corrimiento de tierras”.

Pero la denuncia parte de la prestigiosa asociación privada Italia Nostra, que vela por el patrimonio cultural. Italia Nostra habla de omertà y de “distorsiones” en la gestión y ha exigido “transparencia inmediata”.

Una funcionaria del parque da su versión mientras se aleja de la oficina para hablar sin ser oída: “Tenemos miedo, el clima aquí es de intimidación. No sabemos siquiera qué daños reales ha habido porque la consigna es no hablar, y ni siquiera han dejado entrar a los técnicos a hacer fotos”.

Los sindicatos explican que las obras en curso costarán 33 millones de euros, y que el día 20 el comisario firmó una entrega de 200.000 euros para reparar los daños. Además, señalan que 12 días después del incidente no se había mandado el preceptivo informe al director general del ministerio, Stefano de Caro.

Según Bagio de Felice, del sindicato CGIL, “la actuación de Fiori y la falta de reacción del ministerio que dirige Sandro Bondi revelan que el Estado ha abdicado de tutelar el patrimonio de Pompeya y Nápoles y certifica el fracaso de la política cultural”.

“En ese desierto hace carrera la presunta eficacia de la Protección Civil, que usa los mismos métodos en Pompeya que en L’Aquila. Entre nosotros circula este chiste: habéis llegado 2.000 años tarde a la erupción, ahora no hace falta que os deis prisa”.

Fiori es un hombre versátil y de probada capacidad de trabajo. Pero los técnicos dudan de que sea el hombre que necesita Pompeya. “Es un lugar muy delicado, no puedes hacer obras como si fuese una autopista”, señala Pietro Giovanni Guzzo, responsable estatal (superintendente) del sitio desde 1994 a 2009. El arqueólogo recalca que “en Pompeya lo más importante es combatir la infiltración de la Camorra, que edifica viviendas ilegales donde quiere y controla los negocios en la zona”. Según el diario L’Unità, que destapó el incidente, un comerciante del área, Nicola Mercurio, se ha convertido “en el brazo derecho de Fiori”. En junio de 2009, la policía de Nápoles descubrió un túnel secreto de 30 metros lleno de objetos robados que iba desde la excavación hasta una vivienda cercana.