Desvelado el secreto del primer agricultor neolítico de la Península Ibérica


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  • Un equipo de investigadores secuencia por primera vez el genoma completo del diente de una mujer de la cultura mediterránea cardial que vivió en la actual Vallirona (Barcelona) hace 7.400 años
Desvelado el secreto del primer agricultor neolítico de la Península Ibérica

Joan Daura y Montserrat Sanz/Pablo Garcia Borja | Imagen del diente del que se ha secuenciado el genoma de un agricultor neolítico e hace 7.400 años y restos de cerámica de la cultura cardial, caracterizado por las impresiones realizadas con conchas de bivalbos

 

Cuando hace más de 7.000 años llegaron a la Península Ibérica las primeras migraciones de agricultores neolíticos procedentes de Oriente Próximo, en lo que hoy es España ya habitaba otra comunidad, la de los cazadores recolectores del mesolítico, cuyo exponente más conocido es el hombre de la Braña hallado en León. Obviamente, ambos eran muy diferentes. Mientras que los mesolíticos eran altos, robustos, de ojos azules y, curiosamente, de piel oscura; los neolíticos, sin embargo, eran más pequeños y esbeltos, y de piel más clara y ojos marrones. La secuenciación completa del genoma del primer agricultor ibérico –también el más antiguo de todo el área mediterránea– llevada a cabo por investigadores del Instituto de Biología Evolutiva del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra, en colaboración con el Center for GeoGenetics de Dinamarca, ha permitido saber cómo eran estos primeros «revolucionarios» llegados Europa y que trajeron la agricultura, desplazando en unos pocos siglos el modo de vida de los cazadores recolectores.

Carles Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva del CSIC, explica a ABC que «los agricultores del neolítico entran hace 8.000 años por dos rutas en Europa; la centroeuropea, siguiendo el curso del Danubio, que es la más conocida y de la que se han encontrado los restos mejor conservados; y la de la costa mediterránea, de la que no hay casi datos. Esta ruta mediterránea, es la que nos ha permitido localizar una cultura específica de la Península Ibérica, la de la cerámica cardial, y de algunas zonas del sur de Francia».

El interés de la secuenciación del genoma de este primer agricultor ibérico –agricultora para ser más exactos, puesto que se trata del diente de una mujer que vivió hace 7.400 años en la cueva de Cova Bonica, en la actual Vallirana (Barcelona)– está en que nos permitirá estudiar mejor cómo ha sido nuestra evolución a partir de los retos adaptativos que fueron superando nuestros ancestros. «Nosotros somos descendientes de los neolíticos de Vallirona, de los que fueron sobreviviendo a sucesivas epidemias y enfermedades y que fueron adaptándose a cambios en la dieta y modos de vida siglo tras siglo».

Retos adaptativos

Estas adaptaciones superadas o inacabadas nos permiten explicar, entre otras muchas cosas, por qué hay personas que tienen actualmente intolerancia a la lactasa (mutación no completada en muchas poblaciones del sur de Europa) y otras no presentan problema alguno al ingerir leche en edad adulta (las del norte de Europa). O también por qué los neolíticos del sur de Europa tenían la piel más clara que los cazadores del norte de Europa, también mas clara que los cazadores del sur de Europa (como el de la Braña); todos los mesoliticos, al menos del oeste de Europa, son muy parecidos. «Creemos que la dieta alimentaria influye mucho en la pigmentación de la piel. Mientras que los cazadores tenían buenos aportes de vitamina D a través de la carne, los agricultores tenían que suplir esa falta sintetizándola a partir de la exposición al sol, y para eso es más eficiente una piel clara» indica Lalueza-Fox.

Gracias a este análisis del nuevo genoma se ha podido determinar que los agricultores de la ruta mediterránea y de la centroeuropea derivan de una población ancestral común, la de los primeros agricultores que entran por Anatolia en Europa. Además, según adelanta Lalueza-Fox, «este estudio es solo el primer paso de un gran proyecto que pretende crear un transecto (mapa en el tiempo y en el espacio) paleogenómico ibérico, desde el mesolítico hasta la Edad Media, que nos permitirá comprender la génesis de las actuales poblaciones ibéricas».

Hércules, el héroe «que más hechos señalados hizo en España» según Alfonso X el Sabio


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  • Uno de los doce trabajos condujo al hijo de Zeus hasta la Península, donde dejó una huella aún visible en el escudo de Andalucía o en La Coruña
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efe La Torre de Hércules, en La Coruña

¿Qué hace un héroe mitológico como Hércules en el escudo de Andalucía? ¿Y en el de la ciudad de Cádiz? ¿Por qué sus famosas columnas figuran en el escudo de España? ¿Y por qué da nombre a la Torre patrimonio de la humanidad de La Coruña? El vínculo del legendario Hércules (el Heracles de los griegos) con la Península Ibérica es tan antiguo como la «Teogonía» escrita por Hesíodo en el siglo VII o VIII a. C. En aquella obra poética sobre el origen de los dioses ya se ubicaba uno de los famosos trabajos de Hércules en la isla de Eritia o Eritea, «rodeada de corrientes», en el extremo occidental del Mediterráneo.

Hasta esa isla «más allá de las aguas inagotables, de raíces de plata, del río Tarteso», según la situaba la Gerioneida un siglo después, el héroe llegó para cumplir su décimo trabajo. Hércules debía robar las «vacas rojas» de Gerión, un ser monstruoso de tres cuerpos. «¿Son bueyes o son vacas? En realidad, las fuentes utilizan el término bóes, sustantivo masculino tanto como femenino», explica Francisco Sánchez Jiménez.

El profesor de Historia Antigua de la Universidad de Málaga señala que «desde la perspectiva de la geografía mítica, los griegos establecieron una serie de tópicos relativos a Tarteso y luego a Iberia, según los cuales era un territorio de proverbial riqueza y de antiquísima cultura. De otra parte, es la Península el escenario privilegiado para los grandiosos trabajos de los héroes en tanto que límite extremo del mundo conocido».

Una vez llegado al punto en el que África y Europa se unían, cuenta la leyenda que el hijo de Zeus abrió un estrecho para comunicar el mar con el gran océano y acceder así con mayor facilidad a la isla de Eritia (que algunos identifican con la actual Sancti Petri), próxima a Cádiz. A ambos lados del estrecho erigió dos columnas, las famosas Columnas de Hércules, que servirían de límite y separación de dos continentes y del Mediterráneo y el Océano Atlántico. Otras versiones señalan que las columnas son en realidad dos montes a cada lado del estrecho. «El mito de la fijación de las Columnas es un tema riquísimo que nace de la necesidad de delimitar la esfera del mundo conocido así como de señalar la frontera de lo humanamente posible», señala Francisco Sánchez que cita a Píndaro como fuente principal.

En Cádiz existió un santuario en Sancti Petri dedicado a Melkart, el dios protector fenicio de origen cananeo, con dos altas columnas, que sufrió un proceso de fuerte helenización ya desde finales del siglo IV a.C.. El profesor de la Universidad de Málaga señala cómo este proceso se constató con la introducción de elementos como la decoración de las puertas con los trabajos de Hércules y con «transformaciones importantes en el culto del dios que quizás desembocaron ya en época romana en un completo sincretismo». Melkart pasó a identificarse con Hércules y el lugar se convirtió en el Heracleion gaditano, donde, según la «Chorographia» de Pomponio Mela, existía una tumba de Hércules.

¿La tumba de un dios? «La presencia de un sepulcro heroico, como epicentro de un espacio sagrado, un “herôon”, no repugna a la religiosidad griega; ni la ambigüedad siempre presente en la figura de Heracles, su doble naturaleza divina y humana. Su muerte en la pira del Eta y su también divinización y entrada de pleno derecho en el Olimpo no debió crear rechazo alguno entre los visitantes griegos y romanos del santuario», afirma el profesor de Historia Antigua.

Tras robar el ganado a Gedión, la leyenda cuenta que el héroe se adentró por el Guadalquivir hasta llegar al lugar donde hoy se encuentra Sevilla y allí levantó seis altos pilares para deliminar la ciudad que después construiría Julio César.

Andalucía aún hoy recuerda estas leyendas de las que fue escenario en el escudo de la comunidad, que aún esconde el «Hercules fundator dominatorque», y en el propio de la ciudad de Cádiz, así como en otros elementos como la Alameda de Hércules en Sevilla.

La fundación de La Coruña

En el otro extremo del país, la Torre de Hérculesde La Coruña también hace honor en su nombre a otra leyenda que lleva las andanzas del héroe a tierras gallegas. Hasta allí habría perseguido el hijo de Zeus al tirano Gerión para darle muerte. Para conmemorar su victoria, levantó una gran torre donde «fizo meter la cabeça de Gerion en el cimiento», según la «Estoria de Espanna» de Alfonso X el Sabio. El héroe mandó que en el lugar se levantara una ciudad a la que llamó «Crunna» (Coruña) por ser éste el nombre de su primera pobladora.

No fue la única ciudad cuyos orígenes míticos se achacan al fornido Hércules. Además de Heraclea, un topónimo bastante común en la Antigüedad con el que se denominó a Carteia, en la bahía de Algeciras, según cita Estrabón, «la historiografía española, desde sus inicios, se preocupó por destacar, como vehículo de propaganda, la fundación hercúlea de una serie de ciudades entre las que destacan Sevilla (Híspalis), Cádiz y La Coruña, pero podríamos mencionar otras como Tarazona, Seo de Urgel y Barcelona», explica Sánchez. Todas ellas aparecen citadas en las crónicas alfonsinas, que continúan y amplían las hazañas de Hércules en la Península relatadas por Rodrigo Jiménez de Rada en «De rebus Hispaniae».

«Al menos desde el siglo XIII, la monarquía castellana demuestra un singular interés por dotar al territorio hispano de unos orígenes míticos y, por lo tanto, de una vinculación firme con el mundo antiguo y en especial grecorromano», asegura el experto en Historia Antigua.

Son muchos los factores que convierten a Hércules en protagonista idóneo de los mitos fundacionales de la historia de España, según Sánchez. Paradigma de héroe griego, la importancia de su figura le permite permanecer en el imaginario histórico rescatado por las monarquías medievales y renacentistas. Además, se ve como un famoso general que al frente de su poderoso ejército va extendiendo el ámbito de la civilización hasta los más lejanos extremos del mundo. Este tratamiento de su mitología, apunta el profesor, «se adapta muy convenientemente a las necesidades del mensaje integrador de nuestros monarcas». Y a todo ello se suma «la ubicación en nuestras costas meridionales, universalmente aceptada, de las Columnas y la importancia “real” de su culto en el santuario a él dedicado en las cercanías de Cádiz», añade.

En la Historia de Alfonso X el Sabio, se señala que Hércules fue «el hombre que más hechos señalados hizo en España», desarrollando una conquista y repoblación, espejo del esfuerzo emprendido por la monarquía castellana en el siglo XIII, explica Sánchez. Establece además una conexión «genealógica» de transmisión del poder («y puso en cada lugar hombres de su linaje»), que culmina con la cesión del territorio a su sobrino Espan, «por quien la Península mudó su nombre de Esperia a Espanna», apunta el experto malagueño.

«Más que de “creencias”, debemos pensar en clave de propaganda institucional y de utilización a su libre albedrío de la tradición mítica», añade Sánchez.

¿Estaba el jardín de las Hespérides en España?

La necrópolis más antigua de la Península Ibérica está en Valencia


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  • Científicos del CSIC han analizado diez cuerpos del conjunto funerario de El Collado, de hace 9.500 años, aún más viejo que los famosos concheros portugueses
La necrópolis más antigua de la Península Ibérica está en Valencia

CSIC | Enterramientos en el cementerio de El Collado, Valencia

Un equipo liderado por investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha demostrado que la necrópolis de El Collado, en Oliva (Valencia), es la más antigua de la Península Ibérica. La datación de los restos óseos de diez de los 15 individuos enterrados en este conjunto funerario, con una antigüedad comprendida entre los 9.500 y 8.500 años, rompe con la idea de que los primeros cementerios ibéricos fueron los asentados en los concheros portugueses, como los ubicados en los estuarios de los ríos Tajo y el Sado.

Los resultados, publicados en la revista PLOS ONE, demuestran que esta necrópolis, la más grande de España, situada en el extremo meridional del Golfo de Valencia, tuvo un uso intermitente durante unos 1.000 años. El empleo de este espacio con fines sepulcrales coincide, por tanto, con otros yacimientos mesolíticos en Europa, como los de Vedbaek (Dinamarca), Skateholm (Suecia) o Téviec y Hoëdic (ambos en Francia).

Hace unos 9.500 años, las últimas comunidades de cazadores-recolectores que ocupaban la Península Ibérica comenzaron a enterrar de forma sistemática a parte de sus congéneres en cementerios, un hábito que se vincula a la progresiva sedentarización de estas sociedades y a un cambio significativo en la relación de sus territorios con las actividades económicas.

Según las dataciones por carbono 14 mediante espectrometría de masas, los restos más antiguos fueron enterrados en el sector sur y los más recientes en la zona norte. “Es significativo que la mayor parte de estas sepulturas no se superpongan ni se corten unas a otras, lo que indica que posiblemente se empleó algún tipo de señalización para indicar las inhumaciones, que era reconocida y respetada mientras se mantuvo la función funeraria de este lugar”, el investigador del CSIC Juan Francisco Gibaja, de la Institución Milà i Fontanals.

En el yacimiento mesolítico de El Collado, excavado en 1987 y 1988, se documentaron 14 enterramientos a lo largo de una superficie de 143 metros cuadrados. Uno de ellos contiene restos de dos individuos. Los datos antropológicos apuntan a que cuatro son mujeres y siete hombres, otros dos probablemente hombres y los dos restantes un adolescente y un recién nacido de los que no se ha podido determinar el sexo. Las dislocaciones documentadas permiten inferir que algunos de ellos fueron enterrados en algún tipo de sudario, saco o con algunos de sus miembros atados.

“Hasta hace poco, las dataciones relativas a un conjunto funerario solían limitarse a unos pocos individuos en el mejor de los casos, ya que en muchas ocasiones se solían realizar dataciones indirectas, es decir, de elementos vinculados al individuo enterrado, pero cuya antigüedad podía no corresponderse necesariamente con el evento funerario. Por ello, nosotros hemos tomado muestras directamente de los huesos humanos de los 10 individuos”, señala Xavier Terradas, investigador del CSIC en la Institución Milà i Fontanals.

El yacimiento es además un depósito de conchas, relacionado con el consumo de moluscos por estas comunidades, que vivían a menudo cerca del mar o de los estuarios. “A veces inhumaban a sus muertos en estos mismos lugares. Por lo tanto, estos moluscos tenían una función de subsistencia, pese a que en algunas ocasiones se hayan utilizado especies concretas con fines ornamentales”, agrega el investigador del CSIC. Juan F. Gibaja.

¿Cuánto sabes de la España visigoda?


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  • En el Siglo V, este pueblo del norte de Europa entró en la Península Ibérica para expulsar a los enemigos de Roma
¿Cuánto sabes de la España visigoda?

fernando Maquieira | «Égica, rey godo», cuadro de Carlos María Esquivel (1830-1867)

Más de tres siglos. Ese es el tiempo que los visigodos dominaron la Península Ibérica antes de ser vencidos y expulsados al norte por los musulmanes. Sin embargo, y a pesar de que tienen en su currículum el honor de haber sido la primera civilización que logró asentarse firmemente por estos lares tras la decadencia del Imperio Romano y la partida de las legiones, su forma de vida y sus costumbres no son las más conocidas a día de hoy. Y es que, su paso por España suele quedar absolutamente oscurecido por los años en que los Tercios andaban a bofetadas con sus arcabuces y picas o, incluso, por la lucha contra los franceses que hubo que llevar a cabo a bayoneta y fusil para expulsar a Napoleón de estas tierras.

Con todo, los visigodos han sido de tanta importancia en el devenir de la Península Ibérica que, en la actualidad, su paso por estas tierras es uno de los primeros temas que se imparte a los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Tampoco se libran de repasar sus desventuras los estudiantes de Bachillerato, los cuales pueden ser examinados de ellos en la temida Selectividad. No es para menos, pues su civilización consiguió expulsar a los diferentes pueblos que se habían hecho con la región tras la caída del Imperio Romano y sirvió como puente entre la época del «gladius» y la Edad Media.

Por ello, desde ABC.es te proponemos que pongas a prueba tus conocimientos sobre esta época de la Historia de España con un test que deberían aprobar los alumnos de entre 15 y 16 años para poder pasar de curso. ¿Crees que podrás sacar más nota que ellos? Si estás dispuesto ya sabes, mete los apuntes en la mochila, quita todo lo que tengas encima de la mesa salvo un bolígrafo y no te olvides de que, si copias, no estás engañando al profesor, sino que te engañas a ti mismo. Prepárate, pues va a comenzar el ejercicio sobre la llegada de los visigodos a la Península Ibérica.

Preguntas (1 punto por pregunta):

1-¿En qué regiones trataron de instalarse los visigodos antes de llegar a la Península Ibérica? ¿De dónde procedían originariamente?

2-¿Qué pueblos se habían instalado en la Península Ibérica antes de la entrada de los visigodos?

3-¿Por qué los visigodos atacaron la Península Ibérica?

4-¿Dónde estaba su capital en los primeros años? ¿Qué provocó que la trasladaran a la Península?

5-¿Aproximadamente cuántos visigodos llegaron a la Península? ¿Por qué?

6-¿Quiénes eran los gardingos? ¿Cómo acabaron teniendo tanta importancia a nivel político?

7-¿Quiénes eran los bucelarios?

8-¿Cuál fue la fecha en la que los visigodos entraron en la Península? ¿Hasta qué año mantuvieron su dominio en la región?

9-¿Qué problemas favorecieron la llegada de los musulmanes a la Península?

10-¿Explique la batalla que marcó el inicio de la decadencia visigoda?

Puedes ver las respuestas en el comentario……

Vitoria: sangre y fusiles para expulsar a Napoleón de España


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  • Hace 200 años, el ejército francés sufrió una derrota en el País Vasco que, a la postre, le obligaría a abandonar la Península Ibérica

Vitoria: sangre y fusiles para expulsar a Napoleón de España

Una victoria que valió un país. En esta única frase se puede resumir la batalla de Vitoria, en la que -tras varios años de dominio galo en la Península Ibérica- una alianza formada por tropas inglesas, portuguesas, y españolas logró poner en huída al ejército francés comandado por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, e inició la reconquista definitiva del territorio arrebatado por el «pequeño corso».

Tal fue la derrota, que el hermanísimo del líder francés tuvo que escapar al galope dejando atrás muchas de sus pertenencias, entre ellas un orinal, para evitar ser capturado por las tropas aliadas. Hoy, 200 años después de aquel suceso, Vitoria porta orgullosa el honor de haber acogido una de las batallas que, a la postre, obligó a los franceses a abandonar la conquista ibérica. Aquel día, sin duda, España dijo «au revoir» al ejército imperial.

José, vuélvete a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

La batalla significó el principio del fin del ejército francés en España

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley -Duque de Wellington- un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Huída hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

Más de 10.000 franceses murieron o fueron heridos

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

Los aliados lograron capturar 151 piezas de artillería

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: los españoles del flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

José Bonaparte huyó dejando tras de sí su orinal

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: Los españoles en la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

Para saber más: «Sinfonía Guerrera», de Iñigo Bolinaga

¿Qué cuenta «Sinfonía Guerrera»?
«Sinfonía Guerrera» es una novela coral que revive la batalla de Vitoria, entremezclando el hecho histórico real con la sinfonía que Beethoven compuso en honor a las fuerzas victoriosas de Wellington. El libro pretende mostrar una batalla auténtica bajo los dos prismas clásicos mediante los que suelen ser representados este tipo de hechos: la guerra imaginada, épica, gloriosa e incluso noble, y la guerra vivida, devastadora, cruel y contraria a cualquier tipo de sentimiento de nobleza. El peso de la primera lo lleva un buen puñado de personalidades que protagonizaron el hecho, y el de la segunda Ludwig van Beethoven, a quien se le muestra en el proceso de creación y ejecución de una obra que le reportó innumerables beneficios y reconocimientos.
¿El libro narra los hechos o hay algún elemento de ficción?
En realidad, tan solo hay un personaje de ficción: Antón Marcuello. Un elemento necesario porque gracias a él, la novela se eleva un grado por encima de los meros hechos y las realidades históricas. Marcuello encarna la faceta de los razonamientos, sentimientos y pensamientos en general de las personas que toman parte en la guerra vivida: la aparente –y necesaria- contradicción intrínseca del ser humano, confundido en un mundo que no encaja con lo que su raciocinio le dice que debería ser, enredado en elevadas cuestiones morales cubiertas de justicia que chocan perennemente con la realidad de una guerra que muestra descarnadamente una realidad ajena a los valores creados.
Desde el momento en se contempla la posibilidad de crear una novela cuyo protagonista sea la propia batalla de Vitoria, uno no puede sino aferrarse a los hechos históricos reales y darles preferencia, aunque construya personajes de ficción que naveguen dentro. Si es la batalla la protagonista, ésta no puede ser un escenario, porque de esta forma adjudicaríamos a los personajes el papel principal, desvirtuando la idea originaria para transformarla en una novela al uso.