La leyenda de Juana, la mujer que se convirtió en «Papa»


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  • El mito, de contenido misógino, cuenta que Juana, que tenía un amante y estaba embarazada, se hizo Papisa haciéndose pasar por un hombre. La historia surge entre los siglos XII y XIII, cuando la Iglesia occidental comienza a institucionalizarse y se evita que la mujer adopte un rol relevante por su supuesta impureza e inferioridad intelectual
youtube Imagen de la película, «La Pontífice», que relata el mito de Juana

youtube | Imagen de la película, «La Pontífice», que relata el mito de Juana

El papel de la mujer en la Iglesia no ha evolucionado como algunos opinólogos o textos faltos de argumento nos han querido hacer creer. Y no porque se la haya dejado siempre en un segundo plano, sino todo lo contrario. La mujer ha tenido y tiene un papel primordial en la historia de esta institución.

«La misoginia ha existido siempre, pero también ha habido muchos hombres que no eran misóginos. Decir que la Iglesia era misógina es una generalización que no está de acuerdo con la realidad. Esta instituciónes muy rica y plural y, de hecho, siempre ha habido mujeres de peso. Eso no quita que, por otro lado, haya habido una línea fuerte misógina pero desde luego no ha marcado toda la historia de la Iglesia. La prueba la tenemos en el pasado con mujeres como Hildegarda de Bingen,que en el siglo XII asesoraba a los Papas y que Benedicto XVI canonizó y proclamó doctora de la Iglesia; Eloísa, una mujer sabia y que estudió mucho aún siendo mujer, Leonor de Aquitania, que fue reina de Francia e Inglaterra, o Clara de Asís,que cobra fuerza en el siglo XIII y que también aconsejaba y consolaba a los pontífices…También las beguinas, que fueron promovidas por la Orden de los Dominicos…También encontramos en el XIV a Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia…Han sido mujeres que dirigieron a los Papas y que han tenido mucha autoridad como maestras», explica María del Mar Graña Cid, profesora de Historia de la Iglesia Medieval de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas.

Pero fue precisamente en ese momento, a finales del siglo XII que surge la historia de Juana, la mujer que fue Papisa. Una historia con gran contenido misógino, triste y denigrante que pone de manifiesto que no todos estaban en contra de la mujer, pero muchos otros sí, «sobre todo aquellos canonistas y teólogos obsesionados con el tema de la impureza de la mujer, e incluso, con la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres», señala Graña Cid.

El mito se codifica por escrito a mediados del siglo XIII, justo en el momento de la reforma gregoriana. La Iglesia occidental se está institucionalizando y clericarizando y todo el peso en la mediación institucional recae en los varones, explica Graña Cid. Aparte, en el derecho canónico se pretende crear por primera vez una jurisdicción universal para que las mujeres no se acerquen al altar y no toquen los vasos sagrados, por su supuesta impureza.

En ese contexto aparece Juana, nacida en Alemania, según una de las versiones de la leyenda. Cuenta la historia que se trató de una mujer que se enamoró de un hombre que decidió irse a estudiar a Atenas y ella optó por seguirlo. «Estudia con él y descubre que se le da muy bien estudiar. Finalmente, va a Roma y empieza en la carrera eclesiástica y acaba siendo elegida Papisa porque es muy inteligente, da buenos consejos, y tiene gran poder de oratoria». Hay que tener en cuenta que en ese momento, año 850, los cardenales no eligían al Papa sino que lo hace el clero y el pueblo. Juana, aún siendo Papisa, cuenta la leyenda, no deja a su amante y se queda embarazada. «Cobra otra vez dimensión el mito de la mujer impura, obsesionada con el sexo y el pecado…», señala Graña Cid.

Su final, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta el intento por desligar a la mujer de cualquier papel relevante, fue fatal. «Hay dos versiones sobre su destino, uno es que muere dando a luz en medio de la calle, y así todo el mundo se entera de que era una mujer y la otra, es que incluso, la gente la llega a apedrear».

«Prueba testicular»

Como un bulo se fue mezclando con otro, surgió también la historia de la prueba testicular, que también fue un mito. Dicha prueba se hacía, supuestamente, con unas sillas con agujeros en el centro para poder comprobar si, efectivamente, se trataba de un hombre o de una mujer quien estaba desempeñando el ministerio petrino.

«La teoría más sensata es que se trataba de sillas romanas de mármol que se piensa que se usaban en las termas para lavarse. Como se trataba de mármoles preciosos fueron a parar al Vaticano y fueron utilizadas por los pontífices. Hay una en el Vaticano y otra en el Museo del Louvre, que se llevó Napoleón». Pero Graña Cid aclara que el Papa no usa dicha silla. «Si se hizo, fue fuera del rito. Los Papas lo tenían todo muy organizado y esta práctica no aparece en ningún libro de ritos de papado».

Condenar los pecados de la sociedad

En definitiva, se trata de una leyenda que se fue mezclando con otras como la del palpado testicular porque había un interés en esa época de dejar de lado a la mujer. «Ya en el siglo XV y XVI hay cardenales que escriben historias y citan la historia de la Papisa como ejemplo para condenar los pecados de la sociedad, es decir, hubo un uso pastoral pero hay que tener en cuenta que no fue la única línea de la Iglesia que también ha reconocido a la mujer. Basta con ver al Papa Francisco que siendo mayor, tiene una visión muy moderna de la sociedad», concluye Graña.

César Borgia, el hijo ilegítimo de un Papa


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  • Fue modelo de los gobernantes del Renacimiento por su ambición desmedida y su cruel realismo al ejercer el poderabc Pintura que representa a César Borgia
Hijo ilegítimo de un Papa y de una patricia romana, César Borgia creció rodeado por la ambición de su padre. El cardenal Rodrigo Borja (posteriormente, el Papa Alejandro VI), de origen valenciano, fue el mejor maestro en el «arte de la política» que pudo tener el joven César, que italianizó su apellido. El cardenal Borja alcanzó el papado jugando la baza del nepotismo y la corrupción y aprovechando sus relaciones familiares con Calixto III, de quien era sobrino. Lecciones que aprendería muy bien su hijo César que tomaría buena nota de las ventajas de la manipulación y la intriga, de la importancia de las alianzas y las conspiraciones.

El joven César acumuló títulos y honores. Con tan solo diecisiete años es nombrado Obispo de Pamplona, tras haber estudiado leyes y teología en la Universidad de Perugia. Con veinte años ya era Arzobispo de Valencia y poco después Cardenal. De César Borgia escribiría Maquiavelo en el «Príncipe»: «Adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos. Porque, como ya he dicho, el que no coloca los cimientos con anticipación podría colocarlos luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar el edificio. Si se examinan los progresos del duque, se verá que ya había echado las bases para su futura grandeza; y creo que no es superfluo hablar de ello, porque no sabría qué mejores consejos dar a un príncipe nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por él. Que si no le dieron el resultado apetecido, no fue culpa suya, sino producto de un extraordinario y extremado rigor de la suerte».

Abandono el capelo cardenalicio en 1498 para poder gobernar los territorios del Vaticano, siendo nombrado Capitán Generalde las tropas papales. Pero donde más destacó su habilidad política fue en el juego de alianzas que estableció. Siempre hasta el precisó instante en que consideró más provechoso para sus intereses traicionar a sus aliados. Un ejemplo del cinismo de los Borgia fue el primer matrimonio de Lucrecia, hermana de César, con Giovanni Sforza. Miembro de una de las dinastías más influyentes de la península italiana, al Sforza le fue entregada Lucrecia con tan solo 13 años hasta que las alianzas entre estados obligaba a que Lucrecia se casará con otro hombre. Los Borgia determinaron entonces que el matrimonio no se había consumado, algo a lo que Giovanni contesto afirmando que se había acostado con Lucrecia cientos de veces sin ninguna queja, y que su primera esposa había fallecido en el parto. Los Borgia argumentaron que ese hijo no era de Giovanni y consiguieron devolver a Lucrecia el status de virgen, aunque estaba embarazada de 6 meses.

Manual para príncipes

César construye un sólido ejército de mercenarios suizos que utilizará durante todo el periodo de las guerras entre los estados italianos. Uno de sus ingenieros militares fue Leonardo Da Vinci. Además establece, junto a su padre el Papa Alejandro VI, una alianza con Luis XII de Francia. En rey francés pretendía controlar la península italiana y hacerse con el control de Nápoles. César Borgía pretendía quedarse con el Ducado de Milán. Los intereses del Papado y de la monarquía francesa confluían.

César va acrecentando su poder y expande su dominio por la toscana y la romaña. Caen las Repúblicas de Pisa, Siena y Florencia, el objetivo es unificar toda la Italia central bajo el mando de la familia Borgia. El 25 de junio de 1501, Alejandro VI emite una bula que autoriza a los soberanos de Francia y España a repartirse el reino de Nápoles. César se une al ejército francés que acampado cerca de Roma inicia su marcha al sur el día 27. En una breve campaña de la más prolongada guerra por el reino de Nápoles los franceses ocupan la parte que les corresponde según el tratado firmado. Pero ni los franceses ni César tienen en cuenta a otro príncipe que Maquiavelo tomaría como modelo de prudencia y maestro de estrategas políticos: Fernando de Aragón. Los Reyes Católicos le ofrecen tropas al reino de Nápoles para recobrar para Imola, Forli y Cesena que «el Duque de Valentines tiene usurpado». Las tropas españolas al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba comienzan a recuperar el control del sur de Italia y derrotan a los franceses.

La vida política de César Borgia la describió como nadie Maquiavelo: «El príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos, conquistar amigos, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes, respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos; el que juzgue indispensable hacer todo esto, digo, no puede hallar ejemplos más recientes que los actos del duque»

El saqueo de Roma: las tropas de Carlos I de España encierran al Papa en Sant’Angelo


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  • El suceso, al que fue ajeno el Rey, tuvo un componente anticatólico debido al gran número de mercenarios luteranos que integraban el ejército imperial. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San Juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas sobre el terror desatado en la Ciudad Eterna
Biblioteca Museo Víctor Balaguer Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Biblioteca Museo Víctor Balaguer
Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Resulta cuanto menos curioso que el Monarca que pasó a la posteridad por ser uno de los grandes defensores de la fe católica frente al protestantismo lo hiciera también porque sus tropas saquearon brutalmente la ciudad de Roma en el mes de mayo de 1527 obligando al Papa a huir para salvar su vida. Retomando el grito lanzado por Julio II contra los franceses de «¡fuera los bárbaros!», el Papa Clemente VII lo jaleó contra los españoles cuando éstos extendieron sus tentáculos imperiales por toda Italia. No en vano, su hostilidad hacia Carlos I de España y V de Alemania saldría muy cara a Clemente VII, quien presenció en primera persona como la Guardia Suiza alimentó parte de su leyenda a las puertas del Castillo de Sant’Angelo (el antiguo Mausoleo de Adriano) sacrificando sus vidas para salvar al pontífice de una horda de mercenarios luteranos.

Tras las victorias españolas en la batalla de Bicocca de 1522 y en la batalla de Pavía de 1525 sobre los franceses, el poder de Carlos I sobre Italia resultaba incontestable. A principio de la década de 1490, Francia mantenía bajo su órbita Milán, parte de Nápoles, Saboya, y tenía amistad con los dirigentes de Génova y Florencia, así como aspiraciones sobre Sicilia. Medio siglo después y muchas batallas de por medio, Carlos I controlaba Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán (a partir de 1535) y mantendría firmes alianzas con el duque de Saboya, con los Médici florentinos, con los Farnesio de Parma y con los Doria y los Spínola genoveses.

La estrategia de «¡fuera los bárbaros!»

En 1526, el conflicto entre las dinastías Habsburgo y Valois, donde el Papa y la República de Venecia eran los únicos que se permitían medrar de forma independiente, se encontraba paralizado a expensas de que Francisco I de Francia, que había sido capturado en la batalla de Pavía y había permanecido una temporada en Madrid curándose de humildad, se decidiera por fin a romper el Tratado de Madrid, firmado durante su cautiverio, que le obligaba a no intervenir en Italia. Finalmente, fueron las palabras del Papa Clemente VII, protegido por los Médici florentinos –que todavía no eran aliados de Carlos I–, lo que animó al Rey francés a incumplir el tratado. Abogando por escrito que los tratados que se firman «bajo la presión del miedo carecen de valor y no obligan a su observancia», el Papa convenció a Francisco I para unirse a la llamada Liga de Cognac (o liga Clementina), integrada por el Papa, Francia, Venecia, Florencia y Milán, con el objetivo de expulsar a los españoles de Italia.

ABC Retrato de Clemente VII

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Retrato de Clemente VII

Mientras el pontífice se preocupaba por encabezar alianzas contra otros reyes cristianos, los ejércitos otomanos de Solimán I «el Magnífico» avanzaron sobre el reino de Hungría, que reclamó ayuda de forma desesperada. El 29 de agosto de 1526 se sucedió la batalla de Mohács, donde murió el Rey Luis II de Hungría y los ejércitos cristianos fueron barridos por los otomanos. Hasta el último momento, Carlos I y su hermano Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria, intentaron convencer sin éxito al Papa de que aparcara por el momento las diferencias en Italia y ayudara a frenar la acometida musulmana. La actitud de estos estados cristianos frente al desastre húngaro convenció a Carlos I de atacar al integrante más débil de la alianza, al menos en lo militar: el Papa Clemente VII.

La primera acción hostil del Imperio español contra el Papa consistió en apoyar al cardenal Pompeo Colonna, quien desde enero de 1526 se encontraba en abierto enfrentamiento con Clemente VII. Financiadas por el Emperador, las tropas de Colonna ocuparon Roma en septiembre de ese año. La ciudad fue parcialmente saqueada y el Papa se vio obligado a refugiarse en el Sant’Angelo, donde quedó encerrado junto a la Guardia Suiza que estaba encargada de proteger al Papa. Esta primera ocupación por parte de fuerzas vinculadas a Carlos I debía haber servido de advertencia a Clemente VII, que originalmente aceptó las duras condiciones del embajador español Hugo de Moncada, pero no consiguió más que espolearle.

Como hizo Francisco I cuando se lo reclamó precisamente el Papa, Clemente VII incumplió lo pactado con Carlos I pocos meses después. No solo se negó a salir de la Liga de Cognac, sino que reforzó las defensas de Roma para que no volviera a producirse una incursión como la de Colonna y ordenó una ofensiva en la zona próxima a Nápoles contra las tropas del virrey español, Carlos de Lannoy. Cansado de las promesas incumplidas, Carlos I ordenó a comienzos de 1527 que un ejército compuesto por unos 25.000 soldados españoles, italianos y alemanes se dirigieran al frente de Carlos de Borbón y del noble alemán Jorge de Frundsberg hacía Roma.

Las tropas imperiales partieron desde el Milanesado y recalaron en Florencia, donde los regidores accedieron al pago que estipuló Carlos de Borbón para evitar el saqueo de la ciudad, antes de retomar el camino hacia Roma. No en vano, las instrucciones del Emperador a Carlos de Borbón –antiguo comandante en jefe de los ejércitos franceses hasta que se enemistó con Francisco I– pedían limitarse a presionar al Papa pero sin ocupar la Ciudad Eterna. Lo que no había previsto Carlos I era la dificultad de sujetar a un ejército al que se le adeudaban numerosas pagas, frente a una presa tan lucrativa como era la antigua capital del Imperio romano.

El Castillo de Sant’Angelo: el último refugio

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Wikipedia Fotografía general del Castillo de Sant’ Angelo, en Roma

El ejército imperial, que estaba formado por 12.000 lansquenetes (mercenarios alemanes en su mayoría protestantes), mantenía las arcas vacías y la tensión empezaba a elevarse. De hecho, un conato de motín fue apagado en marzo con el dinero de los florentinos. Cuando las tropas se situaron frente a las viejas murallas romanas y fueron conscientes de que el Papa no tenía pensado pagar la indemnización que le reclamaba Carlos I, todo quedó alineado para la tragedia.

Sin apenas infantería, el Papa recurrió a la artillería, situada en el Castillo de Sant’Angelo, como última defensa frente a las tropas imperiales. El 6 de mayo, los soldados españoles lanzaron una acometida desde la puerta Torrione, mientras los lansquenetes acudieron a la puerta del Santo Spirito. Precisamente junto a esta puerta cayó muerto Carlos de Borbón al disparo de un arcabuz, que, según su propia biografía, fue realizado por el escultor Benvenuto Cellini. Sin la principal cabeza del ejército, las tropas desataron su furia por la Ciudad Eterna y arrasaron monumentos y obras de arte durante días. Las violaciones, los asesinatos y los robos se sucedieron por las calles romanas, donde ni siquiera las autoridades eclesiásticas afines a los españoles se libraron del ultraje. De hecho, la abundancia de luteranos entre los lansquenetes –la fuerza que llevó el peso del pillaje– dio un significado anticatólico al saqueo. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas del periodo sobre el terror desatado.

Cuando dio comienzo el saqueo, Clemente VII se encontraba orando en su capilla y apenas tuvo tiempo de ser evacuado antes de que los saqueadores alcanzaran la Basílica de San Pedro. La mayoría de soldados de la Guardia Suiza fueron masacrados por las tropas imperiales en las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Así, el sacrificio de 147 de los 189 componentes de la Guardia aseguró que Clemente VII escapara con vida aquel día, a través del Passetto, un corredor secreto que todavía une la Ciudad del Vaticano al Castillo Sant’Angelo. Cubierto de un manto morado para evitar ser reconocido por el característico hábito blanco de los sucesores de San Pedro, Clemente VII permaneció un mes recluido en el castillo junto a 3.000 personas de toda clase y condición que llegaron huyendo de un ejército que estaba completamente fuera de control.

Después de tres días de estragos, Filiberto de Chalons, el Príncipe de Orange, se elevó como nueva cabeza del ejército en sustitución del fallecido Borbón y ordenó que cesara el saqueo, pero pocos soldados obedecieron. No en vano, la decisión de situar su residencia en la Biblioteca Vaticana salvó el lugar y sus valiosos textos del saqueo. Poco a poco, el ejército recuperó la disciplina y los gritos de desesperación cesaron en Roma.

Carlos I fue rápidamente consciente de las graves consecuencias que para su imagen de campeón del Catolicismo iba a tener el suceso El día 5 de junio, el Emperador –que se dejó ver durante unos meses con ropa de luto por lo ocurrido en Roma– firmó con la Santa Sede un tratado que puso fin momentáneamente al conflicto. Aunque una de las condiciones del tratado fue violada poco después cuando Clemente VII se escapó de la custodia imperial para refugiarse en Orvieto, lo cierto es que la actitud del Papa cambió radicalmente a partir del oscuro suceso. Como muestra de ello, el 24 de febrero de 1530 (fecha del aniversario de su nacimiento del Monarca) el Papa accedió a imponer la corona del imperio a Carlos V de Alemania en una pomposa ceremonia celebrada en Bolonia. Además, tras muchos titubeos y vacilaciones, denegó el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra, que deseaba casarse con Ana Bolena, y declaró válido su primer matrimonio con Catalina de Aragón, la sobrina del Emperador.

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses


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  • El conocido como el «Sansón de Extremadura» era célebre por su habilidad con las armas y su extraordinaria fuerza física. En tiempos de Carlos V, gran admirador del legendario guerrero, fue nombrado Caballero de la Espuela Dorada
El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Museo del Prado | Gonzalo Fernández de Córdoba, acompañado de sus soldados de confianza tras la batalla de Ceriñola

Todos los imperios necesitan héroes propios, y España no fue una excepción. Cuando la unión de los reinos hispánicos dio origen al imperio militar que disputó la hegemonía de Europa en los siglos XVI y XVII, los españoles se percataron de que los personajes clásicos, sobre todo griegos y romanos, ya no servían para hablar de la heroicidad y el sacrificio. Se necesitaban urgentemente héroes nacionales. Fue así como a finales del siglo XV se impuso en el imaginario colectivo una generación de personajes heroicos a medio camino entre la historia y la leyenda. Una muestra de esta hornada de héroes modernos es Diego García de Paredes, «el Sansón extremeño», así como el hombre al que siguió con devoción en sus campañas, Gonzalo Fernández de Córdoba, el «Gran Capitán».

Diego García de Paredes nació en Trujillo en torno al año 1468. Y poco se sabe de su infancia y juventud más allá de que aprendió a escribir y leer, pese a que ya entonces se inclinaba claramente por el oficio de las armas. Los historiadores no se ponen de acuerdo en sí participó o no en la Guerra de Granada, que terminó con la rendición final de 1492. Pero de lo que no cabe duda es que en 1496, tras el fallecimiento en Trujillo de su madre, Diego García de Paredes ya se encontraba en Italia buscando fortuna como soldado. En ese momento, Gonzalo Fernández de Córdoba combatía en Nápoles contra las ambiciones francesas de anexionarse este reino, tradicionalmente bajo la esfera de Aragón. Sin embargo, la actividad militar estaba parada a la llegada de García de Paredes, quien decidió desplazarse a Roma para ofrecerse como guardia del Papa Alejandro VI, de origen español.

Según relata Antonio Rodríguez Villa en «Crónicas del Gran Capitán», el Papa accedió a contratar al extremeño tras presenciar por casualidad como Diego García de Paredes se impuso en una disputa callejera contra un grupo de más de veinte italianos. Armado solamente con una barra de hierro, el soldado español destrozó a todos sus rivales, que habían echado mano de las espadas, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate». Alejandro VI, asombrado por la fuerza del extremeño, le nombró miembro de su escolta.

Nace la leyenda hercúlea en Cefalonia

Bien puede tratarse de una exageración de lo que realmente ocurrió, como la mayoría de sus hazañas, pero lo cierto es que Diego García de Paredes adquirió rápidamente gran fama como espadachín en Italia. Tras matar durante un duelo a un capitán italiano de la confianza de los Borgia, el extremeño pasó a los servicios del Duque de Urbino, una de las familias rivales del Pontífice. No en vano, su tiempo como soldado a sueldo quedó aparcado cuando el «Gran Capitán» reclamó hombres para recuperar Cefalonia, una ciudad de Grecia que había sido arrebatada por los turcos a la República de Venecia. Durante el interminable asedio a esta localidad, los turcos usaron un garfio para elevar a Diego García al interior de su muralla. Una práctica muy habitual en los asedios de la época, que era posible gracias a una máquina provista de garfios que los españoles llamaban «lobos», con los cuales aferraban a los soldados por la armadura y los lanzaban contra la muralla.

El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

Wikipedia | Ilustración de Diego Garcia de Paredes

El «gigante extremeño» consiguió zafarse de las ataduras en lo alto de la fortificación y resistió el ataque de los otomanos durante tres días, donde a cada instante «parecía que le aumentaba las fuerzas con la dificultad». Una vez reducido, los turcos respetaron la vida del extremeño con la intención de usarlo para el intercambio de prisioneros. No en vano, el soldado español escapó por su propio pie y se unió al combate, poco antes de la rendición turca. Fue aquella gesta el origen de su leyenda y cuando comenzó a ser conocido como, entre otros apodos, «el Sansón de Extremadura», «el gigante de fuerzas bíblicas» y «El Hércules de España».

Ya convertido en un mito andante, Diego García se reincorporó a los ejércitos del Papa a principios de 1501. César Borgia tenía puestos los ojos en la Romaña y permitió que las ofensas pasadas quedaran olvidadas. El hijo de Alejandro VI le nombró coronel en el ejército que participó en las tomas de Rímini, Fosara y Faenza. Pero tampoco duró mucho esta nueva asociación con los Borgia, puesto que ese mismo año acudió a la llamada del «Gran Capitán» para luchar en Nápoles.

Se presumía, por las tropas y recursos invertidos, que quien venciera en esta ocasión se haría definitivamente con el reino italiano. El «Gran Capitán» se valió de la fama ganada por «el Sansón de Extremadura» para combatir a los franceses, quienes le «temían por hazañas y grandes cosas que hacía y acometía». Y de nuevo, es difícil estimar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en los episodios bélicos que supuestamente protagonizó García de Paredes. Así, aunque está confirmada su participación en las batallas de Ceriñola y de Garellano en 1503, más cuestionable es el relato sobre una escaramuza previa a esta segunda batalla donde el extremeño, contrariado con una decisión táctica del Fernández González de Córdoba, se dirigió en solitario hacia las tropas francesas y causó cerca de 500 muertos. «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos… saliese sin lesión», explica una de las crónicas.

De pirata a Caballero de la Espuela Dorada

Tras el final de la guerra en Italia en 1504, Nápoles pasó a la Corona de España y el «Gran Capitán» gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Como agradecimiento a sus servicios, Gonzalo Fernández de Córdoba nombró a Diego García de Paredes marqués de Colonnetta (Italia). Sin embargo, cuando el «Gran Capitán» cayó en desgracia, la defensa que hizo «el Sansón de Extremadura» de su antiguo general le costó la pérdida del marquesado de Colonnetta y forzó un exilio voluntario de la corte. Durante años, el soldado extremeño se dedicó a la piratería en el Mediterráneo, teniendo como presas favoritas a los barcos berberiscos y franceses.

En 1508, Diego García de Paredes recuperó el favor real y se unió a la campaña española para conquistar el norte de África. Durante estos años Paredes participó en el asedio de Orán, fue maestre de campo de la infantería española que el emperador de Alemania usó para atacar a la República de Venecia, y sirvió como coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II en la batalla de Rávena, entre un sinfín de gestas militares.

Con la irrupción de Carlos V en España, gran admirador de su leyenda, el extremeño acompañó al emperador por Europa, quien le nombró Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo a este en Alemania, Flandes, Austria y en todos los conflictos acontecidos en España, desde la Guerra de los Comuneros a la conquista de Navarra. En 1533, tras regresar con Carlos V de hacer frente a los turcos en el Danubio, Diego García de Paredes falleció por las heridas sufridas durante un accidente a caballo cuando jugaba con unos niños a tirar con la lanza unos palos en la pared. Lo que no habían conseguido quince batallas campales y diecisiete asedios, lo alcanzó un juego infantil: matar al gigante.

El «Desafío de Barletta»: o victoria o nada

El día que murió en la hoguera Jacques de Molay, último gran maestre templario


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  • «¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!», proclamó antes de morir
El día que murió en la hoguera Jacques de Molay, último gran maestre templario

cg. simon/E. Segura | Ilustración sobre Jacques Bernard de Molay

Despunta el alba en la Isla de los Judíos, pero el sol apenas clarea de gris el lúgubre recodo del Sena. Las orillas están a rebosar de rostros curiosos, tanto en el lado del mercado como en el que linda con los jardines del Palacio del Rey. Hay risas, y vino, y putas trabajando bajo los mantos. Porque toda ejecución es un espectáculo y todo espectáculo es una fiesta.

Y toda fiesta tiene un invitado de honor. Este ha pasado la noche en la isla, en una jaula improvisada hecha con maderos. Un niño hubiese podido escapar de ella en cuestión de minutos, pero el despojo balbuceante que los alguaciles sacan de su interior apenas es capaz de tenerse en pie, cuanto ni más huir. Le conducen frente al preboste de París, que aguarda inquieto frente a la pira. Cambia el peso de un pie a otro, incómodo por la humedad y por la tarea ingrata. Cuando desenrolla la sentencia y se la lee al reo, lo hace con voz trémula y ojos esquivos.

-Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera.

-Fui condenado a cadena perpetua, no a muerte. Y me retracté de esa confesión, obtenida bajo tortura -susurra el anciano.

El preboste mira a Molay con compasión no exenta de culpabilidad. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Pese a ello, cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada.

-Rechazasteis la misericordia del rey Felipe proclamándoos inocente cuando ya habíais sido hallado culpable. Añadisteis el pecado de la soberbia a los que ya poseíais. Y os condenasteis a vosotros mismos y a los templarios a la desaparición.

-Ya no existen, mis hermanos ya no existen -replicó el anciano, meneando la cabeza-. Pero la orden vivirá para siempre.

113 caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Aquel era el último que quedaba en Francia.

-Es voluntad del rey y de Su Santidad que la Orden sea erradicada, y su nombre sea maldito y caiga en el olvido.

-No le será tan fácil -repuso Molay, tirando torpemente de la túnica deshilachada y mugrienta que era toda su vestidura. La mano huesuda descubrió un hombro escuálido. Allí, cerca del corazón, el anciano había lacerado su carne, dibujando una cruz, la misma que había guiado su espíritu durante los 71 años de su existencia. Había usado el mango de una cuchara hacerlo, afilándolo contra una piedra suelta en la pared de su celda.

El preboste ahogó un quejido de repugnancia al ver aquello. Los bordes irregulares de la herida se habían infectado y estaban llenos de gusanos.

-Felipe y Clemente me matarán, pero no me impedirán morir con la cruz en el lugar donde siempre ha estado -añadió el anciano.

-Sea pues. Morid con la cruz, y que la orden muera con vos -dijo el preboste, haciendo un gesto al verdugo.

El encapuchado arrastró a Molay hasta el poste, alrededor del cual se habían dispuesto haces de madera seca por todas partes excepto donde debían ir los pies del prisionero. Al verlo, el templario pidió al preboste que se acercase.

-Me gustaría morir mirando a Notre Dame.

El preboste dio unas cuantas órdenes, y los guardias cambiaron de sentido los haces de leña a regañadientes. Ataron al anciano al poste, y finalmente colocaron algo más de combustible sobre las canillas blanquecinas y llenas de costrones del viejo guerrero.

El verdugo se acercó entonces al lugar donde apilaba sus enseres, y cogió un cubo donde guardaba paja húmeda. Iba a acercarse a la pira con él, pero el preboste le detuvo.

-Dejad eso.

Incluso a través de la capucha de cuero se percibió el desagrado del verdugo. No era un hombre que disfrutase haciendo daño a otros. Había perfeccionado su trabajo para matar con el mínimo dolor posible, y eso incluía la paja húmeda cuando alguien era condenado a la hoguera. El fuego arrancaba gran cantidad de humo de la paja, provocando que el reo se ahogase mucho antes de que el fuego le abrasase la carne.

-Sólo es un viejo inútil -dijo.

-El rey ha dicho que no -zanjó el preboste.

¿Qué terribles delitos había cometido aquel anciano para que la condena fuese tan dura? Ninguno, si hemos de juzgar su proclamación pública de inocencia, lejos de las lancetas y las cuerdas de los torturadores. Pero no eran sus crímenes los que habían enfurecido al Papa Clemente y al Rey Felipe el Hermoso. Era la existencia de los templarios la que significaba una amenaza para los poderes de París y de Avignon, donde estaba entonces la sede de Pedro.

Origen de la orden

Desde que dos siglos atrás nueve cruzados se comprometiesen a salvaguardar a los peregrinos que visitasen Tierra Santa, la orden de los Templarios no había dejado de crecer en poder e influencia. Poco a poco se habían extendido por Europa, y los templarios no combatientes habían librado una batalla distinta con las monarquías del continente. Sabedores de que la auténtica fuerza de una espada está en el brazo que la empuña, y la de este en el estómago que lo alimenta, y la de este en la bolsa que lo llena, habían decidido servir a Dios y a la Orden amasando oro a manos llenas. Inspirados por las prácticas ancestrales de judíos y fenicios, los templarios crearon una forma primigenia de banco, que servía de puente entre los monarcas siempre ávidos de dinero para sus guerras y francachelas de caza. Ello aumentó aún más el poder de la órden, que además era completamente independiente del papado.

Y cuando alguien crece demasiado a su aire, se crea enemigos. Y si además sus deudores tienen el poder para aniquilarlos, pueden caer en la tentación de hacerlo. Y así fue como los monjes guerreros se labraron la inquina del rey Felipe el Hermoso, cuyas deudas eran cada vez mayores y sus posibilidades de saldarlas, más pequeñas. Y del Papa Clemente, que envidiaba la libertad de los templarios y rabiaba porque estos no le apoyasen en las escaramuzas que deseaba librar. Se reunieron y confabularon. Pensaron en una excusa, desde los secretos rituales de iniciación dentro de la Orden, que dicen que incluían escupir sobre la Cruz, hasta los pecados de usura y simonía. Cualquier cosa que pudiese invertir las simpatías del pueblo por los poderosos y misteriosos templarios, cuyas virginales túnicas blancas y fiereza en el combate despertaban la admiración de los comunes. Aunque si hay algo a lo que el vulgo está más dispuesto que a admirar a un héroe es a vilipendiarlo a la mínima ocasión.

Les persiguieron, les arrestaron, les torturaron, les hallaron culpables y les encerraron. Uno a uno, eran vulnerables. Uno a uno, fueron cayendo los guerreros mejor entrenados de la Cristiandad, bajo los perros del rey, campesinos con espada que sólo tenían a su favor el número; pero no la razón, ni la justicia ni el honor.

Corrupción, antes y ahora

Repasar la historia y repasar nuestros titulares del siglo XXI no es un ejercicio demasiado distinto. Entonces y ahora la corrupción en lo alto era y es el pan nuestro de cada día. Entonces y ahora los poderes públicos se doblaban al servicio de quienes carecen de escrúpulos. Pero entonces, además, había un señor con una capucha de cuero que podía atajar el problema de raíz convirtiéndolo en ceniza.

Ya se acerca el verdugo a Jacques de Molay, con la antorcha encendida en la mano. En el amanecer grisáceo, la bola de fuego anaranjado arranca ocasionales tonalidades azuladas del cielo encapotado. El viejo templario, que tiembla de frío y de miedo, casi agradece el calor de la antorcha cuando prende la base de la pira, mandando una engañosa y agradable sensación a sus pies helados.

«Dieu vengera notre mort!», musita el anciano varias veces, como ensayando para sí mismo, antes de tomar aire y repetirlo a gritos. Y su garganta reseca encuentra fuerzas para proclamar su inocencia. La voz cascada se aclara por última vez, y el viejo semidesnudo vuelve a ser un príncipe de la cristiandad. Un gigante poderoso cuya maldición vuela por encima de las cabezas de la gente, espanta a las palomas que anidan entre las gárgolas de Notre Dame, y se alza hacia el cielo para convertir el epitafio en presagio.

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!»

Las llamas muerden los pies del anciano, convirtiendo el final de su proclama en un alarido de dolor, que sella su destino y firma con sangre la maldición. Una maldición que se cumplirá al pie de la letra, pues tanto el Papa como el rey de Francia mueren a los pocos meses. Castigo divino o no, desde ese 19 de marzo de 1314 vivirá para siempre en la imaginación de todos nosotros la leyenda de los valientes y abnegados defensores del Santo Sepulcro, de los monjes que partían a mandoblazos cráneos de sus semejantes sin sentir ni por asomo la ironía: La leyenda de los caballeros templarios.

Los Reyes Magos eran andaluces, según el papa Benedicto


El Periodico

  • En su libro ‘La infancia de Jesús’ asegura que SSMM provenían de Tartessos, una región que los historiadores sitúan entre Huelva, Cádiz y Sevilla
CAMPAMENT DELS REIS MAGS. GIRONA.05/01/10.FOTO:DAVID BORRAT/CLICK ART FOTO

CAMPAMENT DELS REIS MAGS. GIRONA.05/01/10.FOTO:DAVID BORRAT/CLICK ART FOTO

El nuevo libro del papa Benedicto XVI, ‘La infancia de Jesús’, sigue dando qué hablar. Si hace poco nos enteramos, según su texto, que el portal de Belén no tenía ni buey ni mula, en las mismas páginas también da a entender que los Reyes Magos de Oriente eran más bien de occidente, o al menos del occidente conocido entonces, concretamente de Andalucía, exactamente de Tarsis o Tartessos, una región que los historiadores sitúan entre Huelva, Cádiz y Sevilla.

Según Benedicto XVI, la Iglesia ha interpretado los pasajes del nacimiento de Cristo utilizando salmos y textos anteriores, donde se nombra a Tarsis en repetidas ocasiones.

“Que le paguen tributo los reyes de Tarsis y de las costas remotas; que los reyes de Sabá y de Seba le traigan presentes. Que ante él se inclinen todos los reyes”, se puede leer en el salmo 72,10 del ‘Libro de los Salmos’.

Huelva, Cádiz y Sevilla

Los historiadores ubican la mencionada Tarsis en algún punto de Andalucía, probablemente en la provincia de Huelva, aunque no se descarta que abarcara zonas de Cádiz y Sevilla.

“Así como la tradición de la Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías 1,3, y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno, así también ha leído la historia de los Magos a la luz del Salmo 72,10 e Isaías 60. Y, de esta manera, los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en el pesebre los camellos y los dromedarios”, escribe Ratzinger. “La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartessos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”.

El Papa remite a los textos de Mateo e Isaías para fundamentar su argumentación, pues son los que hablan de los reyes y naves llegadas desde Tarsis.