¿Qué insulto humilla al «lisiado de pies y manos»?


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  • El célebre Francisco de Quevedo le otorgó ese valor semántico. Hace referencia al individuo tonto y abrutado
-moratin_goya.jpg de Archivo ABC-

ABC El poeta Leandro Fernández de Moratín emplea el término a principios del siglo XIX

Con una jerga tan rica y variada cuando de insultar se trata, es común que algunas ofensas vayan perdiendo fuelle en favor de otras. Los tiempos cambian, las palabras también… pero las viejas costumbres son francamente inmortales. Por más años que pasen, las ganas de pelear siguen latentes en el seno de una sociedad demasiado estresada como para disfrutar de lo que tiene alrededor. Y eso, provoca que hoy brindemos un particular homenaje a uno de esos vocablos que nos retrotraen a épocas pretéritas.

Pancracio Celdrán establece en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esferan, que el zopenco es un «individuo necio y abrutado. Etimológicamente, tanto en italiano como en portugués zoupo, zopo equivale a tarado o lisiado, especialmente de los pies».

El autor apunta que los vocablos zopenco y zopo «connotan cojera» y explica que este sentido se lo otorga Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), donde le asigna etimología latina «de suppus (que gatea)». Por su parte, el célebre Francisco de Quevedo da al calificativo el significado de «lisiado de pies y manos».

En el Diccionario de Autoridades (1726), primer diccionario de la lengua castellana editado por la Real Academia Española, zopo equivale a sujeto sumamente desmañado, que se embaraza y tropieza con todo.

José Francisco de Isla, en su Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas (1758), emplea así la palabra:

Hasta ahora no encontré estudiante tan zopenco que de dicho método sacase la preocupación de persuadirse que la Escritura para nada sirve al teólogo…

Con el mismo valor semántico lo utiliza también a principios del siglo XIX el poeta Leandro Fernández de Moratín:

Seré mal poeta, seré zopenco, pero soy hombre de bien…

Celdrán apunta que el calificativo podría derivar del compuesto ‘so penco’, aunque tampoco puede demostrarlo. «El penco es un jamelgo, un caballo flaco y desgarbado, y no resultaría fácil casar este contenido semántico con el de zopenco, cuya base conceptual es la necedad y la tontería».

El escritor Vicente Blasco Ibáñez, en su traducción de Las mil y una noches (1916), emplea así el término:

Por eso, haga lo que haga, un sirio… será siempre un zopenco de sangre gorda , y su ingenio no se avivará nunca más ante el incentivo grosero de la ganancia y del tráfico.

Por último, tal y como viene siendo habitual en esta serie sobre el origen de los insultos, Celdrán hace un recorrido por el mapa de definiciones que abarca la geografía española. «En Andalucía: criatura tan desmañada que con todo tropieza, mientras que en Gran Canaria se predica del individuo de pocas luces. En la villa toledana de Cueva llaman así a quien es muy bruto; en la Alcarria conquense: lerdo, torpón; en puntos de Teruel: sujeto desmañado que además de bruto es bobo; en Cáceres: sujeto torpe, lento y bruto; en puntos de Asturias: pesado y torpón, sentido que también tiene en la provincia de Murcia».

El insulto que te podía costar la vida en el siglo XVI


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  • Proferir este calificativo era tan afrentoso que requería satisfacción a través de un duelo a muerte
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ABC El vocablo no se usa en castellano con anterioridad al XV

«InFAmes, respetad a los muertos». Así rezaba una pancarta que el grupo radical del Real Madrid, Ultras Sur, le dedicó hace años en un derbi a sus homólogos rojiblancos del Frente Atlético. El mensaje hacía alusión a los desagradables cánticos que los hinchas colchoneros vienen coreando desde que un accidente de tráfico costara la vida al que fuera emblema del club merengue Juan Gómez, «Juanito». «¡Illa, illa, illa, Juanito hecho papilla!» o «cómo iría Juanito… para no ver el camión» fueron la gota que colmó el vaso de los otrora ocupantes del fondo sur del Bernabéu, quienes no tuvieron en mente otro calificativo que el que ocupa hoy nuestra atención.

La ofensa de infame sirve para describir al individuo indigno, vil y despreciable; que carece de honra y no merece respeto. Pancracio Celdrán señala en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, que en el siglo XVI se decía de «el notado de ruin fama. Fue insulto tan afrentoso que requería satisfacción en duelo a muerte, afrenta equiparable a cobarde, felón, traidor, cabrón, hereje, ya que el infame carece de crédito y estimación».

El historiador Juan de Mariana escribe en el siglo XVI referido a los cómicos:

Los farsantes que salen a representar deben ser contados entre las personas infames.

Mientras que Miguel de Cervantes deja plasmado en Rinconete y Cortadillo (1613):

Se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia.

Celdrán apunta que este calificativo fue muy empleado en el teatro del Siglo de Oro: «El movimiento cultural obsesionado con el honor personal y la reputación familiar».

Lope de Vega dice:

Luego que suelta del infame lazo Filomena se vio, corrió a la espada, pero cayó con más seguro abrazo en los tiranos brazos desmayada…

Incidiendo en su origen etimológico, el autor explica que es voz derivada del latín fama (opinión pública, renombre, rumor), a la que se le añade la partícula negativa ‘in’. Además de añadir una pequeña pincelada respecto a la variación que ha sufrido su significado a lo largo del tiempo, «desde el siglo XIX el término señala a la persona carente de reputación o fama, o a quien la tiene mala y ruin. No obstante, no se usa en castellano con anterioridad al XV: enfamar, es decir, andar en lenguas por algo».

Manuel Tamayo y Baus escribe a finales de ese siglo en Un drama nuevo (1867):

Ahí va un infame; porque el marido ultrajado que no se venga es un infame.

La mujer usurera que engañaba a Lope de Vega


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  • El calificatico de arpía hace referencia exclusivamente a las féminas y data de principios del siglo XVI
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ABC Para Calderón de la Barca las arpías eran lo peor que se podía ser

La falsedad muchas veces se presenta disfrazada. Pongamos una situación cualquiera en un lugar de trabajo cualquiera: Usted, confiado y agradable, está hablando con un compañero o compañera que no para de dedicarle amplias muecas de sonrisa a cada cosa que dice, convirtiéndose la charla en una continúa exaltación de la amistad. Quizás, es atrevido generalizar, pues en la mayoría de casos este hecho entra dentro de los cánones de las nobles relaciones humanas. Sin embargo, no es tan ostentoso señalar que nuestro protagonista ha sufrido alguna vez aquello que se conoce como ‘clavártela por la espalda’.

En «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, su autor, Pancracio Celdrán, define a la arpía como una persona perversa, de genio endemoniado y actitud fiera y cruel. Además, señala que la ofensa hace referencia exclusivamente a mujeres y data de principios del siglo XVI, con significado casi idéntico al que aún tiene. El naturalista aragonés Diego de Funes y Mendoza se refiere a ellas como robadoras y causadoras de males mediante manejos e intrigas.

Lope de Vega, gran conocedor del paño, recoge así su pensamiento:

Es la mujer del hombre lo más bueno.

Es la mujer del hombre lo más malo.

Su vida suele ser, y su regalo.

Su muerte suele ser, y su veneno (…)

No ha hecho el cielo cosa más ingrata.

Es un ángel y a veces una arpía.

Tan presto tiene amor como maltrata.

Por su parte, el madrileño Calderón de la Barca las convierte en lo peor que se puede ser:

Si habla de flores, soy áspid;

si de fieras, basilisco;

si de aves, soy arpía;

si de peces, cocodrilo.

Celdrán expone que a lo largo de los siglos XVIII y XIX equivalió a mujer de mala condición, y en nuestro siglo es tanto como bruja o demonio. «No sorprende esta visión. Las arpías o harpías eran monstruos fabulosos hijas de Neptuno y la Tierra, muy voraces, con rostro de mujer, cuerpo de buitre, garras en pies y manos y grandes orejas de oso. En tiempos de Cervantes fueron tenidas por bestias aladas, rapaces e insaciables, símbolo de la usura y de cuantos con malas artes aspiran a hacerse con haciendas ajenas; también se predicó de la mujer que a cambio de sus favores arruina y desbarata las casas de los ricos de poco seso».


El insultó que acabó con Cleopatra, la reina más bella de Egipto


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  • La mala prensa de la serpiente en general, y de la víbora en particular, tiene orígenes bíblicos
El insultó que acabó con Cleopatra, la reina más bella de Egipto

AP Elizabeth Taylor es una de las guapas actrices que ha desempeñado el papel de Cleopatra

En una sociedad donde la traición está a la orden del día, es casi imposible encontrar una persona que no haya sido golpeada por sus retazos. Ya sea en el papel de malo malísimo o en el de víctima, la mentira tiene pocos padres y demasiados peajes. En ocasiones ni siquiera se trata de nobleza, sino de responsabilidad. Asumir los errores forma parte del juego y saber perdonar también. Por muchos obstáculos que coloque la vida, la bondad siempre será el caballo de batalla de aquellos sujetos que nunca entendieron lo que aquí se está intentando explicar.

Así encontramos el calificativo de ‘víbora’, que evoca la nula empatía de quienes basan su comportamiento en hacer daño a los demás. En la obra «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, Pancracio Celdrán expone que se llama así «al individuo que se anda con malas intenciones y aguarda cauteloso el momento de llevar a cabo su traición o venganza. Su empleo como insulto se basa en la pésima reputación de este reptil». En un pasaje de El Tesoro de la lengua castellana (1611), Sebastián de Covarrubias escribe:

Es comparada a ella la mujer que en lugar de regalar y acariciar a su marido, le mata. A la mujer que es brava de condición decimos que es una víbora.

Aunque con el significado último de ‘culebra’ el término procede de la palabra latina vipera, Celdrán explica que ya estaba impreso «con el valor semántico de persona que espera la ocasión para hacer daño» en algunas de las primeras creaciones literarias del castellano.

Orígenes bíblicos

El significado hiriente de víbora pone de manifiesto una vez más la relación del mundo animal con determinadas ofensas. El autor revela la razón por la que el insulto que nos atañe hace referencia a un reptil: la mala prensa de la serpiente en general, y de la víbora en particular, tiene orígenes bíblicos. «Eva fue engañada por una de estas criaturas; y en el mundo clásico, Cleopatra murió por la mordedura de otra representante de ese mundo de reptiles». Con estos históricos antecedentes resume Celdrán que llamar a alguien víbora «era hacerle agravio por coincidir en este reptil ingratitud, traición e hipocresía».

Entre las páginas de La Perimetra que escribió hacia la segunda mitad del siglo XVIII el dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín se puede leer: «¡Es víbora enfurecida, despreciada, una mujer’.» Con esta expresión, Celdrán manifiesta la mayor carga de este insulto respecto a la mujer, «haciendo a las del género femenino destinatarias de hipocresía, perfidia y doble intención, con lo que la actitud injusta y cruel de cargar a la mujer con tan terribles palabras manifiesta un machismo exacerbado a lo largo de la historia».

El origen de las antiguas placas cerámicas que numeran las manzanas de Madrid


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  • «Todo necio confunde valor y precio», ya lo avisaba en sus Proverbios y Cantares el célebre poeta Antonio Machado…
¿Estás hablando con un tonto o con un necio? Aprende a diferenciarlos

JUAN FLORES Azulejo conmemorativo del nacimiento de Antonio Machado

En un mundo donde La conjura de los necios, novela póstuma de John Kennedy Toole, ha logrado dejar huella, cuesta creer lo poco atractivo que resulta el calificativo que hoy centra nuestra atención. A pesar de que parezca confundirse de forma frecuente el esfuerzo con el capricho, la inteligencia aún no ha sido degradada al escalón más bajo del comportamiento. Y eso provoca un atisbo de esperanza en la humanidad, cada vez más anestesiada ante la desvirtuada escala de valores por donde se mueve.

Procedente del latín nescius, hace referencia a la persona ignorante, que tal y como señala Pancracio Celdrán en «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, «no sabe ni se interesa por adquirir conocimientos en la creencia burda de que ya sabe mucho». La voluntariedad del improperio es esencial para entender la esencia del aludido, «la ignorancia del necio es culpable, ya que teniendo entendederas no se molesta en aprender; y mayor es aún su temeridad rayanas en la imprudencia, lo que hace que no pueda pasar inadvertido, siendo porfiado».

Es por ello, que Celdrán recuerda que en tiempos cervantinos se decía: «Al hombre discreto se le convence con razones; al necio a palos y mojicones». Mientras que Séneca aseguraba que es preferible ser pobre a ser necio, «pues si el pobre necesita dinero, el necio anda falto de razón», y señala que aludiendo a estos individuos, Lope de Vega escribe en La Dorotea:

De quantas cosas me cansan

fácilmente me defiendo,

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.

La delicada frontera que a priori separa al necio del tonto encuentra su explicación en la sapiencia de su condición o no, «el primero es obstinado, cabezón, insistente en la idea equivocada que tiene de sí mismo, y en esto se diferencia del segundo, que puede tener un momento de lucidez y llegar a comprender que es sujeto desprovisto de inteligencia, pero en el fondo es bueno». Celdrán insiste en la idea de que el necio ansía alcanzar el poder al tiempo que le coloca la etiqueta de incordiante, en contraposición al común pacifismo del tonto.

Por último, Celdrán establece el paso previo a convertirse en un imbécil, mediante la intuición de los límites del grado de conocimiento, «es conocida la frase, ya convertida en píldora de saber concentrado, lo que en sus Proverbios y cantares escribe Antonio Machado: ‘Todo necio, confunde valor y precio’, expresión que pone en el ánimo de todos la importancia de calibrar el alcance de las cosas».

El insulto más violento que Cervantes y Quevedo manejaron con maestría


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  • Es uno de los sintagmas insultantes más antiguos en cualquier lengua y además posee más de doscientas variantes. ¿Sabes a cuál nos estamos refiriendo?
El insulto más violento que Cervantes y Quevedo manejaron con maestría

JOSÉ RAMÓN LADRA Calle en honor de Miguel de Cervantes , en el barrio de las Letras de Madrid

Ante cualquier situación de bronca o trifulca, uno de los insultos clásicos que más sale a colación es el que va a centrar todas las miradas a lo largo de las siguientes líneas. Dado su alta carga ofensiva y chabacana, vamos a intentar reproducirlo las veces que sean estrictamente imprescindibles, intentando pedir disculpas al lector de antemano y evitando que quien suscribe este artículo sea considerado un «hijo de puta» por su lenguaje zafio y bravucón. Si era una pista demasiado evidente sabrá ya cual es el término investigado, y si no lo es, continúe leyendo.

Como bien remarca Pancracio Celdrán en el «El gran libro de los insultos», publicado por la editoria La Esfera, esta palabrota es uno de los sintagmas insultantes más antiguos en cualquier lengua. «El hideputa o hijoputa se pasea por los campos de nuestra literatura desde la alta edad media. Es uno de nuestros insultos clásicos con sus más de doscientas variantes. Su uso en castellano se remonta al siglo XI». Siguiendo con la tónica general de este tipo de palabras, también posee varios significados, «con el que se afrenta a quien de hecho es hijo ilegítimo o espurio, recordándosele sus orígenes para humillarle con algo que en el fondo no es responsabilidad suya; también se emplea como forma violenta de expresar el desprecio y la injuria, al margen de la realidad del contenido semántico».

Durante muchos años fue el más violento y soez de los agravios, amén de una ofensa que requería grandes dosis de satisfacción. Recuerda Celdrán que ya en el fuero de Madrid (1202) se castigaba severamente a todo aquel que osara afrentar a un vecino de la villa con este ‘verbo vedado’ o palabra prohibida, cuya importancia en la literatura española ha quedado de manifiesto, «las palabras gruesas, como ésta, tienen un tratamiento abundante en todos los grandes autores, desde el anónimo autor del Poema de Mío Çid, hasta nuestro tiempo, pasando por Cervantes y Francisco de Quevedo, grandes escritores que manejaron el insulto con maestría».

Además, gracias a esta disciplina, se tiene constancia de que el vocablo no siempre fue utilizado como punta de lanza, «en diversos pasajes de la literatura áurea, como en el Quijote, el término tendía a convertirse en exclamación ponderativa sin intención de injuria, en la línea en que hoy la utilizamos en el ámbito de la amistad o la familia en frases expresivas de asombro fingido». Sin embargo, este uso, a menudo festivo o en tono de broma, no evitó que dejara de ser un insulto serio, «sobre todo por las connotaciones sociales y la humillación pública que suponía».

Celdrán hace hincapié en las diferentes formas abreviadas que abarca, con la intención de quitar hierro a la expresión, «la propia violencia que desprende ha hecho necesaria la creación de paliativos eufemísticos que quitasen grosor a la injuria, tales como ‘ahijuna’ (hijo de una puta) o ‘juepucha’ (hijueputa argentino). En otros casos se prefiere crear un clima de distensión y cierto tono festivo, eludiéndose la voz puta y cargando la mano sobre la del hijo, que es a quien se quiere ofender, y de quien se ríe el insultante, dejándolo en ridículo y expuesto a la broma». Gracias a ello, debemos la existencias de otras formas coloquiales como ‘hijo de condón pinchado’, ‘hijo de la Gran Bretaña’, ‘hijo de la piedra’, hijo de la chingada’, o el más burdo de todos… ‘hijo de perra’.

¿Cornudo ignorante o cornudo con pintas? Un insulto para saber si eres infiel


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  • La riqueza de la lengua castellana alberga un amplio abanico de palabras ofensivas cuyo origen no siempre es conocido
¿Cornudo ignorante o cornudo con pintas? Un insulto para saber si eres infiel

EFE | Gonzalo de Berceo emplea el término principios del siglo XIII

Si tuviéramos que pagar un euro por cada insulto pronunciado, seguramente la economía obtendría el impulso necesario para salir de la tan manida crisis. Quizás sea demasiado atrevido este mensaje, o quizás no. Quien más y quien menos ha recurrido en alguna ocasión al insulto fácil, sin tener que rasgarse las vestiduras cada vez que algo así sucede. La riqueza de la lengua castellana alberga miles de palabras ofensivas cuyo origen no siempre está claro, y por ello, desde ABC.es nos hemos propuesto indagar en las «cloacas» de nuestro diccionario… con su debido permiso.

¿Quién no se ha topado nunca con un cabrón? Y no precisamente, en alusión al macho de una cabra. En efecto, la vida es tan compleja que aunque tratemos de evitar el contacto, seguro que hemos tratado con alguien así. Pero no desesperes, quizás en algún momento hayas sido tú el que ha hecho una cabronada y no por ello el mundo se ha venido abajo. Así que, para los que han sufrido, los que han hecho padecer, o simplemente para aquellos que han desembarcado aquí por curiosidad, vamos a explorar la naturaleza del término y sus peculiaridades. ¿Te vienes con nosotros en este comprometido viaje?

Pancracio Celdrán, explica en el libro «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, la compleja definición de cabrón, «llamamos así, en sentido estricto, a quien consiente en el adulterio de su mujer; también al rufián o individuo que vive de prostituirla. En otro ámbito de significaciones se dice de quien por cobardía aguanta las faenas o malas pasadas de otro sin rechistar; también de quien las hace. Es sentido figurado del aumentativo de cabra: cabrón, animal que gozó de mala reputación por tomar su figura el diablo en los aquelarres o prados del macho cabrío, donde copula con las brujas, teniendo acceso a las mujeres hermosas por delante y a las feas por detrás».

Uno de los mayores tesoros que esconde nuestra lengua son sus múltiples secretos históricos que hay detrás de numerosas palabras o expresiones. Celdrán bucea en el origen de este reconocido insulto, «Gonzalo de Berceo emplea el término en todas sus acepciones a principios del siglo XIII. También Covarrubias dice en su Tesoro (1611): ‘Llamar a uno cabrón, en todo tiempo y entre todas las naciones, es afrentarle. Vale lo mismo que cornudo a quien su mujer no le guarda lealtad, como no la guarda la cabra, que de todos los cabrones se deja tomar’».

No obstante, dentro de la palabrota aparecen diferentes escenarios diferenciados por el mayor o menor grado que detentan estos desgraciados, «no es lo mismo un cabrón ignorante de su condición, que un cabrón con pintas, consentidor e incluso alcahuete de su mujer. El término posee multitud de variantes locales, tantas que sería conveniente dedicar un diccionario entero a estas criaturas», asume Celdrán al tiempo que realiza una comparación con otro apelativo familiar, «al hideputa (hijo de puta), como insulto, le sigue en importancia de uso el de cabrón, que es claramente una consecuencia del anterior. Ambos se emplean en castellano desde el siglo XII».

Entrando en el ámbito de la ofensa, cualquier insulto supone un ingrediente casi indispensable para tratar de hacer daño. «Cabrón», como no podía ser de otra forma, es un claro ejemplo, «con este insulto entramos en el mundo de los insultos que hacen referencia al mundo del honor personal y familiar, piedra de toque de la honorabilidad personal a lo largo de los siglos ya que está relacionado con la infidelidad. Tiene una vertiente adicional referida a quien se comporta con ruindad, y retratan al individuo que abusa de sus semejantes haciéndoles daño de forma gratuita; sujetos que para sobresalir ellos se sirven de las espaldas u hombros de los demás, a los que luego abandonan e incluso zahieren».

En referencia a la última «cabronada» mencionada, Celdrán explica que de ahí es donde sale a la luz lo más oscuro del hombre, «de esas simas y hondonales sale la traición al amigo, la envidia y los celos: son los mequetrefes del espíritu. A quien no puede vengar la afrenta que la naturaleza o la sociedad le hace, debe atender al consejo que da Juan Valera en Las ilusiones del doctor Faustino: ‘La injuria, como los cuernos, ha de ser bien disimulada’».