Tag Archive: Norteamérica



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  • Pudieron ser explosivos y causar cambios climáticos en el Planeta rojo
 Un mapa de Marte, que incluye la región llamada Thaumasia Planum - Wikimedia

Un mapa de Marte, que incluye la región llamada Thaumasia Planum – Wikimedia

Gran Thaumasia es una región de Marte del tamaño de Norteamérica que está rodeada por una alineación montañosa. Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Lousiana (LSU) ha estudiado la geografía y mineralogía de la zona con datos de la sonda Mars Odyssey y ha concluido que en el pasado esas crestas rocosas fueron en realidad una cadena de volcanes. Los resultados han sido publicados recientemente en la revista Journal of Geophysical Research-Planets.

«Nuestra investigación apoya que toda esta zona se forjó como una construcción volcánica», indica Don Hood, investigador del Departamento de Geología y Geofísica de la LSU y autor principal del artículo.

La composición química cambia a través de la región. El sílice y el H20 se incrementa y el potasio se reduce desde el sureste al noroeste. «El cambio en la composición química es la progresión clave que nos dice que este ambiente fue probablemente determinado por una serie de eventos volcánicos que estallaron de una composición del manto cambiante», explica Hood en un comunicado de la LSU.

Hood y sus colegas de la Universidad de Stony Brook, de la Universidad de Tokio y la Lehigh University, descartan la hipótesis de que la abundancia de H20 y potasio fuese causada por el agua que interactúa en roca. «Buscamos evidencia de alteración acuosa a través de otros medios geoquímicos y no lo encontramos», dice.

La geografía de la región tiene muchos volcanes que son similares a los que se encuentran en Hawái. Sin embargo a partir de análisis geoquímicos, los investigadores encontraron que el azufre que está presente fue depositado probablemente en forma de ceniza volcánica.

La ceniza volcánica de diversas áreas podría ser la evidencia de un vulcanismo explosivo en Marte, lo que sería una pista importante para unir las piezas de la historia del planeta. Es significativo debido a que las erupciones explosivas emiten una gran cantidad de gas que puede permanecer en la atmósfera y puede causar eventos de enfriamiento y calentamiento global.

«Si hubo vulcanismo explosivo en Marte y cuánto es una cuestión importante en términos de averiguar cómo fue su clima en el pasado», señala Hood.


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  • Sin que existan pruebas de la presencia de pescadores vascos en Norteamérica antes de 1492, sí es demostrable la gran actividad de éstos en Terranova (Canadá) al menos desde 1517. Todavía hoy, muchos de los nombres de ciudades y otros lugares en la Isla de Terranova son de origen vasco

    ABC Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

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    Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

La teoría de que balleneros vascos y otros pescadores procedentes de poblaciones del litoral cantábrico habían viajado a Terranova (Canadá), en torno al año 1375, mucho antes de que lo hiciera Cristóbal Colón cuenta con pocas evidencias históricas y una única certeza: los pescadores españoles dejaron una profunda huella en la zona noroeste de Canadá. Así, cuando el navegante francés Jacques Cartier dio nombre a Canadá y reclamó estos nuevos territorios –la Terra Nova– para la Corona francesa, anotó un sorprendente hallazgo en sus cartas: «En aquellas aguas remotas encontré a mil vascos pescando bacalao».

Llamadme Iñaki (o Patxi, si acaso)… podría haber sido perfectamente la frase de apertura de la novela más famosa sobre la caza de cetáceos, «Moby-Dick», si el autor se hubiera acordado de la fama internacional que los vascos desarrollaron en este tipo de pesca. En las décadas de 1530 a 1570, el negocio ballenero registró su etapa de mayor apogeo. La flota vasca llegó a estar formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. No obstante, la tradición ballenera en el Cantábrico se remonta a la Edad Media y fue un importante motor de las poblaciones costeras. La principal fuente de ganancia estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite a la que se denominaba saín. Este producto se empleaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni dar olor. Asimismo, los huesos servían como material de construcción para la elaboración de muebles. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses.

Vikingos, portugueses y vascos en Terranova

En una fecha sin determinar, los pescadores cantábricos extendieron su área de acción hacia el Atlántico, especialmente a Islandia, donde fueron protagonistas de una salvaje matanza ya en el siglo XVII, y a lo que hoy es la provincia canadiense de Terranova y Labrador. En busca originalmente de bacalao, la Isla de Terranova se convirtió en un objetivo preferente de los pescadores del cantábrico. Pero no se trataba del primer contacto de los pobladores de esta región con europeos. Alrededor del año 1001, «las Sagas islandesas vikingas» ubican las expediciones del explorador Leif Ericson en Helluland, Markland y en lo que él llamó Vinland («Tierra de pasturas»). Y las investigaciones arqueológicas, en efecto, han confirmado la existencia de un asentamiento nórdico, «L’Anse aux Meadows», en Newfoundland, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Wikipedia Poblado vikingo de L'Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

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Poblado vikingo de L’Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

En cualquier caso esta presencia vikinga en América, que incluso los estudios genéticos han avalado, fue de carácter efímero, y en ningún caso se produjeron asentamientos en territorio continental americano. Así y todo, las incursiones vikingas pudieron ser sucedidas por las de otros europeos, los marinos portugueses. Como si fuera una especie de búsqueda del Santo Grial, los navegantes portugueses acometieron varias décadas antes de Colón la travesía hacia la Isla Bacalao (también llamada «Bachalaos»), representada de forma difusa en los mapas del siglo XVI en las proximidades de Terranova. Así, el portugués Joao Vaz Corte Real habría alcanzado las proximidades de Terranova en 1472, e incluso se especula que bordeó las orillas del río Hudson y del San Lorenzo

Según la versión más estricta del mito, los vascos arribaron en Terranova hacia 1375 y decidieron guardar el secreto para evitar compartir con otras flotas los prodigiosos caladeros de la zona. Entre el mito y la realidad, se relata que cuando los exploradores franceses entraron en contacto con los indígenas de Terranova, éstos les saludaron con la fórmula «Apezak hobeto!» («¡Los curas mejor!», en vasco), que los marineros vascos usaban a modo de respuesta si alguien les preguntaba por su salud. No cabe la menor duda, en cambio, de la enorme huella que la lengua vasca causó en los idiomas de los pobladores de la Isla de Terranova desde el siglo XVI. Durante los dos siglos de esplendor del Imperio español, en Terranova se habló un pidgin, es decir, un lenguaje rudimentario que mezclaba el euskera y las lenguas locales. Muchos de los nombres actuales de ciudades y otros lugares de Terranova son de origen vasco. Como ejemplo, la ciudad Port-aux-Basques está presente en mapas de 1612; Port-au-Choix es una desfiguración de Portuchoa, «puertecito»; y Ingonachoix (Aingura Charra) se traduce como «mal anclaje».

«Los vascos empezaron la industria»

Más allá del componente mítico –alentado sobre todo por los nacionalistas vascos–, está la certeza de que desde 1517 los intercambios comerciales de pesca, culturales y posiblemente genéticos fueron muy frecuentes entre los pescadores vascos (vizcaínos y guipuzcoanos) y los amerindios de Terranova. Las factorías vascas repartidas por las costas de Terranova, Labrador y el golfo de San Lorenzo llegaron a reunir hasta 9.000 personas en algunas temporadas y constituyeron la primera industria en la historia de América del Norte. «Los vascos lo empezaron», afirmó el presidente estadounidense Thomas Jefferson en 1788 referido a que fueron estos pescadores los que descubrieron al mundo conocido de entonces la técnica de la caza industrial de las ballenas. La colaboración con los nativos mikmaq y beothuk, que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra, permitió un intercambio cultural que ha sobrevivido parcialmente hasta nuestros días.

ABC Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

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Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

El itinerario anual de los balleneros comenzaba con su partida de la Península Ibérica en la segunda semana de junio. La travesía del Atlántico duraba cerca de 60 días, llegando a Terranova en la segunda mitad del mes de agosto, a tiempo para interceptar las ballenas en su migración otoñal del Océano Ártico hacia los mares del Sur. La caza duraba hasta el fin de año, cuando la llegada del invierno recubría de hielo las aguas de la bahía y hacía muy complicada la navegación. Es por ello que solo se quedaban en América del Norte durante la temporada invernal los barcos que no habían conseguido capturar una buena pieza. El viaje de retorno era habitualmente más corto, entre 30 y 40 días, gracias a las corrientes y los vientos favorables.

Conforme avanzaba el siglo XVII, se aceleró el declive de los balleneros vascos. La entrada en el escenario americano de marineros franceses, ingleses, daneses y holandeses, entre otros, comprometió gravemente la actividad vasca en Terranova. El tratado de Utrecht, que escenificó el paso de Terranova de manos francesas a inglesas, fue el golpe final para una industria que ya no obtenía la rentabilidad de otros tiempos.


El Pais

  • La mítica base militar ultrasecreta reconocida por la CIA ha servido de inspiración desde hace décadas al cine, la música y la literatura que especularon con vida alienígena
  • La nueva documentación confirma que allí no se trabajaba con OVNIS o extraterrestres, sino en el desarrollo de aviones espía
  • Consulte los documentos de la CIA sobre el Área 51

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Tras años de negativas, la CIA ha reconocido la existencia del Área 51, el misterioso complejo en el desierto de Mojave, en Nevada, convertido en un emblema de la iconografía popular impulsado por las especulaciones de que allí el Gobierno estadounidense trabajaba con extraterrestres. La confirmación se ha obtenido gracias a la desclasificación de documentos decretos de la agencia solicitada en 2005 por la universidad George Washington. La nueva información que incluye un mapa del lugar, sin embargo, decepcionará a los aficionados a las teorías de la conspiración y la ciencia ficción, ya que el Área 51 era una base militar construida durante la Guerra Fría para desarrollar programas de vigilancia y probar aviones espía U-2 y OXCART, capaces de volar a gran altura, una circunstancia que explica por qué los aparatos eran confundidos con OVNIS.

Aunque sí se tenía conocimiento específico de la existencia de esa base, es la primera vez que la CIA la denomina explícitamente como Área 51, el nombre que constaba en los mapas del Polígono de Ensayos de Nevada. “No existe ningún lugar llamado Área 51”, señaló en 1995 un abogado de la Fuerza Aérea en una vista ante un tribunal federal con motivo de la investigación de varias demandas de empleados del complejo que denunciaron sufrir enfermedades respiratorias debido a su exposición a materiales tóxicos mientras trabajaban allí. Los miembros de la base se referían a ese lugar secreto como El Rancho.

De acuerdo con los documentos desclasificados, en 1955, la CIA y la compañía Lokcheed Martin trataban de buscar un lugar para poder probar el modelo de avión U-2. La localización debía estar apartada, para preservarla del acceso de curiosos, o espías rusos. Comenzaron a sobrevolar el área de California, hasta que en pleno desierto de Nevada, junto al lago Groom, avistaron una pista de aterrizaje abandonada que la Armada había empleado durante la II Guerra Mundial. Era el sitio perfecto.

Mapa del Área 51. / gwu.edu

Ese mismo año, el presidente Dwight D. Eisenhower aprobó la construcción de la base militar. El Rancho fue evacuado en junio de 1957 debido a una serie de pruebas nucleares, ante el riesgo de que el Área 51 pudiera resultar contaminada, pero en septiembre de 1959 volvió a estar operativa. La CIA regresó para desarrollar los modelos de avión A2, el precursor del SR-71. A lo largo de estos años, el complejo se ha ampliado y las medidas de seguridad se han endurecido.

La CIA hizo circular de manera interna la historia oficial de las pruebas con U-2 en 1992, una documentación que se hizo pública en 2002 y que ahora, con la nueva petición de la universidad de George Washington se ha ampliado. En 1996 también se reconoció el programa de desarrollo de los aviones OXCART. La nueva información esclarece que en los hangares del Área 51 no se ocultaban naves espaciales ni se hacían autopsias a extraterrestres, sino que se trabaja en algo más prosaico como la vigilancia.

Tras las primeras denuncias de los trabajadores, la Administración Clinton trató de paralizar la proliferación de nuevas demandas. El presidente firmó una orden ejecutiva eximiendo al Área 51 de tener que desglosar sus índices de contaminación, si bien, finalmente, la Agencia de Medio Ambiente obligó a descontaminar la base.

El secretismo del Gobierno en torno al Área 51 ha contribuido a dar verosimilitud a quienes aseguraban que en la base se trabaja con extraterrestres. En 1989, las declaraciones de un empleado del complejo asegurando que había trabajado en la base secreta con una nave alienígena que se había estrellado en la zona, contribuyeron a dar pábulo a más de dos décadas de teorías de la conspiración.


El Mundo

Glaciar en Groenlandia. | Efe

Glaciar en Groenlandia. | Efe

Hace 12.900 años el impacto de un objeto celeste en América del Norte podría haber causado un cambio climático y la extinción de algunas especies. Esto es lo que ha concluido el último estudio de los núcleos de hielo encontrados en Groenlandia.

Tal y como se expone un artículo publicado en la revista ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’, se han analizado muestras de hielo de hace 12.890 años, cuando se produjo un gran cambio climático que dio lugar a una etapa muy fría, lo que ya se sabía gracias a las mediciones de isotopos de oxígeno.

En la misma capa de hielo, se ha encontrado que la concentración de platino aumenta unas 100 veces su nivel normal, lo que sugiere que la causa de este enfriamiento puede estar en un impacto de un objeto procedente del espacio.

La datación del hielo analizado marca el inicio de un período de cambio climático llamado ‘Younger Dryas’ una etapa que empezó y terminó abruptamente. Se estima que el cambio en la temperatura se produjo en apenas diez años.

Este rápido descenso se asocia con la extinción de numerosos grupos de grandes animales, como mamuts; o de pueblos nativos como el de los Clovis, considerado la cultura indígena más antigua de América. Además se produjeron también variaciones en la circulación atmosférica y oceánica.

Estas últimas observaciones se añaden a anteriores estudios que encontraron sedimentados en lagos de la misma antigüedad granos microscópicos de diamante y de un mineral llamado ‘lonsdaleíta’, que se asocian con la composición de los meteoritos y su posible impacto en la Tierra, ya que estas particulas se esparcirían a modo de salpicadura cuando el material está muy caliente y, al enfriarse, quedarían sedimentados.

En los últimos años se está dando credibilidad a la teoría de que los meteoritos que caen sobre la Tierra son los responsables de los cambios en la temperatura y en la vida del planeta. La extinción masiva que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años, por ejemplo, se asocia con un meteorito caído en la Península mexicana de Yucatán.

En el mismo sentido un estudio reciente concluyó que hace más de 252 millones de años se produjo la mayor extinción de todas, que marca el final del período Pérmico y esta podría explicarse por un impacto de asteroide en Brasil.


El Pais

Como no podía ser de otra forma, Ponce de León murió a consecuencia de un flechazo indígena en 1521. En este óleo de Thomas Moran se narra su encuentro con los nativos de Florida en 1513. / Album / Photoaisa

¿Sabía que la bandera de España ha ondeado en el territorio que hoy es Estados Unidos durante 308 años frente a los 237 de la enseña de las barras y estrellas? Los tres siglos de presencia española en Norteamérica fueron una aventura tan extraordinaria como desconocida.

Centrémonos, obviando Canadá y México, en la tierra que hoy ocupa EE UU. La historia europea del hoy país más poderoso del mundo empezó cuando Juan Ponce de León llegó el 27 de marzo de 1513, hace 500 años, a las costas de una península que llamó Florida por la frescura de su vegetación y porque, como hoy, era Domingo de Resurrección, Día de la Pascua Florida.

Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero hoy sabemos que cuando él y sus hombres pisaron tierra, después de ser recibidos a flechazo limpio por los indios, encontraron al menos a uno de ellos que chapurreaba el español. Se cree que hubo una partida de españoles que recorrió aquella tierra (¿1499?) en busca de esclavos.

Repasemos la vida y milagros de Ponce antes de acercarnos a la asombrosa huella de España en Estados Unidos. En sus Mitos y utopías del Descubrimiento, el profesor Juan Gil, miembro de la Real Academia Española, dice que, según el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, Ponce nació “hacia 1474”. Otros autores apuntan a 1460. Su lugar de nacimiento pudo ser Santervás de Campos (Valladolid) o San Servos (León). Guerreó en la Reconquista hasta que, en 1493, pasó a Indias. Ayudó primero a colonizar La Española y en 1508 conquistó la isla de Borinquen, hoy Puerto Rico, de la que fue gobernador.

En 1513 pone proa a la misteriosa isla de Bimini, pero llega a la costa de Florida. Bordea sus cayos y es el primero en enfrentarse a la corriente del Golfo, clave para la navegación en los siglos venideros. Ponce no busca la fuente de la juventud. Esta fábula, como las siete ciudades de Cíbola, hechas de oro, venía de atrás. Hubo aventureros que hablaban de baños relajantes en una isla paradisíaca, llena de árboles, flores y mujeres, por supuesto desnudas. El de 1521 fue su último viaje. Los indios volvieron a recibirlo con el arco presto. Herido de un flechazo, regresó a Cuba para morir en La Habana a los 61 años. Su tumba está en la catedral de San Juan de Puerto Rico.

Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero no el primero en llegar. Cristóbal Colón también descubrió oficialmente América en 1492. Pero tampoco fue el primero. Según el historiador estadounidense David J. Weber, hubo exploradores asiáticos que llegaron por el estrecho de Bering. Y grupos nórdicos que se instalaron hacia el año 1000 en Terranova.

Es verdad que españoles fueron los primeros europeos en toparse con el impresionante río Misisipi (río Espíritu Santo, lo llamaron), si bien en aquel momento no estaba Hernando de Soto, como siempre se ha escrito, sino uno de sus hombres, Álvarez de Pineda. El descomunal Gran Cañón del Colorado (Arizona) también fue descubierto por españoles, aunque entre aquellos no figuraba Francisco Vázquez de Coronado, de quien se ha dicho que fue el primero en verlo: fue una partida que él envió bajo el mando de García López de Cárdenas.

San Agustín, en Florida, es la primera ciudad permanente de EE UU. Fundada por Pedro Menéndez de Avilés en el año 1565, en su impresionante castillo de San Marcos aún ondea la Cruz de San Andrés o Cruz de Borgoña, bandera de España en el siglo XVI.

Al rebuscar en la historia nos encontramos con tres asentamientos que, aunque no prosperaron, son anteriores a San Agustín: San Miguel de Guadalupe (1526), Santa María de Filipino (1559) y Santa Elena (1560), sobre la que Weber dice que sus restos estuvieron hasta finales de 1990 “¡bajo el hoyo ocho del campo de golf de los marines estacionados en Parris Island, en Carolina del Sur!”.

La investigadora María Antonia Sainz Sastre (La Florida en el siglo XVI. Exploración y colonización; Fundación Mapfre) sostiene que Menéndez de Avilés “lleva consigo al primer negro libre en la historia de Norteamérica, Juan Garrido”, y que “dispuso de tanta confianza de Felipe II que este le ofreció en 1574 comandar una gran armada para luchar contra los herejes en Flandes y donde fuera necesario”. Pero el conquistador murió aquel mismo año de tabardillo, una especie de tifus.

San Agustín desmiente que el Thanksgiving Day, la gran fiesta familiar estado­unidense, proceda de la primera comida de acción de gracias que hicieron los pioneros ingleses en Plymouth en 1621, al año de bajarse del Mayflower. Según el historiador de Florida Michael Gannon, la primera misa, celebrada por el padre Francisco López de Mendoza, y la primera comida de acción de gracias fueron en San Agustín, donde los españoles comulgaron y compartieron sus alimentos con los indios. Fue en 1564, 57 años antes del Thanksgiving Day.

La gesta española empieza en Florida y se extiende por el territorio. California, por ejemplo, le debe mucho al conquistador catalán Gaspar de Portolá y a fray Junípero Serra. El primero, desde los presidios (fortalezas militares), y el segundo, desde sus misiones. Ahí tenemos San Francisco, Los Ángeles o San Diego. Todo empezó con el apoyo de tres grandes hombres: el rey Carlos III, el conde de Aranda y el ministro de Indias José de Gálvez.

David Farragut, de padre español, fue el primer almirante de la Armada estadounidense

Gálvez es apellido respetado en EE UU. Más que nada por el sobrino de José, Bernardo de Gálvez. Al general Washington le hubiera costado ganar la Guerra de Independencia contra los ingleses (1775-1783) si no hubiera sido por la campaña de este joven brigadier en 1779. España apoyó a los americanos contra una Inglaterra dispuesta a devolver Gibraltar si se mantenía neutral. Según el profesor José Manuel Pérez Prendes, “este dato, que aún hoy sorprende, está recogido en documentos oficiales del Ministerio de Asuntos Exteriores del año 1966”.

La intervención de Gálvez y su flotilla fue crucial para los patriotas: despejó el puerto de Nueva Orleans y tomó la mayor base inglesa en el sur, Pensacola. Atravesó la bahía de Mobile bajo el fuego cruzado de los cañones enemigos. Lo hizo solo. Nadie más se atrevió. Por eso Carlos III le permitiría más tarde llevar el lema “Yo solo” en su escudo de armas. La ciudad de Galveston, en Tejas, lleva su nombre.

El menorquín Jorge Farragut también luchó en aquella guerra. Acabó de comandante del Ejército americano. Y de tal palo, tal astilla. Su hijo David Farragut, ya nacido en EE UU, tuvo un papel extraordinario en la guerra civil (1861-1865) al lado de la Unión, presidida por Abraham Lincoln, cuando arrebató Mobile Bay y Nueva Orleans a los confederados. Como Gálvez antes, cruzó en barco la bahía mientras bramaba: “¡Al carajo los torpedos! ¡A toda máquina!”. David Farragut, de sangre española, fue, nada menos, el primer almirante de la Armada de Estados Unidos.

Por cierto: cuando George Washington jura su cargo como primer presidente de EE UU (Nueva York, 30 de abril de 1789), en la ceremonia, muy bien sentado, está el embajador de España, Diego de Gardoqui.

Curiosa historia la del dólar. Se llamó Spanish dollar. Aún lleva en su signo las dos columnas de Hércules. Según Pérez Prendes, la moneda es de origen mexicano: al ocupar parte del territorio de la Nueva España, los gringos exigieron a sus habitantes un peso como tributo. A este impuesto los lugareños lo llamaron “un dolor”.

Y qué decir del ‘cowboy’ americano, que no es sino un trasunto descarado del vaquero español desde el sombrero del jinete hasta las pezuñas del caballo. Como españoles eran el pastoreo, la trashumancia y el propio ganado: vacas, ovejas o cerdos llevados a América desde las marismas del Guadalquivir. Abramos un diccionario inglés: buckaroo (vaquero), sombrero, Spanish saddle (silla de montar), lasso (lazo), bronc (bronco), mustang (mesteño), cinch (cincha), chaps (chaparreras), lariat (la ­reata), hackamore (jáquima, cabestro). Por no hablar de corral, hacienda, plaza o siesta.

¿Le sorprende que un pionero americano como Daniel Boone (1734-1820) adoptara la nacionalidad española y fuera nombrado por un gobernador español comandante de un distrito de Misuri?

Volvamos al principio: la bandera española se plantó en Florida en 1513 y se arrió en 1821, 308 años más tarde, aunque la inmensa mayoría de los americanos cree que todo empezó con la colonia de Jamestown (Virginia) en 1607. Olvidan que los jesuitas establecieron allí sus misiones 37 años antes. No es extraño: la, por otra parte, magnífica Enciclopedia Británica, en su entrada sobre la historia de EE UU (Global Edition, 2009), despacha a Ponce con una línea; dedica un párrafo a Hernando de Soto y un tercero, compartido, a Menéndez de Avilés y Coronado. Reconoce como españolas San Agustín y Santa Fe (de Los Ángeles o San Francisco, ni pío), y remata el brevísimo texto con una frase que produce sonrojo: “Pese a estos comienzos, los españoles tuvieron poco que ver con el desarrollo inicial de los Estados Unidos”.

Dicen los americanos que España fue al Nuevo Mundo buscando “tres ges” (God, gold and glory: Dios, oro y gloria). No está mal visto. Pero si conocieran a fondo sus orígenes europeos, a lo mejor se daban cuenta de que el famoso “sueño americano” empezó siendo un sueño español.


El Pais

  • El fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand realiza desde el cielo una impresionante guía arquitectónica de Manhattan

Un vista del la parte baja de la ciudad donde Frank Ghery ha levantado su primer rascacielos en Manhattan. / Yann Arthus-Bertrand

Dicen que desde las alturas, las cosas se ven con más claridad, pero esta es una verdad a medias. Al menos en lo que concierne a Nueva York. La gran urbe, el témpano de diamante que flota en las aguas de un río, -como la definía Truman Capote-, contiene tantas aristas, tantas perspectivas y profundidades que puede volverse engañosa. Lo sabe muy bien John Tauranac, profesor de arquitectura en la neoyorkina Shool of Continuing and Professional Studies. Su amigo, Yann Arthus-Bertrand, el fotógrafo francés especializado en navegar los cielos a bordo de helicópteros o globos aerostáticos cargado con una cámara Canon EOS-1Ds Mark III, le propuso el reto de identificar y escribir un texto explicativo a cada una de las 172 impresionantes instantáneas que componen el libro Nueva York. Arquitectura desde el cielo (Lunwerg). Tauranac era el perfecto aliado pues ya había sido el encargado de trazar el mapa del metro de Nuava York en 1979 y, también, realizó un callejero titulado Manhattan Black By Block del que ha vendido ya cinco ediciones.

La ciudad, por supuesto, se decidió a hacer de las suyas con la contribución del atrevido encuadre de la cámara de Arthus-Bertrand. El erudito se vio superado por ella y necesitó la ayuda de amigos y colegas de trabajo para localizar al menos dos de las fotografías realizadas desde varios helicópteros de la empresa Lyberty de Manhattan. Incluso Carter Horsley, compañero del cartógrafo en la Trinity Shool, fue el único capaz de identificar el edificio Symphony House en el número 235 del lado oeste de la calle 56.

Pese a estos dos anecdóticos tropiezos Yann Arthus-Bertrand y John Tauranac han logrado componer una de las enciclopedias arquitectónicas más atractivas de la ciudad de los rascacielos. Todo un logro con una isla que ha sido fotografiada por tierra, mar y aire casi desde su fundación. Si es usted amante de la arquitectura y va a visitar Nueva York, no dude que este libro le ayudará. Está editado en gran formato (32 x 43 centímetros) e incluye información sobre cada edificio que no suele aparecer en las guías tradicionales; mapas de las calles y fichas de situación acompañando a cada una de las impactantes imágenes del fotógrafo francés. “Desde lo alto parece construida alrededor de un inmenso parque y, sobre todo, más vertical que ninguna urbe. Nunca se deja contemplar en una única panorámica, sino trocito a trocito. Cada rascacielos oculta otro, hasta el infinito. Cuando mi mirada se vuelve hacia abajo, la ciudad se revela en lo que tienen de más hermoso, de más secreto, sin esconder sus heridas”, asegura Arthus-Bertrand, el que está considerado para muchos el mejor fotógrafo de imágenes aéreas del mundo y que ya ha sorprendido con títulos como La Tierra vista desde el cielo y Seis millones de otros.

En Nueva York. Arquitectura desde el cielo, la ciudad se muestra como no puede contemplarse habitualmente. Con las mejores luces de invierno y primavera (se tomaron en noviembre de 2008, enero y mayo de 2010) y los textos de John Tauranac esconden anecdotario de la ciudad y sus edificios, parques, plazas y fuentes.


EFE – ADN

Los científicos recurren a la datación mediante uranio-torio para fechar con más exactitud las huellas del valle de Cuatrociénagas

Las huellas humanas descubiertas en el valle de Cuatrocíenagas, en el norte de México, tienen una antigüedad de 10.500 años, según los análisis realizados en cuatro países, y son las más antiguas de Norteamérica, dijo hoy el director del Museo del Desierto, Arturo González.

Durante su participación en el IV Simposio Internacional “El Hombre Temprano en América”, que se celebra esta semana en la capital del país, el experto indicó que la datación de estas huellas tiene un error máximo de 60 años y se ha llevado a cabo mediante el método del uranio-torio, que se basa en las vidas radioactivas de estos elementos.

Las huellas habían sido localizadas en un paraje semi desértico en el norteño estado de Coahuila, que durante el último periodo glaciar estuvo cubierto por una gran laguna, sobre una roca conocida como travertino, que para formarse requiere la presencia de aguas muy mineralizadas.

Descubiertas y luego perdidas

Las pisadas fosilizadas se descubrieron en 1961, cuando se construía una carretera, pero su rastro se perdió hasta la década de los 80, cuando aparecieron en las dependencias del Museo Regional de La Laguna, ubicado en Torreón, la capital coahuilense.

En 2006, un grupo encabezado por González inició un proyecto destinado a localizar más huellas similares y datar con exactitud su antigüedad.

Hasta entonces se estimaba que la edad de las huellas debía situarse en torno a los 10.000 o 12.000, cuando la evidencia arqueológica supone que el hombre llegó a Cuatrociénagas, pero no existía ninguna comprobación.

El equipo de González localizó nuevas pisadas fósiles, que se supone que pertenecieron a dos individuos de 1,80 y 1,70 metros de estatura, y envió muestras para su datación a laboratorios de México, Estados Unidos, Inglaterra y Alemania.

Más allá del carbono-14

En estos centros, se dató la antigüedad inicialmente en unos 30.000 años, utilizando el método del carbono 14 en los restos de caracoles que estaban fosilizados en la roca.

Este resultado, incompatible con las teorías del poblamiento de América, sorprendió al equipo de González, que revisó el método de análisis y descubrió que la antigüedad no podía averiguarse con los caracoles fósiles mediante carbono 14 dada la particular geología de Cuatrociénagas que daba resultados falsos.

Por ello se recurrió al sistema del uranio-torio, no basado en los restos orgánicos, cuyo resultado fue coincidente en todos los laboratorios.

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