La bomba de hidrógeno del Zar, la locura soviética que desencadenó la mayor explosión causada por humanos


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  • Con más fines propagandísticos que científicos, «El Emperador de las bombas» empequeñeció con su explosión de 50 megatones a Hiroshima, de 13 kilotones, y a Nagasaki, de 21 kilotones

 

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Fotografía de una bomba atómica del tipo Bomba del Zar – Wikimedia

El primer disquete desarrollada por IBM, en 1971, medía ocho pulgadas y tenía una capacidad de almacenamiento de 79,7 kilobytes. Lo cual sonaba entonces a tecnología punta, y hoy sería como querer guardar a un elefante en una caja de cerillas. Con las armas de destrucción masiva ha ocurrido otro tanto de lo mismo. En 1945, dos bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki causaron sendas explosiones de 13 y 21 kilotones, cientos de miles de muertos, la rendición incondicional de Japón y helaron la sangre al mundo. Durante un ensayo en 1961, los soviéticos lanzaron sobre el Ártico una enorme bomba con una potencia casi 3.800 veces superior a la de Hiroshima. Del mismo modo que le ocurrió al disquete frente al CD, la bomba de hidrógeno convirtió en una antigualla la tecnología atómica.

Desde la «Bomba del Zar», la carrera ha seguido en marcha. El pasado día de Reyes, el aparato propagandístico de Corea del Norte anunció que había hecho estallar una bomba de hidrógeno, también llamada bomba termonuclear. La prueba habría tenido lugar a las 10.00 horas locales (02.20 hora españolas), según apunta el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), que detectó a esa hora un terremoto de magnitud 5,1 en el noreste norcoreano, en el área de Kilju. Es allí donde el régimen ha llevado a cabo sus tres pruebas nucleares anteriores. No obstante, pocos expertos creen esta cuarta prueba nuclear sea, en efecto, una bomba de hidrógeno, sino más bien una bomba de fisión acelerada, el paso intermedio entre la atómica y la de hidrógeno.

La bomba de hidrógeno o termonuclear, llamada bomba H, se basa en el principio de la fusión nuclear (en vez de en la fisión) y libera una energía superior a las temperaturas y a las presiones solares. Cuando una bomba H estalla se producen explosiones químicas, nucleares y termonucleares en un lapso de tiempo infinitesimal, lo que se traduce en una tecnología capaz de hacer desaparecer en la actualidad una capital europea como París o Londres.

La explosión resultante de «Castle Bravo» tuvo una potencia de 15 megatones

Con el conocimiento obtenido de las primeras explosiones atómicas, los físicos norteamericanos idearon una nueva clase de armas nucleares basadas en la fusión de isótopos del hidrógeno. La primera bomba de este tipo fue detonada en Eniwetok (las Islas Marshall) el 1 de noviembre de 1952. «Ivy Mike» alcanzó una temperatura en su epicentro tan caliente como el núcleo del Sol, por unas fracciones de segundo, y la onda de choque generada por la explosión dio tres veces la vuelta alrededor de la Tierra. Solo dos años después, el 28 de febrero de 1954, EE.UU. explotaba una segunda bomba de este tipo. La explosión resultante de «Castle Bravo» tuvo una potencia de 15 megatones, más de tres veces el rendimiento estimado en su diseño, lo que dio lugar a una contaminación radiológica que se extendió a las islas cercanas y causó una muerte directa.

«El Emperador», 27 toneladas de destrucción

Un año después, la Unión Soviética preparó un ensayo nuclear con la intención de demostrar al mundo que contaban con la misma, sino mayor, capacidad de destrucción que EE.UU. Aunque la Unión Soviética había esperado hasta el 22 de noviembre de 1955 para probar su bomba H basada en el denominado diseño Sloika, lo cierto es que ya por entonces sabía que su obra era plenamente operativa. Se trataba así más de un alarde propagandísticos que de pruebas científicas. Finalmente, la prueba tuvo éxito y evidenció que la URSS estaba al mismo nivel tecnológico que EE.UU. en lo que a armas termonucleares se refería.

Y precisamente con esa intención fue creada y probada varios años después la conocida como «La Bomba del Zar» o «El Emperador de las bombas», cuyo desproporcionado tamaño y peso, ocho metros y 27.000 kilogramos la hacían inservible en la práctica. Pero lo importante era asustar al mundo.

La energía térmica fue tan grande que podría haber causado quemaduras de tercer grado a una persona que se encontrara a 100 km de la explosión

El comandante Andrei Durnovtsev fue el encargado de arrojar la bomba sobre Nueva Zembla, un archipiélago ruso situado en el Océano Ártico, desde un avión Túpolev Tu-95 adaptado para soportar las 27 toneladas de la bomba más grandes jamás creada. Además, la bomba fue lanzada en paracaídas para dar tiempo a que el piloto se alejara lo suficiente de una explosión con una potencia de 50 megatones (Mt) que rompió ventanas a 800 kilómetros y levantó un hongo nuclear de 64 km de altura. La energía térmica fue tan grande que podría haber causado quemaduras de tercer grado a una persona que se encontrara a 100 km de la explosión. Durnovtsev pudo alejarse a tiempo para salvar su vida, pese a que los cálculos modernos han revelado que de haberse alcanzado el potencial estimado por los científicos rusos, 100 Mt, ni siquiera se habría podido garantizar la supervivencia del piloto.

«La Bomba del Zar» empequeñeció los efectos de la explosión de Hiroshima, 13 kilotones (equivalente a la producida por 13.000 toneladas de TNT) o la de Nagasaki, 21 kilotones, pero no fue capaz de marcar tendencia. Hoy en día se mandan los misiles a miles de kilómetros de distancia, en lugar de dejarlas caer desde aviones, y prima en las bombas su capacidad de alcanzar el máximo de extensión más que la intensidad de la explosión. Sin embargo, el auténtico objetivo de la URSS sí se vio cumplido con creces: atemorizar al mundo y demostrarle que, por primera vez en la carrera nuclear, estaban por delante.

«Un gran salto hacia la anarquía y la destrucción»

La enorme explosión en el Ártico despertó la indignación y las protestas de miles de personas por todo el mundo, desde Ámsterdam, Bruselas, Copenhague, hasta París o Londres. El Gobierno inglés se reunió de urgencia y, en la sede de las Naciones Unidas, la Unión Soviética recibió duros ataques. La explosión se produjo tan sólo tres días después de que la Asamblea –por 37 votos a favor y 11 en contra– hubiera realizado un «solemne llamamiento» al Kremlin para que no realizase la prueba. «Un gran salto hacia la anarquía y la destrucción», definieron los delegados estadounidenses el desafío soviético.

A pesar de las quejas internacionales, lo cierto es que ninguno de los países implicados en la carrera nuclear renunció a hacerse con su propia versión de la bomba H, aunque jamás de proporciones tan dantescas como las del Zar. Las restantes potencias militares fueron logrando sus propias bombas H. El Reino Unido en noviembre de 1957; China en 1967 sólo 32 meses después de su primera bomba atómica; y Francia esperó hasta principios de 1977 para instalarlas a bordo de sus submarinos nucleares. Fueron aquellos los pequeños vástagos del «Emperador de las bombas», la mayor explosión de origen humano.

Nada en comparación con el poder de la madre naturaleza, que en la erupción del volcán Krakatoa, en 1883, desató unos 200 megatones –cuatro veces más que el arma soviética–, o que durante el impacto del asteroide que condujo a los dinosaurios a la extinción dejó tras de sí una explosión de 100 teratones –casi cuatro millones de veces más que el Zar–.

 

El código Bushido y las bombas de Hiroshima y Nagasaki


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  • Debido al indomable espíritu de los samuráis los militares norteamericanos creyeron que sólo podrían doblegar al ejército japonés si sobre territorio civil lanzaban el arma más poderosa y letal
abc Murieron alrededor de 250.000 personas como consecuencia de las dos explosiones

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«Tras las grandes batallas suelen caer grandes e intensas lluvias»

Plutarco

El camino del guerrero (conocido como código Bushido) era de obligado seguimiento para los samuráis, los cuales no temían morir porque estaban seguros de que volverían a reencarnarse y a tener otras vidas. Estos guerreros del antiguo Japón se caracterizaban por las siguientes virtudes: lealtad, justicia, honor y, si era necesario, inmolación. No tenían miedo al peligro y eran expertos en numerosas artes marciales.

Su muerte en batalla producía honor y riqueza a su familia. Morir en batalla no era una desgracia. Sí era una desgracia ser derrotado en combate, entonces la única salida compatible con su estricto código era el suicidio (conocido como seppuku o hara-kiri) para poder morir con honor sin ser hecho prisionero. Después de beber sake, se desabrochaba el kimono blanco (color de los difuntos en Japón), se colocaba de rodillas, redactaba un poema y con una daga de 30 cm atravesaba su abdomen hasta morir desangrado con las entrañas fuera de su cuerpo. Una vez muerto alguien conocido debía decapitarle.

La religión más seguida en Japón es el sintoísmo, y en ella se adoran los espíritus que gobiernan la naturaleza (los kamis), y a los ancestros, especialmente a su señor feudal y a la familia imperial, porque ella es la fuente y el cimiento de toda la nación japonesa. Según esta creencia el emperador es divino, es la encarnación del cielo en la tierra, por lo que se le debe una suprema lealtad y eso explica el patriotismo exacerbado de la mayoría de los japoneses.

Los americanos, desconcertados

Lo expuesto anteriormente explica por qué las tropas americanas en el Pacífico estaban totalmente desconcertadas con la forma de combatir de los japoneses, especialmente con los pilotos de la Armada Imperial denominados kamikazes (vientos divinos). Sus aviones cargados con bombas chocaban, de manera deliberada, contra los barcos americanos para hundirlos. A los kamikazes no les importaba morir, como buenos samuráis, se sacrificaban por su emperador. Ellos no necesitaban espada, porque su alma era una espada.

Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)

Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)

Los militares japoneses estaban convencidos de que iban a perder la Guerra del Pacífico, ya no había ninguna esperanza de éxito. Creían que los soldados americanos les iban a invadir y el único plan que les quedaba era totalmente kamikaze: los cien millones de japoneses sacrificarían sus vidas cargando contra el enemigo, peleando cuerpo a cuerpo, para obligarles a retirarse de las islas. Pensaban como los espartanos, no preguntaban cuántos son, sino dónde están. También empezaron a construir búnkeres subterráneos secretos para poder salvaguardar al emperador.

El «Proyecto Manhattan»

Por estos motivos, los militares americanos decidieron que la única forma de detener la guerra en el Pacífico era aplicar una medida muy drástica. El 7 de mayo de 1945 se habían rendido los alemanes, había terminado la Segunda Guerra Mundial en Europa. Mientras tanto, el «Proyecto Manhattan», dirigido científicamente por Oppenheimer, había llegado hasta el final.

Se había trabajado en paralelo con una generación excelente de físicos, químicos e ingenieros que habían construido dos bombas nucleares: una de uranio («Little Boy») y otra de plutonio («Fat Man»). La de plutonio se probó en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945 con el nombre en clave de Prueba Trinity. Se cuenta que ese día amaneció dos veces. La prueba superó casi todas las expectativas cuando se midió su potencia.

Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)

Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)

El ejército norteamericano ya había masacrado, con los bombarderos B-29, hasta 67 poblaciones civiles de Japón, causando numerosísimas bajas; pero el ejército japonés no bajaba su moral ni se planteaba rendirse. Con estas dos nuevas y mortales armas de combate disponibles, se decidió que la única forma de doblegarles era lanzar una de ellas sobre una ciudad japonesa de tamaño medio. La elegida fue Hiroshima.

La explosión de «Little Boy»

El 6 de agosto de 1945 a las 08:15, «Little Boy» explotó a 600 metros de altura, para producir bastante más daño que si hubiera explotado al colisionar contra el suelo. La onda expansiva se desplazó a 1600 km/h (444 m/s), más rápido que el sonido, y abarcó casi toda la ciudad en pocos segundos. Se fundió todo el cristal en un radio de 1 km (las botellas de cristal, los cristales de las ventanas y de las gafas) y se desintegraron los pájaros que volaban cerca. Pocos segundos después se creó una onda de compresión, opuesta a la onda expansiva inicial, debido a la zona de baja presión en el epicentro de la explosión.

Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)

Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)

En un radio de un kilómetro, el 90% de los edificios de la ciudad habían sido aplastados. Unas setenta mil personas murieron incineradas por la explosión. La ciudad ardía por sus cuatro costados. Las llamas tardaron más de doce horas en extinguirse. En total se estima que más de ciento cincuenta mil personas desaparecieron de la faz de la tierra. Debido a la elevada tasa de radiactividad, durante más de 50 años no pudo cultivarse nada en la ciudad.

La ciudad que se salvó gracias a las nubes

Después de ver la catástrofe producida en Hiroshima, los japoneses no aceptaban el rendimiento incondicional, su principal obsesión era que Hirohito, el emperador de Japón y su divinidad, quedara a salvo. Por ese motivo no se rendían. Estaban dispuestos a sacrificarse hasta el holocausto final.

Nuevamente la maquinaria militar norteamericana se puso en marcha y tres días después, el 9 de agosto de 1945, eligieron un nuevo objetivo, la ciudad de Kokura, para arrojar sobre ella la otra bomba elaborada en el proyecto Manhattan, la bomba de plutonio. El destino quiso que Kokura estuviera cubierta de nubes y se decidió lanzar «Fat Man» sobre Nagasaki, el objetivo fijado como secundario.

Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)

Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)

Se estima que murieron cerca de un cuarto de millón de civiles debido a las dos explosiones y sus posteriores secuelas. El azar quiso que se produjera la sorprendente carambola trágica: algunos ciudadanos de Hiroshima había huido a Nagasaki para refugiarse, y allí sufrieron un segundo bombardeo letal. Además, los servicios de inteligencia americanos intoxicaron a la población mundial, pasando la información falsa de que se disponía de más bombas nucleares preparadas para la devastación si el ejército del Imperio del Sol Naciente no se rendía.

Rendición con una única condición

Como consecuencia de estas dos demostraciones tan aplastantes y crueles del poderío nuclear norteamericano, el ejército japonés se rindió con una única condición: preservar al emperador y su familia de todo juicio posterior. El 15 de agosto, Hirohito anunció su capitulación, que implicaba modificaciones de la constitución, ocupación de su territorio con bases militares norteamericanas y la prohibición de tener ejército, entre otras condiciones.

El 2 de septiembre (hace 70 años) se firmó la rendición sobre la cubierta acorazado de la Marina de Guerra norteamericana USS Missouri. Como ya dijo Cayo Julio César: «La guerra otorga a los conquistadores el derecho de imponer a los vencidos las condiciones que quieran».

Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)

Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)

Tras la derrota de Japón, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados japoneses prefirieron morir antes que aceptar la rendición. Pusieron fin a sus vidas usando el método tradicional del código Bushido. Otros, en cambio, nunca aceptaron esta derrota y algunos nunca tuvieron noticias de ella. En 1974 un soldado japonés se entregó al ejército indonesio, había estado oculto en la selva durante casi 30 años. En 1991, en Tailandia, se entregó otro soldado japonés, ya casi anciano. Había pasado 46 años escondido en la jungla. Nunca llegó a asimilar del todo que su país había sido derrotado. Su mente no era capaz de entender lo sucedido. Ya lo dijo Virgilio: «¡Guerras, odiosas guerras!».

 

El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis


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  • En 1943, el físico alemán Heisenberg afirmó que sería capaz de crear un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy», pero el proyecto falló por causas desconocidas
El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis

EPA A pesar de que se desconoce si se llegó a disponer de la tecnología para fabricarla,

Si hay unos días que difícilmente serán alguna vez olvidados por la historia son aquellos en los que -en plena Segunda Guerra Mundial- el gobierno de Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No es para menos, pues aquel terrible acto de 1945 se tradujo en cientos de miles de muertos, en un horror inimaginable y, para colmo, en una condena nuclear que pervivió durante décadas en Japón.

Sin embargo -y desde el punto de vista militar- estas bombas cumplieron su cruel objetivo: obligar al país nipón a llenar una ingente cantidad de ataúdes y, finalmente, capitular ante los aliados. Viendo su triste efectividad no resulta extraño afirmar que, durante la guerra, se inició una carrera armamentística increíble entre los diferentes países con el objetivo de obtener el que, para muchos científicos, sería el explosivo más efectivo del planeta.

Así pues, desde la potente Estados Unidos hasta U.R.S.S. de Stalin se embarcaron en sus respectivos proyectos nucleares con el objetivo de utilizar la energía acumulada en los átomos para dar un cruel escarmiento a sus enemigos. De la misma forma, el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler también sintió la llamada de la supremacía armamentística y, como ya hiciera en otros tantos campos, puso a sus físicos a trabajar en el proyecto.

La ciencia en el Tercer Reich

La historia de cómo Alemania combatió (científicamente hablando) para obtener la bomba atómica comenzó en 1939. Por aquel entonces, Adolf Hitler -en la poltrona gracias a unas elecciones- ya había atacado con sus legiones Panzer a la maltrecha Polonia y había logrado provocar una guerra que, a la postre, sería mundial. Fue en ese momento también en el que Peter Debye (director del Instituto Káiser Guillermo de Física –una de las instituciones más respetadas en la materia del país-) recibió una carta del Führer informándole de que, en lo sucesivo, su organismo dejaría a un lado las investigaciones tradicionales.

Por el contrario, éstas pasarían a tener una finalidad más útil a la causa militar y menos elevada a nivel científico. «El 16 de septiembre de 1939, dos semanas después de que Inglaterra declarara la guerra a Alemania, Debye recibió una carta […] que declaraba que el Instituto Káiser Guillermo de Física quedaría destinado a fines “tecnológico-militares y actividades relacionadas con la economía de guerra”», explica Philip Ball en su último libro «Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler».

A su vez, los altos cargos del gobierno se encargaron de recordarle en la misma misiva que –ya que se hallaba inmerso en una nueva sociedad aria- debería cambiar su nacionalidad holandesa por la alemana para poder seguir al frente de sus experimentos. A Debye no le hizo demasiada gracia la idea, pues preparó el petate y se marchó a Estados Unidos para vender sus secretos científicos a los Estadounidenses. Y es que, según parece, estos eran mucho más tolerantes en lo que a las nacionalidades se refiere (sobre todo, si podían dar de paso un buen puntapié en las posaderas a Hitler).

Dejando a un lado este cambio de chaqueta, los alemanes se vieron obligados a sustituir a su antiguo director por Werner Heisenberg. Éste, como cabía esperar, heredó las tareas que le habían sido encargadas a su predecesor. La primera fue mantener la gran ventaja que tenía Alemania con respecto al resto de sus competidoras, a las cuales adelantaba varios años en lo que a ciencia se refiere.

«En los años 20 y primeros 30 la ciencia alemana –en la que se incluye la austríaca y la realizada por científicos no alemanes en Alemania- […] dominaba la física y la radioquímica mundiales. Tan sólo unos pocos nombres fuera de este ámbito […] podían compararse con la pléyade de figuras germanas, explica el físico español Francisco José Ynduráin en su dossier «El club del Uranio de Hitler y el programa atómico alemán en la IIGM».

A su vez, Heisenberg recibió el encargo de analizar las investigaciones de Fritz Strassmann y Otto Hahn, quienes habían descubierto a finales de 1938 que era posible dividir (o fisionar, en términos científicos) el Uranio bombardeándolo con neutrones. El hallazgo puede ser considerado trivial, pero lo cierto es que varios expertos ya habían informado a Hitler de las posibilidades que implicaba este descubrimiento. «Al mismo tiempo que [dos investigadores] dijeron en Hamburgo que aquel descubrimiento podía utilizarse para generar energía y fabricar armas, [otros señalaron] que podía construirse gracias a él un reactor nuclear», determina Ball.

En base a esta petición, varios miembros del instituto, junto con otros tantos colegas, crearon el «Club del Uranio» (o «Uranverein»), una organización con dos misiones principales: usar la energía nuclear para elaborar un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy» (como afirmó el propio Heisenberg) y crear un reactor –llamado «Uranmaschine» en alemán- que pudiera generar energía para alimentar los miles de carros de combate y submarinos al servicio de la «Wehrmacht» y la «Kriegsmarine».

El funcionamiento de una bomba atómica

Aunque a día de hoy se sabe pormenorizadamente cuál el funcionamiento de las armas nucleares, en aquellos años el desconocimiento era absoluto. De hecho, habían pasado sólo tres décadas desde que Marie Curie había empezado a poner algo de luz sobre la radioactividad. Sin embargo, aunque eran unos «novatos» en lo que a este campo se refiere, los científicos alemanes confiaban en poder crear una bomba usando la energía que, según sabían, albergaban los átomos y cuya liberación se producía cuando se separaban.

Los expertos nazis buscaban, concretamente, elaborar un explosivo haciendo uso de la susodicha fisión. «En las bombas de fisión un núcleo atómico se divide en dos, ya sea de forma natural o inducida por el hombre (mediante una reacción nuclear bombardeándolo con neutrones, por ejemplo). Esto genera a su vez otros productos en la fisión como neutrones o electrones», explica, en declaraciones a ABC, Francisco José Ager Vázquez, profesor de física aplicada en la Universidad de Sevilla.

El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis

Pastilla de uranio-235, isótopo que es utilizado en las centrales nucleares ARCHIVO ABC

Sabiendo esto, entender el funcionamiento de estas bombas es relativamente sencillo. En primer lugar, se bombardea con electrones un elemento (un metal, por ejemplo) hasta que sus átomos se separan (o fisionan). Dicha ruptura provoca que se generen nuevas partículas que, a su vez, vuelven a provocar la división del resto de átomos. Esto lleva a una reacción en cadena que deriva en un aumento increíble de la energía y que termina en una explosión sin parangón. Y es que, en una de estas bombas puede haber millones de partículas.

Con todo, para elaborar este tipo de bombas es necesario contar con un elemento que sea fisionable, es decir, que tenga la capacidad de absorber los neutrones y, posteriormente, de separarse. Este es el Uranio, un metal muy tóxico que está formado por tres isótopos (o elementos): el Uranio 234, el Uranio 235 y el Uranio 238. El problema es que, como señala Ager, no todos ellos reaccionan como querrían los científicos ante el bombardeo de electrones.

«El uranio que se encuentra en la naturaleza contiene un 99,3% de Uranio 238, que no sirve para iniciar una reacción en cadena, pero apenas un 0,7% de Uranio 235, que si sirve. Por ello, es necesario “enriquecer” el uranio que se quiere usar, el 235. Es por eso que se usa uranio altamente enriquecido, que contiene al menos un 90% de Uranio 235, en lugar de uranio natural», completa el experto.

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Científicos alemanes trabajan en una pila atómica como parte del proyecto de 1945. WIKIMEDIA

Una vez que contamos con todos los elementos de esta curiosa «mezcla», tan solo queda dejar que la energía haga su macabro trabajo. «Pongamos un ejemplo de lo que sucede en uno de estos explosivos. Al bombardear con un neutrón el núcleo de un átomo de Uranio 235, este puede absorberlo, dividiéndose (fisionándose) en dos núcleos más ligeros de Bario 118 y un promedio de 2,5 neutrones, que a su vez pueden provocar la fisión de otros núcleos de Uranio 235, generándose una reacción en cadena. Así, apenas 800 gramos de Uranio 235 producen la misma energía que 16 kilotones (16 000 000 kg) de TNT, que fue la que se liberó por la primera bomba atómica», completa Ager.

Por otro lado, y aunque la «fisión» es el sistema que trataron de utilizar los nazis para lograr conseguir su bomba atómica, también se pueden crear explosivos nucleares mediante la fusión, es decir, la unión de dos elementos que, al juntarse, provocan una explosión. Este proceso, salvando las distancias, es el mismo que se sucede en el sol.

«En la fusión, dos núcleos más ligeros se combinan formando uno más pesado, liberándose neutrones y energía. Es, por ejemplo, una de las reacciones que se utiliza en una bomba termonuclear. La bomba H se basa en fusionar isótopos de hidrógeno. Apenas 500 g de este combustible de isótopos de hidrógeno producirían una energía equivalente a 30 kilotones de TNT», completa el profesor.

La carrera armamentística que se perdió

Aunque los alemanes partían de unos ínfimos conocimientos en lo que al aramento nuclear se refiere, el «Club del Uranio» comenzó sus investigaciones. En primer lugar, y tras meses de trabajo, los científicos llegaron a la conclusión de que existían otros elementos capaces de servir como combustible más allá del Uranio 235.

Concretamente, descubrieron que el Plutonio, un elemento derivado del Uranio, era más sencillo de utilizar que éste a la hora de producir una fisión en una bomba. Esto significó toda una revolución para la época con la que, pensaban, serían aplauididos por la comunidad científica y pos sus mandos. Sin embargo, lo que desconocían (y no supieron hasta el final de la contienda) es que los estadounidenses ya habían descubierto este elemento… un mes antes que ellos.

Con todo, los avances realizados y el que Alemania fuera por entonces una de las regiones más prolíficas en Uranio (contaba con el mayor yacimiento de este mineral en el mundo) provocaron que los responsables del «Club del Uranio» acudieran henchidos de orgullo a presentar sus primeras conclusiones a la plana mayor del Führer.

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Werner Heisenberg, el líder del «Club del Uranio»

«En febrero de 1942, a petición del Consejo de Investigaciones del Reich, [varios miembros del grupo] impartieron conferencias ante un auditorio con conocimientos técnicos y funcionarios de alto nivel, entre ellos, varios miembros de la plana mayor como Himmler, Goering y el jefe de armamentos, Albert Speer. […] Éste quedó favorablemente impresionado con el potencial de los experimentos nucleares», añade Ball.

El ministro quedó tan fascinado por la posibilidad de conseguir este explosivo que pidió ser informado del progreso con regularidad. Sin embargo, lo que el nazi no hizo fue dar una mayor financiación a esta investigación. No sirvieron de nada las quejas de los expertos (quien criticaban que los proyectos armamentísticos como el de las bombas volantes V1 y V2 disponían de más liquidez) pues Speer se limitó a afirmar que el dinero escaseaba en tiempos de guerra.

No mentía el ministro nazi, pues al poco tiempo la falta de «cash» llevó a la Oficina de Armamentos del Reich a desvincularse del proyecto. Así pues, la investigación de la bomba atómica nazi pasó a ser un asunto civil, y no militar. Para entonces, los estadounidenses ya habían dejado atrás al «Club Uranio» y ultimaban los detalles de su propio explosivo (algo que era desconocido por los nazis, quien durante toda la guerra se vieron como unos genios sin competencia).

«Pese a haber recibido cierta prioridad de acceso a materiales y fuerza de trabajo, el proyecto del Uranio continuó a paso lento. Los experimentos en el reactor prototipo de Berlín no comenzaron hasta finales de 1943; para entonces, los alemanes que eran capaces de contemplar racionalmente la situación (muchos no lo eran) comprendían que la derrota militar era inevitable. Además, hacia el final de aquel año las condiciones en Berlín, especialmente los intensos bombardeos, volvieron muy peligroso y casi imposible continuar las investigaciones», explica el autor en su obra.

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Hongo sobre la ciudad de Hiroshima tras el bombardeo WIKIMEDIA

En 1945, con la llegada de los aliados a la capital del Reich y el fin de la contienda, el proyecto se dio por finalizado. Eso sí, para disgusto de muchos de los científicos del «Club Uranio» que consideraban que estaban a escasos meses de relizar un hallazgo que revolucionaría la ciencia y la industria armamentística.

Habría que haber visto su cara cuando, en agosto de 1945, se enteraron de que Estados Unidos había lanzado dos bombas atómicas. Y es que, en ese momento se debieron quedar boquiabiertos al percatarse de que todos sus «grandes avances» no eran más que migajas en comparación a lo que habían logrado los norteamericanos.


Cuatro preguntas a Francisco José Ager Vázquez