Origen del piano


El piano (palabra que en italiano significa «suave», y en este caso es apócope del término original, «pianoforte», que hacía referencia a sus matices suave y fuerte) es un instrumento musical clasificado como instrumento de teclado y de cuerdas percutidas por el sistema de clasificación tradicional, y según la clasificación de Hornbostel-Sachs es un cordófono simple. El músico que toca el piano recibe el nombre de pianista.

Está compuesto por una caja de resonancia, a la que se ha agregado un teclado mediante el cual se percuten las cuerdas de acero con macillos forrados de fieltro, produciendo el sonido. Las vibraciones se transmiten a través de los puentes a la tabla armónica, que las amplifica. Está formado por un arpa cromática de cuerdas múltiples, accionada por un mecanismo de percusión indirecta, a la que se le han añadido apagadores. Fue inventado en torno al año 1700 por el paduano Bartolomeo Cristofori. Entre sus antecesores se encuentran instrumentos como la cítara, el monocordio, el dulcémele, el clavicordio y el clavecín.

A lo largo de la historia han existido diferentes tipos de pianos, pero los más comunes son el piano de cola y el piano vertical o de pared. La afinación del piano es un factor primordial en la acústica del instrumento y se realiza modificando la tensión de las cuerdas de manera que estas vibren en las frecuencias adecuadas.

En la música occidental, el piano se puede utilizar para la interpretación solista, para la música de cámara, para el acompañamiento, para ayudar a componer y para ensayar. Las primeras composiciones específicas para este instrumento surgieron alrededor del año 1732; entre ellas destacan las doce sonatas para piano de Lodovico Giustini tituladas Sonate da cimbalo di piano e forte detto volgarmente di martelletti. Desde entonces, muchos han sido los compositores que han realizado obras para piano y en muchos casos esos mismos compositores han sido pianistas. Destacan figuras como Frédéric Chopin, Franz Liszt, Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven, Claude Debussy o Piotr Ilich Chaikovski. Fue el instrumento representativo del romanticismo musical y ha tenido un papel relevante en la sociedad, especialmente entre las clases más acomodadas de los siglos XVIII y XIX. Es un instrumento destacado en la música jazz.

Hemos encontrado una buena infografia que nos muestra esa historia:

Bartolomeo Cristofori, el creador del piano que revolucionó la música


ABC.es

  • El constructor de clavincémbalos italiano encontró la forma de que se pudieran reproducir a la vez sonidos suaves y fuertes
cc Bartolomeo Cristofori inventó el piano a principios del siglo XVIII

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Bartolomeo Cristofori inventó el piano a principios del siglo XVIII

¿Se puede entender la música actual sin un piano? Ni la actual ni la pasada y eso se lo debemos a Bartolomeo Cristofori, que, a principios del siglo XVIII, pasó de construir clavecines a inventar el piano. Aunque desconocido por muchos, fue uno de los hombres que cambió la historia de la música con sus inventos.

Italiano, de Padua, y, según cuenta la leyenda sin confirmar, aprendiz del constructor de violines Nicolò Amati. De él podría haber sacado su interés por la música, aunque apostó más por los instrumentos de teclado. Tanto que acabó inventando uno que ha llegado a nuestros días como un básico de la cultura.

Desde bien joven supo que quería ser alguien el mundo de la música. No como compositor, sino como creador. Antes del piano fueron dos sus invenciones, aunque no consiguieron el mismo éxito. La espineta era una especie de clavicordio con las cuerdas inclinadas para ahorrar espacio, algo muy preciado en los pequeños huecos en los que se colocaba la orquesta en las representaciones teatrales. Poco después, Bartolomeo Cristofori sorprendió con la original espineta oval, una especie de virginal con las cuerdas más largas a mitad de la caja.

Pero su gran éxito llegaría algo más tarde. En 1698 empezó a trabajar en el piano, aunque algunos registros lo fechan dos años después, en 1700. En esa época trabajaba contratado por el príncipe Fernando II de Médici como conservador de instrumentos, construyendo clavicémbalos, en gran parte. Le dio una gran soltura con las piezas de cuerda y teclado, hasta el punto que se atrevió a dar el paso.

cc Gráfico del primer piano de Bartolomeo Cristofori.

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Gráfico del primer piano de Bartolomeo Cristofori.

Bartolomeo Cristofori veía un problema en los clavicémbalos y acabó encontrando la forma de resolverlo. No ser podían tocar sonidos suaves y fuertes a la vez, así que se le ocurrió una idea y la llevó a cabo. Tardó 16 años en hablar de un «arpicémbalo» que tenía dos juegos de cuerdas y una caja de resonancia que podía producir suaves y fuertes o, en italiano «piano e forte» –de ahí el nombre con el que se acabó conociendo al instrumento–.

Cristofori creó tres pianos, todos en la década de 1720. El primero se encuentra hoy en el Museo Metropolitan de Nueva York con la inscripción original en latín del inventor: «BARTHOLOMAEVS DE CHRISTOPHORIS PATAVINUS INVENTOR FACIEBAT FLORENTIAE», –Bartolomeo Cristofori, inventor de Padua, hizo esto en Florencia– seguido de la fecha, en números romanos. Las mismas palabras que recogen sus pianos de 1722 y 1726, que se guardan en Roma y Leipzig.

Viaje por las entrañas de los genios de la historia de la música


El Mundo

  • Xavier Güell, alumno de Bernstein, recorre en su debut literario la partitura interior de los grandes fenómenos musicales que forjaron la historia. Una novela diferente porque habla en nombre de ellos. De Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms,Mahler, Liszt, Wagner..
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Arriba, de izquierda a derecha, Beethoven y Wagner. Abajo, Mahler y Liszt.

La primera novela de Xavier Güell (Barcelona, 1956) se titula ‘La música de la memoria’ (Galaxia Gutenberg) como podría titularse ‘Momentos estelares de la Humanidad’, precisamente porque el polifacético agitador catalán -director de orquesta, alumno de Bernstein, obsesivo valedor de la vanguardia- se recrea en momentos decisivos de la creación humana y demuestra la misma empatía que Stefan Zweig al tratarlos, pero se diferencia del autor austriaco porque asume la primera persona y se circunscribe al dolor del Romanticismo, desde su patriarca, Beethoven, hasta la agonía de Mahler. Habla en nombre de ellos. Se multiplica con osadía Xavier Güell en Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Wagner, aunque la mayor audacia del enfoque consiste en la ucronía. Contar lo que pudo haber pasado. O lo que realmente sucedió y no ha podido probarse, de forma que el itinerario por las entrañas de la música -del arte- suscita cuestiones sensacionales y sensacionalistas, de la homosexualidad de Schubert a la vocación religiosa de Liszt, enfatizando la convulsión cultural de Wagner y el momento en que Mahler quiso quemar la ‘Décima sinfonía’ porque la partitura alojaba los presagios y los fantasmas de la destrucción occidental. No es una mera especulación literaria. Menos aún cuando el mérito de Güell respecto a otros autores o novelistas consiste en dominar profundamente la música de la que habla. La vincula inevitablemente a sus autores. La música son ellos y dicen más de ellos de cuanto lo hacen los documentos históricos con que suelen conformarse las biografías, estableciéndose una distancia entre el autor y la obra. Güell interrumpe el cortocircuito. Y se vale de un aforismo de Oscar Wilde para justificar el título de un libro incandescente, escrito con musicalidad, resuelto con el hilo invisible de la intensidad: “La música es el arte más cercano a las lágrimas y a la memoria”.


EL AULLIDO DE BEETHOVEN
Beethoven agoniza a la vera de Franz Schubert. Es una escena de sucesión. El delfín pregunta. Pregunta qué sintió Beethoven cuando estrenó la ‘Novena sinfonía’ y cuando sobrevino el trance del himno de Schiller. Y Beethoven, víctima de la sordera, evoca los “martillazos estridentes” de su cerebro y el latido de un corazón extenuado que acelera el rumbo de la música. “No podía percibir nada, ni siquiera los tonos graves, que en general me resultan más fáciles de distinguir. Sólo escuchaba la vibración desordenada de mi interior, como olas que me revolcaban en un caos huracanado. Miraba fijamente a los músicos para darles el coraje y conseguir que mantuvieran la concentración requerida”. (…) “Tendría el presentimiento de que perdería la conciencia y caería al escenario antes de concluir la obra. De repente, la orquesta dejó de tocar. Los músicos aplaudían. Yo estaba en otro mundo; las ráfagas de calor seguían golpeando mis oídos. Permanecí sentado, inmóvil. Sin sentir nada más que mis aullidos interiores. Observé acercarse a Caroline Unger, la contralto solista. Llegó a mi lado y me ayudó a levantarme; me giré y por primera vez vi al público”. (…) “Vi sus caras. Sólo sus caras. ¡Habían comprendido, Franz! ¡Habían comprendido! ¡Habían conseguido arrancar las estrellas del cielo y, comiéndoselas, explotaban incendiados por su luz”.

RICHARD WAGNER, YO CONFIESO
Puede que no exista mayor actitud temeraria que hablar en boca de Wagner, con más razón cuando el coloso germano habló tanto de sí explícitamente -la autobiografía, los ensayos- y tanto de sí implícitamente y de sus aspiraciones en su propia música. Güell se atreve a hacerlo. Y escoge un introito categórico: “No tengo miedo, jamás lo he tenido. Cuanto más he sufrido, más he amado. El peligro constante que siempre asumí, ha servido para acrecentar mi amor por la vida. Acompañado por él abandonaré este mundo más hermoso de como lo encontré. Nunca me arrepentí de mis errores; gracias a ellos pude levantarme con renovada energía y seguir persiguiendo, de forma compulsiva, la ambición de transformar la música y la sociedad de mi tiempo. Formé parte de una estirpe de valientes jacobinos; juntos avanzamos propagando la revolución, convencidos de que sólo sobre los escombros de una sociedad marchita, corrompida, podía construirse un Estado más perfecto, en el que la naturaleza humana, infinitamente acrecentada por el fuego de la regeneración, alcanzase sus anhelos de amor y bien común”.

GUSTAV MAHLER, EL APOCALIPSIS
Tenía Gustav Mahler que haber agonizado como agoniza el ‘Adagio’ de la ‘Novena sinfonía’. Una muerte resignada, mecida por los estertores del violonchelo, resuelta en el pianísimo de una expiración, pero entonces sobrevino el antídoto desgarrado de la ‘Décima’, como si Gustav Mahler (Kaliste, República Checa) quisiera anunciarnos el fin del mundo. No pudo hacerlo porque la muerte truncó la obra en su génesis, pero Xavier Güell la ha terminado en su nombre. Y sitúa al compositor en la duda de arrojarla al fuego, para consumir con ella los presagios de las guerras que iban a descoyuntar Occidente. Así escribe Xavier Güell /Gustav Mahler en el volumen ‘La música de la memoria’ (Galaxia Gutenberg), que acaba de editarse: “Encerrada con llave en un cajón de mi dormitorio, por las noches oía en sueños sus gritos desgarradores, pidiendo que la liberara, que le diera forma definitiva, preguntando por qué tenía que ser menos que mis otras sinfonías. ¿No era ella la más personal de todas? ¿No reflejaba cada uno de los truenos de mi alma? ¿No era yo el profeta del dolor trascendido, el que había defendido que sólo el sufrimiento es verdadero, que todo lo demás es levedad inconsistente en un mundo sin valor? ¿Por qué entonces no la dejaba vivir y la mostraba al mundo como verdadero testamento, último testimonio de un hombre que ha sufrido más allá de todo límite desde la borrachera de su dolor transfigurado por la gracia del amor?”. “La respuesta es patética, mi pobre Gustav, padre miserable y cruel que arranca de su vientre a su criatura más perfecta, incapaz de soportar su propio dolor (…). Yo soy, Gustav, tu espejo de plata. En mí ves lo que en realidad eres. Un cobarde que no sabe resistir su suplicio”.

SCHUBERT Y CHOBER
Güell sostiene la homosexualidad de Franz Schubert, pero no es una hipótesis temeraria, sino la conclusión implícita a la que han concedido valor histórico estudios biográficos, enfocados al atractivo y literario aspecto corruptor -¿Lord Henry en ‘El retrato de Dorian Gray’?- que supuso la figura casi homónima de Franz von Chober, poeta, actor y libretista del propio Schubert en la ópera Alfonso y Estrella, compañero de sufrimiento al diagnosticarse la sífilis. “Todavía hoy, desde la húmeda habitación de la casa de mi hermano Ferdinand, en la que postrado, rotas ya las esperanzas de recuperar una vida que como el agua clara se me escapa de los dedos entumecidos de mi mano, soy incapaz de recordar sin un estremecimiento, el golpe terrible de saber que había contraído sífilis”. “En nuestras visitas a los burdeles, Franz y yo evitábamos repetir con el mismo amante. Era nuestra manera de decir que nos amábamos, que a pesar de los temblores desatados por una carne deseada a la que no sabíamos renunciar, permanecíamos fieles en nuestra amistad. En el encuentro con Beethoven confesé la verdad con una única excepción: la niña de ojos sobresaltados a la que pedía mientras hacíamos el amor que me sonriera, era un muchacho, bello como un dios del que me enamoré perdidamente. El tiempo me paró de golpe; mi música se convirtió en una sombra pálida apenas recordada. (…) La sórdida historia se repite en mi memoria con la angustia intacta de la primera vez (…) El diagnóstico brutal, escupido con el sabor de cereza amarga: sífilis en fase secundaria, ingreso en el Hospital General”.

LOS CELOS DE SCHUMANN…
¿Por qué Schumann aceptó el amor de su mujer Clara por Johannes Brahms? Xavier Güell invoca al compositor germano. Lo cita en primera persona. Evoca el desgarro sentimental, el desquiciamiento psicológico, cuando la ciencia no había enunciado la esquizofrenia. Y cuando Schumann apreció y despreció a la vez la aparición tumultuosa de Brahms. “El 30 de septiembre [de 1853], cuando Brahms irrumpió en nuestras vidas como un verdadero ángel exterminador -bello como el día e insólitamente dotado-, pasaron dos cosas; yo me entusiasmé como un niño y Clara se enamoró de él. Había vivido otras veces el infierno de la rivalidad, en especial con Mendelssohn; fui siempre muy celoso. Pero esta vez me afectaba de una manera distinta. Consideraba hasta cierto punto normal, no podía evitarlo, que Clara amase a mi heredero, a mi auténtico continuador. Me sentía muy mermado en mis facultades, fuera de control, y la súbita aparición de Brahms me conmovió en lo más profundo. El descubrimiento de un genio desconocido que presentaba tantas afinidades conmigo, por un lado me producía una gran alegría, me hacía pensar que dejaba mi arte en buenas manos, que por fin podía descansar, abandonar la tortura de mis nervios, dejar de resistir, abdicar frente al destino; pero, por otro lado, me inquietaba de forma obsesiva y me producía unos celos espantosos”.

… Y LA VERSIÓN DE BRAHMS
“Me enamoré de Clara. Al principio pensé que podía dominarme y hacía lo posible para que ella no lo notara. Me costaba un esfuerzo inmenso no arrojarme sobre ella y besarla. A veces la descubría mirándome de una manera especial. Su mirada, ya lo he dicho muchas veces, era turbadora; pero ahora notaba algo distinto, como si me quisiera decir algo que con palabras no era posible. Me horrorizaba pensar, aunque no era muy consciente todavía, que estaba traicionando a Schumann, me parecía repulsivo aprovecharme de su enfermedad para intentar seducir a Clara; pero no podía evitarlo y todo en mi ser vibraba como nunca había sentido”(…) “Desde el primer día de nuestro viaje -se refiere Güell a un tiempo después, estando Schumann aún vivo- hicimos el amor. Clara era muy sensual. Me había permitido leer su diario íntimo en el que, en clave, explicaba las relaciones con su marido. En la mayor parte de sus trece años de vida conyugal hacían el amor a diario, a veces incluso más, pero no podía imaginar hasta qué punto era maravillosa en este sentido. Se entregaba con una pasión sincera, desinhibida. Hacía el amor de la misma manera que hacía música, con naturalidad, con entrega absoluta, sin ninguna afectación, sin ninguna limitación. Todo su ser se transformaba, vibraba con tal inspiración que transmitía una energía intensa, poderosísima”.

EL ASCETISMO DE LISZT
Brahms y Liszt se enfrentaron como pesos pesados en la Guerra de los románticos, definición hiperbólica de una contienda que dirimía la legitimidad de Beethoven -¿quién era el sucesor más digno?- y que proporcionó una beligerancia dialéctica entre la tradición y la vanguardia. El apasionamiento de la contienda se añadió a las tribulaciones sentimentales de Liszt, perturbadoramente enamorado de una aristócrata casada, Carolyne Sayn-Wittgenstein, de la que tuvo que distanciarse por imperativos geopolíticos y eclesiásticos: el compositor terminó como abad en Roma. “Son las cuatro de la madrugada, está a punto de amanecer. En el monte Mario el canto de los últimos gallos se derrite en las primeras luces del alba. Es tiempo de abandonar mi retiro. Reconfortado, rebosante de Dios, mi corazón está lleno más que nunca de amor, un amor que inspirado por Él es el verdadero motor de mi alegría; desde ella debo ahora salir al mundo” (…) “En mi vida como compositor hay tres carpetas: en la primera están las obras de mi juventud, la he cerrado para siempre y he tirado la llave al mar. En la segunda se encuentran las composiciones con las que perseguí la gloria de llevar a cabo una revolución musical (…), pero el estruendoso camino elegido estaba equivocado. La tercera contendrá mi auténtica obra. Una música basada en el silencio. He aprendido a escuchar el silencio (…) La voz del silencio es la voz de Dios”.

La ‘verdad’ que esconden las portadas de discos más famosas


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Cuando los Beatles posaron para su caratula más conocida una señal avisaba sobre el paso de escarabajos por la zona. En el agua donde el bebé de Nirvana trataba de coger un dólar había tiburones y delfines. Nada de lo anterior es real, pero una agencia británica ha querido ‘extender’ la historia de la música. Y es que algunas de las portadas más famosas pueden mostrar una realidad alternativa si se abre el objetivo de la cámara

Las preguntas están para cambiarlas. ¿Cuál es tu disco favorito? Típica pregunta de prenoviazgo o de páginas que te aseguran encontrar el amor. Para muchos, el nombre del disco va asociado a la portada, una imagen que permanece en el recuerdo durante mucho tiempo. Eso sí es amor.

Cambiemos pues la pregunta. ¿Cuál es tu portada de disco favorita? Las hay artísticas, explícitas, enigmáticas, sosas, de mil colores, en blanco y negro, con miradas perdidas en el horizonte… Una imagen atractiva es parte del marketing del disco. Si te entra por los ojos todo es más fácil.

Entonces replanteemos la pregunta. ¿Qué pasaría si se miran algunas de las portadas más famosas de la historia desde otra perspectiva? La agencia de diseño web y desarrollo británica ‘Aptitude‘ ha imaginado cómo serían las ‘covers’ si se extendieran a lo largo y ancho y en contexto diferente al de su origen.

Blur – Parklife (1994)

Blur Parklife

Blur Parklife

El cazador cazado. Si la portada del disco de Blur simboliza la rivalidad existente en una carrera de galgos, donde el objetivo es intentar atrapar a una liebre artificial, otra mirada podría ver a los perros huir ante el acecho del pequeño animal.

Justin Bieber – My World (2010)

Justin Bieber My World

Justin Bieber My World

En 2010, la portada de ‘My World’ reflejaba a un Justin Bieber de aspecto inocente, ídolo de jovencitas y mirada de no haber roto nunca un plato. En los últimos años la vajilla se ha destruido por completo. Detenciones por agresión y por conducir bajos los efectos del alcohol, escupitajos a sus fans… La otra perspectiva de la caratula habla por sí sola.

Michael Jackson – Off the wall (1979)

Michael Jackson Off the wall

Michael Jackson Off the wall

‘Off the wall’ fue el quinto disco en solitario de Michael Jackson y una ruptura en favor del soul con sus discos anteriores y posteriores. En esa laguna, y con 21 años recién cumplidos, la portada mostraba a un Jackson con grandes metas para el futuro. Si se extiende la imagen se pueden ver algunos aspectos que sobrepasaron su vida privada, como su amistad con el actor Macaulay Culkin o su apego a su mascota, el chimpancé Bubbles.

Fatboy Slim – Why Try Harder (2006)

Fatboy Slim Why Try Harder

Fatboy Slim Why Try Harder

La portada de ‘Why Try Harder’ (‘¿Por qué esforzarse más?’) era una continuación a la historia comenzada en el disco de Fatboy Slim ‘You’ve come a long way, baby‘, donde al rollizo protagonista se le daba un aspecto angelical. La otra realidad de la imagen podría estar inspirada en las pinturas del artista italiano Rafael y su ‘Transfiguración del Señor‘.

Adele – 19 (2008)

Adele 19

Adele 19

’19’ es el disco debut de Adele y trata de mostrar a la cantante en un entorno pacífico y transparente. Pero la otra realidad saca el lado oscuro, el de la voz que, por su poder y potencia, te transporta a otro mundo.

Bruce Springsteen – Born in the U.S.A. (1984)

Bruce Springsteen Born in the U.S.A

Bruce Springsteen Born in the U.S.A

La prestigiosa fotógrafa Annie Leibovitz es la autora de la imagen. El trasero es el del propio Springsteen. La portada, junto a los temas del disco, trata de simbolizar el poder de la sociedad estadounidense a través su bandera. Si se abre el objetivo, y aunque sea un estereotipo, se puede observar una sociedad ‘fast food’.

Nirvana – Nevermind (1991)

Nirvana Nevermind

Nirvana Nevermind

Es una de las portadas más icónicas. La idea le vino a Kurt Cobain mientras veía un programa de televisión sobre nacimientos bajo el agua. La instantánea se tomó en una piscina para bebés, pero ¿y si hubiera sido tomada en la profundidad del mar? La presencia dócil podría aparecer junto a delfines y tiburones.

The Beatles – Abbey Road (1969)

The Beatles Abbey road

The Beatles Abbey road

Quizás, la portada más imitada. Cruzar un paso de cebra tiene otro significado desde que los Beatles lo hicieran a su manera en la calle londinense de Abbey Road. Aunque también podría haberse tomado en plena ruta 66 con un cartel de aviso: ‘Precaución, cruce de escarabajos‘.

Puedes ver todas las imágenes en la web de ‘Aptitude’.

 

Un fascinante viaje musical en 250 cubiertas


ABC.es

  • «Vinilos. Las mejores portadas de discos de la historia» ofrece un espectacular recorrido por el maridaje entre melodías y arte gráfico
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Portada del disco «Sargent Peppers Lonely Hearts Club Band», de los Beatles

Un regalo modesto gana muchos enteros si cuenta con un envoltorio de lujo. Lo que vale para la vida en general se aplica también a la industria musical, que se ha visto beneficiada durante décadas por el maridaje entre melodías y arte conceptual, configurando centenares de cubiertas míticas y otras hoy olvidadas pese a constituir auténticas joyas. Richard Gouard, Christophe Guedin y Grégory Bricout han buceado en ese inmenso legado y de él han extraído unos 250 tesoros recopilados en ‘Vinilos. Las mejores portadas de discos de la historia’ (Lunwerg Editores), un homenaje a ese objeto que ha endulzado la vida de millones de personas.

Pablo Saycet Torres apunta en el prólogo que todo comenzó a cambiar cuando Elvis Presley se metió en el estudio para registrar ‘That’s all right’. El éxito del artista de Tupelo llevó a grafistas de todo el mundo a darse cuenta de la mina de oro que tenían ante sus narices. Las cubiertas de los discos de vinilo se erigían en un marco excepcional para albergar sus obras, democratizando el arte y haciéndolo asequible a todos los bolsillos. Allí encontraron asiento también las creaciones de pintores reputados como David Hockney, Joan Miró o Pablo Picasso, fotógrafos de la talla de Alberto García Alix y diseñadores como Óscar Mariné, entre otros.

El siguiente hito de esta revolución vendría de la mano de Jann Haworth y Peter Blake y el collage que crearon para el ‘Sargent Peppers Lonely Hearts Club Band’ de los Beatles. Desde entonces, cantantes y grupos de todos los géneros se han puesto en manos de esos otros genios en busca de portadas que atrajesen la atención del público.

El libro, dividido en dos grandes bloques -fotografía e ilustración-, salpimentados por retratos y conversaciones con diseñadores como Rodney Matthews o Peter Saville, recorre más de cinco décadas a través de cubiertas para todos los gustos. Las hay transgresoras, como la que Andy Warhol firmó para el ‘Sticky Fingers’ de los Rolling Stones, con la unión de la instantánea de una entrepierna masculina embutida en unos ceñidos vaqueros y una auténtica bragueta metálica que dañaba los surcos del disco de vinilo; abiertamente desafiantes, como la de unos travestidos New York Dolls inmortalizados por el japonés Toshi para su primer álbum epónimo; de ambiente gótico, como la fotografía de Keef McMillan que presidía la portada del primer disco de Black Sabbath; enigmáticas, como la realizada por el colectivo Hipgnosis para el ‘Presence’ de Led Zeppelin; y muchas otras que beben de la ciencia ficción y de los cómics, como la que John Byrne creó para el ‘Surfing With the Alien’ de Joe Satriani a partir de un superhéroe de Marvel, o la que el ilustrador George Hardie entregó para el ‘Houses of the Holy’ de Led Zeppelin inspirada en los ambientes tolkienianos.

Imprescinidibles para cualquier melómano

Algunas corresponden a álbumes imprescindibles para cualquier melómano digno de dicho calificativo. Así ocurre con el ‘Nevermind’ de Nirvana, cuyo afán de denuncia de los excesos del capitalismo se perdió en medio de la mojigatería con que fue acogido por los sectores más conservadores al mostrar a un bebé desnudo, o con el ‘Tubular Bells’ de Mike Oldfield. De otras, en cambio, apenas llega un murmullo lejano, como la que Hipgnosis elaboró para el ‘Pieces of Eight’ de Styx.

En el camino han quedado muchas que forman parte de la leyenda. Imposible recoger en un solo volumen la vasta historia tejida por la intersección de música y arte gráfico. Pero si bien no están todas las que son, nadie puede negar que en ‘Vinilos. Las mejores portadas de discos de la historia’ son todas las que están.

Las melodías de Madrid


El País

TODO SOBRE MADRID AQUÍ

Recorrido por los lugares consagrados a los grandes maestros de la música

Empezó Claude Debussy a finales del siglo XIX. El compositor definió la música como “el silencio que separa dos notas”. Unas décadas más tarde, el genial John Cage fue más allá, intentando “escuchar el silencio” encerrado en una habitación insonorizada y ofreciendo conciertos mudos. De la misma manera, siguiendo la estela de esta inspiración paradójica, también es posible dar un paseo al compás de una melodía sin necesidad de desenfundar un reproductor MP3 portátil. A veces, basta con tener algunas ideas y ganas de descubrir la capital; por ejemplo, a través de algo tan evidente aunque poco conocido como los nombres de sus vías públicas. Un libro publicado recientemente por Ediciones Autor pone esta experiencia en bandeja. Calles de Madrid dedicadas a compositores, de Manuel Alonso del Hoyo, propone un recorrido por las historias y los lugares consagrados a más de 40 grandes maestros.

De Albéniz a Chueca, pasando por Mozart, Manuel de Falla o Ravel, se podría repasar la historia de la música en tan sólo una tarde echando un vistazo al callejero. Quizá el lugar más idóneo para comenzar la ruta sea la calle de Arrieta. Situada en el lateral trasero del Teatro Real, representa uno de los homenajes de Madrid al compositor, de origen navarro, que contribuyó a afianzar la zarzuela a mediados del siglo XIX y llevó este género a su mayor auge. Emilio Arrieta, además, tras prosperar bajo la protección de Isabel II, fue maestro de Ruperto Chapí y Tomás Bretón, autores, respectivamente, del sainete lírico La revoltosa y de La verbena de la Paloma. Si les apetece pasear un rato y desde la plaza de Oriente deciden bajar hacia el paseo de la Florida pasando por la estación de Príncipe Pío, llegarán precisamente al paseo de Chapí, entre el parque de la Bombilla y el puente de los Franceses. Para encontrar la calle de Bretón, en cambio, habrá que alejarse del Madrid de los Austrias y bajar por la calle de Embajadores hasta cerca de la antigua estación de Delicias.

Entre las etapas de este recorrido musical, Alonso del Hoyo destaca también la figura de Federico García Lorca, que cuenta con un paseo en el distrito de Vallecas.

Si se quiere volver al centro, tal vez convenga saber que en Chamberí no hay calles dedicadas a compositores, aunque, muy cerca de ese barrio, es posible emprender una ruta temática centrada en Federico Chueca: a partir de la plaza central del barrio que lleva su nombre hasta visitar la torre en la que nació el compositor. Se trata de la torre de la Casa de los Lujanes, de estilo mudéjar, situada en la plaza de la Villa, uno de los conjuntos arquitectónicos más antiguos de Madrid. También es posible caminar por la Gran Vía, a manera de homenaje a la homónima zarzuela de Federico Chueca.

Entre los maestros extranjeros que dan nombre a algunas calles de la capital se encuentran Mozart, Ravel, Scarlatti o Boccherini. Merece la pena, por ejemplo, recorrer el tramo que separa la vía dedicada al autor de La flauta mágica, detrás del templo de Debod, y la calle de Scarlatti, en plena ciudad universitaria. O pasear entre las placas que recuerdan el compositor del hipnótico bolero y Manuel de Falla, uno de los músicos españoles más importantes de los últimos dos siglos junto con Enrique Granados y Albéniz. Por cierto, la calle que homenajea a Isaac Albéniz, entre la avenida de Portugal y el paseo de Extremadura, es una de las más cortas de Madrid. Como la vida de este compositor e instrumentista, que murió con menos de 50 años y sin embargo dejó una de las producciones más prolíficas de la tradición musical española.