Cuando España dibujaba el mundo, joyas de la cartografía en una exposición del Museo Naval


ABC.es JESÚS GARCÍA CALEROCALEROJE

  • «Dueños del mar, señores del muno» reúne hasta el 27 de marzo cartas y mapas únicos desde el siglo XIV a nuestros días
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Portulano de Mateo Prunes (1563) – ABC

La historia de cómo se exploró el mundo ha quedado plasmada en los mapas y buena parte de los más antiguos son de origen español. Para mostrar las joyas de la cartografía que guarda la Armada en sus archivos, el Museo Naval de Madrid acaba de inaugurar la muestra «Dueños del mar, señores del mundo», un recorrido por los mapas y cartas de navegación desde la edad media hasta nuestros días que dan cuenta de la aventura de una nación que dibujaba continentes a medida de avanzaba hacia horizontes siempre esquivos y de la continuidad de la marina cartográfica. Comisariada por José María Moreno Martínez, la exposición recorre la época de la Marina Aragonesa y los mapas portulanos, pasando por el Mar Tenebroso y la travesía hacia el nuevo continente, hasta la exploración del Pacífico en un relato que «demuestra que no ha habido mar que no navegaran los españoles desde los comienzos, porque nuestros marinos dibujaron el mundo».

Los portulanos plasmaron las primeras rutas y detalles decorativos sobre las tierras del mundo conocido para los pilotos que se aventuraban en el mar «familiar» del mediterráneo, pero la muestra no ha querido exponer los más conocidos. El de Juan de la Cosa permanece en la sala del Museo Naval en la que siempre ha estado. En su lugar se muestra el portulano de Mateo Prunes, de la escuela mallorquina, realizado en 1563, que enseña un mundo incompleto, como pronto Colón demostraría. «He elegido piezas de gran relevancia aunque no sean las más conocidas», dice Moreno Martín.

La primera rosa de los vientos

Le acompaña un Atlas Náutico de 1375, en el que aparece, por primera vez, la rosa de los vientos, y la carta de Colón, publicada en Lisboa en 1490. «Me interesa de los mapas no solo su bella realización final, sino el antes y el después, y también el porqué», refiere el comisario. Atravesar el Atlántico cierra una era de navegación y se muestra no solo un modelo de un barco de la época -una coca veneciana del siglo XIII-, sino el primer globo terráqueo del que tenemos noticia, el de Martín Behaim.

Con el descubrimiento y los viajes de Colón se abre una era diferente, la de la navegación astronómica. En el Mar Tenebroso no sirve la orientación que regía en el Mediterráneo, sus peligros no pueden esquivarse sino con cálculos científicos para representar en un punto concreto del globo la situación de los barcos. Portugal, bordeando África e inmediatamente España llegando a América tienen que inventar un sistema distinto, basado en instrumentos de medición astronómica. La Casa de la Contratación se convertirá en el centro neurálgico y secreto de los descubrimientos geográficos y astronómicos de los navegantes españoles.

Toda la información que iba llegando se guardaba por orden del Rey en un Padrón Real, un mapa por el que mataban los espías de las potencias del XVI enviados a Sevilla y que recogía detalles del mundo aún desconocido, cuyas costas fueron dibujándose rápidamente a medida que los barcos de la Armada los recorrían. Quedan muy pocos ejemplares en el mundo y en la muestra hay un facsímil del padrón de Juan Vespuccio (1526) -que tiene el Mar Rojo pintado de encarnado y cuyo original se conserva en la Hispanic Society of Ameríca-, y varios instrumentos originales, una ballestilla, un astrolabio y una ampolleta. Prueba del secreto que reinaba en torno a la Casa de la Contratación es el bello manuscrito del «Ytinerario de Navegación», de Juan Escalante de Mendoza (1575), que no pudo publicarse hasta casi un siglo después debido al veto real por los detalles que ofrecía sobre las rutas hacia América.

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La mesa del cartógrafo cuenta la historia de un mapa

La llegada del siglo XVII supone el desarrollo de los descubrimientos científicos y la mejora de los instrumentos, como se aprecia en el bellísimo astrolabio de Michel Coignet, fabricado en Amberes en 1598. Será en Flandes donde la industria geográfica se desarrolle con más eficiencia, gracias a los datos de los navegantes que ya recorrían el mundo en nombre de la Corona española. Atlas de todo tamaño, desde el ricamente decorado al de bolsillo, incluido el que se llevaba en los barcos. Junto a las cartas aparecen instrumentos perfeccionados, el elipsógrafo, compases de distinta naturaleza, escalas.

Navegación científica

El siglo XVIII es el de los marinos científicos, como Jorge Juan y Antonio de Ulloa, quienes participaron en la expedición a Quito para medir un grado de meridiano, una de las más hermosas aventuras de la ciencia y de la marina españolas. Gracias a ellos se avanzó en la medición de la longitud, el gran desafío desde el XVI que no se perfeccionaría hasta bien entrado el XIX. Se conservan instrumentos originales utilizados en aquel viaje tan importante para la historia de España, así como las triangulaciones geodésicas del equipo dirigido por La Condamine. El cuadrante acimutal, el nivel geodésico y el octante se unen al mapa simbólico del mundo hispánico, con forma de mujer.

El siglo termina con las comisiones de límites que dan fin a las disputas con Portugal, nacidas del Tratado de Tordesilla y la exposición continúa con el esplendor cartográfico de la Marina Española en el XIX.

La muestra del Naval no solo reúne joyas de la cartografía, sino relatos de contexto. Llama la atención la historia de un mapa, que recorre todos los pasos necesarios desde que un barco acude a medir un territorio hasta que el mapa se imprime, pasando por las matemáticas necesarias, el borrador y la imprenta. Además esos relatos incluyen las importantes misiones científicas de la Armada Española y sus realizaciones cartográficas como el Atlas Marítimo de Vicente Tofiño, así como técnicas como la litografía.

Finalmente la exposición alcanza los medios empleados hoy para la ejecución de cartas y mapas por el Instituto Hidrográfico creado en 1908, tras un siglo difícil que comienza para la Armada en Trafalgar y termina en la guerra de Cuba. Se expone la última carta realizada hasta la fecha, del puerto de Cartagena.

 

Adiós a la fragata ‘Mercedes’


El Mundo

  • James A. Goold abogado de España en la causa, explicará los detalles del juicio
Una niña contempla el 'tesoro' de la fragata Mercedes, en...

Una niña contempla el ‘tesoro’ de la fragata Mercedes, en el Museo Arqueológico Nacional.ANTONIO HEREDIA

La fragata Mercedes se prepara para levar anclas y navegar hacia otros puertos. La exposición ‘El último viaje de la fragata Mercedes’, dividida en dos subsedes: el Museo Arqueológico Nacional (MAN) y el Museo Naval celebra el miércoles su jornada de clausura con una jornada de conferencias y mesas redondas donde se podrán conocer todos los detalles de la recuperación del tesoro, así como de la muestra que se ha podido visitar en Madrid desde el pasado mes de junio.

El salón de actos del MAN acogerá la jornada que inaugurará Miguel Ángel Recio, director general de Bellas Artes y Bienes Culturales, Archivos y Bibliotecas. El plato fuerte llegará justo después (10.30 h.) con la conferencia titulada ‘La defensa del expolio de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. Claves del litigio’, a cargo del abogado estadounidense James A. Goold, que defendió a España ante el tribunal de Tampa (Florida). Será la primera vez que el letrado hable frente a un foro público sobre el juicio.

La misión de la fragata, el papel de los archivos de la Armada, la indemnización del Estado, las monedas del cargamento, la reconstrucción de la ‘Mercedes’ o el diseño expositivo y museográfico, son algunos de los temas que se tratarán en el resto de conferencias, en las que tomarán parte expertos que han participado en la organización de la muestra o en la investigación que permitió la recuperación del cargamento.

Los detalles de la explosión de la fragata Mercedes, según relato de Diego de Alvear


ABC.es

  • Documentos que pueden verse en la exposición del Museo Naval y el Arqueológico Nacional, prorrogada hasta el próximo 15 de enero
Los detalles de la explosión de la fragata Mercedes, según relato de Diego de Alvear

Los documentos que aparecieron en el archivo familiar de los Alvear no habían visto la luz desde 1804, fecha de la batalla del Cabo de Santa María. Indican cómo fue el combate, paso a paso, gracias a la descripción de -seguramente- el propio Alvear. El conocimiento naval que expresan es impagable, los hace únicos. Ahora pueden verse en la exposición «El último viaje de la fragata Mercedes».

Los publicamos en ABC, con su transcripción completa y anotada por el arqueólogo Carlos León, y lo hacemos hoy nada más conocer la prórroga anunciada en el Museo Naval y el Arqueológico Nacional, donde la muestra estará abierta al público hasta el 15 de enero. Merece la pena detenerse a contemplarlos. Son siete dibujos del combate con una leyenda en cada una de las vistas que describe el desarrollo general del enfrentamiento y las distintas maniobras que realizaron las dos escuadras. [Contempla los documentos y la historia completa en el blog Espejo de Navegantes]

El Barceló que tantas aventuras pasó por la mar


web

  • Así se llamaba el terror de los piratas mallorquín del siglo XVIII
El Barceló que tantas aventuras pasó por la mar

Museo naval de madrid | Retrato de Antonio Barceló

Cuántas aventuras hubo de pasar Barceló por la mar, como reza el dicho, para que el mismísimo Carlos III quisiera conocer en persona a Antonio Barceló, el marino más brillante de su tiempo y terror de los piratas. Francisco Casares contaba hace 70 años en ABC cómo el ministro de Marina les presentó y al preguntar el Rey por los berberiscos, Barceló le contestó con modestia: «Señor, como siempre, están temiendo el nombre de vuestra majestad».

A quien en verdad temían los corsarios moros que atacaban las costas españolas era a este intrépido mallorquín, considerado ya a mediados del siglo XVIII un héroe de los mares.

Nacido en 1717, Barceló era hijo del patrón de mar Onofre Barceló, quien se dedicaba al transporte de mercancías entre las Islas Baleares y la Península. Ya de niño acompañó a su padre en el jabeque y con 18 años era un audaz y experto piloto. Pronto comenzaron sus persecuciones y batallas contra los piratas argelinos, tunecinos y berberiscos que llegaron hasta los oídos de Carlos III, quien en 1738 le nombró alférez de fragata. Tenía 21 años.

«A la mar voy; mis hechos dirán quién soy» era el lema de este bravo marino que entraba al abordaje con su jabeque cosechando victorias casi inverosímiles. Como aquella en la que luchó en desiguales condiciones contra una galeota berberisca y logró echarla a pique pese a que la batalla en un principio le era desfavorable, o cuando ya siendo Comandante de los reales jabeques hizo prisionero en 1769 al famoso Sahim ( o Selim) con más de 1.600 piratas.

Aquel 1769, ascendido a capitán de navío, tuvo lugar el citado encuentro con el monarca, que le concedió una pensión vitalicia de 12.000 reales anuales. En 1779 sería nombrado Comandante general de la escuadra encargada del tercer sitio de Gibraltar, donde su valía quedó inmortalizada en la copla «si el rey de España tuviera cuatro como Barceló, Gibraltar fuera de España, que de los ingleses, no».

Aún comandaría dos expediciones a Argel y una frustrada a Algeciras antes de retirarse en Mallorca, donde el 30 de enero de 1797 falleció a los 80 años. «Si no llegó al Cuerpo general de la Armada, como era preceptivo por la limpieza de sangre, obtuvo este singular privilegio por la fama, la heroicidad y el prestigio conseguidos cuando apenas era un adolescente en sus luchas -con aire legendario- contra los piratas», concluía el perfil «de una vida heroica consagrada fervorosamente a las luchas en los mares» que publicó ABC en 1944.

Carlos Martínez-Valverde lo describió como un general «muy discutido en su tiempo», que no contó con muchos amigos entre los jefes de la Armada probablemente por sus bruscos modales, su parca educación («su instrucción se limitaba a saber escribir su nombre», dice), su cara poco atractiva por la cicatriz de una herida y «la expresión de suspicacia que le hacía tener su sordera, defecto que le ennoblecía por haber sido causado por el estampido de los cañones».

«Era en cambio el ídolo de sus marineros» y «poseía un corazón bondadoso y noble», señaló Martínez-Valverde, quien aseguró que «en todo el litoral mediterráneo gozaba de una popularidad por nadie superada».

Ramón Codina Bonet destacaba en «Don Antonio Barceló: almirante de la Real Armada y corsario del Rey» sus dotes corsarias como destructor de jaquebes y su estrategia en abordajes, «aspectos todos ellos que le han convertido en una de las figuras militares más destacadas del siglo XVIII», según la web del Ministerio de Defensa.

Estas dotes son las que refleja una copla andaluza que cita Luis Montoto en «Un paquete de cartas»: «Tengo que ser más pirata, que Barselón por la mar».

En el Panteón de Marinos ilustres de San Fernando, una lápida le recuerda con esta inscripción: «A la memoria del Teniente general Don Antonio Barceló».

Los otros héroes anónimos de la navegación española


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  • Travesías comerciales, científicas y por supuesto militares pudieron hacerse gracias a la labor de los marinos españoles que cartografiaron la costa para mantener la supremacía del Imperio

Los otros héroes anónimos de la navegación española


ernesto agudo / El primer mapamundi de la historia, cartografiado por el marino español Juan de la Cosa

Corría el año 1500 cuando Cristóbal Colón regresaba al Puerto de Cádiz tras su tercer viaje triunfal por «Las Indias». Un nuevo mundo se descubría ante los pies de los enviados por la Corona y el sol ya no se pondría, al menos durante los próximos tres siglos, en el incipiente Imperio español.

Los territorios descubiertos en el continente transatlántico debían ser «oficializados» de alguna manera, delimitando ante los ojos de las potencias enemigas qué tierras estaban siendo colonizadas por Cristóbal y el resto de marinos al servicio de los Reyes. Surgen así algunos de los mapas más interesantes e importantes de la Historia de España y, por ende, de la humanidad. Los antiguos portulanos –mapas muy detallados de los puertos mediterráneos– se quedaban pequeños ante tanto territorio descubierto; era necesario plasmar la totalidad del planeta en apenas unos metros de tela.

Así comienza una historia más, desconocida y olvidada como tantas otras, de éxito de nuestro país. Viajes militares, científicos, comerciales… en los que se enrolaban estos marinos para cartografiar el Nuevo Mundo, convirtiéndose por su importancia en héroes, aún más ignorados incluso que los conquistadores, pero que durante siglos lucharon por mantener a España en la vanguardia náutica mundial y que el Museo Naval lleva más de 80 años recuperando y redescubriendo a sus visitantes.

Pocos países del mundo pueden presumir de tener una cartografía como la española, donde realmente somos una potencia mundial. Apenas el británico museo de Greenwich puede hacernos sombra, pero ellos carecen de joyas como el mapa de Juan de la Cosa de 1500, el primer mapa de la historia con el continente americano cartografiado. En menos de dos metros de pergamino están representados todos los territorios conocidos en la época, con América ilustrada como un vergel culminado por una figura de San Cristóbal, que representa la puerta de entrada a las Indias. Un mapa realizado para los Reyes Católicos con curiosidades como monstruos marinos en los mares de Asia o Misterio católico a los pies del mar Rojo.

Investigación y desarrolloDurante los siguientes tres siglos el dominio del Imperio español se hizo patente ante sus enemigos europeos. Para seguir manteniendo su hegemonía en tierra y mar, la Corona no dudaba en reclutar cerebros de otros países, ponerlos a su servicio y, conjuntamente con las mentes más eminentes que habitaban la Península, trabajar para llevar a cabo mejoras técnicas en la Marina y en la cartografía. Así se trajeron obras de grandes cartógrafos de otras partes del Imperio, como Flandes, donde estaban los más finos autores, como Abraham Ortelius, que en 1584 hizo el importante Atlas «Theatrum Orbis Terrarum».

No solo no había fuga de cerebros, sino que además de atraer a las mejores mentes de Europa, las «creaciones» de nuestro país eran deseadas por las demás potencias. Así se demostró durante la Guerra de Independencia, cuando los británicos utilizaron y tradujeron el Atlas de Tofiño, el primero detallado de la costa de España.

Esta es otra de las joyas que integran el Museo Naval. A finales del siglo XVIII España había cartografiado prácticamente todo el mundo, pero faltaba un atlas pormenorizado de nuestra costa. Así surgió la obra de Tofiño, creada en 1789 como «Atlas marítimo de España», con un perfil pormenorizado de toda la costa. Tal era la precisión de algunas de las cartas náuticas que se incluían que muchas se siguieron utilizando durante más de 150 años, hasta bien entrado el siglo XX. La historia, la leyenda y la labor del navegante Tofiño fue homenajeada por Arturo Pérez-Reverte en su libro «La carta esférica».

Navegación y cartografía «a ojo»arece imposible pensar que con las herramientas rudimentarias de hace cuatrocientos años –astrolabios, cuadrantes, sextantes, sondas, brújulas y los cinco sentidos puestos en la mar– se pudieran hacer cartas de navegación tan sumamente precisas. Lo mismo ocurre con las de los siglos XVIII y XIX, que aunque con herramientas más evolucionadas –se viajaba buscando las mejores innovaciones– se siguieron utilizando durante años. El Museo Naval guarda planos de Puerto Rico o Montevideo con 200 años de historia que si se superponen con uno realizado por los más modernos satélites apenas variarían unos milímetros.

Los mapas también eran un buen soporte para «contar» lo que sucedía. Así las historias fascinantes de nuestros mejores militares llegaban a oídos de todos. Como la aventura del marino «Yo solo» Gálvez, que se introdujo con 4 navíos en una bahía repleta de barcos británicos durante la batalla de Pensacola (1781) al grito de «El que tenga honor y valor que me siga».

España antes que los intereses propios

Tras el declive del Imperio, esta historia se convierte más en una aventura de hombres nobles interesados en lo mejor para España que en una labor de Estado. Mientras políticos, validos, o primeros ministros se preocupaban por su puesto, por sus intereses o por mantener su estatus, un grupo de hombres tuvieron altura de miras y se centraron en honrar a España en memoria de aquellos hombres que se jugaron la vida en galeones cartografiando las costas del mundo en beneficio de la Corona.

Conseguir reunir todos los mapas bajo el techo de un museo estatal ha sido una labor de personas más que de la olvidadiza España, siempre tan proclive a despreciar su Historia. En 1792 se intentó crear un museo de la mano de José Mendoza y Rios para recopilar la documentación de Europa, pero fue destituido, quedándose el proyecto en nada. Así se estuvo hasta 1842, cuando se retomó la idea, aunque no fue hasta 1933 cuando regresó la mayoría del fondo cartográfico que compone el actual Museo Naval, donde se rememoran las grandes hazañas de todos estos héroes que contribuyeron a España.

El misterio del mapa desaparecido

F.M MADRID
Durante casi trescientos años nadie supo nada de él. Su pista se perdió apenas unos años después de su creación. El mapa de Juan de la Cosa, el primer mapamundi de la Historia elaborado en el 1500 para los Reyes Católicos, simplemente «desapareció». No fue hasta el año 1832 cuando el embajador holandés en Paris lo «descubrió» por casualidad en un mercadillo y lo compró para él.
El mapa estuvo expuesto desde entonces en la embajada, donde varios españoles lo vieron y comprendieron lo importante que sería recuperarlo. Así, cuando el embajador murió y su descendencia optó por vender la biblioteca del padre, España pujó por el mapa y se lo trajo tras pagar 1.800.000 pesetas de la época.
Desde entonces el primer mapamundi de la Historia solo ha salido de nuestro país tres veces, para evitar «accidentes» que acaben con una de las piezas más valiosas de nuestro patrimonio

Jorge Juan, espía y científico que pudo dar la victoria a España en Trafalgar


ABC.es

  • El sabio español importó en secreto el sistema de construcción naval inglés, mejorándolo, y fue diplomático y agente para tres Monarcas. Pero cayó en desgracia por las intrigas
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Pintura de Clarkson Frederick Stanfield sobre la batalla de Trafalgar

Cada vez que uno piensa en Jorge Juan y Santacilia (1713-1773) no sabe si debe preferir a uno de los grandes militares de nuestra historia, que hizo posible el milagro naval español con los primeros Borbones. Su poderoso proyecto de flota habría evitado seguramente la derrota de España en Trafalgar, si él no hubiera caído en desgracia por intrigas cortesanas. O puede uno decantarse por admirar al “sabio español” -tal y como se le conocía en toda Europa por ser uno de los científicos más reputados del siglo de las Luces- sin cuyas observaciones el sistema métrico decimal no sería como lo conocemos hoy ni tendríamos el exacto conocimiento de la forma de la tierra.

Como James Bond

¿Cuántas vidas caben dentro de una vida? Porque también resulta apasionante reconocer en Jorge Juan a un James Bond al servicio de Su Majestad Española, un hombre capaz de revelar importantes secretos del enemigo, espiar y minar sus astilleros provocando una fuga de cerebros y manos expertas y, por supuesto, un caballero que supo enaltecer -mezcladas, no agitadas- las armas y las letras de su Rey en las mejores Academias de Ciencias de Europa, la francesa, la Royal Society británica o la Academia berlinesa.Todos ellos, y algunos más, son el verdadero Jorge Juan, un ilustrado que mañana, 5 de enero, cumpliría 300 años. El Museo Naval -donde se conservan su cuadrante y maquetas de sus construcciones- ha realizado estos días talleres infantiles sobre su figura con gran éxito. Jorge Juan nació en Novelda de la unión de dos familias ilustres: la de su padre, Bernardo Juan, que descendía de los condes de Peñalba, y la de su madre, Violante Santacilia, procedente de una hacendada familia ilicitana. Ambos se habían casado tras enviudar, en segundas nupcias.

A los 3 años, Jorge queda huérfano de padre, estudia con los jesuitas alicantinos y luego en Zaragoza. A los 12 años se le somete al meticuloso estudio de limpieza de sangre necesario para ingresar en la Orden de Malta, apoyado por su tío paterno Cipriano, caballero de esa orden. Profesa en Malta y recibe con 14 años su primer título: Comendador de Aliaga en Aragón. En Malta también debió “correr carabanas”, persiguiendo a los cárabos o galeotes moros, lo cual pudo ser el inicio de su vocación marinera. A los 16 regresa y pide el ingreso en la Real Compañía de Guardias Marinas.

Reserva de conocimiento

Y allí todo cambia. Felipe V había creado en esa escuela gaditana un verdadero centro de conocimiento, una reserva ilustrada donde se enseñaban los más modernos estudios de aquella hirviente época, sin descuidar las bellas artes. Un joven con el talento de Jorge Juan aprendió allí a amar la ciencia, cuando España era aún un país de grandes atrasos que desconfiaba del progreso, con el acecho siempre temible de la Inquisición, agitada por un infame casticismo que atacaba cualquier avance procedente del extranjero.Jorge Juan se asomó al universo a través del novedoso prisma de Newton y las explicaciones científicas de la mecánica celeste. Se graduó con 21 años, después de navegar tres años y participar en las campañas de Orán y en la escuadra que acompañó al futuro Carlos III para asumir el Trono de Nápoles. Entre sus maestros en el arte de navegar tuvo al bravo Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias en desigual combate contra una gran escuadra inglesa.

Empieza la acción

Entonces, en 1734, Felipe V recibe la solicitud de su primo Luis XV para que se permita a los inquietos académicos franceses viajar a Quito con el fin de medir un arco de Meridiano bajo el Ecuador y así obtener el valor de un grado terrestre. La empresa era vital por aquel entonces, puesto que, dominada la Latitud, fallaban los cálculos de Longitud, lo cual impedía una precisión científica tanto en la derrota de los barcos como en la cartografía. Jorge Juan iba a jugar un papel vital en la solución.

El Rey quería dos oficiales y eligieron dos pimpollos, Ulloa y Juan

Felipe V quiere facilitar la misión científica francesa pero siempre que las luces del siglo iluminasen también a la ciencia española. Por ello ordenó el 20 de agosto que dos de sus más hábiles oficiales acompañasen a los académicos franceses. Quería dos personas “en quienes concurrieran no sólo las condiciones de buena educación, indispensables para conservar amistosa y recíproca correspondencia con los académicos franceses, sino la instrucción necesaria para poder ejecutar todas las observaciones”. El Monarca animaba a competir para que estos enviados realizasen sus propios cálculos “con entera independencia de los que hicieran los extranjeros”.

Dicho y hecho. Pero en lugar de elegir a dos oficiales, la Marina puso al servicio de esta empresa a dos pimpollos, dos guardiamarinas, de 19 (Antonio de Ulloa) y 21 años (Jorge Juan). Ambos protagonizaron aquel viaje que cambiaría sus vidas y les uniría con una amistad indestructible.

Las misiones secretas para Felipe V

No tenían graduación militar así que hubo que ascenderles a tenientes de navío. Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, mientras que Ulloa sería el naturalista. Y además del objetivo científico del Meridiano, Su Majestad les encargó algunas otras misiones (históricas, descriptivas, cartográficas, botánicas y mineralógicas). Sin embargo, los dos cometidos más importantes eran secretos.

Critica la tiranía sobre los indios como Fray Bartolomé de las Casas

Lo que Felipe V quería era conocer de primera mano el estado real de sus pueblos de ultramar, la situación política y social que administraban sus enviados. Por otro lado quería tener bien vigilados a los académicos franceses para impedir que llevasen a París informaciones vitales que no debían caer en manos del Gobierno de París. En ambas cosas, Ulloa y Juan se emplearon a fondo con una liberalidad y madurez sorprendentes.

La dureza de la misión

La misión partió de Cádiz en 1735, y en ella viajaba, además, el marqués de Villagarcía, nuevo virrey del Perú. Les esperaban 9 años durísimos. Viajaron a Quito para realizar triangulaciones kilométricas que extendieron hasta Cuenca, la ciudad situada a casi 400 kilómetros al sur, y cuyos vértices frecuentemente se situaban en la cima de montañas que alcanzan los 5.000 metros.

Soportaron tormenas a 5.000 metros y los ataques del almirante Anson

Es difícil imaginar la complicación que el clima, la orografía y diversas vicisitudes supusieron para aquellos hombres. Divididos en dos grupos y conocidos por “los caballeros del punto fijo”, tuvieron incluso que abandonar sus trabajos en tres ocasiones y desplazarse a Guayaquil para solucionar cuestiones urgentes relativas a la defensa y fortificación de las costas y plazas del virreinato, entonces hostigado de continuo por el almirante inglés Anson.

Héroe contra la Inquisición y la tiranía

Es una maravilla asomarse hoy a los libros que escribieron. En el de Astronomía, Jorge Juan tuvo que enfrentarse al desagrado inquisitorial que desconfiaba de Copérnico y Galileo -no digamos de Newton- a esas alturas. Y lo hace con mucha inteligencia, demostrando que los avances científicos han permitido, entre otras cosas, la navegación y por tanto la evangelización de América, y que en Roma los prelados más cultivados -cita ejemplos con autoridad- han aceptado por entonces lo que la matemática demuestra y los necios inquisidores tildan aún de contrario a las Escrituras.

Hubo más libros, pero el más llamativo es el informe secreto sobre la administración americana. Emparentando con la visión de Bartolomé de las Casas, Jorge Juan constata sin piedad los abusos de encomenderos, corregidores, curas corruptos y gobernantes que hacen la vista gorda: “La tiranía que padecen los Indios nace de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias a los que van á gobernarlos”, dice Jorge Juan en una de sus frases más templadas.

El espía competente

¿Cómo logró tanta información? Supo escuchar y presionar a las personas adecuadas con datos, relacionarlos entre sí para extraer conclusiones rápidas y certeras, tanto sobre los abusos como sobre las violaciones de las leyes y el contrabando, aportando vías de solución. Con su informe, el Rey iba a tener buena cuenta de los desmanes en las extensas y lejanas provincias donde apenas llegaba comunicación oficial alguna que permitiera poner coto a los tributos injustos y cumplir la observancia de la ley, mientras las potencias extranjeras pugnaban por romper el monopolio comercial. Tiempo después los espías ingleses publicarán estos escritos en la pérfida Albión (también en español, para la propaganda), no como ejemplo de severa autocrítica sino como confirmación de la leyenda negra que han agitado interesadamente durante toda nuestra historia.

A su regreso ha muerto Felipe V y nadie les hace caso

A su regreso, Jorge Juan constata que, muerto Felipe V, a nadie le interesan sus misiones, mediciones o publicaciones. De hecho, los avispados académicos franceses apenas mencionaron la aportación española que fue vital para la instauración del valor del metro y el sistema métrico, que no podría haber nacido sin la ayuda de esa misión compartida (la “grandeur” se llevó una vez más toda la gloria). Además también aclaró con exactitud cuál era el meridiano que cimentaba el Tratado de Tordesillas que tantos conflictos había traído entre Portugal y España por la imprecisión de los cálculos.

El momento clave de una vida

En el trayecto de vuelta de este viaje se produce tal vez el momento de mayor lucidez de Jorge Juan. El acecho con peligro real de los corsarios a los barcos franceses y el apresamiento de la nave que traía a Ulloa, la “Deliverance”, hizo pensar y mucho al joven marino. Había visto una sociedad en descomposición en América, había reflexionado sobre la necesidad de fortalecer el imperio de la ley. Había visto la debilidad de los buques de factura francesa frente a los ingleses, más maniobrables y veloces. Había sufrido los ataques de Anson en las lejanas costas. Vio claramente que los dominios en América serían insostenibles con una creciente supremacía naval inglesa. ¿Qué hacer?

La experiencia le convenció de que la Armada debía ser la prioridad de España

A su llegada a España -antes le nombraron en París miembro correspondiente de la “Academie”-, la muerte de Felipe V le hundió en un mar de dudas. Pero el destino le tenía guardado el encuentro más relevante de su vida. Con el marqués de la Ensenada, alguien con las mismas preocupaciones y con quien daría un vuelco a la política naval.

Espía a Londres, en misión imposible

No todos los campos de batalla de la Historia de España fueron a cañonazos ni cuerpo a cuerpo. En 1748 una batalla decisiva, quizá la más importante, era de inteligencia. A través del marqués de la Ensenada, Jorge Juan hace llegar sus informes secretos al Rey, y Felipe VI los estudia con interés. Ensenada comprende todas las carencias de los viajes de Juan y Ulloa (que fue liberado con honores, como miembro de la Royal Society, tras demostrar el valor científico de su misión) y decide publicar todas sus obras.

El éxito de su espionaje industrial en Londres fue espectacular

Pero a Jorge Juan le reserva una misión imposible. Le envía a Londres, camuflado con el nombre de Mr. Josues, para importar los avances de construcción naval de los astilleros del Támesis y lograr expertos que quisieran hacer escuela en España. También le pide un montón de informaciones prácticas y tecnológicas que el embajador de entonces, poco hábil en asuntos secretos, llevaba años tratando de recabar. A Jorge Juan le bastó una semana para asomarse a los Astilleros y relatar lo que estaban construyendo. Allí, por cierto, conoce caballerosamente y comparte mesa y mantel con el almirante Anson y el ministro Redford, que poco tiempo después mandará a la policía darle caza por espía.

Sus envíos de información en cartas cifradas fueron tan numerosos, eficientes y enjundiosos que convencieron aún más a Ensenada de la necesidad de cambiar de política y centrar el esfuerzo en construir una flota poderosa y moderna. Jorge Juan intuyó, como él, que tarde o temprano se dirimiría contra la flota inglesa la supremacía de los mares y que sin un cambio en la Armada no habría América. Por ello se centró en recabar la más exacta información sobre la construcción naval, la división moderna de trabajo cualificado de los astilleros, copias pieza a pieza de diseños de barcos, investigaciones sobre el lacre, las primeras aplicaciones de máquinas de vapor para limpiar puertos y otros usos preindustriales. También informó de planes concretos de los ingleses para atacar América.

A punto de ser atrapado

Ensenada y Juan sabían que el sistema de construcción de los barcos españoles, el de Gaztañeta, estaba obsoleto. El gasto de madera era enorme, contra el eficiente sistema inglés y la calidad y resistencia de jarcias, velas y otros componentes no resistía comparación. Jorge Juan realizaría sus propias mejoras al sistema. Pero lo realmente novelesco fue su accidentada salida de la ciudad del Támesis, pues estuvo a punto de ser atrapado.

La policía, mandada por el ministro Bedford, le pisaba los talones

La policía pisaba los talones a los “espías españoles”, y alguno de sus contactos allí fue detenido. La operación la dirigía el propio ministro Bedford. Antes de escapar aún tuvo que vivir mil peripecias y planificar el viaje de decenas de importantes ingenieros navales y obreros cualificados a España con sus familias para trabajar para la Corona. Les convenció de que aquello no iba a poner en peligro la floreciente industria naval británica.

Los astilleros cambian

En junio de 1750 logra cruzar el Canal de incógnito en un barco, el Santa Ana de Santoña, y llega a París. A su vuelta, comprueba que en España trabajan ya cuatro de los mejores constructores ingleses, medio centenar de técnicos y decenas de obreros cualificados. Ensenada pone sobre sus hombros una montaña de responsabilidades para cambiar los Astilleros españoles y ganar por la mano a los ingleses. A todas les da cumplimiento con brillantez y audacia. Su carrera es imparable. Pero tantos honores levantaron las envidias de la corte y no faltó quien criticó esta política.

A su regreso los astilleros cambian: es un milagro naval

En 1752, el Rey le nombra director de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz. Allí terminará de experimentar todas sus teorías sobre la construcción naval sustentadas matemáticamente. Los resultados incluso impresionaron a los ingleses. Inspeccionaba desde la tala de árboles hasta la modernización de arsenales y astilleros, empezando por Cartagena.

Las intrigas triunfaron en el verano de 1754 y provocaron la caída y destierro del marques de la Ensenada, gracias al empeño del sagaz embajador británico en Madrid, Benjamin Keene, que tenía claro que debía hacer lo posible por acabar con el responsable de una política que solo podía perjudicar a su país. Lo triste es que lo lograra. El resto es conocido y desemboca en la creciente subordinación al francés, la Armada combinada y la derrota en Trafalgar, cuya convulsa consecuencia en América no tardariá en llegar.

Si su sistema hubiera seguido la Armada sería poderosa

Con el tiempo, sus ideas, y las de Jorge Juan, fueron desechadas. Se optó por el tipo de construcción naval francesa, sus ingenieros y sus sistemas, mucho más atrasados, pero defendidos con denuedo por los nuevos ministros y sobre todo por Julián de Arriaga, secretario de Marina.

Embajador y espía en Marruecos

Es imposible resumir todas las vertientes de una biografía como la de Jorge Juan. Su prestigio sobrevivió a su salida de la primera línea de la vida pública. Y de hecho Carlos III, el Rey que vino de Nápoles y tanto tuvo que ver con el florecimiento de las artes en España, le encargó una de las misiones más difíciles de su vida. La embajada a Marruecos, en plena madurez, que sentaría las bases de una relación complicada entre los dos reinos, gracias a que logró firmar un primer tratado de 19 artículos que no ignoraba ninguna de las ambiciones importantes de la Corona. Allí también recabó información secreta y relevante para el Monarca. Fue la última aventura de Jorge Juan, un hombre imprescindible durante aquellos tres reinados.

Última Carta al Rey

Tan solo unos días antes de morir, Jorge Juan realizó uno de los servicios más difíciles a su Rey. Sometido a la agonía a la que le llevaron sus cólicos biliares, escribió a Carlos III una carta sorprendente, cuyo original se conserva en la Real Academia de la Historia. En ella, llegado el punto de rendir su vida, advierte al Monarca de las grandes desgracias que acechan en el horizonte, sobre todo por distraer los esfuerzos debidos a la Armada, sin la cual, lo que era España en aquel momento estaba condenado a cambiar, a sus ojos.
Venció el metodo de Gautier que vino a sustituir al suyo. Y si Jorge Juan detestaba la obra del francés, se dice que Gautier, de la mano de Julián de Arriaga, hizo todo lo que pudo para destruir la obra del sabio español. El perfeccionamiento de las naves a fines del XVIII vendría gracias a Romero y Fernandez de Landa y Retamosa. Sea como fuere se perdió un tiempo precioso y además de la técnica, faltó la visión política del marqués de la Ensenada sobre lo vital que una gran Armada iba a resultar en un futuro inmediato.