Celtas en el Museo Británico: solo sé que no sé nada


ABC.es

  • Reconoce que tal vez nunca existieron como tales, pero inaugura una entretenida y taquillera exposición sobre su arte

    reuters Piezas de oro, plata y cobre, incluidas en la exposición

    reuters | Piezas de oro, plata y cobre, incluidas en la exposición

A mediados de los años 50, el conde e ingeniero José Moreno Torres, un madrileño hijo de gallegos que llegó a ser alcalde de Madrid, creó como homenaje a sus ancestros lo que se daría en llamar «el Chester de los obreros»: los cigarrillos negros «Celtas», cortos y sin filtro. Comenzaron a despacharse en 1957, mayormente desde la Fábrica de Tabacos de La Coruña, que en 1969 llegó a fabricar 300 millones de paquetes. Para adornar las cajetillas, un ilustrador dibujó al celta tabaquero que todos conocemos: una suerte de vikingo barbado, con un casco con alas y espada en ristre.

Hoy podemos sonreírnos ante la recreación un tanto élfica de los celtas de aquel anónimo dibujante. Pero lo cierto es que hizo lo mismo que han hecho todos los que han recuperado el mito desde el siglo XVII, cuando se volvió a escribir el término por vez primera en 2.000 años: directamente inventárselos.

El Museo Británico de Londres inaugura hoy la exposición «Celtas: arte e identidad», en cartel hasta el 13 de enero, con un precio de entrada de 22,5 euros. Tiene la clara vocación de convertirse en su taquillazo del otoño, porque hacía cuarenta años que el British no se ocupaba ampliamente de los viejos celtas, que siguen fascinando.

La muestra deja una sensación ambivalente: los celtas están, pero no están. Se ve su arte, enormemente atractivo, porque se aleja del naturalismo clásico griego y romano para cultivar una abstracción geométrica que resulta muy del gusto moderno, aunque date de la Edad del Hierro. Pero tras pasear por las salas –bajo una innecesaria musiquilla a lo Clannad– se concluye que al hablar de los celtas toca recuperar la vieja máxima socrática: «Solo sé que no sé nada».

Delicia estética

La muestra expone 250 objetos teóricamente celtas. El viaje comienza 500 años antes de Cristo, cuando los antiguos griegos emplean por primera vez el término para denominar a los bárbaros norteños que viven al Norte y al Oeste de los Alpes, ajenos a la cultura mediterránea. La exposición, elaborada mano a mano por el British Museum y el Museo Nacional de Escocia, es una delicia estética, aunque a veces abuse de las copias de originales no cedidos. Torques lujosos, espirales, triskels, arpas, espadas, cascos tan evocadores como el de cuernos hallado en el Támesis, objetos domésticos, la lectura celta de la llegada del cristianismo, con sus cruces de estética artúrica… Las últimas salas viajan ya a tiempos recientes para contar el revival céltico que arranca en el siglo XVII y que estalla con las exaltaciones victorianas del XIX. En la época romántica entran también en escena las mixtificaciones nacionalistas de galeses, escoceses e irlandeses, que buscan una leyenda que los distancie políticamente de los ingleses.

¿Celtas en Córdoba?

El arte celta brilla en la exposición. Es su estrella y su razón de ser. Pero del British te marchas con una pregunta: ¿existieron realmente los celtas? La muestra informa de que no formaron una etnia, no tuvieron una lengua común y jamás se llamaron a sí mismos celtas. En cuanto a su ubicación geográfica, sus vestigios van de Turquía a Irlanda. Es divertido ver que las dos únicas piezas españolas, ambas de la colección del Museo Británico, son un torque gallego de oro, hallado en Orense, y otro magnífico de plata, del año 100 a.C., encontrado en ¡Córdoba!, también celta. En los mapas sobre la extensión de aquella civilización –¿fue tal?– a lo ancho de Europa se asegura que en la Península Ibérica se asentaron en el Sur de Portugal, en lo que hoy son las provincias de Pontevedra y Orense y en una amplísima franja que va de Guadalajara a Burgos. Para decepción del nacionalismo gallego, la exposición ningunea la querencia céltica de Galicia, inventada en el XIX con una pasión que rondó el racismo por Manuel Murguía, el marido de Rosalía de Castro, y que hoy sobrevive allí en todo tipo de manifestaciones, desde culturales (el Festival de Ortigueira o la artesanía) a deportivas (el Celta de Vigo).

Lo que uniría a los celtas sería ante todo un temprano y característico tratamiento artístico del metal. También que no vivían en ciudades, sino agrupados en pequeñas villas, muchas veces sobre colinas. Eran belicosos y valientes y, cuando Julio César invadió Britania en el 55 a.C., los elogió por su soberbio desempeño en la guerra con carros (en la exposición se expone uno, una recreación inventada). También se asegura que les gustaba el vino peleón, como ellos, que hacían ofrendas en lugares que consideraban sagrados y que contaban con líderes religioso-mágicos, a lo druida de Astérix y Obélix.

La exposición concluye precisamente con un tebeo de Astérix y una camiseta del Celtic de Glasgow, pruebas de la pujanza de la leyenda. Como dice el director del Museo Británico, Neil MacGregor: «En esta exposición no hemos tratado tanto de mostrar a una gente como de mostrar una marca». Como buen mito que es, la marca entretiene y vende.

El Museo Británico elige el Hermitage para dejar salir por vez primera una de sus esculturas en el Partenón


ABC.es

  • Los ingleses se llevaron las estatuas de Atenas a comienzos del XIX y los griegos pleitean por su devolución desde entonces, ahora con la mujer de Clooney como abogada
El Museo Británico elige el Hermitage para dejar salir por vez primera una de sus esculturas en el Partenón

REUTERS | El Ilissos del Partenón, la pieza que viajará a Rusia

La mitad de las esculturas y relieves que engalanaban el Partenón de Atenas, construido entre 447-432 AC y una de las glorias de la civilización, se exponen desde comienzos del siglo XIX en el Museo Británico de Londres, a donde se las llevó Lord Elgin, el embajador inglés ante el Imperio Otomano. Todo un agravio para los griegos, que pelean desde hace décadas por su devolución, siempre infructuosamente.

De hecho han iniciado una nueva campaña, con abogada glamurosa al frente, Amal Alamuddin, la flamante mujer de George Clooney. Ahora, para mayor irritación helena, el Museo Británico ha permitido por primera vez que uno los llamados Mármoles de Elgin salga de Londres. Se trata de una estatua de Ilisos, el dios del río, un hermoso cuerpo desnudo, sin manos ni cabeza, que se expondrá hasta mediados de enero en el Hermitage de San Petesburgo, con motivo del 250 aniversario del museo ruso, que nació cinco años después del British.

Neil MacGregor, el director del Museo Británico, ha asegurado a BBC Radio que su institución es «el más generoso prestatario del mundo». Y explica con aparente naturalidad una cesión que ha levantado suspicacias también en Reino Unido, porque coincide con el enfriamiento de relaciones con Rusia ante la crecida de Putin en Ucrania: «El Hermitage nos la pidió para su 250 aniversario y dijimos inmediatamente que sí. La gente que no puede viajar a Londres o Atenas tiene así una oportunidad de entender los logros de aquella cultura». Y añade que supone que el Gobierno de Antonis Samaras estará «encantado».

Cuando se le pregunta si tanta generosidad va a incluir ceder también piezas para que sean expuestas en Grecia, MacGregor se va por los cerros de Úbeda y se limita a responder que genéricamente su museo está siempre dispuesto a prestar obras, pero con las condiciones de que su estado de conservación permita transportarlas y de que existan garantías de que estarán seguras en su destino y serán devueltas. Tal vez la cesión a Rusia sea una suerte de diplomacia del ping-pong, como cuando Nixon se acercó a China en plena Guerra Fría enviando a competir allí a un equipo estadounidense de tenis de mesa.

«Un museo del mundo para el mundo»

Grecia sostiene que Elgin se llevó los mármoles de manera ilegal, que fue un robo. Desde 1816 están en el Museo Británico. El mes pasado Samaras se reunió con Amal Alamuddin para intentar reclamar de nuevo la atención de la opinión pública mundial. Atenas reinauguró en el verano del 2009 el museo de la Acrópolis, tras una costosa remodelación, pero lógicamente el centro estará siempre cojo sin el tesoro inglés.

El año pasado David Cameron expresó su oposición a devolver los mármoles a Grecia y a entregar a la India otra joya controvertida, el diamante Koh-i-Noor. El primer ministro británico alegó lo habitual, que el British es «un museo del mundo y para el mundo», donde los tesoros que rapiñó por todo el planeta el Imperio inglés están «al alcance de todos».

Escáneres de última generación para momias del Antiguo Egipto


El Pais

  • El Museo Británico expone el resultado de las exploraciones practicadas con nuevas tecnologías a ocho de los ejemplares más valiosos de su colección

´“¿Dónde están las momias?”, es la pregunta recurrente que el personal del Museo Británico debe atender cada uno de los días del año, porque la fascinación del público ante esos cuerpos embalsamados en el Antiguo Egipto no tiene parangón con ninguna de las otras y extraordinarias joyas atesoradas en su sede londinense. Descubrir que bajo los vendajes y sarcófagos yacen, por ejemplo, los restos de una niña cantante que fuera estrella de su tiempo es uno de los nuevos incentivos que la institución presenta desde esta semana, gracias a las herramientas tecnológicas de última generación que han permitido recuperar biografías con varios milenios a sus espaldas.

Desde la veneración hacia esa chiquilla que integraba uno de los coros del templo de Tebas, hasta el atroz dolor de muelas que sufría un egipcio de clase privilegiada, pasando por el tatuaje cristiano de una sudanesa de la ribera del Nilo, las identidades de esos personajes que se esconden tras las piezas de egiptología del Museo Británico acaban de ser desveladas por los avances de la tomografía computarizada. En otras palabras, al igual que los escáneres médicos radiografían nuestras dolencias y el interior de nuestros cuerpos, ocho de las 120 momias que conforman una de las grandes colecciones del mundo han sido examinadas hasta el mínimo detalle en hospitales de la red pública sanitaria británica, en una suerte de “excavación electrónica” de la historia.

Han sido examinadas en hospitales de la red pública sanitaria británica

Las holgadas dimensiones del sarcófago que protege los restos de una mujer embalsamada en el año 800 antes de Cristo hizo creer hasta hoy a los expertos que se trataba de una adulta. Tjayasetimu tenía en realidad unos siete años, tal como muestran las imágenes de su estructura ósea, de la piel, de algunos órganos internos preservados e incluso de una larga mata de pelo, y que han sido obtenidas con un sofisticado software ideado por los ingenieros de la Fórmula 1. La riqueza de los jeroglíficos y ornamentación de su sarcófago indican la importancia de esa niña que cantó ante los faraones en el templo de Amon (antigua Tebas) y a quien, una vez muerta, se reservó el mismo complejo proceso de momificación que a los miembros de la realeza o familias nobles.

Una mujer observa una de las momias escaneadas. / WILL OLIVER

El resultado de estas investigaciones se exhibirá hasta el 30 de noviembre en imágenes tridimensionales que acompañan a las momias —protegidas en urnas de cristal— en la muestra Vidas antiguas, nuevos descubrimientos. La exposición consigue desvelar algunos de los secretos de ocho personajes que vivieron en Egipto y Sudán entre el año 3.500 antes de Cristo y el 700 sin necesidad de desenvolver los vendajes de esos cuerpos embalsamados y extremadamente frágiles, que por ello permanecen intactos desde que la colección empezara a recalar en el museo a mediados del siglo XVIII. Las primeras indagaciones con rayos X datan de la década de los sesenta, pero sólo la tecnología de los escáneres, que empezó a desarrollarse 30 años más tarde, han permitido una visualización tan precisa del interior de los sarcófagos.

Preservar el cuerpo, embalsamarlo para que sobreviviera a la muerte, era parte esencial de la práctica funeraria del antiguo Egipto. En ese proceso por el que se extraía el cerebro a través de las fosas nasales también se producían errores, como revela el instrumento médico en forma de espátula que un médico olvidó entre las vendas con las que recubrió los restos después de aplicarles resina. De ese hombre momificado en una necrópolis de Tebas, miembro de las clases opulentas, sabemos ahora que padeció tremendos dolores en vida, como revelan los abscesos dentales identificados por el escáner y que probablemente acabaron resultando en una infección mortal.

La labor ha permitido identificar a una niña cantante que fue una estrella

En ese ritual con el que aquellos egipcios respondían a la muerte cobraban especial importancia los objetos y amuletos que se colocaban bajo los vendajes, a los que se atribuía poderes mágicos para proteger a los difuntos y ayudarles a alcanzar la inmortalidad. Piezas exquisitas como las escaneadas en el sarcófago de Tamut, otra cantante del templo de Tebas que tendría entre 30 y 50 años cuando murió a causa de un problema de calcificación de las arterias.

La naturaleza también puede intervenir en el proceso de momificación sin que intervenga la mano del hombre. La arena caliente del desierto ha conseguido preservar hasta nuestros días el cuerpo de un adulto que vivió hace casi 4.000 años en un Egipto todavía no unificado bajo un solo rey. Sin otra protección que la urna que lo exhibe a la entrada de la muestra se distingue perfectamente su estructura ósea, restos de los músculos, de la piel y de algunos órganos internos como el cerebro y los intestinos. Enterrada de forma sencilla en un hoyo cubierto con losas de piedra, también los restos de una mujer cubiertos con vendajes, pero sin inscripciones u objetos que sugieran su identidad fueron preservados por el clima árido del norte de Sudán. Pero el tatuaje del arcángel Miguel que presenta en lo que fue el muslo interno ha permitido imaginar su vida en una comunidad cristiana medieval en torno al año 700.

La reproducción de las imágenes en 3D y en algunos casos interactivas del interior de esa tumba y, sobre todo, del de los sarcófagos que siguen siendo la principal atracción del museo británico desde tiempos victorianos, conforma el relato de otro tiempo, lejano y fascinante. De quiénes fueron sus protagonistas, cómo vivieron y también cómo murieron.

Desembarco vikingo en el Támesis


El Pais

  • El Museo Británico inaugura su nueva zona de exposiciones con un fascinante viaje a la cultura de los guerreros y marinos escandinavos de entre los siglos VIII y XI

Mandíbula y casco de guerrero vikingo datados entre los años 800 y 1000. / BEN STANSALL (afp)

Una gigantesca nave de guerra vikinga de 37 metros de eslora está varada en plena sede del Museo Británico como vestigio de una era protagonizada por los otrora temidos invasores procedentes de los pueblos nórdicos. “!Qué vienen los vikingos!” es el reclamo publicitario de la exposición, aunque solo juega con el estereotipo de unos guerreros entregados sin más al saqueo salvaje. Pero lejos de reduccionismos, la muestra propone un viaje a una sociedad compleja y rica en expresiones culturales, influida por el contacto con los muy diversos territorios de sus conquistas y exploradora de vastas redes comerciales. La exposición del Museo Británico, pues, va mucho más allá de la imagen de una casta de bárbaros asentada en la cultura popular.

Vikingos: arte y leyenda es el título oficial del despliegue de tesoros que se nutre de recientes descubrimientos arqueológicos —y también de los hallazgos de los aficionados a la detección de metales— con el objetivo de afilar en la naturaleza de la identidad vikinga, en el impacto de sus legendarias incursiones desde el Mar Caspio hasta el Atlántico Norte, o desde el Ártico hasta el Mediterráneo. El apogeo de aquella era, entre finales del siglo VIII y principios del XI, está protagonizado por una mezcla de guerreros entregados al saqueo y a la vez comerciantes de los productos de su botín, que incluye a seres humanos convertidos en esclavos. Un pueblo tan violento como productor de exquisitas piezas artísticas y capaz de una actitud hacia el papel de la mujer más abierta que en otras sociedades de la Europa de aquel tiempo.

El barco es el gran símbolo, una imagen que aparece de forma recurrente a lo largo del periodo vikingo y que expresa el carácter esencialmente marítimo de los ancestros de lo que hoy conocemos como Dinamarca, Noruega y Suecia. La extraordinaria expansión hacia cuatro continentes se sustentó en sus grandes habilidades en la construcción naval, en forjar embarcaciones como la Roskilde 6, que debe su nombre al fiordo danés donde fue hallada en 1997 y que ahora luce como estrella de la muestra.

Uno de los objetos vikingos expuestos en el Museo Británico. / Dan Kitwood (getty)

Montada sobre una estructura de acero inoxidable que recrea la forma y tamaño original, las maderas han sido conservadas y analizadas por el Museo Nacional de Dinamarca, que figura junto al Museo Estatal de Berlín como artífice de la exposición. El desembarco de una estructura de tal escala en el museo londinense ha sido posible gracias a las dimensiones de la Galería Sainsbury, un nuevo espacio destinado a exposiciones de carácter temporal.

A partir de este jueves y hasta el 22 de junio, la galería exhibe, acompañando al espectacular perfil de la nave, una colección de objetos procedentes de sus propios fondos y de otras instituciones del Reino Unido e Irlanda, muchos nunca exhibidos hasta ahora. El conocido como Tesoro del Valle de York, que se estrena por primera vez ante el público desde su descubrimiento hace siete años por detectoristas de metales cerca de Harrogate (norte de Inglaterra), reúne más de seis centenares de monedas, brazaletes y lingotes de plata. Se trata del hallazgo más importante desde que se localizara otro filón de la era vikinga en la localidad también inglesa de Cuerdale en 1840. Piezas originarias de lugares tan distantes como Irlanda o Uzbekistán, además de Rusia y la Europa continental, que tanto beben de las creencias cristianas e islámicas como de la adoración al dios Thor, hablan de la increíble extensión de la red de los vikingos.

Excavaciones recientes en el condado inglés de Dorset han puesto al descubierto una fosa común con los restos de cincuenta cuerpos decapitados, vikingos que acabaron ejecutados tras su incursión fallida en tierras anglosajonas. La crueldad no era patrimonio exclusivo de aquellos combatientes nórdicos. Tampoco es cierta la imagen tantas veces replicada del casco con cuernos del vikingo, mito alimentado en el siglo XIX del que no existe ninguna prueba o testimonio pictórico o escrito. Ni de las greñas o barbas descuidadas que, desde el cine hasta el rock duro, suelen identificar al universo vikingo.

La muestra desmonta el cliché en torno a unos simples saqueadores salvajes

La apariencia era muy importante en una sociedad que ornamentaba las espadas y otras armas para identificar a su propietario, un guerrero que a principios de la era vikinga actuaba en bandas descontroladas pero que acabó siendo partícipe de un ejército organizado a medida que los reinos de Escandinavia fueron unificándose. La exquisita manufactura de la joyería también parece destinada a la exhibición de la riqueza, el estatus y el poder, traducida en broches o en los pesados collares de plata y oro que presenta la exposición. Las mujeres vikingas eran partícipes activas de una sociedad fuerte y dinámica que les permitía la titularidad de propiedades o tomar la iniciativa a la hora de separarse del marido, algo impensable para sus pares de los territorios europeos más próximos. La historia de la era vikinga, viene a sugerir la exposición, está todavía por contar frente a los mitos y leyendas.

¿Qué ha hecho Pompeya por nosotros?


El Pais

Las ruinas de Pompeya. / Eric Vandeville

Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Cincinnati lleva casi una década excavando dos manzanas de viviendas (insulae) aparentemente anodinas, situadas en el sur de Pompeya, a pocos metros de la puerta Stabia y junto a alguno de los lugares más conocidos de la ciudad: los cuarteles de los gladiadores y los dos teatros, así como una zona de templos y un foro. La idea de estos investigadores es, como señala la memoria del proyecto, “tratar de entender cómo se desarrollaron estos edificios a lo largo del tiempo y cómo las familias que vivían en ellos respondían a los cambios económicos, sociales y culturales de su entorno”. En otras palabras, el objetivo es dilucidar cómo vivían los habitantes normales y corrientes de Pompeya, alejados de los mitos que siempre se ciernen sobre nuestra visión del mundo romano. Se trata de una calle de clase media o baja, con viviendas modestas, comercios, algunas tabernas y pequeñas industrias, dedicadas a salar pescado o quizás a producir la salsa romana llamada garum, una mezcla poco apetecible para los paladares contemporáneos a base de vísceras de pescado fermentadas, que debía de producir un olor intenso (por decirlo con delicadeza), y uno de los pocos motivos por los que Pompeya era conocida en la antigüedad.

Una mañana de principios del pasado enero, con las excavaciones detenidas por el invierno y el yacimiento cubierto por los yerbajos, Pompeya ofrecía un aspecto más decadente de lo habitual. De este rincón parecía difícil extraer algo que no fuesen escombros. Sin embargo, Steven Ellis, uno de los responsables del Proyecto Porta Stabia, despejaba rápidamente las dudas sobre la inmensa cantidad de información que puede ofrecer cualquier rincón de la ciudad enterrada por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era. El examen de la basura, por ejemplo, permitía determinar a qué taberna le iba mal y a cuál bien. Y acabó por ofrecer una increíble sorpresa: en la última campaña de excavaciones apareció un hueso de jirafa. Lo que quiere decir que alguien comió tan exótico plato en Pompeya. “La investigación del ADN de la jirafa nos permitirá determinar a qué subespecie pertenecía y quizás podremos saber de dónde viene. Eso nos dará una increíble información sobre las rutas del comercio en la época romana”, explicaba Ellis durante la visita a la excavación. Existen evidencias de la presencia de animales exóticos en el Imperio romano —en Pompeya ha aparecido también el esqueleto de un mono, aunque los espectáculos circenses se realizaban allí con bestias locales, como osos o toros—, pero los arqueólogos no han sido capaces de determinar cómo eran transportados hasta la península italiana.

Pompeya y Herculano, la otra ciudad importante enterrada por el Vesubio en el golfo de Nápoles, en el sur de Italia, plantean una mezcla de preguntas y respuestas, de datos y misterios. Se mantienen a lo largo de las décadas como la mayor fuente de información sobre la antigua Roma y nunca han parado de ofrecer hallazgos: las termas mejor conservadas del mundo se terminaron de desenterrar en los años ochenta, al igual que los cadáveres de trescientas víctimas de la erupción, en lo que fue la playa de Herculano, que se han convertido en una mina de información (la imagen del esqueleto de una mujer con dos anillos de oro intactos en su dedo fue portada de National Geographic el 5 de abril de 1983). “Más que preguntarse si Pompeya ha cambiado la forma en que vemos el mundo romano, creo que lo correcto sería afirmar que ha forjado la forma en la que lo vemos. Quizás sea porque es el único lugar en que podemos estudiar la vida a pie de calle”, explica Mary Beard, profesora de Clásicas en la Universidad de Cambridge y una de las mayores expertas mundiales en Pompeya. Su ensayo sobre la ciudad enterrada, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana, es considerado una referencia sobre el tema, mientras que sus documentales para la BBC y su blog, A Don’s life, la han convertido en una celebridad global (eso y sus peleas con los trolls en Internet, que han tenido tanta repercusión que han llevado a The New York Times a dedicarle un perfil recientemente).

En estos días coinciden exposiciones sobre Pompeya en tres lugares tan distantes como Madrid, Cleveland y Londres. La exposición española, Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio es un recorrido por el desastre con algunas piezas originales, mientras que el Cleveland Museum of Art alberga una muestra, The last days of Pompeii: decadence, Apocalypse, Resurection, que antes estuvo en el Museo Getty de Los Ángeles, sobre la obsesión contemporánea por la ciudad, con obras que van desde Piranesi hasta Warhol o Rothko. La exposición en el Museo Británico, que se inaugura el próximo jueves y de la que ya se han vendido 34.000 entradas por adelantado, ha sido calificada por The Guardian “como una de las más importantes muestras arqueológicas en décadas”. Esta muestra, cuyo comisario es el jefe de antigüedades romanas del British, Paul Roberts, pretende trazar la vida cotidiana de las ciudades destruidas a través de cientos de objetos, muchos de ellos nunca exhibidos, ni siquiera en Italia, y otros recientemente descubiertos. Pompeya tampoco abandona nunca los titulares, aunque más por sus enormes problemas de conservación (en febrero, además, la justicia italiana abrió una investigación contra dos gestores de la zona arqueológica por malversación de fondos), que por nuevos hallazgos.

Desde que comenzaron las excavaciones en el siglo XVIII, pocos yacimientos han despertado tanta fascinación, fuera de hitos como la tumba de Tutankamón, en 1922. Aunque la ciudad fue descubierta en 1592 por el arquitecto italiano Domenico Fontana durante la construcción de un canal, hubo que esperar casi dos siglos para que comenzase a ser desenterrada en 1748, por orden de Carlos III. Actualmente recibe más turistas que ningún otro monumento en Italia: dos millones cada año. Mary Beard relata que Mozart visitó en 1769 el Templo de Isis, uno de los primeros en ser descubiertos y seguramente el más bello de la ciudad, y que le inspiró para su Flauta Mágica. Los últimos días de Pompeya, la novela clásica de Edward Bulwer-Lytton, no ha cesado de reimprimirse desde su publicación en 1834. Su éxito multiplicó los visitantes ilustres fascinados por Roma y, sobre todo, por los cuerpos de las víctimas, moldeados en yeso gracias al ingenio de Giuseppe Fiorelli, el más influyente director de las excavaciones, que tuvo la idea de utilizar como molde el hueco que habían dejado los cadáveres al descomponerse atrapados entre los escombros volcánicos (el primer cuerpo se extrajo el 3 de febrero de 1863). Además de su enorme valor científico, las ciudades enterradas por el Vesubio han sido una fuente de inspiración literaria, desde Théophile Gautier hasta Primo Levi, Robert Harris o Pascal Quignard. En el bellísimo filme Te querré siempre (lamentable adaptación del original El viaje por Italia), una obra maestra de Roberto Rosselini sobre la tristeza y la soledad de una pareja a punto de separarse, George Sanders e Ingrid Bergman descubren hasta qué punto su amor ha desaparecido cuando contemplan la recuperación de dos víctimas de la erupción, una mujer y un hombre.

“La fascinación nace porque tenemos la sensación de viajar en el tiempo (aunque obviamente no lo hacemos)”, explica Mary Beard en una conversación por correo electrónico. “También porque nos encontramos cara a cara con gente que vivió en la antigüedad. Allí la pregunta sobre si los romanos eran como nosotros cobra más sentido que en ningún otro lugar. Y, como le ocurre a los personajes de la película de Rosselini, también nos enfrentamos a la cuestión de si tienen algo que enseñarnos”, prosigue la profesora. “Las calles están tan bien conservadas que da la impresión de que se trata de un viaje a la antigüedad”, aseguran Jackie y Bob Dunn que, desde Busselton, en Australia Occidental, mantienen la página web de referencia para los arqueólogos sobre la ciudad, pompeiiinpictures.org, donde han logrado recopilar fotografías que reconstruyen toda Pompeya, casa a casa, calle a calle. “La destrucción de la ciudad se produjo de manera tan repentina y brutal que los visitantes sienten siempre la amenazadora presencia del Vesubio”, agregan.

La novela de Bulwer-Lytton ha marcado la forma en que Pompeya ha sido vista y, por extensión, todo el mundo romano: un lugar de lujo y depravación, donde los cristianos eran lanzados a las fieras en medio del júbilo del populacho. Solo acaban salvándose de la destrucción aquellos que abrazan la fe verdadera. Los conocimientos arqueológicos de Bulwer-Lytton eran amplios; pero su visión de Roma estaba muy desenfocada por sus anclados prejuicios sobre una sociedad, violenta, brutal, sin duda, pero a la vez extraordinariamente cercana. Lo que nos separa de su pensamiento es lo que nos acerca a Pompeya. El escritor victoriano explica en el prólogo de su novela que es mucho más fácil escribir sobre la Edad Media —“hay natural simpatía entre nosotros y los hombres de los tiempos feudales”— que sobre Roma —“no tenemos asociación alguna doméstica y familiar con los siglos clásicos”—. Sin embargo, lo que Pompeya y Herculano nos ofrecen es una respuesta arqueológica a la ineludible pregunta de los Monty Python en La vida de Brian: “Bueno, pero aparte del alcantarillado [aunque en Pompeya, concretamente, no había], la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?”. Pompeya responde a esta pregunta como ningún otro lugar. “Estas ciudades nos alejan de figuras distantes, los típicos romanos del imaginario popular, como los emperadores y los gladiadores, para acercarnos a personas reales. En Pompeya, encontramos a la dueña de un bar llamada Asellina, a un panadero llamado Terentius Neo que quiere lanzarse a la política. En Herculano, nos cruzamos con dos esclavos libertos, Venidius Ennychus y su esposa, Livia Acte, y sus vecinos, Marcus Nonius Dama y Julia, que van a los tribunales por un problema de tierras. Representan a toda esa gente —madres, hijos, hermanos, primos, jóvenes y viejos, esclavos y libres— que murieron juntos en la catástrofe del año 79”, escribe Paul Roberts en el catálogo de la exposición.

Las ciudades del Vesubio nos ofrecen una visión única de la vida cotidiana en Roma, sin la superposición de construcciones que acaban por borrar los restos de los espacios populares y conservar solo los templos y los monumentos. Pero también sin los cambios que se produjeron dentro del Imperio a lo largo de los siglos en terrenos como, por ejemplo, el erotismo. Este es el tema que explora el escritor Pascal Quignard en El sexo y el espanto: su teoría es que la moral sexual que impuso el cristianismo nace en la época de Augusto, entre el 18 antes de Cristo y el 14 después de Cristo, y que solo “la lava ardiente, que exterminó a los habitantes de aquellas ciudades” permitió que se conservase “el erotismo alegre y preciso de los griegos antes de transformarse en melancolía y espanto”. El gran romanista francés Paul Veyne no está en absoluto de acuerdo con esa teoría. Explica en su libro de entrevistas Sexo y poder en Roma que “las atrevidas pinturas de Pompeya permitían compensar posibles frustraciones” y que “los hombres y las mujeres de la Antigüedad romana eran mucho más comedidos en sus comportamientos que nuestros coetáneos”.

En cualquier caso, más allá de las discrepancias entre expertos, Pompeya es una ciudad llena de penes y contiene el único burdel del mundo antiguo que se preserva intacto, además de decenas de frescos y estatuas de altísimo contenido erótico que los Borbones atesoraron en el llamado Gabinete Secreto, escondido durante siglos para unos pocos elegidos y que solo se abrió totalmente al público en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles en el año 2000. No es difícil imaginar la cara que pusieron los investigadores cuando se toparon, el 1 de marzo de 1752, en la Villa de los Papiros de Herculano, con una de las tallas más escandalosas de toda la antigüedad: la imagen del dios Pan copulando con una cabra. “La pieza solo podía verse con el permiso del rey”, escribe Paul Roberts, del Museo Británico. La presencia de esta imagen en Londres ha despertado una cierta polémica sobre la forma en que debía exhibirse, si camuflada bajo una cortina en algún lugar especial o simplemente poniendo una advertencia general al principio de la muestra. Al final se ha impuesto el criterio del conservador: “Los romanos habrían visto simplemente a un dios cabra penetrando a una cabra, lo que no les hubiese molestado en absoluto. Es una muestra de que los dueños de la casa en la que se encontró eran gente culta y con sentido del humor”.
Da igual el campo de los estudios clásicos al que un investigador se dedique, Pompeya tiene hallazgos para todo el mundo. Barry Hobson, médico de familia y arqueólogo aficionado, se ha pasado media vida estudiando las letrinas romanas, unos inmensos conocimientos que recoge en su ensayo Latrinae et foricae. Toilets in the roman world (no es el único experto en el tema, G. C. M. Jansen se ha pasado media vida estudiando solo las de Pompeya). Hobson mantiene que la ciudad enterrada ofrece una oportunidad única para estudiar cómo evolucionaron las letrinas en las casas particulares. El historiador británico Andrew Wallace-Hadrill, el más conocido experto en Herculano —su denuncia en los medios en 2004 del deterioro de Pompeya tuvo un impacto enorme—, encabeza un proyecto para analizar toneladas de excrementos, conservados en las alcantarillas de la ciudad, porque aportan una información inédita sobre la dieta romana. En Pompeya se conservan 3.000 inscripciones políticas, del tipo “Gaius Julius Polybius da buen pan” o “Marcus Casellius Marcellus organiza buenos juegos”, además de miles de grafitis de todo tipo que reflejan todos los aspectos de la vida cotidiana. Incluso se conoce que se producía garum kosher. Y todavía quedan muchos misterios por resolver: ¿Dónde estaba el puerto? ¿Cuántos habitantes tenía? ¿Qué hacía una mujer enjoyada en la barraca de los gladiadores? ¿Hasta qué punto era una ciudad romana o, como escribe Robin Lane Fox en El mundo clásico, se trataba de “una zona multicultural en la que se hablaba mucho el griego, además del latín y del osco” (la última inscripción en la lengua itálica meridional se conserva en el burdel de Pompeya, “un lugar triste para que un idioma muera”, como dijo Mary Beard). Ni siquiera la fecha de la erupción, el 24 de agosto de 79, parece ahora segura. También queda mucho terreno por excavar: un 25% de Pompeya, mientras que, en Herculano, mucho más pequeña pero enterrada bajo una roca más dura y destruida por una ola de calor tan bestial que carbonizó inmediatamente la madera (lo que permite que hayan llegado hasta nosotros muebles romanos intactos), está casi todo por descubrir, incluso en la fascinante y gigantesca Villa de los Papiros.

Pero la arqueología representa solo una parte de la atracción por Pompeya y Herculano. “Pompeya expresa lo inexplicable, muestra la destrucción, congela un cataclismo. Con mayor intensidad que ningún otro acontecimiento en Occidente, simboliza la unión entre la catástrofe y la memoria”, escribe John L. Seydl, uno de los comisarios de la muestra que se exhibe actualmente en Cleveland y que viajará a Quebec en verano. Pompeya ha sido, además, destruida varias veces: cuando se produjo la erupción, descrita por Plinio el joven, la ciudad había sufrido un gran terremoto 17 años antes, en 62. Durante la II Guerra Mundial, en el otoño de 1943, el yacimiento fue bombardeado y se produjeron daños irreparables “añadiendo nuevas ruinas a las viejas”, según el corresponsal de la canadiense CBC, Matthew Halton, que relató en su crónica la imagen de los cuerpos de yeso hechos añicos bajo las bombas aliadas.

Mary Beard insiste siempre en que no debemos contemplar Pompeya como una ciudad normal, detenida en el tiempo, no solo por el terremoto anterior a la erupción sino también porque mucho de lo que vemos es una reconstrucción contemporánea. Lo que, por otro lado, no le quita un ápice de interés: pese a su aspecto demacrado, a los andamios y las casas cerradas, no hay ningún otro lugar igual. Y no solo por el viaje al mundo romano. Pompeya y Herculano encarnan el poder destructivo de la naturaleza y la forma inconsciente en que lidiamos con ello. Sus ciudadanos convivían tan tranquilos con los terremotos, como millones de habitantes de la bahía de Nápoles, viven ahora bajo la sombra del volcán siendo plenamente conscientes de su fuerza aniquiladora —“el Vesubio ha entrado en erupción hoy. Fue el espectáculo más terrible y majestuoso que he presenciado y espero presenciar en mi vida”, escribió Norman Lewis en marzo de 1944, durante la última gran manifestación de la montaña—. También, el resto de la humanidad vive tan tranquila bajo el cambio climático. Robert Harris utiliza la ciudad en su novela Pompeya como una metáfora del final de todos los imperios, dirigida sin disimulo hacia Estados Unidos. Para Primo Levi, es una metáfora de la muerte provocada por la naturaleza frente a la muerte causada por los hombres. No pudimos ver los cadáveres de Ana Frank ni de una niña muerta en Hiroshima, asegura en su poema La niña de Pompeya al contemplar el cuerpo de yeso de una víctima. “Han pasado los siglos, las cenizas se han petrificado / aprisionando esos delicados miembros para siempre / Así has permanecido con nosotros, como un molde de yeso / retorcido, una agonía sin término, testigo de lo mucho / que nuestra orgullosa estirpe importa a los dioses”.

Lecturas pompeyanas

Como la propia ciudad, la bibliografía sobre Pompeya es enorme. El ensayo de Mary Beard, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Barcelona, Crítica, 2012. Traducción de Teófilo de Lozoya y Joan Rabasseda-Gascón), es ameno, sin dejar de ser erudito, está muy bien escrito y ofrece todo tipo de historias y detalles. La novela de Robert Harris, Pompeya (Barcelona, De Bolsillo, 2011. Traducción de Fernando Garí Puig), fue muy bien recibida por los expertos. Su reconstrucción de los dos días anteriores a la erupción y del propio desastre, a través de un ingeniero de acueductos, es magnífica. En los últimos años, se han publicado en castellano dos libros ilustrados muy completos: Pompeya (Barcelona, Akal, 2009. Traducción de David Govantes), de Joanne Berry, y Pompeya. Nacer, vivir y morir a los pies del volcán (Barcelona, Electa, 2011. Traducción de María Eugenia Frutos), de Eva Cantarella y Luciana Jacobelli.
El catálogo del museo británico es estupendo (Paul Roberts, Life and death in Pompeii and Herculaneum. Londres, British Museum, 2013), aunque no ha sido traducido al castellano. Sí hay una edición española reciente del ensayo de Pascal Quignard, El sexo y el espanto (Barcelona, Minúscula, 2005. Traducción de Ana Becciú), y existen varias ediciones del clásico de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya (Madrid, Anaya, 2003. Traducción de Jorge Ferrer Vidal). La Universidad de Salamanca editó en 1989 un ensayo de Félix Fernández Murga sobre el nacimiento de las excavaciones bajo los Borbones: Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia. El libro de Barry Hobson, Latrinae et foricae. Toilets in the roman World (Londres, Duckworth, 2009), pero pese a lo exótico del tema, merece la pena.
Además de los documentales de Mary Beard para la BBC —Meet the romans y Pompeii: Life and death of a roman town—, cualquier pretexto es bueno para volver a ver Te querré siempre (Il viaggio in Italia, Roberto Rossellini, 1954).

Vida y muerte de Pompeya y Herculano. Museo Británico (Londres). Del 28 de marzo al 26 de septiembre. Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio. Centro de Arte Canal (Madrid), hasta el 5 de mayo. Los últimos días de Pompeya: decadencia, apocalipsis y resurrección. Museo de arte de Cleveland. Hasta el 7 de julio

Europa contada en 100 reliquias


El Mundo

Busto relicario de San Baudime

Busto relicario de San Baudime

El Museo Británico de Londres repasa la historia del cristianismo con la exposición ‘Treasures of heaven’, una retrospección que reúne por primera vez algunos de los mejores tesoros sagrados de la época medieval. Se presentarán más de 150 objetos procedentes de 40 instituciones culturales, incluyendo el Vaticano, las tesorerías europeas eclesiásticas, museos de Estados Unidos y Europa, como el propio Museo Británico con esta colección inédita.

La exposición abre con el busto relicario de San Baudime, quien viajó como misionero cristiano de Roma a Francia a comienzos del siglo XII. El santo tiene la mirada fija y pérdida con la intención de impresionar al peregrino y tiene las manos levantadas para bendecirle.

Es uno de los llamados ‘relicarios parlantes’, bustos realistas que representan a santos, comenzaron a ser populares a partir del siglo XVII pero es en el siglo XVI cuando los relicarios gozan de un auténtico esplendor. En la actualidad, se producen en abundancia como medio de dignificación de las reliquias. Cabezas, bustos, brazos, dedos, incluso pies… Dentro de la modalidad, el formato que encierra mayor atractivo es el de la escultura completa. Figurillas de santos, santas, de la Virgen María se confeccionan con gran oficio en los centros más relevantes.

La estatua de ‘Saint Baudime’ fue creada para proteger una reliquia sagrada. En la Edad Media, los cristianos tenían la firme convicción de que las reliquias de un santo disponían del poder para interceder ante Dios, hombres o mujeres que habían vivido vidas virtuosas o sufrido martirios por no renegar de su fe. Las reliquias eran, por lo general,fragmentos del cuerpo humano u objetos materiales santificadospor su contacto con los santos y las más valiosas eran por supuesto las que se creían relacionadas con el mismo Cristo o la Virgen María.

‘Treasures of heaven’ retrocede hasta el siglo IV, cuando el emperador Constantino legalizó el culto al cristianismo. Además, explora las peregrinaciones a las iglesias que fueron construidas con el fin de albergar las reliquias de los santos. Termina con la reforma del protestantismo del siglo XV promovido por Martín Lutero, un sacerdote sin concesiones y teólogo alemán, que afirmó que “la veneración a los santos a través de las reliquias habían llegado a un punto en el que alejaban a la sociedad de las manifestaciones divinas, convirtiéndose las reliquias en un valor intangible para apreciar la divinidad”. Desde Carlomagno o Luis IX de Francia hasta Carlos IV de Bohemia, tenían importantes colecciones de reliquias y construyeron en algunos casos impresionantes capillas para su custodia.

La exposición dispone de varios espacios, como ‘El pasado clásico’, donde se repasa la creación de los primeros féretros romanos y por consiguiente, la extensión de las prácticas funerarias. ‘La devoción privada y el poder’ ofrece una serie de objetos y joyas, como ‘El relicario Santa Espina’. Es la corona que llevó Cristo cuando fue crucificado, y que más tarde, Luis IX adquirió por 135.000 libras en el año 1239.

¿A quién pertenece Nefertiti?


Domingo 29/04/2007 12:42 Articulo de Marc Bassets / Àlvar Andrés LA VANGUARDIA

  • Las reclamaciones de patrimonio
  • Disputa entre Alemania y Egipto por el busto de la reina egipcia
¿A quién pertenece Nefertiti?

¿A quién pertenece Nefertiti?

A quién pertenece la reina egipcia? La disputa entre Alemania y Egipto por el busto de Nefertiti, descubierto en 1912 por el arqueólogo alemán Ludwig Borchardt en Tell el Amarna y desde entonces en manos alemanas, vuelve a encenderse.

Las autoridades egipcias reclaman la pieza para exhibirla durante tres meses en el 2012, en ocasión de la inauguración del muevo Museo de Egipto, junto a las pirámides. Ni los responsables de los museos de la capital alemana, donde está expuesta, ni el Parlamento alemán están dispuestos a ceder a la que algunos han llamado “la dama más famosa de Berlín”, con permiso de Marlene Dietrich.

El argumento de las autoridades alemanas es claro. El busto de piedra caliza, dicen, fue obtenido por Borchardt legalmente. Por tanto, es propiedad de Alemania. Además, sostienen que la pieza es frágil y su traslado le sometería a riesgos incalculables. El secretario general del Consejo Superior de Antigüedades del Gobierno egipcio, Zahi Hawas, sostiene que el busto fue sacado de Egipto ilegalmente. Los egipcios no reclaman el busto para siempre, sino sólo por tres meses, y se comprometen a devolverlo después. Si Alemania no accede a debatir la cesión, Hawas ha amenazado con ponerse en contacto con los responsables de antigüedades de China, Turquía, Grecia, Italia, México, Siria e Iraq e “invitarlas a confeccionar una lista de bienes culturales que se exigirán al extranjero”, ha dicho en una entrevista en el semanario Der Spiegel.

MAPA DE RECLAMACIONES

¿Cuál sería el mapa de las principales reclamaciones de patrimonio? La situación sería la siguiente:

Además del busto de Nefertiti, Egipto reclama, entre otras piezas, la piedra Rosetta, que permitió al francés Champollion descifrar los jeroglíficos al descubrir su código, o el zodiaco del templo de Dandera. Sin salir de África, la semana pasada un tribunal italiano retomó las acciones que las autoridades libias emprendieron en 1989 para conseguir el retorno de una estatua romana. Por otra parte, Italia ha acordado con el Museo Metropolitano de Nueva York y el Museo de Boston la devolución de las antigüedades romanas. Mientras, en Italia prosigue el juicio con Marion True, conservadora del Museo Getty, y el traficante de arte Robert Hecht por la compra de piezas arqueológicas robadas.

Grecia no ha conseguido aún la devolución de los mármoles del Partenón, hoy en el Museo Británico. Grecia recela de la manera como los primeros frisos fueron extraídos por el conde Elgin, sobre quien se especula que sobornó a las autoridades. El resto de la colección la compró el gobierno británico en 1816. “Para que la Unesco pueda intervenir en este caso o en otros es necesario que las dos partes estén de acuerdo. Nunca puede actuar de oficio”, dice Lluís Garcia, responsable de patrimonio de Unescocat.

Basada en la convención de 1970 sobre tráfico ilícito de obras de arte, la Unidroit – convenio internacional de 1995- permite que los estados y los particulares propietarios puedan presentar demandas. Sin embargo, los países firmantes del convenio sólo se comprometen a acceder a las demandas posteriores al año 1970.

A la lista de piezas reclamadas habría que añadir el penacho de Moctezuma, pieza mexicana que de momento aún se encuentra en Austria. El tesoro de Príamo, que fue capturado por las tropas soviéticas en el museo alemán al que su descubridor, Heinrich Schiliemann, lo donó, y que desde hace un tiempo es reclamado por los turcos. Las estatuillas de bronce del siglo XVI de Benín, que forman parte del Museo Británico, y la máscara funeraria datada entre 400 y 500 d. C. que se muestra en Museo Barbier-Müller de Barcelona son reclamadas por Nigeria y Guatemala, respectivamente.

Durante los días posteriores al inicio de la guerra de Iraq se saquearon una gran suma de antigüedades del Museo Nacional Iraquí, valiosas por pertenecer y dar testimonio de las culturas mesopotámicas. Una alternativa para proteger el patrimonio de los saqueos son las listas rojas de bienes culturales elaboradas por el Comité Internacional de Museos (ICOM). Hace dos semanas se ha presentado la lista roja para Perú, que se suma a las de Iraq, Afganistán, África y Latinoamérica. De este modo prevé que se pueda luchar contra las redes de venta de bienes culturales. Para ello, es importante que los clientes de estas redes tomen en consideración que el patrimonio, lejos de ser un lujo, resume la historia de los países, afirma Lluís García.