El Proceso del Nacimiento y Muerte de las Estrellas


Desde que una nube de hidrógeno empieza a contraerse por fuerzas gravitatorias hasta que es un cuerpo inerte, opaco, una estrella pasa por una serie de etapas, cada una de las cuales tiene un tamaño, luminosidad y proceso termonuclear distinto.


Nucleosíntesis estelar

En las regiones centrales de las estrellas, donde existe una alta presión y una elevada temperatura, se producen reacciones de fusión termonuclear, que originan la radiación que emite. La temperatura necesaria para que se produzcan estas reacciones tiene su origen en la contracción gravitatoria de las estrellas, y por tanto dependerá fundamentalmente de su masa. Esto implica que existirá un límite inferior de la masa de una estrella para que pueda radiar. Hay que resaltar que estas reacciones de fusión son el origen de todos los elementos más pesados que el hidrógeno que existen en el Universo.

En el centro de las estrellas de la secuencia principal (el 90% de las que existen) se dan unas condiciones de temperatura (107 K) y presión (103 atm) que hacen posible la fusión de los núcleos de hidrógeno para dar lugar a núcleos de helio. Estas reacciones se producen mediante diversos procesos, el más importante de los cuales es la cadena protón-protón o p-p, en la cual cuatro núcleos de 1H se fusionan para formar un núcleo de 4He.

En una etapa más evolucionada de la secuencia principal se produce la fusión del hidrógeno a través del denominado ciclo CNO, en el cual intervienen isótopos del carbono, del nitrógeno y del oxígeno, y donde el carbono tiene un papel de catalizador. Este ciclo produce más energía que la cadena p-p, sin embargo sólo se produce en los núcleos de las estrellas más calientes.

Una vez que se agota el hidrógeno central, la reacción de fusión se detiene, y roto el equilibrio entre la fuerza gravitacional y la fuerza hidrostática alimentada por el horno nuclear, se produce una contracción gravitatoria del núcleo. Como consecuencia de esta contracción se libera energía gravitacional y aumenta la temperatura, pudiendo iniciarse las reacciones de fusión de elementos más pesados.

En estrellas con masas superiores a 2 M, la implosión central hace que se alcancen en el centro temperaturas del orden de 100 millones de grados, lo que hace posible las reacciones de fusión del helio en carbono. El inicio de esta etapa puede ser muy rápido (en escala astronómica), que da lugar al denominado flash de helio.

En estrellas aún más masivas una nueva contracción al acabarse el helio supone un aumento adicional de la temperatura del núcleo, compuesto de las cenizas o productos de fusión del helio, generalmente carbono, nitrógeno y oxígeno. La temperatura alcanza valores de 500 millones de grados, produciéndose entonces la fusión del carbono para formar sodio.

En las estrellas supergigantes (10 M) se alcanza una etapa de fusión del oxígeno, para lo cual se requieren temperaturas del orden de mil millones de grados. El producto más abundante de esta reacción de fusión es el silicio. En estrellas supergigantes con masas mayores de 10 M se alcanzan temperaturas centrales de varios miles de millones de grados, produciéndose la fusión lenta del silicio para dar lugar principalmente al hierro. Al final de la evolución de estas estrellas se llega a una estructura en capas, en la que cada capa es rica en un tipo de isótopo en particular. El núcleo esta compuesto de 56Fe, que no puede experimentar sucesivas nucleosíntesis por ser a partir de este elemento reacciones endoenergéticas. Debido al fin de los procesos de producción de energía, la estrella colapsa por efecto de su gran densidad y explota en lo que se conoce como una explosión de supernova, donde se produce tal cantidad de energía que la estrella brilla tanto como una galaxia entera durante algunos días.

Para explicar la existencia de elementos más pesados que el hierro es necesario considerar reacciones nucleares de adicción de neutrones. Estas reacciones son más rápidas que las cadenas de fusión de la nucleosíntesis estelar, y se producen durante las explosiones de supernova.

El hidrógeno, combustible nuclear de las estrellas normales, y parte del helio, tiene su origen directamente en la Gran Explosión (Big Bang) que se supone el origen del Universo. Una prueba crucial de los modelos cosmológicos es predecir las abundancias correctas de hidrógeno y helio primigenio.

Fases de la evolución estelar.

Las fases evolutivas de una estrella de 1 M pueden resumirse en: protoestrella (duración 150 millones de años), etapa en la secuencia principal (10 000 millones de años), fase de gigante roja ( 1000 millones de años) y evolución hacia enana blanca ( 20 millones de años).

Para entender la evolución estelar hay que considerar el teorema de Russell-Vogt, que establece que la estructura física de una estrella está determinada únicamente por su masa y por su composición química. Estos dos parámetros serán, por tanto, los que fijen la posición de la estrella en el diagrama HR; la evolución de las estrellas va a estar determinada principalmente por la variación de la composición química, ya que la variación de la masa no es muy grande. A continuación se describen sucintamente las etapas más importantes.

Fase de secuencia principal.

Las estrellas inician su vida en la secuencia principal. En ella se produce la energía por medio de la fusión del hidrógeno en helio, y es la etapa más larga de la evolución estelar; es por ello que a estas estrellas se las distinga como normales (tal como es el Sol). La duración de esta fase corresponde al tiempo necesario para que una masa crítica del hidrógeno central se fusione en helio; la fracción que representa esta masa crítica respecto al total de la estrella es de 7-10%. Puede estimarse la vida en la secuencia principal de una estrella suponiendo que toda la masa crítica se transforma en energía según la relación E = m c2, y conociendo su luminosidad.

Considerando la relación empírica masa-luminosidad para las estrellas de la secuencia principal se observa que la duración de la fase de secuencia principal sea menor cuanto mayor es la masa de la estrella, pues las estrellas más masivas emiten más energía por unidad de tiempo que las menos masivas, y por tanto consumen antes su combustible nuclear.

La masa de las estrellas en la secuencia principal aumenta a medida que se sube hacia el extremo de altas temperaturas efectivas. Las estrellas con una masa inferior a 0.08 M tienen una temperatura central demasiado baja para producir reacciones nucleares de fusión de hidrógeno, y por tanto se denominan enanas marrones. Se cree que pueden contribuir significativamente a la masa oscura del Universo.

Etapa gigante roja

A medida que se va consumiendo el hidrógeno central, el helio va reemplazando al hidrógeno. Al agotarse el hidrógeno las reacciones nucleares cesan, y la temperatura y presión del núcleo de helio disminuyen. Esto produce un colapso gravitatorio del núcleo, y se libera energía en el proceso. Como consecuencia, las capas exteriores se calientan y se dilatan, con lo que aumenta el tamaño de la estrella y disminuye su temperatura efectiva. Por otro lado, el aumento de temperatura en la capa de hidrógeno que rodea al núcleo de helio inicia ahí las reacciones de fusión del hidrógeno, y aumenta por tanto la luminosidad de la estrella. En el diagrama HR, la estrella se desplaza hacia la zona de gigante roja, ya que aumenta su tamaño y su color se desplaza hacia el rojo (ley de Wien).

Por medio de sucesivas contracciones del núcleo se van iniciando las reacciones de fusión de elementos cada vez más pesados. Debido a esto, el tamaño de la estrella disminuye mientras su luminosidad se mantiene casi constante. La estrella evoluciona hacia su estado final moviéndose hacia la izquierda en el diagrama HR.

Etapas finales de la evolución

Para las estrellas de la secuencia principal, el equilibrio hidrostático está definido por la presión hidrostática o gaseosa. En las fases finales, con la materia del centro de la estrella nuclearmente inerte y sometida a elevadísimas presiones por efecto de su gran densidad, las fuerzas de compresión gravitatorias son compensadas por una presión de origen cuántico, la denominada presión de degeneración electrónica.

El equilibrio entre estas dos presiones se mantiene hasta una masa igual a 1.44 M (límite de Chandrasekar). Si la estrella final se encuentra por encima de este límite, se tiene una enana blanca; si por el contrario la masa es mayor que el límite, se produce el colapso gravitatorio, hasta que una nueva presión de degeneración neutrónica contrarresta las fuerzas gravitatorias.

Sin embargo, para masas superiores a 5 M, esta presión de degeneración no es suficientemente intensa y el colapso gravitatorio no se detiene hasta que toda la masa se concentra en un punto de densidad infinita, que constituyen los agujeros negros. La gravedad de estos objetos es tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar de ellos, de ahí su nombre. El radio de un agujero negro, el denominado horizonte de sucesos, está definido por el radio de Schwarzschild.

El horizonte de sucesos es la superficie esférica dentro de la cual nada, ni siquiera la luz, puede escapar. Por lo tanto, el horizonte de sucesos separa causalmente al agujero negro del resto del Universo, y esconde en su interior la singularidad.

50 años de la muerte de Walt Disney: la máscara y el genio


El Mundo

  • Visionario y profundamente conservador, tímido y excesivo, tirano y benefactor, a los 50 años de su muerte, el legado contradictorio del aún enigmático Walt Disney se confunde, para bien o para mal, con todo aquello de lo que es capaz la imaginación.
Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Mickey Mouse, como todos, tuvo padre y éste sorprendió en una ocasión a su interlocutor con una declaración extraña. «Yo no soy Walt Disney. Hago infinidad de cosas que él jamás se permitiría. Walt Disney no fuma. Yo fumo. Walt Disney no bebe. Yo bebo», dijo en una peculiar y existencial reinterpretación del Ceci n’est pas une pipe, de Magritte. Lo que se ve no es más que máscara, trampantojo, engaño. Y genio. Pero, y esto es lo importante, sólo lo que se aprecia es lo real. Los que le conocieron personalmente le describían como una persona extremadamente tímida. Nada que ver con el seductor de bigote fino, visionario de universos de plexiglás, encantador de banqueros y megalómano voraz que hacía de cada comparecencia pública, una apología y éxtasis del entusiasmo. «Interpreta el papel de persona retraída para no intimidar a su interlocutor», escribió de él uno de sus biógrafos. Fue Nietzsche, campeón en lo de sospechar de lo evidente, el que definió a la mediocridad «como la más feliz de las máscaras que puede usar un espíritu superior». Y añadió que ningún disfraz se antoja más efectivo «para no irritar [a precisamente los mediocres], y, en casos no raros, por compasión y bondad». Pues eso.

Sea como sea, 50 años después de su muerte el 15 de diciembre de 1966, Walt Disney continúa siendo, pese a misterios, cábalas y elucubraciones, una de las personas que mejor define el siglo en el que vivió. Recorrer su biografía produce, antes que cualquier otra sensación, vértigo. Y, en su transparencia obsesiva, hasta miedo. Nacido en el barrio Hermosa de Chicago en una familia que sus biógrafos dan en llamar de forma insistente humilde pasó de repartir periódicos mañana y tarde en la empresa familiar a la persona más célebre del planeta. Y ello en apenas cuatro décadas de fiebre. Para cuando murió con 65 años recién cumplidos a causa de un cáncer de pulmón -privilegio de fumador compulsivo- podía presumir de haber producido 81 películas que revolucionaron la historia del cine con las que consiguió un total de 22 premios Oscar de 59 nominaciones. Eso y de haber sido el creador de un universo entre mágico y extraño, Disneyland, entregado a la ilusión de un mundo feliz en la arcadia capitalista de la que se erigió en defensor. «Prototipo Experimental de la Comunidad del Mañana» (EPCOT en las siglas en inglés) fue su idea de sociedad perfecta que quedó apenas esbozada en un proyecto pretendidamente imposible y que, quién sabe, la sociedad del entretenimiento, consumo y espectáculo que pisamos se ha encargado de hacer realidad.

La leyenda, transmutada en historia (o al revés), dice que todo empezó en 1928 cuando el mundo asistió al milagro de un ratón a los mandos de un barco. Tras la fallida creación de Oswald, el conejo afortunado, cuyos derechos acabaron en manos de Universal, Mickey Mouse y su Steamboat Willie se convirtieron en el primer corto animado con sonido. Y no sólo eso. La creación de Ub Iwerks (él fue el dibujante del ratón) pronto adquiría el carácter de icono de los tiempos. De todos. A ello le siguió las Silly Symphonie, antecedente directo de Fantasía, y la particular adaptación de Los tres cerditos, el corto animado con más éxito de la historia, justo antes de que en 1937 Blancanieves y los siete enanitos inventara la infancia. Literalmente. Hasta la llegada a los cines de la princesa destronada, los niños no habían sido nunca un público deseable. No solían tener dinero. O no tanto como sus padres. Hasta que Disney cayó en la cuenta que detrás de cada infante hay una familia y un brillante negocio de happy meals. La película que, entre otras innovaciones incorporaba la cámara multiplanos para producir sensación de profundidad, costó cerca de 1,5 millones de dólares. El presupuesto había sido más que superado. Para mayo del 39, la recaudación de 6,5 millones convertían a Blancanieves y sus amigos diminutos en la película sonora de más éxito de la historia.

Empezaba la leyenda y, de su mano, una pregunta insistentemente repetida: ¿pero quién es en realidad Walt Disney? El americano perfecto, la novela de Peter Stephan Jungk sobre la que Philip Glass compuso la ópera homónima es, probablemente, quien más lejos ha llegado en el dibujo de la otra cara del genio. En el libro, entre la realidad y la ficción, el lector descubre a un hombre maniáticamente egoísta, antisindicalista, colaborador en la caza de brujas (denunció a Chaplin), racista, inmaduro, misógino y, ya puestos, impotente. «Usted, que no deja trabajar ni a un solo negro en su estudio… Usted, que nunca ha permitido ni a una mujer tomar parte de un proceso creativo…», acusa el protagonista sin que medie réplica ni refutación. Lo que sigue es, en consecuencia, la puntillosa descripción de un tipo acomplejado y tirano que presumía de firmarlo todo. Y eso pese a que ni el primer boceto de Mickey fue suyo. Y eso pese a que la propia firma convertida en logotipo no era más que una creación de márketing.

Y si todo esto es verdad, más preguntas, ¿por qué el gigantesco tamaño del hombre? Y aquí, tanta sombra deja espacio a, quizá, el sentido común. Dalí, gran amigo, decía de él que «era un mago, la inocencia en persona y en acto. Poseía la naturalidad y la despreocupación de un niño. Contemplaba el mundo con la mirada auténtica y límpida de alguien que cree en los milagros…». Y al afirmarlo nadie le rebate. Ni el propio Jungk que no puede por menos que reconocer el carisma de un sujeto entusiasmado con la simple posibilidad de una idea: «Nadie tenía la capacidad de motivar hasta tal extremo a otras personas. Walt poseía un olfato verdaderamente agudo para el potencial creativo y en cierto modo obligaba a que brotara. Fabuloso. Incomparable», afirma de él uno de los creadores de ese prodigio que fue Fantasía. Y de ese talento, recuérdese, nacieron una productora con aspecto de signo de los tiempos, «la ciudad más feliz del mundo» (como llamaba al primer parque de Anaheim), la posibilidad misma de la primera urbe experimental, la utopía social de EPCOT… Todo eso fue Disney camuflado detrás del icono Disney.

En cualquier caso, y a pesar de accidentes, mitos, leyendas y máscaras, lo que queda es el cine. Su cine como un empeño de ir más allá, de abrir las fronteras, de ser sencillamente el primero. Hasta llegar a El libro de la selva, la última producción en la que se implicó a pesar de que no vio su estreno, por su vida pasaron la primera película animada en ganar un Oscar competitivo (Pinocho se hizo con las menciones a mejor música y canción), la primera con sonido estéreo (Fantasía), la primera en sufrir una huelga de sus empleados (Dumbo), la primera cinta de dibujos en ser rodada antes con actores (Cenicienta), la primera animación en Cinemascope (La dama y el vagabundo), la primera entre la animación y la realidad en merecer una nominación a mejor película (Mary Poppins)… Según el American Film Insitute, cinco de las 10 mejores películas de animación de todos los tiempos se produjeron en Disney con Walt Disney con vida. Siempre el primero.

«Soy un líder, un pionero, soy el más grande de los hombres de nuestro tiempo. Más gente conoce mi nombre que el de Jesucristo. He creado un universo. Mi fama sobrevivirá a los siglos», decía de sí mismo. Lo decía Walt Disney, el que era capaz de cosas que ni el propio Walt Disney habría imaginado. Ceci n’est pas une pipe. Ceci n’est pas Walt Disney. Máscara y genio medio siglo después.

Los interrogantes abiertos sobre la extraña muerte del Papa Juan Pablo I


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  • Según cuenta su secretario, el irlandés John Magee, «Luciani no dejaba de repetir que ya lo haría el próximo Papa» cada vez que se le preguntaba por viajes o proyectos a meses vista
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ABC | Albino Luciani, patriarca de Venecia entonces, acompaña a Pablo VI, a la izquierda, durante su visita a la ciudad

A finales de septiembre de hace 37 años, el Papa Juan Pablo I fallecía de un infarto solo 33 días después de iniciar un papado que prometía inyectar aire nuevo a la Iglesia católica. Las extrañas circunstancias de su muerte y el hecho de que nunca se le realizara oficialmente una autopsia han alimentado durante décadas las teorías de la conspiración más enrevesadas. ¿Había un sector eclesiástico preocupado por las posibles reformas que trajera consigo el nuevo pontífice? Desde luego, más allá del fangoso campo de las conspiraciones, siguen existiendo demasiados interrogantes sobre una muerte que marcó 1978, «el año de los tres papas».

Si bien el tiempo que el italiano Albino Luciani, de 65 años, ocupó la silla de San Pedro fue muy breve, más lo fue el tiempo que tardaron en elegirle en el cónclave de agosto de 1978, el más corto del siglo XX. Albino Luciani, que había nacido en la pequeña localidad italiana de Forno di Canale (Belluno) escogió el primer nombre compuesto para un pontífice, Juan Pablo, gesto con el que pretendía honrar a sus dos predecesores, Juan XXIII, que le nombró obispo, y a Pablo VI, que le nombró Patriarca de Venecia y cardenal. No en vano, la rapidez con la que fue elegido en el cónclave no significaba, ni mucho menos, que hubiera una única corriente durante elección. Los cardenales estaban agrupados en sus preferencia entre los conservadores, que apoyaban al cardenal Giuseppe Siri; los más «progresistas», con Giovanni Benelli como candidato; los cardenales internacionalistas, organizados en torno a Karol Wojtyla, el futuro Juan Pablo II; y finalmente la corriente mayoritaria a favor de Luciani.

La elección de Juan Pablo, en cualquier caso, trajo consigo una primera renovación de al menos la superficie. El Papa eligió como lema de su papado la expresión latina «Humilitas» (humildad), lo que se reflejó en su polémico rechazo de la coronación y de la tiara papal (la corona usada desde el siglo VIII) en la ceremonia de entronización, sustituyéndola por una simple investidura. Sin apenas tiempo de entrar en renovar el contenido, Juan Pablo entusiasmó a los católicos por su humildad y sus dotes comunicativos, pero parecía en todo momento convencido de que su paso por el Vaticano iba a ser una cuestión de meses.

La impresión de que su Papado sería breve

Según cuenta su secretario, el irlandés John Magee, «Luciani no dejaba de repetir que ya lo haría el próximo Papa» cada vez que se le preguntaba por viajes o proyectos a meses vista, como cuando le plantearon que debía preparar el encuentro con los obispos de Iberoamérica en la localidad de Puebla, en México, el mes de marzo de 1979, donde debía de pronunciarse sobre la teología de la liberación. Pocos días antes de morir, el Papa llegó asegurar según Magee: «Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar». Esta referencia, no obstante, ha sido entendida como dirigida al polaco Juan Pablo II, que se encontraba casi de frente a Luciani durante el cónclave de agosto de 1978.

Más allá de esta especie de premonición, hubo otra cuestión que enrareció el breve paso de Luciani por la silla de San Pedro. El 5 de septiembre, Juan Pablo I recibió a Boris Rotov, Nikodim, representante de la Iglesia ortodoxa rusa en Leningrado y, lo que quizá no sabía el pontífice, un agente de la KGB. Nada más retirarse a hablar en privado, Nikodim se desplomó y murió súbitamente de un ataque cardíaco, como semanas después haría el propio Pontífice. La muerte de Nikodim, de 49 años, impactó a Juan Pablo I, que pasó varias noches sin dormir preguntándose sobre la naturaleza del incidente. Con Nikodim, además, fallecía posiblemente el prelado ortodoxo más valioso para la inminente negociación con la Unión Soviética, de la que Juan Pablo II daría buena cuenta. Nikodim, de hecho, había participado supuestamente en la negociación de un acuerdo secreto en 1960 entre la URSS y miembros del Vaticano para autorizar la participación ortodoxa en el Concilio Vaticano II a cambio de la no condena del comunismo ateo durante las asambleas conciliares.

El 29 de ese mismo mes, Juan Pablo I fue encontrado muerto en su cama poco antes del amanecer y solo 33 días después de su elección. Según las fuentes oficiales, el Papa «de la sonrisa», de 65 años, murió de un infarto vinculado al estrés ocasionado por las presiones del cargo, pero en realidad no fue posible hacerle una autopsia ya que la familia no lo autorizó y no era habitual en los pontífices fallecidos. La opacidad habitual en los asuntos vaticanos no ayudó precisamente a la hora contener los rumores maliciosos.

La buena salud de Luciano puesta en cuestión

Con el transcurso de los años se supo, de hecho, que muchos de los detalles más básicas de la versión oficial eran falsos. Por un lado no fue su secretario, John Magee, la primera persona en hallar el cadáver del Pontífice, sino una de las religiosas que se encargaban del trabajo doméstico, lo cual fue ocultado para que no fuera tergiversada la presencia de una mujer en el dormitorio. En 1991, la familia del fallecido Papa reveló también que la muerte no le sobrevino en la cama, sino en su escritorio; y que sí se le habría realizado una autopsia, según apuntaron algunos informes. Otra cuestión importante, defendida por su médico, Da Ros, es que Luciani gozaba de buena salud y no había registrado problemas cardíacos graves antes del infarto, «salvo porque tenía la tensión un poco baja», lo cual contradice la idea aceptada de que fue la presión la que deshilachó en cuestión de un mes la ya de por sí maltrecha salud del Pontífice.

Consciente de la fuerza de las especulaciones, Juan Pablo II, que tomó ese nombre en honor a su antecesor, abrió en 1988 las puertas del Vaticano al periodista John Cornwell para que profundizara en su investigación sobre la muerte del Pontífice, trabajo que quedó materializado en el libro «Como un ladrón en la noche. La muerte del papa Juan Pablo I». La conclusión, sin embargo, resultó una decepción para el mundo de la conspiración: Cornwell creía inverosímil que el Papa hubiera sido asesinado, aunque planteaba más probable que la falta de apoyo entre una curia desconfiada hacia él y el elevado volumen de papeleo sepultaran su salud produciéndole una embolia pulmonar en la noche de su muerte.

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Wikipedia |Tumba de Juan Pablo I en las grutas vaticanas

Por supuesto, el libro de Cornwell no terminó con los interrogante ni convenció a la mayoría de los amantes de las teorías de la conspiración, que vieron en el escritor un hombre contratado por el propio Vaticano para consolidar definitivamente la versión oficial. Tras el libro de Cornwell, otras investigaciones han retomado en varias ocasiones la teoría del envenenamiento como hiciera el sacerdote español Jesús López Sáez, que plantea en el resultado de 25 años de investigación, «El día de la cuenta» (Meral Ediciones, 2005), que el sumo pontífice fue envenenado con una fuerte dosis de un vasodilatador. Así y todo, la última palabra sobre el tema parece condenada a no escribirse nunca.

Sesenta años de la muerte de James Dean, el mito por excelencia


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  • El 30 de septiembre de 1955, el «pequeño bastardo» que conducía el actor se estrelló contra un Ford camino de una carrera

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La fuerza del mito es tan poderosa y nuestras ganas de simplificar tan grandes, que suele pensarse que James Dean solo apareció en tres películas, todas ellas obras maestras: «Al Este del Edén», «Rebelde sin causa» y «Gigante». La madre de todas las bases de datos cinematográficas, IMDb, le atribuye 31 títulos, la mayoría series de televisión o papeles sin fuste ni reconocimiento escrito. En realidad, Jimmy Dean consiguió su primer trabajo en un anuncio de Coca-Cola, detalle sin importancia a la hora de forjar su leyenda, construida con los mejores materiales posibles. Hace hoy sesenta años, su «pequeño bastardo» -como llamaba al Porsche Spyder 550 en el que Alec Guinnes ya creyó reconocer un ataúd-, se estrelló camino de Salinas, cerca de San Francisco, donde le esperaba otra carrera de coches. Cumplía así como pocos las premisas fundamentales para entrar en el Olimpo: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.

James Dean tenía 24 años y ni siquiera pudo ver estrenadas sus dos últimas películas. Dicen que «The New York Times», pocas veces tan falto de reflejos, le dedicó cuatro líneas. Él mismo se ahorró el preestreno y hasta los nervios del nominado, en una doble candidatura póstuma al Oscar que nadie ha superado. Descubierto por Elia Kazan, en un par de años le había dado tal acelerón a su carrera (ni Marilyn emuló su vuelta rápida) que llegó justo a tiempo de dejar terminado el molde, con la pintura todavía húmeda, de joven airado, que los chavales del tercer milenio siguen usando.

Seis décadas después de aquel accidente, la llama de aquella mirada sigue viva y los artistas de las nuevas generaciones mantienen la necesidad de cantarlo. No solo R.E.M., los Eagles («Too fast to live, too young to die»), Don McLean, Lou Reed y nuestro Luis Eduardo Aute, claro, han glosado su fugaz estrellato. Beyonce, Lana del Rey, Taylor Swift y otras criaturas recientes también lo citan como a un coetáneo. Sus pupilas nerviosas enmarcadas en un gesto de incomprensión, de miope profundo, se clavan aún en la memoria del espectador no avisado. Inútil tratar de evitarlo.

«Al Este del Edén» (1955)

James Dean no tuvo una vida fácil, por supuesto. Obsesionado con Marlon Brando, que no le devolvía las llamadas de perturbado, supo quedarse con un papel al que aspiraban nada menos que Paul Newman, Montgomery Clift y el propio Brando. Por viejos o por blandos, el personaje de Caleb (por no llamarlo directamente Caín) se lo quedó un semidesconocido que ni John Steninbeck habría soñado cuando escribió la novela. Tiene gracia que el bueno de Paul, corredor de zancada larga y mirada azulada, acabaría heredando sus papeles en «Marcado por el odio», «El zurdo» y «La gata sobre el tejado de zinc».

«Rebelde sin causa» (1955)

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Nicholas Ray dirigió su segunda gran película, «Rebelde sin causa», un título que además de sus virtudes fílmicas condensa en tres palabras un arquetipo inmortal. Otros dos jóvenes malogrados, Natalie Wood y Sal Mineo, completan el memorable reparto, y aunque la historia es imperfecta, la carrera de coches, la chupa roja y el retrato generacional mantienen la vigencia del filme.

«Gigante» (1956)

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George Stevens, un gran cineasta no del todo valorado, dirigió la segunda obra póstuma del mito, acompañado esta vez por Rock Hudson, para muchos el verdadero gigante de la película, por Elizabeth Taylor y por secundarios como Dennis Hopper, en algunos espectos su heredero, y de nuevo Sal Mineo. Taylor, experta en el género, fue además una de las personas que más lo conocieron y mejor supieron quererlo.

La película es un monumento irregular con grandes instantes de intensidad interpretativa. Casi tiene gracia que los actores estén tan mal envejecidos, empezando por el propio protagonista, aunque a la vista está que la realidad no ha sabido desmentir el trabajo de los maquilladores. Tampoco sabremos nunca cómo habría sido su carrera, aunque por los títulos que dejó sin empezar siquiera las perspectivas eran fantásticas. Elia Kazan creía, sin embargo, que su carrera no habría sido demasiado larga, una forma suave de darle las gracias a la muerte.

James Dean está enterrado, por si alquien quiere visitarlo, en el cementerio de Fairmount, Indiana, a casi cuatro mil kilómetros del lugar donde murió.

Y si alguien tiene ganas de revisar sus obras casi completas, el canal TCM le rinde hoy el homenaje que no cabe esperar de otros. A las 16.45 nos proyecta «Gigante», a las 20.05 «Al Este del Edén», y a las 22.20 podremos volver a ver «Rebelde sin causa». No hay muchas maneras de pasar mejor el miércoles.

La extraña y cruel muerte de César Borgia traicionado en Navarra por sus hombres


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  • El hijo del Papa Alejandro VI perdió su instinto político después de la súbita muerte de su padre en 1503 y tardó poco en perder también la vida. Habiéndose refugiado en Navarra, César se involucró en una guerra civil que le condujo a la muerte durante una sospechosa emboscada

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

Una cena cambió por completo la suerte de los Borgia. El cardenal Adriano da Cornetto, que había sido secretario personal del Papa de origen valenciano Alejandro VI, invitó el 5 de agosto de 1503 al pontífice y a su hijo César Borgia, que interrumpió momentáneamente su exitosa campaña militar en Italia, a un banquete en su residencia campestre junto a otros importantes aliados de la familia Borgia. Varios días después, muchos de los comensales cayeron gravemente enfermos, entre ellos el patriarca de la familia –que murió dos semanas después– y su vigoroso hijo César Borgia. El joven llamado a suceder a su padre como patriarca de la familia, incluso en la silla de San Pedro, sobrevivió a la extraña enfermedad, pero, sin la guía política de su padre y todavía bajo el impacto de la fatídica cena, no tardó mucho en cavarse un triste final. Con solo 31 años, falleció probablemente traicionado por sus hombres en Navarra, donde había llegado tras fugarse del cautiverio al que le sometió Fernando «El Católico» como castigo por su ambigüedad política durante las guerras de Nápoles.

César Borgia es el hijo de Alejandro VI más recordado, entre otras razones por su ambición y su ardor guerrero. En los términos más elogiosos se expresó sobre él el filósofo y político Nicolás Maquiavelo: «César, llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos». Si bien el hijo del Papa no pudo reponerse a la ausencia del patriarca, fue un meritorio ejecutor de las órdenes de su padre cuando este vivía. Con la ambición de conquistar en Italia un reino temporal para su familia, ya fuera Nápoles o la zona central de la península, César Borgia dirigió con éxito una campaña militar en la región de la Romaña que solo se vio interrumpida con la muerte de Alejandro VI.

El lema de un conquistador: ¡O César, o Nada!

«O César, o Nada», fue el lema que aparecía inscrito en la hoja de su espada de César Borgia y un buen resumen de su carácter. El origen de la frase tiene como protagonista a Julio César, que al cruzar el río Rubicón, al norte de Italia, desobedeciendo las órdenes del Senado romano pidió a sus legiones que le acompañaran en su desafío. Todos al unísono exclamaron «¡O César, o Nada!», y cruzaron el río junto a él. A Borgia le encantaba recrearse en sus escasas similitudes con el dictador romano, sobre todo desde que asumió un papel más militar como consecuencia de la muerte de su hermano. Obispo a los 16 años y cardenal a los dieciocho, César Borgia tuvo que apartar parcialmente su carrera eclesiástica cuando su hermano mayor Juan Borgia –capitán de las tropas papales– apareció asesinado en un callejón de Roma sin que se conocieran nunca a los culpables.

La leyenda negra le acusó de estar detrás de la muerte de su hermano, pero nunca se han hallado pruebas de ello. En opinión de los autores del libro «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra», «no hay razón alguna para imaginar un fratricidio. Sí hay razones, sin embargo, y muchas, para pensar en lo más lógico: una venganza de los enemigos de los Borgia, una trampa, una emboscada». Además de los Orsini y el resto de enemigos declarados de Juan Borgia, entre los que estaba incluso Fernando «El Católico», el principal sospechoso durante mucho tiempo fue el vicecanciller Sforza, investigado a fondo a cuenta de sus encontronazos públicos con el hermano mayor de los Borgia.

Al frente de los ejércitos papales, César Borgia prestó su ayuda en 1499 al ejército galo, comandado por el propio Rey Luis XII, que cruzó los Alpes y conquistó el Ducado de Milán. Tras la caída de Milán, el hijo más bizarro de Alejandro VI atacó usando la artillería francesa las ciudades de Imola y Forlì –gobernadas por la astuta Caterina Sforza–. Unos meses después, en otoño de 1500, César Borgia sumó Pesaro y Faenza a su historial de conquistas, mientras Bolonia y Florencia fueron igualmente asediadas, pero no tomadas pues estaban bajo la protección de Francia. En mayo de 1501, el Papa Alejandro VI concedió a su hijo el título de duque de la Romaña «en su propio nombre», convirtiendo de un plumazo ese territorio en patrimonio hereditario de la familia Borgia.

La oscura conquista de Urbino en 1502, cuando César había dado en un primer momento su palabra al duque de esta ciudad italiana de que no le atacaría y luega la ocupó por sorpresa, puso a toda Italia bajo alerta: la ambición de los Borgia no tenía fondo. En septiembre de ese mismo año, los condotieros Liverotto, Vitelli y los hermanos Orsini, junto con Gianpaolo Baglioni –señor de Bolonia–, Giovanni Bentivoglio –señor de Perugia– y Pandolfo Petrucci –señor de Siena– organizaron una conjura para matar a César en cuanto tuvieran ocasión. No obstante, alertado por su red de espías, César deshilachó la conspiración con el apoyo de Francia y, mostrando una fingida magnanimidad, convocó a Vitelli, Liverotto y los hermanos Orsini ante la pequeña población de Senigallia, al objeto de tomar posesión de su castillo. Cuando se encontraron, Borgia se adelantó y abrazó como si fueran hermanos a aquellos que tres meses antes habían tramado su muerte. Al poco de empezar la reunión, César se ausentó un momento pretextando una «necesidad de la naturaleza». A continuación, las tropas de Borgia desarmaron y encarcelaron a los tres condotieros (faltaba Liverotto). Maquiavelo, testigo de los hechos, escribió esa noche: «En mi opinión, mañana por la mañana estos prisioneros no estarán vivos». En efecto, César culminó su venganza usando el garrote vil contra ellos.

Solo la muerte de Alejandro VI pudo interrumpir la vorágine de muertes y conquistas a cargo de César Borgia. La cena también dejó afectado por las extrañas fiebres a César Borgia, que no pudo reunirse con su ejército en Nápoles para seguir con sus campañas militares. Pero al contrario de su padre, de 72 años, la juventud de César le permitió superar la enfermedad a base de sangrías y baños helados. Aunque la hipótesis del envenenamiento se difundió rápido por Roma –donde incluso se afirmó que César Borgia se equivocó de recipiente cuando pretendía echar veneno en las copas de otros comensales–, los historiadores modernos que han abordado el misterio sugieren que el pontífice pudo ser simplemente una víctima más del brote de malaria que aquel verano causó la muerte de miles de romanos. Las complicaciones cardíacas que venía sufriendo el Papa contribuyeron a que no sobreviviera a la extraña enfermedad, en contraste con los casos de su hijo y del cardenal Cornetto.

Mientras César Borgia guardaba cama durante varios días, los enemigos aprovecharon la debilidad de la familia para anular sus recientes conquistas en el ducado romañés (ya solo conservaba Cesena, Faenza e Imola) y para elevar a Giuliano della Rovere como pontífice con el nombre de Julio II. Viéndose sin los apoyos necesarios, el propio César Borgia le dio su respaldo a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña. Apoyar a uno de los mayores enemigos de Alejandro VI en vida, no en vano, fue el error político más grave de su carrera. Maquiavelo se dio cuenta enseguida: «Borgia se deja llevar por la confianza imprudente que tiene en sí mismo, hasta el punto de creer que las promesas de otros son más fiables que las suyas propias». Proclamado como Julio II, della Rovere no tardó en despojar al duque de la Romaña y ordenar su detención y la confiscación de sus bienes.

La guerra de Navarra se convierte en su tumba

César consiguió huir a Nápoles, donde fue detenido y enviado a España por el Gran Capitán, que no tenía intención de ofender al nuevo Papa protegiendo al duque. Tras ser trasladado al Castillo de La Mota en Medina del Campo, se descolgó de la torre con la ayuda de un criado una noche de octubre del año 1506, pero en la bajada sufrió la fractura de las dos manos. Herido y con una orden real que ponía precio a su cabeza (10.000 ducados), César salió de Medina del Campo fingiendo ser un mercader de grano y de allí se dirigió a Santander, donde acompañado de unos comerciantes vascos arribó a Navarra reclamando la protección de su cuñado, el Rey Juan de Albret.

Desde 1452, Navarra estaba inmersa en guerra civil entre dos facciones opuestas: los agramonteses –partidarios de los reyes Juan y Catalina– y los beaumonteses –partidarios del condestable del reino, el conde de Lerín, alineado con Fernando «El Católico»–. La llegada de un hombre experimentado en la guerra fue recibida con los brazos abiertos. César fue nombrado por su cuñado capitán de los ejércitos de Navarra y se enzarzó en la fracasada conquista de la plaza beaumontesa de Larraga. Estando entretenido en el asedio a la villa de Viana, César vio como un grupo de jinetes traspasaba el cerco plácidamente para abastecer a los defensores. Montó en cólera. El hijo de Alejandro VI se lanzó a la persecución de los jinetes, que terminó en una extraña y fatídica emboscada.

César no se percató que había dejado atrás a su guardia hasta que llegó al término conocido como La Barranca Salada. En una confusa emboscada –se ha sugerido que preparada con el único propósito de eliminarle de la escena–, César fue masacrado sin que su guardia personal hiciera acto de presencia hasta horas después el 12 de marzo de 1507. Obligado a combatir en solitario contra la retaguardia de los hombres de Lerín, matando incluso a varios, César fue finalmente derribado mortalmente con una lanza de caballería. Creyéndole muerto, los soldados navarros le dejaron desnudo bajo un peñasco y huyeron con su armadura y su caballo mientras el hijo del fallecido Papa se desangraba lentamente rodeado solo de barro.

En el libro «El príncipe del Renacimiento: vida y obra de César Borgia», José Catalán Deus plantea si la emboscada de César pudo ser o no preparada por el Rey navarro a cambio de mejorar las relaciones con Francia, que amenazaba en ese momento los territorios navarros en la vertiente francesa de los Pirineos. Así, el hecho de que un experimentado militar con miles de hombres a su cargo acabase víctima de una muerte tan humillante resulta cuanto menos extraño. El estudioso Félix Cariñanos es uno de los que se inclina por la teoría del complot contra César: «Hay documentos según los cuales quien lo mató habría estado anteriormente a sus órdenes».

El cadáver de César, de 31 años, fue encontrado horas después al pie de La Barranca Salada. Fue enterrado en la Iglesia de Santa María, en Viana, con el epitafio: «Aquí yace en poca tierra/ el que toda le temía/ el que la paz y la guerra/ en su mano la tenía». Este sepulcro, sin embargo, permaneció poco tiempo en la iglesia de Santa María, ya que a mediados del siglo XVI, un obispo de Calahorra consideró un sacrilegio la permanencia de los restos de un personaje así en lugar sagrado. Mandó sacarlos y enterrarlos frente a la iglesia en plena Rúa Mayor, «para que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias». En 1945 fueron exhumados los restos de nuevo para ser depositados años después a los pies de la portada de la iglesia bajo una lápida de mármol blanco.

La verdadera muerte de Julio César: 23 cortes y dos asesinos heridos


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  • Lejos de la teatralidad, el dictador romano se defendió del ataque de los senadores con un punzón y consiguió herir en el muslo a Marco Bruto, el más emblemático miembro de la conspiración
Wikipedia La muerte de Julio César de F. H. Fuger

Wikipedia | La muerte de Julio César de F. H. Fuger

Casca apuñala en la nuca a Julio César, y los otros le secundan en la acción, terminando por Bruto. César dice en ese momento: «Et tu, Bruté?», lo cual se traduce en «¿Y tú, Bruto?» – ¿También tú, Bruto? –. Así escenifica William Shakespeare –inspirado en la versión del historiador Seutonio– la muerte del dictador romano y la puñalada final de Marco Junio Bruto, hijo de Servilia (amante de César), en una de sus obras trágicas más famosas. Sin embargo, cualquiera parecido con la realidad es pura coincidencia. Después de recibir 23 heridas, aunque paradójicamente solo una de ellas resultó mortal, parece poco probable que todavía tuviera fuerzas para lanzar una cita tan teatral. Al contrario, César consiguió defenderse durante unos segundos e hirió a Bruto en el muslo con un punzón. Ya herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.

Nacido el 13 de julio del año 100 a. C, Cayo Julio César tuvo una carrera política mucho más convencional de lo que tradicionalmente se ha considerado siempre. Tras la muerte del dictador Sila, que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por distintos cargos políticos. En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en 63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura. Su carrera política, no en vano, dio un salto definitivo cuando fue elegido cónsul gracias al apoyo de sus dos aliados políticos –Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso– los hombres con los que César formó el llamado Primer Triunvirato. Al terminar el consulado, fue designado procónsul de las provincias de Galia Transalpina, Iliria y Galia Cisalpina, desde donde regreso convertido en un gran héroe militar que había logrado someter a los pueblos galos.

El final del Triunvirato da inició a la guerra civil

La muerte de Craso en una desastrosa campaña contra el Imperio parto rompió en añicos el Triunvirato y enfrentó a Pompeyo contra César. Tras una guerra civil que duró cuatro años, César regresó victorioso a Roma a finales de julio de 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su posición nombrándolo dictador por tercera vez en el año 46 a. C. por un plazo sin precedentes de diez años. La benevolencia mostrada por el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores que se habían enfrentado contra él durante la guerra, sino que incluso les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su asesinato habían sido amnistiados previamente por el dictador.

Marco Junio Bruto, sobrino de Catón «El joven», había combatido junto a César en la Galia –al que le unía la amistad y un delicado parentesco, su madre era amante del dictador– y después contra él durante la guerra civil. Por su parte, Cayo Casio Longino, quizás el principal cabecilla de la conspiración, ejerció como legado para él después de combatir primero en el bando de Pompeyo. Otro conspirador, Cayo Trebonio, había servido durante muchos años en el alto mando de Julio César en las campañas de la Galia. Ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la República, y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose. Su final se vislumbraba desde que la derrota final de Aníbal había requerido buscar enemigos internos.

Pero más allá de los asuntos políticos, que tenían como trasfondo la lucha entre distintas familias de la aristocracia, el asesinato del dictador escondía un factor simbólico. Julio César decía descender de los Reyes de Alba Longa –una ciudad absorbida por Roma poco después de su fundación– y solía vestir por esta razón con una túnica de mangas largas y botas de media caña de cuero rojo. Por su parte, Bruto pertenecía a la estirpe de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a.C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio «El Soberbio», aunque ciertamente entre muchos de sus contemporáneos había dudas de que la afirmación fuera cierta. La imagen de un grupo de senadores terminando con el hombre que aspiraba supuestamente a convertirse en rey, el tirano, impulsó a los conspiradores más dubitativos a acometer el magnicidio, además de conquistar el imaginario de Shakespeare.

El día del magnicidio: «¡Cuídate de los idus!»

El día previo al asesinato, la esposa de César Calpurnia Pisonis había tenido supuestamente una pesadilla donde advirtió el asesinato de su marido. Dado que Calpurnia no era dada a supersticiones, se dice que el dictador cedió quedarse en casa y envió un mensaje al Senado para informarles de que la mala salud le impedía abandonar su casa para llevar a cabo ningún asunto público. Sin embargo, Décimo Bruto –otro de los conspiradores– consiguió convencer finalmente a César de que acudiera a la cámara, ya que en pocos días iba a ausentarse fuera del país y debía dejar los asuntos políticos convenientemente atados. También se ha considerado según la tradición que el profesor de griego Artemidoro entregó un manuscrito a César a la puerta del Senado avisándole de la conspiración, pero éste no llegó a abrirlo a tiempo.

Wikipedia La muerte de Julio César, por Jean-León Gérôme

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La muerte de Julio César, por Jean-León Gérôme

Además, hasta principios del año 44 a.C. César había contado con la protección de una escolta de auxiliares hispanos, pero los había licenciado como demostración de normalidad política en cuanto el Senado aprobó prestarle un juramento de lealtad. El 15 de marzo de ese año acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus colaboradores más cercanos. Una vez dentro del edificio público, los conspiradores se encargaron de llevarse a Marco Antonio a un lugar apartado. Los asesinos eran conscientes de que Marco Antonio, además de fiel a César, era un hombre corpulento y dado a arranques de ira. Antes de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se apiñaron en torno al dictador fingiendo pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber, que había servido a las órdenes del César, le reclamó que perdonara a su hermano que se encontraba en el exilio. Mientras el dictador romano trataba de calmar al grupo, Címber tiró de la toga de César y mostró su hombro desnudo: era la señal acordada. Casca sacó su daga y le apuñaló, pero solo fue capaz de arañar el cuello del dictador. Según algunas versiones, César agarró los brazos de Casca y forcejeó con él intentando desviar la daga.

El general romano no solo se defendió por unos segundos de los ataques, sino que fue capaz de sacar un afilado estilo (un puñal) y herir a varios hombres, al menos dos, incluido a Bruto en un muslo. Tras el ataque de Casio, los otros conjurados se unieron a la lucha propinando a César numerosas estocadas y tajos. Solo dos senadores de los presentes trataron de ayudar al dictador, pero no consiguieron abrirse camino. Sin que sea posible de comprobar, puesto que las fuentes presentan distintas versiones, Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con una herida en la ingle, y al que habría dirigido el famoso «tú también hijo mío». Con 23 puñaladas en su cuerpo –aunque solo una realmente mortal–, Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura en un último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó desplomado junto al pedestal de la estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.

En pánico se propagó por la sala, los senadores que no tenían manchada la ropa de sangre huyeron del lugar enseguida. Durante un tiempo, toda Roma quedó anonadada sin decidir si aquello era el comienzo de una nueva guerra civil o el origen de los festejos por la muerte de un tirano. Marco Antonio se reunió con los conspiradores en privado y obtuvo permiso para que César tuviera un funeral público en el Foro. En línea con el famoso discurso que Shakespeare puso en boca de Marco Antonio en su drama, el leal amigo de César aprovechó el acto para ensalzar las virtudes del fallecido dictador, al mismo tiempo que lanzaba velados reproches a los conspiradores, «los hombres más honrados». No obstante, el momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines junto al Tíber al pueblo de Roma y un regalo en metálico a todos los ciudadanos. Tras el anuncio se produjeron disturbios y ataques contra las viviendas de los conspiradores. Paradójicamente, el leal seguidor del dictador Helvio Cinna fue asesinado ese día por la turba que le confundió con uno de los conspiradores, Cornelio Cinna.

Desde que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César, Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octavio. Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores contra Antonio, que no tardó en levantar a las legiones que todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio César Octavio –el futuro Emperador Augusto– terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el segundo Triunvirato y dar caza a los asesino de los idus de marzo. En el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron ajusticiados sin que observaran ni la más leve sombra de la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en eliminar.

La salvaje muerte de Francisco Pizarro a manos de otros conquistadores españoles


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  • Los partidarios del hijo de Diego Almagro, antiguo aliado de Pizarro, entraron en su palacio el 26 de junio de 1541 para darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta», relata un cronista sobre su amargo final
Wikipedia Francisco Pizarro trata de defenderse del ataque de los seguidores de Almagro

Wikipedia | Francisco Pizarro trata de defenderse del ataque de los seguidores de Almagro

 Francisco Pizarro sobrevivió a casi todo. A la ingrata tierra extremeña, al duro viaje a través del Atlántico y a una lucha contra millares de guerreros incas, pero no pudo hacer nada contra la ira de sus propios compatriotas: acabó sus días apuñalado por otros españoles en su palacio en Lima.

Entre el grupo de españoles que acompañó a Pizarro a la conquista del Imperio Inca se sucedieron las traiciones, como la protagonizada por Diego de Almagro, y los intentos por alcanzar la gloria de forma individual a toda costa, como ocurrió con Sebastián de Belalcázar y su desesperada búsqueda de El Dorado. Y quien siembra vientos recoge tempestades. Cuando Pizarro pensaba que moriría de viejo rodeado de sus fieles hermanos, junto a los cuales había dado muerte al traicionero de Almagro, irrumpieron los partidarios del hijo de Almagro el 26 de junio de 1541 en el palacio del extremeño para darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta», según la descripción de un cronista.

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 que Pizarro alcanzó un cargo de cierta relevancia: alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

ABC Francisco Pizarro se encuentra con el líder inca Atahualpa

ABC | Francisco Pizarro se encuentra con el líder inca Atahualpa

Diego de Almagro procedía de la villa manchega de Almagro, en Ciudad Real, de donde tomó el apellido por ser hijo ilegítimo de Juan de Montenegro y Elvira Gutiérrez. Criado por su severo tío Hernán Gutiérrez, Almagro decidió refugiarse a los 15 años en el hogar de su madre, que permanecía separado de su vástago a causa de su condición de hijo ilegítimo. La madre de Almagro le entregó un trozo de pan y unas monedas y le dijo: «Toma, hijo, y no me des más presión, y vete, y ayúdate de Dios en tu aventura». Así lo hizo. Almagro arribó en el Nuevo Mundo el 30 de junio de 1514, donde iba a iniciar años después una lucrativa aventura con Pizarro. Tras aventurarse en las profundidades del Imperio Inca, la pequeña expedición de españoles se abrió paso entre miles de incas para capturar al líder local Atahualpa, en Cajamarca. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre.

No en vano, la captura y posterior muerte de Atahualca no trajo tras de sí la caída del Imperio Inca. La guerra se alargó varias décadas, precisamente, por los conflictos internos entre los conquistadores. Las rencillas internas ente los partidarios de Almagro y los de Pizarro, que luchaban por delimitar los territorios que pertenecían a cada uno de los bandos, como si fueran ellos los propietarios y no la Corona, estallaron en conflicto armado en 1535. Tras un choque entre facciones, conocido como la batalla de Las Salinas, Pizarro cogió prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El conquistador suplicó por su vida, a lo cual respondió uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, diciendo: «Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio». Finalmente, fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento de torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.

El conquistador «se defendió bravamente»

Pizarro despojó de sus tierras al hijo de Almagro y le cerró el acceso al cargo que había ostentado su padre, gobernador de Chile. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, el 26 de junio de 1541 un grupo de veinte españoles congregados en torno a la figura del hijo de Diego Almagro, cuyo nombre era similar al de su padre, entraron sigilosamente en el palacio de Pizarro en Lima y asesinaron al conquistador extremeño. Pizarro, de 65 años de edad, murió con al menos 20 heridas de espada. En posteriores estudios, el antropólogo forense Edwin Greenwich ha defendido que por las evidencias se puede afirmar que «Pizarro se defendió bravamente» e incluso su rostro quedó desfigurado: recibió una estocada que indica que le vaciaron el ojo izquierdo y otro corte recto en el pómulo derecho.

Los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad, pero quedaron lejos de tomar ventaja en esta guerra civil entre conquistadores. El conflicto se prolongó durante años obligando incluso a la Monarquía hispánica a tomar partido. En este contexto, el hermano menor de Pizarro, Gonzalo, encabezó la Gran Rebelión de Encomenderos en 1544 contra la Corona española en protesta por la dación de las Leyes Nuevas. Él y muchos de los conquistadores rebeldes fueron ajusticiados por esta causa.

La triste historia del «soldado Ryan» tanquista que regresó a casa tras la muerte de sus hermanos


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  • Larry Lantow, comandante de un carro de combate aliado, volvió a su hogar después de que sus vecinos firmaran una petición tras el fallecimiento de sus parientes
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ARCHIVO ABC La familia de Larry Lantow logró erunir 600 firmas

Gracias a Tom Hanks es imposible no conocer a día de hoy la historia de aquellos soldados que, tras la muerte en el frente de sus familiares durante la Segunda Guerra Mundial, fueron devueltos a Estados Unidos. La razón era sencilla, hacer que sus padres pudieran disfrutar, al menos, de la compañía de uno de los hijos que partió a defender su país.

Sin embargo, la historia de Larry Lantow es tan impactante que permitiría Steven Spielberg llevar a cabo una nueva versión de «Salvar al soldado Ryan». Y es que, este militar combatió por toda Europa a lomos de un carro de combate hasta que, tras el fallecimiento de sus dos hermanos, fue devuelto a casa gracias a la firma de 600 de sus vecinos.

La triste historia de este militar ha sido desvelada este lunes por el diario «Tulsa World», el cual ha logrado entrevistar a Lantow –de 98 años de edad- en su residencia actual. Tal y como explica el periódico, este soldado –el mayor de siete hermanos- nació en Claremore (Oklahoma), donde se graduó en 1938. Apenas cuatro años después fue reclutado por el ejército y destinado a la Compañía H del 3er Batallón de la 3ª División Blindada.

De esta forma, no seguiría el mismo camino de sus dos hermanos, Bob y Norman, quienes decidieron convertirse en paracaidistas de la 101 División Aerotransportada (aquella que fue soltada a diestro y siniestro en las playas de Normandía el Día D). Por el contrario, Lantow se mantuvo en tierra y se dedicó a guiar a la tripulación de su carro de combate a lo largo y ancho de Europa en los siguientes meses. Sus destinos más destacados, entre otros, fueron Francia, Bélgica y, finalmente, Alemania (durante el avance aliado sobre Berlín).

Según afirma este militar al diario de Tulsa, allí donde iba sólo veía devastación: «Francia era un desastre, todo eran disparos. En Bélgica los residentes alineaban a sus hijos muertos para que se viera lo que la guerra había hecho con ellos». Todo ello, se sumaba a los continuos combates en los que se veía involucrado contra los mayores enemigos de los carros de combate aliados: los «Flak 88» nazis (cañones de 88 milímetros ideados en principio para derribar aviones).

A su vez, no sólo se vio involucrado en combates, sino que también era el soldado encargado de escribir a las familias de sus compañeros cuando alguno de ellos fallecía. «La familia siempre quería saber cómo había muerto su hijo, pero muchas veces no era grato decirles que le habían volado la cabeza de un disparo o había ardido dentro de un taque», explica en superviviente al diario de Tulsa.

Galardonado con una «Estrella de Bronce», todo cambió para Lantow cuando le informaron en 1944 de que sus dos hermanos habían muerto y regresaba a casa. Al parecer, el «Tío Sam» no podía permitir que una madre perdiera a tres de sus hijos en la contienda. Por otro lado, parece que también ayudaron bastante las 600 firmas que su progenitora logró reunir entre los vecinos de su ciudad solicitando su regreso.

Fuera por la causa que fuese, lo cierto es que este militar está hoy vivo gracias a aquello, aunque recalca que no quería volver a su hogar hasta que acabara la guerra debido a que sus compañeros de unidad eran como su familia. A día de hoy, la ciudad de Tulsa está llevando a cabo un proyecto para preservar la memoria de estos siete hermanos, cuatro de los cuales estuvieron en el frente.

Enterramos a nuestros difuntos igual que en la antigua Grecia


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Imagen: GETTYIMAGES

No hace demasiado tiempo tuve que pasar por el doloroso trance de enterrar a un abuelo y a una abuela, con la particularidad de que ambos fueron enterrados en el pueblo, tal y como mandan los cánones etnográficos. Hasta ese momento solo había acudido a entierros muy metropolitanos, igualmente dolorosos, pero cargados, si cabe, de menos dramatismo. El caso es que andando junto a mi padre detrás del coche que portaba el féretro, de camino al cementerio, me di cuenta de que entre los griegos y nosotros, los contemporáneos, a pesar de separarnos entre alrededor de 2000 y 3000 años, seguíamos haciendo prácticamente lo mismo. Es más, los primeros entierros a los que asistieron mis abuelos, seguro que se parecían aún más a los de las gentes de la antigua Grecia. Cada generación tendría sus dioses, pero los rituales son dos auténticos calcos. Eso sí, salvando las distancias y ciertos conceptos puntuales en cuanto al tránsito del cuerpo hacia ese otro lugar que muchos llaman “más allá”.

Fuentes

Sabemos las diferentes fases del ritual funerario gracias, por un lado, a la panoplia de imágenes que nos proporciona la cerámica griega, por otro lado, las fuentes literarias clásicas, entre ellas obras de Heródoto o la Ilíada de Homero entre otras. Y, por otro lado, aunque de forma un tanto distorsionada -tanto por la interpretación que hay que hacer como por los trabajos arqueológicos no del todo bien hechos en épocas anteriores- la arqueología de la muerte.

En la mentalidad de los griegos estaba muy presente que a la ahora de su muerte debían tener una ceremonia digna. Además, el hecho de poder ser enterrados en su tierra, en el caso concreto de los atenienses, era muy importante. En este sentido, uno de los peores castigos consistía en que no pudieran enterrarse en su tierra. Por otro lado, la presencia y la participación de la familia y los amigos era algo primordial. De hecho, no había sacerdotes que de una forma profesional dirigieran el ritual. Tal y como dejó establecido en sus estudios el prestigioso arqueólogo Fernando Quesada Sanz, el ritual está compuesto de las siguientes fases:

Ritos pre-deposicionales

1. Prothesis: el cuerpo del difunto era expuesto, permitiendo comprobar que realmente había fallecido, y sus seres cercanos iniciaban el duelo así como la honra. Para los griegos, la psyché -espíritu del difunto- aún no había alcanzado su destino sino que estaba en pleno tránsito, entre medias del mundo terrenal y el Hades. La preparación del cuerpo la realizaban las mujeres de la familia y consistía en lavar el cuerpo y vestirlo con ropas de carácter funerario. Así mismo, se le cerraban los ojos y se le sujetaba la barbilla. Una vez preparado el cuerpo, se le tendía en una sala de la casa, con la particularidad de que los pies debían estar mirando hacia la puerta. Fuera de la casa había recipientes con agua que servía de elemento purificador para todos aquellos que acudían a mostrar condolencias. Por otro lado, dentro de esta primera fase ritual también se expresaba el dolor mediante cantos y gestos de lamento, entre las que destacaban, en ciertas ocasiones, las famosas plañideras que hasta hace bien poco estaban presentes en los entierros de los pueblos. En cuanto a la duración, no está del todo claro. Las fuentes literarias nos hablan desde dos días hasta diecisiete. Obviamente, en el caso de de que tuviera dicha duración, debían de tratar el cuerpo, embalsamándolo para evitar que comenzara el proceso de descomposición.

2. Ekphora: se trata del traslado del difunto al lugar de enterramiento. Dicho traslado se hacía con el cuerpo a hombros o mediante un carruaje, a la par que se escuchaba música. La hora elegida era la oscuridad de la noche. Los hombres estaban ubicados delante del fallecido y las mujeres detrás.

Ritos deposicionales

Desafortunadamente, sobre esta fase casi no disponemos de información, pues casi no ha sido representada en las cerámicas. Tal y como destaca Fernando Quesada, muy probablemente, en el momento de echar la tierra se llevasen a cabo libaciones sobre le ataúd si se trataba de inhumación y sobre la urna si había sido cremación. En este segundo caso, gracias a los textos de Homero se sabe que se utilizaba vino para apagar las últimas ascuas. Seguidamente, uno de los familiares metía las cenizas en una urna. Por último, tanto en un caso como en el otro, se colocaba el ajuar junto a los restos mortales.

Ritos post-deposicionales de carácter inmediato

1. En el cementerio:
Se han hallado restos de sacrificios animales como ofrenda. Éstos eran quemados -que no cocinados- y se ha documentado en los llamados depósitos de ofrendas. Es decir, que no hacían un banquete en honor del difunto, sino que simplemente quemaban los cuerpos de los animales.

2. Fuera del cementerio:
Este punto es probablemente el que más difiere de nuestro rito actual, a excepción de los funerales, por ejemplo, estadounidenses. Tras el enterramiento propiamente dicho, tenía lugar el perideipnon, es decir, el banquete funerario. Se celebraba en la casa familiar y servía para unir a la comunidad ante el dolor y seguir honrando al difunto con la recitación de elegías entre otras cosas. Así mismo, los griegos sentían que el difunto estaba presente en el banquete entre ellos. Al igual que ocurría durante la exposición del cadáver, el agua también adquiría un papel relevante y los asistentes se bañaban como símbolo de purificación. Este banquete era el cierre del funeral que duraba tres días.

Una vez transcurridos treinta días de deceso tenía lugar un curioso rito llamado triakostia, en el que sobre la tumba ponían la parte de la basura generada en el banquete que habían celebrado tras el entierro. A esto se sumaba un último banquete, con el que se daba por finalizado el duelo.

Ritos posteriores: visita a la tumba

Al igual que ocurre ahora -en unas familias más, en otras menos- las visitas a la tumba del difunto se efectuaban al menos durante una generación, llegando en casos muy raros hasta tres generaciones. Lo más curioso de esto es que era la obligatoriedad de mantener y cuidar la tumba de los antepasados. Tan importante era, que si alguien quería acceder a un cargo público o mantener los derechos de herencia, debía probar que había cumplido sus obligaciones respecto a sus seres fallecidos.

En las visitas, los familiares decoraban las estelas funerarias con flores, depositaban ofrendas no alimenticias, hacían libaciones con leche, vino, agua y otras sustancias, rompían los vasos utilizados para la libación, incluso se han hallado algunos sacrificios de animales. De forma excepcional, en honor al difunto, se celebraban juegos atléticos o se llevaban a cabo sacrificios humanos.

Más parecidos de lo que pensamos

Es cierto que los rituales difieren en pequeños detalles como los sacrificios y la concepción de la muerte y el tránsito, pero los realizados por los griegos difieren poco de los nuestros. Sobre todo, si el entierro al que asistimos es en un pueblo que conserva este tipo de tradiciones. Nos separan varios siglos de Solón, Sócrates, Platón y otros tantos… Pero, en este sentido, estamos muy cercanos a ellos, ¿o no?